Mostrando entradas con la etiqueta Nacionalismo o Socialismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Nacionalismo o Socialismo. Mostrar todas las entradas

martes, 31 de marzo de 2020

EL CORONAVIRUS Y LOS NACIONALISMOS


Dr. Hugo SALINAS
salinas_hugo@yahoo.com

El COVID-19, y su difusión rápida a nivel planetario, nos está demostrando que establecer políticas económicas y sociales de corte nacionalista, se encuentran en total contradicción con la realidad socio-económica actual. Esta pandemia ha hecho volar en mil pedazos sentimientos y políticas nacionalistas. Es demasiado tarde, retrógrado, alimentar nacionalismos basados en la identidad, la piel, la región geográfica, la religión, la lengua, etc.

Se impone entonces la pregunta, ¿porqué, en estos tiempos, toda política nacionalista está destinada al fracaso? ¿Por qué todo acto nacionalista, aun cuando fuera con la mejor de las intenciones, será refutado por la realidad circundante a nivel mundial? ¿Por qué, los actos y los partidos políticos nacionalista, en lugar de hacernos avanzar, nos hacen retroceder?

Es bueno saber que desde unos seis siglos, aproximadamente, se ha impuesto a nivel planetario una forma de trabajar, producir, comercializar y consumir que se funda en los intercambios en base a precios expresados en unidades monetarias. Intercambios de bienes económicos y de personas que ya no tienen límites locales, nacionales o regionales.

Para esta forma de trabajar, producir, comercializar y consumir, que en general la llamamos “economía de mercado”, no existen fronteras. Y la “globalización”, de estas últimas décadas, lo que ha hecho es simplemente profundizar y alcanzar los últimos eslabones perdidos. Se ha construido un espacio económico único e indivisible a nivel mundial.

Ya nadie, ni persona ni país, es capaz de “aislarse” de los unos y los otros. La interrelación ya no tiene ni límites ni fronteras. Y es bueno saber también que las fronteras nacionales actualmente existentes han sido y son impuestas manu militari.


Otra consecuencia igualmente importante a extraer de la evidencia que nos ha traído el COVID-19 es que, tanto el modelo socio-económico actualmente imperante como el nuevo a instalar, son de validez universal. Ya no tienen cabida las políticas nacionalistas. Si se instala una política socio-económica válida en resolver los problemas esenciales de un país, como la pobreza y el desempleo, esta política será igualmente válida para cualquier otro país del planeta Tierra.

Hemos llegado, en la evolución de las formas de trabajar y de vivir, en donde las fronteras territoriales ya no tienen ni validez ni justificación. Hemos ingresado, y desde hace varios siglos, a una economía-mundo y a una sociedad-mundo. Cerrar nuestros ojos ante esta evidencia, es simplemente querer tapar la inmensidad del bosque con un dedo.

De tal manera que, cualquier ensayo de transformación en un país, deberá ejecutarse dentro de una economía abierta a nivel mundial, en términos de una economía de mercado, sin ninguna distinción de religión, piel, lengua o etnia.


Lima 30 de marzo del 2020

martes, 15 de noviembre de 2016

¿PUEDE TRUMP TENER ÉXITO?




Donald Trump con el general Michael T. Flynn

por Thierry Meyssan 

Mientras la prensa atlantista se empeña en proyectar sobre Donald Trump los debates artificiales que Hillary Clinton impuso durante la campaña electoral por la presidencia de Estados Unidos y se multiplican los llamados a asesinar al presidente electo, este último se prepara para cambiar de paradigma, echando abajo la ideología puritana que domina su país desde hace dos siglos. Pero, ¿puede lograrlo?
Red Voltaire | Damasco (Siria) | 15 de noviembre de 2016



La prensa internacional trata de convencernos de que los electores de Donald Trump expresaron con sus votos una revuelta de los “blanquitos” contra las élites. Lo que en realidad hace esa prensa es prolongar el discurso de Hillary Clinton que los electores estadounidenses acaban de rechazar. Esa prensa se niega a aceptar el hecho que la actual división interna estadounidense nada tiene que ver con los temas que ella privilegió durante la campaña electoral.

