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lunes, 5 de noviembre de 2018

TRUMPISMO, FASCISMO DEL SIGLO XXI, Y DICTADURA DE LA CLASE CAPITALISTA TRANSNACIONAL



04/11/2018

¿Quién puede negar que el capitalismo global enfrenta una crisis orgánica, la más grave desde los años 1930?  Su dimensión estructural es el problema insoluble de la sobre-acumulación y el estancamiento secular, no obstante, la reanudación del crecimiento en la economía global a partir del 2014.  Pero la crisis también entraña una dimensión política, la de la legitimidad o de la hegemonía, de tal manera que el sistema se acerca a una crisis general del dominio capitalista.

Este hecho pareciera contra-intuitiva ya que la clase capitalista transnacional y sus agentes políticos están actualmente en la ofensiva.  Si bien el Trumpismo ha tomado por asalto al sistema político norteamericano e inter-americano, el mismo responde a esta crisis del dominio capitalista.  El Trumpismo y el espectro del fascismo del siglo XXI deben verse como una respuesta reaccionaria – y de algún modo desesperada - a esta crisis.  Hemos de acordar que el fascismo, ya sea en su variante clásica del siglo XX o posibles variantes del siglo XXI, constituye una respuesta particular ultra-derechista a la crisis capitalista, tales como la de los años 1930 y la que se desató con el colapso financiero de 2008.

El fenómeno del Trumpismo, y más generalmente de la extensión de los movimientos del populismo derechista y neo-fascistas, deben entenderse en la perspectiva histórica de sendos ciclos de expansión seguido por crisis en el sistema capitalista mundial.  Este sistema experimentó un periodo de fuerte expansión y prosperidad a raíz de la Gran Depresión de los años 1930 y la Segunda Guerra Mundial, la llamada “época dorada” post-Guerra del capitalismo mundial.  Pero entró nuevamente en una crisis estructural en los años 1970, frente a la baja en la tasa de ganancia del capital y la llamada “estanflación” (estancamiento junto con inflación), la rebelión del Tercer Mundo a raíz de la descolonización, y la creciente fuerza de las clases trabajadoras y los movimientos anti-sistémicos alrededor del mundo, culminando en la “revolución mundial” de 1968.  Todo apuntaba en ese año hacia una crisis general de hegemonía.

Pero los grupos dominantes no se quedaron con los brazos cruzados.  Emprendieron una vasta reestructuración del sistema.  La emergente clase capitalista transnacional (CCT) se lanzó a la globalización capitalista para liberarse de las reservas y los encierros del estado-nación y en particular de la fuerza que las clases populares nacionalmente contenidas podían esgrimir a nivel del estado-nación, y de esta manera hacer retroceder el poder de estas clases y revertir la correlación de fuerzas sociales y clasistas a nivel mundial a favor del emergente capital transnacional.  Así entramos en la larga noche del neo-liberalismo.  Comenzando con los regímenes Reagan-Thatcher en la década de los 1980, el capitalismo mundial experimentó una profunda reestructuración y una nueva ola expansiva.  Impulsada por la nueva tecnología de la computarización y la informática, esta reestructuración entrañó el montaje de un sistema globalizado de producción y de finanza. 

La globalización facilitó un boom en la economía global en la última década del siglo XX en la medida que los ex-países socialistas se integraron al mercado global y el capital transnacional, liberado del estado-nación, emprendió una enorme ronda de despojos y de acumulación a nivel mundial.  En América Latina y a lo largo del antiguo Tercer Mundo, surgieron elites y grupos capitalistas transnacionalmente orientados que desplazaron a los grupos dominantes nacionalmente orientados y se integraron al bloque hegemónico del nuevo capitalismo global.  La CCT descargó los excedentes anteriormente acumulados y reanudó la generación de ganancias en el emergente sistema globalizado de producción y finanzas mediante la adquisición de los bienes privatizados, la extensión de las inversiones en la minería y la agro-industria a raíz del despojo de centenares de millones de personas en el campo y una nueva ola de expansión industrial facilitado por la revolución en la informática.

Las clases populares pasaron a la defensiva y la desorganización.  Pero el clamor de estas clases cobró fuerza para virajes del siglo mientras la economía global nuevamente entró en estancamiento, expresado en la crisis financiera asiática de 1997-99 y la recesión mundial de 2000-01.  A nivel estructural, la globalización vino a agravar espectacularmente el problema de la sobre-acumulación.  Intrínseco al sistema capitalista es la polarización de los ingresos, es decir, el enriquecimiento de un polo y el empobrecimiento del otro polo en la relación antagónica entre el capital y las clases subordinadas.  Esta tendencia ha sido contrarrestada históricamente por varias contra-tendencias, entre ellas, las luchas populares que obligan al capital a reducir la tasa de explotación y la intervención del Estado en el mercado para efectuar una redistribución en los ingresos por medio de las políticas impositivas, salariales, etcétera.

Pero al globalizarse, el capital transnacional sorteó las restricciones impuestas por el estado-nacion a su libertad de acumulación.  En resumidas cuentas, el mayor poder estructural alcanzado por la CCT le ha permitido socavar las políticas redistributivas e imponer un nuevo régimen laboral a la clase obrera global basado en la flexibilización y la precarización (proletarización bajo condiciones de inseguridad y precariedad permanente y sin el emparo del estado).  Los Estados ya no pueden captar y redistribuir los excedentes.  Se esfuman las palancas para contrarrestar la polarización a nivel nacional y en el sistema global.  El resultado ha sido un espiral sin precedente de desigualdades globales.  Los datos sobre estas desigualdades, recompilados y publicados cada año por Oxfam, ya son bien conocidos: solo el uno por ciento de la humanidad controla más del 50 por ciento de la riqueza del mundo, el 20 por ciento controla el 95 por ciento, el 80 por ciento, la gran masa de la humanidad, tiene que conformarse con apenas el 5 por ciento de esa riqueza.

Dadas estas extremas desigualdades, el mercado global no puede absorber la producción de la economía global.  La CCT no puede encontrar salidas para el excedente acumulado.  A nivel global, los grandes conglomerados del capital reportan niveles record de ganancia mientras las tasas de inversión decrecen. Se trata del capital ocioso – ¡pero el capital no puede quedarse ocioso! Tiene que buscar donde invertir y seguir acumulando.

