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jueves, 19 de julio de 2018

¿HAY QUÉ ODIAR A RUSIA O REFLEXIONAR?



18/07/2018

En 1945, los franceses sabían lo que acababa de acontecer. En 2015, deberían saber mucho más. En 1945, ante la pregunta “¿Quién fue el que más contribuyó a la derrota alemana?” un 57% de los franceses respondía “la Unión Soviética”, solo un 20% respondía “Estados Unidos” y un 12% “Gran Bretaña”. Pero cincuenta años más tarde, todo ha dado un vuelco: en 1994, en el marco de las celebraciones del quincuagésimo aniversario del desembarco aliado en Normandía, un 49% citaba a Estados Unidos, el 25% a la URSS y el 16% a Gran Bretaña. En 2004, esa tendencia se acentuó: el 58% citaba a Estados Unidos y solo un 20% a la URSS. En 2015, el encuestador británico ICM obtiene peores resultados aún en Francia, Alemania y Gran Bretaña.

Sin embargo, los hechos son incuestionables. Hitler arriesgó y perdió sus mejores tropas ante Moscú y Stalingrado. Utilizando los enormes aparatos de producción robados en Francia y Bélgica, en aquella ofensiva movilizaba a un importante número de fuerzas extranjeras y se beneficiaba de la extraña pasividad de Estados Unidos. Este país, por su parte, se negó durante años a abrir un segundo frente en Europa occidental y solo desembarcó en el último momento, en junio de 1944. La mayor parte de Europa ya estaba liberada o a punto de estarlo. Podemos resumir lo que pasó en una frase: “Volar en auxilio de la victoria”.

Por cierto, en aquella guerra antifascista, la URSS perdió a 23 millones de ciudadanos, mientras que Estados Unidos a 400 mil (184 mil de ellos en el frente europeo). Los periodistas e intelectuales occidentales que actualmente minimizan o desacreditan el papel jugado por la URSS son realmente ingratos: sin aquellos horribles eslavos, ¿quizás hoy estarían hablando alemán en alguna sección de la Propaganda Abteilung?

El robo de la Historia

¿Cómo se puede plantear una misma pregunta —no sobre gustos personales sino sobre hechos históricos— y obtener primero un resultado ajustado a la realidad y luego otro completamente falso? En realidad, ese falso resultado no es espontáneo, sino que ha sido fabricado mediante un condicionamiento de la opinión occidental: con un despliegue publicitario sobre el tema de “Estados Unidos, nuestros libertadores” y una diabolización de la “URSS, cómplice de Hitler”.

Esta ignorancia ¿puede considerarse grave? ¿O se trata de una cuestión del pasado que debe dejárseles a los historiadores? No, no se trata únicamente de nuestro pasado. Conocer la Historia es crucial. Para que en la actualidad cada ciudadano pueda responder a la pregunta “¿Guerra o Paz?”, es esencial comprender las “reglas del juego” entre las grandes potencias y cómo hemos llegado hasta aquí. He aquí por lo que el libro de Robert Charvin es precioso, y diría aún más: indispensable. Porque nos pone en guardia contra lo que él llama el “robo de la Historia”, al mostrarnos que por mucho que la deformen y manipulen al servicio de ambiciones inconfesables, nunca lograrán dejarla atrás.

“¡El robo de la Historia!”. ¿No es demasiado fuerte esta expresión? No. Apoyándose en hechos precisos y en fuentes indiscutibles, Charvin nos hace comprender lo artificiales que son las presentaciones de algunos intelectuales y periodistas occidentales. De hecho, estos fabrican evidencias simplistas y falsas o bien se adhieren a ellas sin reflexionar.

El reto es enorme, ya que se trata de cuestiones fundamentales: ¿Hemos comprendido en Francia y en Europa occidental las verdaderas causas de la Guerra 1914-1918? No. ¿Hemos comprendido cómo la Primera Guerra Mundial provocó la Segunda? No. ¿Hemos comprendido lo que se vino a llamar el “Pacto Hitler-Stalin”? No. ¿Hemos comprendido la verdadera estrategia de Estados Unidos en 1940-1945? No.

Pero ¿se trata quizás de simples olvidos, de una memoria que se difumina o de errores de juicio? No, es mucho más grave, acusa Charvin: “Los poderes públicos occidentales trabajan con perseverancia en base a las mismas falsificaciones, con el fin de orientar la memoria conforme a las necesidades políticas del momento”.

