Foto:
https://mujeresenrebeldia.wordpress.com
17/11/2020
Situando el
problema
No es
ninguna novedad que las mujeres gozan de menos derechos que los varones en
prácticamente todos los rincones del mundo. Eso está comenzando a cambiar, muy
lentamente quizá, pero sin vuelta atrás. Ya hay transformaciones importantes en
curso, aunque todavía resta muchísimo por avanzar. Lo cierto es que el
patriarcado, con mayor o menor virulencia, sigue siendo aún una cruel realidad
en todo el planeta. No puede precisarse cómo seguirán esos cambios, con qué
velocidad, cuál será el producto de todo ello. El aporte aquí presentado
pretende ser un elemento más para esa gran transformación ya en marcha. Lo más
importante a destacar es que algo comenzó a moverse y debemos seguir impulsando
esa tendencia.
Amparados en
la pseudo explicación de "ancestrales motivos culturales", puede
entenderse –jamás justificarse– la lógica que hay en juego en el patriarcado. A
partir de descifrar eso, puede entenderse una retahíla de atrocidades: los
arreglos matrimoniales hechos por los varones a espaldas de las mujeres, el papel
sumiso jugado por éstas en la historia, el harem, la ablación clitoridiana en
nombre de la exclusividad masculina del goce genital; puede entenderse que una
comadrona en las comunidades rurales de Latinoamérica cobre más por atender el
nacimiento de un niño que el de una niña, o puede entenderse la lógica que
lleva a la lapidación de una mujer considerada adúltera en el África.
En ese orden
–y es lo que tratará de explicitarse en este escrito– puede verse cómo esa
matriz fundamenta nuestras sociedades basadas en clases sociales, asimétricas,
y por tanto, violentas. Propiedad privada, familia, dominación y patriarcado
son elementos de un mismo conjunto. Es imposible –quimérico, podría agregarse–
pretender establecer un orden cronológico en todo ello. Lo cierto es que, desde
sus orígenes hasta la fecha, funcionan indisolublemente. El pensamiento
dominante de una época, la ideología –también las religiones, con la
importancia toral que han tenido y continúan teniendo en la actualidad en todos
los asuntos que podrían llamarse sociales, o éticos–, certifican esta unión
entre los elementos mencionados. Nuestras sociedades se basan indistinta e
indisolublemente en todo eso. Por tanto propiedad privada, su defensa violenta
(léase: guerras, entre otras cosas, represión de toda protesta social, de todo
intento de cambio), y patriarcado son una misma cosa.
En toda
relación interhumana, la ideología dominante parte de la base (errónea, por
cierto) de una situación "natural", que interesadamente podría
tomarse por "normal". Pero sucede que en la dimensión humana no hay
precisamente "buenos" y "malos", ángeles y demonios, una
normalidad dada de antemano, genética. Menos aún, una pretendida normalidad
determinada por los dioses (dicho sea de paso: ¿cuáles?, visto que existen
tantos, 3.000 al menos según el conteo de la ciencia antropológica). Hay, en
todo caso, conflictos ("La violencia es la partera de la historia",
anunciaba Marx con una clara inspiración hegeliana). El paraíso libre de
conflictos es un mito, está irremediablemente perdido.
Quizá en un
arrebato de modernidad podríamos llegar a estar tentados de decir que las
religiones más antiguas, o los albores de las actuales grandes religiones
monoteístas, son explícitas en su expresión abiertamente patriarcal, consecuencia
de sociedades mucho más "atrasadas", sociedades donde hoy ya se
comienza a establecer la agenda de los derechos humanos, incluidos los de las
mujeres como una imperiosa necesidad de reparar injusticias históricas,
sociedades que van dejando atrás la nebulosa del así llamado
"sub-desarrollo". Así, no nos sorprende, por ejemplo, que dos
milenios y medio atrás, Confucio, el gran pensador chino, pudiera decir que
"La mujer es lo más corruptor y lo más corruptible que hay en el mundo",
o que el fundador del budismo, Sidhartha Gautama, aproximadamente para la misma
época expresara que "La mujer es mala. Cada vez que se le presente la
ocasión, toda mujer pecará".
Tampoco nos
sorprende hoy, en una serena lectura historiográfica y sociológica de las Sagradas
Escrituras de la tradición católica, que en el Eclesiastés 22:3 pueda
encontrarse que "El nacimiento de una hija es una pérdida", o
en el mismo libro, 7:26-28, que "El hombre que agrada a Dios debe
escapar de la mujer, pero el pecador en ella habrá de enredarse". O
que el Génesis enseñe a la mujer que "parirás tus hijos con dolor. Tu
deseo será el de tu marido y él tendrá autoridad sobre ti", o el
Timoteo 2:11-14 nos diga que "La mujer debe aprender a estar en calma y
en plena sumisión. Yo no permito a una mujer enseñar o tener autoridad sobre un
hombre; debe estar en silencio".
Reconociendo
que los prejuicios culturales, racistas y machistas, siguen estando aún
presentes en la Humanidad pese al gran progreso de los últimos siglos, desde
una noción occidental (eurocéntrica y colonialista), podría pensarse que son
religiones "primitivas" las que consagran el patriarcado y la
supremacía masculina. Así, ente la población africana, es común que en nombre
de preceptos religiosos (de "religiones paganas" se decía no hace
mucho tiempo) más de 100 millones de mujeres y niñas son actualmente víctimas
de la mutilación genital femenina, practicada por parteras tradicionales o
ancianas experimentadas al compás de oraciones religiosas a partir del
concepto, absurdamente machista, que la mujer no debe gozar sexualmente,
privilegio que sólo le está consagrado a los varones, mientras que eso por
cierto no sucede en sociedades "evolucionadas".
