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domingo, 10 de diciembre de 2017

CENTENARIO DE LA REVOLUCIÓN RUSA: "SE ATREVIERON"




05/12/2017 | David Mandel 

Cien años después, la cuestión del legado histórico de la Revolución de Octubre sigue sin ser sencilla para los socialistas: el estalinismo pudo echar raíces menos de una década después de la Revolución y la restauración del capitalismo encontró poca resistencia popular setenta años después.

Uno puede, por supuesto, señalar el papel fundamental del Ejército Rojo en la victoria contra el fascismo, o que la rivalidad entre la Unión Soviética y el mundo capitalista abrió el espacio para las luchas antiimperialistas, o también que la existencia de una enorme economía nacionalizada y planificada consiguió una moderación de los apetitos capitalistas. Aun así, incluso en dichas áreas, el legado está lejos de estar exento de ambigüedades.

Ahora bien, el principal legado de la Revolución de Octubre para la izquierda a día de hoy es, en realidad, el menos ambiguo. Puede sintetizarse en dos palabras: "se atrevieron". Con esto quiero decir que los Bolcheviques cumplieron auténticamente con su misión como partido de los trabajadores al organizar tanto la toma revolucionaria del poder político y económico, como su defensa posterior frente a las clases propietarias: proveyeron a los obreros -así como a los campesino- el liderazgo que necesitaban y deseaban.

Por tanto, es cuanto menos irónico que muchos historiadores, y bajo su estela, la opinión pública en general, hayan visto Octubre como un crimen terrible motivado por el proyecto ideológico de construir una utopía socialista. De acuerdo con este punto de vista, Octubre fue un acto arbitrario que desvió a Rusia de su sendero natural de desarrollo hacia una democracia capitalista. Octubre fue, además, la causa de la guerra civil devastadora que asoló el país durante casi tres años.

Hay una versión modificada de esta lectura que es abrazada incluso por personas de izquierda que rechazan el leninismo (o lo que creen ellos que fue la estrategia de Lenin) por culpa de las dinámicas autoritarias desatadas por la toma revolucionaria del poder y la subsiguiente guerra civil.

No obstante, lo que sorprende sobremanera cuando uno estudia la revolución desde abajo es lo poco que los Bolcheviques, y los obreros que les apoyaban, estaban, de hecho, guiados por una ideología, en el sentido de que fuesen una suerte de movimiento milenarista que ambicionase únicamente el socialismo. En realidad y sobre todo, Octubre fue una respuesta práctica a problemas sociales y políticos muy serios y concretos que debían afrontar las clases populares. Esto era también, por supuesto, la aproximación al socialismo de Marx y Engels - no una utopía que debía ser construida a partir de unos diseños preconcebidos, pero un conjunto de soluciones concretas a las condiciones reales de los trabajadores bajo el capitalismo. Por ello Marx siempre rechazó obstinadamente ofrecer "recetas para los libros de cocina del futuro" 1/.

El objetivo inmediato y principal de la insurrección de Octubre fue anticiparse a la contrarrevolución, apoyada por las políticas de guerra económica de la burguesía, que hubiese barrido todas las conquistas democráticas y promesas de la Revolución de Febrero y hubiese mantenido la participación rusa en la Guerra Mundial. Una contrarrevolución victoriosa -y ésta hubiese sido la única alternativa real a Octubre- hubiese probablemente dado nacimiento a la primera experiencia de un Estado fascista en el mundo, anticipándose así unos cuantos años a las posteriores respuestas de las burguesías italianas y alemanas a levantamientos revolucionarios similares pero fallidos.

Los Bolcheviques, y la gran mayoría de los obreros industriales urbanos en Rusia, eran, por descontado, socialistas. Pero todas las corrientes del marxismo ruso consideraban que Rusia carecía de las condiciones políticas y económicas para alcanzar el socialismo. Sin duda, existía la esperanza de que la toma revolucionaria del poder en Rusia alentase a los trabajadores de los países desarrollados al oeste a levantarse contra la guerra y contra el capitalismo, abriendo así perspectivas más amplias para la propia revolución rusa. En efecto, fue sólo una esperanza, y estaba lejos de ser una certidumbre. Aun así, Octubre hubiese podido acontecer sin ella.

En mi labor historiográfica, presento pruebas documentadas y, en mi opinión, convincentes en favor de esta forma de presentar Octubre, aunque no voy a intentar resumirlas aquí. Prefiero explicar cuan dolorosamente conscientes eran los Bolcheviques, y los trabajadores que les apoyaban -el partido estaba abrumadoramente compuesto de obreros-, de la amenaza de la guerra civil; lo mucho que intentaron evitarla, y, fracasando en ello, lo mucho que quisieron disminuir su dureza. De este modo, quiero focalizarme con más insistencia explicar el sentido del "se atrevieron" en tanto que legado de Octubre.

El motivo por el cual los Bolcheviques, junto con la mayoría de los trabajadores, apoyaron el "poder dual" durante el periodo inicial de la revolución fue el deseo de evitar la guerra civil. Bajo esta forma de acomodar las cosas, el poder ejecutivo era ejercido por el gobierno provisional, inicialmente compuesto por políticos liberales, representantes de las clases propietarias. Al mismo tiempo, los Soviets, organizaciones políticas electas por los obreros y soldados, fiscalizaban el gobierno, asegurándose de su lealtad al programa revolucionario. Este programa estaba compuesto fundamentalmente por cuatro elementos: una república democrática, una reforma agraria, la jornada laboral de ocho horas, y una diplomacia enérgica que asegurase rápida y democráticamente el final de la guerra. Ninguno de estos puntos era socialista como tal.

El apoyo al poder dual marcó una ruptura radical con el rechazo tradicional del partido de aliarse potencialmente con la burguesía en la lucha contra la autocracia. Ese rechazo constituía los cimientos mismos del bolchevismo como partido de los obreros. Fue el motivo del estatus hegemónico del partido en el movimiento obrero a lo largo de los años de protesta obrera antes de la guerra. El rechazo a la burguesía (que era a su vez un rechazo al Menchevismo) se enraizaba en la larga y dolorosa experiencia obrera que veía cómo la burguesía se aliaba íntimamente con el Estado autocrático para aplastar sus aspiraciones sociales y democráticas.

El apoyo inicial al poder dual reflejó la voluntad de dar una oportunidad a los liberales, ya que las clases propietarias (el partido constitucional-democrático (los Kadetes) se convirtió en su primer representante político en 1917) se habían sumado, aunque bastante tardíamente, a la revolución, o eso parecía. Su adhesión a la revolución facilitó de manera considerable una victoria sin apenas derramamiento de sangre a lo largo del vasto territorio ruso y a lo largo del frente. La asunción del poder por parte de los Soviets en Febrero hubiese expulsado a las clases propietarias del poder, haciendo renacer así el espectro de la guerra civil. Por otra parte, los obreros no estaban preparados para asumir la responsabilidad directa de dirigir el Estado y la economía.

El posterior rechazo del poder dual y la demanda de transferir todo el poder a los soviets no fue, bajo ningún concepto, una respuesta automática al regreso de Lenin a Rusia y la publicación de sus Tesis de Abril. Fundamentalmente, estas tesis fueron una llamada de vuelta a las posturas tradicionales del partido, pero en condiciones de guerra mundial y de revolución democrática victoriosa. Si la posición de Lenin acabó ganando fue porque era cada vez más claro que las clases propietarias y sus representantes liberales eran hostiles a los objetivos de la revolución y querían, de hecho, revertirla.

Ya a mediados de abril, el gobierno liberal dejo claro su apoyo a la guerra y sus objetivos imperialistas. Incluso anteriormente a ello, la prensa burguesa puso término final a su breve luna de miel de unidad nacional con campañas en contra del supuesto egoísmo obrero al perseguir sus ’estrechos’ intereses económicos en detrimento de la producción para la guerra.

El motivo era claramente socavar la alianza obreros-soldados que hizo posible la revolución.

