Clara Serra Sánchez es una filósofa, política y autora española especializada en feminismo.
UNA ENTREVISTA CON Clara Serra
Conversamos
con Clara Serra, exdiputada de Podemos en la Asamblea de Madrid, sobre
feminismo, consentimiento, libertad sexual y psicoanálisis, entre otros temas.
por Guillermina Huarte
Clara Serra Sánchez es profesora de
filosofía e investigadora en la Universitat de Barcelona, exdiputada de Podemos en la Asamblea de Madrid y autora de
numerosos artículos y libros, entre ellos: Leonas
y zorras: estrategias políticas feministas (2018), Manual ultravioleta Feminismo para
mirar el mundo (2019) y coordinadora de Alianzas Rebeldes. Un feminismo más allá de identidad
(2021).
Interviene en los debates feministas actuales
poniendo en tensión ciertas ideas y políticas hegemónicas que hoy despliegan
algunas corrientes feministas. Además, es una de las voces más críticas del
proyecto de Ley de libertades sexuales en España. En esta oportunidad,
dialogamos sobre este aspecto, entre otros de sus interesantes planteamientos. ¿Cómo
pensamos la identidad? ¿Sólo «sí es sí»? ¿Cómo entiende el feminismo el deseo?
¿Cuáles son los límites de una lucha que confía tanto en el código penal?
GH
: Hacés
un cuestionamiento de las luchas políticas basadas en la identidad,
incluso sos una de las autoras de Alianzas rebeldes. Un feminismo más
allá de la identidad. ¿Cuáles son los límites de las luchas centradas
en la identidad?¿Por qué hablar de un feminismo que supere la identidad?
CS:
En cierto sentido, toda política es una política de la identidad. Las identidades son
construcciones sociales que las luchas políticas pueden utilizar para
enfrentarse al poder. En el caso del feminismo, es evidente que, por una
parte, la identidad de las mujeres tiene que ver con el hecho de que las
mujeres compartimos un lugar en el mundo, compartimos experiencias o incluso un
destino social o económico, y que eso tiene que ver con el patriarcado. Hacer uso de esa
identidad es una forma de volverse contra la desigualdad. Pero solamente si es en
un sentido estratégico.
Cuando
las luchas políticas olvidan el carácter instrumental, y en cierto
sentido ficticio (construido) de las identidades, las luchas pueden dejar de
ser emancipatorias y, por el contrario, reproducir las categorías del poder,
esencializándolas y reificándolas.
El objetivo del feminismo no es reproducir la categoría «mujer»,
sino que en cierta forma es destruirla. Es decir, trabajar por
un mundo en el que esa categoría pierda importancia social y no lleve aparejado
un destino para quienes la ocupan. Luchamos por el derecho de las mujeres a
ser diferentes entre nosotras y para eso usamos instrumentalmente una palabra
que ficciona nuestra identidad. Cuando perdemos de vista este carácter
ficticio, hacemos políticas esencialistas y conservadoras que santifican y
mitifican la identidad de las mujeres. Yo me opongo a esos feminismos.
GH: Las
agendas del feminismo están marcadas por un fuerte pedido de intervención
punitiva, de extensión del código penal para abordar diversos problemas que le
atañen. La ley de libertades sexuales que aprobarán allá pareciera ser una gran
demostración de eso. ¿Por qué pensás que sucede algo así? ¿El endurecimiento
del código penal es compatible con el ideal de transformación social que podría
contener el feminismo?
CS:
Creo, como algunos autores están subrayando en la actualidad, que la fase
actual del neoliberalismo se caracteriza por una deriva fuertemente punitiva. Es el efecto del
retraimiento del Estado de bienestar y las políticas sociales. Ante el empobrecimiento
masivo y la precarización de nuestras vidas hay una creciente incertidumbre y
aumenta la sensación de inseguridad, riesgo y peligro social. Las políticas
punitivas ponen como causa de ese riesgo a determinados individuos, o
determinados grupos, en lugar de las políticas estructurales de empobrecimiento
que generan fractura social. La paz social y el orden se
prometen, así, a través de soluciones punitivas. Esto genera
que, en las últimas décadas, los Estados liberales hayan aumentado el recurso
de endurecer sus códigos penales. No solo en Estados Unidos, también en Europa.