Incluso
podría decirse que si la religión católica consagró el machismo, eso fue en
tiempos ya idos, pretéritos, muy lejanos, y no es vergonzante hoy que uno de
sus más conspicuos padres teológicos como San Agustín dijera hace más de 1.500
años: "Vosotras, las mujeres, sois la puerta del Diablo: sois las
transgresoras del árbol prohibido: sois las primeras transgresoras de la ley
divina: vosotras sois las que persuadisteis al hombre de que el diablo no era
lo bastante valiente para atacarle". Es decir: la mujer siempre como
objeto, y más aún: objeto peligroso.
En esa
línea, tampoco llama la atención que hace ocho siglos Santo Tomás de Aquino,
quizá el más notorio de todos los teólogos del cristianismo, y presente entre
nosotros en nuestra ideología cotidiana –sin saberlo, somos todas y todas
aristotélico-tomistas– expresara: "Yo no veo la utilidad que puede
tener la mujer para el hombre, con excepción de la función de parir a los
hijos".
Las
religiones, y por tanto el sentido común dominante, ven en la sexualidad un
"pecado", un tema problemático. Sin dudas, ese es un campo polémico,
plagado de dificultades. Pero no porque lleve a la "perdición" (¿qué
será eso?) sino porque es la patencia más absoluta de los límites de lo humano:
la sexualidad fuerza, desde su misma condición anatómica, a "optar"
por una de dos posibilidades: "macho" o "hembra".
La
constatación de esa diferencia real no es poca cosa: a partir de ella se
construyen nuestros mundos culturales, simbólicos, de lo masculino y lo
femenino, yendo más allá de la anatómica realidad que nos es dada desde el
nacimiento. Esa construcción es, definitivamente, la más problemática de las
construcciones humanas, y siempre lista para el desliz, para el
"problema", para el síntoma (o, dicho de otra manera, para el goce,
que es inconsciente. ¿Cómo entender desde la lógica "normal" que un
varón impotente o una mujer frígida, o un alcohólico con su compulsión
destructiva a beber, "gocen" con su síntoma?). A partir de esa
construcción simbólica, se "construyó" masculinamente la debilidad
femenina. Así, la mujer es incitación al pecado, a la decadencia. Su sola
presencia es ya sinónimo de malignidad; su sexualidad es una invitación a la
perdición, a la locura. Por eso, al menos en la construcción judeo-cristiana
dominante en Occidente, la sexualidad "correcta" debe estar solo al
servicio de la reproducción. Lo demás (el goce) es pecado.
De ahí al
moralismo condenatorio, un paso. "Adán y Eva y ¡no Adán y
Esteban!", vociferaba un predicador evangélico, Biblia en mano. No
caben dudas que el campo de la sexualidad y las relaciones afectivas en su
sentido amplio siguen siendo –no hay otra alternativa parece– el doloroso talón
de Aquiles de lo humano. ¿Por qué, indefectiblemente, en toda cultura y todo
momento histórico, se ocultan las "zonas pudendas"? Pero, ¿por qué
son pudendas?, justamente. ¿Por qué toda la construcción en torno a esto es
tan, pero tan problemática?
El
psicoanálisis nos da la pista: no queremos saber nada de la incompletud, de la
falta, por eso tapamos los órganos que nos ¿avergüenzan?, porque descubren que
estamos en una carencia original: no podemos ser al mismo tiempo todo, machos y
hembras. Por eso se prefiere una psicología de la felicidad que nos otorgue
manuales y fórmulas de autoayuda para ¿triunfar en la vida? y asegurar el
"amor eterno" (que, en realidad, no dura mucho), y nos exime de esta
angustiante tarea de reconocer la incompletud. Resaltar la misma no es muy
grato, hiere nuestro narcisismo; mantener la ilusión de la completud obviando
el conflicto a la base, es mucho más gratificante. Las religiones, en general,
no dicen algo muy distinto a esta psicología de la buena voluntad, de la
felicidad. Por eso todavía siguen ocupando un importante lugar en la dinámica
humana. Son siempre la promesa de un paraíso por venir, la explicación de lo
inexplicable, el bálsamo que todo lo suaviza. La cuestión es que el único
paraíso existente es el paraíso perdido.
Como un dato
con algo de "perturbador" (al menos para la conciencia
tradicionalista y reaccionaria) que no puede dejarse pasar inadvertido, valga
considerar este ejemplo que debería cuestionar radicalmente esta ideología de
la virilidad, del "macho": en la ciudad de Guatemala, (capital de un
país conservador desde el punto de vista ético, declaradamente cristiano –pero
con un porcentaje de abortos de los más altos de Latinoamérica, por supuesto
clandestinos–), en la última década la cantidad de mujeres trans que ofrecen
sus servicios en las calles aumentó en un 1,000%.
¿Cómo
entender el fenómeno? ¿Se vuelve más "degenerada" la sociedad, o se
permite externar más algo que estaba latente desde siempre? Considérese que
quienes demandan el servicio son siempre varones (oficialmente heterosexuales y
monogámicos, que quizá van a misa o al culto). Si subió tanto la oferta, es
porque hay demanda, nos podrían decir los mercadólogos. Esto de ser ¡puro
macho! habría que empezar a ponerlo en cuestión. Lo cual ayudaría a repensar
críticamente –para buscarle alternativas, claro está– toda la ideología
patriarcal. ¿Qué significa eso de ser "tan machos"? ¿Por qué ser
"puto" (en muchos países latinoamericanos: mujeriego, don Juan) en
ambientes masculinos –e incluso hasta femeninos– puede ser encomiable, y ser “puta”
es sinónimo de desprecio?
