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sábado, 5 de julio de 2025

SANKARA, EL 'CHE AFRICANO' QUE IMPULSÓ LA EMANCIPACIÓN DE LA MUJER Y DENUNCIÓ LA "ESCLAVITUD" DE LA DEUDA EXTERNA

En apenas cuatro años de gobierno, el joven capitán transformó Burkina Faso a nivel político, social y económico. Cuatro décadas después, su ejemplo sigue resonando con fuerza entre la juventud africana.

Sankara, el 'Che africano' que impulsó la emancipación de la mujer y denunció la "esclavitud" de la deuda externa

En apenas cuatro años de gobierno, el joven capitán transformó Burkina Faso a nivel político, social y económico. Cuatro décadas después, su ejemplo sigue resonando con fuerza entre la juventud africana.


Imagen del presidente de Burkina Faso entre 1983 y 1987, Thomas Sankara, en una rueda de prensaDOMINIQUE FAGET / AFP

Álvaro Pinto

Madrid-01/02/2025 22:00

“No se puede llevar a cabo un cambio fundamental sin una cierta dosis de locura. En este caso, proviene del inconformismo, del coraje de dar la espalda a las viejas fórmulas, del coraje de inventar el futuro. Además, fueron necesarios los locos de ayer para que pudiéramos actuar con extrema claridad hoy. Yo quiero ser uno de esos locos”. Thomas Sankara, presidente de Burkina Faso - antes Alto Volta - entre 1983 y 1987, resumía con estas palabras la apuesta radical que lo empujó a transformar un rincón del Sahel en un proyecto de emancipación que fascinó al mundo.

Durante sus cuatro años de breve mandato, Sankara llevó a cabo una profunda transformación social, económica y política en el país: abogó por la emancipación de la mujer -incluyendo la prohibición de la mutilación genital, los matrimonios forzados y la poligamia-, denunció el carácter neocolonialista e imperial de la deuda, impuso una estricta política de austeridad e implementó un ambicioso proyecto contra la deforestación. Este mes se cumplen 42 años de su ascenso al poder.

Un religioso comprometido con el prójimo

De familia católica y con un padre veterano de la Segunda Guerra Mundial, Sankara vio a los diez años, en el ejemplo de la Revolución Cubana, que el tamaño no era un obstáculo en la lucha por la libertad. Yako, su lugar de nacimiento, formaba parte de un territorio sometido durante décadas a la colonización francesa. Desde niño, se enfrentó a la dura realidad de vivir en un país, Alto Volta, que, aún habiendo logrado la independencia en 1960, permanecía dominado por los intereses económicos e ideológicos que se remontaban a la época colonial.

Sankara siguió la tradición de su padre e inició su formación militar en Madagascar, donde descubrió que la explotación y el sufrimiento eran una constante a lo largo de todo el continente. Como soldado, se interesó por las ideas socialistas y las últimas contribuciones de los pensadores africanos. El ejemplo de líderes anti imperialistas como Fidel Castro y el Che Guevara, así como la inspiración de Amílcar Cabral, le impulsaron a cuestionar los mecanismos de dominación que sostenían el orden poscolonial en Alto Volta, donde el poder económico se concentraba en manos de unas élites locales aliadas con el capital francés, mientras la mayoría campesina subsistía en condiciones precarias.

Como recoge Amber Murrey en A Certain Amount of Madness, en la década de los 70, los movimientos populares, encabezados por estudiantes y sindicatos, irrumpieron con fuerza en la vida política de Alto Volta, encontrándose con la resistencia de algunos sectores del Ejército. La ausencia de una estrategia que uniera a campesinos y obreros hizo que diversos grupos militares se autoproclamaran los “salvadores” del país, con el beneplácito de las potencias occidentales. Los choques entre sindicatos y grupos militares llevaron, sin embargo, a la radicalización de una parte del Ejército en la que se ubicó Sankara, nombrado secretario de Estado para la Información del gobierno militar de Saye Zerbo en septiembre de 1981. El joven revolucionario se mostró, no obstante, muy crítico con la represión ejercida por el presidente, actitud que lo llevó a pasar seis meses en la cárcel.

En enero de 1983, una insurrección militar liderada por Jean-Baptiste Ouédraogo desplazó a Zerbo del poder y Sankara fue nombrado nombrado primer ministro de Alto Volta. Tras un breve mandato de cuatro meses, el burkinés fue puesto bajo arresto domiciliario. La detención de otros políticos burkineses provocó un levantamiento popular que allanó el camino para la llegada de Sankara a la presidencia. En agosto de 1983, un golpe de Estado permitió que el joven capitán de 33 años y sus compañeros tomaran las riendas del país.

Los ejes de su Gobierno

Sankara se propuso acabar con la tradición de gobiernos militares que “no servían al pueblo” apostando por la austeridad. En esta tarea, vendió la flota de coches oficiales Mercedes Benz sustituyéndolos por Renault 5, bajó el sueldo a los altos cargos, prohibió el uso de chófer, y exhibió con orgullo el traje tradicional burkinés. Además, llevó a cabo un ambicioso programa de redistribución de la tierra, redujo los privilegios de los jefes tribales y defendió la necesidad de reducir la dependencia con el exterior y apostar por la autosuficiencia. “Sankara era modesto en su forma de vestir, su estilo de vida y sus expectativas, lo que no sentaba bien a algunos de sus compañeros más cercanos, que tenían aspiraciones y gustos occidentales pequeñoburgueses”, señala Ama Biney, doctora por la School of Oriental and African Studies.

 

Sankara consideraba que depender de la ayuda exterior implicaba “aceptar la voluntad del que te da de comer”

En lo económico, Sankara impulsó la creación de un frente unido de naciones africanas que rechazaran pagar su deuda externa. En uno de sus discursos, el entonces presidente de Burkina Faso afirmó que “el origen de la deuda se remonta a los orígenes del colonialismo”.  Consideraba que quienes habían prestado el dinero a los países africanos eran los mismos que los habían colonizado y dirigían aún sus economías. Para el joven revolucionario, depender de la ayuda exterior implicaba “aceptar la voluntad del que te da de comer”, por lo que rechazaba abiertamente los planes del FMI y el Banco Mundial que imponían las recetas del ajuste estructural.

Sankara mejoró sustancialmente, además, las condiciones de vida de la sociedad burkinesa a través de un programa de vacunación masiva, el incremento de la tasa de alfabetización del 13 al 73%, la lucha contra la deforestación - exhibiendo una visión ecologista pionera en África -, y el reconocimiento del sida como una amenaza para el continente – siendo el primer gobierno africano en hacerlo-.

Para Thomas Sankara, la participación de las mujeres no era un asunto secundario, sino el pilar fundamental para construir una nueva sociedad

Sin embargo, si por algo destacó Sankara fue por su visión de la emancipación de la mujer. Para Thomas Sankara, la participación de las mujeres no era un asunto secundario, sino el pilar fundamental para construir una nueva sociedad. Reconocía que, siendo “la mitad de la población de Burkina Faso”, la revolución no podía concretarse sin su compromiso y presencia activa. “Sankara no sólo abordó las especificidades de la opresión de la mujer, sino que reprendió a los hombres progresistas que viven alegremente en el adulterio y a aquellos que no aceptan que sus esposas sean también políticamente activas”, señala Biney. Sankara luchó contra las formas más violentas de la opresión de género: condenó la práctica de la ablación, la poligamia y los matrimonios forzados e impulsó su prohibición en todo el país, al tiempo que reprobó el estigma social hacia las mujeres solteras que tenían hijos fuera del matrimonio.

El fin del "sueño" de Sankara

En su afán por acercar la revolución a la población, Sankara creó, inspirándose en el ejemplo cubano, los Comités de Defensa de la Revolución, que debían traducir las inquietudes del pueblo en acciones concretas. Sin embargo, ese intento de involucrar a la base social acabó tropezando con el verticalismo y las tensiones propias de la disciplina militar, además de suscitar recelos en las élites y en los líderes regionales vecinos, temerosos de un contagio revolucionario.

Juan Castien Maestro: “Sankara no es un caso aislado, es un eco tardío de otros personajes que han surgido previamente"

“Sankara no es un caso aislado, es un eco tardío de otros personajes que han surgido previamente”, señala a Público Juan Ignacio Castien Maestro, doctor en Sociología por la Universidad Complutense de Madrid y experto en procesos de cambio social en las sociedades árabes e islámicas. “La gran ola de los socialismos africanos, la época de Modibo Keïta o Nyerere, se da en los años 60 y 70. El ascenso al poder de Sankara se produce cuando estos regímenes están ya retrocediendo”, añade.

El 15 de octubre de 1987, el sueño de Sankara se vio truncado. Un golpe de Estado liderado por su antiguo camarada, Blaise Compaoré, terminó con la vida del presidente y de sus colaboradores más cercanos. La joven revolución se derrumbó rápidamente y su máximo referente fue enterrado en una tumba anónima, como si quisieran borrarlo de la memoria colectiva.