¿Estarán reescribiendo la Historia para manipularnos? Esta acusación es grave. Pero hay que reconocer que se apoya en cuatro expedientes dilucidados con maestría por Charvin.

Cuatro silencios culpables

De hecho, Charvin acusa a la información y la historiografía occidentales de negacionismo y revisionismo.

1. La rehabilitación del fascismo en Letonia. ¿Por qué ningún medio de comunicación occidental señala que en Letonia (nuestro querido y nuevo aliado de la Unión Europea), se demoniza a la resistencia antinazi y se rehabilita discretamente a los fascistas colaboradores de la Segunda Guerra mundial? El aparato judicial de ese país se ha ensañado con un héroe de la resistencia letona, llegando incluso a encerrarle en la cárcel a pesar de tener 75 años. Pero esto ha sido completamente silenciado. ¿Por qué?

2. La utilización por Occidente de pronazis antisemitas en Ucrania. ¿Por qué nuestra nueva aliada rehabilita a los antiguos colaboradores de Hitler? Peor aún: ¿por qué los introduce en una administración nacida de un golpe de Estado y en puestos clave? Y todo ello en medio del silencio de los medios de comunicación, que los bautizan de nuevo como simples “nacionalistas”.

3. La negación del genocidio que Hitler intentó llevar a cabo contra la URSS. Sin embargo, el programa estaba claramente expresado en los textos nazis: considerando a los eslavos como “infrahumanos”, el “Plan Ost” preveía exterminar al 40% de los rusos para dejar el espacio libre al traslado de diez millones de colonos alemanes y germanizados. Aquel programa fue puesto en práctica, pero la resistencia de todo un pueblo lo hizo fracasar. ¿Por qué actualmente se presenta la Segunda Guerra mundial como un asunto entre Hitler y los judíos cuando en realidad hubo varios genocidios?

4. La desvalorización de los verdaderos vencedores de la Segunda Guerra mundial. Esto comienza con la falsificación de la preguerra: ¡se acusa a la URSS de haber sido cómplice de Hitler! Sin embargo, no había dejado de proponerle a los occidentales que se aliaran para cortar el paso al nazismo; pero esta alianza fue rechazada por Londres y París, que pactaron con Hitler en Múnich, aprobaron su alianza con Polonia y le cedieron Checoslovaquia; incitándolo de esta manera para que atacara Europa del Este, y dejar las manos libres en Europa occidental. ¡Cómo se han invertido las responsabilidades!

Y eso continúa con la negación de las víctimas: ¿quién recuerda en Occidente que la URSS perdió a 23 millones de ciudadanos, China a 20 millones y que las pérdidas británicas representan un 1,8% del total, las pérdidas francesas un 1,4% y las de Estados Unidos un 1,3%? Y esto se concluye en una valorización etnocéntrica y engañosa del desembarco en Normandía o “Día D”, que se presenta como un acontecimiento decisivo, mientras que en realidad Hitler ya había perdido la guerra en 1941, cuando fracasó en la toma de Moscú y se enredó en la trampa soviética, ¡lo que confirmó su derrota en Stalingrado en el invierno de 1942-43!

 ¿Para qué sirve la diabolización?

 A partir de estas constataciones, Charvin plantea una nueva y sacrílega pregunta: ¿quién quiere, hoy día, diabolizar absolutamente a Rusia y por qué? Su respuesta es clara: esta diabolización forma parte de una estrategia que nos lleva hacia una nueva guerra fría a escala planetaria. La primera parte de su libro analiza con precisión los objetivos y métodos de Estados Unidos. A propósito de esta guerra fría, conviene preguntarse si será verdaderamente fría o bien muy mortífera.

La tesis de Charvin merece que reflexionemos: según él, desacreditar la resistencia de ayer sirve para diabolizar a la Rusia actual, quizás con el propósito de atacarla mañana. De hecho, es un ataque que se preparó desde la caída del Muro, y a pesar de todas las solemnes promesas de la época : los acontecimientos en Europa del Este en estos últimos años deben ser comprendidos como un cerco sistemático por una red de bases militares que se acercan cada vez más a Moscú.

