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domingo, 13 de noviembre de 2016

ESTÁ PROHIBIDO HABLAR DE CLASES SOCIALES EN EL DEBATE POLÍTICO DE ESTADOS UNIDOS




09/11/2016 | Marc-Olivier Bherer 

[Este artículo fue publicado en francés el 2/11/2016, antes de las elecciones de EEUU]

En el corazón de América, un electorado blanco está a favor de Donald Trump, a pesar de sus locuras y sus ataques contra la democracia. ¿Este apoyo significa que los americanos se adhieren totalmente a las ideas del candidato republicano? La socióloga Arlie Russel Hochschild y el ensayista Thomas Frank intentan comprender mejor a estos americanos que parecen haberse dejado seducir por un discurso tan extremo. Cada uno se ha sumergido en en uno de de esos estados profundamente conservadores: Arlie Russell Hochschild ha ido al encuentro de los habitantes de Luisiana y Thomas Frank a los de Kansas.

Para estos dos intelectuales, los desafíos identitarios envuelven preocupaciones políticas más complejas, una necesidad de reconocimiento y un sentimiento de injusticia frente a la precarización. La campaña electoral, marcada por la multiplicación de escándalos, dejará profundas huellas en un país muy dividido, pero la enfermedad que se ha manifestado muestra la posibilidad para la izquierda de retomar contacto con los electores, que se apartaron de ella.

¿Por que os habéis interesado por Luisiana y Kansas?

Arlie Russell Hochschild: Luisina representa en mi opinión una gran paradoja. En 2012, 50% de hombres blancos de California votaron a Barack Obama. En los estados del Sur esta proporción fue del 33%, y en Luisiana del 16%. Este voto representaba una desconfianza hacia el estado que Obama encarnaba para numerosos electores especialmente a través de su programa de salud. Sin embargo, Luisiana es tan pobre que Washington debe financiar casi la mitad de su presupuesto. Hay una contradicción que he querido comprender.

Thomas Frank: Kansas no es un estado del Sur, no está marcado por la esclavitud. En el pasado, más bien ha intentado distinguirse de esta parte del país. Yo crecí en Kansas. Cuando era niño, cuando oíamos hablar de “guerras culturales”, de la virulencia de los debates sobre el aborto, por ejemplo, nos preguntábamos cuál era el problema en Georgia o en otros sitios.

Así que he querido comprender cómo esta corriente de ideas había adquirido tanta importancia y se había propagado en algunos estados como Kansas. Hoy es un territorio profundamente conservador, cuando hace poco era más moderado. Además hay que añadir que esta transformación es aún más sorprendente porque la historia de Kansas está marcada por la izquierda radical. En el siglo XIX, fue el escenario de grandes protestas sociales.

¿Quiénes son los americanos que han encontrado? ¿Qué explica que apoyen ideas ideas tan reaccionarias y que estén dispuestos a votar a un candidato como Donald Trump?

ARH: Hillary Clinton ha dicho cosas terribles , afirmando que muchos de ellos eran gente “patética”. Es falso. Sin duda, están furiosos, especialmente, por razones económicas, pero no únicamente. Sobre todo, tienen la impresión de ser extranjeros en su propio país, de pertenecer a una minoría asediada. Sus convicciones políticas se basan en las emociones, lo que en mi opinión no es un error, los sentimientos ocupan el lugar de la política. Estas emociones se encarnan a través de lo que llamo una “historia profunda” donde los hechos, el contexto y el juicio moral no se tienen siempre en cuenta. En la izquierda también existen estas historias profundas.

Para los electores de la derecha radical que encontré en Luisiana, este relato es el del rencor. Su situación económica se degrada y el sueño americano aparece fuera de su alcance. Para esta gente, es como si una larga escalera se estirase delante de ellos para que la alcancen y ellos están estancados, aunque hayan trabajado duro toda la vida. La culpa es del estado que habría cambiado las reglas en beneficio de algunos. Los negros, las mujeres, los emigrantes etc, tienen el derecho de “robar”. Estos electores enfadados consideran que han sido olvidados.

