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sábado, 18 de julio de 2026

CRISIS TERMINAL DEL CAPITALISMO: RIQUEZA SIN VALOR

 

 

NO EXISTE USA UNA BREVE INTRODUCCIÓN AL COLAPSO

Por F.Vighi/M.Siira

 

Fabio Vighi julio 14, 2026

https://fabiovighi.substack.com/p/there-is-no-america?

La gramática ideológica del capital

Una escena célebre de Network (1976) , de Sidney Lumet , cobra mayor relevancia con el paso de las décadas. Arthur Jensen (Ned Beaty), presidente de una corporación multinacional, convoca a Howard Beale (Peter Finch), el presentador de televisión cuyo colapso público lo ha convertido inesperadamente en un defensor de la verdad, y pronuncia el que quizás sea el monólogo más representativo del cine político del siglo XX Si bien la Guerra Fría aún enmarca el horizonte de la película, Jensen ya habla desde dentro del universo ideológico que pronto cristalizaría en la globalización neoliberal. La suya es la voz del capital mismo, transfigurada en necesidad histórica e investida de la autoridad de una religión secular.

“¡Usted se ha entrometido con las fuerzas primordiales de la naturaleza, Mr. Beale, y no lo voy a permitir! … ¡Los árabes se han llevado miles de millones de dólares de este país, y ahora deben devolverlos! ¡Es flujo y reflujo, gravedad de marea! ¡Es equilibrio ecológico! Usted es un viejo que piensa en términos de naciones y pueblos. No hay naciones. No hay pueblos… Solo hay un sistema holístico de sistemas, un vasto e inmanente, entrelazado, interactivo, multivariado, dominio multinacional de dólares… Es el sistema monetario internacional el que determina la totalidad de la vida en este planeta. Ese es el orden natural de las cosas hoy. ¡Esa es la estructura atómica, subatómica y galáctica de las cosas hoy! … Usted se sube a su pequeña pantalla de veintiún pulgadas y aúlla sobre EEUU y la democracia. No hay USA. No hay democracia. Solo hay IBM, ITT, AT&T, DuPont, Dow, Union Carbide y Exxon. Esas son las naciones del mundo hoy. ¿De qué cree usted que hablan los rusos en sus consejos de estado? ¿De Karl Marx? Sacan sus gráficos de programación lineal, teorías de decisión estadística, soluciones minimax y calculan las probabilidades de precio-costo de sus transacciones e inversiones, igual que nosotros. Ya no vivimos en un mundo de naciones e ideologías, Mr. Beale. El mundo es un colegio de corporaciones, inexorablemente determinado por los inmutables estatutos de los negocios. El mundo es un negocio, Mr. Beale. Lo ha sido desde que el hombre emergió del fango. Y nuestros hijos vivirán, Mr. Beale, para ver ese mundo perfecto en el que no haya guerra ni hambruna, opresión ni brutalidad: una vasta y ecuménica corporación holding, para la cual todos los hombres trabajarán por un beneficio común, en la que todos los hombres tendrán acciones, todas las necesidades estarán cubiertas, todas las ansiedades apaciguadas y todo el aburrimiento entretenido”

Como todo texto ideológico, el discurso de Jensen es a la vez verdadero y falso. Refleja la tendencia histórica del capital a disolver las fronteras políticas y subordinar los Estados a los imperativos de la acumulación. Y también presenta este proceso histórico como una ley de la naturaleza, como si el eclipse de la soberanía democrática por el poder corporativo fuera simplemente el destino. Este es el genio peculiar de la ideología: revela la realidad precisamente al mistificar las fuerzas que la producen.

Una generación después, Killing Them Softly (2012) de Andrew Dominik retoma precisamente el mismo tema, ahora despojado de la grandilocuente retórica metafísica que aún anima el discurso de Jensen. La película termina con Jackie Cogan (Brad Pitt) en un bar, viendo el discurso de victoria de Barack Obama por televisión. Obama invoca la conocida liturgia del excepcionalismo estadounidense: «recuperar el sueño americano... que, de muchos, somos uno». El breve monólogo de Cogan es devastador por su cinismo:

«Amigo mío, Thomas Jefferson es un santo estadounidense porque escribió las palabras “Todos los hombres son creados iguales”, palabras en las que claramente no creía, ya que permitió que sus propios hijos vivieran en la esclavitud. Era un snob blanco y rico que estaba harto de pagar impuestos a los británicos. Así que sí, escribió unas palabras preciosas, incitó a la chusma y murieron por esas palabras mientras él se sentaba a beber su vino y a acostarse con su esclava. ¿Este tipo quiere decirme que vivimos en una comunidad? ¡Qué va! Vivo en EEUU, y en EEUU cada uno se las arregla como puede. USA no es un país. Es solo un negocio. ¡Ahora págame, joder!»

Si Jensen habla con la voz del capital global, Cogan lo hace con la voz de la subjetividad neoliberal.El primero anuncia la disolución de las naciones en el mercado mundial; el segundo, su correlato subjetivo: la disolución de la solidaridad en el darwinismo social. Entre ambos, muestran que la trayectoria ideológica del último medio siglo ha llegado a su fin: la política da paso a la gestión, la ciudadanía a la competencia, mientras que el vínculo social en sí mismo se reduce a una transacción

La arquitectura del poder financiero

Hoy en día, USA sigue siendo la potencia dominante del mundo porque funciona como la sede política de un sistema financiero hegemónico global que combina el poder militar con la infraestructura tecnológica. En este contexto, los políticos son tecnócratas de nivel gerencial intermedio que toman decisiones cuyas coordenadas estratégicas se establecen no mediante la deliberación democrática, sino a través de los imperativos de liquidez, gestión de la deuda y preservación de activos.

El regreso de Trump al poder es un ejemplo paradigmático de esta situación. Su campaña fue financiada por una galería de multimillonarios, depredadores corporativos y fondos soberanos: Elon Musk, Timothy Mellon, Miriam Adelson y una avalancha de petrodólares del Golfo. No compartían una filosofía coherente, solo un mismo afán: la reestructuración del Estado estadounidense para su propio enriquecimiento. Trump nunca fue elegido por su talento político; de hecho, carece de él. Fue elegido sabiendo que su teatralidad y volatilidad pueden utilizarse fácilmente como arma. En este sentido, es el líder perfecto para una transición en la que el espectáculo desenfrenado ha suplantado la estrategia, y la política se ha convertido en mero espectáculo para un público de acreedores.