Obviamente
esto es incompatible, a mi entender, con las agendas de las izquierdas, que
deben apostar por políticas sociales y económicas que enfrenten el
neoliberalismo. Creo
que determinadas izquierdas y también algunos feminismos están dejándose
seducir por estas políticas punitivas y están siendo incautos
colaboradores en este reforzamiento penal de las democracias liberales de
nuestro presente.
La ley de libertades sexuales, como muchas de las propuestas que
en el contexto norteamericano y anglosajón se han puesto en marcha contra la
violencia sexual, tiene una clara apuesta por el código penal como mecanismo
fundamental de corrección y pretendida transformación social. También algunas
políticas LGTB tienen hoy en día un excesivo uso de las vías punitivas en su
combate contra los “delitos de odio” y eso ha sido
criticado por activistas LGTB y críticos como es el caso de Dean Spade.
GH: Hoy se
habla muchísimo del consentimiento, y no por nada esta ley a la que nos
referimos es nombrada como la ley del «sólo sí es sí». En varias oportunidades
marcaste que resulta problemático pasar de decir «no es no» a «sólo sí es sí».
¿Cuál es la diferencia entre una y otra?
CS: Básicamente se cambia de
un marco en el que se entiende que las mujeres son capaces de decir que «no» (y
se las anima y empodera para decirlo), a un marco en el que, en la medida en
que la sexualidad es siempre peligrosa o intimidatoria para las mujeres, esa
opción es siempre imposible. Esto me parece altamente problemático, es una
elección que creo que deberíamos debatir con mucha calma y cuidado. ¿Estamos dispuestas a asumir esa
imposibilidad y dejar de trabajar por una sociedad en la que digamos «no»? ¿Qué
cosas perdemos por el camino al asumir ese marco?
Quienes
defienden el lema del «solo sí es sí» lo presentan como un marco superador y
mejor porque es afirmativo, pero creo que esto es totalmente equivocado; el
lema «solo si es “sí”» cobra sentido únicamente en un marco en el que se ha
extendido el campo del no, es decir, en el que hemos decidido
asumir como regla que, en principio y por defecto, las mujeres no quieren
sexo. Esto no me
parece que rompa en modo alguno con la imagen tradicional de las mujeres como
seres temerosos del sexo. Es más, es la sociedad patriarcal la
que nos ha educado en la creencia de que ser una mujer decente es estar
indispuesta al sexo, no desearlo, no estar esperándolo. Me parece correcto, por
supuesto, cuestionar que un silencio sea tomado siempre que los hombres quieran
como un «sí», qué duda cabe, pero me parece muy problemático que la respuesta a
eso sea establecer categóricamente que todo silencio es un «no». El problema,
justamente, es que estos marcos del consentimiento afirmativo tienen la
necesidad de meter todo en el saco de un clarísimo «sí» o de un clarísimo «no».
Esta clarificación exhaustiva de la sexualidad se lleva por delante el campo
del «no sé». Es decir, yo defendería que, además de cosas que los sujetos saben
que quieren y cosas que los sujetos saben que no quieren, existe un amplio
margen de cosas que caen en el campo del no saber, de la duda y la
incertidumbre (¡incertidumbre no solo de lo que el otro desea sino de lo que
uno mismo o una misma desea!). Cuando el feminismo dice «no es no» creo que no
cabe inferir que todo lo que no sea un «no» es un «sí»; más allá del «no» puede
haber un «quizás», un «no sé» o un «ya veremos». En los marcos que se están
imponiendo -en los que el «solo sí es sí» es un criterio para distinguir el
sexo consentido de la violencia y el crimen sexual- estamos diciendo claramente
que la ley puede y debe tomar toda ausencia de «sí» como un clarísimo «no», tan
clarísimo como para implicar un delito penal exactamente igual que si la mujer
hubiera dicho «no». Hay algo que se ha perdido por el camino. Pretender
iluminar por completo el sexo y erradicar el espacio para el no saber no me
parece en absoluto un avance feminista y, de hecho, me parece que limita la
exploración sexual de las mujeres en los territorios opacos de su propio deseo
y las convierte en responsables de responder a la exigencia de saber y decir
siempre claramente lo que desean. El problema es que no siempre sabemos lo que
deseamos y que tenemos derecho a no saberlo, a dudarlo, a explorarlo, a
descubrirlo.