Toda esta
misoginia que nos envuelve, este machismo que marca tanto a varones como a
mujeres, tan condenable sin dudas, podría entenderse como el producto de la
oscuridad de los tiempos, de la falta de desarrollo, del atraso que imperó
siglos atrás en Occidente, o que impera aún en muchas sociedades contemporáneas
que tendrían todavía que "madurar" (y que, por ejemplo, aún lapidan
en forma pública a las mujeres que han cometido adulterio, como los musulmanes,
o les obligan a cubrir su rostro ante otros varones que no sean de su círculo
íntimo).
El Occidente
"civilizado" ya no usa cinturón de castidad, pero es realmente para
caerse de espaldas saber que hoy, entrado ya el siglo XXI, la Santa Iglesia
Católica Apostólica Romana sigue preparando a las parejas que habrán de
contraer matrimonio con manuales y recomendaciones como la que transcribe 20
minutos Madrid, del 15 de noviembre de 2004, año V., número 1,132, página
8, donde puede leerse que "La profesión de la mujer seguirá siendo sus
labores, su casa, y debería estar presente en los mil y un detalles de la vida
de cada día. Le queda un campo inmenso para llegar a perfeccionarse para ser
esposa. El sufrimiento y ellas son buenos amigos. En el amor desea ser
conquistada; para ella amar es darse por completo y entregarse a alguien que la
ha elegido. Hasta tal punto experimenta la necesidad de pertenecer a alguien
que siente la tentación de recurrir a la comedia de las lágrimas o a ceder con
toda facilidad a los requerimientos del hombre. La mujer es egoísta y quiere
ser la única en amar al hombre y ser amada por él. Durante toda su vida tendrá
que cuidarse y aparecer bella ante su esposo, de lo contrario, no se hará
desear por su marido".
La idea de
"pecado decadente" ligado a las mujeres, no sólo en el catolicismo,
sigue estando presente en diversas cosmovisiones religiosas, todas de
extracción patriarcal. La anterior cita, que podría tomarse como una
exageración, es lo que sigue alimentando la ideología dominante. No hay cinturón
de castidad…, al menos en la realidad. El cinturón de castidad sigue presente
simbólicamente, en la mentalidad dominante, en las relaciones de poder. Por lo
tanto, hay mucho que seguir trabajando aún en todo esto.
Mujeres
siempre llevando la peor parte: embarazo como problema
Para los
varones hacer hijos a diestra y siniestra se ve como símbolo de hombría, de
virilidad. Pero reproducir la especie no es sólo procrear hijos. Eso último es
un hecho eminentemente biológico-natural, de orden "animal" podría
decirse. El cómo hacerlo (planificando, teniendo perspectiva de futuro,
decidiendo en forma conjunta varón y mujer, por medio de inseminación
artificial, haciéndose cargo de la crianza de los nuevos seres la pareja parental
en forma responsable, las modalidades culturales en que se enmarca todo ello,
etc.) es también una cuestión eminentemente social. Se presentifican ahí las
ideologías dominantes, los prejuicios, los juegos de poder, los valores éticos
de una sociedad, además de las variables personales de cada sujeto.
Todo ello
lleva a mostrar que la institución donde se da la procreación de la especie es
justamente eso: una institución, algo instituido, establecido, codificado. No
responde a un instinto primario. Por tanto, como código que es, cambia,
varía con el paso del tiempo, puede hacer crisis. Lo demuestra la proliferación
de formas matrimoniales existentes a lo largo y ancho del mundo y a través de
la historia: pareja monogámica, harem, matrimonio homosexual, hijos
extramatrimoniales, familia monoparental (madre o padre soltero), patriarcado,
matriarcado, poliandria, etc. En Brasil ya van dos casos en que se oficia un
matrimonio entre tres personas, siendo legal. La reproducción como hecho
biológico es una cosa; el mundo simbólico que la entreteje es algo muy
distinto. Siguiendo esa línea de análisis podría llegarse a preguntar: ¿cuánto
tiempo de vida le queda al matrimonio occidental conocido como
"normal"? Si es posible generar vida artificial, clonar seres
humanos, quizá ya no sea necesaria la institución matrimonial. El debate está
abierto.
Según
investigaciones recientes aproximadamente un 50% de matrimonios en el mundo se
disuelven. Podemos tomar el dato con pinzas (como todo dato en el campo de la
investigación social), pero no cabe ninguna duda que hay una tendencia fuerte
que no puede desconocerse. Esta tendencia –ahí está lo importante a considerar–
nos habla de algo: el matrimonio es una institución en crisis. En todo
caso, la modernidad de nuestros días posibilita poner sobre la mesa sin tanto
problema cuestiones que recorren la historia, anteriormente no dichas, hoy ya
más visibilizadas. Y de ahí puede sacarse la obligada conclusión: el
patriarcado lleva por caminos sin salida.
Amigos con
derechos, aminovios, parejas abiertas, matrimonios homosexuales…, a lo que
podría agregarse, quizá con otro estatuto sociológico pero igualmente
"inquietante" para una visión tradicional: sexo cibernético,
relaciones en el espacio virtual, muñecas y/o muñecos inflables de silicón,
etc., etc. Todo esto es nuevo, y aún sigue produciendo mucho escozor a las
visiones conservadoras. Pero ahí están todas estas cosas, tocando la puerta de
nuestras atribuladas sociedades.
