Mostrando entradas con la etiqueta Carlo Formenti. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Carlo Formenti. Mostrar todas las entradas

viernes, 22 de noviembre de 2024

PORQUE OCCIDENTE PIERDE. EL REALISMO GEOPOLÍTICO DE EMMANUEL TODD



jueves 21 de noviembre de 2024

Carlo Formenti

A medida que las guerras provocadas por el bloque occidental para apuntalar su creciente incapacidad hegemónica demuestran ser un remedio peor que la enfermedad, aumenta el número de intelectuales democráticos liberales que critican "desde dentro" las elecciones de las elites euroamericanas (más estadounidenses que euro), dada la total sumisión de Europa a los Estados Unidos, incluso a costa de ser la primera víctima del dominus extranjero). En general, son herederos del enfoque "realista" de los conflictos geopolíticos que tiene un ilustre precursor en el autor de la teoría de la "contención": George Kennan, quien invitó a Estados Unidos y a sus aliados a enfrentar la amenaza soviética mediante la confrontación diplomática, evitando conflicto militar abierto. Esta estrategia implicaba, en primer lugar, un análisis cuidadoso y profundo del adversario (intereses económicos y geopolíticos, cultura y valores ideales, potencial industrial, científico y tecnológico, poder militar, etc.) para predecir sus movimientos e intenciones. Se suma a esta tradición el historiador, sociólogo y antropólogo francés Emmanuel Todd, autor de un libro, La derrota de Occidente, un texto que está suscitando una atención sorprendente por parte de los medios de comunicación italianos, normalmente cuidadosos de silenciar. cualquier crítica, incluso moderada, a la política imperial con las barras y las estrellas.

Es probable que lo que permitió al libro de Todd romper la “espiral del silencio” (1) sea, además del avance de la guerra, lo que haga que el tsunami de mentiras propagandísticas que ha invadido periódicos, televisiones y redes sociales en los dos últimos años, el impecable currículo occidentalista del autor, libre de sospechas de inclinaciones "putinianas" o, Dios no lo quiera, socialcomunistas, así como de simpatías "tercermundistas" hacia las naciones y pueblos que demuestran la voluntad de romper con un área imperial ahora reducido a Estados Unidos, la UE, Japón y la "anglosfera" (Inglaterra, Canadá, Australia y Nueva Zelanda).

Las críticas de Todd -muy duras, por no decir feroces, como veremos- no son, por tanto, las de una serpiente sospechosa de desempeñar el papel de quinta columna enemiga, sino las de un amigo que intenta advertir a Occidente, aunque admite que tiene poca confianza en la eficacia de sus propias advertencias, desde continuar por un camino que lo lleva al suicidio, casi una reedición de la locura que llevó a Hitler a invadir la Unión Soviética (la comparación no es de Todd, pero supongo que la libertad de traducir sus repetidas citas del dicho "Dios ciega a quien quiere perder"). Pero veamos por qué el nuestro considera suicida la decisión de provocar una guerra contra Rusia, enviando al pueblo ucraniano a la masacre.

Los argumentos del libro están muy articulados y no exentos de repeticiones por lo que evitaré seguir el orden expositivo, agrupándolos en dos áreas temáticas: por un lado, lo que Todd señala como las causas materiales que a su juicio contribuyen a que la derrota de Occidente, por el otro, las causas ideales. Si queremos utilizar una distinción muy apreciada por los marxistas ortodoxos, podríamos definirlos, respectivamente, como factores estructurales y superestructurales y, como veremos, Todd tiende a favorecer estos últimos.

Parto de la lista de síntomas que el autor considera indicadores de la profunda crisis socioeconómica que atraviesa Estados Unidos: menor esperanza de vida y mayor tasa de mortalidad infantil que las de otros países avanzados; un alto porcentaje de suicidios y asesinatos en masa, así como de ciudadanos que padecen obesidad y patologías relacionadas; descenso del nivel educativo; infraestructura obsoleta; una población carcelaria superior a la de países "totalitarios" como China y Rusia; caída de la producción industrial enmascarada por un PIB "inflado" por partidas relacionadas con los servicios personales, lo que confirma que el país produce menos de lo que consume y vive de flujos de importaciones financiados por la emisión de dólares, posible gracias al "señoreaje" del dólar como moneda que actúa como reserva mundial.

En pocas palabras (muy duras), Todd describe a Estados Unidos como un país de “parásitos” a quienes les resulta más fácil producir moneda que bienes materiales y pueden hacerlo a expensas del resto del mundo. Por último, señala el vertiginoso aumento de las desigualdades que ha creado un abismo de odio mutuo y desprecio entre una élite compuesta por entre el 30 y el 40% de personas ricas y supereducadas (incluida una pequeña minoría de personas superricas) y la masa del pueblo. Este último fenómeno ha transformado efectivamente el sistema democrático en una oligarquía de la riqueza, barriendo los mitos de la meritocracia, la movilidad social y el "derecho a la felicidad". Todd también asocia estos fracasos con los procesos de globalización y financiarización de la economía desencadenados por la revolución neoliberal, pero cree que son sobre todo efectos de causas más profundas, de carácter cultural y antropológico. Sin embargo, antes de entrar en los méritos de esto último, menciono lo que Todd considera una de las mayores sorpresas, si no la mayor, que surgieron de los acontecimientos de la guerra, a saber, la increíble resistencia demostrada por una Rusia que debería haber puesta de rodillas por las sanciones económicas y la ayuda militar occidental a Ucrania.

Después de dos años de esta doble "cura", Rusia se ha mostrado capaz de llevar a cabo una serie de reconversiones económicas (para las cuales, según Todd, evidentemente llevaba tiempo preparándose) que le están permitiendo volverse autónoma del mercado occidental hasta el punto de que hoy puede presumir de un aumento del nivel de vida, de bajas tasas de desempleo y de la consecución de la autosuficiencia alimentaria (hasta el punto de poder permitirse el lujo de exportar productos agrícolas). Pero, sobre todo, desafiando las profecías de los medios de comunicación occidentales sobre el atraso de sus tecnologías militares y la incapacidad de su aparato industrial para hacer frente al esfuerzo bélico, logra afrontar con relativa facilidad el enorme flujo de recursos que EE.UU., la OTAN y la UE se ponen a disposición de Kiev, a pesar de comprometer sólo una fracción de su potencial en términos de hombres y equipos. Por último, pero no menos importante: el apoyo popular al régimen de Putin parece inquebrantable (también porque, sugiere Todd, el líder ruso ha sido hábil para aprovechar el poder de los oligarcas y prestar atención a los intereses de los trabajadores).

