Mostrando entradas con la etiqueta Contrarevolución. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Contrarevolución. Mostrar todas las entradas

jueves, 6 de febrero de 2020

LA IZQUIERDA CHILENA RUMBO A UNA CARNICERÍA



por Francisco Torres
I

Partamos señalando algo claro: el Plebiscito es un subproducto de la rebelión –es decir, de la lucha de clases- y como tal, por un lado empalma con el impulso genuino de poder, de decisión que atraviesa al pueblo, pero, bajo el alero y los resguardos del régimen del 15N: ¿hasta qué punto el Plebiscito y su camino son parte de un desvío y una distorsión? ¿Hasta qué punto la izquierda va al carnicero (nuevamente, como el 89´)? 

Señalemos, por ahora, una cuestión hipotética pero cierta: si se reabre una situación revolucionaria al estilo 18 0CTUBRE -15 NOVIEMBRE durante el transcurrir de este año, la izquierda no estará preparada en ningún caso para el desafío de poder, puesto que su energía y su programa están subordinados al calendario del régimen del 15N y encaminados a un proceso de “reforma” (o “poder constituyente derivado”, si utilizamos la expresión de Renato Cristi). 

Una pregunta que surge, entonces, es qué imagen ideal tienen nuestros girondinos (y no solo ellos) de la Convención Constitucional, y cuál es la que pregonan para movilizar de tal manera. 

Si como indica Sergio Grez (en un ejercicio imaginario), llegada “la hora”, el nuevo órgano replicaría sustancialmente, las mismas relaciones de fuerzas pero bajo una nueva resolución, y si la izquierda como la derecha tienen el poder de veto en el tercio, se replicarían, fundamentalmente, las mismas contradicciones, entonces: ¿hasta qué punto puede ser un real inicio…? ¿hasta qué punto el fin, si –además- no es una asamblea soberana? ¿Van las izquierdas, el activismo y los intelectuales arrastrados bajo su lógica, al carnicero? 

El problema es que no hay discusiones sostenidas de estrategia, de perspectivas o trayectorias. En medio de un mar de tempestades, hay más bien una sensación de inercia en las izquierdas, de estrechez en algunos, y parálisis, en otros, como si la situación histórica estuviera más adelante que sus propios programas y propias consignas. Como si la rebelión no trastocase los focos. 

Es necesario que surjan, a mi parecer, frente a la amenaza de una tautología clara: si no se produce en el mediano plazo una diferenciación política con el “reformismo”, con el “proceso constituyente derivado”, se otorga una sobrevida al régimen político y a los grandes empresarios que actualmente gobiernan el país y son parte del problema. 

Algunos, rápidamente, creen que esta diferenciación ya existe, y razonan que si la dinámica de la rebelión “en si” es revolucionaria, lo es igualmente el movimiento. Falso enlace. Lo justo sería plantear, al menos como lo vemos, que esta diferenciación entra en el orden del factor subjetivo, es decir, que está por verse, en primer lugar lo que dice relación a la conducción, la orientación, la resolución, el simulacro o el desvío que pueda tomar el proceso político. 

Una parte mayoritaria de la Izquierda derechamente irá al carnicero, a introducir a las masas en el camino y el calendario de la reforma, en base a las expectativas de éstas y a genuinos impulsos y expectativas de participación, poder, y decisión que atraviesan por el pueblo: 

1.- Sabemos que el PC va por la vía del «proceso constituyente derivado» (Cristi). Ya no dice Fuera Piñera, estando en este nivel, fundamental, en contradicción con la calle. Sería fuera de toda posibilidad “objetiva” (y, en razón directa, el PC se resta en la cuenta de las relaciones de fuerza como “factor”). Traigo a colación un registro de Teillier (donde quedaría claro está negación “absoluta”, La Tercera (22/12/2019): “Periodista: También se han puesto en duda las credenciales democráticas del PC, como por la acusación al Presidente. ¿Qué le parece? GT: No hay ninguna actitud antidemocrática. Está perfectamente establecido en la Constitución que los parlamentarios pueden acusar constitucionalmente al Presidente de la República. Nosotros no hemos llamado a derrocar el gobierno de Piñera, en absoluto. Ni hemos incitado a nadie hacia esa situación”. Se sabe muy bien que el presidente del PC, utiliza y cuida muy bien sus expresiones. Habría que destacar entonces: “En absoluto”. 

2.- Otra parte clara de la izquierda asociada al FA, en su transversalidad, derechamente irá al carnicero a introducir a las masas en el camino de una reforma, apostando a mediano plazo, por abrir una vía socialdemócrata en Chile, para equilibrar este neoliberalismo salvaje bajo un tipo de capitalismo con estado de bienestar (no lejos, como vemos, de una formula anticipada por Lavín -16/12/19). 

3.- Otra parte de la izquierda (ligada a un programa “anticapitalista y socialista”), hace como el niño que tira la pelota para poder ir al mar, ejercitando un desplazamiento para evitar enfrentarse directamente a la “Cosa”. 

II

Abramos brevemente una discusión respecto a la política de La Izquierda Diario, órgano de difusión fundamentalmente del PTR, partido de vindicación trotskista, en proceso de legalización. Recientemente uno de sus dirigentes, Dauno Tótoro, contra el cual el gobierno tempranamente se querelló por “incitación a la subversión”, sintetiza en un artículo en www.rebelión.org el programa del PTR para este momento. Allí, el programa máximo es la AC Libre y soberana. Invitamos al lector a leerlo y comprobar si es o no así (cf. Que no nos engañen: La Convención Constitucional no es una Asamblea constituyente realmente libre y soberana ) . 

Pero querríamos ir a lo fundamental como critica inmanente: 

1) El PTR no interpela a las masas con tareas que se desprenden de la caída de Piñera, con Huelga General, método que ellos mismos plantean. 

2) Vendan los ojos respecto a todo idea de un Gobierno de Trabajadores posible (como borrada también una perspectiva de gobierno provisional revolucionario)

3) se limitan a indicar fantasmagóricamente que desde la AC –según se sobreentiende, conquistada popularmente por una insurrección, suponemos, victoriosa- habría que avanzar “en perspectiva de gobierno de los trabajadores”. ¿Cómo así? 

Ante la sencilla pregunta del obrero al partido: ¿Quién gobernará si cae Piñera? ¿Quién sostendrá la caída de Piñera, o como evitar que la recaída sea en los brazos del Parlamento?…., no habría respuesta. 

De manera que tampoco desde el PTR tendríamos una alternativa política coherente que esté a la altura de la magnitud de la crisis, y que sea capaz de imprimir otra perspectiva a la marcha de acontecimientos [1] . 

Según pensamos, la izquierda debe recuperar y dotarse de un programa revolucionario que se diferencie de una política en base a escenarios y equilibrios estables, y ponerse a la altura de los saltos, de los cambios bruscos, de los fenómenos fluidos, de las transiciones, es decir, a la altura de la época revolucionaria que se está abriendo (mundialmente) en esta década, y que Chile inauguró como el eslabón más débil de la cadena. 

Por supuesto, que esto involucra reconocer la primacía política (y analítica) de la lucha de clases (digamos, de todo lo que sea hoy exterioridad al régimen) por sobre el régimen y sus instituciones, a la hora de elaborar y pensar la política, considerando que la resolución –hacia un lado o hacia el otro- del conflicto de clase abierto, así como los limites o los campos posibles objetivos, dependen y se abren o cierran, primeramente en este orden. 

Entonces: ¿Cómo pensar la lógica de las consignas, en una época revolucionaria, en una época de “transición”? 