La
institución del matrimonio va acompañada y se inscribe en el patriarcado, el
primado del varón sobre la mujer (se es la "mujer de"; el cinturón de
castidad, aunque no se use de hecho, no salió de nuestras mentalidades, la
mujer sigue siendo todavía propiedad varonil, igual que la casa, el vehículo, una
vaca, una gallina o la finca), modalidad cultural que, sin que pueda decirse
que esté en absoluto proceso de crítica y de retirada de la escena, al menos
comienza también –muy tibiamente todavía– a ser cuestionada. En este marco
general, entonces, debe entenderse el matrimonio como el dispositivo social que
permite/asegura la perpetuación de la especie, de la propia cultura, y de la
propiedad privada. Es la célula social que sirve para reproducir el sistema
vigente.
El
matrimonio en tanto institución, así como el patriarcado como formación social,
son procesos históricos. Si nacieron alguna vez, si son elaboraciones que
responden a momentos determinados de la historia, por tanto pueden (¿deben?)
evolucionar, transformarse, desaparecer. Como todo lo humano, están atravesados
por la cultura, por tanto, por la ideología. ¿Por qué, por ejemplo, hay
prohibición del incesto? Entre los animales no sucede eso. Esto significa que
todo lo humano está envuelto, movido, determinado por hechos simbólicos. El
puro instinto no alcanza para entender –ni para actuar– sobre nuestra compleja
y errática realidad. Para prueba –una entre tantas, útil para evidenciar lo que
este ensayo pretende poner en cuestión– véase lo que sucede en numerosos casos
con los embarazos cuando no son consensuados; o más aún: cuando son producto de
violaciones.
En nuestros
países latinoamericanos, y más aún en el país donde se produce el presente
escrito: Guatemala, los tan comunes embarazos forzados, más que hablar de una
ámbito biológico-natural donde la especie se reproduce, muestran –con
descarnado patetismo– lo que significa el patriarcado en tanto ejercicio de
poder.
El embarazo
no deseado, del que finalmente tiene que hacerse cargo la mujer en condiciones
de soledad y, en muchos casos, de precariedad, así como la violación que lo
pone en marcha, o el incesto como algo frecuente, la maternidad en soltería (en
Guatemala una de cada tres madres es soltera), los riesgos mortales que se
siguen de prácticas abortivas en situación de clandestinidad, los mitos y
prejuicios descalificadores que acompañan todo esto, están hondamente
enraizados en la ideología dominante evidenciando que el patriarcado es una
cruda realidad que sigue presente, golpeando a las mujeres obviamente, pero
transmitiendo una ideología generalizada en toda la sociedad donde la figura
del "macho" dominante aún sigue vigente, con lo que se perpetúa esta
"normalidad".
Históricamente,
varones y mujeres, ni bien estaban en condiciones de procrear, lo hacían. Desde
hace unos pocos siglos la complejización de la vida hace que para ser un adulto
normal integrado a la esfera productiva se necesita cada vez más preparación
(en ciertos círculos, muy limitados aún, ya se exigen post-grados
universitarios); de ahí que en la pubertad, cuando ya se está en edad
reproductiva, aún no se ingresó al mercado laboral. Para ello faltan aún varios
años; es por eso que hoy, en nuestro mundo marcado por la revolución científico-tecnológica,
la reproducción se va demorando cada vez más. En ese sentido, hoy por hoy tener
hijos en la adolescencia es un desatino. La sociedad ha creado esto, y como
somos esclavos de nuestro tiempo, es imposible alejarse de esos determinantes.
Un embarazo
sufrido en la adolescencia sin haber sido deseado, sin planificarlo, y más aún
en situación de agresión en tanto producto de una violación, lo que menos puede
tener es placer, satisfacción. Es, en todo caso, un problema.
Estamos, por
tanto, ante un problema con una triple dimensión. Problema, por un lado, a)
para la mujer joven que lo experimenta, por los riesgos a que puede verse
sometida, fundamentalmente por su condición de precariedad psicosocial. Por
otro lado, b) para el hijo que podrá nacer de esa relación sexual (ser humano
no deseado que llega al mundo en un contexto en modo alguno amistoso, siendo
producto de un hecho agresivo). Por último, c) un problema para el todo social,
en tanto reafirma la cultura machista patriarcal que coloca a las mujeres en
situación de objeto, repitiendo así patrones sociales de menosprecio y
exclusión del género femenino a manos de un poder masculino hegemónico,
refrendado desde la institucionalidad del Estado e incluso desde la autoridad
moral de las iglesias.
El
nacimiento de un niño no deseado en una joven madre, de por sí tiene una serie
de problemas conexos. Pero si esa gestación es producto de una relación abusiva
o violatoria, estamos ante una verdadera catástrofe social. Dicho sea de paso:
las catástrofes nunca son naturales. Son sociales, en el más amplio sentido de
la palabra, pues los eventos de la naturaleza afectan según el desarrollo
social de quien los experimenta. ¿Por qué un embarazo, que debiera ser algo tan
bello y sublime, puede transformarse en una tragedia? No hay fuerza instintiva
que lo explique.
Que en un
país muchas de sus niñas y jóvenes salgan embarazadas como producto de
prácticas de violencia de género y por una tradicional cultura que lo tolera,
no deja de ser un grave problema de salud pública, un problema
socio-epidemiológico. Es imperioso que las autoridades del caso, que el Estado
en tanto rector de la política en salud, comiencen a remediar esto. Pero, lo
sabemos, los Estados son la institucionalización de la violencia de los grupos
de poder, no sólo la económica: también el patriarcado está institucionalizado,
aceptado, legalizado.
