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sábado, 25 de julio de 2020

LA SEGUNDA MUERTE DEL NEOLIBERALISMO

CÉDRIC DURAN

22 JULIO 2020 

 

Los tartamudeos de la historia a menudo acaban en farsa, pero no siempre ocurre así. La secuencia abierta en 2008 fue trágica. La mayor crisis financiera desde 1929 precipitó a las economías del Atlántico Norte en una gran recesión cuya onda expansiva culminó, en el flanco izquierdo, en el bloqueo monetario de Grecia y la rendición de Syriza y luego, en el flanco derecho, con el giro de una serie de países, incluidos Estados Unidos y Gran Bretaña, del centro extremo a un nuevo tipo de nacionalismo.

La secuencia abierta en la primera mitad de 2020 es ya un cataclismo mundial que afecta a nuestros sistemas sociales y políticos en su globalidad. En respuesta a la epidemia de COVID-19, «el gran encierro», como lo ha llamado el FMI, ha precipitado una dislocación simultánea de las relaciones fundamentales del capitalismo globalizado. Caída del PIB, desempleo, explosión de la pobreza, retroceso del comercio internacional, congelamiento de las inversiones… De marzo a mayo, en el espacio de tres meses, estas variables se degradaron a una velocidad inaudita, con mucha mayor rapidez y mucha más fuerza que en la década anterior.

En 2009, el PIB mundial cayó un 0,5% y debería caer un 6% este año. Para la OCDE en su conjunto, la disminución será del 7,5% (Figura 1) e incluso del 11,5% para los países de la zona euro. El retorno al nivel de producción de 2019 no se espera hasta 2022, y aún solo en el caso de que no haya una segunda ola de la epidemia.

La violencia del frenazo fue una gran bocanada de aire para los ecosistemas. Pero para el sistema capitalista es un shock tal que cualquier forma de recuperación ahora solo podrá ser caótica, frágil y prolongada. Mientras tanto, las apariencias de normalidad mercantil siguen pendientes de una intervención de los poderes públicos cuya amplitud evoca en ciertos aspectos las economías de guerra .

Desde un punto de vista económico, COVID-19 es, por lo tanto, un acontecimiento de una extraordinaria importancia. Sin embargo, las turbulencias en las que nos hemos precipitado no se limitan a este dramático momento. Los datos dan fe de una larga tendencia a la baja de la tasa de crecimiento desde la década de 1960. Década tras década, la gran fatiga del capitalismo se agrava. Brutalidad del acontecimiento, tenacidad de la larga ralentización: es a la luz de esta doble perspectiva como debemos pensar la coyuntura.


Figura 1: Crecimiento del PIB en los países de la OCDE desde 1961: datos anuales y medias por decenios (OCDE, pronóstico para 2020).

Global en lo neoliberal

No hay una «buena dirección» para abordar a un monstruo así, pero como tenemos que tratar de orientarnos, comencemos por lo que sabemos: el neoliberalismo, el campo de batalla que abarca y la forma en que el seísmo actual está reconfigurando el terreno. La hipótesis que quiero defender es que esta crisis sanitaria que se ha convertido en una catástrofe general marca la segunda muerte del neoliberalismo.

El principio de legitimación ideológica del neoliberalismo es la idea de retribución en función del rendimiento en el contexto de la competencia. Durante la última década, este mito movilizador seguía gesticulando. En países como Francia, el registro de la austeridad y el de la Start-Up nación producían incluso una aceleración de las reformas. Hoy, en ciertos aspectos, el mundo macroniano de después recuerda furiosamente al de antes. En nombre de la protección del empleo, Muriel Penicaud promueve una epidemia de bajada de salarios en el marco de los acuerdos de rendimiento colectivo a nivel de las empresas. Al mismo tiempo, los bricolajes de contabilidad del gobierno tienen el efecto de cargar al máximo la barca de la deuda de los organismos de protección social para que sean más frágiles. En resumen, el aumento de la mercantilización de la relación salarial permanece en el orden del día.

Sin embargo, si ampliamos el foco, es difícil no ver que el shock viral ha acelerado el desplazamiento de las imposiciones estructurales en las que se mueve la acumulación de capital.

El núcleo de lo que Quinn Slobodian llamó ordo-globalismo es la libre circulación de los capitales. A principios de la década de 1970, ante un imponente bloque socialista y una ola conquistadora de descolonización, la prioridad para las y los defensores del capitalismo era su salvaguarda. A sus ojos, esto requería anclar a las naciones en un orden internacional, cuya piedra angular debería ser proteger los derechos y libertades de las y los inversores.

Las y los neoliberales de la escuela de Ginebra inspiraron así un sistema de gobierno de varios niveles. La economía globalizada se apoya en una infraestructura institucional que ha crecido considerablemente desde la década de 1980 a través de la acción de la OMC, el FMI, el Banco Mundial, la Unión Europea y, en general, por la creación de densas redes legales formadas por tratados de libre comercio, acuerdos de protección de inversores, acuerdos de propiedad intelectual y tribunales de arbitraje internacional. El efecto de esta construcción es aislar el juego económico de la toma de decisiones democráticas y mantener a distancia de las lógicas estatales soberanas un espacio autónomo para la valorización del capital a escala mundial.

Esta mutación en el orden internacional ha sido acompañada y reforzada, a escala nacional, por las llamadas políticas neoliberales que descansan en dos pilares. El primero es un aumento de la competencia, que se logra a través de la desregulación y la apertura de los mercados nacionales, incluidos los mercados financieros, a la competencia extranjera. El segundo es una restricción a la capacidad de acción de las autoridades públicas. Amputado de una gran parte de sus capacidades económicas estratégicas por las privatizaciones, el Estado también ha visto reducido su margen de maniobra presupuestario por la institucionalización de su dependencia financiera respecto a los mercados.

Un giro de 180º en dos actos

Produciéndose una década después de la gran crisis financiera, la crisis del COVID-19 socava seriamente este distanciamiento entre el orden capitalista globalizado y el orden político estatal nacional. El problema no es que un exceso de intervención estatal habría llegado a obstaculizar el funcionamiento autónomo del reino económico. Más bien, está sucediendo lo contrario.

Después de 2008, la incapacidad de los mercados financieros para gobernarse a sí mismos exigió la movilización general del poder soberano monetario y presupuestario. Como consecuencia, la década de 2010 estuvo marcada con el sello de asistencia en materia de finanzas, los mercados conservaron una apariencia de funcionamiento normal solo a costa de una adicción a los esteroides monetarios proporcionados por los bancos centrales.

En 2020, es el surgimiento de un imperativo sanitario lo que hace posible hacer la experiencia traumática de que, cuando es realmente importante, cuando ocurre un acontecimiento general, los mercados no sirven para nada. Con el COVID-19, la lógica competitiva es atrapada en flagrante delito de no pertinencia integral. Individuo vulnerable o grupo aeronáutico transnacional, cada cual busca la protección del Estado.

El 29 de marzo, un lívido Boris Johnson, aislado detrás de su cámara de escritorio, rindió homenaje a las y los cuidadores y concluyó “Existe la sociedad«. Diciendo exactamente lo contrario que Margaret Thatcher, confirma el final de un período. La bestia neoliberal era correosa, ya no lo es. Obviamente, el hecho de que este decreto fue formulado por un Primer Ministro conservador británico es elocuente. Significa algo que es a la vez muy simple y muy problemático para la izquierda. Para el capital hay un futuro más allá del neoliberalismo.

Es con esta idea en la cabeza de un capitalismo de después del neoliberalismo como debemos abordar la nueva coyuntura cuyas coordenadas principales son los límites del activismo de los bancos centrales, el retorno del endeudamiento como una cuestión esencial y las consecuencias de la suspensión de la regulación competitiva.

La crisis financiera no tuvo lugar

El centro de gravedad de la gestión sistémica se ha desplazado con la inversión de la relación de dependencia entre mercados financieros y poderes públicos. Ya no son principalmente los mercados financieros los que asignan recursos y sancionan, sino los Estados y los bancos centrales que apoyan a los actores económicos aliviando la presión presupuestaria gracias a condiciones crediticias hiper acomodativas y una distribución masiva de recursos financieros y garantías públicas.