Por otra parte, están convencidos de que el estado es un instrumento al servicio del norte del país, más adelantado, y de las empresas petroleras y químicas. Estas han causado grandes daños al medio ambiente en Luisiana. Los americanos que he encontrado tienen una aguda conciencia de la amenaza que representa la contaminación. La tasa de mortalidad por cáncer es la segunda más elevada del país.

En este paisaje en ruinas, Donald Trump surge como una figura carismática. Su discurso oscila entre la llamada de la profunda decadencia del país y la seguridad de que va a restaurar el prestigio de la nación. Arrastra a la multitud hasta el punto de suscitar lo que llamaría un éxtasis secular.

TF: La Sra. Hochschild toma como punto de inflexión los años sesenta del siglo pasado. El movimiento por los derechos civiles, la nueva izquierda, el feminismo habrían transformado el país. Para mí, son los años 30 o la década de 1890, los que son la referencia, esos periodos de crisis económica que empujan a la gente a buscar soluciones radicales. Subrayo que acabamos de vivir una crisis semejante en 2008 y 2009.

Este derecho a la cólera expresa un fuerte resentimiento de clase.Cuando me interesé por Kansas, me dí cuenta de que los simpatizantes de los movimientos ultraconservadores se referían continuamente a las clases sociales para explicar su cólera y sus reivindicaciones. En aquel momento, el mayor desafío discutido era el aborto. Su oposición a la IVE literalmente, les ponía locos. Pero su discurso también expresaba una profunda desconfianza hacia las élites. Habían retomado ese vocabulario de crítica social para inyectarlo en las guerras culturales.

La desconfianza es profunda, porque las clases populares blancas poco a poco han abandonado el Partido Demócrata para unirse al Partido Republicano pero esta formación no hace nada para ayudarles. Se contenta con continuar su política de liberalización económica y de reducción de impuestos para los más ricos. Y he aquí que se presenta Trump, un personaje muy interesante, un verdadero crápula. Y dice a estos electores decepcionados: “Tenéis razón de estar coléricos, el partido republicano no ha hecho nada por vosotros pero esto va a cambiar, yo voy a hacer algo por vosotros, vamos a revisar esos acuerdos de librecambio, todas las deslocalizaciones”.

Por otra parte, los datos demuestran que el voto a favor de Trump en las primarias republicanas era más elevado en los lugares más afectados por la desaparición del empleo de las manufacturas desde 1999.

ARH: La gente que he encontrado en Luisiana, ciertamente, valoraban su crítica al librecambio. Así mismo, eran sensibles a las ideas defendidas por Bernie Sanders, rival de Hillary Clinton en la investidura demócrata, salido de la izquierda del partido. Le llamaban “Tío Bernie” de manera afectuosa. El campo progresista está perdiendo una ocasión importante para retomar el contacto con sectores populares.

¿Cómo es posible esto? Estos electores parece que tienen valores completamente opuestos a los de la izquierda especialmente en lo que se refiere al reconocimiento de los derechos de las minorías.

ARH: La prioridad es combatir a Donald Trump, un fascista disfrazado de payaso. Hay que asegurarse de que los lectores de izquierda vayan a votar. Pero después de la elección, habrá que saltar el foso que separa la izquierda de la derecha para ser de nuevo capaces de hacer causa común. Soy consciente de los diferentes puntos de vista pero es posible reunir algunos electores de derecha y encontrar puntos de acuerdo con ellos.

TF: Un obstáculo importante se opone a este objetivo: los dos principales partidos, especialmente el Partido Demócrata. Es una formación que va a oponerse con fuerza a cualquier movimiento que busque unir a diferentes grupos salidos de las clases populares. El Partido Demócrata decidió hace algunos decenios que ya no sería más el partido de los trabajadores, sino de la clase media alta. Hillary Clinton es una centrista, centrada en defender y representar lo que se llama la industria del conocimiento y la nueva economía y el librecambio. El Partido Demócrata pretende ser el partido de los ganadores, no de los perdedores. Fui a la convención demócrata, y Hillary Clinton pronunció un discurso en el que afirmó que “somos también el partido de la clase obrera”. Es un poco difícil creerla. Detrás de ella, en los asientos de primera fila, se podía ver a los generosos donantes del Wall Street. Después, a la salida de la convención, me di cuenta de los coches Uber habían sido movilizados por el partido para todos aquellos que asistían al encuentro. Por tanto, los demócratas habían optado por asociarse con esta empresa que arruina los taxis, fragiliza el derecho al trabajo y amenaza al conjunto de los trabajadores.

