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domingo, 9 de agosto de 2026

131 AÑOS SIN ENGELS: CARTAS, BATALLAS FINALES Y UN PROYECTO INCONCLUSO


 


Jazmín Bazán


@jazminbazanok

5 de agosto de 2026

 

En octubre de 1884, a un año y medio del entierro de Marx, Federico Engels confesaba a Johann Becker: “Mi infortunio es que, desde que perdimos a Marx, se pretende que yo lo represente. He pasado una vida (…) tocando el segundo violín; y, sin dudas, creo que lo he hecho razonablemente bien. (…) Pero ahora, de repente, se espera que tome su lugar”.

La metáfora del “violín” fue recuperada hasta el cansancio por distintos biógrafos. No sin razón, Engels señalaba que con Marx se había ido una visión histórica, política y revolucionaria irremplazable.

Tras cuatro décadas de amistad y colaboración revolucionaria –de las cuales surgieron las bases científicas para la emancipación del proletariado–, el “gentleman comunista” –como lo definió con precisión el historiador Tristram Hunt en una biografía homónima– debía dirigir la orquesta del socialismo mundial.

Desde entonces –y por un período de doce años–, Engels se dedicó a editar, traducir y publicar el legado literario de Marx, así como a profundizar sus propias investigaciones científicas. Ya libre de sus obligaciones industriales, ocupó un rol activo en el desarrollo de los jóvenes partidos socialistas y la formación de una nueva generación marxista.

El hombre aficionado a la caza de zorros –a la que llamaba “la mejor de todas las escuelas” para perfeccionar su estrategia militar y el movimiento en el terreno– era también el inversionista de la bolsa, una actividad que entendía, al fin y al cabo, como el mero reparto de la plusvalía ya robada a los trabajadores. Fue el empresario textil y accionista ferroviario que financiaba la militancia y a su amigo a través del “maldito comercio” –su despectiva forma de llamar a los negocios–, y el dueño de una bodega con más de 1.700 botellas –porque la revolución se celebra con buenos brindis–. Junto a todas esas facetas, resultó el gran guardián ideológico del comunismo del siglo XIX.

«Engels corría una carrera silenciosa contra el deterioro biológico. “Debo dedicarme enteramente a esta tarea, que he esperado por tanto tiempo, cuanto antes”, asentó en sus cartas a principios de 1895. Se refería a la biografía de Carlos Marx y a la historia de la I Internacional»

Lejos de ejercer como teórico de salón (¡comunista con iPhone!), se convirtió en el azote de quienes enarbolaban falsas banderas en nombre de la causa o mancillaban su teoría. Formó parte de clubes de señores bien y dejó una fortuna que, medida en términos actuales, llegaba a los cuatro millones de dólares. Para quienes siguen su vida y obra, estas contradicciones no anulan su praxis.

Incluso en su tramo final –muchos años después de haber consolidado su legado con la publicación de La situación de la clase obrera en Inglaterra (1845), la coautoría de obras cumbre como La Sagrada Familia (1845), La ideología alemana (1846) y el Manifiesto comunista (1848), y la fundación de la I Internacional–, su energía no decayó.

El “General”, como era reconocido por seguidores, amigos y camaradas, enfrentó sus últimos días con un dinamismo incombustible, entregado a un verdadero frenesí de producción intelectual y disputa política.

El último fuego: la disputa por el archivo y la línea

Solamente a lo largo de su último año de vida, Engels agregó un apéndice al tercer volumen de El Capital, redactó más de ochenta cartas y escribió la famosa “Introducción” a los artículos de Marx compilados en La lucha de clases en Francia de 1848 a 1850. Tenía 74 años, pero la historia de este texto –cuyo contenido sería motivo de controversia y manipulación durante décadas– mostraba que su fuego no perdía intensidad.

El autor había terminado la “Introducción” original en febrero de 1895, cuando la mandó a los socialistas alemanes. A comienzos del mes siguiente recibió una respuesta del dirigente socialdemócrata Richard Fischer: le pedía que moderara u omitiera algunas de sus frases –como aquellas referidas a la lucha armada–, debido a que se estaba discutiendo por entonces un proyecto de ley “contra las actividades subversivas”.

Engels aceptó con ciertos reparos. “He tenido en cuenta, dentro de lo posible, sus graves preocupaciones (…). Sin embargo, no puedo admitir que se quieran entregar alma y cuerpo a la legalidad absoluta (…). Legalidad solo hasta cuando –y en la medida que– nos convenga, pero ninguna legalidad a cualquier precio”, replicó.

Pero el asunto no terminó ahí. El coautor del Manifiesto se sorprendió al ver en las páginas de Die Neue Zeit –revista teórica de la socialdemocracia– una versión aún más acotada del documento, que lo retrataba, según sus palabras, como un “adorador pacífico de la legalidad”. El responsable de la edición era Wilhelm Liebknecht.

“Liebknecht me ha jugado un truco. Tomó de mi ‘Introducción’ (…) todo lo que servía a su propósito pacifista. (…) Pero yo propongo esas tácticas [centradas casi exclusivamente en el parlamentarismo] solo para la Alemania de hoy y con reservas. Para Francia, Bélgica, Italia, Austria, esas tácticas no sirven e, incluso para Alemania, pueden volverse inaplicables el día de mañana”, escribió a Lafargue.

 

«Como rescata el historiador Tristram Hunt, Engels había acumulado una riqueza considerable, fruto de su carrera en Ermen & Engels y su destreza en los mercados financieros»

 

Luego de la muerte del maestro, la socialdemocracia se apoyaría en el texto recortado para justificar sus giros hacia posiciones abiertamente reformistas. Sin embargo, como concluiría Trotsky en torno a la polémica, “¡Engels mostraba que no estaba listo para renunciar al entusiasmo revolucionario de su juventud!”. El texto completo sería rescatado recién por Riazanov en 1930; las cartas completas, muchos años después.

Este enfrentamiento entre Engels y los referentes socialdemócratas, que se desató entre marzo y abril de 1895, no fue el último. A fines de mayo, un Engels enojado reprochó a Karl Kautsky no haber sido convocado para colaborar con el libro Historia del Socialismo. “De todas las personas, creo que podía decirse que hay solo una cuya colaboración era absolutamente necesaria. Y esa persona soy yo. Incluso diría que, sin mi ayuda, un trabajo de esta naturaleza no puede ser nada excepto incompleto”, expresó en una misiva.