Un verdadero proyecto de país

Juan Castien Maestro: "El propio nombre que Sankara da al país ya es una declaración de principios”,

A pesar de la brevedad de su gobierno, Thomas Sankara imprimió su huella en la historia de Burkina Faso y el continente africano. Uno de sus grandes legados será el cambio de nombre del país de Alto Volta a Burkina Faso - que significa “tierra de los hombres íntegros”, formado a partir de la unión de la palabra “burkina” en la lengua local mossi y “faso” en la lengua local yulá-. El cambio de nombre es, en sí mismo, un llamamiento a la unidad, a construir algo nuevo. “Es un proyecto. El propio nombre del país ya es una declaración de principios”, señala Castien.

Thomas Sankara es percibido como una de las figuras más relevantes del panafricanismo. Defendió la hermandad de los pueblos africanos y la ruptura con las cadenas del viejo y nuevo colonialismo a la vez que reivindicó la pluriversalidad: la coexistencia de muchas alternativas y vías. Bajo este concepto, propuesto por los zapatistas como “un mundo en el que haya espacio para muchos mundos”, defendió que la revolución no se podía exportar, pues sería decirle a los demás cómo resolver sus problemas. “Sankara creía que todas las personas tienen derecho a diagnosticar sus problemas como mejor les parezca y a encontrar soluciones para ellos”, señala Biney.

La visión del conocido como Che africano se considera, además, un precedente de la decolonialidad - escuela de pensamiento que tiene como objetivo desvincularse de las jerarquías de conocimiento y las formas de estar en el mundo eurocéntricas para permitir otras formas de existencia-. “Parte integral de su perspectiva panafricanista e internacionalista fue la crítica condenatoria no sólo del imperialismo sino también de la pequeña burguesía africana, a la que consideraba una clase parasitaria alineada con el imperialismo en lugar de las masas populares. Sankara denuncia a esta clase corrupta por su exaltación de conceptos y debates intelectuales occidentales que no tienen relevancia para las condiciones africanas”, añade Biney.

Una memoria que sigue viva

Cuatro décadas después de su asesinato, Thomas Sankara sigue siendo una inspiración innegable para la juventud africana, que ve en sus ideas de justicia social, soberanía e integridad política un camino hacia la emancipación. De su legado surge Le Balai citoyen, un movimiento popular y de base que nació en 2013, justo cuando el entonces presidente Blaise Compaoré buscaba reformar la constitución para ampliar los límites del mandato presidencial tras 27 años en el poder. Fiel a sus raíces sankaristas, Le Balai citoyen emergió como una denuncia a la falta de justicia en el país y a la apropiación de la riqueza nacional por parte de una minoría en el Gobierno.

Decidido a barrer la corrupción, el movimiento fue clave en las movilizaciones de 2014 que desembocaron en la caída de Compaoré. En Le Balai citoyen trabajan para alentar a los jóvenes a participar activamente en la vida cívica, a defender la transparencia y la rendición de cuentas y a exigir políticas públicas que satisfagan las necesidades de la población. “Al organizar debates, conferencias populares y capacitaciones, aseguramos que el espíritu de Sankara se mantenga vivo, alimentando un diálogo continuo en torno a sus ideales”, señala Miphal Ousmane Lankoande, uno de los representantes del movimiento. “Recordamos a los jóvenes burkineses que la lucha por un Burkina Faso soberano, unido y próspero sigue siendo una causa actual, encarnada en sus acciones diarias”, añade.

Ama Biney: "La implementación de la verdadera liberación para el pueblo africano que Sankara inició sigue siendo un proyecto inacabado para el pueblo burkinés y todos los africanos”.

“Su integridad ética lo convirtió en una inspiración para la juventud africana y para las fuerzas y personas progresistas de todo el mundo, entonces y ahora”, destaca Ama Biney. “La implementación de la verdadera liberación para el pueblo africano que Sankara inició y logró avances muy modestos durante sus cuatro años en el poder sigue siendo un proyecto inacabado para el pueblo burkinés y todos los africanos”.

Fuente: https://www.publico.es/internacional/africa/sankara-che-africano-impulso-emancipacion-mujer-denuncio-esclavitud-deuda-externa.html#:~:text=Adem%C3%A1s%2C%20llev%C3%B3%20a%20cabo%20un%20ambicioso%20programa,el%20exterior%20y%20apostar%20por%20la%20autosuficiencia


Addenda

En Burkina Faso, el presidente Thomas Sankara fue asesinado el 15 de octubre de 1987, durante un golpe de Estado liderado por Blaise Compaoré. Compaoré asumió el poder tras el asesinato y gobernó hasta 2014, cuando fue derrocado por una revuelta popular. En 2022, un tribunal militar condenó a Compaoré a cadena perpetua por complicidad en el asesinato de Sankara, quien es considerado un héroe panafricanista. 

 

¿Por qué Ibrahim Traoré es una amenaza?

https://www.youtube.com/watch?v=rbTkVPaSeio


viernes, 7 de julio de 2023

POR QUÉ NO HAY UN MOVIMIENTO CONTRA LA GUERRA: EL PROGRESISMO Y LA IZQUIERDA QUÉ PAPEL JUEGAN EN LA DESMOVILIZACIÓN Y DESPOLITIZACIÓN

 


Por Raúl Zibechi*.

Preocupado por el deslizamiento de la guerra iniciada en Ucrania hacia una tercera guerra mundial, el escritor español Rafael Poch reflexiona con argumentos que valen también para México, Centroamérica y el resto de América Latina: “Es un escándalo histórico que en Europa, continente reincidente en esta materia, aún no haya signos de un movimiento popular por la paz” (https://goo.su/7XesEwk)

No pretendo que todos sus argumentos, como veremos, sean válidos para nuestro continente. Pero vayamos por partes. Considera que la deriva guerrerista “obliga a interrogarse y a repasar con detalle todo lo que ha ocurrido en Europa en los últimos 30 años”. Considero que lo mismo puede decirse en América Latina, ya que las guerras de hoy arrancan antes incluso que la “guerra contra las drogas”, que sin duda elevó la agresión contra los pueblos a nuevos niveles.

A continuación, denuncia “la ciega desorientación de toda esa ‘izquierda de derechas’ que apoya el envío de armas a Ucrania”, porque sin su concurso la guerra estaría bastante deslegitimada. Poch sostiene que en el caso de Europa se constata en las últimas décadas el “dominio cultural de Estados Unidos”, justamente cuando la superpotencia vive su mayor declive en la historia. Este argumento tiene alcance global, ya que la cultura yanqui ha penetrado profundamente en nuestras izquierdas, aunque sigan enarbolando un discurso antimperialista.

Esa cultura defiende, por ejemplo, “guerras imperialistas revestidas de combates por la libertad y los derechos humanos”, además de criticar dictaduras y defender la igualdad de género, utilizada como arma de guerra contra algunas naciones y no como derechos plenos de todas las personas.

Pero también critica al periodismo hegemónico, porque ha sustituido “la racionalidad de las preguntas sobre recursos e intereses, sobre historia, tendencias de dominio y geografía”, por la simpleza de “condenar villanos”. O sea, se oscurece la cuestión del contexto, tan burdamente eliminada de los no-debates actuales.

Pese a que el repaso histórico de 30 años de Rafael Poch en su columna “Hacia la tercera”, parece acertado, habría que agregar algo que aborda de un modo bastante general cuando ataca a “esa izquierda de derechas” que, entre nosotros, recibe el nombre de progresismo y que gobierna buena parte de la región.

El progresismo y la izquierda han jugado un papel significativo en la desmovilización y despolitización de las sociedades. En Europa no hay un verdadero movimiento antifascista, pese a que la ultraderecha gobierna en Italia, puede ser gobierno en España, avanza en Alemania y en otros países. Tampoco hubo un movimiento contra Jair Bolsonaro en las calles brasileñas, porque la izquierda le apuesta a las urnas y cree que la protesta ahuyenta votos de las clases medias.

Cuando los pueblos se lanzaron a las calles en fenomenales levantamientos (Chile, Colombia, Ecuador, Perú, y ahora en Jujuy, Argentina), lo han hecho a pesar o en contra del progresismo y los partidos de izquierda que, una vez apagada la llamarada de la protesta, se aprestan a encauzarla por canales institucionales.

En Europa estar en favor de paz es sinónimo de ser prorruso y pro-Putin para esa izquierda. En nuestro continente defender la vida y los territorios de los pueblos equivale a “hacerle el juego a la derecha”, como dicen los progresistas. De ese modo se desestimula la crítica y la obediencia al poder, síntomas claros de la despolitización que nos atraviesa como sociedad y que, a larga, favorece a las derechas.

Porque ser de izquierdas siempre fue sinónimo de ejercer la crítica-autocrítica y la desobediencia al poder; nunca en hacer cálculos sobre ganancias para llegar al poder o para continuar en él.

En Honduras, la presidenta progresista Xiomara Castro adoptó en modelo del salvadoreño Nayib Bukele para combatir la violencia de las pandillas. Violencia contra la violencia; militarización de la sociedad; todo el poder a la policía y a los militares; despojar a los delincuentes de su humanidad, cuando son de abajo.

El posibilismo y el pragmatismo son la metástasis del progresismo y las iz­quierdas. ¿Por qué el Presidente de Mé­xico no condena a quienes atacan a las comunidades zapatistas y descalifica a quienes defienden sus territorios y los organismos de derechos humanos? ¿Son más defendibles los que disparan contra los pueblos que aquellos que sólo ponen sus cuerpos, sin violencia, para defender la vida?