Esta propaganda diabolizadora invade los medios de comunicación : no podemos abrir un periódico sin que nos machaquen con todos los defectos de Putin: un manipulador, deshonesto, agresivo, expansionista, etc. En resumen, ¡no se puede en absoluto confiar en él! Por lo demás, nunca hemos podido confiar en los rusos, ya fuesen comunistas o de derecha. Charvin recorre los prejuicios y los estereotipos de toda la literatura y la sociología occidentales de ayer y de hoy, y en ellos encuentra esta constante : “No se puede confiar en los rusos, no son como nosotros”.

Por supuesto, esta propaganda solo funcionará si el lector o el telespectador no reflexiona: ¿por qué en nuestros medios de comunicación es Europa la que siempre tiene la razón? ¿Por qué siempre sabe más que los rusos, los chinos, los latinos, los árabes, y, de hecho, más que todo el resto del mundo? ¿Por qué somos siempre infalibles dando lecciones a los demás? ¿Cuál es esa extraordinaria suerte que nos hizo nacer en el lugar correcto para tener siempre razón?

O bien, quizás sea necesario plantear el problema de otra manera y desconfiar más de la propaganda que nos rodea. ¿Puede ser que la propaganda no solo esté presente “del lado de los otros”?

 El miedo se fabrica 

En su notable libro Manufacturing Consent (la fabricación del consentimiento), Herman y Chomsky demostraban en 1988 cómo el aparato mediático occidental (conscientemente o no) fabrica una opinión consensual aprobando siempre las grandes opciones de sus gobernantes. Este análisis puede y debe aplicarse en “la fabricación del miedo”.

En septiembre de 1948, Paul-Henri Spaak (PS), el primer ministro y ministro de Asuntos Exteriores belga, pronunció en la ONU en París un discurso que se hizo famoso, llamado el “discurso del miedo” :

“La base de nuestra política es el miedo. La delegación soviética no debe buscar explicaciones complicadas sobre nuestra política. Voy a decirles cuál es la base de nuestra política. ¿Saben ustedes cuál es la base de nuestra política? Es el miedo. El miedo a ustedes, el miedo a su gobierno, el miedo a su política”.

Spaak quería denunciar el peligro representado por la URSS que, según él, se preparaba para invadir Europa occidental, e incluso el mundo entero. De hecho, Spaak repetía la propaganda lanzada por Estados Unidos. Más tarde, por cierto, sería nombrado secretario general de la OTAN como recompensa a los servicios prestados.

Un recuerdo personal. Puedo testimoniar que, durante los años 50, siendo entonces un niño pequeño, esa propaganda funcionaba muy bien en Bélgica : la población vivía verdaderamente bajo la angustia de aquella “amenaza”. El miedo reinaba, los rusos iban a invadirnos, papá y mamá acumulaban en sus armarios unas cantidades impresionantes de azúcar, arroz y café; los productos que más habían escaseado durante la guerra del 40-45.

Durante mucho tiempo, yo también creí que los rusos iban a atacarnos. Ahora bien, después de la caída del Muro los dirigentes de la CIA reconocieron públicamente que en realidad Estados Unidos sabía muy bien que los rusos no tenían ni los medios ni las intenciones de atacarnos. Era propaganda. ¿Con qué objetivo? Pues bien, gracias a esa propaganda, Estados Unidos se permitió invadir un importante número de países (comenzando por Corea y luego Vietnam) y asimismo derrocar, e incluso asesinar a numerosos dirigentes de países independientes bajo el pretexto de que formaban parte de la “amenaza soviética”. ¿Se repetirá la historia? Entonces ¿quién va invadir a quién verdaderamente?

 ¿A quién le concierne esto?

 ¿Quién necesita este libro? ¿Es necesario ser un partidario de las políticas de Vladimir Putin para intentar ver con claridad estos problemas? No, de hecho, estoy convencido de que este libro nos concierne a todos.

El asunto no es saber si compartimos o no las opciones políticas y sociales de Putin. Tampoco saber lo que podría llegar a ser un día Rusia con Putin o después de él. El asunto es saber si hoy, en 2017, aceptamos que el mundo entero esté dirigido por Estados Unidos y sus aliados; y también, que la información internacional esté dominada por su versión de la realidad. La cuestión es saber si semejante mundo unipolar constituye un verdadero peligro para todos, seamos de derechas o de izquierdas, y vivamos aquí o allá.

