Mostrando entradas con la etiqueta Karl Marx y Democracia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Karl Marx y Democracia. Mostrar todas las entradas

viernes, 29 de noviembre de 2024

MARX Y EL REPUBLICANISMO: ENTREVISTA CON BRUNO LEIPOLD


Una entrevista con Bruno Leipold

Traducción: Natalia López

Bruno Leipold examina en su último libro el impacto del republicanismo del siglo XIX en el desarrollo del pensamiento de Karl Marx. A través de un análisis que desafía las lecturas tradicionales, destaca cómo las rupturas políticas marcaron la evolución de Marx, desde su crítica a la monarquía prusiana hasta su concepción de una «República Social».

Bruno Leipold es profesor de Teoría Política en la London School of Economics and Political Science y, a partir de mayo de 2025, profesor adjunto de Teoría Política en la Universidad de Durham. Es teórico político e historiador del pensamiento político y se centra en la obra de Karl Marx, la tradición política republicana y las teorías de la democracia popular. Jochen Schmon habló con Leipold sobre su próximo libro, Citizen Marx: Republicanism and the Formation of Karl Marx’s Social and Political Thought (Princeton University Press).

 

Jochen Schmon: Incluso si, contrariamente a las lecturas canónicas de Marx, dejas claro que rechazó vehementemente las tendencias «antipolíticas» de sus contemporáneos socialistas, añades que Marx seguía creyendo desde el principio que el poder socialista podía alcanzarse a través de instituciones burguesas y republicanas. No fue hasta la Comuna de París cuando Marx empezó a considerar que un Estado socialista podría requerir instituciones políticas novedosas. ¿Cómo caracterizó Marx este -tomando prestados sus términos- «experimento democrático radical», como usted escribe, por el que elogió a los comuneros en La guerra civil en Francia?

Bruno Leipold: La incorporación política del republicanismo por parte de Marx en los años anteriores a 1848 fue ciertamente significativa. Pero, en comparación con su primer republicanismo radical, está claro que sus puntos de vista sufrieron una metamorfosis significativa. Mientras que el joven Marx esbozaba exhaustivamente la estructura de un régimen democrático ideal, su defensa y crítica de una república burguesa más tarde daba por sentada gran parte de su arquitectura constitucional.

La Comuna de París de 1871 sacudió esa complacencia. En un raro alarde de humildad, Marx admitió que la Comuna demostraba que se había equivocado en el Manifiesto: el socialismo requería una transformación política mucho más amplia. La Guerra Civil en Francia describe el tipo de democratización del Estado que tanto exigía. Los representantes de la asamblea recibirían salarios de trabajadores, votarían bajo instrucciones vinculantes y estarían sujetos al derecho del pueblo a revocarlos. También habría que transformar el aparato represivo y administrativo del Estado. Marx aboga por la sustitución del ejército permanente por una milicia cívica y por la elección directa o el control legislativo de los funcionarios públicos. Esto no solo representa un retorno a las primeras preocupaciones políticas de Marx, sino que también refleja las demandas republicanas comunes de la época, cuyo linaje puede rastrearse hasta la Revolución Francesa.

JS

Quiero hablar más sobre su concepción de la democracia frente al republicanismo. No solo teóricos radicales contemporáneos de la democracia como Cornelius Castoriadis o Jacques Rancière han afirmado que existe una oposición irreductible entre el republicanismo y la política democrática. De hecho, como usted reconoce, todo el canon del pensamiento republicano, desde Polibio y Cicerón hasta Maquiavelo, Rousseau o Madison, entiende esta dicotomía como fundacional. El «régimen mixto» republicano siempre se concibió como un medio para impedir el gobierno democrático mediante la participación directa e igualitaria de la ciudadanía en el gobierno. El republicanismo circunscribiría la democracia como «un elemento» del sistema del Estado -es decir, como tribunos con derecho a veto legislativo o representación electoral- entre los demás elementos. El senado «aristocrático» de la república y los poderes de emergencia temporales de los cónsules o presidentes «monárquicos» deberían frenar los excesos de lo que Madison llamó una «democracia pura». Siguiendo esta concepción tradicional de forma crítica, en su Crítica de la doctrina del Estado de Hegel (1843), un texto a menudo olvidado que tu libro se esfuerza en recuperar, Marx escribe que la república era tan solo «la forma política abstracta de la democracia», pues no es todo el «demos» sino solo «una parte» de la ciudadanía la que «determina el carácter del conjunto» en un Estado republicano. Usted no interpreta la teoría de la democracia de Marx como una postura antagónica hacia el republicanismo, ni en sus primeros escritos ni en su valoración tardía de la Comuna de París. ¿Puede explicarlo?

BL

Tienes razón al subrayar que es un tropo totalmente estándar presentar el «republicanismo» o la «república» en oposición a la «democracia». Mi negativa a repetir este tropo en mi libro surge directamente de mi contextualización del republicanismo en el siglo XIX. En un texto tras otro de aquella época, los republicanos y sus oponentes trataban efectivamente «democracia» y «república» como sinónimos. Los «republicanos» se identificaban y se dirigían a ellos solo como «demócratas» (o «radicales»). Los republicanos del siglo XIX rara vez expresaban la idea de una «república» como un régimen mixto que combinara democracia, aristocracia y monarquía. En todo caso, la constitución mixta fue defendida por los liberales decimonónicos.

En otras palabras, tratar de oponer el republicanismo a la democracia simplemente no tiene sentido cuando se analiza esa época. Esta es una razón importante por la que importa llevar a cabo una cuidadosa reconstrucción contextual en lugar de acercarse a Marx con una definición preformada de «republicanismo» extraída de teorías políticas recientes -un enfoque que admito que marcó mi primer compromiso con el tema-.

Ahora bien, es cierto que, fuera del siglo XIX, la oposición del republicanismo a la democracia tiene cierta legitimidad. Ciertamente, existe la famosa distinción de Madison entre una antigua democracia directa y una moderna república representativa (Federalista nº 10, 1787). Pero creo que nos hemos vuelto demasiado dependientes de esta distinción; de hecho, hoy en día los conservadores estadounidenses la instrumentalizan con frecuencia. Tengo la sospecha, aunque solo sea una sospecha, de que Madison podría haber estado presionando contra los intentos antifederalistas de remodelar la noción de «república» con una imagen más democrática. En cualquier caso, me parece más útil la distinción de Montesquieu entre una república democrática y una república aristocrática, dependiendo de si gobierna todo el pueblo o parte de él. Creo que capta la forma en que los elementos populares y elitistas dentro del republicanismo han disputado históricamente el significado del término, ya se trate de plebeyos contra patricios en Roma o del popolo contra grandi en Florencia. El lado más popular y democrático del republicanismo tiende a recibir mucha menos atención, como bien ha demostrado Annelien de Dijn. Esto puede deberse a que estos elementos siempre han atraído más a los ciudadanos más pobres, con menos acceso a los medios de producción ideológica y quizás incluso sin alfabetizar. Por lo tanto, es probable que los registros históricos -y la propia historia intelectual- estén sesgados hacia el republicanismo aristocrático.

