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viernes, 29 de diciembre de 2023

ENGELS HABLANDO SOBRE LAS CIENCIAS EXACTAS, LAS CIENCIAS NATURALES Y LAS CIENCIAS SOCIALES

 

De actualidad: guía para la acción


«Si alguna vez llegara la humanidad al punto de no operar más que con verdades eternas, con resultados del pensamiento que tuvieran validez soberana y pretensión incondicionada a la verdad, habría llegado con eso al punto en el cual se habría agotado la infinitud del mundo intelectual según la realidad igual que según la posibilidad; pero con esto se habría realizado el famosísimo milagro de la infinitud finita.

Pero ¿no hay verdades tan firmes que toda duda a su respecto nos parece locura? Por ejemplo, que dos por dos son cuatro, que los tres ángulos de un triángulo suman dos rectos, que París está en Francia, que un hombre sin alimentar muere de hambre, etc. ¿Hay, pues, verdades eternas, verdades definitivas de última instancia?

Ciertamente. Es bien sabido que podemos dividir todo el ámbito del conocimiento en tres grandes sectores. El primero comprende todas las ciencias que se ocupan de la naturaleza inerte y que son más o menos susceptibles de tratamiento matemático: la matemática, la astronomía, la mecánica, la física, la química. El que guste de aplicar palabras majestuosas a cosas muy sencillas, puede decir que ciertos resultados de estas ciencias son verdades eternas, definitivas verdades de última instancia: razón por la cual se ha llamado exactas a estas ciencias. Pero no todos los resultados. Con la introducción de las magnitudes variables y la ampliación de su variabilidad hasta lo infinitamente pequeño y lo infinitamente grande, la matemática, tan rigurosa en general en sus costumbres, ha cometido su pecado original; ha comido la manzana del conocimiento, la cual le ha abierto la vía de los éxitos más gigantescos, pero también de los errores. Se perdió para siempre el virginal estado de la validez absoluta, de la inapelable demostración de todo lo matemático; empezó el reino de las controversias, y hemos llegado ahora a una situación en la cual la mayoría de la gente diferencia e integra no porque entienda lo que hace, sino por mera fe, porque el resultado ha sido hasta ahora siempre correcto.

Aún peor es lo que ocurre en la astronomía y la mecánica, y en la física y la química uno se encuentra en medio de hipótesis como en medio de un enjambre de abejas. Ni tampoco es la ciencia posible de otra manera. En física nos encontramos con el movimiento de moléculas, en química con la formación de moléculas a partir de átomos y, a menos que la interferencia de las ondas luminosas sea una fábula, no tenemos perspectiva alguna de poner jamás ante nuestros ojos esos interesantes objetos y verlos. Las verdades definitivas de última instancia van a resultar curiosamente escasas con el tiempo.

Aún peor estamos con la geología, la cual, por su naturaleza misma, se ocupa de procesos en los cuales no hemos estado presentes ni nosotros ni ningún hombre. La cosecha de verdades definitivas de última instancia es consiguientemente cosa de mucho esfuerzo y, por tanto, muy escasa.

La segunda clase de ciencias es la que comprende la investigación de los organismos vivos. En este terreno, se despliega una tal multiplicidad de interacciones y causalidades que toda cuestión resuelta plantea una multitud de cuestiones ulteriores, y cada cuestión particular no puede generalmente resolverse sino a pasos parciales, mediante una serie de investigaciones que a menudo requieren siglos; y la necesidad de una concepción sistemática de las conexiones obliga siempre y de nuevo a rodear las verdades definitivas de última instancia con todo un bosque exuberante de hipótesis. Piénsese en la larga serie de estados intermedios que han sido necesarios, desde Galeno hasta Malpighi, para establecer correctamente una cosa tan sencilla como la circulación de la sangre en los mamíferos, o lo poco que sabemos del origen de los corpúsculos de la sangre, o la cantidad de eslabones intermedios que nos faltan, por ejemplo, para enlazar las manifestaciones de una enfermedad con sus causas en una conexión racional. Frecuentemente se producen además descubrimientos como el de la célula, que nos obligan a someter a una revisión total todas las verdades definitivas de última instancia registradas hasta el momento en el campo de la biología, y a eliminar para siempre un gran montón de ellas. Por tanto, el que en este ámbito quiera establecer auténticas verdades inmutables tendrá que contentarse con trivialidades como: todos los hombres tienen que morir, todos los mamíferos hembras tienen glándulas mamarias, etcétera. Ni siquiera podrá decir que los animales superiores digieren con el estómago y los intestinos y no con la cabeza, pues la actividad nerviosa centralizada en la cabeza es necesaria para la digestión.

Pero aún peor es la situación de las verdades eternas en el tercer grupo de ciencias, el grupo histórico, que estudia las condiciones vitales de los hombres, las situaciones sociales, las formas jurídicas y estatales con su sobrestructura ideal de filosofía, religión, arte, etc., en su sucesión histórica y en su resultado actual. En la naturaleza orgánica nos encontramos por lo menos con una sucesión de procesos que, en la medida en que se trata de nuestra observación inmediata, se repiten con bastante regularidad en el seno de límites bastante amplios. Las especies orgánicas siguen siendo a grandes rasgos las mismas que en tiempos de Aristóteles. En cambio, en la historia de la sociedad las repeticiones de situaciones son excepcionales, no son la regla, en cuanto rebasamos las situaciones primitivas de la humanidad, la llamada edad de piedra, y cuando se producen tales repeticiones no tienen lugar nunca exactamente en las mismas condiciones. Así ocurre, por ejemplo, con la presencia de la propiedad colectiva originaria de la tierra en todos los pueblos cultos y la forma de su disolución. Por eso en el terreno de la historia humana estamos con nuestra ciencia mucho más atrasados que en el de la biología; aún más: cuando excepcionalmente se llega a conocer la conexión interna de las formas de existencia sociales y políticas de una época, ello ocurre por regla general cuando esas formas están ya en parte sobreviviéndose a sí mismas y caminan hacia su ruina. El conocimiento es aquí, pues, esencialmente relativo, en cuanto se limita a la comprensión de la coherencia y las consecuencias de ciertas formas de sociedad y Estado existentes sólo en un tiempo determinado y para pueblos dados, y perecederas por naturaleza. El que en este terreno quiera salir a la caza de verdades definitivas de última instancia, de verdades auténticas y absolutamente inmutables, conseguirá poco botín, como no sean trivialidades y lugares comunes de lo más groseros, como, por ejemplo, que los hombres no pueden en general vivir sin trabajar, que por regla general se han dividido hasta ahora en dominantes y dominados, que Napoleón murió el 5 de mayo de 1821, etc.

Pero es muy curioso que las supuestas verdades eternas, las verdades definitivas de última instancia, etc., se nos propongan las más de las veces precisamente en este terreno. En realidad, sólo proclama verdades eternas como el que dos y dos son cuatro, el que los pájaros tienen pico u otras afirmaciones semejantes, aquel que procede con la intención de basarse en la existencia de verdades eternas en general para inferir que también en el terreno de la historia humana hay verdades eternas, una moral eterna, una justicia eterna, etc., las cuales aspiran a una validez y un alcance análogos a los de las nociones y aplicaciones de la matemática. En este caso podemos esperar con toda seguridad que dicho amigo de la humanidad va a aprovechar la primera ocasión para declararnos que todos los anteriores fabricantes de verdades eternas fueron más o menos asnos y charlatanes, estuvieron todos presos en el error y fracasaron completamente; tras lo cual, considerará que la existencia del error de aquéllos y de su falibilidad es una ley natural y prueba de la existencia de la verdad y el acierto en él; él, el profeta último, trae la verdad definitiva de última instancia, la moral eterna, la justicia eterna, ya lista y terminada en su mochila. Todo esto ha ocurrido tantos centenares y miles de veces que hay que asombrarse de que haya hombres lo suficientemente crédulos para creer eso no ya de otros, sino de sí mismos. Pese a lo cual, estamos ahora al menos en presencia de un tal profeta, sumido en cólera altamente moral, según vieja costumbre, cuando otras gentes se niegan a admitir que algún individuo sea capaz de suministrar la verdad definitiva de última instancia. Esa negación, incluso la mera duda, es, según él, un estado de debilidad, grosera confusión, nulidad, un corrosivo escepticismo peor que el mero nihilismo, confuso caos y otras tantas cosas amables más. Como en todos los profetas, tampoco aquí se procede por investigación crítico-científica para alcanzar el juicio, sino que se condena sin más con truenos morales.

Habríamos podido añadir a las ciencias citadas antes las que investigan las leyes del pensamiento humano, es decir, la lógica y la dialéctica. Pero tampoco en ellas es mejor la situación de las verdades eternas. El señor Dühring declara que la dialéctica propiamente dicha es un contrasentido, y los muchos libros que sobre lógica se han escrito y siguen escribiéndose prueban suficientemente que también en esto las verdades definitivas de última instancia crecen mucho más dispersas de lo que algunos creen.