El comunicado del Congreso Nacional Indígena adelanta que podemos estar ante el preámbulo de una ofensiva militar y mediática, en la medida que se minimiza la violencia (https://goo.su/O4cxCtx). Cuando se atraviesan los tramos finales de una administración, pueden realizarse acciones radicales con menor costo político que en otros periodos.

En todo caso, no debemos perder de vista que la “izquierda de derechas” llegó al poder para destrabar la gobernabilidad, ante el potente activismo de los pueblos.

* En “La Jornada”

Fuente: https://loquesomos.org/por-que-no-hay-un-movimiento-contra-la-guerra/

 

ESTAMOS ANTE LA MAYOR ESTUPIDEZ DE LA HISTORIA Y ES UN ESCÁNDALO HISTÓRICO QUE EN EUROPA AÚN NO HAYA SIGNOS DE UN MOVIMIENTO POPULAR POR LA PAZ.

Rafael Poch de Feliu

 

La guerra de Ucrania escala hacia la posibilidad de una especie de tercera guerra mundial. Y eso en tiempos de antropoceno, de cambio global inducido por el hombre que precisa para ser revertido de una nueva mentalidad y una intensa integración y cooperación internacional entre grandes potencias. Estamos ante la mayor estupidez de la historia y es un escándalo histórico que en Europa, continente reincidente en esta materia, aún no haya signos de un movimiento popular por la paz.

Debería haberlo. Un movimiento amplio, que, más allá de las diferencias sobre el reparto de responsabilidades en este conflicto entre grandes potencias por país interpuesto, proclamara que el enemigo es la guerra. Al mismo tiempo, en las instituciones europeas, independientemente de su sesgo neoliberal y oligárquico, se debería recordar aquel sentido común que el Presidente Kennedy expresaba en junio de 1963, hace exactamente sesenta años, desde el mismo corazón del imperio:

Defendiendo nuestros propios intereses vitales, las potencias nucleares deben evitar sobre todo aquellos enfrentamientos que llevan a un adversario a elegir entre una retirada humillante o una guerra nuclear. Adoptar ese tipo de curso en la era nuclear sería solo evidencia de la bancarrota de nuestra política, o de un deseo colectivo de muerte para el mundo«.

En lugar de eso los políticos europeos, no ya los traumatizados bálticos, los delirantes polacos y los europeos del este en general, con la excepción de Hungría correas de transmisión de Estados Unidos en el continente, sino los alemanes y franceses, los nórdicos, los belgas, y detrás de ellos los mediterráneos seguidistas, no dejan de echar leña a este fuego insensato. No es una mera cuestión de “ciclo político”, remediable con un cambio electoral, sino que es algo mucho más profundo que obliga a interrogarse y a repasar con detalle todo lo que ha ocurrido en Europa en los últimos treinta años.

En ese examen, por supuesto, se deberá incluir la ciega desorientación de toda esa ”izquierda de derechas” que apoya el envío de armas a Ucrania. Que esa sea la posición oficial de Yolanda Díaz puede ser anecdótico en el contexto europeo, dado el seguidismo de nuestra política exterior en Bruselas, pero no lo es en Alemania, un país central en la definición de la ruta a seguir. Allí la línea de la política exterior no la marca el timorato canciller Scholz, sino la incalificable ministra del partido verde, Annalena Baerbock, partidaria de “arruinar” a una potencia nuclear. Y a nivel de la OTAN y su Unión Europea subsidiaria, quienes más peso tienen en el plano de las ideas y las decisiones son los bálticos y los polacos.

¿Qué ha pasado estos treinta años para que el conjunto de Europa haya llegado hasta aquí? Ahí queda la pregunta, pero seamos conscientes de que lo que hace sesenta años, cuando la cita de Kennedy, conocíamos como “civilización europea”, de la que la cultura norteamericana era filial, hoy es algo subsidiario de una “civilización americana” que ha impuesto tras décadas de penetración “cultural” una nueva mentalidad en el viejo continente, hasta hacerse más dominante e influyente que nunca. Es curioso, pero es un hecho que el dominio “cultural” de Estados Unidos en el continente se haya multiplicado paralelamente al proceso de declive de su peso específico en el mundo. La mentalidad “gringa”, con sus guerras imperialistas revestidas de combates por la libertad y los derechos humanos, contra la dictadura, la autocracia y hasta por la igualdad de género (Afganistán, Irán), se ha instalado en Europa. Aquel infantilismo de guion hollywoodense con final feliz, el maniqueísmo moralizante y el periodismo que designa villanos, han sustituido a la racionalidad de las preguntas sobre recursos e intereses, sobre historia, tendencias de dominio y geografía, que en los años sesenta del siglo XX aún lograban hacerse oír entre la polvareda que el rebaño levantaba a su paso por la cañada.

La radiografía de esta miseria europea es compleja, pero en las últimas décadas las ideas fuerza de los neocon de Estados Unidos que guían la política exterior occidental fueron externalizadas hacia organizaciones no gubernamentales, medios de comunicación y laboratorios de ideas, que llevan la impronta gringa grabada en su constitución. El marco general del fenómeno no es, por tanto, un exceso sino más bien un defecto de Estado, consecuencia de una especie de privatización de los Estados y los gobiernos. El resultado son poderes públicos y gobiernos impotentes, aún más dependientes de las oligarquías empresariales privadas y con menos capacidad de defensa de intereses “públicos”, por más que estos siempre estuvieran determinados por los privilegios de los de arriba.

Resultado, por un lado, y sobre todo, de treinta años de provocación y extensión de la OTAN, de acuerdo con la prioridad de mantener la hegemonía político-militar estadounidense en Europa tras el fin de la guerra fría, y por el otro del ilusorio deseo de la elite rusa de integrarse en pie de igualdad en el capitalismo dominado por Occidente -que en el Moscú de los noventa llamaban “civilización” – la guerra de Ucrania evoluciona, decíamos, hacia una suerte de tercera guerra mundial. Aumenta la posibilidad de una intervención militar directa de tropas de la OTAN y de una mayor implicación de China, con posibles extensiones en Asia Oriental. Es importante recordar el proceso para comprender lo que está por venir.

Contando desde el principio con la plena colaboración de los oídos y los ojos de la OTAN sobre el terreno de batalla y con ocho años de formación y financiación de su ejército a sus espaldas, la ayuda al gobierno de Kíev se planteó, a partir de febrero de 2022, en forma de suministro de “armas defensivas” para detener la “no provocada agresión rusa”, que fue, efectivamente, una agresión en toda regla, pero ciertamente provocada e inducida. Ir más allá era “arriesgarse a una tercera guerra mundial”, dijo en marzo el Presidente Biden. El fracaso de la inicial invasión suave rusa, lo que el Kremlin bautizó como “Operación militar especial”, una estrategia contenida que buscaba un desmoronamiento del régimen ucraniano, excitó una mayor implicación occidental ante la demostrada debilidad rusa y abrió la puerta al paulatino suministro de material pesado, blindados, artillería, munición, recursos de defensa antiaérea, viejos aviones de fabricación soviética de los países del Este, y, finalmente, los anunciados y no tan vetustos aviones F-16.

Las sanciones económicas contra Moscú, que fueron una “declaración de guerra” en toda regla, en palabras de la esperpéntica Presidenta de la Comisión Úrsula von der Leyen, o del ministro de economía francés, Bruno Lemaire, los atentados personales en ciudades rusas como Moscú, San Peterburgo o Nizhni Novgorod, en la mejor tradición “terrorista” de la OTAN, o contra los “colaboracionistas”, es decir ucranianos prorusos, en las zonas ocupadas de Ucrania, las incursiones militares en territorio ruso a cargo de mercenarios ultras financiados por Occidente con el objetivo de despertar un foco de guerra civil en Rusia, o los ataques contra dos bases de la aviación estratégica rusa, e incluso contra el Kremlin, todo ello razonablemente impensable sin la cooperación / dirección de potencias occidentales, las decenas de miles de millones en armas y ayuda financiera al estado ucraniano, todo eso, ha resultado insuficiente para impedir la derrota militar ucraniana, tal como sugiere, por lo menos de momento, el fracaso de la postergada contraofensiva ucraniana.

En julio de 2022, el Presidente Zelenski anunció el objetivo de “un ejército de un millón de hombres”. Llegaron a 700.000 y hoy son 400.000. La diferencia ha huido, desertado o ha sido aniquilada, mientras Rusia se ha ido reorganizando, con mayor o menos fortuna, y configurando una clara superioridad numérica, artillera, aérea, con su industria de guerra funcionando a todo vapor.

Con centenares de asesores y soldados occidentales combatiendo en las filas del ejército ucraniano, entre ellos varios miles de polacos, y entre imágenes de tanques “Leopard” alemanes, blindados “Bradley” americanos en llamas en el campo de batalla, así como informes de baterías “Patriot” fuera de uso por el fuego ruso, la perspectiva que abre ahora una eventual fiasco de la contraofensiva ucraniana es la de un escalón más en el esfuerzo para derrotar a Rusia: “la posibilidad de que Polonia se implique aun más a un nivel nacional y que sea seguida por los países bálticos, incluido con tropas en el terreno”, ha dicho en junio el ex secretario general de la OTAN Anders Rasmussen, que habla de una “coalition of the willing”. Si esa nueva fase tampoco resultara, la lógica de escalada dicta una intervención militar, directa y oficial, de tropas de la OTAN, como la que sugieren las maniobras “Air Defender 23”, las mayores de la historia de la OTAN, que recrean tal guerra desde el Mar Báltico hasta el Mar Negro.