Volviendo al siglo XIX, también comparo los puntos de vista de Marx con el «republicanismo» y no con la «democracia» porque el primero capta mejor mi interés por una ideología y su formación o movimiento político asociado. «Democratismo» nunca se puso de moda como descripción, aunque Ruge emplea el término sin éxito en un momento dado. La ideología y el movimiento político del republicanismo o los republicanos se centran, por supuesto, en la democracia (a eso me refería antes al llamar al republicanismo la «ideología política de la democracia»). Y discuto ampliamente lo que Marx pensaba de la «democracia» como régimen y conjunto de instituciones. El quid de la cuestión es que realmente quería poner de relieve que el republicanismo existe como una fuerza política real en la época de Marx con la que tuvo que interactuar, ya sea como un aliado contra los conservadores, los liberales y los socialistas antipolíticos o como algo a lo que, en última instancia, desplazar.

JS

En el capítulo 6, tu lectura de El Capital enfatiza cómo la teorización de Marx de la dominación capitalista no puede reducirse, al modo de muchos estudiosos, a operar exclusivamente de modo «directo» o «indirecto». Por el contrario, la teoría del capitalismo de Marx nos permite pensar ambos polos juntos. Sus descripciones de las formas «abstractas» y «concretas» de dominación expresan la dominación de los trabajadores tanto por capitalistas concretos e individuales como por un sistema económico abstracto que obliga incluso a los capitalistas a intensificar incesantemente su explotación del trabajo. Usted afirma que «en el centro de este relato estaban las ideas republicanas de dependencia, servidumbre y falta de libertad». ¿Puede explicar cómo solamente un discurso republicano habría permitido a Marx teorizar los modos de producción capitalistas de tal manera y cómo, de este modo, «también habría ampliado y transformado esas ideas republicanas»?

BL

Me gusta tu manera de contrastar la dominación concreta por parte de los capitalistas y la dominación más abstracta del sistema económico. Me parece muy claro que Marx siempre teorizó ambas cosas, así como las conexiones entre ellas. Y creo que las ideas y el lenguaje republicanos no solo fueron centrales en su relato, sino que pueden (espero) proporcionarnos un útil relato normativo y conceptual de la falta de libertad del capitalismo. Mi pensamiento aquí está en deuda con Alex Gourevitch y William Clare Roberts, que tanto han hecho por mostrar cómo la idea republicana de dominación se aplica al ámbito económico.

En mi capítulo sobre El Capital, expongo lo que podrían considerarse diferentes niveles de dominación. En primer lugar, está la dominación personal en la fábrica por parte de los capitalistas y sus supervisores sobre el trabajador. Una y otra vez, Marx compara esta relación con el poder arbitrario del que goza un monarca absoluto sobre su súbdito. Esto es particularmente evidente en los numerosos informes detallados de Marx para la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT) en la década de 1860 sobre las condiciones despóticas a las que se enfrentaban los trabajadores en toda Europa. Estos informes son una mina de oro olvidada. Lo que me llama la atención es la similitud de algunas de sus denuncias con las de su primer periodismo político. Se opone, por ejemplo, a cómo, cuando se trata de multar a los trabajadores, el capitalista encarna a acusador y juez en una sola persona sin ofrecer al trabajador ningún medio para impugnar esa sentencia. Es el mismo argumento que Marx había esgrimido sobre el poder que los censores del gobierno prusiano ejercían sobre los periodistas. Así pues, vemos una especie de transferencia de la queja sobre el poder arbitrario de lo político a lo social.

En segundo lugar, intento mostrar cómo Marx pensaba que una forma más estructural de dominación apuntalaba esta dominación personal. En una frase favorita, Marx dice que mientras los esclavos o siervos pertenecen a un amo particular, los trabajadores pertenecen a toda la clase capitalista. Lo que quiere decir es que, dado que los trabajadores no son propietarios de sus medios de producción, deben encontrar un amo capitalista que los emplee, aunque tengan la «libertad» formal de elegir al capitalista concreto para el que trabajan. Lo que Marx hace muy bien, creo, es mostrar cómo esta necesidad estructural explica y reproduce la dominación personal en el lugar de trabajo. Las estructuras económicas exigen que los trabajadores se sometan a la dominación de un capitalista, y a medida que crece la dependencia estructural de los trabajadores respecto a la clase capitalista, crece también su dominación en el lugar de trabajo. Podemos pensar aquí en la idea de Marx del ejército de reserva de los desempleados, cuya expansión disminuye el poder de la clase obrera para negociar y hacer huelga de forma efectiva.

En tercer lugar, subrayo que esta dominación personal y estructural no se debe simplemente a que los capitalistas tengan un deseo sádico de poder sobre los demás (aunque muchos ciertamente lo tienen), sino a que la dominación tiene un vínculo explicativo con la explotación. Creo que Marx nos da una explicación de la explotación basada en cómo los capitalistas utilizan su dominación para extraer el trabajo excedente de los trabajadores, ya sea a través de la extensión bruta de la jornada laboral o de la apropiación más sutil de las ganancias de productividad. Espero que mi análisis de estos procesos muestre que la dominación proporciona una explicación más precisa de la teoría de la explotación de Marx que algunos intentos de reducirla a una cuestión de justicia y distribución de recursos.

Por último, todos estos aspectos de la dominación capitalista se sustentan en la forma más impersonal de dominación que Marx identifica: el mercado. Marx pensaba que el capitalismo subordina a todos -incluidos los capitalistas- al imperativo del mercado de acumular continuamente. Los «buenos» capitalistas que no quieran dominar o explotar a sus trabajadores serán expulsados del mercado por las mercancías más baratas de sus competidores. Todos nosotros estamos así sometidos a un poder abstracto e impersonal que no controlamos. Esta dominación impersonal, por supuesto, requiere personas que la mantengan y la reproduzcan, pero Marx subraya que no puede entenderse si solamente nos centramos en voluntades individuales arbitrarias (por muy importante que esto sea para entender la dominación en el lugar de trabajo). Como bien has insinuado, esto amplía y transforma algunos relatos de la libertad republicana que restringirían la aplicación del concepto solo a agentes identificables. Pero no es así como Marx entiende la dominación, y creo que restringirla de esta manera destruiría nuestra capacidad para evaluar lo que hace distintiva a la dominación capitalista.