Los bancos centrales instruidos por el precedente de 2008 se han apresurado a sacar la artillería pesada. Desde mediados de marzo, la Reserva Federal de los Estados Unidos se embarcó en un programa ilimitado de recompra de acciones (deuda pública, deuda corporativa, deuda inmobiliaria, deuda de los gobiernos locales, etc.). En Europa, después de un descontrol inicial que durante unos días entregó a los italianos atónitos a los especuladores, el BCE ha tomado el mismo camino. Su programa de recompra de deuda de gobiernos y empresas muy grandes supera el billón de euros, lo que aún representa el 8% del PIB de la zona o también alrededor de 3000 euros por habitante. A esto se añaden múltiples canales de apoyo a los bancos, incluida una relajación de las exigencias reglamentarias.

Si, a diferencia de 2008, el desencadenamiento de la tormenta COVID-19 no puede atribuirse directamente a los mercados financieros, éstos obviamente no ayudaron a contener el choque. Por el contrario, su estabilización requirió una intervención aún más masiva y más rápida. La ley de Minsky de aumento paralelo de la inestabilidad financiera y de la intervención pública necesaria para contenerla, se confirma por tanto con este nuevo episodio.

Mientras las economías se hundían en la depresión, es particularmente sorprendente que el krach del mercado de valores de marzo no continuara. Los mercados bursátiles incluso encontraron en junio un nivel de valorización cercano al, muy alto, alcanzado a principios de año, después de una década de aumento continuo.

Este rebote a contratiempo es la consecuencia directa de la intervención masiva de los bancos centrales. En un mundo donde la actividad está colapsando, los bancos centrales son el seguro a todo riesgo para las y los inversores. Protegen el patrimonio financiero al apoyar directa e indirectamente el valor del conjunto de los activos financieros. Proporcionan una ante-validación política del capital ficticio; los beneficios esperados para el futuro son de alguna manera garantizados por el soberano.

Dos mecanismos están en marcha. Primero, al comprar deuda una y otra vez sin prestar demasiada atención a la calidad, los bancos centrales se aseguran de que las grandes empresas no tendrán problemas de tesorería en el medio plazo. Luego, al secar los mercados de deuda y llevando los rendimientos al rojo, hacen que los inversores se trasladen a los mercados de valores, lo que respalda mecánicamente los precios de las acciones. Y la comunidad financiera planea pedir más. En Japón, el banco central ya posee más del 8% de la capitalización bursátil del país y, el año pasado, sintiendo la llegada de malos vientos, el fondo de inversión Blackrock abogó por que el BCE comprara acciones directamente. Después de todo, ¿con qué podrían soñar los accionistas mejor que con saber que sus activos son respaldados sin mediación por los bancos centrales?

Deshacer la deuda

Por supuesto, lo que distingue 2020 de 2008 es que esta vez los poderes públicos han tomado el control de lo esencial de la vida económica y ya no solo del sector financiero. En abril, en el apogeo del confinamiento, Emmanuel Macron hizo una constatación sin adornos sobre este tema:

“Hemos nacionalizado los salarios y el P&L [ganancias y pérdidas] de casi todas nuestras empresas. (…) El desempleo parcial significa la nacionalización de los salarios. Todos los planes de garantía o ayuda, el fondo alemán de 50 mil millones, o el fondo francés de 20 mil millones para comerciantes y otros, significan una nacionalización de las cuentas operativas de comerciantes y empresarios «.

Para evitar la evaporación, el capitalismo ha sido así, de alguna manera, suspendido; el sistema vive a costa del Estado. Y esto está lejos de haber terminado. En Francia, como en Estados Unidos e incluso en Alemania, la patronal reclama a grito pelado más apoyo y adopta un argumento impecablemente keynesiano, como el presidente de Medef Geoffroy de Bezieux:

“El endeudamiento de los Estados ciertamente va a aumentar. Pero sin un estímulo masivo, la contracción de la economía amplificará aún más la deuda, ya que habrá menos ingresos fiscales. Apostamos por que pagaremos la deuda al recrear riqueza, no dejando que la economía se hunda”.

Olvidada la analogía falaz entre el presupuesto familiar y el presupuesto estatal, debemos dejar que el déficit público se dispare porque, por su efecto estimulante de la economía, hace posible reducir la deuda.

La cuestión de la deuda es candente porque el mundo en su conjunto está en un nivel de deuda mucho más alto que en 2008. Zambia, Ecuador, Líbano, Ruanda y Argentina son solo los primeros nombres en la lista de países en desarrollo al borde de la suspensión de pagos. Pero el problema también se plantea en los países ricos. Los Estados de la OCDE cuyas finanzas aún soportan los estigmas de 2008 experimentarán índices de deuda superiores al 120% del PIB, un nivel no visto desde la Segunda Guerra Mundial. Los actores privados también están expuestos. Hogares, muchos de los cuales se ven estrangulados por el aumento del desempleo, pero también las empresas. Éstas se han aprovechado de tasas de interés muy bajas en los últimos años y ahora se acuden apresuradas a las líneas de crédito abiertas y garantizadas por las autoridades para hacer frente a la caída de la actividad.

Tal aumento del endeudamiento implica que la economía ya no se enfrenta a dificultades temporales para acceder a la liquidez, sino más bien a un problema estructural de solvencia, es decir, la imposibilidad de pagar las deudas. Como dice el director ejecutivo de Fidelity, un importante fondo de gestión de activos, los recursos necesarios para reembolsar los fondos públicos que las empresas han recibido de los gobiernos o los bancos centrales son tan grandes que la deuda “va o bien a ser pasada a pérdidas y ganancias, o bien a figurar en el balance, donde tendrá un efecto deprimente «. Las finanzas exigen que borremos la deuda de las empresas, so pena de depresión.

El debate sobre la cancelación de la deuda de los Estados, los hogares y las empresas que ya era central después de 2008 vuelve hoy con un vigor redoblado, pero con líneas divisorias que se han movido.

François Villeroy de Galhau, el gobernador del Banco de Francia está obligado a decir que «habrá que devolver este dinero», algún día, después de la emergencia sanitaria, después del relanzamiento económico y la reanudación de la actividad… Pero, si el JDD (el periódico Le Journal du Dimanche) eligió hacer de esta oración el título de su artículo, el corazón no está ahí. En la OCDE, la verdadera fábrica de las políticas neoliberales de las últimas décadas, ya no se cree en ello. Laurence Boone, el economista jefe de la institución considera lo impensable:

“que el apoyo presupuestario se financie mediante un aumento permanente en la masa monetaria, creada por los bancos centrales, que podría reemplazar a los programas financiados por la deuda. Este enfoque no debería generar temor a la inflación mientras el crecimiento permanezca por debajo del potencial y se respete la independencia del banco central. Y tranquilizaría a los mercados sobre la capacidad de los gobiernos para apoyar la economía. »

Habría, por tanto, dinero mágico. Este argumento ya no es prerrogativa de solo los partidarios de la Modern Monetary Theory (teoría monetaria moderna). Desbloquear recursos para la lucha contra la pandemia, facilitar la asistencia a domicilio (cancelación de deudas, suspensión de facturas, ingresos de reemplazo, etc.), emplear a personas en paro, etc. «¿Pero cómo pagará el gobierno todo esto?», finge preguntar Pavlina Tcherneva:

“No sería necesario que hubiera una pandemia o una guerra mundial para recordarle a la gente que el gobierno de los Estados Unidos se autofinancia. Las instituciones financieras públicas de los Estados Unidos, el Tesoro y la Reserva Federal de los Estados Unidos, velan por que se paguen todas las facturas del gobierno, sin hacer preguntas”.

Para Boone como para Tcherneva, en los países ricos, aquellos cuyos gobiernos están endeudados en su propia moneda, la deuda pública no significa en sí misma una presión sobre el gasto público. Las únicas limitaciones son las de los recursos realmente disponibles: las capacidades, el stock de materiales y maquinaria, el estado del medio ambiente, la calidad de los procesos políticos y sociales … Por lo tanto, es muy razonable argumentar a favor de monetización de la financiación de la economía, ya sea en forma de cancelación de la deuda pública por parte del banco central europeo o incluso aportaciones directas de dinero a las y los ciudadanos o también una moratoria temporal sobre el endeudamiento de los hogares y empresas.

