Mostrando entradas con la etiqueta Entero o Partido. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Entero o Partido. Mostrar todas las entradas

lunes, 16 de abril de 2018

88 ANIVERSARIO: JOSÉ CARLOS MARIÁTEGUI, ¡¡POR SIEMPRE!!


 

I

PRIMER GRAN PARTIDO DE MASAS Y DE IDEAS

 

Hoy, retumba, como nunca en el oído de los militantes del socialismo peruano, la expresión del inmortal Johann Wolfgang von Goethe: ¡Más luz, más luz!, cuando se discute en torno a la facción orgánica y doctrinariamente homogénea del primer gran partido de masas y de ideas de toda nuestra historia republicana.

Daniel Bensaïd fue uno de los dirigentes estudiantiles de mayo del 68, militante en las filas de las Jeunesses Communistes Révolutionnaires, al lado de Alain Krivine. Animador de Mayo del 68 desde el Movimiento 22 de marzo permaneció fiel a su compromiso revolucionario hasta el final de su vida, contrariamente a tantos nombres ilustres de su generación convertidos en “rebeldes arrepentidos”.

Daniel es uno de esos raros ejemplares que jamás renunció a sus ideales. Trotskista de una nítida filiación marxista hasta su último aliento. Michael Lowy recuerda, en Daniel Bensaïd al comunista herético, “¿Cómo no amar y no admirar su extraordinaria creatividad y, sobre todo, su espíritu, anti y contra todo, de resistencia a la infamia del orden establecido?”. El creía que “el revolucionario es un hombre de duda opuesto al hombre de fe, un individuo que apuesta desde las incertidumbres del siglo, y que pone una energía absoluta al servicio de certezas relativas.”[1] Es decir, pensaba como afirmamos los socialistas peruanos que el revolucionario es un hombre de duda pero, al mismo tiempo, un hombre de fe. El comunismo del siglo XXI era, para Daniel Bensaïd dice Lowy, el heredero de la Comuna de París, de la Revolución de Octubre, de las ideas de Marx y Lenin, y de los grandes vencidos: Trotsky, Rosa Luxemburgo, el Che Guevara. Pero el comunismo también era algo nuevo, a la altura de lo que está en juego en el presente: un ecocomunismo (término que él inventó), integrando centralmente el combate ecológico contra el capital.

Vladimir Ilich Lenin sigue a Johann Gottlieb Fichte en un punto. Ambos tienen la misma actitud para enfrentar las dificultades. Cuando les hacían ver que sus ideas iban contra la realidad respondieron enfáticamente: “peor para la realidad”. Lenin era materiísta y Fichte ideísta y, sin embargo, coinciden en esa postura. La voluntad de los hombres trasciende los límites de las filosofías. La voluntad es conciencia de una necesidad. Conciencia es apropiación de la “sustancia” de la materia. El cerebro se apodera de la materia (cosa en si) y la domina transformándola (cosa para sí) en una realidad que se mueve al margen de nuestra conciencia. Los humanos adquirimos conciencia de los conflictos de clase en el terreno de la economía pero los dirimimos en el ámbito de la política. Sin embargo, el hombre común sólo puede visualizar la salida al pantano, cuando vive la experiencia, en los puntos críticos de la historia social. La conciencia rutinaria sólo cambia en periodos muy especiales de derrumbamientos y reconstrucciones. Son éstos periodos los que Lenin buscaba con el olfato del mejor sabueso.

Michael Löwy, en el prefacio a La teoría de la revolución en el joven Marx[2], nos explica que la utopía estratégica es una utopía disruptiva, es decir, depende de la acción que se apropia de la eventualidad de una brecha y de las virtualidades del combate. Es el arte de los atajos que los cazadores de oportunidades transforman en innovaciones heréticas. En las grandes crisis (ni los de arriba ni los de abajo pueden seguir viviendo como antes) la necesidad de un cambio se complementa perfectamente con la oportunidad de realizarlo. El destino cabalga sobre las ancas de la diosa azar. Los resultados de gran parte de nuestras acciones depende de “circunstancias que escapan a nuestro control”. En cada paso que damos el azar puede intervenir para bien o para mal. La lucha de clases nos brinda muchas oportunidades. En más de las veces son oportunidades perdidas porque no se tiene a punto la facción orgánica y doctrinariamente homogénea del primer gran partido de masas y de ideas. El afinamiento de la máquina de combate, en medio de la lucha de masas, para la lucha final es la tarea del presente. En estas líneas es suficiente decir que el partido proletario es un gran cazador de oportunidades.

Los temas de organización están a la orden del día en el Perú de la chicha de jora, el masato y el cebiche. En esta ocasión, en flagrante herejía, continuamos la publicación de algunos ensayos de reconocidos pensadores de filiación trotskista. La construcción de partido y las oportunidades en los procesos sociales es uno de los temas centrales en el debate en curso.

¡Adiós, tristes obispos bolcheviques![3] ¡Adiós doctrinarios, adiós sectarios, adiós fanáticos de la línea única, adiós fervorosos hinchas depositarios del monopolio de la ciencia! ¡Adiós pedantes profesores tudescos del marxismo! Hace unos meses publicamos dos trabajos de Hal Draper[4]. Hoy ponemos ante vuestros ojos un ensayo Daniel Bensaïd: Lenin: ¡Saltos! ¡Saltos! ¡Saltos![5]

Tacna, 27 noviembre 2010

Edgar Bolaños Marín




II

SOBRE EL PARTIDO DE MASAS Y DE IDEAS: ¡MÁS LUZ, MÁS LUZ!