JS

Usted subraya la centralidad de la noción de «esclavitud asalariada» para la teoría de la dominación capitalista de Marx. Muchos estudiosos, específicamente en los Estudios Negros, han lanzado duras críticas contra esta comparación del trabajo asalariado con la esclavitud, describiéndola como indicativa de un problema más amplio con el pensamiento de Marx. Pensadores como Cedric Robinson o Denise Ferreira da Silva han argumentado que Marx disminuye, cuando no ofusca, el papel fundamental del sistema transatlántico de esclavitud en la creación de la modernidad capitalista. ¿Cómo interpreta su libro el uso comparativo y conceptual que Marx hace de la esclavitud para teorizar el capitalismo?

BL

No quisiera rechazar las importantes críticas sobre los puntos ciegos de Marx. Creo que Marx podría haber dicho más sobre la interacción de la esclavitud con el capitalismo. Uno puede imaginar fácilmente que si hubiera emigrado a América, como hicieron muchos de sus contemporáneos alemanes exiliados en 1848, podría haber escrito un relato bastante diferente.

La metáfora o analogía de la «esclavitud asalariada» tiene una historia complicada. Los esclavistas del Sur la utilizaron a veces de forma nefasta para justificar su esclavitud. Intentaban afirmar que cuidaban de sus esclavos, mientras que los propietarios de las fábricas del norte dejaban marchar a sus trabajadores y veían cómo se morían de hambre a la primera señal de crisis. Pero incluso encontramos algo parecido a este argumento entre algunos de los primeros radicales y socialistas europeos. No apoyaban la esclavitud, pero hablaban de «esclavitud asalariada» para hacer una afirmación, a menudo racializada, de que las condiciones de los trabajadores blancos en Europa eran peores que las de los esclavos negros en América. Incluso el joven Engels afirmaba que los esclavos asalariados se enfrentaban a una supervisión más intensa dentro de la fábrica que los esclavos americanos en el campo.

En este contexto, es importante reconocer que Marx no utiliza la «esclavitud asalariada» de esta manera. Si bien señala que los esclavos tienen la ventaja de que su amo les proporciona el sustento, nunca -que yo sepa- dice que la esclavitud asalariada sea peor que la esclavitud propiamente dicha. En El Capital deja muy claro que la forma más brutal de dominación es la que experimentan los esclavos norteamericanos, que también están expuestos a la explotación intensificada provocada por las presiones competitivas del capitalismo global. El uso que hace Marx de la «esclavitud asalariada» sirve para subrayar la falta de libertad de los trabajadores supuestamente «libres», no para negar la falta de libertad aún mayor de los esclavos.

Por supuesto, está la cuestión de si es apropiado utilizar este lenguaje de la esclavitud pero creo que tenemos que tener en cuenta que la condición de los trabajadores ingleses en 1824 no es la de 2024. Cuando no hay Estado del bienestar, ni seguro de desempleo, y los sindicatos están prohibidos, entonces la dominación a la que se enfrentan los trabajadores es de tal magnitud que una comparación con la esclavitud parece adecuada. Cuando existen esas condiciones compensatorias, hablar de esclavitud salarial puede parecer fácilmente una exageración. En un brillante artículo reciente, Tom O’Shea ha hecho la útil sugerencia de que deberíamos reservar el término «esclavitud asalariada» para los casos de trabajo asalariado que exponen a los trabajadores a un nivel de poder arbitrario tan grande que amenaza sus propios medios de existencia. Cuando el poder arbitrario de un empleador no alcanza ese nivel, podemos (y debemos) seguir hablando de dominación económica, pero no de esclavitud asalariada. Parece una forma sensata de aplicar la analogía.

JS

Su libro supone una importante contribución a un renacimiento más amplio y extremadamente prometedor de los estudios sobre Marx en la teoría política y la filosofía contemporáneas, así como en la historia intelectual. ¿Qué le atrajo de este tema y cuál cree que es la relevancia académica y política de Marx en la actualidad?

BL

Creo que al principio me atrajo el tema de Marx y el republicanismo por la prosaica razón de que mucha gente había afirmado que existía algún tipo de conexión, pero nadie lo había estudiado realmente de forma adecuada: el famoso «vacío de investigación». Más interesante, quizás, es por qué me sentí atraído de nuevo por el tema, una y otra vez, durante una década de investigación. Una de las razones fue que seguí descubriendo nuevos aspectos de la relevancia del republicanismo para los escritos de Marx, y quería hacer justicia a la historia. Eso explica en parte por qué, desgraciadamente, se ha convertido en un libro mucho más largo de lo que había previsto.

Otra razón que me motivó fue la esperanza (y puede que solo sea una esperanza) de que la imagen resultante de Marx sea atractiva para algunas de nuestras luchas contemporáneas. No creo que pueda o deba esperarse que la historia del pensamiento político nos dé lecciones directas para el presente, pero puede revelar cómo hemos llegado a estar hechizados —para usar el lenguaje sugestivo de Skinner— por nuestras propias suposiciones actuales. Al mostrarnos que existían caminos alternativos detrás de nosotros, puede desafiarnos a emprender un nuevo camino hoy.

Hay muchos aspectos de Marx que, en este sentido, podrían ser relevantes para nosotros. En el libro, destaco dos potencialidades. La primera es la promesa de la crítica de Marx al capitalismo en términos de libertad y dominación. Esto me parece no solo normativamente adecuado, sino también retóricamente poderoso. Nos hemos acostumbrado a hablar en términos de igualdad o comunidad cuando nos oponemos a la opresión capitalista, pero el lenguaje de la libertad -alguna vez tan central para el socialismo- se ha perdido en gran medida. La libertad republicana ofrece un punto de partida desde el que articular hoy un desafío global a la dominación.

La otra potencialidad es la idea de Marx, adquirida a través de la Comuna de París, de que la transformación social radical requiere instituciones políticas democráticas radicales. Aunque siempre ha habido socialistas que han mantenido ese compromiso, en el siglo XX se vieron ahogados por diversas perversiones autoritarias, obviamente, pero también por la visión tecnocrática de que bastaba con llegar al poder mediante elecciones para dirigir el Estado hacia el socialismo. Cuando pensamos en cómo desafiar a la dominación social hoy en día, creo que valdría la pena reconsiderar el punto de vista más antiguo de Marx, a saber, que el Estado necesita ser fundamentalmente democratizado.