El regreso de lo político reprimido

Si el neoliberalismo es derrotado, lamentablemente no lo es bajo los golpes de movilizaciones sociales victoriosas. Es un colapso interno, el regreso de lo político reprimido que sus fanáticos esperaban dejar de lado.

Sin duda, el acto más sintomático es la decisión del tribunal constitucional alemán sobre el programa de recompra de acciones del BCE. Al exigir al BCE que demuestre de manera sustancial que «los objetivos de política monetaria perseguidos por el PSPP [programa PSPP: un programa de adquisición de bonos soberanos en los mercados secundarios ndt] no son desproporcionados en relación con los efectos de política económica y presupuestaria resultantes del programa”, el tribunal demanda lo imposible. La política monetaria no es separable de la política económica en su conjunto, porque las decisiones monetarias tienen efectos considerables en el empleo, la remuneración del ahorro, las finanzas públicas, el valor de los activos financieros, las desigualdades. Es cierto que esta decisión se inspiró en consideraciones conservadoras, pero la lógica del juicio es implacable: un banco central independiente no podría hacer política. Por lo tanto, una de dos cosas: o el banco debe reducir considerablemente su intervencionismo; o su acción debe estar sujeta a deliberación democrática. Como la primera opción es impensable en el contexto actual, es la independencia del banco central, uno de los más hermosos trofeos de las y los neoliberales, el que se vuelve a encontrar en el banquillo.

En el futuro inmediato, esto obliga a las instituciones europeas a realizar un peligroso ejercicio de montaje para encontrar márgenes de acción. La posibilidad de un plan de recuperación a partir del presupuesto europeo resulta en parte de esta situación de debilitamiento jurídico de la acción del BCE. Conduce a contemplar un aumento de poder fiscal y, por lo tanto, un aumento de poder político de la UE. Incluso si esta eventualidad sigue siendo incierta y la amplitud del movimiento sigue siendo limitada, el tabú de la mutualización ha caído del otro lado del Rin, lo que constituye un primer paso en el único camino que permite escapar de la dislocación de la Unión[1].

Paralelamente, un discurso sobre la soberanía económica se hace oír cada vez con más fuerza. Después del nacionalismo desacomplejado de Donald Trump, la Unión Europea moviliza a su vez la retórica de la amenaza china para defender sus intereses. Por razones de seguridad nacional o para salvaguardar la capacidad industrial, se imponen restricciones a la inversión extranjera, un obstáculo para la libre circulación de capitales, y la participación pública en empresas estratégicas es cada vez más frecuente. Al mismo tiempo, y a medida que las disputas comerciales se multiplican, las y los industriales exigen la implementación de un impuesto al carbono en las fronteras.

Más anecdóticas pero reveladoras, las palomas, los empresarios e inversores digitales franceses que protestaron contra los impuestos bajo Hollande ahora están pidiendo a gritos dinero público: su plan de redirección exige que el estado intervenga vigorosamente con inversiones en infraestructura, inyecciones de capital, pedidos públicos y un amplio programa de formación de la población.

Detrás de estos virajes hay una desorientación real de las clases dominantes. Una vez que los mercados financieros ya no son capaces de ser el cuartel general de la coordinación económica, las señales de precios que emiten ya no pueden pretender reflejar el rendimiento bajo la presión de la competencia. Es todo el edificio ideológico neoliberal el que se está desmoronando y el Estado está resurgiendo como una gran figura coordinadora.

Después del neoliberalismo

La secuencia abierta en 2008 continúa hasta hoy. Es la crisis del capitalismo neoliberal . Una gran crisis que constituye un momento intersticial entre dos configuraciones político-económicas. Los primos estadounidenses de la escuela de regulación hablan a propósito de estas configuraciones de estructuras sociales de acumulación ESA (Social Structure of Accumulation-SSA). Una estructura social de acumulación debe, en un sistema capitalista, promover eficazmente la realización de ganancias: las instituciones garantizan el crecimiento económico, en particular mediante la estimulación de la demanda y estabilizan las relaciones entre las clases.

La gran crisis del capitalismo neoliberal es la de los límites de la regulación dominada por mercados financieros globalizados. La situación de los últimos meses exacerba un dilema ya manifiesto en la última década en los debates sobre el gran estancamiento. Por un lado, como explica un administrador de fondos de inversión a sus accionistas, «el capitalismo sin bancarrota es como el catolicismo sin infierno”, en otras palabras, los mercados solo pueden ser eficaces si existe una amenaza creíble de fracasar. Sin embargo, lo que las ayudas masivas a las empresas, el acceso ilimitado al crédito y las medidas monetarias excepcionales hacen precisamente es suspender la disciplina competitiva. Privado del mecanismo de regeneración de la destrucción creativa, el capitalismo se puebla de empresas zombis con productividad estancada.

Por otro lado, la restauración de la disciplina de mercado es inconcebible: si bien muchas empresas están hoy al borde de la bancarrota, cualquier aumento de los tipos o endurecimiento de la presión presupuestaria precipitaría el sistema a un encadenamiento de bancarrotas y depresión cataclísmica

Desde el punto de vista neoliberal, los años 2010 fueron un período de espera preocupada con la esperanza de que esta contradicción pudiera superarse gracias a un renacimiento del dinamismo. La crisis actual marca el final de tales fantasías. No se sale de una crisis estructural sin una importante reestructuración institucional. El precio a pagar para superar simultáneamente la esclerosis y la amenaza depresiva es tocar la centralidad de los mercados financieros, es decir, el corazón de la lógica neoliberal. Lo que está en juego en este momento es la definición de un nuevo régimen de regulación económica en el que los Estados encuentren, según su posición en la cadena imperialista, un papel central en detrimento de los mercados financieros.

Como conclusión de The rise and fall of Neoliberal Capitalism, (El ascenso y la caída del capitalismo neoliberal), un trabajo publicado en 2015, David Kotz subraya que Estados Unidos ya experimentó a principios del siglo XX y luego en la década de 1930 fases de alternancia entre formas liberales y formas dirigidas de capitalismo. Según su lectura, hoy estaríamos en una fase así. Frente al callejón sin salida de la configuración neoliberal, el escenario más probable es el de un reordenamiento institucional que conduzca a la formación de una regulación socioeconómica neo-dirigista. Contempla tres escenarios: una ruptura eco-socialista que auguraría un nuevo modo de desarrollo, un renacimiento socialdemócrata que conduciría a una reducción de las desigualdades, pero que chocaría con los límites ecológicos del productivismo o bien una re-regulación dominada por el capital, de la que un fordismo de derechas es una figura posible…

La posibilidad de una re-regulación del capitalismo por parte de la derecha sigue siendo difícil de comprender. Sin embargo, es posible arriesgarse a dos observaciones.

En primer lugar, debe tenerse en cuenta que la re-regulación no implica, como tal, ningún tipo de tendencia progresista. Los daños del neoliberalismo a las condiciones de empleo tendrán un impacto duradero. La mercantilización de la relación salarial puede incluso continuar aumentando, aunque el sector financiero fuera más supervisado, el crédito fuera redirigido hacia usos productivos y el comercio internacional estuviera más controlado. El nacionalismo económico también puede ser instrumental en un intento de desactivar el conflicto de clases que debilitaría aún más los derechos sociales.

En segundo lugar, el resurgimiento de la intervención estatal lleva las semillas de una intensificación del conflicto político. En efecto, si bien la lógica del neoliberalismo tiende a ocultar los mecanismos económicos detrás del fetichismo de los intercambios mercantiles, la intervención pública los hace más directamente transparentes. Un mayor autoritarismo en las escenas nacionales y un resurgimiento de conflictos geopolíticos interestatales, preparados por desequilibrios internacionales masivos, pueden ser así subproductos del neodirigismo. Y así es como el internacionalismo y las batallas democráticas recuperarán el filo anticapitalista del que el neoliberalismo les había privado.

06/07/2020

https://www.contretemps.eu/covid19-seconde-mort-neoliberalisme-durand/

Traducción: Faustino Eguberri para viento sur

 

 

Notas:

[1] Por supuesto, el autoritarismo antisocial se mantiene puesto que el acceso a los fondos europeos estaría condicionado a medidas de competitividad. Aquí encontramos de nuevo la idea de un arreglo de naturaleza contractual evocado ya en 2012 en el informe Van Rompuy que propuso que «las reformas estructurales [sean] apoyadas con medidas de estimulación financiera y [den] lugar a transferencias temporales a favor de los Estados que sufren de debilidades estructurales excesivas”.