No sin conexión con esto era la creciente sospecha entre los obreros de un progresivo y creciente cierre patronal, enmascarado bajo una supuesta escasez de suministros; sospecha amplificada por el adamantino rechazo de los patrones industriales de la regulación gubernamental de esta economía vacilante. Los cierres patronales fueron desde tiempo atrás el arma favorita de los propietarios de las fábricas. Solamente en los seis meses anteriores al estallido de la guerra, los patrones industriales de la capital, en concierto con la administración de las fábricas de titularidad estatal, organizaron al menos tres cierres patronales generalizados que trajeron consigo el despido de un total de 300 000 trabajadores. Diez años antes, en noviembre y diciembre de 1905, dos cierres generales asestaron un golpe mortal a la primera revolución rusa.

A finales de la primavera y comienzos del verano de 1917, personalidades prominentes de la sociedad censal (las clases dominantes) solicitaban la supresión de los soviets y recibían grandes ovaciones por parte de las asambleas de su clase. Luego, a mediados de junio, bajo una fuerte presión de sus aliados, el gobierno provisional inició una ofensiva militar, poniendo punto y final al cese al fuego de facto que había reinado en el frente oriental desde Febrero.

Y entonces, ya en junio, una mayoría de los obreros de la capital abrazaron la demanda bolchevique de liberar la política gubernamental de la influencia de las clases propietarias. Éste era, en esencia, el significado del "todo el poder para los Soviets": un gobierno que respondiese únicamente ante los obreros y campesinos. A esas alturas, los Bolcheviques y los obreros de la capital aceptaron la inevitabilidad de la guerra.

No obstante, eso no era en sí mismo tan terrorífico, ya que los obreros y campesinos (los soldados eran en su grandísima mayoría jóvenes campesino) eran la gran mayoría de la población. Mucho más preocupante eran las perspectivas de una guerra civil qu enfrentase a distintos bandos en el seno de las fuerzas que sostenían la "democracia revolucionaria". Los socialistas moderados, los Mencheviques, y los Socialistas Revolucionarios (eseristas), dominaban la mayoría de los soviets fuera de la capital, así como el Comité Ejecutivo Central (CEC) de soviets y el Comité Ejecutivo de campesinos, y apoyaban a los liberales, hasta el punto de enviar una delegación de sus líderes a la coalición gubernamental, en un esfuerzo por apuntalar la débil autoridad popular de esta última.

La amenaza de guerra civil en el seno de la democracia revolucionaria resurgió con fuerza a comienzos de julio, cuando, junto con unidades de la guarnición, los obreros de la capital se manifestaron masivamente para presionar al CEC para que tomase el poder por sí solo. No solamente fracasaron en ello, sino que las manifestaciones fueron el primer derramamiento de sangre serio de la revolución, seguido de una ola de represión gubernamental contra la izquierda y tolerada por los socialistas moderados.

Los acontecimientos de julio dejaron a los Bolcheviques, y los obreros que les apoyaban, sin una ruta clara por la que avanzar. Formalmente, el partido adoptó un nuevo eslogan propuesto por Lenin: el poder para un "gobierno de los trabajadores y los campesinos pobres", sin mención alguna a los soviets, que se hallaban dominados por los socialistas moderados. Lenin entendía dicho eslogan como un llamamiento a preparar una insurrección que pudiese sortear a los soviets y que, de darse las circunstancias, se enfrentase a ellos. Ahora bien, en la práctica el eslogan no era aceptado ni por el partido ni por los obreros de la capital, ya que significaba dirigirse en contra de las masas populares que seguían apoyando a los moderados - por tanto, implicaba la guerra civil en el seno de la democracia revolucionaria.

La actitud de los socialistas, esto es, de la minoría educada, de la intelligentsia de izquierdas, preocupaba particularmente. La intelligentsia de izquierda apoyaba casi en su totalidad a los socialistas moderados. Los Bolcheviques eran un partido plebeyo, y lo mismo era cierto para los social-revolucionarios de izquierda, que se escindieron de los eseristas en septiembre de 1917 y formaron una coalición de gobierno en los soviets junto con los Bolcheviques en noviembre. Las perspectivas de tener que dirigir un Estado, y probablemente también la economía, sin el apoyo de gente formada preocupaba profundamente, en particular a los militantes de los comités de fábrica, mayoritariamente bolcheviques.

El golpe de estado fracasado del general Kornilov a finales de agosto, que contó con el apoyo entusiasta de las clases dominantes, pareció despejar una solución al callejón sin salida al que se estaba llegando. Rindiéndose ante la obviedad, los socialistas moderados parecieron aceptar la necesidad de romper relaciones con los liberales (los ministros liberales dimitieron la noche anterior al levantamiento militar). Los obreros reaccionaron con una curiosa mezcla de alivio y alarma a las noticias sobre la llegada de Kornilov a Petrogrado. Sentían alivio porque podían al menos actuar al unísono en contra de la contrarrevolución en marcha - y así hicieron con gran energía-, y no enfrentándose con el resto de fuerzas de la democracia revolucionaria. Lenin, ya tras la derrota de Kornilov, ofreció el apoyo de su partido al CEC, actuando como una fuerza leal pero de oposición, siempre y cuando el CEC arrebatas el poder al gobierno.

Tras ciertas vacilaciones, los socialistas moderados rechazaron romper con las clases propietarias. Permitieron a Kerensky formar un nuevo gobierno de coalición que incluía personalidades de la burguesía particularmente odiosas como el patrón industrial S. A. Smirnov, que había cerrado recientemente sus fábricas textiles para echar a los trabajadores.

Pero para finales de septiembre, los Bolcheviques ya tenían la mayoría en casi todos los soviets de Rusia de manera que podían contar con una mayoría en el Congreso de los Soviets, convocado a regañadientes por el CEC el 25 de Octubre. Mientras todavía se encontraba escondido huyendo de una orden de detención, Lenin exigió al comité central del partido que preparase una insurrección. Pero la mayoría del comité central tenía dudas al respecto y prefería esperar a la convocatoria de una asamblea constituyente. Uno puede perfectamente comprender sus dudas. Después de todo, una insurrección podía desencadenar todas las condiciones para la todavía latente guerra civil. Era un salto terrorífico hacia lo imprevisible que pondría al partido en la situación de gobernar en condiciones de grave crisis política y económica. Por otra parte, la esperanza de que una asamblea constituyente pudiese superar la profunda polarización que caracterizaba a Rusia, o que las clases dominantes aceptasen su veredicto de ir en contra de sus intereses, era sin lugar a dudas una ilusión. Mientras tanto, el colapso industrial y la hambruna de masas estaban cada vez más cerca.

Si los líderes bolcheviques acabaron organizando la insurrección no fue por la autoridad personal de Lenin, sino por la presión de sus bases y cuadros intermedios, que estaban siendo interpelados por él. El partido contaba como 43 000 miembros en octubre 1917 sólo en Petrogrado, de los cuales 28 000 eran obreros (sobre un total de 420 000 obreros industriales), y 6000 eran soldados. Estos trabajadores estaban preparados para la acción.

No obstante, el estado de ánimo entre los trabajadores fuera del partido era más complejo.

Apoyaban sin miramientos la demanda de transferir todo el poder a los Soviets, pero no estaban por la labor de tomar la iniciativa. Esto suponía la situación opuesta a la de los cinco primeros meses de la revolución, en los cuales las bases obreras estaban a la vanguardia, obligando al partido a seguirlas: así fue en la revolución de Febrero, en las protestas de abril en contra de la política bélica del gobierno, en los movimientos por el control obrero de las industrias como respuesta a los cierres patronales en marcha, y en las manifestaciones de julio para exigir al CEC que tomase el poder.

Pero el derramamiento de sangre de julio y la represión que siguió después cambiaron significativamente las cosas. En efecto, la situación política había evolucionado desde entonces hasta el punto de que los Bolcheviques encabezaban los Soviets en casi todas partes. Ahora bien, los días que precedieron a la insurrección, la totalidad de la prensa que no fuese pro-bolchevique predecía con seguridad que la insurrección sería aplastada de manera aún más sangrienta que en los acontecimientos de julio.

