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viernes, 17 de julio de 2026

¿ES CHINA UN CAPITALISMO DE ESTADO?

 


Por Xulio Ríos

17/07/2026

Fuentes: Rebelión

La naturaleza del modelo económico y político chino seguirá siendo objeto de debate durante mucho tiempo. Pocas etiquetas han suscitado tanta controversia como la de «capitalismo de Estado», utilizada con frecuencia para describir el sistema vigente en la República Popular China. Se trata, además, de una expresión que en China provoca un rechazo frontal, no solo por sus implicaciones ideológicas, sino porque se considera incapaz de explicar la singularidad de un proyecto que sus dirigentes insisten en presentar como una forma inédita de desarrollo socialista.

La discusión no es menor. Si China fuera simplemente un capitalismo de Estado, cabría interpretarla como una variante autoritaria del capitalismo contemporáneo. Si, por el contrario, estuviera construyendo una modalidad original de socialismo, nos encontraríamos ante una experiencia histórica distinta, todavía inacabada y cuyo desenlace permanece abierto.

Oficialmente, el modelo chino se define como una economía socialista de mercado. La expresión no es casual. Desde la perspectiva del Partido Comunista de China (PCCh), no se trata de una economía de mercado en sentido liberal, sino de una economía con mercado, donde este constituye un instrumento de asignación de recursos subordinado a objetivos políticos definidos mediante la planificación. El mercado no determina el rumbo del desarrollo; lo hace el Partido. El objetivo declarado continúa siendo la construcción de una sociedad socialista moderna hacia 2049, coincidiendo con el centenario de la fundación de la República Popular, y no la culminación de una sociedad capitalista.

Precisamente ahí reside una de las primeras diferencias conceptuales. En las economías capitalistas el mercado constituye el principio organizador del sistema; en China, al menos en el plano doctrinal e institucional, el mercado se presenta como una herramienta al servicio de un proyecto político de alcance superior.

Los argumentos del capitalismo de Estado

Quienes califican a China como capitalismo de Estado parten de elementos objetivos.

Desde posiciones liberales o conservadoras se subraya la coexistencia de propiedad pública y privada, la búsqueda sistemática de beneficios, la integración plena en el comercio internacional, la existencia de grandes corporaciones competitivas o una creciente acumulación de riqueza. A ello se añade un Estado extremadamente activo que protege sectores estratégicos, dirige la política industrial, controla el sistema financiero y orienta la innovación tecnológica. Para estos analistas, China habría sustituido el libre mercado por un capitalismo gobernado desde el poder político.

Paradójicamente, parte de la izquierda llega a una conclusión similar, aunque por razones muy distintas. Su principal argumento es que la expansión de la propiedad privada, la aparición de una poderosa clase empresarial, las desigualdades sociales, la existencia de relaciones salariales plenamente mercantiles y la utilización del beneficio como incentivo económico revelarían un abandono de los principios clásicos del socialismo. Desde esta óptica, el discurso socialista funcionaría como una legitimación ideológica de un sistema esencialmente capitalista.

Resulta llamativo que esta crítica apenas se formulara durante las primeras décadas de la reforma, cuando China seguía siendo un país relativamente pobre. Solo cuando el desarrollo económico alcanzó dimensiones extraordinarias comenzó a generalizarse la idea de que semejante éxito únicamente podía explicarse mediante una conversión al capitalismo. Es como si el socialismo solo resultara creíble mientras administraba la escasez y dejara automáticamente de serlo al generar prosperidad.

Esta lectura, sin embargo, tiende a minimizar la importancia de las singularidades chinas y presupone que cualquier utilización del mercado conduce necesariamente al capitalismo, una equivalencia que ni la teoría económica ni la experiencia histórica permiten establecer de forma automática.

La respuesta china

El rechazo chino a la etiqueta de capitalismo de Estado no responde únicamente a una cuestión terminológica. Aceptarla implicaría reconocer que el proyecto iniciado en 1949 habría abandonado sus fundamentos ideológicos para transformarse en una variante del capitalismo.