Una mayor presión militar occidental contra Rusia, incrementará no solo la propia acción militar rusa, con una ampliación de la ocupación hasta la frontera rumana que privara por completo a Ucrania de salida al mar, si se dieran las condiciones y los actuales inquilinos el Kremlin siguen aguantando, sino también una mayor implicación industrial-militar china hacia Rusia, mientras en Asia Oriental se prepara el segundo frente. La espiral belicista está servida.

(Prólogo al libro «La guerra es la salud del Estado» con textos de Randolph Bourne, de ediciones El Salmón. Publicado en Ctxt)

Fuente: https://rafaelpoch.com/2023/06/11/hacia-la-tercera/

 

viernes, 23 de julio de 2021

PEDRO, SIGUE TU CAMINO Y DEJA QUE LAS ÉLITES HABLE

Ayrton A. Trelles Castro

Ustedes podrán ver que delante de las circunstancias queda pequeña la interpretación. Nuestro tiempo muestra claramente la idea mencionada y Perú hace gala de lo nombrado. Actualmente vamos rumbo hacia algo diferente, que no puede ser encajado en un esquema que sólo sea libresco. Más bien, necesitamos reconfigurar los conceptos, adecuando nuestra forma de ver las cosas a los acontecimientos que van torciendo el rumbo por el que transitaba la historia del país.

Acostumbrados a una política de apariencia, el último choque entre candidatos ha dejado como enseñanza que el sentido común no estaba preparado para sentir en común. Sólo los que guardaban las esperanzas continuaron con la idea que para tener una patria debe de haber el sentido de trasformación. La herencia criolla muestra el lado oscuro del Perú, en tanto que considera como Nación sólo a una porción de la población y no al conjunto heterogéneo que va de norte a sur y de este a oeste.

Por eso, cuando vieron en la figura del nuevo presidente a una persona que ni siquiera vestía a la criolla, con saco y corbata, creyeron que estaba disfrazo de indígena. Y se burlaron de su proceder, sosteniendo que su acción era parte del show mediático, como cuando un político de la capital tiene que visitar el pueblito del que recién se enteró. Tampoco creyeron posible que los viejos rostros de la política iban a quedar desplazados por todos lo que se ciñeron bien al sueño de llegar al gobierno, aun así, no hayan estado en él anteriormente. Con sus impertinencias, a costa de todo, ahora, son nombrados congresistas. Y decimos impertinencias porque aquí nos han vetado el derecho a cambiar, virar el timón y encaminar la dirección de nuestro andar hacia un rumbo que no esté comandado por las élites centralistas.

El cambio ya había empezado y se ha vestido de cholo-de-verdad para demostrar ante el mundo que el Perú no tiene los ojos del cielo, sino los de la tierra.

Bajo las circunstancias que arrecian, sólo cabe una pregunta, ¿por qué no sucedió antes? Quizá hacía falta la crisis. Aunque si le preguntásemos a las masas que bregan día tras día por el alimento que llevarán a casa, nos podrían contestar que la crisis era la forma en la que desarrollaban su vida cotidiana. Y, ahora, cuando vemos que están ahí, en el gobierno los que en cuerpo y alma se parecen a nosotros, es decir, hablan como lo haríamos, piden lo que pedimos y discursean con las mismas cosas que decimos, ¿ya estamos representados? Posiblemente no. ¿Qué nos falta entonces? Falta extirpar del imaginario peruano la visión criolla del País, aquella que piensa que el pueblo no puede proponer ni gobernar. Aquella que dice: “esto no se puede hacer”. Si por ellos fuera, nada que beneficie al pueblo podría hacerse.

La lección de los que han arribado al gobierno es la siguiente: no les crean nada. “Segui il tuo corso, e lascia dir le genti” (Sigue tu camino y deja que la gente hable), así como rezaba el verso del famoso florentino, Dante Alighieri. Creo que, a estas alturas, no podemos decir que comienza el cambio. El cambio ya había empezado y se ha vestido de cholo-de-verdad para demostrar ante el mundo que el Perú no tiene los ojos del cielo, sino los de la tierra. Ahora muestra lo que estaba guardado para el final, para los 200 años de vida patriótica aparentemente anestesiada, porque hubo un corazón cuyo fogón no amainaba. Era la esperanza de millones de compatriotas que no se dejaron engañar por el sentido común, que en realidad es la idea dominante de las élites.

El cuerpo del Estado, las instituciones, deben encontrar su alma, esto quiere decir, su ethos (costumbre, tradición, lo propio), que alimente las ansias de transformación que urgen a la vida política, económica y social. ¿Cómo podían pensar los expertos politólogos que iba a transformarse el Perú sin contar con quienes deben transformarlo? Espero, algún día, contesten. Mientras tanto, así, con el sentimiento a flor de piel, vi inmiscuirse en las elecciones más pretendidas de las últimas décadas, a decenas de personas que pocos pensarían podrían lograr algo. Sólo tenían un poco de esperanzas guardadas en los bolsillos, seguramente la acariciaban en las noches antes de acostarse, con las mismas manos que lustraban los zapatos llenos de polvo de barriada, como son las arenosas calles que inundan la vida de la ciudad, y de dónde salen los hijos del país que pueden, en unidad, hacer de su esfuerzo el legado del futuro. ¿Los podrían detener mercenarios periodistas? Lo han intentado y lo seguirán haciendo. No les hagan caso. Ya sabemos que cuando las élites dicen que algo no se puede hacer, significa que eso es lo que debe hacerse.

Lo impresionante es que muchas personas que esperaban con ansias este resultado, no sabían que soñaban lo mismo sin conocerse. ¿Eso es un milagro o es algo natural? Como fuere, resultó naturalmente milagroso que sucedan así las cosas. A los ronderos que llegaron a la capital, sospechamos, jamás se les olvidará que fueron extranjeros en sus propias tierras, que les lazaron piedras peligrosas desde los noticieros, queriendo que se retiraran allá, a donde les pertenecía estar, fuera de la urbe que les pide tributo para protegerlos de ser autónomos, de ser protagonistas de la historia del País; de que alguna vez aparezca en los libros escolares, en una página a colores. Para que no quede escrito cómo es que después de mucho tiempo ocurrió, en el país, algo a lo que pocos estaban acostumbrados. Por ejemplo, que la primera dama del Perú ya no tenga que avergonzarse de hablar como los peruanos o, mejor dicho, que los peruanos no se avergüencen al hablar como la primera dama, de retorcer el español para que suene a estas tierras, mostrar el acento montañoso y picudo de los “sirranos” que hoy más que nunca pueden decir a las élites “métanse su Harvard a la mochila”, “traemos la universidad de la calle y del dolor”. Y aunque no pase nada durante los años que gobernarán los impertinentes congresistas y el presidente-rondero, sabemos que ya pasó algo que jamás las injurias de los doctos podrán borrar. Esa idea que va a perdurar es que el Perú por fin tuvo en el gobierno a los peruanos.

Fuente: https://barropensativocei.com/2021/07/23/pedro-sigue-tu-camino-y-deja-que-las-elites-hablen/

sábado, 24 de abril de 2021

CRISIS DE LA IZQUIERDA Y EL REFORMISMO DEFENSOR DEL CAPITALISMO

Modernidad, eurocentrismo, colonialismo: la crisis de la izquierda

Hoy la izquierda está colgada de las cuerdas y poco a poco, sin que se note, se va cerrando la puerta del reformismo. Los movimientos sociales son muy débiles por su falta de coordinación.

23/04/2021

La crisis provocada por el coronavirus es una oportunidad para pensar en el futuro. Este artículo trata de la "izquierda" o de las "fuerzas progresistas" en un sentido muy amplio, con implicaciones para los partidos políticos y los movimientos sociales.  ¿Serán capaces de aprovechar esta oportunidad para proponer sus alternativas? ¿Se perderá una vez más, como ocurrió en 1989 y 2008? Y sobre todo, ¿qué queda de la izquierda? Piénsese en los dificilísimos debates suscitados por el golpe de Estado en Bolivia, ignorado por una parte de la izquierda radical, o en el éxito electoral de un candidato indígena en Ecuador. ¿Hay buenas razones, entonces, para pensar que ya no hay izquierda ni derecha? ¿Y el eurocentrismo? ¿El poscolonialismo? ¿Posdesarrollo? ¿Descrecimiento? ¿Qué se debe y se puede hacer?

Lo que quiero mostrar en este artículo es cómo la crítica justificada a las políticas neoliberales y a la práctica del desarrollo ha dado lugar a numerosas "alternativas" que, de hecho, refuerzan estas políticas o, al menos, las dejan intactas. En otras palabras, quiero denunciar el actual pensamiento dominante de muchos movimientos progresistas. Porque por muy comprensibles que sean muchas reacciones, lo que se necesita no es tirar al niño del desarrollo con el agua del baño de la modernidad. Además, estos desarrollos también muestran la vacuidad de gran parte del pensamiento de izquierdas actual. Por lo tanto, terminaré con algunas reflexiones sobre el nuevo élan progresista con el que todos soñamos.