Aquí debemos tener cuidado de no cometer el error favorito de los liberales: confundir a los títeres con el titiritero. Sí, los multimillonarios compran políticos —esto no es ninguna novedad—, pero la podredumbre es mucho más profunda. El verdadero fundamento del poder financiero estadounidense es el privilegio exorbitante de los títulos del Tesoro de EEUU como activo de reserva mundial "libre de riesgo"; una estafa de la que depende todo el orden posterior a Bretton Woods. La fe —a menudo forzada— en la deuda estadounidense (la deuda pública actual de EEUU asciende a la cifra récord de 39,4 billones de dólares, con una relación deuda pública/PIB que ronda el 122,6 %) permite a Washington gastar con impunidad, librar guerras, infringir el derecho internacional sin consecuencias e inflar los activos financieros. Wall Street, la Reserva Federal y el aparato estatal reciclan dólares en un circuito autorreforzante de creación de liquidez, inflación de activos, proyección militar y hegemonía monetaria. Es un ciclo que se alimenta de su propio impulso, y ¡ay de quien se atreva a cuestionar su sacralidad!

Sin embargo, esta arquitectura cuidadosamente diseñada muestra ahora signos visibles de tensión. El aumento de los rendimientos de los bonos del Tesoro (mayores costos de refinanciamiento), los déficits fiscales persistentes, las iniciativas de desdolarización y la creciente disposición de las principales potencias comerciales a liquidar transacciones energéticas fuera del dólar apuntan al desmoronamiento gradual del orden monetario posterior a 1971, construido sobre monedas fiduciarias desvinculadas del oro y respaldado por el poderío financiero estadounidense. Ninguno de estos acontecimientos indica un colapso inminente de la hegemonía estadounidense. Sin embargo, en conjunto, señalan que el aparato financiero que sustenta dicha hegemonía ha entrado en un período de inestabilidad estructural que podría conducir a su implosión.

Es en este contexto que los conflictos geopolíticos contemporáneos se vuelven comprensibles. No deben entenderse simplemente como luchas entre estados soberanos que persiguen intereses nacionales, sino como momentos dentro de una reorganización más amplia del capital global y del orden monetario que lo ha sustentado durante medio siglo.

Por lo tanto, el discurso de Jensen merece ser escuchado nuevamente, pues expresa ideológicamente la fantasía más profunda y delirante del capitalismo: que la historia ha llegado a su fin y que el dominio del capital global, con sede en USA, es la lógica natural, objetiva y eterna del mundo. Pero si Jensen habla con la voz de la necesidad, nuestra tarea es recuperar la contingencia. Reconocer que lo que se presenta como la lógica inexorable de las finanzas —una versión secular de lo que los antiguos llamaban destino— no es otra cosa que la sedimentación histórica de decisiones políticas, manipulaciones institucionales y poder de clase.

Riqueza sin valor

El análisis debe dar un paso más allá, o se corre el riesgo de confundir la redistribución del poder con una transformación radical del sistema. Se empieza a creer que una distribución más equilibrada de la influencia global podría estabilizar el capitalismo; esta es precisamente la ilusión a la que debemos resistirnos. La multipolaridad no es, en sí misma, la solución a la globalización neoliberal. En la medida en que se niega a cuestionar las categorías fundamentales de la reproducción capitalista, es simplemente la forma ideológica que el «capitalismo de crisis» adopta en su fase actual.

Para comprender por qué sucede esto, debemos recuperar una distinción que rara vez se cuestiona y que la economía contemporánea casi ha olvidado por completo: la distinción entre riqueza y valorEl capitalismo actual acumula cantidades extraordinarias de riqueza mientras socava sistemáticamente la producción de valor. Los activos financieros se multiplican, las bolsas alcanzan máximos históricos, las valoraciones inmobiliarias se disparan y la deuda soberana se expande. Medido en términos monetarios (la masa de liquidez en constante expansión), el mundo nunca ha parecido más rico. Sin embargo, el valor socioeconómico no es ni dinero ni abundancia material. Es la forma históricamente específica mediante la cual el trabajo humano se valida socialmente en condiciones capitalistas. Y la esencia de este valor, que es la savia del capital mismo, es el trabajo vivo empleado para producir mercancías.

El capital puede incrementar la riqueza sustituyendo a los trabajadores por maquinaria, automatización e inteligencia artificial, pero solo genera valor mediante la explotación del trabajo humano. Las máquinas transfieren valor; no lo crean. Por lo tanto, cada avance tecnológico fortalece la capacidad productiva del capitalismo, al tiempo que debilita la relación social de la que depende la acumulación capitalista. Cuanto más productivo tecnológicamente se vuelve el capital, menos capaz es de producir valor como sustancia socioeconómica, lo que condena a las llamadas sociedades del trabajo a una miseria cada vez mayor.

Esta contradicción se encuentra en el corazón de la modernidad. Lo que cambió con la revolución microelectrónica de la década de 1970 fue su escala histórica. Durante gran parte de la era moderna, la innovación tecnológica desplazó a trabajadores en un sector mientras creaba empleo en otros. Sin embargo, con el tiempo, la automatización comenzó a eliminar mano de obra más rápido de lo que los mercados podían reabsorberla. A partir de ese momento, las finanzas dejaron de ser simplemente un acompañamiento a la acumulación productiva y se convirtieron en su sustituto. El crédito, el apalancamiento, la inflación de activos y las finanzas especulativas dejaron de ser meros excesos del capitalismo. Se convirtieron en los mecanismos compensatorios —sin duda grotescamente excesivos— mediante los cuales el capitalismo postergó su encuentro con su propio límite interno.

Las finanzas capitalizan las expectativas sobre la futura valorización. Estas expectativas, a su vez, pueden multiplicarse prácticamente hasta el infinito. Cada flujo de ingresos previsto —alquileres, dividendos, regalías, impuestos, títulos de deuda, acciones, derivados, contratos de seguros— puede reformularse como activos financieros y transformarse en riqueza inmediatamente negociable. El resultado es una montaña cada vez mayor de derechos que se basan en un trabajo que aún no se ha realizado y que nunca se realizará en la escala necesaria para saldarlas. El capital ficticio no es riqueza artificial. Es una apuesta por un valor futuro cuya realización es menos plausible con cada día que pasa.

Por eso, la crisis actual no puede entenderse como un nuevo ciclo de deuda ni como una nueva transición geopolítica. Son síntomas de una patología subyacente que se resume así: El capital se ha vuelto estructuralmente dependiente de la expansión continua de derechos ficticios, ya que la producción de valor en sí misma ha entrado en un declive irreversible. Lo que parece dinamismo financiero es la gestión de la impotencia ciega y destructiva del sistema. El capital ya no reproduce las condiciones de su propia expansión socioeconómica; reproduce condiciones catastróficas para posponer su propio colapso.