Por ello, el PCCh insiste en que las reformas introducidas desde finales de los años setenta representan una evolución del socialismo, adaptada a nuevas circunstancias históricas. La incorporación del mercado, de la empresa privada o incluso del capital extranjero no modificaría la naturaleza del sistema porque todos esos instrumentos permanecerían subordinados al liderazgo político del Partido.

Desde esta perspectiva, el criterio decisivo no consiste en determinar si existen mercados o propiedad privada -presentes, en diferentes grados, en numerosas economías- sino en establecer quién fija las prioridades del desarrollo y quién controla los resortes fundamentales del poder económico.

En China, el Partido mantiene el control absoluto sobre los sectores considerados estratégicos; conserva la propiedad pública de la tierra urbana y limita profundamente la privatización del suelo rural; dirige el sistema financiero; mantiene una presencia orgánica dentro de las grandes empresas privadas; controla los principales instrumentos de comunicación y planificación; y, sobre todo, impide que el empresariado pueda constituirse como una fuerza política autónoma capaz de condicionar al Estado.

Esta diferencia resulta esencial. En las economías capitalistas son los grandes intereses privados quienes terminan condicionando la acción pública. En China ocurre, al menos hasta el presente, el fenómeno inverso: es el Estado, dirigido por el Partido, quien subordina el capital privado a prioridades políticas definidas previamente.

El papel de la planificación

Una idea ampliamente extendida atribuye el éxito chino exclusivamente a la apertura económica y a la inversión extranjera. Sin embargo, esa explicación resulta claramente insuficiente.

La apertura fue importante, pero probablemente lo decisivo haya sido la extraordinaria capacidad del Estado para planificar el desarrollo durante más de cuatro décadas. El capital extranjero fue admitido, aunque bajo condiciones compatibles con los objetivos nacionales de industrialización, transferencia tecnológica y creación de capacidades propias.

El resultado no ha sido únicamente la recepción de inversiones internacionales, sino la construcción deliberada de uno de los ecosistemas industriales más completos del mundo bajo una lógica de soberanía económica que hoy se extiende a ámbitos tan diversos como la seguridad alimentaria, las infraestructuras críticas, la energía o las tecnologías avanzadas.

Esta diferencia puede apreciarse comparando el caso chino con experiencias clásicas de capitalismo de Estado, como la desarrollada durante décadas por el Kuomintang en Taiwán. Allí el Estado impulsó la industrialización, pero con la finalidad de consolidar una economía plenamente capitalista e integrada en la estrategia geopolítica estadounidense. En China continental, por el contrario, el discurso oficial insiste en que la industrialización constituye una etapa dentro de un proceso histórico cuyo horizonte continúa siendo socialista.

¿Qué debemos observar?

El verdadero problema quizá no consista en decidir hoy si China es o no capitalismo de Estado, sino en identificar qué parámetros permitirán responder a esa pregunta en el futuro.

Reducir el análisis al crecimiento del PIB, al volumen exportador o al número de millonarios resulta claramente insuficiente. Si la propia legitimidad del modelo descansa sobre la promesa de construir una sociedad distinta, será necesario evaluar también otros indicadores.

Entre ellos destacan la evolución de la desigualdad; el grado de universalización de los servicios públicos; la erradicación de la pobreza extrema; la efectividad de las políticas de prosperidad común; la capacidad para limitar la influencia política del gran capital; la persistencia de la propiedad pública en los sectores estratégicos; el mantenimiento del liderazgo político del Partido sobre la economía; la transición ecológica; la lucha contra la corrupción y la consolidación de formas de desarrollo menos dependientes de la lógica exclusiva del beneficio.

En este sentido adquiere especial relevancia el experimento desarrollado en Zhejiang, una de las provincias más dinámicas del país. Allí se ensayan políticas que pretenden anticipar la siguiente fase del modelo: fortalecimiento del liderazgo del Partido, desarrollo verde y civilización ecológica, ampliación de las políticas de prosperidad común, regulación del capital privado y profundización de la lucha contra la corrupción. Su evaluación hacia 2035 probablemente ofrecerá algunas de las evidencias más sólidas para valorar hacia dónde evoluciona realmente el sistema chino.