Pensamiento crítico de desarrollo

El pensamiento sobre el desarrollo, tal y como surgió tras la Segunda Guerra Mundial, especialmente con la nueva Organización de las Naciones Unidas (ONU), alcanzó cierta hegemonía, pero nunca pudo seguir su camino sin obstáculos. No sólo el lado liberal, y especialmente el Banco Mundial (BM), ofrecieron resistencia - el BM se negó inicialmente a considerar los aspectos sociales- sino que surgieron diversas visiones alternativas del desarrollo, especialmente en la izquierda. Así como medio siglo antes en la Unión Soviética y en China se dudaba de si el capitalismo era indispensable, en África se abogaba por un socialismo africano. En América Latina, siguiendo el estructuralismo de Prebisch, surgió un pensamiento "dependentista" que explicaba cómo el "subdesarrollo" no se producía antes sino después del "desarrollo", como resultado de la inclusión en el sistema de comercio mundial. Todas estas alternativas al pensamiento oficial sobre el desarrollo, incluidos los movimientos de independencia nacional, remitían a los valores de la Ilustración, como la libertad, la igualdad, la emancipación... aunque, a nivel académico, esta Ilustración se pusiera lentamente en cuestión.

En la India surgió el pensamiento "subalterno", que acusaba al colonialismo de opresión cultural y no daba voz a los colonizados (Chakravorti Spivak). El "orientalismo" surgió en un discurso de "otredad" que se refuerza a sí mismo, la creación de un grupo de personas separado con conotaciones negativas (Edward Saïd).

Después de Mayo del 68 y del floreciente movimiento ecologista, se habló de "posdesarrollo". Para pensadores como Arturo Escobar, Gustavo Esteva, Serge Latouche o Wolfgang Sachs, no tenía sentido luchar por un desarrollo "mejor". La idea en sí misma y su intención eran erróneas. Lo que se necesitaba no era un desarrollo alternativo, sino una alternativa al desarrollo. Nunca se aclaró en qué consistiría. Después del informe del Club de Roma sobre los ‘Limites al Crecimiento’ surgió la idea del "decrecimiento", que rápidamente ya no debía entenderse como "menos crecimiento", sino como el abandono del objetivo de crecimiento para toda la economía. Hoy en día, este concepto bastante vago se utiliza para una economía alternativa, aunque nunca se concretiza.

A finales del siglo XX y con motivo de los quinientos años del "descubrimiento" de América, surgió una visión muy diferente que se venía cocinando desde hacía tiempo, con pensadores como Walter Mignolo y Enrique Dussel. Aníbal Quijano, Eduardo Gudynas y otros declararon que el colonialismo era, en realidad, el inicio del capitalismo y de la modernidad al mismo tiempo, y que, por tanto, los tres debían ser arrojados al cubo de la basura a la vez. Analizaron el eurocentrismo y establecieron una clara conexión con la esclavitud y la opresión de los pueblos negros e indígenas. Las conferencias de la ONU sobre medio ambiente y desarrollo de Río, junto con Río+20 en 2012, pusieron estas tesis en el punto de mira. A partir de ahora, había que trabajar en la "descolonización" de nuestro pensamiento, porque estábamos en medio de una "crisis de civilización". Para estos movimientos, la dominación del pensamiento y la acción del hombre blanco en el mundo estaba fuera de toda duda y tenía que terminar.

Mientras tanto, el neoliberalismo había provocado dos grandes crisis financieras – 1998 en Asia y 2008 en el mundo entero -, el populismo de derechas y autoritario estaba en auge, las ONG en compañía de Bono y otros sólo hablaban de "hacer que la pobreza pase a la historia". Se suponía que la carga de la deuda del Sur iba a desaparecer, pero lo que ocurrió en realidad fue que África se desindustrializó, que China se industrializó y enriqueció a la velocidad del rayo y que los flujos de dinero del Sur al Norte aumentaron a toda velocidad. Las fuerzas de la derecha estaban contentas. La reducción de la pobreza se convirtió en un entretenimiento. El desarrollo se olvidó.

En 1989 cayó el Muro. Ello supuso un duro golpe para el pensamiento de izquierdas, aunque apenas se analizó lo que podría haber salido mal. En toda Europa, la izquierda radical se deslizó hacia el abismo, los verdes triunfaron, la socialdemocracia boqueó. En América Latina, surgió brevemente una "marea rosa", con regímenes de izquierda y progresistas que propugnaban un "socialismo del siglo XXI", o una filosofía del "buen vivir". Las fuerzas de la derecha recuperaron el poder con la ayuda del imperialismo de siempre, y el régimen socialista de Venezuela se empantanó en la corrupción, la mala gestion y las sanciones. El buen vivir palideció ante los abusos del extractivismo.

Movimientos sociales

El pensamiento verde, anticolonial y antimoderno tardó una década en llegar a Europa. Los movimientos sociales ya habían empezado a organizarse y a preparar acciones globales a principios de siglo. En el Foro Social Mundial, intelectuales y movimientos de base, con las ONG de por medio, se reunieron para debatir sobre "otro mundo". Fue la época en la que también en la ONU, con el informe Carlsson sobre la "gobernanza global", se difundieron ideas sobre cómo la "sociedad civil" cambiaría el mundo.

Todas las instituciones democráticas estaban atascadas, a nivel nacional e internacional. Las estructuras de los partidos resultaron ser demasiado rígidas y con demasiado poder para escuchar realmente lo que la gente pedía. Los Estados miembros de las instituciones internacionales, desde la U.E. hasta la ONU pasando por la Organización Mundial del Comercio (O.M.C.), sólo tenían que defender su propio interés nacional y olvidaron que el medio ambiente, el desarrollo y todas las dimensiones sociales representaban también un interés general global.

Mientras tanto, los mercados financieros fueron desregulados y las instituciones financieras, junto con algunas viejas y nuevas multinacionales, se hicieron gradualmente con el poder. ¿Sociedad civil? pregunta usted, y nosotros nos volvemos. ¿El Estado? Anticuado, ¿no has visto cómo ha fracasado todo en los países socialistas? Libertad, felicidad, el mercado sabe mejor que nadie lo que quieres y lo que necesitas.

En el Foro Social Mundial, los intelectuales abandonaron decepcionados, dejando sólo a unos pocos creyentes del "espacio abierto" para atacar al neoliberalismo con globos y hip-hop. Nosotros no hacemos política, pareció convertirse en el lema, somos política. Y punto. En Europa, la izquierda radical contaba a menudo con excelentes diputados, pero se escondía en un robusto arsenal socialdemócrata, y las más de las veces faltaba la dimensión internacional. No se reconoce la importancia de la integración europea, el viejo antiimperialismo permanece intacto. La necesidad de organizarse internacionalmente rara vez se entiende.

La trampa

Esta es una presentación demasiado breve y algo caricaturesca de la situación. Por supuesto, en todo el mundo hay grupos socialistas consecuentes, que intentan renovar su pensamiento, pero cada vez más, una mayoría se desplaza hacia una especie de ideología "verde-izquierda". A menudo sigue siendo a-política y tiene sus trampas.  Lo que defienden los neoliberales no es muy diferente e incluso podría mejorarse con algo de ayuda verde.

Por ejemplo, la renta básica. Nadie estaba más a favor de ella que algunos neoliberales que querían deshacerse por fin de la seguridad social y los estados de bienestar. Una suma de dinero individual para todos, el fin de la solidaridad colectiva.

Los cuidados no deben comercializarse. Deberíamos cuidarnos unos a otros y no dejar eso en manos del Estado o de los actores privados. Sí, pero ¿no son las mujeres las que hacen la mayor parte del trabajo de cuidados? ¿Deben trabajar gratis? Y de nuevo, ¿no les encanta a los neoliberales que vengan todos esos voluntarios gratis? Mano de obra gratuita! Mira cómo han aumentado las prácticas y los flexijobs en el mercado laboral!

Vergüenza de vuelo! Los europeos también podrían tomar el tren a Viena o Barcelona, por ejemplo. ¿O tomar el barco a América, como hizo Greta Thunberg. De nuevo, una broma totalmente fuera de lugar, nuestro uso de Internet es más contaminante que los aviones y las reuniones electrónicas están lejos de ser fáciles y eficientes, como ha confirmado el cierre. O bien, ¡el extremadamente contaminante bitcoin! Parece que estamos renunciando a cualquier globalización social, justo cuando las empresas están creando cada vez más su mercado global.  Sí, se vuelve a hablar de proteccionismo, pero ¿alguien cree que Bayer, Google o Río Tinto se esconderán detrás de las fronteras nacionales?

Hay que acabar con el extractivismo. No más minería que destruye la naturaleza y los medios de vida. Es fácil estar de acuerdo, pero si queremos más energía solar o eólica, si queremos teléfonos móviles y computadoras, ¿no necesitamos entonces minerales? En lugar de quitarle credibilidad al movimiento ecologista, ¿no es mejor defender un extractivismo justo y vigilado, con normas estrictas?