Nuestro amigo y camarada, Gustavo Pérez, difundió hace algunos días un extracto del libro de Fernando Claudín, Marx, Engels y la Revolución de 1848, publicado en 1975 - Editorial siglo XXI. Este importante documento proporciona muchas luces a la discusión sobre el primer partido de masas y de ideas que José Carlos Mariátegui se propusiera construir en los años veintes del siglo pasado.  

Muchos de los estudiosos del marxismo se han preguntado ¿Existe una teoría de partido en el marxismo? La gran mayoría responde afirmativamente, derivando la respuesta a la cabeza de Lenin. Pero, Marx padre ideológico de Lenin, ¿elaboró en su tiempo tal teoría?

En las obras de Marx y Engels no encontramos una teoría de partido, ordenada y sistemática; sin embargo, siendo el partido una de las herramientas sustantivas para la conquista del poder, necesariamente tuvieron que pensarla. Para Marx, por cierto, el partido apenas es un medio, un recurso más, en los esfuerzos por conquistar la mente de los trabajadores. Sin desencadenar una implacable batalla en los cerebros es prácticamente imposible pensar en la derrota de la burguesía. Marx, lo sabía perfectamente. Por eso, jamás consideró la organización partidaria como un fin último, una razón de vida. A ese respecto, en nuestro Perú de todas las sangres, Marx es negado mil veces por la práctica de los PCs-secta que se aferran a una etiqueta y un aparato como sí se les fuera la vida.

Fernando Claudín, sostiene que la organización partidaria no era una obsesión para Marx. Claudín, a más de apoyarse en testigos de la época, recuerda las palabras del mismo Marx: «Cuando estalló la revolución de febrero [1848] el Comité Central de Londres me encomendó la dirección de la Liga. Durante la revolución su actividad en Alemania se interrumpió por sí misma, porque aparecieron vías más efectivas para la realización de sus objetivos»[6]. Marx demuestra, con su propia experiencia, que la utilidad del partido de clase depende del momento y las vicisitudes de la lucha de clases.

Lenin, de 1895 a 1917, vive -casi sin interrupciones-, la necesidad de una organización clandestina. Sin organización partidaria (POSDR) y una facción de clase (orgánica y doctrinariamente homogénea), le era prácticamente imposible realizar la inmensa labor de propaganda y debate que prepara y encuentra el año decisivo (1917). Lenin recoge «la idea profundamente democrática y antidogmática que Marx y Engels tenían del funcionamiento interno del partido obrero, tanto en el plano organizacional como ideológico y político».[7]

A Marx, le toca vivir condiciones políticas diferentes. Cuando las circunstancias lo ameritan, ante la imposibilidad de actuar abiertamente, recurre a la organización partidaria (Liga Comunista). Cuando la legalidad lo permite, aparecen vías más efectivas, como la prensa (Nueva Gaceta Renana) y la organización democrática de la «extrema izquierda burguesa», entre otras. Tanto en Marx como en Lenin, los objetivos de las vías más efectivas estaban determinados por la necesidad de posicionar el punto de vista, el método y la posición de clase entre los trabajadores. Se trata de desplazar la hegemonía de la burguesía en el cerebro de los trabajadores. Marx y Engels sabían perfectamente que las guerras se ganan principalmente en las testas, y por tanto, la educación de la clase trabajadora es la tarea fundamental.

La oposición entre partido de cuadros (sociedades conspirativas) y partido de masas (tradeuniones) deja de tener sentido en la lógica de Marx. Marx apuesta por el ENTERO no por la fracción. Marx se las juega por la clase obrera en su conjunto: «a medida que el proletariado de París pasó al primer plano como partido, esos conspiradores comenzaron a perder influencia como dirigentes». Claudín recuerda el manejo conceptual de Marx en el Manifiesto: «Esta organización del proletariado en clase y, por tanto, en partido político» “De modo explícito o implícito –continúa Claudín–, esta noción de clase-partido o partido-clase es una de las nociones operatorias fundamentales de Marx en sus grandes análisis de la revolución de 1848, generalmente bajo las expresiones de «partido del proletariado», «partido de la burguesía», «partido de la pequeña burguesía», etcétera. Expresiones que no significan para Marx, obvio es decirlo, que a cada clase corresponda un solo partido («partido» en el sentido más corriente del término), sino que la clase, el conjunto de sus organizaciones, partidos, individuos, actúa como «partido» frente a las otras clases. Cuando Marx dice en Las luchas de clases en Francia que al imponer la república al gobierno provisional de febrero «el proletariado apareció inmediatamente en primer plano como partido independiente», no se refiere a una u otra de las organizaciones obreras existentes o de sus actos, sino a la totalidad de formas de organización y de acción con que el proletariado se manifestó políticamente, como tal, en esa coyuntura. Para Marx no existía el partido del proletariado, sino el proletariado como partido.” Ese es el enfoque del Manifiesto Comunista que Mariátegui hace suyo y trae de Europa en 1923: “Mi actitud, desde mi incorporación en esta vanguardia, ha sido siempre la de un fautor convencido, la de un propagandista fervoroso del frente único.” La política de frente, dentro y fuera del proletariado como partido. Y el proletariado como partido, en el Perú  de José Carlos Mariátegui, era entendido como los obreros y campesinos con carácter netamente clasista.

