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viernes, 2 de julio de 2021

MARIÁTEGUI Y EL PENSAMIENTO DECOLONIAL

 


Fernando de la Cuadra

Mariátegui es resultado de su época, pero no pierde actualidad. Su obra nos sigue interpelando porque aún tiene cosas que decirnos.

 

La génesis de una obra original

Han pasado más de nueve décadas desde que Mariátegui nos dejara físicamente, pero su reflexión sigue viva y sujeta a múltiples interpretaciones. Recuperar las diversas temáticas que el Amauta fue abordando a lo largo de su breve, pero fecunda vida intelectual y militante no deja de ser un campo fecundo para quienes pensamos en la transformación de la realidad latinoamericana. 

Mariátegui, sin lugar a dudas, es ya un clásico. En la medida en que —parafraseando a Ítalo Calvino— un clásico es quien «nunca terminó de decir aquello que tenía que decir». Entre las tantas aristas a partir de las que se ha recuperado la obra del pensador peruano, nos interesa aquí destacar la problemática de la decolonialidad o, más específicamente, lo que se ha construido posteriormente bajo la denominación de «pensamiento decolonial».

En su vasta producción intelectual, Mariátegui tuvo la sensibilidad y claridad para captar la impronta eurocentrista que se imponía como narrativa única y legitimada a la hora de representar los principales rasgos e itinerarios históricos de la formación política, social y cultural de América Latina. Este eurocentrismo se impone en el Perú desde el momento de la conquista, cuando la visión de mundo y «la economía que brotaba espontánea y libremente del suelo y la gente peruanos» son destruidas sin contemplaciones.

Dicho sesgo eurocéntrico también se encuentra presente en la perspectiva del materialismo histórico, el cual va demarcando los caminos inexorables por los cuales debe transitar la gesta revolucionaria. Mariátegui emprende este esfuerzo consciente por descentrar la reflexión sobre América Latina de los mandatos europeos incluso enfrentando la injusta crítica realizada por Víctor Raúl Haya de la Torre y miembros del Partido Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), que lo acusaron de «europeizante». 

Lejos de ello, el pensador peruano fue capaz de captar la complejidad de la formación histórica y social no solo de su país natal, sino también del conjunto de la región. Una complejidad derivada de que, a pesar de que reproducen ciertos modelos de poder centralizador, tales patrones también pueden transitar por caminos que los diferencian sustancialmente de los derroteros seguidos por las naciones europeas. 

Así, la idea de una coexistencia de distintos «modos de producción» le permite a Mariátegui comprender las particularidades de la formación histórica y social peruana: una estructura socioeconómica desigual, contradictoria y combinada. Esas tres características se articulan y coexisten en una totalidad heterogénea que, en última instancia, se encuentra subordinada o subsumida a las formas dominantes de producción capitalista bajo una modalidad que recibió el nombre de heterogeneidad histórico–estructural.

El Mariátegui de Quijano

De forma que en la producción intelectual del Amauta ya se encuentra modelada una visión que, aun reconociendo los aportes recogidos de su estadía en Europa, no le impide tener una posición crítica de las categorías de análisis utilizadas y consagradas por una visión evolucionista y continua del devenir histórico. De aquí se desprende su crítica a la hegemonía ejercida por el constructo teórico de matriz eurocéntrica, arrojando muchas luces sobre aquello que después sería caracterizado como modalidades jerarquizadas de relaciones en torno al poder, el saber y el ser. Sin embargo, es necesario reconocer que dichas categorías no se encuentran del todo formuladas en la obra del Amauta, sino que fueron posteriormente sistematizadas por Aníbal Quijano y otros autores adscritos a la perspectiva decolonial.

En otras palabras, las impresiones de Mariátegui respecto de la existencia de relaciones o vínculos de superioridad/subordinación en la constitución de la nacionalidad peruana contribuyen conceptualmente a aquello que posteriormente sería teorizado como la «colonialidad del poder». 

Esta colonialidad constituye, para Quijano, la otra cara de la modernidad: su lado oscuro, dominador. La raza, la estructura de control del trabajo y el género configuran los principales ejes sobre los que se sustenta la dinámica histórica del capitalismo moderno de matriz colonial. En ese sentido, la noción crítica de la supremacía del conocimiento como consagración de un saber válido o legitimado por medio de la empresa colonial va enriqueciendo las interpretaciones emanadas por autores que, de alguna u otra forma, adscriben al pensamiento decolonial. 