Durante la
pasada guerra en Bosnia el Papa Juan Pablo II mandó una carta abierta a las
mujeres que habían quedado embarazadas después de ser violadas pidiéndoles
explícitamente que no se practicaran un aborto y que cambiaran la violación en
"un acto de amor" haciendo a ese niño "carne de su carne".
Seguramente no es eso lo que se necesita para abordar el problema en términos
de ciencia epidemiológica, en términos de política pública de salud. Eso es
seguir abonando generosamente la cultura machista y patriarcal.
Patriarcado:
¿por qué?
Abrir una
crítica contra el machismo dominante –que, por lo visto, atraviesa la historia
humana y está presente en todas las latitudes– es imprescindible. Pero, ¿por
qué? Podría comenzarse diciendo que por una cuestión de equidad mínima, por
justicia universal y respeto por parte de los varones (dominadores hasta ahora)
hacia las mujeres (las dominadas). Sin dudas si alguien sale perjudicado en
esta asimétrica relación, es el género femenino. "Gracias dios mío por
no haberme hecho mujer", reza una oración hebrea. Abundar con ejemplos
acerca de esta injusta situación no es el objetivo de este texto; sobran por demás
en la vida cotidiana, y creemos que lo del embarazo no deseado como producto de
violaciones expuesto más arriba es suficiente demostración de la injusticia en
juego. Partimos, entonces, de considerar que esas impresentables,
injustificables y aborrecibles asimetrías son el punto de arranque de la
presente reflexión.
Por razones
de la más elemental ecuanimidad debería corregirse, de una vez por todas, esta
aberración del patriarcado. ¿Con qué derecho un varón tendría más cuota de
poder que una mujer? ¿Por qué lo que a uno de los géneros se le prohíbe
("canas al aire", por ejemplo, o decir arbitrariamente sobre los
futuros nacimientos) en otros se tolera, o se aplaude incluso? ¿Por qué la
irracional, absurda y malintencionada visión de las mujeres como malas
conductoras de automóviles si estadísticamente está más que demostrado que
tienen menos accidentes viales que los varones? (porque no son tan
irresponsables, cuidan más su vida y la de los otros, cumplen más fielmente los
reglamentos de tránsito). ¿Por qué los golpes lo siguen recibiendo siempre
ellas y no ellos? En todo caso, y hacia eso tenemos que apuntar: ¡nadie debe
recibir golpes!
Por supuesto
que no hay ningún "derecho natural", ninguna presunta determinación
biológica ni voluntad divina que lo "justifique". Es una pura
construcción histórica, una ideología del poder masculino que se ha impuesto,
una nefasta injusticia –una más de tantas– que atraviesan la vida humana. No se
trata, entonces, de hacer un mea culpa por parte de los varones
"salvajes, malos y abusivos" para tornarse más "piadosos",
más "buenos". Definitivamente, no va por allí la cuestión.
Por cierto,
un cambio en la construcción de las relaciones humanas daría como resultado una
equiparación en derechos y deberes por parte de ambos géneros. De eso se trata,
y no de un "abuenamiento" de los machos violentos. Las
relaciones humanas, si las consideramos en tanto relaciones de grandes grupos,
de movimientos históricos, no deben entenderse en términos de relaciones
personales, de inter-subjetividades, de "bondad" o "maldad"
en tanto voluntarias decisiones de sujetos autosuficientes que definirían la
historia. Las ciencias sociales han aportado esa visión más profunda: la
cultura, las clases sociales, la lucha por el poder nos trascienden como
individuos. Somos lo que somos porque hay una historia que nos precede y nos
sobredetermina. "Solo no eres nadie. Es preciso que otro te
nombre", decía magistralmente Bertolt Brecht. El "macho" de
barrio o el albañil que le silba o piropea insultante a una mujer que pasa
caminando no es "el malo de la película". Es un síntoma social.
Ahora bien:
¿dónde nos lleva el patriarcado? ¿Por qué no ser machistas? No sólo porque los
varones no tienen ningún derecho sobre las mujeres (¡que no son su propiedad,
aunque todavía las mujeres casadas utilizan el genitivo "Sra. «de»
Fulano"!) sino –y quizá esto puede ser lo fundamental– porque el modelo de
sociedades patriarcales que se ha venido construyendo desde que tenemos
noticia, propiedad privada de por medio, ha estado centrado en la supremacía
varonil.
El poder,
hasta ahora, se ha venido concibiendo como un hecho "masculino". La
representación del poder es siempre un símbolo fálico (bastón de mando, cetro,
báculo pastoral). Incluso los prelados católicos, que hicieron voto de
castidad, representan su mandato con una evocación de aquello que no usan como
órgano sexual y se une con lo fálico. El falocentrismo nos atraviesa.
Decir que la
organización social es fálica apunta a concebir las relaciones interhumanas
vertebradas en torno a un símbolo, un articulador que representa "la
potencia soberana, la virilidad trascendente, mágica o sobrenatural y no la
variedad puramente priápica del poder masculino, la esperanza de la
resurrección y la potencia que puede producirla, el principio luminoso que no
tolera sombras ni multiplicidad y mantiene la unidad que eternamente mana del
ser" (Lacan, 1958).