China es otra experiencia histórica

Quizá el principal error consista en intentar encajar a China dentro de categorías elaboradas para explicar otras experiencias históricas.

No cabe duda de que incorpora numerosos elementos que asociamos al capitalismo: mercados, empresas privadas, competencia, acumulación, innovación o apertura internacional. Pero tampoco cabe ignorar que el poder político mantiene un grado de dirección económica, planificación estratégica y control sobre el capital privado difícilmente comparable con las economías capitalistas convencionales.

El «secreto» del modelo chino parece residir menos en la economía que en la política. No es el Estado actuando como un gran capitalista, sino un Estado que pretende alinear la actividad económica con objetivos sociales, nacionales y estratégicos de largo plazo. Que esa pretensión logre materializarse plenamente o termine siendo absorbida por las dinámicas propias del capitalismo constituye precisamente la gran incógnita.

En última instancia, será la propia evolución de China la que responda a esta cuestión. Nadie puede afirmar con certeza que el actual modelo desemboque en una sociedad socialista plenamente desarrollada. Pero tampoco resulta metodológicamente riguroso dar por supuesto que la presencia del mercado u otros atributos “capitalistas” invalida automáticamente esa posibilidad.

Cabe, por otra parte, hacer mención de la persistencia de las campañas de educación ideológica que apela a mantener a ultranza la fidelidad a la misión fundacional o la revalidación del marxismo, especialmente en el xiismo, como guía inspiradora de los más de cien millones de militantes del PCCh. Es este mandarinato el que vertebra las políticas del país en todos los órdenes.

China continúa siendo, ante todo, una especificidad histórica. Su proyecto combina una fuerte tradición civilizacional, una reivindicación permanente de la soberanía nacional y una experimentación institucional sin precedentes. Tal vez por ello las categorías heredadas resulten insuficientes para comprender una realidad cuya definición definitiva todavía pertenece más al futuro que al presente.

Un debate todavía abierto

La definición del sistema económico chino constituye probablemente uno de los mayores debates intelectuales de las últimas décadas. Lo menos que puede decirse es que no existe un consenso académico. Al contrario, economistas, politólogos e historiadores utilizan categorías diferentes para explicar una realidad que combina planificación estatal, mercados, empresas privadas, empresas públicas y un partido único que mantiene el monopolio del poder político.

La dificultad deriva de que China reúne características propias de sistemas aparentemente incompatibles. Quienes privilegian el peso del mercado concluyen que el país ya es esencialmente capitalista. Quienes ponen el acento en la estructura del poder sostienen que el socialismo sigue siendo el principio ordenador del sistema. Entre ambos extremos abundan las posiciones intermedias.

La interpretación liberal: un capitalismo dirigido

Desde una perspectiva liberal, China representa una modalidad de capitalismo de Estado. Autores como Barry Naughton, Nicholas Lardy o Yasheng Huang, aun con diferencias importantes entre ellos, coinciden en señalar que la economía china funciona mayoritariamente mediante mecanismos de mercado. Los precios se determinan esencialmente por la oferta y la demanda, existe competencia entre empresas, proliferan las compañías privadas, el trabajo asalariado constituye la relación económica dominante y la integración en el capitalismo global es prácticamente completa.

La diferencia con las economías occidentales residiría en que el Estado conserva un papel mucho más activo. Controla el sistema financiero, dirige la política industrial, protege determinados sectores, interviene sobre los flujos de capital y utiliza las empresas públicas como instrumentos estratégicos.

Desde esta perspectiva, el socialismo habría quedado reducido a una legitimación política mientras el funcionamiento cotidiano respondería, en esencia, a la lógica capitalista.

La crítica marxista: una restauración capitalista

Curiosamente, buena parte de la crítica procedente de la izquierda llega a una conclusión semejante, aunque por caminos completamente distintos.