En definitiva, muchos movimientos sociales están poniendo un énfasis algo distorsionado y olvidando el meollo de la cuestión. Además, muchas veces se repliegan al nivel local y piensan que se puede hacer otro mundo con el municipalismo. Ahora bien, se puede hacer mucho en las ciudades, efectivamente se puede construir una mayoría progresista allí más fácilmente que a nivel nacional o continental, pero eso no salva el mundo ni mucho menos. Mira dos ejemplos recientes: la crisis del COVID y los refugiados. Sin un Estado nacional que expida visados, sin instituciones mundiales que lleven a cabo una vigilancia epidemiológica, no se llega a ninguna parte. Una y otra vez, muchos movimientos caen en la trampa de lo que también quieren los neoliberales. Basta con leer los informes de hace diez años del Foro Económico Mundial de Davos para ver cómo quieren, de hecho deshacerse de los Estados y de los sindicatos – ‘vieja izquierda'! -, el único contrapoder a su dominio.

Illich y el Pluriverso

Cuando el año pasado dije en una conferencia internacional en Hong Kong que era escéptico con respecto a muchas ideas ecológicas -¡después de visitar una granja alternativa en Hong Kong! - y que seguía considerando que el desarrollo y el crecimiento eran muy necesarios, me dijeron inmediatamente que era por tanto "eurocéntrico y ecomodernista". Y punto.

Puede que sí. Pero enseguida empecé a leer el entonces muy alabado libro "Pluriverse". Se acababa de publicar y se presentaba como algo así como una nueva biblia del posdesarrollo. Era muy informativo. Pero, sin embargo, creo que completamente equivocado. A menos que realmente quieras vivir en un mundo sin lavadoras, coches, teléfonos móviles, drones y aviones. Y a menos que creas que el budismo o el hinduismo, el Ubuntu, el Ibadismo, el Tikkum Olam o la ética islámica pueden dar las verdaderas respuestas a las preguntas existenciales. Lo que se propugna es un mundo lleno de espiritualidad, sin modernidad y sin universalismo. Como si no fuéramos todos seres humanos con exactamente las mismas necesidades.

El libro se llama "Pluriverso" porque se centra en la diversidad de la especie humana y esta diversidad es sumamente interesante. El problema es que como difiere del "universo", entonces se equipara a la uniformidad. Pero, ¿no es precisamente porque todos somos diferentes que también necesitamos la igualdad de derechos? La igualdad no se opone a la diferencia, sino todo lo contrario. Frente a la igualdad está la desigualdad, y frente a la diferencia está lo ‘mismo’. Lo mismo frente a la diferencia, igualdad frente a desigualdad, no es un problema de lenguaje sino un problema de comprensión o, mejor aún, de confusión semántica. Una cosa es enfatizar la diversidad, las distintas maneras de interrogar el mundo y otra muy distinta es olvidar la igualdad. El universalismo, dice Francis Wolff, es emancipador y nunca, jamás, equivale a la uniformidad.

Y hay más. Muchos de estos pensadores pluriversos son personas muy religiosas y muchos de ellos recuerdan con nostalgia a Ivan Illich, que les influyó con su "convivialidad", la conectividad de estar juntos y el rechazo a cualquier institucionalización, desde la escuela hasta la sanidad.

Creo que Illich engañó a su mundo. Como admitió al final de su vida, sólo tenía un objetivo: llegar a la verdadera iglesia de Cristo y no a una iglesia institucionalizada. Soñaba con la iglesia pura de la encarnación. Las escuelas o los hospitales, sólo eran ejemplos para dejar clara su idea, bien podría haber sido el servicio postal, aclaraba. Por eso Illich tampoco planteó alternativas, las escuelas o los hospitales no importaban, sólo importaba la iglesia pura. Todavía vivimos con esa influencia.

Pluriverso pinta un mundo sin desarrollo, en el que la gente puede cuidar de sí misma y en el que el capitalismo y la lucha de clases han desaparecido como por arte de magia. Ya no hay totalidad, sólo fragmentos de ella.

Capitalismo, colonialismo y modernidad

En última instancia, Illich es irrelevante cuando se le compara con la escuela de pensamiento serio sobre la modernidad. Como he dicho, con el "descubrimiento" de América y el colonialismo, surgió el capitalismo y se desarrolló la modernidad. Este pensamiento es erróneo, y aquí también hay una confusión semántica.

La modernidad es un movimiento filosófico que surgió a raíz del humanismo y es cualquier cosa menos puramente "occidental", a menos que también se llame "occidental" al pensamiento árabe de principios del segundo milenio en España. ¿Por qué no? Según el historiador Jack Goody, la modernidad comenzó... en la Edad de Bronce. No hay nada típicamente occidental en ella. El individualismo, la democracia y la ciencia, son más antiguos que nuestros antepasados griegos. Pero al mismo tiempo, el reconocimiento del individuo, la creencia en una sola humanidad y en el cambio, el "sapere aude" (atrévete a saber) y la autocrítica, siguen siendo desesperadamente necesarios en el mundo actual, que ya ha cedido demasiada autodeterminación a los gobiernos y las empresas. Y es verdad que muchas ideas de la Modernidad europea han sido apropiadas por la razón instrumental del colonialismo y del capitalismo.

Curiosamente, en muchos casos la confusión se produce con el "pensamiento de modernización" inherente a lo que debía ser el desarrollo en los años sesenta del siglo pasado. A través de la industrialización y la diversificación económica, también se ampliarían la educación y la sanidad, y acabaríamos llegando a instituciones políticas democráticas idénticas a las de Europa Occidental o Norteamérica. Esta era, en efecto, la firme creencia y no es de extrañar que se plantearan objeciones contra ella, no sólo porque no se produjo en ninguna parte, sino también porque se desterró de antemano cualquier alternativa. Pero el pensamiento de la modernización no es la modernidad.

Más seria fue la crítica de la nueva conciencia de los pueblos originarios en América. Que ellos, desde una cosmovisión diferente, tengan dificultades con el racionalismo "occidental" y la creencia en el progreso lineal es perfectamente comprensible. Y que el colonialismo considerara inexistentes esas otras cosmovisiones y las suprimiera también es un hecho. Este colonialismo epistemológico ha sido denunciado con razón, entre otros por Boaventura de Sousa Santos. No para sostener que ahora debemos vivir  "en armonía" con la naturaleza -¿quién lo hizo? No para renunciar a elementos  del racionalismo, sino para lograr un verdadero "pluriverso", para tener en cuenta la diversidad, para darse cuenta de que algunos pueblos necesitan comida y bebida, pero quizás no aviones ni abrelatas eléctricos. Teléfonos móviles, sí. Y drones para detectar la tala ilegal. En definitiva, se trata, una vez más, de que los pueblos puedan determinar su propia modernidad. Por lo general, hay una demanda para ello, y tendrán que determinar ellos mismos en qué sentido quieren ir. La modernidad, un movimiento filosófico y político, comenzó mucho antes del "descubrimiento" de América y del colonialismo. También lo hizo el capitalismo, que tampoco es típicamente occidental.

El hecho es que España estaba lejos de ser un país capitalista cuando le dio a Colón algunos barcos y una tripulación. Y España no introdujo en absoluto el capitalismo en América, sino una forma persistente de feudalismo por la que se entregaban tierras y pueblos a los conquistadores, las "encomiendas". Desde el punto de vista jurídico, ni siquiera fue colonialismo. La población indígena fue asesinada, explotada y en gran parte exterminada, ciertamente. Se saqueó el oro y la plata, sí. Pero todo este sistema tardó en convertirse en capitalism de verdad. Sólo cuando el sistema de plantaciones con la trata de esclavos se puso en marcha casi un siglo después, con los británicos, franceses y holandeses a la cabeza, se puede hablar de un capitalismo emergente.

El hecho de que estos tres fenómenos – colonialismo, capitalismo y modernidad - estén inextricablemente unidos y no puedan dejar de desarrollarse juntos es sólo el resultado de un ejercicio de pensamiento intelectual que tiene poco que ver con la dura realidad.

Sin embargo, y no debería sorprendernos, este pensamiento comenzó en la propia Europa, primero con el análisis de posguerra por la Frankfurter Schule, culpando al "racionalismo" del holocausto, más tarde con un aplaudido Michel Foucault y su reflexión sobre la "normatividad". La llamada "teoría francesa" -Derrida, Deleuze, Guattari- hizo el resto, aunque con consecuencias más devastadoras en Estados Unidos que en Europa. Sin embargo, no se trata de condenar a estos importantes intelectuales, sino de indicar su influencia en la problematización de la "modernidad".

El pensamiento "identitario" emergente, el enfoque de interseccionalidad del feminismo radical, el 11 de septiembre y la creciente influencia de la migración musulmana (y su reacción) en Europa, contribuyeron al desarrollo de una fuerte perspectiva posmoderna.