[1] En este sentido, me permitiré señalar que Dauno Tótoro piensa sobre la estabilidad de su figura, que pareciera ser, en el fondo, política para situaciones estables. Podemos considerar que la idea de conquistar escaños para hacer de “tribunos del pueblo” (Lenin) e ir hacia las elecciones como eje -en tiempos en que las instituciones y su legitimación casi llegan al grado 0- en lo fundamental, es un exabrupto (las bancadas “obreras y socialistas” conquistadas, como defensas en fortalezas del régimen, como muestran las experiencias históricas resultan nimias, secundarias, en relación a la magnitud y a la serie de fenómenos que estallan fuera del Parlamento y al régimen en crisis).


domingo, 27 de mayo de 2018

EL PROYECTO CAMELOT EN CHILE EN 1964-1965: “MEDIR Y PRONOSTICAR LAS CAUSAS DE LAS REVOLUCIONES"



26-05-2018

Cada grupo social, naciendo en el terreno originario de una función esencial en el mundo de la producción económica, se crea al mismo tiempo,
orgánicamente, una o dos capas de intelectuales que le dan homogeneidad y conciencia de su propia función no solo en el campo económico, sino también en el social y político: el empresario capitalista crea junto con él al técnico industrial, al científico de la economía política, al organizador de una nueva cultura, de un nuevo derecho, etcétera, etcétera.


Antonio Gramsci



A Mario Hernández Pérez

In memorian

La historia sobre la práctica de los intelectuales en el capitalismo resulta de gran relevancia en nuestra actualidad. Sobre todo para comprender que una parte de los intelectuales sostiene el orden económico político dominante, como lo demostró algunos años con la aparición del Manual de campo de contrainsurgencia 3-24, publicado por la Universidad de Chicago en el año de 2007 que fue utilizado como arma en las operaciones contrainsurgentes de las tropas de ocupación estadounidense en Afganistán e Irak. [1] En este sentido, se han cumplido más de 58 años de la aparición del Proyecto Camelot, considero que es un ejemplo para entender la intervención, invasión, infiltración, dominación y un largo etcétera de Estados Unidos en el mundo y particularmente en América Latina.

El Proyecto Camelot que apareció en Chile en 1964 causó gran controversia en América Latina y Estados Unidos por las intenciones que perseguía. Según el sociólogo estadounidense Irving Louis Horowitz el proyecto Camelot tenía la intención de “medir y pronosticar las causas de las revoluciones y la insurgencia en las regiones atrasadas del mundo. También se proponía buscar los medios para eliminar las causas o para bregar con revoluciones y actos de rebeldía”. [2] La relevancia que adquirió en su época, tuvo repercusiones en los años que le siguieron e incluso se presenta en nuestros días. Sin embargo, las investigaciones que refieren o estudian dicho proyecto han quedado prácticamente en el olvido. Han aparecido algunas investigaciones poco convincentes para una historia crítica de América Latina. Lo que hacen es actualizar alguna información sobre su relación con las ciencias sociales. En realidad seguimos en espera de una investigación que de cuenta cuál era el objetivo del proyecto sociológico que había sido financiado por el gobierno estadounidense. Si bien, por lo poco que sabemos ahora, su intención era controlar a los pueblos y gobiernos de América Latina que no se sometían a sus designios.

Mark Solovey publicó un artículo en 2001 titulado: “Project Camelot and the 1960s Epistemological Revolution: Rethinking the Politics-Patronage-Social Science Nexus”, que carece de una reflexión sobre la intención del gobierno y los grupos de poder dominantes estadounidense en la región. Reflexiona sobre las presumidonamente autodenominadas [3] ciencias sociales y el papel de los intelectuales en torno al proyecto Camelot de los años sesenta. El autor consideró que con la desaparición del proyecto obligó repensar las ciencias sociales y la relación con la política y el patrocinio militar; sobre todo porque se presentó en un periodo en el que las ciencias sociales alcanzaron un estatus que se ha denominado “revolución epistemológica”. El Proyecto Camelot, entonces, se convirtió en un episodio importante y de largo debate sobre la naturaleza de las ciencias sociales. Su mirada la fijó en la centralidad, la evolución y las preocupaciones políticas en que se dio la “revolución epistemológica”. Según el autor, desde sus orígenes, a finales del siglo XIX, las ciencias sociales no habían entrado una discusión de tal magnitud en el que involucrara a muchas instituciones políticas y sociales. La discusión se dio en los años en que las ciencias sociales alcanzaron un gran desarrollo y una participación muy activa en la sociedad. Se alimentó de nuevas investigaciones como la obra de Thomas Kuhn titulada La estructura de las revoluciones científicas, publicada en 1962, que originó una revolución no sólo en la historia de la ciencia, sino también en la filosofía de la ciencia y otros campos de estudio científicos. El autor se preocupó más por las autodenominadas ciencias sociales, que estudiar propósito del proyecto en la dominación estadounidense sobre los pueblos latinoamericanos. Nunca menciona la reacción de la sociedad cuando se difundió que el Proyecto Camelot se aplicaba en Chile. Si bien, no se le puede pedir mucho a un autor que escribe y labora desde las oficinas y aulas académicas de las potencias dominantes.

En algún momento intentaba hacer una investigación en la que buscaba analizar un tema relacionado con la práctica de los antropólogos y sociólogos en la historia latinoamericana, sobre todo de aquellos que servían (y sirven) a las potencias dominantes. Preocupado por observar especialmente el oficio de los antropólogos, del cual me formé, pues desde su nacimiento y su larga historia, casi en su mayor parte han estado por el lado de los grupos de poder económico mundial. Con esa idea llegué al Proyecto Camelot en Chile. Me metí a trabajar en los archivos y las bibliotecas de Santiago, Valparaíso y Temuco en Chile, además de algunos archivos y bibliotecas de Buenos Aires Argentina. Lo que trabajé, en términos más precisos, fue examinar el impacto del proyecto Camelot en Chile entre los años de 1964 y 1965, que fueron los años en que apareció. Encontré que los estadounidenses propusieron a un grupo de antropólogos y sociólogos para llevar a cabo la investigación, sin embargo, al intentar concretarse, prácticamente se interrumpió. Lo que dio lugar una serie de repercusiones políticas y académicas, nacionales e internacionales. Los grupos sociales que reaccionaron entraron en un periodo de críticas y polémicas entre diversos grupos sociales en el interior país. Lo cuales fueron, en primer lugar, la prensa, que tuvo una labor en la denuncia y jugó un papel en la polémica del proyecto. Los periódicos que más destacaron fueron El siglo, Las Noticias de Última Hora, Clarín, El Día y El Mercurio. [4] El segundo grupo fueron los diputados del Congreso Nacional del Chile, quienes abrieron un periodo de sesiones para analizar, discutir y recaudar la información sobre el proyecto. Quienes al final redactaron sus conclusiones y condenaron la intervención de Estados Unidos en Chile. Citaron, por ejemplo, a una cantidad de personas que directa o indirectamente se relacionaron con el proyecto. [5] El tercer grupo fueron los sociólogos y las instituciones universitarias en donde laboraban estos. La mayoría de los sociólogos chilenos y de otras nacionalidades reaccionaron cuando fueron invitados a participar en el proyecto o cuando se enteraron del mismo.

La polémica que se desató en Chile en torno al Proyecto Camelot se debió al cuestionamiento que refería al origen del financiamiento, es decir, a las sospechas de que provenía de instituciones militares estadounidenses. Además de la intención que perseguía: estudiar a los pueblos de Chile. El proyecto en realidad provenía del Departamento de Defensa de Estados Unidos, particularmente de la Universidad Americana, a la cual había recurrido este departamento para solicitar sus servicios. Los detractores (como los periodistas que laboraba en la prensa chilena y los sociólogos o intelectuales) lo consideraron un problema de espionaje e intervención a la soberanía de Chile. Esta postura se mantuvo durante toda la discusión en el congreso y en la prensa de izquierda chilena.