La financiarización de todo

La financiarización es la extensión de la forma de activo a todos los ámbitos de la existencia. Lo que importa no es si algo satisface una necesidad social, sino si puede convertirse en un flujo de ingresos capaz de sustentar una valoración financiera. Dondequiera que se puedan extraer ingresos predecibles, se puede crear un activo. Dondequiera que se pueda crear un activo, se puede emitir deuda contra él. Dondequiera que exista deuda, se pueden construir, negociar y apalancar nuevos instrumentos. El resultado es una arquitectura de capital ficticio que se expande por sí misma y cuyo crecimiento depende de la colonización continua de la vida cotidiana.

La vivienda ofrece el ejemplo más claro. Antiguamente, un hogar era principalmente un lugar para vivir, una institución social integrada en las comunidades y la vida familiar. Hoy funciona cada vez más como un vehículo de inversión. Como vimos en 2008, las hipotecas se agrupan en valores, se venden en los mercados globales y se utilizan como garantía en circuitos de especulación mucho más amplios. La vivienda en sí misma pasa a un segundo plano frente al activo que genera. La tensión persistente entre la función social de la vivienda y el imperativo financiero de la revalorización no es un efecto secundario desafortunado del neoliberalismo. Es el principio organizador del capitalismo hiperfinanciarizado y basado en la deuda. La misma lógica ha transformado la atención médica. Lo que alguna vez se concibió, aunque imperfectamente, como un bien público, se ha convertido en un campo de explotación financiera. Los hospitales son adquiridos por fondos de inversión, las compañías farmacéuticas se valoran según las expectativas de los accionistas, los sistemas de seguros se vuelven opacos y el lenguaje de la atención médica cede ante el lenguaje del retorno de la inversión. Como deberíamos haber aprendido en 2020, los pacientes se convierten en fuentes de ingresos y la enfermedad en una clase de activo.

La educación sigue la misma trayectoria. Las universidades ya no se centran principalmente en reproducir conocimiento o cultivar la ciudadanía. Fabrican sujetos endeudados. Los préstamos estudiantiles se convierten en productos financieros, titulizados y vendidos, mientras que la educación misma se valora menos por lo que enseña que por los flujos de ingresos futuros que promete generar. Así, el estudiante ingresa a la sociedad como portador de una deuda cuyo trabajo futuro ya ha sido parcialmente apropiado. Lo mismo ocurre en el otro extremo del ciclo vital, cuando las pensiones se agrupan en instrumentos financieros.

Incluso las rutinas de consumo más cotidianas se ven absorbidas por esta lógica. Los saldos de las tarjetas de crédito, los préstamos para automóviles, el financiamiento al consumo y los préstamos de día de pago se convierten en materia prima para la titulización. El endeudamiento cotidiano se transforma en valores negociables que circulan por los mercados financieros, lo que significa que esos mercados se benefician de la inseguridad social.

La financiarización, por lo tanto, mercantiliza las relaciones sociales. El hogar, el cuerpo, la educación, la vejez, la atención, los datos, el comportamiento futuro previsto: todo se convierte en garantía sobre la cual la riqueza financiera, acumulada en la cima, puede ser conjurada como por arte de magia. Cada ámbito de la vida se justifica en su existencia real solo en la medida en que puede transformarse en un derecho monetario abstracto sobre el futuro.

La guerra representa la culminación de esta lógica. Si la vivienda, la sanidad y la educación son ahora activos financieros, la guerra es su expresión más espectacular. Aunque el rearme se presenta a las masas como la respuesta política a un panorama geopolítico inestable, es, sobre todo, un enorme evento de liquidez para las finanzas globales. El programa SAFE (Acción de Seguridad para Europa) de la Unión Europea prevé, por sí solo, hasta 150.000 millones de euros en préstamos comunes para financiar la adquisición de material de defensa; y los fondos cotizados en bolsa de defensa se encuentran entre los vehículos de inversión de mayor crecimiento en los mercados europeos. Esto significa que el gasto militar ya no genera beneficios principalmente a través de fabricantes de armas o contratos gubernamentales, sino que genera productos financieros invertibles. La destrucción misma se convierte en una oportunidad para la diversificación de carteras.

El mercader de la muerte ha pasado de la planta de producción a la sala de operaciones. Ciudades bombardeadas, poblaciones desplazadas, infraestructuras destrozadas e incluso un genocidio que duró 1,000 días desaparecen tras símbolos bursátiles, derivados, fondos cotizados en bolsa e informes trimestrales de utilidades, porque lo único que le importa al sujeto deshumanizado de las finanzas es el balance general. La violencia sufre la misma abstracción que las finanzas imponen a cualquier otra dimensión de la vida social. La guerra se ha financiarizado: sus ingresos previstos se capitalizan por adelantado, sus contratos futuros se descuentan a precios de activos actuales, su destrucción se transforma en garantía para nuevas rondas de especulación.

Este es el destino final hacia el que necesariamente se dirige el capital ficticio. Tras agotar la esfera productiva, se nutre directamente de las condiciones de la reproducción social. Nada queda al margen de la acumulación. El hogar, la salud, la educación, la seguridad, la información, el medio ambiente y la violencia organizada se convierten en momentos intercambiables dentro de la misma lógica caníbal.

La gestión catastrófica de la insolvencia sistémica

La Reserva Federal —y, en general, las instituciones responsables de gestionar los flujos de capital actuales— se encuentran atrapadas en una contradicción de la que no hay escapatoria técnica. Se enfrentan a la disyuntiva de elegir entre dos opciones perjudiciales: 1. Una política monetaria restrictiva (tasas de interés más altas), que amenaza con recesión, inestabilidad financiera y una deuda pública y privada cada vez más impagable. 2. Una política monetaria expansiva (tasas de interés más bajas), que infla los precios de los activos, alimenta la especulación, erosiona el poder adquisitivo y profundiza la desigualdad social. Ninguna de las dos opciones resuelve la contradicción subyacente porque ninguna aborda su causa.

Y este planteamiento oculta tanto como revela. Cuando los banqueros centrales hablan de inflación, se refieren a la tasa de aumento de los precios: una abstracción estadística. Sin embargo, lo que experimenta la gente común no es simplemente inflación, sino asequibilidad: el nivel real de precios en relación con sus ingresos. Ambas cosas no son lo mismo. La inflación puede ser moderada mientras la asequibilidad se desploma, porque los salarios se estancan mientras el costo de la vivienda, la atención médica, la educación y la energía continúa su implacable ascenso. La financiarización de la vida cotidiana ha asegurado que los bienes esenciales para la supervivencia se revaloricen ahora más rápido que los salarios necesarios para adquirirlos. La obsesión tecnocrática por controlar la inflación, por lo tanto, pasa completamente por alto el problema fundamental (y deliberadamente): el problema no es que los precios suban demasiado rápido, sino que vivir se ha vuelto inasequible para muchos, mientras que sigue siendo espectacularmente rentable para unos pocos.