Por
otra parte, que las mujeres digan «sí» en estos nuevos marcos actuales no
implica tomar la iniciativa sexual. Decir,
pronunciar o explicitar un «sí» es contestar, es responder a la demanda, a la
pregunta o a la propuesta del otro (y contestar a lo que el otro plantea,
además, afirmativamente). Para mí, un feminismo que pretenda
defender las desobediencias femeninas tiene que poner el acento en la dirección
contraria: defender la iniciativa sexual de las mujeres en la búsqueda de su
placer y sus deseos; es decir, ser nosotras las que proponen, las que buscan al
otro, las que se arriesgan, las que exploran. O sea, las que en todo caso, si
esto fuera un diálogo, estarían en el lugar de quien pregunta, no de quien
contesta. En los imaginarios sexuales que instauran los marcos del
consentimiento sexual, ha sido borrado este lugar, se generaliza la posición de
espera y de pasividad de las mujeres, se niegan y ocultan justamente las
desobediencias femeninas, han desaparecido del mapa las chicas malas de toda la
vida, las que tienen más ganas de sexo que los hombres y las que toman, contra
los mandatos patriarcales, la iniciativa. La visibilización de esa posibilidad
es fundamental, creo, precisamente porque ilumina algo muy importante. Las
mujeres, cuando toman la iniciativa sexual, no siempre preguntan y ni esperan a
tener un «sí» explícito por el otro lado o una claridad total. ¿Deberán empezar
a hacerlo como requisito para no cometer un delito? ¿Podrían, bajo estos nuevos
marcos jurídicos (y su aplicación por parte de una judicatura conservadora),
ser más mujeres acusadas de acoso sexual?
Me
parece irremediable que tomar la iniciativa es, precisamente, asumir los
riesgos que implica la negociación sexual. Es decir, el hecho de
que no siempre está claro lo que quiere el otro. ¿No demuestran,
justamente muchas mujeres, que se puede tener una iniciativa sin
contar con la claridad absoluta y, al mismo tiempo, sin ejercer violencia
contra el otro? ¿No ha de ser ese el camino a seguir? Creo que una
educación sexual feminista tiene que enseñar a los hombres a que se puede
seducir sin violentar. Como también creo que una educación feminista tiene que
enseñar a las mujeres a que recibir un «no», no es un ultraje vergonzoso o
humillante. Si queremos animar a las mujeres para que puedan tomar los caminos
que la cultura patriarcal siempre nos ha prohibido creo que la enseñanza debe
ser: puedes lanzarte, arriesgarte, tratar de seducir a la otra persona y, si
esa otra persona no quiere, esto no debe ser vivido como una humillación para
las mujeres. Ser parte activa es, también, asumir que puedes recibir una
negativa, que puedes haberte equivocado al interpretar al otro, que puedes
haberte lanzado pero el otro no ha seguido el juego. Faltan en nuestros
imaginarios sexuales más hombres que pudieran decir que no (frente a la idea
del hombre con un deseo potente y siempre activo, que creo que forma parte de
las exigencias de la masculinidad) y más mujeres que asumen los inevitables
riesgos que implica toda negociación sexual (que nunca podrá ser totalmente
nítida, clara y transparente). La conquista del terreno de la exploración, la
posibilidad de adentrarse en un terreno sexual donde cabe el malentendido o el
desencuentro con el otro, va de la mano de la conquista del «no es no». Se
trata de un excelente lema feminista porque comunica a todas las mujeres que
decir «no» es posible, que no tenemos que estar dispuestas y disponibles para
complacer los deseos de los hombres. Como también comunica a los hombres que
ese «no» debe ser siempre respetado.
Creo
que, con respecto a estos objetivos que acabo de señalar, los actuales marcos
que estamos instaurando son regresivos, suponen un paso atrás más que un paso
hacia adelante. El hombre sigue siendo la parte activa y la mujer la que
responde a lo que le proponen otros. Y la sexualidad es un terreno tan hostil para
las mujeres que no somos nosotras nunca capaces ni de emprenden la seducción ni
de decir «no» a los deseos de los hombres. Me parece un marco
conservador que en ningún modo está rompiendo con los viejos roles y papeles
que nos asignaron a unas y a otros, sino que está redibujándolos desde la ley. Es un feminismo que
asume la indefensión femenina en vez de trabajar por el empoderamiento y que,
al asumir que no hay capacidad de decir que no, entrega al Estado el deber de
decir «no», y de forma preventiva, por todas nosotras.