El Proyecto Camelot en Chile había sido un primer experimento para crear después un planteamiento sociológico más estructurado con el fin de que fuera aplicado con mayor seguridad, certeza y precisión en los países que originalmente se había planeado. Es decir, la aplicación de proyectos se tenían contemplados en otros países latinoamericanos; Chile no aparecía en la agenda estadounidense. Los que eran considerados para los estudios sociológicos y antropológicos debido a los conflictos internos que vivían serían Argentina, Guatemala, Venezuela, Bolivia, Colombia, Cuba, El Salvador, la República Dominicana, Perú, Brasil, México y Paraguay. [6] Chile no era su prioridad, pero al final resultó que también era necesario.

En la polémica en torno al proyecto generó una controversia entre el gobierno chileno y el estadounidense. El gobierno de Chile desconocía completamente el proyecto a pesar de que había ciertos acuerdos entre los dos gobiernos. Aunque el gobierno estadounidense influía en las decisiones del país. Es decir, a pesar de que el gobierno de Estados Unidos estaba sumamente infiltrado en muchas instituciones chilenas, [7] no permitió que se compartiera información. Las relaciones del gobierno de Frei con Estados Unidos fueron muy complejas, se reflejó, entre otras cuestiones, en fuertes tensiones y controversias entre la cancillería y el secretario de Estado. El nivel de tensión se generó también por la presión nacional e internacional que se dio sobre el gobierno chileno para denunciar a Estados Unidos sobre el proyecto. Al mismo tiempo, por las críticas y reacciones que provocó el proyecto en el interior de Estados Unidos. El nivel de controversia lo dio a conocer la prensa chilena durante casi seis meses. Aunque también se dieron otras partes de América Latina e incluso en llegó a Europa, en donde algunos intelectuales tomaron una posición a favor o en contra.

La aparición del proyecto Camelot se sitúa dentro del escenario internacional de la llamada guerra fría. La lucha de Estados Unidos por mantener su hegemonía en América Latina frente a la influencia soviética y el triunfo de la Revolución cubana motivo la formulación de una serie de políticas. En ese sentido, se distinguieron varios aspectos que abren la perspectiva histórico-social que se vivía en aquel momento. En primer lugar, el gobierno y los grupos de poder económico estadounidenses como la Ford y Rockefeller, junto con algunas oligarquías latinoamericanas, llevaron a cabo intervenciones militares como la invasión a Bahía de Cochinos, a la República Dominicana y el golpe de Estado en Brasil en 1964. El golpe en este país inauguró las dictaduras llamadas de Seguridad Nacional. Sin dejar de lado otros países se vieron inmersos en experimentos dictatoriales que se aglutinaron en la nueva política estadounidense. En segundo lugar, la política socioeconómica a través de la llamada “Alianza para el Progreso”, como un medio para “resolver” los problemas económicos que vivían los países latinoamericanos. La intención era que la economía se industrializara, la productividad en la agricultura exigía que se incrementara, la esperanza de vida debería aumentar, entre otras cosas. Sin embargo, el objetivo era frenar la influencia que ejercía el reciente triunfo Revolución cubana sobre América Latina. [8] En tercer lugar, el financiamiento a centros de investigación y proyectos de estudio en ciencias sociales en las que destaca la sociología y la antropología, como el caso del proyecto Camelot. Aunque en ese mismo sentido se ubican el Proyecto Simpático y Proyecto Marginalidad.

Las autodenominadas ciencias sociales latinoamericanas, en la década de los sesenta, vivían un periodo de consolidación e institucionalización cuando se dio la polémica en torno al Proyecto Camelot. Las ciencias sociales y los científicos sociales en Chile, en correspondencia con el resto del subcontinente, atravesaron también por un proceso de institucionalización, expansión y legitimación. La sociología y los sociólogos tuvieron un papel destacado en la polémica en torno al Proyecto Camelot por ser la que más se había desarrollado. La antropología y/o los antropólogos, poco se había desarrollado. Si bien había un pequeño grupo de antropólogos, no jugaron un papel en la polémica. Por tal motivo, las ciencias sociales latinoamericanos o chilenas, no cayeron en desprestigio por el citado proyecto, más bien fueron las estadounidense que se hundieron en una profunda crisis que obligó y sigue obligando a algunos sociólogos a replantearse preguntas para conocer los problemas que atravesaron y atraviesan. Los problemas se deben precisamente al papel que jugaron en el Proyecto Camelot y a la polémica que se generó en aquel momento. Un ejemplo es justamente el planteamiento de Mark Solovey.

[1] López y Rivas, Gilberto , Antropología, etnomarxismo y compromiso social de los antropólogos, México, Ocean Sur, 2010.

[2] Horowitz, Irving Louis; “Vida y muerte del Proyecto Camelot”, disponible en http://rcsdigital.homestead.com/files/Vol_X_Nm_2_1966/Horowitz.pdf

[3] Esta afirmación es mía, no de Mark Solovey.

[4] Biblioteca Nacional de Chile, Colección hemeroteca, 1965.

[5] Cámara de Diputados de Chile, Consideraciones sobre el llamado “Proyecto Camelot”, 1965.

[6] Horowitz, Irving Louis “Orto y ocaso del Proyecto Camelot”, en Ideología y utopía en los Estados Unidos 1958/1976, México, FCE, 1980.

[7] Luis Corvalán Marquez, La secreta obscenidad de la historia de Chile contemporáneo. Lo que dicen los documentos norteamericanos y otras fuentes documentales. 1962-1976, Santiago de Chile, Ceibo, 2012.

[8] Rodríguez Labriego, Ezequiel, El periodista Horacio Verbitsky y la "ayuda humanitaria" de la Fundación Ford, en Rebelión, http://www.rebelion.org/hemeroteca/ddhh/labriego011201.htm, consultado el día 10 de mayo de 2018.


jueves, 1 de febrero de 2018

CÓMO Y PARA QUÉ EXISTE LA CIA: ARMAS, DROGAS, DINERO Y SUBVERSIÓN





01-02-2018

Traducido del inglés para Rebelión por J. M.


El 22 de noviembre de 1996 el Departamento de Justicia de los Estados Unidos acusó formalmente al general Ramón Guillén Dávila de Venezuela de introducir cocaína en los Estados Unidos. Los fiscales federales alegaron que mientras dirigía la unidad antidrogas de Venezuela, el General Guillén contrabandeó más de 22 toneladas de cocaína a Estados Unidos y Europa para los cárteles de Cali y Bogotá. Guillén respondió a la acusación desde su asilo de Caracas, cuyo gobierno se negó a extraditarlo a Miami mientras lo honraba con un perdón por posibles crímenes cometidos en el cumplimiento del deber. Sostuvo que los envíos de cocaína a EE.UU. habían sido aprobados por la CIA, y continuó diciendo que "se perdieron algunas drogas y ni la CIA ni la DEA quieren aceptar ninguna responsabilidad por ello". 

La CIA había contratado a Guillén en 1988 para que le ayudase a averiguar algo sobre los cárteles de la droga colombianos. La Agencia y Guillén establecieron una operación de tráfico de drogas con agentes de Guillén en la Guardia Nacional venezolana para comprar cocaína al cártel de Cali y enviarla a Venezuela, donde fue almacenada en depósitos mantenidos por el Centro de Inteligencia de Narcóticos de Caracas, que era dirigido por Guillén y totalmente financiado por la CIA. 

Para evitar que el cártel de Cali hiciera preguntas incómodas sobre el inventario creciente de cocaína en los almacenes del Centro de Inteligencia de Narcóticos y, como dijo un agente de la CIA, "para mantener nuestra credibilidad con los traficantes", la CIA decidió que era astuto permitir que la cocaína pasase a la red de distribuidores del cártel en los Estados Unidos. Como dijo otro agente de la CIA, querían "dejar que la droga caminase", es decir, permitir que se vendiera en las calles de Miami, Nueva York y Los Ángeles. 