En este sentido, la crisis capitalista consiste precisamente en que existen obstáculos a la acumulación de capital y por ende la tendencia hacia el estancamiento.  Estructuralmente se trata del agotamiento de nuevas oportunidades para invertir.

Es ante esta situación que el capital y sus agentes políticos y los Estados capitalistas buscan abrir nuevas oportunidades de acumulación típicamente por la violencia, ya sea directa o estructural.  Ejemplos de la violencia directa para abrir oportunidades de acumulación son la invasión a Iraq, la llamada “guerra contra las drogas” y la farsa de la “guerra contra el terrorismo”.  La violencia estructural consiste, por ejemplo, en las políticas neoliberales, la estrangulación por medio del endeudamiento, como en Grecia, etcétera.

No es de sorprenderse que la crisis desata fuertes conflictos sociales, políticos, ideológicos, y militares.  Es lo que estamos viviendo ahora.  La crisis estructural del capitalismo global es el telón de fondo de la peligrosa escalada de las tensiones internacionales y además es pieza clave para entender el fenómeno del Trumpismo.  Pero antes de pasar al análisis del Trumpismo y el espectro del fascismo del siglo XXI, hay be resaltar la segunda dimensión de la actual crisis, la de la legitimidad o de la hegemonía.

Los Estados enfrentan una contradicción entre la necesidad de promover la acumulación transnacional de capital en sus territorios, por un lado, y la necesidad de lograr la legitimidad política por el otro.  Esta contradicción, a cambio, expresa una contradicción más profunda, entre un proceso de globalización económica que se desenvuelve en el marco de un sistema de autoridad política basada en el sistema de estado-nación.  Los gobiernos alrededor del mundo experimentan crisis galopantes de legitimidad de cara a las desigualdades sin precedente y las penurias impuestas sobre las clases trabajadoras por la globalización capitalista.

Entra el Trumpismo

El Trumpismo y otros movimientos ultra-derechistas y neo-fascistas alrededor del mundo representan una respuesta ultra-derechista a la crisis del capitalismo global.  Constituyen intentos contradictorios de refundar la legitimidad del estado frente a las condiciones desestabilizantes de la globalización capitalista.  Las crisis de legitimidad generan políticas desconcertantes y contradictorias de gestión de crisis que aparenten ser esquizofrénicas en el sentido literal de elementos inconsistentes o en conflicto.   Esta gestión de crisis esquizofrénica nos ayuda a entender la naturaleza contradictoria de la dominación política en la época del capitalismo global, así como el resurgimiento de fuerzas ultra-derechistas y neo-fascistas y específicamente el caso de estudio del Trumpismo.

Contrario a lo que se piensa, Donald Trump es miembro de la CCT, ya que tiene fuertes inversiones alrededor del mundo.  Su “populismo” y discurso anti-globalización responden a la demagogia y la manipulación políticas en función de un proyecto de reconquistar la legitimidad del Estado y reconstruir un bloque hegemónico en Estados Unidos.  El Trumpismo no es un desvió sino la encarnación de la dictadura emergente de la CCT.  Para parafrasear el gran estratega militar prusiano Carl von Clausewitz, quien hizo la famosa declaración “la guerra es una extensión de la política por otros medios”, el Trumpismo, y en diversos grados los otros movimientos ultra-derechistas alrededor del mundo, constituyen la extensión de la globalización capitalista por otros medios, a saber, mediante un estado policiaco global que se expande y una movilización neo-fascista.

Más allá de la retórica, no hay en el absoluto nada populista del programa económico de Trump.  De hecho, el Trumpismo viene a intensificar el neo-liberalismo en Estados Unidos junto con un mayor papel del Estado para subsidiar la acumulación transnacional de capital frente al estancamiento.  El “Trumponomicos” abarca la desregulación – el virtual aplastamiento del Estado regulatorio – un mayor recorte del gasto social, un vasto programa de privatizaciones, la reforma impositiva a favor de los ricos y el capital y explícitamente en contra de los pobres y la clase obrera, y una escalada de medidas de persecución sindical:  en resumidas cuentas, el neo-liberalismo en esteroides.  La CCT está encantada con estas políticas neo-liberales y anti-obreras de Trump, pero desconcertada por su conducta impetuosa y su bufonería.

Así, el Trumpismo no es más que una intensificación dramática (en el sentido literal de drama, teatralidad) más que una desviación de la agenda derechista de la globalización capitalista represiva que se remonta a los gobiernos Reagan-Thatcher.  El Trumpismo y otras respuestas ultra-derechistas a la crisis del capitalismo global persiguen ahora crear un nuevo balance de fuerzas políticas de cara al desmoronamiento del efímero bloque histórico del capitalismo global.  Puede ser que estamos en las puertas del cesarismo tal como lo plantea Gramsci, en el cual una figura carismática aparece para resolver un empate inestable en el balance de las fuerzas políticas y sociales o en una coyuntura de ruptura hegemónica.

Si bien no se puede caracterizar Estados Unidos como fascista a estas alturas, Trump en si es un fascista y a partir de su elección a la presidencia, se convierte en la cabeza más visible de un proyecto neo-fascista en formación.  Los movimientos neo-fascistas en Estados Unidos han experimentado una rápida expansión desde el viraje del siglo en la sociedad civil, y también en el sistema político mediante el ala derecha del Partido Republicano.  Trump demostró ser la figura carismática capaz de galvanizar y envalentonar las diversas fuerzas neo-fascistas, desde los supremacistas blancos, los nacionalistas blancos, las milicias privadas, los neo-Nazi y Ku Klux Klan, los llamados “Guardianes del Juramento” (conformado por ex-militares y policías de la derecha), el Movimiento Patriótico, los fundamentalistas cristianos, y los grupos de vigilancia anti-inmigrante.  Alentado por la fanfarronea imperial de Trump, su retórica populista y nacionalista, su propensión al autoritarismo, y su discurso abiertamente racista, estos grupos han comenzado un proceso de polinización cruzada en un grado sin precedente en las últimas décadas.  Han logrado tener una presencia en la Casa Blanca de Trump y en los gobiernos estatales y locales alrededor del país.  Muchas de estas organizaciones han establecido unidades paramilitares en un proceso que a menudo entraña una cierta colaboración con las agencias represivas del Estado.