Tenemos el derecho de no apreciar a Putin si somos de izquierdas, tenemos el derecho a pensar que el sistema económico y social establecido en Rusia va a generar importantes problemas. Pero eso no le da a Occidente el derecho a multiplicar las guerras y las injerencias. Las contradicciones económicas y sociales internas en un país son una cosa, y las contradicciones entre las naciones con sistemas diferentes son otra. No se resuelven de la misma manera.

Por cierto, el derecho internacional y la Carta de Naciones Unidas prohíben recurrir a la guerra. La única política legal es la que deja a los pueblos decidir y elegir por sí mismos sus sistemas y sus dirigentes; asimismo, es el único fundamento posible para mantener un mundo en paz. Es por lo tanto paradójico que los “amables occidentales” violen constantemente el derecho internacional mientras que los “malvados rusos” lo respeten. Y es muy paradójico que nuestros medios de comunicación apliquen sistemáticamente a estos problemas un “doble rasero” de medir. De manera que Kosovo tiene derecho a hacer secesión, pero Crimea no tendría ese mismo derecho. Se aplaude un golpe de Estado en Kiev, pero las provincias del Este ucraniano no podrían oponerse a un gobierno repleto de pronazis. Y, por último, si Estados Unidos bombardea en Siria todo va bien, pero si Rusia (a petición del gobierno) hace lo mismo, no está para nada bien. ¿Qué sentido tiene esta hipocresía?

Después de 1989, las relaciones internacionales han estado dominadas por una única superpotencia, Estados Unidos, que se considera el gendarme del mundo. Y, por lo tanto, autorizado a hacer añicos cualquier revuelta democrática o social, a hacer la guerra o dar golpes de Estado en casi todas partes para poner a los “buenos dirigentes”. En la actualidad, esto provoca prácticamente una guerra por año, si contamos también las guerras no declaradas y llevadas a cabo por intermediarios de Washington.

Pero si dejamos de lado Europa y sus prejuicios, mucha gente considera que es preferible un mundo pluripolar. Es decir que las grandes potencias rivales –USA, Europa, Rusia, China, incluso otras– estuvieran más o menos equilibradas. Esto les dejaría más margen de maniobra a aquellas naciones pequeñas y medianas preocupadas por su independencia, un desarrollo autónomo, el respeto de su naturaleza y la justicia social.

 ¿En qué se transformará la “pequeña” guerra?

 Con esto ya tenemos una razón suficiente para escuchar atentamente a Charvin. Pero también podemos profundizar en la reflexión.

¿Qué es lo que alborotó el avispero en Ucrania? Pues la negativa del presidente Yanukovich de firmar con la Unión Europea un acuerdo de libre comercio desfavorable, dado que este habría destruido una gran parte de las empresas ucranianas. Entonces prefirió acercarse a Moscú. De modo que parecería que un país como Ucrania ya no tiene derecho a escoger libremente a sus socios, lo cual contradice el concepto de libre comercio. Este, ¿existe realmente en la actualidad? ¿Hay un libre intercambio entre el lobo y el cordero?

Tomemos un poco de perspectiva. ¿No fue el desarrollo del capitalismo en Estados Unidos y Europa (primero en su versión de libre comercio, luego en su fase de monopolios conquistadores que se han hecho omnipresentes) lo que produjo una concentración fenomenal de la riqueza y el poder entre las manos de un puñado de dirigentes de multinacionales, industriales o bancarias? ¿No fue esta concentración la que provocó un crecimiento igualmente vertiginoso de la brecha entre ricos y pobres?

¿No es esta brecha la que hunde a la economía en una crisis fundamental desde hace décadas: unos, siendo capaces de vender cada vez más y los otros incapaces de comprar lo que producen? ¿No es por esta razón por lo que tantos capitales inutilizados en el Norte luchan por encontrar salida en otra parte, con el propósito de conquistar el Sur y sus materias primas, sus mercados en expansión, y también su muy rentable mano de obra? ¿No es esta la causa esencial de todas las guerras a las que asistimos actualmente y que son fundamentalmente guerras de recolonización y/o de repartición del mundo entre las potencias?

