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domingo, 10 de marzo de 2024

LA MIRADA DE ENGELS Y MARIÁTEGUI SOBRE LA GUERRA EN EUROPA Y EL ESPÍRITU DE 1914

 


Brais Fernández

06/MAR/2024

 

Hace unos meses, la revista norteamericana Monthly Review recuperaba una serie de citas de Friedrich Engels sobre la guerra y la cuestión del desarme. Aunque tradicionalmente los escritos proféticos de Rosa Luxemburg han sido más conocidos, las reflexiones de Engels sobre “la inevitabilidad” de la guerra demuestran que el movimiento socialista no estuvo tan imbuido de la estupidez bobina que llevo a las direcciones de los partidos socialdemócratas a aceptar activamente las masacres de 1914:

“una guerra en la que habrá entre 10 y 15 millones de combatientes, una devastación sin precedentes simplemente para alimentarlos, una represión universal y forzosa de nuestro movimiento, un recrudecimiento del chovinismo en todos los países y, en última instancia, un debilitamiento diez veces peor que después de 1815. Un período de reacción basada en el agotamiento de todos los pueblos desangrados (y, además, sólo una mínima esperanza de que una guerra amarga pueda resultar en una revolución), me llena de horror.” (Engels, carta a Paul Lafargue, 1888)

Engels oscilaba entre el temor a que la guerra supusiese un retroceso de carácter irreversible para la civilización y la idea “mínimamente esperanzadora” de la revolución como resultado de la guerra. Su temor al desastre lo llevó a proponer una tarea para el movimiento obrero, la cuestión del desarme, que buscaba debilitar el militarismo y los ejércitos, sustituyéndolos por formas de milicia popular. En ese sentido, Engels no se engañaba: la guerra se expandiría por toda Europa, pero también al interior de los Estados, suponiendo una brutal represión contra la clase trabajadora.

Por desgracia, estas palabras de Engels no encajaban con el modelo de acumulación gradualista de la socialdemocracia previa a 1914. Si bien en sus resoluciones condenaba la guerra e incluso llamaba a prepararse para ella mediante la Huelga General, la II Internacional, exceptuando su ala radical, toleró su externalización mediante la colonización de los países africanos y asiáticos, mientras que su independencia de clase se traducía en un conservadurismo que no luchaba día a día contra la carrera militarista que llevaban a cabo los estados europeos. La socialdemocracia reconocía que la guerra era inevitable bajo el capitalismo, pero solo se preparaba formalmente para cuando ese día llegase. Las advertencias de Rosa Luxemburgo hacia el “radicalismo pasivo” que escondían las resoluciones de la II Internacional se revelaron como ciertas, no solo porque no fueron capaces de ponerse en marcha el día en el que los gobiernos proclamaron el inicio de la Gran Guerra, sino porque incubaban, pese a no admitirlo formalmente, el espíritu de 1914.

Una de las razones que incubaron esa aceptación negada la expresó Kautsky en su libro “Camino al poder”, en el cual afirmaba que “el imperialismo es la única perspectiva que el capitalismo puede todavía ofrecer a sus defensores”. El viejo Papa del marxismo pensaba que esta perspectiva solo afectaba a las clases medias, pero lo cierto es que ese espíritu fundamentado en no combatir activamente el desarrollo capitalista basado en el militarismo, también había impregnado a amplias capas del movimiento socialista. El militarismo iba acompañado de saqueo fuera de las fronteras europeas, de industrialización, de ciertos beneficios materiales para una capa corrompida del movimiento obrero, y de un peligro difuso, pero lejano, que parecía poder combatirse con resoluciones en contra de la guerra.

Con la Gran Guerra, las predicciones del viejo Engels se hicieron realidad. Años después de la gran masacre iniciada en 1914, cuando la que posteriormente se denominó II Guerra Mundial todavía parecía improbable, un lúcido socialista peruano llamado José Carlos Mariátegui advertía que:

“Nada más contagioso que la tendencia a eludir la seria y objetiva estimación de los peligros bélicos. La experiencia de 1914, a este respecto, parece haber sido completamente inútil. Son muchos los que se imaginan que por el solo hecho de ser demasiado destructora y horrible y estar reprobada por una mueva conciencia moral, (..), la guerra no puede desencadenarse más en el mundo.

Pero el examen de la economía de la política mundial condena inapelablemente esta pasiva confianza en vagas o ficticias fuerzas morales. La lucha entre los imperialismos rivales mantiene viva la amenaza bélica en el mundo”.

Décadas después, el economista marxista belga Ernest Mandel, basándose en los trabajos de Rosa Luxemburg, propuso añadir al esquema de reproducción capitalista de Marx, basado en la interacción entre los medios de producción y los bienes de consumo, la producción de “medios de destrucción”. Mandel integraba así la lógica armamentística en la lógica capitalista, desprendiéndola de su carácter accidental, como si tan solo dependiese de la mala voluntad de la clase política. Presionado permanentemente por la tendencia a la caída de la tasa de ganancia, el capital buscaba un nicho de reproducción compensatorio en la producción de medios de destrucción, organizando esta dinámica como una “política de Estado”. Rosa Luxemburg recordaba ese carácter político del militarismo:

“Finalmente, la palanca de este movimiento automático y rítmico de la producción capitalista para el militarismo se encuentra en manos del capital mismo, merced al aparato legislación parlamentaria y de la organización de la prensa destinada a crear la llamada opinión pública. Merced a ello, este campo específico de la acumulación del capital parece tener, al principio, una capacidad ilimitada de extensión. Mientras cualquiera otra ampliación del mercado y de la base de operación del capital depende, en gran parte, de elementos históricos, sociales, políticos, que se hallan fuera la influencia del capital, la producción para el militarismo constituye una esfera cuya ampliación sucesiva parece hallarse ligada a la producción del capital”.