Otra fuente de indecisión para los trabajadores era el amenazante espectro del desempleo de masas. El colapso industrial se avecinaba, y constituía así el argumento más potente para actuar inmediatamente, pero también una fuente de inseguridad que llenó de dudas a los trabajadores.

Por tanto, la iniciativa se encontraba del lado del partido, aunque ello no significase que los obreros bolcheviques estuviesen exentos de dudas. Ahora bien, tenían ciertas cualidades, forjadas tras años de lucha intensa contra la autocracia y los patrones, que les permitieron superarlas. Una de sus virtudes era su deseo de independencia como clase frente a la burguesía, que constituía a su vez el elemento definitorio del bolchevismo como movimiento de los trabajadores. En los años previos a la revolución, ese deseo se expresaba en la insistencia de los trabajadores de mantener sus organizaciones, ya sean políticas, económicas o culturales, libres de influencia de las clases dominantes.

En estrecha relación con lo anterior era el fuerte sentimiento de dignidad que tenían los trabajadores, tanto individualmente como en tanto que miembros de la clase obrera. El concepto de obrero consciente en Rusia recogía una cosmovisión y un código moral separados y opuestos a los de la burguesía. El sentimiento de dignidad se manifestaba por ejemplo, y entre otras formas, en la demanda de ser tratados educadamente que aparecía sin excepción en las listas de las demandas en huelgas. Demandaban ser tratados de usted por la administración de las fábricas y que no se dirigiesen a ellos en la segunda persona del singular, reservada para amigos, hijos y subordinados. En una compilación de estadísticas acerca de las huelgas, el Ministerio de Interior zarista puso en la columna de demandas políticas la exigencia de trato educado, presumiblemente porque implicaba un rechazo de los trabajadores a ser considerados como subordinados en la sociedad. En 1917, resoluciones emanadas de las asambleas fabriles solían referirse a las políticas del gobierno provisional como burlas a la clase obrera. En Octubre, cuando los obreros de la Guardia Roja rechazaban agacharse mientras corrían o rechazaban tener que combatir tumbados en el suelo, ya que lo consideraban una muestra de cobardía y deshonor para un obrero revolucionario, los soldados tuvieron que explicarles que no hay honor alguno en ofrecer tu frente al enemigo. Pero si bien el orgullo de clase era una carga a nivel militar, no parece que hubiese podido haber revolución de Octubre sin él.

Aunque la iniciativa de Octubre recayó principalmente sobre los hombros de los miembros del partido, la insurrección fue bienvenida por virtualmente todos los trabajadores, incluidos los impresores, tradicionalmente seguidores de los Mencheviques. Sin embargo, el problema de la composición del nuevo gobierno apareció de nuevo sobre la escena. Todas las organizaciones obreras, para entonces lideradas por los Bolcheviques, así como el propio partido, pedían una coalición de todos los partidos socialistas.

Una vez más, esto era la expresión del afán de unidad en el seno de las fuerzas de la democracia revolucionaria y el deseo de evitar una guerra civil que las enfrentase entre sí. En el comité central, Lenin y Trotski se oponían a incluir a los socialistas moderados (aunque no a los eseristas de izquierda ni a los Mencheviques-internacionalistas), ya que consideraban que iban a paralizar la acción del gobierno. No obstante, se mantuvieron de lado mientras las negociaciones tenían lugar.

La coalición estaba condenada a no suceder. Las negociaciones se rompieron al entrar en la cuestión del poder de los soviets: los Bolcheviques, así como la inmensa mayoría de los trabajadores, querían que el gobierno fuese responsable únicamente ante los soviets -esto es, un gobierno popular libre de las influencias de las clases propietarias. Los socialistas moderados, en cambio, consideraban que los soviets eran una base demasiado débil para un gobierno viable. Continuaron insistiendo, aunque disfrazadamente, en la necesidad de incluir representantes de las clases dominantes, o al menos del "estrato intermedio" que no se encontraba representado en los soviets. Ahora bien, la sociedad rusa se encontraba profundamente dividida, y estos últimos estaban alineados junto a las clases dominantes. Así mismo, los moderados rechazaban de plano cualquier gobierno con una mayoría bolchevique, incluso si los Bolcheviques habían constituido la mayoría en el Congreso de los Soviets que votó asumir todo el poder. En resumen, los moderados demandaban anular la insurrección de Octubre.

Una vez que eso quedó claro, el apoyo obrero por una coalición amplia se desvaneció. A continuación, los eseristas de izquierda, que llegaron a la misma conclusión que los obreros, formaron una coalición de gobierno junto a los Bolcheviques. Hacia finales de noviembre, un congreso nacional de campesinos, dominado por los socialrevolucionarios de izquierda, decidió fundir su comité ejecutivo junto con el CEC de diputados obreros y soldados. Esta decisión fue recibida con alivio y júbilo por los Bolcheviques y los trabajadores en general: se había alcanzado la unidad, al menos desde abajo, aunque ésta no contase con la intelligentsia de izquierdas, alineada mayoritariamente con los socialistas moderados (ahora bien, ha de resaltarse, que los Mencheviques, a diferencia de los eseristas, no se levantaron en armas contra el gobierno de los soviets).

Este es por tanto el significado del "se atrevieron", como legado de Octubre. Los Bolcheviques, como genuino partido de los trabajadores, actuó de acuerdo a la siguiente máxima: "Fais ce que dois, advienne que pourra" (Haz lo que debas, que acontezca lo que se pueda). Trostky pensaba que esta máxima debía guiar el hacer de todo revolucionario 2/ . He tratado de demostrar que este reto no se aceptó a la ligera y que los Bolcheviques no eran aventureros temerarios. Temían la guerra civil, trataron de evitarla, y si ello no fue posible, al menos trataron de limitar su severidad y ganar cierta ventaja en ella.

En un ensayo escrito en 1923, el líder Menchevique, Fedor Dan, explicó el rechazo de su partido a romper relaciones con las clases propietarias incluso después del golpe de Kornilov. El motivo era que "las clases medias", esa parte de la "democracia" que no se encontraba representada en los Soviets (Dan hace referencia a un profesor, a un cooperativista, al alcalde de Moscú,...) no iba a apoyar una ruptura con las clases propietarias - estaban convencidos de que el país era ingobernable sin ellos - ni iba a considerar, bajo ningún concepto, participar en un gobierno junto con los bolcheviques. Dan continuaba así:

"Entonces -teoréticamente- sólo quedaba un camino para una inmediata solución a la coalición [con representantes de las clases propietarias]: la formación de un gobierno en conjunto con los Bolcheviques -una que no sólo no iba a contar con la democracia que no se hallaba representada en los soviets, sino que también iría en contra de ella. Considerábamos que ese camino era inaceptable, dada la postura bolchevique de aquel periodo. Comprendimos perfectamente que adentrarse en ese camino suponía adentrarse en el camino del terror y la guerra civil; es decir, hacer todo lo que los Bolcheviques se vieron forzados posteriormente a hacer. Ninguno de nosotros sentía que podía asumir la responsabilidad de esas políticas que nacerían de un gobierno de no-coalición" 3/.

La postura de Dan puede ser contrastada con la de una figura extraña de los socialistas moderados, V.B Stankevich (que había sido comisario en el frente durante el gobierno provisional). En una carta fechada en febrero de 1918 y dirigida a sus camaradas de partido, escribió:

"Debemos constatar que, a estas alturas, las fuerzas del movimiento popular se encuentran del lado del nuevo régimen...

"Hay dos vías abiertas a los socialistas moderados: proseguir en su lucha irreconciliable contra el gobierno, o ser una oposición pacífica, creativa y leal... ¿Pueden las viejas fuerzas dirigentes afirmar que, a día de hoy, han adquirido la experiencia suficiente para gestionar la tarea de dirigir el país, una tarea que no se ha vuelto más sencilla sino más difícil? En realidad, no tienen programa alguno que oponer al bolchevique, y una lucha sin programa no es mejor que las aventuras de los generales mejicanos. Pero es que incluso si la posibilidad de crear un programa existiese, debéis comprender que no tenéis las fuerzas para ejecutarlo. Para derrocar a los Bolcheviques necesitáis, si no es formalmente al menos de hecho, el esfuerzo unificado de todas las fuerzas opositoras, desde los eseristas hasta la extrema derecha. Pero, incluso dándose dicha condición, los Bolcheviques seguirían siendo más fuertes...