Kautsky no le respondió. Posteriormente atribuiría esta irritabilidad a los malestares físicos de su interlocutor. Aunque la relación continuó, contrariamente a sus deseos, Engels lo dejó afuera de su herencia literaria, privándolo de lo que más quería: los manuscritos de los padres del socialismo científico.

Las cartas pertenecientes a Marx fueron otorgadas a sus hijas (Laura y Tussy Marx) y los hijos de la fallecida Jenny Marx Longuet, junto a los derechos sobre las ventas futuras de El capital. Sus propios papeles y correspondencia fueron legados a August Bebel y Eduard Bernstein –a quien no pudo anticipar como futuro padre del revisionismo–.

La dialéctica de la salud

En paralelo a estas disputas de aparato, Engels corría una carrera silenciosa contra el deterioro biológico. “Debo dedicarme enteramente a esta tarea, que he esperado por tanto tiempo, cuanto antes”, asentó en sus cartas a principios de 1895. Se refería a la biografía de Carlos Marx y a la historia de la I Internacional. Nadie podría haber completado esta empresa como él.

“Un número de circunstancias lo hacen necesario, entre ellas, que tengo 74 años”, reflexionaba. Creía que iba a llegar, ya que “solo” estaba ocupado con “uno o dos trabajos pequeños”: la introducción para la nueva edición de La guerra campesina en Alemania, su correo y el seguimiento de la situación política en toda Europa.

Según expresó a Fischer, también tenía un esquema para la presentación de todos los escritos de Marx en una edición completa. Poseía una voluntad inquebrantable, pero una agresiva enfermedad dejó inconcluso su último desafío.

El 9 de mayo, escribió a Mehring y Fischer que unos dolores reumáticos en el cuero cabelludo –fuertes “como una banda de hierro”– le generaban insomnio y dificultaban su trabajo. Sin perder su condición de teórico, al mes siguiente le manifestó a Eduard Bernstein que sentía cierta mejora, pero “de acuerdo con los principios de la dialéctica, los aspectos positivos y negativos muestran una tendencia acumulativa”. Tenía, sin saberlo, cáncer de laringe y esófago.

 

«El hombre aficionado a la caza de zorros –a la que llamaba “la mejor de todas las escuelas” para perfeccionar su estrategia militar y el movimiento en el terreno– era también el inversionista de la bolsa, una actividad que entendía, al fin y al cabo, como el mero reparto de la plusvalía ya robada a los trabajadores»

 

El 23 de julio, Engels envió a Laura, la hija de Marx, su última carta. Lamentaba el decaimiento que le producía el “campo de papas” que se había formado en su garganta, pero todavía albergaba la esperanza de una mejoría. Luego de ocupar unas líneas en las elecciones parlamentarias en Inglaterra, se despidió: “No tengo la fuerza para escribir largas cartas, así que adiós. Por tu salud, un vaso lleno de ponche de huevo con una dosis de coñac”.

Fuego en el mar

Falleció a los trece días, el 5 de agosto, pocos meses antes de cumplir 75 años. En las notas complementarias a su testamento, escritas en 1894, había pedido que su cuerpo fuera cremado y las cenizas desperdigadas en el mar.

Como rescata el historiador Tristram Hunt, Engels había acumulado una riqueza considerable, fruto de su carrera en Ermen & Engels y su destreza en los mercados financieros. Sus bienes netos sumaban 20.378 libras de la época, además de una cartera de acciones de 22.600 libras.

Distribuyó estos recursos de manera pragmática y generosa. Dejó su herencia principal dividida en ocho partes. Otorgó tres a su querida Laura Lafargue y tres a Eleanor “Tussy” Marx –unas 5.000 libras para cada una–. Las dos partes restantes –casi 5.100 libras, además del derecho de alquiler de su casa en Regent’s Park Road– fueron para Louise Freyberger, la exesposa de Kautsky y guardiana médica de sus últimos días, en un definitivo desaire a su camarada.

A su sobrina “Pumps” correspondieron 2.230 libras que usaría para emigrar a Estados Unidos. Destinó el resto a la causa política, asignando 1.000 libras a August Bebel y Paul Singer para financiar las campañas electorales del Partido Socialdemócrata Alemán.

También limpió cuentas pendientes perdonando las deudas de los Rosher, los Lafargue y Edward Aveling. En un gesto de memoria familiar, le devolvió a su hermano Hermann una pintura al óleo que había pertenecido a su padre.

Aunque algunos discípulos querían erigirle un monumento, su voluntad finalmente se cumplió. Entre los activos de su participación accionaria figuraban inversiones en el proyecto del túnel del Canal de la Mancha. En esas mismas aguas, a unas millas del imponente paisaje escarpado de Beachy Head, su urna fue despedida el 27 de agosto.

Desde Alemania, Clara Zetkin advirtió que las proletarias le debían un recuerdo particular, no solo por la lucha de clases, sino por sus esfuerzos para su “emancipación como mujeres”. En las páginas de “Rabótnik”, Lenin completaría el obituario al definir la relación de Marx y Engels como una alianza de sabios y luchadores que “supera todas las conmovedoras leyendas antiguas sobre la amistad”.

No se puede entender a uno sin el otro. Aquel hombre que aceptó con modestia (y cierta ansiedad) el primer puesto terminó dirigiendo con pulso firme las partituras del socialismo decimonónico.

 

Fuente: https://panamarevista.com/131-anos-sin-engels-cartas-batallas-finales-y-un-proyecto-inconcluso/

lunes, 20 de julio de 2026

FRIEDRICH ENGELS NOS MOSTRÓ CÓMO HACER HISTORIA

 

Una ilustración en blanco y negro de Friedrich Engels, circa 1890. (Hulton Archive / Getty Images)

Paul Blackledge

Traducción: Pedro Perucca

Una caricatura retrata a Friedrich Engels como un ultradeterminista que presentó a los seres humanos como marionetas de las fuerzas económicas. En realidad, sus escritos históricos fueron sutiles y sofisticados, y mostraron de qué manera la agencia humana puede cambiar el curso de la historia.

 

Existe un mito según el cual Friedrich Engels distorsionó la teoría social revolucionaria de Karl Marx hasta convertirla en una forma de determinismo tecnológico políticamente fatalista. Si bien es posible extraer frases fuera de contexto para justificar esta afirmación, la verdad es que Engels era un pensador sumamente sofisticado, con un conocimiento enciclopédico de la historia, que colocó a la agencia humana consciente en el centro de su comprensión del proceso histórico. Si bien entendía que la agencia humana estaba materialmente determinada, su modelo de determinación no era en absoluto mecánico ni reduccionista.