El racismo de Trump es lo que más inquieta pero sus electores no le abandonarán. La clase media está demasiado fragilizada en este país, especialmente, en el caso del Medio Oeste y el Sur profundo. Esto es menos cierto en las pequeños márgenes a lo largo de las costas atlántica y pacífica. La América profunda busca desesperadamente una solución.

Se sabe ya que Trump va a perder. ¿Qué va a pasar? Hillary Clinton será elegida y nada va a cambiar. Las desigualdades van a continuar aumentando. La situación económica puede mejorar ligeramente pero, en conjunto, el contexto no va a evolucionar. En cuatro años, se presentará otro candidato como Trump. Si no es racista, y sabe hacer política, será muy difícil pararlo.

ARH: No creo que la causa del Partido Demócrata sea desesperada. Soy optimista. La empatía para para impulsar un punto allá donde la división se ha instalado durante los últimos veinte años entre una clase media alta costera y la clase obrera, heroica pero perdida. El primer paso es actuar con respeto mutuo. No es un fin en sí mismo sino un inicio para formar nuevas alianzas. Los sindicatos representaban antes una verdadera fuerza y hacían el papel de puente. Pero hoy, menos de un 10% de los empleados del sector privado están sindicados. Y no han sido reemplazados por nada. Nos hacen falta nuevas estructuras capaces de aproximar las clases sociales.

Hay que darse cuenta del foso cavado tanto en el plano geográfico como social Cuando llegué a Luisiana y explicaba a la gente que vivía en el norte de California, una región identificada con la izquierda, me miraban con suspicacia. Tienen la costumbre de ser prejuzgados como poco instruidos, idiotas, retrasados, groseros.

Un día, uno me dijo: “No se puede decir esa palabra que empieza por n (negro). No quiero utilizarla, pero no es raro que gente que se dice progresista utilicen esa palabra que empieza por r, redneck (paleto)”. Este vocabulario es muy ofensivo y no debe emplearse. Por ahora, el debate muestra un diálogo de sordos, especialmente por esta razón. La gente que entrevisté mantiene puntos de vista mucho más matizados y complejos de los que se cree, sea a propósito de Trump o de cualquier otro tema.

TF: Yo tengo amigos en el campo conservador. Aprecio a gentes de las que he hablado aquí. Pero la empatía solo funciona a nivel individual. Sin embargo, usted acaba de decir algo muy interesante. Está muy extendida la idea de que la izquierda debe imponer lo que puede decirse, debe tener el control sobre nuestras normas morales. Cuando a comienzos de los años 2000, hacía mis investigaciones en Kansas, creí que esto indicaba la teoría de la conspiración pero hoy, más allá de los excesos del discurso, constato que hay una parte de verdad en este discurso, porque deja ver una oposición entre clases sociales.

Hay también estereotipos que se difunden a propósito de los conservadores, que antes se aplicaban a la clase obrera. Queda prohibido hablar de clases sociales en el debate político en Estados Unidos pero no faltan los sobreentendidos.

2/11/2016
Traducción: VIENTO SUR
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jueves, 18 de agosto de 2016

CEREBRO EMOCIONAL VERSUS RACIONAL ¿QUIÉN GANA?





 
Naufragio del Titanic, 14 de Abril de 1912. Murieron más de 1.000 personas, y pudieron ser muchas más, lo que evitó una tragedia mayor fue que el salvamento se organizó de una forma racional, como es sabido: primero mujeres y niños para ocupar los botes, la evacuación organizada según departamentos, la orquesta siguió tocando hasta el final para contribuir a mantener la calma del pasaje… El Lusitania, un barco muy parecido al Titanic aunque menos conocido, se hundió el 7 de Mayo de 1915, debido a un torpedo procedente de un submarino alemán en la I Guerra Mundial. En este último, el salvamento no se organizó de una forma racional ni lógica, sino regido por el «sálvese quién pueda». Las características sociales del pasaje eran las mismas, las características técnicas de los barcos y condiciones reglamentariamente establecidas para el salvamento eran las mismas en ambos casos. ¿Qué fue lo que provocó esta diferencia extrema entre la organización-desorganización del salvamento?