Sin embargo, todos hemos visto aparecer une nueva grieta, no entre los dos grandes partidos estadounidenses sino dentro de ellos. Numerosos líderes republicanos apoyaron a la señora Clinton, mientras que algunos líderes demócratas respaldaban a Trump. De hecho, el propio Bernie Sanders acaba de proponer sus servicios al presidente electo. Al mismo tiempo, el análisis del resultado de la votación por categorías comunitarias (mujeres, hispanos, negros, musulmanes, gays, etc.) ha dejado de tener sentido. A pesar de que nos repitieron hasta el cansancio que votar por Donald Trump era votar por el odio a las minorías, al menos una tercera parte de los miembros de las minorías votó por él.

Algunos periodistas tratan de apoyarse en el antecedente del Brexit, cuando el resultado del referéndum británico los dejó igualmente sorprendidos y totalmente incapaces de explicarlo. Si el análisis se hiciese en base a los antecedentes extranjeros, habría que tener en cuenta al menos los sorpresivos resultados electorales del hoy presidente de la India Narendra Modi y del actual presidente Rodrigo Dutertre en Filipinas (una ex colonia de Estados Unidos).

A pesar de lo que sigue afirmando la propaganda, los británicos no votaron contra los europeos, los indios no votaron contra los musulmanes y los filipinos no votaron contra los chinos. Al contrario, cada uno de esos tres pueblos está tratando de salvar su propia cultura y de vivir en paz. Aunque en 2002 fue responsable de los motines anti-musulmanes en Gujarat, el hoy presidente indio Narendra Modi tendió la mano a Pakistán, convencido de que los problemas entre la India y ese país fueron organizados y alimentados por las potencias coloniales. Lo mismo sucede en Filipinas, donde el presidente Rodrigo Dutertre sorprendió a todos acercándose al «enemigo chino».

Hace varias semanas expliqué, desde estas mismas columnas [1], que lo que hoy divide a Estados Unidos no es la procedencia étnica, ni la procedencia social sino la ideología puritana. Si mi explicación es correcta, seremos testigos de una lucha existencial de los partidarios de esa ideología contra la administración Trump. Todas las iniciativas del nuevo presidente serán saboteadas de forma sistemática. Ya en este momento, las manifestaciones contra el resultado de la elección y la amplísima cobertura que los grandes medios les reservan demuestran que los perdedores no respetarán las reglas de la democracia.

Más que pensar en cómo sacar ventaja de la administración Trump, tendríamos que preguntarnos cómo podemos ayudarla a liberar su país de su propio imperialismo, a poner fin al mundo unipolar y a la «doctrina Wolfowitz», cómo podemos poner fin al enfrentamiento y pasar a la cooperación.

Mientras la prensa estadounidense especula sobre la inclusión de personalidades de la administración Bush en la futura administración Trump, nosotros debemos anticipar el papel político que van a desempeñar los cuadros comerciales de la Trump Organisation, únicas personas en las que el nuevo presidente podrá confiar.

Y habrá que tener muy en cuenta el papel que puede desempeñar el general Michael T. Flynn, quien –a pesar de ser demócrata– fue el principal consejero del candidato Donald Trump en materia de política exterior y de defensa. Como director de la inteligencia militar estadounidense, desde la celebración de la conferencia Ginebra 1 y hasta el inicio de la embestida del Emirato Islámico (Daesh) contra Irak, el general Michael T. Flynn luchó constantemente contra el presidente Obama, la secretaria de Estado Hillary Clinton, los generales David Petraeus y John Allen, y también contra el secretario general adjunto de la ONU Jeffrey Feltman, empeñados todos en seguir recurriendo a los yihadistas y al terrorismo para mantener la hegemonía del imperialismo estadounidense. Desde un cargo como los de consejero presidencial para la seguridad nacional, director de la CIA o secretario de Defensa, pudiera llegar a ser el mejor aliado de la paz en el Levante.


lunes, 14 de noviembre de 2016

TRUMP VIENE DE LEJOS




César Hildebrandt

Tomado de “HILDEBRANDT EN SUS TRECE” N° 323 11 NOV16 p.11

Donald Trump no es un invento moderno. Viene de lejos. Está en la historia de los Estados Unidos.

Es James Monroe, que era John Quincy Adams, que después fue Theodore Roosevelt. Cuando Trump habla de volver a la grandeza lo que quiere decir es que sueña con los Estados Unidos que eran capaces de tragarse Oregón, Texas y California de un solo copioso bocado.