Autores como David Harvey, Minqi Li o Au Loong Yu consideran que las reformas iniciadas por Deng Xiaoping condujeron progresivamente a una restauración del capitalismo.

Su argumento principal no se centra en la existencia de mercados -que también existieron parcialmente en otras experiencias socialistas- sino en la transformación de las relaciones sociales de producción.

Subrayan varios elementos como el crecimiento de la propiedad privada; la formación de una poderosa clase empresarial; la ampliación de las desigualdades sociales; la mercantilización creciente del trabajo; la aparición de grandes fortunas; la integración plena en el capitalismo mundial.

Desde esta óptica, el Estado continúa siendo fuerte, pero actúa esencialmente para garantizar la acumulación de capital, aunque bajo dirección del Partido.

No obstante, esta interpretación suele enfrentarse a una objeción relevante. Si el capitalismo se hubiera restaurado plenamente, ¿cómo explicar que el Estado siga controlando los principales bancos, los sectores estratégicos, la política monetaria, la tierra urbana y una parte sustancial de la inversión nacional?

Una tercera interpretación: un modelo híbrido

Otros investigadores consideran insuficiente la dicotomía entre socialismo y capitalismo.

El caso más conocido probablemente sea Giovanni Arrighi. En “Adam Smith en Pekín”, Arrighi sostenía que China no estaba reproduciendo el desarrollo capitalista occidental sino construyendo una vía distinta basada en una fuerte tradición estatal, un elevado grado de planificación y una utilización pragmática del mercado.

Más recientemente, Isabella Weber ha insistido en que muchas de las instituciones económicas chinas no proceden únicamente del marxismo soviético, sino también de tradiciones administrativas imperiales que concebían el mercado como un mecanismo útil siempre que permaneciera bajo supervisión pública.

Desde esta perspectiva, el mercado no sería incompatible con el socialismo siempre que no determinase por sí mismo la orientación estratégica del desarrollo.

¿Qué responde el PCCh?

La posición oficial del Partido Comunista de China parte de un razonamiento diferente. El criterio fundamental no consiste en determinar si existe propiedad privada o mercado. La verdadera cuestión consiste en responder quién ejerce el poder político y qué finalidad persigue la economía.

Para el PCCh, el mercado constituye únicamente un instrumento. El sujeto dirigente continúa siendo el Partido. Esta diferencia no es meramente retórica. Como se ha señalado, en China la tierra sigue sin privatizarse plenamente; los bancos fundamentales permanecen bajo control estatal; las grandes empresas estratégicas siguen siendo públicas; las compañías privadas incorporan estructuras permanentes del Partido; el Estado determina las grandes prioridades industriales, tecnológicas y territoriales mediante planes quinquenales; el capital privado carece de autonomía para convertirse en una fuerza política independiente.

Desde la lógica oficial, precisamente estos elementos impedirían definir el sistema como capitalista. Aceptar esa etiqueta supondría reconocer que el Partido ha abandonado su misión histórica, algo incompatible con toda su construcción ideológica desde Deng Xiaoping hasta Xi Jinping.

¿Dónde está realmente la diferencia?

Quizá la cuestión más interesante consista en comparar el capitalismo de Estado clásico con el modelo chino.

En las experiencias habitualmente definidas como capitalismo de Estado -Japón de la posguerra, Corea del Sur, Singapur o el citado Taiwán gobernado por el Kuomintang- el Estado intervino intensamente para acelerar la industrialización. Pero esa intervención perseguía consolidar economías plenamente capitalistas. El éxito empresarial acababa traduciéndose, tarde o temprano, en influencia política de las élites económicas.

China presenta, hasta ahora, una lógica diferente. Los grandes empresarios pueden acumular riqueza pero no pueden constituirse como un poder autónomo frente al Partido. No controlan el sistema financiero. No controlan los grandes medios de comunicación. No determinan la orientación de la planificación. No financian partidos políticos alternativos.