Más allá de estos grupos organizados, los proyectos del fascismo del siglo XXI buscan organizar una base de masas entre los sectores que anteriormente ocuparon una posición privilegiada o que gozaron de cierta estabilidad, tales como la aristocracia labor del considerado Primer Mundo y capas medias y profesionales en el antiguo Tercer Mundo, quienes ahora experimentan una mayor inseguridad e inestabilidad en sus condiciones laborales y de vida, el desconcierto y el espectro de la movilidad hacia abajo.  Estos sectores en Estados Unidos, en su mayoría blancos, tuvieron históricamente ciertos privilegios que ahora van perdiendo a pasos agigantados frente a la globalización capitalista.  El racismo y el discurso racista desde arriba persiguen canalizar a esos sectores hacia una conciencia racista y neo-fascista de su condición.

Al igual que su predecesor del siglo XX, este proyecto gira alrededor del mecanismo psico-social del desplazamiento del temor y ansiedad de las masas en momentos de aguda crisis capitalista hacia las comunidades designadas como chivos expiatorios, tales como los trabajadores inmigrantes, los musulmanes, y los refugiados en Estados Unidos y Europa, los musulmanes en la India, o los Palestinos en Israel.  Las fuerzas ultra-derechistas efectúan este mecanismo mediante un discurso de xenofobia, ideologías desconcertantes que abarcan la supremacía racial/cultural, un pasado mítico e idealizado, el milenarismo, y una cultura militarista y masculinista que normaliza y hasta glorifica la guerra, la violencia social, y la dominación.  En este sentido, la ideología del fascismo del siglo XXI descansa sobre la irracionalidad – la promesa de restaurar la seguridad y la estabilidad no es racional sino emotiva.  El discurso público del régimen de Trump del populismo y nacionalismo, como ya señalé, no guarda ninguna relación a sus verdaderas políticas.

El fascismo del siglo XXI y estado policiaco global entrañan una triangulación entre: las fuerzas ultra derechistas, autoritarias y neo-fascistas en la sociedad civil; el poder político reaccionario y represivo en el Estado; y el capital corporativo transnacional.  Respecto a este último, las fracciones de capital más propensas a un fascismo del siglo XXI parecen ser el capital financiero especulativo, el complejo militar-industrial-seguridad, y las industrias extractivistas – estas tres, a cambio, entrelazadas con el capital de alta-tecnología/digital.  Los complejos extractivistas y energéticos deben desalojar a las comunidades para poder apropiarse de sus recursos, lo que les hace propensos a los arreglos represivos y hasta neo-fascistas.  La acumulación de capital en el complejo militar-industrial-seguridad depende de la guerra sin fin y de los sistemas de control social y represión.  Y la acumulación financiera requiere de cada vez más endeudamiento y mayor austeridad, lo que es muy difícil, sino imposible, de imponer mediante los mecanismos consensuales.

Pero existe una contradicción fundamental en el proyecto neo-fascista en Estados Unidos.  El populismo y el nacionalismo de Trump no tiene sustancia material, es decir, su sustancia se limita a los simbólico.  He aquí el significado de su retórica fanática de “construir el muro” en la frontera Estados Unidos-México.  Dicho muro es simbólicamente indispensable para sostener una base social, dado que el Estado no tiene la capacidad de ofrecer a los potenciales adeptos un soborno material a cambio de su respaldo al proyecto Trumpista/neo-fascista.  Es decir, los sectores que forman la base social de Trump no reciben beneficios materiales a cambio de su apoyo.  Bajo estas condiciones, el “capital simbólico” – para evocar el termino introducido por el sociólogo francés Pierre Bourdieu - se vuelve urgente para reproducir la dominación material de la CCT y sus agentes.

Asimismo, las medidas proteccionistas y arancelarias de Trump no se dirigían a complacer a la CCT sino a apaciguar la intranquilidad de sectores de la clase obrera que conforman parte importante de su base social.  Los grupos gremiales de la CCT en Estados Unidos salieron en contra de los aranceles contra China y otros países.  Es más, los hermanos multi-millonarios Koch, ultra-conservadores magnates de negocios de hidrocarbonos y fervientes patrocinadores de Trump en su campaña electoral de 2016, cambiaron de posición cuando Trump promulgó sus planes proteccionistas.  En 2018 lanzaron una campaña en contra de las aranceles, gastando decenas de millones de dólares para derogarlas.  Sencillamente, la CCT no tiene ningún interés en el nacionalismo económico.

Existe en efecto una creciente reacción contra la globalización capitalista entre las clases populares y trabajadoras, los sectores nacionalmente-orientados de las elites, y los populistas de derecha.  Por un lado, la CCT y las elites transnacionales están bien dispuestas a respaldar las dimensiones represivas del neo-fascismo para controlar las revueltas de las clases populares.  La CCT ya está política- y materialmente comprometida con el estado policiaco global.  Pero por el otro lado, la CCT busca desesperadamente como combatir la reacción contra la globalización.  La CCT y sus agentes están a la deriva.  No tienen estrategia para calmar las aguas.  Esta realidad pone en relieve la naturaleza altamente conflictiva del capitalismo global y la incertidumbre respecto al rumbo de la globalización frente a las contradicciones explosivas y la amplia oposición que la misma genera.

¿Y América Latina?

Frente a la sobre-acumulación y el estancamiento, el gran reto ahora que enfrenta el sistema es: ¿dónde encontrar salidas para los excedentes acumulados?  En la actualidad, el sistema busca una nueva ronda expansiva y no le es fácil encontrarla.  Busca expandirse en: 1) guerras, conflictos y militarización; 2) una nueva ronda de despojos, tal como sucede ahora en América Latina; 3) un saqueo aún mayor de los Estados.  La crisis global es el telón de fondo para entender el entorno latinoamericano.  La CCT busca intensificar violenta expansión mercantil en América Latina y apropiarse de tierras y recursos, con la confabulación de la resurgente Derecha y extrema-Derecha latinoamericana.

