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lunes, 18 de enero de 2016

ALGO QUE PUEDE CAMBIAR EL MUNDO: TIEMBLA EL NEGOCIO DEL PETRÓLEO



 
TomDispatch
18-01-2016
Traducción del inglés para Rebelión de Carlos Riba García.


El aspecto de un planeta completamente bañado en petróleo
 
Introducción de Tom Engelhardt.

Cuando se trata de las noticias sobre Arabia Saudí, la ejecución de Nimr al-Nimr –clérigo chiíta opositor– ha encabezado recientemente los titulares de la prensa; poco asombro ha habido. Está claro que el avejentado rey Salman bin Abdulaziz al-Saud y su hijo favorito –de 30 años–, Mohammed bin Salman, el nuevo ministro de Defensa que ya ha involucrado a su país en una clásica guerra-atolladero en Yemen, han hecho todo lo posible para que la muerte del clérigo se convierta en una provocación regional. El nuevo liderazgo saudí incluso rechazó entregar el cuerpo del ejecutado a sus familiares para que lo sepultaran y en cambio lo enterró junto con los más de 40 sospechosos de ser terroristas de al-Qaeda ajusticiados al mismo tiempo. En otras palabras, después de muerto, al-Nimr fue dejado en incómoda compañía. Esto puede ser interpretado como un insulto que va más allá de su sepultura. El provocativo mensaje escondido en el anuncio de su ejecución es tan obvio que Irán, donde predomina el chiísmo, muchedumbres de seguidores de la línea dura religiosa en ese país (con sus propias políticas de horrendas ejecuciones) se apresuraron a incendiar la embajada Saudí en Teherán. En los días que siguieron, mientras los saudíes rompían relaciones diplomáticas con Irán, acabó una fracasada tregua en Yemen (rápidamente, durante el bombardeo a ciegas de una casa fue alcanzada también la embajada iraní en Saná) y Arabia Saudí llamó a los países vecinos de profesión sunní para que también rompieran sus vínculos con Irán o al menos los redujeran; toda la exasperada región fue noticia a medida que crecían los temores de una guerra.

El 10 de septiembre de 2001, ¿presagiaría alguien que el corazón petrolero del planeta se convertiría en una década y media en una airada mezcolanza de países fallidos, feroces luchas sectarias y étnicas, diseminación de grupos terroristas y el primer “califato” de la historia? Si en una reunión de entendidos y expertos usted hubiese sugerido que Arabia Saudí, uno de los países más estables del mundo, un día podía empezar a perder cohesión, Libia colapsaría, Siria dejaría de existir e Iraq se transformaría en una tierra partida en tres, habría hecho reír a todos. Por eso, la reciente intensificación de tal estado de situación, que involucra a dos países con enormes reservas de energías fósiles es sin duda una noticia importante, aunque no quizá la más importante de la región.

Mi propio pronóstico podría ser una historia que pasó mayormente desapercibida en Estados Unidos. Sentada encima de una de las reservas de crudo más grandes del planeta y obteniendo el 73 por ciento de sus ingresos de la venta de petróleo (estos ingresos han bajado un 23 por ciento este año), la familia real saudí acaba de aumentar un 40 por ciento el precio de la gasolina en el surtidor. A pesar de que para los estándares internacionales continúa siendo baratísima, este hechoque es como cobrar por el agua salada en medio del océano es un indicador de que está pasando algo sorprendente. Tenga en cuenta que los gobernantes de esa monarquía están pensando en recortar en los próximos años otros subsidios similares: “electricidad, agua, gasóleo y kerosene”. Para decirlo de otro modo, el mayor productor de petróleo, un país de una riqueza asombrosa (y reservas de divisas extranjeras,) ya no se siente cómodo regalando la gasolina a su población, a pesar incluso de que esto forma parte de un arreglo al que se llegó hace muchos años para asegurar la paz en el reino.

El porqué de esto poco tiene que ver con Irán, Siria, Yemen, Iraq o el Estado Islámico. El problema es más fundamental, tal como nos lo explica Michael T. Klare, experto en energía e integrante regular de TomDispatch. El problema es el precio del crudo, que en los últimos 18 meses ha caído en picado. En cierto sentido, el negocio del petróleo –con su constelación de gigantescas empresas de la energía, hasta hace poco tiempo entre las más rentables de la historia, y sus países productores, que hasta muy recientemente marchaban muy bien– puede acabar siendo, en relación con los recursos naturales, el equivalente a un estado fallido; como Klare lo expone palmariamente, la cambiante economía del petróleo transformará el rostro político de nuestro planeta. Por lo tanto, no quite el ojo de Arabia Saudí. Ciertamente, las cosas podrían ponerse muy feas allí.

* * *

Agitación política en un tiempo de bajos precios de la energía

Mientras acababa 2015, muchas empresas de la energía en el mundo estaban rezando para que el precio de crudo rebotara en el fondo del abismo, restaurando así la normalidad de los últimos 50 años: un mundo centrado en el petróleo. Sin embargo, todo indica que en 2016 continuará la depreciación del “oro negro”; de hecho, esta tendencia podría mantenerse en la segunda década del siglo y aún más allá. Dada la centralidad del petróleo (y de los beneficios económicos que el crudo produce) en la ecuación de poder mundial, esta situación se traducirá en una profunda reorganización del orden político, una reorganización en la que países productores de petróleo –desde Arabia Saudí hasta Rusia– perderán importancia y peso geopolítico.

Pongamos las cosas en perspectiva: no hace tanto tiempo –en junio de 2014, para ser más exactos– el petróleo Brent, referencia mundial para el crudo, se vendía a 115 dólares el barril. En ese entonces, los analistas del ramo de la energía supusieron que en el largo plazo el precio se mantendría bien por encima de los 100 dólares y que podía subir poco a poco a niveles todavía más impensables. Estos presagios animaron a las empresas petroleras más grandes para invertir miles de millones de dólares en lo que dio en llamarse reservas “no convencionales”: el petróleo en el Ártico, las arenas bituminosas de Canadá, las reservas marinas a gran profundidad y el petróleo en formaciones de roca de esquisto (shale). En ese momento, parecía obvio que cualesquiera que fuesen los problemas técnicos y los costos de extracción, más temprano que tarde esas reservas de crudo proporcionarían excelentes beneficios. Importaba poco que el costo de explotación de esas reservas pudiera llegar a los 50 dólares por barril, o más.

Sin embargo, ahora el crudo Brent se está vendiendo a 33 dólares el barril, es decir, a la tercera parte del precio que tenía hace 18 meses, el umbral de rentabilidad de cualquier emprendimiento con “petróleo difícil”. Incluso peor, en un escenario facilitado recientemente por la Agencia Internacional de la Energía (IEA, por sus siglas en inglés), los precios podrían no alcanzar el nivel 50 a 60 dólares hasta los años veinte de este siglo ni regresar a los 85 dólares el barril hasta 2040. En el mundo de la energía, esto es equivalente a un monstruoso terremoto –un preciomoto– que no solo condena muchos proyectos de “petróleo difícil” que ya están en marcha sino también algunos otros de empresas (y gobiernos) que se han arriesgado más allá de sus posibilidades.

La evolución actual del precio del crudo tiene implicaciones obvias para las mayores empresas del sector y todos los negocios secundarios –fabricación y provisión de equipo, operadores de torres de perforación, transporte marítimo, empresas de catering, etcétera– que dependen de ellas para su existencia. También amenaza con un profundo giro en las vicisitudes geopolíticas de los principales países productores de energía. Como resultado de ello, muchos de ellos, entre ellos Nigeria, Arabia Saudí, Rusia y Venezuela ya están viviendo problemas económicos y políticos (por ejemplo, las sacudidas por las que está pasando Nigeria por la caída del precio del petróleo son una ayuda para el grupo terrorista Boko Haram).

Una tormenta perfecta

Generalmente, el precio del petróleo se va para arriba cuando la economía mundial es robusta, la demanda aumenta, los abastecedores bombean crudo al más alto nivel y la capacidad de almacenar excedentes es escasa. Por el contrario, tienden a bajar –como ahora– cuando la economía mundial se estanca o decae, la demanda de energía se debilita, los abastecedores clave no son capaces de frenar la producción en consonancia con la caída de la demanda, los excedentes de crudo se acumulan y el abastecimiento futuro parece garantizado.