Por lo demás, no tenemos en absoluto que aterrarnos porque el nivel del conocimiento en el que hoy nos encontramos sea tan poco definitivo como todos los anteriores. Es ya un estadio que abarca un gigantesco material de comprensión y experiencia y exige una gran especialización de los estudios de todo aquel que quiera familiarizarse con alguna rama. Mas el que se empeñe en aplicar el criterio de la verdad auténtica, inmutable y definitiva de última instancia a conocimientos que por la misma naturaleza de la cosa o bien van a ser relativos para largas series de generaciones, sin poder completarse sino parcial y progresivamente, o bien, como la cosmogonía, la geología, o la historia humana −por las deficiencias del material histórico−, serán siempre incompletos y con lagunas, esa persona no demostrará con ello más que su propia ignorancia y desorientación, incluso en el caso de que, a diferencia de lo que ocurre con nuestro autor, el verdadero fondo de su posición no sea la pretensión de infalibilidad personal.

Verdad y error, como todas las determinaciones del pensamiento que se mueven en contraposiciones polares, no tienen validez absoluta más que para un terreno extremadamente limitado, como acabamos de ver, y como también el señor Dühring vería si tuviera un poco de familiaridad con los rudimentos de la dialéctica, los cuales se refieren precisamente a la insuficiencia de todos los contrapuestos polares. En cuanto que la aplicamos fuera de aquel estrecho ámbito antes indicado, la contraposición de verdad y error se hace relativa y, con ello, inutilizable para un modo de expresión rigurosamente científico; por lo que, si intentamos seguir aplicándola como absolutamente válida fuera de aquel terreno, llegamos definitivamente a la quiebra; los dos polos de la contraposición mutan en su contrario, la verdad se hace error y el error se hace verdad».

 

(Friedrich Engels; Anti-Dühring, 1878)

(Ver texto completo: Anti-Dühring, Ediciones Arca de Noé, pgs. 107-112)

de: Diario Octubre <diario@diario-octubre.com>

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fecha: 27 dic 2023, 19:35

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COLECTIVO PERÚ INTEGRAL

29 de diciembre 2023

 

jueves, 23 de junio de 2022

MUTACIÓN MUNDIAL

 



Escribe: Milciades Ruiz

Los humanos han creado máquinas, que replican procesos naturales, pero muchos las usan, ignorando los principios de su funcionamiento. Esos principios no son humanos. Emanan del universo. El desconocimiento de los principios naturales, dificulta entender el manejo de la maquinaria de dominación capitalista. Pero, por encima de lo humano, la ley natural se cumple en todo, incluyendo lo político.

 

En el universo, todo tiene un límite. Cuando un caso excede sus límites, eclosiona. Así, ocurren los desastres naturales y también los cambios cuantitativos y cualitativos. Ocurre con el exceso de fuego al cocinar alimentos, convertidos en carbón. La delincuencia, es sub producto de la maquinaria capitalista, y aumenta cuando los mecanismos de esta, rebasan su límite de deterioro.

Así, en la dicotomía capitalista, no puede haber ricos, sin que haya pobres y viceversa. Son contraparte de la misma unidad, como decir que no hay cara sin sello en una moneda, pues no puede haber anverso sin reverso, y así, tenemos el sentido del bien y el mal, blanco y negro, masculino y femenino, izquierda y derecha. Pretender que desaparezca una de las partes sin que desaparezca la otra es un absurdo.

La igualdad de los distintos es otro absurdo. El sistema capitalista de por sí, genera diversas clases sociales. La desigualdad social es inmanente al sistema, y solo puede desaparecer eliminando el sistema que lo genera. La calidad de los órganos de gobierno nacional, es resultado del sistema eleccionario vigente. Seguirá siendo repudiable mientras persista el sistema que lo genera.

Sabemos también, que no hay nada absoluto. Ni blanco, ni negro, absolutos. Pero entre opuestos, hay una gama de matices, según la predominancia de uno de los dos colores. Entonces tenemos una escala de grises, según la coloración predominante. Lo mismo sucede entre riqueza y pobreza, con los consiguientes matices según disponibilidad dineraria predominante.

Esto, que vemos entre personas, se puede apreciar también entre grupos sociales y países. Los países ricos deben su estándar de vida y de poder, a costa de los demás. De lo contrario no podrían sostener su estatus. Pero la torta es una sola y no puede haber una parte grande sin quitar a las demás. Inversamente, si estas crecen, la parte grande mermará.

Esta es la disyuntiva de los países dominantes. Mantener su predominancia, a toda costa, porque si hay empoderamiento de los dominados, automáticamente disminuirá el estándar de vida y poder del dominador. Mantener esta relación de dominio ha sido siempre una atadura histórica, y para ello, los países dominantes han recurrido a toda especie de artimañas, incluyendo las militares.

Pero todo tiene un límite. Si las ataduras ya no resisten la presión, la ruptura es inevitable. EE UU ha llegado a un límite estructural. Hace todo lo posible para mantener su predominancia, pero ya no puede más. Los pueblos caribeños, a los que ha exprimido por siglos rompen las ataduras e irrumpen, volcándose en migración masiva incesante invadiendo el otro lado de la balanza donde el depredador debilitado tiene lo que les falta a los desesperados centroamericanos.

 

Lo mismo sucede en los países europeos, invadidos por los migrantes africanos. Es un dolor de cabeza para los racistas. La corriente migratoria generada por el desbalance de riqueza y pobreza, no puede ser contenida. El número de migrantes que arriesgan su vida cruzando el Canal de la Mancha, en pequeñas embarcaciones va en aumento. De 229 en 2018 pasó a más de 28.000 en 2021.

Por eso, el primer ministro de Inglaterra, Boris Johnson, pretende disponer que cualquier persona que solicite asilo huyendo de guerras o, ingrese ilegalmente, será deportada a Ruanda” (África). A esto se opone el Tribunal Europeo de Derechos Humanos al que Inglaterra está afiliado, por considerar que esta medida es cruel, inhumana y no resolverá el problema migratorio, que es estructural.

Hay pues, una movilización estructural mundial que está cambiando la fisonomía de la humanidad. La migración es un desborde social. Ello sucede porque en el régimen capitalista vigente, las condiciones de vida son extremadamente desiguales, a tal punto que la inclinación de la balanza ocasiona el derrame migratorio. Esta desigualdad mundial mantenida por opresión, hace que la contraparte busque alternativas de salida.

Es así como, países como China y Rusia, fueron creando sus propios espacios, lo que significa restar espacio a EE UU. Lo vemos muy claramente en América Latina, donde ha avanzado la influencia de estos países, sin que EE UU pueda evitarlo. Esto ha descolocado el ordenamiento mundial en el que la hegemonía estadounidense, era y aún es, predominante.

Por ley natural sabemos que los polos del mismo signo se repelen, pero cuanto más avancen los nuevos poderes, disminuye el poderío de EE UU. El paralelismo de dominio, ha ocasionado la invasión rusa a Ucrania, evidenciando la debilidad norteamericana y de su férula europea. No se atreven a ir más allá del precario apoyo que prestan a Ucrania, a costa de endeudamiento, con armamento de descarte, porque no están en condiciones de imponerse.


 

Pensaron hundir a Rusia con represalias de todo calibre, pero los resultados son adversos y los hundidos son los represores que, acusan graves daños de efecto contrario. Hoy luchan contra la inflación que provocaron y la hegemonía del dólar en las reservas internacionales se está reduciendo, a la par que se fortalece la moneda rusa. Las represalias como arma de guerra repercute contra sus economías, teniendo que retroceder disimuladamente.

Una situación de predominio, puede durar un momento o muchos años, pero todo lo que nace se desarrolla, adquiere su esplendor, decae y finaliza al terminar su ciclo de existencia. El predominio de EE UU va llegando a su fin y el proceso es irreversible. El fracaso de la “Cumbre de las Américas” convocada por EE UU, es prueba de la declinación de su influencia y la ola izquierdista en Latinoamérica empeora su situación.

Los socialistas doctrinarios nunca pierden su convicción porque la ley natural es inexorable. La base científica de esta ideología emana de los principios naturales. Una errónea interpretación y aplicación de estos, conduce al fracaso. Si hay coherencia, habrá certeza. Por ello, están seguros que el ciclo capitalista llegará a su fin como los ciclos que lo precedieron.

Disculpen que haya tenido que relacionar la temática, con dichos principios, para explicar lo que para muchos es muy sencillo. Pero, pensando en las nuevas generaciones, lo didáctico facilita la comprensión, cuando nos falta experiencia. Lo dicho en esta nota es discutible, todo depende del cristal con que se mire. Bienvenida la discrepancia. De ella también se aprende.