Lo que está ocurriendo hoy en día tanto en Europa como en América Latina, culpando a la "modernidad" del racismo y del pensamiento colonial, es el resultado (¿provisional?) de todo esto. Para varios grupos radicales, los conflictos de clase parecen haberse olvidado, todos los problemas se explican por la etnicidad -el privilegio blanco- y el eurocentrismo. Los negros, las mujeres, los inmigrantes y los indígenas son esencializados, la representación está prohibida, la izquierda y la derecha se convierten en categorías borrosas. Los ejemplos más claros son el golpe "ignorado" en Bolivia por una parte de la izquierda y/o los indígenas radicales, la elección de un banquero neoliberal en lugar de un presidente socialdemócrata en Ecuador por estos mismos grupos, el rechazo anunciado de un "front républicain" contra la extrema derecha en Francia. Como describe acertadamente Stéphanie Roza, estos movimientos antimodernistas se pareces mucho al antiguo, tradicional, conservador y nunca desaparecido antimodernismo.

Por lo tanto, rechazar la modernidad, a principios del siglo XXI, es un paso muy peligroso. Sigo recordando la postura de Goebbels, para quien el verdadero objetivo del nazismo era "olvidar 1789". El populismo autoritario de derechas actual no piensa de forma diferente.

Además, cabe preguntarse sobre este pensamiento predominantemente latinoamericano. No cabe duda de que hay que condenar la colonización, la explotación capitalista y la opresión de los pueblos indígenas. De ahí que la "descolonización" tenga partidarios en América Latina, Asia, África y en el mismo Europa. Sin embargo, la mayoría de los pensadores proceden de América Latina y resulta sorprendente que a menudo sean mucho más matizados que sus seguidores, desde Enrique Dussel hasta Edgardo Lander y Boaventura de Sousa Santos. Me gustaría hacer dos observaciones a este respecto.

América Latina es un continente con graves problemas de identidad. La mayoría de su población es blanca o mestiza, hijos de la denostada colonización. También es el continente que siempre ha destacado por su pensamiento original, desde José Martí hasta Mariátegui, desde el colonialismo interno hasta el estructuralismo y el pensamiento dependentista. Cuando estudio a algunos de los autores, no puedo evitar sentir que buscan una nueva teoría que les dé por fin un lugar fijo y una identidad, y que elimine la oposición entre las raíces indígenas y la invasión blanca. Quieren liberarse del ‘espejo deformante’ del eurocentrismo para buscar un camino propio, otra Modernidad que a veces se parece más a una autocrítica que a una crítica de ‘Occidente’. Es más, cuando uno lee a Dussel o a de Sousa Santos y no piensa en ese pasado y presente indígena, sino en, por ejemplo, la Arabia Saudí o el Irán islámicos, pronto empieza a dudar de la pertinencia de algunas de los planteamientos. Lo mismo ocurre con la crítica a la ciencia moderna, porque ¿quién podría pensar que un té de hierbas podría ser tan eficaz como una vacuna contra el coronavirus, por muy importantes que sean algunas medicinas tradicionales.

Y hay más. Varios autores ya han señalado que gran parte del pensamiento de y sobre los pueblos indígenas de América Latina ha tomado un rumbo muy extraño. Los europeos que llegaron a América pensaron que habían encontrado una especie de "paraíso terrenal". Con sus relatos, los europeos fantaseaban aún más sobre este "nuevo mundo", y todo se explicaba utilizando las categorías disponibles en Europa, especialmente la Biblia. Estos mecanismos han sido brillantemente explicados por Jorge Magasich en "América Mágica" o por Serge Gruzinski en "La machine à remonter le temps". Y es precisamente este pensamiento el que se introdujo en América. O lo que es lo mismo, lo que se considera realmente "indígena" suele ser de origen europeo. En cierta medida, esto ocurre hasta el día de hoy. Toda la historia de la "pachamama" sobre la tierra nutricia (femenina) tiene muy poco que ver con lo que piensan o pensaban los indígenas. Hoy en día, toda una industria blanca intelectual y material ha comenzado a enseñar a los indígenas quiénes o qué son sus dioses, lo sagrada que es la tierra y cómo ellos, los pueblos originarios, pueden vivir en armonía con la naturaleza. Afortunadamente, algunos grupos se están sacudiendo esta influencia prejudicial y están en un proceso de visibilización de su propia cosmovisión.

En definitiva, gran parte del pensamiento puede reducirse a una necesidad psicológica inconsciente y a un engaño bienintencionado a la población. La realidad de países como Bolivia y Ecuador, cuyos presidentes de izquierdas no han dudado en seguir extrayendo petróleo, gas o litio porque necesitan dinero para sus políticas sociales y para pagar sus deudas, lo dice todo. Rafael Correa señaló repetidamente que la ganadería extensiva que practican algunos indígenas de su país no es menos contaminante y perjudicial para el medio ambiente que la mina que él ha autorizado. Difícilmente se puede ir a mendigar, dijo, cuando se está sentado en una bolsa de oro.

Una crisis política

Que hay que descolonizar nuestro pensamiento, que hay que tirar por la borda toda la "superioridad" occidental y, desde luego, blanca, que hay que aprender a mirar el mundo desde perspectivas distintas a la nuestra, ciertamente. Nadie lo ha explicado mejor que el antropólogo francés Philippe Descola, que estudia la relación entre el hombre y la naturaleza. Nos enseña lo diferentes y lo iguales que somos, cómo vivimos con ontologías diferentes que son cada una híbrida y fluida, y cada una hace "un mundo" para sí misma. La totalidad no es un dato preexistente, sino que se configura diariamente. También nos enseña lo mucho que podemos aprender de los demás, dándonos cuenta de que nadie, ni negro ni rojo ni amarillo, tiene la respuesta a todas nuestras preguntas. Reconectar a la humanidad y a la naturaleza, eso es lo que tenemos que aprender y eso es urgente, pero no en una armonía inexistente e inalcanzable con la naturaleza, ni mirando cómo los aztecas le sacaban el corazón a sus enemigos. No hay nada que aprender de eso.

Siempre es peligroso atribuir una dolencia a una sola causa y predecir una sola consecuencia. Todos los acontecimientos son imprevisibles; en cualquier momento, un giro sorprendente puede enviar la historia en una dirección diferente. Fíjense en lo que está haciendo ahora el coronavirus. La historiografía teleológica es arriesgada. La gente tiene su futuro en sus manos, eso es seguro, pero tienen que decidir hacer algo juntos. Es posible que el individualismo haya ido demasiado lejos, es cierto que el neoliberalismo que nos azota desde hace décadas nos hace creer que sólo podemos progresar individualmente, en competencia con el otro. También es cierto que sólo podemos conseguir algo realmente trabajando juntos. El mundo, la sociedad, puede ser moldeada por nosotros mismos, en efecto, pero no es por su cuenta que va a cambiar nada. Las élites, que hacen gala de la mejor solidaridad de clase de todos los tiempos, harán lo que sea para que los de abajo no aprendan nunca a trabajar juntos, como nos dice Yuval Noah Harari.

Mayo del 68 hizo caer muchas vacas sagradas. Los jóvenes estaban cansados de vivir en un entorno rígido y jerárquico. Las viejas estructuras tenían que desaparecer, en el futuro harían las cosas de otra manera.

Esto ha tenido éxito en parte. Muchos movimientos sociales siguen apostando por el "horizontalismo", la renuncia a los jefes y al voto mayoritario. Esto funciona siempre que se trabaje en pequeños grupos y se disponga de mucho tiempo para el debate. No funciona si se trabaja en contextos más amplios y algunas personas tienen menos buenas intenciones de lo que podría parecer por esos bonitos principios. El Foro Social Mundial fue destruido por este horizontalismo. Las relaciones de poder existen en todas partes; es bueno reconocerlas y neutralizarlas democráticamente. Sin embargo, si el horizontalismo prevalece sobre cualquier reflejo democrático sano, sólo sirve para ocultar y perpetuar las relaciones de poder existentes.

Desde la Primavera Árabe, los Indignados, Occupy Wall Street y Nuits Debout, seguidos por los Gilets Jaunes y otros movimientos de masas, también debemos preguntarnos a dónde puede llevar esto. 2019 fue un año de protestas, desde Hong Kong hasta Santiago de Chile, desde Beirut hasta Argel y muchas otras ciudades. No fueron protestas de un día, sino meses de ocupaciones y denuncias sostenidas. Aquí y allá una pequeña concesión de un gobierno, pero en general, otro fracaso. Cada vez son más los jóvenes que empiezan a preguntarse si, después de todo, la violencia podría ser la única forma de imponer algo. Las acciones masivas y mundiales de las feministas el 8 y 9 de marzo de 2020 fueron un éxito inesperado. ¿Conseguirá esto una nueva legislación, derechos y menos violencia? ¿Puede la crisis del COVID cambiar algo a mejor? ¿O sólo conducirá a más violencia y represión? Brasil, Filipinas, India, Tailandia y ahora Myanmar no son los ejemplos a seguir.

Una cosa se olvida con demasiada frecuencia: los que quieren tener éxito, los que quieren conseguir algo, deben organizarse, deben tener estructuras, deben tener portavoces. Salir a la calle por miles es importante, politiza, se memoriza, pero conseguir algo políticamente, ya sea de un gobierno existente o de uno nuevo por formar, es difícil. Las lecciones que hay que aprender aquí se encuentran mejor con los sindicatos que empezaron a organizarse hace más de cien años, a nivel local, nacional y mundial. No siempre con el mismo éxito, pero siguen siendo hasta hoy las únicas organizaciones creíbles con las que se puede negociar, que pueden hacer valer algo, son el contrapoder.

