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martes, 14 de enero de 2025

JAN HUS, HEREJE E INSPIRADOR DE REVOLUCIONES

 Recordando al principal ideólogo de las revueltas checas del siglo XV

Lunes.13 de enero de 2025 

Jesús Aller

Fuentes: Rebelión

La memoria de Jan Hus está viva en su Chequia natal, como lo prueba el hecho de que un gran monumento en su honor presida la emblemática plaza de la Ciudad Vieja de Praga.

Sacerdote versado en filosofía y teología, combatió con inspirado rigor la degradación de la Iglesia Católica, su riqueza y abusos, y dedicó críticas al papado que resonaron por toda Europa.

Excomulgado y condenado por herejía, Hus terminó sus días en una pira por decisión de un concilio, pero poco después de este crimen, los protestantes reivindicaron su mensaje, y tanto ellos como muchos ortodoxos lo incluyen hoy en sus santorales. El papa Francisco afirmó en 2015: “La muerte de Jan Hus hirió de gravedad a toda la Iglesia Católica y se debería pedir perdón por ella”.

Sintetizaré aquí la vida y las ideas de aquel hombre admirable, y trataré de mostrar cómo su influencia fue decisiva en la revolución social que estalló en Bohemia después de su muerte. Me serviré para ello de dos libros reveladores del historiador checo Josef Macek: ¿Herejia o revolución? El movimiento husita (Ciencia Nueva, 1967) y La revolución husita (Siglo XXI, 1975).

Un hombre para cualquier ocasión

Jan Hus nació hacia 1370 en Husinec, una pequeña villa del sur de Bohemia, en una familia de campesinos pobres, y desde niño sintió una pasión por la religión que, unida a su inteligencia, hizo posible que completara estudios en la Universidad de Praga. Allí se nutrió sobre todo del realismo del franciscano Duns Scoto (1266-1308) y no sintonizó con las especulaciones de nominalistas e idealistas. Se ordenó sacerdote en 1400, y nueve años después culminó una brillante carrera académica al ser nombrado rector de su alma mater. Las opiniones que expresaba desde el púlpito y en sus escritos eran una referencia en aquella Praga de comienzos del siglo XV.

No era ciertamente Hus amigo de circunloquios, y en una época marcada por pugnas entre papas y antipapas y venta de indulgencias, destacó por sus invectivas contra la corrupción de la Iglesia. Sus argumentos los tomaba en buena parte del teólogo inglés John Wycliffe (1320-1384), muy crítico en sus libros con la acumulación de riquezas por el clero, contradictoria con la pobreza evangélica, y con la autoridad del papado en general.

Las homilías de Hus provocaron protestas de los defensores de la jerarquía y se llegó incluso a ejecutar a algunos contestatarios. Él mismo fue excomulgado, y aunque por un tiempo siguió predicando, en 1412 se le obligó a abandonar Praga. Esto no impidió que sus ideas, plasmadas en obras como De Ecclesia (1413), gozaran de amplio apoyo por todo el país y allende sus fronteras.

En 1414, Segismundo de Hungría, Rey de Romanos, convocó un concilio en Constanza con el fin de acabar con las disensiones que minaban la Iglesia. A nuestro teólogo le prometió un salvoconducto para que viajara allí y él no dudó en hacerlo, entusiasmado de poder demostrar en tan alto foro la solidez de sus tesis. Sin embargo, sus enemigos actuaron con presteza y lo encarcelaron apenas hubo llegado. En el proceso contra él, se entresacaron fragmentos antiautoritarios de sus libros, con los que se pretendía predisponer a Segismundo en su contra. Él negó que algunas afirmaciones fueran suyas, y otras las justificó como fundadas en las escrituras.

Condenado, Hus en varias ocasiones rehusó retractarse, con lo que hubiera salvado la vida, y al fin fue entregado al brazo secular para su ejecución. Fue quemado el 6 de julio de 1415, y se dice que mientras las llamas crecían gritó por tres veces: “¡Cristo, hijo del Dios vivo, ten piedad de mí!”, una forma de la Oración de Jesús. Sus cenizas fueron arrojadas al Rin para evitar la veneración de sus restos.

