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miércoles, 1 de abril de 2015

JORGE ACUÑA, INTÉRPRETE POPULAR[1]



Antonio Rengifo Balarezo (sociólogo), Hugo Romero Manrique (profesor), Jorge Acuña Paredes (héroe del pueblo)) y Robinson Ortiz Agama (arquitecto).  Teatrín Vargas Llosa de los libreros del Jr. Amazonas, Lima.
 


Guillermo Rouillon Duharte

No exageramos en lo más mínimo al denominar así a este actor que es consciente del valor profundo del teatro y de la vida. Indiscutiblemente, Acuña es el que ha realizado –en forma directa y en vivo– el mayor número de representaciones con su Teatro de la Calle.

Desde el año 1968 hasta la fecha lo observamos todas las tardes, con renovado vigor y sensibilidad artística, en el improvisado escenario de la Plaza San Martín y a partir de las 5.30 p.m. Salvo cuando viaja al interior del país o cuando es invitado a concurrir a festivales teatrales en el extranjero, interrumpe su aplaudido espectáculo destinado a las masas populares.

Acuña, quien a la vez es autor e intérprete, en todo momento, alienta el inquebrantable propósito de plasmar teatralmente una conciencia social entre el público esquivo e indiferente que transita por el centro de Lima.  Y ¿cómo realiza esta difícil empresa?  Pues utilizando la fuerza sugestiva de la imagen y la palabra.  A través de estos medios sencillos y naturales, cada día, logra establecer comunicación con los espectadores. De ahí que sus cuentos, arrancados de personajes y hechos de la vida real y que trasuntan las contradicciones de la sociedad en que vivimos, al ser teatralizados, congreguen a cientos de espectadores y los mantenga, todo el tiempo, sin decaer su interés, a lo largo de la función que, por lo regular, dura sesenta minutos.

Ahora pasemos a explicar a grandes rasgos como presenta Acuña sus piezas ante el público y, por lo tanto, como consigue fácilmente apoderarse del alma de este.

A las 5.30 p.m. Acuña empieza a trazar sobre el pavimento de la Plaza San Martín con tiza (empleando por lo menos seis de ellas) un rectángulo, cuadrilátero o círculo y, luego, escribe algunos pensamientos provenientes de  pensadores o artistas revolucionarios. Entre ellos, el de Mariátegui que dice a la letra:  La burguesía quiere del artista un arte que corteje y adule su gusto mediocre. Enseguida de terminada esta tarea preliminar, se prepara cuidosamente en presencia del público para entrar en escena, es decir, para convertirse en el personaje teatral, al mismo tiempo que se enlaza al cuello el tirante que sostiene un viejo megáfono para ampliar su voz y ser oído por los espectadores que se van reuniendo en torno a él.  A continuación a la vez que se unta el rostro con una especie de crema blanca y se dibuja unas líneas pequeñas de color negro, explica el uso de la máscara en el teatro y la evolución que ha experimentado hasta alcanzar formas sencillas con el maquillaje.

De inmediato, como en los circos anuncia los números que va a representar y, por lo general son tres pantomimas:  La Sopita, El Bañista y El  Cura (escritas por el propio actor).

Antes de “subir el telón” (simbólico), Acuña se acerca al público portando en la mano una caja para solicitar un óvolo voluntario y advierte por el megáfono que:  Se encuentran exceptuados de tal aporte todos aquellos que, por una u otra razón, no puedan hacerlo pero, de todos modos, están invitados por cuenta del que habla –expresa el actor– a presenciar la función.  La mayor parte del público asistente contribuye con una modesta donación.

Acto seguido, formula una pregunta el intérprete:  ¿Por qué prefiero trabajar en las plazas de esta ciudad, y no en las elegantes y perfumadas salas de teatro? Yo prefiero trabajar –responde enfáticamente– en las calles porque aquí acude una mayor cantidad de personas, en cambio en las salas de espectáculos se elabora, por lo regular, ante la presencia de treinta espectadores que ocupan con holgura la platea. De los cuales, alrededor de veinte son familias y amigos y los restantes poseen una camisa blanca, abrigos de pieles, prismáticos para observar la función y, en última instancia son los que pueden abonar de S/. 50.00 a 200.00 por una entrada. Cosa curiosa –dice Acuña– después se comenta que el pueblo no le gusta ir al teatro.

Debo reiterar –prosigue hablando el intérprete– que el arte no ha sido creado para hacer reír a la gente. El arte es una herramienta de trabajo, una herramienta de lucha y una herramienta de denuncia y de protesta al servicio del pueblo.

Finalizado este introito, el actor se despoja del megáfono por intermedio del cual se ha hecho oír y, entonces, comienza la representación, absteniéndose del uso de la palabra, para expresar todo género de acciones, pasiones y caracteres por medio de gestos y de movimientos de todo el cuerpo.