Ahora, claro, ya no se trata de territorios sino de porciones de la torta económica mundial.

 Y Trump, al igual que millones de trabajadores de los Estados Unidos, sabe que la globalización tal como la conocemos es una trampa. No se puede jugar a la aldea mundial y al comercio sin barreras cuando la deslocalización fabril se produce siguiendo la huella de mercados laborales esclavos. Por eso es que China ha sido el blanco de algunas de sus peores invectivas.

El nuevo orden mundial impuesto por el dúo Reagan-Thatcher es el que  da muestras de fatiga terminal. No es que Trump vaya a cambiarlo. Es que él es apenas el síntoma de esta enfermedad planetaria que ha despertado los nacionalismos, los rescates de soberanía, la xenofobia y el hastío mortal ante el continuismo dominado por las corporaciones. La más cruel ironía de la elección de Trump es que han votado por él los que esperan un cambio las cosas. ¿Puede haber alguien más conservador que un misógino que parece un Norman Mailer ágrafo, que un aislacionista que recuerda a Woodrow Wilson y que un racista que recuerda al gobernador George Wallace? ¿Esperaban los redneck que un hombre así pateara el tablero que lo hizo rico y candidato? Sólo una confusa rabia puede explicar ese endose de fe y de votos.

 Digámoslo claro: la aldea global no existe para las gentes sino para los grandes conglomerados. Del mismo modo que las proezas tecnológicas no redundan en mejores vidas para los millones de marginados.

 Trump es, además de un Tío Sam con gomina, el hijo de las clases medias abandonadas a su suerte. Y viene de la crisis financiera del 2008, "solucionada" fabricando papel moneda destinado a sostener a los forajidos de la banca que habían creado los papeles basura y la prosperidad hechiza que Martin Scorsese retrató procazmente basado en las memorias de Jordán Belfort.

 Trump es también producto de la hipocresía de Obama, el presidente estadounidense que alentó como nadie el caos en el medio oriente y llenó de anabólicos a hordas como las del ISIS. La crisis siria, el drama de los refugiados, la anarquía en Libia y otras regiones de África, la ya endémica inestabilidad en Irak, son hechura de una política exterior canallesca que Obama no quiso cambiar. Y el hecho de que Israel, fuente de todas las tensiones, siga sumando territorio gracias a los asentamientos que hasta la ONU condena es una prueba más del fracaso demócrata que hoy alimenta la hoguera de las vanidades republicanas.

 ¿Querían un planeta sin barreras, sin aduanas, sin aranceles? Pues allí lo tienen. ¿Querían un mundo donde Monsanto nos dictara cuántas hectáreas de soya o palma aceitera debiéramos cultivar? Pues aquí está. La dictadura del dinero produjo a Frankenstein. No finjan asustarse.

 El estadounidense promedio, el que perdió su empleo porque este voló a Indonesia o a China, escuchó con simpatía las mentiras electorales de Trump. Intuía, en el fondo, que sólo se trataba de palabras pero lo bueno era que al menos alguien decía, en dosis de caballo, lo que todos querían oír en Indianápolis o en Detroit.

 Y la señora Clinton cada vez más parecida a una sombra, repetía lo que "la ley y el orden" dictaban. Parecía la madre de un hijo al que tenía que defender más por mandato biológico que por convicción. La señora Clinton era el establishment con cara de resaca y su discurso disparaba lugares comunes que, a estas alturas, han perdido eficacia.

El sistema-mundo actual, hijo tarado de un proyecto conservador que pretendió durar siglos, ha empezado un ciclo final de decadencia. Trump es su mejor rostro. Y cuando quienes confiaron en él vean cómo es que incumple sus promesas y cómo es que se somete a las reglas del gran dinero, esa será una nueva vuelta de tuerca. Una revolución pacífica, de las gentes, surgida del miedo a perder el planeta, un movimiento mundial de asco y rebelión, aparece como inevitable en estos tiempos sombríos. No sé cuánto demore y algo me dice que no la veré. Pero no tengo dudas de que sucederá. No he perdido la fe en la humanidad, como se ve. 


miércoles, 6 de enero de 2016

POLÉMICA: GUILLERMO ALMEYRA RESPONDE A EMIR SADER, A PROPÓSITO DEL SEUDO PROGRESISMO DE LA "IZQUIERDA" LATINOAMERICANA




06-01-2016

En las procesiones católicas el que esparce incienso al paso de la imagen se llama turiferario y, con los “efectos especiales” del Medioevo, trata de dar sacralidad al paseo del santo o de la reliquia del mismo. Los sacerdotes laicos de los gobiernos “progresistas” no llegan a turiferarios sino que son, simplemente, sahumadores pues con el humo de sus teorías tratan de disimular el mal olor que despide la descomposición de esos gobiernos. 