Sin embargo, ese movimiento nunca consigue superar las propias contradicciones del capitalismo; más bien tiende a acelerarlas. Mandel recordaba que solo mediante la destrucción violenta de los medios de producción puede el capital volver a retomar sus tasas gananciales: una contradicción insalvable de un sistema que trabaja para la guerra porque la lleva en su seno.

La actualidad de la guerra, la actualidad de la lucha contra la guerra

Hemos intentado, de forma extremadamente sucinta, esbozar una serie de ideas que nos pueden servir para trazar un paralelismo con nuestra época. Como anunciaba Engels, el desarrollo del capitalismo implica un poder destructivo creciente. El trágico desarrollo de la bomba atómica marcó a toda una generación militante de la posguerra, una capacidad destructiva que no ha hecho más que aumentar, pero que ha sido enterrada en la discusión pública. Como denunciaba Mariátegui, la memoria de las catástrofes bélicas es corta: el capitalismo siempre promete que ha aprendido la lección. A día de hoy, una nueva guerra mundial parece impensable dentro de unas democracias coloniales acostumbradas a la externalización de la guerra, es decir, obsesionadas con desplazar a los conflictos bélicos lo más lejos posible de su bienestar menguante, cargando sus costes a otros pueblos y naciones. Como nos recordaban Ernest Mandel y Rosa Luxemburgo, la industria armamentística forma parte de la dinámica de acumulación capitalista de forma estructural, y por lo tanto, impregna a todo el sistema político-ideológico del capital. Hoy, la reindustrialización verde ha mutado, sin ningún tipo de oposición por parte de los partidos de centro-izquierda y derecha que gobiernan Europa, en una campaña de remilitarización y fortalecimiento de la OTAN.

Los anuncios histéricos de las clases dirigentes europeas son el reflejo de una época histórica que, como siempre, el capitalismo prometió haber dejado atrás. Ursula Von der Leyen, la presidenta de la Comisión Europea, ha dicho abiertamente que “Europa debe prepararse para la guerra”, un complemento clarificador a las declaraciones de Macron en las que amenazaba con enviar soldados a Ucrania para defender “el jardín europeo” del que hablaba Borrell. El conflicto inter-imperialista que se dilucida en Ucrania ha servido como catalizador de todas las tendencias latentes del sistema, tendencias que no van a desaparecer en el corto plazo. Se agudizarán ocurra lo que ocurra, sea cual sea el resultado de esa infame guerra. Las muertes de los trabajadores ucranianos y rusos en nombre de la libertad y el etnonacionalismo son otra cara trágica del proceso de des-democratización de las sociedades europeas y del cinismo complaciente del establishment político ante el brutal genocidio que estamos viendo en directo en Palestina.

La existencia de estas dinámicas de guerra no debería llevarnos a la inacción. El hecho de que las guerras sean inevitables bajo el capitalismo no debería ser excusa para aceptarlas: más bien, se trata de ligar la cuestión de la guerra y del desastre climático a la existencia del capitalismo. En ese sentido, puede ser útil abordar este periodo histórico, turbulento y dramático, sobre tres ideas básicas:

1. Debemos asumir una posición intransigente frente a los intereses imperialistas y neocoloniales de nuestros países, que se debe traducir en la negativa a asumir cualquier tipo de compromiso con el proceso de remilitarización de nuestros países. Si, como explicaba Rosa Luxemburg, el militarismo requiere del funcionamiento engrasado de los mecanismos ideológicos del capital (parlamentos y prensa), la única solución es que la izquierda asuma la tarea de bloquear sistemáticamente este proceso. Necesitamos una izquierda que no vote presupuestos que supongan el aumento del gasto militar, planes de industrialización vinculados a la guerra, etc., y que luche por desviar esa inversión hacia las necesidades de la clase trabajadora, algo que no puede hacerse simplemente desde los parlamentos: requiere de una auto-actividad consciente del movimiento obrero. Por desgracia, las izquierdas progresistas de Europa, desede los Verdes Alemanes a los partidos de la izquierda en el Estado Español (Podemos, Sumar, Bildu o ERC) han votado sistemáticamente en favor de presupuestos pretendidamente sociales, pero que avalaban esta dinámica propia del militarismo capitalista. Otra izquierda es necesaria para enfrentar la cuestión del militarismo.