Nace así una paradoja: un país que tiene 140 millones de habitantes frente a los 800 millones de países occidentales, comparados con los cuales fue descrito como mucho más atrasado en términos de capacidad tecnológica y de poder industrial, corre grave riesgo de ganar la guerra. En particular, Todd insiste en la dificultad del aparato estadounidense para impulsar una reactivación militar-industrial que esté a la altura del desafío, relacionándola con la desmaterialización de una economía que durante décadas ha producido más dinero que maquinaria y de un sistema educativo que, en consecuencia, premia los currículos de ciencias económicas sobre los de ciencias científicas y tecnológicas (el 23% de los jóvenes rusos estudian ingeniería frente al 7,2% de los estadounidenses, por no hablar de la abismal brecha con China, que va camino de adelantarse en tecnologías avanzadas) .

¿Es posible que Estados Unidos haya cometido un error tan sensacional al subestimar el potencial del enemigo y sus propias dificultades internas? ¿Es posible que Europa se haya dejado involucrar en un conflicto que no sólo le está costando un precio muy alto, sino que es claramente contrario a sus intereses geopolíticos? ¿Tiene razón Mearsheimer (2) al describir un Occidente enloquecido, incapaz de comprender al otro mismo -si ni siquiera admitir su existencia- y empañado por la ilusión de representar la totalidad del mundo? Todd no es de esta opinión y, para explicar el misterio, traslada la discusión, como se anticipó anteriormente, al campo del análisis antropológico.

Según Todd, la debacle occidental se explica esencialmente por el declive de la fe religiosa (y de sus versiones secularizadas que son las ideologías políticas). Siguiendo la lección clásica de Max Weber (3), sostiene que la primacía industrial, tecnológica y comercial de Occidente se fundó en la ética protestante y sus versiones secularizadas. El protestantismo, junto con el judaísmo, no sólo promovió las empresas industriales y comerciales, sino que también estimuló el estudio y favoreció un alto nivel intelectual de las elites gobernantes. El inconveniente era (y sigue siendo) la incapacidad de comprender y apreciar las culturas de otras naciones del mundo: el protestantismo ha generado pueblos, escribe Todd, que a fuerza de leer demasiado la Biblia han acabado creyéndose elegidos por Dios. Debilitada la fe, pasando de su vitalidad original al conformismo hacia valores secularizados, para finalmente implosionar en el actual "grado cero" de religión, este proceso generó cinismo, amoralidad y reducción del nivel intelectual de la élite, al punto que las estrellas y el imperio neoconservador de Rayas aparece "sin centro y proyecto, un organismo esencialmente militar liderado por un grupo inculto cuyos únicos valores son el poder y la violencia".

Es natural objetar que el proceso en cuestión debe a su vez rastrearse hasta las causas que lo provocaron, y en este sentido la evolución del capitalismo tardío (neoliberalismo, globalización y financiarización) y su impacto en las relaciones sociales son los primeros sospechosos. Pero Todd considera los dos procesos -económico-social y cultural- como mutuamente autónomos y paralelos y, en ocasiones, anula el vínculo causal concediendo primacía al segundo. Por ejemplo, sostiene que la desaparición de la moral social y del sentimiento colectivo, asociada a la extinción de la fe religiosa, son los factores que más que ningún otro han favorecido el debilitamiento de los Estados nacionales, hasta el punto de transformar a los países occidentales en desprovisto de connotaciones reconocibles, ya que está unificado por los principios y valores del neoliberalismo (aunque no subraya suficientemente que esto se aplica a las élites cosmopolitas occidentales, más que a sus respectivas poblaciones).

Incluso al investigar el alineamiento europeo, lo que resulta tanto más paradójico cuanto que la guerra ha intensificado la explotación sistémica de la periferia europea por parte del centro americano (véanse los efectos devastadores -especialmente para Alemania- del ataque al gasoducto del Mar Báltico y el bloqueo del comercio con Rusia), Todd mezcla temas materiales y culturales, favoreciendo este último. Por un lado, dice que Europa, una vez colonizada por el mecanismo de la globalización financiera, ya no puede liberarse de las directivas de Washington; por otro lado, sostiene que el proyecto europeo, en la medida en que parece vaciado de significado social e histórico (y aquí también la causa principal sería la pérdida de creencias e ideales religiosos), necesitaba un enemigo externo para reagruparse. Luego habla de la sustitución del eje Londres-Varsovia-Kiev por el eje Berlín-París al frente de una Europa militarizada, y aquí también su atención se centra en la "rusofobia" que une a Inglaterra y los países de Europa del Este. En el caso de Inglaterra, sería una recreación imaginaria del viejo conflicto imperial con Rusia, asociado con la eliminación de su propia insignificancia económica y militar, resultado de décadas de desindustrialización, déficit comercial y privatización. En el caso de los países de Europa del Este, Todd pone en duda la "deuda inconsciente y reprimida" que alimenta el resentimiento de las clases medias que se desarrolló gracias a la ocupación soviética y la consiguiente formación de élites educadas.

Por razones de espacio, omito tanto el análisis que Todd dedica a la conversión belicista de los países escandinavos como su intento de explicar por qué Ucrania, en la fase inicial del conflicto, demostró ser más capaz de lo esperado para oponerse a Rusia, induciendo Estados Unidos y Europa se engañen sobre la posibilidad de lograr una victoria militar. En lugar de ello, me refiero a su evaluación de las razones que llevan al resto del mundo a ponerse del lado de Rusia, permitiéndole absorber el impacto de las sanciones. Los argumentos de Todd no siempre son coherentes y lineales, sin embargo, me parece que se puede extraer un núcleo esencial dividido en tres puntos.