 

Republicación de Journal of the History of the Ideas.

Sobre el entrevistador

Jochen Schmon es doctorando del Departamento de Política de la New School for Social Research y becario de tesis de la Mellon Initiative for Inclusive Faculty Excellence. Estudia la historia conceptual de la esclavitud y las resonancias discursivas de la política abolicionista en los imaginarios emergentes feminista, republicano, anarquista y comunista del siglo XIX.

Fuente: https://jacobinlat.com/2024/11/marx-y-el-republicanismo-entrevista-con-bruno-leipold/


lunes, 23 de septiembre de 2024

HAL DRAPER SOBRE MARX Y DEMOCRACIA (1 - 2)



 06.SEP.24

 Rolando Astarita [Blog] 4/9/24

 

En notas anteriores he planteado la importancia, en la tradición de Marx y Engels, de la lucha por libertades democráticas. Lo hice en oposición a corrientes que se reivindican socialistas y revolucionarias y apoyan, de hecho, a regímenes dictatoriales como el que existe hoy en Venezuela. El argumento preferido de esta gente es que las libertades democráticas son agitadas por el imperialismo (EEUU en primer lugar) y la oposición burguesa, y por lo tanto no deben ser reivindicadas por los marxistas. En este marco, el fraude electoral perpetrado por el régimen de Maduro sería un tema de importancia muy secundaria, por no decir nula. Con este argumento, esta izquierda también acusó de pro-imperialista el informe de Michelle Bachelet (Alta Comisionada para los Derechos Humanos) sobre la situación de los derechos humanos en Venezuela, con fecha septiembre de 2021. Una postura que se ha repetido, una y otra vez, a lo largo de décadas y hasta el presente.

A fin de aportar elementos para el análisis, y rescatar la tradición revolucionaria del socialismo marxista, en lo que sigue presento, en forma resumida, el escrito de Hal Draper (1914-1990) "Marx on Democratic Forms of Government", 1974 (tomado de Hal Draper: Marx on Democratic Forms of Government (1974) (marxists.org). Dada su extensión, he dividido la nota en dos partes.  

Presentación del tema

Según Draper, el socialismo de Marx, como programa político, puede ser definido, desde el punto de vista marxista, no solo como una democratización de las formas políticas, sino también como la completa democratización de la sociedad. Sin embargo, el movimiento democrático del siglo XIX comenzó poniendo en primer plano la lucha por formas políticas avanzadas, y lo mismo hizo Marx, aunque en un contexto programático distinto. Es que para Marx la lucha por formas democráticas de gobierno –la democratización en el Estado- era una punta de lanza del esfuerzo socialista. No lo más importante, pero una parte integral del todo. 

Pues bien, a lo largo de la historia de los movimientos socialistas o comunistas, uno de los problemas fue establecer la relación, en teoría y práctica, entre la lucha por el socialismo y la lucha por la democracia (o derechos democráticos); entre los temas socialistas y los democráticos. En este respecto, cada corriente o escuela socialista ha tenido su propia respuesta. En un extremo está el enfoque que pone en el primer plano la defensa de las formas democráticas, como un fin en sí, y considera la lucha por las ideas socialistas como un tema accesorio. Desde el puno de vista marxista, se trata meramente del ala más izquierdista del liberalismo democrático burgués. En el otro extremo están los tipos de ideología radical que contraponen las ideas socialistas –entendidas como anticapitalistas- a la preocupación por las luchas democráticas, ya que consideran a estas sin importancia o hasta perjudiciales. Entre los dos extremos hay todo tipo de combinaciones. Por ejemplo, en la tensión entre objetivos socialistas y medios democráticos, la preocupación podría ser 50-50, 60-40, 30-70, etcétera.

El enfoque de Marx es cualitativamente diferente a este eclecticismo, y no intenta establecer una escala deslizante de preocupación entre los dos lados de la dualidad. Para él, la tarea de la teoría es integrar objetivamente ambos lados de la dualidad.

La respuesta característica de Marx al problema fue anticipada en la crítica a la filosofía del derecho de Hegel, donde buscó mostrar que "la verdadera democracia" requiere un nuevo contenido social, el socialismo. Este enfoque será redondeado en su análisis de la Comuna de París, la cual mostró que un Estado con un nuevo contenido social implica formas verdaderamente democráticas. Por eso, la teoría de Marx va en la dirección de definir la democracia consistente en términos socialistas y el socialismo consistente en términos democráticos. La tarea de la teoría entonces no es arbitrar en el choque entre los dos enfoques mencionados, sino entender las dinámicas sociales de la situación bajo la cual es resuelta la aparente contradicción entre ambos.

Marx no elaboró esto simplemente en su cabeza. Es que el avance hacia una solución del dilema se produjo en el curso de la revolución de 1848-1849, cuando las demandas democráticas y los objetivos socialistas parecieron llegar a un cruce de espadas. Uno de los resultados de la elaboración de Marx fue la llamada teoría de la revolución permanente. 

"La vieja tesis"

Desde un comienzo se planteó el problema de los militantes supuestamente radicales que, si bien desde una dirección opuesta, tenían la misma hostilidad y desprecio por las formas democráticas que las que emanaban del viejo régimen. En La ideología alemana Marx y Engels llamaron a este enfoque, despectivamente, "la vieja tesis". Esta, propuesta a menudo tanto por revolucionarios como por reaccionarios, decía que en una democracia los individuos solo ejercen la soberanía por un momento, y luego se retiran de inmediato de su dominio. Marx no dedicó mucho espacio a esta posición –que entre otros defendía el anarquista Stirner- porque pensó, equivocadamente, que era un mero vestigio del pasado y no tenía futuro. Pero la realidad es que este rechazo de cualquier cosa conectada con la democracia burguesa persistió y terminaría asociada con el radicalismo ultraizquierdista.

Sin embargo, en sus orígenes era distinto. En una carta a Marx, Engels se refirió a un tal Bernays, editor del Vorwärts, quien estaba en contra del sistema de jurados, de la "libertad burguesa de prensa", del sistema representativo y otras formas democráticas. Engels había intentado explicar a Bernays que con tales posiciones "estaba trabajando para el rey de Prusia, e indirectamente contra nuestro partido". Los ataques a las instituciones democráticas ayudaban a que el régimen desacreditara al movimiento democrático.