E.P. Thompson tenía, sin lugar a dudas, razón cuando sostuvo que debíamos precavernos de los intentos de convertir a Engels en el «chivo expiatorio» de cualquier defecto «que se elija imputarle al marxismo posterior». Y Perry Anderson, con justicia, torció el bastón hacia el lado contrario frente a los intentos de denigrar el legado de Engels, cuando sugirió que en realidad era un historiador más sólido que Marx: «Los juicios históricos de Engels son casi siempre superiores a los de Marx. Poseía un conocimiento más profundo de la historia europea, y tenía una comprensión más segura de sus estructuras sucesivas y salientes».

El nacimiento del materialismo histórico

En sus propios comentarios, eminentemente sensatos, sobre el método que él y Marx desarrollaron, Engels hizo una observación que se ha vuelto célebre:

Si algunos escritores más jóvenes le atribuyen al aspecto económico más importancia de la que le corresponde, Marx y yo somos en cierta medida responsables de ello. Tuvimos que subrayar este principio rector frente a los adversarios que lo negaban, y no siempre tuvimos el tiempo, el espacio o la oportunidad de hacerles justicia a los demás factores que interactuaban entre sí. Pero la cuestión era distinta cuando se trataba de retratar una sección de la historia, es decir, de aplicar la teoría en la práctica, y ahí no era admisible ningún error.

Para Engels, «el factor determinante en la historia es, en última instancia, la producción y reproducción de la vida real». Sin embargo, insistía, «si alguien distorsiona esto declarando que el momento económico es el único factor determinante, convierte esa proposición en una jerga abstracta, ridícula y carente de sentido».

Lamentablemente, a lo largo del último siglo y más ha existido toda una industria artesanal empeñada en distorsionar las proposiciones de Marx y Engels hasta convertirlas en piezas de jerga abstractas, ridículas y carentes de sentido. Esto es particularmente cierto en lo que respecta a los escritos de Engels. La calumnia que se le ha arrojado encima puede estar relacionada con el hecho de que no solo acuñó el término «materialismo histórico», sino que también, podría decirse, inventó su práctica a través de su autoría de la primera obra de historia «marxista»: La guerra campesina en Alemania (1850).

Producido sobre el trasfondo de las revoluciones derrotadas de 1848, este estudio estaba destinado tanto a aportar evidencia de una auténtica tradición revolucionaria alemana como a contrarrestar las tendencias moralistas y voluntaristas presentes entre los fragmentos de la izquierda revolucionaria derrotada. Mientras que el padre de la historia positivista moderna, Leopold von Ranke, hizo la afirmación superficial y mística de que el levantamiento campesino de 1525 había surgido como una «convulsión de la naturaleza», Engels trató a todos los personajes principales como agentes racionales, cuyo comportamiento podía comprenderse mejor mediante un análisis en profundidad de sus contradictorios intereses materiales, enraizados en las relaciones sociales contemporáneas.

Su intención era captar la esencia social subyacente del movimiento revolucionario por debajo de su apariencia superficial de mera explosión de misticismo religioso. Estructura y agencia no son, según este modelo, opuestos: de hecho, son mutuamente constitutivas. Su afirmación de que las revoluciones tienen causas profundas no es una alternativa a explorar el papel de la agencia dentro de ellas, sino más bien el prerrequisito necesario para semejante indagación.

Crítico militar

El poder de este enfoque para el estudio de la historia resulta evidente en sus escritos militares. Como observó Walter Gallie, Engels se consagró como «probablemente el crítico militar más perspicaz del siglo XIX». Comentando un ensayo de Engels sobre este tema, «Ejército» (1857), Marx escribió que había quedado «anonadado», no solamente «por el mero volumen de la obra», sino también por su calidad: la consideraba una pieza de trabajo que «demuestra lo acertado de nuestros puntos de vista en cuanto a la conexión entre las fuerzas productivas y las relaciones sociales».

Más allá de cualquier otra cosa que pueda decirse de «Ejército», no se trata de una pieza de materialismo mecánico o de determinismo tecnológico. En realidad, es un estudio magistral de la historia militar occidental desde la Antigüedad hasta la época inmediatamente posterior a Napoleón. A lo largo del ensayo, si bien Engels enmarcó su relato en relación con su contexto social, su atención a la organización, el liderazgo, la moral y la cultura iluminó la naturaleza no reduccionista de su materialismo.

Al trazar los enfrentamientos entre griegos y persas, sostuvo que la organización, el entrenamiento y el liderazgo de los griegos hicieron que las «muchedumbres torpes y desordenadas» de sus adversarios fueran «absolutamente incapaces de ofrecer nada más que una resistencia pasiva frente a la falange incipiente de Esparta y Atenas». En relación con los conflictos entre los propios griegos, explicó de manera similar la dominación de Esparta en la guerra terrestre como resultado de su organización interna.

Sin embargo, también señaló que el sistema social griego pudo sostener el servicio militar de los hombres libres porque estaba basado en la esclavitud. En Atenas, la preparación militar tomaba la forma de dos años de servicio a los dieciocho años de edad, tras lo cual el hombre libre mantenía una posición en las reservas hasta los sesenta años.

Si este sistema producía muy buenos soldados, los cuarenta años de servicio militar de los hombres de Esparta, entre los veinte y los sesenta años, aseguraban que sus hoplitas estuvieran incluso mejor entrenados. Dado que el movimiento unificado que exigía la falange solo podía dominarse mediante largos años de práctica colectiva, «mientras la falange decidía la batalla, el espartano, a la larga, llevaba la ventaja».

Un arte práctico

El matiz característico que Engels agregó a este argumento, «a la larga», junto con su atención al momento organizativo del análisis, señala el hecho de que su materialismo no era en absoluto mecánico. Tómese, por ejemplo, sus comentarios sobre la manera revolucionaria en que Epaminondas condujo a los tebanos a la victoria sobre Esparta en 371 a. C. En una innovación táctica de profundo mérito, Epaminondas decidió no enfrentar a los espartanos en una línea tradicional, sino formar un orden oblicuo cuyo punto más fuerte era una columna profunda que avanzaba contra el ala más fuerte de sus adversarios espartanos.

