JULIO 4, 2023
Dossier no. 66
Nota: el año
pasado, el Instituto Tricontinental de Investigación Social y Dongsheng
comenzaron un diálogo con los editores de Wenhua
Zongheng (文化纵横). Esta colaboración ha dado lugar a la
publicación de una edición internacional trimestral de la revista, que incluye
ensayos seleccionados de la edición china traducidos al inglés, portugués y
español, así como la incorporación de una nueva columna en la edición china con
voces de África, Asia y Latinoamérica en diálogo con China. Una versión
anterior de este dossier, 重振社会主义发展理论的必要, se publicó originalmente en el número
de abril de la edición china de Wenhua Zongheng.
En todo el
mundo, es cada vez más fácil encontrar pruebas de la miseria humana. Los datos
que recogen y comunican los organismos internacionales son sobrecogedores:
miles de millones de personas en todo el planeta no tienen acceso a educación,
atención de salud, alimento ni abrigo adecuados, ni tampoco un acceso razonable
a la información y la cultura. Nadie niega estos datos, que recogen cada año
los gobiernos y las agencias de Naciones Unidas.
Surgen
desacuerdos sobre qué hacer respecto a estos hechos persistentes, estas
condiciones duraderas de sufrimiento. Ideas antiguas pero que siguen
circulando, nacidas en tiempos predemocráticos y en una era de escasez,
insisten en que las personas están en la miseria por el destino o debido a
alguna otra sanción religiosa, porque son perezosas, o porque simplemente no
hay recursos suficientes. Todos estos argumentos son erróneos. Es simplemente
ilógico suponer que el destino o la religión han llevado a familias de la clase
trabajadora a las mismas condiciones generación tras generación, y es fácticamente
incorrecto decir que las y los trabajadores que se esfuerzan durante más que la
mitad de la jornada y aún así apenas sobreviven, son perezosos.
Toda la
evidencia indica que, a pesar de las miserables condiciones que enfrenta la
mayoría de la población mundial, los recursos abundan. Por ejemplo, producimos
alimentos suficientes para alimentar a 14.000 millones de personas, casi el
doble de lo necesario para la actual población mundial de 8.000 millones (FAO,
2014). Mientras tanto, el número de personas desnutridas en el mundo aumentó a
828 millones en 2022, incluido un nuevo récord de 349 millones de personas que
enfrentan inseguridad alimentaria aguda (World Hunger Statistics, 2022). Estas
ideas predemocráticas —justificaciones fatalistas y neomaltusianas de la
situación del mundo— se basan en ilusiones más que en hechos, pero siguen
siendo un elemento fijo del discurso intelectual y político.
En el siglo
XIX, Karl Marx se interrogó sobre las condiciones de miseria social y arrojó
luz sobre la raíz de problemas como el hambre, la falta de vivienda y la
desesperación, que no tiene que ver con la pereza, la condenación, o la
escasez, sino con la estructura del capitalismo. La mayoría de las personas del
mundo, a través de la violencia, perdieron el acceso a los medios de
producción, que anteriormente les permitían producir una vida por encima de los
niveles de supervivencia. Ahora, liberados de la capacidad de reproducirse, las
y los desposeídos tuvieron que vender sus capacidades —lo que Marx llamó su fuerza de trabajo— a quienes
controlaban los medios de producción (los capitalistas). A través de la
explotación de las y los trabajadores, ya fuera mediante largas jornadas
laborales y/o mediante el aumento de la producividad a través de la
mecanización, los capitalistas extrajeron y acumularon cada vez más plusvalía
mientras las y los trabajadores luchaban por sobrevivir. La competencia entre
capitalistas les obligó a ser cada vez más eficientes, impulsando un proceso
que empobreció a la clase trabajadora y los enriqueció a ellos. El
descubrimiento de Marx proporcionó un argumento racional —y basado en hechos—
de por qué existe la miseria en medio de la abundancia. El antídoto a esta
miseria, planteó Marx, es que los trabajadores se organicen y socialicen los
medios de producción (socialismo). Entonces, las ideas predemocráticas que
siguen existiendo no son solo predemocráticas en su orientación, sino también
premarxistas, un retorno al pensamiento anterior al descubrimiento de Marx del
funcionamiento de la plusvalía.
A lo largo
del siglo pasado, los debates en el seno de la tradición marxista evolucionaron
considerablemente. Uno de los principales ámbitos de discusión se centró en la
mejor de manera de clasificar los diversos vectores de desigualdad en el mundo
moderno. Se han identificado tres vectores principales: primero a lo largo de
las líneas de clase; segundo, a lo largo de las líneas de origen nacional; y
tercero, a lo largo de las líneas de jerarquías sociales (como las barreras
verticales de género, raza, casta y etnia). Estos tres vectores —clase, origen
nacional y jerarquías sociales— corren simultáneamente, aunque ha habido
diferencias de opinión acerca de cuál es más trascendental que los demás.