El abordaje de Marx y Engels a la cuestión de las formas democráticas (derechos, libertades, instituciones) era totalmente diferente al que defendía Bernays. Es que este no podía comprender el planteo sobre las libertades democráticas porque su socialismo era meramente anti-capitalista y no pro-proletario. La suya no era una teoría acerca de un movimiento de clase, sino una simple preferencia por cierta reorganización social. Su objetivo no era poner el poder en manos de las masas del pueblo. Solo buscaba a personas de bien que quisieran realizar los cambios imaginados. Por eso, con este encuadre, el control popular sobre el gobierno podía convertirse en un peligro "dado que las masas estúpidas bien podrían ser más hostiles a sus esquemas que las almas iluminadas". Su postura no se debía a que "odiara" al sistema burgués más que Marx, sino a que expresaba un punto de vista que no era de clase.

Según Marx y Engels, la democracia pasaba por el establecimiento de un control popular pleno sobre el gobierno. O sea, para el "extremista democrático" el control popular significaba control popular ilimitado, y la eliminación de todas las restricciones o distorsiones jurídicas, estructurales y socio-económicas sobre el control popular desde abajo. Esta es la razón de por qué, según Marx y Engels, el control popular apuntaba al socialismo. 

Sin embargo, en un país como Alemania, que no había tenido su revolución burguesa, el problema era cómo atravesar esa fase (en que la burguesía era parte de "las masas populares") de manera que el poder pasara a los estratos subyacentes de la clase trabajadora. Esto es lo que definirá el problema de la "revolución permanente". Para Marx se trataba de hacer un análisis de clase de los elementos de la democracia burguesa y separar lo que era específicamente burgués (por ejemplo la cualificación de propiedad para ejercer el voto) de lo que promoviera la más amplia extensión del control popular

Revoluciones de 1848

Las revoluciones de 1848-1849 establecieron temporalmente gobiernos democrático-burgueses en Francia y Alemania. Eran regímenes burgueses y más o menos democráticos en comparación con los regímenes previos. Por lo tanto, planteaban muchos problemas concretos acerca de qué formas políticas debía adoptar la democratización.

El criterio aplicado por Marx y Engels se definió en torno a la siguiente pregunta: ¿qué maximizaría la influencia ejercida desde abajo por las masas en movimiento sobre las fuerzas políticas de arriba? Estas últimas eran el régimen monárquico y su gobierno, que todavía era el ejecutivo, aunque a la defensiva; y los representantes del pueblo en las asambleas surgidas con el levantamiento revolucionario. Este último representaba la potencialidad de la "soberanía popular", esto es, el control democrático por el pueblo. Sin embargo, cuando en Frankfurt se estableció la Asamblea Nacional, elegida por los estados germánicos, se evidenció que los delegados democrático-burgueses evitaban el choque con la monarquía. 

En oposición, Marx y Engels plantearon que la Asamblea debía tomar las medidas necesarias para frustrar los esfuerzos de la reacción, mantener los fundamentos revolucionarios sobre los que se asentaba, asegurar las conquistas de la revolución y la soberanía del pueblo contra todos los ataques. Pero la Asamblea no hizo nada de esto. Transcurrido un año de su instalación, incluso la izquierda de la Asamblea demostraba que no tenía estómago para pelear contra el poder real del Estado, encabezado por la Corona. De ahí que Marx y Engels criticaran a los diputados liberales por su retórica vacía. Más precisamente, la diferencia entre la retórica acerca de la "libertad" y la lucha democrático-revolucionaria real debía ser planteada en términos de cuestiones concretas.

Una de las más elementales era la libertad de prensa. Desde el primer número de la Nueva Gaceta Renana Marx y Engels hicieron de ella un grito de batalla. La libertad de prensa no podía ser separada de la libertad de expresión en todas sus formas. Toda la existencia de la NGR fue una batalla por sobrevivir contra su supresión que buscaba el gobierno. Llevados a la Corte, Marx y Engels transformaron sus defensas en denuncias políticas, y fueron absueltos. Pero no bien la reacción ganó fuerza, la NGR fue cerrada por decreto. Esto es, a decir de Marx y Engels, cualquiera podía ponerse por fuera de la ley por manifestar su opinión. La falta de libertad de prensa era un barómetro de la arbitrariedad gubernamental, y se mostraba que el Estado alemán era "puramente policial".

En el mismo sentido, cuando el ministro Hansemann presentó un proyecto de ley para regular la prensa, Marx escribió que "de nuevo encontramos el más clásico de los monumentos al despotismo napoleónico sobre la prensa". Agregaba que "los funcionarios del Gobierno pueden, con impunidad, cometer cualquier acto arbitrario, cualquier tiranía, cualquier ilegalidad. Pueden administrar o permitir flagelaciones, o hacer arrestos, o mantener en prisión sin juicio. El único control efectivo, el de la prensa, se hace ineficaz. El día en que la ley entra en vigencia, la burocracia puede celebrar: se hace más poderosa y desenfrenada, más fuerte que antes".

Más tarde, cuando el gobierno suprimió el movimiento de clubes en dos ciudades, Engels denunció la continuidad del Estado policial, y preguntaba: "¿Usted piensa que posee el derecho a la libre reunión, la libertad de prensa, el derecho al armamento del pueblo y otras magníficas consignas que se lanzaron desde las barricadas de marzo? Ilusión, solo ilusión".

De manera persistente, la NGR desarrolló campañas por derechos democráticos contra la presión gubernamental, incluyendo el programa de la izquierda de Frankfurt por el inmediato establecimiento, proclamación y garantía de derechos fundamentales del pueblo, contra los ataques de los gobiernos de los estados alemanes. Asimismo criticó a los liberales de la Asamblea por ser demasiado imprecisos en el tema del sufragio universal contra el sufragio indirecto; y denunció las formas antidemocráticas de elecciones.

Según Marx y Engels el derecho de reunión también comprendía el derecho del pueblo a ejercer presión contra sus propios representantes. Esta cuestión cobró relevancia cuando la prensa de la derecha denunció la presión que se ejercía sobre la Asamblea prusiana, en Berlín, por la presencia de miles de personas durante las deliberaciones. Marx defendió el derecho de las masas democráticas a ejercer influencia moral sobre la asamblea constituyente, y sostuvo que era un antiguo derecho revolucionario del pueblo desde la revolución inglesa y francesa. La historia le debía a este principio casi todas las medidas enérgicas tomadas por las asambleas parlamentarias.

Por otra parte, se planteaba la cuestión de si un gobierno debería permitir actividades, incluso las que están santificadas como derechos democráticos, que puedan resultar en su propio derrocamiento. La respuesta de Marx y Engels fue si el ejercicio de los derechos del pueblo ponía en peligro al gobierno, pues entonces peor para el gobierno. Los gobiernos siempre creen que las actividades que son peligrosas para ellos constituyen "violaciones a la libertad"; o sea, a su propia "libertad" a existir. El pueblo no debía sacrificar sus derechos para aliviar los problemas del gobierno.