En los alegres años del boom del ladrillo, los primeros de este siglo XXI, la economía mundial era próspera, la demanda aumentaba sin cesar y muchos analistas presagiaron un inminente “pico” en la producción mundial [de petróleo] al que seguiría una significativa escasez. Lógicamente, el precio del Brent se puso por las nubes; en julio de 2008 llegó al record de 143 dólares por barril. Con la quiebra de Lehman Brothers, el 15 de septiembre del mismo año y el consiguiente derrumbe de la economía global, la demanda del petróleo se evaporó y ese diciembre el precio bajó hasta los 34 dólares.

Con fábricas cerradas y millones de trabajadores en el paro, la mayor parte de los analistas asumieron que los precios permanecerían bajos durante cierto tiempo en el futuro. Por lo tanto, imagine el lector la sorpresa del mundo del petrolero cuando, en octubre de 2009, el crudo Brent subió hasta los 77 dólares el barril. Apenas dos años más tarde –febrero de 2011–, otra vez superó el listón de los 100 dólares, donde prácticamente se mantuvo hasta junio de 2014.

Eran varios los factores que explicaban esta recuperación del precio del crudo, ninguno más importante que lo que pasó en China, donde las autoridades decidieron estimular la economía y para ello invirtieron con fuerza en infraestructura, sobre todo carreteras, puentes y autopistas. Añádase la incitación a la posesión personal del coche en la clase media urbana del país; el resultado fue un vigoroso aumento de la demanda de combustibles. Según el gigante del petróleo BP, entre 2008 y 2013, el consumo de petróleo en China dio un salto del 35 por ciento, de ocho millones de barriles por día a los 10,8 millones. Y China no hizo más que mostrar el camino: rápidamente, países en desarrollo como Brasil e India le siguieron justamente en un momento en el que la extracción en muchos yacimientos de petróleo convencional en el mundo había empezado a decaer. De ahí la carrera hacia las reservas “no convencionales”.

Este era más o menos el panorama a comienzos de 2014 cuando de pronto el péndulo del precio del crudo empezó a oscilar en la dirección contraria, cuando la producción en los yacimientos no convencionales de Estados Unidos y Canadá empezaba a hacer sentir su presencia por todo lo alto. Súbitamente, la producción de crudo en EEUU, que había caído de los 7,5 millones de barriles por día en enero de 1990 a apenas 5,5 millones en enero de 2010, empezó a aumentar hasta llegar a unos sorprendentes 9,6 millones en julio de 2015. Casi todo el petróleo extra había sido extraído en las formaciones “shale” de North Dakota y Texas. Canadá experimentó un salto similar en la producción, debido a que la fuerte inversión en la explotación de la arena bituminosa empezó a surtir efecto. Según BP la producción canadiense de petróleo trepó desde los 3,2 millones de barriles por día en 2008 hasta los 4,3 millones en 2014. No olvidemos que la producción también se elevó en, entre otros lugares, en las explotaciones profundas en el océano Atlántico, tanto en Brasil como en el oeste de África, que justamente entonces entraban en liza. En ese mismísimo momento, sorprendiendo a muchos, un Iraq destrozados por la guerra consiguió levantar su producción en cerca de un millón de barriles diarios.

La suma de todo esto fueron unos guarismos asombrosos, pero la demanda ya se había quedado atrás. En buena medida, el paquete de estímulos de China estaba agotado y la demanda de bienes manufacturados chinos se estaba ralentizando, debido al débil o inexistente crecimiento económico en Estados Unidos, Europa y Japón. De una impresionante tasa de crecimiento anual del 10 por ciento en los 30 años anteriores, China pasó a una tasa anual de un dígito. Pese a que se espera que la demanda de petróleo de este país se mantenga en aumento, ya no será nada parecido al ritmo de los últimos años.

Al mismo tiempo, el incremento de la eficiencia en el uso de los combustibles en Estados Unidos –el principal consumidor del mundo–, empezó a notarse en el panorama global de la energía. En lo más álgido de la crisis económica de este país, cuando la administración Obama rescató a General Motors y Chrysler, el presidente forzó un acuerdo con las principales automotrices para establecer un conjunto de normas de eficiencia que ha reducido notablemente la demanda de petróleo en EEUU. En el marco de un plan anunciado por la Casa Blanca en 2012, la eficiencia media en el uso de combustibles de los coches y vehículos ligeros fabricados en Estados Unidos llegará en 2025 a 4,34 litros por cada 100 kilómetros recorridos [54,5 millas por galón], lo que redundará en una reducción de la expectativa de consumo de petróleo del orden de los 12.000 millones de barriles de aquí a entonces.

A mediados de 2014 estos factores, y otros, han confluido para producir una “tormenta perfecta” en la contención del precio [del crudo]. En ese momento, muchos analistas creían que, como había pasado antes, los saudíes y sus aliados de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) responderían disminuyendo la producción para sostener los precios. Sin embargo, el 27 de noviembre de 2014 –Día de Acción de Gracias, en EEUU– la OPEP frustró esas expectativas, aprobando el mantenimiento de los cupos de producción de los países de la organización. Un día después, el precio del crudo cayó otros cuatro dólares; el resto es historia.

Una perspectiva deprimente

A principios de 2015, muchos ejecutivos de las empresas petroleras tenían la esperanza de que esos datos cambiaran pronto y que los precios volverían a subir. Pero acontecimientos recientes han derrumbado esas expectativas.

Además de la continuación de la desaceleración económica de China y el repentino aumento de la extracción en América del Norte, el factor más significativo del poco prometedor panorama del petróleo –que ahora se extiende sombríamente a todo el 2016 y más allá– es la categórica resistencia saudí a cualquier propuesta de reducir su producción o la de la OPEP. El pasado 4 de diciembre, por ejemplo, los integrantes de la OPEP votaron una vez más a favor de mantener los cupos de producción en el nivel actual y, al mismo tiempo, bajar el precio del crudo en otro 5 por ciento. Como si esto no fuera suficiente, en estos momentos Arabia Saudí ha aumentado su producción.

Se han dado varias razones para explicar la resistencia de los saudíes a la reducción de la producción de crudo, entre ellas el deseo de castigar a Irán y Rusia por su apoyo al régimen de al Assad en Siria. Según el punto de vista de unos cuantos analistas de la industria del petróleo, los saudíes se ven a sí mismos mejor posicionados que sus rivales para aguantar un precio bajo en el largo plazo debido a su menor costo de producción y a la protección dada por las enormes reservas de la OPEP. Aunque la explicación más probable, que ya fue adelantada por los propios saudíes, es que están tratando de mantener un contexto de precios en el que los productores estadounidenses y otros operadores de crudo no convencional sean expulsados del mercado. “No hay dudas sobre esto; la caída de los precios de los últimos meses ha hecho que los inversores dejen de pensar en los combustibles de alto costo de extracción, entre ellos el petróleo no convencional de Estados Unidos, el de aguas profundas y los crudos pesados”, le dijo un funcionario saudí a Financial Times la última primavera.

A pesar de los esfuerzos de los saudíes, la mayor parte de los principales productores estadounidenses, se han adaptado a un entorno de precios bajos, reduciendo costos de explotación y abandonando las operaciones no redituables, aunque también muchas empresas más pequeñas se han declarado en quiebra. Como resultado de todo esto, la producción estadounidense de crudo, unos 9,2 millones de barriles por día, es ligeramente mayor que la de hace un año.

En otras palabras, aun a 33 dólares el barril, la producción continúa superando a la demanda global y parece muy poco probable que los precios aumenten en un futuro cercano. Especialmente desde que, entre otras cosas, tanto Iraq como Irán continúan incrementando su producción. Con el Estado Islámico perdiendo terreno poco a poco en Iraq y la mayor parte de los yacimientos petrolíferos más importantes todavía en manos del gobierno de Bagdad, se espera que la producción del país continúe su espectacular crecimiento. De hecho, algunos analistas pronostican que la producción iraquí podría triplicarse en los próximos 10 años desde los actuales tres millones de barriles por día hasta los nueve millones.

Durante años la producción iraní de petróleo ha estado maniatada por las sanciones impuestas por Washington y la Unión Europea, que le impedían tanto exportar crudo como importar del mundo occidental la más avanzada tecnología de perforación. Ahora, gracias al acuerdo nuclear con Washington, esas sanciones se están levantando. Según la Administración de información sobre la Energía de Estados Unidos (USEIA, por sus siglas en inglés), la producción iraní podría alcanzar los 600.000 barriles diarios en 2016 y aún más en los años siguientes.