Los
marxistas que niegan el impacto del imperialismo en el mundo —lo que desbarata
la posibilidad de avance social para los pueblos del mundo colonizado y
semicolonizado— se empeñan en señalar el predominio de la clase como causa
principal de la diferenciación social. Esta línea de argumentación, aunque débil,
mantiene una influencia significativa en los sectores académicos de Europa,
Estados Unidos y otros países occidentales. La tradición del marxismo de
liberación nacional —que se inauguró con Vladimir Lenin y fue promovida por Mao
Zedong, Fidel Castro y otros— sostiene que el imperialismo juega un papel
fundamental en la estructuración del mundo y que primero se debe establecer la
soberanía nacional para construir la dignidad de los pueblos que sufren los
efectos de las estructuras coloniales y neocoloniales de acumulación. Las
luchas de las personas que han experimentado la dureza de las miserables
jerarquías sociales, pusieron de relieve un vector adicional que opera bajo la
forma del patriarcado, el racismo, las divisiones de casta y otras barreras sociales,
y enfatizaron la importancia de luchar contra esas jerarquías como clave para
establecer la dignidad humana. A pesar de las diferencias de opinión sobre cuál
de estos vectores debe priorizarse —origen nacional, clase o jerarquías
sociales— hay una amplio acuerdo en esta tradición de que deben combatirse las
tres.
Antes de la
Segunda Guerra Mundial y la era de la descolonización, el argumento a favor del
desarrollo social en todo el planeta simplemente no se tomaba en serio. Las
potencias imperiales negaban la humanidad y el potencial humano de sus súbditos
coloniales, por lo que el núcleo imperial no produjo una teoría del desarrollo
en ese periodo. La única teoría emergente del desarrollo procedía de los
movimientos anticoloniales, que plantearon que no había posibilidad de
desarrollo en las naciones subyugadas sin descolonización, porque el
imperialismo drenaba las riquezas de las colonias (un concepto desarrollado
primero por Dadabhai Naoroji, nacionalista indio y el autor de uno de los
textos clave de este periodo: Poverty and
Un-British Rule in India [Pobreza y dominio no británico en
India], 1901.
Durante y
después de la Segunda Guerra Mundial, se hicieron evidentes dos cambios claves
en el orden mundial: primero, las colonias ya no permitirían ser gobernadas
directamente por los centros imperiales, y segundo, los principales países
imperialistas —con Estados Unidos superando a Gran Bretaña como potencia
principal— empezaron a imponer un nuevo sistema financiero y de desarrollo
anclado en las instituciones financieras internacionales de Bretton Woods: el
Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial.
Las nuevas
naciones independientes de la posguerra se enfrentaron inmediatamente a
problemas clave que se anteponían a sus aspiraciones de desarrollo. El más
importante de ellos era la falta de acceso al financiamiento necesario para
llenar el inmenso vacío dejado por el drenaje de su riqueza durante siglos por
parte del núcleo imperial. Las instituciones financieras internacionales
impidieron que se aplicaran soluciones que abordaran estos problemas, negando
la existencia de presiones “externas” sobre las nuevas naciones y haciendo
hincapié en sus problemas “internos”. La dialéctica entre el proceso de
descolonización y la estructura neocolonial de la economía mundial configuró
los debates inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra Mundial y, de forma
diferente, sigue entorpeciendo las discusiones sobre la agenda de desarrollo.
Para
simplificar la discusión, es útil periodizar la posguerra en cuatro eras: la
era de la teoría de la modernización (1944-1970); la era del Nuevo Orden
Económico Internacional (1970-1979); la era de la globalización y el
neoliberalismo (1979-2008); y la era de transición en la que vivimos desde la
crisis financiera de los mercados occidentales de 2007-2008.
1.
La era de la teoría de la modernización (1944-1970)
La Conferencia de Bretton Woods de 1944
reconoció algunas limitaciones del manejo de la economía mundial por parte de
la arquitectura internacional, pero no identificó ningún problema importante
con la estructura neocolonial de la economía. Se empezó a hablar sobre recaudar
fondos para reconstruir Europa tras la Segunda Guerra Mundial, pero no hubo una
discusión comparable sobre la necesidad de “reconstruir” las naciones
recientemente liberadas en África, Asia y América Latina luego del saqueo del
colonialismo. A través de Bretton Woods, quedó claro que no se revisaría la
estructura de la economía mundial y que, aparte de la reconstrucción de Japón y
Corea del Sur ocupados por Estados Unidos, no se transferirían fondos en
condiciones favorables a las naciones poscoloniales (solo a Europa Occidental a
través de la inyección masiva de fondos del Plan Marshall). Ambas
características determinaron la labor del FMI y del Banco Mundial en los años
siguientes.
En 1960, W. W. Rostow publicó The Stages of Economic Growth: A
Non-Communist Manifesto [Las etapas del crecimiento económico: Un
manifiesto no comunista], cuyo título inmediatamente indicaba la orientación
anticomunista y antimarxista del libro y del autor. Rostow, que contribuyó a
dar forma al Plan Marshall y después fue asesor de seguridad nacional del
presidente estadounidense Lyndon B. Johnson, propuso un modelo que esbozaba
varias etapas de desarrollo social. Según Rostow, estas etapas comenzaban con
una “sociedad tradicional” que sería proyectada hacia un “despegue” del
crecimiento económico y un “impulso hacia la madurez” a través de la
industrialización y el surgimiento de una élite nacional, cuyo liderazgo transformaría
finalmente la antigua “sociedad tradicional” en una “sociedad de alto consumo
de masas”. De acuerdo con este modelo, la mayoría del Tercer Mundo estaba
simplemente estancada en la etapa de “sociedad tradicional”, una concepción
ahistórica que omitía completamente el hecho de que las sociedades en África,
Asia y América Latina habían sido empobrecidas por el robo colonial. Todos los
problemas de la “sociedad tradicional” eran internos (o culturales) y había que
descartar todos los problemas externos (como la desigual división internacional
del trabajo, producto del colonialismo). Para Rostow, garantizar que las nuevas
naciones independientes “resistieran a las seducciones y tentaciones del
comunismo” era “el punto más importante de la agenda occidental”. Con este fin,
Rostow abogaba por que Occidente utilizara la ayuda al desarrollo para disuadir
a los gobiernos del Tercer Mundo de las alternativas socialistas, inducirlos a
olvidar las críticas al orden neocolonial, y orientar su industrialización
hacia sectores que no fueran de interés comercial para las corporaciones
multinacionales domiciliadas en Occidente.