Aunque pudiera no parecerlo, la razón es más poderosa que la emoción; pero sólo cuando le prestamos atención, cuando se usa conscientemente. Cuando bajamos la guardia, son las emociones las que predominan. Somos seres instintivos, emocionales y racionales a la vez: vamos a ver por qué, y lo que esto implica.
 
El cerebro como órgano ha evolucionado desde hace 400 millones de años, desde el cerebro de los reptiles, programado para tener comportamientos instintivos, pasando por el cerebro de los mamíferos: el cerebro de las emociones, que nace para potenciar la conducta instintiva, aparece hace alrededor de 200 millones de años; y finalmente hace entre 50-60 millones de años, aparece el neocortex, el cerebro de los primates, que podemos denominar el de la razón o inteligencia. Pero ninguna de estas capas se ha eliminado con la evolución, por eso no hemos dejado de ser seres instintivos ni emocionales aunque seamos racionales. Todos los estadios de nuestro cerebro, desde el más primitivo hasta el más reciente, se hallan integrados.

Así, se han descrito las estructuras anatómicas del cerebro humano que intervienen en el afecto y la cognición, son las siguientes:
  • Corteza prefrontal dorsolateral, controla el pensamiento, la inteligencia, la voluntad, accediendo a la información que le proporciona el resto del cerebro. También llamada neocorteza, elabora la información recibida mediante diversos niveles de circuitos cerebrales antes de percibir plenamente y por fin iniciar la respuesta que considera más perfectamente adaptada.
  • Amígdala, estudiada desde los años 60 del siglo XX, hoy día se considera el centro del cerebro emocional, aunque no la única parte que se dedica al procesamiento de las emociones. Su nombre, procedente del latín, significa “almendra”, ya que tiene forma ovoidal. Se encuentra en la parte medial del lóbulo temporal del cerebro de primates y en la parte basal y caudal del telencéfalo del resto de los vertebrados. Según las últimas investigaciones, la región amigdalina está implicada en funciones de importancia vital para el organismo, como el miedo, la reproducción, la memoria, el aprendizaje de asociaciones entre estímulos y refuerzos positivos, el comportamiento agresivo e incluso el estrés. Éstas no son estructuras independientes, aunque cada una de ellas es clave en su cometido. Actúan integradamente a través de
  • Estructuras puente: partes de nuestro cerebro que permiten que la emoción pueda influenciar al razonamiento, a la inteligencia, y viceversa. Son la corteza orbitofrontal y ventromedial y la corteza cingulada anterior.
Pero ¿qué es exactamente una emoción? La emoción es una activación neuroendocrina y conductual que induce al cuerpo al movimiento, mediante la secreción de hormonas que cambian la respuesta fisiológica y conductual, energiza nuestro cuerpo para la acción (respuesta de lucha o huida).

Cada emoción conlleva una conducta corporal visible y determinada. Por ejemplo, no tenemos la misma postura cuando estamos enfadados que cuando nos sentimos felices.
 
Dado que la función principal del cerebro es mantener la homeostasis del cuerpo, es decir, su equilibrio; el cerebro ha de estar pemanentemente informado de lo que ocurre en nuestro organismo: es por esto que cuando nos emocionamos, el cerebro percibe que nuestro cuerpo se revoluciona, así aparece el sentimiento, la parte consciente de la emoción, lo que sentimos cuando sentimos miedo, o amor, o vergüenza.
 
Así pues, la diferencia entre emoción y sentimiento es clara: el sentimiento es la forma subjetiva que tiene el cerebro de interpretar los cambios fisiológicos que ocurren en el cuerpo a raíz de experimentar una emoción.
 
Por todo ello, las emociones son clave para recordar las cosas importantes que nos ocurren en la vida. Pero nuestras respuestas no pueden ni deben guiarse sólo por las emociones, sino que en cada una de ellas también juega su papel el pensamiento o cognición.
 