En los entreactos, si alguno de los espectadores ha llegado con retraso, el actor le entrega por exigua suma de dinero, un relato escrito a mimeógrafo (y de exclusiva propiedad intelectual) para que pueda leer al concluir la función. Dicho sea de paso el número de estos ejemplares vendidos pasa de los 135,000.

Al terminar el espectáculo tan singular y ameno, Acuña al par que procede a quitarse el maquillaje del rostro para volver a ser el hombre común y corriente, agradece en nombre del “Teatro de la Calle” a la concurrencia que aplaude de pie.

Así pues, aparte que el actor de la Plaza San Martín, con sus obras puestas en escena por él mismo, da un nuevo impulso al teatro peruano, es un trabajador de este arte que vive no solo el momento histórico que confronta el país sino también las preocupaciones que afectan a su propia clase social.



"Al comienzo cuando salí a la plaza pensé que la calle era el final de todo. No, ahora después de cincuenta años entiendo que la calle es el comienzo de todo. Yo creo que allí se debatirán los problemas que no se pudieron esclarecer en las aulas universitarias y en los salones doctorales."

Jorge Acuña Paredes
 


El mimo Jorge Acuña, héroe del pueblo

Los artistas son hombres extraordinarios.  Creo, que si Dios existiese serían sus mensajeros enviados para transformar la realidad, de su aspecto desabrido, en un mundo de encantamiento.  Sin embargo, son hombres comunes y corrientes cuando están entre sus iguales, es decir, entre la gente del pueblo en cualquier lugar en que se encuentren; ya fuese en Chucschi o en Estocolmo.  Como es el caso de nuestro querido Jorge Acuña.

Pero cuando los artistas ejercen la magia de su arte se trasmutan en mensajero de los dioses y todos caen embelesados bajo el influjo de su capacidad expresiva; de la elocuencia del silencio del mimo Jorge Acuña.  Llevo su arte a la calle, a la plaza, a las plazuelas y parques de Lima.  Pero sobre todo, a los pequeños pueblos del Perú.

Jorge Acuña es amado y reconocido por personas anónimas del pueblo sin gritos estridentes ni histéricos sino como si fueran sus familiares queridos.  Esos son los artista populares que están a gusto fuera del mercado de las ilusiones fabricadas y no sentidas.  Lo arriesgan todo por llevar el arte al pueblo y a la vez darles –sin proponérselo muchas veces-  una esperanza de reivindicación social.  Son los héroes populares sin mayores aspavientos que deambulan por el mundo con una brújula implantada en el corazón.  Al conocerlos uno cree que son sus viejos amigos que los han reencontrado y hasta le palmotea la espalda como muestra de confianza y cariño; Acuña se brinda generosamente.  Ese es el mimo Jorge Acuña; quien el sábado 31 de enero, actuó y recibió el homenaje amoroso de los libreros del Jr. Amazonas y del público asistente en el mejor escenario limeño a donde acuden los artistas populares, el teatrín Vargas Llosa.  Una de sus representaciones fue la conocida Sopita del pobre.

Jorge Acuña no se jubila por la sencilla razón de que tiene una vocación que cuando la ejerce está en perpetuo jubileo.  Y como no es un artista mediocre o de moda siempre está vigente y es recordado; como lo recordamos nosotros, luego de más de cincuenta años desde cuando en la plaza San Marín brindaba su arte, es decir, en pleno jubileo compartido.

Jorge Acuña no solo es mimo –y vaya paradoja- sino un maravilloso narrador oral.  En el otrora mítico bar Palermo narró el cuento antologable del profesor Francisco Izquierdo Ríos:  El Bagrecito.  Y hasta los bulliciosos parroquianos enmudecieron asombrados.  Ese bar estaba en la cercanía de la Casona de la universidad de San Marcos.  Ahí concurrían políticos de café y artistas consagrados y en ciernes.

Las ocurrencias y anécdotas de Jorge Acuña son numerosas.  Una de esas ocurrencias fue en Ticlio, el punto más alto de la carretera Central (4818 msnm).  El vehículo en el que viajaba con un grupo de amigos se detuvo unas horas por el exceso de nieve que había caído.  Acuña le solicitó a un amigo que le tomara una foto en la nieve.  Cuando el amigo se dispuso a tomarle la foto, él desnudo y alzó los brazo.  Tal era su estado emocional que no sintió frío; pese a no ser serrano sino selvático, de Iquitos.  Esa foto la llevaba consigo en su billetera

