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lunes, 15 de septiembre de 2025

OBJETO SENSIBLEMENTE SUPRASENSIBLE



 Publicado por Francisco Umpiérrez Sánchez 

De todos los economistas de la era capitalista, Marx es el más profundo y complejo. Y la profundidad y la complejidad en el pensamiento es lo más que se necesita en el mundo de hoy, para desentrañar su sentido y dibujar la esperanza de un mundo más humano. (Les recuerdo lo que significa la complejidad: en cualquier fenómeno que se analiza, aunque a primera vista parezca muy sencillo, participan muchos factores que están interrelacionados. La interrelación entre dos factores modifica a dichos factores; y a su vez, estos factores modifican sus relaciones con otros factores con los que están vinculados, de manera inmediata y de manera mediata, de modo que la totalidad de los factores adquiere otro estado; y vuelta a empezar en el análisis. La crisis financiera de 2007-2009 es un ejemplo de la complejidad del mundo. El mundo no se puede dibujar con líneas rectas y sentidos claros en un folio en blanco, sino que en dicho folio en blanco hay líneas curvas, quebradas y superpuestas, zonas vacías y enmarañamiento de líneas).  

Aunque el capitalismo es el modo de producción que a finales del siglo XVIII creó los derechos humanos, no ha cesado de deshumanizar el mundo. No obstante, a pesar de la complejidad y profundidad del mundo actual, lo más que domina en el pensamiento social, por la primacía de los medios de comunicación de masas, es la simplicidad y la superficialidad. Y muchos periodistas presionan a sus entrevistados para que respondan con un sí o con un no, pero todo lo que se puede afirmar está lleno de peros y tal vez.  En la sección de El Capital titulada El carácter fetichista de la mercancía y su secreto, dice Marx lo siguiente: “Es evidente que, con su actividad, el hombre cambia las formas de las materias naturales de una forma útil para él. La forma de la madera se modifica, por ejemplo, cuando se hace de ella una mesa. Esta no deja de ser madera, algo corriente y sensible. Pero en el momento en que se presenta como mercancía, se transforma en un objeto sensiblemente suprasensible”.  ¡Una expresión maravillosamente filosófica: objeto sensiblemente suprasensible! La mesa no deja de ser sensible, pero como mercancía, se vuelve suprasensible: va más allá de lo sensible. Y es ambas cosas: sensible y suprasensible. Y cuando es suprasensible, sigue conservando su sensibilidad, circunstancia que aclararé al final de este trabajo. Y adelanto una idea para que el pensamiento del lector no se adentre en el terreno pantanoso de la vaguedad y de la oscuridad, de lo enigmático y de la extravagancia, a la que son dados algunos filósofos marxistas. Suprasensible, referido a la mesa como mercancía, significa sencillamente que en la mesa hay propiedades o determinaciones sociales. La economía convencional es incapaz de tener esta concepción. De ahí que considere el dinero como un puro objeto y muchas veces lo llame trozo de papel, aunque después, en la práctica, y esto se pone de manifiesto en las actuaciones de los bancos centrales en los momentos de crisis, no trate el dinero como simple objeto, sino como un ente al que está unido un sinfín de determinaciones sociales. Las determinaciones sociales de todas las formas económicas, incluidos los nuevos productos financieros, cada vez son más consideradas y tenidas en cuenta por las principales voces críticas del liberalismo. Por ejemplo, Bogle, en su libro Suficiente, nos recuerda unas palabras de San Pablo en el Nuevo Testamento: “Los que quieren ser ricos caen en la tentación y en el lazo, y en muchas codicias necias y perjudiciales, que hunden a los hombres en la destrucción y en la perdición. Porque el amor al dinero es la raíz de todos los males”. Luego, si el dinero, sobre todo en aquellas personas que quieren ser ricas sin límites, hunden a las personas en la destrucción y la perdición, y el amor al dinero es la raíz de todos los males, es evidente que el dinero no es un simple trozo de papel, sino un poderoso producto social que en cantidades más de las necesarias en manos privadas causa inmensos males a la sociedad.

El 16 de septiembre de 2008 Bernanke, en calidad de presidente de la Reserva Federal, se presentó en la Sala Roosevelt de la Casa Blanca para hablar con George W.  Bush y explicarle por qué la Reserva Federal planeaba prestar 85.000 millones de dólares a American International Group (AIG), la mayor compañía de seguros del planeta. Esta propuesta chocaba de frente con el principio básico del liberalismo, mucho más del liberalismo conservador. El propio Bernanke, en su obra El valor de actuar, nos dice que dos semanas antes, el Partido Republicano había declarado en su convención de 2008 lo siguiente: “No apoyamos los rescates estatales de entidades privadas”.  A lo que Bernanke añadió: “La intervención propuesta por la Reserva Federal violaría el principio básico de que las empresas deberían estar sujetas a la disciplina del mercado y que el gobierno no debía protegerlas de las consecuencias de sus errores”. Pero estos son los principios y la teoría, la práctica dice lo contrario. El mercado capitalista es incapaz de solucionar las crisis; y en los periodos de relativa estabilidad del mercado, la actuación codiciosa de los agentes capitalistas no hace sino crear nuevas condiciones para una nueva crisis.