Cuando se trata de lo que se denominan "envíos controlados" de drogas a los EE.UU., la ley federal exige que dichas importaciones cuenten con una aprobación de la DEA, que la CIA solicitó debidamente. Sin embargo, esto fue negado por el agregado de la DEA en Caracas. Entonces, la CIA se dirigió a la sede de la DEA en Washington, pero se encontró con un rechazo similar, por lo que el servicio secreto siguió adelante con el envío de todos modos. Uno de los hombres de la CIA que trabajaba con Guillén era Mark McFarlin quien en 1989 testificó sobre el asunto en el tribunal federal de Miami. Allí le dijo a su jefe de estación de la CIA en Caracas que la operación Guillén, que ya estaba en marcha, acababa de enviar 3.000 libras de cocaína a Estados Unidos. Cuando el jefe de la estación preguntó a McFarlin si la DEA estaba enterada de esto, McFarlin respondió que no. "Sigamos así", le dijo el jefe de la estación. 

Durante los siguientes tres años, más de 22 toneladas de cocaína se abrieron paso a través de este conducto hacia los EE.UU., Y los envíos llegaron a Miami en paletas de envío ahuecadas o en cajas de pantalones blue jeans. En 1990, los agentes de la DEA en Caracas se enteraron de lo que estaba sucediendo, pero la seguridad era poco estricta ya que una agente de la DEA en Venezuela estaba durmiendo allí con un agente de la CIA y otra, según los informes, con el propio General Guillén. La CIA y Guillén cambiaron sus modos de operación, y los cargamentos de cocaína de Caracas a Miami continuaron por otros dos años. Finalmente, el Servicio de Aduanas de los Estados Unidos cerró el telón de la operación y en 1992 confiscó un cargamento de cocaína de 800 libras en Miami. 

Uno de los subordinados de Guillén, Adolfo Romero, fue arrestado y finalmente condenado por cargos de conspiración por drogas. Ninguno de los narcotraficantes colombianos fue molestado por este proyecto, a pesar de que la CIA afirmó que estaba detrás el cártel de Cali. Guillén fue acusado, pero se mantuvo a salvo en Caracas. McFarlin y su jefe finalmente fueron separados de la Agencia. Ninguna otra cabeza rodó después de una operación que no produjo más que la llegada, bajo la supervisión de la CIA, de 22 toneladas de cocaína a los Estados Unidos. La CIA realizó una revisión interna de esta debacle y afirmó que no había "evidencia de delito criminal". 

Una investigación de la DEA llegó a una conclusión bastante diferente, alegando que la agencia de espionaje había participado en "envíos controlados no autorizados" de narcóticos a los EE.UU. Y que la CIA retuvo "información vital" sobre el cártel de Cali de parte de la DEA y fiscales federales. 

La negación hipócrita ha sido durante mucho tiempo una especialidad de la Agencia Central de Inteligencia. En 1971, uno de los predecesores más conocidos de John Deutch como director de inteligencia, Richard Helms, se dirigió a la Asociación de Editores de periódicos estadounidenses en un momento en que la Agencia había sido acusada de infiltrarse en nuevas organizaciones y de realizar una operación de espionaje doméstico para el presidente Richard Nixon. The Nation cuenta que Helms dijo a los editores reunidos, "deberían confiar en que nosotros también somos hombres honorables dedicados al servicio de la nación". Seguramente Helms no estaba en territorio hostil, tampoco John Deutch en el New York Times, que publicó su artículo que afirma la inocencia de la CIA. Más que cualquier otro director, Helms fue parte del circuito de Georgetown, con vínculos cercanos con periodistas como Joseph Alsop, James Reston, Joseph Kraft, Chalmers Roberts y CL. Sulzberger. Helms a menudo se jactaba de sus días de reportero de United Press, durante los cuales había tenido entrevistas exclusivas con Adolf Hitler y la patinadora de hielo Sonja Henie. 

Menos de dos años después de sus declaraciones a la Asociación de Editores de Prensa, Helms compareció ante el Comité de Relaciones Exteriores del Senado y fue interrogado sobre la participación de la Agencia en el Watergate. En respuesta mintió descaradamente sobre los vínculos de Howard Hunt y Gordon Liddy con la CIA. Aunque el presidente del comité, el senador William Fulbright, estaba incrédulo con razón, Helms no fue formalmente colocado en su sitio. 

Esta no era la primera vez que mentía Helms, quien dirigió la Agencia desde 1966 hasta 1972, ni era su declaración más taimada. A lo largo de la Guerra de Vietnam, Helms había ocultado al Congreso información crucial sobre la fuerza de las tropas del Frente de Liberación Nacional Vietnamita (NLF, también conocido como Viet Cong) desarrollado por un joven analista de la CIA llamado Sam Adams. Los números de Adams mostraron que el apoyo al NLF en Vietnam del Sur era mucho mayor que las estimaciones de los militares, tan fuerte, de hecho, que la guerra parecía imposible de ganar. Helms, sin embargo, se puso del lado de los militares y buscó implacablemente alejar a Adams de la Agencia. 

Más tarde, en 1973, el atildado espía volvió a dar falsos testimonios al Congreso, esta vez sobre la participación de la CIA en derrocar al gobierno de Salvador Allende en Chile. Por supuesto, el apoyo al golpe contra Allende se llevó a cabo ante la insistencia de corporaciones estadounidenses como ITT y Anaconda Copper. Según los informes, la Agencia envió a un contrabandista de drogas a Santiago con un pago en efectivo para un sicario chileno que intentaría asesinar a Allende. En 1977, el Departamento de Justicia, encabezado por Griffin Bell, designado por Carter, acusó de mala gana a Helms por perjurio. El exdirector de la CIA tomó el consejo del superintendente de Washington Edwin Bennett Williams y se declaró inocente. Fue multado con 2.000 dólares y recibió una sentencia suspendida. 

Hubo otros contrapuntos históricos a las declaraciones de Deutch. En 1976, en uno de los momentos más tensos de la relación desde su inicio de la Agencia con el Congreso, el Director William Colby (quien antes había denunciado las mentiras de Helms sobre Chile) se presentó ante el Comité restringido de Inteligencia dirigido por el Senador Frank Church de Idaho. Esta vez, el clima del Congreso fue más afilado, provocado por las declaraciones de Seymour Hersh en el New York Times sobre el espionaje doméstico y también por los cargos de que la CIA había estado ejecutando un programa de asesinatos en el extranjero. 

Sí, dijo Colby, la posibilidad de usar el asesinato había sido barajada en la Agencia, pero en ningún momento había alcanzado el nivel de una aplicación práctica exitosa. En cuanto al espionaje interno, había habido programas de vigilancia por correo y similares, pero estaban lejos de las operaciones "masivas" alegadas por Hersh, y hace tiempo que se habían suspendido. 

Colby estaba siendo típicamente modesto. La CIA, a través de la Operación CHAOS y programas similares, había compilado archivos de más de 10.000 estadounidenses y tenía una base de datos con más de 300.000 nombres. Había interceptado los teléfonos de los reporteros estadounidenses, se había infiltrado en grupos disidentes y había tratado de interrumpir las protestas contra la guerra. Gastó 33.000 dólares en apoyo de una campaña de redacción de cartas para apoyar la invasión de Camboya. 

Al igual que con las acusaciones de complicidad en el tráfico de drogas, el papel de la CIA en el asesinato es uno de esos temas tratados de vez en cuando con cautela por la prensa o el Congreso y luego, de forma apresurada, ocurre la habitual confirmación con la que la CIA puede haber soñado. Un concepto en el cual pensó y tal vez incluso incursionó en él, pero nunca había tenido éxito en todo el camino. Pero, de hecho, la Agencia ha recorrido todo el camino muchas veces y deberíamos examinar esta historia con cierto detalle ya que el patrón de negación en estos casos es muy similar a la relación de la CIA con el negocio de las drogas. 