Junio 22. 2022

 


domingo, 31 de enero de 2021

LA DIALÉCTICA DE LA NATURALEZA DE ENGELS EN EL ANTROPOCENO: SOLO UNA REVOLUCIÓN PUEDE IMPEDIR QUE EL CAPITALISMO CONDUZCA A LA HUMANIDAD AL DESASTRE.

 


John Bellamy Foster

29 enero 2021

 

En “El papel del trabajo en el proceso de transformación del mono en hombre” de la Dialéctica de la naturaleza, Friedrich Engels afirma: “Cada cosa repercute en la otra, y a la inversa” (Engels, 1961: 149). Hoy, a 200 años de su nacimiento, podemos considerar a Engels como uno de los fundadores del pensamiento ecológico moderno. Si bien la teoría de la brecha metabólica de Marx tiene un lugar central en la corriente materialista histórica de la ecología, no es menos cierto que las contribuciones de Engels a nuestra comprensión del problema ecológico general son indispensables. Estas se basaron en sus propias investigaciones sobre el metabolismo universal de la naturaleza y contribuyeron a reforzar y ampliar el análisis de Marx. Como señala Paul Blackledge en un estudio reciente sobre el pensamiento de Engels: “La concepción de Engels de la dialéctica de la naturaleza abre un espacio desde el que se pueden entender las crisis ecológicas como derivadas del carácter alienado de las relaciones sociales capitalistas” (Blackledge, 2019: 16). Dada la gran aplicabilidad de su comprensión de la dialéctica de la naturaleza y la sociedad, la obra de Engels puede ayudarnos a entender los desafíos cruciales a los que se enfrenta la humanidad en la era del Antropoceno y de la actual crisis ecológica planetaria.

Una carrera hacia la catástrofe

Podemos hacernos una idea de la relevancia actual de la crítica ecológica de Engels partiendo del famoso comentario de Walter Benjamin de 1940, citado a menudo por los ecosocialistas, en los “Paralipomena” (o notas al margen) de sus Tesis sobre filosofía de la historia. Dice Benjamin: “Marx decía que las revoluciones son la locomotora de la historia mundial. Pero quizás sea al contrario. Quizás las revoluciones sean un intento de los pasajeros a bordo del tren (es decir, de la raza humana) para tirar del freno de emergencia” (Benjamin, 2006: 402). En la conocida interpretación de Michael Löwy de la sentencia de Benjamin: “La imagen sugiere implícitamente que si la humanidad permitiera al tren seguir su camino (trazado de antemano por la estructura de acero de las vías) y si nada detuviera su impulso hacia delante, nos dirigiríamos directos al desastre, fuera una colisión o a una caída al abismo” (Löwy, 2005: 66-67).

La dramática imagen de Benjamin de una locomotora sin control y, con ello, de la necesidad de concebir la revolución como un tirón al freno de emergencia, recuerda a un pasaje similar del Anti-Dühring de Engels, escrito a finales de los años 1870; una obra que Benjamin, como todos los socialistas de su época, conocía bien. Ahí, Engels señalaba que la clase capitalista era “una clase bajo cuya dirección la sociedad corre hacia el desastre como una locomotora cuya válvula de seguridad está atrancada y el conductor no logra abrir”. Era precisamente la incapacidad del capital para controlar “las fuerzas productivas, que han crecido más allá de su control”, así como los efectos destructivos sobre el entorno natural y social, lo que estaba “conduciendo al conjunto de la sociedad burguesa hacia el desastre, o a la revolución”. Por ello, “si el conjunto de la sociedad moderna no ha de perecer”, Engels defendía que “debe llevar a cabo una revolución en el modo de producción y distribución” (Engels, 1961; Engels, 2003; Marx y Engels, 1971).

La metáfora original de Engels es un poco distinta de la posterior de Benjamin, ya que habla de abrir la válvula de seguridad para impedir una explosión de la caldera, lo que era un motivo habitual de accidentes ferroviarios en la segunda mitad del siglo XIX2/. Si entendemos que el sistema está “corriendo hacia la catástrofe”, la revolución no buscaría simplemente frenar el impulso hacia delante, sino tomar las riendas de las fuerzas de producción, que están descontroladas. En efecto, el planteamiento ecológico y económico de Engels no se basa en la idea de que hay demasiada producción en relación a la capacidad de la Tierra en su conjunto, una perspectiva que apenas existía en la época. Más bien, su principal preocupación ecológica era por la destrucción absurda que generaba el capitalismo en los entornos locales y regionales, más aún si se daba cada vez más a escala global. Las consecuencias más visibles eran la contaminación industrial, la deforestación, la degradación del suelo y el deterioro general de las condiciones medioambientales (incluyendo las epidemias recurrentes) de la clase trabajadora. Engels también se fijó en la devastación de entornos enteros (y su clima), como la destrucción ecológica, principalmente por desertificación, que tuvo un papel preponderante en la caída de civilizaciones antiguas, y el daño medioambiental impuesto por el colonialismo en las culturas y modos de producción tradicionales (Engels, 1961: 149; Foster, 2011: 5-7; Marx y Engels, 1999: 512-15). Al igual que Marx, Engels estaba horrorizado por los “holocaustos victorianos” del colonialismo británico, tales como las hambrunas producidas por la destrucción de la infraestructura ecológica e hidrológica en India, y la expropiación y exterminio devastadores infligidos a la ecología y el pueblo irlandés (Davis, 2017; Engels, 2003: 173; Marx y Engels, 1971, 2019: 670-74, 731). Es cierto que también podemos encontrar en estas páginas, en las que se plantea la cuestión de “revolución o ruina”, el pasaje más productivista (y en este sentido, presuntamente prometeico) de toda la obra de Marx y Engels3/. Así, Engels declaraba en el Anti-Dühring que la llegada del socialismo haría posible “el desarrollo constantemente acelerado de las fuerzas productivas, y (…) un crecimiento prácticamente ilimitado de la producción”4/. Sin embargo, en el contexto en que escribía Engels, esto no supone ninguna contradicción. La idea de que una sociedad futura liberada de la irracionalidad de la producción capitalista permitiría lo que para los estándares del siglo XIX se entendía como un desarrollo prácticamente ilimitado de la producción, era algo ampliamente aceptado entre los pensadores radicales de la época. Se trataba del reflejo natural del bajo nivel de desarrollo material que había en la mayor parte del mundo en la época de la Revolución Industrial, en comparación con la escala aún inabarcable de la propia Tierra. La producción manufacturera mundial aumentaría “en torno a 1.730 veces” en los 150 años entre 1820, cuando nació Engels en plena revolución industrial, y 1970, cuando nace el movimiento ecologista moderno con el primer Día de la Tierra (Rostow, 1978: 47-48, 659-62) Además, en el análisis de Engels (igual que en el de Marx), la producción nunca se considera como un fin en sí mismo, sino más bien como un medio para la creación de una sociedad más libre e igualitaria, dirigida al proceso de un desarrollo humano sostenible5/.

Dos siglos después de su nacimiento, la profundidad de la comprensión de Engels de la destrucción sistemática del entorno social y material por parte del capitalismo, así como su desarrollo de una perspectiva dialéctica naturalista, le hace, junto con la obra de Marx, un punto de partida necesario para la crítica ecosocialista revolucionaria actual. Como señalaba la antropóloga marxista Eleanor Leacock, Engels, en la Dialéctica de la naturaleza, trató de elaborar una base conceptual que permitiera entender “la interdependencia completa de las relaciones sociales humanas y las relaciones humanas con la naturaleza” (Leacock, 1972: 245).

La venganza de la naturaleza

Los problemas ecológicos son resultado de la interrelación entre sistema y escala. En el análisis de Engels se pone el énfasis principalmente en el sistema. En su gran trabajo La situación de la clase obrera en Inglaterra, escrito siendo aún un joven veinteañero, se fijó en las condiciones ambientales y epidemiológicas de la revolución industrial en las grandes ciudades manufactureras, en particular Manchester. Subrayó las espantosas condiciones ecológicas impuestas sobre los trabajadores por el nuevo sistema fabril: contaminación, toxicidad, deterioro físico, epidemias periódicas, malnutrición y alta mortalidad de la clase trabajadora, fenómenos asociados todos ellos con una explotación económica extrema. La situación de la clase obrera en Inglaterra es original en su poderosa condena del “asesinato social” infligido a la población por el capitalismo en la época de la revolución industrial (Angus, 2018; Engels, 2019; Foster, 2020: 182-195). Marx, para quien el libro de Engels era el punto de partida de sus propios estudios epidemiológicos en El Capital, señalaría sobre esta base a las “epidemias periódicas” y la destrucción del suelo como pruebas de la brecha metabólica del capitalismo. En Alemania, la manera en que Engels aborda la etiología de la enfermedad en La situación de la clase obrera en Inglaterra tuvo una influencia más allá de los círculos socialistas. Rudolf Virchow, el médico y patólogo alemán, famoso por su obra Patología celular, se refirió favorablemente al libro de Engels en su propia obra pionera de epidemiología social (Waitzkin, 2000: 71-72).