Las Naciones Unidas adoptaron el enfoque de la teoría de la
modernización durante el Primer Decenio de Desarrollo (1960-1970), evitando toda
mención a la estructura neocolonial de la economía mundial, a la vez que
instaban a los Estados miembros a “obtener y mantener el apoyo” de modo que los
países en desarrollo pudieran “acelerar el avance hacia una situación en la que
el crecimiento de la economía de las diversas naciones y su progreso social se
sostengan por sí mismos, de modo que en cada país insuficientemente
desarrollado se logre un considerable aumento del ritmo de crecimiento” (ONU,
1961: 20). La idea general era que los países anteriormente colonizados
pidieran préstamos a los organismos multilaterales y mercados privados de
capital para construir la infraestructura y la industria necesarias para su
modernización, y que las exportaciones generadas amortizarían las deudas
contraídas.
Las Comisiones Económicas de Naciones Unidas para América Latina (CEPAL)
y para Asia y el Lejano Oriente (CEALO)1 confrontaron
este argumento de los teóricos de la modernización, en ambos casos planteando
el punto —luego desarrollado por el secretario ejecutivo de la CEPAL, Raúl
Prebisch, en 1950— de que los términos de intercambio para los exportadores de
productos primarios con respecto a los exportadores de productos manufacturados
tendían a declinar con el tiempo, empobreciendo a los primeros (CEPAL, 1962
[1950]). En otras palabras, las comisiones económicas para América Latina y
Asia dejaron claro desde los primeros meses de la década de 1950 que el paradigma
de modernización que vendían las instituciones financieras internacionales
—lideradas por Estados Unidos y Europa— no lograrían provocar un “despegue” de
los países del Tercer Mundo. El punto de vista de Prebisch tuvo cierto éxito
entre los teóricos de la economía burguesa, así como entre una serie de
economistas del desarrollo que propusieron ideas como la “trampa del bajo nivel
de ingresos”, aunque, a diferencia de los economistas de la CEPAL y de la
CEALO, ninguno de esos grupos cuestionó la estructura neocolonial subyacente de
la economía mundial (incluida la dependencia de la exportación de materias
primas) (Leibestein, 1957 y Adelman, 1958).
Estas críticas a la teoría de modernización desde el Tercer Mundo
desembocaron en la creación de la Conferencia sobre Comercio y Desarrollo
(UNCTAD), en 1964, con Prebisch como su secretario general fundador. Su trabajo
y el de la UNCTAD, así como la aparición de nueva literatura contra la
arquitectura global neocolonial (especialmente el libro de Kwame Nkrumah, Neocolonialismo:
la última etapa del imperialismo en 1965), provocaron serias
discusiones en las capitales del Tercer Mundo y sus academias sobre las
limitaciones de la concepción de desarrollo de la teoría de la modernización y
su superficialidad teórica. Los debates académicos sobre la ausencia de
historia social en la teoría de la modernización y su incapacidad para apreciar
el robo de la riqueza de las colonias, junto con la influencia del argumento de
Prebisch sobre los “términos de intercambio”, condujeron a la creación de la
escuela de pensamiento de la teoría de la dependencia, que tenía secciones
tanto marxistas como desarrollistas.2 Fue
este reconocimiento de la inadecuación de la teoría de la modernización entre
los líderes políticos del Tercer Mundo lo que comenzó un debate de una década
sobre los factores externos que obstaculizaban el desarrollo de los países
antes colonizados, que a su vez condujo a la elaboración de un programa
denominado Nuevo Orden Económico Internacional. El trabajo intelectual y
político contra la teoría de la modernización produjo un serio desafío al
paradigma neocolonial, no solo dentro de las aulas universitarias y las oficinas
de las agencias internacionales, sino también en la sede de las Naciones Unidas
en Nueva York.
2.
La era del Nuevo Orden Económico Internacional (1970-1979)
En el seno de la UNCTAD, los países del
Tercer Mundo tomaron sus propias experiencias en relación con las limitaciones
de la teoría de la modernización y las combinaron con las ideas que extrajeron
de la teoría de la dependencia. Este proceso dio lugar a la publicación de
numerosos informes y estudios que enfatizaban en los factores externos que
estructuraban el fracaso de los países del Tercer Mundo para superar sus retos
internos. Estos factores externos incluían la escasez de financiamiento
disponible a tipos de interés favorables para construir la agotada
infraestructura en estos países; la falta de voluntad de Occidente para
transferir tecnología y ciencia al Tercer Mundo o para permitir un régimen
comercial (con aranceles y subsidios) que permitiera la industrialización y
diversificación de sus economías a menudo basadas en una solo producto básico;
y el fracaso de los Estados del Tercer Mundo para romper su cordón umbilical
económico con las antiguas potencias coloniales y sustituir esta relación de dependencia
por una mayor cooperación entre ellos. Ningún cambio interno significativo o
duradero —como la creación de capacidad técnica en su población a través de
educación universal, la construcción de instituciones estatales comprometidas
con la igualdad social y no con el mantenimiento de la ley y el orden, o el
desarrollo de normas en la vida pública para luchar contra la corrupción— sería
posible si el entorno neocolonial externo seguía agotando los recursos de los
Estados del Tercer Mundo.