Esta formación novedosa quebró la línea espartana en su punto más fuerte, tras lo cual Epaminondas flanqueó a un enemigo que se había vuelto incapaz de recrear su orden táctico. Engels reconoció que el genio de Epaminondas residía en su capacidad para reconocer el poder organizativo del enemigo y cambiar sus tácticas para socavar ese poder. A partir de ese momento, como escribió en otro lugar, el liderazgo militar se convirtió en un arte «que hay que aprender teórica y prácticamente».

Si bien los macedonios perfeccionaron esta revolución táctica, la fuerza de su forma militar siguió dependiendo de un intenso programa de entrenamiento que solo era posible porque la esclavitud había liberado a su infantería de la necesidad del trabajo manual. No obstante, por mucho que se entrenaran los hoplitas, su poder no excedía al del propio sistema de la falange.

Según resultó, la característica misma que le daba a la falange su poder demostró ser la causa de su caída. Mientras que la eficacia de la falange dependía del movimiento coherente de una masa de hombres, el hecho de estar en masa significaba que la falange era relativamente inflexible.

En terreno accidentado en particular, el orden de la falange podía verse comprometido al encontrarse con un enemigo. Esto resultó ser el caso de los romanos, que fueron capaces de sacar provecho de esta falla mediante el despliegue de infantería pesada en una formación más flexible.

De la Antigüedad al feudalismo

Los romanos pudieron derrotar a los griegos gracias a sus innovaciones organizativas. Sin embargo, a medida que el Imperio Romano se expandía y se estabilizaba, el ejército tendía a perder su carácter romano. Las exigencias militares implicaron que, en lugar de esclavizar a los bárbaros derrotados para reproducir las relaciones de producción existentes, Roma reclutara en masa a esos viejos adversarios para su ejército.

Para Engels, este proceso desembocó en la gradual desromanización del ejército y en la eventual caída del imperio. Fue cuando «cesó toda distinción de equipamiento y armamento entre romanos y bárbaros» que las tribus germánicas, «física y moralmente superiores, marcharon sobre los cuerpos de las legiones no romanizadas».

La corporalidad y la moral, que habían quedado en un segundo plano mientras la organización y la táctica ocupaban el primer plano, se volvieron entonces más importantes a medida que las diferencias organizativas tendían a desaparecer. Estos cambios organizativos reflejaban la decadencia del modo de producción esclavista.

A medida que Roma se fragmentaba en el nuevo modo de producción feudal, la caballería resurgió como el factor decisivo en la guerra. Si bien los caballeros feudales que surgieron de este proceso podían vencer con facilidad a los campesinos locales sin entrenamiento, los conflictos con las fuerzas árabes durante las Cruzadas y con los mongoles en Europa oriental mostraron que estas tropas montadas no eran rivales para «los activos jinetes ligeros de Oriente».

Pese a esta debilidad, las derrotas a manos de estos jinetes ligeros no llevaron al colapso del antiguo orden. Esta transformación tuvo que esperar hasta que la emergencia de un capitalismo embrionario dentro del modo de producción feudal comenzara a crear las condiciones a través de las cuales el sistema militar feudal terminaría por desmoronarse.

Engels sostuvo que el ascenso de las ciudades y de los Estados centralizados, junto con la introducción de la pólvora proveniente de Oriente, sustentó una lenta revolución en la organización y la táctica militares. El papel de la infantería volvió a expandirse a medida que las limitaciones de la caballería se hacían cada vez más evidentes. Este proceso vio a los mosquetes convertirse en armas de guerra cada vez más poderosas a medida que los cambios tecnológicos aumentaban la velocidad de recarga.

Guerra revolucionaria

Estas innovaciones tecnológicas le dieron forma a los cambios en la táctica militar, ya que el aumento de la velocidad de recarga permitió líneas de infantería más largas y menos profundas, con una mayor cadencia de fuego. Los beneficios evidentes de esta nueva táctica crearon, sin embargo, dificultades inéditas, ya que las incómodas líneas de soldados requerían un entrenamiento incesante —recordado hoy a través de los ya obsoletos desfiles que forman parte de las paradas de dictadores y reyes—, mientras que las largas líneas delgadas presentaban puntos débiles en sus flancos.

No obstante, las fortalezas del nuevo sistema culminaron inicialmente en los abrumadores éxitos de Federico el Grande contra los austríacos. El propio Federico fue el primero en admitir que había aplicado a las condiciones modernas las lecciones aprendidas de Epaminondas y de su orden oblicuo de ataque.

Mientras que los éxitos de Federico dependían de una soldadesca bien adiestrada, apenas unos años después de su muerte la Revolución Francesa tuvo que defenderse con un ejército ciudadano relativamente sin entrenamiento, reclutado a través de las levées en masse. Este nuevo ejército ciudadano, forjado a través de la conciencia nacional, aprendió de los éxitos de las igualmente inexpertas tropas norteamericanas contra los británicos de una década antes.

Engels señaló que, al igual que los norteamericanos, las tropas francesas recién reclutadas estaban ideológicamente comprometidas con su causa pero tenían poco tiempo para dominar las complejidades del adiestramiento. En consecuencia, se inclinaron hacia las tácticas de escaramuza contra el enemigo. Por desgracia para los franceses, estos no contaban ni con los bosques vírgenes de Estados Unidos en los que podrían desvanecerse ante el enemigo, ni con su espacio interminable para la retirada. Como resultado, el ejército ciudadano francés, relativamente sin entrenamiento, necesitaba algo más que esta táctica para poder aprovechar sus nuevas armas.

Lo encontraron en la columna cerrada. Combinadas con los tiradores de escaramuza, las columnas cerradas se enfrentaban eficazmente al enemigo en línea extendida, con tropas que actuaban con flexibilidad según el contexto geográfico. Buscaban protección en el terreno accidentado y en las aldeas, y sobrevivían viviendo de la tierra.

Engels señaló dos avances tecnológicos que facilitaron esta flexibilidad. Primero, los franceses introdujeron en 1777 la culata de fusil inclinada, que permitió a sus tiradores de infantería (tirailleur) apuntarle mejor al enemigo. Segundo, aprovecharon «la cureña más liviana pero aún sólida construida a mediados del siglo XVIII», que hizo posible «la mayor movilidad exigida más tarde a la artillería».