1.      Rusia, China y el grupo Brics están comprometidos a construir una alternativa productiva, financiera, comercial y monetaria a la zona del dólar. Varios factores contribuyen a que esta alternativa sea atractiva para muchas otras naciones del Este y del Sur del mundo, pero Todd insiste en particular en el hecho de que todos los países en cuestión son, a diferencia de los del bloque occidental, Estados-nación, lo que hace que piensan en términos de realismo estratégico y no comparten la mentalidad "postimperial" euroamericana. En consecuencia, al haber tomado nota del claro debilitamiento de la hegemonía estadounidense, tienden a reposicionarse en el nuevo contexto multipolar para explotar sus oportunidades económicas y políticas.

2.     B. Rusia (y en perspectiva China) comparten con el mundo poscolonial una serie de elementos culturales que los occidentales consideran “atrasados”, ni pueden tolerar que Occidente pretenda exportar sus principios supuestamente “universales”, como el de “políticamente correcto” en cuestiones de homosexualidad, feminismo, estado laico, etc. En particular, dado que sus creencias religiosas no han sufrido procesos de reducción total a cero similares a los que han ocurrido en Occidente, reivindican estos espacios de diversidad cultural (Todd cita el ejemplo del Islam, que no sólo opone Occidente a los países musulmanes sino también al resto del mundo, donde la islamofobia está menos extendida o ausente).

3.     El tercer tema es, en mi opinión, el más interesante (volveré sobre él en breve). Todos nos hemos preguntado por las razones de las analogías entre el anticomunismo de la Segunda Guerra Mundial y la rusofobia actual, ahora desprovista de justificaciones ideológicas (la de la defensa de la democracia, escribe Todd, aunque explotada propagandísticamente, aparece vacía de significado), ya que Occidente es más oligárquico que la “democracia autoritaria” de Rusia). Pues bien, Todd sostiene que la continuidad del antagonismo entre Oriente y Occidente (pero también entre el Sur y el Norte del mundo) consiste en que sólo en nuestro país los vínculos comunitarios han sido completamente disueltos por los procesos de atomización individualista desencadenados por el desarrollo capitalista. Por el contrario, el comunitarismo de origen campesino que había favorecido el ascenso del comunismo en Rusia (4) (sin mencionar China) de alguna manera sobrevivió al colapso del sistema soviético gracias a la diversidad de estructuras familiares en comparación con las occidentales. Esta oposición es aún más válida para la gran mayoría de los países del sur del mundo, como lo es la observación de Todd según la cual los intereses populares occidentales divergen de los de sus respectivas elites y convergen objetivamente con los intereses estratégicos de Rusia (de manera similar a lo que ocurrió cuando Rusia era socialista).

Todos estos factores se combinan para debilitar el dominio imperial de Occidente, pero nuestras élites parecen ignorarlos (en el sentido de ignorar literalmente su existencia). Hasta el punto de que parecen convencidos de que, incluso sólo para defender lo que queda del imperio, la guerra contra Rusia debe prolongarse hasta lograr una victoria imposible. Para los líderes occidentales, escribe Todd, la posibilidad de paz parece una amenaza mayor que la guerra atómica. Así terminan proporcionando a Ucrania medios de ataque de largo alcance sin comprender que de esta manera empujan a Rusia a extender sus conquistas territoriales para mantener a distancia la amenaza, pero sobre todo sin comprender -o ignorar irresponsablemente- la posibilidad de que Rusia, si percibe una amenaza directa a su seguridad, recurrirá, como ya ha advertido varias veces, al uso de armas nucleares tácticas. Detrás de esta aparente locura, Todd identifica una motivación "racional" que no tiene nada que ver con la geopolítica sino con la psicología: para Estados Unidos, escribe, la derrota significaría caer en el ridículo, por lo que se percibe como una amenaza mortal. Sin embargo, sólo con una buena dosis de realismo la derrota podría adquirir proporciones trágicas o, peor aún, el conflicto podría degenerar en una guerra nuclear.

Estoy a punto de concluir. Creo que la importancia del libro de Todd consiste sobre todo en demostrar cómo la actual política euroamericana no sólo es arriesgada para la supervivencia de la especie, sino que también carece de sentido desde el punto de vista de los intereses a largo plazo de Occidente (desde el punto de vista de vista, es decir, la preservación de lo que queda de su hegemonía). Luego reitero que la atención que recibe de un sistema mediático, aunque blindado en posiciones belicistas y rusófobas, se explica por el hecho de que su enfoque, aunque crítico, pertenece, como la línea editorial de la revista "Limes" (5), a la tradición de un cierto realismo geopolítico (de Kennan a Kissinger), y también al hecho de que sus argumentos están en línea con los cánones de la razón liberal, como estoy a punto de demostrar.

En primer lugar, incluso sin abrazar la rígida distinción entre factores estructurales (económicos) y factores superestructurales (culturales) tan cara al marxismo ortodoxo, y reconociendo también, con Gramsci y Lukács (6), el peso "material" de las ideologías en la determinación de los acontecimientos históricos, su punto de vista parece radicalmente idealista: basta citar las absurdas afirmaciones "psicológicas" antes citadas, desde aquella según la cual la rusofobia de los países de Europa del Este es el resultado de la "deuda inconsciente y reprimida" de sus clases sociales hacia la Unión Soviética, a aquel según el cual el irreal belicismo inglés nacía de sentimientos de nostalgia imperial. El vínculo causal entre todos los fenómenos analizados por Todd -desde la degradación sociocultural estadounidense hasta el vaciamiento del significado del proyecto europeo- y los cambios económicos del último medio siglo queda demostrado, como él mismo admite, por el hecho de que Estos fenómenos se produjeron en un lapso de tiempo –desde la crisis de los años setenta hasta la de principios de los años 2000– que coincide con los procesos de globalización, terciarización y financiarización asociados con el giro neoliberal. Esto no significa que las causas culturales fueran marginales, sino que deben analizarse como contribuciones sinérgicas a los cambios socioeconómicos.