Y cuando el liderazgo considera que determinados sectores concentran un poder excesivo -como ocurrió recientemente con las plataformas digitales o el sector inmobiliario- interviene directamente para reequilibrar el sistema. Esta subordinación permanente del capital al poder político constituye probablemente la principal diferencia respecto del capitalismo de Estado convencional. Es más, el Partido conserva intacta toda la capacidad para condicionar e incluso revertir la política del país.

El verdadero criterio

Por ello, quizá la pregunta adecuada no sea si China tiene mercado. La inmensa mayoría de las economías contemporáneas utilizan mercados. La cuestión verdaderamente relevante consiste en averiguar quién gobierna a quién. ¿Gobierna el mercado al Estado? ¿O gobierna el Estado al mercado?

En las economías liberales, el poder económico tiende progresivamente a condicionar el poder político. En China, al menos hasta el presente, sucede justamente lo contrario. Ello no demuestra automáticamente que el modelo sea socialista. Pero sí obliga a reconocer que las categorías tradicionales resultan insuficientes para describirlo.

La prueba de fuego será 2035

En realidad, la discusión probablemente no pueda resolverse hoy. Será la evolución del propio sistema la que determine cuál de las interpretaciones resulta finalmente correcta. Por eso adquiere tanta importancia el experimento iniciado en Zhejiang.

Si durante la próxima década China consigue reducir las desigualdades, reforzar la prosperidad común, mantener subordinado al capital privado, profundizar la transición ecológica y preservar el liderazgo público sobre los sectores estratégicos, aumentarán los argumentos de quienes consideran que está desarrollando una modalidad inédita de socialismo.

Si, por el contrario, la lógica de la acumulación privada termina imponiéndose sobre los objetivos sociales, el concepto de capitalismo de Estado adquirirá una fuerza explicativa mucho mayor.

En consecuencia, el debate permanece abierto. No tanto porque falten datos, sino porque el objeto de estudio continúa transformándose.

Una última observación

La mayoría de los análisis -tanto favorables como críticos- intentan responder a la pregunta «¿qué es China?». Sin embargo, el propio PCCh formula otra distinta: «¿hacia dónde va China?».

Es una diferencia metodológica de enorme importancia. Mientras gran parte de la literatura occidental clasifica el sistema atendiendo a su estado actual, el Partido lo define por su dirección histórica. Es decir, sostiene que una sociedad puede contener elementos capitalistas sin ser capitalista si esos elementos constituyen una fase transitoria subordinada a un proyecto socialista de largo plazo.

Ahí reside, probablemente, el auténtico núcleo del debate: no en si China utiliza mercados o empresas privadas pues eso es evidente, sino en si esos instrumentos están transformando el socialismo o si, por el contrario, es el socialismo el que está instrumentalizando al mercado para alcanzar unos objetivos políticos previamente definidos. Esa es la cuestión que la evolución de China durante las próximas dos décadas ayudará a responder.

Xulio Ríos es autor de Marx & China. La sinización del marxismo (Akal, 2025).

Fuente: https://rebelion.org/es-china-un-capitalismo-de-estado/

 

martes, 28 de enero de 2025

CHINA, GEOPOLÍTICA Y COMUNICACIÓN



ENTREVISTA A XULIO RÍOS

Hablamos con Xulio Ríos sobre China, su influencia en el mundo y cómo la comunica (o intenta hacerlo)

ene 28, 2025

Entrevista realizada por X. Peytibi.

En un momento donde las tensiones entre China y Estados Unidos moldean gran parte de las dinámicas internacionales, es esencial comprender cómo el Partido Comunista de China diseña y ejecuta su narrativa tanto hacia dentro como hacia fuera de sus fronteras. Desde su diplomacia hasta su uso de tecnología vía Huawei y TikTok en su estrategia de poder blando, el análisis de su comunicación puede aportarnos perspectivas fundamentales para interpretar el presente y anticipar los desafíos futuros. Es por ello que hemos querido hacerle algunas preguntas al gran Xulio Ríos.