Por eso el sistema ha entrado en su fase histórica terminal. Ya no rige el crecimiento; rige la imposibilidad de crecer en los términos propios del capitalismo. Cada intervención es un simple aplazamiento: pospone la crisis en lugar de abordarla o resolverla. Cada operación de rescate solo traslada la contradicción a un nivel superior de endeudamiento y dependencia financiera. Lo que se presenta como una gestión económica prudente es, en realidad, la administración continua de la insolvencia sistémica.

Aquí podemos ver cómo la aceleración se convierte en el principio rector. La deuda crece más rápido que la producción; la liquidez crece más rápido que el valor; la innovación tecnológica crece más rápido que el empleo. Cada aparente solución intensifica la contradicción que pretende superar. El próximo recorte de tipos de interés, cuando llegue, casi con toda seguridad se celebrará como otro exitoso «aterrizaje suave». Los mercados repuntarán, los analistas elogiarán la sabiduría de los banqueros centrales y se añadirá otra capa de capital ficticio a un balance ya de por sí insostenible.

La guerra, en este sentido ampliado, abarca cada vez más la inflación, la austeridad, el endeudamiento, la vigilancia permanente, la movilización tecnológica y la financiarización de la destrucción misma. La coreografía algorítmica de los ataques contra Irán y las narrativas cuidadosamente elaboradas en torno a Ormuz no son excepciones, sino el modelo a seguir. El gasto militar, la infraestructura digital, la inteligencia artificial, la gobernanza de emergencia y la manipulación financiera conforman ahora un único aparato cuya función no es tanto resolver crisis como administrarlas.

La guerra, en este sentido ampliado, es el campo de batalla de la reproducción social. Toda emergencia legitima nuevos mecanismos de extracción; toda innovación tecnológica amplía las infraestructuras de vigilancia y control; todo rescate financiero crea nuevas oportunidades de acumulación. El campo de batalla ya no es solo un lejano escenario de operaciones. Es también el terreno cotidiano donde se colonizan, monetizan y explotan las condiciones de vida mismas.

Esto también pone al descubierto la ilusión ideológica central de nuestro tiempo. Se nos anima cada vez más a creer que la salvación reside en una configuración geopolítica diferente: un orden multipolar, monedas digitales, inteligencia artificial o un nuevo equilibrio entre Oriente y Occidente. Estas transformaciones son reales, pero en su forma actual no trascienden el horizonte que hemos estado trazando. Un capitalismo multipolar sigue siendo capitalistaEl dinero digital sigue siendo la expresión monetaria del valor. La inteligencia artificial no puede reemplazar el trabajo vivo del que, en última instancia, depende el valor; lo destruye aún más.

El capitalismo no puede sobrevivir a su actual crisis terminal. La única esperanza que nos queda es que la catastrófica irracionalidad del sistema, ahora al descubierto ante los ojos de todos, pueda aún generar una vía de escape: una estrategia de salida de la misma lógica que nos está devorando. El último obstáculo para esa salida es nuestro propio apego ilusorio a una constelación que se derrumba.

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Fabio Vighi y el capitalismo financiero de los últimos tiempos

 

Markku Siira julio 16, 2026

https://markkusiira.substack.com/p/fabio-vighi-ja-lopun-ajan-finanssikapitalismi?

En su ensayo, publicado arriba, Fabio Vighi profundiza en el núcleo del capitalismo contemporáneo, utilizando inicialmente la novela Network (1976) de Sidney Lumet y Killing Them Softly (2012) de Andrew Dominik como ventanas a la ideología del sistema.

El sermón del ejecutivo corporativo Arthur Jensen — «no existen las naciones» — y la cínica declaración del sicario del crimen organizado Jackie Cogan — «EEUU no es un país, es un negocio» — conforman un diagnóstico: USA no es un Estado-nación tradicional, sino la sede política y militar del capital financiero global. Esto no es una conspiración, sino un hecho estructural cuyo poder ideológico reside en su presentación como una ley natural.

USA combina poder militar, infraestructura tecnológica y la posición del dólar como principal moneda de reserva mundial. En esta estructura, los políticos funcionan principalmente como tecnócratas de nivel medio, cuyas decisiones se guían por la lógica de la liquidez, la gestión de la deuda y la preservación de activos. El regreso de Donald Trump a la presidencia es un claro ejemplo de ello: fue elegido no por sus habilidades políticas — «no las tiene» — sino porque su imprevisibilidad teatral encaja con una era en la que «el espectáculo desenfrenado ha eclipsado la estrategia».

Vighi advierte contra la típica ilusión liberal de confundir marionetas visibles con titiriteros. El poder real reside en el estatus de «libre de riesgo» de los bonos del gobierno estadounidense, un «engaño» que permite finanzas públicas irresponsables, la financiación de guerras y la expansión de la riqueza financiera. Sin embargo, el sistema muestra crecientes signos de tensión: aumento de los rendimientos de los bonos, déficits crónicos, desdolarización y el desplazamiento del comercio energético fuera del dólar. La hegemonía no se está derrumbando, pero ha entrado en una «fase de inestabilidad estructural».

Vighi busca una explicación para este desarrollo en la teoría del valor-trabajo de Marx, según la cual solo el trabajo humano crea nuevo valor y las máquinas simplemente lo transfieren. Pero, ¿sigue siendo válida esta concepción de la era industrial en una economía digitalizada, donde la inteligencia artificial participa en nuevos procesos de creación de valor? La interpretación de Vighi corre el riesgo de quedarse anclada en categorías del pasado.

En cualquier caso, el capitalismo se ha desviado hacia la financiarización. Las finanzas han dejado de seguir la acumulación productiva y se han convertido en su sustituto. El capital ficticio —deuda, derivados y flujos de ingresos titulizados— constituye una creciente montaña de reclamaciones basadas en un trabajo que aún no se ha realizado y que nunca se realizará a la escala necesaria.

Esta lógica se extiende a todo: la vivienda se convierte en una inversión, la educación en una carga de préstamos estudiantiles, la sanidad en un objetivo de explotación financiera. La guerra es la culminación de la financiarizaciónun «evento de liquidez masiva» donde la destrucción genera nuevas oportunidades de inversión. Vighi cita «la coreografía algorítmica de los ataques contra Irán y las narrativas cuidadosamente construidas en torno a Ormuz» como ejemplos de cómo el gasto militar, la infraestructura digital y la manipulación financiera conforman la maquinaria para la gestión de crisis.