Las guerras husitas

En sus libros, Joseph Macek pone de manifiesto lo que significaba en realidad el ideario de Jan Hus y su carácter netamente revolucionario en lo social. Reivindicar la pobreza de la Iglesia era atacar a la más prestigiosa de las instituciones feudales y defender el derecho de los desposeídos a la tierra que cultivaban y los frutos de su trabajo. A nadie se le escapaba esto y las argumentaciones teológicas rezuman, si se auscultan adecuadamente, su verdadero y profundo sentido. Hus perece por un contubernio de los poderosos, pero en seguida los que habían captado la crítica de la sumisión y explotación implícita en sus doctrinas se aprestaron a la lucha. Hay que considerar además que, aparte de la guerra social que está a punto de desencadenarse, otros dos aspectos convergen, según Macek, en las sublevaciones que se inician en ese momento: la pugna de los checos por su independencia frente a los alemanes que colonizaban el país y la revuelta de los clérigos reformistas contra la jerarquía eclesial corrupta.

Tras la ejecución de Hus, los nobles bohemios protestaron airadamente, a lo que Segismundo respondió con una declaración de guerra. En 1419 los husitas lograron hacerse dueños de Praga, pero en seguida se comprobó que el movimiento aglutinaba las tendencias indicadas, que conformaban dos grandes grupos. Por un lado iban un conjunto de aristócratas, clérigos y burgueses con pretensiones nacionalistas y reformistas, conocidos como “utraquistas” por ser partidarios de la comunión con ambas especies. Junto a ellos, pero no confundidos, iban los defensores de la revolución social, llamados “taboritas” por tener su sede en la ciudad de Tábor.

Obedeciendo una ley histórica bien fundada, los moderados utraquistas, ante el peligro de perder sus posesiones y privilegios feudales, terminaron aliados con los católicos contra la “chusma”, pero lo que es más relevante en este caso es que la fuerza numérica del ala izquierda husita, su justa cólera y la competencia militar de algunos de sus líderes, como Jan Žižka (1360-1424), auténtico genio de la estrategia, o Procopio el Grande (1380-1434), hicieron necesarias cinco cruentas cruzadas para someterlos. La guerra asoló Bohemia y su resultado fue incierto hasta la derrota y masacre de los taboritas en la batalla de Lipany en 1434. Éstos tuvieron entonces que reconocer como rey a Segismundo, que hizo su entrada triunfal en Praga el 23 de agosto de 1436.

Un ensayo revolucionario

Josef Macek considera las guerras husitas, tal vez un poco patrióticamente, la más importante revuelta antifeudal de toda la Edad Media en Europa. Dentro del movimiento confluían, como se ha dicho, sectores de la pequeña nobleza y la burguesía, pero la gran masa social era, según él, la de los campesinos desposeídos y los pobres de los centros urbanos, que ocasionalmente pudieron desarrollar su propio programa. Esto ocurrió sobre todo en Tábor, ciudad fundada en 1420 por unos cuatro mil husitas radicales con el nombre del monte de Galilea en el que, según los evangelios, se produjo la transfiguración de Jesús.

El experimento social iniciado en esta localidad 90 km al sur de Praga fue violentamente abortado en 1421, pero mientras funcionó trató de emular a los primeros cristianos con un igualitarismo que rechazaba la propiedad privada y cualquier jerarquía religiosa y mantenía como ceremonias sólo el bautismo y la eucaristía. Con esto vindicaban los taboritas el milenio de Cristo anunciado en el Apocalipsis, en el cual sólo él gobernará y no se pagarán tributos a los señores. En aquellos meses se vivió un esbozo de una sociedad fraternal con comunidad de bienes, que sirvió de modelo y guía a las revueltas antifeudales posteriores. Fue significativa también la incorporación de las mujeres a todos los aspectos de la vida social y cultural durante este periodo de agitación.