"Sólo hay un camino posible: el camino del frente popular unido, del trabajo nacional unido, de la creatividad en común...

"¿Mañana qué? ¿Se continúa con los intentos inútiles, sin sentido y esencialmente aventureros de tomar el poder? ¡O trabajamos en conjunto con la gente esforzándonos de forma realista a ayudar en resolver los problemas que Rusia afronta, problemas que están vinculados con la lucha pacífica en pro de principios políticos eternos, en pro de unas verdaderas bases democráticas para gobernar el país!" 4/.

Dejo en manos del lector decidir qué postura tuvo más mérito. No obstante, uno puede argumentar convincentemente que el rechazo a atreverse de los socialistas moderados contribuyó al desenlace que clamaban temer.

Desde octubre 1917, la Historia está repleta de ejemplos de partidos de izquierda que no se atrevieron cuando debieron hacerlo. Por ejemplo, el Partido Social Demócrata Alemán en 1918, los socialistas italianos en 1920, la izquierda española en 1936, los comunistas franceses e italianos en 1945 y 1968-69, la Unidad Popular en Chile entre 1970-73, y más recientemente Syriza en Grecia. Lo que quiero decir no es, por supuesto, que fallaron al organizar una insurrección en algún momento en particular, sino más bien que rechazaron desde el comienzo adoptar una estrategia cuyo objetivo principal fuese arrebatar el poder económico y político a la burguesía, una estrategia que requiere necesariamente, en algún momento, una ruptura revolucionaria con el Estado capitalista.

A día de hoy, cuando las alternativas a las que se enfrenta la humanidad están tan polarizadas, cuando, más que nunca, las únicas opciones reales son el socialismo o la barbarie, cuando el futuro de la civilización está en juego, la izquierda debe inspirarse de Octubre. Esto significa que, a pesar de las derrotas históricas sufridas por la clase obrera y las fuerzas sociales aliadas a lo largo de las pasadas décadas, se debe denunciar como ilusorio cualquier programa que quiera restaurar el Estado de bienestar keynesiano o quiera volver a una socialdemocracia genuina. Un programa así en el capitalismo contemporáneo está condenado a fracasar y a ser un agente desmovilizador. Atreverse significa hoy desarrollar una estrategia cuyo objetivo final sea el socialismo y aceptar que ese objetivo va a implicar necesariamente, en un momento u otro, una ruptura revolucionaria con el poder económico y político de la burguesía, y junto a ellos, con el Estado capitalista.

David Mandel, politólogo e historiador marxista especializado en Rusia y Ucrania, es profesor de la Universidad de Quebec en Montreal, Canadá, y editor de la revista bilingüe, en ruso e inglés, Alternatives. Es autor de The Petrograd Workers in the Russian Revolution, Brill-Haymarket, Leiden and Boston, 2017.

Traducción:Pablo Muyo Bussac,
Notas:
1/ K. Marx, "Afterword to the Second Edition of Capital. vol. I, International Publishers, N.Y., 1967, p. 17.
2/ Trotsky, L., My Life, Scribner, N.Y., 1930, p. 418.F.
3/ I., Dan, "K istoriiposlednykhdneiVremennogopravitel’stva, Letopis’ Russkoirevolyutsii, vol. 1, Berlin, 1923 (https://www.litres.ru/static/trials/00/17/59/00175948.a4.pdf)
4/ I.B. Orlov, "Dvaputistoyatperednimi ..." Istoricheskiiarkhiv, 4, 1997, p. 79.


viernes, 15 de septiembre de 2017

CENTENARIO DE LA REVOLUCIÓN RUSA: LA INTELECTUALIDAD Y LA CLASE OBRERA EN 1917





A l´encontre

Los trabajadores no traspasaron alegremente la última etapa de la toma del poder en octubre de 1917. En realidad, la mayor parte de ellos, aunque deseaban desesperadamente el poder de los soviets, dudaron y temporizaron ante la acción (vystuplenie). La insurrección fue el acto de una minoría decisiva de trabajadores, los que eran miembros o próximos del partido bolchevique (solo en la capital, el partido contaba en sus filas con 30 000 trabajadores). Cuando forzaron la decisión, la aplastante mayoría de los otros trabajadores dieron su apoyo. Pero en ese momento, los trabajadores estaban preocupados por su aislamiento político. En los días que siguieron a la insurrección se expresó un apoyo amplio de los trabajadores, también en las filas del partido bolchevique, a favor de la formación de un “gobierno socialista homogéneo”, es decir una coaliciónde todos los partidos socialistas, tanto de izquierda como de derecha. 

Sin embargo, las negociaciones tendentes a formar un tal gobierno, emprendidas bajo los auspicios del Comité Ejecutivo Panruso del sindicato de los ferroviarios [Vikzhel], entonces dirigido por los mencheviques internacionalistas (mencheviques de izquierda), fracasaron por la negativa de los mencheviques moderados y los SR, así como de los que se encontraban a su derecha, a formar parte de un gobierno, a participar en un gobierno responsable única, o principalmente, ante los soviets. Un tal gobierno estaría compuesto en mayoría por bolcheviques, en la medida en que eran mayoritarios en el reciente Congreso de los Soviets. Tras esta negativa estaba la convicción de los socialistas moderados de que, sin el apoyo de la burguesía, la revolución estaría abocada al fracaso. Ligado a este aspecto estaba el temor de que el gobierno, dirigido por los bolcheviques, cuya base era obrera, emprendiese “experimentaciones socialistas”. 

Cuando fracasaron las negociaciones, precisamente sobre la cuestión de la responsabilidad ante los soviets, los SR de izquierda decidieron participar en el gobierno de los soviets en coalición con los bolcheviques. Su periódico subrayaba que “incluso si hubiéramos llegado a la formación de un ‘gobierno homogéneo’, ello habría sido, en realidad, una coalición con la parte más radical de la burguesía” 1/. Pero los mencheviques-internacionalistas, el ala izquierda del partido menchevique que tomó pronto la dirección del partido, rechazó seguir a los SR de izquierda. En un artículo de título “2x2=5”, el economista menchevique-internacionalista V.L. Bazarov expresó su irritación ante lo que él consideraba una confusión de los trabajadores: llamaban a la formación de una coalición de todos los socialistas, pero querían una coalición que fuese responsable ante los soviets. 

“[…]Se adoptan resoluciones que exigen inmediatamente la constitución de un gobierno democrático sobre la base de un acuerdo de todos los partidos socialistas y [al mismo tiempo] un reconocimiento del actual TsIK [CEC de los soviets de los diputados de trabajadores y soldados, elegido en el reciente Congreso de los soviets, ampliamente bolchevique] como si fuera el órgano ante el que debe ser responsable el gobierno […]. Pero, actualmente, un gobierno puramente soviético no puede ser más que bolchevique. Cada día que pasa se hace más claro el hecho de que los bolcheviques no pueden gobernar: los decretos se suceden en cadena y no pueden ser puestos en práctica […] Así, incluso aunque sea cierto lo que declaran los bolcheviques, es decir que las masas no están tras los partidos socialistas, compuestos exclusivamente de intelectuales, […] entonces incluso, serán necesarias amplias concesiones. El proletariado no puede dirigir sin la intelectualidad […] El TsIK debe ser únicamente una de las instituciones ante las que el gobierno es responsable 2/”. 

Los mencheviques-internacionalistas compartían la opinión de los bolcheviques según la cual la burguesía era fundamentalmente contrarrevolucionaria. Sin embargo, compartían también la convicción del ala derecha de su propio partido de que una Rusia económicamente atrasada, muy ampliamente campesina, no disponía de las condiciones sociales y políticas favorables al socialismo. En consecuencia, mientras que los mencheviques más a la derecha, en paralelo con los SR, continuaban a llamar a una coalición con los representantes de la burguesía, los mencheviques-internacionalistas subrayaban la necesidad de, al menos, conservar el apoyo de las capas medias de la sociedad, la pequeña burguesía y especialmente la intelectualidad. El problema, sin embargo, residía en el hecho de que esta última había optado, de forma aplastante, por el partido de la burguesía. Resultó que los mencheviques de izquierda quedaron condenados a permanecer como espectadores pasivos de la revolución en curso. 