La multipolaridad geopolítica no ofrece por sí sola una solución si se mantiene dentro de las categorías propias del capitalismo.Vighi rechaza «la ilusión de que una influencia global más equilibrada pueda estabilizar el capitalismo» y afirma que «el capitalismo multipolar sigue siendo capitalismo».

Las decisiones de los bancos centrales reflejan un punto muerto: una política monetaria restrictiva amenaza con una recesión, mientras que una política expansiva infla burbujas. El debate sobre la inflación ignora el colapso de la asequibilidad: «el problema no es que los precios suban demasiado rápido, sino que vivir se ha vuelto inasequible» Cada intervención pospone la crisis, trasladando el conflicto a un nivel superior.

Vighi no cree que la salvación se encuentre en la multipolaridad, las monedas digitales o la inteligencia artificial. Estos cambios no servirán de nada a menos que nos alejen del capitalismo. La única esperanza, según el académico italiano, es que la «irracionalidad catastrófica del sistema» cree una salida a la lógica que está destruyendo los cimientos de la sociedad. El único obstáculo es el «falso apego de la gente a una constelación en colapso».

Sin embargo, el análisis de Vighi no está exento de problemas. Condena el capitalismo, pero no ofrece ninguna alternativa concreta; la única esperanza es esperar el desastre. Vighi también ignora modelos existentes, como la economía de mercado socialista de China. El debate sobre la desaparición del capitalismo deja abierta la cuestión de qué tipo de orden mundial podría reemplazarlo y quién lo construiría.

Fuente: https://infoposta.com.ar/notas/14854/no-existe-usa-una-breve-introducci%C3%83%C2%B3n-al-colapso/

jueves, 11 de junio de 2026

EL FUNDADO MIEDO PARA LA BURGUESÍA GLOBAL

 


Por Tito Ura | 10/06/2026

Hubo una época en que el capitalismo prometía el futuro.

Prometía progreso, bienestar, innovación, movilidad social y prosperidad. Su legitimidad no provenía únicamente de la fuerza del Estado o del poder militar, sino de una narrativa profundamente arraigada: cada generación viviría mejor que la anterior. El sistema podía ser desigual, pero producía crecimiento; podía ser injusto, pero expandía oportunidades; podía ser brutal, pero avanzaba.

Esa promesa ha muerto.

Figuras como Elon Musk ya no venden simplemente productos o servicios: venden narrativas sobre la supervivencia de la especie humana. La colonización de Marte, la IA general o la preparación ante amenazas existenciales son presentadas como respuestas a un futuro percibido como extremadamente peligroso.

Desde esta perspectiva, el capitalismo deja de organizarse alrededor de la expansión económica y pasa a organizarse alrededor de la gestión del fin del mundo.

La promesa fundacional de la modernidad capitalista se encuentra agotada. En su lugar emerge una nueva narrativa, oscura y profundamente reveladora: no se trata de construir el mañana, sino de sobrevivir a él. El capitalismo del siglo XXI ya no vende esperanza, vende refugio. Ya no comercializa prosperidad, comercializa protección frente a las múltiples catástrofes que él mismo ha contribuido a producir.

Lo que emerge ante nuestros ojos es una nueva fase histórica. Una fase en la que el capitalismo ya no vende esperanza, sino supervivencia. Ya no moviliza a las masas mediante sueños de abundancia, sino mediante el miedo permanente al colapso. Ya no se presenta como el constructor del mañana, sino como el administrador de una crisis perpetua.

Estamos entrando en la era del capitalismo del miedo.

El fin del optimismo burgués. Las clases dominantes del siglo XIX y XX estaban convencidas de que la historia les pertenecía.

Los industriales victorianos, los magnates de la Edad Dorada estadounidense y los arquitectos del neoliberalismo global compartían una misma certeza: el capitalismo era el destino final de la humanidad.

Incluso después de las guerras mundiales, las depresiones económicas y las crisis financieras, la narrativa permanecía intacta. Siempre existía un horizonte de crecimiento. Siempre había una nueva frontera que conquistar.

Hoy observamos algo radicalmente distinto. Por primera vez en siglos, una parte significativa de las élites económicas parece haber perdido la fe en el futuro que ellas mismas construyeron.

Los multimillonarios compran refugios subterráneos. Las corporaciones tecnológicas hablan de extinción humana provocada por inteligencia artificial. Los fondos de inversión calculan escenarios de colapso climático. Los estrategas militares discuten abiertamente guerras entre potencias nucleares.

Los magnates espaciales financian proyectos para abandonar la Tierra. La clase dominante ya no imagina una civilización mejor. Imagina la supervivencia después del desastre.

La transformación de la guerra en negocio permanente no es accidental. La guerra siempre fue una herramienta de acumulación. Desde las compañías coloniales europeas hasta el complejo militar-industrial estadounidense, la violencia organizada ha acompañado cada expansión significativa del capital.

Pero existe una diferencia fundamental. En el pasado, la guerra aparecía como un medio para restaurar el crecimiento. Hoy la guerra comienza a convertirse en una condición estructural del sistema. Ucrania, Gaza, Líbano, El Mar Rojo, Taiwán, El Ártico, El Indo-Pacífico, África Central. Las fronteras del conflicto se multiplican mientras los presupuestos militares alcanzan niveles históricos.

No estamos asistiendo simplemente a un aumento de las tensiones geopolíticas. Estamos observando la integración de la guerra dentro de la lógica ordinaria de la acumulación. Las empresas de inteligencia artificial reciben contratos militares. Los fabricantes de drones se convierten en gigantes bursátiles. Los sistemas de vigilancia algorítmica se transforman en negocios multimillonarios.

La preparación para la guerra deja de ser una anomalía. Se convierte en un mercado. La destrucción deja de ser un costo. Se transforma en una inversión.

El miedo como nueva mercancía. Toda fase histórica del capitalismo necesita una mercancía central. La revolución industrial tuvo el carbón. El siglo XX tuvo el petróleo. La globalización tuvo las cadenas de suministro. El siglo XXI parece haber encontrado una nueva fuente de rentabilidad:

El miedo. Miedo al desempleo tecnológico. Miedo al colapso climático. Miedo a la guerra. Miedo a la inseguridad económica. Miedo a la inteligencia artificial. Miedo al otro. Miedo al futuro. El miedo ya no es simplemente una emoción colectiva. Se ha convertido en un recurso económico.

Las plataformas digitales monetizan la ansiedad. Los medios monetizan el pánico. Las empresas de seguridad monetizan la incertidumbre. Las corporaciones tecnológicas monetizan el temor a quedar rezagado. Todo el sistema aprende a extraer valor de una población permanentemente preocupada. La angustia deja de ser una consecuencia del modelo. Se convierte en una de sus fuentes de energía.