2. En un mundo rugoso y lleno de brechas, es necesario diferenciar el carácter de los conflictos, localizar su matriz hegemónica. Aunque en última instancia todos los conflictos bélicos están imbricados en la dinámica capitalista, no todos los conflictos tienen el mismo carácter. Susan Watkins definió en la guerra de Ucrania como “Cinco conflictos en uno”, tratando de remarcar la existencia de varios desencadenantes en la guerra. Reconocer que Putin es un criminal y condenar la invasión de Ucrania, o resaltar el carácter reaccionario del régimen político ucraniano, no debe implicar negar la naturaleza real de un conflicto marcado y sobredeterminado por la dinámica intercapitalista global. Si bien la salida táctica pasa por defender un acuerdo de paz que acabe con la guerra lo antes posible, no deberíamos tampoco ser ilusos: esto supondría la “cachemirización” del conflicto. Solo el viejo método de Lenin de la confraternización internacionalista desde abajo podría resolver este tipo de conflictos, extirpando el veneno etnonacionalista sobre el cual se sostienen las clases dominantes que azuzan el conflicto. En otro sentido, la brutal guerra colonial y genocida sionista, apoyada por la UE y EEUU, debe ser combatida desde dentro y contra las democracias coloniales, exigiendo el fin del comercio de armas y el aislamiento del Estado de Israel, pero sin cuestionar en ningún momento el derecho a la defensa armada del pueblo palestino. De hecho, es el carácter capitalista de nuestros gobiernos el que nos obliga a desplegar esta consigna: en realidad, un gobierno progresista debería estar enviando armas a la resistencia palestina.

3. Es urgente comenzar a agrupar a los sectores militantes en torno a un programa común en defensa del desarme y contra la guerra, recogiendo la tradición del movimiento pacifista (que recalcaba que, en la era nuclear, una nueva guerra mundial sería la última, ya que supondría la destrucción de la humanidad) y del movimiento obrero, ligando la lucha contra la militarización a la transformación ecosocialista de la sociedad. Es obvio que todavía no tenemos fuerza para afrontar la magnitud del desafío, pero esta conciencia no debería llevarnos a la desesperanza. Debería servir como estímulo para empezar a formar, ciudad a ciudad, pero con un carácter europeo, un fuerte movimiento contra la deriva inexorable del capitalismo y de la clase dirigente. Eso implica también ligar el auge militarista a la destrucción ecológica del planeta y al despilfarro que supone la inversión militar desde un punto de vista social, pero evitar también caer en la trampa que legitima “bienestar y guerra”. La reindustrización militar en curso busca estabilizar la posición relativa de los núcleos de clase media de las sociedades europeas, concediendo migajas en forma de puestos de trabajo e inversiones territoriales a la clase obrera. Un bienestar parcial y decreciente, basado en el imperialismo de buena parte del mundo y en el cierre fronterizo, mientras nos preparan para la guerra y el desastre ecológico: esa es la propuesta de época que el capitalismo hace a las clases trabajadoras europeas.

Posiblemente, pese a las señales inequívocas que nos manda la clase dominante, todavía no tenemos conciencia de la magnitud del desastre. El espíritu de 1914 sigue vivo en los dos sentidos. La mayoría de partidos, de izquierda a derecha, están comprometidos o no se atreven a romper con esa lógica que nos lleva a la guerra y que la avala en forma de propaganda, presupuestos e inversiones militaristas. Y la mayoría de la sociedad cree que una nueva gran guerra es imposible: es algo impensable todavía. Romper y combatir esas dos formas que adquiere el espíritu de 1914 es el gran reto de los ecosocialistas de nuestra época.

Bibliografía utilizada en este artículo

Editorial de Monthly Review (2023) https://monthlyreview.org/2023/07/01/mr-075-03-2023-07_0/

Karl Marx and Frederick Engels, Collected Works, vol. 26

Mariátegui, Jose Carlos, El proletariado contra la guerra (1929)

Mandel, Ernest El capitalismo tardío, Verso-Sylone-Viento Sur (2023)

Luxemburg, Rosa, La acumulación de capital https://www.marxists.org/espanol/luxem/1913/1913-lal-acumulacion-del-capital.pdf

Watkins, Susan, Cinco Guerras en una https://newleftreview.es/issues/137/articles/five-wars-in-one-translation.pdf

Rosdolsky, Roman, Imperialist War and the Question of Peace https://www.marxists.org/archive/rosdolsky/1978/impwarqpeace/ch01.htm

Fuente: https://vientosur.info/europa-la-guerra-y-el-espiritu-de-1914/

 

domingo, 25 de abril de 2021

LA SUPERLIGA EUROPEA O CÓMO EL CAPITALISMO SIGUE ROBÁNDONOS EL FÚTBOL

 

Aficionados del fútbol inglés contra la Superliga

Brais Fernández | Xaquín Pastoriza

21 abril 2021

Era un rumor y se ha confirmado: una docena de grandes clubes europeos han decidido montar una SuperLiga europea, al margen de las reglas y normas de la UEFA. Esto significaría, según la propuesta de los clubes, que se conformaría una competición europea en la que estos doce equipos tendrían su plaza asegurada al margen de sus resultados en sus respectivas ligas nacionales. Hasta ahora, los socios fundadores que han confirmado su participación son el AC Milan, el Arsenal FC, el Atlético de Madrid, el Chelsea FC, el FC Barcelona, el FC Internazionale Milano, la Juventus FC, el Liverpool FC, el Manchester City, el Manchester United, el Real Madrid CF y el Tottenham Hotspur. Invitarían a participar a otros clubes, pero la tendencia está clara. Se trataría de aplicar el modelo de franquicias de acceso privado, en el cual los grandes clubes solo competirían entre ellos, repartiendose los beneficios de forma cerrada.