Las conversaciones mantenidas en las reuniones de la UNCTAD y en el
Movimiento de Países No Alineados, establecido en 1961, empezaron a trazar una
agenda para la construcción de lo que sería conocido como el Nuevo Orden
Económico Internacional (NOEI). En octubre de 1970, la Asamblea General de la
ONU aprobó la resolución 2626, en la que se convocaba al Segundo Decenio de las
Naciones Unidas para el Desarrollo. En particular, como resultado de esta
presión del Tercer Mundo, la resolución señala que los Estados miembros de la
ONU “se comprometen individual y colectivamente, a seguir políticas diseñadas a
crear un orden económico y social mundial más justo y racional, en el que la
igualdad de oportunidades sea prerrogativa tanto de las naciones como de los
individuos que componen una nación”. La resolución declaró que se necesitaban
“cambios cualitativos y estructurales” y que “las diferencias existentes
—regionales, sectoriales y sociales— deben reducirse sustancialmente” (AG ONU,
1971: 44-45).
Esta resolución de la ONU estableció el marco para la tercera sesión de
la UNCTAD, que tuvo lugar en Santiago de Chile, entre abril y mayo de 1972,
donde el secretario general de la UNCTAD, Manuel Pérez Guerrero, señaló que los
países del Tercer Mundo “legítimamente desean una voz en las decisiones
monetarias mundiales que, de otra manera, podrían resultarles muy
perjudiciales. Y puesto que la mayor parte de sus ingresos del exterior
proviene de la venta de sus productos primarios, es obvio que consideren que
este es el campo más importante en el que la acción traería resultados
inmediatos y sustanciales” (UNCTAD, 1973). Estas dos cuestiones —toma de
decisiones en la política monetaria mundial y control sobre los precios de los
productos primarios— formaron dos pilares importantes del NOEI.
El 1 de mayo de 1974, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó
el NOEI, que consistía en un amplio conjunto de propuestas económicas fruto de
este debate de décadas sobre los factores estructurales heredados del
colonialismo, la importancia de trascender estas barreras y la parálisis
engendrada por la trampa endeudamiento-austeridad establecida por las
instituciones de Bretton Woods y su teoría de la modernización, que no produjo
el “despegue” prometido por Rostow. Los principios del NOEI siguen siendo
vitales en nuestros días, por lo que algunos de ellos merecen una reflexión
aquí:
- “La igualdad
soberana de los Estados (…) la no injerencia en los asuntos internos de
otros Estados (…) La plena y efectiva participación, sobre una base de
igualdad, de todos los países en la solución de los problemas económicos
mundiales”; y el derecho de cada país a adoptar el sistema económico y
social que considere más apropiado.
- La “plena soberanía
permanente de los Estados sobre sus recursos naturales y todas sus
actividades económicas” … La reglamentación y supervisión de las
actividades de las empresas transnacionales”.
- “El establecimiento
de relaciones justas y equitativas entre los precios de las materias
primas” (…) y otros productos que exporten los países en desarrollo (…) y
los precios de las materias primas” y otros productos que exporten los
países desarrollados.
- Reforzar la ayuda
internacional bilateral y multilateral para promover la industrialización
en los países en desarrollo, en particular proporcionando recursos
financieros suficientes y oportunidades para la transferencia de técnicas
y tecnologías apropiadas (ONU, 1974).
Unos pocos meses después, en octubre de
1974, en Cocoyoc, México, la UNCTAD y el Programa de las Naciones Unidas para
el Medio Ambiente se reunieron para un simposio en el que propusieron una nueva
concepción de desarrollo, que sirvió de base para el proyecto del NOEI:
Nuestra preocupación primordial consiste en definir de nueva cuenta los
propósitos globales del desarrollo. No debe tratarse del desarrollo de los
objetos sino del desarrollo del hombre. Los seres humanos tienen como
necesidades básicas el alimento, la vivienda, el vestido, la salud y la
educación. Cualquier proceso de crecimiento que no lleve a la plena
satisfacción de estas necesidades, o peor aún, que obstruya cualquiera de
ellas, es en realidad, una parodia de la idea del desarrollo (PNUMA, 1974).
Esta visión inspiradora y esperanzada de la humanidad y del futuro no se
pudo establecer debido a varios procesos adversos y complementarios, incluidos:
- Un ataque político
de los países del recientemente establecido Grupo de los 7 (G7) (Canadá,
Francia, Italia, Japón, Reino Unido, Estados Unidos y Alemania
Occidental), creado en 1975 para hacer frente al desafío planteado por el
NOEI. El G7, que surgió en un contexto en el que los países productores de
petróleo del Tercer Mundo habían construido en la década anterior una
organización conocida como la Organización de Países Exportadores de
Petróleo (OPEP), que flexionó sus músculos para provocar la crisis del
petróleo de 1973. La OPEP fue la primera de varias organizaciones en torno
a productos básicos que otorgaron a los países que los producían poder
sobre la fijación de precios frente a las corporaciones multinacionales,
que de otro modo establecían los precios en contra de los países
productores y exportadores de esos productos.