Este criterio también se advierte en la respuesta que Marx y Engels dieron a una moción presentada por Jacoby, un diputado de izquierda liberal. Proponía que las decisiones de la Asamblea tuvieran fuerza de ley sin necesidad de cualquier otro consentimiento. La iniciativa buscaba impedir que una minoría recurriera "a los de afuera". Pero "los de afuera", dice Engels, era el pueblo que votaba el cuerpo legislativo. Por eso, lo que buscaban Jacoby y asociados, bajo el pretexto de evitar guerras civiles, era abolir la agitación política. Pero la agitación no era nada más que la aplicación de la inmunidad a los representantes, la libertad de prensa, el derecho a organizarse. Por otra parte, si esas libertades llevaban, o no, a la guerra civil, no era un tema que concerniera a la izquierda revolucionaria. Era suficiente que esas libertades existieran, y luego se vería a dónde conducían si el ataque contra ellas continuaba. Pocos días después, Engels precisaba: "La condición básica del derecho a la libre organización es que ninguna asociación o sociedad pueda ser disuelta o prohibida por la policía; que eso solo pueda llevarse a cabo como resultado de un veredicto judicial que establezca la ilegalidad de la asociación o sus actos y objetivos, y el castigo a los autores de esos actos".

El poder a la Asamblea

La orientación política de Marx y Engels apuntaba a que todo el poder recayera en la Asamblea, como representación de la soberanía popular, y en contra del objetivo de la mayoría de la Asamblea de llegar a un acuerdo con la Corona. Por eso acusaban a la Asamblea de ser irresoluta y blanda. Marx presentaba su propuesta democrático-revolucionaria en términos de la concentración del poder legislativo y ejecutivo en manos de los representantes del pueblo. El ala radical de la Asamblea reclamaba un gobierno ejecutivo "elegido para un período determinado por la Asamblea Nacional y responsable ante ella". Pero, decía Marx, eso no era suficiente. El poder ejecutivo debía ser seleccionado en las filas de la misma Asamblea, como lo demandaba el ala izquierda de los radicales.

Según la NGR, si la Asamblea renunciaba a asumir todos los poderes del Estado, si en particular era desprovista del derecho a ejercer el control sobre el Ejecutivo a través de sus comisiones de investigación, entonces eso equivalía a renunciar a la soberanía del pueblo. El asunto de la inmunidad de arresto por parte del Gobierno de los diputados era un aspecto muy concreto de la soberanía. La NGR hacía campaña por plena e íntegra inmunidad, sin lagunas. Sin embargo, de hecho, en lugar de que la Asamblea dominara sobre el poder Ejecutivo, era este el que usaba todos los medios posibles para fortalecerse. Marx ponía el ejemplo del proyecto de Ley de la Milicia: la idea de una milicia popular se había convertido en un plan para instalar una fuerza burocrática. Draper dice que todo esto reflejaba el leitmotiv de la actitud de Marx hacia los problemas de la democratización: minimización del poder ejecutivo, de la burocracia estatal, y maximización del peso, en la estructura gubernamental, del sistema representativo. Y no solo en el período de la revolución.

Fuente: https://infoposta.com.ar/notas/13649/hal-draper-sobre-marx-y-democracia-1/

 

HAL DRAPER SOBRE MARX Y DEMOCRACIA (2)

 

Por ASTARITA

 16.SEP.24

 

Rolando Astarita blog 12/09/2024

 

La primera parte de la nota, aquí

En la década que siguió a la derrota de las revoluciones de 1848-1849 Marx escribió extensamente acerca de las formas democráticas constitucionales. El principio que surge de estos escritos es que una de las señas principales de una verdadera constitución democrática es el grado en el cual la misma restringe y limita la independencia del Poder Ejecutivo. Es acorde con la idea de que más democracia significa más control popular desde abajo. Este enfoque subyace en varios análisis críticos que hace Marx de constituciones particulares.

Análisis de una Constitución

El primero, escrito en 1851, se refiere a la Constitución de la República de Francia. El principal fraude en esa Constitución, dice Marx, es que deja espacio para que las proclamadas garantías democráticas sean anuladas por leyes subsecuentes dictadas por el Poder Ejecutivo. En El 18 Brumario, publicado poco después, insiste con la crítica: “El inevitable Estado Mayor de las libertades de 1848, la libertad personal, de prensa, de palabra, de asociación, de reunión, de enseñanza, de culto, etcétera, recibió un uniforme constitucional, que hacía a éstas invulnerables.

 En efecto, cada una de estas libertades era proclamada como el derecho absoluto del ciudadano francés, pero con un comentario adicional de que estas libertades son ilimitadas en tanto en cuanto no son limitadas por los “derechos iguales de otros y por la seguridad pública, o bien por “leyes” llamadas a armonizar estas libertades individuales entre sí y con la seguridad pública. Así, por ejemplo: “Los ciudadanos tienen derecho a asociarse, a reunirse pacíficamente y sin armas, a formular peticiones y a expresar sus opiniones por medio de la prensa o de otro modo. El disfrute de estos derechos no tiene más límite que los derechos iguales de otros y a la seguridad pública (cap. II de la Constitución francesa, art. 8). “La enseñanza es libre. La libertad de enseñanza se ejercerá según las condiciones que determina la ley y bajo control supremo del Estado”. “El domicilio de todo ciudadano es inviolable, salvo en las condiciones previstas por la ley” (cap. II. art. 3).

Por lo tanto, la Constitución remite constantemente a futuras leyes orgánicas que precisarían y pondrían en práctica aquellas reservas, y regularían el disfrute de estas ilimitadas libertades, de modo que no chocaran entre sí, ni con la seguridad pública. Más tarde estas leyes orgánicas, continúa Marx, fueron promulgadas por los amigos del orden, y las libertades fueron reguladas de modo que no afectaran a la burguesía. Allí donde la Constitución vedaba “a los otros” esas libertades, o consentía su disfrute bajo condiciones que eran otras tantas celadas policíacas, lo hacía siempre, pura y exclusivamente, en interés de la “seguridad pública”, es decir, de la seguridad de la burguesía, tal y como lo ordena la Constitución.

Por eso, en lo sucesivo, los amigos del orden invocaron, con plena justicia, el derecho constitucional a anular las libertades; y los demócratas lo invocaron, también con plena justicia, para reivindicarlas. Escribe Marx: “cada artículo de la Constitución contiene su antítesis, su propia cámara alta y su propia cámara baja. En la frase general, la libertad; en el comentario adicional, la anulación de la libertad. Por tanto, mientras se respetase el nombre de la libertad y sólo se impidiese su aplicación real y efectiva -por la vía legal se entiende-, la existencia constitucional de la libertad permanecía íntegra, intacta, por mucho que se asesinase su existencia común y corriente”.