El problema es que este engranaje podría conducirnos hacia una Tercera Guerra Mundial, por una razón muy simple que no tiene nada que ver con los sentimientos de unos o la moral de otros. Cuando usted dirige una multinacional que domina un sector de la economía mundial, cuando usted ya no logra hacer “suficientes beneficios” (según los criterios de la bolsa) y sus competidores lo amenazan con hacerlo desaparecer, ¿no hará lo que sea por salvar su pellejo y sus privilegios? Por ejemplo, ¿una “pequeña guerra local” para controlar con toda seguridad la materia prima con la que usted trabaja: energía, mineral u otra? Pero, si usted se lanza por el camino de las “pequeñas guerras” que solo son peligrosas para las poblaciones locales, naturalmente sus rivales tendrán la misma idea que usted. Entonces, ¿cómo hará para salirse de este peligroso camino? Imaginemos que de repente decidiera hacerlo en base a principios morales o mediante un acuerdo entre usted y sus competidores…Entonces la cuestión será : ¿cuál de los dos se comerá al otro?

Antes de la Primera Guerra Mundial, casi todos los observadores pensaban que se alcanzaría un acuerdo y que podría detenerse a tiempo o que la guerra sería muy breve. Resultado: diez millones de muertos. Antes de la Segunda Guerra Mundial, la situación fue similar. Resultado: cincuenta millones de muertos.

¿Y usted piensa que los dirigentes de las multinacionales de hoy son mejores personas que los de ayer?

¿Está usted listo para asumir ese riesgo?

Lean el prefacio de Michel Collon al nuevo libro de Robert Charvin, Rusofobia ¿Hacia una nueva guerra fría?






En su nuevo libro Rusofobia. ¿Hacia una nueva guerra fría? el profesor emérito de derecho Robert Charvin  señala cómo los poderes fácticos están iniciando un proceso similar al de la Guerra Fría, en el que los europeos tenemos poco que ganar y mucho que perder.

Nacido en 1938, Robert Charvin es profesor emérito de Derecho (especializado en Relaciones Internacionales) en la Universidad de Niza Sophia-Antipolis. Es Decano honorario de la Facultad de Derecho y Ciencias Económicas de Niza y Consultante en Derecho Internacional y Derecho de las Relaciones Internacionales.








martes, 19 de junio de 2018

¿QUIÉN PIENSA (Y QUÉ) EN EL COMPLEJO INDUSTRIAL MILITAR?



Investig’Action
19-06-2018

“Gastar lo máximo posible en el ejército está en contradicción con las grandes promesas de reactivar la economía estadounidense al interior del país. Salvo que Trump haya decidido en su fuero interno que esa recuperación se hará masacrando los salarios y las condiciones de trabajo de la mano de obra estadounidense. Una cosa es segura: Trump no podrá satisfacer a todos sus electores ni a todos sus patrocinadores. Se anuncia un despertar muy brusco”. Lea este extracto del último libro de Michel Collon, “El mundo según Trump” ¿Quién piensa (y qué) en el complejo industrial militar?

Estamos en presencia de tres teorías que pretenden fortalecer a Estados Unidos:
  • la teoría Chalmers Johnson: un capitalismo sin imperialismo
  • la teoría Brzezinski: atacar a Rusia y a China
  • la teoría Mearsheimer y Walt: unirse a Rusia contra China
La primera nos parece idealista en el mal sentido del término. Irrealista. Porque “el capitalismo trae consigo la guerra como las nubes traen la tormenta”, como decía Jean Jaurès en 1914, en vísperas de la Primera Guerra Mundial. Para dominar y repartirse el mundo, los capitalistas tienen una necesidad absoluta de la guerra, en este sistema es una necesidad ineludible.

La segunda teoría, efectivamente, ha encontrado grandes dificultades : plantearse demasiados enemigos cuando ya no se tienen medios, significa diluir sus esfuerzos y perder eficacidad, como lo expresaba el historiador Paul Kennedy.

La tercera teoría pretende pues adaptar los compromisos de Estados Unidos a sus capacidades actuales. Y sobre todo a aplicar mejor la divisa colonial “Divide y vencerás”. ¿Tendrá la oportunidad de ser aplicada?

Al principio parecía que sí, con la propaganda electoral de Trump y sus primeras medidas en la Casa Blanca. Sin embargo, el debate entre los estrategas está sesgado por los intereses del complejo industrial militar. Cuando sus beneficios y sus privilegios están basados en los gastos militares y disponen de los mecanismos para determinar la elección de los candidatos, ¿cómo los comerciantes de bombarderos, de misiles y de múltiples servicios para el ejército podrían aceptar un presupuesto militar “razonable”?

¿Y si ocurre que el ganador no sea el candidato escogido? Harán todo lo posible para ubicarlo en el camino que les convenga.