Yo estoy de acuerdo, por supuesto, en que las leyes deben ser
reformadas para delimitar algunas circunstancias en las que las mujeres no
pueden decir que no (obviamente, los casos de violaciones en
condiciones de no consciencia, o consumo de alcohol o drogas, exigen estar
entendidos en nuestra legislaciones como circunstancias en la que, en ausencia
de fuerza e intimidación, el consentimiento está imposibilitado) pero eso
debe ser más una excepción que una regla. Evidentemente debemos mejorar
nuestras legislaciones para que el derecho pueda reconocer adecuadamente
esas situaciones u otras que impliquen una dificultad para el consentimiento,
una imposibilidad de decir que no.
Pero
las normas que se están aprobando en algunos países suponen algo
sustancialmente distinto. No están completando lagunas o
deficiencias, están redibujando por entero la manera de pensar la
sexualidad. Instauran un marco que ha extendido el peligro sexual de
tal modo que las mujeres han perdido, para siempre y en todo contexto, la
posibilidad de expresar un «no», y eso nos lleva inevitablemente a enfoques
paternalistas y securitarios.
GH: También respecto al consentimiento, hacés una
diferenciación que me pareció muy interesante entre voluntad y deseo.
¿Por qué es importante distinguirlo? ¿Podrías desarrollar esa idea?
CS: Creo
que las actuales políticas sobre el consentimiento están construyéndose
sobre una peligrosa confusión entre
voluntad y deseo por la que no se sabe muy bien si consentir es lo mismo que
elegir una cosa o que desearla. Y no son lo mismo. Una mujer
puede elegir tener una relación sexual sin desearla y puede consentir sin
deseo, no solo en el marco del trabajo sexual, sino también, en muchas
situaciones de la vida cotidiana. Obviamente me parece positivo que aspiremos a
que las relaciones sexuales sean deseadas, pero me parece muy peligroso hacer del «sexo deseado» el criterio
del derecho penal para delimitar la violencia sexual. Se puede
consentir o elegir tener sexo sin deseo y eso ha de ser respetado como una
elección del sujeto, pero, además, es que se puede desear algo y, a la vez,
oponerse a ello y decir que «no». Estos
feminismos actuales que confunden voluntad y deseo y hablan de «consentimiento
entusiasta», o de que una violación es una relación «no deseada», me parece que
conllevan inevitablemente una visión moralista sobre el sexo en
la que, al final, se está volviendo al modelo tradicional y patriarcal del
amor, el sexo amoroso o el sexo bueno como sexo típicamente propio de las
mujeres.
En efecto, la adecuación del
deseo y la voluntad— querer lo que deseas y desear lo que
quieres— podemos denominarlo «amor» y es importante que
esa sea una opción, incluso algo muy deseable en la vida sexual. Pero las
mujeres no siempre follan por amor, no siempre están reconciliadas con sus
fantasías y sus deseos y el
feminismo debe reivindicar el derecho de las mujeres, también, a una
sexualidad que ha sido reservada para los hombres. Por cierto
que, la confusión entre deseo y voluntad, es decir, la identificación de la
violación como una violación del deseo, es lo que ha llevado tradicionalmente a
pensar -y a juzgar por parte de algunos jueces- que las malas mujeres, las que
desean incorrectamente, las que desean demasiado, nunca podrían ser objeto de
una violación porque de algún modo han deseado lo que les ha pasado. Virginie
Despentes hablaba en Teoría
King Kong de su propia violación y, al mismo tiempo, de las
fantasías de violación que la habían acompañado siempre. Un feminismo que
deposite en el deseo la verdad, la autenticidad y la pureza y lo invista como
el criterio de validez frente a la violencia sexual ¿como aborda el hecho de
que las mujeres deseamos cosas que no elegimos? No solo hay que defender que
las mujeres no desean según los imaginarios del poder patriarcal. Hay que ir más allá: incluso si las mujeres
desearan o fantasearan con cosas que tiene que ver con el poder, la dominación
o la violencia, pueden decidir no llevar a cabo esos deseos, pueden mantenerlo
en la esfera de la ficción, pueden decir que no con la voluntad, y ese ha de
ser el único criterio válido para delimitar una agresión sexual.