Ríos es asesor emérito del Observatorio de la Política China y asesor de Casa Asia. Colabora con diferentes medios de comunicación y revistas especializadas. Forma parte también de consejos científicos y comités de redacción de diversas publicaciones sinológicas. Profesor y consultor de varias instituciones universitarias de España, China y América Latina, es autor de más de una docena de títulos sobre China, entre los cuales pueden destacarse China:


¿superpotencia del siglo XXI? (Icaria, 1997), Mercado y control político en China (Catarata, 2007), China pide paso (Icaria, 2012), China moderna (Tibidabo, 2016), La China de Xi Jinping (Popular, 2018), Una historia del PCCh: la metamorfosis del comunismo en China (Kalandraka, 2021). Premio Cátedra China 2018 y Premio Casa Asia 2021.


Se trata de uno de los analistas más destacados en el ámbito de los estudios sobre China y que, a lo largo de décadas, ha ofrecido claves indispensables para entender cómo China articula su influencia a nivel global, combinando economía, tecnología y cultura en una estrategia integral que ha transformado el equilibrio geopolítico mundial. Le preguntamos por ello:


Trump solo mencionó dos veces a China en su discurso inaugural, pero parece que la presión hacia el país asiático desde Estados Unidos va a ser mayor, especialmente por lo que se refiere a la economía. ¿Cómo puede responder China a los aranceles estadounidenses?


Sin duda, la presión será mayor, a juzgar, sobre todo, por el equipo que rodea a Trump, aunque entre ellos puede haber quienes prefieran jugar la carta del comercio y la tecnología prioritariamente y quienes van con todo, incluida la presión estratégica y militar. Ambas partes se darán un tiempo para ver en que medida es posible establecer algún tipo de acuerdo, similar al establecido al final del primer mandato de Trump. Este ha pedido ya una evaluación de su cumplimiento. No obstante, a diferencia del primer mandato, EEUU es ahora el tercer socio comercial, después de ASEAN y la UE, y China está más preparada para esta contingencia. Lo prioritario para Beijing será mantener el diálogo y minimizar pérdidas, cuidando de responder de forma mesurada. Es decir, apuntando a áreas sensibles como las tierras raras, por ejemplo, pero cuidando de evitar profundizar en la desvinculación que los más radicales promueven en Washington y a quienes no le interesa seguir el juego. Lo que puede dinamitarlo todo es Taiwán, sobre todo si Trump modifica radicalmente la política de una sola China o pisa en exceso el acelerador de las ventas de armas.


Hoy, China es el principal socio comercial de más de 140 países. ¿Son solo relaciones comerciales, o viene acompañado de todo un ejercicio de soft power detrás? Y, si es así, ¿Cómo lo desarrollan?


La economía es la punta de lanza de la diplomacia china y de su estrategia internacional. No es la defensa, es el comercio. Es la fuente de su poder y la que blinda su soberanía. Lógicamente, al fomentar esta relación con otros países aspira también a profundizar en las relaciones en otros campos, desde lo político a lo cultural, cuidando de no dar la impresión de interferir o imponer. Esta China está muy lejos del mesianismo occidental o aquel de tipo soviético de antaño, pero cuanto más cerca estos países estén de China más autonomía debieran ganar en relación a Occidente y eso a China le interesa especialmente. Desde los institutos Confucio al establecimiento de asociaciones estratégicas de diverso tipo, la firma de memorandos de la Franja y la Ruta, la comunidad de futuro compartido, etc., hay una red de mecanismos llamados a potenciar la cooperación y a pluralizarla que se complementa con su propia red de acrónimos, desde los BRICS a la Organización de Cooperación de Shanghái, pongamos por caso.


¿Cómo evalúa el enfoque de “diplomacia de lobo guerrero” en las relaciones internacionales de China? ¿Es efectivo o ha generado más resistencia global?