Vayamos a los datos suministrados por Bernanke. “AIG tenía activos por valor de un billón de dólares. Operaba en más de 130 países y tenía más de 74 millones de clientes. Ofrecía seguros comerciales a 180.000 pequeños negocios y a diversas entidades privadas que empleaban a 106 millones de personas, dos tercios de los trabajadores estadounidenses”. Con lo dicho basta. Vemos con claridad la enorme dimensión social que tiene AIG y el cataclismo que crearía en la economía estadounidense y en la economía global si el Estado hubiera dejado que quebrara. Es obvio igualmente que el dinero no es un simple trozo de papel, sino un producto social en el que están implicados complejos y numerosos intereses sociales. Estas complejas e intrincadas propiedades sociales del dinero, que obliga a la Reserva Federal a prestarle 85.000 millones de dólares a AIG, pone en evidencia que el dinero, la mercancía general, es un objeto sensiblemente suprasensible. En cuanto lo consideremos como un simple trozo de papel, estamos ante un objeto sensible, pero desde que lo consideramos por lo que representa en las intricadas relaciones de mercado, vemos que es un objeto suprasensible, que va mucho más allá de ser un simple trozo de papel. Observamos también de pasada la contradicción fundamental del capitalismo, tantas veces señaladas por Marx: por un lado, toda actividad económica, valga como ejemplo la que realizaba AIG con sus 74 millones de clientes, supone que el aspecto social es lo dominante, que ninguna actividad económica es posible sin la participación de las grandes masas sociales, pero después resulta que los grandes beneficios o rendimientos de ese capital son apropiados de forma privada y en unas cantidades irracionales. Esta contradicción que la tienen delante de los ojos los economistas convencionales y los agentes económicos del capitalismo, sean conservadores liberales o liberales reformistas, siempre la pasan por alto. Y la solución es clara: hay que cambiar las relaciones económicas entre las personas en el sentido socialista, en el sentido de que los rendimientos del capital en todas sus formas tienen que ser distribuidos en su base evitando las desigualdades extremas, no redistribuirlo después a través de los impuestos. Y digo de otra forma lo que significa que todas las formas económicas son objetos sensiblemente suprasensibles: las formas económicas no son cosas u objetos, son relaciones sociales.

Cambiemos de tercio. Pongamos otro ejemplo de objeto sensiblemente suprasensible. En una acera al lado de un supermercado pasean un padre y un hijo de dos años. El padre lleva bajo uno de sus brazos un perro de plástico con ruedas, de unos 20 centímetros. En un momento dado el niño se para; y señalando con la mano abierta hacia el perro de plástico, dice “guauguau”. El padre tardó un cierto tiempo en comprender la intención del niño, que le vuelve a repetir señalando al juguete “guauguau”. El padre le da el perro al niño, quien lo pone detrás de él y se pone a caminar arrastrándolo con una cuerda. A los diez pasos el niño coge el perro de plástico se lo pone bajo su brazo y le da la mano al padre y siguen caminando. El perro de plástico es un objeto sensiblemente suprasensible.

Los filósofos metafísicos, alimentados en la actualidad por el empirismo y el positivismo -el mismo alimento filosófico que consumen los economistas convencionales-, cuando analizan el valor semiótico del perro de plástico, lo hacen aislando el perro de plástico de las relaciones sociales de las que forma parte; y así lo convierten en un objeto enigmático. El niño llama “guauguau” al perro de plástico. Pero esto no es un invento lingüístico suyo, son sus padres quienes le han enseñado a llamar al perro de plástico así. Luego su aprendizaje lingüístico y el significado nominativo de la expresión “guauguau” es fruto de una relación social: la del niño con sus padres. Ya vemos que el perro de plástico se convierte en portador de una relación social: la del niño con sus padres. Pero el niño también llama “guauguau” a los perros reales, y por la misma causa social. De manera que también los perros reales se convierten en portadores de relaciones sociales.

En la sección antes referida de El Capital, Marx dice lo siguiente: “A primera vista, una mercancía parece un objeto trivial, obvio. De su análisis resulta que es una cosa muy complicada, llena de sutilezas metafísicas y de caprichos teológicos”. Lo mismo sucede con el perro de plástico, aunque en un grado notablemente menor. El niño llama “guauguau” a todas las clases diferentes de perros, a sus variadas razas. De manera que, desde el principio, con solo dos años, el niño empieza a generalizar y a hacer abstracción de las diferencias entre las distintas clases de perros. Pero también llama “guauguau” a todos los individuos de una misma clase de perros. Luego, también lleva a cabo un proceso de generalización en el ámbito de una misma clase de perros y a hacer abstracción de las diferencias individuales. Pero la cosa no queda ahí: llama “guauguau” tanto a un perro real como a un perro de plástico, de manera que rompe la barrera ontológica entre los seres reales, los perros reales, y los seres ideales, los perros de plástico, los juguetes. Vemos entonces cómo con la participación del lenguaje en su función nominativa, el perro de plástico del niño forma parte de un mundo que va más allá de lo sensible: el mundo suprasensible, el universo lingüístico, repleto a su vez de complejidades e interrelaciones estructurales. Pero vemos igualmente que la palabra en su función nominativa ya tiene componentes conceptuales: la generalización y la abstracción. Es evidente, de acuerdo con Marx, que en este ejemplo están presente los caprichos teológicos y que, por consiguiente, el perro de plástico no es un objeto trivial, sino un objeto sensiblemente suprasensible.

Retornemos, por último, a la mercancía. John. C. Bogle, fundador y ejecutivo principal del fondo de inversión Vanguard, distingue entre el valor inmanente de las empresas y el precio de las acciones. Y señala que todos los fondos de inversión y otros agentes financieros que se mueven en el corto plazo con fines especulativos, hacen que los precios de las acciones no se correspondan con el valor inmanente de las empresas. Bogle carece de formación filosófica e ignora que la categoría “inmanente” pertenece a la siguiente la unidad de contrarios: inmanente y trascendente. Aunque Bogle reconoce que hay un valor inmanente de la empresa, no dice en ninguna ocasión cuál es la naturaleza de este valor inmanente, cuál es su sustancia social. Pero del mismo modo que Bogle reconoce que las empresas tienen un valor inmanente, que en muchos casos está a mucha distancia del precio de las acciones que en la Bolsa representan el capital de las empresas, debería reconocer entonces que las mercancías, sean bienes o servicios, tienen igualmente un valor inmanente. Y no hay mejor economista y filósofo que Marx para aclarar y fundamentar la naturaleza inmanente del valor de las mercancías y de las empresas. Así que vamos a por ello.