Tal noción representa —en palabras del mismo Quijano— una verdadera «subversión epistémica», en tanto aporta una perspectiva original de aquello que se puede coligar a la idea latinoamericana de heterogeneidad histórico–estructural como llave interpretativa que supere las visiones rectilíneas presentes tanto en los enfoques modernizadores como en el materialismo histórico de vocación orgánica y evolucionista.

Mariátegui construye una teoría que nos aporta elementos para ser apreciados como una génesis en la enunciación de nuevas perspectivas o en la formación emergente de una racionalidad alternativa que permitiría la realización teórico–práctica de un socialismo indoamericano liberado de la marca europeizante y hegemónica de lo moderno. El pensador peruano fue capaz de elaborar una perspectiva cognitiva que originó un conocimiento diferente de aquel asentado en la racionalidad instrumental occidental.

No obstante, no existe en Mariátegui una propuesta de racionalidad alternativa expuesta con total claridad. La noción acuñada posteriormente por Quijano se encuentra de manera más bien intuitiva en la obra del Amauta, sin haber sido desarrollada de manera consciente y sistemática. Así, no habría en Mariátegui un sistema filosófico coherente e inmutable o una teoría integral, sino más bien una reflexión en forma de ensayo dentro del ámbito de la producción periodística.

En efecto, en la actualización de su prólogo de los 7 ensayos («Treinta años después»), Quijano asume la crítica de David Sobrevilla y reconoce los límites de su interpretación en cuanto a la formulación de una racionalidad alternativa por parte del Amauta. En ese nuevo escrito, Quijano señala: «Tiene razón Sobrevilla si se refiere a que en Mariátegui no se encuentran esos términos, ni señales formales de que se hubiera propuesto encontrar o producir ninguna racionalidad alternativa».

A pesar de la honestidad intelectual del sociólogo peruano, no podemos dejar de resaltar que, con todos sus desdoblamientos historicistas, el mismo Aníbal Quijano se encargaba de resaltar unos años antes el aporte indudable presente en la obra de su ilustre coterráneo, especialmente como un insumo teórico que inspira la formación de una corriente crítica de la modernidad y del capitalismo.

La construcción de un socialismo en clave decolonial

Mariátegui reconoce tempranamente el carácter diferenciado y novedoso de los procesos de edificación del socialismo vivido en los países de fuera del mundo occidental. Cuando el Amauta sostiene que este proyecto no debe ser «ni calco ni copia» sino creación inédita, intrépida y, por lo tanto, heroica, está inaugurando un proyecto de pensar su país y la región a partir de sus bases reales, de su identidad, de sus problemáticas históricas específicas, de su condición de subordinación en el llamado orden mundial. La necesidad de transformar la realidad social peruana por medio de una relectura de los clásicos marxistas.

En este proceso, el Amauta supera en un primer embate las categorías analíticas propuestas por la Segunda Internacional de realizar un examen de la realidad peruana a partir de la situación del proletariado industrial, de los operarios. Esto significaba adherir a un tipo de marxismo eurocéntrico que no condecía con su deseo de elaborar una propuesta original que reflejase la realidad de su país. Por lo mismo Mariátegui se revela contra las tesis etapistas y positivistas que contemplan un paso inevitable desde una situación de nación precapitalista a una de país capitalista que, en función de las fuerzas productivas desplegadas y por medio de reformas sucesivas, llevaría inevitablemente a las transformaciones económicas, políticas y sociales que permitirían el advenimiento del socialismo.

Simultáneamente, Mariátegui también era consciente que en nuestra América los intelectuales se habían educado según los patrones europeos y que, por ello mismo, carecían de rasgos propios, de contornos originales. Era una intelectualidad colonizada, «una rapsodia compuesta por motivos y elementos del pensamiento europeo». Ello definía desde la intelectualidad y la formación de la cultura una posición de subordinación a la condición de superioridad invocada por la narrativa eurocéntrica como fiel garante de los valores de occidente.