Otra faceta esencial de las guerras husitas fue la defensa de la lengua y la cultura checas, que a partir de entonces experimentaron un rápido florecimiento. De hecho, Jan Hus tradujo al checo las sagradas escrituras y su texto mostró que este idioma era válido para expresar las más sutiles cuestiones teológicas. Prueba de la importancia de estos eventos en la conciencia nacional checa, es que el quinto de los seis poemas sinfónicos que componen la epopeya nacional Má vlast (Mi patria), de Bedřich Smetana, lleva el nombre de Tábor y está dedicado a la gesta de los “guerreros de Dios”.

Los taboritas han sido acusados de saqueadores y criminales, pero habida cuenta de cómo acostumbraban ser los conflictos bélicos en aquel tiempo, nada evidencia una perversión especial en sus huestes. Lo que sí queda claro en las fuentes disponibles, es que el movimiento revolucionario, enfrentado a una campaña de exterminio por parte de nobles y prelados, defendió su proyecto de una sociedad sin explotación económica con un coraje que merece ser recordado y reivindicado. En las constituciones de la ciudad libre de Tábor, se expresaba la esperanza de una época “sin reino, ni dominación, ni servidumbre, en la que todos los intereses e impuestos cesarán y ninguna persona obligará a otra a hacer nada, porque todos serán iguales entre ellos, hermanos y hermanas.”

Blog del autor: http://www.jesusaller.com/.

Fuente: https://www.grupotortuga.com/Jan-Hus-hereje-e-inspirador-de

lunes, 23 de diciembre de 2019

SE LLAMABA VLADIMIR ILICH





 KAOSENLARED - 11/11/ 2018
Luis Casado
22 diciembre, 2019



El torrente de infamias y de mentiras con el que sus enemigos cubrieron a Robespierre, Saint Just, Marx, Engels, Rosa Luxemburgo, Karl Liebknecht, Lenin y otros revolucionarios, hace que la huella que dejaron en la Historia vaya atenuándose. Hoy por hoy, pocos se atreven a mencionar a Lenin. Es lo que buscan. Lamentablemente para ellos, su memoria sigue viva y su ejemplo señala el camino.

Ningún viento es favorable para quien no sabe dónde ir. (Seneca)

La cuestión está de moda. Allá y acá, por todas partes: ¿Cómo reconstruir la izquierda?

Servidor suele recordar el origen de la noción política, para evitar malos entendidos. La izquierda nació con la Revolución Francesa para designar a quienes reconocen un único e irrenunciable soberano: el pueblo. De entrada se reduce el ámbito de quienes merecen el epíteto.

Afuera quedan los advenedizos que se arrimaron a un carro al que no se identifican ni hacen suyo. Quienes pergeñan entidades constituyentes a geometría variable que gozan de un único elemento estable: su propia presencia. Quienes oscilan entre lo posible, lo razonable y lo rentable. Quienes renunciaron brutal o gradualmente al mensaje original porque vieron la luz del mercado y se rindieron ante el “cambio de paradigma”. Quienes no ven su redención (recompra) sino en la conservación de lo que hay.

De Santiago a París, de Moscú a Washington, de Berlín a Uagadugú, Brasilia o New Delhi, la cuestión, lancinante, es la misma: ¿Cómo reconstruir la izquierda?

Si uno la jugase filosófica, estimaría necesario examinar la deconstrucción de la izquierda, es decir el proceso de perversión acelerada que la degradó a tal punto que hoy no la reconoce ni la madre que la parió.

La técnica es antigua como los cuentos para niños. En el siglo XVII Charles Perrault publicó su célebre Pulgarcito, la historia de un niño abandonado en el bosque junto a sus seis hermanos. Encontrar el sendero de regreso le fue fácil visto que, previsor, Pulgarcito lo había sembrado de guijarros blancos dejando una huella imborrable. Pulgarcito se perdió solo cuando le impidieron identificar el camino recorrido.

