SIGLO XXI - QUINTO LUSTRO -
"Un nuevo orden emerge de la desintegración del capitalismo que irá reemplazando la célula económica (familia) por una nueva matriz reproductiva (comunas) que cumplirá funciones defensivas, judiciales, productivas y administrativas."
Al
principio se dijo que el virus salió de la sopa de un murciélago que se servía
en un mercado de animales de la ciudad china de Wuhan. Luego se cambió el
relato y se informó de que “la cosa” se escapó de un laboratorio. Más tarde
EEUU acusó a Beijing de ocultar información clave sobre el bicho.
El
cabreo fue creciendo y el dragón asiático culpó a unos soldados estadounidenses
de haber propagado la enfermedad durante unos ejercicios militares-deportivos
celebrados en 2019 en la urbe china donde quizás comenzó la película de terror
que tanto daño y dolor está causando.
El
caso es que los Hunos y los Otros lograron que los pueblos, que se están
adaptando con una asombrosa facilidad a la Era de la Postverdad, no exigieran
responsabilidades a sus líderes. Al contrario, se unieron, “con sutiles
empujones mediáticos”, a la Guerra Fría donde siempre pierden los más débiles.
Los
que cortan el bacalao no tardaron en darse cuenta de los beneficios del Covid.
Después de meter el miedo en el cuerpo se podía proceder “a la limpieza de los
establos” y quitarse de encima a los insumisos, a los críticos o a los que se
oponen al establishment basado en la riqueza que producen “los diamantes de
sangre”.
En
China se pelea, principalmente, en tres frentes: contra el imperialismo USA,
los disidentes de Hong Kong y los musulmanes (uigures) de Xinjiang -que buscan
la creación de un Turquestán Oriental independiente- que ahora viven (debido
“al alto nivel de contagios”) bajo asedio militar y policial.
En
EEUU mientras tanto se avivó el odio contra “los comunistas” (incluido el
Podemos español) y se decidió aumentar el ingente arsenal bélico para impedir
“el peligroso crecimiento” de China y Rusia que “amenazan con comerse vivos a
la América del éxito y a la Europa del desconcierto”.
Con
todo este lío ahora viene la organización Mundial de la Salud (OMS) y nos
alerta de que para el próximo mes de marzo el 50% de la población europea
estará contagiada por el omicron, la nueva variante del virus mutante.
Mientras
el pueblo es manipulado y vive desinformado, la clase dirigente aprovecha su
oportunidad de oro para liquidar “la antigua economía social que creaba puestos
de trabajo con salarios insostenibles”.
La
consigna es: Ante el peligro de morir hay que quedarse en casa. Mantenerse
alejado de los líderes que hacen todo lo posible por nuestro bienestar, por
nuestra felicidad.
Las
élites han apostado descaradamente por el trabajo virtual pagado con bitcoins
(o similares), es decir: dinero virtual sin ningún valor, y han ordenado el
cierre de millones de centros de empleo físicos donde trabajaban seres humanos
que intercambiaban ideas “face to face”, socializaban y, si tenían suerte,
follaban.
Ahora
los dueños de las redes (palabra que tiene mucha mas miga de lo que parece), la
araña, el oxígeno, el agua, el Sol etc. nos presentan un futuro de colores y
nos invitan a currar en nuestras cuevas. Eso sí, disfrutando en nuestros ratos
libres de “todos los lujos holográficos”.
Parece
que los que mandan no ven con malos ojos que el virus “haga el trabajo sucio”
eliminando a los que son una carga o incómodos. Esos tipos nos quieren arrojar
a un futuro donde impere “el calla, no protestes, haz esto” porque, arguyen,
los padres y las madres de la patria te han perdonado la vida y les debes,
postrado, adoración.
Para poder enfrentar la crisis que desestabiliza
Venezuela, al igual que las que comienzan en Nicaragua y Haití,
es necesario analizarla. Thierry Meyssan retoma en este artículo las tres
hipótesis que tratan de interpretarla y expone argumentos en favor de una
de ellas. También se refiere a la estrategia de Estados Unidos y a la
manera de afrontarla.
Red
Voltaire | Damasco (Siria)
Venezuela se divide hoy entre la legitimidad del
presidente de la República constitucionalmente electo, Nicolás Maduro, y la del
presidente de la Asamblea Nacional, Juan Guaidó.
Guaidó se autoproclamó «presidente encargado de
Venezuela», invocando los artículos 223 y 233 de la Constitución. Pero
basta con leer ambos artículos para comprobar que no se aplican a la
situación existente en Venezuela y que no es posible invocarlos para
legitimar la posición que Guaidó pretende reclamar. A pesar de ello,
Estados Unidos, los países del «Grupo de Lima» y ciertos gobiernos
de países miembros de la Unión Europea afirman que Juan Guaidó tiene derecho a
la función que pretende usurpar.