En los años 90 del pasado siglo, Joseph LeDoux, destacado neurobiólogo de la Universidad de Nueva York, fue el primero en describir la función que desempeña la amígdala en el cerebro emocional, demostrando que las señales sensoriales del ojo y el oído viajan primero a la región cerebral del tálamo para dirigirse luego directamente hacia la amígdala; en cambio, una segunda señal del tálamo se dirige a la neocorteza, el cerebro pensante. Esta bifurcación permite a la amígdala empezar a responder antes que la neocorteza, que elabora la información mediante diversos niveles de circuitos cerebrales antes de percibir plenamente y por fin iniciar su respuesta más perfectamente adaptada. Este es el motivo de que muchas reacciones emocionales ocurran sin ninguna decisión consciente y cognitiva, desencadenando la respuesta emocional antes de que los centros corticales puedan comprender qué está sucediendo. Lo peor es que la mente emocional considera sus convicciones como absolutamente ciertas. Esta es la explicación por lo que es muy difícil poder razonar con alguien que está emocionalmente perturbado.

En la actualidad, mediante las técnicas de resonancia magnética funcional, los investigadores han podido comprobar como se activa la amígdala en una persona en la que está funcionando la emoción, y la corteza prefrontal dorsolateral, cuando está funcionando su razonamiento; así como la corteza ventromedial que conecta ambos centros para que funcionen de manera integrada.Pero ¿qué ocurriría si se desconectara nuestro cerebro emocional de nuestro cerebro funcional?

La respuesta a esta pregunta la obtuvieron los investigadores del famoso caso de Phineas Gage, en 1848. Su caso, a raíz de un accidente, ha pasado a la historia de la neurociencia: al haber sido destruidas las partes ventromediales y orbitofrontales de su cerebro, provocando una desconexión entre su cerebro emocional y racional, se convirtió en otro hombre, una persona sin racionalidad, sin sentido común, sin disciplina, dominado por las emociones, sin vergüenza, abrupto e impulsivo. El resto de su vida no pudo tener relaciones personales ni sociales adecuadas, tampoco conservar su trabajo. En su caso, la emoción dominaba poderosamente a la razón.
 
Esto demuestra que cuando la parte racional y emocional del cerebro se desconectan funcionalmente (aunque no lo hagan anatómicamente como puede ser por un accidente o lesión), predomina el comportamiento emocional. La razón pierde capacidad entonces para controlar la conducta.

El regulador del cerebro para los arranques de la amígdala es afortunadamente la corteza prefrontal, que contiene o controla el sentimiento (por ejemplo de rabia) con el fin de ocuparse más eficazmente de la situación inmediata, o cuando una nueva evaluación hace conveniente una respuesta totalmente diferente, más analítica o apropiada a nuestros impulsos emocionales. Así pues, el discernimiento en la respuesta emocional es progresivo, la decisión es resultado de un proceso evaluativo entre razón y emoción previo a nuestras respuestas, a no ser que haya una emergencia emocional; donde respuestas rápidas son fundamentales para nuestra supervivencia: imaginemos que vamos a cruzar una calle y que en el instante en que bajamos el pie de la acera pasa a gran velocidad un coche; por supuesto nuestra reacción más inmediata es echar el pie hacia atrás como un movimiento reflejo, no hay tiempo para valorar las distintas posibilidades que podría ofrecernos la mente pensante, esa pérdida de tiempo sería fatal para la supervivencia.

Es aquí donde obtenemos la respuesta a nuestra pregunta inicial: el Titanic se hundió en 2h., mientras que el Lusitania lo hizo en 20 minutos. En condiciones extremas, cuando no hay tiempo para decidir, el cerebro racional no puede emitir una respuesta, no tiene capacidad de organizarla. Ahí se impone el cerebro emocional, diseñado para una respuesta rápida de supervivencia.