La guerra: un buen negocio

En el sistema capitalista la guerra es un buen negocio, como cualquier otro. No, más bien es mucho mejor que los otros. De hecho, el que paga – el contribuyente – no tiene ningún control ni sobre la utilidad del producto, ni sobre el precio. Las marcas de los armamentos le hacen pagar por lo menos dos veces más caro debido a la situación de monopolio y al sistema de corrupción generalizado en este sector.

Dado que los valores bursátiles de estas sociedades de armamentos han doblado desde el 2014, la directora ejecutiva de Lockheed Martin ha mostrado su satisfacción por “la “inestabilidad” [en el Medio Oriente] “y por las oportunidades para los asuntos correspondientes”. Poco importa que Daesh sea un “enemigo” o un “factor estratégico” para Washington. En cualquier caso, es una buena estratagema para los accionistas.

Por cierto, vale la pena escuchar un poco el discurso de la directora ejecutiva de Lockheed Martin :

“Estamos muy entusiasmados por la manera como hemos remodelado nuestro catálogo de productos y de competencias. Financieramente, hemos superado todas nuestras previsiones para el 2015 y obtenido niveles récords de pedidos y de ventas internacionales. (…) El mes pasado, al presentar en el Senado su Informe sobre la amenaza global, James Clapper, el director del servicio de información dijo que “la inestabilidad imprevisible” se había transformado en una nueva norma en lo que se refiere a las amenazas alrededor del planeta, una tendencia que va a persistir en el futuro previsible. El extremismo violento continúa extendiéndose. El ascenso sin precedentes de ISIS, de Boko Haram y de otros grupos militantes no parece menguar. Los ataques terroristas continúan produciéndose con una frecuencia alarmante en Europa, en Asia y en África”.

En resumen, para estos accionarios es ¡viva el terrorismo!

Diferencias entre Clinton y Trump

Clinton había prometido continuar con la misma política que favorecía a los sectores vinculados a la guerra. Como Bush, pensaba que el botín capturado en los países conquistados permitiría la revitalización de la economía estadounidense. También creía que era necesario debilitar, a la vez y activamente, tanto a Rusia como a China. Para que Estados Unidos pudiera recolonizar aquellas zonas que comercializaban con estas potencias rivales.

Trump se apoyaba en otros análisis, según los cuales la extensión del imperio estadounidense cuesta demasiado cara ya que un intervencionismo sistemático multiplica las resistencias y todo eso perjudica la economía, privando a las multinacionales estadounidenses del apoyo necesario para su competitividad (…)

Gastar lo máximo posible en el ejército está en contradicción con las grandes promesas de reactivar la economía estadounidense al interior del país. Salvo que Trump haya decidido en su fuero interno que esa recuperación se hará masacrando los salarios y las condiciones de trabajo de la mano de obra estadounidense. Retomaremos este tema. De cualquier manera, una cosa es segura : Trump no podrá satisfacer a todos sus electores ni a todos sus patrocinadores. Se anuncia un despertar muy brusco.

Fuente: fragmento del libro de Michel Collon (Ediciones Investig’Action/Viejo Topo, Barcelona, 2018)
http://www.investigaction.net/es/quien-piensa-y-que-en-el-complejo-industrial-militar/


sábado, 26 de marzo de 2016

ATENTADOS DE BRUSELAS: ¡NO, SEÑOR PRIMER MINISTRO!





Investig Action
26-03-2016

Ayer, como muchos en Bruselas, pasé horas intentando averiguar cómo se encontraban mis familiares y amigos. ¿Quién, por desgracia, habría podido hallarse en ese metro maldito, que yo también cojo para ir al despacho de Investig'Action? ¿Quién, por desgracia, habría podido hallarse cerca del Starbucks del aeropuerto, donde suelo tomar un té mientras espero el embarque de mi vuelo? Indagaciones aún más angustiosas si tenemos en cuenta que la red estaba evidentemente saturada. 

En definitiva, como muchos en Bruselas, viví, durante un día, lo que viven desde hace años los iraquíes, los libios, los sirios y, antes de ellos, los argelinos. Al haber estado en más de una ocasión en lugares que habían sido bombardeados por los occidentales, sé cómo son los restos de cuerpos dislocados que ya nadie podrá volver a abrazar. He visto allí el dolor de aquellos a los que se les arrebata para siempre a su marido, su mujer, su hijo.