Me parece que debería hacerse un debate aparte sobre la cuestión del declive de las creencias religiosas que Todd señala como la primera razón del declive occidental. El proceso de secularización obviamente comienza mucho antes de los fenómenos que estamos discutiendo aquí, pero esto no significa que se le deba dar una prioridad lógica sobre otros vínculos causales. Todd es un weberiano "ortodoxo", en el sentido de que acepta sin reservas -es decir, sin tener en cuenta las críticas que se le han dirigido- la tesis de Weber que asocia la ética protestante al espíritu del capitalismo. ¿Cómo puede afirmar que, una vez alcanzado lo que él define como "el grado cero" de la religión, las élites capitalistas posmodernas se han vuelto incapaces de desarrollar una estrategia coherente? Este punto de vista, sin embargo, refleja una visión unidireccional de la historia, que avanzaría irreversiblemente hacia una secularización autodestructiva, en el sentido de que primero reduciría los valores y principios religiosos a meros residuos para luego eliminarlos por completo.

Esta mitología "progresista" propia de la Ilustración burguesa (compartida tanto por quienes consideran el progreso, desde la derecha, como una catástrofe, como por quienes, desde la izquierda, quisieran acelerar su curso, y por quienes, como Todd, quienes lo ven como un fenómeno “objetivo”) nos impide captar no sólo las contratendencias que operan en el proceso histórico, sino también y sobre todo el hecho de que la secularización es un agente transformador: no aniquila los valores religiosos sino que los preserva, superándolos (ver el concepto hegeliano de aufhebung). La ideología neoconservadora es un ejemplo muy claro de esto: hemos visto arriba cómo Todd habla de "personas que, a fuerza de leer la Biblia, han acabado creyéndose elegidas por Dios"; bueno, este es exactamente el caso de esa mezcla de mitología protestante y judía en la que se basa la narrativa del excepcionalismo estadounidense y su misión de "convertir" al resto del mundo. Las creencias religiosas que alimentan este delirio no están muertas, eliminadas, sino que se han convertido en el dispositivo ideológico que alimenta el sueño imperial más allá del agotamiento de su capacidad hegemónica. Después de todo, todo esto por sí solo no explica el deseo estadounidense de continuar la guerra contra cualquier esperanza razonable de victoria: la cuestión no es tanto, como escribe Todd, el miedo al ridículo que implicaría la derrota (un ridículo que Estados Unidos ya ha experimentado en Vietnam, en Irak y Afganistán), es el hecho de que Occidente se ve obligado a defender desesperadamente la hegemonía que le permite seguir viviendo a expensas de las naciones que le han quitado el monopolio de la producción de riqueza material.

Finalmente: anteriormente prometí que volvería a la cuestión de la relación que Todd establece entre el comunismo y las tradiciones comunitarias, tradiciones que implican una copresencia del igualitarismo y la aceptación de una autoridad central que encarna simbólicamente a la comunidad, y que en su opinión sería el rasgo de unión entre Rusia, China y el resto de países del frente global que se está gestando contra la dominación occidental. También aquí el riesgo consiste en considerar estas realidades antropológicas (es decir, culturales en sentido fuerte, en el sentido de que determinan significativamente las relaciones socioeconómicas y las ideologías políticas, y no sólo los valores colectivos e individuales) como "residuales". Un error que incluso el marxismo dogmático ha cometido al no explicar el hecho de que la revolución socialista sólo triunfó en los países "atrasados" (ver lo que escribí en otra parte sobre el tema (7)). Por eso creo que ésta es la idea más importante contenida en el libro de Todd. Y por lo mismo creo que la formación de una gran área global de pueblos y naciones unidos por una serie de tradiciones que escapan a la homologación por la cultura occidental representa, independientemente de las diferencias ideológicas que la caracterizan, una formidable oportunidad para el nacimiento. de un frente antiimperialista que potencialmente podría asumir valores anticapitalistas (es decir, la apuesta del congreso de Bakú de 1920 y la conferencia de Bandung de 1955 regresa en condiciones históricamente más favorables).

Notas

(1) La socióloga alemana Elisabeth Noelle-Neumann define así la situación que se produce cuando la abrumadora mayoría de la opinión pública comparte una determinada idea, de modo que quienes no la comparten tienden a no expresarla públicamente para evitar la condena moral. Véase E. Noelle-Neumann, La espiral del silencio, Meltemi.

(2) Véase G. Mearsheimer, La gran ilusión, Luiss University Press, Roma 2019.

(3) Véase M. Weber, Sociología de la religión, volumen uno, primera parte, Edizioni di Comunità, Milán 1982.

(4) Véase PP Poggio, L'obscina. Comuna campesina y revolución en Rusia, Jaka Book, Milán 1976.

(5) Véase en particular "Limes" 2024, n° 4, "El fin de la guerra".

(6) Véase en particular G. Lukács, Ontologia dell'essere sociale, 4 vols., Meltemi, Milán 2023. Discutí el concepto de ideología como poder material que Lukács expone en esta obra, y su relación con el concepto Gramsciano análogo, tanto en el Prefacio de la edición de Meltemi recién citado, como en el ensayo Ombre Rosse, Meltemi, Milán 2022.

(7) Véase C. Formenti, Guerra y revolución, Vol I, Capítulo I, La caja de herramientas, Meltemi, Milán 2023.

 

Fuente: https://geoestrategia.eu/noticia/43701/politica/porque-occidente-pierde.-el-realismo-geopolitico-de-emmanuel-todd.html

jueves, 24 de junio de 2021

LA GUERRA FRÍA CONTRA CHINA: UN AUTOGOL DE OCCIDENTE

19 junio, 2021 by


CARLO FORMENTI, SOCIÓLOGO ITALIANO

Mientras escribo estas líneas, Joe Biden viaja por el mundo en un intento de construir un frente euroatlántico anti-chino y anti-ruso, obviamente, bajo la hegemonía de Estados Unidos. Un proyecto que costaría muy caro a sus aliados europeos y que Europa puede que lo acepte formalmente, pero que no lo haga a nivel sustancial y económico.