Esta comprensión de las condiciones materiales de la sociedad de clases capitalista en tanto que medioambientales, además de económicas, es evidente en toda la obra de Engels. Además, al tratar siempre de unificar las perspectivas materialistas y dialécticas de la naturaleza y la sociedad, Engels siempre llegaría a la idea de que la “naturaleza”, de la cual los seres humanos son una parte emergente, constituía la “piedra de toque de la dialéctica”: una afirmación que se entiende mejor hoy en día diciendo que la ecología es la prueba de la dialéctica (Engels, 2003: 9; Foster, 2020: 254).

En la perspectiva evolutiva-ecológica desarrollada por Engels, visible en sus trabajos de madurez como la Dialéctica de la naturaleza y el Anti-Dühring, lo que distingue a los seres humanos de los animales no humanos es el papel del trabajo en la transformación y el dominio del entorno, permitiendo al “hombre” convertirse en el “verdadero y consciente señor de la naturaleza, porque ahora [en la sociedad futura] se convierte en artífice de su propia organización social” (Engels, 2003: 280). A pesar de ello, bajo la tendencia a un mayor dominio de la naturaleza en algunos aspectos, perceptible en el capitalismo, se esconde una tendencia sistemática a generalizar las crisis ecológicas, ya que todos los intentos de conquistar la naturaleza desafiando los límites naturales solo podrían llevar, en definitiva, a catástrofes ecológicas. Esto se pudo ver claramente ya en el siglo XIX en la devastación ecológica producida por el colonialismo. Y así se lamentaba:

“Cuando en Cuba los plantadores españoles quemaban los bosques en las laderas de las montañas para obtener con la ceniza un abono que solo les alcanzaba para fertilizar una generación de cafetos de alto rendimiento, ¡poco les importaba que las lluvias torrenciales de los trópicos barriesen la capa vegetal del suelo, privada de la protección de los árboles, y no dejasen tras sí más que rocas desnudas! Con el actual modo de producción, y por lo que respecta tanto a las consecuencias naturales como a las consecuencias sociales de los actos realizados por los hombres, lo que interesa preferentemente son solo los primeros resultados, los más palpables. Y luego hasta se manifiesta extrañeza de que las consecuencias remotas de las acciones que perseguían esos fines resulten ser muy distintas y, en la mayoría de los casos, hasta diametralmente opuestas” (Engels, 1961: 32).

Para Engels, el punto de partida para una comprensión racional del medio ambiente debía hallarse en la famosa máxima de Francis Bacon según la cual “solo se dominará a la naturaleza obedeciéndola”, esto es, descubriendo y conformándose a sus reglas (Bacon et al., 1994: 29, 43). Sin embargo, desde el punto de vista de Marx y Engels, el principio baconiano, en la medida en que se aplicaba en la sociedad burguesa, se usaba como una “astucia” para conquistar la naturaleza y someterla a las leyes de acumulación y competencia del capital (Engels, 1961: 152; Marx, 1993: 409-410). La ciencia se había convertido en un mero apéndice de la producción de beneficios, que consideraba los límites de la naturaleza solo en tanto que obstáculos a superar. En su lugar, la aplicación racional de la ciencia a la sociedad en su conjunto solo sería posible en un sistema donde los productores asociados regularan la relación metabólica con la naturaleza sobre una base no alienada, conforme con las auténticas necesidades y potenciales humanos y las exigencias de la reproducción a largo plazo. Esto apuntaba a la contradicción entre, por una parte, la propia dialéctica de la ciencia, que cada vez más reconocía nuestra “unidad con la naturaleza” y la correspondiente necesidad de control social y, por otra parte, el impulso ciego del capitalismo hacia una acumulación ad infinitum, con su incontrolabilidad innata y su despreocupación por las consecuencias medioambientales (Engels, 1961: 152).

Fue esta profunda perspectiva crítica-materialista lo que llevó a Engels a enfatizar el sinsentido del tópico de la conquista de la naturaleza, como si la naturaleza fuera un territorio extranjero que pudiera ser sometido a voluntad, y como si la humanidad no se encontrara ya en medio del metabolismo terrestre. Tal intento de conquistar la Tierra solo podría llevar a lo que metafóricamente llamaba la “venganza” de la naturaleza, en el momento en que se cruzaran ciertos umbrales (o puntos de inflexión):

“No nos dejemos llevar del entusiasmo ante nuestras victorias sobre la naturaleza. Después de cada una de estas victorias, la naturaleza toma su venganza. Bien es verdad que las primeras consecuencias de estas victorias son las previstas por nosotros, pero en segundo y en tercer lugar aparecen unas consecuencias muy distintas, totalmente imprevistas y que, a menudo, anulan las primeras. Los hombres que en Mesopotamia, Grecia, Asia Menor y otras regiones talaban los bosques para obtener tierra de labor, ni siquiera podían imaginarse que, al eliminar con los bosques los centros de acumulación y reserva de humedad, estaban sentando las bases de la actual aridez de esas tierras. Los italianos de los Alpes, que talaron en las laderas meridionales los bosques de pinos, conservados con tanto celo en las laderas septentrionales, no tenían idea de que con ello destruían las raíces de la industria lechera en su región, y mucho menos podían prever que, al proceder así, dejaban la mayor parte del año sin agua sus fuentes de montaña, con lo que les permitían, al llegar el período de las lluvias, vomitar con tanta mayor furia sus torrentes sobre la planicie. Los que difundieron el cultivo de la patata en Europa no sabían que con este tubérculo farináceo difundían a la vez la escrofulosis. Así, a cada paso, los hechos nos recuerdan que nuestro dominio sobre la naturaleza no se parece en nada al dominio de un conquistador sobre el pueblo conquistado, que no es el dominio de alguien situado fuera de la naturaleza, sino que nosotros, por nuestra carne, nuestra sangre y nuestro cerebro, pertenecemos a la naturaleza, nos encontramos en su seno, y todo nuestro dominio sobre ella consiste en que, a diferencia de los demás seres, somos capaces de conocer sus leyes y de aplicarlas adecuadamente” (Engels, 1961: 151).

Mediante una acción consciente conforme a la racionalidad científica, los seres humanos son capaces de elevarse en buena medida sobre “la influencia de efectos imprevistos y fuerzas incontroladas”, percibiendo “las consecuencias más remotas de nuestra interferencia con el curso tradicional de la naturaleza”. Aun así, con respecto a “los pueblos más desarrollados de nuestra época”, se podía observar “una desproporción colosal entre los objetivos declarados y los objetivos alcanzados”, de modo que “prevalecen los efectos imprevistos, y las fuerzas incontroladas son más poderosas que aquellas que se han iniciado conforme a un plan”. Las economías mercantiles de clases “solo excepcionalmente habían logrado el objetivo deseado”, más a menudo dando lugar a “precisamente lo contrario”. Por ello, un enfoque racional, científico y sostenible de la relación humana entre naturaleza y sociedad era imposible bajo el capitalismo (Engels, 1961: 16, 151).

Es significativo que este mismo punto de vista general sobre capitalismo y ecología defendido por Engels sería replicado unas décadas más tarde por Ray Lankester, quien fue protegido de Charles Darwin y Thomas Huxley, amigo cercano de Marx (y conocido de Engels) y principal biólogo británico de la generación posterior a Darwin. Lankester era un socialista de tipo fabiano, que había leído y asimilado El Capital de Marx. En su libro de 1911, El reino del hombre (que recogía su conferencia Romanes de 1905 en Oxford, “El hijo insurgente de la naturaleza”, su discurso presidencial de 1906 ante la Sociedad Británica para el Avance de la Ciencia, y su artículo “Venganzas de la naturaleza”, centrado en la enfermedad del sueño en África), Lankester insistía en que el dominio creciente del ser humano sobre la Tierra estaba dando lugar, de manera contradictoria, a un potencial creciente de desastres ecológicos a escala planetaria. Así, en su capítulo sobre las “venganzas de la naturaleza”, se refería a la humanidad como a la “perturbadora de la naturaleza”, y con ello la creadora de enfermedades epidémicas periódicas que amenazaban a la humanidad junto con otras especies. “Parece un punto de vista legítimo”, escribía Lankester, “que toda enfermedad a la que están expuestos los animales [incluyendo el animal humano] (y posiblemente también las plantas), quitando casos muy pasajeros y excepcionales, se debe a la interferencia del hombre” (Foster, 2020: 61-64; Lankester, 2019: 1-4, 26, 31-33). Además, esto podía explicarse por un sistema dominado por los “mercados” y por “financieros cosmopolitas” que socavaban cualquier intento racional científico para reconciliar la producción humana con la naturaleza (Lankester, 2019: 31; Lester, 1995: 163-164). Más tarde, Lankester desarrollaría este argumento de manera sistemática en “El borrado de la naturaleza por parte del hombre” (Lankester, 2018: 365-369).