 

Fuente: https://vientosur.info/la-segunda-muerte-del-neoliberalismo/

 


lunes, 23 de noviembre de 2015

¿QUÉ ESTRATEGIA PARA EUROPA? CONTRA EL DERROTISMO




Cédric Duran
Sábado 21 de noviembre de 2015

En este texto que aparecerá en el trabajo colectivo Europa, la experiencia griega. El debate estratégico (Le Croquant, 2015), Cédric Durand analiza la derrota sufrida por la izquierda radical europea por el fracaso de la experiencia de poder de Syriza en Grecia. Muestra también el callejón sin salida estratégico que supone el rechazo a romper con el euro, lo que asocia a una actitud política: el derrotismo, también llamado "la preferencia por la derrota a nivel nacional en nombre de una inaccesible victoria directamente continental".
Tan pocos caminos recorridos,
y tantos errores cometidos
Varlam Chalamov, Relatos de la Kolyma

La izquierda ha perdido una vez más. Sin duda, conservamos lo que Daniel Bensaïd llamaba "El preciado derecho de volver a empezar"/1. Quizás no habríamos necesitado esperar mucho tiempo, a tenor de cómo se agudizan las contradicciones sociales y políticas en el viejo continente. Por el contrario, lo que nos está prohibido es repetir los mismos errores. A lo largo de los seis meses de enfrentamientos entre el gobierno de Syriza y las instituciones europeas, se dibujó un mapa detallado del campo de batalla con las instituciones de la Unión Europea. Para no volver a caer en territorio desconocido, hay que leerlo.

Se nos ofrecen varias claves de interpretación. Elijo aquí ponerle nombre a la debacle de Syriza: derrotismo. El derrotismo consiste en esa actitud que solo contempla la derrota y acaba por contribuir a ella. En el caso presente, se trata de abandonar su propia política más que de renunciar a cambiar Europa. Esta preferencia por la derrota a nivel nacional en nombre de una inaccesible victoria directamente continental es la principal razón por la que fueron enterradas las posibles bifurcaciones en Grecia. El rechazo a romper con el euro por la izquierda fue la piedra angular del problema, el punto en el que se consumó la absorción de Syriza por lo que Tarik Ali llama el extremo centro.

Europa, la piedra con la que tropezamos 

El primer gobierno de Syriza se estrelló contra la realidad europea. Para conseguir el levantamiento de un bloqueo financiero total, Tsipras consintió el 13 de julio de 2015 un tercer memorándum que consumó la puesta bajo tutela socioeconómica del país. Los recortes presupuestarios van a provocar una nueva caída del PIB agravando el paro y la pobreza y debilitar mucho más una protección social ya exhausta. El fondo que se ocupa de las privatizaciones, dirigido desde Bruselas, tiene encomendado malvender los activos públicos más preciados en provecho de inversores privados, principalmente centroeurpeos.

La rendición del gobierno de Syriza al despropósito neoliberal fue aún más chocante pues ocurrió inmediatamente después de una magnífica victoria del no a las exigencias de la Troika en el referéndum del 5 de julio. La rebelión de una parte importante de los diputados, la dimisión del gobierno después de la convocatoria de elecciones legislativas y la escisión del partido sucedieron lógicamente al giro de julio. Esta dramática secuencia ha provocado diferentes interpretaciones. Para los dirigentes europeos, la capitulación de Tsipras es una simple vuelta a la realidad, la adhesión de un joven rebelde a la norma común. "Es el fin del recreo" se mofa Donald Tusk. A la derecha griega le ha resultado fácil subrayar no solo que los gestos de Syriza no han logrado cambiar las exigencias de los acreedores, sino que esta vana agitación izquierdista ha supuesto un parón en la aparente estabilización de la economía a la que había llegado el país en 2014. En resumen, en el punto en el que estamos, habría sido menos doloroso mantener a Samaras en el poder.

Como todo el mundo a la izquierda de los socialdemócratas, considero que merecía la pena dar la batalla de Grecia. Estos meses de oposición han tenido la virtud de hacer patente el autoritarismo europeo, una experiencia importante para todas las corrientes de izquierda. Más allá de esto, los desacuerdos son profundos. Se han propuesto cuatro aproximaciones históricas para dar sentido al perverso acuerdo del 13 de julio. Revelan divergencias estratégicas sobre la lección política que se puede extraer del primer intento de ruptura con el neoliberalismo en Europa y de la normalización que le siguió.

El sentido de la rendición

Al día siguiente de la firma del acuerdo, Yanis Varoufakis, recientemente dimitido del gobierno, declaraba: "esto no tiene nada que ver con la racionalidad económica, ni con ningún encarrilamiento de Grecia. Es un nuevo Tratado de Versalles que avergonzará a Europa". En esta referencia al tratamiento infligido por los aliados a Alemania, después de la Primera Guerra Mundial, subrayaba el carácter punitivo de las condiciones impuestas a Grecia. Las reparaciones impuestas a Alemania no fueron nunca cumplidas puesto que eran insostenibles; generaron desórdenes económicos y un espíritu revanchista que contribuyeron al desastroso desenlace de 1933. Hoy, se trata de humillar a un gobierno que osó romper el juego consensuado de la gran coalición europea y de dar un ejemplo para disuadir a otros posibles saboteadores. La analogía suena adecuada. Destaca que este nuevo diktat económica y socialmente insostenible no resuelve nada: al contrario, favorece la acumulación de energías políticas contrarias que no dejarán de explotar de aquí a unos meses o unos años.

James Galbraith hace otra aproximación para indicar que la Unión Europea acaba de cometer lo irreparable tomando al asalto financieramente al pueblo griego/2. Aplastando la Primavera de Praga con los tanques, el régimen soviético puso fin, temporalmente, a toda la oposición interna en el bloque del Este, pero el efecto más duradero fue socavar su reputación; con su capacidad de atracción ideológica seriamente tocada, la Unión Soviética cavaba la tumba en la que desaparecería unos años más tarde. Si los bancos han sustituido a los tanques, en el fondo, el mecanismo puesto en marcha para aplastar la primavera de Atenas es el mismo. El pueblo griego ha vuelto al redil pero esta brutal negación de democracia ha hecho saltar el aparente barniz democrático que todavía recubría la autoritaria maquinaria bruselense, socavando de forma duradera la legitimidad del conjunto del proyecto de integración europeo y, más concretamente, dentro de este, el lugar de Alemania. Consciente del giro que supone este diktat, Jürgen Habermans solo puede deplorar que el gobierno SPD-CDU "haya dilapidado en una noche todo el capital político que una Alemania mejor había acumulado desde hace medio siglo".

Tratado de Versalles o Primavera de Praga, reducen la parte griega a un papel pasivo. A la inversa, otras dos referencia históricas ponen el acento en las opciones estratégicas de Syriza. En primer lugar, se trata de la evocación del tratado de Brest-Litovsk por el editorialista de Financial Times, Tony Barber, y el filósofo Slavoj Zizek/3. El tratado de paz con Alemania fue firmado por los bolcheviques en marzo de 1918 a cambio de la pérdida de la mitad de la parte europea del imperio ruso. Como Lenin en su tiempo, Tsipras, ha aceptado un acuerdo indigno totalmente consciente. No teniendo otra opción, habría decidido pagar un precio exorbitante para conservar el poder y poder continuar en posición de poder dirigir las siguientes batallas. "El poder solo desgasta a quienes no lo tienen": sentencia tomada del histórico dirigente de la democracia cristiana italiana Giulio Andeotti, en palabras de quienes, como Zizek, alaban el coraje de Tsipras de mantenerse en esta situación imposible.