La tecnoburguesía y el sueño de escapar. Tal como si fuera la película “Don’t look up”. La nueva aristocracia global no se parece a los viejos industriales. Su poder no descansa únicamente en fábricas o bancos. Descansa sobre infraestructuras digitales capaces de organizar información, atención, conocimiento y comportamiento humano a escala planetaria.

Esta tecnoburguesía controla plataformas utilizadas por miles de millones de personas. Controla flujos de datos más valiosos que muchas materias primas. Controla sistemas de inteligencia artificial que pronto podrían reorganizar sectores enteros de la economía.

Sin embargo, esta élite exhibe una contradicción extraordinaria. Mientras acumula niveles inéditos de riqueza, habla constantemente del fin del mundo. Mientras concentra poder sin precedentes, construye refugios. Mientras domina el planeta, sueña con abandonarlo. Marte aparece como la metáfora perfecta.

No representa una nueva frontera para la humanidad. Representa una fantasía de escape para quienes han dejado de creer en la capacidad de resolver las contradicciones de la Tierra.

Y en todo esto ven con terror el regreso de los fantasmas de 1789, 1917.

Y aquí emerge el verdadero problema. La burguesía contemporánea puede imaginar guerras. Puede imaginar pandemias. Puede imaginar catástrofes climáticas.

Puede imaginar inteligencias artificiales superiores al ser humano. Puede incluso imaginar colonias espaciales. Lo que le resulta más difícil imaginar es la irrupción política de las masas. Por eso el fantasma que recorre el siglo XXI no es tecnológico. Es histórico.

No porque la historia se repita mecánicamente. No porque una nueva Bastilla vaya a ser asaltada mañana. Sino porque las condiciones que precedieron a las grandes rupturas históricas comienzan a reaparecer bajo nuevas formas. Concentración extrema de riqueza. Instituciones desacreditadas. Desigualdad creciente. Sensación de injusticia estructural. Pérdida de legitimidad de las élites. Crisis de representación política. Las revoluciones no nacen únicamente de la miseria.

Nacen cuando una mayoría descubre que el orden existente ya no puede justificar su existencia.

La inteligencia artificial y la aceleración de la conciencia de clase. Existe además un elemento completamente nuevo. Las revoluciones del pasado dependían de panfletos, periódicos clandestinos y reuniones secretas. Las del futuro disponen de herramientas mucho más poderosas. La inteligencia artificial no es únicamente una tecnología productiva. También es una tecnología cognitiva. Puede acelerar la educación. Puede democratizar el acceso al conocimiento.

Puede permitir que millones de personas comprendan procesos económicos, históricos y políticos que antes permanecían reservados para especialistas. La misma tecnología diseñada para aumentar la productividad podría terminar acelerando la conciencia crítica de quienes viven bajo sus consecuencias. Es una contradicción profundamente histórica.

Cada sistema produce las herramientas que eventualmente cuestionan sus propios límites.

La gran paradoja central de nuestro tiempo es brutal. La humanidad posee más capacidad tecnológica que nunca. Más conocimiento científico que nunca. Más productividad que nunca. Más capacidad de comunicación que nunca, y sin embargo, amplios sectores de la población viven con una sensación creciente de inseguridad y fragilidad. No es una crisis de recursos. Es una crisis de organización social. No es una crisis de capacidad productiva. Es una crisis de distribución del poder. No es una crisis de tecnología. Es una crisis de legitimidad.

El miedo al fin de su mundo. El capitalismo del siglo XXI ha dejado de prometer la construcción de un futuro mejor.

Ahora vende protección frente a un futuro que él mismo contribuye a producir. La consigna ya no es: «Invertirás para construir el mañana.» La nueva consigna parece ser: «Invertirás para sobrevivir al mañana.» Pero toda civilización que sustituye la esperanza por el miedo entra en territorio peligroso.

Porque las sociedades pueden soportar sacrificios. Pueden soportar guerras. Pueden soportar crisis.

Lo que resulta mucho más difícil de sostener es la percepción de que los sacrificios son permanentes mientras los beneficios permanecen concentrados. Por eso el verdadero temor de las élites contemporáneas no parece ser el apocalipsis climático, la guerra nuclear o la inteligencia artificial fuera de control.

Todos esos escenarios pueden transformarse en contratos, inversiones, mercados y oportunidades de acumulación.

Resulta imposible comprender todo este fenómeno sin observar el espectáculo cotidiano que se desarrolla ante los ojos del planeta. Millones de personas contemplan en tiempo real la destrucción de Gaza, observan ciudades enteras reducidas a escombros, familias enteras enterradas bajo concreto pulverizado, hospitales convertidos en objetivos militares y una población atrapada entre el hambre, el desplazamiento y la muerte.

Más allá de las interpretaciones geopolíticas, la imagen que queda grabada en la conciencia global es la de un sistema internacional incapaz de detener la devastación incluso cuando esta es observada por miles de millones de personas a través de las pantallas. Al mismo tiempo, en África, más de cien millones de niños permanecen fuera de las escuelas mientras extensas regiones enfrentan hambrunas recurrentes, conflictos armados, desplazamientos masivos y crisis climáticas cada vez más severas.

Todo ello ocurre en un continente que supera los mil quinientos millones de habitantes, extraordinariamente rico en recursos estratégicos indispensables para la economía mundial, pero donde enormes sectores de la población continúan atrapados en condiciones de pobreza extrema. La contradicción es brutal. El mundo produce riqueza suficiente para alimentar, educar y proporcionar atención sanitaria a toda la humanidad, pero las estructuras económicas y políticas existentes son incapaces de distribuir esa riqueza de manera que garantice condiciones mínimas de dignidad para todos.

Mientras tanto, desde la India hasta Bolivia, desde Kenia hasta Francia, desde América Latina hasta Asia Occidental, las protestas adquieren una intensidad creciente. Las calles se convierten en escenarios permanentes de confrontación. La ira social se acumula. Los movimientos populares expresan demandas diversas, pero comparten una sensación común: el convencimiento de que las instituciones existentes ya no representan los intereses de las mayorías.

El problema no es únicamente económico. Es político, cultural y civilizatorio. Amplios sectores de la población perciben que viven en un sistema que exige sacrificios constantes mientras concentra beneficios cada vez mayores en una minoría extraordinariamente reducida. La distancia entre quienes poseen el poder económico y quienes sostienen el funcionamiento material de la sociedad alcanza niveles difíciles de justificar incluso dentro de los discursos tradicionales del mérito, la competencia y el esfuerzo individual.