Bogle quiere recuperar el espíritu del capitalismo del siglo XVIII, en especial por ser más ético, esto es, por tener más en cuenta los intereses de la sociedad. Así que debemos recuperar el espíritu teórico de Adam Smith y David Ricardo, pero también deberíamos recuperar el espíritu teórico de John Locke y Henry George, y muchos otros. Debemos recuperar el espíritu de todos aquellos pensadores que hacían del trabajo la base del derecho a la propiedad. Pero el concepto de propiedad no aparece como concepto principal en los trabajos teóricos de todos los liberales críticos con el capitalismo actual, pero tampoco el concepto de trabajo. En vez del concepto de trabajo, aparece con carácter hegemónico el concepto de mérito, un concepto que la economía convencional no ha definido ni ha sido capaz de cuantificar. Y con respecto a la propiedad, los liberales críticos siguen teniendo una fe instintiva en el mercado. Reconocen que el Estado debe supervisar y regular el mercado, en especial el mercado financiero, pero siempre que el mercado sea la clave del desarrollo económico. Surge con facilidad la pregunta que no formulan los liberales: ¿Debe el Estado estar al servicio y bajo el mando del mercado o debe el mercado estar al servicio y bajo el mando del Estado? Es obvio que quienes defienden la primera opción son los liberales y socialistas reformistas, mientras que los que defienden la segunda opción son los socialistas radicales. ¿Y qué es un socialista radical? Respuesta fácil: aquellos que consideran que la propiedad privada debe estar bajo el dominio de la propiedad pública, que los intereses particulares deben estar bajo el poder de los intereses sociales, y que el mercado debe estar bajo el control y dominio del Estado. Y cuando esto suceda, el mundo no se acabará ni irá a la perdición, todo lo contrario: se volverá más humano. Se hará el reino de los cielos, del que hablan los cristianos, en la Tierra. Y esto no es una utopía; es lo que demandan los liberales críticos, aunque con el ropaje capitalista, del que no se pueden desprender. Y la razón: son reformistas y no radicales.

Marx nos habló, en El Capital, del carácter doble del trabajo representado en las mercancías. Y a este propósito dice dos cosas: una, que la naturaleza doble del trabajo contenido en las mercancías la ha demostrado él por primera vez de un modo crítico, y dos, que este hecho es el punto en torno al cual gira la comprensión de la economía política. Y sabemos cómo ha procedido la economía convencional actual con respecto a este asunto: ha desterrado el trabajo por completo de sus teorías y lo ha sustituido por el concepto más que impreciso de mérito; al igual que ha desterrado el concepto de propiedad.

Afiancemos más esta idea. La mercancía es un objeto doble: valor de uso y valor. La economía convencional reconoce este carácter doble, aunque en vez de una manera inmanente lo hace de una manera trascendente: valor de uso y precio. Lo que le sucede a la economía convencional es que ignora que las características que tiene el trabajo en tanto están representadas en el valor de uso no son las mismas que cuando están representadas en el valor. Esto hace que Jevons, y con él todos sus seguidores, que son la mayoría de los economistas burgueses, exprese el valor en términos de utilidad y necesidad, esto es, confunde el valor de uso y el valor. Es como si en el ámbito de la religión se confundiera el alma con el cuerpo y se expresara la esencia del alma en términos de características corporales.

Veamos, en palabras del propio Marx, el carácter doble del trabajo representado en la mercancía: “Por un lado, todo trabajo es gasto de fuerza de trabajo en el sentido fisiológico, y en esta calidad de trabajo humano o de trabajo abstractamente humano constituye el valor de las mercancías. Por otro lado, todo trabajo es gasto de fuerza de trabajo humano en forma específica y determinada por su fin y es esta calidad de trabajo útil concreto produce valores de uso”. Que el trabajo útil produce valores de uso es algo obvio y no genera problemas epistemológicos, mientras que el gasto de fuerza de trabajo sin tener en cuenta la forma de gastarlo constituye el valor de las mercancías, sí contiene serios problemas epistemológicos. Pongamos un ejemplo: si en la producción de una mesa un carpintero ha empleado 8 horas de trabajo social medio, bajo el punto de vista sensible es imposible observar en la mesa esas 10 horas de trabajo. Marx lo expresa en estos términos: “En contraste directo con la burda objetividad sensible de los cuerpos de las mercancías, no penetra en su objetividad de valor ni un átomo de materia natural”. Dicho de otra forma: el valor existiendo en la mercancía no es perceptible. En palabras de Marx: “…se le pueden las vueltas que se quieran a una mercancía, mas como cosa de valor permanece inasequible”. Es conveniente saber con qué problemas epistemológicos te encuentras cuando quieres demostrar la forma de existencia del valor. Y en estos casos, al no poder recurrir a la percepción, solo te queda la representación.

Así que podemos reconocer que la sustancia del valor es el gasto de fuerza de trabajo social medio, pero hay un problema epistemológico: carece de objetividad. ¿Cómo se resuelve este problema de la objetividad del valor de las mercancías? Esta es la respuesta que da Marx: “…las mercancías solo poseen objetividad de valor en tanto son expresión de la misma unidad social, del trabajo humano; que su objetividad de valor, por tanto, es puramente social, y se sobreentiende entonces que solo puede presentarse en la relación social de una mercancía con otra”. Igual que la objetividad del valor semiótico del perro de plástico solo puede presentarse en la relación social del niño con su padre.

Por lo tanto, las mercancías en tanto valores son objetos sensiblemente suprasensibles. Sabemos que Marx, en El Capital, demostró con un rigor que hace época cómo la mercancía se transformó en dinero. Y que la objetividad del valor, el valor existiendo de forma objetiva, es el dinero. Por eso, el dinero no es un simple trozo de papel, sino un complejo jeroglífico social. El dinero no es una cosa dada, sino un producto histórico, resultado de una evolución histórica de siglos.  Esta preocupación que tienen todos los liberales por aquellos capitalistas que aman en exceso el dinero y que se despreocupan por completo de los intereses sociales, este robo del alma del capitalismo del que se queja Bogle, no es más que el reconocimiento aún inconsciente de que el dinero es signo de trabajo y que tiene un carácter social. Y el legítimo propietario de lo que es social solo puede ser la propia sociedad. De modo, y siendo consecuentes, el mercado debe estar al servicio del Estado y no el Estado al servicio del mercado. Ya va siendo hora que los liberales críticos abandonen esa fe romántica e ilusoria en las fuerzas del mercado como medio exitoso para resolver los graves y complejos problemas sociales de la actualidad.

