Mostrando entradas con la etiqueta Nación. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Nación. Mostrar todas las entradas

viernes, 16 de abril de 2021

LA PASIÓN DE JOSÉ CARLOS MARIÁTEGUI

16 abril, 2021

Iosu Perales

El marxismo llega a América Latina en los primeros años del siglo XX, con los inmigrantes italianos y españoles que, desde un sustrato de clase importante, forman los sindicatos urbanos y los sindicatos mineros. Socialismo y comunismo no adquieren en un principio la distinción que, por el contrario, los caracteriza y enfrenta en Europa, donde son tajantes las líneas divisorias existentes entre la socialdemocracia y el marxismo-leninismo en ciernes. Los rasgos que predominan en el socialismo-comunismo latinoamericano tienen, en la época que nos ocupa, un fuerte predominio del marxismo-leninismo, con notables elementos anarquistas y anarcosindicalistas. De modo que, para ambas filiaciones ideológicas, la dinámica social se explica por la lucha de clases, la oposición de la clase obrera al desarrollo capitalista y la penetración imperialista, que hace que la lucha sea contra ambos al mismo tiempo. [1]

El marxismo de José Carlos Mariátegui (1894-1930) abandona la idea de que la unidad nacional es el principio actuante de la política, y lo sitúa en las clases sociales y su lucha. Además, la sociedad es contemplada como una estructura heterogénea con grupos subordinados a los intereses de unas élites económicamente dominantes. Como no podía ser para menos, entre los grupos subordinados está la población indígena que comparte con los demás grupos explotados dicha condición. Sin embargo, dentro de todos estos grupos subordinados, según la ortodoxia, el proletariado –léase la clase obrera— es el más importante a la hora de hacer avanzar la lucha anticapitalista y antiimperialista.

Es importante hacer notar que, desde muy temprano, la filiación socialista-comunista trata de aplicar en América Latina las ideas de modo de producción precapitalista y capitalista, entendiendo al primero como feudal, colonial e indígena, y al segundo como dependiente del imperialismo. Ello introduce una novedad, una riqueza social respecto a la ortodoxia que comienza a propagarse desde la Rusia bolchevique donde suele hablarse de un capitalismo y un proletariado a secas. Igualmente, novedosa resulta la idea de un actor indígena, cuando la ortodoxia insiste en que sólo hay una clase revolucionaria -la clase obrera- que es la única depositaria de la transformación social.

En parte, es por estos elementos «novedosos» que el socialismo-comunismo latinoamericano tiene dificultades para ser aceptado por el movimiento comunista internacional, en cuyo seno la determinación de quién es un verdadero comunista y quién no lo es, depende cada vez más de los dirigentes rusos. Habrá que esperar hasta los años treinta, cuando comienzan a establecerse los partidos comunistas, para que el socialismo-comunismo latinoamericano logre institucionalizarse. Ello obviamente supuso aceptar las 21 condiciones impuestas por la III Internacional a sus nuevos miembros, con el subsiguiente abandono –o paso a segundo plano- de los elementos más polémicos de la visión de la realidad que los socialistas-comunistas latinoamericanos comenzaban a elaborar.

El peruano José Carlos Mariátegui, fue un heterodoxo, enfrentado incluso a una buena parte del socialismo peruano que desde Cuzco proponía una línea de pensamiento tendente a la Internacional Comunista. Desde la revista Amauta, tarea colectiva en la que Mariátegui juega el papel de inspirador principal, el socialismo mariateguista resiste. En sus 39 meses de vida fue el órgano de una generación de pensadores originales empeñados en construir un proyecto autóctono, peruano. Pero el punto de partida no era en este caso el lema leninista de «sin teoría revolucionaria no hay práctica revolucionaria» sino la praxis, la acción, en primer lugar. Al menos esta fue la tensión de Mariátegui y sus amigos. De modo que la tertulia diaria en la calle Washington de Lima, con ser de intelectuales, era también un foro de conexión con los sindicatos obreros y con los estudiantes. Amauta no tenía un programa preciso sino una vocación: el estudio de los problemas peruanos.