Si no, el feminismo empezará a penalizar a las mujeres por sus deseos o a instaurar
un ideario moralista por el cual la buena feminista, la buena mujer, no tiene
incongruencias, contradicciones o desacuerdos jamás entre lo que quiere y lo
que desea. Necesitamos un feminismo que enfrente la violencia pero, al mismo
tiempo, conserve para las mujeres la posibilidad de no siempre desear lo que
quieren y no siempre querer lo que desean. Así que la violación no es un
atentado contra el deseo, es un atentado contra la voluntad. Y, por cierto, el derecho debe mantenerse lo más lejos posible
de pretender conocer y juzgar lo que desean interna y profundamente las
personas. Esa pretensión es inevitablemente totalitaria y conduce directamente
al moralismo y al punitivismo penal.
GH: En reiteradas ocasiones
insistís sobre la importancia de que el feminismo retome su diálogo con el
psicoanálisis. ¿Por qué?
CS: Justamente
por este punto. El
psicoanálisis es una filosofía para sujetos incongruentes, fraccionados, con
una contradicción interior por la cual el deseo está relacionado con el
subconsciente o, lo que es lo mismo, no siempre (incluso casi nunca) sabemos lo
que deseamos. Esta es la perspectiva a partir de la cual ha de
ser pensada la violencia sexual y el papel del derecho. Hay unos feminismos
actuales, diría
que son los hegemónicos, que piensan el mundo a partir de un
modelo de sujeto coherente, sin fisuras, reconciliado angelicalmente consigo
mismo. Un sujeto, incluso capaz de
conocer, verbalizar y explicitar sus propios deseos.
Esta
perspectiva por la cual no resulta problemática la transparencia de los deseos
es una perspectiva profundamente voluntarista, racional y liberal,
acríticamente liberal. Restituye al sujeto masculino de la razón
y la voluntad que la cultura patriarcal y neoliberal ha encumbrado y que
justamente el feminismo debe poner en cuestión. El
psicoanálisis, como gran parte de la teoría crítica feminista, ha criticado los
delirios masculinos que acompañan a esos sujetos hechos a sí mismos que siempre
saben lo que quieren y creo que desde esa perspectiva es imposible no ver un voluntarismo
muy acrítico y problemático en muchos de los actuales discursos sobre la
sexualidad.
Si los discursos feministas van a prometer a las mujeres estar a
salvo de la violencia a través de un escenario del consenso, pacto y contrato
sexual que implica decir lo que deseamos y explicitar nuestro deseo, creo que
nos están prometiendo seguridad sexual a cambio de convertirnos en esos sujetos
masculinos de la modernidad. Creo que ese pacto no merece la pena, que
debemos rechazarlo. Los feminismos deben trabajar contra la violencia sin pedir
a las mujeres que, para poder esperar estar a salvo, se conviertan en seres
luminosos e iluminados que conozcan y puedan contestar siempre con claridad
acerca de lo que desean. Ese es justamente el reto propiamente feminista y creo
que para trabajar en ese camino hay que salir de las limitaciones de los
actuales marcos del consentimiento o, mejor dicho, salir de las concepciones
del consentimiento que están en las actuales políticas hechas en nombre del
consentimiento.
GH: Podríamos decir que los debates actuales que
atraviesa al feminismo en realidad son históricos. Creo que vos lo planteás muy
bien en varias de tus intervenciones, recuperando aquellas discusiones de los
feminismos a partir de los años 80. Si bien es otro contexto, ¿hay cierta
radicalización de estos debates? ¿Cómo se explica este fenómeno en la
actualidad?
CS: En
efecto, los debates que acontecieron a partir de los años 80 en el contexto
americano explican muy bien las preguntas y los desacuerdos actuales; esos
debates siempre han estado ahí, nunca se
fueron del todo porque nunca se superaron. Hay muchas maneras
feministas de pensar la sexualidad, la violencia sexual y la libertad sexual. Y
a los actuales debates les preceden distintas genealogías. La mía es la del
feminismo prosex y queer que se opuso a las leyes de prohibición de la
pornografía y que defendió el derecho de las mujeres a jugar en el terreno de
la ficción con los roles de poder (BDSM) y la necesidad de no juzgar los deseos
femeninos desde una nueva normatividad moral feminista, que apostó siempre por
ampliar la libertad (también la sexual) fuera de los marcos securitarios del
derecho penal. En
efecto, en esas estamos también ahora.