Como los Marx y Engels tardíos, Lankester pensaba que el reinado del hombre constantemente conducía a la humanidad al borde del precipicio ecológico, lo que podría llevar, si las condiciones naturales eran pisoteadas por la acumulación capitalista depredadora, a un declive catastrófico del hombre y su entorno natural. Si no quería destruir las bases mismas de su existencia, a la humanidad no le quedaba más opción que controlar su producción, superando los estrechos límites de la acumulación de capital y siguiendo los dictados de una ciencia racional orientada a un desarrollo coevolucionario.

La dialéctica de la naturaleza y la historia

Los planteamientos ecológicos de Engels son inseparables de sus investigaciones sobre la dialéctica de la naturaleza, de las que surgieron. Sin embargo, el primer principio de lo que acabaría conociéndose como la tradición filosófica del marxismo occidental es que la dialéctica no puede aplicarse a la naturaleza externa, esto es, que no existe eso a lo que Engels llama una “dialéctica objetiva” más allá del campo de acción del sujeto humano6/. Las relaciones dialécticas, e incluso el objeto del pensamiento dialéctico, estarían confinados así a la esfera humana-histórica, la única en que se podría considerar que había una identidad entre sujeto y objeto, dado que la realidad no reflexiva (transfactual), fuera de la conciencia y acción humana, queda excluida del análisis7/. Pero con el rechazo completo de la dialéctica de la naturaleza en la tradición del marxismo occidental, salvo por un número relativamente pequeño de científicos de izquierdas y materialistas dialécticos, quedaron olvidadas la extraordinaria potencia de las investigaciones de Engels y la enorme influencia que tuvieron en el pensamiento evolutivo y ecológico, en las ciencias naturales y en el marxismo. Incapaz de ver la relación de la dialéctica con la naturaleza material, la tradición filosófica del marxismo occidental tendió a relegar tanto la ciencia natural como la propia naturaleza externa al ámbito del mecanicismo y el positivismo. El resultado fue una brecha entre la corriente dominante de la filosofía marxista después de la Segunda Guerra Mundial y la ciencia natural (y entre el marxismo occidental y la concepción materialista de la naturaleza), justa e irónicamente en el momento en que el movimiento ecologista estaba surgiendo como una fuerza política fundamental8/.

Para restablecer los hallazgos del materialismo histórico clásico en este ámbito hay que recuperar, en alguna medida, la concepción de Engels de la dialéctica de la naturaleza9/. Esto supone, a su vez, oponerse a las críticas superficiales y a menudo poco trabajadas de la comprensión de Engels de la dialéctica de la naturaleza, que suelen polemizar con las tres leyes generales de la dialéctica que derivó de G. W. F. Hegel y a las que da una nueva significación materialista: 1) la transformación de la cantidad en cualidad y viceversa, 2) la identidad o unidad de los opuestos, y 3) la negación de la negación (Engels, 1961: 178). Por ejemplo, Peter T. Manicas, cuando escribe sobre la “filosofía de la ciencia de Engels”, se queja del carácter “prácticamente vacío” de estas leyes (Manicas, 1999: 77). Sin embargo, en el análisis de Engels, estas no se entienden como leyes fijas y estrechas en un sentido positivista, sino más bien, dicho en terminología más actual, como principios ontológicos generales, concebidos dialécticamente, del mismo tipo que proposiciones básicas como el principio de uniformidad de la naturaleza, el principio de perpetuidad de la sustancia y el principio de causalidad. De hecho, el enfoque de Engels de la dialéctica supone en varios sentidos un desafío a la comprensión de estos principios tal como se concebían en la ciencia de su época10/.

Quizás la valoración más sucinta y penetrante de las contribuciones de Engels a la dialéctica de la naturaleza hecha por un científico natural pueda encontrarse en un panfleto de 1936 titulado “Engels como científico” por el célebre científico marxista J. D. Bernal, profesor de física y cristalografía de rayos X en el Birkbeck College de la Universidad de Londres. Bernal describe a Engels como un filósofo e historiador de la ciencia, a quien “no se puede considerar un aficionado” dada la amplitud de contactos científicos que había desarrollado en Manchester, y que había alcanzado un nivel de análisis que superaba ampliamente el de los filósofos de la ciencia profesionales de su época, como Herbert Spencer y William Whewell en Inglaterra y Friedrich Lange en Alemania (Bernal, 1936: 1-2). Según Bernal, tras la profunda comprensión de Engels del desarrollo histórico de la ciencia de su tiempo, había una percepción dialéctica en la cual “el concepto de naturaleza se consideraba siempre en su conjunto y como proceso” (Bernal, 1936: 5). En esto, Engels había retomado críticamente una idea de Hegel, entendiendo que tras la presentación idealista del cambio dialéctico en la Lógica había procesos que podrían considerarse como propios de la naturaleza, tal como se recogen en la cognición humana.

Al comentar la primera de las tres leyes dialécticas o principios ontológicos que Engels había tomado de Hegel (cómo cambios en la cantidad pueden conducir a transformaciones cualitativas, y al contrario), Bernal subrayaba su carácter fundamental para el pensamiento científico natural. “Con una perspicacia notable, Engels dice: ‘Las llamadas constantes de la física no son en general más que la designación de puntos nodales donde la adición o sustracción cuantitativa del movimiento trae consigo un cambio cualitativo en el estado del cuerpo en cuestión’... Apenas estamos empezando a entender ahora la justicia de estas observaciones y el significado de estos puntos nodales”. En este aspecto, Bernal subrayaba la referencia de Engels a la tabla periódica de Dmitri Mendeleev como ejemplar de las transformaciones cualitativas que surgen de cambios cualitativos, así como a la cercanía de las nociones básicas de Engels con descubrimientos que darían lugar a la teoría cuántica (Bernal, 1936: 5-7; Engels, 1961: 44). El enfoque de Engels, como señalaba el matemático británico marxista Hyman Levy, apuntaba ya al concepto de “transición de fase” que se utiliza en la física moderna (H. Levy, 1938: 30-32, 117, 227-228).

Hoy en día sabemos que este principio dialéctico se aplica también a la biología. Por ejemplo, el aumento de la densidad de la población en microorganismos (un aumento cuantitativo) puede llevar a un cambio en la expresión genética, llevando a la formación de algo nuevo (un cambio cualitativo). Según se incrementa la población de bacterias, las señales (químicas) emitidas por cada organismo se acumulan hasta un nivel que activa a los genes, llevando a la producción de una fase de biofilm mucilaginoso en el cual se insertan los organismos. Los biofilms pueden estar compuestos de una variedad de organismos, y los sujetan a prácticamente cualquier superficie, desde tuberías de agua a rocas en arroyos, desde los dientes a las raíces en la tierra11/.

La segunda ley de Engels, la interpenetración de los opuestos, es más difícil de definir en un sentido operativo, pero también tiene una importancia fundamental para la investigación científica. Según la explicación de Bernal, remitía a dos principios conectados: 1) “todo implica su opuesto” y 2) “no hay líneas rígidas y fijas en la naturaleza”. Engels ilustraba el segundo punto refiriéndose al famoso descubrimiento de Lankester de que el cangrejo cacerola (Limulus) era un arácnido, parte de la familia de las arañas y los escorpiones, una revelación que había asombrado al mundo científico y echado por tierra clasificaciones biológicas anteriores (Engels, 1961: 11, 192; Foster, 2020: 56, 249; Lankester, 1881: 504-48, 609-49). En su aplicación de este principio dialéctico a la física y a la cuestión de la materia y el movimiento (o la energía), Bernal defendía que “Engels se acercó mucho a las ideas modernas de relatividad” (Bernal, 1936: 7-8; Levy, 1935: 107-108). La noción de Engels de unidad de los opuestos a menudo se considera en la dialéctica marxiana contemporánea como referida al papel de relaciones internas en las cuales al menos uno de los términos es dependiente del otro (Bernal, 1936: 7; Foster, 2020: 242). Como el propio Engels observó, el reconocimiento de que las relaciones mecánicas con “su rigidez imaginada y validez absoluta han sido introducidas en la naturaleza por nuestra mente reflexiva” es el meollo de la concepción dialéctica de la naturaleza (Bernal, 1936: 7; Engels, 2003: XXXVII).