De manera tal que el pensador peruano tiene claro que la situación de los países de la región, a pesar de ser repúblicas oficialmente independientes, en los hechos no pasan de mantener relaciones de carácter semicolonial en un contexto mundial marcado por la fase de penetración imperialista que determina la baja capacidad soberana de nuestras naciones. En dicho escenario, las burguesías nacionales aliadas de los países expoliadores sacan provecho de esta situación y abdican interesadamente en cualquier esfuerzo por la búsqueda de cimentar la soberanía de sus respectivos países. Tales burguesías no poseen ninguna vocación para conquistar la autonomía e independencia necesaria para el desarrollo del conjunto de los habitantes, pues mantienen una situación privilegiada en cada uno de sus países. 

Posteriormente, en la ponencia «Punto de vista antiimperialista» que envía a la Primera Conferencia Comunista Latinoamericana realizada en junio de 1929 en Buenos Aires, Mariátegui expresa fervientemente que el interés de las burguesías nacionales radica en mantener un lazo de cooperación y subordinación con los países imperialistas; nunca en establecer una lucha por la soberanía nacional, como había sido el caso de México o China. 

Las burguesías existentes en esta parte del hemisferio, «que ven en la cooperación con el imperialismo la mejor fuente de provechos, se sienten lo suficientemente dueñas del poder político para no preocuparse seriamente de la soberanía nacional». Razón por la cual «no tienen ninguna predisposición a admitir la necesidad de luchar por la segunda independencia […] El Estado, o mejor, la clase dominante no echa de menos un grado más amplio y cierto de autonomía nacional».

Por su parte, para la Komintern la problemática indígena debía ser encarada como una cuestión de lucha por la autonomía de cada nación, es decir, con la formación de las repúblicas quechua y aymara y no por medio de una solución transversal a través de la emancipación del conjunto de las clases explotadas. Los campesinos e indígenas debían permanecer siempre en una situación de subordinación con respecto al proletariado, la clase revolucionaria por excelencia. 

De esta forma, el protagonismo del campesinado indígena presente en la concepción mariateguiana representaba una salida herética de los lineamientos centrales trazados por la nomenclatura de la Komintern para la región. En el fondo, la indiferencia por conocer a fondo otras realidades se fundamentaba en la matriz eurocéntrica de los pensadores marxistas y en el desinterés con el que trataban el problema del colonialismo que imperaba en escala mundial reflejaban los sesgos del marxismo occidental europeo, que tanto daño causó a los procesos emancipatorios emprendidos en otros continentes. Fue precisamente por esta incomprensión que el Amauta sufrió ataques y descalificaciones en la última etapa de su vida.

«No soy un espectador indiferente al drama humano»

La diversidad de temas que abordó Mariátegui a través de su breve existencia nos permite pensar en él como un intelectual abierto a una diversidad de cuestiones relacionadas con el ámbito de la política, la economía, la sociedad, la educación, la cultura, el arte, el cine, la literatura y el psicoanálisis. En vida, al Amauta no le fue ajeno casi ningún tema que lo rodeaba y que inspiraba su pluma. En su exposición, no pretende ser neutro o indiferente a cuanto observa, y su compromiso con las luchas sociales concretas lo perfilan como un pensador coherente con una praxis cotidiana. 

Como señala en la advertencia de sus 7 ensayos: «Otra vez repito que no soy un crítico imparcial y objetivo. Mis juicios se nutren de mis ideales de mis sentimientos, de mis pasiones». O como expone con meridiana claridad en su «Presentación» de La Escena Contemporánea: «Sé muy bien que mi visión de la época no es bastante objetiva ni bastante anastigmática. No soy un espectador indiferente del drama humano. Soy, por el contrario, un hombre con una filiación y una fe».

En Mariátegui todo es parte del proyecto de trasformar la sociedad que le toca vivir. Los temas que abordó continúan plenamente vigentes. Con todos sus desdoblamientos contemporáneos, las reflexiones del Amauta se nos presentan con una actualidad sorprendente. Resistente a la racionalidad reduccionista y tecnocrática de origen eurocéntrica, el arsenal conceptual de Mariátegui abrirá nuevos rumbos para construir una historia diferente, genuinamente peruana y latinoamericana. En su obra se condensan los cimientos de un tipo diverso, multifacético o alternativo de racionalidad que se enfrenta a la racionalidad instrumental de cuño eurocéntrico. Su pensamiento se entronca con las matrices fundantes de las cosmovisiones andinas, que hunden sus raíces en una historicidad milenaria despreciada por los colonizadores.