Más irreal aún es el objetivo convencer a los rusos que deben tomar partido por Occidente y romper con China. Sobre todo, porque esta idea no se basa en concesiones de ningún tipo, sino en todo lo contrario, está sustentada en continuas provocaciones político-militares (como en Ucrania y Bielorrusia) y en sanciones económicas (con el resultado que para Rusia la alternativa obligatoria pasa o por una capitulación o por un mayor acercamiento con China).

¿Pura estupidez, sobreestimación de las propias fuerzas, subestimación de los adversarios? Probablemente una mezcla de todos estos factores, pero, sobre todo, por la obtusa repetición de viejas estrategias que son absolutamente inadecuadas en el nuevo contexto mundial. A esto habría que agregar la clara incomprensión de la lógica que ha utilizado históricamente el pueblo chino.

En este sentido, para aquellos que deseen tener un mínimo de conocimiento confiable(en lugar de la basura indigerible de los principales medios de comunicación) me permito recomendar el libro “El estilo chino: desafío por un futuro compartido”, del profesor del Instituto Internacional Italiano en Florencia, Fabio Massimo Parenti.

El volumen es presentado por un breve texto de Shaun Rein (CEO del Grupo de Investigación de Mercado de China) que destaca los principales errores que circulan en Occidente sobre China:

1) Los chinos no apoyan a su gobierno o, si lo apoyan, significa que les han lavado el cerebro. Este es un punto de vista claramente racista, dice Rein, ya que según esta opinión el chino promedio sería un idiota incapaz de juzgar las acciones de sus líderes. Ocurre todo lo contrario, los chinos muestran un alto nivel de apoyo al gobierno y, son conscientes de lo mucho que el Partido Comunista ha mejorado sus condiciones de vida y cómo los ha atendido durante la pandemia. Esto los llena de orgullo y patriotismo.

2) China no innova, simplemente copia las ideas de otros. El simple hecho que las principales marcas chinas estén hoy a la vanguardia de la innovación sería suficiente para refutar este cliché. No solo eso: para consolidar su liderazgo, argumenta Rein, las sanciones occidentales han inducido a China a mejorar la innovación y la autosuficiencia tecnológica, empujándolos a extender sus habilidades en nuevos campos.

3) El desarrollo tecnológico chino está muy por detrás de la de Occidente. Esto no es más que una ilusión consoladora para un Occidente que, en las últimas décadas, embarcado en la financiarización, ha reducido la inversión en investigación, mientras que China ha multiplicado las inversiones estratégicas a largo plazo en sectores como medicina, transporte, logística, inteligencia artificial, vehículos eléctricos, etc.

Ahora, en relación al texto de Parenti, centraré este análisis en tres temas: las peculiaridades históricas y culturales de la sociedad china y el sistema político que las encarna; el significado real de la Nueva Ruta de la Seda (Iniciativa de la Franja y la Ruta, conocido como BRI); y las diferencias entre el punto de vista occidental y la visión china sobre el proceso de globalización.

Sobre nuestros malentendidos

Nuestra incapacidad para entender a China se refleja en respuestas apodícticas y diametralmente opuestas (1) por ejemplo: que tendemos a dar a la pregunta de si China país debe ser considerado socialista o capitalista (aunque de manera sui generis.).

En realidad, me parece que la pregunta está fuera de lugar o incluso no tiene sentido, si quien hace la pregunta no entiende que la civilización milenaria China mantiene un trasfondo filosófico que tiene origen en la Ética Confuciana y que estos valores han determinado y siguen determinando nada menos que el marxismo chino – que, contrariamente a lo que sostienen muchos intelectuales de izquierda, sigue siendo la ideología oficial del Estado-partido chino (2).

Al igual que otros autores (3) que conocen la realidad política y social china desde adentro, Parenti destaca algunas de las consecuencias más significativas de la herencia confuciana, tanto en lo que respecta a la ética pública como a la propia estructura institucional del país.

En cuanto al primer aspecto, conviene recordar la gran importancia que el confucianismo atribuye a los lazos familiares junto con la centralidad de los intereses colectivos sobre los intereses individuales; ambos factores que han contribuido a la fácil aceptación y al fortalecimiento de los principios comunitarios del marxismo.

En cuanto al aparato institucional, es completamente erróneo ver al Estado y el Partido Comunista Chino como una especie de réplica del modelo soviético. La mentalidad china es fuertemente pragmática, por lo que evita adherirse a modelos abstractos («si hay un modelo chino, escribe Parenti, consiste en la voluntad de experimentar con diferentes modelos»)

Lo que Parenti no deci nos lleva a disipar aquella idea predominante en Occidente según la cual el régimen chino es totalitario y su sistema político no implica ningún tipo de participación democrática en el proceso de toma de decisiones. En primer lugar, conviene recordar que, desde la década de 1980, cientos de millones de ciudadanos chinos han participado en las elecciones de sus ciudades, basadas en el sufragio universal y en las que los candidatos independientes pueden participar libremente. En los niveles superiores, desde las administraciones municipales y provinciales hasta las centrales, existen tres tipos de democracia que Parenti define, respectivamente, democracia a posteriori, meritocracia política vertical y democracia consultiva.

La democracia liberal representativa es una democracia procedimental que selecciona «aguas arriba» – a través del voto – a los representantes del pueblo pero que, por diversas razones no asegura el carácter democrático de las políticas posteriores al proceso electoral, como lo demuestra la creciente desconfianza de los ciudadanos occidentales hacia sus respectivos regímenes políticos.

La democracia a posteriori significa que los representantes del pueblo en China son seleccionados por otros métodos, a saber, mediante una evaluación rigurosa de sus experiencias y actuaciones pasadas, actuaciones que se miden en términos de satisfacer las necesidades de las masas, reducción de las tasas de pobreza y contaminación ambiental, etc.

La evaluación proviene no solo de los niveles superiores de la jerarquía, sino sobre todo desde abajo, a través de canales espontáneos e informales que van desde manifestaciones de protesta hasta el tam-tam de quejas y reclamos a través de plataformas de microblogging.