El ascenso del fusil

Los puntos referidos a la escaramuza y a vivir de la tierra revisten una importancia cardinal para nuestra historia. En cuanto a la escaramuza, en su ensayo «Infantería» (1859), Engels sostuvo que esta práctica había sido una parte normal de la guerra desde la Antigüedad hasta la Edad Media, e incluso hasta el siglo XVII. Luego desapareció, para reaparecer recién en la Guerra de Independencia estadounidense:

Mientras que a los soldados de los ejércitos europeos, mantenidos unidos por la coacción y el trato severo, no se les podía confiar el combate en orden extendido, en Estados Unidos tuvieron que vérselas con una población que, sin entrenamiento en el adiestramiento regular de los soldados de línea, eran buenos tiradores y estaban bien familiarizados con el fusil. La naturaleza del terreno los favorecía; en lugar de intentar maniobras para las que en un principio eran incapaces, cayeron inconscientemente en la escaramuza. Así, el enfrentamiento de Lexington y Concord marca una época en la historia de la infantería.

Estos cambios tácticos sustentaron una demanda de revolución en la tecnología militar. En su «Historia del rifle» (1861), Engels señaló que el fusil era un producto de la tecnología alemana del siglo XV que apenas había visto mejoras en su construcción antes del siglo XIX.

Hasta ese momento, los fusiles eran más precisos que los mosquetes de ánima lisa hasta una distancia máxima de alrededor de 350 a 450 metros, pero también eran más complejos de fabricar y considerablemente más lentos de recargar. En consecuencia, los mosquetes de ánima lisa constituían el grueso de las armas de fuego de la infantería y la caballería. Y aunque los ejércitos europeos siguieron usando fusiles, su despliegue fue muy limitado y en gran medida irrelevante para el desenlace de las batallas.

Sin embargo, las cosas cambiaron con el resurgimiento de la escaramuza en las guerras revolucionarias estadounidense y francesa. En lugar de ejércitos que se enfrentaban predominantemente en líneas, «de ahí en adelante se introdujo el orden extendido en cada enfrentamiento; la combinación de tiradores de escaramuza con líneas o columnas se convirtió en la característica esencial del combate moderno».

Como señala Engels, el grueso de las municiones se gastaba durante las escaramuzas, dirigido contra blancos que «rara vez eran más grandes que el frente de una compañía; en la mayoría de los casos, debían disparar contra hombres solos, bien ocultos por objetos de cobertura. Y sin embargo, el efecto de su fuego es de suma importancia». Mientras que los viejos mosquetes eran prácticamente inútiles en esta nueva forma de guerra, los fusiles existentes resultaban casi igual de inadecuados, porque eran demasiado lentos de recargar y, como consecuencia de la dificultad asociada a forzar las balas por cañones más largos, demasiado cortos para ser usados con bayoneta.

Estas deficiencias hacían que los soldados armados con fusiles fueran vulnerables al ataque, ya sea de infantería con bayonetas o de caballería. En estas circunstancias, escribió Engels, «el problema se presentó de inmediato: inventar un arma que combinara el alcance y la precisión del fusil con la rapidez y la facilidad de carga y con la longitud de cañón del mosquete de ánima lisa». Un arma semejante tendría que ser «apta para ser puesta en manos de todo soldado de infantería».

La marcha con el estómago lleno

La demanda de fusiles rayados generada por esta revolución en el arte de la guerra sustentó la transformación revolucionaria del fusil a lo largo del siglo XIX. Engels puso patas para arriba al determinismo tecnológico:

Con la propia introducción de la escaramuza en la táctica moderna, surgió la demanda de un arma de guerra así perfeccionada. En el siglo XIX, cada vez que surge una demanda de algo, y esa demanda está justificada por las circunstancias del caso, es seguro que será satisfecha.

El resto del ensayo es un relato sofisticado del desarrollo acumulativo del fusil después de 1828. En «La táctica de infantería y sus fundamentos materiales, 1700-1870» (1877), describió cómo el uso generalizado de los fusiles de retrocarga en la guerra franco-prusiana llevó a que las columnas fueran reemplazadas por cadenas compactas de tiradores de escaramuza, porque las primeras se habían convertido en un blanco demasiado fácil para las nuevas armas.

En cuanto a la cuestión de vivir de la tierra, Engels vinculó este punto con el de la innovación tecnológica a través del concepto de la productividad del trabajo. Si Federico abrió la puerta a una revolución en el arte de la guerra, fue Napoleón quien profundizó masivamente esta revolución en materia de movilidad, al dividir a la Grande Armée en corps d’armée que podían actuar como fuerzas militares relativamente autosuficientes.

Cada corps d’armée era lo suficientemente grande y complejo como para llevar el combate al enemigo, a la vez que lo bastante pequeño como para sostenerse a sí mismo viviendo de la tierra, de un modo que reducía sus líneas de suministro y aumentaba su velocidad. Napoleón, célebremente, combinó velocidad con masa manteniendo a cada corps d’armée a solo un día de marcha de distancia entre sí. Podían engañar a sus enemigos respecto de su objetivo previsto, a la vez que conservaban la capacidad de unirse cuando fuera necesario para enfrentar al enemigo: «Marchar divididos, combatir unidos», como escribió en una frase que recordaría Vladimir Lenin en sus argumentos a favor de la táctica del frente único.

Según Engels, el sistema militar de Napoleón estaba supeditado al desarrollo previo de las fuerzas productivas. Pese a la controversia que rodea este aspecto de la teoría marxista, en este caso al menos parece tratarse de puro sentido común. Si los franceses eran «casi invencibles» pero aun así en ocasiones vulnerables, incluso en su apogeo, esto no se debía simplemente a las vicisitudes de los líderes locales. También se debía a que su estilo de guerra móvil dependía de la capacidad de los soldados para vivir de la tierra.

Como señaló Engels en «Condiciones y perspectivas de una guerra de la Santa Alianza contra Francia en 1852» (1851), los aumentos previos y de largo plazo en la productividad del trabajo agrícola fueron el prerrequisito para el éxito de este enfoque, lo que lo hacía «imposible durante un período prolongado en un país pobre, semibárbaro y escasamente poblado». Por eso los ejércitos franceses «perecieron lentamente en España, y rápidamente en Rusia».