En consecuencia, va quedando claro que es la clase obrera, y no el partido, la fuerza liberadora ceñida de grilletes. Y que la utilidad de los partidos y sus denominaciones está directamente vinculada a las vicisitudes de la lucha de clases.

A todo esto, ¿cuál es el origen de la teoría de partido en Marx? Veamos. La idea es la historia del acto y, naturalmente, posterior a él. Primero se vive el acto y, luego, se lo cuenta, se lo narra, es decir, queda troquelado en una historia, en una teoría. Por tanto, si las ideas provienen de la práctica, debemos hacernos una pregunta muy simple: ¿cuáles fueron las experiencias que mediaron en las reflexiones de los autores del Manifiesto Comunista?

En primer lugar, la experiencia de las trade-uniones inglesas, la mayor organización de los trabajadores del mundo en esa época. Y en segundo lugar, los movimientos conspirativos en Francia, en particular, de Louis August Blanqui.

Engels en 1879 en un informe que Bernstein le solicitó dice lo siguiente: “El movimiento obrero inglés da vueltas desde hace años, sin encontrar salida, en el estrecho dogal de las huelgas por el aumento del salario y la reducción de la jornada de trabajo, y no ciertamente como expediente y medio de propaganda y organización, sino como finalidad última. Las trade-unions hasta excluyen por principio y estatutariamente toda acción política y con ello la participación en toda actividad general de la clase obrera como clase.”[8] A modo de síntesis, se puede decir que las tradeuniones practicaban lucha económica sin lucha política. Si eso ocurre en Inglaterra, en Francia el panorama es diferente. La mayoría de las organizaciones estaban bajo la influencia del proudhonismo, en tanto otras seguían aferradas a las enseñanzas de Louis August Blanqui. Los prodhonistas rechazaban tanto la lucha por el poder político de la clase obrera como la lucha económica de los sindicatos, y soñaban con un mundo en el que todos los obreros serían pequeños productores de mercancías. Los seguidores de Blanqui, por el contrario, educados en la escuela de la conspiración y unidos por la disciplina estricta que es inherente a ella, partían del punto de vista de que un número relativamente pequeño de hombres resueltos y bien organizados podía, en circunstancias favorables, no sólo apoderarse del timón del estado, sino también, mediante un despliegue de intensa y despiadada energía, mantenerse en el poder el tiempo necesario para lograr que las masas participaran en la revolución.

En oposición al movimiento obrero inglés y a la secta como organización en Francia, nace la noción del partido de masas y de ideas que Mariátegui descubre en el Manifiesto Comunista de Marx y Engels. Las guerras se ganan en el cerebro pero se deciden en la práctica de los movimientos sociales. Marx, a los 26 años de edad, en su opúsculo En torno a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel, ya tenía clara esa relación: “Es cierto que el arma de la crítica no puede sustituir a la crítica de las armas, que el poder material tiene que derrocarse por medio del poder material, pero también la teoría se convierte en poder material tan pronto como se apodera de las masas.” Mariátegui como Marx, tenían la certeza que el desarrollo intelectual de la clase obrera, debía ser el resultado inevitable de la acción conjunta y de la discusión.[9] Marx y Mariátegui confían que las multitudes llegarán a ser conscientes de su propia potencia a través de sus propias experiencias de lucha. La experiencia del Movimiento Comunista Internacional confirma en sentido positivo o negativo la validez universal de uno de los postulados juveniles de Marx: «La emancipación de la clase obrera debe ser obra de la clase obrera misma». Según Marx las formas de organización de la clase obrera las resuelve la clase obrera misma. Es que el socialismo es un asunto de la clase obrera no de una burocracia ni, mucho menos, de una élite. Marx ni Mariátegui creen en el sueño pequeño burgués de cabalgar sobre las espaldas de la clase obrera para resolver los problemas del mundo. La creación heroica (constitución del Partido Socialista) es obra de los propios trabajadores, apresurada por el aborto nacionalista de Haya de la Torre. La función de los intelectuales no es sustituir las formas políticas y organizativas que históricamente van tomando cuerpo a partir del desarrollo de la conciencia obrera: “No es reemplazar la iniciativa del proletariado, su creación e inventiva nacidas de las exigencias directas de la lucha de clases, por formas de acción y organización dictadas por «principios especiales».” Significa, dice Claudín, “que los comunistas no constituyen un partido que «dirige» al proletariado, sino un partido que le ayuda a autodirigirse.”[10]

El Perú de Mariátegui es un Perú de mayorías nativas (Quechua-Aymará-Amazónicas). Por tanto, el primer gran partido de masas y de ideas de toda nuestra historia republicana, debe primariamente oler a humanidad, derramar aroma a Ande y exhalar feromonas de autoridad.