Un sahumador destacado es mi amigo Emir Sader quien al menos tiene la valentía de romper lanzas teóricas a favor de gente que, tras una derrota inesperada e ignominiosa, desaparece refugiándose en la mudez de la falta de balances y explicaciones, como Cristina Fernández de Kirchner, no puede ni pensar, como Dilma Rousseff  y Lula, o se limita obstinadamente a vociferar, como Nicolás Maduro, en vez de abrir un período de reflexión, autocrítica y rectificación, para salvar lo aún salvable. 

Emir, en su artículo “la izquierda del Siglo XXI es antineoliberal”, publicado en La Jornada, de México, Página 12, el boletín kirchnerista de Argentina y la página web española Rebelión, dice que la izquierda es una categoría histórica variable que primero se habría referido al enfrentamiento entre las clases, después al antifascismo y, por último, al neoliberalismo. Lo que Emir describe es en realidad la evolución de la socialdemocracia y del estalinismo desde los años 1930 hasta hoy, desde la lucha anticapitalista y socialista, pasando por los Frentes Populares con partidos burgueses hasta los Hollande, los Tsipras, los Iglesias, empeñados en mantener el capitalismo a costa de todas las concesiones y vergüenzas posibles. Pero aunque “izquierda” es un término de relación (se es izquierda frente a una derecha) tan poco preciso que Hitler sería izquierda frente a Gengis Khan, desde 1848, con el surgimiento de las insurrecciones obreras y del socialismo, es de izquierda quien está contra el sistema capitalista y de ultraderecha, derecha o centro derecha quien lo defiende, sólo ve como posible el marco del sistema y niega la lucha de clases en nombre de la unidad nacional. No hay entonces un enfrentamiento entre una “izquierda” progresistas y la derecha sino una lucha entre una débil derecha nacionalista y la sólida del gran capital financiero mundial. 

Además, el neoliberalismo es sólo una de las políticas del capitalismo, que en su momento fue keynesiano o nazi. Quien busca sólo una alternativa al neoliberalismo propone sólo reformas al capitalismo, que es la causa de fondo del mismo y de todos los otros males (guerras, ecocidio, racismo, esclavitud, xenofobia, colonialismo). 

Siguiendo a García Linera, cuyo fin declarado es la constitución de un “capitalismo andino” y cuya bestia negra son “los intelectuales de izquierda” y las ONGs progresistas, Emir Sader critica a los sectores que planteaban que los movimientos sociales debían ser independientes del Estado y de las instituciones capitalistas, no dice una palabra sobre el carácter capitalista de los Estados que tienen gobiernos “progresistas” (es más, confunde gobiernos con Estado) ni sobre la necesidad de esa independencia, por ejemplo, en México, Colombia o la Argentina de Macri. 

Según Emir, los gobiernos “progresistas” habrían “redefinido el papel del Estado en vez de oponerse a él”. ¿Cómo? ¿Apoyando a los soyeros a costa de la agricultura campesina, aliándose con el agribussiness en vez de hacer una reforma agraria, como exige en Brasil el MST? ¿Fomentando la gran minería y la deforestación, el extractivismo, la destrucción ambiental de masa, favoreciendo al capital financiero como hizo el kirchnerismo? ¿No tocando las bases del capitalismo y ni siquiera afectando a las transnacionales y la banca extranjera? 