Por último, aclaremos por qué lo suprasensible es también sensible, porque la mercancía yendo más allá de lo sensible no puede escapar de lo sensible. En la religión cristiana encontramos un problema análogo. Dios es una sustancia suprasensible, esto es, no es sensible, los sentidos no pueden darnos cuenta de su existencia. Dicho de otro modo: Dios carece de objetividad. ¿Cómo resuelve la religión el problema de la objetividad de Dios? Respuesta: por medio de Jesucristo. Jesucristo es Dios hecho hombre. Así Dios se volvió sensible y objetivo. No dejó de ser Dios, pero se volvió sensible. La Semana Santa española es el mejor ejemplo de cómo Dios es reconocido en todo su sensible esplendor. Lo mismo sucede con el valor. En la mercancía aislada es imposible captarla porque carece de sensibilidad y de objetividad, pero en la relación entre las mercancías, cuya evolución histórica transformó a una de ellas en dinero, se obró el milagro: adquirió sensibilidad. Así como Dios existe de forma sensible como hombre, el valor existe de forma sensible como dinero, y en su forma originaria y más esplendorosa como oro. Y este enorme poder sensible del oro como dinero lo expresa Cristóbal Colón en una carta escrita desde Jamaica en 1503: “El oro es algo maravilloso. Quien lo posee es dueño de todo lo que desee. Gracias al oro se pueden incluso enviar almas al paraíso”. (Estas palabras de Colón las he tomado de El Capital de Karl Marx).

Aunque después, cuando se separó la sustancia de la función, el dinero se sustituyó por simpes signos de sí mismo, el dinero no dejó de ser un complejo producto social y un objeto sensiblemente suprasensible.

Fuente: https://fcoumpierrezblogspotcom.blogspot.com/2025/09/objeto-sensiblemente-suprasensible.html

viernes, 26 de marzo de 2021

MERCADO, CONTROL PREESTABLECIDO SOBRE LA PRODUCCIÓN Y BIG DATA



Publicado por Francisco Umpiérrez Sánchez

viernes, 26 de marzo de 2021

 

El otro día hablaba con un amigo de los tiempos de la lucha social de los años setenta del siglo pasado en España. Estaba decepcionado y pensaba como una persona que había sido derrotada. Y cuando hablaba de la juventud de hoy lo hacía con decepción. Un gran error de todas las generaciones mayores de sesenta años, que siempre creen que su época fue la mejor. Concluía con ciertas muestras de dolor ideológico que ya había abandonado la idea de cambiar el mundo. En su comportamiento había varios errores. Primer error: Creer que la política lo es todo o que la lucha de clases lo es todo. No tener en cuenta que la lucha por la producción, la lucha por la ciencia y la lucha por el arte y la cultura en general son luchas transformadoras. Ignorar que de todas las luchas desde una perspectiva marxista o materialista la lucha por la producción es la principal. Y al comportarse así, al comportarse de un modo que hace de la lucha política la lucha principal y concebirla como el todo, ideológicamente se muestra como un pensador extremadamente unilateral y metafísico, aunque él se considera “un pensador dialéctico”. Históricamente ignora que desde 1980, desde que Deng Xiaoping denegó del socialismo pobre, esa concepción pasó al basurero de la historia.

Segundo error. Le pasa lo que le pasa a muchos economistas marxistas que hablan solo del valor y no del valor de uso. Olvida que es el desarrollo de las fuerzas productivas quien modifica las relaciones de producción y, por consiguiente, el mundo.  De manera que no ha comprendido que la NEP (Nueva Economía Política) de Lenin y el cambio de modelo económico de China iniciado en 1978 mostraba que no se podían crear unas relaciones de producción socialistas avanzadas con un  escaso desarrollo de las fuerzas productivas. No percibe  que el intelectualismo y el teoricismo no son fuerzas que sirvan para cambiar el mundo sino fuerzas para crear ilusiones falsas sobre lo que hay que hacer. No ve, no está al tanto, que solo gracias al  exitoso y acelerado desarrollo de las fuerzas productivas llevadas a cabo por China, por ejemplo, se ha logrado en menos de ocho años que 100 millones de personas hayan salido de la pobreza. No entiendo por qué este colega o amigo de  antaño se disgusta porque él no pueda cambiar el mundo y no se alegra de que 100 millones de seres humanos hayan superado la pobreza extrema, que es un cambio radical de una parte del mundo.  Digo que no lo sé, pero en verdad sí lo sé: no está al corriente de lo que pasa en el mundo y se lo sigue representando con las ideas falsas de la extrema izquierda de los años setenta y ochenta del siglo pasado. Social e ideológicamente se quedó atrás, muy atrás.

Tercer error. Una cosa es imaginarse cómo debe ser el socialismo y otra muy distinta es demostrar la necesidad del socialismo. Los socialistas utópicos y reaccionarios siguieron el primer camino: imaginarse cómo debe ser el socialismo. La base social de esta corriente se encuentra en la pequeña burguesía. Los intelectuales, y entre ellos los profesores de universidad, enseñanza media y enseñanza primaria, pertenecen a esa clase social. Mientras que el camino seguido por Marx, que representa el socialismo científico, fue analizar el capitalismo para descubrir los gérmenes del socialismo y así demostrar su necesidad. Las sociedades anónimas fueron uno de esos gérmenes. Y los marxistas de hoy día deberían hacer lo mismo. La crisis financiera de 2008 y la crisis actual causada por el coronavirus ponen de manifiesto que el capitalismo para sobrevivir necesita del socialismo. Y este trascendental hecho, la necesidad del socialismo para superar las crisis capitalistas, a los marxistas nos debe animar y alegrar; y no que a nivel individual no podamos hacer nada para cambiar el mundo. Lo peor de la espiritualidad de todas estas personas que declaran que ya no van a cambiar el mundo es que no perciben en la falta de desarrollo de sus propias capacidades la causa principal que les impide obtener tal logro. Y como siempre piensan en los grandes cambios, nada hacen por los pequeños cambios que se deben producir en su propia persona y en quienes le rodean de forma inmediata.