25 diciembre 2010
Edgar Bolaños Marín

Compilado 16 abril 2018



[1] Löwy, Michael, Daniel Bensaïd, comunista herético, Versión electrónica
[2] Michael Löwy, La teoría de la revolución en el joven Marx, versión electrónica.
[3] César Vallejo, Despedida recordando un adiós, 12 de octubre 1937, obra poética completa, versión electrónica.
[4] Véase: http://tacnacomunitaria.blogspot.com/search/label/Hal%20Draper
[5] Véase en http://tacnacomunitaria.blogspot.pe/2010/11/primer-gran-partido-de-masas-y-de-ideas.html
[6] Véase, Fernando  Claudín, Sobre la concepción marxiana del partido, Extracto del libro Marx, Engels y la Revolución de 1848, editorial siglo XXI, 1975. Digitalización y notas adicionales por Roi Ferreiro, Versión electrónica.
[7] Fernando Claudín, en la nota 18 del extracto que glosamos, reproduce un fragmento de una carta de Engels: “En una carta del 18 de diciembre de 1889 al socialista danés Trier, que había sido expulsado de la dirección del partido por sus posiciones de extrema izquierda, Engels expresa su disconformidad con ese género de medidas y con toda restricción de la discusión y la crítica dentro del partido: «A ninguno de los actuales partidos socialistas se le ocurriría proceder con una oposición surgida en sus filas según el modelo danés. La vida y el crecimiento de cada partido se acompaña habitualmente del desarrollo y la lucha mutua, en su seno, de una tendencia moderada y otra extrema, y aquel que sin más excluya a los de la tendencia extrema sólo consigue facilitar su crecimiento. El movimiento obrero está basado en la crítica aguda de la sociedad existente, la crítica es su elemento vital, ¿cómo puede él mismo esquivar la crítica, pretender prohibir la discusión? ¿Acaso nosotros exigimos a los otros libertad de palabra sólo para suprimirla de nuevo en nuestras propias filas?» (Sochinenie, t. 37, pp. 274-277).”
[8] Carta de F. Engels a Bernstein, 17 de junio de 1879
[9] F. Engels, Prefacio a la edición Alemana de 1890 del Manifiesto Comunista.
[10] Fernando Claudín, Sobre la concepción marxiana del partido, versión electrónica.

lunes, 20 de junio de 2016

EL PARTIDO (CLASE) DEL TRABAJO Y LA CONSTRUCCIÓN DE UN NUEVO ORDEN



 
Álvaro García Linera

En el Manifiesto, el partido es una acción histórica prolongada que reclama materialmente a toda la clase, a todas sus actitudes, a todas sus acciones, a todas sus percepciones, a todas sus capacidades creativas por dos motivos evidentes: porque la dominación del capital es una realidad material totalizadora de la vida, que sólo puede ser remontada  también por realidades materiales que retotalizan la vida del trabajo en función de sus propios designios; y porque la conformación de las clases no es fruto de una enunciación, aunque ello contribuya; es un resultado práctico, que atraviesa todos los espacios de la vida social. De ahí que el concepto fuerte de partido en Marx no puede reducirse ni a la acción de una abnegada elite esclarecida que forma su red de clientela política o devotos, ni a una adquisición de conciencia, de cultura “inyectada a esa clientela, para que al fin sepan lo que tienen que hacer.[1]

Esta manera falseada de entender y practicar el “partido marxista”, que en el último siglo ha sido cómplice de las derrotas revolucionarias en el mundo, en el fondo es una renovación del discurso liberal e idealista bajo el disfraz deformado  de un supuesto marxismo.[2]

Del liberalismo, porque  pretende  que una ruidosa elite de adeptos a algún manojo de “principios inventados por algún reformador del mundo sea la que suplante a la clase, a su proceso material de autoconstrucción política y cultural. Estos representantes del proletariado, que ejercen un efecto ventrílocuo respecto a la auténtica voz multiforme del proletariado, se asignan un papel similar al de los ideólogos del liberalismo, que consiste en elaborar técnicas políticas de suplantación de la voluntad general, por el mando de unos “representantes que pueden ser parlamentarios, burócratas virtuosos, o, en este caso, unas pseudovanguardias letradas. En todos los casos, el efecto es el mismo: mantener la acción política, esto es, la gestión de los asuntos comunes de la sociedad, como patrimonio privado de unos “especialistas del mando, del poder social.

Pero, además, se trata de un liberalismo enroscado  en un idealismo filosófico de poca monta, en cuanto reduce, además, el problema de la construcción del partido a un asunto de ideas, discurso, tesis y programas, como si la dominación  del capital fuera simplemente una cuestión de tesis, discursos o mala conciencia. Escribe Marx en La sagrada familia:

Según la crítica crítica, todo el mal (que padecen  los obreros)  radica exclusivamente  en cómo “piensan”  los obreros  […].  Pero estos obreros de masas, comunistas, que trabajan, por ejemplo, en los talleres de Manchester y Lyon, no creen que puedan  eliminar mediante el “pensamiento puro a sus amos industriales y su propia humillación práctica. Se dan cuenta muy dolorosamente de la propia  diferencia que existe entre el ser y el pensar, entre la conciencia y la vida. Saben que la propiedad, el capital, el dinero, el trabajo asalariado, etc., no son precisamente quimeras ideales de sus cerebros, sino creaciones muy prácticas y muy materiales de su autoenajenación, que sólo podrán  ser superadas,  asimismo, de un modo práctico y material.[3]

El capital, como relación social, es un hecho material que involucra a todas las clases trabajadoras; el proceso histórico de supresión de esta relación de subordinación, esto es, la construcción de la clase, es también un proceso material que compete a toda la clase. De hecho, Marx llama partido  precisamente  a la “construcción del proletariado en clase”,[4] que no es otra cosa que un proceso de materialidad  social, en la cual el trabajador comienza a producir una nueva significación social al valor de uso de su trabajo, al valor de uso de su unidad, al valor de uso de su creatividad, en síntesis, a la objetividad material de la clase. Las ideas juegan ciertamente un papel destacado en todo ello, pues son la “parte ideal de lo material social”,[5]  pero no pueden  ni suplantarla ni sustituir el resto de componentes prácticos de esa materialidad.