Entre quienes respaldan al presidente Nicolás
Maduro, algunos aseguran que Washington está reproduciendo el derrocamiento de
un gobierno de izquierda, según el modelo de lo que Estados Unidos hizo
contra el presidente chileno, Salvador Allende, en 1973, bajo la
administración de Richard Nixon.
Otros, luego de ver las revelaciones de Max
Blumenthal y Dan Cohen sobre el historial de Juan Guaidó [1],
piensan, al contrario, que se trata de una «revolución de color»,
como las que ya vimos bajo la presidencia de George W. Bush.
En todo caso, ante la agresión de un enemigo mucho
más fuerte que nosotros es crucial identificar sus objetivos y entender
los métodos que utiliza. Sólo tienen posibilidades de sobrevivir quienes
sean capaces de prever los golpes que van a recibir.
Tres hipótesis predominantes
Es completamente lógico que los latinoamericanos
comparen lo que están viviendo a lo que ya vivieron en el pasado, como el
golpe de Estado de 1973 en Chile. Pero sería arriesgado para Washington
tratar de reproducir el escenario aplicado contra Chile hace 46 años.
Sería un error porque todo el mundo conoce hoy los detalles de
aquella manipulación.
Al mismo tiempo, la revelación de los vínculos de
Juan Guaidó con la National Endowment for Democracy (NED) y con el
equipo del estadounidense Gene Sharp hace pensar en una «revolución de
color», y más aún teniendo en cuenta que ya hubo
en Venezuela una operación de ese tipo, en 2007, cuando terminó
en un fracaso. Pero, una vez más, sería arriesgado para Washington
tratar de aplicar nuevamente un plan que ya fracasó hace 12 años.
Para entender las intenciones de Washington,
debemos empezar por conocer su plan de batalla.
El 29 de octubre de 2001, o sea mes
y medio después de los atentados registrados en Nueva York y el
Pentágono, el secretario de Defensa Donald Rumsfeld creó una estructura llamada
Office of Force Transformation (Oficina de Transformación de la Fuerza)
cuya misión consistiría en revolucionar las fuerzas armadas estadounidenses,
cambiar su mentalidad para que respondiesen a un objetivo radicalmente nuevo
tendiente a garantizar la supremacía de Estados Unidos a nivel
mundial. Rumsfeld puso esa tarea en manos del almirante Arthur Cebrowski,
quien ya había trabajado en la creación de una red digital que abarcaba todas
las unidades militares y había participado, en los años 1990, en la
elaboración de una doctrina de la guerra en red (Network-centric
warfare) [2].
El almirante Cebrowski llegaba con una estrategia
ya elaborada que presentó no sólo en el Pentágono sino en casi todas las
academias militares estadounidenses. A pesar de su importancia,
su trabajo interno en las fuerzas armadas no se conoció hasta
que se publicó un artículo en la revista Vanity Fair. La
argumentación de Cebrowski fue publicada por su asistente, Thomas
Barnett [3].
Por supuesto, esos documentos no son obligatoriamente fieles al
pensamiento imperante en el Pentágono, pensamiento que ni siquiera tratan
de explicar, limitándose a justificarlo. En todo caso, la idea
principal es que Estados Unidos debe tomar el control de los recursos
naturales de la mitad del mundo, no para utilizarlos para sí mismo
sino para estar en posición de decidir quién podrá utilizarlos. Para lograr
ese objetivo, tendrá que destruir en esas regiones cualquier poder político
que no sea el de Estados Unidos y acabar con las estructuras mismas
de los Estados en los países existentes en esas regiones.
Oficialmente, nunca se inició la aplicación de esa
estrategia. Pero lo que estamos viendo desde hace 20 años coincide
precisamente con lo que se describe en el libro de Barnett.
Primeramente, en los años 1980 y 1990, tuvo lugar
la destrucción de la región africana de los «Grandes Lagos».
Lo que se recuerda de aquello es el episodio del genocidio perpetrado
en Ruanda y sus 900 000 muertos, pero el hecho es que toda la región fue
devastada por una serie de guerras que arrojaron un total de 6 millones
de muertos. Resulta sorprendente comprobar que, a 20 años de aquellos
hechos, numerosos países de la región aún no logran restaurar
su soberanía sobre el conjunto de sus territorios. Ese episodio es
anterior a la doctrina Rumsfeld-Cebrowski, así que no sabemos si el
Pentágono había previsto lo que allí sucedió o si concibió su plan
mientras destruía aquellos Estados.