Según los sahumadores esos gobiernos habrían “promovido un inmenso proceso de democratización social”. ¿Habría desaparecido la explotación, se habría reducido la brecha entre ricos y pobres o, simplemente, el Estado, para mantener altas las ganancias de los capitalistas, subsidió algunos servicios y amplió el mercado interno con políticas asistenciales y redistributivas dejando intactas las estructuras económicas capitalistas y dependientes? Si se hubiese producido esa democratización masiva ¿por qué la oposición venezolana pasó de menos del 50 por ciento de los votos al 65,27 por ciento conquistando millones de votos anteriormente chavistas? ¿Por qué el kirchnerismo perdió en la provincia de Buenos Aires y en todas las grandes ciudades, además de en los barrios y municipios obreros? ¿Por ingratitud, porque millones de obreros se habrían vendido a la CIA o serían derechistas fascistizantes, como explicaban los comunistas en el caso de Solidarnosc, en Polonia en 1980? ¿La izquierda se reduce por otra parte a la caricatura que hace Emir cuando pone como sus representantes a Negri-Hardt o a Holloway? ¿Fuera del estalinismo o de los espontaneístas, no hay izquierda sino sólo “intelectuales irresponsables que hablan desde cátedras” (diciendo lo contrario a los –pocos- intelectuales sahumadores que hablan también desde cátedras o desde gobiernos)? ¿La “izquierda del siglo XXI” sería Tsipras y Syriza, que aceptan con júbilo todas las imposiciones de la Troika y del gran capital que rechazaron poco antes, Podemos, que lo que quiere “es ganar”, o sea entrar mediante una alianza electoral en un gobierno de un Estado monárquico y capitalista, o la izquierda portuguesa que reproduce la nefasta experiencia del ingreso de Rifondazione Comunista en el gobierno de Romano Prodi? 

¿Para ser izquierda basta con estar contra la política de austeridad y ser honestos representantes del capital? ¿Eso es lo que nos proponen los sahumadores en vez de intentar dar ideas sobre cómo recuperar las conciencias en Venezuela, sobre cómo construir poder popular en Bolivia y en Ecuador para evitar allí futuras derrotas, sobre cómo hacer una política clasista de resistencia en Argentina en vez de ponerle velitas a la mariscala de derrotas Cristina esperando su regreso en el 2019? 



LA IZQUIERDA DEL SIGLO XXI ES ANTINEOLIBERAL

05-01-2016

La izquierda realmente existente es una categoría histórica, que varía conforme las condiciones concretas de lucha. Ya fue una izquierda de clase contra clase, que incluía a corrientes anarquistas, socialistas y comunistas. Ya fue antifascista, conforme las corrientas de ultra derecha se fortalecían, especialmente en Europa. Ya fue democrática y popular, socialista, conforme las fuerzas propias que tenía y los enemigos a enfrentar.
Conforme el capitalismo ha ingresado en su era neoliberal y ha asumido la centralidad de las tesis del libre comercio, de la mercantilización, se planteó a la izquierda el desafío de la ruptura con el modelo neoliberal y la construcción de alternativas superadoras de ese modelo, que se han denominado posneoliberales.

Hace década y media esa perspectiva no estaba clara. las ONG, algunos movimientos sociales e intelectuales planteaban la lucha en el nuevo periodo como una lucha antipolítica, anti-Estado, anti-partidos, proponiendo como su centro una sociedad civil, con límites no claramente definidos frente al liberalismo. Proponían que los movimientos populares mantuvieran una autonomía respecto a la política, al Estado, a los partidos. Han impuesto esa orientación como predominante en los foros sociales mundiales, con algunos movimientos como los piqueteros argentinos y los zapatistas mexicanos, como los ejemplos de esa orientación.

Una década y media después, el campo de lucha quedó mucho más claro, no sólo teóricamente, sino principalmente en el campo político concreto. Las fuerzas que se han fortalecido –especialmente en América Latina, pero tambien en Europa – han sido las que han centrado su lucha en la superación del neoliberalismo. Han redefinido el papel del Estado, en lugar de oponerse a él. Han recuperado el lugar de la política y de los partidos, en lugar de rechazarlos. Tesis como las de Tony Negri y de John Holloway sobre el carácter reaccionario del Estado y la posibilidad de transformar el mundo sin tomar el poder, entre otras, personificaban esas teorías, que han quedado superadas por la realidad, mientras el FSM se ha vaciado en manos de las ONG.