Los liberales consecuentes  en este sentido son mucho más consistentes en sus planteamientos;  no esconden sus intenciones respecto  al interés de usurpación  de la voluntad  potica popular,  a la que consideran marcada por vicios o incapaz de autorrepresentarse,[6] además de ser conscientes del dominio material que tienen que refrendar políticamente. Los liberales vergonzantes de nuestra época, en cambio, esconden detrás de una retórica obrerizante la anulación del protagonismo  obrero, y se llenan la boca de un vulgar materialismo filosófico que en verdad rinde culto a la idea como exclusiva fuente creadora de realidad.

Frente al liberalismo en todas sus expresiones, Marx muestra con extrema precisión que la organización del proletariado en clase es un devenir práctico que impugna materialmente, en todos los terrenos de la vida y por todos los medios posibles, las condiciones de dominación social que el capital ha levantado; se trata de una deconstrucción de la identidad obrera producida por el capital como relación de subordinación (el obrero como capital variable), y la construcción de una nueva identidad práctica, por obra de los propios trabajadores (la libre asociación de los productores). De ahí que en la actualidad, dadas las condiciones de fragmentación mercantil en las que ha sido arrinconado el trabajo por el desarrollo “globalizado del capitalismo, la formación del partido revolucionario en el gran sentido histórico puede también ser interpretada como la reconstrucción de las redes de una nueva sociedad civil autónoma frente al capital.

Sociedad civil, porque en sus nuevas décimas partes, ella es hoy el mundo  del trabajo en sus múltiples maneras de existir. interunificada en red, porque la estructura del trabajo ha alcanzado tal complejidad de estratificación económico-cultural, que no es posible hablar, como en la época fordista, de un trabajador uniformizado,  homogéneo; cada fracción laboral está creando una connotación  diferente de su identidad,  que parecería exigir formas de interunificación similares a las neuronales, esto es, capaces de lograr fusiones temporales  y desplazables, con alto grado de densidad compacta para determinado tipo de acciones, pero preservando  a la vez un amplio margen de independencia y de elección aleatoria en la construcción de las redes de acción común. Por último, autónoma frente al capital, y por tanto ante el Estado del capital, porque  precisamente  ahí radicó el mite histórico de la antigua “sociedad civil”, que en parte creció a la sombra del Estado, en parte lo impugnó, pero sólo para negociar ante él las mejores condiciones de su subordinación, esto es, el monto del soborno social por arrancar para reafirmar la ineluctable supremacía del capital.

El partido del proletariado, para Marx y para los verdaderos comunistas de hoy, es por tanto el conjunto de razones y de acciones prácticas, de luchas, de resistencias, de organización y estrategias individuales, colectivas, locales, nacionales e internacionales que el mundo del trabajo despliega frente a la racionalidad  del valor de cambio en los terrenos de la vida económica, política y cultural; en este proceso histórico multiforme, que no necesariamente requiere de vínculos externos que no sean la lucha en común, el proletariado produce su propia fisonomía económica, política y cultural, y en ese sentido se empieza a auto determinar socialmente.
 
De ahí que no resulte extraño que en el Manifiesto Marx hable de la organización de los comunistas, a los que él pertenece, como uno s de los partidos proletarios; que llame primer partido obrero a los Cartistas ingleses, a los partidarios de la reforma agraria en Estados Unidos, o que después hable de los Blanquistas como el auténtico partido obrero de la revolución de 1848-1850 en Francia;[7]  que años después señale a los sindicatos como los únicos representantes de un verdadero  partido  obrero;[8] que luego de haber participado en la internacional, como un momento s de ese partido histórico, la disuelva; que en los años setenta hable de un único partido obrero alemán, a pesar de haber dos estructuras organizativas, o que en 1885, Engels señale a la solidaridad obrera entre los obreros de todos los países como base suficiente para formar un gran partido del proletariado.[9]

Estos dos niveles del partido en Marx —primero como proceso de autoconstrucción de la clase en su conjunto, y segundo, como estructura organizativa específica y efímera que se levanta sobre la primera nos muestran que lo decisivo del partido son los procesos de interunificación política de los trabajadores desde el centro de trabajo, y de vida social frente al capital. Ahí, el partido es sinónimo de construcción de la clase, por la acción práctica de la propia clase, capaz de ir forjando un sentido de totalidad interpelatorio, y luego antagónico al establecido por el régimen del capital. Es decir, la clase obrera, en su sentido estricto de masa en estado de autodeterminación, es el partido de la clase obrera, porque construye materialmente su propia personalidad  ante la personalidad delegada por el capital. No se es clase revolucionaria por participar en algún partido específico. Pensar de tal manera es simplemente el efecto del fetichismo de la mercancía trasmutado a la esfera política, que convierte a los medios y los productos en fines y productores. Se es clase para-sí misma y en esa medida se es partido. En 1860, Marx llamará a este partido-clase el partido en “el gran sentido histórico de la palabra.[10]

En cambio, el partido  como estructura  organizativa específica son las expresiones fenoménicas y transitorias del proceso de la autoconstrucción política de la clase. La labor de estas estructuras, en caso de ser expresiones reales del movimiento, sin lugar a dudas es decisiva en cuanto permite ayudar a unificar, en estructuras organizativas s o menos compactas, s o menos públicas o cerradas, un flujo de intenciones, de disposiciones prácticas latentes en el seno de la clase. Un partido, en este sentido específico, puede contribuir, solamente contribuir, a potenciar, a reforzar, a expandir, a “destacar y hacer valer”, dice el Manifiesto, el interés común del “movimiento en su conjunto  de emancipación del trabajo.