GH: ¿Las políticas que
estigmatizan y criminalizan el trabajo sexual se cristalizan en estas
discusiones históricas? ¿Cómo habría que pensar la hostilidad que se libera,
incluso desde el feminismo, contra las trabajadoras sexuales?
CS: La trabajadora sexual, como figura, resulta
inasumible para una concepción sobre la sexualidad que ha extendido tanto el
peligro que acaba poniendo en cuestión y, como decía antes, de manera
ilimitada, la capacidad de decir «no» de las mujeres. Es decir, para
una concepción que ha renunciado a considerar que las mujeres tengan voluntad
autónoma y capacidad de que esa voluntad se pueda abrir paso en el terreno de
la sexualidad. La
cuestión del trabajo sexual revela las contradicciones del feminismo radical
abolicionista y su deriva hacia una concepción paternalista en la que las
mujeres no tienen mayoría de edad. Si decir «no» es siempre imposible, si el
mundo sexual es tan desigual y tan hostil, que los hombres siempre tienen el
poder y las mujeres no lo tienen, entonces al final también el «SI» de las
mujeres acabará siendo puesto en duda. Porque ha sido ya
puesta en duda la voluntad libre y la capacidad de consentir de las mujeres en
el terreno sexual.
Así
pues, los actuales marcos del «solo sí es sí» se deslizan inevitablemente hacia
el marco del «sí es no» en el que, en efecto, cuando una actriz porno o una
trabajadora dice «SI», es inválido. Esta contradicción recorre la actual ley
de libertades sexuales del gobierno español de modo radical. Es una ley que se ha
defendido como la puesta en el centro del consentimiento de las mujeres y, sin
embargo, es una ley que apuesta por establecer delitos «aun con el
consentimiento» de las mujeres. Es una contradicción insalvable. Y esa contradicción
se debe a que, a pesar de los discursos políticos, las actuales leyes del
consentimiento afirmativo no están suponiendo la novedad de valorar el
consentimiento como el criterio para delimitar la violencia sexual.
Obviamente en los códigos
penales modernos, también en el caso español, ya era el consentimiento el
criterio que usaba el derecho penal para proteger la libertad sexual. La
novedad es otra: una nueva manera de entender el consentimiento, una nueva
manera de delimitarlo y de entender cuándo y cómo se manifiesta, que redibuja
sus límites y las técnicas jurídicas para considerarlo probado. La filosofía sobre la sexualidad que subyace a
estas nuevas doctrinas jurídicas acaba no tanto en un respeto hacia el
consentimiento sino más bien en su puesta en duda y en la decisión de
considerarlo a veces enteramente prescindible.
GH: En diferentes lugares del
mundo, emergen o se consolidan grupos de extrema derecha. ¿Creés que las
posturas conservadoras dentro del feminismo se relacionan con esto? ¿O se
vinculan con otros factores?
CS: No estoy muy de acuerdo con amalgamar las
derivas conservadoras o más reaccionarias de las izquierdas con la
ultraderecha. Me parece que son cosas diferentes y no las entendemos mejor por
decir que «son lo mismo». Ahora bien, evidentemente tenemos que
plantearnos cuánto convergen y qué sinergias se producen. En Estados Unidos, el
feminismo abolicionista se alió políticamente con la administración de Reagan
en la instauración de un marco feminista que era muy funcional a la batalla
cultural de la derecha en la perpetuación de una moral sexual puritana. Creo que esta
pregunta debe ser pensada también hoy. Hasta qué punto algunos de los discursos
sobre la sexualidad que están defendiendo ciertos feminismos no están
consolidando marcos conservadores y nuevas versiones del puritanismo en un
contexto en el que tenemos fuerzas políticas reaccionarias decididas a limitar
nuestra libertad sexual.
Sobre la entrevistadora
Guillermina
Huarte es estudiante de Comunicación Social en la Universidad Nacional de
Córdoba, periodista y redactora de Enfant
Terrible.
La
versión original de esta entrevista fue publicada en Enfant Terrible. Las respuestas fueron ampliadas por la
entrevistada para esta publicación.
Fuente: https://jacobinlat.com/2021/11/29/algunos-feminismos-estan-dejandose-seducir-por-el-punitivismo-neoliberal/?mc_cid=f8982a1649&mc_eid=00d2b5fd75