Es el método que han utilizado la derecha y los izquierdistas de pacotilla: borrar las huellas. Ello reposa mayormente en la difamación de quienes se han puesto a la cabeza de las diferentes revoluciones que en el mundo han sido, comenzando por Robespierre y sus compañeros de la Revolución de 1792.

Lo mismo ocurrió con Lenin y la revolución rusa de 1917, con los cabecillas de la revolución alemana de 1919, sin olvidar las revoluciones de 1830, de 1848 y por cierto la Comuna de París de 1781. De esta última he tenido la ocasión de rescatar la figura inmensa de Louise Michel que, junto a Olympe de Gouges, constituyen un zócalo granítico sobre el cual edificar un feminismo digno de ese nombre.

En 1919, el asesinato de Rosa Luxemburgo y de Karl Liebknecht por la soldadesca a las órdenes del socialdemócrata Friedrich Ebert, unido a la masacre de buena parte de los líderes obreros que habían sobrevivido a la Primera Guerra Mundial, marcó la destrucción del movimiento obrero alemán y el debilitamiento de la democracia que, algo más tarde, le allanarían la llegada al poder a Adolph Hitler.

Los girondinos habían usado el mismo método durante la Revolución Francesa: enviar a los sans-culottes a la guerra para deshacerse de ellos, y poder complotar en París –y enriquecerse en negociados– a sus anchas.

El caso de Lenin es una pieza de joyería. Durante décadas las burguesías del mundo entero le cargaron todos los crímenes imaginables, sin mencionar que desde la toma del Palacio de Invierno en adelante sometieron al régimen soviético a todo tipo de agresiones militares, invasiones territoriales, brutales sanciones económicas y financieras, una campaña de difamación sin precedentes, sumada a la violenta oposición interna que desató una guerra civil con el apoyo de Francia e Inglaterra.

Sin contar que el armisticio con Alemania –la paz de Brest-Litovsk en 1918– se soldó por la pérdida de territorios occidentales que formaban parte del Imperio Ruso: Finlandia, Polonia, Estonia, Livonia, Curlandia, Lituania, Ucrania y Besarabia, que quedaron bajo el domino de los Imperios Centrales. Como si fuera poco, la Rusia soviética tuvo que cederle Ardahan, Kars y Batumi al Imperio Otomano.

El fin de la Primera Guerra Mundial, cuyo centenario conmemoramos hoy, no solo le permitió a los aliados humillar a Alemania: también sirvió para debilitar al extremo la naciente revolución conducida por Lenin. Rusia solo recuperó esos territorios, excluidos Finlandia, Ardahan, Kars y Batumi, hacia 1940, antes de que se produjera otra redistribución de influencias territoriales al término de la Segunda Guerra Mundial.

Entre 1917 y 1923, atacado en todos los frentes, con el este del país invadido por Japón, con una guerra civil financiada y apoyada desde el exterior, con millones de pérdidas humanas en el curso de la Primera Guerra Mundial, Lenin logró estabilizar el poder soviético y hacer aprobar medidas democráticas que los países occidentales no lograron sino muchos años más tarde, cuando lo lograron. Démosle una mirada:

La nacionalización de la banca, por ejemplo, que Charles de Gaulle impuso al fin de la Segunda Guerra Mundial en Francia (1945).
La separación de la Iglesia y el Estado que –para dar un ejemplo– aún le ocasiona problemas a Chile en donde las iglesias se inmiscuyen en los asuntos civiles, impiden o estorban la aplicación de la Ley civil en diferentes materias, y el presidente de la República jura por Dios y declara su fe día por medio.
La supresión de la enseñanza religiosa obligatoria en la escuela, y la prohibición de los castigos corporales a los alumnos.
La jornada de trabajo de 8 horas, que hasta ese momento era de 12 – 14 horas no solo en el campo sino también en la industria.
La instauración de dos semanas de vacaciones pagadas anuales para todos los asalariados.
La creación de la Inspección del Trabajo, y la prohibición del trabajo nocturno para las mujeres, – que la unión Europea le impondrá a Francia solo… ¡en el año 2001! –, así como para los menores de 16 años.
La prohibición de trabajos subterráneos (minería) y de horas suplementarias para los menores de 18 años, y la supresión de la discriminación entre obreros rusos y obreros extranjeros (que la Unión Europea aún no resuelve del todo en el año 2018…).
La instauración del matrimonio civil, y la creación de un estado civil.
La instauración de una Licencia de Maternidad de ocho semanas antes y después del parto (16 semanas en total).
La abrogación del Código Penal zarista que condenaba a trabajos forzados a los homosexuales masculinos, despenalizando así la homosexualidad, abrogación que la muy monárquica Inglaterra no hará sino en el año 1967, y la rígida Alemania Federal en el año 1969.
El divorcio por consentimiento mutuo, y el derecho al aborto (“la más triste de las libertades” comentaba Trotsky…), derecho que la Francia laica y democrática no aprobará sino en el año 1975, y que sigue siendo negado en países dizque democráticos entre los cuales Chile (las famosas “tres causales”, limitadas por la “objeción de consciencia”, no son sino una tapadera vergonzosa).

Todo eso entre 1919 y 1923, en un país que salía devastado de la Primera Guerra Mundial, que soportaba una guerra civil, cuyos hospitales estaban o destruidos o saturados, sin el equipamiento necesario en razón del bloqueo franco-inglés, amenazado por la hambruna, el tifus y el cólera…

Si Lenin concitó el odio de las burguesías planetarias se debe a que afirmó muy tempranamente que el capitalismo es irreformable, y que la única solución consiste en borrarlo del mapa.

¿Qué? ¿Terminar con el capitalismo? Sí, precisamente. Terminar con el capitalismo. Ese fue su objetivo, el que le granjeó la enemistad de los poderosos.

En el verano europeo de 1898, mientras Lenin estaba relegado por el zarismo en el lejano pueblito de Chouchenskoïe (Krasnoiarsk), a más de 4.300 km de Moscú y a 8.000 km de las capitales en que tenía lugar el debate, Edouard Bernstein, ejecutor testamentario de Friedrich Engels, publicó una serie de artículos dando a entender que la revolución como agente de cambio político y social estaba obsoleta, y que el socialismo sería el producto de una serie ininterrumpida de pequeñas reformas sociales.

Había nacido (o más bien resucitado) la ciénaga del reformismo, del parlamentarismo, de la colaboración con el enemigo. En ese momento, Karl Kautsky (el futuro “renegado”), Gueorgui Plekhanov (que terminaría abogando por la colaboración con la burguesía) y Rosa Luxemburgo, asesinada más tarde por los “progresistas”, salieron al paso de Bernstein, criticándole.

Lenin se consiguió los textos, que leyó con un profundo desprecio, prometiéndose dedicar toda su actividad política a la organización del movimiento obrero y a la revolución que le pusiese fin al capitalismo en Rusia y Europa. Corría el año 1898… Diecinueve años más tarde Lenin llegaría al poder para hacer realidad su proyecto político. Al lado de los Soviets, la «democracia participativa» pasa por lo que es: una consigna para incautos. La paz para todos y la tierra para los campesinos fueron las dos primeras promesas que cumplió Lenin.

Como sabemos, con dos balas en el cuerpo recibidas en un atentado en 1918, enfermo al final de su vida, en el año 1923 Lenin perdió el control del partido bolchevique. Más tarde la nomenklatura, después de haberlo endiosado y momificado, arrojó su memoria a las hienas, al tiempo que dislocaba y saqueaba la propiedad del Estado soviético.