Mariátegui busca un socialismo propio no importado. Y por ello mismo es objeto de acoso desde las corrientes que teniendo como núcleo organizador la ciudad de Buenos Aires, tratan de afincar el comunismo de inspiración soviética también en el Perú. Por otro lado, Mariátegui se confronta con Víctor Haya de la Torre. Merece la pena dedicar unas líneas a este último, intelectual y líder político vinculado desde muy joven a la lucha estudiantil, siguiendo las notas del salvadoreño Luis Armando González[2]

Su actividad política universitaria lo llevó al exilio, concretamente a México, donde estuvo desde 1923 hasta 1926. En este país formula la propuesta de la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), tan importante en la historia del populismo latinoamericano. Viaja a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas -donde se familiariza con el marxismo-leninismo- y a Inglaterra -donde estudia con el autor de la Historia del pensamiento socialista, D.H. Cole.

A pesar de que en sus primeros años de militancia compartió experiencias con Mariátegui, Haya de la Torre se distancia desde un principio de la filiación marxista. Ciertamente, se sirve de muchas de sus nociones para interpretar la realidad peruana, pero lo hace siempre con una intención contraria a la que cabría esperar de un socialista-comunista; se trata en la propuesta de Haya de la Torre de potenciar un capitalismo latinoamericano, y no de establecer un régimen socialista como antesala del comunismo. Su pregunta, como la de tantos intelectuales de su época, es por la naturaleza de América Latina: ¿Qué es América Latina? ¿Cuáles son sus actores sociales fundamentales? ¿En qué dirección deben avanzar sus transformaciones socioeconómicas y políticas? Con estas inquietudes en mente, este autor peruano hizo su aporte al debate político latinoamericano.

Para Haya de la Torre, en América Latina existe un feudalismo Se trata entonces de constituir una alianza o frente único de todos estos grupos -presentes en la sociedad feudal colonial-, independientemente de su adscripción de clase, que se proponga la constitución de un Estado antiimperialista cuyo núcleo esté formado por los grupos medios que son los más lúcidos y conscientes de dicha dominación.

Mariátegui coincide con Haya de la Torre en que el sujeto histórico de la transformación revolucionaria del Perú debía ser un bloque de fuerzas populares. Pero a diferencia de Haya de la Torre, para Mariátegui el socialismo estaba a la orden del día. No se trataba de empujar el capitalismo hasta su máxima expresión y agotamiento, como una etapa necesaria, tras la cual emergería el socialismo como una siguiente etapa inevitable.

José Carlos Mariátegui asume el socialismo como una nueva vida y el marxismo como una herramienta crítica. Interroga al marxismo desde una tradición popular conformada por la religiosidad del Perú. Para Alberto Flores Galindo[3], Mariátegui está próximo a Rosa Luxemburgo en su concepción de la revolución como un acto de masas y no un hecho tramado por una minoría.

Próximo al sindicalismo de George Sorel, (intelectual y activista francés), el intelectual peruano sentado en una silla de ruedas es un agitador apasionado de la revolución que es lucha y batalla cotidiana. En un comentario de la novela El cemento para Repertorio Hebreo, expresa una visión intensa: «La revolución no es una idílica apoteosis de ángeles del Renacimiento, sino la tremenda y dolorosa batalla de una clase por crear un orden nuevo. Ninguna revolución, ni la del cristianismo, ni la de la Reforma, ni la de la burguesía, se ha cumplido sin tragedia. La revolución socialista que mueve a los hombres al combate sin promesas ultraterrenas, que solicita de ellos una tremenda e incondicional entrega, no puede ser una excepción en esta inexorable ley de la historia. No se ha inventado aún la revolución anestésica, paradisiaca y es indispensable afirmar que no será jamás posible, porque el hombre no alcanzará nunca la cima de su nueva creación, sino a través de un esfuerzo difícil y penoso, en el que el dolor y la alegría se igualarán en intensidad»[4].

La agonía de Mariátegui tiene que ver con la idea de que su destino es la lucha y no la contemplación. Pero es una lucha solitaria que, separándose del enfoque del Comintern y de la I Conferencia Comunista de Buenos Aires, no garantiza la consecución de sus fines. El socialismo mariateguista no significa la solución de todos los problemas ni la anulación de los conflictos. El socialismo era un ideal que permitía cohesionar a la gente, obtener una identidad, construir una multitud en marcha y dar un derrotero por el que merece la pena vivir. Era ante todo una moral y un mito colectivo; una especie de religión de nuestro tiempo. Una meta por la que luchar sin que nada garantice su consecución.[5]

El sociólogo argentino, José Aricó, defiende la idea de que en el Perú de Mariátegui se estaba produciendo, por primera vez, un marxismo enteramente latinoamericano.[6] Mariátegui logra dotar a la doctrina marxista una interpretación antieconomicista y antidogmática, ayudado por dos hechos: su formación marxista fuera del movimiento comunista oficial y la existencia de un movimiento socialista nacional peruano no sujeto a la presencia del partido comunista o a la herencia de un socialismo positivista. Aricó señala la influencia italiana sobre Mariátegui y su capacidad para amalgamarse con experiencias diversas como las de grupos indigenistas, movimientos obreros de distintas tendencias, movimientos artísticos, corrientes radicales de estudiantes, etc.