Solo tres acontecimientos posibles podrían alterar el actual contexto de precios para el petróleo: una guerra en Oriente Medio que eliminara a uno o más de los principales abastecedores de combustibles; que Arabia Saudí decidiera reducir su producción para aumentar los precios; que se produjera un repentino aumento de la demanda mundial.

La perspectiva de otra guerra entre, digamos, Irán y Arabia Saudí –dos potencias que se odian en este mismo momento– nunca se puede descartar; aunque no se cree que ninguno de ellos tenga la capacidad ni el deseo de arriesgarse a acometer semejante empresa. Dada la caída en picado de los ingresos del gobierno de Teherán, que los saudíes decidan reducir la producción para incrementar los precios es algo más probable antes que después; sin embargo, los saudíes han expresado más de una vez su determinación respecto de no dar un paso en ese sentido, ya que eso beneficiaría a los mismos productores que ellos quieren eliminar, es decir, quienes explotan el crudo no convencional en Estados Unidos.

La eventualidad de un súbito aumento de la demanda parece ciertamente improbable. No solo que la actividad económica continúa ralentizándose en China y en muchas otras partes del planeta; además hay un inconveniente que debería preocupar a los saudíes al menos tanto como todo ese crudo no convencional que se está extrayendo en América del Norte: el petróleo está empezando a perder parte de su atractivo.

Mientras los nuevos ricos de China e India continúan comprando coches movidos por derivados del petróleo –si bien es cierto no al ritmo vertiginoso que se predijo alguna vez– un cada vez mayor número de consumidores de los países industriales tradicionales está mostrando su preferencia por los coches híbridos o eléctricos, y por los medios de transporte alternativos. Por otra parte, a medida que crece en todo el mundo la preocupación por el cambio climático, cada vez más jóvenes urbanitas están optando por una vida sin coches y se mueven en bicicleta o con el transporte público. Además, el empleo de energías renovables –solar, eólica e hidráulica– está en aumento y lo hará aún más rápidamente en este siglo.

Estas tendencias han propiciado que algunos analistas presagien que la demanda global de petróleo pronto llegará a un pico al que le seguirá un periodo de descenso del consumo. Amy Miers Jaffe, director del programa de energía y sustentabilidad de la Universidad de California, en Davis, ha sugerido que la combinación del crecimiento de la urbanización y el avance tecnológico en materia de renovables reducirá espectacularmente la demanda futura de crudo. “Cada vez más, las ciudades de todo el mundo están tratando de conseguir el sistema más inteligente de transporte público y al mismo tiempo penalizar y restringir el uso del coche particular. Las nuevas generaciones de Occidente ya han optado por la urbanización, la eliminación del viaje de cada día y el interés por la propiedad del coche personal”, escribió ella el año pasado en el Wall Street Journal.

Cambio de la ecuación mundial del poder

Muchos países cuya obtención de fondos depende en buena parte de la exportación de petróleo y gas natural y han conseguido una gran influencia como exportadores de petróleo ya estás experimentando una significativa erosión en su importancia relativa. Sus gobernantes, reforzados en otros tiempos por los altos ingresos proporcionados por el petróleo –lo que significaba dinero para gastar y comprar popularidad–, ahora están cayendo en desgracia.

Es el caso de Nigeria, por ejemplo, donde el 75 por ciento de sus ingresos provienen de la exportación de crudo; de Rusia, el 50 por ciento; y de Venezuela, el 40 por ciento. Con el petróleo a un tercio del precio que tenía hace 18 meses, los ingresos del Tesoro en los tres países se han desplomado y, con ello, la posibilidad de acometer iniciativas ambiciosas.

En Nigeria, la disminución del gasto del Estado más la rampante corrupción han desprestigiado al gobierno del presidente Goodluck Jonathan y dado lugar a la feroz insurgencia de Boko Haram, haciendo que el electorado nigeriano lo abandonara en las últimas elecciones e instalara en su lugar a un ex jefe militar, Muhammadu Buhari. Desde que asumió su cargo, Buhari ha prometido acabar con la corrupción, aplastar a Boko Haram y –en un claro signo de los tiempos– diversificar la economía para reducir la dependencia del petróleo.

Venezuela ha pasado por un shock político similar como consecuencia de la caída del precio del crudo. Cuando los precios eran altos, el presidente Hugo Chávez utilizó dinero proveniente de Petróleos de Venezuela S.A., la petrolera estatal, para construir viviendas y distribuir otros beneficios entre los pobres y los trabajadores venezolanos, consiguiendo así un gran apoyo popular para su Partido Socialista Unido de Venezuela. También buscó el apoyo regional ofreciendo combustibles subsidiados a países amigos como Cuba, Nicaragua y Bolivia. Después de la muerte de Chávez, en marzo de 2013, su elegido sucesor, Nicolás Maduro, trató de prolongar esta política, pero el petróleo no colaboró y, lógicamente, el apoyo público para él mismo y el PSUV empezó a flaquear. El pasado 6 de diciembre, la oposición de centro-derecha consiguió una victoria electoral y la mayoría de los escaños de la Asamblea Nacional; ahora intenta desmantelar la “Revolución Bolivariana” de Chávez, aunque los seguidores de Maduro han prometido una firme resistencia a cualquier acción en ese sentido.

La situación de Rusia sigue siendo algo más fluida. El presidente Vladimir Putin continúa gozando de un amplio apoyo y popularidad y, desde Ucrania a Siria, ha estado moviéndose con ambición en el frente internacional. Aun así, la caída del precio del petróleo y las sanciones económicas impuestas por la UE y EEUU han empezado a avivar algunas expresiones de descontento, entre ellas una manifestación de camioneros de larga distancia por el aumento del peaje en las autopistas. Se espera que la economía rusa sufra una importante contracción en 2016, y que esto afecte a la calidad de vida de la clase media rusa y dispare un aumento de las manifestaciones contra el gobierno. De hecho, algunos analistas creen que Putin se ha arriesgado a intervenir en el enfrentamiento sirio en parte para desviar la atención del deterioro de la economía nacional. También puede haberlo hecho para crear una situación en la que la ayuda rusa para llegar a una solución negociada de la cada día más enconada e internacionalizada guerra civil siria pueda ser intercambiada por el levantamiento de las sanciones a Ucrania. De ser así, es una jugada muy peligrosa; nadie –menos aún Putin– puede tener una certidumbre sobre el resultado.

Arabia Saudí, el mayor exportador mundial de petróleo, también ha sido sacudida, pero parece estar –de momento, al menos– algo mejor posicionada para aguantar el impacto. Cuando el precio del petróleo estaba alto, los saudíes mantuvieron escondidas sus reservas, estimadas en 7,5 billones de dólares. Ahora, cuando el precio ha caído, han echado mano a esas reservas para costear generosos gastos sociales destinados a conjurar el malestar en el reino y para financiar su ambiciosa intervención en la guerra civil en Yemen, que ya está empezando a parecerse al Vietnam de Arabia Saudí. Sin embargo, durante el año pasado esas reservas han disminuido en unos 90.000 millones de dólares y el gobierno ya está anunciando recortes en el gasto público, lo que ha hecho que algunos observadores se pregunten durante cuanto tiempo podrá la familia real contener el creciente descontento popular en el país. Incluso si los saudíes fuesen a dar marcha atrás y limitar la producción de petróleo del reino para que vuelvan a subir los precios, es poco probable que esa producción fuese a aumentar lo suficiente como para sufragar las actuales y generosas prioridades de gastos.

Otros importantes países productores de crudo también se enfrentan con la perspectiva de agitación política, entre ellos Argelia y Angola. Los líderes de ambos países han conseguido el acostumbrado y engañoso nivel de estabilidad de los países de producción de combustibles mediante la típica largueza gubernamental. Esta situación se está agotando; eso significa que ambos países pueden verse ante importantes retos internos.

Es necesario tener en cuenta que sin duda los remezones producidos por el seísmo de los precios del petróleo todavía no han alcanzado toda su magnitud. Por supuesto, algún día los precios volverán a subir. Considerando la forma en que los inversores están cancelando en todo el mundo proyectos en el rubro de la energía, eso es inevitable. Aun así, en un planeta que está en camino de una revolución verde en relación con la energía no hay ninguna seguridad de que alguna vez se recuperen los niveles superiores a los 100 dólares que en otros tiempos se daban por sentado. Pase lo que pase con el petróleo y los países que lo producen, el orden político del planeta –que una vez descansaba sobre un precio elevado del crudo– está condenado. Mientras esto puede significar penurias para algunos, especialmente los ciudadanos de los países dependientes de la exportación de petróleo como Rusia y Venezuela, es posible que ayude a allanar el camino de la transición a un mundo movido por las energías renovables.