Un cierto Anatoly Latychev, ex profesor de la Escuela Superior del Partido Comunista de Moscú y del Instituto Superior Político-social del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética, tocado por la gracia de la economía de mercado escribió un libro titulado “Lenin al descubierto” (Moscú 1996). Allí dice: “Lenin, desde el inicio de la revolución de octubre, planificó la exterminación de más de la mitad de la población de Rusia (¡o sea más de 70 millones de habitantes!), exterminó capas enteras de la sociedad rusa: los empresarios y los agricultores ricos, la elite intelectual y los servidores del culto” (sic).

No fue el único. Dmitri Volkogonov, ex jefe adjunto de la dirección política de las fuerzas armadas soviéticas, declaró: “Vladimir Ulianov (Lenin) desencadenó el Anticristo en los espacios de Rusia” (Moscú. Novosti. 1994).

Nada nuevo bajo el sol. Otros antes que Lenin fueron sepultados bajo toneladas de infamias. Pero, curiosamente, la investigación histórica, el acceso a una masa de archivos hasta hace poco restringidos, el trabajo de profesionales que ni siquiera simpatizan con el socialismo, restablecen poco a poco la verdad histórica.



De ese modo, como Pulgarcito, piedra a piedra, podemos encontrar el sendero en el que nos perdimos, o nos perdieron. Y retomar el camino que conduce a la eliminación del capitalismo que hoy amenaza hasta la supervivencia de la especie humana en la Tierra.

martes, 19 de junio de 2018

CÓMO DESPLEGAR EL CARISMA POLÍTICO CON EL MÉTODO MIGUEL ÁNGEL



Cuenta la leyenda que cierta vez le preguntaron al maravilloso escultor Miguel Ángel cómo hacía para crear tanta belleza.
— En realidad no soy yo quien la crea —respondió Miguel Ángel. La escultura ya está presente, escondida dentro del bloque de piedra. Mi único trabajo es quitar lo que sobra.
¡Quitar lo que sobra!
El concepto es atinado en todos los terrenos, inclusive en el campo de la estrategia política.
Miguel Ángel no fue un estratega y nunca se refirió al carisma político, claro está. Pero su método creativo ilumina un problema estratégico de las campañas políticas: la falta de atractivo popular que a veces tiene la personalidad del candidato.
Cuando la personalidad del candidato es un problema
Algunos candidatos políticos tienen una personalidad que conecta inmediatamente con amplios segmentos de electores. Habitualmente decimos que ese candidato tiene carisma político.
La palabra carisma hunde sus raíces en el mundo religioso. Designa un don concedido por Dios solo a algunas personas y que redunda en beneficio de la comunidad. En el recorrido de la palabra por el mundo castellano hace referencia a una virtud natural que surge espontáneamente en algunas personas. Una virtud que permite agradar, atraer, seducir y encantar a las demás personas.
Al final del día esa virtud del carisma reside en la personalidad.
Una personalidad que facilita el liderazgo político en la medida que se manifiesta espontáneamente y despierta simpatías y reacciones emocionales favorables.
Como los votantes votan personas y no solo ideas, entonces la personalidad del candidato pasa a ser un factor altamente relevante de la decisión de voto.
Para muchos candidatos eso es bueno: su personalidad carismática les allana buena parte del camino. Entonces rápidamente se convierten en populares y no paran de ganar adhesiones entre el electorado.
Pero otros políticos no lo logran.
Su personalidad no cautiva, no conecta, no mueve las emociones y no facilita el liderazgo.
Entonces decimos que no es carismático.
Esa falta de carisma se convierte rápidamente en un problema para una campaña electoral, lo mismo que para la aprobación de un gobierno o para la simpatía hacia un partido político. Se convierte, en suma, en una traba para el liderazgo político.
La solución tradicional ante la falta de carisma político
Planteado el problema de la falta de carisma, surge de inmediato una solución tradicional que en realidad es una presunta solución, apenas un camino sin salida. Me refiero a la producción de cambios externos en el candidato, un camino que parece prometedor pero que al final no conduce a nada.
Es así que el candidato es sujeto de una “intervención”: le cambian el modo de vestir, le bombardean con pautas estrictas sobre cómo tiene que actuar y hablar, le prescriben nuevos comportamientos y actitudes, le impulsan a mostrarse diferente a como es realmente y le empujan hacia una nueva identidad pública.
Quieren inventarle un carisma que no tiene y el resultado es el fracaso.
¿Por qué fracasa esta receta tradicional tan habitual? Pues básicamente por dos razones:
1.     El candidato se siente incómodo intentando aparentar lo que no es. El candidato es el principal activo de una campaña, y si se siente mal en su rol entonces toda su eficacia disminuye y termina perjudicando involuntariamente a su propia campaña.
2.     Los votantes se dan cuenta, perciben la impostura. Tal vez no lo hagan conscientemente, pero simplemente ven esa impostura y sienten que algo anda mal y que el candidato no es auténtico.