Minimización del poder ejecutivo

En 1853 Marx analizó los borradores de las constituciones para Schleswig y Holstein, y destacó su carácter no democrático. Entre otras cuestiones señaló que uno de los pasajes más remarcables de esos textos era el que quitaba el antiguo derecho de las Cortes de cancelar decretos administrativos. Tales disposiciones eran malas porque “es el poder de la burocracia el que debe mantenerse bajo”.

Esto también es planteado en el análisis, escrito en 1858, de la Constitución prusiana de 1850. Una vez más, Marx observa que los derechos constitucionales son nulificados por la libertad de acción que se concede al Poder Ejecutivo. La realidad prusiana, escribe, muestra la brecha entre la teoría constitucional y la práctica real. Draper cita a Marx: “Cada paso que usted dé, incluso un simple movimiento, es falseado por la acción omnipotente de la burocracia, esa segunda providencia de genuino crecimiento prusiano.  Usted no puede vivir ni morir, ni casarse, escribir cartas, pensar, imprimir, emprender un negocio, enseñar ni ser enseñado, organizar una reunión, construir una fábrica, emigrar ni hacer nada sin el permiso de las autoridades”.  Las leyes orgánicas borraban garantías que existían incluso en los peores tiempos de la monarquía absoluta y con la independencia de las cortes. Draper señala que es la segunda vez que Marx defiende la independencia de las Cortes con respecto al Poder Ejecutivo.

Draper también destaca que Marx consideraba que la Constitución de Hesse, de 1831, era la más liberal de Europa –aunque su método de elegir representantes no era democrático- porque restringía los poderes del Ejecutivo a límites estrechos que lo hacían más dependiente de la Legislatura y otorgaba un elevado poder de control a la rama judicial. Esto es, Marx reivindica la independencia de las Cortes de la ley frente al Poder Ejecutivo.

Posteriormente, dice Marx, la revolución de 1848-1849 democratizó las formas de elección e hizo otras dos mejoras, ambas dirigidas contra el poder del Ejecutivo: puso el nombramiento de los miembros de la Corte Suprema en manos de la legislatura, y quitó a la monarquía el control del ejército, pasándolo al ministro de Guerra, responsable ante los representantes del pueblo. Otro rasgo democrático de esa constitución que destacó Marx es que la policía, tanto local como general, era administrada por consejeros comunales nominados por elección popular. Una década más tarde Marx sostenía que el control sobre la policía, establecido por la Comuna de París, era un logro democrático. En general, señala Draper, las ideas de Marx acerca de la minimización o subordinación del Poder Ejecutivo, alcanzaron su más completa expresión en sus análisis de la Comuna de París. 

Válvulas de seguridad para la burguesía

En este apartado pasamos lista a otros aspectos de la concepción de Marx y Engels sobre las libertades, que destaca Draper:

* Denuncian el ahogo de la libertad de prensa durante la ofensiva del bonapartismo en Francia.

* Critican las restricciones, en la Francia posterior a la derrota de 1848, al derecho al voto; también en otras elecciones europeas.

* Critican la manipulación de los distritos electorales por parte de la burocracia prusiana.

* Defienden el sistema unicameral, o sea, favorable a una única asamblea representativa, y contra el sistema bicameral, diseñado para frenar la soberanía popular.

* Defienden el derecho de manifestación. En 1872, en Londres, se llevó a cabo un mitin, organizado por miembros irlandeses de la Internacional, pidiendo una amnistía general. En respuesta, el Gobierno pasó una ley en el Parlamento regulando las manifestaciones públicas. Engels denunció la medida como un ataque “a uno de los más preciosos derechos de los trabajadores londinenses”.

* Denuncian el uso de espías e informantes por parte de los gobiernos y la policía contra los movimientos radicales y obreros. Critican la disposición del comandante austriaco en Milán por la cual todo aquel que no denunciara actos ilegales era pasible de ser acusado de transgredir la ley.

* Reclaman la libertad de prensa en tiempos de guerra. Cuando estalló la guerra franco prusiana Bebel y Liebknecht fueron arrestados por el gobierno de Bismark bajo el cargo de alta traición.     

Estafa democrática

Draper observa que no es posible extraer de los escritos de Marx y Engels un reporte sistemático de lo que Marx llamó “estafa democrática”, en referencia a los métodos con los cuales la burguesía utilizaba (utilizaba y abusaba) las formas democráticas para estabilizar su gobierno socioeconómico. Sin embargo, se pueden señalar un par de puntos básicos.

Lo principal es la idea de que la “estafa democrática” constituía una estafa no porque era democrática sino, por el contrario, porque utilizaba formas democráticas para frustrar el control democrático y genuino desde abajo. La misma frase viene de una referencia de Marx al país que, bien entendido, era en su tiempo el más democrático en su forma constitucional, los EEUU. Este era el modelo de “estafa democrática”, no porque fuera menos democrático que otros, sino precisamente por la razón opuesta.  

Es que dado que EE.UU. había desarrollado la estructura formal de la república constitucional en la forma más democrática, su burguesía había tenido que llevar a su punto más elevado el arte de mantener a la opinión pública dentro de canales satisfactorios para sus intereses de clase. El principal método de esta empresa fue el sistema de corrupción política. En la medida en que era posible realizarlo, dentro del marco de un país que se estaba expandiendo económica y geográficamente, podían evitarse las explosiones. El gasto valía la pena mientras se ganara una válvula de seguridad para las pasiones efervescentes del país. Después de todo, un Estado democrático, permaneciendo iguales otras cosas, resulta más barato que el despotismo. En la medida en que es posible, el Estado democrático es una ganga para la clase dominante, interesada en mantener bajos los costos. Lo cual es cierto no solo en términos de gasto en dinero contante y sonante –gasto necesario para un aparato estatal hinchado-, sino también en términos de intangibles, tales como el interés voluntario de la masa de la población en cooperar en su propia explotación. En polémica con el liberal Heinzen, Marx señaló que la monarquía implica grandes gastos, lo cual se veía comparando las finanzas gubernamentales de Norteamérica con las finanzas de los estados germánicos.