Esta actitud puede seducir pues permite la esperanza de que el gobierno de Syriza 2 se inscriba en la continuidad combativa del primer semestre de 2015. Por desgracia, temo que se base en premisas erróneas. La primera es considerar que el tiempo ganado al poder no beneficia al enemigo. Si los bolcheviques compraron mediante una pérdida territorial la posibilidad de mantenerse en el poder, el precio pagado por Tsipras es el de una disolución de su poder: no solo se ve obligado a poner en marcha la política del enemigo sino que está condenado a ver a la troika construir su feudo en el corazón de la administración griega. Varoufakis comprendió perfectamente la dinámica perversa que se genera desde que el gobierno depone las armas: "La capitulación ha desradicalizado a la gente de izquierdas que trabajaban en los ministerios con la consecuencia de que se muestren incapaces de planificar la mínima ruptura con las exigencias europeas o no deseosos de hacerlo (por temor a contrariar a la Troika). Además, les mantienen en el rol de conejillos de Indias dando vueltas en su rueda, haciéndoles trotar sin parar cada vez más rápido para poner en marcha medidas tóxicas. En el espacio de algunos días, han entrado en una lógica de cooptación y se han vuelto incapaces de planificar la mínima medida que contravenga las exigencias europeas"/4. Más grave aún, incluso si ha logrado ganar las elecciones del 20 de septiembre, la posición política de Tsipras se ha fragilizado. Su propio partido está amputado de su ala más militante y más vinculada a los movimientos sociales. Y cuando las medidas antipopulares del memorándum se hagan sentir, su base social se va a adelgazar. ¿Cómo llamar al pueblo a defender el poder frente a los enemigos internos y externos cuando los dirigentes colaboran? ¿Cómo movilizar las energías ciudadanas necesarias para crear las nuevas instituciones y prácticas sociales que son la sustancia de toda transformación socio-política? El segundo problema de la tesis Brest-Litovsk se refiere al hecho de que para sostenerse necesita invalidar a priori la opción que esta más a mano, la de la salida del euro. Juzgada aventurera o peligrosamente nacionalista, esta política debe ser descalificada completamente, lo que lleva a una convergencia perversa con el discurso dominante: There Is No Alternative.

Finalmente, la analogía histórica más pertinente es, sin duda, la el famoso giro al rigor decidido por los socialistas franceses de 1983. Françoic Miterrand declaró: "estoy dividido entre dos ambiciones: la de la construcción de Europa y la de la justicia social. El SME (Sistema Monetario Europeo) es necesario para conseguir la primera y limita mi libertad para la segunda"/5. Como François Mitterrand, Alexis Tsipras ha decidido: a favor de Europa, contra la justicia social.

Una Europa imaginaria

Lo sabemos, los balbuceos de la Historia se parecen a las farsas. Si al final del último siglo, el entusiasmo europeísta podía llevar a la adhesión a pueblos que se sentían huérfanos de un horizonte social, el apego a una Europa convertida en sinónimo de regresiones económicas, sociales y democráticas solo sobrevive como un astro apagado, perdiendo poco a poco su poder de atracción. La victoria de Syriza, así como el ascenso de Podemos, del Sinn Fein irlandés y de Jeremy Corbyn en el Partido laborista británico son otros tantos síntomas del declive de las corrientes sociales liberales, principales víctimas políticas de la coyuntura de los años 2010. Este retorno de la izquierda no tiene nada de romanticismo revolucionario; es una demanda prosaica de mejora del bienestar de la población y, de manera más difusa, de la redefinición de un modelo de desarrollo ecológicamente y humanamente sostenible: ¿qué empleos? ¿qué servicios públicos? ¿qué protección social? ¿qué transición energética? ¿qué principios socioeconómicos? Sobre esta temática concreta es sobre la que la izquierda se juega su porvenir y, para lo que nos interesa aquí, la cuestión central es la de las relaciones con la Unión Europea y la realización de un programa a la altura de las demandas.

La plausibilidad teórica de un programa de urgencia social eurokeynesiano/6 no ofrece dudas pero no se articula en ninguna posibilidad política concreta. Por dos razones principales. La primera es que la representación europea de los intereses patronales , co-construida con la burocracia bruselense que se creó desde 1960, precedió en varios decenios a la representación de los asalariados, de los consumidores y de los portadores de otras causas/7. Esta ventaja inicial de los medios empresariales se acentúa con el relanzamiento de la integración a partir de 1980. Los problemas de la competencia, del comercio y -para los países de la zona euro- de la moneda se convierten en competencia exclusiva de la Unión. Estos temas esenciales para las multinacionales y el sector financiero se sitúan a partir de ese momento en la cima de la jerarquía de las políticas institucionales; se arbitran a nivel de la Unión Europea, lejos de la influencia de los procesos electorales y de las movilizaciones. A la inversa, los otros temas -empezando por los estándares sociales y los servicios públicos- se sitúan en el nivel subordinado que es el de los Estados nación, donde se expresa más directamente las preferencias de la población. Esto no quiere decir que el nivel europeo no interfiera en estos temas -conocemos demasiado bien los memorándum, los informes de evaluación de la Comisión y las misivas conminatorias del BCE- sino simplemente que estas cuestiones solo son tratadas como variables de ajuste en relación a las cuestiones claves para el capital/8. En otras palabras, las políticas sociales y de servicios públicos son víctimas de una integración negativa. Como no son discutidas por só mismas, los agentes afectados, empezando por los sindicatos, no tienen influencia en la agenda europea. Y allí donde son tratados -a nivel nacional-, las presiones ejercidas previamente en otros ámbitos son tales que no queda casi ningún margen de maniobra. El poder de esta lógica de integración negativa fue destacado perfectamente por Friedrich Hayek que veía en la creación de una confederación el mejor muro de contención contra cualquier forma de intervención pública y, en última instancia, contra todo avance hacia el socialismo/9.Esta jerarquía de cuestiones legítimas es la principal causa de la exclusión de las fuerzas sociales del mundo del trabajo del espacio político europeo. Una marginalización hecha para permanecer pues, sin ninguna posición en el ámbito estratégico de las instituciones europeas, es casi imposible estructurar una oposición social y política a esta escala.

Además de estos sedimentos institucionales que bloquean la maquinaria política bruselense, un obstáculo suplementario impide la emergencia de una salida progresista a nivel europeo. Judith Butler dice con razón que el "nosotros" del pueblo "se constituye durante su acción performativa"/10.La manifestación y, más generalmente, la movilización social o política necesita una continuidad y una coordinación de las subjetividades (de las palabras, de los gestos) que mediante su coincidencia espacio-temporal den nacimiento a un pueblo. Ahora bien, lo que predomina en Europa es una desincronización de los ritmos nacionales de la lucha de clases/11. Estas temporalidades discordantes hacen especialmente difícil la emergencia de un movimiento social europeo o de un ciclo de victorias electorales suficientemente cercanas y amplias para proceder a una refundación directamente a nivel continental.

Incluso se ha establecido un círculo vicioso. La creación de la zona euro no se ha traducido por una aproximación de los sistemas socio-productivos de los diferentes países sino, al contrario, por una diferenciación acrecentada. En un espacio monetario fraccionado, los ajustes de las tasas de cambio permitían preservar segmentos de actividad que de lo contrario, serían eliminados. De este modo, durante decenios, devaluaciones regulares permitieron a Francia y a Italia conservar un tejido industrial importante a pesar de las recurrentes pérdidas de competitividad, especialmente, en relación a Alemania. En el sistema de cambio fijo del euro, la desaparición de esta válvula de escape es una de las causas principales de la desindustrialización acelerada de la Europa del Sur -y de Francia- en relación a Alemania desde el inicio de los años 2000.

De forma perniciosa, los efectos de la polarización resultante de la dinámica de una unión monetaria de países heterogéneos sin correspondencia provocan hoy una barrera para la fusión de las condiciones socio-políticas -la afirmación de un pueblo europeo- que permitirían la creación de un verdadero ámbito estratégico europeo: elementos del Estado social supranacional, una fiscalidad compartida y programas de inversiones suficientemente masivos para dar un repiro económico común a los diferentes países.

Acentuando la desarticulación de los tiempo económicos y excluyendo sistemáticamente los retos sociales de la agenda, la unión económica y monetaria impide el nacimiento de una fuerza popular a escala continental. Consintiendo exclusivamente los intereses del capital, finalmente la Unión Europea es ella misma la causa de la no conclusión del proto-estado europeo.

El ojo avizor de la deuda

Cerrada la vía de un euro bueno, queda la de la salida. Centrémonos aquí en el caso griego y las posibilidades que se han desvanecido con el tercer memorándum, cuando la brecha abierta con la victoria de Syriza y el No al referéndum, se volvió a cerrar.