No hay duda de que la CIA ha utilizado el asesinato como un arma por debajo del orden jerárquico político y social, y que nadie lo sabía mejor que William Colby. Él había admitido, según reconoció, el Programa Phoenix y otras operaciones llamadas "antiterroristas" en Vietnam. Phoenix tenía como objetivo "neutralizar" a los líderes políticos y organizadores del Frente de Liberación Nacional en zonas rurales de Vietnam del Sur. En su testimonio ante el Congreso Colby se jactó de que 20.587 activistas del FLN habían sido asesinados solo entre 1967 y 1971. Los vietnamitas del sur publicaron una estimación mucho más alta, declarando casi 41.000 asesinados. Barton Osborn, un oficial de inteligencia en el Programa Phoenix, describió en términos escalofriantes la actitud burocrática de muchos de los agentes hacia sus asignaciones asesinas. 

Los asesinados directamente en las operaciones de Phoenix pueden haber sido más afortunados que los 29.000 presuntos miembros del FLN arrestados e interrogados con técnicas horribles incluso para los estándares del Pol Pot y Mobutu. En 1972, un desfile de testigos ante el Congreso testificó sobre las técnicas de los interrogadores de Phoenix: cómo entrevistaron a los sospechosos y luego los sacaron de los aviones, cómo les cortaron los dedos, las orejas y los testículos, cómo usaron el electrochoque, pusieron tacos de madera en los cerebros de algunos presos y sondas eléctricas apisonadas en el recto de otros. 

Para muchas de las incursiones de Phoenix, la agencia empleó los servicios de tribus y grupos étnicos de delincuentes, como el Khmer Kampuchean Kram, el KKK –formado por anticomunistas camboyanos y narcotraficantes- que, como dijo un veterano de Phoenix, "matarían a cualquier persona siempre que hubiera algo para ellos". El KKK incluso se ofreció a noquear al príncipe Sihanouk para los estadounidenses y adjudicar al FLN el asesinato. 

Estos escuadrones de la muerte estadounidenses fueron unos de los favoritos de Richard Nixon. Después de la masacre de My Lai, una operación con todas las características de un exterminio al estilo de Phoenix, hubo un movimiento para reducir la financiación de estos programas de asesinatos de civiles. Nixon, según un reporte de Seymour Hersh, se opuso enérgicamente. "No", exigió Nixon, "tenemos que tener más de esto. Asesinatos. Matanzas". Los fondos se restauraron rápidamente y el número de muertos continuó creciendo. 

Incluso en el alto nivel ejecutivo, Colby estaba siendo corto sobre las ambiciones y logros de la CIA. En 1955 la CIA casi había logrado asesinar al líder comunista chino Chou En-lai. Se lanzaron bombas sobre el avión de Chou mientras volaba de Hong Kong a Indonesia para la conferencia de Bandung. En el último momento Chou cambió de avión, evitando así una caída terminal al Mar del Sur de China, ya que el avión estalló. Más tarde, el papel de la CIA fue descrito en detalle por un agente de inteligencia británico que desertó a la Unión Soviética y las pruebas de partes del avión -incluidos los mecanismos de tiempo para dos bombas- recuperadas por los buceadores, confirmaron sus declaraciones. La policía de Hong Kong calificó el accidente de "caso de asesinato masivo cuidadosamente planeado". 

En 1960, Rafael Trujillo, presidente de la República Dominicana, se tornó molesto con los responsables de la política exterior de los Estados Unidos. Su flagrante corrupción parecía provocar una revuelta similar al alzamiento que había llevado a Fidel Castro al poder. La mejor manera de evitar esta contingencia no deseada era asegurar que la carrera política de Trujillo cesase inmediatamente, lo que sucedió a principios de 1961. Trujillo fue baleado en su auto frente a su propia mansión en Ciudad Trujillo. Resultó que la CIA había entregado armas y entrenamiento a los asesinos, aunque la Agencia se ocupó de señalar que no era completamente seguro de que fueran las mismas armas que finalmente depusieron al tirano (que originalmente había sido instalado en el poder por la CIA). 

Casi al mismo tiempo, el director de la CIA, Allen Dulles, decidió que el líder del Congo, Patrice Lumumba, era una amenaza inaceptable para el mundo libre y su eliminación era "un objetivo urgente y primordial". Para ayudar en la tarea de terminar con esta amenaza la CIA recurrió a su propia División de Servicios Técnicos (TSD), dirigida por ese hombre en la sombra, Sidney Gottlieb. La división de Gottlieb albergaba una sala de laboratorios de terror cuyas investigaciones incluían lavado de cerebro, guerra química y biológica, uso de drogas y electrochoque como modos de interrogación, además del desarrollo de toxinas letales, junto con los medios más eficientes para aplicarlas a la víctima, como la famosa pistola de dardos envenenados que el Senador Frank Church mostró ante las cámaras. 

En el caso de Lumumba, Gottlieb desarrolló un bioveneno que simularía una enfermedad endémica en el Congo. Él personalmente entregó los gérmenes mortales junto con una jeringa hipodérmica especial, máscaras de gas y guantes de goma a Lawrence Devlin, jefe de la estación de la CIA en el Congo. Los implementos letales fueron llevados al país en una valija diplomática. Gottlieb instruyó a Devlin y a sus agentes sobre cómo aplicar la toxina a la pasta de dientes y la comida de Lumumba. Sin embargo, los bioasesinos de la CIA no pudieron acercarse lo suficiente a Lumumba, por lo que la "acción ejecutiva" procedió por una ruta más tradicional. Lumumba fue capturado, torturado y asesinado por soldados seleccionados por la CIA y el seleccionado para el reemplazo del líder, Mobutu Sese Seko. Ell cuerpo de Lumumba terminó en el baúl de un oficial de la CIA que manejó alrededor de Lumumbashi tratando de decidir cómo deshacerse de él. 

Cuando se trataba de Fidel Castro, la Agencia no escatimó esfuerzos a lo largo de un cuarto de siglo. Colby admitió ante el comité institucional que la agencia había intentado en varias ocasiones matar a Castro en varias ocasiones, pero no tantas veces como alegaban sus críticos. "No fue por falta de intentos", observó Colby. "Castro le dio a McGovern en 1975 una lista de los intentos realizados contra su vida -dijo que fueron alrededor de treinta en ese momento- por la CIA. McGovern me lo dio, lo revisé y lo comparé con nuestros registros y dijimos que podíamos dar cuenta de aproximadamente cinco o seis. Acerca de los otros, puedo entender el sentimiento de Castro sobre ellos porque todos eran expersonas de Bahía de Cochinos o algo así, así que él pensaba que todos eran CIA. Una vez que te metes en uno de ellos, ¡bingo! te culpan por todos los demás. No teníamos ninguna conexión con el resto de ellos, pero nunca convenceríamos a Castro de eso. 

Cinco o seis complots de asesinato es un número aleccionador, especialmente si usted es el objetivo deseado de estas "acciones ejecutivas". Pero incluso aquí Colby estaba ocultando. Ciertamente tuvo la oportunidad de consultar un informe secreto de 1967 sobre las conspiraciones contra Castro por el Inspector General de la CIA, John S. Earman, y aprobado por Richard Helms. La CIA, de hecho, había incubado intentos contra el líder cubano incluso antes de la revolución. Uno de los primeros ocurrió en 1958, cuando Eutimio Rojas, un miembro de la guerrilla cubana, fue contratado para matar a Castro mientras dormía en un campo en la Sierra Maestra. 

El 2 de febrero de 1959, guardias de seguridad cubanos arrestaron a Allan Robert Nye, un estadounidense, en una habitación de hotel frente al palacio presidencial. Nye tenía en su poder un rifle de alta gama equipado con mira telescópica y había sido contratado para disparar a Castro cuando llegase al palacio. Un mes más tarde Rolando Masferrer, un exlíder de los escuadrones de la muerte de Batista, se presentó en una reunión en Miami con mafiosos estadounidenses y un oficial de la CIA. Allí, este conglomerado mortal planeó otro escenario para matar a Castro fuera del palacio presidencial. 