Motivado por el reciente reencuentro con Jorge Acuña, contaré un suceso insólito que apunta al corazón y del cual fui testigo.  Ocurrió en Casagrande, cerca a Trujillo en plena cooperativización de las negociaciones azucareras por la Reforma Agraria del gobierno del General Velasco.  Entre el grupo de artistas que llegaron para sensibilizar a la población estaba Jorge Acuña.  Ellos ofrecieron funciones en los diversos caseríos y anexos.  En esas circunstancias, observé a un joven del lugar que asistía en primera fila y en cuclillas a las presentaciones del mimo y el que con entusiasmo desbordante celebraba sus actuaciones; aplaudía con las manos en alto y hasta brincaba de alegría.  Terminada la función, lo seguía como una sombra a todas partes.  Me preguntaba a qué se debía la extrema admiración del joven lugareño por el mimo Acuña y no hallaba respuesta.  Hasta que un día y de improviso tuve la respuesta a mi interrogante.  De casualidad ingresé a una tienducha de Casagrande que fungía de bar y observé en una mesa de un rincón del “bar” al joven lugareño conversar animadamente, entre copa y copa, con el mimo Acuña.  ¡Vaya mi sorpresa!  Sus ojos refulgían por haber descubierto una persona afín y el mimo Acuña se prodigaba con la mejor actuación de su vida.  El joven lugareño era sordomudo. 
Antonio Rengifo Balarezo
Lima, Unidad Vecinal N°3, 02/02/15


[1] Publicado el lunes 9 de febrero de 1976, en la página editorial del diario El Comercio de Lima. Guillermo Rouillon (Callao 1917/Lima 1978) escritor de intensa vida institucional y conocido como el emblemático biógrafo de José Carlos Mariátegui La Chira.

lunes, 23 de marzo de 2015

LIBER FORTI, SINDICALISTA REVOLUCIONARIO, CONVERSADOR INAGOTABLE, LEYENDA LATINOAMERICANA


La Vanguardia
23-03-2015
Que se ha muerto Líber Forti, argentino de Tupiza (Bolivia), boliviano de Tucumán (Argentina), anarquista, teatrero -que es mucho más que actor o director de teatro-, sindicalista revolucionario, conversador inagotable, leyenda latinoamericana que lo vivió casi todo e intensamente, desde la Argentina volcánica de su adolescencia, a la Bolivia de la Central Obrera de Juan Lechín. También sobrevivió a todo y con galanura, al hambre, a la tortura, a la pena, a la pobreza y hasta al amor, porque si algo cabe añadir como estrambote al soneto quevedesco que fue su vida, atrajo a mujeres de tronío, desde su compañera militante de la primera hora, Ana Santiago, hasta la que ahora quedará como viuda imperecedera, Gisela Eufemia Ana Derpic Salazar, abogada de Potosí, que acabará convirtiéndose en legataria del patrimonio de un anarquista histórico, que se reduce a una hija -Gladeli-, papeles y palabras.

Líber Forti falleció el miércoles -madrugada del 11 de marzo-, apenas unos días antes del Día Internacional del Teatro y a esa edad provecta pero siempre inquietante de los 95 años. Había nacido un 19 de agosto de 1919 y era un Leo inscrito en el manual del zodiaco. Para llegar a los 95 años hay que saber manejarse muy bien en la vida; la vejez hasta tan alto grado no consiente improvisaciones sino valores consolidados. Supo escoger amigos fieles y damas con posibles. No es un reproche, tan sólo un apunte al hombre que admiré por su bravura en medio de un mundo desmoronado. ¿Qué quedaba de la audacia temeraria del viejo anarquismo argentino? Quizá poco más allá del porte, el gesto y la bella retórica de un hombre cabal que respondía al nombre de Germinal Líber Forti Carrizo.

Bastaría ese Germinal, del que Zola hizo una tradición ácrata, o el Líber que consagraba la raíz italiana de algunos míticos anarquistas argentinos. Su padre, Marco Forti, impresor y librero, huyó de la represión argentina para instalarse en Tupiza, en el sur de Bolivia, donde se había creado en 1906 la primera organización anarquista boliviana, la Unión Obrera 1º de Mayo, editora de La Aurora Social. (Me siento, mientras escribo esto, como un anticuario que exhibiera una pieza insólita de la brutal historia de la entonces denominada clase trabajadora).

Como es obligado el toque de color local -¿a qué viene este, contándonos historias de sudacas, ausentes de catalanidad y arraigo casolano?- debo decir que yo conocí a Líber Forti en Barcelona, donde fuera de un puñado de admiradores más viejos que la pana y algún arrumbado de última hora, ni dios le hizo maldito caso. Y eso que vivía entonces con Nuria Álvarez, un encanto de mujer con paciencia infinita, segura y arrogante, pero un tanto perpleja ante aquel tipo donde se mezclaba el amor a la humanidad y el egoísmo patológico de todo redentor seguro de sí mismo.