Irónicamente, estos fenómenos son presentados por los medios occidentales como síntomas de la existencia de una masa de disidentes y ciudadanos insatisfechos. Pero ocurre al revés explica Parenti, el gobierno considera importantes estos reclamos y son para el Partido herramientas valiosas para medir el índice de satisfacción o insatisfacción popular y proceder con las medidas adecuadas y ajustar la dirección de su política.

La pirámide jerárquica que se construye para implementar esta democracia a posteriori se basa en el principio de «meritocracia política vertical» (5), es decir, en un sistema de selecciones muy duras para elegir a los funcionarios estatales, líderes políticos y cuadros partidistas (partiendo de la decisión de aceptar las solicitudes que lleguen desde la base). Una vez admitido en la carrera política o administrativa solo se puede ascender si te va bien (se aplican criterios y métodos de evaluación rigurosos e independientes). Los órganos del partido son el Congreso Nacional (cada cinco años), la Comisión Central, el Politburó y el Comité Permanente del Politburó, integrados respectivamente por 370, 25 y 7 miembros seleccionados en función de la antigüedad (6).

Finalmente, existe un importante órgano consultivo democrático, la Conferencia Consultiva Política Popular China (CPPCC) en la que se sientan representantes de diversos componentes de la sociedad civil (empresarios, periodistas, investigadores, científicos, etc.) que tienen la tarea de elaborar análisis y realizar propuestas para las autoridades estatales: «De aquí se derivan, escribe Parenti, los planes de experimentación de nuevas políticas, experimentos pilotos, correcciones de políticas, así como el desarrollo de estrategias de largo plazo y, en general, los procesos de planificación» . Si a esta estructura compleja y articulada le sumamos los amplios márgenes de autonomía de que gozan las administraciones locales, es evidente que no estamos ante un aparato burocrático rígido e inmutable (7), característico de los regímenes totalitarios

Otra idea de globalización

Al esbozar las diferencias entre la globalización neoliberal y la globalización impulsada por China, Parenti recuerda brevemente el gran patrimonio de las contribuciones marxistas al análisis del fenómeno, a partir de los efectos generados por la contrarrevolución neoliberal y monetarista de los años ochenta (aumento rápido y dramático de las desigualdades, procesos de desestabilización económica, política y social).

En particular, siguiendo la estela de autores como Samir Amin (8), destaca cómo, luego de la fase de colonización directa, Estados Unidos y Europa han implementado nuevas formas de opresión y explotación a través de su supremacía tecnológica, militar y financiera.

Parenti, confirma que la globalización neoliberal no fue un fenómeno «objetivo» resultante de supuestas «leyes» económicas, sino un lúcido proyecto hegemónico occidental impulsado por Estados Unidos. Cita el hecho que, a partir de principios de la primera década de 2000, es decir antes La larga crisis que comenzó en 2008 (y ha continuado con la pandemia) se desencadenaron procesos de contra-tendencia.  

Hoy se sabe que las élites políticas occidentales ya habían comenzado a teorizar la necesidad de revertir el proceso de globalización, hasta el punto de que se dieron cuenta de que algunos países emergentes (los llamados BRICS) corría el riesgo de aprovecharlo y convertirse en competidores peligrosos. Así, lo señala con claridad el NIC (Consejo Nacional de Inteligencia de EEUU) en un informe del año 2004.

Cuando Xi Jinping, en un discurso en el Foro de Davos hace unos años, argumentó las razones para un relanzamiento del proceso de integración de la economía mundial, muchos lo percibieron como la “existencia de un proyecto hegemónico» igual al sistema imperialista y neocolonial de occidente. En particular, se insistió que la ayuda china funciona como un» dulce envenenado» que tiene como objetivo enganchar a los países a la «trampa de la deuda» y condicionar de esta manera las opciones políticas nacionales e internacionales – es decir, ¡replicar la estrategia que las potencias occidentales han estado aplicando sistemáticamente durante décadas! (A esta y otras acusaciones responde un «Apéndice» del libro titulado “Cómo China está construyendo un modelo no imperialista de desarrollo internacional”).

El profesor visitante de la Academia de Ciencias de Beijing, Michael Dunford, escribe que, si bien la ayuda china es en cierto modo similar a la ayuda occidental, los objetivos, principios y prácticas difieren enormemente. La ayuda china se basa en los cinco principios de convivencia pacífica (no injerencia, no imposición, no uso de la fuerza, cooperación beneficiosa para todos, igualdad entre países) respetando » la soberanía, la integridad territorial y aplicando la no interferencia en los asuntos internos de los países que han sido víctimas de imperialismo y dominio colonial y semicolonial”.

Por último, no es cierto que impongan condiciones a los países deudores: China ofrece transferencias, préstamos sin intereses, “Capital paciente” (a largo plazo) y asistencia a través de una serie de instituciones financieras ad hoc. El libro de Parenti reitera esta tesis al escribir que China se ha comprometido con la globalización de manera sui generis, preservando su independencia y autonomía política y promoviendo nuevas formas de internacionalización, un modo alternativo de proyección internacional que en nuevas instituciones y mecanismos de cooperación en diversas áreas del mundo. Un modelo de relaciones que no implica proyección militar y activación de un sistema crediticio asfixiante. Es precisamente esta modalidad diferente, y autónoma de las instituciones de la globalización neoliberal, la que provoca las duras reacciones de Estados Unidos y Europa.

Los malentendidos sobre el BRI

El BRI es el ejemplo más claro del estilo chino de proyección internacional que acabamos de describir. Las Nuevas Rutas de la Seda, definida así en referencia  a la históricas relaciones de intercambios entre los antiguos imperios romano y chino (y a desarrollos posteriores como el legendario viaje de Marco Polo) es ciertamente sugerente pero la similitud puede resultar engañosa.