En lo que concierne a los propios trabajadores y trabajadoras, cuando les pareció claro que la verdadera cuestión era la de un poder de los soviets o una coalición renovada, bajo una u otra forma, con la burguesía, dieron su apoyo al gobierno de los soviets antes incluso de que los SR de izquierda decidieron unirse al mismo. En la reunión del 29 de octubre, simultáneamente a las negociaciones para formar un gobierno de coalición de todos los partidos socialistas, una asamblea general de trabajadores de los astilleros navales Admiral’teiski lanzó un llamamiento a todos los trabajadores, pidiendo: 

“Independientemente de vuestro color partidario, ejerced una presión sobre vuestros centros políticos a fin de alcanzar un acuerdo inmediato de todos los partidos, desde los bolcheviques hasta los socialistas-populares así como a la formación de un gobierno socialista responsable ante el soviet de los diputados trabajadores, soldados y campesinos sobre la base de la siguiente plataforma: proposición inmediata de paz. Transferencia inmediata de la tierra a los comités campesinos. Control obrero de la producción. Convocatoria de la Asamblea Constituyente en la fecha fijada 3/.” 

Este era un ejemplo de lo que Bazarov consideraba como revelador de la confusión política de los trabajadores: querían un gobierno de coalición de todos los partidos socialistas, pero querían igualmente que ese gobierno fuese responsable ante los soviets. Una semana más tarde, sin embargo, después de la ruptura de las negociaciones y mientras los bolcheviques permanecían solos en el gobierno, esos mismos trabajadores decidieron “manifestarse a favor de un poder los soviets pleno e íntegro, indivisible, y contra la coalición con los conciliadores defensistas. Hemos sacrificado mucho por la revolución y estamos dispuestos, si ello fuera necesario, a nuevos sacrificios, pero no abandonaremos el poder a aquellos a los que se les ha arrebatado en una sangrante batalla 4/”. 

Cuando los SR de izquierda decidieron entrar al gobierno, habiendo llegado a la conclusión que “incluso si hubiéramos alcanzado la formación de un ‘gobierno homogéneo’, ello habría sido, en realidad, una coalición con la burguesía” 5/, los trabajadores suspiraron colectivamente: se había alcanzado la unidad, al menos “la de abajo”, entre los nyzy [la plebe], siendo principalmente los SR de izquierda un partido campesino. Una asamblea de trabajadores de la fábrica Putilov declaró en esta ocasión:
“Nosotros, trabajadores, saludamos como un solo hombre la unificación deseada desde hace mucho tiempo y dirigimos nuestros calurosos saludos a nuestros camaradas que trabajan en la plataforma del segundo Congreso Panruso de las masas trabajadoras del campesinado pobre, de los trabajadores y de los soldados 6/”. 

La Revolución de Octubre, que había consagrado la polarización profunda que existía ya en la sociedad rusa, vio al núcleo de la intelectualidad al lado de las clases poseedoras 7/, mientras que lo que quedaba de la intelectualidad de izquierda permanecía suspendida en alguna parte entre las dos. Los trabajadores respondieron con amargura a esta perceptible traición. Como escribía Levin, SR de izquierda: 

“En el momento en que se rompen por el pueblo las cadenas burguesas del Estado, la intelectualidad se aleja del pueblo. Los que han tenido la suerte de recibir una educación científica abandonan al pueblo, que les ha llevado sobre sus espaldas agotadas y laceradas. Y, como si ello no bastase, al irse, se burla de su impotencia, de su analfabetismo, de su incapacidad de llevar a cabo grandes transformaciones sin dolor, de conseguir grandes realizaciones. Esta burla es particularmente amarga para el pueblo. En su interior, crece instintivamente el odio hacia las personas instruidas, hacia la intelectualidad.” 8 

El periódico menchevique-internacionalista Novaïa zhizn’ publicó el siguiente informe, sobre Moscú, en diciembre de 1917: 

“Si las trazas externas de la insurrección son poco numerosas, la división en el seno de la población es, de hecho, profunda. Cuando se enterró a los soldados bolcheviques y a la guardia roja [a continuación de la victoria de la insurrección, tras varios días de ásperos combates], según me han dicho, no se pudo encontrar un solo intelligent o estudiante de universidad o de instituto en el seno de esa grandiosa procesión. Y cuando se realizaron los funerales de los junkers [cadetes de la escuela de oficiales que combatieron para defender al gobierno provisional], entre la multitud no se encontró ningún trabajador, soldado o plebeyo. La composición de la manifestación en honor de la Asamblea Constituyente fue similar: los cinco soldados tras la bandera de la organización militar de los SR no hacían más que subrayar la ausencia de la guarnición. 

El abismo que separaba a los dos campos toma amplitud mediante la huelga general de los empleados municipales: los enseñantes de las escuelas municipales, el personal superior de los hospitales, los empleados superiores de los tranvías, etc. Esa huelga hace extremadamente ardua la tarea del gobierno municipal bolcheviques; peor todavía, exacerba el odio de la población nizy hacia toda la intelectualidad y la burguesía. He asistido a la siguiente escena: un tranviario empujando a un estudiante de instituto fuera de su tranvía: ¡‘os enseñan bien, pero parece que no quieren enseñar a nuestros hijos!”. 

La huelga de las escuelas y los hospitales fue vista por los nizy de la ciudad como una lucha de la burguesía y de la intelectualidad contra las masas populares 9/. 

A la hora de comprender la posición de la intelectualidad, lo primero que debemos preguntarnos es si la percepción de traición por parte de los trabajadores tenía alguna justificación. Después de todo, visto desde otro ángulo, eran los trabajadores quienes se separaron de la intelectualidad, optando por una ruptura con las clases pudientes y abandonando la alianza nacional de todas las clases que había sido forjada en febrero. 

Las razones que justificaban la radicalización posterior de los trabajadores se pueden resumir de la siguiente manera: sobre la base de su experiencia, llegaron a la conclusión de que las clases pudientes se oponían a los objetivos de las clases populares de la revolución de Febrero: la conclusión rápida de una paz democrática, la reforma agraria, la jornada de trabajo de ocho horas, la convocatoria de una asamblea con el fin de establecer una república democrática. Las clases pudientes, no sólo bloquearon la realización de estos objetivos (que en esencia eran democráticos, y de ninguna manera socialistas), sino que además intentaron aplastar militarmente a las clases populares. Esto queda ampliamente demostrado por el apoyo, apenas velado, que el partido Kadete (partido constitucional-demócrata) dio al levantamiento del general Kornilov, a finales de agosto, así como por la oposición implacable de los industriales a toda medida del Estado, para así impedir el derrumbamiento económico que se aproximaba a pasos gigantes. 

Para los trabajadores, la insurrección de octubre y el establecimiento del poder de los soviets significaba la exclusión de las clases pudientes de toda influencia sobre la política de Estado. Octubre fue ante todo un acto de defensa de la revolución de Febrero, de sus conquistas reales y de sus promesas, frente a la hostilidad activa de las clases pudientes. Mientras en octubre ciertos trabajadores veían efectivamente el potencial de una transformación socialista, de ninguna forma, durante ese período, eso constituía su objetivo principal. 