El entorno latinoamericano debe ser analizado en el mismo contexto histórico y sistémico que hay que entender el surgimiento del Trumpismo.  En las últimas dos décadas se produjo una fuerte expansión del capitalismo global en la región, impulsado tanto por los gobiernos de la Derecha como por los de la Izquierda.  Esta expansión del sistema se ha dado en dos sentidos.  Primero es una expansión extensiva: la conquista del campo y la mercantilización por parte del capital transnacional y sus capas locales y la integración de lo que quedaba de los reductos autónomos.  En Honduras, por ejemplo, las comunidades Afro-hondureñas (Garífunas) e indígenas están envueltas en una lucha de vida y muerte contra los mega-proyectos, la agro-industria, y el turismo transnacional.  Igual en Guatemala, Colombia, Brasil, Ecuador, y otros países.  Segundo es una expansión intensiva: una profundización del neo-liberalismo.  Se viene convirtiendo en mercancía a los espacios que aún quedaba fuera de la lógica del mercado, conforme la lógica de la acumulación de capital – salud, educación, agua y otros servicios públicos, esferas de la cultura, y desenfrenada privatización del Estado.

La nueva oleada de intervención norteamericana propugnada por el gobierno de Trump persigue imponer en América Latina, como reflexión en un espejo, el mismo proceso Trumpista que se desarrolla en Estados Unidos.  Se acopla el renovado asalto de capital transnacional a los abundantes recursos de la región con la inclinación hacia regímenes de extrema Derecha, autoritarios y dictatoriales, como en Honduras, Brasil, Guatemala, etcétera, y en el caso de Colombia, ya impera el verdadero fascismo del siglo XXI.  Las políticas Trumpistas – desde la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte hasta la intensificada agresión contra Venezuela y el apoyo a los gobiernos de la extrema-Derecha – no es más que un instrumento de la CCT para forzar una mayor apertura e integración a los nuevos circuitos globalizados de acumulación en esta época del capitalismo digital y la hegemonía del capital financiero transnacional.

Hay que ver con franqueza como los límites de la Izquierda abrieron espacio para la Derecha.  Con algunas excepciones, la Izquierda en el Estado no emprendió transformaciones estructurales de las relaciones de propiedad y la estructura de clase.  Esta Izquierda persiguió un asistencialismo basado en captar y redistribuir los excedentes generados por la expansión de las exportaciones de materia prima en asociación con la CCT.  Los programas asistenciales dependieron de los caprichos del mercado global controlado por la CCT.  Cuando se desplomaron los precios de los commodities a partir de 2011 y en adelante, la Izquierda perdió las bases de su tímido proyecto.

Las luchas de masa contra el neo-liberalismo rompió la hegemonía neo-liberal hacia finales del siglo XX y la Izquierda llegó al poder levantando la bandera anti-neo-liberal.  Pero la Izquierda ahora ha perdido la hegemonía conquistada.  Dicha hegemonía está en disputa con el regreso de la Derecha revanchista.  Lo que queda de la Izquierda en el gobierno está enfrentando una escalada de agresión por parte de la CCT, la derecha internacional, y Estados Unidos.  Hay un evidente desfase entre movimientos sociales pujantes e Izquierda partidaria e institucional francamente menguante.  Solo la movilización desde abajo puede generar un contrapeso al control que ejerce desde arriba el capital transnacional y el mercado global sobre los Estados capitalistas latinoamericanos.

- William I. Robinson es Profesor de Sociología, Universidad de California-Santa Bárbara
Prólogo para Estados Unidos Contra el Mundo: Trump y la Nueva Geopolítica (Castorena, Gandásegui, y Morgenfeld, compiladores, Editorial Siglo XXI, 2019)





martes, 21 de noviembre de 2017

¿LA PRÓXIMA CRISIS ECONÓMICA? CAPITALISMO DIGITAL Y ESTADO POLICIACO GLOBAL




20/11/2017

La clase capitalista transnacional está invirtiendo miles de millones de dólares en la rápida digitalización del capitalismo global como salida para el excedente de su capital acumulado, a la vez que busca nuevas oportunidades de inversión en la construcción de un Estado policiaco global.  ¿Pero será suficiente la rápida expansión de estos dos sectores de la economía global para evitar otra crisis catastrófica?

Los datos económicos internacionales señalan, más bien, que la economía global está al borde de otro colapso.  Las condiciones estructurales subyacentes que desataron la Gran Recesión de 2008 siguen vigentes mientras la nueva ronda de reestructuración de la economía global ya en marcha tenderá a agravar las mismas.  Estas condiciones incluyen niveles sin precedente de desigualdad, de endeudamiento público y privado, y de especulación financiera.  El detonante de una nueva crisis podría ser el estallido de la burbuja bursátil, sobre todo en el sector tecnológico, el impago de la deuda pública o de los hogares, o el estallido de una nueva conflagración militar internacional.

El débil crecimiento económico se ha mantenido desde 2008 gracias a los instrumentos monetarios tales como la “facilitación cuantitativa” y los rescates financieros, junto con una escalada de deuda de consumo, una oleada de inversión especulativa – sobre todo en el sector tecnológico – y niveles cada vez mayores de especulación financiera en el casino global.  Sin embargo, ahora los bancos centrales están llegando a los límites de los instrumentos monetarios.

En Estados Unidos, que desde hace tiempo ha servido de “mercado de última instancia” para la economía global, la deuda de los hogares está en su nivel más alto de su historia desde la postguerra.  Los hogares estadounidenses en 2016 debían casi $13 billones de dólares en préstamos estudiantiles, deuda de tarjetas de crédito, prestamos automovilísticos, e hipotecas.  En casi todos los países de la OCDE la relación de ingresos a la deuda de los hogares se mantiene en niveles históricos y ha seguido en franco deterioro desde 2008.  El mercado global de bonos – un indicador de la deuda total gubernamental a nivel mundial – se ha disparado desde 2008 y ahora rebasa los $100 billones.

Mientras tanto, la brecha en la economía real y el “capital ficticio” se ensancha cada vez más mientras la especulación financiera se convierte en una espiral fuera de control.  El producto mundial bruto, es decir, el valor total de los bienes y servicios producidos a nivel mundial, era de $75 billones en 2015, mientras la especulación en monedas ascendió ese año a $5.3 billones al día y el mercado global de derivados se estimó en unos alucinantes $1.2 trillones.  Los más previsores entre la élite transnacional han expresado una creciente preocupación sobre la fragilidad de la economía global y el espectro del estancamiento crónico a largo plazo.  El ex-funcionario del Banco Mundial y de la Tesorería estadounidense, Lawrence Summers, advirtió el año pasado del “estancamiento secular” en la economía global, la que “ha entrado en territorio desconocido y peligroso”.  Sin embargo, estas élites no están dispuestas a reconocer el telón de fondo del malestar económico, como es el problema insoluble del capitalismo, la sobre-acumulación.