En la Introducción a la obra de Marx titulada Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850, después de que Engels se preguntara ¿No se daban pues todas las perspectivas para que la revolución de la minoría se trocase en revolución de la mayoría?, formula siguiente idea: “La historia nos ha dado un mentís, a nosotros y a cuantos pensaba de un modo parecido. Ha puesto de manifiesto que, por aquel entonces, el estado del desarrollo económico en el continente distaba mucho de estar maduro para poder eliminar la producción capitalista…” Pero este mentís histórico se volvió a producir en 1920 en la Unión Soviética y en China en 1978. La propia globalización ha puesto de manifiesto que, expresándome como Engels, la base capitalista sigue teniendo gran capacidad de extensión. Esta transparencia y sinceridad en la autocrítica de la que aquí hace gala Engels ya la quisiera yo para las vanguardias marxistas, que siguen atascadas en el rechazo abstracto del capitalismo y en pintarnos un panorama sombrío y desesperanzado.

Escuchemos ahora a Marx en la sección de El Capital titulado El carácter fetichista de la mercancía y su secreto: “La figura del proceso social de la vida, o sea, del proceso material de la producción, se arranca su velo místico de niebla tan solo cuando, en calidad de producto de personas libremente socializadas, se halla bajo su control consciente y sistemático. Sin embargo, para eso se requiere una base material de la sociedad, o una serie de condiciones materiales de existencia que son, a su vez, el producto natural de un largo y doloroso desarrollo”. De acuerdo con estas palabras la esencia del socialismo superior se dará cuando el proceso material de producción se halle bajo el control consciente y sistemático de personas libremente asociadas. La planificación de la economía expresa una parte de ese control consciente y sistemático que deben realizar las personas libremente asociadas sobre la producción material. Pero ha sucedido, de acuerdo con lo dicho por Marx y anteriormente por Engels, que no se ha dado la base material, las condiciones económicas, para que la planificación fuera un éxito. Pero la planificación económica diseñada según el modelo soviético generó otro perjuicio económico social: frenó el desarrollo de las fuerzas productivas. En principio parecía que el capitalismo había dado un golpe de muerte al socialismo y la victoria del primero sobre el segundo había sido total. Pero no ha sido así: la crisis financiera de 2008 y la actual crisis generada por la Covid 19 ha puesto de manifiesto que el capitalismo necesita del socialismo para superar sus crisis. Así que no es cierto que tras el derrumbe del socialismo real el capitalismo ha dado un golpe de muerte al socialismo.

Pero hay otro dato más importante: gracias a la tecnología 5G, la inteligencia artificial y los datos masivos, el factor consciente cobrará un papel decisivo en el mercado. No solo el uso de los datos masivos y las tecnologías antes mencionadas permitirán a los Estados responder con más eficacia a las catástrofes humanitarias, sino que además las necesidades de los consumidores se conocerán cada vez con más precisión. Y no hablo solo del consumo personal sino también del consumo productivo. Y conociendo cada vez con más precisión la necesidad del consumo se podrá establecer un control más consciente y sistemático sobre la producción material. Cada vez el mercado capitalista no solo será más socialista en términos de política económica de los Estados, que ya lo es, sino que estará más planificado. Dicho de otra forma: el futuro de un mercado planificado cada vez está más cerca y el socialismo no solo será más poderoso en términos de política económica sino también como mecanismo para desarrollar las fuerzas productivas de un modo racional. En suma: tanto las crisis del capitalismo como los cambios tecnológicos que afectarán al desarrollo de las fuerzas productivas hacen del socialismo una necesidad más imperiosa. Y todo esto debe alegrar a los socialistas en general y a los marxistas en particular.

Fuente: https://fcoumpierrezblogspotcom.blogspot.com/2021/03/mercado-control-preestablecido-sobre-la.html

 


miércoles, 25 de noviembre de 2020

EL MOMENTO DE LA OBJETIVIDAD

 


Publicado por Francisco Umpiérrez Sánchez

martes, 24 de noviembre de 2020

 

Me sorprende que todavía muchos marxistas cuando hablan del valor hablan del valor en su forma natural: la cantidad de trabajo socialmente necesario para producir las mercancías, sean bienes o servicios. Mientras que cuando seguimos el  hilo de El Capital de Karl Marx, observamos que la secuencia es la siguiente: cómo la mercancía se transforma en dinero, cómo el dinero se transforma en capital, y cómo el capital se transforma en capital productor de interés, esto es, cómo el capital se transforma en mercancía. Se parte de la mercancía y se retorna a la mercancía, pero con todo el enriquecimiento de ese proceso, transformación y evolución. Cada fase o etapa teórica de El Capital es el reflejo conceptual de cada momento necesario del desarrollo del capital. He insistido en muchas ocasiones que El Capital es sustancialmente el estudio de las formas del valor. Así que vuelvo a repetir que no entiendo cómo se puede situar la clave de El Capital en la sustancia del valor concebido en su forma natural, cuando este aspecto no representa ni tan siquiera el dos por ciento de dicha obra teórica.

Tampoco termino de  entender la comparación inadecuada entre la economía convencional y la economía marxista en la que insisten muchos marxistas. La economía convencional es una teoría que sistematiza la experiencia de los agentes prácticos para la gestión de la economía mercantil. De manera que en una sociedad socialista donde todavía sea el mercado el mecanismo empleado para el desarrollo de las fuerzas productivas será necesario la economía convencional. Mientras que la economía  marxista no es una teoría que sirva para gestionar la economía mercantil. La economía marxista sirve para analizar la naturaleza de las relaciones de producción, esto es, para poner al descubierto las relaciones que se dan entre los seres humanos en todas las formas económicas: en el valor, en el capital, en el interés, en el alquiler, en las acciones,…La economía convencional no tiene como objetivo teórico esta tarea. Los economistas convencionales hacen uso de las formas enajenadas de la economía mercantil en su desarrollo capitalista sin entrar para nada en su génesis histórica y lógica. Por su parte la economía marxista supone la crítica y, por consiguiente, la superación de la economía política o economía convencional. Pero en la dialéctica marxista ocurre que en la superación de una cosa se conserva dicha cosa. Así que la economía marxista no es la negación de la economía convencional.