El BRI es una Iniciativa de dimensiones colosales (inversiones de un más de un billón de dólares) y extremadamente articuladas y complejas (Parenti explica que China prefirió la palabra Iniciativa al termino estrategia para subrayar el espíritu de apertura) En la práctica, se trata de hacer en toda Eurasia, desde China hasta el Mediterráneo y el continente africano, una densa red de líneas ferroviarias, rutas navales, cables de fibra óptica, que se apoyarán con nuevas instalaciones aeroportuarias, cruces de carreteras, estaciones de tren, etc.

Esta prioridad otorgada a las inversiones en infraestructura es otra de las características que distinguen la globalización al estilo chino de la globalización occidental, que es sustancialmente de carácter financiero. Esta es una elección no causal porque, como escribe Parenti, China tiende a exportar un modelo de desarrollo económico basado en la interconectividad que ya ha demostrado su eficiencia a nivel nacional.

China está luchando con los desequilibrios generados por las impresionantes tasas de crecimiento en las áreas especiales (ubicadas sobre todo en las zonas costeras) que habían dejado atrás las áreas internas del país penalizadas por accidentes geográficos que tendían a marginarlos. En las últimas décadas, los gobiernos han implementado estrategias de inversión en infraestructura que han permitido ponerse al día a los que se quedaron atrás.

Entonces China, incluso antes que se lanzara el BRI, propuso el mismo modelo en África, donde promovió la construcción de nuevas líneas ferroviarias que favorecieron el surgimiento de mercados regionales que antes no existían (las potencias occidentales habían tenido cuidado de no hacer lo mismo, porque su objetivo es mantener a estos pueblos en una situación de subdesarrollo para seguir explotándolos).

Como se aclaró en el párrafo anterior, este tipo de intervención fue bien recibida por los países involucrados, porque se inspiraron en un principio de asociación incluyente y no coercitiva (no se impusieron restricciones políticas de ningún tipo a la soberanía y autonomía de los países receptores); y porque ha generado un aumento de las interconexiones entre diferentes regiones del continente, uniendo espacios que habían permanecido desconectados y marginados, favoreciendo así su desarrollo.

Dicho esto, es evidente que todo esto no es fruto de un puro espíritu solidario: de esta forma China asegura una doble ventaja: por un lado, favorecer el desarrollo de los países poscoloniales asegurando nuevos mercados para sus productos, por otro lado, gana puntos con respecto a Occidente en el nivel de poder blando.

Sin embargo, sostiene Parenti, centrarse en este último aspecto, y asimilar el BRI a una especie de Plan Marshall chino (concebido principalmente con el objetivo de oponerse a sus competidores geopolíticos) es profundamente erróneo porque proyecta la lógica hegemónica de los Estados Unidos y sus socios occidentales como propia de la Republica Popular China.

Por el contrario, China, como ya argumentó Giovanni Arrighi hace unos años (11) China no aspira a reemplazar a Estados Unidos en el papel de la nueva hegemonía global, sino que apunta a favorecer el nacimiento de un nuevo orden multipolar más equitativo y equilibrado que el actual.

Por supuesto, ni siquiera este último objetivo es aceptable para una superpotencia como Estados Unidos que, tras el colapso de la URSS, tenía la ilusión de poder asumir el control total e incontestable del mundo. Y es por eso que, como esta ilusión ha resultado impracticable (no solo por el crecimiento de China sino también para el surgimiento de nuevas potencias regionales como Rusia, Irán y Turquía y por el estallido de una serie de movimientos revolucionarios en América Latina), la política de Estados Unidos se ha vuelto cada vez más agresiva, desatando una guerras «humanitarias» locales (justificadas con el objetivo de «exportar» la democracia y los derechos humanos a países que no se alinean con el dictado de Washington).

Por lo tanto, después de presenciar el endurecimiento de las relaciones entre Estados Unidos y China bajo Trump, vemos hoy que el presidente Biden amenaza con generar niveles aún más altos de tensión (hemos pasado del eslogan “América, Primero” de Trump al mucho más preocupante, “América a vuelto, para liderar el mundo” de Biden).

En la nueva guerra fría contra China, irónicamente, la propaganda estadounidense, basada sobre todo en las presuntas violaciones de los derechos humanos de las poblaciones uigures de Xinjiang, además de carecer de pruebas documentales, ignoran el hecho de que, en esa región, China luchó y ganó la lucha contra el mismo terrorismo islámico que experimentamos en Occidente.

No menos engañosa (negada por la OMS y por numerosos científicos occidentales) es la acusación que la pandemia fue causada por un virus escapado de un centro de investigación de Wuhan. Dado que las autoridades provinciales chinas cometieron el error de subestimar inicialmente el problema (hecho reconocido por el propio gobierno central) la verdadera razón de esta campaña de desinformación es la necesidad de desviar la atención de la desastrosa gestión occidental (particularmente en Estados Unidos) de la pandemia, que ha costado millones de muertos.

A diferencia de occidente China ha realizado el milagro de controlar en muy poco tiempo una emergencia que podría haber resultado desastrosa en un país de mil quinientos millones de habitantes. Pero sobre todo había que desviar la atención a los datos que prueban que el virus estaba circulando en España, Italia, Francia y EEUU, meses antes que se identificara en Wuhan y, que no faltan las sospechas que el error pudo haber sido cometido en un centro de investigación militar ubicado en Virginia (12).

Hoy es difícil predecir si esta política provocativa y agresiva se mantendrá en el terreno de la guerra fría o correrá el riesgo de provocar una guerra real, con consecuencias devastadoras para toda la población mundial, lo cierto es que Estados Unidos están adoptando la vieja estrategia que utilizaron contra la Unión Soviética contra un nuevo oponente y en un contexto económico, político y social completamente cambiado, que inevitablemente se volverá contra ellos.