El falo,
entonces, es el gozne que ordena una realidad de subjetividades, y si bien se
inspira en el órgano sexual masculino, no es correlativo con él. El poder está
concebido fálicamente; por tanto, tiene los atributos masculinos. Hoy por hoy,
en nuestras patriarcales sociedades, una mujer que detente cuotas de poder, es
considerada "masculina". Una mujer dominante "las tiene bien
puestas", es la Dama de Hierro. Imagen masculinizada sin ningún atenuante.
El poder es abusivo, arbitrario, no admite discusiones ni disensos.
Casualmente, todas características que definen la virilidad. ¿Por qué se siguen
tolerando los embarazos forzados de las mujeres, para recuperar el ejemplo de
más arriba? ¿Por qué no se acusa al Vaticano por ese llamado patético que puede
haber realizado su primer dignatario ante las violaciones masivas en una
guerra?
Las
sociedades que se han tejido en torno a este resguardo de la propiedad privada
han sido tremendamente masculinizadas, entendiendo por "masculino"
todo lo que se liga con los atributos de un "macho": fuerza, poderío,
supremacía. La resistencia femenina ante el dolor de un parto, por ejemplo, ni
siquiera se considera. Lo "importante" es lo varonil. Si se pregunta
por el trabajo de una mujer, la ideología dominante sigue respondiendo: "no,
ella no trabaja; es ama de casa". ¿No es importante ese trabajo acaso?
Si ese ha
sido el molde con el que se edificaron las sociedades –machistas, basadas en la
supremacía del más fuerte, competitivas y llevándose todo por delante,
destruyendo al otro que termina siendo siempre adversario a vencer– los
resultados están a la vista. Más allá de pomposas declaraciones de igualdad,
justicia, paz y entendimiento (que nadie cree realmente, fuera de los actos
protocolarios), la historia se sigue definiendo por quién detenta el garrote
más grande (hoy día podría decirse: mayor cantidad de misiles balísticos
intercontinentales con carga nuclear, ahora con velocidad hipersónica).
Lo varonil:
sinónimo de violencia
La
"conquista" –que es siempre agresiva, impositiva, muy de machos–
sigue siendo lo dominante. Se "conquistan" mujeres, territorios,
incluso el espacio sideral. También en el campo del saber se habla de
"conquistas" científicas. Si esa es la matriz que nos constituye
(¿machista, patriarcal, centrada en el garrote más grande como definición
última de nuestra dinámica?), el resultado habla por sí solo. Ese es el mundo
que tenemos: se gasta más en armas (32,000 dólares por segundo) que en
satisfacer las necesidades básicas de la humanidad. Con todo el desarrollo
científico-técnico de que disponemos como especie, el hambre sigue siendo de
las principales causas de muerte de la Humanidad, si bien se dispone de un 40%
más de alimentos para nutrir satisfactoriamente a todos los seres humanos.
Aunque se habla hasta el cansancio de paz y desarrollo equitativo, deciden los
destinos del mundo los pocos que tienen poder de veto en el Consejo de
Seguridad de Naciones Unidas (apenas cinco países: Estados Unidos, Rusia,
China, Gran Bretaña y Francia), los que tienen el garrote más grande (¿el
tamaño sí importa? Es evidente que el poder está concebido masculinamente: es
machista).
Si el mundo
que, propiedad privada de los medios de producción mediante, hemos construido
se basa en esa sed de "conquista" (machista patriarcal),
evidentemente ser machistas no nos depara lo mejor. Al menos como especie, como
Humanidad. Una rápida mirada al asunto podría hacer concluir que, sin dudas
para los varones, sí hay beneficios. ¡Por supuesto que en un sentido los hay!,
pues las desiguales cuotas de poder estipulan prebendas para unos (los varones,
los machos) allí donde para la otra mitad (las mujeres) hay penurias.
Habría que ser ciego para no reconocer que los golpes los reciben las mujeres y
que los varones son los "beneficiados". Ejemplos al respecto sobran:
mayores cuotas de poder, beneficios económicos, comodidades y privilegios por
doquier. La lista es interminable.
Pero
pretendemos ir más lejos en el análisis: las sociedades erigidas a partir de
ese modelo de dominación y competitividad (la abrumadora mayoría de las que se
conocen), si bien otorgan injustas e injustificadas prerrogativas a los varones
a costa de las mujeres (más disfrute, menos trabajo, más ejercicio de poderes,
más licencias para todo), sirven en definitiva para erigir construcciones
sociales violentas e inequitativas que terminan por ser dañinas para todos los
integrantes por igual. La posible guerra termonuclear o el ecocidio que se vive
(catástrofes de dimensiones dantescas) tocan a toda la Humanidad en su
conjunto, no olvidarlo: varones y mujeres vamos camino al exterminio si
seguimos por esta senda.
Las
sociedades basadas en la explotación económica de una clase sobre otra, que
hacen de la guerra de conquista (¿acaso alguna guerra no es de conquista?) una
clave de su desarrollo, las sociedades militarizadas y con patrones
autoritarios; en otros términos: prácticamente todas las sociedades que
conocemos desde el surgimiento de la propiedad privada cuando nuestros
ancestros llegaron a la agricultura y se hicieron sedentarios, todas siguen ese
patrón machista. Por tanto, ese modelo dominante no sólo a las mujeres –las
principales desposeídas, golpeadas y vejadas– sino a la totalidad del cuerpo
social no le depara un mundo de rosas.
En todo
caso, debe admitirse que cualquier varón, no importando su ubicación
socio-económica ni adscripción étnica, se beneficia infinitamente más que
cualquier mujer por el solo hecho de su estructura anatómica, que dado el
contexto social le permite ser un "macho" con todas las prerrogativas
concomitantes.