De esta forma, el sentimiento de traición que experimentaron los trabajadores respecto de la intelectualidad se hace comprensible; tal como lo redactaba el diario menchevique-internacionalista (que era hostil a la revolución de Octubre): “de ahora en adelante, los trabajadores pueden demandar a los médicos y enseñantes en huelga: “nunca hicisteis huelga contra el régimen bajo el zar o bajo Goutchkov 10/. ¿Porqué hacéis huelga, ahora que el poder está en las manos de personas que todos reconocemos como nuestros dirigentes?” 11/.Incluso dirigentes de izquierda, como Iouli O. Martov, cuya entrega a la causa obrera no puede ser puesta en duda, tenía más el sentimiento de lavarse las manos que el de hacer “lo que parecía ser nuestro deber – mantenerse al lado de la clase obrera, incluso cuando sea falso… Esto es trágico. Porque después de todo, el conjunto del proletariado va detrás de Lenin y espera que el derrocamiento producirá la emancipación social; y ello siendo consciente de que el proletariado ha desafiado a todas las fuerzas antiproletarias” 12/. ¿Por qué la intelectualidad huyó, tal y como lo perciben los trabajadores?. Refiriéndose a los populistas, el historiador Oliver Radkey ofrece la siguiente explicación: “En los momentos más bajos de la revolución, una gran cantidad se convirtieron en funcionarios o participaron en la acción social de las zemstvosy de los municipios como funcionarios de las sociedades cooperativas, en donde la rutina cotidiana y las perspectivas resultantes de estas actividades eran mortales para el espíritu revolucionario. Otras personas entraron en diferentes profesiones. Todos se hicieron más viejos 13/.” 

No obstante, parece improbable que una transformación social tan profunda como la integración económica de la intelectualidad en el orden existente hubiera podido realizarse en el espacio de un decenio. Además, cabe preguntarse, sobre la forma en que los intelectuales socialistas se ganaban la vida antes del fracaso de la revolución de 1905, en la medida en que no todos podían haber sido activistas profesionales o los mejores estudiantes. Si la generación de 1905 envejecía, ¿qué es lo que sucedía a los estudiantes de 1917, cuya mayoría también era hostil a la revolución de Octubre? El menchevique A. N. Potresov, situado en la extrema derecha de su partido, observaba en mayo de 1918 que “en febrero [1917],asistimos a la alegría común de los estudiantes y de los pequeños-burgueses. En octubre, estudiantes y burgueses habían llegado a ser sinónimos” 14/. 

Una explicación más razonable de la huida de la intelectualidad puede encontrarse en la polarización de clase de la sociedad rusa, que emergió en todo su amplitud durante la revolución de 1905, cuando la burguesía, asustada por el activismo de los trabajadores en defensa de sus reivindicaciones sociales, en particular la jornada de ocho horas, y atraída por las concesiones políticas muy limitadas que ofrecía una autocracia debilitada, se volvió contra el movimiento de trabajadores y campesinos. Destaca en ello, el lockout masivo organizado en Petrogrado por los industriales y el Estado en el otoño de 1905, cuando los trabajadores reivindicaban las ocho horas 15/. Cuando el movimiento obrero se restableció de la derrota de esta revolución, en 1912-1914, colocó inmediatamente en sus huelgas tantas reivindicaciones políticas dirigidas contra la autocracia como reivindicaciones económicas dirigidas a los industriales. Por su parte, estos colaboraron estrechamente con la policía zarista para dificultar las acciones políticas y económicas de los trabajadores así como para reprimir a los activistas 16/. 

Es en el curso del período anterior a la guerra cuando los bolcheviques se convirtieron en la fuerza política hegemónica en el seno del proletariado. Lo que distinguía la fracción bolchevique de la social-democracia de los mencheviques era su apreciación de que la burguesía, incluida su ala de izquierda, liberal, era fundamentalmente opuesta a la revolución democrática. Los mencheviques, por su parte, consideraban que resultaba crucial que la burguesía dirigiera esta revolución. Sobre los campesinos, que Lenin sugería que se aliasen a los trabajadores, los mencheviques opinaban que no estaban capacitados para asegurar una dirección política nacional. Si este papel no lo asumía la burguesía, necesariamente caería en manos de los trabajadores. Pero los trabajadores, a la cabeza de un gobierno revolucionario adoptarían, inevitablemente, medidas que socavarían los derechos de propiedad burgueses. Se lanzarían a realizar experiencias socialistas que, en las condiciones de atraso que caracterizaba a Rusia, se revelarían desastrosas, conduciendo inevitablemente a la derrota de la revolución. Por consiguiente, antes de la guerra, los mencheviques hacían vanos llamamientos para que moderasen su presión huelguista: no querían asustar a los liberales que se distanciaban cada vez más del podrido régimen autocrático, pero que por otro lado podrían coger miedo a la revolución. 

De forma que lo que hemos observado es que la intelectualidad de izquierdas abrazó la posición de los mencheviques y de los SR y no la de los bolcheviques y de los trabajadores. Afirmaban que en un país rural atrasado una revolución encabezada por los trabajadores fracasaría de forma inevitable. El episodio siguiente, relatado en las memorias de un metalúrgico de Petrogrado, ilustra la división que existía entre los trabajadores y los intelectuales de izquierdas. 

I. M. Gordienko, metalúrgico y militante bolchevique, en compañía de dos camaradas, que como él eran originarios de Nijni Novgorod, ciudad de origen de Máximo Gorki, decidieron visitar a este último, su zemlyak (compatriota): “se preguntaban, ¿puede que A.M. Gorki se haya alejado completamente de nosotros?”. En 1918, Gorki era el editor del diario menchevique-internacionalista Novaïazhizn’, violentamente crítico respecto del nuevo régimen soviético, al que atacaba en particular por su incompetencia. Resultado, según el diario, de la marginación de la intelectualidad. En particular, lo que enfurecía a los trabajadores era el hecho de que los editores del diario criticasen al gobierno, mientras se mantenían a distancia a la vez que rehuían implicarse más en la mejora de las cosas. Por ejemplo, con ocasión de la conferencia de los comités de fábrica de Petrogrado, en febrero de 1918, uno de los delegados se expresó con amargura sobre “la intelectualidad saboteadora de Novaïazhizn’ de Gorky, que se ocupaba de criticar al gobierno bolchevique mientras que no hacía nada para aligerar el fardo de ese gobierno” 17/. 

En el domicilio de Gorki, la conversación giró rápidamente hacia cuestiones políticas:

“Alekseï Maksimovitch, [Pechov, señaló Gorki] ensimismado en sus pensamientos, dijo: “resulta difícil para vosotros, muy difícil”. 

– Pero tú, Alekseï Maksimovitch, no haces las cosas más simples, le señalé. 

– No sólo no nos ayuda, sino que mina nuestros esfuerzos, añadió IvanTchougourine. 

– Eh, amigos, sois formidables. Lo siento por vosotros. Debéis comprender que sois un grano de arena en este mar; no, en este océano de fuerzas elementales campesinas pequeño-burguesas. ¿Cuántos bolcheviques hay tan convencidos como vosotros? Un puñado. En realidad, sois como una gota de aceite en este océano, una mota de polvo que la más ligera brisa puede destruir. 

– Te equivocas, Alekseï Maksimovitch. Ven a visitar nuestro barrio de Vyborg y lo comprobarás. Allí donde había 600 bolcheviques, ahora hay miles. 

– Miles, pero maleducados, viviendo en la miseria, y en otras ciudades ni siquiera eso.

– Lo mismo, Alekseï Maksimovitch, se produjo en otras ciudades y pueblos. Por todos los lugares la lucha de clases se intensifica. 

– Es por esto que os amo, por vuestra sólida fe. Pero es también por eso mismo que os temo. Usted desaparecerá y después todo retrocederá cientos de años. La perspectiva es estremecedora”. 

Algunas semanas más tarde, los tres volvieron y se encontraron con N. Soukhanov y D. A. Desnitski en el apartamento de Gorki. Ambos eran intelectuales mencheviques de izquierda y editores de Novaïazhizn’. 

“Una vez más, Alekseï Maksimovitch evocó el océano pequeño-burgués. Estaba afligido a causa de que, nosotros, viejos militantes bolcheviques, además de haber vivido en la clandestinidad, fuéramos tan pocos y que el partido fuera tan joven e inexperimentado […] Soukhanovy Lopata [otro nombre de Desnitski] afirmaron que únicamente un loco podía hablar de revolución proletaria en un país tan atrasado como Rusia. Nosotros protestamos con energía y respondimos que tras de la apariencia de una democracia pan-rusa 18/, lo que realmente defendían era la dictadura de la burguesía […]. 