La receta tradicional, pues, indica transformar exteriormente al político y hacerlo aparentar lo que no es. Pero la propia incomodidad psicológica del político sumada a la percepción espontánea de la gente dinamitan la receta y la hacen volar en mil pedazos.
Es así que la campaña, intentando resolver el problema de la falta de carisma político de su candidato, termina destruyéndose a sí misma.
Y después de tanto esfuerzo todo sigue igual.
Pero aún: todo empeora.
Debería quedar claro de una vez por todas: el liderazgo político no es creado por el marketing político. El carisma político tampoco.
Que no, que no lo es.
Que hay otro camino, otra solución para el mismo problema.
Solución psicológica: el método Miguel Ángel
Sin embargo hay otro camino más efectivo.
Lo llamo “el método Miguel Ángel”. Y consiste, justamente, en descubrir la escultura dentro del bloque de piedra.
O sea: descubrir en la propia personalidad del candidato el rasgo psicológico real que será la base de su conexión con los posibles votantes.
¿Cómo lo haces? Siguiendo los siguientes pasos:
1.     Le aplicas al candidato el Inventario de Personalidad conocido como Big Five. Son 132 preguntas y cada una de ellas es en realidad una frase que la persona debe calificar de 1 a 5 en función del grado de coincidencia que tenga con ella. Su aplicación demanda apenas una hora o poco más.
2.     Evalúas las respuestas hasta aislar cual de los cinco grandes rasgos de personalidad es el dominante en el candidato (emocionalidad, amabilidad, apertura, meticulosidad o extraversión).
3.     Informas al candidato sobre las características de ese rasgo para que sea consciente del mismo y comience a mostrarlo abiertamente en todas sus apariciones públicas.
4.     Pones en valor ese rasgo dominante al convertirlo en protagonista principal de todas las piezas comunicacionales de la campaña.

Este camino es mucho más efectivo que la endeble receta tradicional porque mejora el desempeño del candidato en la campaña ya que se siente él mismo y además mejora la conexión con los votantes ya que lo perciben como una persona auténtica.
Del personaje a la persona
En suma: muchas veces la personalidad del candidato es un problema para su liderazgo, pero con frecuencia el remedio tradicional que se aconseja resulta peor que la enfermedad.
El problema no se resuelve agregando a la personalidad del político una impostura, algo que parece muy bueno pero que no es real. La solución está lejos del maquillaje, del disimulo y de la pretensión imposible de cambiar su personalidad.
La solución está dentro mismo del candidato, allí donde vas a encontrar su rasgo dominante de personalidad. Ese rasgo, convertido en un vector esencial de la comunicación, será el único camino efectivo.
No se trata de inventar un carisma político que no se tiene. Se trata de resaltar lo que sí se tiene. Porque solo desde la autenticidad puede el candidato conectar con la gente, atraerla y liderarla. Esa autenticidad, asumida y puesta en valor, es uno de los rostros que suele adoptar el carisma político.
En definitiva el carisma político es como la escultura de Miguel Ángel: está escondido dentro de un bloque de piedra en el que tendrás que quitar lo que sobra.