En tal sentido, su rescate del comunitarismo indígena y campesino se opone radicalmente a la perspectiva de esa racionalidad moderna instrumental (logos) que se contradice con la presencia de relaciones basadas en la reciprocidad, la cooperación, la solidaridad, el respeto mutuo y la fraternidad. En la obra del Amauta se encuentran los elementos para concebir un tipo de modernidad que es a la vez inclusiva, ética y emancipatoria; una modernidad en la que las clases populares, los sectores explotados y segregados, puedan tener la posibilidad de participar activa, autónoma y colaborativamente en la formación de sus proyectos de vida. Esta visión es la que da sustento a su idea de un socialismo a partir de una racionalidad distinta, indoamericana.

Mariátegui es una síntesis de su época, sin embargo, no pierde actualidad. Su obra nos sigue interpelando porque aún tiene cosas que decirnos. Al igual que Gramsci en sus escritos de la cárcel, Mariátegui es un hombre con una fe inagotable y un optimismo sustentado en la voluntad del hacer. Su contribución y su creencia en la naturaleza humana siguen vigentes precisamente porque vivimos un periodo de restauración conservadora y de resurgimiento de tendencias racistas, etnocéntricas y xenófobas. En este contexto adverso y sombrío, su palabra y su praxis representan un estímulo innegable para seguir pensando las posibilidades de la utopía y la concepción de caminos emancipatorios para América Latina.

Fernando de la Cuadra

Sociólogo por la Universidad de Chile, magister y doctor en Ciencias Sociales por la Universidad Federal Rural de Rio de Janeiro. Autor de Intelectuales y pensamiento social y ambiental en América Latina (RIL, 2020) y de De Dilma a Bolsonaro. Itinerario de la tragedia sociopolítica brasileña (RIL, 2021). Editor del Blog Socialismo y Democracia (http://fmdelacuadra.blogspot.com/).

Fuente: https://jacobinlat.com/2021/07/01/mariategui-y-el-pensamiento-decolonial/

 


miércoles, 25 de octubre de 2017

NUEVO ORDEN EN CIERNES: ¿LA ECONOMÍA SOLIDARIA REPRESENTA UN MODELO VIABLE A ESCALA GLOBAL?





Fernando de la Cuadra

ALAI AMLATINA, 25/10/2017.-  Hace ya algunas décadas atrás el economista húngaro Karl Polanyi apuntaba que es posible pensar que existen formas de integración o de funcionamiento de la economía que no se asientan necesariamente en instituciones monetarias basadas en el intercambio convencional, es decir, que superan los movimientos de “doble mano” que se producen en el lugar del mercado, el cual representaría su locus por excelencia. De esta manera, Polanyi propuso algunas visiones alternativas de aquella existente en la economía capitalista, identificando en esa construcción tres principios de distribución distintos al modelo de intercambio mediado por el mercado y orientado a la ganancia, a saber, la administración doméstica, la redistribución y la reciprocidad. Según él, en la economía real pueden coexistir dos o más principios en los cuales esté presente inclusive la ganancia monetaria, aunque su presencia no necesariamente debe representar el principio dominante.

La importancia de estas formas para entender la actividad económica, residiría en que ellas no solo poseen una dimensión histórica sino que además ostentan una expresión empírica demostrable en actividades concretas realizadas por las personas, lo cual demostraría las limitaciones de la perspectiva de Olson y seguidores, en torno al lugar central ocupado por el comportamiento egoísta y la acción racional que tendrían los grupos y sus miembros individuales en las actividades desarrolladas cotidianamente.