Notas

(1) Las posiciones más críticas hablan abiertamente de la restauración del capitalismo (Gaulard, 2014; Minqi Li, 2008) o incluso del neoliberalismo con características chinas (como David Harvey, quien sin embargo recientemente rectificó esta posición); otros (como Samir Amin y Domenico Losurdo) utilizan el término capitalismo de estado, pero agregan que la persistencia del conflicto de clases dentro del país significa que su futuro puede evolucionar en diferentes direcciones; otros prefieren recurrir a la definición de economía de mercado socialista o socialismo de mercado (Herrera – Long, 2019; Gabriele, 2020); un autor como Pun Ngai (2012, 2016) se compromete sobre todo a documentar la dureza de la condición obrera china y las consiguientes luchas fabriles (2008),

(2) Sobre el vínculo entre las políticas del PCCh y la teoría marxista, cf. Zhang Boyng, socialismo con características chinas. Why does it work?, Marx Twenty-one Editions, 2019. Ver también Andrea Catone (editado por), The Chinese Way, Marx Twenty-One Editions 2015 y AAVV, Marx in China, Marx Twenty-One Editions 2015.

(3) Véase, en particular, D. Bell, The China model. La meritocracia política y los límites de la democracia, Luiss, Roma 2019.

(4) Bell (ver nota anterior) sostiene que el sistema chino es la refutación más sensacional de la tesis según la cual la democracia liberal al estilo occidental es el sistema hacia el cual todo país tiende a evolucionar «naturalmente», a medida que desarrolla una economía de mercado y alcanza niveles generalizados de bienestar.

Toda la investigación realizada con ciudadanos no sólo de China, sino también de otras sociedades del este asiático, revela que estas personas no tienen una idea «procedimental» de la democracia, a la que, a diferencia de nosotros, no atribuyen ningún valor, sino una idea sustancial; es decir, están mucho más preocupados por las consecuencias positivas que un sistema político particular es capaz de producir.

Para el chino común, la democracia no tiene nada que ver con los «principios» y «valores» de la democracia liberal, más bien se refiere al grado de protección y seguridad que el Estado y el partido son capaces de garantizar, lo que significa que el nivel de legitimidad del sistema político chino, gracias a las mejoras de la lucha contra la pobreza y al acceso a los servicios sociales (educación, salud, etc.) es mucho mayor que la de los ciudadanos de muchos países occidentales.

Después de todo, agrega Bell, las continuas campañas de propaganda contra el PCCh por supuestas las violaciones a los derechos civiles e individuales tiene como objetivo eludir la crisis de gobernabilidad en las democracias occidentales, cada vez más grave y evidente.

El mismo ideal de sufragio universal, que ha alcanzado connotaciones casi religiosas, comienza a sufrir un proceso de desacralización: ya no es solo esa «tiranía de la mayoría» (que inquietaba a Alexis de Tocqueville) sino el hecho de que la mayoría de los ciudadanos -como muestran los porcentajes cada vez más bajo de participación elecciones – perciben que ya no tienen poder sobre el gobierno y que la utilidad del voto individual es casi nula. Pero, sobre todo la crisis del sistema político occidental es consecuencia del abrumador peso de las élites y de los lobbies económicos y financieros. Hoy, están a la vista de todos: la gente sabe que unas minúsculas minorías ejercen una enorme influencia en el proceso político, imponiendo opciones que son exclusivamente en beneficio de sus propios intereses.

(5) Bell también describe el concepto de meritocracia política China de esta manera; Como en la antigua China imperial, el sistema político apunta a seleccionar una élite examinando y evaluando el desempeño de estas personas en los niveles locales de gobierno. La proverbial dureza y competitividad de los cursos universitarios es el primer obstáculo al que se enfrentan tanto los candidatos a una carrera política como estatal (dos caminos que se entrelazan hasta coincidir). El siguiente paso consiste en los exámenes no menos exigentes para el servicio público, luego de los cuales se puede acceder a los niveles inferiores de gobierno, y cada ascenso posterior depende exclusivamente de la calidad de los servicios logrados (Bell señala cómo los criterios de valoración han cambiado con el tiempo, en base a los objetivos políticos que el centro considera prioritarios: en la primera fase de las reformas se consideró principalmente el ritmo de crecimiento, posteriormente se están utilizando otros criterios, como los niveles de consentimiento de la ciudadanía, la mejora de las condiciones ambientales, etc.). Finalmente, en los últimos tiempos, la formación política de los cuadros del PCCh implica pasar largas temporadas en comunidades rurales pobres, una especie de reminiscencia suavizada de las prácticas impuestas en el período de la Revolución Cultural.

(6) Bell nuevamente explica que los cuadros superiores lleguen a la cima no se considera negativo ya que llegar a ese nivel refleja desde el punto de vista confuciano cualidades como la autoconciencia, el sentido de limitación, la honestidad, la empatía con la experiencia de vida. Por tanto, se asume que los líderes políticos han aprendido a vivir para la política, no de la política. Sin embargo, recordemos que, al mismo tiempo, existe una tendencia a jubilar a los mayores de 70 años, teniendo en cuenta la inevitable tendencia al deterioro físico y mental.

(7) Los principios de elasticidad y flexibilidad que inspiran las políticas económicas chinas serían, según algunos autores (ver Herrera R., Long, Z., La Chine est-elle capitaliste?, Editions Critiques, Paris 2019) la razón subyacente a la éxito de un modelo que supo evitar las rigideces del socialismo soviético.

(8) Ver Amin, S. The implosion du capitalisme contemporain, Nouvelles Editions Numeriqués Africaines, Dakar 2014; ver también Classe et nation, Nouvelles Editions Numeriqués Africaines, Dakar 2015.

(9) Para el debate teórico en el campo marxista sobre el concepto de dependencia, cf. A. Visalli, Dependence, Meltemi, Milán 2020.

(10) Como un ejemplo significativo de estas prácticas occidentales, Parenti cita el control neocolonial de Francia sobre los países de África Occidental, un control tanto de naturaleza militar como financiera (este último en forma de emisión de moneda).

(11) Véase G. Arrighi, Adam Smith en Beijing, Feltrinelli, Milán 2008.

(12) Véase la petición a la OMS (lanzada por el sitio web de Cumpanis y a la que también se ha sumado el autor) para investigar el sitio de Fort Detrick en Virginia: https://www.facebook.com/cumpanisrivista/photos/a.102932748089522 / 316715023377959

Fuente: https://observatoriocrisis.com/2021/06/19/la-guerra-fria-contra-china-un-autogol-de-occidente/