A Líber Forti debo la aventura quizá más surrealista de mi vida. Embarcarme en una biografía del desconocido Rafael Barrett (1876-1910) que me lanzó al Buenos Aires violento del anarquismo, al Paraguay irredimible y a la ciudad-mundo de Montevideo, con escalas en Perú y Bolivia, desde La Paz a su amada Cochabamba. Por mi culpa perdí la única oportunidad de ser nombrado ciudadano honorífico de una ciudad donde no había estado nunca, Tupiza, donde me esperaba desde el alcalde hasta el común de sus habitantes para concederme tal honor, y que él mantuvo en tanto secreto que yo no acerté a ir porque me quedaba lejísimos. Tupiza, con sus autoridades a la cabeza, se indignó por mi gesto de no recibir el honor que había organizado Líber Forti y del que yo desconocía todo. Prometí ir a disculparme y resarcirme, pero ya creo que será reencarnado en pájaro andino.

No es una historia personal la de Líber Forti por más que él me animara a reconstruir la vida y obra de Rafael Barrett, y su compadre y mecenas Tyron Heinrich, boliviano de Santa Cruz, me ayudara en el operativo por tierras ignotas. Aquel librito que le llenó de zozobra y que titulé Asombro y búsqueda de Rafael Barrett (que publicaría sin muchas ganas mi amigo Herralde en Anagrama, allá por el otoño del 2007 con gran éxito de crítica y público, diríamos con sarcasmo, porque no recuerdo más que una reseña y era insultante). Resultó que su intención de hacer un gran homenaje a quien había sido inspiración del anarquismo argentino, ayuno de fuste teórico y riquísimo por otra parte en la acción directa, terminó en un librito amoroso hacia la figura del protagonista, el olvidado Rafael Barrett, santanderino de Torrelavega cuando aún no existía Cantabria, aristócrata tronado, gran cultura de músico y políglota, y sobre todo una personalidad intachable de intelectual en la vorágine entre dos siglos, el XIX y el XX, viajando entre el provinciano Madrid, el París cosmopolita y el que para nuestra cultura sería un lejano Londres. Una experiencia que para mí se resumió en un esbozo biográfico y una implacable crítica a los oportunistas que habían manipulado su brillante obra de periodista de ideas.

Pero lo cierto es que Rafael Barrett era tan anarquista como podría haberlo sido yo, pero no como Líber Forti, militante de la acracia, y eso le generó un desasosiego que superó con su despierta inteligencia y su desprecio hacia los arribistas, que le exigieron una declaración pública rechazando mi libro y que se encontraron con el muro infranqueable de su honestidad intelectual. Apenas fue un incidente en una vida como la suya donde había pasado primero por la FORA, la legendaria organización sindical anarquista argentina, tras una experiencia como linyera (léase en castellano liñera), o lo que es lo mismo, los que se subían a los vagones de ganado y se instalaban en vagabundos errantes en busca de trabajo y oxígeno, huidizos de los pistoleros de la patronal por los territorios de la Pampa.

Conservo un apunte de mis interminables conversaciones con Líber Forti, datada el día 1 de enero del 2005 en Cochabamba, que he vuelto a leer emocionado: “No tengo celos por las mujeres. Me los quitó una prostituta en Tucumán cuando tenía pocos años, iba de pantalón corto y los cafisos que jugaban a las cartas después de comer me llamaban El Bachiller. ¡Ciao Bachiller! La conocí porque me encargó llevarle 20 pesos a una hija que tenía en un colegio. Se sorprendió tanto de que yo cumpliera, que un día me saludó con otra del oficio de la que me enamoré, perdidamente, pero me dijo que tenía un cafiso que estaba enfermo, y como yo viera una guitarra colgada de la pared -era músico- yo se lo dije como lo sentía, que no tenía que dejarlo. Estaba enamorado de una mujer que se acostaba con otro y yo lo comprendía. Un día no quiso seguir ese juego y se marchó y ni en la casa de prostitutas supieron más de ella. Yo tampoco”.

En junio del 2012 Líber Corti vino a España por última vez. Quería ir a Asturias, para él otra arcaica leyenda revolucionaria, y escuchar al amigo Jerónimo Granda, cantante de Oviedo, al que yo reconocí como el principal promotor intelectual del libro sobre Rafael Barrett. Le acompañó su amigo y mecenas Tyron Heinrich, que se había convertido en su alma máter tras quedar seducido al escucharle conferenciando en un colegio de élite en Santa Cruz, Bolivia. Fue nuestro último encuentro en vivo. El siguió luego hasta París para charlar con Elizabeth Burgos y Regis Debray sobre la eterna experiencia de Bolivia, del Che, de su derrota, y de esa esperanza en un mundo diferente.