Especialmente la noción de reciprocidad permite visualizar otros aspectos en torno a los cuales se organizan las sociedades, ya no basadas únicamente en la idea de interés y de competencia entre las personas y las organizaciones, sino también o sobre todo en torno a prácticas de cooperación destinadas a preservar los lazos sociales dentro y entre los diversos tipos de agrupaciones

En el caso latinoamericano es necesario considerar especialmente la prevalencia de formas de economía doméstica, visto el papel prioritario que dichas formas de integración ejercen en la conformación de grupos y comunidades que insertan las actividades económicas de producción y distribución en las diversas formas de sociabilidad presentes en la esfera local. Ello es especialmente significativo en el caso de aquellos países de cultura andina o mesoamericana. En este marco, tal como enunciado por José Luis Coraggio, la cuestión económica sustantiva se resuelve como una economía ‘natural’ o comunitaria, cuyo sentido es asegurar la autosuficiencia de todos los miembros o grupos que comparten los medios de sustento según reglas y estructuras no estrictamente económicas.

Una reflexión sobre la obra de Polanyi nos plantea el desafío de postular otras formas de organización económica de la humanidad, o como dicen sus principales adherentes, de pensar “Otra Economía” que supere el paradigma de la competitividad impuesto por la civilización del capital y de los mercados globales. En otras palabras, es necesario pasar de un paradigma centrado en la competitividad y la posesión de riqueza pecuniaria para un modelo centrado en las energías y capacidades que surgen desde las personas, en el trabajo y la cooperación que abunda en las comunidades. Ello implica, que los diversos actores (personas, comunidades y entidades públicas) sean capaces de construir nuevos espacios de cooperación, solidaridad y convergencia que integre lo económico en lo que verdaderamente es, un entramado de relaciones de sociabilidad -de parientes, amigos y vecinos en el territorio-, que buscan establecer vínculos equitativos y justos entre los diversos participantes del proceso económico y, de esta manera, propender hacia el bienestar de todos. A este tipo de prácticas cooperativas, asociativas y comunitarias se las conoce con el nombre de economía social y solidaria.

Pero no obstante las premisas recién expuestas, igual se mantiene en el aire la interrogante de si puede existir efectivamente una economía social y solidaria que supere el ámbito local. Esta es una pregunta que se podría responder – y descartar casi automáticamente – con un no rotundo. Para ciertas visiones, la evidencia acumulada hasta ahora nos permitiría concluir que el conjunto de experiencias que se sustentan en formas solidarias, cooperadoras y autogestionarias de concebir la actividad económica, difícilmente pueden traspasar los límites de lo local. Por lo mismo, es improbable que ellas lleguen a constituirse en modalidades globales de funcionamiento de la economía y las sociedades contemporáneas.

Aceptar esta premisa sin más, significa admitir que las sociedades y las personas poseen una naturaleza inmutable y que el estado de cosas con el cual nos deparamos cotidianamente va a seguir su mismo curso. Desde otra tradición crítica de esta ideología del status quo, Piotr Kropotkin, Marcel Mauss o Marshall Sahlins han podido demostrar que por el contrario las comunidades humanas han desarrollado preferentemente estrategias de cooperación para poder afrontar en conjunto la lacha por la supervivencia. Es decir, los seres humanos necesitamos de construir persistentemente lazos de cooperación con los otros para enfrentar los avatares de la vida, desde las estructuras familiares y de parientes (lealtades primordiales) hasta comunidades más amplias y complejas de colaboración.

Si admitimos que la humanidad no se encuentra condenada a la acción individual de personas que emprenden batallas competitivas sin cuartel, en las cuales necesariamente se debe producir una solución del tipo “suma cero”, la perspectiva de dar un giro a esta narrativa no resulta tan ilusoria. Entonces, el mayor desafío de este giro consiste en ir edificando un sistema multiescalar, en el que se articulen las diversas experiencias que se originan en un plano local, para ir ascendiendo a una escala regional, nacional y global.

Si bien es cierto el horizonte de un sistema económico solidario de alcance global se ve muy lejano, cada vez son más las experiencias que intentan construir áreas de intercambio y flujos de bienes y servicios que no se rigen necesariamente por el parámetro de transacciones de equivalentes en mercados convencionales. Sus principales impulsores no han sido ni los conglomerados políticos ni las agencias públicas, sino que un sinfín de asociaciones y organizaciones de ciudadanos, que se han inspirado en experiencias históricas (mutualistas, cooperativas, asociaciones de autogestión o cogestión) o que han concebido nuevas modalidades de poner en común sus capacidades y deseos de complementarse solidariamente. Son Bancos de tiempo, de monedas alternativas o sociales, cajas populares de ahorro y crédito, mercados de trueque, cooperativas de diversa índole (vivienda, previsión, salud, educación, saneamiento, compra y venta), grupos de producción y consumo autogestionarios, etc. Es una enorme constelación de experiencias, muchas veces desperdigadas, pero que pueden ir convergiendo en una escala planetaria a partir de elementos comunes que las unen y que son susceptibles de articular en entes mayores.