Su posición heterodoxa cuestiona el paradigma europeo (tanto del Este como del Oeste), utilizando el marxismo como un instrumento de análisis y no como una teoría prescriptiva. «Mariátegui piensa en un largo proceso de construcción de una voluntad nacional popular que se extiende a la manera del movimiento cristiano que su maestro Sorel había tomado como ejemplo para mostrar el mito de la formación de los grandes movimientos populares»[7] El socialismo de Mariátegui no podía conectar con el movimiento comunista dirigido por la Unión Soviética. Su visión no da ningún destino por trazado, choca con el marxismo de herencia hegeliana que pretende haber capturado el curso de la historia. La esperanza y la voluntad revolucionaria son valores superiores a cualquier previsión razonable.

 

Fuente: Alainet.org

Notas
[1] Ver ARICO, José (1995) El marxismo latinoamericano, en Historia de la Teoría Política T 4. Fernando Vallespín, (Com) Alianza Editorial, Madrid.
[2] GONZALEZ, Luis Armando (1997) Revis. ECA nº 585-586. UCA, San Salvador.
[3] FLORES GALINDO, Alberto (1991) La agonía de Mariátegui, Editorial Revolución, Madrid.
[4] Ibíd.
[5] Ver el capítulo La religión de Tawantinsuyo,  en 7 Ensayos de interpretación de la realidad peruana , obra ya clásica de MARIATEGUI, José Carlos (1928) Biblioteca Amauta, Lima.
[6] ARICO, José (1995) Ibíd.
[7] Ibíd.

 

 

Fuente: https://www.elviejotopo.com/topoexpress/la-pasion-de-mariategui/

 


viernes, 14 de abril de 2017

PRESENTARON LIBRO: "IMAGINAR LA NACIÓN" DE JOSÉ LUIS RÉNIQUE


Presentación de Libro

                      http://lum.cultura.pe

"Imaginar la nación" de José Luis Rénique

El LUM - Lugar de la Memoria, la Tolerancia y la Inclusión Social, presentará el libro "Imaginar la nación: viajes en busca del "verdadero Perú" (1881 - 1932)" del historiador José Luis Rénique (Lima, 1952). El evento contará con los comentarios del escritor Jorge Frisancho (Barcelona 1968).

La presentación y diálogo se llevará a cabo el miércoles 12 de abril a las 11:00 a.m. en el LUM (Bajada San Martín 151, Miraflores), en el segundo nivel del edificio.

La publicación explora las distintas nociones de nación que surgieron después de la derrota de la Guerra del Pacífico, como reto para reconstruir el país. El libro es un recorrido por las sensibilidades y la pluralidad de voces que se han alzado a lo largo de la historia tratando de buscar el “verdadero Perú”.

Sobre el autor
José Luis Rénique es historiador de la Pontifica Universidad Católica del Perú y de la Universidad de Columbia. Desde 1991 es profesor en Lehman College y en el Centro de Graduados de la Universidad de la Ciudad de Nueva York. Ha publicado también “La voluntad encarcelada. Las “luminosas trincheras de combate” de Sendero Luminoso del Perú” (IEP, 2003) y “La batalla por Puno: conflicto agrario y nación en los Andes peruanos” (IEP, 2004).
El ingreso es libre.



jueves, 30 de junio de 2011

LA DESCOLONIZACIÓN, UNA TAREA URGENTE


Dr. Hugo SALINAS
salinas_hugo@yahoo.com

Aureliano Turpo Choquehuanca nos propone reflexionar sobre un tema sumamente importante y de actualidad: la descolonización. En tiempos que consideramos habernos liberado de todas las ataduras con el pasado, es incluso traumático levantar ciertos velos. A pesar de los 200 años transcurridos de “independencia y de vida republicana”, nuestro comportamiento es el de un “colonizado colonizador”. En realidad, no hemos logrado todavía descolonizarnos. “Los distintos tópicos analizados (en su libro), nos dice Aureliano Turpo, esperamos sean de reflexión y de retoma de la sabiduría de nuestros pueblos y naciones ancestrales y contemporáneos, para darle continuidad a nuestro proceso civilizatorio tawantisuyano interrumpido.” Pero, ¿en qué consiste la descolonización? ¿A la puerta del tercer milenio, quienes somos y qué ganamos con descolonizarnos? Son las preguntas que laceran el espíritu de Aureliano.