- Un ataque económico
contra los países del Tercer Mundo a través del shock Volker (1979-1987),
cuando Estados Unidos subió bruscamente las tasas de interés, lo que
espoleó la crisis permanente de la deuda del Tercer Mundo.
- El uso que el FMI y
el Banco Mundial hicieron de la crisis de la deuda del Tercer Mundo,
exigiendo a los países que necesitaban préstamos para cubrir problemas en
su balanza de pagos a corto plazo que aplicaran amplias políticas de
ajuste estructural como una condición para recibir financiamiento. Estas políticas
impusieron severos recortes al financiamiento de los programas de
bienestar social, a la par que promovían un régimen general de austeridad,
atrapando a menudo a los países del Tercer Mundo en una trampa de
endeudamiento-austeridad. Esto debilitó las agendas de desarrollo de esos
gobiernos y su poder político en la escena mundial.
- La desarticulación
del modo de producción fordista y del sistema de fábricas, y la creación
de cadenas de producción globales y fragmentadas, un proceso posibilitado
por los nuevos avances en las tecnologías de comunicación y transporte,
así como por las nuevas leyes sobre derechos de propiedad intelectual
establecidas en la ronda final del Acuerdo General sobre Comercio y
Aranceles, entre 1986 y 1994.3
- El asalto del
agronegocio a los pequeños agricultores y campesinos en los países en
desarrollo (profundizado por los subsidios concedidos al agronegocio en
los países desarrollados) y el surgimiento de una cadena de suministro
mundial subcontratada, que debilitó a la clase obrera y al campesinado en
la lucha de clases mundial y planteó nuevos y significativos obstáculos
para la organización sindical. Además, esto significó que estrategias de
desarrollo como la nacionalización ya no funcionaban como antes.
Estos acontecimientos socavaron a las
fuerzas progresistas en el Tercer Mundo y condujeron a la marginalización
gradual del debate sobre el NOEI, sentando las bases para el ascenso a la
hegemonía de la política y la teoría neoliberal.
3. La era de la globalización y el
neoliberalismo (1979-2008)
En
diciembre de 1980, la Asamblea General de la ONU aprobó una resolución para
establecer el Tercer Decenio de las Naciones Unidas para el Desarrollo. Esta
resolución dice que los Estados miembros de la ONU “reafirman solemnemente su
determinación de establecer un nuevo orden económico internacional” y declaró
que “el objetivo último del desarrollo es el aumento constante del bienestar de
toda la población, sobre la base de su participación plena en el proceso de desarrollo
y de una distribución justa de los beneficios derivados de este” (AG ONU, 1980:
113). Sin embargo, el deterioro de la agenda de desarrollo ya había empezado a
hacerse evidente. Nuevos términos entraron en el vocabulario de esta resolución
de la ONU, como “liberalización del comercio” y “ajuste estructural”, que
habían sido introducidos en las discusiones mundiales por el FMI. Por ejemplo,
la resolución señala: “Todos los países se comprometen con un sistema de
comercio abierto y en expansión, a fomentar la ‘liberalización del comercio’ y
promover los ‘ajustes estructurales’ que faciliten la realización dinámica de
las ventajas comparativas» (Ibíd.: 117).
A pesar del
guiño simbólico al NOEI, estaba claro que, bajo la presión de los crecientes
índices de endeudamiento (que estallarían dramáticamente cuando México se
declarara en bancarrota en agosto de 1982), cada vez más Estados del Tercer
Mundo habían empezado a adoptar las ideas monetaristas que aparecieron en los
departamentos de economía estadounidenses, inspiradas en la obra de Milton
Friedman. Bajo presión del gobierno estadounidense, la dirección de las
principales instituciones financieras internacionales se entregó a estos
monetaristas, que se opusieron al NOEI y comenzaron a promover la idea de que
el desarrollo no debía enmarcar los debates mundiales, sino que era un problema
de los gobiernos individuales. Por ejemplo, William Hood —que trabajó
brevemente en la universidad de Chicago— asumió el cargo de economista jefe del
FMI en 1979, mientras que Anne Kruger —una defensora del neoliberalismo de
Friedman— se convirtió en economista jefa del Banco Mundial en 1982. Una década
más tarde, el economista del desarrollo John Toye calificó esta dinámica de
erosión del NOEI como una “contrarrevolución” (Toye, 1987; Prashad, 2012).
Los debates
en la teoría del desarrollo se silenciaron a medida que la correlación de
fuerzas se volvió adversa a cualquier sugerencia de cambio en las estructuras
neocoloniales de la economía mundial. Los países del Sur Global que enfrentaban
el enorme peso de la deuda —especialmente en África y América Latina— se
apresuraron a recortar el gasto público, reducir los subsidios, liberalizar los
mercados internos y frenar los salarios, un conjunto de políticas que
desinflaron sus economías y condujeron a lo que se conoce como la década
perdida del desarrollo. Presionados para pasar de la sustitución de
importaciones al fomento de las exportaciones, muchos de estos países
simplemente comenzaron a exportar más y más de sus productos primarios, o bien
a liberalizar sus economías para permitir que las corporaciones multinacionales
establecieran eslabones de la cadena de producción global de commodities dentro de sus
fronteras, con mínimo control regulatorio.4
Las
doctrinas del FMI y del Banco Mundial comenzaron a dar forma a los debates
sobre desarrollo con las voces marxistas y de liberación nacional restringidas
a los márgenes, relegadas a ser figuras críticas en lugar de líderes del
debate. Las instituciones financieras internacionales y las Naciones Unidas
realizaron algunas intervenciones llamativas: por ejemplo, el Banco Mundial
señaló —por primera vez— que aunque la pobreza podría reducirse, la
erradicación de la pobreza y ya no iba a ser posible, mientras que en diciembre
de 1990, la resolución del Cuarto Decenio de las Naciones Unidas para el
Desarrollo enfatizó la necesidad de «facilitar un franco intercambio de ideas,
así como respuestas flexibles a las transformaciones de la economía mundial» en
el contexto de la aceleración de la globalización (AG ONU, 1990: 140; Banco
Mundial, 1990). Ese mismo año, la URSS se derrumbó y las fuerzas de la
globalización neoliberal avanzaron sin freno.