Son iniciativas que demuestran que la historia de la humanidad está llena de millares de esfuerzos por construir relaciones basadas en la cooperación, la reciprocidad, la solidaridad y la búsqueda del bien común. Su transformación en iniciativas que vayan conformando una red cada vez más densa de relaciones y sinergias no solo representa una tendencia deseable y urgente, sino que es absolutamente posible en función de los repertorios culturales con que cuenta la humanidad para construir decididamente un futuro más viable, justo y fraterno.

- Fernando Marcelo de la Cuadra es académico, Escuela de Sociología, Facultad de Ciencias Sociales y Económicas, Universidad Católica del Maule


martes, 14 de marzo de 2017

CONMEMORANDO 50 AÑOS DE LA "REFORMA DE MACETERO" (AGRARIA) EN CHILE




14/03/2017

El próximo 16 de julio se conmemoran los 50 años de la promulgación de la Ley 16.640, de Reforma Agraria. Esta Ley que fue sancionada durante el gobierno de Eduardo Frei Montalva, permitió profundizar la Ley 15.040 dictada durante el gobierno conservador de Jorge Alessandri. Como se sabe, en los hechos la llamada “Reforma del Macetero” solamente permitió expropiar unas pocas haciendas en manos de familias que obtuvieron un buen precio por las tierras cedidas al Estado. Con la nueva ley se crearon nuevas causales de expropiación que incluían aquellos predios mayores de 80 hectáreas de riego básicas (HRB); cuyos propietarios fueran personas jurídicas de derecho público o privado salvo excepciones contempladas por la legislación (cooperativas campesinas y de reforma agraria); que las tierras se encontrasen abandonadas o sub-explotadas; los predios que estaban en arrendamiento o mediería y que infringieran la legislación que regula los correspondientes contratos; los predios que se encontraban comprendidos dentro del área en que el Estado estuviere realizando obras de riego o de mejoramiento del mismo; etc.

En las tierras expropiadas se organizaba un sistema transitorio de expropiación – llamado asentamiento – en el cual el Estado apoyaba a los campesinos que allí habían estado trabajando por un periodo no inferior a tres años. El objetivo del asentamiento era establecer un sistema planificado de explotación en el cual se estudiara un plan de subdivisión de la tierra y se analizaran las mejores inversiones a ser realizadas en cada explotación, junto con la preparación y capacitación de los campesinos (a través de ICIRA) para que ellos realizaran una mejor gestión del asentamiento. Al final de dicho proceso, se contemplaba asignar la tierra a los campesinos bajo la forma de parcelas individuales o unidades familiares indivisibles, en forma de cooperativas de producción o en forma de sistemas mixtos, siendo una parte de propiedad familiar y la otra de propiedad cooperativa.

La Reforma Agraria de Frei (1965-1970) consiguió expropiar 3.4 millones de hectáreas correspondientes al 30% de las explotaciones y 40% de la tierra, beneficiando aproximadamente a 28 mil familias campesinas organizadas en cooperativas o asentamientos de Reforma Agraria. Sin embargo, la meta que se había planteado el gobierno de Frei Montalva en términos de expropiaciones no pudo ser cumplida. Debido a la frustración generada por las promesas incumplidas, al final de la administración Demócrata Cristiana una serie de movilizaciones y tomas de fundos se desataron en el país, presionando al gobierno para acelerar el programa de expropiaciones, lo cual solo sería posible con del triunfo de la coalición denominada Unidad Popular y de su abanderado, el socialista Salvador Allende.