A la hora de afrontar las dos grandes crisis actuales, la social y la ecológica, este es el ejemplo a seguir. No necesitamos lecciones de moral y multidimensionalidad, los pobres necesitan seguridad de ingresos y servicios públicos, la crisis medioambiental requiere otra economía.

Esto es fácil de decir pero difícil de hacer. Dos cosas son seguras: los habitantes de los países ricos no bajarán automáticamente su nivel de vida. Todas las promesas verdes de "más felicidad" y "más bienestar" suenan bien, pero no convencerán a los habitantes de las ciudades, como ha demostrado una vez más el ‘lockdown’. Y los países pobres necesitan crecimiento, simple y llanamente. Por supuesto, se puede hablar de qué tipo de crecimiento será, pero con un Producto Interior Bruto de 500 dólares per cápita no se puede saltar muy lejos. Además, una población creciente necesita obviamente más alimentos y más energía.

Significa que tenemos que buscar estrategias que puedan convencer a la gente y que tenemos que buscar un crecimiento que no ponga en peligro la sostenibilidad. Y eso, a su vez, significa política. Un gobierno que pueda tomar decisiones democráticas, a nivel local, nacional, continental y mundial. Y una ecología política que integre la naturaleza en la gobernanza de la sociedad. Porque la crisis climática es una crisis de derechos humanos, de justicia social y de instituciones políticas. Significa que hay que ajustar una serie de ideas.

El robo de la historia

Comienza con nuestra historia. El ya mencionado Jack Goody describió de forma muy interesante cómo "Occidente" escribió su propia historia, sobrestimando considerablemente su papel. Muchos de los conceptos con los que convivimos y que consideramos "típicamente occidentales" no lo son en absoluto, desde la democracia hasta el colonialismo y el capitalismo. Considerar a Grecia como la cuna de nuestra civilización es también ignorar el contexto en el que pudo florecer una Grecia muy diversa, desde Oriente Medio hasta el norte de África. Ver el pasado desde la perspectiva del presente ha creado muchos mitos injustificados y lo presenta como si el Renacimiento y la Ilustración fueran realmente avances fundamentales que dieron a Occidente una ventaja y una superioridad innegables. Nada más lejos de la realidad, según el autor.

Ahora es precisamente esa falsa narrativa de la historia la que utilizan los movimientos de izquierda y progresistas para dar su crítica a "Occidente" y tirar por la borda todos los rasgos positivos del humanismo, la modernidad y la Ilustración, ¡como si sólo quisieran contentar a la derecha! Al tirar a la basura su creencia en el cambio, la adquisición de conocimientos y la acción colectiva, los progresistas están cavando su propia tumba. La derecha puede entonces tomar tranquilamente el relevo.

Una vez más, no estoy diciendo que debamos tratar de forma acrítica el legado del pasado. Ciertamente, la crisis ecológica hace que la crítica y el replanteamiento sean muy necesarios y urgentes. La conciencia y el activismo actuales de los pueblos indígenas, en el mundo entero, pueden ser un estímulo para repensar nuestros sistemas. Pero creo que debemos alejarnos del fácil pensamiento en blanco y negro que carga a Occidente con toda la culpa. Es muy poco lo que podemos decir que es un logro "propio", y mucho menos que seamos superiores, pero nuestra forma de sociedad y el discurso que la sustenta bien pueden ser escuchados. O lo que es lo mismo, la crítica al pensamiento no debe convertirse en una crítica sólo a Europa Occidental.

Por ello, me sumo a los autores que dejan una puerta o ventana abierta, como Boaventura de Sousa Santos, que aboga por la apertura de más espacio analítico, por un Occidente no occidental, por una nueva interpretación de la emancipación. La justicia social, sostiene, no es posible sin la justicia cognitiva. Por tanto, debemos aprender a escuchar lo que otros tienen que decirnos y darnos cuenta de que ninguna "cultura" puede absorber nuevos conocimientos si no son compatibles con los antiguos. Debemos deshacernos de nuestro "pensamiento ortopédico", afirma. Debemos aprender a mirar críticamente nuestra historia y la de los demás y permitir que se desarrollen diferentes formas de modernidad. En otras palabras, no debemos inventar una "alternativa" al sistema actual, sino desarrollar un "pensamiento alternativo". De este modo, se puede dar cabida a la diversidad y al universalismo.

Me parece una buena pauta para reflexionar sobre nuestros "valores modernos", sobre el desarrollo, sobre la economía, el Estado y, por supuesto, sobre nuestra relación con la naturaleza. Los antropólogos, con sus conocimientos y su visión de la diversidad de nuestro mundo, tienen un importante papel que desempeñar aquí.

¿Ahora, llegado a la página 10, he dicho algo nuevo? No, en absoluto. Me he limitado a advertir sobre los callejones sin salida y las derrotas desalentadoras. La crítica al desarrollo, al eurocentrismo y a la modernidad de las últimas décadas ha sido muy relevante y útil. Pero hasta ahora no ha conducido a ninguna alternativa esperanzadora. El pensamiento progresista está totalmente fragmentado y, en parte, en el camino equivocado. El abandono del universalismo y de la creencia en el cambio, el abandono de los enfoques estructurales y de las organizaciones, abrió la puerta a los gobiernos y a las empresas que establecen la ley neoliberal. Lo que todos los movimientos progresistas de nuevo cuño a favor del posdesarrollo, la descolonización y el decrecimiento olvidan con demasiada frecuencia es que seguimos viviendo en un sistema capitalista en el que la lucha de clases, el racismo, el patriarcado y la lucha verde deben abordarse simultáneamente. Lo que distingue permanentemente a la izquierda de la derecha es la búsqueda de la igualdad, la solidaridad y la emancipación. Es un problema muy grave cuando algunos ya no quieren ver esa diferencia y piensan, como en Ecuador, que también pueden llamar a votar por un banquero neoliberal, o aplaudir un golpe de derecha contra Evo Morales en Bolivia. Es una evolución peligrosa. De Sousa Santos advierte, con razón, del "fascismo social" que se nos viene encima.

Tal vez, lo que hay que cuestionar no es tanto la división izquierda-derecha como las categorías de capitalismo y socialismo. Son las dos caras de la misma moneda de la modernidad, y rechazar la modernidad implica rechazar ambas ideologías. No es necesario, pero sí debemos examinar cuidadosamente cómo rediseñar la modernidad teniendo en cuenta los cambios en el mundo actual. El capitalismo ciertamente sigue existiendo, pero está pasando de estar centrado en las relaciones de producción a la financiarización, las clases medias vuelven a estar amenazadas, lo que conduce a un mundo dualizado con unos pocos ricos y muchos pobres, el poder económico y el político se están volviendo a unir. Hay argumentos para pensar que estamos volviendo lentamente a una especie de feudalismo. En cuanto al socialismo, con todo el respeto y la amistad por la digna lucha en Cuba, hasta ahora no ha conducido a ninguna alternativa atractiva, y mucho menos a un éxito sostenible. Ciertamente no es lo que sueñan los jóvenes. Esta tarea implica más que buscar nuevos nombres, significa buscar una nueva narrativa y práctica social y ecológica emancipadora.   

Por ello, me gustaría hacer un llamamiento a cambiar de rumbo. Aprender a pensar de forma diferente sobre lo que nos une y lo que nos hace diferentes. Lo que nos une es nuestra humanidad, nuestra dependencia de la naturaleza, no nuestra identidad. Pero lo que también nos une es una necesaria lucha social contra todos los mecanismos de opresión. Por lo tanto, tampoco debemos olvidar las viejas luchas. Tirar el bebé con el agua de la bañera no es lo que necesitamos. Tenemos que darnos cuenta de que nadie tiene todas las respuestas correctas.

Y sobre todo: los movimientos sociales que hoy toman tantas iniciativas, que salen a la calle con perseverancia para reforzar su demanda de justicia social, económica y medioambiental, también deben aprender a organizarse de nuevo, a nivel local, nacional, continental y mundial. Sin organización, sin estructura, nada puede cambiar de forma sostenible. La transición puede empezar en tu calle, pero no servirá de nada sin un enfoque global simultáneo.

Puede ser útil volver a leer a algunos autores antiguos, como Mariátegui o Amílcar Cabral. O mirar lo que se dijo en Bandung, el nuevo orden económico internacional, el "concepto unificado" de la ONU.

Hoy la izquierda está colgada de las cuerdas y poco a poco, sin que se note, se va cerrando la puerta del reformismo. Los movimientos sociales son muy débiles por su falta de coordinación. Se aferran a estrategias desesperadas que solo hacen que la cuña sea más profunda. A Trump, Bolsonaro y Duterte les encanta lo que ven. Con los cierres de la crisis del COVID, los movimientos ya no pueden ni siquiera salir a la calle.

Hay un concepto que puede unirnos, creo, porque implica progreso y cambio y nos impone solidaridad: la emancipación. Es liberarnos individual y colectivamente de lo que nos limita y oprime, material y filosóficamente. Es siempre una historia de y y, nunca de o o. Tenemos que sacar esta emancipación de debajo del polvo.
 

- Francine Mestrum, PhD, Bruselas y Cuernavaca.

 

 

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