Es curioso que algunos de estos clubes se autoproclamen como grandes de Europa cuando sus resultados los colocan en resultados mediocres en sus ligas nacionales, pero la oligarquización del fútbol también tiene como efecto sancionar los beneficios de los grandes al margen de los resultados, al igual que las grandes empresas rescatadas por los Estado liberales. Por supuesto, los beneficios de los contratos televisivos aumentarían exponencialmente. Seamos claros: estamos hablando de crear un cartel monopolista en el mundo del fútbol, que controlaría los beneficios principales, dejando para el resto de clubes lo que en economía se llama el beneficio marginal. El capitalismo ha dejado de ser liberal, también en el mundo del fútbol.

No es casualidad que este paso esté alimentado por Florentino Pérez, el presidente del Real Madrid. Pérez es uno de los grandes empresarios españoles, propietario de ACS, una gran constructora que se ha desarrollado y expandido al calor de los contratos urbanísticos otorgados por gobiernos de izquierda y derecha, tejiendo una red que ha penetrado en cada vez más espacios de mercado en alianza con el poder estatal. También aparece como uno de sus impulsores la gran financiera JP Morgan, asociada a la especulación de todo tipo.

Algún club como el Betis sevillano ha mostrado su rechazo a esta iniciativa mostrando en redes sociales una tabla de la clasificación que excluye a los clubes españoles que han fundado la SuperLiga. Algunos gobiernos europeos ya han mostrado su oposición a la nueva competición. Sin embargo, está por ver como se sustancia esta oposición. Algunos nombres destacados en el mundo del fútbol, como Gary Neville, han mostrado su rechazo de forma más concreta y contundente. Ha acusado a la SuperLiga de secuestrar el fútbol para los ricos y ha pedido la expulsión de las ligas nacionales de los clubes que lo apoyen. En twitter ha recordado la cita del mítico entrenador del Liverpool, Bill Shankly:

El socialismo en el que creo es aquel en el que todos trabajan el uno para el otro y todos tienen una parte de la recompensa. Es la forma en la que veo el fútbol, la forma en la que veo la vida.

Desde luego, la visión de Shankly no se correspondía con la realidad del fútbol, ni siquiera en la época en la que hizo estas declaraciones. El capitalismo y el fútbol siempre han tenido una relación estrecha, ya que el capitalismo es un sistema omnívoro que tiende a subsumir y mercantilizar todas las relaciones sociales bajo sus parámetros. Y cuando decimos todas, decimos todas: la literatura, la música... Advertimos de esto, porque el elitismo de la izquierda intelectual contra el fútbol suele esconder una posición hipócrita ante su propio rol social. Pero, como en todas las relaciones culturales, existe una tensión que hace frente a la subsunción capitalista. El Liverpool que dirigía Shankly era un buen ejemplo de ello. Ligado a una ciudad famosa por los Beatles y las luchas de la clase obrera, y gobernada durante años por sectores marxistas del Partido Laborista, el Liverpool (hoy uno de los impulsores de la SuperLiga) se veía obligado a adaptarse al ecosistema sobre el que vivía. Es famosa la anécdota que cuenta cómo los jugadores de Liverpool recibían instrucciones de su club para no lucir grandes coches que pudieran ofender a sus aficionados. El club era una empresa capitalista, pero el tejido de la ciudad lo anclaba a una serie de reglas y normas comunes que ejercían como contrapeso.

Hoy en día, esos contrapesos sociales han sido pulverizados por el capitalismo. Si antes las fábricas ligaban a las empresas con una comunidad obrera, hoy en día las multinacionales han roto esos lazos, quebrando vínculos orgánicos y relaciones emocionales construidos durante décadas. El capitalismo tiende a destruir y arrebatarnos hasta lo que el capitalismo nos permitió sentir como nuestro en algún momento. Nos deja cada vez más ajenos e insignificantes ante la escisión de los poderosos del mundo terrenal. Todo tiende a alejarse con la complicidad de una clase política esclava de la financiarización.

Como ya hemos intentado aclarar, esto no significa que el fútbol hasta ahora haya sido un espacio descontaminado de las lógicas capitalistas. Todo lo contrario: el proyecto de la SuperLiga es simplemente un reflejo más de los procesos de concentración de capital a nivel global y un intento de los clubes más ricos de garantizar sus beneficios tras la crisis de la covid-19. Por lo tanto, no se trata de idealizar o defender el actual modelo, sino de entender cómo la propuesta de la SuperLiga es su consecuencia lógica. Lo que estamos viviendo es un proceso similar al que vivimos con las multinacionales en relación a otras empresas capitalistas. Por ello no debemos sentir nostalgia del viejo modelo que ha conducido al actual, o pedir una igualdad que se traduzca en una competición basada en que la única aspiración de un club sea formar parte de la élite de los equipos ricos.