Con el triunfo de Allende en las elecciones de 1970, la Reforma Agraria experimentó un ciclo de notable profundización. En respuesta al fracaso del programa de cambios conocido como “revolución en libertad” y como respuesta a su propia decepción sobre la lentitud y burocracia del proceso, los sectores más progresistas de la Democracia Cristiana declararon que solamente una alianza de todas las izquierdas – marxista y cristiana- tendría la fuerza suficiente para impulsar las transformaciones que el país requería urgentemente, en oposición a la derecha política y a los grupos más conservadores que deseaban mantener sus privilegios económicos y su poder político.

El triunfo de Allende en las elecciones de 1970 significó pensar dicho proceso no solamente como una política destinada a ampliar el mercado interno, a través de la incorporación de vastos sectores de la población que se encontraban sin poder de compra de bienes industriales, fenómeno especialmente agudo en el caso de los trabajadores rurales, inquilinos y pequeños productores familiares. La Reforma Agraria era pensada sobretodo como una estrategia para hacer justicia social y también para socavar los cimientos del poder de las oligarquías agrarias que se mantenía casi incólume en el país desde los tiempos de la colonia.

En esta segunda etapa de la reforma, el gobierno de Allende intensificó y amplió el proceso de expropiaciones con una velocidad tal que con la misma ley 16.640 promulgada durante el gobierno anterior, a mediados de 1972 la casi totalidad de la tierra expropiable se encontraba en manos del Estado o de asentamientos campesinos. En el periodo que se ubica entre enero de 1971 y junio de 1972 se habían expropiado 6.4 millones de hectáreas que correspondían al resto de los predios (70%) y al 60% de la tierra. De esta manera se concluyó en 18 meses una tarea que el gobierno planificaba realizar en 6 años de mandato. Es decir, la reforma agraria en ese periodo fue realizada de una manera tan drástica y devastadora que el latifundio que había dominado por muchas décadas el Chile rural, prácticamente ya no existía en el país.

Entre las medidas tendientes a colectivizar la propiedad de la tierra, el gobierno popular se preocupó de desarrollar diferentes formas de organizaciones sociales en el mundo rural. Entre dichas organizaciones los Centros de Reforma Agraria (CERA) tomaron un nuevo impulso al asumir el gobierno. Los CERA eran formas asociativas generadas al interior de los asentamientos y su función principal consistía en proporcionar un apoyo organizado a las modalidades colectivas de pose y producción. Por su parte, las cooperativas campesinas también recibieron una fuerte sustentación desde el Estado ya fuera entre los sectores de pequeños propietarios y minifundistas tradicionales, ya fuera entre los asentados del sector reformado.

Si bien desde los tiempos de la Democracia Cristiana el proceso de Reforma Agraria logró suscitar enconadas polémicas a favor y en contra, fue durante el gobierno popular que dicha política provocó graves conflictos generando un clima de polarización acentuada entre los diversos actores políticos y sociales que la apoyaban o la rechazaban. El tema de la Reforma Agraria no dejaba a nadie indiferente e incluso entre los propios defensores del gobierno popular las disputas fueron cada vez más virulentas y frecuentes entre quienes querían construir un proyecto planificado y quienes deseaban acelerar aún más el poder popular de los sectores campesinos e indígenas.

Hoy sabemos perfectamente como las fuerzas de izquierda que apoyaban al gobierno fueron prácticamente pulverizadas ya desde el mismo día 11 de septiembre. Lo que se siguió a esa jornada representa un genocidio sin precedentes en la historia política chilena. El nivel de consciencia política y social y de claridad ideológica alcanzado por los sectores populares durante el gobierno popular fue duramente reprimido, aniquilando físicamente a los principales líderes de izquierda, tanto en la ciudad, como en las zonas rurales.

La tragedia chilena continuó durante muchos años suscitando innumerables debates sobre cuales habrían sido los caminos más adecuados para conquistar el socialismo en el país. Con la derrota del gobierno popular por medio de un golpe, la tesis de que Allende fue muy ingenuo al confiar en los militares ganó mucho aliento. También fue predominante entre una parte de la izquierda la idea de que el gobierno tenía necesariamente que armar al conjunto de la población para resistir a la agresión militar. Sin embargo, con el pasar del tiempo fueron adquiriendo mayor destaque otras interpretaciones que insistieron en la importancia de haber construido un bloque o alianza histórica entre todos los sectores políticos empeñados en realizar cambios en las estructuras económicas, políticas y sociales imperantes en el país, utilizando para ello los instrumentos y las acciones que eran permitidas en el marco de una convivencia democrática.