Ahora, que acaba de morir a edad tan conservadora como son 95 años, quisiera recordarle con una estrofa del peruano César Vallejo. Él hubiera preferido que fueran de nuestro León Felipe, al que trató y que le dedicó elogios inolvidables, pero el derecho de los supervivientes a veces se reduce a escoger el epitafio: “Al fin de la batalla, y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre y le dijo: ‘No mueras, te amo tanto’. Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo”.

Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=196809
 

martes, 1 de julio de 2014

DAVID RENGIFO CARPIO: EL REESTRENO DE LA OPERA OLLANTA



ÍNDICE

EPÍGRAFE                                                                                                5

PRESENTACIÓN                                                                                    7

INTRODUCCIÓN                                                                                   11

CAPÍTULO I
EL MUNDO TEATRAL LIMEÑO EN 1920                                                                 19
1.              Introducción                                                                                        19
2.              El reglamento de teatros                                                                        23
3.              Los teatros limeños                                                                               25
4.                     La ópera y su público: La temporada lírica de 1920                                                 36
5.              Otras compañías teatrales y las piezas nacionales                                               57

CAPÍTULO II
EL INICIO DEL ONCENIO DE LEGUÍA                                                                    63
1.              Antecedentes. Auge y agonía del Segundo Civilismo:
La República Aristocrática                                                                              63
2.              Los inicios del leguiísmo: el proyecto político,
la Patria Nueva y la política cultural                                                               69

2.1           Proyecto político                                                                                 71
2.2           La Patria Nueva                                                                                  77
2.3           Política cultural                                                                                 80

CAPITULO III
EL TEATRO Y SU IMPORTANCIA A INICIOS DEL ONCENIO                                                                        85
1.              El teatro quechua cuzqueño en Lima                                                     86
2.              El reestreno de la ópera Ollanta

CAPÍTULO IV
LA ÓPERA “OLLANTA”                                                                                  99
1.              La inspiración de la ópera: el drama quechua
colonial “Ollantay”                                                                                     101
2.              Los orígenes de la ópera Ollanta                                                          103
3.              El estreno de 1900                                                                             104
4.              El libreto de 1920                                                                              111

CAPITULO V
EL REESTRENO DE LA ÓPERA OLLANTA                                                           125
1.              El papel del Estado                                                                           125
2.              Lima expectante en vísperas del reestreno                                            133
3.              La apoteósica noche del reestreno                                                       139
4.              El éxito de la temporada y el público                                                  152
5.              La temporada lírica del centenario de la
Independencia (1921)                                                                                  167
6.              Ollanta estrenado en el Puerto del Callao                                              171
Epílogo                                                                                                    173

A MODO DE CONCLUSIÓN                                                                                    175

APENDICES                                                                                                                179
I.               Biografías                                                                         
Federico Blume y Corbacho                                                                                   179
Luis Fernán Cisneros Bustamante                                                                      181
José María Valle Riestra                                                                                         183
II.            Balance sobre el teatro republicano                                                      187
III.          Libreto de la ópera Ollanta                                                                       196

BIBLIOHEMEROGRAFÍA                                                                                       255

ÍNDICE                                                                                                                             263
Mayor de San Marcos




 


El libro se refiere fundamentalmente al reestreno de la ópera “Ollanta” en 1920, obra del compositor  José María Valle Riestra. El trabajo de Rengifo más que una crónica del teatro en Lima o un análisis literario, es una aproximación a la representación social de la obra. En términos de historia global Rengifo ha intentado ver las relaciones de esa ópera con los elementos de la superestructura ideológica. Trata de reconstruir las relaciones de la obra teatral con la atmósfera político-cultural y la situación económico-social del país.

Pablo Macera, historiador




INTRODUCCIÓN

La ópera nacional “Ollanta” del músico José María Valle Riestra, se estrenó el 26 de diciembre de 1900 en el Teatro Principal. Fue puesta en escena por la compañía lírica italiana Lombardi. El estreno tuvo un resultado bastante modesto: hubo por lo general un frío recibimiento, y las presentaciones apenas llegaron a cuatro. Además, no hubo ningún apoyo por parte del Estado a pesar del carácter nacional de la obra; en el estreno el jefe de Estado, el ingeniero Eduardo López de Romaña, no concurrió al palco oficial y ni siquiera envió a un edecán.