Posteriormente, en los años 2000 y 2010, vino la
destrucción del «Medio Oriente ampliado», ya después de la doctrina
Rumsfeld-Cebrowski. Por supuesto, es posible creer que lo sucedido en
esta otra región fue una sucesión de intervenciones «democráticas», de
guerras civiles y de revoluciones. Pero, además de que las poblaciones
implicadas cuestionan la narración dominante de esos acontecimientos, también
podemos comprobar en este caso que las estructuras de los Estados fueron
destruidas y que no ha sido posible restaurar la paz después del fin de
las operaciones militares. Actualmente, el Pentágono está retirándose del
«Medio Oriente ampliado» y se prepara para desplegarse en la «Cuenca
del Caribe».
Una buena cantidad de elementos demuestran que
nuestra comprensión anterior de las guerras de George W. Bush y de Barack
Obama era incorrecta y que esos mismos elementos corresponden a la perfección
con la doctrina Rumsfeld-Cebrowski. Esta lectura de los hechos no es
por tanto resultado de una coincidencia con la tesis de Barnett y
nos obliga a revisar bajo otro ángulo todo lo que hemos visto.
Si adoptamos esta manera de pensar, tenemos que
plantearnos que el proceso de destrucción de la Cuenca del Caribe comenzó con
el decreto del presidente Barack Obama, emitido el 9 de marzo de 2015,
según el cual Venezuela amenaza la seguridad nacional de los
Estados Unidos de América [4].
Puede parecer que eso pasó hace mucho tiempo, pero no es así. Basta
recordar que el presidente George W. Bush firmó la Syrian
Accountabilit Act en 2003, pero las operaciones militares
contra Siria comenzaron 8 años más tarde, en 2011. Era
el tiempo que necesitaba Washington para crear las condiciones necesarias
para la agresión.
Los ataques contra la izquierda
anteriores a 2015
Si este análisis es correcto tenemos que
plantearnos que los acontecimientos anteriores a 2015 –el golpe de Estado
de 2002 contra el presidente Hugo Chávez, el intento de revolución de
color de 2007, la Operación Jericó en febrero de 2015 y las
primeras guarimbas [5]
respondían a una lógica diferente, mientras que lo sucedido después (el
terrorismo de las guarimbas, en 2017) es parte del plan actual.
Mi reflexión se basa también en el conocimiento que
he acumulado sobre esos elementos.
Por ejemplo, en 2002 publiqué un análisis del golpe
de Estado contra el presidente Hugo Chávez y relataba el papel de
Estados Unidos detrás de FEDECAMARAS –la organización de los patrones
venezolanos [6].
El presidente Hugo Chávez quiso verificar lo que yo había escrito y
envió dos emisarios a verme en París. Uno de ellos fue promovido a
general y el otro es hoy una de las principales personalidades de la
República Bolivariana. El fiscal Danilo Anderson utilizó mi trabajo
en sus investigaciones y fue asesinado por la CIA en 2004.
Por otro lado, en 2007, estudiantes
trotskistas iniciaron un movimiento contra la decisión de no renovar
la licencia de RCTV, una estación de radio y televisión que transmitía
en Caracas. Hoy sabemos, gracias a Blumenthal y Cohen, que en aquella
época Juan Guaidó ya estuvo implicado en aquel movimiento y que recibió
entrenamiento de discípulos del teórico de la no violencia Gene Sharp.
En vez de reprimir los excesos de aquel movimiento, lo que hizo
el presidente Hugo Chávez –en ocasión de la firma de la Alianza Bolivariana
para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), el 3 de junio– fue leer a
los participantes un artículo que yo escrito sobre Gene Sharp y su concepción
de la no violencia al servicio de la OTAN y de
la CIA [7].
Al darse cuenta de que habían sido manipulados, numerosos manifestantes
abandonaron la protesta. Sharp trató de negar torpemente los hechos,
escribiéndole al presidente Hugo Chávez y a mí mismo. Y logró crear
cierta confusión en el seno de la izquierda estadounidense, donde era visto
como una personalidad respetable y no vinculada al gobierno de
Estados Unidos. El profesor Stephen Zunes asumió la defensa de Sharp
pero, ante el peso de las pruebas, Sharp acabó cerrando su instituto y
dejando el espacio a Otpor y al Canvas [8].
Volvamos ahora al periodo actual.
Por supuesto, el reciente intento de asesinato contra el presidente
Nicolás Maduro hace pensar en todo lo que se hizo para acabar
con el presidente chileno Salvador Allende. También es cierto que las
manifestaciones convocadas por el presidente de la Asamblea Nacional Juan
Guaidó hacen pensar en una revolución de color. Pero eso no contradice mi
análisis. Hay que recordar que en Libia hubo un intento de asesinato
contra Kadhafi poco antes del inicio de las operaciones militares
contra la Yamahirya. En Egipto, cuando los discípulos de Gene Sharp
dirigieron las primeras manifestaciones contra el presidente Hosni
Mubarak, incluso distribuyeron una versión en árabe del manual que ya habían
utilizado en otros países [9].