Para un
mundo patriarcal, tal como el que sigue habiendo más allá de los primeros
cambios que se empiezan a ver con una crítica a estos paradigmas, los varones
¿por qué querrían renunciar a esos privilegios? Eso implicaría comenzar a
compartir cuotas de poder con el género femenino, y definitivamente nadie está
dispuesto a ceder su sitial de honor. ¿Acaso algún cambio en las relaciones de
poder en nuestra historia como especie fue pacífico alguna vez? Recordemos
aquella sentencia citada más arriba, que ahora podrá dimensionarse más
acabadamente después de todo lo dicho: "La violencia es la partera de
la historia". Es decir: no hay cambios pacíficos.
La cuestión
básica por la que se abre esta crítica no es sólo por el desarrollo de una
nueva masculinidad no violenta que podría pretenderse más ¿civilizada?, más
¿"buena onda"? Bienvenida ella, por supuesto. Pero hay que ir más
allá aún.
En todo
caso, la apuesta es reemplazar esos patrones machistas, patriarcales,
masculinizantes, por nuevas formas de concebir las relaciones humanas; o si se
quiere decir de otra manera: para plantearnos una crítica a la forma en que nos
vertebra el poder.
¿Qué hacer
entonces?
Quizá puede
enfocarse la tarea no pensando en una nueva masculinidad más
"humanizada", más "suave", sino, siendo más amplios,
considerando y proponiendo nuevas relaciones humanas. Ello no sólo porque los
varones deben ser "bondadosos" y no maltratar a las mujeres (aunque
suene cínico, o absurdo, dicho así).
Se trata de
construir una nueva sociedad que replantee la idea de poder. ¿O habrá que
pensar que estamos condenados al bastón de mando masculino? De hecho, si bien
son muy contados casos en el mundo, también hay sociedades donde el género
masculino no detenta el poder (los Minangkabau en Indonesia, los Mosuo en el
Tíbet, etc.), donde hay otras formas de "armar" la sociedad.
Si el poder
masculinizante dio como resultado en el mundo esta catástrofe que tenemos
actualmente, con sus interminables "conquistas" y violencia
generalizada llevándose todo por delante, es hora de empezar a pensar en una
crítica radical de ese paradigma machista y patriarcal que está a su base.
Determinar
qué es primero, si la propiedad privada o el patriarcado, es intrascendente
para este análisis (el Estado, sin dudas, es posterior, porque viene a
legitimar la asimetría de poseedor y desposeído, "legalizando" el
hecho ya dado). Lo importante es entender que se construyó un mundo basado en
esa forma, en ese arquetipo: uno más poderoso (que de momento ha sido el macho
dominante) manda; otro, más débil y sumiso, obedece. Eso se mantiene a sangre y
fuego; intentar cambiarlo es promover la reacción más violenta y brutal (eso es
el Estado justamente: la violencia de clase organizada, la violencia de quienes
detentan el poder –podría decirse también: del género masculino sobre el
femenino–. ¿Qué otra cosa significa si no el citado mensaje papal?). Pero de lo
que se trata ahora, parafraseando a Marx en su Tesis XI sobre Feuerbach, no es
sólo de interpretar todo esto, sino de transformarlo.
De continuar
por ese lado, con ese patrón dominante, tenemos la destrucción de la especie
asegurada, y seguramente también del planeta. Dato interesante: de activarse
simultáneamente todo el potencial nuclear bélico que hay sobre el planeta en
estos momentos, la Tierra estallaría, no quedaría ni rastro alguno de forma
viva y los efectos que provocaría la explosión llegarían hasta la órbita de
Plutón, dañando severamente a Marte y Júpiter. Proeza técnica, sin dudas (si es
que así se le puede llamar). Pero ese ímpetu destructivo, esa arrogancia
arrolladora (¡muy machista!) no sirve para lograr un mundo más equilibrado, no
pudiendo resolver problemas ancestrales como el hambre, o la conflictividad
entre pares (continúa el racismo, el machismo, la competencia descarnada, los
embarazos no deseados y las violaciones sexuales). El "éxito" sigue
concibiéndose como destrucción del otro, ser más que el otro. Es evidente que,
falocentrismo por medio, "el tamaño sí importa". La solidaridad, más allá
de las solemnes declaraciones políticamente correctas, sigue esperando su
turno: ganar, triunfar, es siempre "cogerse" al otro (muy
masculinamente, por cierto).
¿Se
terminarían todas esas aberraciones, injusticias y mezquindades con un
planteamiento alternativo, no machista? ¿Cómo encaja ahí lo de "nuevas
masculinidades"? No lo sabemos, pero vale la pena intentarlo. Aunque,
siendo rigurosos, no es sólo una nueva masculinidad sino una nueva forma de
establecer las relaciones entre seres humanos. Decía Gabriel García Márquez
(The Time Magazine Special Issue Millennium, octubre de 1992, Vol. 140, N° 27):
"Lo único realmente nuevo que podría intentarse para salvar la
Humanidad en el Siglo XXI es que las mujeres asuman el manejo del mundo. La
Humanidad está condenada a desaparecer en el Siglo XXI por la degradación del
medio ambiente. El poder masculino ha demostrado que no podrá impedirlo, por su
incapacidad para sobreponerse a sus intereses. Para la mujer, en cambio, la
preservación del medio ambiente es una vocación genética. Es apenas un ejemplo.
Pero aunque sólo fuera por eso, la inversión de poderes es de vida o
muerte".