El hilo ininterrumpido

En ese mismo ensayo, Engels sostuvo que las dos características clave del sistema napoleónico —su carácter de masa y su movilidad— eran productos de la emergencia del capitalismo: «La guerra moderna presupone la emancipación de la burguesía y del campesinado; es la expresión militar de esa emancipación». Al especular sobre las posibles consecuencias de una nueva Revolución Francesa, planteó el argumento materialista de que nuevos desarrollos en las fuerzas productivas —específicamente el uso generalizado del telégrafo y la expansión de los ferrocarriles por Europa occidental— estaban volviendo «cada día más imposible» el dominio ruso.

No obstante, Engels seguía subrayando el punto no reduccionista de que cualquier esperanza que se pudiera depositar en una Francia revolucionaria en su lucha contra la Rusia contrarrevolucionaria «presupone que habrá un buen ministro de Guerra». Reiteró su visión sobre la importancia del liderazgo militar al abordar los éxitos de la levée en masse.

Engels sostuvo que los éxitos iniciales de los reclutas bisoños de Francia dependían de la existencia de un núcleo de soldados experimentados en torno al cual se organizaban. Es más, las victorias francesas en las primeras guerras revolucionarias de la década de 1790, en particular sobre los prusianos y los austríacos en Valmy en 1792, fueron consecuencia no tanto de la pericia y el entusiasmo franceses como de la incompetencia alemana.

Todos estos argumentos ponen en evidencia un punto clave: la visión de Engels sobre la centralidad de la agencia humana históricamente constituida en la fabricación de la historia. Como señaló Marx en sus comentarios sobre «Army», Engels no redujo la historia humana a un relato de avance tecnológico, sino que desplegó su comprensión de esos avances como el medio para una comprensión rica de la agencia humana, a través de la cual pudo dar sentido al núcleo racional del voluntarismo evitando al mismo tiempo su superficialidad.

Con palabras que parafrasean la solución formal que da Marx a la relación entre estructura y agencia en El dieciocho brumario de Luis BonaparteEngels escribió:

Los hombres hacen su propia historia, sólo que en medios dados que la condicionan, y sobre la base de relaciones reales ya existentes, entre las cuales, las relaciones económicas —por mucho que puedan ser influidas por las políticas e ideológicas— siguen siendo las que deciden en última instancia, constituyendo el hilo rojo que las atraviesa y que es el único que conduce a comprender las cosas.

Los escritos históricos de Engels dan vida a esta relación. Al hacerlo, ofrecen un recurso poderoso para cualquiera que quiera dar sentido a la historia de un modo que escape a las triviales superficialidades de buena parte del trabajo histórico y político contemporáneo.

Fuente: https://jacobinlat.com/2026/07/friedrich-engels-nos-mostro-como-hacer-historia/

 

miércoles, 1 de abril de 2026

ENGELS Y LA CRÍTICA AL DOCTRINARISMO

 


(01 de abril de 2026)

 

Recopilado por Miguel Aragón

 

I

 

“El señor Heinzen se imagina que el comunismo es una doctrina que arranca de cierto principio teórico, como de un núcleo, y saca de ahí sus conclusiones posteriores. El señor Heinzen se equivoca de medio a medio. El comunismo no es una doctrina, sino un movimiento…

…El comunismo, como teoría, es la expresión teórica de la posición del proletariado en esta lucha y la síntesis teórica de las condiciones de la emancipación del proletariado” 

(Federico Engels, en el artículo Los comunistas y Carlos Heinzen, año 1847. Citado por V.A. Cheprakov, en el libro El capitalismo monopolista de Estado, pp. 345)

 

II

 

Pero toda la concepción de Marx no es una doctrina, sino un método. No ofrece dogmas hechos, sino puntos de partida para la ulterior investigación y el método para dicha investigación.

(Federico Engels, “Carta a Sombart”, 1895, en Obras Escogidas de Marx y Engels)

 

III

 

Para Federico Engels, en los primeros años de su acción revolucionaria (año 1847) el comunismo (o socialismo) era un movimiento, posteriormente lo reitero en varias oportunidades.

En el último año de su vida (1895) Federico Engels definió que el marxismo era un método.

Estas dos conclusiones son válidas, continúan siendo vigentes, y son el mejor antídoto contra el pernicioso doctrinarismo.

El socialismo es un movimiento en constante desarrollo; y el marxismo es un método, que constantemente, también se mantiene en desarrollo, y se enriquece con los aportes   de miles de  continuadores de la Escuela de Marx o Camino de Marx (que no hay que reducirlo únicamente al pensamiento de Marx).

martes, 3 de marzo de 2026

PALABRAS PROFÉTICAS DE ENGELS: CRISIS TERMINAL DEL CAPITALISMO Y LA TERCERA GUERRA MUNDIAL



EL IMPERIO CAPITALISTA CONTRA EL MUNDO

Friedrich Engels y Lenin (Vladímir Ilich Uliánov) analizan el escenario de la primera guerra mundial y sus consecuencias. Este estudio tiene gran valor porque actualmente el mundo esta inmerso en la tercera guerra mundial, no declarada por el imperialismo yanqui y sus aliados occidentales.

Engels, en 1887, concluye su exordio con éstas proféticas palabras: “Es absolutamente imposible prever cómo terminará todo esto y quién vencerá en la lucha; sólo un resultado es absolutamente cierto: EL AGOTAMIENTO GENERAL Y LA CREACIÓN DE LAS CONDICIONES REQUERIDAS PARA LA VICTORIA DEFINITIVA DE LA CLASE OBRERA…” Más abajo cierra su exposición dirigiéndose a los capitalistas: “Pero, cuando hayan desatado las fuerzas que más tarde ya no podrán controlar, entonces no importa lo que ocurra: al finalizar la tragedia ustedes serán destruidos y la victoria del proletariado será ya un hecho o será de todos modos [ doch ] inevitable.”

Engels, veintisiete años antes, escribe el prefacio de un folleto en el cuál adelanta juicios sobre la primera guerra mundial. Lenin publica, el prefacio y un comentario en 1918, en medio de las consecuencias de la primera guerra. Hoy, el capitalismo imperialista, encabezado por el declinante imperio yanqui, fabrica pretextos para llevar su guerra a cualquier país o nación que posea alguna riqueza apetecida por avaricia de los monopolios. ¡La guerra contra el mundo está declarada que no les quepa duda!

Tacna, 10 de junio 2011

Edgar Bolaños Marín

 

PALABRAS PROFÉTICAS

 

En la actualidad, gracias a Dios, nadie cree en los milagros. La profecía milagrosa es un cuento. Pero la profecía científica es un hecho. Y en nuestros días, cuando encontramos alrededor nuestro muy frecuentemente el desánimo vergonzoso e incluso la desesperación, es útil recordar una profecía científica que ha resultado cierta.