La Sobre-Acumulación: Talón de Aquiles del Capitalismo

La economía global sigue adoleciendo del talón de Aquiles del capitalismo: la sobre-acumulación.  La polarización de los ingresos y la riqueza es endémica al capitalismo ya que la clase capitalista posee los medios de producir la riqueza y por ende se apropia en forma de ganancia la mayor cuota de la riqueza que produce colectivamente la sociedad.  Si los capitalistas no pueden vender (o “descargar”) los productos de sus plantaciones, fábricas, y oficinas, no pueden sacar ganancia.  Esta polarización, si no se controla, resulta en crisis – en estancamiento, recesiones, depresiones y convulsiones sociales.

Al lanzarse a la globalización desde los 1970 y en adelante, la emergente clase capitalista transnacional, o CCT, logró eludir la intervención estatal en el mercado capitalista y socavar los programas redistributivos que habían sido establecidos a raíz de la Gran Depresión de 1930.  La CCT promovió una vasta reestructuración neo-liberal, la liberalización comercial y la integración a la economía mundial.  Las políticas públicas han sido reconfiguradas mediante la austeridad, los rescates, los subsidios corporativos, el endeudamiento gubernamental y el mercado global de bonos, todo lo que permite al Estado efectuar el traslado directo o indirecto de la riqueza de las clases trabajadoras a la CCT.

El resultado ha sido niveles sin precedente de desigualdad global que, lejos de disminuirse, se han disparado a un ritmo asombroso desde 2008.  De acuerdo con la agencia pro-desarrollo Oxfam, el uno por ciento de la humanidad controla más de la mitad de la riqueza del mundo y el 20 por ciento más rico posee el 94.5 por ciento de esa riqueza, mientras el restante 80 por ciento tiene que conformarse con tan solo el 5.5 por ciento.  Dada esta extrema concentración de la riqueza, el mercado global no puede absorber la producción de la economía global.  La Gran Recesión de 2008 marcó el inicio de una nueva crisis estructural de sobre-acumulación.  Las corporaciones están inundadas de efectivo pero no tienen oportunidades de invertir ese efectivo rentablemente.  Las ganancias corporativas se dispararon a raíz de la crisis del 2008 y han llegado a niveles casi record al mismo tiempo que los niveles de inversión corporativa han disminuido.

En la medida que se va acumulando este capital no invertido, crecen enormes presiones para encontrar salidas para descargar el excedente.  El Trumpismo en Estados Unidos refleja una respuesta ultra-derechista a la crisis mundial que abarca un neo-liberalismo autoritario al lado de una movilización neo-fascista de los sectores descontentos, y a menudo nativistas, de la clase obrera.  Sin embargo, este neo-liberalismo represivo termina con restringir aún más el mercado y por lo tanto agrava la crisis subyacente de sobre-acumulación.

La CCT se ha dirigido a dos salidas para descargar el excedente.  Una es la acumulación militarizada.  Las guerras contra las drogas y el terrorismo, la construcción de los muros fronterizos, la expansión de los complejos prisión-industrial, los regímenes de deportación, los aparatos policiacos, militares y de seguridad, se convierten en fuentes importantes de generación de ganancias promovidas por el Estado.  El presupuesto del Pentágono se incrementó en un 91 por ciento en términos reales entre 1998 y 2011, mientras las ganancias de la industria militar casi se cuadruplicaron durante este período.

He aquí una convergencia alrededor de la necesidad política que tiene el capitalismo global para el control social y la represión, y su necesidad económica de perpetuar la acumulación frente al estancamiento.  Poniendo al lado la cada vez mayor retórica guerrerista de Trump, existe un impulso intrínseco hacia la guerra del rumbo actual de la globalización capitalista.  Históricamente las guerras tienden a sacar al sistema capitalista de la crisis mientras también sirven para desviar la atención de las tensiones políticas y de los problemas de la legitimidad.

La Digitalización del Capitalismo Global

La otra salida ha sido una nueva oleada de especulación financiera en los años recientes, sobre todo en el sobrevalorado sector tecnológico.  El sector tecnológico está ahora en la vanguardia de la globalización capitalista e impulsa la digitalización de la economía global en su conjunto.  Karl Marx declaró en El Manifiesto Comunista que “todo lo sólido se esfuma al aire” frente al ritmo vertiginoso de cambio causado por el capitalismo.  La economía mundial ahora está en el umbral de otro período de reestructuración masiva.  En el núcleo de esta reestructuración está la economía digital basada en una tecnología informática más avanzada, en la recolección, el procesamiento y el análisis de los datos, y en la aplicación de la digitalización a todos los aspectos de la sociedad global, incluyendo la guerra y la represión.

La tecnología de la computación y la informática introducida por primera vez en los años 1980 proporcionó la base tecnológica original para la globalización.  La primera generación de la globalización desde esa década y en adelante consistió en la creación de un sistema globalmente integrado de producción y finanzas, mientras la digitalización más reciente y el surgimiento de las “plataformas” han facilitado una muy rápida transnacionalización de los servicios.  Ya para 2017, los servicios representaron el 70 por ciento del total del producto bruto mundial.  Las plataformas se refieren a las infraestructuras digitales que posibilitan la interacción entre dos o más grupos.  En la medida que la actividad económica depende cada vez más de las plataformas, el sector tecnológico se vuelve cada vez más estratégico al capitalismo global.  La digitalización y la transnacionalización de los servicios ahora pasan a ocupar el centro de la agenda capitalista global.

En años recientes ha habido otra oleada del desarrollo tecnológico que nos ha llevado al umbral de la “4ra revolución industrial”, basada en la robótica, la impresión en 3D, el Internet de los Objetos, la inteligencia artificial (IA), el aprendizaje automático, la bio- y nanotecnología, la computación cuántica y en nube, nuevas formas de almacenamiento de energía, y los vehículos autónomos.  Si bien el sector tecnológico que impulsa esta nueva revolución constituye solamente un pequeño porcentaje del producto bruto mundial, la digitalización abarca la economía global en su totalidad, desde la manufacturera y las finanzas a los servicios, y tanto en el sector formal como en el informal.  Está en el mero eje de todos los procesos relacionados con la economía global, desde el control y la subcontratación de los trabajadores y la flexibilización de los procesos productivos, hasta los flujos financieros globales, la coordinación de las cadenas de suministro, subcontratación y tercerización, mantenimiento de registros, comercialización (“marketing”) y ventas.