Se trata entonces de imaginar un futuro distinto, en donde la competición y la igualdad entre clubes reflejen una lógica solidaria que conquiste el derecho al fútbol para sus aficionados. En ese sentido, hay que apostar con claridad por un modelo que desprivatice los equipos y desmercantilice las competiciones. Eso significa apegarlo al ocio de las clases populares y a un modelo de disfrute basado en deseo de sentir la competición como algo producido por formar parte de la comunidad, lejos de una pasión coaccionada por los poderes económicos. Seamos claros: eso conlleva limitar los salarios de los futbolistas y limitar los presupuestos de los clubes, convirtiendo los equipos en instituciones comunes y cooperativas amparadas por los municipios.

No basta con una retórica sentimental vinculada a un pasado idea que jamás existió: significa defender otro tipo de modelo, vinculada a las necesidades del deporte de base. La calidad del deporte no se resentiría, se extendería a otros ámbitos al vincularse a la vida real y cercana de las aficiones, alejándonos de macroeventos criminales como los mundiales de futbol, al servicio de dictaduras y construidos sobre la explotación de los trabajadores, como se ve claramente en todo lo que rodea al mundial de Qatar (con más de 6.500 obreros migrantes muertos en las obras, según The Guardian) .

Un fútbol en el que los socios decidan y manden: un fútbol que sea de todas las personas que disfrutan de un deporte, que no olvidemos, siempre ha sido vivido y producido por la clase trabajadora. Puede parecer una utopía, pero en el Estado español están surgiendo a pequeña escala experiencias de clubes de fútbol popular, autogestionados asambleariamente y arraigados en sus barrios y comunidades (Unionistas de Salamanca, Xerez, CD Ourense) que muestran que otro fútbol es posible. No hay otra solución si no queremos rehacer nuestros vínculos con el deporte y terminar en una distopía humillante para las aficiones, en donde animar a un equipo sea el equivalente a ser fan de Amazon o tener que elegir entre beber Pepsi o Coca Cola. Porque ya lo saben: si no cortamos con esta lógica, lo que hoy nos parece una aberración, más pronto que tarde el capitalismo tiene la capacidad de hacerlo real.

Brais Fernández y Xaquín Pastoriza forman parte de la Redacción y del Consejo Asesor de viento sur

https://jacobinlat.com/2021/04/19/la-superliga-europea-o-como-el-capitalismo-sigue-robandonos-el-futbol/

Fuente: https://vientosur.info/la-superliga-europea-o-como-el-capitalismo-sigue-robandonos-el-futbol/

 

domingo, 12 de abril de 2020

CORONAVIRUS: UNA CRISIS QUE DESVANECE TODO LO SÓLIDO EN EL AIRE


08/04/2020 | Manuel Garí y Brais Fernández

"La tierra está nerviosa y también los seres humanos que la habitan" (Ernst Bloch)
La crisis del coronavirus ha reabierto el debate sobre las ‘crisis’. ¿Segunda parte de 2008? ¿Repetición en un nuevo contexto de la Gran Depresión? ¿Cuestión de semanas y vuelta a la vieja normalidad? ¿Contingencia biopolítica por fatalidad arbitraria e incontrolable? ¿Inaplicación del principio de precaución? El desconcierto es enorme y la crisis poliédrica. Elaborar salidas efectivas, y abrir caminos alternativos al abismo, requiere hacerse las preguntas adecuadas, ser realista y no incurrir en el pensamiento mágico.

El primer factor en la sorpresa es el sanitario. Hace décadas que los países industrializados no sufrían una epidemia similar. La rauda expansión mundial de la pandemia no es ajena al crecimiento exponencial de viajes en un mundo interdependiente. Y no se da en un contexto de optimismo. A diferencia de otras épocas, como la añorada post Segunda Guerra Mundial, existe una impresión de crisis que impregna lo cotidiano y una sensación de fin de época, incertidumbre y agotamiento civilizatorio que tensa los nervios de todas las clases sociales.

Más allá de las formas subjetivas de vivir la decadencia sistémica, hay una serie de lógicas que hacen inexorable la crisis. Existe una contradicción entre el desarrollo material y financiero de la globalización capitalista, la inseguridad social de la población mundial y la acelerada degradación de la biosfera. Este quizás sea el factor más relevante del tiempo que viene: pese a todas las advertencias y cumbres para reformar el capitalismo, la crisis aparece como una marea que amenaza con devastarlo todo.

Las causas son múltiples y atraviesan a todos los países. Muchos economistas, tanto críticos como pro sistémicos, venían anunciado el síndrome de la recesión, pero la virulencia de esta crisis ha sorprendido a todo el mundo. En 2008, el crackcomenzó en la esfera financiera y contaminó la productiva, si bien había estado precedida de un descenso de la tasa de beneficio. Ahora, al contrario, la producción y el comercio han frenado bruscamente e impactado en las finanzas, lo que agrava la recesión. El Covid-19 anidó en una economía ya enferma.