Por otra parte, y refiriéndose a la burguesía británica, Marx planteó que el objetivo ideal, en política, de los principales representantes de la burguesía, era un Estado barato. “Necesariamente su última palabra es la República Burguesa, en la cual la libre competencia rige suprema en todas las esferas de la vida; en la cual permanece solo el mínimo de gobierno que es indispensable para la administración, interna y externa, de los intereses de clase comunes y los negocios de la burguesía, y donde este mínimo esté sobria y económicamente organizado tanto como sea posible”.    

En otras oportunidades Marx o Engels caracterizaron la política democrático-burguesa como un ejercicio de convencer al máximo de personas de que estaban participando en el poder del Estado, por medio de un mínimo de concesiones a las formas democráticas. En vísperas de la revolución de 1848 Engels retomó el manifiesto lanzado por Lamartine, el político poeta que encabezaba el partido Republicano, moderado, y sostuvo que el significado de las medidas políticas propuestas por Lamartine era entregar el gobierno a manos de la burguesía inferior, pero bajo la apariencia de entregarlo a todo el pueblo. Este era el significado de su sufragio universal con su doble sistema de elección.

Draper señala que el siglo XIX asistió a una plétora de inteligentes sistemas electorales diseñados para insertar un factor manipulativo en las formas de un sufragio más o menos universal, comenzando con la Constitución de EEUU. Como lo señaló Engels en el caso de Lamartine, los mecanismos fueron calibrados para conseguir un único tipo de efecto: ¿cuán bajo en la escala social, en las manos de qué clase, o estrato de clase, se esperaba que residiera el poder político? Este era el vínculo entre la lucha de clases y las formas constitucionales que a menudo parecían cuestiones técnicas. Un movimiento destinado a ubicar el poder político en las manos de la clase obrera podía permitirse el lujo de presionar por la democratización completa, sin torcerse.

Hacia la socialización de la democracia

En su crítica a Lamartine Engels escribió que “los principios de la regeneración social y política habían sido encontrados 50 años atrás: el sufragio universal, la elección directa, la representación paga, eran las condiciones esenciales de la soberanía política… Lo que queremos no es la conveniencia de la clase media inglesa, sino un nuevo sistema de economía social para realizar los derechos y satisfacer las necesidades de todos”. Esto se publicó en un medio cartista, que todavía luchaba por el programa de los extremistas democráticos. Pero los amigos cartistas de Engels, pertenecientes al ala izquierda del movimiento, peleaban por extender la idea democrática a un programa social. Era lo que había planteado también Engels desde su llegada a Inglaterra. Engels había comenzado oponiendo el “comunismo” a la democracia, en la línea de Proudhon y Weitling.

Sin embargo, en 1844 había corregido esto al plantear ir por encima de la mera democracia política, hacia una transformación social de base. En un artículo escrito ese año analizó las formas constitucionales de la democracia británica en ese espíritu. Admitiendo que Inglaterra era el país más libre, incluso más que Norteamérica, encaró el examen de los métodos y formas del sistema político “sobre líneas puramente empíricas”, para mostrar cómo la estructura estaba diseñada para hacer concesiones solo para preservar todo lo posible esa decrépita estructura, y mantener el gobierno de la clase media en asociación con la aristocracia de mentalidad progresista. Dado que la Cámara de los Comunes ejercía todo el poder, se seguía que “Inglaterra debería ser una democracia pura”. Pero esto solo sería así si el mismo elemento democrático fuera realmente democrático”. Es esta condición la que Engels somete a un análisis detallado, midiendo las pretensiones constitucionales y formales contra los hechos empíricos del poder de clase. Su conclusión fue que el hombre inglés no era libre a causa de la ley, sino a pesar de la ley, si es que podía ser considerado libre, dado que era la constante amenaza desde abajo la que aseguraba el reconocimiento de los derechos democráticos.

De la misma manera, era la lucha de clases la que haría avanzar las cosas. “La lucha ya está en marcha. La Constitución ha sido sacudida en sus fundamentos. Cómo resultarán las cosas en el futuro se puede ver de lo que se ha dicho. Los nuevos elementos en la Constitución son de naturaleza democrática. La opinión pública también se desarrolla de acuerdo con el lado democrático, como lo mostrará el tiempo. El futuro cercano de Inglaterra es la democracia. Pero no una democracia como la de la Revolución de Francia, cuya antítesis era la monarquía y el feudalismo, sino una democracia cuya antítesis es la clase media y la propiedad. Esto es evidente a partir de todo el desarrollo precedente. La clase media y la propiedad están en el poder; el hombre pobre está privado de derechos y oprimido; la Constitución lo repudia; la ley lo maltrata: la lucha de la democracia contra la aristocracia en Inglaterra es la lucha del pobre contra el rico. La democracia hacia la que se dirige Inglaterra es la democracia social”.

Sin embargo, la mera democracia es incapaz de remediar los males sociales. La igualdad democrática es una quimera, la lucha del pobre contra el rico no puede ser peleada en el terreno de la democracia o la política en general. La “mera democracia” es democracia meramente política, una democracia que no se extiende a la “cuestión social”, a la democratización de la vida socio-económica.

Conclusión

En resumen, Marx y Engels siempre observaron los dos lados del complejo de instituciones democráticas y derechos que surgieron bajo la democracia burguesa. Ambos se correspondían con las dos clases que lucharon hasta el final dentro de este marco. Un lado fue la utilización de las formas democráticas como medio, barato y versátil, de contener a las masas explotadas, dándoles la ilusión de participación en el Estado mientras el poder económico de la clase gobernante se aseguraba los centros reales de poder. Este era el lado de la “estafa democrática”. El otro lado era la lucha para dar a las formas democráticas un nuevo contenido social, de clase, ante todo empujándolas al extremo democrático del control popular desde abajo, el cual, a su vez, implicaba extender la aplicación de las formas democráticas fuera de la esfera meramente política y hacia la organización de toda la sociedad.

La clave era el control popular desde abajoEsta idea se puede ver en la crítica al resbaladizo eslogan del “Estado libre”, el lema de Lasalle. Tomándolo literalmente, Marx respondió que no queremos un Estado que es libre, sino uno que esté completamente subordinado a la sociedad. En su Crítica al Programa de Gotha  escribe: “¿Qué es el Estado libre? De ningún modo es propósito de los obreros, que se han librado de la estrecha mentalidad del humilde súbdito, hacer libre al Estado. En el imperio alemán, el Estado es casi tan “libre” como en Rusia. La libertad consiste en convertir al Estado de órgano que está por encima de la sociedad en un órgano completamente subordinado a ella. Las formas de Estado siguen siendo hoy más o menos libres en la medida en que limitan la “libertad del Estado”.

Fuente: https://infoposta.com.ar/notas/13666/hal-draper-sobre-marx-y-democracia-2/