Como muchos en Bruselas, lloré y deseaba golpear a los criminales que arremetieron contra tantos inocentes. Pero el criminal no nace, se hace. Y la cuestión más importante es: ¿cómo han llegado a eso? ¡Negar a este ese punto el valor de la vida de tantos inocentes! Hacerlos sufrir y aterrorizarlos en vez de luchar ―con esos inocentes― contra la injusticia que nos golpea a todos. ¿Quién ha intoxicado a esos jóvenes, quién les ha dado el ejemplo de la violencia, quién los ha sumido en la desesperación y, sobre todo, quién les ha armado? Criminales, sí, pero acaso no son también en parte víctimas, aunque este término resulte chocante.

Así que, cuando vi que nuestro primer ministro Charles Michel declaraba en conferencia de prensa que los belgas tenían que unirse y esquivaba con cautela la cuestión esencial: «¿Cómo hemos llegado a esto, quiénes son los responsables?», me enfurecí con ese hombre hipócrita que nos propone solo seguir como antes, cuando la pregunta que se hace la gente es precisamente «¿Cómo evitar que esto vuelva a suceder? ¿Qué políticas aplicar para poner fin a este engranaje infernal?»

¿Creen de verdad que la vigilancia y la represión van a impedir nuevos atentados? Algunos, sí, pero todos es imposible. Para eso hay que cambiar de política. Su política.

Einstein decía: «No se resuelve un problema con los mismos planteamientos que lo han creado». En efecto, no se acabará con el terrorismo hasta que no se hayan debatido sus causas profundas, con el fin de llevar a cabo una verdadera prevención.

Señor primer ministro Charles Michel, no le estoy agradecido. Porque se ha negado a plantear las cuestiones importantes: ¿Los Saúd y Qatar han financiado a los terroristas? Sí, los informes de los servicios estadounidenses lo afirman. ¿Estados Unidos creó Al Qaeda? Sí, Hillary Clinton lo ha reconocido. ¿LA CIA organizó un campo de entrenamiento en Jordania? Sí, el célebre periodista estadounidense Hersh lo ha demostrado. ¿Fabius impulsó el terrorismo al declarar «Al Qaeda hace un buen trabajo»? Sí, miren su vídeo de Marrakech en diciembre de 2012.

En general, ¿Estados Unidos ha utilizado el llamado terrorismo islámico desde Bin Laden en Afganistán, en el 79, hasta la Siria actual, pasando por Bosnia, Kosovo, el Caucaso, Argelia, Iraq, Libia y otros muchos países? ¿No es preciso crear urgentemente una comisión de investigación sobre los vínculos EE.UU. – terrorismo y sobre el trasfondo estratégico de todos estos dramas? ¿Usted y Europa, van a seguir siendo el perrito faldero de Estados Unidos? Usted se entusiasma como un niño cuando Obama le llama. Pero ¿por qué no denuncia su hipocresía ante estas guerras? Señor Michel, cuando pienso en todo ese sufrimiento que habría podido evitarse, no le estoy agradecido.

Es cierto que usted no es el único que utiliza la falsa retórica.

Señor ministro de Asuntos Exteriores Didier Reynders, tampoco le estoy agradecido. Ayer declaró que los terroristas atacan nuestro «modo de vida». Exactamente las mismas palabras que dijo Georges W. Bush el 11 de septiembre antes de atacar Iraq y Afganistán con excusas falaces. Señor Reynders ¿por qué no hizo referencia a sus declaraciones de abril de 2013 en las que elogiaba a «esos jóvenes a los que quizás un día se les erija un momento como héroes de la revolución»1?

¿Por qué no quiso venir cuando le invité, en junio de 2013, a participar a un debate «Jóvenes en Siria, cómo impedir que vayan»? ¿Eso no le preocupaba? ¿Creía que para «cambiar de régimen» como usted dice, todos los medios eran buenos, incluso el terrorismo? ¿No pensó que animándoles a cometer ese tipo de actos allí, algunos vendrían a hacer lo mismo aquí? Señor Reynders, no le estoy agradecido.

Señora Milquet, tampoco le estoy agradecido. Usted era ministra del Interior en ese momento. Usted también se negó a participar en aquel debate, a pesar de nuestra insistencia, ¡cambiando constantemente de pretexto! Desde entonces, guarda silencio. ¿Avergonzada por haber ignorado los gritos de desesperación de las madres angustiadas al ver que sus niños ―porque eran realmente niños de 16, 17, 18 años― partían hacia el infierno sin que Bélgica hiciera nada para detenerlos? ¿No le asaltan los remordimientos al ver lo que ha sucedido? Señora Milquet, no le estoy agradecido.