El papel del partido  en este sentido restringido  hoy en día sería, entonces, el mismo que propugnaba Marx para los comunistas de su época: impulsar, reforzar, generalizar, destacar la autonomía obrera frente al capital; no prescribir  el rumbo que “debería tomar el movimiento de autoemancipación, ya que ésa es tarea de pastores que consideran a los trabajadores incapaces de liberarse por sí mismos, no de comunistas.[11]

“Las tesis teóricas de los comunistas no se basan en modo alguno en ideas y principios inventados o descubiertos por tal o cual reformador  del mundo.  No son sino la expresión de conjunto de las condiciones reales de una lucha de clases existente, nos señala el Manifiesto.[12] El partido, en este sentido específico, no inventa ni puede sustituir la lucha de clases; tan sólo puede reforzar las tendencias autodeterminativas que se dan dentro de la lucha de clases.

Los tipos de organización que asumirá este proceso de auto formación de la clase son diversos, pero también efímeros, porque son producto, resultado de las condiciones del desarrollo de la lucha de clases, y en especial, de las condiciones reales de la autoconstrucción histórica del proletariado en clase frente al capital. En el marxismo no es posible hallar, por tanto, una teoría definitiva de la organización política, porque el marxismo no es una filosofía del fin de la historia.[13]

La lucha de las clases es un movimiento real que se transforma incesante y aleatoriamente ante nuestros ojos, y en tal medida, las organizaciones obreras, mediante las cuales esa lucha se expresa y se constituye teóricamente, son también modificadas por ese movimiento de fuerzas estructurales que acontece en los campos de la vida social.

En Marx no hay receta organizativa; las estructuras  fosilizadas son propiedad de las sectas. Es en las formas concretas en que se va tejiendo y retejiendo el automovimiento  impugnador del trabajo contra el capital donde se ha de delinear el espacio de posibles organizaciones específicas del trabajo. Es en las condiciones materiales de la dominación histórica, de las formas de consumo de la fuerza de trabajo, de la supeditación técnica en el proceso de producción, que se revolucionan incesantemente, que hay que ir a hallar las condiciones materiales de insubordinación del trabajo y, por lo tanto, de las formas organizativas transitorias s eficaces para potenciar ese movimiento de emancipación.

Después que la liga [de los comunistas para la cual Marx y Engels redactaron el Manifiesto] se disolvió en noviembre de 1852 siguiendo una propuesta mía, no he pertenecido nunca, ni pertenezco, a ninguna asociación secreta o pública, ya que el partido, en este sentido totalmente  efímero, ha dejado de existir para mí desde hace ocho años […]. Al hablar del partido entendía el partido en el gran sentido histórico de la palabra.[14]

Sentido histórico y sentido efímero del partido forman parte de una dialéctica histórica del partido en Marx, que hoy es preciso reivindicar, ante una trágica experiencia del partido-Estado prevaleciente en las experiencias organizativas de gran parte de la izquierda mundial. El partido-Estado, en todos los casos, ha sido la réplica en miniatura del jerarquizado despotismo estatal, que ha enajenado la voluntad del militante en los omnímodos poderes de los jefecillos y funcionarios partidarios;  y no bien se dan las transformaciones sociales revolucionarias, estos aparatos tienen una extraordinaria facilidad para amalgamarse a las máquinas estatales, para reconstruirlas  en su exclusiva función expropiadora de la voluntad general, que a la vez reforzará la racionalidad productiva capitalista de donde ha emergido.[15]

Si el partido, en el gran sentido histórico, es la autoconstrucción de la clase revolucionaria, que a su vez no es s que el largo proceso histórico de disolución de las escisiones sociales en clases explotadas, por tanto del Estado, las estructuras organizativas transitorias que expresen este desarrollo no pueden menos que objetivar una forma organizativa de un nuevo tipo, que lleve implícita la tendencia de lucha hacia la disolución del funcionamiento maquinal estatal. Sólo así estas estructuras organizativas podrán  garantizar su vínculo de expresión del movimiento de autonomía obrera de clase ante el capital.[16]

De todo esto se desprenden dos tareas ineludibles para los comunistas de hoy en día: mientras el comunismo “no es una doctrina sino un movimiento”, en la “medida en que teóricamente es la expresión teórica de la posición que el proletariado ocupa en esta lucha y la síntesis teórica de las condiciones para la liberación del proletariado”[17] o, en palabras del Manifiesto, “expresión de conjunto de un movimiento histórico que se está desenvolviendo ante nuestros ojos”, los comunistas no tienen que afinar añejas premoniciones sobre un predestinado fin apocalíptico emboscado detrás del actual triunfalismo liberal; tampoco deben hacer un acto de fe acerca de una resurrección del ideal socialista. Lo primero es para charlatanes, y lo segundo para feligreses.