En su estudio Platform Capitalism, el politólogo Nick Srnicek muestra como los inversionistas institucionales, sobre todo los muy especulativos fondos de cobertura y mutualistas, colocaron miles de millones de dólares en el sector tecnológico desde la Gran Recesión del 2008.  El sector tecnológico se convirtió en una enorme salida para el capital no invertido frente al estancamiento.  La inversión en este sector pasó de $17 mil millones en 1970, a $65 mil millones en 1980, y luego a $175 mil millones en 1990, a $496 mil millones en 2000, y a $654 mil millones en 2016.  Un puñado de compañías norteamericanas de tecnología absorbió enormes cantidades de efectivo por parte de los financieros desesperados por encontrar nuevas oportunidades de inversión rentable.  En 2017, Apple había acumulado $262 mil millones de dólares de reserva, mientras Microsoft registró un total de $133 mil millones de reserva, Alphabet (la sociedad matriz de Google) tuvo $95 mil millones, Oracle tuvo $66 mil millones, etcétera.

Los defensores del actual orden dominante aducen que la economía digital generará trabajos altamente adiestrados y bien pagados y que resolverá los problemas de la polarización social y el estancamiento.  Pero todo indica todo lo contrario: la economía digital acelerará la tendencia hacia un cada vez mayor desempleo y subempleo junto con una mayor ampliación del empleo precario y casual.  Estamos a punto de ver la aniquilación digital de mayores sectores de la economía global.  Cualquier cosa puede ser digitalizada y toda cosa será sometida a la misma.  La automación se extiende actualmente de la industria y las finanzas a todas las ramas de los servicios, aun a la comida rápida y a la agricultura, en la medida que los miembros de la CCT buscan bajar los salarios y ganarle a la competencia.  Se espera que la automación incluso reemplace a mucho trabajo profesional, tales como los abogados, los analistas financieros, los médicos, periodistas, contadores, evaluadores de riesgos, y los bibliotecarios.

En Estados Unidos el incremento neto de puestos de trabajo desde 2008 ha sido casi exclusivamente de acuerdos laborales inestables y mal remunerados.  En Las Filipinas un ejército de 100,000 trabajadores subcontratados ganan unos cientos de dólares mensuales para revisar el contenido de los medios sociales tales como Google y Facebook y en el almacenamiento en la nube para borrar imágenes ofensivas.  Pero aun ellos serán reemplazados por la tecnología digital, al igual que millones de trabajadores que laboran alrededor del mundo en los centros de llamadas, en el ingreso de datos, y en software.

La Guerra Digital y el Estado Policiaco Global

La digitalización hace posible la creación de un Estado policiaco global.  En la medida que dicha digitalización resulta en una mayor concentración de capital y agudiza la polarización, los grupos dominantes recurren a la aplicación de las nuevas tecnologías de control social de masas frente a la resistencia entre los precarizados y los marginados.  La función dual de acumulación y del control social se realiza con la militarización de la sociedad civil y la mezcla entre la aplicación militar y civil del armamento avanzado, sistemas de rastreo, de vigilancia, y de seguridad.  El resultado es una permanente guerra de baja intensidad contra las comunidades en rebeldía mientras los teatros de conflicto se extienden de las zonas activas de guerra hacia las localidades urbanas y rurales en todo el mundo.

Los nuevos sistemas de guerra y de represión hechos posibles por una digitalización más avanzada incluyen armamento automático impulsado por la IA, tales como los vehículos no tripulados de ataque y transporte, los soldados robot, una nueva generación de super-drones (aviones no tripulados), fusiles microondas que inmovilizan, ataque cibernético y guerra informática, identificación biométrica, extracción estatal de datos, y la vigilancia electrónica global que permite el rastreo y control de cada movimiento.  La acumulación militarizada y acumulación por represión – desde ya un eje mayor del capitalismo global – podría llegar a ser cada vez más importante en la medida que se fusiona con las nuevas tecnologías de la cuarta revolución industrial, no solo como un medio para mantener el control sino también como salida ampliada para el excedente acumulado que permite aplazar el colapso económico.

En este contexto, el surgimiento de la economía digital parece fusionar tres fracciones de capital alrededor de un proceso integral de especulación financiera y acumulación militarizada en el cual la CCT está descargando miles de millones de dólares en excedente de capital acumulado mientras apuestan en las oportunidades de inversión que ofrece un Estado policiaco global.

El capital financiero proporciona el crédito para la inversión en el sector tecnológico y en las tecnologías del Estado policiaco global.  Las empresas de tecnología desarrollan y proporcionan las nuevas tecnologías que ahora constituyen el eje de la economía global.  Desde que el denunciante de la Agencia Nacional de Seguridad de Estados Unidos, Edward Snowden, habló públicamente en 2013, ha salido a la luz un torrente de revelaciones acerca de la colusión entre las empresas gigantescas de tecnología y el gobierno norteamericano y otros gobiernos en pos de la construcción de un Estado policiaco global.  Y el complejo militar-industrial-seguridad aplica esta tecnología en la medida en que se vuelve una salida para canalizar el excedente y hacer ganancia mediante el control y la represión de las poblaciones rebeldes.

La crisis estructural del capitalismo en los 1970 lanzó el mundo al camino de la globalización neoliberal.  El reventón de la burbuja dot-com en 2000 arrojó al mundo a una recesión.  El estallido de la burbuja hipotecaria en 2008 desató la peor crisis económica desde los 1930.  Todo indica ahora que el actual boom en el sector tecnológico está generando una nueva burbuja que podría resultar en otra crisis cuando se reviente, quizás de manera conjunta con impagos de la deuda.  La próxima Gran Recesión probablemente cementará esta fusión de la economía digital con el Estado policiaco global, si es que no hay un cambio de rumbo impuesto sobre el sistema por la movilización de masa y la lucha popular desde abajo.