Escuchemos ahora a Hegel en la sección dedicada a la religión de la magia del capítulo titulado Religiones de la  naturaleza de su obra Lecciones sobre la Filosofía de la Religión, 2: “a la religión pertenece esencialmente el momento de la objetividad,  el hecho de que la potencia espiritual aparezca al individuo o a la conciencia empírica singular como una universalidad esencial respecto de la autoconciencia empírica, como una alteridad autónoma;…”. He puesto en negrita las categorías circulantes más decisivas para la reflexión que haré a continuación que tienen como propósito establecer el parentesco de las ideas de Marx con las ideas de Hegel. Pensemos primero que el valor de uso representa la particularidad frente a la universalidad que representa el valor. Como valores de uso las mercancías son cualitativamente diferentes mientras que como valores son iguales. Cuando Marx inicia su indagación sobre las mercancías en tanto valores empieza cuando las mercancías se intercambiaban unas con otras de manera casual y relativa. En ese momento el valor se imponía ya en términos cualitativos  pero no en términos cuantitativos: puesto que la mercancía A se cambiaba hoy con la mercancía B en una proporción y mañana lo hacía en otra proporción. Pero ya desde el principio Marx vio en el intercambio de las mercancías el momento de la objetividad: sobre todo en la mercancía que hacía de equivalente. Aunque el momento de la objetividad también pertenece a la mercancía que está en forma relativa. Puesta que la forma de equivalente del valor no es posible sin la forma relativa de valor. Y de hecho la forma  de equivalente se presenta como el producto de la forma relativa del valor.

La mercancía equivalente es la mercancía que en términos hegelianos, y de acuerdo con el texto transcrito antes, representa la universalidad esencial y la alteridad autónoma. Pero esta autonomía se logra cuando la mercancía que hace de equivalente se transforma en equivalente general y luego en dinero. Y el dinero representa la alteridad autónoma de cualquier mercancía particular. Añado que cuando Marx empieza con sus ejemplos, 20 varas de tela se cambian por un traje, las 20 varas de tela es lo que en pensamiento de Hegel, y repito que de acuerdo con el texto transcrito, representa el individuo o la conciencia empírica singular. Les advierto que en una relación la modificación de uno de los miembros de la relación supone la  modificación del otro miembro de dicha relación. Y aquí acabo. Solo quería poner de manifiesto dos cosas: la riqueza y sutileza dialéctica del pensamiento de Hegel y su decisiva influencia en el pensamiento de Marx. Y me despido diciendo que no hay obra de Hegel que no me cause un profundo placer intelectual. Para mí es un disfrute total. Es un pensador muy complejo pero con un rigor conceptual fuera de lo común. Y siempre notas el movimiento, el eterno movimiento, donde el ser es el momento pasajero.

Fuente: https://fcoumpierrezblogspotcom.blogspot.com/2020/11/el-momento-de-la-objetividad.html

 

lunes, 18 de noviembre de 2019

¿EL DILEMA DE VLADIMIR LENIN O EL IDEALISMO DE LA RAZÓN ABSOLUTA?




 

domingo, 17 de noviembre de 2019


El 16 de noviembre de 2019 Rebelión publicó un artículo de Chris Hedges titulado ¿El dilema de Vladimir Lenin? Me generó indignación y rechazo. Si hubiera sido una exposición conceptual, pues bueno, su trabajo hubiera tenido más legitimidad teórica, pero es un artículo lleno de puras opiniones construidas a base de retales. Algunos intelectuales, y este es el caso de Hedges, hablan de la historia como si ellos mismos estuvieran fuera de la historia. Es lo mismo que le sucede a Chomsky, que habla como si hubiera una razón en sí misma, no histórica, que examina a su luz los hechos históricos. O examinan desde las condiciones históricas actuales, desde la conciencia y espiritualidad del mundo de hoy, los hechos del pasado. Un gravísimo error. Solo someteré a crítica dos fragmentos del artículo de Hedges.


Primer fragmento de Hedges: “Vladimir Lenin tiene dos legados. El primero como brillante estratega revolucionario. El segundo como Lenin, el nuevo zar. Irónicamente, fue el campeón más ferviente en Rusia de lo que logró erradicar: la anarquía revolucionaria. Su opúsculo “El Estado y la revolución” era una manifiesto inequívoco, con Lenin escribiendo que “mientras haya Estado, no habrá libertad; cuando haya libertad, no habrá Estado”. Pero Lenin en el poder, al igual que Leon Trotsky, fue un oportunista que hizo una serie de promesas, como “todo el poder a las soviets”, que no tenía intención de cumplir. Empleó el terror político, arrestos generalizados y ejecuciones para aplastar a los comités autónomos de soviets y trabajadores. Dirigió una élite gobernante centralizada y autocrática. Criminalizó la disidencia, prohibió la competencia entre los partidos políticos, sofocó la prensa e instituyó un sistema de capitalismo de Estado que despojó a los trabajadores de su autonomía y derechos. Él, como Maximilien Robespierre, puede haber pensado en sí  mismo como un idealista, pero una de sus camaradas apartadas, Angélica Balanova, citando una línea de Goethe, declaró que “deseaba el bien…pero creó el mal”. El estalinismo no fue una aberración. Fue el heredero natural del leninismo”.

Formularé una respuesta crítica a este primer fragmento de forma directa. Decir de Lenin que fue un zar es sencillamente una estupidez. La revolución soviética fue quien acabó con el régimen de los zares en Rusia, un régimen terriblemente explotador,  opresor y cruel. Era un régimen semipatriarcal, semifeudal y semicapitalista. Es obvio que este mundo zarista, aunque los bolcheviques se hicieron con el poder político, no podía liquidarse sino en muchas decenas de años. De ahí que la huella de ese mundo siguiera presente y muy presente en el mundo económico, político, ideológico y cultural del sistema soviético. Y Lenin, como cualquier otro político de esa época, pertenecía a ese mundo y, por consiguiente, vivía bajo las influencias de ese mundo.  ¿Alguien puede pensar que en un mundo bárbaro puede escapar a acciones bárbaras? ¿Alguien puede pensar que en un mundo en guerra puede escapar a acciones violentas que le procuran la muerte al prójimo? Solo pueden pensarlo los idealistas que creen en la razón absoluta, una razón que no es histórica, una razón que solo anida en la cabeza de los intelectuales. Pero los intelectuales idealistas nunca cambian el mundo, solo se imaginan que puede ser cambiado. De ahí que la mayoría de sus afirmaciones no sean históricas y, por consiguiente, no sean verdaderas.