La agencia intentó idear una manera de saturar el estudio de radio donde Castro transmitió sus discursos con una forma de aerosol de LSD y otros "energizantes psíquicos". Otro plan requería la utilización del tipo de cigarros favoritos de Castro con drogas psicoactivas. Los puros dopados se guardaron en la caja fuerte de Jake Easterline, que encabezó la fuerza de tarea anticubana en los días previos a la época de la Bahía de Cochinos, mientras trataba de encontrar la forma de entregárselos a Castro sin arriesgarse a un "serio retroceso" en la Agencia. Los ingredientes para ambos esquemas se desarrollaron en los laboratorios de Sydney Gottlieb. En 1967, Gottlieb habló al Inspector General Earman de otro plan en el que se le pedía que impregnara algunos cigarros para Castro con venenos letales. 

En 1960, durante el viaje de Castro a Nueva York para su aparición en las Naciones Unidas, agentes de la CIA intentaron llevar a cabo lo que se conoce como la "acción depilatoria". El plan era colocar sales de talio en los zapatos de Castro y en su mesa de noche con la esperanza de que los venenos hicieran caer la barba del líder. En dosis altas, el talio puede causar parálisis o la muerte. Este plan colapsó en el último minuto. 

En agosto de 1960 la eliminación de Castro se había convertido en una prioridad para el liderazgo de la CIA. Allen Dulles y su adjunto Richard Bissell pagaron a Johnny Roselli, un mafioso de Hollywood y amigo de Frank Sinatra, 150.000 dólares para arreglar un golpe a Castro. Roselli rápidamente trajo a dos drogadictos de la mafia a la trama: Sam Giancana, el gángster de Chicago, y Santos Trafficante, el supervisor de las operaciones de Lansky/Luciano en La Habana. Inicialmente la CIA recomendó un golpe estilo mafia en el que Castro sería asesinado a balazos con una lluvia de ametralladoras. Pero Giancana sugirió un enfoque más sutil, una píldora venenosa que podría introducirse en la comida o bebida de Castro. Seis pastillas botulínicas mortales, "del tamaño de tabletas de sacarina", se cocinaron en los laboratorios TSD de la CIA, se ocultaron en un lápiz hueco y se entregaron a Roselli. El 13 de febrero de 1961, a solo un mes de la asunción de Kennedy, Trafficante llevó las píldoras botulínicas a La Habana y se las dio a su hombre dentro del Gobierno cubano, Jorge Orta, que trabajó en el equipo ejecutivo de Castro y tenía con los mafiosos una gran deuda de juego. 

Junto con las píldoras, Trafficante también entregó una caja de cigarros empapados en toxina botulínica, que mata en cuestión de horas. Los cigarros fueron preparados por el doctor Edward Gunn, jefe de la división médica de la CIA. Gunn guardó uno de los cigarros en su caja fuerte como recuerdo. Lo probó para el Inspector General en 1967 y descubrió que retenía el 94 por ciento de su nivel original de toxicidad. El cigarro era tan letal, dijo Gunn, que bastaba con tocarlo, sin fumarlo, para matar a su víctima. 

Posteriormente Trafficante informó de que las pastillas y los cigarros no se le dieron a Castro porque "Orta se acobardó". 

En abril Roselli se acercó a sus respaldos de la CIA con un nuevo plan, demanda de 50.000 dólares y un nuevo lote de píldoras. Esta vez la operación sería llevada a cabo por el amigo de Trafficante, el doctor Manuel Antonio de Varona, líder del Frente Revolucionario Democrático anticastrista. Verona y Trafficante se habían conocido a través de Edward K. Moss, el recaudador de fondos y vendedor de influencias políticas de Washington, DC. Moss estaba presionando por la causa de los exiliados cubanos en el Cerro y se acostaba con Julia Cellini, hermana de los famosos hermanos Cellini, Eddie y Dino, ejecutivos de las operaciones de juego de Meyer Lansky en el Caribe. Varona pasó de contrabando las pastillas botulínicas a una camarera en un restaurante frecuentado por Castro. Pero según el hombre de la CIA Sheffield Edwards, el plan fracasó cuando el líder cubano repentinamente "dejó de visitar ese restaurante en particular". 

Estos mafiosos a menudo son mencionados en los documentos de la CIA como el sindicato de juegos de azar de La Habana, por los hoteles casinos que hacían funcionar durante el régimen de Batista. 

Pero los capos de la mafia también estaban involucrados en una empresa mucho más lucrativa: las drogas. La Habana se había convertido en el principal punto de transferencia a los Estados Unidos de gran parte de la heroína producida por Lucky Luciano y por los sindicatos corsos en Marsella. Lansky, que era el hombre de dinero de Luciano en los Estados Unidos, ofreció un contrato de 1 millón de dólares por la cabeza de Castro poco después de la revolución. 

Durante el año siguiente, después del desastre de Bahía de Cochinos, la CIA apuntó a Castro a través de su programa de capacidad de acción ejecutiva, cuyo nombre en código es ZR/RIFLE. Esta operación fue dirigida por William "la pera" Harvey, un exagente del FBI de quien algunos sospechaban que era el topo de J. Edgar Hoover dentro de la CIA. Harvey, uno de los personajes reales de los años formativos de la Agencia, era conocido por portar sus pistolas para trabajar en la oficina, durmiendo en reuniones de personal y por su especial animadversión hacia Robert Kennedy, a quien llamaba "ese pequeño cabrón". 

Fue a finales de 1961 cuando Sam Giancana se acercó a su contacto de la CIA, un detective privado basado en DC llamado Robert Maheu, con un problema personal: sospechaba que su novia, Phyllis McGuire, una de las hermanas cantantes McGuire, tenía una aventura en Las Vegas con el comediante Dan Rowan, de Rowan y Martin. A cambio de su asistencia en las conspiraciones de asesinato de Castro, Giancana quería que la Agencia ocultase un micrófono en la habitación de hotel de Rowan en Las Vegas. El teléfono de Rowan fue debidamente intervenido, pero el dispositivo de grabación fue descubierto por una empleada del hotel, quien informó a la policía. La policía de Las Vegas pasó el asunto al FBI, que quería enjuiciar a Giancana por las escuchas telefónicas. En última instancia, Robert Kennedy tuvo que ser informado del asunto para cancelar el servicio del FBI. 

Años más tarde Richard Bissell, subdirector de planos de la CIA y arquitecto del desastre de Bahía de Cochinos, dijo que lamentaba algunas de las empresas cubanas. Bissell dijo a Bill Moyers: "Creo que no deberíamos habernos involucrado con la mafia. Creo que una organización que lo hace está perdiendo el control de su información. Creo que deberíamos haber tenido miedo de abrir la puerta al chantaje". Moyers le preguntó a Bissell si lo que le preocupaba era solo la asociación con los mafiosos, no la capacidad de la CIA para asesinar a líderes extranjeros. Bissell respondió: "Exacto". 

Robert Kennedy, por su parte, no compartía la delicadeza de Bissell. Kennedy, que estaba obsesionado con la eliminación de Castro, le dijo a Allen Dulles que no le importaba si la Agencia empleaba a la mafia para el golpe, siempre y cuando lo mantuvieran completamente informado. Robert Kennedy iría a su tumba para defender a la Agencia. "Lo que usted no sabe es qué papel desempeña la CIA en el Gobierno", le dijo JFK a Jack Newfield de Village Voice poco antes de su asesinato. "Durante la década de 1950, por ejemplo, muchos de los liberales que fueron expulsados ​​de otros departamentos encontraron un santuario, un enclave, en la CIA. Así que algunas de las mejores personas en Washington y en todo el país comenzaron a recalar allí. Un resultado de eso fue que la CIA desarrolló una visión muy saludable del comunismo, especialmente en comparación con el Estado y algunos otros departamentos. Fueron muy comprensivos, por ejemplo, con gobiernos y movimientos nacionalistas e incluso socialistas. Y creo que ahora la CIA se está volviendo mucho más realista y crítica sobre la guerra que otros departamentos o incluso la gente de la Casa Blanca. Por lo tanto, no es tan blanco y negro como lo ves". 