La idea según la cual el Grexit habría sido sinónimo de apocalipsis es la principal responsable de la debacle de Syriza. Esta tesis muy frecuente se encuentra, por ejemplo, bajo la pluma de Pierre Laurent, el secretario general del PCF, que la ha usado de piedra angular de su argumentación en defensa de la rendición de Tsipras: "el Grexit, deseado de punta a punta por el gobierno alemán, habría significado un fracaso catastrófico para las capas populares en Grecia.(...). Al contrario, aceptando las condiciones draconianas del acuerdo, de alguna manera atado en la prisión de la austeridad, Tsipras decidió mantener el combate porque la elección alternativa del Grexit no era la de la libertad sino la de la condena a muerte"/12.

Hay que reconocer a Pierre Laurent el mérito no marear la perdiz: el punto crucial en la batalla de Grecia era, en último término, las condiciones posibles del Grexit y sus efectos políticos. Desgraciadamente, esta lucidez les falta a quienes andan con rodeos entre las salida del euro y la sumisión a la Troika. Para ellos, es posible separar la cuestión de la deuda del de la moneda/13. Pero, precisamente, lo que nos enseña el desenlace del pulso entre la Unión Europea y Syriza es que las dos cuestiones son estrictamente indisociables.

Todo el mundo está de acuerdo, liberar a Grecia del peso de la deuda es una condición indispensable para permitirle iniciar una simple recuperación económica, es crucial que el Estado pueda consagrar sus escasos recursos a la reconstrucción del país y a su desarrollo antes que al pago de los acreedores; más aún, es políticamente vital liberarse de las condiciones impuestas por los acreedores para que sea posible una alternativa al neoliberalismo.

Desde ese punto de vista, la lección de la secuencia del verano de 2015 es muy clara. La preservación de la relación de endeudamiento -es decir, la aceptación de las exigencias de los acreedores y el compromiso de devolver la deuda- era la verdadera cuestión del bloqueo monetario impuesto por el Banco Central. El restablecimiento del control de capitales y la limitación de los saques del banco a 60 € por día eran el resultado de la decisión del BCE de parar el aprovisionamiento de liquidez del sistema bancario griego, lo que se convierte en una especie de de suspensión de la participación de Grecia en la zona euro. Esta completa agresión financiera da la medida de las represalias en ausencia de acuerdo con la Troika sobre la deuda, en particular sobre las condiciones asociadas a nuevos financiamientos que permitirían evitar la suspensión de pagos.

El chantaje consistía en condicionar la pertenencia a la zona euro a la perpetuación de la relación de subordinación por la deuda. En el momento de mayor paroxismo del enfrentamiento, la cuestión de la deuda y de la moneda solo fue una. El gobierno griego-volveremos sobre esto- estaba en situación de interrumpir el reembolso de la deuda pública pero se encontraba a merced de Frankfurt en lo relativo a la supervivencia de su sistema bancario y por tanto, de los circuitos de pago y de financiación indispensable para el funcionamiento de la economía doméstica.

Un pueblo que intenta romper con el neoliberalismo no puede contar con sus adversarios para financiar su economía. Es la famosa coacción exterior que impone a todos los países deseosos de escapar de la soberanía de los mercados financieros no dejar desaparecer su déficit comercial y protegerse de la especulación de los mercados de capitales. En el marco de la zona euro, está además la necesidad de no depender de un banco central hostil para asegurar el funcionamiento normal del sistema bancario. Recuperar la soberanía monetaria es pues una condición necesaria para romper con las políticas de austeridad y comprometerse con las reformas estructurales encaminadas a la justicia social, la reconstrucción del aparato productivo y la transición ecológica.

La posibilidad de un Grexit

Este cruce de la cuestión de la deuda y la de la moneda puso sobre la mesa la cuestión de la salida de la zona euro. Pero, ¿era realmente una posibilidad?, ¿el Grexit no corría el riesgo de sumir a Grecia en un cataclismo tal que para evitar la "condena a muerte" de la experiencia Syriza era preferible aceptar la «cárcel de la austeridad» del memorándum?

El clima de terror frente al Grexit se desplegó en un doble registro: por una parte, el del choque económico asociado al cambio de régimen monetario y, por otra parte, el de la fuerza simbólica asociada al euro que, más allá de su papel monetario, está cargado con las aspiraciones de la recuperación de parte de los países de la periferia, y de forma más general, de un horizonte humanista de superación de las divisiones nacionales. Es un aspecto esencial del problema que deberá ser analizado como tal pero en el marco de este artículo, me atendré a la primera dimensión.

Técnicamente, el restablecimiento de una moneda nacional necesita una acción decidida y rápida así como una cierta anticipación pero no tiene nada de imposible. Varios autores, entre ellos Michel Aglietta/14 y Costas Lapavitsas y Heiner Flassbeck/15 han indicado las principales etapas. Los costes organizativos de semejante transición sin ser insignificantes no son considerables, siendo lo esencial asegurar el control de los capitales efectivos y de una toma de control público del sistema bancario como forma de asegurar el buen funcionamiento del nuevo sistema de pago y de los circuitos de financiación.

El segundo problema concierne a la capacidad del Estado de pagar a los funcionarios y abonar a los suministradores. Pues, evidentemente, una salida de la zona euro va a la par de una moratoria de efecto inmediato sobre la deuda pública, lo que significa que ya no puede contar con las aportaciones financieras externas. En este punto, hay que destacar que la situación presupuestaria de Syriza en el poder estaba saneada. Como señala una nota publicada por el think-tank Bueguel, "Grecia conoció un excedente primario record de 19 000 millones de euros en los cinco primeros meses de 2015 en lugar de un déficit que alcanzaba los 1 200 millones de euros. En términos acumulados, el objetivo de excedente primario público ha sido sobrepasado en 3 200 millones de euros."/16. Si rompía sus compromisos referidos a la deuda, el Estado griego no tenía problemas para honrar sus otras obligaciones, lo que significa que no tenía necesidad de recurrir a la emisión de moneda para financiar sus gastos corrientes y podía reservar este instrumento para las medidas de relanzamiento o de creación de un sistema de empleo público garantizado.

La otra cuestión se refiere a la capacidad de estabilizar su comercio exterior. También ahí, se constata que la posición de Syriza era bastante favorable. Al precio de una masacre social y económica, cuatro años de contracción extrema de la actividad [económica] nacional hicieron caer las importaciones y este hecho permitió restablecer el equilibrio de la balanza por cuenta corriente. Sin duda, Grecia es dependiente del exterior en energía y en una parte de su provisión de productos agrícolas y manufacturados. Pero continúa exportando bienes en estas dos áreas en una proporción no desdeñable. Sobre todo, el país exporta masivamente servicios, especialmente de transporte (armadores) y turismo. Además, hay que destacar que Grecia es uno de los países europeos en el que la actividad económica es la más autocentrada. Los datos de la OMC dan una ratio comercial sobre el PIB entre 2011 y 2013 del 54 % en Grecia frente a la de Francia del 61 %, 98 % de Alemania y 188 % de Irlanda. La comparación con Portugal (78 %) que es un país de tamaño parecido, subraya la vulnerabilidad relativamente limitada de Grecia respecto al impacto del precio de las importaciones.

Por último pero no menos importante, las exportaciones, empezando por el turismo, se pueden beneficiar ampliamente del efecto de la devaluación compensando en gran medida el aumento del precio de las importaciones.. Después de una depresión, los beneficios económicos de una devaluación son absolutamente sustanciales y habrían podido dar una inyección de precioso oxígeno a la ruptura llevado a cabo por Syriza. El mecanismo es tan poco sofisticado como poderoso: una devaluación significa un alza de precios de las importaciones (en moneda local) y una bajada de precios de las exportaciones (en divisas) que favorecen la actividad interna. Para un país como Grecia que ha sufrido una larga fase de contracción de la actividad, esto se traduce en una recuperación rápida, una disminución del paro y una mejora de las cuentas externas.