El capitalismo sufre una crisis de rentabilidad crónica, en la que es incapaz de recuperar estable y suficientemente la tasa de ganancia para poder impulsar un ciclo largo de acumulación y una nueva ‘edad de oro’. A la destrucción del tejido productivo, provocada por la crisis de 2008, no le ha sucedido una etapa vigorosa. La productividad tiende al estancamiento y las tasas de crecimiento de los principales países han sido bajas y basadas en el asalto a nichos previamente no mercantilizados (bienes comunes y sectores públicos) y en una desvalorización salarial sin precedentes desde los años veinte. Las recetas aplicadas después de 2008, ante el apalancamiento público y privado, por el FMI, el Banco Mundial, la FED y la UE han fracasado pues se basaban en la misma lógica. Las deudas soberanas nuevamente se han disparado y las privadas son elevadas. Las empresas en China, la UE y Estados Unidos están endeudadas –especialmente el mar de pymes zombies–. Las maniobras de recompra de acciones por las empresas, los ataques de los fondos buitre, la arriesgada especulación de los inversores institucionales, el incontrolado reparto de dividendos y las fugas de capitales han llevado al caos. ¿Cómo es posible que, pese al aumento de la masa de beneficios y su mayor peso en la renta, la lógica de acumulación capitalista esté en crisis? Quizás porque desde 2008 la política económica se ha limitado a preservar el valor de los activos financieros mientras ve decrecer la tasa de beneficios.

El capital ha ido conquistando cada vez más espacios. El capitalismo ha sido el sistema hegemónico durante los últimos siglos, pero durante las últimas décadas su desarrollo se ha basado fundamentalmente en colonizar nuevos espacios que previamente convivían dentro del sistema-mundo. La incorporación al mercado de los territorios postsoviéticos, de China y de los países postcoloniales ha homogeneizado el mundo de forma nunca vista. Sin nuevos lugares hacia los que desplazar sus crisis, el capital devora los derechos de las clases trabajadoras nacionales, pero también se devora a sí mismo en una suerte de ‘saturación espacial’ que constituiría el primer factor crítico.

El segundo tiene que ver con la relación entre capital y naturaleza. El capitalismo fósil no es solo destructivo con el planeta y las personas, lo es también consigo mismo. Pese a toda la retórica verde institucional, el sistema productivo global, la energía y el transporte de mercancías y personas depende del crudo y afines. El retorno energético decrece, sube el coste y baja la calidad. El filósofo y ensayista Jorge Riechmann lo expresa parafraseando a Bill Clinton: “¡Es la termodinámica, estúpido!”. Esta “ley de rendimientos decrecientes” puede parecer irracional, pero opera trágicamente para mantener el declinante sector de la automoción e intereses como los de Aramco, la petrolera saudí.

Por último y no menos importante, está el factor político. Nos referimos a los mecanismos que usa el capital para autorregularse. Paradójicamente, junto al control de las clases subalternas, una función esencial del Estado ha sido controlar al capital, regular sus excesos, meter en cintura a los capitalistas descontrolados, garantizar la estabilidad caótica necesaria mediante la coerción. Pero, desde 1976, la lógica implacable de búsqueda del beneficio ha provocado la debilidad del Estado-regulador –excepto quizás en la dictadura china– y por supuesto del Estado-benefactor, lo que le deslegitima. Ello supone un nuevo problema sistémico porque el mercado para funcionar necesita de mucho Estado y controlar a este. Sin ‘estado mayor’ el capital carece de instrumentos políticos para orientarse estratégicamente y dotarse de salidas a sus propias crisis. Ello no quiere decir que se haga el harakiri, su entierro necesitará enterrador.

Los tres grandes factores –económico, ecológico y político– confluyen en esta marea de crisis que viene. Las consecuencias geopolíticas pudieran ser que China y su Leviatán neoliberal salgan fuertemente reforzados, mientras que EE.UU. continúa su proceso decadente en medio de una catástrofe sanitaria que tensará todavía más a una sociedad rota en mil pedazos. La UE, incapaz de ayudar a sus miembros en la emergencia de salud pública y de dotarles de financiación a fondo perdido, saldrá profundamente dividida entre delirios neonacionalistas, un sur impotente y una Alemania incapaz de encabezar la salida de la crisis mientras contempla su muerte como potencia.

Esta crisis supone la pauperización de las clases medias y trabajadoras. Esto ya no es una cuestión coyuntural o temporal. El futuro inmediato va a conocer unas cadenas de valor mundiales desorganizadas, quiebras de empresas e intentos de nuevos recortes a los derechos laborales y sindicales. El capitalismo solo tiene como salida la destrucción total de las viejas formas de relaciones sociales subalternas que los pueblos consideran propias y normales. El crítico y teórico literario marxista Fredric Jameson indica que es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Pero esa afirmación esconde el interregno al que vamos: ¿cómo va a ser vivir en un mundo en donde la marea de las crisis arrase todo lo que conocíamos, generando nuevas formas de vida social hasta ahora ajenas a nuestra cotidianeidad? ¿Cómo viviremos mientras “todo lo sólido se desvanece en el aire”?

A corto plazo, la impotencia de los Estados es un reflejo del shock de las sociedades. Es comprensible que ahora mismo todos los esfuerzos se concentren en intentar controlar la pandemia, pero el pobre debate sobre el día después revela una falta de ideas y de perspectivas. ¿Cómo es posible que ni siquiera el gobierno español, teóricamente el más a la izquierda de Europa, se haya planteado el asalto a los beneficios privados ni la integración de los sistemas sanitarios bajo el mando público y sin compensación? Desde un punto de vista histórico, esta ceguera resulta casi increíble: el gran triunfo ordoliberal de 2008 fue la imposición hegemónica de la austeridad. Se habla de aumentar temporalmente el techo de gasto y las prestaciones sociales, pero nadie habla de tocar los beneficios de las grandes corporaciones y redistribuir la riqueza generada socialmente. Puede parecer muy elemental lo que estamos planteando, pero indica de forma clara el desplazamiento del debate: si el fin del capitalismo parece inimaginable, también lo parece su domesticación.