Creo que, en gran medida, es agua pasada. Se dio en un contexto marcado por la crisis de Hong Kong y la pandemia, cuando las críticas a China se propagaban como un reguero de pólvora, en una dosis nunca vista en los últimos 40 años y cuando en Beijing se impulsaba una retórica de ascenso imparable. No creo tampoco que vaya a renunciar a exponer sus puntos de vista y contrastarlos con las acusaciones de Occidente respecto a sus políticas. Pero priorizará otros medios diferentes a sus resortes propiamente diplomáticos. Creo que a China le interesa dejar que Trump ejerza su radicalismo y asociarlo con la generación de caos e inestabilidad mientras China evita la controversia, se afianza como ejemplo de moderación y confiabilidad y proyecta una retórica cooperativa. Ya ganó bastante terreno en el Sur Global exhibiendo el doble rasero de Occidente en crisis como la de Ucrania o Palestina. Lo que ahora se avecina puede granjearle importantes réditos y quizá sea en este orden en el que la “ventaja” de tener a un Trump en la Casa Blanca sea más evidente. El trabajo de Biden con los aliados fue muy intenso y muy problemático para China.


¿Qué opina sobre el papel de China en América Latina como sustituto de Estados Unidos, sobre todo después de la inauguración del puerto de Chancay en Perú?


Sin duda es un dato geopolítico relevante y EEUU tendrá muchas dificultades para revertirlo. Ambos tendrán que coexistir, no es tanto que uno releve al otro. China es un socio económico vital que atiende muchas necesidades en América Latina, especialmente en infraestructuras, que otros países, España incluida, han descuidado. Hay aproximaciones estratégicas en curso con algunos países. No tanto en lo político o en la defensa. En algunos, el factor ideológico importa y en otros no. China subalterniza ese aspecto enfatizando la prioridad al desarrollo. Necesita generar más mercados. EEUU, por el contrario, prioriza la defensa y la estrategia y su influencia ha perdido peso, pero ese es el resultado de un proceso de muchos años en los que el desprecio por la región y sus injerencias han sido el pan de cada día. China es percibida por muchos con más respeto, no solo por la izquierda o el progresismo, y es porque también se la considera más respetuosa.


¿Qué visión tiene sobre el futuro de las relaciones entre China y Rusia? ¿Es una alianza táctica o estratégica? ¿Qué límites tiene esta alianza?


Las relaciones entre China y Rusia han venido para quedarse. No siempre han sido fáciles -recordemos el periodo de la Guerra Fría- pero no creo en la capacidad de Trump para abrir una grieta en su entendimiento basado en un sólido interés compartido: evolucionar del hegemonismo estadounidense surgido de la posguerra fría a la mutipolaridad. Además, hay mucha complementariedad entre sus economías, lo cual es también importante. Y las reservas en otros ámbitos (desde la inmigración china en Siberia a la penetración de la influencia china en Asia Central) no son hoy obstáculos significativos. Por tanto, en los próximos años lo más probable es que esa cooperación, ya visible no solo en el plano bilateral sino también multilateral, se afiance significativamente, aunque se cuidará de no plasmarlo en una alianza formal que conceptualmente rechaza establecer con cualquier país.


Hablemos de comunicación. ¿Qué estrategias comunicativas utiliza el Partido Comunista de China para mantener su legitimidad interna? ¿Qué papel juega la censura y la propaganda en la configuración del discurso público en China, especialmente en temas sensibles como Taiwán o Xinjiang?


La comunicación es un pilar esencial de la estrategia de promoción internacional de China. En el plano interno, los límites son bien conocidos y la preocupación por establecer una “orientación correcta” de la opinión pública responde a una sensibilidad extrema por la estabilidad en un momento crucial de su proceso. El control es básico y no perder la capacidad de iniciativa también. Pero la cuestión clave es si el Gobierno tiene la capacidad para corregir los desequilibrios y las desigualdades y asegurar la buena marcha de la economía. El énfasis hoy día en la prosperidad común va en esa línea. Mientras la sociedad china perciba que sale ganando y no perdiendo, que su calidad de vida y sus ingresos mejoran, etc., ese seguirá siendo el principal factor de legitimidad. Los conflictos territoriales en el continente vienen de larga data pero no perdamos de vista que, sensu contrario, activan un nacionalismo de la mayoría Han que no debe desdeñarse y hoy la consigna de promover el sentido de “comunidad nacional” en toda la sociedad china extiende un barniz que junto a la represión mitiga las reivindicaciones de las nacionalidades minoritarias. El caso de Taiwán es distinto: hay factores aquí muy ligados al sentimiento histórico de humillación. No solo es la guerra civil, es su entrega a Japón en 1895 como consecuencia de la derrota en la primera guerra que los enfrentó.