Es precisamente en este contexto donde surge la nueva psicología de las élites globales. Durante siglos, las clases dominantes imaginaron el futuro como una expansión constante de su propio proyecto histórico. Hoy, en cambio, parecen obsesionadas con escenarios de colapso. Hablan de inteligencia artificial fuera de control, de guerras entre potencias nucleares, de pandemias futuras, de desastres climáticos irreversibles y de la posibilidad de abandonar la Tierra para establecer colonias en otros planetas.

La imaginación de las élites ya no está dominada por la idea de construir una civilización superior, sino por la necesidad de prepararse para sobrevivir a una civilización en crisis. Refugios subterráneos, ciudades privadas, sistemas de vigilancia masiva, automatización militar, control algorítmico y proyectos espaciales forman parte de una misma lógica. No son expresiones de confianza en el futuro. Son expresiones de miedo.

Sin embargo, existe una ironía profunda en esta transformación. Las mismas fuerzas económicas que generan ansiedad colectiva continúan obteniendo beneficios extraordinarios de esa ansiedad. La guerra se convierte en mercado. El colapso climático genera oportunidades de inversión. La inseguridad alimenta industrias enteras dedicadas a la vigilancia y el control. La inteligencia artificial es presentada simultáneamente como la salvación de la humanidad y como una amenaza existencial. En ambos casos, el resultado es idéntico: nuevas oportunidades de acumulación. El miedo se convierte en mercancía. La incertidumbre se transforma en activo financiero. El desastre potencial se integra dentro de los mecanismos ordinarios de valorización del capital.

Pero toda estructura de poder contiene sus propias contradicciones. Y la contradicción más peligrosa para el capitalismo contemporáneo no se encuentra necesariamente en los campos de batalla ni en los mercados financieros. Se encuentra en el terreno de la legitimidad. Las sociedades pueden tolerar desigualdades considerables cuando creen que existe un horizonte compartido de progreso. Pueden soportar privaciones temporales cuando perciben que los sacrificios tienen un propósito colectivo. Lo que resulta mucho más difícil de sostener es una situación en la que las mayorías observan cómo la riqueza se concentra de manera obscena mientras las crisis se multiplican y los costos recaen siempre sobre los mismos sectores sociales.

Por ello, el fantasma que comienza a recorrer el siglo XXI no es únicamente el de la guerra, ni el de la automatización, ni siquiera el del colapso climático. Es el fantasma de una crisis global de legitimidad. Es la posibilidad de que millones de personas, conectadas por tecnologías que permiten compartir información y experiencias a una escala sin precedentes, comiencen a formular preguntas que las élites preferirían evitar. ¿Por qué una civilización capaz de desarrollar inteligencias artificiales avanzadas no puede garantizar educación para todos los niños? ¿Por qué un sistema capaz de movilizar recursos gigantescos para la guerra no puede erradicar el hambre? ¿Por qué una economía que genera billones de dólares en riqueza cada año produce simultáneamente inseguridad, precariedad y desesperanza para amplios sectores de la población mundial?

Ninguna estructura de poder permanece intacta cuando pierde la capacidad de justificar su existencia ante quienes la sostienen. Durante mucho tiempo, las élites pudieron presentar sus privilegios como el precio inevitable del progreso colectivo. Hoy esa narrativa se erosiona rápidamente.

Cuando la humanidad contempla la destrucción de Gaza, la persistencia del hambre en África, la expansión de conflictos interminables y el enriquecimiento constante de una minoría global, la pregunta deja de ser cómo sobrevivir a las crisis. La pregunta comienza a ser por qué esas crisis parecen beneficiar siempre a los mismos actores.

La tragedia del capitalismo contemporáneo es que ha llegado a dominar la producción material del planeta mientras pierde progresivamente el control de su propia legitimidad moral. Puede construir sistemas de inteligencia artificial capaces de procesar cantidades inimaginables de información. Puede desplegar redes de vigilancia que alcanzan cada rincón del globo. Puede financiar ejércitos equipados con tecnologías que habrían parecido mágicas hace apenas unas décadas. Pero ninguna de esas capacidades responde a la cuestión fundamental que emerge desde las calles, los campos de refugiados, las periferias urbanas y las regiones olvidadas del mundo. La cuestión de quién se beneficia de la riqueza producida colectivamente y quién soporta el peso de las crisis.

Por eso el miedo que comienza a percibirse en ciertos sectores de las élites no parece ser únicamente el miedo al apocalipsis. Es el miedo a descubrir que la humanidad ya no acepta la lógica según la cual debe sacrificarlo todo para sostener un sistema que le ofrece cada vez menos a cambio. Es el miedo a que las tecnologías diseñadas para administrar la sociedad aceleren también la difusión de la conciencia crítica. Es el miedo a que el siglo XXI produzca sus propias formas de rebelión política, adaptadas a una época de redes globales, inteligencia artificial y comunicación instantánea.

Porque la historia demuestra que los pueblos pueden soportar enormes sufrimientos durante largos períodos, pero también demuestra que ninguna estructura de poder es invulnerable cuando la mayoría deja de considerarla legítima. Y quizá esa sea la contradicción más profunda de nuestra época: mientras las élites se preparan obsesivamente para sobrevivir al fin del mundo, millones de personas comienzan a preguntarse si no ha llegado el momento de transformar el mundo que existe.

Ese día, el fantasma que recorre el mundo no será el de una máquina superinteligente ni el de una guerra entre imperios. Serán los viejo fantasmas de 1789 y 1917 regresando bajo las condiciones tecnológicas del siglo XXI.

La burguesía global ha elegido su campo de batalla. No será el de la argumentación democrática, ni el de la reforma gradual, ni el del consenso institucional. Ha optado por la guerra permanente, la vigilancia total, la destrucción climática como negocio y el escape espacial como utopía privada. Ha declarado, sin proclama oficial pero con hechos innegables, que la mayoría humana es expendible, que los sacrificios son eternos para los de abajo y los beneficios eternos para los de arriba, que el futuro no es un derecho sino un producto de lujo al que solo accederán quienes puedan pagar su supervivencia.

Ante esta declaración de guerra encubierta, la pregunta no es si habrá resistencia. La pregunta es qué forma tomará, y si será capaz de transformar la indignación acumulada en poder organizado.

La historia demuestra que ninguna estructura de dominación, por sofisticada que sea, resiste la combinación de tres fuerzas: la parálisis económica de quienes producen la riqueza, la desobediencia masiva de quienes reconocen su fuerza numérica, y la construcción de alternativas concretas que hagan visible la posibilidad de otro mundo. Separadas, estas fuerzas son contenídas, cooptadas o aplastadas. Unidas, han derribado imperios.