Son los gobiernos que han logrado un inmenso proceso de democratización social, en países como Venezuela, Brasil, Argentina, Uruguay, Bolivia, Ecuador, eligiendo y religiendo gobiernos con amplio apoyo popular, los que han surgido como las referencias de la izquerida en el siglo XXI. Han logrado la hazaña de avanzar a contramano de las corrientes predominantes en el capitalismo en escala mundial, disminuyendo la miseria, la pobreza, la desigualdad y la exclusión social.

Se han proyectado así como el eje y la referencia de la izquierda en escala mundial, con líderes reconocidos como Hugo Chávez, Lula, Néstor y Cristina Kirchner, Pepe Mujica, Evo Morales y Rafael Correa, entre otros. La realidad concreta ha probado quien tenía razon en el debate sobre la naturaleza de la izquierda en el nuevo periodo histórico.

Mientras esos liderazgos se han afirmado, las que debieran ser las referencia han desaparecido –como es el caso que debiera ser paradigmático del autonomismo piquetero– o han quedado reducidos a la intrancendencia, como es el caso de los zapatistas. Todo ha pasado sin que los intelectuales que han propuesto a esa vía como alternativa hayan mínimamente hecho un balance de ese fracaso. Como son intelectuales desvinculados de la práctica política concreta no tienen responsabilidades por lo que han escrito ayer y se dedican a otras tesis.

Muchos de ellos, fracasadas las tesis autonomistas, se han dedicado a la crítica de los gobiernos que han avanzado concretamente en la superacion del neoliberalismo. Sin captar el caracter nuevo de esos gobiernos, los han tildado de traidores, de extractivistas, de neodesarrollistas, muchas veces aliándose con la derecha –la verdadera alternativa a esos gobiernos– contra las fuerzas progresistas en esos países. No han captado la naturaleza essencialmente antineoliberal de esos gobiernos. Algunos intelectuales, latinoamericanos o europos, pretenden ser la conciencia crítica de la izquierda latinoamericana, con sus posiciones desvinculadas de las luchas y las fuerzas concretas, sin que sus tesis hayan desembocado en la construcción de ninguna fuerza alternativa. Las opciones a los gobiernos posneoliberales –como queda claro en Venezuela, en Argentina, en Brasil, en Uruguay, en Bolivia, en Ecuador– siguen siendo las viejas fuerzas de la derecha, mientras que las posiciones de ultra izquierda siguen en sus posturas críticas, sin ninguna injerencia en las luchas concretas. No por acaso sus defensores son intelectuales, que hablan desde sus cátedras académicas sin ningún arraigo en las fuerzas sociales, políticas y culturales reales.

Mientras tanto, los únicos gobiernos que han avanzado en la superación de las políticas de centralidad del mercado, de eliminación de los derechos sociales, en la subordinacion a la hegemonía imperial estadunidense, han sido los que han sabido definir la centralidad de la lucha contemporánea como la lucha antineoliberal.

No sólo en América Latina, incluso en Europa, la definición de la centralidad de las luchas contemporáneas de la izquierda alrededor de la superación del modelo neoliberal, se impone, sea en España, en Portugal, en Grecia, con la conciencia de que al lucha contra la austeridad es la forma que asume en Europa la lucha antineoliberal, relegando otras posiciones a los libros y a las cátedras académicas.

Incluso en el momento en que gobiernos posneoliberales enfrentan dificultades reales para pasar de la primera a una fase más avanzada de sus luchas, las posiciones ultra izquierdistas, que hablan del fracaso de esos gobiernos, no explican su propio fracaso, al no lograr construir ninguna fuerza alternativa a esos gobiernos, lugar ocupado por fuerzas de derecha. Hablan de fin de ciclo, cuando lo que se presenta no es la superación de un ciclo, sino formas de recomposición conservadora, de retroceso neoliberal, que no superan un ciclo, sino, al contrario, se proponen retroceder a un ciclo anterior.

La izquierda del siglo XXI es, así, antineoliberal: es la que logra construir fuerzas concretas, alternativas bajo la forma de gobiernos, de plataformas, de grandes liderazgos contemporaneos. El resto son palabras que el viento lleva, sin cambiar ni la realidad y, al parecer, ni la cabeza de los que las escriben y son derrotados junto con ellas.

La historia de la izquierda contemporánea está escrita y protagonizada por los que logran avanzar en la construccion de alternativas concretas al neoliberalismo.