¿No es hora de abrir un gran debate sobre las consecuencias de la política internacional que Bélgica ha llevado a cabo en los últimos años?

1. ¿Europa debe seguir respaldando a Estados Unidos y su política, que siembra la violencia en Oriente Medio?

2. ¿Bélgica debe seguir apoyando la violencia de Israel, negándose a hacer respetar el derecho internacional y tratando de «antisemitas» a los jóvenes que quieren defender los derechos de los palestinos?

3. ¿Bélgica debe seguir prosternándose ante los petrodólares de los Saúd (robados a los pueblos árabes en lugar de utilizar el dinero del petróleo y el gas en luchar contra la pobreza como en América Latina) cuando todo el mundo sabe que los Saúd financian la intoxicación de las mentes jóvenes mediante una versión envenenada y falseada del islam?

4. ¿Cómo se justifica el rechazo a conceder asilo a las víctimas de «nuestras» guerras en Iraq, Siria y Afganistán?

5. ¿Cuándo se hará público por fin el informe de la intervención «humanitaria» en Libia, donde la OTAN se alió con Al Qaeda para derrocar a Gadafi, violando la Carta de la ONU que prohíbe ese tipo de prácticas, con las consecuencias que esto ha tenido: Libia convertida en base del terrorismo internacional?

¿No es hora de abrir al mismo tiempo un gran debate sobre las consecuencias de la política social, o más bien antisocial, de los gobiernos belgas desde hace años?

1. ¿Pueden recortar sin cesar los presupuestos escolares, creando escuelas-aparcaderos en las que los profesores no tienen ni la formación adecuada ni los medios para enfrentarse a tantas cuestiones complejas sobre el mundo actual?

2. ¿Pueden recortar sin cesar los presupuestos de prisiones y reinserción, con el riesgo de que pequeños delincuentes se conviertan en delincuentes irrecuperables?

3. ¿Pueden recortar sin cesar los presupuestos de los medios audiovisuales públicos, de forma que los periodistas no tienen tiempo de profundizar en los temas (confidencias llegadas de dentro de la RTBF) y se ven condenados al reino del copi-pega y de las noticias basura, empujando así a los jóvenes, que se han vuelto desconfiados, hacia la teoría del complot o peor aún hacia los predicadores fanáticos y los reclutadores sin escrúpulos?

4. ¿Pueden seguir haciendo regalos a la banca y a las multinacionales que ya casi no pagan impuestos y revertir el déficit especialmente en los ayuntamientos, cuyos responsables carecen de los medios necesarios para ayudar a los jóvenes? ¿No es así como crean núcleos de desesperación como Molenbeek? (pero no es el único, también están Vilvorde, Verviers, Anvers y no olvidemos que los «euro-yihadistas» proceden de numerosos países europeos).

5. ¿Hay que extrañarse entonces de que tantos jóvenes hayan caído en las garras de los reclutadores profesionales? Sobre todo teniendo en cuenta que cuando se les denunciaba ante la policía, no siempre pero sí con bastante frecuencia, padre y educadores oían la siguiente respuesta: «¡Que se vayan a Siria, lo que no queremos es que regresen!».

6. ¿Tiene realmente derecho a mostrarse sorprendido ante los atentados de París y de Bruselas cuando la voz de alarma se había dado hace años y usted se negó a escuchar a los que lanzaron la alerta?

Ayer, cada padre tembló por sus hijos. Hoy, todos nos interrogamos sobre la educación que hay que darles frente a un mundo cada vez más violento. ¿Podremos ofrecerles una verdadera educación y un futuro? ¿Mañana cuál será la ciudad que se verá golpeada? La escalada del odio y el miedo, dirigida contra los musulmanes, favorece a la extrema derecha. ¿Es eso lo que usted quiere?

En suma, los atentados no son una fatalidad, son resultado de una política. Aplicada en Washington. Luego en Londres y París. Bruselas les siguió servilmente. Señores dirigentes, son, por lo tanto, corresponsables. ¿Tenemos derecho a debatir sobre ello ―en «democracia»― o van a presionar de nuevo para que los medios de comunicación se callen?