- William I. Robinson es Profesor de Sociología, Universidad de California-Santa Bárbara.


martes, 10 de enero de 2017

DE OBAMA A TRUMP: EL FRACASO DE LA REVOLUCIÓN PASIVA





William I. Robinson

ALAI AMLATINA, 10/01/2017.- Barack Obama declaró a CNN el pasado 26 de diciembre que hubiera podido derrotar a Trump de haber tenido la oportunidad de enfrentarse al presidente electo por un tercer mandato, pero en realidad puede que el demócrata haya aportado más que cualquier otro para asegurar la victoria de Trump.

Si bien la elección de Trump ha desencadenado una rápida expansión de las corrientes fascistas en la sociedad civil y en el sistema político estadounidense, un resultado fascista no es inevitable y dependerá de la lucha opositora que ya ha comenzado. Pero ocurre que esa lucha requiere claridad para poder entender cómo hemos podido llegar a un precipicio tan peligroso. Las semillas de un fascismo del siglo XXI fueron plantadas, fertilizadas y regadas por el gobierno del presidente que deja el cargo, Barack Obama, y por la élite liberal en bancarrota que es representada por la presidencia de éste.

En los últimos años del régimen de George W. Bush y especialmente con el colapso financiero de 2008, hubo un agitado descontento que desencadenó protestas masivas en los Estados Unidos y en todo el mundo. El proyecto Obama fue desde el principio un esfuerzo de los grupos dominantes para restablecer la hegemonía que venía desmoronándose desde los años de la presidencia de Bush. La elección de Obama desafió el sistema a nivel cultural e ideológico y sacudió los fundamentos raciales/ étnicos que siempre han mantenido en pie a la República de Estados Unidos aunque, ciertamente, no desmanteló esos fundamentos.

Sin embargo, el proyecto de Obama nunca tuvo la intención de desafiar el orden socioeconómico; por el contrario, trató de preservar y fortalecer ese orden para sostener la globalización capitalista, reconstituyendo la hegemonía y llevando a cabo una revolución pasiva en contra del descontento manifestado por las masas y propagando la resistencia popular que comenzó a cobrar vida en los últimos años de la presidencia de Bush.

El socialista italiano Antonio Gramsci desarrolló el concepto de revolución pasiva para referirse a los esfuerzos realizados por grupos dominantes de provocar ligeros cambios desde arriba con el objetivo de desactivar movilizaciones desde abajo que buscasen lograr una transformación más profunda. Integral a la revolución pasiva es la cooptación de liderazgos desde abajo y la integración de estos liderazgos en el proyecto dominante.

La campaña electoral de Obama en 2008 aprovechó y ayudó a expandir la movilización de masas y las aspiraciones populares de cambio como no se había visto en muchos años en los Estados Unidos. El proyecto de Obama cooptó esa creciente tormenta desde abajo, la canalizó a la campaña electoral y después traicionó esas mismas aspiraciones. El Partido Demócrata desmovilizó efectivamente la insurgencia desde abajo tan pronto se hubo reanudado con una revolución más pasiva y, de hecho, aceleró el proyecto de la globalización capitalista y del neoliberalismo. El entusiasmo masivo que generó la primera campaña electoral de Obama se disipó rápidamente.

El capital transnacional corporativo financió ambas campañas presidenciales de Obama y compró la presidencia del mismo. Obama impulsó la agenda de la guerra global, el neoliberalismo y el rumbo hacia un estado autoritario. Se convirtió en el presidente de los rescates corporativos, el presidente de deportación en masa y el presidente de la guerra de aviones no tripulados: los llamados drones. Su gobierno impulsó la construcción de un sistema policiaco represivo y un estado de vigilancia. Se autorizó la detención indefinida sin posibilidad de hábeas corpus de cualquier persona que el estado considerara un "enemigo", se libró la guerra contra los denunciantes y los filtradores y se defendió el espionaje nacional y global de la NSA. Se aumentó el presupuesto militar, el cual ya había alcanzado un máximo histórico bajo el régimen de Bush. Se negoció la Asociación Transpacífica, la Asociación Transatlántica de Comercio e Inversiones y el Acuerdo sobre el Comercio de Servicios.

De esta forma el proyecto de Obama debilitó desde abajo la respuesta popular izquierdista a la crisis, abriendo así espacio para que la respuesta de la derecha con vista en un proyecto del fascismo del siglo XXI se volviera insurgente. El gobierno de Obama apareció, sin duda, como una república de Weimar. Aunque los socialdemócratas estuvieron en el poder durante la República de Weimar de Alemania en los años 1920 y principios de 1930, no persiguieron una respuesta izquierdista a la crisis; dejaron de lado a los sindicatos militantes, comunistas y socialistas y progresivamente se aferraron al capital y la derecha antes de entregar el poder a los nazis en 1933. La república de Weimar del siglo XXI de Obama generó condiciones propicias para el desarrollo de las fuerzas neofascistas en los Estados Unidos.

Durante el régimen de Bush, estas fuerzas neofascistas se extendieron por toda la sociedad civil estadounidense, exhibiendo una creciente polinización cruzada entre diferentes sectores de la derecha radical como no se había visto desde hace años. Durante la presidencia de Obama, elementos de la derecha de entre la comunidad empresarial transnacional financiaron ampliamente movimientos neofascistas como el Tea Party y la notoria legislación neofascista de la ley antiinmigrante SB1070 de Arizona en 2010. Esa legislación provocó leyes "copia" en otros estados del país y provocó que estallaran movimientos anti-inmigrantes de supremacía racial y de vigilancia fronteriza. Los multimillonarios hermanos Koch, de extrema derecha, por ejemplo, fueron los principales financiadores de la Tea Party y de una gran cantidad de fundaciones y organizaciones de fachada de la derecha, tales como Americans for Prosperity, Cato Institute y Mercatus Center.

Estas organizaciones promovieron una versión extrema de la agenda corporativa neoliberal, incluyendo la reducción y la eliminación de los impuestos a corporaciones, recortes a los servicios sociales, la evisceración de la educación pública y la liberación total del capital de cualquier regulación estatal. Este neoliberalismo “recargado” es precisamente el programa económico del régimen entrante de Trump y converge perfectamente con los intereses de la clase capitalista transnacional, incluso si cultural e ideológicamente se encuentra vestido de forma dramáticamente distinta al de Obama y los liberales.