“Durante este intercambio, Alekseï Maksimovitch, se dirigió hacia la ventana que daba a la calle. Inmediatamente, volvió hacia mí, me cogió de la manga y me llevó a la ventana. “Mira”, me dijo con cólera y resentimiento en la voz. Lo que vi era efectivamente escandaloso. Cerca de un pequeño jardín, sobre un césped bien cortado, estaba un grupo de soldados sentados que comían arenques y arrojaban los restos en el jardín con flores”. 

“Y en la Casa del Pueblo sucede lo mismo 19/, se enceran los suelos y se colocan escupideras en las esquinas y al lado de las columnas, pero observad lo que hacen”, se lamentaba Maria Fiodorovna [esposa de Gorki], que era la encargada de la Casa del Pueblo. 

“Y es con gentes como esta que los bolcheviques piensan realizar una revolución socialista”, añadió Lopata, con un cierto sarcasmo en la voz. “Previamente debéis enseñar, educar al pueblo, y a continuación hacer una revolución”. 

“¿Y quién va a formarles y educarles? ¿la burguesía?”, preguntó uno de entre nosotros.

“¿Y cómo lo vais a hacer?”, preguntó Alekseï Maksimovitch, sonriendo. 

“Nosotros queremos hacerlo de otra manera”, respondí. “Ante todo, derrocar a la burguesía, y después educar al pueblo. Construiremos escuelas, clubs, Casas del Pueblo […].” 

“Pero eso es irrealizable”, señaló Lopata. 

“No será realizable para vosotros; pero sí para nosotros”, le respondí. 

“Y bien, ¿es posible que sean estos diablos quienes lo realicen?” dijo Alekseï Maksimovitch. 

“Nosotros lo conseguiremos en su totalidad”, replicó uno de los nuestros, “y ello será peor para vosotros.” 

“¡Eeh! ¡Así que con amenazas! ¿Qué es eso de que será peor para nosotros?” preguntó entre risas Alexeï Maksimovitch. 

“De la siguiente manera: haremos lo que tengamos que hacer, con o sin vosotros, bajo la dirección de Ilitch [Lenin], y entonces ellos os preguntarán: ¿Dónde estabais y qué hacíais cuando atravesábamos un momento tan difícil? 20/”. 

Lenin había realizado una descripción enormemente similar de “una conversación con un rico ingeniero poco antes de las jornadas de julio[1917]". 

“Ese ingeniero, en un determinado momento, había sido revolucionario. Fue miembro del partido social-demócrata e incluso del partido bolchevique. Hoy, no es sino el terror y el odio hacia los obreros libres e indomables. Él, que es una persona cultivada, y que ha estado en el extranjero, dice que si por lo menos fueran obreros como los obreros alemanes…; yo entiendo que en general la revolución social es inevitable; pero aquí, con el descenso en el nivel de los obreros, que ha causado la guerra 21/… no se trata de una revolución, es un abismo”. 

“Estaría dispuesto a reconocer la revolución social, en el caso de que la historia se condujera con tanta calma y con tanta tranquilidad, regularidad y exactitud como las que caracterizan a un tren alemán entrando en una estación. Con gran dignidad, el interventor del tren abre las puerta de los vagones y anuncia: “¡Término: Revolución social.! ¡ Alleaussteigen (todas las personas descienden del tren)!” ¿Entonces porqué no se pasaría de la situación del ingeniero bajo el reino de las TitTitytch 22/ a la situación del ingeniero bajo el reino de las organizaciones obreras?. 

“Este hombre ha visto huelgas. Sabe qué tempestades de pasiones desencadena siempre una huelga, hasta la más común, incluso en los períodos de mayor calma. Por supuesto que comprende bien que esta tempestad debe ser millones de veces más fuerte en el momento en que la lucha de clases haya sublevado a todos los trabajadores de un inmenso país, cuando la guerra y la explotación hayan conducido al umbral de la desesperación a millones de personas, a los que los propietarios hacían sufrir desde hace siglos, y a quienes los capitalistas y los funcionarios del zar explotaban y maltrataban desde hacía decenas de años. Todo esto lo comprende “en teoría”, y no lo reconoce mas que en la punta de los labios; simplemente está asustado por la “situación excepcionalmente compleja” 23/. 

N. Soukhanovo ofrecía una explicación similar a la posición de los mencheviques de izquierdas: “Estábamos opuestos a la coalición y a la burguesía, al lado de los bolcheviques. No nos habíamos fusionado con ellos debido a ciertos aspectos de la creatividad positiva de los bolcheviques [comentario irónico de Soukhanov], o porque sus métodos de propaganda nos revelaban la cara odiosa que pudiera venir del bolchevismo. Se trataba de una fuerza elemental [stikhiya] pequeño-burguesa, desatada y anarquista que no pudo ser eliminada del bolchevismo hasta que dejaron de seguirle las masas 24/. 

El temor de la stikhiya, especialmente del campesinado, constituía un aspecto importante de los mencheviques. Contribuye a explicar el rechazo de la Revolución de Octubre por este partido así como su insistencia para establecer una coalición con los liberales y, en caso de fracaso, con el “resto de la democracia”, y en particular de la intelectualidad. 

Ahora bien, si la preocupación de la intelectualidad de izquierdas sobre el carácter insuficiente del desarrollo de la cultura política y de la consciencia de las masas populares tenía una base, sin duda, cabe preguntarse cómo podía justificarse su decisión de mantenerse a distancia de la lucha, en tanto en cuanto la revolución continuaba avanzando. En las condiciones de una profunda polarización entre clases, la alternativa al gobierno de los soviets que defendía la intelectualidad, -incluida la intelectualidad de izquierdas- nunca fue clara, y menos para los trabajadores. En realidad, no existía alternativa, si se excluye la derrota de la revolución. De esta manera se expresaba un trabajador bolchevique en una conferencia de delegados de los trabajadores de la Armada roja, en mayo de 1918: “Se nos acusa de haber sembrado la guerra civil. Se trata de un grave error, cuando no una mentira […] Nosotros no inventamos los intereses de clase. Se trata de una cuestión que existe en la vida, un hecho, que todos debemos reconocer” 25/. Esta es la razón por la cual, los trabajadores y campesinos, a pesar de las enormes privaciones y de los excesos de la guerra civil, continuaron sosteniendo el régimen de los soviets: por supuesto, unos de forma más activa que otros. 

La preocupación de Gorki, a propósito de las masas incultas, políticamente no instruidas, era eminentemente sincera. Pero la revolución iba avanzando con o sin la intelectualidad. Frente a esto, sería más razonable tomar parte activa en ello para así facilitar el camino e intentar reducir los excesos. Ciertamente, algunos intelectuales optaron por ello. Un cierto Brik, -figura cultural en Petrogrado- escribía lo siguiente, a principios de diciembre de 1917, en Novaïazhizn’: 

“Para mi gran sorpresa, me encontré en la lista electoral bolchevique para las elecciones de la Duma municipal. Yo no soy bolchevique y me opongo a su política cultural. Pero no puedo permitir que las cosas continúen así. Esto sería un desastre si se dejase a los trabajadores que definieran la política. Por consiguiente voy a actuar, pero sin disciplina [exterior]. Aquellos que rehúyan actuar y esperen que la contra-revolución restaure la cultura están ciegos 26/.” 

En diciembre de 1917, se formó un nuevo Sindicato internacionalista de enseñantes, después de que algunos de estos decidieran romper con el Sindicato pan-ruso de enseñantes por cuestionar la huelga [contra el gobierno bolchevique]. La nueva organización declaró que resultaba “inadmisible que las escuelas fueran utilizadas como arma política” y efectuaron un llamamiento a los enseñantes para cooperar con el régimen con el fin de crear una nueva escuela socialista 27/. 

V. B. Stankevitch, miembro del Partido socialista-popular (populista de derechas) y comisario militar en la época del gobierno provisional, tomó una posición similar en una carta dirigida a sus “amigos políticos”, redactada en febrero de 1918: 

“De ahora en adelante, debemos comprender que las fuerzas elementales del pueblo se sitúan al lado del nuevo gobierno. Se nos abren dos vías: continuar la lucha implacable por el poder o adoptar una acción pacífica, constructiva, de oposición leal […]”. 