Sin embargo, veinte años después, el miércoles 22 de setiembre de 1920 en el flamante y lujoso teatro Forero se reestrenaría la ópera “Ollanta” a cargo de la compañía italiana Bracale, contó con el auspicio del gobierno de Leguía; el resultado: un éxito apoteósico. El lleno fue total, asistió el jefe de Estado Augusto B. Leguía y la élite política, social e intelectual limeña. Recibió de la prensa limeña, auspiciosos comentarios, catalogaron la puesta en escena como “espectáculo jamás visto antes en Lima”. Las presentaciones se extendieron hasta el 17 de octubre con las localidades agotadas y con la asistencia de todos los sectores sociales; suceso insólito en ese tipo de espectáculos.

El rotundo éxito de la ópera “Ollanta” en 1920 difiere con la fría acogida que hemos señalado en 1900. También contrasta con el modesto impacto que tuvieron las compañías teatrales cuzqueñas que se presentaron en Lima, en 1920, antes del reestreno de la ópera “Ollanta”. Dichas compañías presentaron diversos dramas quechuas, inspirados en la época incaica, pero no gozaron de una amplia cobertura y apoyo incondicional de la prensa limeña, ni tuvieron la totalidad de las simpatías de las elites; a pesar del ambiente indigenista, promovido incluso desde el Estado. Sin embargo, estas compañías de teatro quechua, sí tuvieron un gran éxito y apoyo en el Cuzco[1].

La situación paradojal expuesta anteriormente, nos conduce a plantearnos las siguientes interrogantes:

¿Cuáles serían las causas del fracaso de 1900 y del éxito apoteósico del reestreno en 1920? ¿Por qué el Estado apoyó el reestreno de la ópera “Ollanta”? ¿Por qué no lo hizo en 1900? ¿Qué motivó ese cambio de actitud? ¿Por qué las elites casi ignoraron la obra en 1900 y la celebraron en 1920? ¿Por qué las compañías cuzqueñas no tuvieron el mismo éxito y cobertura en Lima como sí lo tuvieron en el Cuzco? ¿Qué significó el reestreno de la ópera “Ollanta” en el complejo escenario del inicio del segundo gobierno de Leguía conocido como el Oncenio? ¿Jugó aquella ópera un papel dentro de la política de Leguía?

Todos estos interrogantes se irán respondiendo a lo largo del presente libro, además de reconstruir la ópera mencionada y los acontecimientos de 1900 y fundamentalmente del reestreno de 1920 en su relación con la atmósfera política-cultural y la situación económico-social de aquéllos años.  Así observaremos como el análisis de sucesos aparentemente anecdóticos revelan aspectos sustantivos del proceso histórico de la sociedad peruana, teniendo en cuenta que el teatro fue un poderoso vehículo ideológico capaz de desatar entusiasmos, por su poder comunicativo que nacía del contacto con el público. 

Consideramos que la sociedad influye en el teatro; pero que éste no es un reflejo pasivo de la sociedad. En la dinámica de su interacción van creándose y trasmitiendo creencias, pasiones y temores de una sociedad, o de un grupo de ella. En cada representación se ponen en movimiento dos sociedades entrelazadas: una aparentemente irreal, atemporal sobre el escenario, y otra real que la observa,  comenta, crea y permite ponerla en movimiento sobre el escenario. Por consiguiente, las expresiones artísticas, como el teatro, en este caso a través de una ópera, son fuentes históricas, aun cuando no son estrictamente fuentes de la realidad objetiva de una época.

Es necesario despojarnos de nuestra óptica contemporánea para comprender la importancia que tuvo el teatro no sólo como espacio de diversión, distracción y deleite estético, sino como vehículo ideológico. Por lo tanto, no es de extrañarnos el posible papel que jugó en el manejo del conflicto cultural, político e ideológico que se presentaba en los inicios del segundo gobierno de Leguía.

En aquel año de 1920, Lima era una ciudad de gran actividad teatral, diversos artistas y compañías, sobre todo internacionales, de diverso género actuaron en sus salas teatrales. Ese mismo año fue inaugurado el lujoso y moderno teatro Forero, símbolo de modernidad cosmopolita donde se reestrenó, precisamente, la ópera nacional “Ollanta”.

El presente libro está compuesto por cinco capítulos y los apéndices. En el primero se presenta una visión panorámica de El mundo teatral limeño en 1920, durante el segundo año del Oncenio. Comprende el público, el significado de ir al teatro en aquellos años, el reglamento de teatros y una descripción general de las actuaciones de las compañías artísticas que se presentaron en Lima, con énfasis en la ópera; donde las compañías italianas Bracale y Salvati pusieron en escena la más grande temporada de ópera del siglo XX.

En el segundo capítulo “El inicio del Oncenio de Leguía, primero se describe y analiza el marco histórico del segundo civilismo o la República Aristocrática como antecedente de los inicios del Oncenio, contexto donde ocurrió el reestreno de la ópera “Ollanta”, para luego ocuparnos del contexto de la llegada al poder, por segunda vez, de Augusto B. Leguía; su proyecto político y el significado de la Patria Nueva, con sus consiguientes implicancias políticas, económicas y  sociales.