Los comunistas tienen que dar cuenta del “movimiento realque suprime el estado de cosas actual, reforzarlo allá donde surge, destacar el interés general anidado en las luchas particulares aisladas. Y eso, hoy en día, es en primer lugar entender lo que sucede con el régimen del capital, ver sus actuales fuerzas motrices, sus posibilidades de expansión, sus modificaciones tecnológicas para la obediencia obrera, sus reorganizaciones para debilitar las resistencias obreras y vencer la competencia interempresarial; pero todo ello para elucidar sus impotencias fácticas, sus limitaciones efectivas. De lo que se trata no es de amoldar al esquema mental la realidad indagada, sino de construir y ordenar  las categorías conceptuales requeridas para aprehender el significado del movimiento de la realidad.

Simultáneamente, tienen que volver inteligibles las condiciones materiales que han posibilitado las frustraciones de las luchas sociales, sus derrotas y su conversión en fuerzas productivas del capital, como en Europa del Este. De otra manera, las condiciones de los fracasos proletarios que cubren la historia de este siglo no habrán sido incorporadas en la memoria práctica de las clases laboriosas y, por tanto, las posibilidades de emancipación quedan n s dificultadas de lo que ya lo están hoy.

Por último, y atravesando las dos prácticas anteriores, se tienen que indagar y reforzar prácticamente, comprometiéndose hasta el fondo con ellos, los múltiples medios actuales y dispersos con los que el trabajo resiste y trata de superar la lógica del capital, las condiciones materiales de su extensión e interunificación capaces de crear un sentido de totalidad contestataria  al orden civilizador del capital, las nuevas circunstancias de la existencia de la forma social capitalista que habilitan un nuevo abanico de vías posibles de irrupción de la autonomía proletaria.

De lo que se trata es de retomar en nuestro tiempo la intencionalidad comunista sintetizada en el acto de creación y la prosa del Manifiesto comunista: indagar acuciosamente la realidad del capital para hallar, en esta manera actual de su existencia, las condiciones materiales propias de su superación como régimen social, a fin de expresarlas s nítidamente, de reforzarlas. La modalidad de la organización o de las organizaciones de los comunistas, necesarias para esta nueva época del capitalismo, resultará de los requerimientos marcados por las características que está asumiendo actualmente el movimiento práctico de desenajenación del trabajo.



Fuente:

La Potencia Plebeya
Álvaro García Linera
Siglo del Hombre Editores
CLACSO
Segunda Edición 2009
Pág. 160 - 170

Fragmento de El Manifiesto Comunista y Nuestro Tiempo, ensayo publicado en La Potencia Plebeya, que recopila entre otros, del mismo autor, un texto publicado originalmente bajo el título de “¿Es el Manifiesto comunista un arcaísmo político,  un recuerdo literario? Cuatro tesis sobre su actualidad histórica”, en Raquel Gutiérrez, Raúl Prada, Álvaro García Linera, Luis Tapia, El fantasma  insomne. Pensando el presente desde el Manifiesto comunista, La Paz, Muela del Diablo, 1999.



[1] “Durante casi cuarenta años hemos insistido en que la lucha de clases es la fuerza motriz esencial de la historia, y en particular  en que la lucha de clases entre la burguesía y el proletariado es la máxima palanca de la revolución social moderna; por ello no es posible colaborar con gentes que desean desterrar del movimiento esta lucha de clases. Cuando se constituyó la internacional formulamos expresamente el grito de combate: la emancipación de la clase obrera debe ser obra de la clase obrera misma. Por ello no podemos colaborar con personas que dicen que los obreros son demasiado incultos para emanciparse por su cuenta y que deben ser liberados desde arriba por los burgueses y pequeñoburgueses filántropos”. Karl Marx y Friedrich Engels, “Circular a Bebel, Liebknecht,  Bracke y otros”, septiembre de 1879.
[2] Immanuel Wallerstein, Después del liberalismo, México, Siglo XXi, 1996.
[3] Karl Marx y Friedrich  Engels, La sagrada familia, México, Grijalbo,  1967, p. 118.
[4] Karl Marx y Friedrich  Engels, “El manifiesto del partido  comunista”,  op. cit., p. 119.
[5] Maurice Godelier, The Mental and the Material , London,Verso, 1988.
[6] Georg W.F. Hegel, Filosofia del derecho, México, unam, 1985; John Locke, Two Treatises of Government, New York, The New American Library, 1965; Norbert Bobbio, El futuro de la democracia, México, Fondo de Cultura Económica, 1985.
[7] Karl Marx y Friedrich  Engels, “El manifiesto del partido  comunista”,  op. cit., pp.122-129; y Karl Marx, “Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850, op. cit.
[8] “Los sindicatos son la escuela del socialismo. En ellos, los obreros  se educan y llegan a ser socialistas porque presencian todos los días la lucha contra el capital. Todos los partidos políticos sin excepción, entusiasman a la masa obrera sólo durante cierto tiempo, momentáneamente; los sindicatos, por el contrario, lo captan de manera perdurable, son los únicos capaces de representar un verdadero  partido  obrero  y ofrecer protección  contra el poder del capital”. Karl Marx, “Declaración formulada ante una delegación de sindicalistas alemanes, 27 de noviembre de 1869. Véase también la “Carta de Marx a Schweitzer”, 13 de febrero de 1865.