La negación de la negación, la tercera ley dialéctica informal de Engels, que, como apunta Bernal, parece tan paradójica en su propia formulación, trataba de indicar que todo lo que hay en el mundo, en el curso de su desarrollo histórico o evolución en el tiempo, está destinado a generar algo distinto, una nueva realidad emergente, con nuevas relaciones materiales y niveles emergentes, a menudo por el efecto de factores recesivos o elementos residuales, previamente superados pero que aún se conservan en el presente. La existencia material en su conjunto puede entenderse como tendente a una jerarquía de niveles organizativos, y el cambio transformador a menudo supone el tránsito de un nivel organizativo a otro, como de la semilla a la planta12/.

El desarrollo de las llamadas propiedades emergentes se considera hoy como un concepto biológico y ecológico básico. En un contexto ecológico ocurre cuando comunidades de especies interactúan de manera que producen nuevas características, a menudo imprevistas, que surgen del comportamiento de las distintas especies de la comunidad13/. Una finca de cuatro hectáreas con una combinación de cuatro especies (una policultura) puede tener un rendimiento mayor que cuatro hectáreas dedicadas a cultivos de cada especie por separado. Esto puede ocurrir por diversas razones: por ejemplo, un mejor aprovechamiento del sol y el agua, o un daño menor a los insectos en el terreno con policultura.

La coevolución de los organismos también produce nuevas propiedades. Así, en el tiempo evolutivo, los insectos que se alimentan de hojas de plantas conducen al desarrollo de numerosos mecanismos de defensa en las plantas. Por ejemplo, la producción de químicos que inhiben el ataque del insecto, y la emisión de químicos que atraen a organismos (a menudo pequeñas avispas) que ponen sus huevos en el insecto, que morirá cuando se desarrollen los huevos. Pero el toma y daca continúa. En al menos un caso, el del gusano del tabaco, la avispa debe además inocular un virus que desactiva el sistema inmune del gusano para que los huevos de la avispa puedan desarrollarse. La evolución está constantemente creando cosas diferentes, a veces radicalmente diferentes, según interactúan los organismos. En algunos casos, esto lleva a cambios fundamentales en ecosistemas enteros, y al auge de nuevas especies dominantes en determinados entornos. Como escribió Engels, la emergencia, en el sentido de “la negación de la negación, ocurre realmente tanto en el reino vegetal como en el animal” (Engels, 2003: 126).

Según Bernal, en tanto que historiador de la ciencia, Engels hizo observaciones notables respecto a las tres grandes revoluciones científicas del siglo XIX: 1) la termodinámica, o las leyes de conservación e intercambiabilidad de las formas de energía y de la entropía, 2) el análisis de la célula orgánica y el desarrollo de la fisiología, y 3) la teoría de Darwin de la evolución basada en la selección natural mediante variaciones innatas (Bernal, 1936: 8-10; Engels y Marx, 2006: 41). Como observaría más tarde Ilya Prigogine, ganador del Premio Nobel de Química de 1977, el gran descubrimiento de Engels fue reconocer que estas tres revoluciones en la ciencia física “desechaban el paradigma mecanicista” y se “acercaban a la idea de un desarrollo histórico de la naturaleza” (Prigogine y Stengers, 2005: 289-290).

Según la presentación de Bernal, entre las preocupaciones de Engels estaba la búsqueda de una “síntesis de todos los procesos que afectan a la vida, la ecología animal y la distribución biológica” (Bernal, 1936: 4). Lo que hacía posible esta síntesis era su concepción del cambio y movimiento dialécticos, enfatizando la complejidad de las interacciones materiales y la aparición de nuevos poderes emergentes, en un proceso de origen, desarrollo y declive. “La idea central del materialismo dialéctico”, declaraba Bernal, “es la de transformación. La tarea fundamental del materialista dialéctico es la explicación de lo cualitativamente nuevo”; descubriendo las condiciones que gobiernan la emergencia de una nueva “jerarquía organizativa” (Bernal, 1937: 90, 102, 107, 112-117).

A este respecto, la aportación original de Engels fue utilizar su concepción dialéctica de la naturaleza para arrojar luz sobre los cuatros problemas materialistas del origen que quedaron después de Darwin: 1) el origen del universo (que Engels insistía en que fue un autoorigen, como en la hipótesis nebular de Immanuel Kant y Pierre-Simon Laplace); 2) el origen de la vida (en el cual Engels refutó la noción de Justus von Liebig y Hermann Holtz de una eternidad de la vida y señaló en su lugar al origen químico, centrándose en el complejo de compuestos químicos que subyacen al protoplasma, en particular las proteínas); 3) el origen de la sociedad humana (en el cual Engels llegó más allá que ningún pensador de su época al explicar la evolución de las manos y las herramientas a través del trabajo, y con ellos el cerebro y el lenguaje, anticipándose a descubrimientos posteriores en paleo-antropología); y 4) el origen de la familia (donde defendió la base matrilineal original de la familia y el surgimiento de la familia patriarcal con la propiedad privada)14/.

De esta manera, insiste Bernal, Engels había anticipado o prefigurado muchos de los desarrollos de la ciencia materialista: “Engels, que saludó el principio de la conversión de una forma de energía en otra, también habría saludado la transformación de materia en energía. El movimiento como el modo de existencia de la materia [el gran postulado de Engels] habría adquirido así su verdad definitiva” (Bernal, 1936: 13-14). Como señala Bernal en otra parte, Engels “vio más claramente que la mayor parte de físicos distinguidos de su época la importancia de la energía y su inseparabilidad de la materia. Ningún cambio en la materia, declaraba, podría darse sin un cambio en la energía, y viceversa. La sustitución del movimiento por la fuerza, que Engels defiende en toda su obra, será el punto de partida de la crítica de la mecánica del propio Einstein” (Bernal, 1949: 362).

Y, sin embargo, la perspectiva ecológica amplia que emana de la dialéctica de Engels constituye el descubrimiento más importante de la Dialéctica de la naturaleza y la razón por la cual es tan importante una vuelta a la manera de razonar de Engels. Como defendía Bernal, una de las contribuciones cruciales de Engels fue su crítica de la noción de la conquista humana de la naturaleza. Engels hace un diagnóstico muy potente de la incapacidad de la sociedad humana, y en particular del modo de producción capitalista, para prever las consecuencias ecológicas de sus acciones, identificando ya “las consecuencias físicas no deseadas de la interferencia del ser humano con la naturaleza, como la tala de bosques y la desertificación” (Bernal, 1949: 364-365).

Otros destacados científicos socialistas británicos de los años 1930 y 40 quedaron igualmente impresionados por las advertencias ecológicas de Engels. Para el gran bioquímico e historiador de la ciencia Joseph Needham, podría decirse que a Engels “no se le escapaba nada”. Engels señalaba, en palabras de Needham, que “puede llegar un día en el que la lucha del ser humano contra las condiciones adversas de nuestro planeta se haga tan severa que haga imposible la continuidad de la evolución social”, refiriéndose a una posible extinción de la especie humana (Engels y Marx, 2006: 12; Needham, 1948: 214-215). Para Needham, un punto de vista tan crítico que se oponía a la hipótesis del progreso lineal, también servía para iluminar el extraordinario desperdicio y destrucción ecológicas de la sociedad capitalista, donde se cultivaba café para alimentar las calderas de las locomotoras. Esto planteaba la cuestión de una “interpretación termodinámica de la justicia”, dado que la alienación de la naturaleza (incluyendo la alienación de la energía), como había planteado Engels, estaba echando a perder las posibilidades humanas reales en el presente y en el futuro (Engels, 2011; Needham, 1948: 214-215).

El biólogo J. B. S. Haldane (una de las dos figuras británicas destacadas, junto con R. A. Fisher, en la síntesis neodarwiniana, que reconcilia la biología darwinista con la revolución en la genética) consideraba a Engels como la “fuente principal” de la dialéctica materialista. Comparando a Engels con Charles Dickens respecto a la revolución industrial, Haldane enfatizó que Engels vio más allá y profundizó más. “Dickens tenía un conocimiento de primera mano de estas condiciones (de pobreza y contaminación). Las describió con gran indignación y en todo detalle. Pero su actitud era más de compasión que de esperanza. Engels vio la miseria y la degradación de los trabajadores, pero vio más allá. Dickens nunca sugirió que si habían de salvarse debían salvarse ellos mismos. Engels vio que esta manera no solo era deseable, sino también ineludible” (Foster, 2020: 391; Haldane, 2015: 199-200).