En el tercer capítulo “El teatro y su importancia en el Oncenio”, se pone énfasis en la relación del proyecto político Leguiísta, con su política cultural y su discurso propagandístico (Patria Nueva), viendo la relación entre su política cultural y el teatro a inicios del Oncenio.

En el cuarto capítulo “La ópera Ollanta”, se hace una revisión del origen y evolución de la ópera en cuestión, comparando el texto del drama “quechua colonial” “Ollantay” con los libretos de la óperaOllanta” de 1900 y 1920, y el de estos dos últimos. Se aborda también el reestreno de la ópera “Ollanta” en 1900, estreno que no tuvo mayor trascendencia en el público limeño, además de un preámbulo del reestreno de 1920.

El quinto capítulo “El reestreno de la ópera Ollanta”, se muestra el papel del Estado, la prensa en relación con el reestreno, el alcance social de la ópera y las implicancias de los acontecimientos desencadenados por el apoteósico reestreno de “Ollanta” por la compañía italiana Bracale en 1920 y su relación con el discurso de la Patria Nueva y el leguiísmo. Además de las representaciones por la compañía italiana Salvati y la temporada lírica del Centenario de la Independencia en 1921

Finalmente, el apéndice contiene la biografía del músico José María Valle Riestra, creador de la música de la ópera “Ollanta”, y de Luis Fernán Cisneros y Ricardo Blume y Corbacho; quienes escribieron el libreto de “Ollanta”. Un balance bibliográfico de las investigaciones sobre el teatro peruano republicano decimonónico y de inicios del siglo XX. Finalmente se incluye el libreto de la ópera “Ollanta”.

El presente texto está dirigido a un público amplio y no únicamente a los profesionales de la historia. No es mi intención, hacer una crónica detallada del teatro en Lima de los años en cuestión, ni un estricto análisis literario. Tampoco hacer un estudio semiótico, musical y estético de la ópera “Ollanta”; sino una aproximación desde la historia social, como una clave para entender las rupturas y continuidades de la sociedad peruana y sus imaginarios, desde hechos aparentemente anecdóticos, en uno de los periodos cruciales de la historia republicana. 

Si bien desde hace algunos años, se ha avanzado en los estudios del pasado de la sociedad peruana a través del teatro por historiadores o investigadores vinculados a las letras y Ciencias Sociales, aún es poco lo que se ha hecho en comparación con otros países de América Latina, y principalmente de Europa[2]. Este trabajo forma parte de esa modalidad de investigación histórica, cuyo origen se encuentra en mi tesis de licenciatura, La función ideológica del teatro durante el leguiísmo: El reestreno de la ópera Ollanta, Lima 1920. Sustentada el 2005 en la Universidad Nacional Mayor; la cual ha sido revisada, ampliada y adaptada a la presente publicación.

El presente libro no hubiera salido a la luz sin el apoyo del Seminario de Historia Rural Andina, dirigido por los historiadores Pablo Macera y Emilio Rosario.

Quiero expresar mi reconocimiento al doctor Paulo Drinot por algunas referencias bibliográficas que me recomendó, a raíz de su interés por incluir a manera de artículo, una síntesis de mi trabajo sobre el tema.  A Gladys Faifer, quien diagramó inicialmente parte de las fotos y me dio sugerencias técnicas. Al amigo Antonio Cajas, magister en historia y jefe del Departamento de Audiovisuales de la Pontificia Universidad Católica del Perú, siempre presto a ayudar. A Antonio y Lourdes, mis padres, por sus consejos que han contribuido a la realización de El Reestreno de la Ópera Ollanta. Lima: 1920: Cultura, nación y sociedad a inicios del Oncenio.


A MODO DE CONCLUSIÓN

La ópera “Ollanta” está inspirada en la temática del drama quechua colonial “Ollantay”; sin embargo, el texto operístico es una versión libre del drama quechua, adaptado a las necesidades liricas y las preferencias estéticas de sus creadores. La ópera “Ollanta”, en el aspecto musical, es un arte “mestizo” tanto por la influencia andina como la europea. En cuanto al libreto hay una gran influencia romántica.

Concebida por sus autores como una obra de afirmación nacional durante el último año de la ocupación chilena; fue estrenada en 1900 con poca receptividad de la sociedad limeña para este tipo de temas. Los gobiernos carecían de proyectos integradores; el civilismo había ya abandonado su apertura inicial de cierta inclusión indígena y se había tornado predominantemente restrictivo, excluyente y conservador, con la presencia de una oligarquía que en su mayoría menospreciaba o ignoraba la tradición indígena, con una identidad nacional probablemente “criolla”, centrada en el pasado colonial hispánico y en modelos culturales europeos.