Michael T. Klare , integrante regular de   TomDispatch , es profesor de estudios sobre paz y seguridad mundial en el Instituto Hampshire y autor del muy reciente libro   The Race for What’s Left . Una versión documental en vídeo de este libro,  Blood and Oil, está disponible en la Fundación Media Education.


viernes, 20 de marzo de 2015

LA VERDADERA HISTORIA DETRÁS DE LA CAIDA DEL PRECIO DEL PETRÓLEO


El fin del modelo de negocio de las grandes petroleras

TomDispatch.com
20-03-2015
Traducido del inglés para Rebelión por Sara Plaza.


Muchos han sido los motivos esgrimidos para explicar la drástica caída del precio del petróleo hasta los 60 dólares por barril (casi la mitad de lo que costaba hace un año): la desaceleración de la demanda debido al estancamiento global; la sobreproducción de los yacimientos de esquisto en Estados Unidos; la decisión de Arabia Saudita y otros productores de Oriente Medio miembros de la OPEC de mantener los actuales niveles de producción (probablemente para castigar a los productores con mayores costes de producción en Estados Unidos y otros lugares); y el fortalecimiento del dólar frente a otras monedas. Sin embargo, existe una razón de la que no se habla y que podría ser la más importante de todas: el colapso del modelo de negocio de las grandes petroleras basado en maximizar la producción.  
  Hasta el pasado otoño, cuando se consolidó la disminución del precio, los gigantes de la energía estaban funcionando a todo gas, bombeando más petróleo que nunca. En parte lo hacían, naturalmente, para beneficiarse de los altos precios. Durante la mayor parte de los seis años anteriores el Brent, como valor de referencia para el precio del petróleo crudo, se habían estado vendiendo a 100 dólares o más. Por otro lado, las grandes petroleras estuvieron funcionando con un modelo de negocio que asumía una demanda de sus productos cada vez mayor por muy costosos que pudieran resultar su producción y refinado. Esto hizo que ninguna reserva de combustibles fósiles, ninguna fuente de suministro potencial –sin importar lo apartada o difícil de acceder que estuviera, lo lejos que se encontrara mar adentro o en las profundidades, ni lo atrapada en la roca que estuviera– fuera considerada intocable en la lucha enfermiza por aumentar la producción y los beneficios. 

En los últimos años, esta estrategia de maximización de la producción generó una riqueza fabulosa para las grandes empresas petroleras. Solo en 2013, Exxon, la mayor productora de petróleo estadounidense, ganó la impresionante cifra de 32,6 miles de millones de dólares, más que cualquier otra compañía estadounidense salvo Apple. Ese mismo año, Chevron, la segunda productora de petróleo, contabilizó unas ganancias de 21,4 miles de millones de dólares. Las compañías nacionales, como la saudita Aramco y la rusa Risbeft, también obtuvieron unos beneficios colosales. 

Pero cómo han cambiado las cosas en cuestión de meses. Con la demanda estancada y el exceso de producción como protagonistas del momento, la misma estrategia con la que se habían alcanzado beneficios récord se ha vuelto de repente totalmente disfuncional. 

Para poder entender la difícil situación que atraviesa la industria energética es necesario retroceder una década, hasta el año 2005, cuando se utilizó por primera vez la estrategia de maximización de la producción. En ese momento, las grandes petroleras se encontraban en una coyuntura decisiva. Por un lado, muchos de los yacimientos petrolíferos existentes estaban siendo agotados a un ritmo desenfrenado, lo que llevó a los expertos a predecir un inminente "cenit " en la producción mundial de petróleo, seguido de un descenso irreversible; por el otro, el rápido crecimiento económico de China, India y otros países en desarrollo estaba provocando un aumento estratosférico de la demanda de combustibles fósiles. En esos mismos años la preocupación por el cambio climático empezaba a cobrar fuerza, amenazando el futuro de las grandes petroleras y presionando para invertir en formas de energía alternativas.

Un "mundo feliz" de petróleo difícil
 
Nadie captó mejor aquel momento que David O'Reilly, entonces presidente y consejero delegado de Chevron. "Nuestra industria se encuentra en un punto de inflexión estratégico, un lugar único en nuestra historia", dijo en una reunión de directivos de la industria petrolera celebrada en febrero. "El elemento más visible de esta nueva ecuación", explicó en lo que algunos observadores bautizaron como su discurso de un "mundo feliz", "es el relativo a la demanda, ya no dispondremos de petróleo abundante". A pesar de que China estaba succionando reservas de petróleo, carbón y gas natural a un ritmo pasmoso, O'Reilly tenía un mensaje para ese país y el resto del mundo: "La era del petróleo fácil se ha terminado". 

Para prosperar en ese ambiente, explicó O'Reilly, la industria petrolera tendría que adoptar una nueva estrategia. Tendría que mirar más allá de los recursos de fácil extracción que la habían sostenido en el pasado y realizar enormes inversiones para extraer lo que la industria llama "petróleo no convencional" y lo que yo denominé entonces "petróleo difícil " ["tough oil"]: recursos que se encuentran localizados muy lejos de la costa, en los hostiles ambientes del extremo norte, en lugares políticamente peligrosos como Iraq, o en formaciones rocosas de esquistos. "El abastecimiento futuro" insistió O'Reilly "dependerá cada vez más de encontrar recursos en aguas ultraprofundas y en otras zonas remotas, proyectos de desarrollo que requerirán nuevas tecnologías y la inversión de billones de dólares en nuevas infraestructuras". 

Para los grandes ejecutivos de la industria como O'Reilly parecía evidente que los gigantes de la energía no tenían alternativa. Habría que invertir esos billones de dólares en proyectos de petróleo difícil o perder terreno respecto a otras fuentes de energía, cortando el chorro de beneficios. Cierto, el coste de extraer petróleo no convencional sería muchísimo mayor que el de obtener petróleo convencional fácilmente accesible (por no hablar de los peligros ecológicos), pero eso sería problema del mundo, no suyo. "Estamos asumiendo el reto de manera conjunta", declaró O'Reilly. "La industria está realizando importantes inversiones para aumentar la capacidad de producción futura". 

Sobre esta base, Chevron, Exxon, Royal Dutch Shell y otras grandes compañías invirtieron enormes cantidades de dinero y recursos en una carrera por el petróleo y el gas no convencional, una epopeya extraordinaria que narré en mi libro The Race for What’s Left . Algunas, incluyendo Chevron y Shell, empezaron a perforar en aguas profundas del Golfo de México; otras, entre ellas Exxon, pusieron en marcha proyectos en el Ártico y en Siberia Oriental. Prácticamente todas ellas comenzaron a explotar las reservas de esquito de Estados Unidos mediante fractura hidráulica. 

Solamente un alto ejecutivo cuestionó el enfoque "perfora, chico, perfora" [drill-baby-drill]: John Browne, el entonces director ejecutivo de BP. Al señalar que la base científica del cambio climático resultaba lo suficientemente convincente como para negarla, Browne argumentó que los gigantes energéticos deberían mirar "más allá del petróleo " y dedicar importantes recursos a las fuentes alternativas de abastecimiento. "El cambio climático es una cuestión que plantea interrogantes fundamentales respecto a la relación entre las compañías y la sociedad como un todo, y entre una generación y la siguiente", declaró ya en 2002. Para BP, indicó, eso significaba desarrollar la energía eólica, la solar y los biocombustibles. 

No obstante, Browne fue apartado de BP en 2007, justo cuando estaba despegando el modelo de negocio de las grandes petroleras basado en maximizar la producción, y su sucesor, Tony Hayward, abandonó rápidamente la estrategia que apuntaba "más allá del petróleo". "Se podría cuestionar si el crecimiento [de la energía mundial] debe provenir de los combustibles fósiles", dijo en 2009. "Pero aquí es vital que nos enfrentemos a la dura realidad [de la disponibilidad de energía]". A pesar del creciente énfasis en las renovables, "aún contemplamos que para 2030, el 80% de la energía producida provendrá de combustibles fósiles". 