Sin embargo, lo normal es que para otras situaciones exista una relación mente emocional-mente pensante: cuando una emoción entra en acción, momentos después la corteza prefrontal se representa una relación riesgo/beneficio de infinitas reacciones posibles, y elige una de ellas como la mejor. Si la amígdala actúa a menudo como disparador de emergencia, la corteza prefrontal izquierda parece ser parte del mecanismo de desconexión del cerebro para las emociones perturbadoras: la amígdala propone y el lóbulo frontal dispone.
 
Esto nos lleva a pensar que tenemos dos mentes, una mente emocional y otra racional, la primera es mucho más rápida, actúa sin ponerse a pensar en lo que está haciendo, descarta la reflexión deliberada y analítica propia de la mente pensante, por lo que las acciones que surgen de la mente emocional acarrean una sensación de certeza especialmente fuerte: tras una descarga emocional fuerte, o incluso durante la misma, nos sorprendemos a veces pensando para qué o por qué lo hice; como en el caso de una discusión en la que de pronto se desata una tormenta emocional y respondemos diciendo lo primero que nos pasa por la cabeza fruto de la ira, desesperación o tristeza, en definitiva de las emociones. En este caso quizá luego llegue el arrepentimiento: cómo he podido dejarme llevar por las emociones, debería de haberme controlado.
 
Hemos llegado a la conclusión de que las emociones son imprescindibles en nuestra vida, ya que nos ayudan a sobrevivir en el momento inmediato y a decidir, porque adelantan cómo nos vamos a sentir en una situación u otra. Por ello, es muy difícil intentar tomar decisiones sobre una base puramente racional.

Hay otros casos en los que, no estando implicada la supervivencia inmediata, la emoción interfiere la razón: por ejemplo, en una infidelidad, la razón avisa a la persona infiel de que esa conducta no está bien, mientras que la emoción refuerza la conducta infiel positivamente a través del placer que ésta produce. En ese caso, se produce un desequilibrio entre razón y emoción que genera estrés a la persona, siendo la única posibilidad de evitar ese estrés alcanzar de nuevo el equilibrio: o bien cambia la emoción abandonando la infidelidad, o se buscan argumentos razonables que hagan aceptable la conducta infiel.

La calidad de vida de una persona, pues, depende de su balance o equilibrio emocional: la capacidad para sentir sus emociones de forma adecuada y regularlas en respuesta a las circunstancias estresantes de la vida. Ello obviamente no supone eliminar las emociones, cosa como hemos visto imposible, sino integrar la razón y la emoción para evitar el estrés, que no es más que una respuesta emocional continuada y disfuncional.

Las personas con capacidad para obtener ese equilibrio decimos que despliegan inteligencia emocional. Lo que hoy conocemos como “inteligencia emocional“, fue un término acuñado en 1990 por dos psicólogos, John Mayer de la universidad de New Hampshire, y Peter Salovey de Yale; abarca cualidades del ser humano como la comprensión de las propias emociones, la capacidad de saberse poner en el lugar de otras personas y la capacidad de conducir sus propias emociones de forma que mejore la calidad de vida. Salovey organiza la inteligencia emocional en cinco competencias principales:
  • Conocimiento de las propias emociones (autoconocimiento)
  • Capacidad de manejarlas (control emocional)
  • Capacidad de automotivarse
  • Capacidad de reconocimiento de las emociones de los demás (empatía)
  • Habilidad en las relaciones (habilidades sociales y liderazgo)
La gran ventaja es que la mente emocional puede interpretar percepciones en un instante, es decir, podemos evaluar si alguien está mintiendo, está triste o alegre, y evaluar intuitivamente cómo comportarnos con cada una de las personas que nos rodea. A partir de aquí la persona tendrá habilidades para percibir, valorar y expresar emociones con precisión o desarrollar la capacidad de generar a voluntad determinados sentimientos, en la medida que faciliten el entendimiento de uno mismo o de otra persona o incluso de regular las emociones para fomentar un crecimiento emocional o intelectual.
En conclusión, la inteligencia emocional es el uso de la razón para gestionar convenientemente nuestros sentimientos: una emoción negativa se puede anular con una positiva, si sabemos utilizar la razón (la inteligencia emocional) para seleccionar y desarrollar dichas emociones positivas, así como para ajustar nuestras expectativas a nuestras posibilidades y las de quienes nos rodean.

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