La estrategia de la insurgencia social del siglo XXI no puede replicar los manuales del siglo pasado. La burguesía global ha aprendido las lecciones de 1789, de 1917, de 1968, de 1989. Ha construido arquitecturas de control que operan antes de que la rebelión se articule: algoritmos que predicen el descontento, plataformas que fragmentan la solidaridad, crisis permanentes que atomizan la resistencia. Pero toda arquitectura de control tiene grietas.

La centralización extrema del capital en nodos logísticos, energéticos y digitales convierte su fortaleza en vulnerabilidad. La dependencia de la burguesía respecto a quienes mueven mercancías, procesan datos, cuidan cuerpos y reproducen la vida cotidiana es su talón de Aquiles. No hay inteligencia artificial que sustituya la huelga estratégica en los puertos que alimentan las cadenas globales. No hay dron que reemplace la desobediencia de millones que dejan de creer en la legitimidad del orden.

La resistencia viable por el momento no es la guerrilla romántica de vanguardias aisladas, condenada al martirio o a la espectacularización mediática. Es la organización silenciosa de quienes construyen, en los barrios y los campos, los sindicatos y las asambleas, las redes de cuidados y los medios autónomos, un poder dual que ya funciona mientras el otro se desmorona. Es la huelga general que no solo detiene la producción sino que demuestra que la sociedad puede operar sin los dueños. Es la ocupación de territorios que reivindica la tierra como bien común contra su mercantilización. Es la ciberresistencia que sabotea la infraestructura de vigilancia que nos convierte en datos explotables. Es la solidaridad transnacional que conecta la rebelión del proletariado migrante con la del obrero de plataforma, la del campesino expulsado con la del estudiante endeudado, la de la comunidad racializada con la de la mujer que sostiene la reproducción social.

Pero sobre todo, la resistencia viable es la que construye la conciencia de clase como arma más poderosa que cualquier tecnología de control. La burguesía global teme, con razón histórica, que las mismas herramientas diseñadas para administrar la explotación sean apropiadas para iluminar sus mecanismos. La inteligencia artificial que predice el comportamiento de consumo puede ser utilizada para mapear la concentración de la riqueza. Los algoritmos que personalizan la desinformación pueden ser invertidos para democratizar el conocimiento crítico. Las redes que fragmentan pueden ser reconstruidas para conectar experiencias de lucha.

El capitalismo del miedo vende la idea de que la alternativa es el caos, que sin sus mercados, sus ejércitos y sus refugios subterráneos, la humanidad se devorará a sí misma. Es la mentira más antigua de toda clase dominante: confundir su propia supervivencia con la supervivencia de la especie. La tarea de la insurgencia social es demostrar, con hechos y no con discursos, que la cooperación, la planificación democrática y la distribución equitativa de los recursos que ya existen son no solo posibles sino superiores a la lógica del profit y del miedo.

La resistencia viable se construye hoy sobre tres ejes concretos que ya están germinando en las luchas reales:

Primero, el poder dual en los nodos estratégicos de la cadena global. La burguesía ha centralizado su poder en infraestructuras logísticas, energéticas y digitales. Esa centralización es su mayor vulnerabilidad. Comités de trabajadores en puertos (como los de Los Ángeles-Long Beach o Rotterdam), centros de distribución de Amazon, data centers y plantas de servidores deben organizarse para paralizar selectivamente el flujo de capital. Una huelga estratégica de 48 horas en los principales hubs logísticos globales tendría más impacto que décadas de protestas dispersas. No se trata de destruir, sino de demostrar que la sociedad puede funcionar sin los parásitos: coordinando mediante redes autónomas el reparto de bienes esenciales mientras se bloquea la acumulación privada.

Segundo, la reapropiación democrática de la inteligencia artificial y la automatización. La misma tecnología que la tecnoburguesía usa para vigilar y precarizar puede ser invertida. Modelos de IA abiertos y entrenados colectivamente pueden servir para:

·         Mapear en tiempo real la concentración de riqueza y los flujos de evasión fiscal.

·         Diseñar planes de producción y distribución que prioricen necesidades humanas sobre el profit.

·         Democratizar el conocimiento: sistemas educativos masivos, personalizados y gratuitos que eleven la conciencia política de millones en meses, no en generaciones.

·         Coordinar asambleas populares a escala planetaria, traduciendo lenguas y sintetizando propuestas en tiempo real.

Esto no es utopía: es Fully Automated Luxury Communism en construcción. Reducir la jornada laboral a 15-20 horas semanales liberando el tiempo necesario para la política, la creatividad y el cuidado mutuo. Un Ingreso Básico Universal financiado por la expropiación de las fortunas parasitarias y la renta de la automatización. Planificación cibernética democrática —actualización del proyecto Cybersyn chileno de Allende, pero a escala global y con herramientas mil veces más poderosas— que reemplace la “mano invisible” del mercado por la mano visible y consciente de los productores.

Tercero, la construcción de alternativas materiales ya existentes. En los barrios populares, las fábricas recuperadas, las comunidades campesinas y las redes de cuidados mutuos se gestan embriones de la nueva sociedad. Cooperativas de plataforma controladas por riders y delivery workers; bancos comunitarios que financian proyectos de soberanía alimentaria; redes de energía renovable municipalizadas; medios de comunicación autónomos impulsados por IA generativa al servicio de la verdad y no de la propaganda. Estos no son refugios folk, sino bases materiales desde las cuales se erosiona el poder burgués día a día.

La burguesía global se prepara para sobrevivir al fin del mundo que ella misma ha creado. El proletariado del siglo XXI debe prepararse para algo radicalmente distinto: para construir el mundo que viene después de ella. No como herencia de cenizas, sino como conquista consciente de quienes finalmente han dejado de aceptar que la dignidad humana sea un costo externo del balance contable.

Ese día, cuando millones dejen de preguntarse cómo sobrevivir al sistema y comiencen a preguntarse cómo superarlo, los fantasmas de 1789 y 1917 no regresarán como espectros del pasado. Regresarán como fuerza viva, adaptada a las condiciones del presente, armada de la única tecnología que ningún ejército puede destruir: la certeza colectiva de que otro mundo no solo es posible, sino inevitable, porque este ya ha demostrado ser insostenible para la mayoría.

Y la pregunta que definirá nuestra época no será si la humanidad puede sobrevivir al colapso. Será si el orden existente puede sobrevivir a la humanidad que finalmente se ha rebelado contra su propia condena. De otra forma, comprenderá por fuerza más temprano que tarde que el poder nace del fusil o del dron operado remotamente cayendo sobre las bases que sostienen al capitalismo depredador.

Tito Ura, analista y autor en diferentes medios alternativos.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Fuente: https://rebelion.org/el-fundado-miedo-para-la-burguesia-global/