La
situación era grave. El Informe de 1993
sobre la situación social en el mundo, encargado por la Asamblea
General de la ONU para evaluar la aplicación de la Declaración sobre el
Progreso y el Desarrollo en lo Social (1989), señaló que, aunque las metas de
la declaración no han cambiado,
“las
prioridades, los enfoques y los énfasis se han revisado y renovado, a medida
que se ha profundizado la comprensión de las fuerzas que subyacen al
desarrollo. Así, se hace énfasis en ayudar a los países receptores a fortalecer
su capacidad institucional para sostener el proceso de desarrollo” (ONU, 1993).
Lo que la
ONU estaba diciendo ahora —en concordancia con las opiniones del Banco Mundial
y del FMI— era que los factores externos no serían el centro de atención cuando
se tratara de cuestiones de desarrollo del Tercer Mundo. Más bien, se pondría
énfasis en las reformas internas, como terminar con los regímenes de
subsidios-aranceles (liberalización del comercio) y eliminar las protecciones
de las y los trabajadores (liberalización del mercado laboral). La agenda para
el siguiente periodo sería atajar la corrupción, promover la “buena gobernanza”
y enfatizar en los derechos humanos en términos políticos pero no laborales.
Las
organizaciones financieras internacionales se centraron en los avances logrados
por varias economías del noreste de Asia, como los Cuatro tigres asiáticos
(Hong Kong, Singapur, Corea del Sur y Taiwán), para argumentar que el
crecimiento endógeno era posible en todo el Tercer Mundo, ya sea a través del
modelo de promoción de exportaciones o emulando los “valores asiáticos” que se
decía que permitieron a esos países “despegar” a pesar de condiciones externas
adversas (Banco Mundial, 1993; Stiglitz, 1996).5 Los
factores que proporcionaron una ventaja para el crecimiento de esas economías,
incluidos su pequeño tamaño, los largos periodos de dictadura que restringieron
los derechos laborales, el menor gasto militar que exigía estar bajo el
paraguas imperialista estadounidense, los términos más favorables de comercio e
inversión que les concedía Estados Unidos y la amplia intervención estatal en
la economía que se les permitía, no se abordaban en estos textos, escritos en
gran medida como críticas al NOEI (Patnaik, 1997). En lugar de ello, “el
milagro del Sudeste asiático” se usó como arma para inducir a otros Estados del
Sur Global a liberalizar sus mercados laborales y sus procedimientos
comerciales transfronterizos (Banco Mundial, 1994).
En este
periodo, las discusiones sobre desarrollo no se centraron en el NOEI o en las
estructuras neocoloniales de la economía mundial, sino en la cuantificación de
las necesidades básicas y en la obligación de los Estados —a pesar de su falta
de recursos— de cumplir determinados objetivos. Esto se estableció en la
Declaración del Milenio (2000) y en la Agenda 2030 para el Desarrollo
Sostenible (2015) que, respectivamente, establecieron los ocho Objetivos de
Desarrollo del Milenio (ODM) y los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS),
todos ellos basados en el trabajo técnico desarrollado por el Proyecto de
Indicadores de Desarrollo Humano (1990) del Programa de las Naciones Unidas
para el Desarrollo y por los objetivos de desarrollo internacional de la
Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (1996).
Ninguno de
estos objetivos consideró los factores externos que suprimen las posibilidades
de desarrollo (como la permanente crisis de la deuda), ignorando totalmente las
políticas de ajuste estructural del FMI y la trampa endeudamiento-austeridad, y
sin proponer un camino sostenible para construir la riqueza social necesaria
para alcanzar estos hitos. Como dijo el Banco Mundial en 1996, la planificación
era obsoleta, y los gobiernos del Sur Global tenían que poner su fe en los
mercados para aumentar las tasas de crecimiento y el financiamiento público
necesario para lograr los ODM y los ODS (Banco Mundial, 1996). En el transcurso
de las décadas recientes, pocos países en el Sur Global han sido capaces de
alcanzar apenas un puñado de los ODS. La crisis financiera de 2007-2008, la
pandemia con su punto álgido entre 2020 y 2022, y la guerra en Ucrania no han
hecho sino provocar nuevos retrocesos en los objetivos.
4.
La era de la transición en los cinco controles (2007 a la actualidad)
La crisis de los mercados financieros
occidentales de 2007-2008, desencadenada por una corrida bancaria provocada por
el quiebre del mercado hipotecario en Estados Unidos, hizo mella en la
confianza de la agenda neoliberal. Los países del Sur Global —especialmente los
grandes países en desarrollo, incluida China— comenzaron a reconsiderar su
dependencia de Estados Unidos, que había sido el comprador de última instancia.