Además, el proyecto de Allende y la vía chilena al socialismo era una experiencia inédita, no existía ninguna referencia o un modelo histórico que permitieran ver las huellas sobre los caminos a ser recorridos en el marco de una transición pacífica, institucional y democrática hacia el socialismo. El sistema presidencialista imperante en Chile le otorgaba a Allende ciertos grados de libertad para comandar el proceso de transformaciones estructurales, no obstante, durante el transcurso del mismo fue quedando cada vez más en evidencia, que tanto en la división interna de la coalición gobernante como en el rechazo violento de las fuerzas contrarias a tales cambios, el programa de la Unidad Popular y la reforma agraria en particular, comenzaron a sufrir serios tropiezos y contradicciones, lo cual finalmente significó que el Ejecutivo solo se dedicara a administrar una crisis que aumentaba cotidianamente.

Es que al final de cuentas nadie tenía certeza hasta donde la reforma agraria podría llegar y cuál era la verdadera meta a ser alcanzada dentro del programa de expropiaciones impulsado desde el gobierno central, el cual muchas veces fue cuestionado por las organizaciones campesinas y de izquierda. Los primeros concebían una reforma agraria con objetivos y aspiraciones limitadas, intentando moldear la realidad de una determinada manera. Pero, por otra parte, este era un campo de disputas ideológicas complejas, en que diversos actores se propusieron imponer sus respectivas visiones sin percibir que esto podría agudizar tremendamente los conflictos que desaguarían en un clima de enfrentamiento sin retorno.

Pensamos que el caso chileno ilustra de manera expresiva, la importancia que representa la construcción de una gran alianza nacional o “bloque histórico” que permita ir sustentando un proyecto de transformaciones substantivas para el conjunto de la sociedad y especialmente para los más desposeídos. En ese sentido, el programa socialista en democracia y libertad que Allende aspiraba instaurar en el país no era una utopía surgida de una mente voluntarista, sino que por el contrario, se apoyaba en una lectura lúcida y consciente de la realidad, en la certeza de que era posible utilizar las instituciones republicanas para lograr impulsar con éxito el conjunto de las medidas incluidas en su programa de gobierno, especialmente, la reforma agraria, la nacionalización de los recursos naturales, la construcción de un área de propiedad social y la estatización de la banca y del sistema financiero.

Lamentablemente el desenlace de la vía chilena y las relevantes disputas teóricas e ideológicas que se presentaron en su seno, fueron interrumpidas por el cruento Golpe de Estado de septiembre de 1973. No obstante, permanece el gran legado de la Reforma Agraria que no solamente le entregó la tierra a los que la trabajan -a los campesinos y peones del campo que la hacían producir con su esfuerzo de “sol a sol”-, sino que les proporcionó sobretodo la calidad de ciudadanos y la dignidad que se les había negado desde tiempos remotos.

Por lo mismo, con motivo de la conmemoración de los 50 años de la Ley de Reforma Agraria (16.040) en Chile, el Centro de Estudios Territoriales Urbano-Rurales del Maule (CEUT) decidió organizar un Seminario con la participación de diversos expertos, académicos y actores que participaron el proceso de Reforma Agraria iniciado con la promulgación de la Ley 16.640 el día 16 de julio de 1967. El objetivo de este encuentro consiste en generar un amplio y rico debate sobre el impacto que tuvo la Reforma Agraria sobre la sociedad chilena y de reflexionar en perspectiva histórica sobre las transformaciones que experimentó la agricultura chilena a partir de este periodo primordial de la historia nacional y su impacto sobre la construcción de aquello que somos actualmente como país. Ello no solo en el ámbito de la producción silvoagropecuaria sino que fundamentalmente en términos de identidad nacional y de una voluntad para construir una sociedad más justa, inclusiva y fraterna.

Fernando de la Cuadra
Doctor en Ciencias Sociales. Académico del Depto. de Sociología de la Universidad Católica del Maule. Investigador del Centro de Estudios Urbano Territoriales (CEUT) de la misma Universidad.

http://www.alainet.org/es/articulo/184102