Sin embargo, como lo demostraron los acontecimientos posteriores,
en Egipto no se trataba de un golpe de Estado ni de una
revolución de color.
Prepararse para la guerra
Si mi análisis es correcto –y por ahora todo parece
indicar que sí lo es– hay que prepararse para una guerra, no sólo
en Venezuela sino en toda la Cuenca del Caribe. Nicaragua y Haití también
están desestabilizados.
Esa guerra será impuesta desde el exterior.
Su objetivo ya no será derrocar gobiernos de izquierda para
reemplazarlos por los partidos de derecha, aunque así lo indiquen las
apariencias. En el desarrollo de los acontecimientos se perderán las
distinciones entre esos bandos. Poco a poco, todos los sectores de la
sociedad se verán amenazados, sin distinción de ideología ni de clase
social.
Asimismo, los demás países de la región
no podrán mantenerse al margen para escapar a la tempestad.
Los que crean que lograrán protegerse sirviendo de base de retaguardia a
las operaciones militares también serán parcialmente destruidos. Deben saber
que, aunque la prensa raramente menciona esto, ciudades enteras han sido
arrasadas en la región de Qatif, en Arabia Saudita, a pesar de que ese
país es el principal aliado de Washington en el «Medio Oriente ampliado».
Según el esquema ya visto en los conflictos de la
región africana de los Grandes Lagos y en el Medio Oriente ampliado, esa
guerra se desarrollaría por etapas:
En primer lugar,
destrucción de los símbolos del Estado moderno, con ataques
contra monumentos históricos o museos dedicados a la memoria de Hugo
Chávez. Son acciones que pueden no causar víctimas pero que atentan
contra la conciencia colectiva de la población.
Introducción de armas y
financiamiento para la organización de “manifestaciones” que acabarán en actos
de violencia. La prensa dominante divulgará a posteriori
explicaciones imposibles de verificar sobre los crímenes, que serán atribuidos
al gobierno como actos de represión contra pacíficos manifestantes. Como
lo que se busca es sembrar la división, es importante que
la policía crea haber sido tiroteada por la multitud y que la multitud
crea al mismo tiempo que la policía ha disparado contra ella.
La tercera etapa
consiste en organizar sangrientos atentados por todo el país. Eso requiere
muy pocas personas, basta con dos o tres equipos que circulen
a través del país [Este esquema ya fue utilizado con éxito
contra Libia y Siria.]].
Sólo entonces será útil
el envío de mercenarios extranjeros. En las guerras más recientes,
Estados Unidos envió a Irak y Siria al menos 130 000
extranjeros, a los que se agregaron unos 120 000 elementos armados
locales. Se trata de ejércitos muy numerosos pero
mal entrenados.
El ejemplo de Siria demuestra que es posible
defenderse. Pero hay medidas que deben adoptarse urgentemente:
Por iniciativa del
general Jacinto Pérez Arcay y del presidente de la Asamblea Nacional
Constituyente, Diosdado Cabello, oficiales superiores venezolanos ya estudian
las nuevas formas de lucha (la guerra de 4ª generación). Pero sería importante
enviar delegaciones militares a Siria para que sus miembros puedan
comprobar en el terreno cómo se desarrollaron los acontecimientos. Esto es
muy importante ya que este tipo de guerra no se parece a
las anteriores. Por ejemplo, en Damasco –la capital siria– la mayor
parte de la ciudad está intacta, pero algunos barrios están totalmente devastados,
como Stalingrado después de la arremetida de los nazis. Eso implica el uso de
técnicas especiales de lucha.
Es fundamental
instaurar la unión nacional entre todos los patriotas. El presidente debe
lograr una alianza con la oposición nacional e incluir en su gobierno a
algunos de sus líderes. No se trata de encontrar o no simpático
al presidente Maduro. Lo que se impone en la actual coyuntura
es luchar junto a él para salvar el país.
El ejército debe formar
una milicia popular. En Venezuela ya existe una, con unos 2 millones
de combatientes, pero no parece estar entrenada. Los militares
rechazan generalmente la idea de poner armas en manos de
los civiles, pero los habitantes de un barrio son los más
indicados para defenderlo, precisamente porque conocen a todos sus habitantes.
Será necesario emprender
importantes trabajos de fortificación alrededor de los edificios del Estado,
de las sedes de los cuerpos armados y de los hospitales, en aras de
garantizar su seguridad a toda costa.
Son medidas que deben adoptarse urgentemente, sobre todo
porque concretarlas es complicado y lleva tiempo… y el enemigo está
ya casi listo.