Esta toma de conciencia de la debilidad fundamental del mercado interno
estadounidense y la vulnerabilidad de las redes financieras occidentales
provocó varios cambios prácticos en el Sur Global, dos de los cuales son
especialmente importantes de resaltar.
1.
Los grandes Estados en desarrollo
—Brasil, China, India, Rusia y Sudáfrica— se articularon para formar el bloque
BRICS en 2009 y, junto con Indonesia, México, Nigeria y otros, comenzaron a
contemplar la reactivación de la agenda de desarrollo Sur-Sur. Estos acontecimientos
conllevaban la promesa de la futura creación de un nuevo sistema de comercio y
desarrollo, con el Nuevo Banco de Desarrollo como ancla, y de un nuevo sistema
monetario y financiero, incluido un sistema de transferencias bancarias del
Sur. La agresiva política de sanciones de Washington que expulsó a decenas de
países del sistema financiero dominado por Occidente supuso un ímpetu adicional
para esta evolución. Esta reactivación de la agenda Sur-Sur dio lugar a una
oleada de nueva literatura, compuesta en su mayor parte por informes técnicos
sobre cómo construir la infraestructura necesaria para este tipo de desarrollo.
Hasta el momento, no ha surgido una teoría del desarrollo propia de esta agenda
Sur-Sur. Las Naciones Unidas crearon una Oficina de Cooperación Sur-Sur en
2013, cuyo mandato se limita a impulsar la labor de los ODS. No existe una
evaluación más profunda de la necesidad de construir planes nacionales o
regionales de desarrollo, ni ninguna claridad conceptual sobre lo que significa
la cooperación Sur-Sur más allá de un aumento en el comercio dentro del Sur.
2.
El paradigma de desarrollo chino cambió
radicalmente, sobre la base de los avances de su producción industrial,
especialmente en inteligencia artificial, biotecnología, tecnología verde,
trenes de alta velocidad, computación cuántica, robótica y telecomunicaciones.
El gobierno de China aplicó medidas para aumentar el mercado interno (a través
de la erradicación de la pobreza absoluta y de la estrategia de desarrollo “Go
West” [Ir al oeste] para sus provincias occidentales) y para construir nuevas
redes para el comercio y el desarrollo a través de la política de Una Franja
Una Ruta que comenzó en 2013 y pasó a llamarse Iniciativa de la Franja y la
Ruta (IFR) en 2016.6 La
rápida expansión de la política comercial de China y su énfasis en la creación
de organizaciones regionales y multilaterales, incluido el Foro de Cooperación
China-África (fundado en 2000) y la Organización de Cooperación de Shanghái
(fundada en 2001), dieron lugar a la creación del mayor bloque de comercio del
mundo, la Asociación Económica Integral Regional, que entró en vigor en 2022.
China es ahora el principal socio comercial de la mayoría de los países del Sur
Global. Se están desarrollando las teorías sobre esta expansión y su impacto,
pero la bibliografía hasta el momento es sobre todo descriptiva.7
En lugar de involucrarse en los rápidos
cambios en el comercio y el desarrollo mundiales o abordar los procesos
históricos reales que subyacen a ellos, Estados Unidos y sus aliados están
llevando a cabo una agenda política y militar para revertirlos, que ha sido
denominada por algunos como Nueva Guerra Fría (Prashad et. Al., 2022).8 Liderada
por Washington, esta agenda intenta agresivamente bloquear o retrasar los
avances económicos chinos y los nuevos programas Sur-Sur mediante políticas
hostiles de tipo bloque, desacoplamiento económico forzado y militarización
desenfrenada, lo que ha desestabilizado el mundo. Es como si los principales
países occidentales se hubieran rendido ante el hecho de que no pueden competir
con el crecimiento económico de China y con los proyectos Sur-Sur de comercio y
desarrollo. Debido a su fracaso para competir económicamente, Occidente ha
intentado desbaratar estos avances recurriendo a su superioridad militar.
Cualquier teoría del desarrollo del presente debe dar cuenta de esta Nueva
Guerra Fría, que está socavando los esfuerzos para abordar los problemas más
urgentes del Sur Global.
En la actualidad se postulan una serie de teorías del desarrollo, pero
pocas de ellas capturan la totalidad y la gravedad de nuestra realidad
contemporánea. Académicos de la escuela del “posdesarrollo” —incluyendo a
Arturo Escobar, Gustavo Esteva y Aram Ziai— devuelven el debate al terreno
local, con enfoque del tipo “lo pequeño es bello” que ignora la escala del
problema y las restricciones de los Estados y los movimientos para construir
una agenda que vaya más allá de lo local. Si bien dicho enfoque aporta ideas
clave sobre el desarrollo a pequeña escala, opera en el terreno del
“neoliberalismo desde abajo”. Quienes siguen atrapados por la religión del
neoliberalismo, incluidos los economistas del FMI, repiten los viejos dogmas
del ajuste estructural y la buena gobernanza, ahora plasmados en un nuevo
vocabulario pero con los mismos argumentos intactos. Pocas personas de quienes
escriben hoy sobre desarrollo parten de los hechos y construyen teoría a partir
de ellos; en cambio, demuestran una actitud religiosa hacia sus teorías, las
cuales imponen a la realidad.