El reconocimiento de la importancia de la dialéctica de la naturaleza de Engels ha llegado hasta nuestra época. Los biólogos de Harvard, Richard Levins y Richard Lewontin, dedicarían a Engels su ya clásica obra El biólogo dialéctico, inspirándose extensamente, aunque también críticamente, en su análisis (Richard Levins y Richard Lewontin, 1985). El paleontólogo y teórico evolutivo Stephen Jay Gould, colega en Harvard de Levins y Lewontin, observaría que Engels hace la mejor defensa del siglo XIX de la idea de una coevolución del gen y la cultura, y por ello la mejor explicación de la evolución humana en la época de Darwin, dado que la coevolución del gen y la cultura es la forma que deben tomar todas las teorías coherentes de la evolución humana (Gould, 1988: 111-112).

Fue el desarrollo por Engels de la dialéctica de la emergencia lo que acabaría demostrándose más revolucionario. Neddham se apropió de la importancia ontológica, epistemológica y metodológica de esta perspectiva en su propio análisis pionero de los niveles integrativos (de emergencia) en El tiempo: el río refrescante (un título que hace referencia al gran materialista de la Antigüedad, Heráclito):

“Marx y Engels tuvieron la audacia de afirmar que [el proceso dialéctico] se da de hecho en la propia naturaleza en evolución, y que el hecho admitido de que se da en nuestro pensamiento sobre la naturaleza se debe a que somos, y nuestra mente lo es también, parte de la naturaleza. No podemos considerar la naturaleza más que como una serie de niveles de organización, una serie de síntesis dialécticas. De la última partícula al átomo, del átomo a la molécula, de la molécula al agregado coloidal, del agregado a la célula viviente, de la célula al órgano, del órgano al cuerpo, del cuerpo animal a la cooperación social, se completa la serie de niveles organizativos. Nada más que energía (como llamamos ahora a la materia y el movimiento) y niveles de organización (o las síntesis dialécticas estabilizadas) han sido necesarios para construir nuestro mundo”15/.

Engels en el Antropoceno

Es algo ampliamente admitido en la ciencia actual (si bien no aún oficialmente) que la era geológica del Holoceno, que comenzó hace casi 12.000 años, llegó a su fin en los años 1950, y ha sido desplazada por la era del Antropoceno. El comienzo del Antropoceno fue ocasionado por la Gran Aceleración de los impactos antropogénicos en el medio ambiente, hasta el punto que la economía humana ha llegado a ser comparable en escala con los principales ciclos biogeoquímicos del planeta, resultando en una brecha de los límites del planeta que hacen del Sistema Tierra un lugar seguro para la humanidad (Angus, 2016; Foster et al., 2010: 13-18; Hamilton, 2017). El Antropoceno representa lo que Lankester había llamado “el reinado del hombre”, en el sentido crítico que él le daba: la humanidad es cada vez más un perturbador del medio ambiente natural a escala planetaria. De este modo, a la sociedad no le quedaba más opción que buscar una aplicación racional de la ciencia, y con ello abolir un orden social en el cual la ciencia había sido relegada a un mero medio por el que “se procuraban tesoros y lujos a los capitalistas” (Lester, 1995: 164). Lo que esto quiere decir, en los términos más contundentes de Engels (y Marx), es que la condición para una regulación racional del metabolismo entre la humanidad y la naturaleza, y con ello una aplicación racional de la ciencia, es la transformación del modo de producción y distribución. Cualquier otro camino invita a una acumulación de catástrofes (Foster, 2011: 1-2, 15-6; 2020: 64, 286-7).

La ecología de Engels alcanza su mayor pertinencia en el Antropoceno. Es ahora cuando la interdependencia de todo lo que existe, la unidad de los opuestos, las relaciones internas, el cambio discontinuo, la evolución emergente, la realidad de la destrucción de los ecosistemas y el clima, y la crítica de las nociones lineales de progreso pueden ser todas ellas vistas como fundamentales para el propio futuro de la humanidad y la Tierra tal como la conocemos. Engels era muy consciente de que en las concepciones científicas modernas “el conjunto de la naturaleza está ahora fusionado con la historia, y la historia solo se diferencia de la historia natural en tanto que proceso evolutivo de organismos autoconscientes” (Engels, 1961: 201). Mientras la humanidad estuviera alienada de su propio trabajo y del proceso de producción, y con ello de su metabolismo con la naturaleza, esto solo podía llevar a la destrucción de la naturaleza y la sociedad. El crecimiento cuantitativo del capital llevó a una transformación cualitativa de la relación humana con la propia Tierra, lo cual solo una sociedad de productores asociados podría abordar racionalmente. Esto se relaciona con el hecho de que un modo de producción cualitativo determinado (como es el capitalismo) estaba asociado con una matriz específica de demandas cuantitativas, mientras que un modo de producción transformado cualitativamente (como el socialismo) podría tener una matriz cuantitativa muy diferente.

Engels defendió que el capitalismo estaba “despilfarrando” los recursos naturales del mundo, entre ellos los combustibles fósiles (Engels, 2011). Señaló que la contaminación urbana, la desertificación, la deforestación, el agotamiento del suelo y el cambio climático (regional) eran todos ellos el resultado de formas de producción no planificadas, descontroladas y destructivas, que se daban en la sociedad mercantil capitalista. Al igual que Marx y Liebig, señaló al tremendo problema de alcantarillado de Londres como una manifestación de la brecha metabólica, que extraía los nutrientes del suelo y los mandaba con billete de ida a ciudades superpobladas donde se convertían en fuente de contaminación (Engels, 1887). Subrayó el carácter de clase que tenía la expansión de epidemias periódicas como el cólera, el tifus, la fiebre tifoidea, la tuberculosis, la escarlatina y otras enfermedades contagiosas que estaban afectando a las condiciones de la clase trabajadora, junto con la malnutrición, el sobretrabajo, la exposición a productos tóxicos y accidentes laborales de todo tipo. Señaló, basándose en la nueva ciencia de la termodinámica, que el cambio histórico ecológico era irreversible y que la propia supervivencia de la humanidad estaba amenazada en último término16B. Sobre las actuales relaciones de producción y el medio ambiente, dijo que nuestra sociedad se enfrentaba al dilema de ruina o revolución. El asesinato social de trabajadores en medios urbanos y las hambrunas de la Irlanda e India coloniales se consideraban como ejemplos de la explotación extrema, la degradación ecológica, e incluso el exterminio de poblaciones enteras que se encuentra bajo la superficie de la sociedad capitalista17/.

Sobre todas estas bases, Engels, como Marx, defendió que el metabolismo humano con la naturaleza debería ser regulado por los productores asociados en conformidad, o en coevolución, con las leyes naturales descubiertas por la ciencia, satisfaciendo las necesidades individuales y colectivas. Una tal aplicación racional de la ciencia, sin embargo, era imposible bajo el capitalismo. Ni siquiera el propio desarrollo era controlable en el capitalismo, pues este se basa en el beneficio privado e individual. Para aplicar un enfoque científico racional e integrador, conforme con las necesidades humanas y con la sostenibilidad de las condiciones medioambientales, hacía falta una sociedad en la que pudiera llevarse a cabo un sistema de planificación a largo plazo en función de los intereses de la cadena de las generaciones humanas18/.

En el análisis de Engels está implícita desde el comienzo la noción de lo que podríamos llamar el proletariado medioambiental. Así, mientras el capitalismo se preocupaba por la economía política del capital, la clase trabajadora en sus momentos de mayor opresión, y también de radicalidad, se preocupa por el conjunto de la existencia, partiendo siempre de las necesidades elementales. Calificar los objetivos de los trabajadores como una economía política de la clase trabajadora, como hizo Marx en una ocasión, quizás no sea erróneo, pero sería más correcto en la terminología actual decir que los trabajadores, en sus luchas más revolucionarias, están tratando de crear una nueva ecología política de la clase trabajadora, preocupada por su entorno y sus condiciones de vida básicas, lo que solo puede alcanzarse sobre una base comunal (Marx, 1973: 10). Fue esto lo que quedó tan bien recogido en La situación de la clase obrera en Inglaterra de Engels, donde denunció sistemáticamente la contaminación del aire y el agua, las alcantarillas infectadas, la comida adulterada, la malnutrición, los productos tóxicos en el trabajo, los accidentes frecuentes y la alta morbilidad y mortalidad de la clase trabajadora, señalando la lucha por el socialismo como la única vía de progreso.

Lo cierto es que La situación de la clase obrera en Inglaterra plantea cuestiones que en el Antropoceno vuelven a un primer plano. Las obras de juventud de Engels tendrían una influencia duradera sobre Marx, que le llevarían a señalar las epidemias periódicas y la destrucción del suelo como manifestaciones de la brecha metabólica. Muchas páginas de El Capital fueron dedicadas a tratar de actualizar los análisis epidemiológicos de Engels unas décadas más tarde (Foster, 2020: 197-204). Hoy en día, en el contexto de la pandemia de la covid-19, estos análisis tienen una importancia renovada como un punto de partida para la larga revolución hacia un mundo ecosocialista. Eso sí, para desarrollar estos análisis es necesario explorar una ciencia (y arte) dialéctica basada en la idea de la compleja unicidad de la humanidad y la naturaleza.