Tuvo que pasar muchos años de vicisitudes ante la indiferencia de los gobiernos, empresarios y la sociedad limeña. Recién en su reestreno en 1920 logró ser reconocida como una obra de gran belleza y representativa de la nación peruana. En 1920 la coyuntura era otra. Como se sabe, Augusto B. Leguía al iniciar su segundo mandato buscó fortalecer y modernizar el Estado, reformar la política y controlar el desborde social, contando para ello con un proyecto político que buscó aglutinar a las diversas clases, planteando así una redefinición de lo nacional; uno de cuyos aspectos sustantivos fue la incorporación, de alguna manera, de la presencia indígena. Para esto hubo la necesidad de generar un sustrato cultural común de propaganda. Como parte de este propósito manejó un discurso ideológico propagandístico denominado La Patria Nueva, donde una parte importante era la reivindicación de lo indígena y la exaltación de lo nacional, representado simbólicamente por el Tahuantinsuyo.

El gobierno de Leguía apoyó las expresiones artísticas para promover una identidad nacional que tuviera como base lo indígena, pero centrándose en el tema incaico. Una de esas expresiones fue el teatro. Para tal fin, y en un inicio utilizó los dramas quechuas de las compañías cuzqueñas que visitaron Lima, aunque sin mucha efectividad sobre todo a nivel de los sectores altos y algunos sectores medios limeños.

Sería con el género lírico a través del reestreno de la ópera “Ollanta” por la compañía italiana Bracale que se lograría lo que no pudieron hacer las compañías del teatro quechua.  En ella se trasmitió parte del contradictorio discurso leguiísta referido a la exaltación nacional, a través de lo andino; aunque  tomando del discurso oficial indigenista solo la parte más digerible para las élites. De esta manera el teatro pudo aún ser utilizado a inicios de los años veinte como instrumento ideológico eficaz.

La ópera “Ollanta” contribuyó a reforzar entre los limeños la imagen de los incas como pueblo culto, civilizado y poderoso; además de revalorar el Tahuantinsuyo como una raíz cultural fundamental de la nación peruana. Los limeños aceptan lo indígena como parte de la “cultura nacional”, por lo menos teórica y retóricamente durante esos momentos, si bien estilizado y romantizado a través del pasado incaico.

Las diversas “peripecias” que pasó esta ópera desde su creación hasta su consagración reflejan las dinámicas de la sociedad peruana y el nivel de efectividad del teatro en creación, desarrollo o consolidación de imaginarios nacionales.

La ópera estaba dirigida inicialmente a un público socialmente alto, política y económicamente influyente, de intelectuales y sectores medios acomodados; todos ellos importantes por su injerencia en los asuntos públicos, y de quienes Leguía requirió apoyo y consenso político. Dicho público asistió al reestreno y las primeras funciones. En la etapa final de la temporada, el gobierno buscó la asistencia de escolares, obreros y soldados, ofreciéndose funciones gratuitas.

También en los últimos días por la rebaja de precios asistieron los sectores populares de Lima, cosa poco común en este tipo de espectáculos. La temporada operística cubrió a todos los estratos sociales de Lima.

Durante la temporada lirica por la compañía Bracale, gran parte de la población limeña estuvo expuesta directa o indirectamente al mensaje expresado en la ópera “Ollanta”. Directamente a través de la asistencia masiva a las presentaciones e, indirectamente, a través del público lector de los diarios y revistas, influidos por la crítica favorable a la ópera “Ollanta”; de esta manera, se estaría cubriendo a toda la opinión pública limeña.  Lo mismo sucedió con sus representaciones en 1921.






[1] Sobre el teatro quechua véase los trabajos de: ITIER, César El teatro quechua en el Cuzco. Tomo II. Cuzco: Centro Bartolomé de Las Casas, 2000. El teatro quechua en el Cuzco. Tomo I. Cuzco, Instituto Francés de Estudios Andinos-Bartolomé de las Casas, 1995.

[2]  Para ver el Estado de las investigaciones del teatro del Perú republicano, véase el apéndice, la parte II, Balance sobre el teatro republicano páginas 187-195. Sobre lo investigado en países como Inglaterra, Alemania, Francia y Austria, véase CHARLE, Christophe. Théâtres en capitales, naissance de la société du spectacle à Paris, Berlin, Londres et Vienne, 1860-1914. Paris, Éditions Albin Michel, 2008. Para el caso de América Latina, está el texto de Patricia FUMERO, Teatro, público y Estado en San José. San José: 1996, Universidad de Costa Rica.