Federico Engels tuvo oportunidad, en 1887, de referirse a la futura guerra mundial en el prefacio al folleto de Segismundo Borkheim En memoria de los ultrapatriotas alemanes de 1806-1807 (Zur Erinnerzmg für die deutschen Mordspatrioten 1806-1807). (Este folleto corresponde al volumen XXIV de la “Biblioteca Socialdemócrata”, que se editaba en 1888 en Göttingen-Zurich.)

 

He aquí cómo juzgaba Federico Engels la futura guerra mundial, hace más de treinta años:

“...Para Prusia-Alemania ya no es posible ninguna otra guerra que la guerra mundial. Y sería una guerra mundial de proporciones sin precedentes y de violencias jamás vistas. De ocho a diez millones de soldados se matarán entre sí, y al hacerlo destruirán toda Europa hasta devastarla como nunca la devastaron hasta ahora las mangas de langosta. La devastación de la guerra de los Treinta Años comprimida en tres o cuatro años y extendida a todo el continente; hambre, epidemias, corrupción general, tanto de las tropas como de las masas populares, como consecuencia de una aguda miseria; una desesperante confusión en nuestro artificial mecanismo en el comercio, la industria y el crédito; todo esto terminará con la bancarrota general, la bancarrota de los viejos Estados y de su tradicional sabiduría estatal; una bancarrota tal, que las coronas rodarán por docenas por el suelo y no habrá nadie que las levante. Es absolutamente imposible prever cómo terminará todo esto y quién vencerá en la lucha; sólo un resultado es absolutamente cierto: el agotamiento general y la creación de las condiciones requeridas para la victoria definitiva de la clase obrera.

“Tal es la perspectiva, si el sistema de mutua competencia en materia de armamentos, llevado al extremo, produce finalmente sus frutos inevitables. He aquí señores, príncipes y estadistas, adónde ha conducido a la vieja Europa la sabiduría de ustedes. Y cuando no les quede nada más que iniciar la última gran danza guerrera, eso nos vendrá muy bien [ uns kann es recht sein ]. Puede ser que la guerra nos relegue por un tiempo a un segundo plano, puede ser que nos quite determinadas posiciones ya conquistadas. Pero, cuando hayan desatado las fuerzas que más tarde ya no podrán controlar, entonces no importa lo que ocurra: al finalizar la tragedia ustedes serán destruidos y la victoria del proletariado será ya un hecho o será de todos modos [ doch ] inevitable.

“Londres, 15 de diciembre de 1887.

Federico Engels”

 

¡Qué profecía genial! Y qué riqueza de ideas en cada frase de este análisis científico de clase, preciso, claro y breve! Cuántas cosas podrían aprender allí quienes hoy se entregan a un descreimiento, un desaliento y una desesperación vergonzosos, si… si esas personas, habituadas a arrodillarse servilmente ante la burguesía, o que se dejan atemorizar por ella, supieran pensar, fueran capaces de pensar!

Algunas de las predicciones de Engels ocurrieron de modo distinto, pues no podía esperarse que el mundo y el capitalismo no sufrieran cambios en los treinta años de desarrollo imperialista vertiginosamente rápido. Pero lo más asombroso es que una gran parte de lo pronosticado por Engels se está cumpliendo “al pie de la letra”. Y ello porque Engels hizo un análisis de clase perfectamente exacto, y las clases y sus relaciones mutuas continuaron siendo las mismas.

“…Puede ser que la guerra nos relegue por un tiempo a un segundo plano…“ Los acontecimientos marcharon precisamente en esta dirección, pero fueron todavía más lejos y aun peor: una parte de los “relegados a un segundo plano”, los socialchovinistas y sus “semiadversarios” sin carácter, los kautskistas, comenzaron a elogiar su movimiento de retroceso y se trasformaron en directos renegados y traidores al socialismo.

“…Puede ser que la guerra nos quite determinadas posiciones ya conquistadas…” Toda una serie de posiciones “legales” les fueron quitadas a la clase obrera. Pero en cambio ésta se templó en las pruebas y recibe duras pero útiles lecciones de organización ilegal, de lucha ilegal, de preparación de sus fuerzas ilegales para el asalto revolucionario.

“…Las coronas rodarán por docenas…” Varias coronas han caído ya, una de ellas vale por una docena de las otras: la corona del monarca absoluto de todas las Rusias, Nicolás Románov.

“…Absolutamente imposible prever cómo terminará todo esto…” Después de cuatro años de guerra, esta imposibilidad absoluta, si se nos permite decirlo así, es todavía más absoluta.

“…Desesperante confusión en nuestro artificial mecanismo en el comercio, la industria y el crédito…” Al finalizar el cuarto año de guerra, esto se puso de manifiesto íntegramente en uno de los Estados más grandes y atrasados que los capitalistas, arrastraron a la guerra: en Rusia. ¿Pero acaso el hambre creciente, la escasez de vestimenta y materias primas, el desgaste de los medios de producción en Alemania y Austria, no demuestran que una situación igual se aproxima con enorme rapidez a otros países?

Engels sólo describe las consecuencias de la guerra “externa”, no se refiere a la interna, es decir, a la guerra civil, inevitable hasta ahora en todas las grandes revoluciones de la historia, y sin la cual ningún marxista serio puede concebir la transición del capitalismo al socialismo. Y aun cuando una guerra externa puede prolongarse por un determinado tiempo sin provocar una “desesperante confusión” en el “artificial mecanismo” del capitalismo, es evidente que la guerra civil es inconcebible sin consecuencias parecidas.

Cuánta estupidez, qué cobardía —sin hablar del servilismo interesado frente a la burguesía— revelan aquellos que, dándose todavía el nombre de “socialistas” —como nuestro grupo de “Nóvaia Zhizn”, nuestros mencheviques, eseristas de derecha, etc.—,  señalan malignamente las manifestaciones de esta “desesperante confusión”, culpando de todo al proletariado revolucionario, al poder soviético, a la “utopía” de la transición al socialismo. La “confusión”, la desorganización, según la excelente expresión rusa, es provocada por la guerra. Es imposible una guerra dura sin desorganización. No puede haber guerra civil, condición inseparable y acompañante de la revolución socialista, sin desorganización. Renegar de la revolución, del socialismo, “por causa” de la desorganización, significa poner sólo de manifiesto la falta de principios y en la práctica desertar al campo de la burguesía.