Todo está en venta

Engels admiraba la poesía de Percy Bysshe Shelley, a quien consideraba un “genio”. En su juventud escribió acerca de “una ternura y originalidad en la representación de la naturaleza que solo Shelley puede lograr”. Al inicio del Mont Blanc de Shelley, encontramos una dialéctica de la naturaleza y la mente no muy distinta de la de Engels:

“El interminable universo de las cosas

Fluye a través de la mente, y discurren sus rápidas olas,

Ahora oscuras; ahora rutilantes; ahora reflejando las tinieblas;

Ahora prestando esplendor, cuando desde manantiales escondidos

La fuente del pensamiento humano trae su tributo

De aguas; con un sonido solo en parte suyo” (Thomas Shelley, 1914: 528).

Como Shelley, que en Queen Mab escribió acerca de la alienación de la sociedad burguesa respecto a la naturaleza y el amor (“todo está en venta: la propia luz del Cielo / es venal; de la tierra los espléndidos dones del amor”), Engels vio la necesidad profunda de una reconciliación de la humanidad con la naturaleza, que solo una revolución podría traer (Thomas Shelley, 1914: 773)19/.

John Bellamy Foster es editor de la revista Monthly Review y autor de una larga lista de obras relacionadas con el marxismo y el ecologismo

https://monthlyreview.org/2020/11/01/engelss-dialectics-of-nature-in-the-anthropocene/

Traducción: Alex Merlo

Notas:

1/ El autor querría agradecer a Fred Magdoff su ayuda con varios puntos de este artículo.

2/ Las explosiones de calderas de loco-motoras debido a válvulas de seguridad defectuosas o mal colocadas eran comu-nes a mediados del siglo XIX. Los fabricantes de locomotoras, trabajando bajo presión, a menudo calzaban o ator-nillaban las válvulas de seguridad, que acababan atascándose o no pudiendo abrirse (Hewison, 1983: 11, 18-19, 36, 49, 54-56, 82, 85, 110).

3/ Sobre la noción de productivismo extremo, y en este sentido prometeísmo, así como su casi total ausencia en el pensamiento de Marx y Engels, ver Foster, 2009: 226-229.

4/ Engels, 2003: 279. Hay que señalar que, para Marx y Engels, las fuerzas productivas se refieren a algo más que la simple tecnología. Marx insiste en que el instrumento o fuerza de producción más importante son los propios seres humanos. Así, la expansión de las fuerzas productivas se refiere a la expansión de las habilidades y poderes productivos humanos (Baran, 1969: 59; Marx, 2010).

5/ Sobre el desarrollo humano sostenible como un marco que guía el pensamiento de Marx y Engels, ver Burkett, 2005: 34-62.

6/ (Engels, 1961: 178) La crítica a la dialéctica de la naturaleza de Engels tiene sus orígenes en la nota al pie 6 de Historia y conciencia de clase de Georg Lukács, si bien Lukács, como explicaría más tarde, nunca abandonó totalmente la noción de una “dialéctica meramente objetiva”, y defendería una dialéctica naturalista, más basada en Marx que en Engels, en su obra posterior. Sin embargo, el rechazo de la dialéctica de la naturaleza se convirtió en axiomático para el marxismo occidental desde el comienzo de los años 1920, terminando de asentarse en el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial (Jacoby, 1983: 523-526; Lukács, 1972: 24, 207). Sobre el conflicto general en torno a Engels en el marxismo contemporáneo, ver Blackledge, 2019: 1-20.

7/ Como ha defendido Roy Bhaskar, la necesidad de considerar lo intransitivo o el ámbito de la transfactualidad requiere una distinción entre lo epistemológico y lo ontológico, en contra de la ten-dencia de buena parte de la filosofía contemporánea (incluyendo la tradición del marxismo occidental) de promover la falacia epistemológica, propia del idea-lismo, en la que se subsume la ontología en la epistemología. Atenerse a esta falacia epistemológica haría imposible cualquier ciencia natural o materialismo coherente (Bhaskar, 2008: 397, 399-400, 405).

8/ Esto se puede ver en El concepto de naturaleza de Marx de Alfred Schmidt, publicado en 1962, el mismo año que Silent Spring de Rachel Carson. El trabajo de Schmidt, originado en la Escuela de Frankfurt (influido en parte por sus mentores Max Horkheimer y Theodor Adorno), en su mayor parte negaba la dialéctica de la naturaleza y cualquier reconciliación de la humanidad con la naturaleza, justo en el momento del surgimiento del movimiento ecologista moderno (Schmidt, 1970).

9/ Este y los siguientes seis párrafos están adaptados de Foster, 2020: 379-381.

10/ (Dilworth, 1994: 223-247). El principio de uniformidad (o uniformitarismo), a menudo asociado a Charles Lyell, fue cuestionado por el concepto de evolución de Darwin, si bien el gradualismo de Darwin rebajó el conflicto. Stephen Jay Gould y el paleontólogo Niles Eldredge desafiarían este principio de manera mucho más radical en su teoría del equilibrio puntuado en los años 1980 (York y Clark, 2011: 28, 40-42). La noción tradicional de perpetuidad de la substancia fue cuestionada en la época de Engels por el desarrollo del concepto de energía en la física. Respecto a estos dos principios ontológicos y el principio de causalidad, donde trata de la interrelación compleja entre causa y efecto, las leyes o principios ontológicos de la dialéctica de Engels no solo recogían los cambios revolucionarios que se estaban dando en la ciencia de su época, sino que en varias maneras prefiguraban descubrimientos posteriores. Respecto a la concepción de Engels de la causalidad, ver Engels, 1961: 195.

11/ Este párrafo fue escrito por Fred Magdoff. Ver también Magdoff &amp; Williams, 2017: 215.

12/ Las tres leyes informales de la dialéctica de Engels guardan relación con la emergencia, en particular la primera y tercera. La tercera ley, la negación de la negación, como dice Roy Bhaskar en Dialectics: Pulse of Freedom, “plantea la cuestión de las ausencias ausentes y el resurgimiento de elementos de la realidad perdidos o negados. Bernal desarrolló un análisis de la negación de la negación en términos del papel de residuos que vuelven a emerger y transforman las relaciones a través de procesos evolutivos complejos” (Bhaskar 2008: 150-52, 377-78; Bernal 1937: 103-4).

13/ Este párrafo y el siguiente han sido redactados por Fred Magdoff.

14/ Richard Levins y Richard Lewontin escribieron que “el materialismo dialéctico se había centrado [necesariamente] en algunos aspectos escogidos de la realidad. A veces hemos enfatizado la materialidad de la vida contra el vitalismo, como cuando Engels dijo que la vida era el movimiento de “cuerpos albuminosos” (por ejemplo proteínas, ahora diríamos macromoléculas). Esto parece contradictorio con nuestro rechazo del reduccionismo molecular, pero refleja simplemente momentos distintos de un debate donde los principales adversarios eran en primer lugar el énfasis vitalista en la discontinuidad entre el mundo inorgánico y el vivo, y después el borrado reduccionista de los saltos de nivel reales” (Lewontin y Levins, 2007: 103).

15/ (Needham, 1948: 14-15). Engels escri-be: “Es justamente la modificación de la naturaleza por el hombre, y no solo la naturaleza como tal, lo que constituye la base más esencial e inmediata del pen-samiento humano” (Engels, 1961: 196).

16/ Sobre la comprensión de Engels de la termodinámica, ver Foster y Burkett, 2017: 137-203.

17/ Sobre Marx y Engels y el exterminio y degradación ecológica en la Irlanda colonial, ver Foster y Clark, 2020: 64-77.

18/ Engels dejó claro que la regulación racional de la relación humana con la naturaleza, y por ello la aplicación racional de la ciencia, solo era posible con “una revolución completa del modo de producción vigente hasta ahora” (Engels, 1961: 53). Sobre la alienación de la ciencia bajo el capitalismo, ver Mészáros, 1975: 101-102. El papel de la ciencia bajo el capitalismo se clarifica también en la noción de Richard Levins de “naturaleza dual de la ciencia” (Levins, 1996: 103-104). La incontrolabilidad del capital se teoriza en Mészáros, 2000: 713.

19/ Thomas Shelley (Shelley, 1914: 773). Marx describió a Shelley como “básicamente un revolucionario”, una apreciación que Engels compartía (Eleanor Marx Aveling, 1975: 4).

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Fuente: https://vientosur.info/la-dialectica-de-la-naturaleza-de-engels-en-el-antropoceno/