¿Cómo maneja el gobierno chino la disidencia interna en la era digital, especialmente con el auge de redes sociales y plataformas tecnológicas?


La disidencia interna no pasa por un buen momento. En los últimos lustros, ha sido arrinconada severamente o simplemente expulsada al exterior. También este clima ha perjudicado la influencia de algunas sensibilidades internas, en algunos casos con la corrupción como aguijón. El control de las plataformas digitales es bien conocido. China ha demostrado que es bastante capaz de afrontar este desafío y domesticar las redes. Es un tema al que se ha otorgado mucha importancia, reforzándose tras el inicio del mandato de Xi Jinping. En el fondo subyace la convicción de que el momento histórico presente es clave para que el proyecto de modernización, que arranca en China en el siglo XIX, pueda culminarse. Y que ello requiere estabilidad. También aquí hay que minimizar riesgos, sobre todo de injerencias exteriores a través de esos mecanismos. La alusión a las “revoluciones de color” en la crisis de Hong Kong abunda en esta interpretación. No habrá bajada de guardia en este asunto.


¿Cómo ha evolucionado el liderazgo de Xi Jinping en términos de narrativa política y qué impacto tiene esto en la consolidación de su poder?


Xi representa un tercer tiempo en la política china, tras Mao y Deng. Su sueño chino de rejuvenecimiento nacional con el horizonte puesto en 2049 apunta a culminar el tránsito en el modelo de desarrollo y establecer una nueva legitimidad sistémica basada en el imperio “por” la ley. La construcción de un Estado “con” derecho es un proceso irreversible cuando el hecho revolucionario y la gestión económica con altos índices de crecimiento van quedando atrás. En este tercer tiempo lo que Xi propone es una reforma profunda de los mecanismos de legitimación que aseguren la perennidad de la hegemonía del Partido Comunista bajo lo que he llamado en alguna ocasión “eficracia”, es decir, construir un sistema que resulte, sobre todo, eficiente para resolver los problemas de los ciudadanos. Esa eficiencia casa muy bien con el reconocido pragmatismo chino. Por otra parte, a día de hoy, Xi no tiene rival. Es muy probable que en 2027 repita mandato para acercar su vigencia a 2035, el primer ecuador de su plan estratégico hacia el centenario de la República.


¿Qué papel juega la tecnología, especialmente empresas como Huawei o TikTok, en la estrategia de poder blando de China? ¿Y la inteligencia artificial?


Muy importante. La competencia estratégica con EEUU se dirime no tanto en el campo de la ideología como en la tecnología y está haciendo un esfuerzo considerable. También en la inteligencia artificial, por supuesto. La inversión en I+D el año pasado fue del 2,68% del PIB, medio billón de dólares, y seguirá aumentando. China ya no es el “todo a cien”, es una potencia tecnológica moderna, muy competitiva. Visibiliza una China a la vanguardia de los tiempos y de la que la propia sociedad, que tiene aun conciencia de su atrasado punto de partida, se pueda sentir orgullosa. También es consciente de que ello tiene consecuencias globales. Atrae la atención, para bien y para mal. Pasó con Huawei, ahora con TikTok, mañana será otra marca. Por más que intente reprimir ese auge, será muy difícil que Occidente pueda conjurar esa espiral.

Política Creativa es una iniciativa de Xavier Peytibi (ideas y recomendaciones) y de Juan Víctor Izquierdo (ideas y programación). Puedes leer todos los contenidos en www.politicacreativa.com

Fuente: https://www.politicacreativa.com/p/china-geopolitica-y-comunicacion?publication_id=2012844&post_id=155527036&isFreemail=true&r=1nk52z&triedRedirect=true