En sentido
estricto, quizá no se trate de invertir los poderes, tal como reclama el
insigne colombiano, sino de plantear una nueva forma de relacionamiento. O si
se quiere decir de otro modo: es necesario reformular la noción misma de poder,
de ejercicio de poder.
¿Por qué no
ser machistas? No porque la llamada nueva masculinidad invite a los varones a
"ser buenos" con las mujeres. O, al menos, no sólo por eso. ¡No
debemos ser machistas por una elemental necesidad de preservar la vida! ...,
aunque para los varones aparentemente resulte un beneficio ser servidos. El
modelo violento, arrasador, conquistador a que da lugar ese esquema viril, si
bien pueda deparar presuntos beneficios para el macho atendido servilmente por
"sus" mujeres, en definitiva es el preámbulo de otras formas de
violencia, es decir: de nuestro actual mundo basado en la injusticia, la
impunidad, la corrupción, el chantaje y, cuando sea necesario, la eliminación
del otro.
Mientras no
se considere seriamente el tema de las exclusiones –todas, no sólo las
económicas, también las de género al igual que las étnicas– no habrá
posibilidades de construir un mundo más equilibrado. El materialismo histórico
en su desarrollo teórico, así como las experiencias socialistas habidas durante
el siglo XX, maravillosas en muchos sentidos –y ahí sigue Cuba resistiendo los
ataques, con indicadores socio-económicos superiores a muchas potencias
capitalistas, por ejemplo– deben aún profundizar en estos aspectos poco tenidos
en cuenta: la explotación no es solo la de clase (fundamental, sin dudas).
También lo es el patriarcado. Más aún: el patriarcado como construcción
cultural posibilita seguir reproduciendo la explotación de clase.
Dicho en
otros términos: el falocentrismo del que todos somos representantes, el modelo
de desarrollo social que en torno a él se ha edificado –bélico, autoritario,
centrado en el ganador y marginador del perdedor– no ofrece mayores
posibilidades de justicia.
Trabajar en
pro de los derechos de género es una forma de apuntalar la construcción de la
equidad, de la justicia. Eso no es sólo una tarea de las mujeres. ¡Es un
trabajo político-social-ideológico de todas y todos por igual! Y sin justicia
no puede haber paz ni desarrollo, aunque se ganen guerras y se conquiste
la naturaleza.
Bibliografía
Aguilar, Y.
y Fulchiron, A. (2005) El carácter sexual de la cultura de violencia contra
las mujeres. Guatemala: FLACSO/UNESCO.
Bergara, A.,
Riviere, J. y Bacete, R. (2008) Los hombres, la igualdad y las nuevas
masculinidades. Vitoria: Instituto Vasco de la Mujer.
Braunstein,
N. (1980) Psiquiatría, teoría del sujeto, psicoanálisis. México: Siglo
XXI Editores.
Calderón, M.
y Osborne, R. (1990) Mujer, sexo y poder. Aspectos del debate feminista en
torno a la sexualidad. Madrid: Instituto de Filosofía.
Engels, F.
(1970) El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. Moscú:
Editorial Progreso.
Faur, E.
(2004) Masculinidades y desarrollo social. Las relaciones de género desde la
perspectiva de los hombres. Bogotá: Arango Editores/UNICEF.
Federici, S.
(2018) El patriarcado del salario. Críticas feministas al marxismo. Madrid:
Traficantes de sueños.
Fondo de
Población de Naciones Unidas. (2013). Maternidad en la niñez. Estado mundial
de la población 2013. USA: UNPD.
Fraser, N.
(1998) La justicia social en la época de la política de la identidad:
redistribución, reconocimiento y participación. Buenos Aires: Edición del
Centro de Documentación sobre la Mujer.
García
Márquez, G. Entrevista en The Time Magazine Special Issue Millennium.
Octubre de 1992, Vol. 140 N° 27.
Hardy, H. y
Jiménez, A. L. (1999) Masculinidad y género, en Revista Cubana de Salud
Pública, N° 27 (2001). La Habana: Editorial Ciencias Médicas.
Katz, C.
(2006) El porvenir del socialismo. Caracas: Monte Ávila Editores.
Lacan, J.
(1958) La significación del falo, en Escritos II. Madrid: Siglo XXI
Editores.
Lagarde, M.
(1977). Los cautiverios de las mujeres: madreesposas, monjas, putas, presas
y locas. México: UNAM.
Langer A.
(2002) El embarazo no deseado: impacto sobre la salud y la sociedad en
América latina y el Caribe. Revista Panamericana de Salud Pública.
Disponible en: http://www.temasdeactualidad.embarazo.shtml
Mannoni, M.
(1976) El psiquiatra, su "loco" y el psicoanálisis. Barcelona:
Siglo XXI Editores.
Olavarría,
J. (2008) Globalización, género y masculinidades. Las corporaciones
transnacionales y la producción de productores, en Revista Nueva
Sociedad N° 218. Buenos Aires: Fundación Foro Nueva Sociedad.
Toro-Alfonso,
J. (2009) Lo masculino en evidencia. Investigación sobre la masculinidad.
San Juan: Publicaciones Puertorriqueñas.
Tubert, S.
(1997) Figuras del padre. Madrid: Ediciones Cátedra.
Vance, C.
(compiladora) (1989) Explorando la sexualidad femenina. Madrid:
Editorial Revolución.
Marcelo
Colussi
Analista
político e investigador social, autor del libro Ensayos
mmcolussi@gmail.com,
https://www.facebook.com/marcelo.colussi.33
https://www.facebook.com/Marcelo-Colussi-720520518155774/
https://mcolussi.blogspot.com/
https://www.alainet.org/es/articulo/209798