Los gráficos que siguen ilustran los encadenamientos en el contexto de la crisis rusa de 1998 y la de Argentina en 2002 durante las cuales el rublo y el peso que perdieron, alrededor de un tercio de su valor respecto al dólar; la trayectoria de Grecia en el periodo 2008-2015 se añade a título de comparación. Muestran que a la recesión le sucede, después de la devaluación, una rápida recuperación del crecimiento y su estabilización en un nivel más elevado (Gráfico.1), una inversión duradera de la curva del paro (Gráfico 2) y una notable mejoría de la balanza corriente de pagos (Gráfico 3). Evidentemente, los elementos del contexto han jugado un papel especial. Tanto en Rusia como en Argentina, el efecto fue especialmente potente porque la amplitud de la devaluación fue considerable, mucho más de lo que sería necesario en Grecia. Pero por otro lado, hay que subrayar que estos países declararon una moratoria de la deuda y por tanto, se encontraron con un corte total de financiación externa, lo que les aproxima a Grecia en el caso de la salida del euro.

Gráfico1: Tasa de crecimietno del PIB durante los cinco años precedentes y después de una devaluación masiva (datos del FMI)

Gráfico 2: Tasa de paro durante los cinco años precedentes y después de una devaluación masiva (datos del FMI)

Gráfico 3: Balance de pagos corrientes durante los cinco años precedentes y después de una devaluación masiva (datos del FMI)

En Grecia, el principal punto negro era la situación del sistema bancario, exiguo por las masivas retiradas de capital. Su recapitalización en la nueva moneda habría sido indispensable, lo que convertía la nacionalización en una solución inmediatamente legítima y dotaba a los poderes públicos de un medio para acelerar la reactivación de la economía, de guiar su reorganización hacia la satisfacción de las necesidades de la población y la transición ecológica.

Para completar este rápido cuadro de la situación, hay que recordar la posibilidad política de negociar con otros países europeos una salida controlada del EUM. El verdadero Brest-Litovsk de Syriza, habría sido llegar a conseguir tal acuerdo. La voluntad del ministro de Finanzas alemán Wolfgang Schäuble de crear un precedente para disciplinar la zona euro por un lado, y los temores geopolíticos de los europeos y los estadounidenses por otro, permitían al gobierno Tsipras de obtener sustanciales concesiones en caso de la salida del euro: una financiación a corto plazo que permitiera amortiguar el choque sobre las deudas privadas internacionales comprometidas en divisas así como una moratoria de la deuda pública previa a una reestructuración inevitable/17. También se consideraría la cuestión de una intervención del BCE para estabilizar la tasa de cambio, debido a los efectos desestabilizadores en el sistema financiero europeo de una salida. Lo esencial es que estos beneficios que había que intentar conseguir en la negociación no tuvieran como contrapartida dejar de manos atadas al gobierno de Syriza para los meses y años siguientes. Ciertamente, Tsipras tendría que rebajar sus ambiciones: no iba a cambiar Europa inmediatamente pero en Grecia, se mantendría viva la llama de la alternativa.

Alguno de los elementos que se han presentado muestran que el carácter apocalíptico de una salida de la zona euro en el caso de Grecia fue muy exagerado. Al contrario, todo lleva a pensar que separarse del yugo de la Unión monetaria era la mejor manera de recuperar los márgenes de maniobra macroeconómicos que permitirían a un gobierno de izquierda radical llevar su propia política.

Sin duda, si la salida del euro es una condición indispensable en una estrategia de izquierda, no es en sí misma una garantía de éxito: la capacidad de meter en cintura a la oligarquía doméstica continúa siendo un enorme desafío. Aún más, para conservar el apoyo popular era necesario poner en marcha una red de seguridad socio económica (transportes público gratuitos, acceso a productos de alimentación y medicamentos a bajo coste, suspensión de las expulsiones) que garantizasen a los más vulnerables que no perderían nada en esta fase de transición. Pero no hay ninguna razón para subestimar las considerables ventajas económicas y políticas que se derivan de una salida del euro: la libertad de acción del gobierno recuperada y la perspectiva de mejoras rápidas podían permitir movilizar sectores enteros de la población y alimentar el proceso de transformación de iniciativas de base especialmente, mediante la financiación pública de un sistema de garantía de empleo/18. En suma, dar un futuro a las victorias electorales y del referéndum ocurridas de enero a julio de 2015.

La viabilidad macroeconómica de un proyecto político a corto plazo es un dato esencial que se plantea siempre en un contexto preciso, como acabamos de hacerlo examinando rápidamente las condiciones de la posibilidad de un Grexit. Pero el enfrentamiento de un gobierno de izquierda con la Unión económica y monetaria es una propuesta más general. El carácter quimérico de una transformación de Europa a nivel continental por un lado y, por otro, la estrecha colaboración entre el poder monetario centralizado del BCE y la organización de dependencia de los gobiernos con los acreedores colocan a la izquierda entre la espada y la pared. Si de nuevo vuelve al poder, o bien se alinea con los argumentos del extremo centro y consiente el juego europeo que es a lo que se ha limitado Tsipras, o bien decide llevar su propia política -desobedecer los tratados europeos si se quiere- pero eso implica salir de la Unión económica y monetaria y entonces prepararse para una opción política, una opción que gane en audiencia rápidamente en en toda la izquierda europea.

Europa, clases y naciones

Esta lección de la derrota griega tropieza con un último argumento: preconizar la ruptura con la Europa neoliberal sería hacer el juego a la extrema derecha. El espectro del fascismo se yergue así como el mejor aliado de un euroliberalismo en pleno colapso/19, arrastrando a este, a una parte de la izquierda seducida por las sirenas internacionalistas del capital. Una variante consiste en agitar la amenaza de la guerra contra la salida del euro/20, como ayer la paz era llamada al rescate del TSCG (Tratado de Estabilidad Coordinación y Gobernanza. NT)/21. Pero es una actitud un poco fácil. La cuestión a la que hay que responder es más inmediata: ¿ Es hoy la Unión Europea una muralla contra el nacionalismo?, ¿ contribuye de alguna manera a dibujar un destino común de los pueblos europeos ofreciéndoles un futuro mejor? Desgraciadamente, no. Y este aparato político no la protege ni contra la guerra, ni contra le fascismo. Al contrario, les prepara el terreno.

Por lo menos desde Maastricht, la mayoría de las fuerzas de izquierda han adoptado la dinámica perversa de la integración continental bajo los auspicios del capital. Los muros de la prisión neoliberal que entreveíamos se construyeron contra nuestra voluntad y a pesar de nuestras victorias como la del No al referéndum de 2005 para el Tratado Constitucional. Luchando hoy para derribarlos, sencillamente somos fieles a nosotros mismos. Incluso sería algo escandaloso dejar a la extrema derecha crecer sobre el terreno político que la izquierda ha labrado.

La cuestión europea debe de ser retomada desde el punto de vista de las relaciones de clase. Sin duda, la izquierda combate el nacionalismo cuando se viste de racismo y estimula las divisiones etno-culturales que son un obstáculo para la emancipación. Pero es agnóstica sobre los méritos intrínsecos de la escala política nacional o supranacional; lo que le importa es el juego de las relaciones de clase que cristalizan en los diferentes niveles de sus interacciones.

En la lectura del 28 Brumario, Bob Jessop pone en evidencia los resortes del análisis de las circunstancias históricas de Marx: "El contenido social de las posiciones políticas está principalmente ligado a los intereses económicos de las clases y de las fracciones de clase que se oponen […] antes que a intereses abstractos identificados al nivel del modo de producción"/22. Esta meticulosa atención a los intereses en su imperativa inmediatez, sus deformados reflejos en el campo político, las relaciones diferenciadas que se derivan respecto a la nación es indispensable si la izquierda espera estar en condiciones de formular la oferta correspondiente a las aspiraciones de quienes ella cree representar.

En los países de la periferia europea así como en Francia, y de forma diferente, en los países del norte de Europa, el enfrentamiento con la Unión Europea se muestra inexorable. De hecho, tiene dos componentes principales. El más fácil es el de la austeridad que aliena progresivamente el extremo centro de los funcionarios y de todos los que ven su situación fragilizada por el retroceso del estado social y de los servicios públicos. El segundo componente es la moneda única y más allá de esta, la circulación de capitales. Protomoneda mundial, el euro es indispensable para las grandes firmas y para el sector financiero y beneficia a todos los que poseen un patrimonio financiero un poco significativo. También resulta agradable a las clases culturalmente mejor dotadas que aprovechan las facilidades de viaje que les permite. Pero a la mayor parte de la población trabajadora y a la gente privada de empleo, quienes apenas viajan y no tienen patrimonio que fructificar, la moneda única no les aporta nada. Un apego para subsistir pero es débil. Sobre todo que a través del desajuste de las tasas de cambio y de la ausencia de transferencias presupuestarias significativas, el euro es un conducto esencial de la intensificación de la competencia y por tanto del cierre de establecimientos, de la supresión de empleos en los sectores de bienes y servicios intercambiables. Para los sectores expuestos y del paro, visto bajo este ángulo, el euro es un enemigo natural.