Bajo la dirección de Hayward, BP interrumpió en gran medida su investigación sobre formas alternativas de energía y reafirmó su compromiso con la producción de petróleo y gas, cuanto más difícil mejor. Siguiendo los pasos de otros gigantes energéticos, BP corrió a explorar el Ártico, las aguas profundas del Golfo de México y las arenas bituminosas de Canadá, una forma de energía particularmente sucia y muy difícil de producir. En su campaña para convertirse en el mayor productor del Golfo, BP apuró la perforación de un yacimiento petrolero en el mar a grandes profundidades al que llamó Macondo, provocando la explosión del pozo Deepwater Horizon en abril de 2010 y el devastador derrame de petróleo de enormes proporciones que siguió.

Al borde del precipicio
 
A finales de la primera década de este siglo, las grandes petroleras abrazaron juntas la nueva estrategia de maximización de la producción, "perfora, chico, perfora". Realizaron las inversiones necesarias, perfeccionaron la tecnología para extraer el petróleo difícil y, de hecho, se impusieron al declive de los yacimientos de "petróleo fácil" existentes. En esos años lograron aumentar la producción de manera notable, incorporando yacimientos de petróleo cada vez más difíciles de acceder. 

Según la Administración de Información de Energía de Estados Unidos (EIA, por sus siglas en inglés), la producción mundial de petróleo subió de 85,1 millones de barriles diarios en 2005 a 92,9 millones en 2014, a pesar del declive continuado de muchos yacimientos en Norteamérica y Oriente Medio. Hace un año, cuando afirmó que las inversiones de la industria en nuevas tecnologías de perforación habían ahuyentado el fantasma de la escasez de petróleo, el último consejero delegado de BP, Bod Dudley, aseguró al mundo que las grandes petroleras se estaban expandiendo y que la única cosa que había tocado techo era "la teoría del cenit del petróleo". 

Eso, por supuesto, ocurrió justo antes de que el precio del petróleo se despeñase e inmediatamente puso en tela de juicio la pertinencia de seguir extrayendo petróleo a niveles récord. La estrategia de maximización de la producción diseñada por O'Reilly y los otros consejeros delegados se basaba en tres premisas fundamentales: que, año tras año, la demanda continuaría aumentando; que esa demanda creciente aseguraría precios lo suficientemente altos como para justificar las costosas inversiones en petróleo no convencional; y que la preocupación por el cambio climático no alteraría la ecuación de manera significativa. Hoy, ninguno de esos supuestos es válido. 

La demanda seguirá aumentando –eso es innegable, dado el crecimiento esperado de población e ingresos mundiales– pero no al ritmo al que estaban acostumbradas las grandes petroleras. Hay que tener en cuenta lo siguiente: en 2005, cuando muchas de las inversiones más importantes en petróleo no convencional estaban en su fase inicial, la EIA pronosticó que la demanda de petróleo alcanzaría los 103,2 millones de barriles diarios en 2015; en este momento ha rebajado esa cifra hasta los 93.1 millones de barriles. Esos 10 millones de barriles diarios de consumo esperado "perdidos" quizá no parezcan mucho considerando el número total, pero no hay que olvidar que las inversiones multimillonarias de las grandes petroleras en energía difícil se basaban en la materialización de esa demanda añadida, la cual justificaría los altos precios necesarios para compensar los crecientes costes de extracción. Sin embargo, con la desaparición de mucha de la demanda anticipada, los precios estaban destinados a hundirse. 

Las indicaciones actuales sugieren que el consumo seguirá siendo inferior a lo esperado en los próximos años. En un análisis de las tendencias futuras publicado el mes pasado la EIA señalaba que, debido al deterioro de las condiciones económicas globales, muchos países experimentarán una ralentización del crecimiento o bien una reducción real en el consumo. El consumo de China, por ejemplo, se prevé que crezca solo en 0,3 millones de barriles diarios durante este año y el próximo; muy lejos del aumento de 0,5 millones de barriles diarios que experimentó en 2011 y 2012 y del de un millón de barriles en 2010. Entre tanto, en Europa y Japón se prevé un descenso del consumo durante los próximos dos años. 

La Agencia Internacinal de Energía (AIE), uno de los brazos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE, el club de los países ricos e industrializados), sugiere que esta ralentización de la demanda probablemente continúe más allá de 2016. Aunque la AIE predijo que los bajos precios de la gasolina podrían estimular un incremento del consumo en Estados Unidos y otros pocos países, la mayoría de ellos no experimentará dicha mejora y por eso, según este organismo, "[e]l reciente declive de los precios solo tendrá un impacto marginal en el crecimiento de la demanda en lo que queda de década". 

Dicho esto, la AIE cree que el petróleo mantendrá un precio medio de unos 55 dólares por barril en 2015 y no volverá a alcanzar los 73 dólares hasta el 2020. Estas cifras están muy por debajo de lo que sería necesario para justificar la inversión y la explotación del petróleo difícil como las arenas bituminosas canadienses, el petróleo del Ártico y numerosos proyectos de esquisto. De hecho, la prensa económica está llena de informes sobre mega proyectos energéticos parados o suspendidos. Shell, por ejemplo, anunció en junio que había abandonado sus planes para construir una planta petroquímica en Qatar, cuya inversión era de 6,5 miles de millones de dólares, aludiendo al "clima económico actual que prevalece en la industria energética". Al mismo tiempo, Chevron aparcó su plan de perforar en el mar de Beaufort, y la noruega Statoil dio la espalda a la perforación en Groenlandia. 

Existe además otro factor que amenaza el bienestar de las grandes petroleras: el cambio climático ya no puede excluirse de ningún modelo de negocio energético futuro. Las presiones para afrontar un fenómeno que podría aniquilar, en el sentido más auténtico de la expresión, la civilización humana son cada vez mayores. Aunque en estos años las grandes petroleras han gastado ingentes cantidades de dinero en una campaña para levantar dudas sobre la base científica del cambio climático, cada vez son más las personas que están empezando a preocuparse por sus efectos –condiciones meteorológicas extremas, tormentas más intensas, periodos más largos de sequía, aumento del nivel del mar, y otros– y exigen que los gobiernos actúen para reducir el alcance de la amenaza. 

Europa ya ha adoptado medidas para reducir las emisiones de carbono en un 20% para 2020, comparado con los niveles de 1990, y para lograr mayores reducciones en las próximas décadas. China, aunque sigue aumentando su dependencia de los combustibles fósiles, finalmente ha prometido al menos alcanzar el tope de sus emisiones de carbono en 2030 y aumentar el uso de fuentes de energía renovable hasta llegar al 20% de la energía total ese mismo año. En Estados Unidos, los cada vez más rigurosos estándares de eficiencia energética obligarán a que los coches vendidos en 2025 rindan una media de 54,5 millas por galón, lo que reducirá la demanda estadounidense de petróleo en 2,2 millones de barriles diarios. (Por supuesto, el Congreso, con mayoría republicana y fuertemente subsidiado por las grandes petroleras, hará todo lo posible para erradicar las restricciones al consumo de combustible). 

Sin embargo, a pesar de la insuficiente respuesta que se ha dado hasta ahora a los peligros del cambio climático, la cuestión sigue siendo el mapa energético, y su influencia global en la política solo puede aumentar. Tanto si las grandes petroleras están preparadas para admitirlo como si no, la energía alternativa está ya en la agenda mundial y no hay vuelta atrás. "Estamos en un mundo diferente del que existía la última vez que vimos una caída estrepitosa del precio del petróleo", dijo en febrero Maria van der Hoeven, directora ejecutiva de la IEA, refiriéndose al derrumbe económico de 2008. "Las economías emergentes, en particular China, han entrado en fases de desarrollo menos intensivas en petróleo... Además, las preocupaciones sobre el cambio climático están influyendo en las políticas energéticas [y por eso] las renovables están cada vez más generalizadas". 

Naturalmente, la industria petrolera está esperando que la actual caída del precio se invierta pronto y que con niveles de 100 dólares el barril vuelva su modelo de maximización de la producción, que ahora está derrumbándose. Pero estas esperanzas de retorno a la "normalidad" son quimeras energéticas. Como sugiere van der Hoeven, el mundo ha cambiado de manera significativa y por el camino ha destruido las bases sobre las cuales descansaba la estrategia de maximización de la producción de las grandes petroleras. Los gigantes energéticos tendrán que adaptarse a las nuevas circunstancias reduciendo su actividad, o bien afrontar el riesgo de ser absorbidos por compañías más hábiles y agresivas.