Por su parte Engels, comentando el proyecto del partido socialdemócrata,  critica que “no aparece una palabra sobre la organización de la clase obrera como clase mediante los sindicatos. Y éste es un punto principalísimo, porque ésta es la verdadera organización de clase del proletariado, en el que lleva a cabo sus luchas diarias con el capital, en la que se entrena, y que hoy a no puede simplemente ser aplastada ni siquiera en medio de la peor reacción”. “Carta de Engels a Bebel”, 28 de marzo de1875 (las cursivas son nuestras).
[9] “Hoy, el proletariado alemán ya no necesita de ninguna organización oficial, ni pública, ni secreta; basta con la simple y natural cohesión que da la conciencia del interés de clase, para conmover a todo el imperio Alemán, sin necesidad de estatutos, de comités, de acuerdos ni de otras formas tangibles […]. El movimiento internacional  del proletariado europeo  y americano es hoy tan fuerte, que no sólo su primera forma estrecha —la de la Liga secreta—, sino su segunda forma, infinitamente s amplia —la pública de la asociación internacional de los trabajadores—, se ha convertido en una traba para él, pues hoy basta con el simple sentimiento de solidaridad, nacido de la conciencia de la identidad de su situación de clase, para crear y mantener unido entre los obreros de todos los países y lenguas un sólo y único partido: el gran partido del proletariado. Friedrich Engels, “Contribución a la historia de la Liga de los Comunistas”, en Obras escogidas. Tomo iii, op. cit., pp. 201-202.

[10] “La Liga (de los comunistas), lo mismo que la sociedad de las estaciones de París, que centenares de otras asociaciones, no fue s que un episodio en la historia del partido  que nace espontáneamente, por doquier,  del suelo de la sociedad moderna […], del partido en el gran sentido histórico del término”. Karl Marx, “Carta a Freiligrath”, 29 de febrero de 1860.
[11] No por casualidad la consigna de la Primera internacional fue: “La emancipación de la clase obrera será obra de ella misma.
[12] Karl Marx y Friedrich  Engels, “El manifiesto del partido  comunista”,  op. cit., pp. 122-123.
[13]  Francis Fukuyama, “¿El final de la historia?”, en Ciencia Política, No. 19, 1990; para una crítica, Perry Anderson, Los fines de la historia, Bogotá, Tercer Mundo, 1992.
[14] Karl Marx, “Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850”, op. cit.
[15] La única rectificación que Marx propone al Manifiesto en 1872, después de la experiencia de la Comuna de París, es precisamente que “la clase obrera no puede limitarse simplemente a tomar posesión de la máquina del Estado tal como está y servirse de ella para sus propios fines”. La comuna como “forma potica de la emancipación social de los trabajadores, había mostrado la necesidad de “destruir el Poder del Estado, que pretendía  ser la encarnación de aquella unidad (de la nación), independiente y situado por encima de la nación misma, de la cual no era s que una excrecencia parasitaria a fin de ser sustituido  por una forma política en la que “las funciones públicas, militares, administrativas, políticas, sean funciones verdaderamente de todos los obreros,  en vez de los ocultos atributos de una casta entrenada”. Karl Marx, Borrador de la guerra civil en Francia, op. cit. Sobre esta rectificación del Manifiesto, véase Étienne Balibar, Cinco ensayos de materialismo histórico, Barcelona, Laia, 1976.
[16]  “El Congreso  de La Haya confirió al Consejo General  (de la internacional) poderes nuevos y s amplios. De hecho, en un momento  en que los reyes se reúnen en Berlín, en que nuevas medidas represivas contra nosotros agravadas deben salir de esa reunión de las potencias representativas de la feudalidad y del pasado y en que se organiza sistemáticamente la persecución, el Congreso de la Haya estimó conveniente y necesario ampliar los poderes del Consejo General y centralizar con miras al combate en curso todas las acciones que, aisladas, son impotentes.  ¿Y quién podría inquietarse de los poderes atribuidos  al Consejo General (de la internacional) sino nuestros enemigos? ¿Acaso éste cuenta con una burocracia, con una policía armada para obligar a la gente a la obediencia? ¿Acaso su autoridad no es una autoridad puramente moral? ¿Acaso no somete sus resoluciones al juicio de las federaciones que están encargadas de ejecutarlas? Si ellos (los gobiernos) estuvieran colocados en semejantes condiciones, sin ejército, sin policía, sin tribunales,  el mismo a en que se vieran reducidos  a disponer s que de una influencia y de una autoridad morales para mantener su poder, los reyes no opondrían s que obstáculos irrisorios al avance de la revolución. […]. El principio fundamental de la internacional es la solidaridad. Karl Marx, “Discurso sobre el Congreso de La Haya, 15 de septiembre de 1872, en Meof. Tomo 17, pp. 320-321.
[17] “El comunismo no es una doctrina, sino un movimiento, no arranca de premisas sino de hechos; los comunistas no parten de esta o la otra filosofía, sino de toda la historia anterior […]. El comunismo en la medida en que teóricamente es, es la expresión teórica de la posición que el proletariado ocupa en esta lucha y la síntesis teórica de las condiciones para la liberación del proletariado”. Friedrich Engels, “Los comunistas”, en Obras escogidas, op. Cit.