Afirma Hedges a continuación que Lenin fue “el campeón más ferviente en Rusia de lo que logró erradicar: la anarquía revolucionaria”. Eso no es cierto. En las dos grandes revoluciones sociales de 1905 y 1917 de Rusia los anarquistas no constituían ninguna fuerza política destacable. Las fuerzas políticas más importantes, aparte del partido bolchevique, fueron los trudoviques, los kadetes, los mencheviques y los eseristas. Después detallaré más esta idea. Hedges añade después que “su opúsculo “El Estado y la revolución” era una manifiesto inequívoco, con Lenin escribiendo que mientras haya Estado, no habrá libertad; cuando haya libertad, no habrá Estado”. ¡Qué cosas! ¿Habrá leído Hedges este libro de Lenin? Todo el mundo sabe que el objetivo final de los comunistas es el mismo que el de los anarquistas: destruir el Estado, pero el Estado como organización de la violencia, no el Estado en tanto organización  económica y administrativa. Pero los comunistas se diferencian claramente de los anarquistas en lo que afecta a cuándo y cómo puede lograrse este objetivo estratégico. Y ese objetivo, la destrucción del Estado como violencia organizada, queda muy pero muy lejos, debe pasar aún varios siglos. Por otra parte, hay que distinguir con claridad entre el sistema de Estado y el sistema de Gobierno. Todos los sistemas de Estado son dictaduras en la medida en que quieren conservar las condiciones económicas que convierten a una determinada clase o a varias clases en dominantes. Mientras que el sistema de gobierno nos indica si hay multipartidismo o no, si hay elecciones libres o no, y si los tres poderes, el legislativo, el ejecutivo y el judicial están claramente separados y gozan de autonomía. La obra de Lenin “El Estado y la revolución” fue un análisis hecho a toda prisa sobre el sistema de Estado y no sobre el sistema de gobierno.

A continuación Hedges añade la siguiente afirmación: “Pero Lenin en el poder, al igual que León Trotsky, fue un oportunista que hizo una serie de promesas, como “todo el poder a las soviets”, que no tenía intención de cumplir”. ¡Qué falta de cuerpo y argumentación teórica tiene esta afirmación! Si llueve utilizo el paraguas; si no llueve, no lo utilizo. Quien haya estudiado mínimamente la revolución soviética de 1917, sabrá que las cosas ocurrían a una velocidad de vértigo; y que la consigna que hoy era válida, mañana no lo era. Los soviets fueron al principio un poder al lado del poder del Estado, pero una vez que los bolcheviques tomaron el poder, el poder se concentraba en el Estado zarista heredado y no en los soviets. El Estado es el ejército, la policía, la administración de justicia, la administración económica, un sinfín de departamentos y miles de funcionarios, entre otras cosas.  Y todo esto no lo tenían los soviets sino el Estado zarista heredado. Además, de acuerdo con la experiencia socialista a lo largo ya de 100 años, la destrucción del Estado burgués y la creación de un Estado nuevo socialista se presenta como muchísimo más complejo de lo que a principios del siglo XX se pensaba. Pero la clave en la revolución soviética fue que el Estado heredado por los bolcheviques no era un Estado burgués desarrollado ni mucho menos un Estado mínimamente burgués: la huella feudal era en ese entonces demasiado profunda y extensa.

Ahora Hedges nos relata todo lo que hizo “el malvado” Lenin: “Empleó el terror político, arrestos generalizados y ejecuciones para aplastar a los comités autónomos de soviets y trabajadores. Dirigió una élite gobernante centralizada y autocrática. Criminalizó la disidencia, prohibió la competencia entre los partidos políticos, sofocó la prensa e instituyó un sistema de capitalismo de Estado que despojó a los trabajadores de su autonomía y derechos”. Qué fácil es afirmar y cuán difícil es argumentar y analizar. Primera pregunta: ¿Hay alguna guerra o revolución donde el terror no esté presente? Respuesta: ninguna. ¿Hubo terror en la revolución soviética de 1917? Pues sí. ¿Conoce Hedges alguna guerra desde inicios del siglo XX hasta nuestros días donde no haya existido el terror? A esta pregunta solo se puede responder con un no rotundo. ¿No sabe Hedges que la revolución soviética de 1917 es uno de los frutos de la primera guerra mundial? Si no lo sabe, debería saberlo. ¿No sabe Hedges que la revolución soviética fue la primera revolución socialista en una de las naciones más atrasadas de Europa donde ni tan siquiera se había producido una revolución burguesa? ¿No sabe Hedges que la gran dificultad histórica de la revolución soviética estuvo en que tendría que realizar las tareas históricas de la burguesía rusa ya que ésta no las realizó? ¿Cómo puede Hedges hacer esas afirmaciones sin tener en cuenta las condiciones históricas concretas que concurrían en la Rusia y la Europa de 1917?  Muy fácil: porque analiza los hechos desde fuera de la historia, desde la atalaya de la razón absoluta, que como se sabe es ajena a las determinaciones históricas nacionales. Por último, cuando habla del capitalismo de Estado cuanto menos debería hacer uso de conceptos económicos. ¿No sabe Hedges que el capitalismo de Estado está mucho más cerca del socialismo que la economía individual campesina que predominaba en la Rusia de 1917? Pues, a tenor de lo dicho, no lo sabe.