En 1963, el amigo de Robert Kennedy Desmond Fitzgerald se había hecho cargo de las operaciones cubanas de Harvey. Fitzgerald perdió poco tiempo en perseguir a Castro. Uno de los primeros planes de Fitzgerald fue hacer que James Donovan, que estaba negociando la liberación de los prisioneros de Bahía de Cochinos, entregara involuntariamente como regalo a Castro un costoso equipo de buceo. Sid Gottlieb trató el revestimiento del traje con un hongo de Madura e implantó bacilos de tuberculosis, un brebaje letal. Al mismo tiempo Fitzgerald había estado leyendo sobre las almejas de aguas profundas y le había pedido al laboratorio de Gottlieb que armara algunos especímenes excepcionalmente atractivos con altos explosivos. Las almejas luego se dejarían caer en un área donde Castro frecuentemente se zambullía y emergerían para explotar cuando se el líder cubano volviera a la superficie. 

En noviembre de 1963 Desmond Fitzgerald, de la CIA, estaba en París para entrevistarse con Rolando Cubela, un cubano anticastrista al que se hace referencia en documentos de la CIA como AM-LASH. Fitzgerald se presentó como emisario de Robert Kennedy y pidió ayuda a Cubela para asesinar a Castro. El 22 de noviembre Cubela recibió un bolígrafo amañado como una jeringa llena de Blackleaf-40 mortal, un insecticida de alta potencia compuesto por un 40 por ciento de sulfato de nicotina. Como señala secamente el informe del Inspector General, "es probable que en el momento en que mataron al presidente Kennedy, un agente de la CIA se reuniera con un agente cubano en París y le diera un dispositivo de asesinato para usar contra Castro". 

Fidel Castro no fue el único objetivo. También hubo repetidos intentos de asesinar a su hermano Raúl y al Che Guevara. J.C. King de la CIA suplicó a Allen Dulles que adoptara un plan que mataría a Fidel, a Raúl y al Che al mismo tiempo, "como un paquete". Finalmente el Che, a quien la Agencia persiguió alrededor del mundo, fue rastreado en las selvas de Bolivia. Presente en su ejecución en 1967 estaba Félix Rodríguez de la CIA, un antiguo peón en Cuba que luego se convertiría en una figura central en las operaciones de drogas y armas de los contras en la base aérea de Ilopango en El Salvador. 

El director de la CIA de Jimmy Carter, el almirante Stansfield Turner, fue ultrajado por muchos dentro de la Agencia por purgar a algunos de la vieja guardia. Pero Turner no era muy reformista y tenía sus propios problemas con la verdad. En 1977, como resultado de una demanda de la Ley de Libertad de Información presentada por el periodista de investigación John Marks, la CIA se vio obligada a revelar la existencia de siete cajas de información sobre el programa de veinte años de investigación de la Agencia sobre drogas psicoactivas y modificación del comportamiento, conocido como MK/ULTRA. 

El descubrimiento de los registros por el archivista de la Agencia fue una sorpresa para los líderes de la CIA, ya que Richard Helms en sus últimos días como director había ordenado la destrucción de todos los documentos de MK/ULTRA. Cuando Turner informó a los comités del Congreso y la prensa, insistió en que el programa había sido eliminado en 1963 y que solo había involucrado la experimentación con drogas. De hecho, MK/ULTRA y una serie de proyectos similares persistieron al menos hasta 1973 e involucraron una búsqueda para desarrollar técnicas de control mental, incluidos el electrochoque y la psicocirugía. La CIA quería crear una especie de "candidato manchuriano", una lista de asesinos y espías programados química y psicológicamente. 

Turner, quien habló de crear una nueva apertura en la Agencia, demostró rápidamente que no era amigo de la libertad de expresión cuando intentó suprimir la publicación de Decent Interval, un libro del exagente de la CIA Frank Snepp. La CIA afirmó que Snepp había violado su contrato de trabajo al no enviar el libro a la Agencia para su aprobación antes de la publicación. Más tarde los abogados de la CIA ganaron una demanda que requería que Snepp le entregara todas sus regalías al Gobierno. 

Por pura maldad y grado de criminalidad, es difícil encontrar un mejor espécimen que William Casey, el director de la CIA durante la mayor parte de los años de Reagan. Casey pasó directamente de la gestión de la campaña de Reagan a la sede de la CIA en Langley, donde contrató a algunas de las principales firmas de relaciones públicas de la nación para asesorarlo sobre cómo vender sus dos proyectos favoritos, los contras y los muyahidines afganos, a un desconfiado público estadounidense. Casey llamó a este trabajo "gestión de la percepción", pero en realidad fue una campaña de propaganda doméstica, una operación psicológica para el público local. 

El 4 de diciembre de 1981, Reagan firmó la Orden Ejecutiva 12333 sobre asesinatos. Dice: "Ninguna persona empleada o que actúe en nombre del Gobierno de los EE.UU. participará o conspirará para cometer asesinatos". Esta restricción legal no disuadió al nuevo líder de la CIA, que en ese momento estaba ocupado abogando por la eliminación de Desi Bouterse, el líder de Surinam, un país sudamericano que había ingresado en "la órbita cubana". 

Del mismo modo, Casey y sus subordinados estaban supervisando la producción de un manual de asesinatos para los contras nicaragüenses llamado Operaciones psicológicas en Guerrilla Warfare. El manual, que se lee como una actualización del Programa Phoenix, pidió el uso de la violencia "para neutralizar objetivos cuidadosamente seleccionados y planificados como jueces de tribunales, policías y funcionarios de seguridad del Estado, etc.". Aconsejó a los contras que desarrollaran "tropas de choque" para “infiltrarse en los mítines sandinistas". "Estos hombres deberían estar equipados con armas (cuchillos, navajas, cadenas, palos, garrotes) y deberían marchar un poco detrás de los inocentes y crédulos participantes". Como un eco de las operaciones de la mafia contra Castro, el manual también exigía que los contras contrataran figuras del crimen organizado para llevar a cabo muchas de estas delicadas operaciones. "Si es posible", aconseja el manual, "se contratará a delincuentes profesionales para llevar a cabo 'trabajos' selectivos'". Las operaciones psicológicas de la Guerrilla Warfare no fueron solo un ejercicio académico, se puso en acción. Dos veces la agencia envió equipos para asesinar al canciller nicaragüense Miguel d'Escoto, un sacerdote católico. En una ocasión, los aspirantes a asesinos intentaron envenenarlo con una botella de licor benedictino enriquecida con talio, una de las toxinas favoritas de la agencia. El agente de la CIA Michael Tock fue arrestado por los sandinistas por su papel en uno de los complots. Cuando el New York Times finalmente pasó a contar una historia sobre el manual de asesinatos, el propio Reagan acudió en defensa de su viejo amigo Casey, desestimando el asunto como "mucho ruido y pocas nueces". 

Casey también puso una recompensa de tres millones de dólares por la cabeza de Sheikh Fadlallah, un chiíta libanés. Casey pagó a los saudíes y a un técnico de armas británico para colocar una bomba en un automóvil frente a la mezquita donde Fadlallah supervisaba las celebraciones religiosas. Lo detonaron el 8 de marzo de 1985, en un momento en que los bombarderos supusieron que el shiekh había salido. De hecho, se había entretenido para hablar con algunos de sus feligreses dentro de la mezquita. La bomba mató a 80 personas, muchas de ellas escolares, e hirieron a 200. Más tarde, la CIA y los sauditas pagaron a Fadlallah un soborno de 2 millones de dólares para que no tomase represalias. 