“…El hambre, las epidemias, la corrupción general, tanto de las tropas como de las masas populares, como consecuencia de una aguda miseria...”

Con cuánta sencillez y claridad llega Engels a esta indiscutible conclusión, que debe ser evidente para cualquiera que sea capaz de reflexionar aunque sólo sea un poco en las consecuencias objetivas de una guerra dura y penosa de muchos años. Y cuán asombrosamente estúpidos son aquellos numerosos “socialdemócratas” y seudo “socialistas” que no quieren o no pueden comprender una idea tan sencilla como esta.

¿Es concebible una guerra de muchos años sin corrupción tanto de las tropas como de las masas populares? Por supuesto que no. Semejante consecuencia de una larga guerra es absolutamente inevitable durante varios años, si no durante toda una generación. Pero nuestros “hombres enfundados”, los llorones intelectuales burgueses que se autotitulan “socialdemócratas” y “socialistas”, ayudan a la burguesía, echando la culpa a la revolución por las manifestaciones de corrupción o el inevitable rigor de medidas que se toman para combatir particularmente los casos agudos de corrupción, a pesar de que es claro como el día que esta corrupción ha sido producida por la guerra imperialista y que ninguna revolución puede librarse de tales consecuencias de la guerra sin una larga lucha y sin una serie de duras medidas de represión.

Nuestros melosos escritores de Nóvaia Zhizn, Vperiod o Dielo Naroda están dispuestos a aceptar “en teoría” una revolución del proletariado y de otras clases oprimidas, con tal de que la revolución les caiga del cielo, en vez de nacer y crecer en una tierra empapada en la sangre de cuatro años de matanza imperialista de los pueblos, con millones y millones de personas atormentadas, agotadas y corrompidas por esa matanza.

Ellos oyeron y admitieron “teóricamente” que una revolución se puede comparar con un parto, pero cuando se llegó a los hechos, se acobardaron vergonzosamente y sus gemidos pusilánimes hicieron eco a los ataques malignos de la burguesía contra la insurrección del proletariado. Consideremos la descripción de un parto, hecha en una obra literaria, donde la finalidad del autor es la reconstrucción veraz de todo el rigor, todos los tormentos y todo el horror de este acto, como por ejemplo en La joie de vivre (“La alegría de vivir’) de Emile Zola o en Las memorias de un médico de Veresáiev. El ser humano nace en un acto que trasforma a la mujer en un montón de carne casi inanimada, torturada y desgarrada, enloquecida de dolor, ensangrentada. ¿Pero se puede considerar como ser humano al “individuo” que ve exclusivamente eso en el amor y en sus consecuencias, en la trasformación de la mujer en madre? ¿Quién renunciaría al amor y a la procreación por este motivo?

El parto puede ser fácil y puede ser difícil. Marx y Engels, los fundadores del socialismo científico, han dicho siempre que la transición del capitalismo al socialismo vendrá inevitablemente acompañada de prolongados dolores de parto. Y Engels, analizando las consecuencias de la guerra mundial, describe con sencillez y claridad este hecho indiscutible y evidente: la revolución que sigue a la guerra y está relacionada con la guerra (más aún —agregamos por nuestra cuenta—, estalló en el transcurso de la guerra y está obligada a crecer y sostenerse en medio de la guerra mundial que la rodea), una revolución semejante constituye un parto particularmente difícil.

Con clara comprensión de esto, Engels se refiere con especial prudencia al nacimiento del socialismo en la sociedad capitalista, pronta a sucumbir en la guerra mundial. “Sólo un resultado (de la guerra mundial) —dice— es absolutamente indudable: el agotamiento general y la creación de las condiciones requeridas para la victoria definitiva de la clase obrera.”

Este pensamiento lo expresa aún con mayor claridad al final del prefacio que analizamos:

“Al finalizar la tragedia ustedes (los capitalistas y terratenientes, reyes y estadistas burgueses) serán destruidos y la victoria del proletariado será ya un hecho o será de todos modos inevitable.”

Un parto difícil aumenta considerablemente el peligro de una enfermedad grave o de un desenlace fatal. Pero si las personas pueden morir durante el parto, la nueva sociedad, que nace del viejo régimen, no puede morir; todo lo que puede pasar es que el nacimiento sea más doloroso y prolongado, su crecimiento y desarrollo más lentos.

La guerra no ha terminado todavía. El agotamiento general ya se produjo. En cuanto a los dos resultados directos de la guerra, pronosticados condicionalmente por Engels (tanto la victoria ya conquistada de la clase obrera, como la creación de las condiciones que hará esto inevitable, a pesar de todas los dificultades), en cuanto a estas dos condiciones, ahora, a mediados de 1918, las tenemos a ambas.

La victoria de la clase obrera ya es un hecho en uno de los países capitalistas menos desarrollados. En los otros países se van creando, con inauditos esfuerzos, con inauditos dolores, las condiciones que harán “inevitable, de todos modos” esta victoria.

Dejen que graznen los llorones “socialistas”, dejen que rabie y se enfurezca la burguesía. Sólo aquellos que cierran los ojos para no ver y se tapan los oídos para no oír, pueden dejar de observar que han comenzado en todo el mundo los dolores del parto de la vieja sociedad capitalista, grávida de socialismo. Nuestro país, colocado en el tiempo a la vanguardia de la revolución socialista por la marcha de los acontecimientos, está sufriendo dolores particularmente agudos del primer período del parto. Tenemos todas las razones para enfrentar con total firmeza y seguridad absoluta el porvenir, que nos prepara nuevos aliados y nuevas victorias de la revolución socialista en varios de los países más avanzados. Tenemos el derecho de sentirnos orgullosos y de considerarnos afortunados porque nos ha tocado en suerte ser los primeros en derribar al capitalismo en una parte del globo terrestre, a esa fiera salvaje que empapó la tierra en sangre, llevó la humanidad al hambre y a la corrupción, y que muy pronto sucumbirá inexorablemente, por monstruoso y feroz que sea su frenesí en la hora de la muerte.

29 de junio de 1918.

Pravda, núm. 133, 2 de julio de 1918. Firmado: N. Lenin

Obras Completas, V. I. Lenin, Editorial Cartago,  Bs As, 1970, Tomo XXIX, Pág. 259 - 264