Segundo fragmento de Hedges: En este segundo fragmento abreviaré un poco para no cansar. Hedges dice que según Rosa Luxemburg el líder de los bolcheviques, Vladimir Ilích, era enemigo del socialismo democrático; y que según Mijaíl Bakunin los marxistas se proponían reemplazar al capitalista por el burócrata. También Bakunin, según Hedges, afirmó que la sociedad marxista no era más que el capitalismo bajo una administración estatal centralizada y sería aún más opresivo. Y por último, añade Hedges, que Noam Chomsky catalogó a Lenin de dictador, de desviarse a la derecha y de contrarrevolucionario”.  No deja de asombrarme esta forma tan pobre y superficial de razonar. He tenido que recurrir a un trabajo de Lenin titulado Los partidos políticos en Rusia, perteneciente al Tomo XVIII de sus obras completas y que cubre el periodo de marzo a noviembre de 1912. Trato con ello de que el lector conozca algunos aspectos de la realidad rusa de aquel entonces y sepa con fundamentos cómo evaluar el papel de Lenin en la historia. Hacer afirmaciones, como hace Hedges, sin la más mínima ilustración histórica es puro ideologismo. Lenin nos detalla cómo estaban representadas en la III Duma las distintas clases en Rusia de 1912, qué partidos lo representaban y cuántos escaños tenían. De un total de 437 escaños, los terratenientes tenían 268 escaños representados por cinco partidos: Derecha, Nacionalistas, Nacionalistas independientes, Octubristas de derecha y Octubristas. Uno de los principales partidos de los que Lenin cataloga como derecha se llamaba Unión del Pueblo Ruso. La burguesía tenía 115 escaños representados igualmente por cinco partidos: Progresitas, Kadetes, Grupo polaco, Grupo polaco-bielorruso-lituano y Grupo musulmán. La burguesía de izquierda tenía 14 escaños representado por el Grupo Trudovique. Y la clase obrera tenía 13 diputados representado por el Grupo socialdemócrata. El resto de los escaños, 27, estaba en manos de Apartidistas. No hay que ser muy listo para saber que los terratenientes, que querían mantener sus privilegios feudales, tenían la mayoría de los escaños; hecho político que pone de manifiesto el atraso económico, social y político de la Rusia de 1912.

En ese mismo texto teórico Lenin nos proporciona algunas informaciones políticas, ideológicas y económicas que nos permiten representarnos la realidad de la Rusia de aquel entonces. Primera información: “El programa de la Unión del Pueblo Ruso  repite, en la práctica, la vieja consigna de los tiempos de la servidumbre: religión ortodoxa, autocracia y nacionalidad”. De hecho en el programa de la Unión del Pueblo Ruso se afirma que dicho partido debe servir de firme apoyo al trono del zar. Segunda afirmación: “En Rusia europea, menos de 30.000 terratenientes poseen 70.000.000 de desiatinas; lo mismo tienen 10.000.000 de familias campesina con las nadiel más pequeñas”. Añade Lenin que cada campesino pobre tenía siete desiatinas por familia y hogar; y que era “muy natural e inevitable que con semejante “nadiel” el campesino no pueda subsistir; solo puede morirse poco a poco”. Tal vez Hedges sepa así lo que es el terror económico. Tercera información: “Además, la misma clase de terratenientes nobles proporciona al Estado la inmensa mayoría de funcionarios altos y medios”.

Es obvio que cuando Bakunin afirmó que los marxistas pretendían sustituir al capitalista por el burócrata, no sabía lo que decía. ¿Por qué? Porque, como afirmó y documentó Lenin, la inmensa mayoría de los funcionarios altos y medios los proporcionaba la nobleza y no la burguesía. Si tenemos en cuenta el poder representativo que tenían los terratenientes en la III Duma, es obvio que el Estado de aquel entonces era mucho más feudal que capitalista. Los burócratas se los encontraron los bolcheviques en el Estado que tomaron por las armas. Y fueron estos burócratas los que terminaron por ganarle la batalla al partido bolchevique y en todos los terrenos. En Rusia no hubo revolución burguesa; pero no por culpa de los bolcheviques, sino por la debilidad de la burguesía que no aplastó a la nobleza y a los terratenientes.

Por último, con respecto a la afirmación de Chomsky de que Lenin se desvió a la derecha y que fue un dictador y un contrarrevolucionario, solo puedo decir que hablar es muy fácil y hacer muy difícil. También creo que el conocimiento del pensamiento de Vladimir Ilích por parte de estos pensadores es muy pobre. Las obras completas de Lenin alcanzan los 42 tomos. Y en sus obras se puede encontrar de todo. Se podrá estar en desacuerdo con sus concepciones, pero era un líder que argumentaba y fundamentaba todas sus ideas. 

Pero hagámonos una pequeña idea de la realidad que vivió Lenin y de algunos hechos universales. Decía Marx que el comunismo -o el socialismo- no se haría realidad si la revolución socialista no se producía de forma simultánea en las naciones más avanzadas del mundo: Inglaterra, Francia, Alemania –y habría que añadir EEUU. En estas naciones el factor subjetivo siempre ha estado enormemente atrasado, nunca la clase obrera de estos países ha cumplido con su misión histórica. Y han sido estas naciones las que más opresión, explotación y terror han producido en el mundo. Y los intelectuales de estas naciones, y en especial los intelectuales de izquierda, no se han sentido responsables de lo que han hecho las sociedades a las que pertenecen. No tienen conciencia de su corresponsabilidad en todo lo que hacen sus naciones, hablan como si vivieran al margen de su propia sociedad y como si su razón fuera  absoluta, libre de las determinaciones histórico- nacionales. Decía Lenin en víspera de la revolución soviética de 1917 que Alemania en su sentido económico estaba mucho más cerca del socialismo que Rusia, pero también lo estaban Inglaterra y Francia. Pero en sentido político Rusia estaba más cerca del socialismo que Alemania. En lo que se convirtió Rusia durante y después de la revolución soviética de 1917 es fruto de esa contradicción. Pensemos que la clase obrera en Rusia en 1917 era el 8 por ciento de la población. ¿Cómo fue posible que con esa clase trabajadora tan reducida el partido bolchevique logró hacerse con el poder del Estado? Con la más feroz de las disciplinas y de las centralizaciones. Y a su cabeza el genial Lenin, pero no solo Lenin, el partido bolchevique tenía numeroso cuadros intelectualmente muy poderosos. Evaluar el papel histórico de Lenin al margen de las condiciones históricas nacionales e internacionales que le tocó vivir es puro idealismo. A mi juicio Vladimir Ilích Ulianov, tanto en el ámbito de la teoría como en el ámbito de la práctica, es la figura política más grande del siglo XX. Todavía los historiadores, politólogos e ideólogos deben hacer justicia con él.