Sin ninguna duda que la descolonización mental nunca será suficiente para alcanzar nuestra “independencia”. Hay algo más profundo que siempre impedirá una real descolonización. Se trata de un cierto tipo de mecanismos de la actividad económica que sustentan estructuras mentales, institucionales, e incluso de comportamiento del colonizado colonizador. Estos mecanismos, hasta la fecha, no han sido tocados en lo más mínimo.

Cuando los españoles invadieron los pueblos del Abya Yala (América), desde fines del siglo XIV, instalaron un tipo de actividad socio-económica que está en completa contradicción con lo sustancial de la comunidad de ayllus imperante en dichos suelos. La forma de producir que impusieron fue la encomienda, un remedo del feudalismo imperante en España. Una actividad basada en la propiedad privada territorial, parcelada y administrada por siervos, esclavos y gamonales. Los señores de las cortes españolas, mucho más interesados en recuperar y reunificar sus territorios, dejaron pasar el carro de la historia. Siguieron con las normas del feudalismo sin dejar abertura a la industria, el eje de una nueva economía basada en la producción de bienes más allá de los productos primarios de la agricultura. Una nueva economía con patrones y asalariados, que tenían formas de vida y comportamientos diferentes a las del gamonal, del siervo y del esclavo.

Además, el segundo elemento de la actividad socio-económica que los españoles introdujeron fue la repartición individualista del resultado del esfuerzo productivo del conjunto de pueblos y naciones. Es decir que el 100% del resultado de la actividad socio-económica pasó a pertenecer únicamente a los invasores. Una norma ya imperante en el resto del mundo desde hacía aproximadamente diez mil años. Una norma, una vez más, en completa contradicción con la comunidad de ayllus que imperaba en el Abya Yala. De tal forma que, las personas y las comunidades nativas fueron obligadas a transformar su cuadro de vida y comportamiento. Pasaron de un bienestar general hacia la búsqueda enfermiza del bienestar individual. La sociedad cayó “en la trampa de la negación de su yo comunitario, para asimilarse en el yo individualista occidentalizado euro-español.”

La invasión española impuso normas obsoletas y contradictorias con el buen entendimiento entre las personas, su ayllu, su medio ambiente y su desarrollo espiritual. No trajo lo nuevo de la economía, el crecimiento industrial; ni mantuvo lo mejor de la Humanidad, el Vivir Bien, el Hallin Kausay. Solo fue terracidio, genocidio, destrucción de la naturaleza, y del alma de las personas que vivían en la comunidad de ayllus y marcas. Ante ello, ¿qué hicieron los hijos de la Madre Patria?

Personajes como San Martín, Bolívar y Sucre, rompieron la dependencia con España y convirtieron a los colonizados en colonizadores. Paralelamente, reprodujeron la escoria de la Humanidad: una forma de producir (el feudalismo) ya completamente superada en la creación de riquezas y, una repartición individualista del resultado del esfuerzo de todo un pueblo. En breve, continuaron con el terracidio del Abya Yala, el genocidio de los nativos, el desprecio del alma humana, y de la naturaleza; ahondando las grandes diferencias socio-económicas entre unos y otros.

“El orden social en que viven los hombres en una época o en un país dados, precisa Federico Engels, está condicionado por […][1] la producción y la reproducción de la vida inmediata.”[2] Y para que este orden social se desenvuelva dentro de los cánones del Vivir Bien, es indispensable la propiedad comunitaria. Esto nos conducirá a “retomar los valores culturales vivos de nuestra civilización ancestral, como la solidaridad, la reciprocidad, la complementariedad, que dan sentido al nosotros, en franca oposición al yo egocéntrico, individualista, discriminador y racista.” Nos encontramos, entonces, en una “lucha de civilizaciones y no de clases sociales”, puntualiza Aureliano Turpo Choquehuanca, en su libro “La Descolonización”.

Caraz, abril del 2011


[1] ENGELS Federico, [1884] El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, En relación con las investigaciones de L. H. Morgan, Editorial Progreso, Moscú, p. 4

[2] ENGELS Federico, [1884] El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, En relación con las investigaciones de L. H. Morgan, Editorial Progreso, Moscú, p. 3