¿Entonces qué hacer con la nación? En el caso de Francia, la cuestión está llena del pasado colonial, del presente racista e imperialista del Estado francés, de la sombra del FN. Pero implica también un componente socioeconómico sobre el que la izquierda no puede saltar. Defender las conquistas sociales a escala nacional contra los ataques coordinados desde las instancias europeas, como oponerse a una moneda única culpable de sabotear la base productiva del país (y los empleos que arrastra) no tiene nada de dudoso.

La célebre fórmula del "Manifiesto" según la cual, "los proletarios no tienen patria" a menudo es utilizada de forma indebida. No es un eslogan sino la constatación de una privación que Marx y Engels deploran: "Además han acusado a los comunistas de querer abolir la patria, la nacionalidad. Los obreros no tienen patria. No se les puede tomar lo que no tienen. Como el proletariado debe tomar el poder político en primer lugar, erigirse en clase nacional (13) constituirse ella misma como nación, por eso es todavía nacional, aunque de ninguna manera en el sentido que lo entiende la burguesía"/23. Hoy , a diferencia del siglo XIX, las clases populares de Francia comparten partes de la nación: la seguridad social, los permisos pagados y las 35 horas, la educación gratuita y los hospitales públicos, aunque de forma residual, las grandes redes eléctricas, de telecomunicación y ferroviarias, incluso una base industrial ampliamente creada por la acción pública... A nivel europeo, el proletariado no tiene nada propio. Esta dialéctica de la propiedad y de la exclusión es el bucle en el que Europa se desgarra.

Conclusión

En algunos años el significante Europa ha cambiado de contenido. Esta palabra evocaba la confraternización de los pueblos anteriormente enemigos, la promesa de una democracia posnacional, la de una prosperidad compartida. A partir de ahora, es sinónimo de recesión económica, de austeridad, de autoritarismo y de rencor reavivado entre los pueblos. Lejos de aportar una convergencia en los estándares de vida a escala continental, ha producido una polarización social acrecentada dentro de los países y entre países. Las economías de la periferia están limitadas a un estatuto de semi-protectorado bajo el yugo de un nuevo imperialismo orquestado en primer lugar por las clases dominantes alemanas y sus aliadas europeas, empezando por las multinacionales francesas de la industria y de la banca.

La victoria en las urnas de Syriza el 20 de septiembre de 2015 no cambia el dato. Al contrario, ratifica la normalización de este partido que había prometido interrumpir el rosario de golpes presupuestarios y de las reformas estructurales que hoy forman el único horizonte del extremo centro. El fracaso de la unidad popular testifica la dificultad de reabrir la brecha cuando el entusiasmo ha vuelto a caer y prevalece la lógica del mal menor.

El suceso que me avergüenza es el del 13 de julio de 2015. Ese amanecer, durante el cual las esperanzas de millones de griegos y de las fuerzas de izquierda en todo el continente se desvanecieron, reveló crudamente un impase estratégico: priorizar la idea europea implica para la izquierda en el poder negarse ella misma. Extraigo una lección. Para no hundirse en la insignificancia, la izquierda debe acoplarse sólidamente a los intereses de los subalternos, es decir, rechazar la austeridad y preparar la salida de la moneda única. Al derrotismo de la otra Europa, se opone la voluntad de romper.

2/11/2015
Traducción VIENTO SUR
Notas:
1 /Daniel Bensaïd, Une Lente impatience, Stock, Paris, 2004
2 / James Galbraith, "L’Europe ne peut et ne devrait pas tenir très longtemps", Le Nouvel Observateur, 1 agosto de 2015.
3/ Tony Barber, "Alexis Tsipras is approaching his Brest-Litovsk momento" Financial Times, 12 de junio de 2015. Slavoj Zizek,"L’apocalypse grecque: Versailles ou Brest-Litovsk?”, L’Obs, 20 de agosto de 2015.
4/ Comunicación personal con Yanis Varoufakis citada en el mismo texto por Slavoj Zizek. E
5/.François Mitterrand, sábado, 19 de febrero de 1983, citado en Jacques Attali,Verbatim, tome 1, Fayard, Paris, 1996.
6/ Para una presentación sintética del programa ver Engelbert Stockhammer, "Eurokeynesianism?", Radical Philosophy, 175, sept-oct 2012.
7/ Sylvain Laurens, Les courtiers du capitalisme, Agone, Marseille, 2015.
8/ Ver Cédric Durand et Razmig Keucheyan, «Financial hegemony and the unachievement of European statehood”. Competition and change,19 (2), 2015.
9/ Friedrich Hayek (1939), "The economic conditions of interstate federalism" In: Hayek FA (ed.) Individualism and Economic Order. Chicago, IL: University of Chicago Press.
10/ Judith Butler, «‘Nous, le peuple’: Réflexions sur la liberté de réunion», en Qu’est-ce qu’un peuple?, La Fabrique, 2013, p. 63.
11/ Ver para el periodo precedente de la crisis nuestro artículo con Engelbert Stockhammer y Ludwig List.
12/ Pierre Laurent, "Révisez vos leçons!", Libération, 17 de agosto de 2015. http://www.liberation.fr/vous/2015/08/17/revisez-vos-lecons_1364892
13 / Michel Husson escribe por ejemplo: Como todo el mundo reconoce, la cuestión clave para Grecia es el carácter no sostenible de la deuda. En base a ello, la medida prioritaria a adoptar es la moratoria unilateral de la misma, seguida de su anulación total o parcial. ¿Pero qué tiene que ver esto con la salida del euro? Jamás he llegado a entender como se puede establecer una vínculo lógico entre esas dos medidas". Michel Husson, ¿Existe un buen dracma?, en http://www.vientosur.info/spip.php?...
14/ Michel Aglietta, Zone euro: éclatement ou fédération, Michalon, Paris, 2012.
15/ Costas Lapavitsas and Heiner Flessbeck, Against the Troïka. Crisis and Austerity in the Eurozone, Verso, London, 2015.
16/ Sylvia Merler, «Greece Budget update», Bruegel, 16 July 2015,http://bruegel.org/2015/07/greece-budget-update/
17/ Wolfgang Streeck, por ejemplo sostiene que semejante salida positiva habría sido posible liberando a Grecia de la austeridad y permitiendo salir de un ciclo interminable de recriminaciones entre deudores y acreedores : «Brutish, nasty – and not even short: the ominous future of the Eurozone”, The Guardian, 17 de agosto de 2015. http://www.theguardian.com/commentisfree/2015/aug/17/greece-eurozone-deal-north-south
18/ Sobre este tipo de dispositivo ver Cédric Durand et Dany Lang, "L’État employeur en dernier ressort", Le Monde, 7 de enero de 2013,http://abonnes.lemonde.fr/economie/article/2013/01/07/l-etat-employeur-en-dernier-ressort_1813614_3234.html
19/ A propósito del caso Jacques Sapir ver la tribuna firmada junto a Razmig Keucheyan, "La gauche ne marche pas avec le Front National", Le Nouvel Observateur, 3 de septiembre de 2015.
20 / Ver Thomas Coutrot, "La seule sortie de gauche de l’euro c’est l’expulsion" .http://blogs.mediapart.fr/blog/thomas-coutrot/110915/la-seule-sortie-de-gauche-de-leuro-cest-lexpulsion
21/ Karine Berger, "Il faut voter le traité budgétaire européen", Le Monde, 10 de septiembre de 2012.
22 / Bob Jessop, State Power, chap. 3, Wiley & Sons, London, 2013. Sobre este tema ver también Mike Davis, "Marx’s Lost Theory. The Politics of Nationalism in 1848", New Left review, 93, Mayo-junio, 2015, p. 45-66.
23 / Ver El Manifiesto Comunista.