Al año siguiente Casey tomó el control personalmente en un esfuerzo para matar a Muammar Gadafi de Libia, una obsesión de los hombres de Reagan. El diputado de Casey, Robert Gates, desarrolló un plan para una toma de posesión conjunta de EE.UU. y Egipto de Libia, un movimiento audaz que "rediseñaría el mapa del norte de África". Al final, el propio Casey fue tras Gadafi. Los movimientos del líder libio fueron rastreados de cerca a principios de abril de 1986 con la ayuda del Mossad israelí. Un pretexto para una acción contra Gadafi se confabuló alegando la responsabilidad libia de una bomba lanzada en el club nocturno La Belle en Berlín que mató a un soldado estadounidense, el sargento Kenneth Ford. El 14 de abril, se enviaron nueve F-111 para atacar el complejo de Gadafi con una carga de treinta y seis bombas guiadas por láser de 2.000 libras. La redada fue programada para preceder estrechamente a las noticias de la noche y se había preparado un comunicado de prensa para anunciar que la muerte de Gadafi había sido una consecuencia accidental de este "acto de autodefensa". 

Pero el líder libio escapó, aunque dos de sus hijos resultaron mutilados y su hija y un centenar de residentes cercanos asesinados por los ataques. Hubo negaciones inmediatas de que el gobernante libio había sido el blanco. "No hubo una decisión de matar a Gadafi", murmuró Casey. "Hay elementos disidentes dentro de Libia. Podrían haber considerado sus posibilidades de levantarse y lanzar un golpe. Lamento que no haya sucedido". Casey dijo más tarde que el ataque a Libia tenía la intención de enviar un mensaje. "Como Castro y Ortega entendieron el mensaje cuando llegamos a Granada, este ataque asustará a Gadafi". 

En los años siguientes, ningún director de la CIA ha igualado al espantoso Casey. Después de Casey, el trabajo fue para William Webster, quien rápidamente señaló al hombre fuerte panameño Manuel Noriega como un aliado en la guerra contra las drogas. Webster, que pasó gran parte de su tiempo en la cancha de tenis, observó que el colapso de la Unión Soviética había confundido medio siglo de análisis de inteligencia de la CIA. La elección de Bush para encabezar la Agencia fue el vicepresidente de Casey, Robert Gates, quien apenas sobrevivió a una polémica audiencia de confirmación luego de que los senadores recibieran información de Lawrence Walsh, fiscal del Irán/contra que les dijo que Gates probablemente mintió al Congreso sobre su conocimiento de los acuerdos de armas en ese tratado. Gates se mantuvo al margen cuando los matones entrenados por la CIA derrocaron al Gobierno del presidente haitiano Jean Baptiste Aristide y lo reemplazaron por una pandilla de oficiales militares encabezados por el general Raoul Cédras. 

Con Clinton eventualmente vino el académico y empresario del MIT John Deutch y su apasionada defensa de la Agencia como el reducto de la gente honorable. Deutch estaba en negación más o menos permanente durante su paso por la Agencia. No solo negó la participación de la CIA en el tráfico de drogas, sino que con igual calor negó cualquier rol de la Agencia en los asesinatos en Guatemala del estadounidense Michael DeVine y el líder rebelde Efraín Bámaca. DeVine fue secuestrado y decapitado en 1990. Bamaca fue capturado, torturado y asesinado en 1992. Ambos asesinatos fueron ordenados por el Coronel Julio Roberto Alpírez, quien estaba en la nómina de la CIA. Cuando el oficial del Departamento de Estado Richard Nuccio intentó investigar el asunto, Deutch revocó su autorización de seguridad. Deutch también ayudó a ocultar la información recopilada por sus propios analistas de que más de 100.000 soldados habían estado expuestos a armas químicas durante la Guerra del Golfo y en su lugar ayudaron a inventar la estratagema de que las enfermedades de la Guerra del Golfo fueron simplemente el resultado de estrés psicológico. 

En 1997 George Tenet asumió el mando de la Agencia después de que Anthony Lake se viera obligado a retirarse por no revelar completamente su posesión de acciones en compañías petroleras con un interés financiero en acciones de la Agencia. Tenet es mejor conocido por sus esfuerzos para asegurar el asesinato de Saddam Hussein. Para esta tarea, Tenet empleó un grupo conocido como el Acuerdo Nacional Iraquí. Al no poder acercarse al propio Saddam, este grupo tomó el camino más fácil de dejar bombas en los cines de Bagdad, matando a un gran número de personas. 

Como nos recuerdan esas viñetas, la Agencia Central de Inteligencia es exactamente lo que uno esperaría de una organización con un mandato que abarca desde la recopilación y el análisis de datos de inteligencia hasta la subversión, la manipulación de elecciones, el asesinato y la ejecución de guerras secretas. Mentir es parte de la descripción del trabajo en la CIA, donde las falsedades se envían regularmente a los aliados, la prensa, otras agencias federales y el Congreso. "Bajaríamos y les mentiríamos consistentemente", dice el exoficial de la CIA Ralph McGehee. "En mis 25 años, nunca he visto a la agencia decir la verdad a un comité del Congreso". 

Los funcionarios de la agencia tienen poco miedo de que les abofeteen las mentiras al estilo Helms. Joseph Fernández, jefe de estación de la CIA en Costa Rica durante la guerra secreta contra Nicaragua, mintió sobre su papel en la canalización de dinero y armas a los contras en violación de la ley estadounidense. También lo hizo el subdirector de la CIA, Clair George. También el tiempo. "Creamos una clase de oficiales de inteligencia que no pueden ser enjuiciados", concluyó el fiscal del Irán-contra, Lawrence Walsh. 

Las organizaciones como la CIA requieren la inmersión en medios criminales, suministros virtualmente ilimitados de dinero "negro" o lavado y un cuadro a largo plazo de ejecutivos totalmente despiadados (algunos de ellos no son reacios a hacer fortunas personales de sus actividades encubiertas). El tráfico de drogas es una parte integral de ese mundo. Las zonas de producción primaria de opio y coca han caído en zonas disputadas de la Guerra Fría: sudeste de Asia, Asia Central y los países andinos. Las redes de distribución de drogas nuevamente pasaron a través de territorios disputados como Afganistán, Vietnam y América Central. Los traficantes de drogas -desde señores de la guerra rurales en Laos hasta la policía tailandesa y generales hondureños- también eran de un enorme interés para cualquier agencia de inteligencia. El dinero de la droga involucrado es profuso y está fuera de los libros. 

El ambiente de las drogas también está -en sus diversas etapas de producción y transmisión- inevitablemente asociado a la violencia organizada, desde los ejecutores hasta los paramilitares, los supervisores de la guerrilla, los destacamentos militares y los generales que controlan su sector comercial. Todas estas áreas son una vez más centrales para las preocupaciones de una organización como la CIA. Y los traficantes de drogas (a menos que operen como un brazo del Gobierno, como en México) a menudo se oponen al poder gobernante, una situación que es de interés primordial para un organismo como la CIA. 

Desde la perspectiva de los capos de la droga, una alianza con la CIA o su empleo es igualmente fructífera. Pueden usar los servicios de la CIA para reprimir a sus rivales y proteger su territorio. Los propietarios de la CIA, como Air America, se pueden usar para proporcionar acceso a los mercados internacionales. Y, a pesar de las protestas de Deutch por lo contrario, la CIA ha reprimido repetidas veces las investigaciones criminales de sus operativos por parte del Servicio de Aduanas de los Estados Unidos, la Agencia Antidrogas y el FBI. 

Dadas estas áreas de interés mutuo, no es sorprendente que desde su creación la Agencia Central de Inteligencia haya estado en colusión permanente con narcotraficantes, ayudándoles a su paso seguro, protegiendo sus actividades, recompensando a los capos de la droga, contratándolos para misiones encubiertas y usando dinero derivado de estas operaciones para otras actividades. El hecho de que estas drogas terminen en las venas de los estadounidenses nunca ha disuadido a la Agencia y, dado el tono de la piel que a menudo cubre esas venas, tal vez incluso fuera visto como un resultado positivo. 

Este artículo es un resumen de: Whiteout: The CIA, Drugs and the Press 
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=237309