“¿Pueden pretender los antiguos partidos [del gobierno provisional] que poseen la suficiente experiencia, asumir la gestión del país, tarea que es cada vez más difícil? En substancia, no existe ningún programa que pudiéramos oponer al de los bolcheviques. Y una lucha sin programa no resulta más valiosa que las aventuras de los generales mexicanos. E incluso, en el caso de que fuera posible elaborar un programa, debemos ante todo comprender que nos faltan las fuerzas para llevarlo a cabo. Porque, para derrocar al bolchevismo, no en la forma sino en los hechos, sería necesaria la unión de todas las fuerzas: desde los socialistas revolucionarios a la extrema derecha. E incluso, en ese caso, los bolcheviques serán los más fuertes […]”. 

“Queda otra vía: la de un frente popular unificado, un trabajo nacional unificado, una creación común […].¿Qué sucederá mañana? ¿Continuar la tentativa aventurera, en substancia sin objetivo y sin significado, de arrancar el poder? ¡O trabajar con el pueblo para acometer una obra realizable tendente a contribuir a la resolución de las dificultades a las cuales debe hacer frente Rusia, unido en una lucha pacífica por principios políticos fundamentales, para establecer los fundamentos verdaderamente democráticos al gobierno del país! 28/”. 

La cuestión central es que la posición adoptada por la mayoría de la intelectualidad no parece estar de acuerdo con las razones que ella avanzaba al respecto. Lo cual nos lleva a preguntarnos si no existen otras razones. Parece que, en el fondo, la mayoría de la intelectualidad socialista reveló no ser sino “la fracción más radical de la burguesía”, como lo señalaba el diario SR de izquierda. Dado que la tarea de la revolución consistía en derrocar la autocracia semi-feudal y establecer una democracia liberal, ellos podían apoyar e incluso potenciar el movimiento popular. Pero, desde el momento en que se evidenció –y fue lo mismo en el caso de la revolución de 1905- que en las condiciones rusas la revolución se transformaría en una lucha contra la misma burguesía así como contra el orden social burgués la intelectualidad de izquierdas sintió que el suelo temblaba bajo sus pies. 

Tuvieron la impresión que su posición en la sociedad estaba amenazada. A pesar de todo, gozaban de ciertos privilegios, al menos en términos de estatuto y de prestigio, e incluso a veces, de más ingresos y mayor autonomía profesional. Estos privilegios, junto al miedo y a una auténtica desconfianza hacia las masas “desmandadas” e “incultas”, les llevaban a defender, si no el orden político, sí el orden social imperante (capitalista). 

Con el tiempo, cabe caer en la tentación de afirmar que la intelectualidad de izquierdas tenía razón. Después de todo, durante los últimos años de su vida, uno de los principales temas de Lenin fue la urgente necesidad de incrementar el nivel cultural de la gente. Este aspecto, y en particular el de la cultura política del campesinado, que constituía la mayoría de la población, fue un factor clave en el ascenso al poder de la burocracia, bajo la dirección de Stalin. Resulta fundamental preguntarse si la posición hostil que la intelectualidad adoptó contra la revolución de Octubre, no contribuyó al mismo. 

* David Mandel es Catedrático de Ciencias Políticas en la Universidad de Quebec en Montreal. Esta contribución de David Mandel es una versión revisada y aumentada en 2017 para una publicación brasileña de la publicada en 1981 en el número 14 de la revista Critique, pp. 68-87, animada por Hillel Ticktin. El artículo inicial ha sido revisado y aumentado para su publicación en una revista brasileña, en 2017 (RUS. Revista de Literatura e Cultura. En este tercer capítulo agrupamos los capítulos III y IV editados por A l’encontre). Esta versión es la que ha servido para la traducción realizada por Sébastien Abbet].

 Notas
1/ Znamia truda, 8 de noviembre de 1917.
2/ Novaïa zhizn’, 4 de noviembre de 1917.
3/ Tsentral’nyi gosudarstvennyi arkhiv Sankt-Peterburga, opis’ 9, fond 2, delo 11, list 45.
4/ Ibid.
5/ Znamia truda, 8 de noviembre de 1917.
6/ Ibid.
7/ La definición que dio Pitirim Sorokin, en noviembre de 1917, de las “fuerzas creativas” de la sociedad – que opone a la “seudo-democracia“– es llamativa: “ahora, deben llegar a la escena, de un lado, la intelectualidad, la portadora de la inteligencia y de la conciencia y, del otro, la auténtica [¡!] democracia, el movimiento de las cooperativas, las dumas y zemstvos [gobiernos locales instaurados por el zar Alejandro II, nvs] de Rusia y la aldea consciente [¡!]. Su tiempo ha llegado”(Volia naroda, 6 de noviembre de 1917). La ausencia de los soldados y de los trabajadores es manifiesta. Lo mismo que, por supuesto, de las aldeas “inconscientes”, los campesinos que apoyaban a los SR de izquierda y los bolcheviques. Todas las organizaciones citadas estaban todavía dominadas por los socialistas moderados y los cadetes y no disponían de apoyo político masivo.
8/ Znamia truda, 17 de diciembre de 1917.
9/ Novaïa zhizn’, 12 de diciembre de 1917.
10/ N. I. Goutchkov, importante industrial ruso y presidente de la cuarta Duma de Estado.
11/ Novaïazhizn’, 6 de diciembre 1917. Esto no era del todo exacto. En 1905, la intelectualidad, organizada en el seno de la Unión de uniones, participó en el movimiento huelguístico del otoño. Por primera y última vez. No dió un apoyo activo a los inmensos movimientos huelguistas del período 1912-1914 ni a los de 1915-16.
12/ L.H. Haimson, The Mensheviks, (Chicago: 1975), pp. 102-103. Los mencheviques, en tanto que partido, reorientaron su posición después de la revolución alemana de noviembre de 1918 y adoptaron una posición de oposición leal al gobierno de los soviets.
13/ Radkey. op. cit., p. 469-470.
14/ Znamiabor’by, 21 de mayo de1918.
15/ Ia. A. Shuster, Peterburgski rabochie v 1905-1907 pp., (Leningrado: 1976), p. 166-168.
16/ “The Workers’ Movement after Lena,” en L. H. Haimson, Russia’s Revolutionary Experience, N.Y., Columbia University Press, 2005, pp. 109-229.
17/ Novaïazhizn’, 27 enero 1918.
18/ La posición menchevique-internacionalista consistía en que la base política del gobierno debía ser ampliada para incluir a toda la “democracia”. Este término siempre fue vago y hacía referencia a las capas medias de la sociedad, en particular a los intelectuales.
19/ Edificio en el interior del cual tenían lugar reuniones populares y eventos culturales.
20/ I. Gordienko, Izboevovoproshlovo, (Moscú: 1957), p. 98-101.
21/ Hace referencia a la llegada de campesinos a las fábricas de armamento, en expansión.
22/ Tit Titytch era el personaje de un rico comerciante despótico en una obra de Alexandre Ostrovski (1823-1886).
23/ V.I. Lenin, Polnoe sobranie sochinenii, 5th ed., (Moscú, 1962), vol. 34, 321-322. [¿Se mantendrán los bolcheviques en el poder ?]
24/ Sukhanov, op. cit., vol. 6, p. 192.
25/ Pervaya konferentsiya rabochikh I krasngvardveiskikh deputatov 1-go gorodksovo raiona, Petrogrado, 1918, p. 248.
26/ Novaïazhizn’, 5 diciembre de 1917.
27/ Ibid., 6, 9 y 13 diciembre de 1917. La novela de Veresaev a que hace referencia la nota 37 muestra ejemplos de esta posición así como de la segunda, adoptada por la mayoría de la intelectualidad de izquierdas.
28/ I.V. Orlov, “Dvaputiperednimi,” Istoricheskiiarkhiv, 1997, n° 4, pp. 77-80.

Fuente original: https://alencontre.org/