Contrariamente a lo que dicen interpretaciones superficiales, la agenda de extrema derecha del trumpismo constituye una profundización y no una revocación del programa de globalización capitalista perseguido por la administración Obama y todas las administraciones estadounidenses desde Ronald Reagan. La crisis del capitalismo global se ha agudizado al confrontarse con un estancamiento económico y con el levantamiento de un populismo antiglobalización por parte tanto de la izquierda como de la derecha del espectro político. El trumpismo no representa una ruptura con la globalización capitalista sino más bien una recomposición de las fuerzas políticas y de discursos ideológicos que se acentúan a medida que la crisis y las tensiones internacionales llegan a nuevas profundidades.

Ya sea del siglo XX o en sus variantes emergentes del siglo XXI, el fascismo es ante todo una respuesta a profundas crisis estructurales del capitalismo, como en el caso de la de los años treinta y la que comenzó con la crisis financiera de 2008. He estado escribiendo durante la última década acerca del surgimiento de las corrientes fascistas del siglo XXI en el contexto del nuevo capitalismo global. Una diferencia clave entre el fascismo del siglo XX y el fascismo del siglo XXI es que el primero involucró la fusión del capital nacional con poder político reaccionario y represivo, mientras que el segundo implica la fusión del capital transnacional con poder político reaccionario. El trumpismo no representa una salida; por el contrario, es la encarnación de la dictadura emergente de la clase capitalista transnacional.

El trumpismo y el brusco giro hacia la extrema derecha es la progresión lógica del sistema político frente a la crisis del capitalismo global. La élite liberal y su proyecto de globalización capitalista a través del discurso "más amable, más suave" del multiculturalismo llegaron a un callejón sin salida y condujeron el sistema hacia una nueva crisis de hegemonía. Tomando el famoso dicho de Clausewitz de que "la guerra es una extensión de la política por otros medios", parafraseando, se puede decir que el trumpismo es una extensión del neoliberalismo por otros medios.  

Hay una linealidad en este aspecto desde Obama hasta Trump. Fue el gobierno de Obama y la élite liberal quienes se encargaron de abrir la caja de Pandora del trumpismo y el fascismo del siglo XXI. A medida que se acercaban las elecciones de 2016 la pregunta era: ¿cómo se expresaría el renovado descontento de las masas? La élite liberal marginó a Bernie Sanders y se alineó detrás de Hillary Clinton, pero a diferencia de como ocurrió en 2008, esta vez fracasaron los esfuerzos de lograr otra revolución pasiva. La élite liberal alimentó el giro hacia la extrema derecha al anular de nueva cuenta una respuesta izquierdista ante la crisis.

La élite liberal se rehusó a desafiar la rapacidad del capital transnacional y su política de identidad sirvió para eclipsar el lenguaje anticapitalista de las clases trabajadoras y populares, empujando así a los trabajadores blancos hacia una "identidad" de nacionalismo blanco y ayudando a la derecha neo-fascista a organizarlos políticamente. Paralelo a las acusaciones que hizo el partido republicano contra aproximadamente 6 millones de votantes mayormente afroamericanos y latinos de aparecer en las listas de votantes de más de un estado y, por lo tanto, de haber cometido “fraude” electoral (acusaciones que resultaron ser falsas en casi la totalidad de los casos pero que tuvieron el efecto de negar el voto a los acusados), Trump hábilmente movilizó a una parte significativa de la clase trabajadora blanca en torno a un discurso demagógico racista caracterizado por los chivos expiatorios, la misoginia y la fanfarronería imperial valiéndose de la manipulación del miedo y la desestabilización económica.

El discurso a veces velado o disimulado y a veces francamente racista y neofascista del trumpismo ha "legitimado" y desencadenado movimientos ultra-racistas y fascistas en la sociedad civil estadounidense. Parece ser que estas fuerzas están logrando un punto de apoyo en el estado estadounidense a través del emergente régimen de Trump. Este régimen reúne a billonarios banqueros y hombres de negocios con generales guerreros activos en política y activistas neofascistas en un cóctel mortal que amenaza con llevarnos al desastre si la lucha de resistencia no es capaz de descarrilar el trumpismo.

Este es un momento extremadamente peligroso, pero es muy fluido. Las élites políticas y económicas están divididas y confundidas. El trumpismo ha fracturado aún más a los grupos gobernantes y bien podría estar generando una crisis de Estado que abriría espacio para respuestas populares e izquierdistas desde abajo. Una parte significativa de la élite se opuso a Trump durante la campaña presidencial. ¿Esas élites se acomodarán al régimen trumpista o se volverán contra él?

No nos encontramos en este momento en un sistema fascista y ello se podría evitar si la lucha de resistencia se conforma en un carácter expansivo, organizado y unificado en un frente anti-neofascista. Para lograrlo, la lucha no debe recurrir a la decadente élite liberal organizada en el Partido Demócrata. Las fundaciones y las corporaciones buscarán financiar a los grupos liberales anti-Trump e intentarán modelar la agenda de la lucha anti-Trump de nuevo. Los demócratas y sus contribuidores corporativos tratarán de canalizar la lucha contra el trumpismo en las próximas elecciones legislativas y presidenciales.

El protagonismo político de la clase trabajadora debe alcanzar la hegemonía dentro de cualquier frente unido contra el neofascismo. La base electoral de Trump dentro de la clase trabajadora descubrirá muy pronto durante el régimen del republicano que sus promesas eran un engaño. ¿Cómo se contendrá su rabia? ¿Serán reclutados hacia proyectos del fascismo del siglo XXI o hacia un proyecto popular, de izquierda y de resistencia y transformación? Para que esto suceda necesitamos ir más allá de las políticas de identidad, reconstruir una identidad de la clase trabajadora uniendo la lucha antirracismo y de defensa de los migrantes con un programa de reconstrucción económica y social que propugne el lenguaje de clase y socialismo en la política y en el quehacer cotidiano. Solamente trabajando hacia la construcción de la organización de la clase trabajadora global en toda su diversidad y situando su multiplicidad de luchas en el centro de la resistencia es que podremos ganar.
08/01/2017
  
- William I. Robinson, profesor de sociología, Universidad de California en Santa Bárbara.