La urgencia social no debería cerrar en falso el debate del día después. Pelear por cada mejora cotidiana es casi una exigencia para evitar el envilecimiento y la pulverización de amplios sectores sociales, pero la economía política tiene sus lógicas implacables. Marx, en el Manifiesto Comunista, decía que el capital “se asemeja al mago que ya no es capaz de dominar las potencias infernales que ha desencadenado con sus conjuros”. En la nueva situación las fuerzas del mal pueden aprovechar para imponer sus opciones ultraliberales, autoritarias y ecofascistas. Estemos alerta. Durante los próximos años, nos jugamos no solo el futuro de la izquierda –que es quizás lo menos importante– si no el de nuestras sociedades.

El mercado y el capital nos trajeron al borde del abismo, atrevámonos a tomar las palas para enterrarlo. Necesitamos empresas públicas y sociales en los sectores estratégicos de la economía, comenzando por la banca, la energía y las industrias farmacéutica y biosanitaria, y un tejido productivo y reproductivo ambientalmente sostenible, de cercanía, y que posibilite la autosuficiencia de las comunidades y la cooperación internacional sin la rémora de la deuda. Solo así podremos hacer frente a los retos del siglo XXI: el cambio climático y la desigualdad social.

Ello pone sobre la mesa la cuestión de la planificación democrática jamás experimentada, entre otras cosas, para afrontar una reconstrucción económica justa y feminista, en países que, el día después del confinamiento, se encontrarán con millones de personas desempleadas. Sabemos que en última instancia, la única solución es el surgimiento de algún tipo de (eco) socialismo democrático; podríamos ir empezando por colocar en el centro de la propuesta postcrisis el reparto de los trabajos, la socialización de los beneficios privados y la garantía de renta y vivienda para todo el mundo.

El revolucionario Víctor Serge advirtió de que las medianoches de la historia se caracterizan por una gran parálisis social. Por ello, a corto plazo (y para preparar el futuro) la mejor propuesta es asóciense, no sean espectadores pasivos, tomen el presente y su futuro en sus manos. Dónde sea y con quién sea, pero respondan al ciclo objetivo del capitalismo con un rabioso subjetivismo que nos permita enfrentar con alguna posibilidad la medianoche de nuestro siglo.

7/04/2020
Manuel Garí y Brais Fernández forman parte del Consejo Asesor de Viento Sur 


martes, 30 de junio de 2015

EL PELIGRO DE LA PROFESIONALIZACIÓN DE LA POLÍTICA




Brais Fernández
Lunes 22 de junio de 2015

Es curioso como la “nueva política” reproduce una y otra vez viejos problemas. ¿Se acuerdan de aquello de la burocratización de la política?. Pues hoy vuelve a estar de actualidad. Tras estas elecciones municipales y autonómicas, miles de personas que antes no tenían ningún vínculo con el ejercicio de la política institucional, se han convertido en representantes políticos. ¿Vale para ellas la ley de hierro de la oligarquía que Robert Michels enunciara a principios del siglo XX pensando en la socialdemocracia europea? ¿Sigue siendo la política ese virus que convierte en burócrata a quién la ejerce?

Recordemos a un viejo maestro. Decía Marx que el capital es el hilo conductor de todas las relaciones sociales, un eje que atraviesa todos o casi todos los conflictos de la vida. En el proceso de expansión del capital todo se convierte en mercancía, todo se vuelve valor de cambio. Con ello no decía que el mundo se volviera malo y perverso; que, por el sólo hecho de vivir, las personas se convirtieran en comerciantes codiciosos. Se trata de relaciones estructurales, no de juicios morales.

La política tampoco esta libre de este tipo de relaciones. Pero como otras esferas que componen la vida social, la política es una esfera relativamente autónoma. De nuevo según el viejo Marx, afirmar que la “política es relativamente autónoma” no quiere decir que esté libre de determinaciones, sino más bien que dentro de esas sujeciones, tiene sus propias reglas.

Pero ¿acaso tiene todo esto algo que ver con nuestros nuevos cargos políticos, de Podemos o de las candidaturas municipalistas, con esos representantes que ha “elegido la gente” y que son “gente normal y corriente”?. En los manuales de ciencia política, se suele decir que la burocracia es una fracción de la población con intereses propios y cuyo poder está ligado al Estado. En demasiadas ocasiones, en efecto, la política aparece como algo que sólo tiene que ver con las “ideas” o con las luchas palaciegas por el poder. Sin embargo, la política es también una lucha material entre clases –qué le vamos a hacer, otra vez las clases sociales–, empezando porque ella misma parece producir una casta: la burocracia.