Michael T. Klare es profesor de estudios por la paz y la seguridad mundial en el Hampshire College y colaborador habitual de TomDispatch.com. Es autor de "The Race for What's Left: The Global Scramble for the World's Last Resources" (Metropolitan Books) y en edición de bolsillo (Picador). La versión documental de su libro "Blood and Oil" está disponible en Media Education Foundation. Contactos: michaelklare.com.
 
Fuente: http://www.tomdispatch.com/blog/175967/ 
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=196700
 

miércoles, 21 de agosto de 2013

LA TERCERA ERA DEL CARBONO

Ni por un segundo vayan a imaginar que nos encaminamos hacia una era de energías renovables


TomDispatch.com
21-08-2013
Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández.


En todo lo referente a la energía y la economía en la era del cambio climático, nada es lo que parece. La mayoría de nosotros creemos (o queremos creer) que la segunda era del carbono, la Era del Petróleo, será pronto reemplazada por la Era de las Renovables, al igual que el petróleo lleva sustituyendo desde hace mucho tiempo la Era del Carbono. El presidente Obama ofreció exactamente esta visión en un muy alabado discurso sobre el cambio climático el pasado mes de junio. Es verdad, necesitaremos de los combustibles fósiles un poco más, señalaba, pero muy pronto serán superados por energías renovables.

Muchos otros expertos comparten este punto de vista, que nos asegura que la creciente dependencia del gas natural “limpio” combinado con ampliadas inversiones en energía solar y eólica permitirá una transición suave hacia un futuro de energía verde en el que la humanidad ya no arrojará dióxido de carbón y otros gases invernadero a la atmósfera. Todo esto suena en efecto prometedor. Solo hay un pequeño inconveniente: que no es, de hecho, el camino por el que avanzamos. La industria de la energía no está invirtiendo de forma significativa en energías renovables. En cambio, está dedicando sus beneficios históricos a nuevos proyectos de combustibles fósiles que implican ante todo la explotación de las denominadas reservas “no convencionales” de gas y petróleo.

El resultado es indiscutible: la humanidad no está entrando en un período que estará dominado por las energías renovables, sino que está iniciando la tercera gran era del carbono: la Era del Petróleo y Gas No Convencionales.

Que nos estamos embarcando en una nueva era del carbono es cada vez más evidente y debería perturbarnos a todos. En cada vez más regiones de EEUU, y en un creciente número de otros países, se está utilizando la fracturación hidráulica –el uso de columnas de agua a alta presión para desmenuzar las formaciones subterráneas de esquisto y liberar las reservas de petróleo y gas natural atrapadas en su interior-. Mientras tanto, en Canadá, Venezuela y otros lugares se está acelerando la explotación de petróleos pesados a partir de carbón sucio y de las formaciones de arenas bituminosas.

Es cierto que cada vez se construyen más variedades de parques eólicos y solares, pero aunque parezca mentira se espera que en las próximas décadas la inversión en extracción y distribución de combustibles fósiles no convencionales supere, y mucho, al gasto en renovables, al menos en una ratio de tres a uno.

Según la Agencia Internacional de la Energía (IEA, por sus siglas en inglés), una organización intergubernamental dedicada a la investigación, que tiene su sede en París, la inversión acumulada en el mundo en extracción y procesamiento de nuevos combustibles fósiles alcanzará un total de alrededor de 22.870 billones de dólares entre 2012 y 2035, mientras que la inversión en renovables, energía hidráulica y energía nuclear supondrá una cifra de unos 7.320 billones de dólares. Para esos años, se espera que solo las inversiones en petróleo, estimadas en 10.320 billones de dólares, superen el gasto dedicado a la energía eólica, solar, geotérmica, biocombustibles, hidráulica, nuclear y cualquier otra forma de energía renovable combinadas.

Además, como explica la IEA, una parte cada vez mayor de esa asombrosa inversión en combustibles fósiles se dedicará a formas no convencionales de petróleo y gas: arenas bituminosas canadienses, crudo extrapesado venezolano, petróleo y gas de esquistos bituminosos, depósitos energéticos situados en el Ártico y en las profundidades oceánicas, y otros hidrocarburos derivados de reservas energéticas anteriormente inaccesibles. La explicación de lo anterior es bastante simple. Los suministros mundiales de petróleo y gas convencional –combustibles derivados de reservas de fácil acceso que requieren de un procesamiento mínimo- están desapareciendo rápidamente. Como se espera que la demanda mundial de combustibles fósiles aumente en un 26% de aquí a 2035, los combustibles no convencionales tendrán que proporcionar una gran parte de la energía mundial.

En un mundo así, una cosa es segura: las emisiones globales de carbono se dispararán más allá de nuestras más desfavorables previsiones, lo que significa que las intensas oleadas de calor serán habituales y que las escasas zonas vírgenes que nos quedan quedarán aniquiladas. El planeta Tierra será un lugar mucho más duro y abrasador –posiblemente a niveles inimaginables-. Desde esta perspectiva, merece la pena explorar con más profundidad cómo es que hemos acabado en este atolladero, en otra era del carbono.

La primera era del carbono

La primera era del carbono empezó a finales del siglo XVIII, con la introducción de la máquina de vapor alimentada con carbón y su aplicación generalizada a toda clase de empresas industriales. El carbón, inicialmente utilizado para las fábricas textiles y las plantas industriales, se empleó también para el transporte (barcos y ferrocarriles de vapor), la minería y la producción de hierro a gran escala. En efecto, lo que llamamos ahora Revolución Industrial se vio en gran medida posibilitada por la creciente aplicación del carbón y la máquina de vapor a las actividades productivas. Finalmente, el carbón se utilizaría para generar también electricidad, un campo en el que sigue siendo dominante en la actualidad.

Esa fue la época en la que enormes ejércitos de infortunados trabajadores construyeron los ferrocarriles continentales y enormes fábricas textiles mientras proliferaban y crecían las grandes ciudades industriales. Fue la era, sobre todo, de la expansión del Imperio Británico. Durante un tiempo, Gran Bretaña fue el mayor productor y consumidor de carbón, el principal fabricante del mundo, su primer innovador industrial y la potencia dominante, y todos esos atributos estaban inextricablemente conectados. A través del dominio de la tecnología del carbón, una pequeña isla frente a las costas de Europa pudo acumular inmensas riquezas, desarrollar el armamento más avanzado del mundo y controlar las rutas marítimas del planeta.

La misma tecnología del carbón que dio a los británicos esas ventajas globales también provocó a su paso una miseria inmensa. Como señalaba el analista de la energía Paul Roberts en su obra The End of Oil el carbón que se consumía entonces en Inglaterra era de la variedad lignito pardo “plagado de azufre y otras impurezas”. Cuando se quemaba, “producía un humo acre y asfixiante que hacía que escocieran los ojos y los pulmones y ennegrecía paredes y ropas”. A finales del siglo XIX, el aire de Londres y de otras ciudades alimentadas con carbón estaba tan contaminado que “los árboles se morían, las fachadas de mármol se deshacían y las enfermedades respiratorias se hacían epidémicas”.

Para Gran Bretaña y otras primeras potencias industriales, la sustitución del carbón por el petróleo y el gas fue una bendición que permitió mejorar la calidad del aire, restaurar las ciudades y reducir las enfermedades respiratorias. Desde luego, la Era del Carbón no ha terminado en muchas partes del mundo. En China y en la India, entre otros lugares, el carbón sigue siendo la principal fuente de energía, condenando a sus ciudades y poblaciones a una versión siglo XXI del Londres y Manchester del siglo XIX.

La segunda era del carbono

La Era del Petróleo empezó en 1859 con la producción comercial iniciada en el oeste de Pensilvania, pero solo despegó tras la II Guerra Mundial con el explosivo crecimiento de la propiedad del automóvil. Antes de 1940, el petróleo jugaba un papel importante en la iluminación y lubricación, entre otras aplicaciones, pero seguía estando subordinado al carbón; después de la guerra, el petróleo se convirtió en la principal fuente de energía del mundo. De 10 millones de barriles al día en 1950, el consumo global se disparó a 77 millones en 2000, una bacanal de medio siglo quemando combustibles fósiles.