Empecemos pues por el principio: la llamada crisis de régimen se relaciona con una serie de causas económicas y sociales. Su profundidad viene dada precisamente por la conjunción de otras muchas “crisis”: crisis económica, crisis social, crisis política, crisis cultural. En el ámbito específico de las relaciones entre las clases, la expresión más concreta de la crisis es la incapacidad de eso que habría que volver a llamar “capitalismo” para integrar a amplios sectores de las clases subalternas (clases trabajadoras y clases medias) en una dinámica de reproducción social ampliada.

Sin embargo, en esta dinámica de crisis y de búsqueda de “soluciones políticas”, el protagonismo no parece haber correspondido a los más desfavorecidos. Por contra, han sido los jóvenes universitarios, los hijos de la clase media destinados a convertirse en nueva “élite”, los que han llevado y dirigido los pasos del cambio. Con ello no se quiere decir que los “trabajadores” estén exentos de tentación burocrática, sino sólo resaltar que desde el principio ha habido, por así decir, un componente proto-elitista en el movimiento.

O en otras palabras, buena parte de los sectores que se han incorporado a las instituciones o a hacer política de forma (semi) profesional provienen de esas clases medias de formación universitaria con nulas expectativas laborales en su campo formativo. Un sector que ha visto como la crisis frustraba sus esperanzas de futuro. Valga decir que para nuestros “nuevos políticos”, hechos de “gente normal”, la política institucional o profesional no aparece simplemente como una batalla de ideas (que también), sino que, independientemente de las intenciones individuales de cada cual, resulta ser también una salida profesional: una salida a la crisis de integración generada por el crack financiero de 2008 y la posterior de destrucción de posiciones laborales que el Estado de Bienestar creaba. De nuevo, no se trata de hacer un juicio moral, sino de reconocer esas “inercias materiales” que operan sobre todo el proceso.

Valga decir también, que entre nuestros “nuevos políticos” existe una tendencia casi instintiva a reproducir una de esas “ideas” que operan de forma invisible y que conforman eso que antes se llamaba la “ideología dominante”, esto es, que la política se concentra en el Estado. Lo que en realidad viene traducirse en que todo cambio real, si quiere ser efectivo, tienen que concentrarse en el Estado. Por si alguien lo dudaba el Estado es lo real, fuera de él: literatura y ficción.

Y sin embargo, ¿qué queremos disputar: el poder del Estado o sencillamente “el” Estado? Durante el último año y medio, esta pregunta ha quedado suspendida en la memoria debido a las enormes expectativas que ha abierto Podemos. Pasadas las primeras citas electorales, el interrogante ha cobrado otra vez una relevancia inexcusable; máxime si como se ha ido comentando ya en muchos artículos de Emmanuel Rodríguez, Cesar Rendueles y otros, el riesgo de un proyecto de cambio liderado por ese grupo social expulsado de “sus lugares tradicionales” es que la presión por volver a “sus lugares tradicionales” se imponga y limite el proyecto de cambio a un mero recambio de élites. Algo tan simple de formular como: si la puerta de la integración en las clases medias está cerrada por las vías previas a la crisis, la política representativa aparece como una vía rápida (y hasta entretenida) de ocupar el lugar “que corresponde”, el lugar “que se merece”.

Un riesgo, sin embargo, no tiene necesariamente que convertirse en un abismo, al menos si no olvidamos algunas lecciones del pasado. Por ejemplo, la entrada masiva en las instituciones de gente proveniente de las luchas sociales en la Transición vació la calle y llenó la esfera representativa de “cuadros” provenientes de la izquierda. La concentración de la política en las instituciones estatales contribuyó a acelerar el debilitamiento del conflicto social y a facilitar que se perdieran muchas de las conquistas sociales que se habían logrado en los años previos.

Por eso, para combatir las presiones objetivas a la burocratización quizás tengamos que empezar por desmistificar la política. En ese caso, el problema no es la política como ejercicio deshonesto, sino la relación entre política y sociedad. Lo político no es un ejercicio técnico (aunque tenga una dimensión técnica), sino un campo de batalla. ¿Se acuerdan de aquel lema provocador de Lenin en “El estado y la revolución” cuando decía que el estado socialista debía ser tan mínimo y sencillo como para que lo pudiera administrar una cocinera? Democratizar la política también significa popularizar su ejercicio.

Porque la burocratización no aparece en los momentos álgidos de la marea, sino cuando la marea retrocede. En la medida en que asumimos que la burocratización es una tendencia real, en la medida en que reconocemos que la “gente no puede estar todo el día haciendo política” (¿pero los cargos públicos si?) y que la resolución de este problema no depende de las intenciones de los sujetos, nuestra propuesta, y con ella le necesidad de recuperar una política democrática para todos y todas, no puede basarse únicamente en la buena voluntad de los representantes. Antes al contrario, la “nueva política” deberá utilizar las conquistas en la esfera estatal-representativa para crear mecanismos de control popular. Si de verdad queremos combatir los riesgos de burocratización y el surgimiento de una nueva élite, quizás tengamos que impulsar, incluso desde las instituciones, asambleas que no sean simples actos de masas, sino embriones de una institucionalidad no-estatal; espacios para el ejercicio de una democracia desde abajo. Se trata de algo que sólo requiere de voluntad política. Por si esto fuera poco, tenemos un incentivo más: ¡La democracia es gratis! O, como les gusta decir a algunos, la democracia tiene un “coste cero”.

21/06/2015