Un elemento fundamental en el predominio mundial del petróleo era su estrecha asociación con el motor de combustión interna (MCI). Debido a la superior portabilidad del petróleo y a su intensidad energética (es decir, la cantidad de energía que libera por unidad de volumen), lo convierte en el combustible ideal para MCI versátiles. Al igual que el carbón alcanzó su importancia al alimentar los motores de vapor, lo mismo sucedió con el petróleo al alimentar las crecientes flotas de coches, camiones, aviones, trenes y buques del mundo. Actualmente, el petróleo proporciona el 97% de toda la energía utilizada en el transporte mundial.

La prominencia del petróleo se aseguró también por su creciente utilización en la agricultura y en la guerra. En un período relativamente corto de tiempo, los tractores alimentados con petróleo y otras maquinarias agrícolas sustituyeron a los animales como fuente energética fundamental en las granjas de todo el mundo. Una transición parecida se produjo en el moderno campo de batalla, con tanques y aviones accionados con petróleo sustituyendo a la caballería como principal fuente de potencia ofensiva.

Esos fueron los años de la propiedad masiva de automóviles, autopistas continentales, suburbios interminables, centros comerciales gigantes, vuelos baratos, agricultura mecanizada, fibras artificiales y –por encima de todo- de la expansión global del poder estadounidense. Como EEUU poseía reservas inmensas de petróleo, fue el primero en dominar la tecnología de la extracción y refinamiento del petróleo y el que más éxito tuvo a la hora de utilizar el petróleo en el transporte, la industria manufacturera, la agricultura y la guerra, destacando como el país más rico y más poderoso del siglo XXI, una saga contada con gran deleite por el historiador energético Daniel Yergin en The Prize . Gracias a la tecnología del petróleo, EEUU pudo acumular niveles asombrosos de riquezas, desplegar ejércitos y bases militares por todos los continentes y controlar las rutas marítimas y aéreas del mundo, extendiendo su poder a cada rincón del planeta.

Sin embargo, al igual que Gran Bretaña experimentó las consecuencias negativas de su excesiva dependencia del carbón, igualmente EEUU –y el resto del mundo- ha sufrido ya de diversas formas su dependencia del petróleo. Para garantizar la seguridad de sus fuentes de suministro en el exterior, Washington ha establecido tortuosas relaciones con proveedores extranjeros de petróleo y ha combatido varias costosas y debilitantes guerras en la región del Golfo Pérsico, una sórdida historia que expongo en Blood and Oil La exagerada dependencia de los vehículos de motor para el transporte personal y comercial ha dejado el país mal equipado para lidiar con las periódicas interrupciones de suministros y los repuntes en los precios. Pero, sobre todo, el inmenso incremento del consumo de petróleo –aquí y en todas partes- ha producido el correspondiente aumento de las emisiones de dióxido de carbono, acelerando el calentamiento planetario (un proceso que empezó durante la primera era del carbón) y exponiendo al país a los cada vez más devastadores efectos del cambio climático.

La Edad del Petróleo y Gas No Convencionales

El crecimiento explosivo de la automoción y los viajes en avión, la suburbanización de partes importantes del planeta, la mecanización de la agricultura y la guerra, la supremacía global de EEUU y el comienzo del cambio climático: estos han sido los distintivos de la explotación del petróleo convencional. En el momento presente, la mayor parte del petróleo del mundo se produce aún en unos pocos cientos de gigantescos campos petrolíferos en Irán, Iraq, Kuwait, Rusia, Arabia Saudí, los EAU, EEUU y Venezuela, entre otros países; algún petróleo más se obtiene aún en campos alejados de la costa en el Mar del Norte, el Golfo de Guinea y el Golfo de México. Este petróleo sale del suelo en forma líquida y necesita relativamente de escaso procesamiento antes de refinarlo para convertirlo en combustibles comerciales.

Pero ese petróleo convencional está desapareciendo. Según la IEA, los principales campos que actualmente proporcionan la parte del león del petróleo mundial perderán las dos terceras partes de su producción en los próximos veinticinco años, con un resultado neto que se hunde desde 68 millones de barriles al día en 2009 a solo 26 millones de barriles en 2035. La IEA nos asegura que el nuevo petróleo que se encuentre sustituirá esa pérdida de suministros, pero que la mayor parte provendrá de fuentes no convencionales. En las próximas décadas, los petróleos no convencionales representarán una porción creciente de las existencias de petróleo mundial, convirtiéndose finalmente en nuestra principal fuente de suministros.

Lo mismo sucede con el gas natural, la segunda fuente más importante de energía del mundo. La oferta global de gas convencional, al igual que la de petróleo convencional, está reduciéndose y cada vez dependemos más de fuentes no convencionales de energía, especialmente de la proveniente del Ártico, los profundos océanos y las rocas de esquisto, obtenidos mediante la fracturación hidráulica.

En cierto modo, los hidrocarburos no convencionales son similares a los combustibles convencionales. Ambos están en gran medida compuestos de hidrógeno y carbono, y al quemarse producen gran calor y energía. Pero, a la larga, las diferencias entre ellos supondrán para nosotros diferencias cada vez mayores. Los combustibles no convencionales –especialmente los petróleos pesados y las arenas bituminosas - tienden a tener una proporción más alta de carbono e hidrógeno que el petróleo convencional, y por eso liberan más dióxido de carbono cuando se queman. El petróleo del Ártico y de las profundidades del mar necesita mayor energía para su extracción y, en consecuencia, provoca emisiones de carbono más altas en su propia producción.

“Muchas de las nuevas variedades de combustibles derivados del petróleo no se parecen en absoluto al petróleo convencional”, escribió en 2012 Deborah Gordon , especialista en el tema en el Carnegie Endowment for International Peace. “Los petróleos no convencionales tienen a ser pesados, complejos, cargados de carbono y están encerrados en lo más profundo de la tierra, estrechamente atrapados o unidos a la arena, el alquitrán y las rocas”.

Con mucho, la consecuencia más preocupante de la naturaleza distintiva de los combustibles no convencionales es su extremado impacto en el medio ambiente. Como a menudo se caracterizan por ratios más altas de carbono y de hidrógeno, y por lo general necesitan mucha más energía para poder extraerlos y convertirlos en materiales utilizables, producen más emisiones de dióxido de carbono por unidad de energía liberada. Además, muchos científicos creen que el proceso que produce gas de esquisto, saludado como combustible fósil “limpio”, causa amplias liberaciones de metano, un gas invernadero especialmente potente.

Todo esto significa que mientras siga creciendo el consumo de combustibles fósiles, se estarán arrojando a la atmósfera grandes cantidades de C02 y metano que, en vez de reducir, acelerarán el calentamiento global.

Y hay otro problema asociado con la tercera era del carbono: la producción de petróleo y gas no convencional requiere de inmensas cantidades de agua para las operaciones de fracturación, a fin de extraer las arenas bituminosas y los petróleos muy pesados y para facilitar el transporte y refinamiento de esos combustibles. Esto provoca una creciente amenaza de contaminación del agua , especialmente en las zonas de producción con intensas fracturaciones y arenas bituminosas, además de una alta competitividad y lucha por el acceso a los suministros de agua entre perforadores, campesinos, autoridades municipales y otros. Cuando el cambio climático se intensifique, la sequía será la norma en muchas áreas y, por ello, la competición cada vez más feroz.

Junto con estos y otros impactos medioambientales, la transición de los combustibles convencionales a los no convencionales tendrá consecuencias económicas y geopolíticas difíciles de valorar en este momento. Para empezar, la explotación de las reservas de petróleo y gas no convencionales en regiones anteriormente inaccesibles implica la introducción de tecnologías productivas de última generación, incluyendo las perforaciones en el Ártico y en mares profundos, la fracturación hidráulica (hydro-fracking) y el tratamiento de arenas bituminosas. Una de las consecuencias es que alterará la industria global energética al hacer aparecer compañías innovadoras que posean las tecnologías y determinación para explotar los nuevos recursos no convencionales; al igual que sucedió durante los primeros años de la era del petróleo cuando surgieron nuevas compañías para explotar las reservas petrolíferas del mundo.

Esto ha quedado muy evidenciado en el desarrollo del gas y esquisto bituminoso. En muchos casos, firmas más pequeñas y arriesgadas, como Cabot Oil and Gas, Devon Energy Corporation, Mitchell Energy y Development Corporation, concibieron y desarrollaron rompedoras tecnologías. Estas y otras compañías similares fueron pioneras en el uso de la fracturación hidráulica para extraer petróleo y gas de formaciones de esquisto en Arkansas, Dakota del Norte, Pensilvania y Texas, desatando después una estampida de las compañías energéticas más grandes para hacerse también con su propio trozo del pastel en esas zonas. Para aumentar su participación, las firmas gigantes están devorando a las de tamaño pequeño y mediano. Entre las absorciones más destacadas tenemos la compra por ExxonMovil en 2009 de XTO por 41.000 millones de dólares.

Esa transacciones ponen de manifiesto un rasgo especialmente preocupante de esta nueva era: el despliegue de fondos masivos por parte de las grandes de la energía y sus patrocinadores financieros para adquirir participaciones en la producción de formas no convencionales de petróleo y gas, con sumas que exceden enormemente las de inversiones comparables, tanto en el campo de los hidrocarburos como en el de las energías renovables. Para estas compañías está claro que la energía no convencional es el próximo boom y, al igual que las firmas más rentables de la historia, están dispuestas a gastar sumas astronómicas para asegurar que continúan siendo rentables. Si esto significa empezar a pensar que invertir en energías renovables es un timo, amén. “Sin un esfuerzo que diseñe políticas concertadas” que favorezcan el desarrollo de las renovables, advierte Gordon en el Carnegie, las inversiones futuras en el campo energético “probablemente seguirán fluyendo de forma desproporcionada hacia el petróleo no convencional”.

Es decir, habrá una preferencia institucional cada vez más pronunciada entre las empresas energéticas, los bancos, las agencias crediticias y los gobiernos por la producción de combustibles fósiles de próxima generación, lo que aumentará la dificultad para establecer frenos nacionales e internacionales a las emisiones de carbono. Esto se hace evidente, por ejemplo, en el constante apoyo de la administración Obama a las perforaciones en mares profundos y al desarrollo del gas pizarra, a pesar de su pretendido compromiso con la reducción de las emisiones de carbono. Es igualmente evidente en el creciente interés internacional por el desarrollo de las reservas de petróleos pesados y esquistos bituminosos mientras van recortándose las inversiones en energías renovables.

Al igual que en los campos económico y medioambiental, la transición del petróleo y gas convencional al no convencional tendrá un impacto considerable, en gran medida todavía sin definir, en los asuntos políticos y militares.

Las compañías estadounidenses y canadienses están jugando un papel decisivo en el desarrollo de muchas de las nuevas tecnologías a aplicar a los combustibles no convencionales; además, algunas de las reservas de gas y petróleo no convencionales del mundo están situadas en América del Norte. Todo esto sirve para reforzar el poder global de EEUU a expensas de otros productores energéticos mundiales como Rusia y Venezuela, que se enfrentan a la creciente competición de las compañías norteamericanas y de estados importadores de energía como China y la India, que carecen de recursos y tecnología para producir combustibles no convencionales.

Al mismo tiempo, Washington parece inclinarse más por contrarrestar el ascenso de China a través del dominio sobre las rutas marítimas globales y de reforzar sus lazos militares con aliados regionales como Australia, India, Japón, Filipinas y Corea del Sur. Muchos factores son los que están contribuyendo a este cambio estratégico, pero, por sus declaraciones, está bastante claro que los altos funcionarios estadounidenses lo consideran en gran medida una consecuencia de la creciente autosuficiencia de EEUU en la producción energética y su precoz dominio de las tecnologías de última generación.

“La nueva postura energética de EEUU nos permite enfrentar [el mundo] desde una posición de mayor fortaleza”, afirmó el asesor de seguridad nacional Tom Donilon en un discurso pronunciado en abril en la Universidad de Columbia. “Aumentar los suministros de energía estadounidense sirve de amortiguador para reducir nuestra vulnerabilidad ante las interrupciones del suministro global y nos permite presentar un pulso más firme en la búsqueda e implementación de nuestros objetivos internacionales de seguridad”.

Mientras tanto, los dirigentes de EEUU pueden permitirse alardear de su “pulso más firme” en los asuntos mundiales porque ningún otro país posee las capacidades para explotar recursos no convencionales a tan gran escala. Sin embargo, al tratar de obtener beneficios geopolíticos de la creciente dependencia mundial de esos combustibles, Washington está invitando inevitablemente a que los demás contraataquen de diversas formas. Las potencias rivales, temerosas y resentidas por su asertividad geopolítica, incrementarán sus capacidades para resistir frente al poder estadounidense; una tendencia ya evidente en la acelerada construcción naval y de misiles de China.

Al mismo tiempo, otros Estados tratarán de desarrollar su propia capacidad para explotar recursos no convencionales mediante lo que podría considerarse una versión de la carrera armamentística en el terreno de los combustibles fósiles. Esto necesitará de considerables esfuerzos, pero esos recursos están ampliamente distribuidos por el planeta y, con el tiempo, aparecerán seguro otros productores importantes de combustibles no convencionales que desafiarán la ventaja de EEUU en este campo (incluso aumentando la resistencia y destructividad global de la tercera era del carbono). Tarde o temprano, gran parte de las relaciones internacionales girarán alrededor de estas cuestiones.

Sobreviviendo a la tercera era del carbono

A menos que se produzcan cambios inesperados en las políticas y conductas globales, el mundo va a depender cada vez más de la explotación de energías no convencionales. Esto, a su vez, implica el incremento en la acumulación de gases invernadero y muy pocas posibilidades de evitar el comienzo de catastróficos efectos climáticos. Sí, también seremos testigos del progreso en el desarrollo e instalación de formas renovables de energía, pero estás jugarán un papel subordinado frente al desarrollo del petróleo y gas no convencionales.

La vida no va a ser muy satisfactoria en la tercera era del carbono. Quienes confían en los combustibles fósiles para el transporte, la calefacción y usos similares quizá puedan consolarse con el hecho de que el petróleo y el gas natural no se van a agotar pronto, como muchos analistas de la energía predijeron en los primeros años de este siglo. Los bancos, las corporaciones de la energía y otros intereses económicos amasarán sin duda asombrosos beneficios de la explosiva expansión de las empresas dedicadas al petróleo no convencional y de los aumentos globales en el consumo de esos combustibles. Pero la mayoría de nosotros no vamos a sentir recompensa alguna. Bien al contrario. Tendremos que experimentar el malestar y sufrimiento que acompañan al calentamiento del planeta, la escasez de los disputados suministros del agua en muchas regiones y el destripamiento del paisaje natural.

¿Qué puede hacerse para acortar la tercera era del carbono y evitar lo peor de sus consecuencias? Exigir mayores inversiones en energía renovable es esencial pero insuficiente en un momento en que las potencias mundiales actuales están haciendo hincapié en el desarrollo de los combustibles no convencionales. Hacer campaña para frenar las emisiones de carbono es necesario, pero será indudablemente problemático, dada la inclinación cada vez más profunda de las instituciones hacia la energía no convencional.

Además de esos esfuerzos, es necesario impulsar la divulgación de las peculiaridades y peligros de la energía no convencional y demonizar a quienes deciden invertir en esos combustibles en vez de en energías alternativas. En ese sentido, ya están en marcha diversos esfuerzos, incluidas las campañas iniciadas por los estudiantes para persuadir u obligar a los administradores universitarios a que desinviertan cualquier aportación a las empresas de combustibles fósiles. Sin embargo, esos esfuerzos son muy poca cosa aún para identificar y resistir frente a los responsables de nuestra creciente dependencia de los combustibles no convencionales.

A pesar de toda la charla del Presidente Obama sobre la revolución de la tecnología verde, seguimos profundamente atrincherados en un mundo dominado por los combustibles fósiles, y la única revolución verdadera que hay ahora en marcha implica el cambio de un tipo de esos combustibles fósiles a otro. Sin duda que es la fórmula ideal para la catástrofe global. Para poder sobrevivir a esta era, la humanidad debe ser muy consciente de las implicaciones de este nuevo tipo de energía y después dar los pasos necesarios para comprimir la tercera era del carbono y acelerar la Era de las Renovables antes de que nos extingamos a nosotros mismos de este planeta.

Michael T. Klare es profesor de estudios por la paz y la seguridad mundial en el Hampshire College y colaborador habitual de TomDispatch.com. Es autor de “ The Race for What's Left: The Global Scramble for the World's Last Resources”   (Metropolitan Books) y en edición de bolsillo (Picador).