Empezar por los hechos requeriría un reconocimiento de los problemas de
la deuda y la desindustrialización, la dependencia de las exportaciones de
productos primarios y la realidad de los precios de transferencia y otros
instrumentos empleados por las corporaciones multinacionales para exprimir
regalías de los Estados exportadores, las dificultades para implementar
estrategias industriales nuevas y amplias, y para desarrollar las capacidades
tecnológicas científicas y burocráticas en las poblaciones de la mayor parte
del mundo. Estos hechos han sido difíciles de superar para los gobiernos en el
Sur Global, aunque ahora —con el surgimiento de las nuevas instituciones
Sur-Sur y las iniciativas globales de China— estos gobiernos tienen más
opciones que en las décadas pasadas y ya no dependen tanto de las instituciones
financieras y de comercio controladas por Occidente. Estas nuevas realidades
exigen la formulación de nuevas teorías del desarrollo, nuevos análisis de las
posibilidades y caminos para trascender los hechos persistentes de la miseria social.
En otras palabras, lo que se ha vuelto a poner sobre la mesa es la necesidad de
planificación nacional y cooperación regional, así como la lucha para producir
un mejor entorno exterior para las finanzas y el comercio.
El surgimiento de instituciones de cooperación Sur-Sur y el proyecto de
la IFR ofrecen nuevas oportunidades para que los movimientos socialistas y los
proyectos gubernamentales trabajen juntos para proporcionar una nueva teoría
socialista del desarrollo. Esta teoría debe abordar los “cinco controles”, tal
y como los define Samir Amin (1996; Tricontinental, 2018), que continúan
limitando la agenda de desarrollo, y debe encontrar mecanismos para hacerse con
el control de estos ámbitos:
1.
Control de los recursos naturales. La mayor parte de los recursos primarios para la producción industrial
se encuentran en África, Asia y América Latina, pero el control de esos
recursos lo ejercen sobre todo las corporaciones multinacionales occidentales,
sea por propiedad directa, o a través del control de la cadena de commodities.
La nacionalización de estos recursos, el principal instrumento de la era
anterior, ya no es suficiente. Como estos países o regiones no tienen el
potencial industrial para aprovechar sus recursos primarios, se ven obligados a
venderlos en lugar de producir y luego vender productos más desarrollados, con
valor agregado. ¿Cuáles son los medios disponibles para controlar y explotar
los recursos naturales? La respuesta a esta pregunta servirá de base para
cualquier nueva teoría del desarrollo.
2.
Control de los flujos financieros. La mayoría de países en desarrollo son incapaces de generar las altas
tasas de ahorro necesarias para producir una acumulación de capital interno.
Esto se debe sobre todo a que su riqueza interna es limitada y está
desigualmente distribuida, y los ricos utilizan su poder político para negarse
a pagar impuestos, ocultando en cambio su riqueza en paraísos fiscales
ilícitos. Además, las empresas multinacionales utilizan diversos mecanismos
opacos (precios de transferencia, por ejemplo) para extraer ganancias de los
países en desarrollo por billones de dólares. Establecer un control sobre los
recursos nacionales mediante controles de capital y una mejor gestión fiscal y
obtener financiación en condiciones favorables son aspectos necesarios para
ejercer un control sobre los flujos financieros. ¿Pueden los países en
desarrollo utilizar las nuevas fuentes de financiamiento externo que están
emergiendo, como el Banco Popular de China o el Nuevo Banco de Desarrollo, y no
solo las fuentes controladas por Occidente, como el Banco de Londres, para
ejercer control sobre los mercados financieros?
3.
Control de la ciencia y la
tecnología. Debido a las antiguas historias
coloniales y a los nuevos regímenes de propiedad intelectual, muchos países en
el Sur Global luchan por desarrollar instituciones científicas y tecnológicas
propias. Por ello se ven obligados a pagar grandes cantidades para obtener
tecnologías y conocimiento técnico en el exterior y, a menudo, sus jóvenes más
brillantes se marchan a países occidentales para estudiar y hacer sus vidas. En
otras palabras, la falta de control del Sur sobre la ciencia y la tecnología
provoca tanto una hemorragia de recursos como una fuga de cerebros. ¿Pueden los
planes nacionales y regionales de desarrollo encontrar mecanismos para insistir
en la transferencia de ciencia y tecnología?
4.
Control del poder militar. Los Estados miembros de las Naciones Unidas gastan cada año más de 2
billones de dólares en armamento, de los cuales la mitad corresponde a Estados
Unidos (SIPRI, 2022). Los vendedores de armas están ubicados en un puñado de
países y Estados Unidos alberga a un número desproporcionado de ellos. Los
países en desarrollo que no han conseguido resolver las disputas fronterizas
con sus vecinos, que tienen problemas de seguridad interna o que se enfrentan a
la siempre acechante amenaza exterior de un cambio de régimen gastan enormes
cantidades de su preciada riqueza social en armas. A menudo sucede que, al
comprar esos sistemas de armas, se vern inmersos en la agenda militarizada del
imperialismo. ¿Es posible que una nueva agenda de desarrollo incluya una
iniciativa internacional para limitar el gasto militar, exigir a las grandes
potencias que no intensifiquen los conflictos y crear y ampliar zonas de paz?
5.
Control de la información. En 1980 el Informe MacBride de la UNESCO, Voces múltiples, un
solo mundo advirtió sobre el control monopólico de la información, con
monopolios localizados sobre todo en los Estados occidentales. Ahora, casi 50
años después, la concentración de poder sobre la información es aún más
dramática, ya que un puñado de empresas occidentales —Google, Facebook (Meta) y
Twitter—controlan la arquitectura de los flujos de comunicación e información
(Prashad, 2023). Ninguna agenda de desarrollo ha reconocido suficientemente
tanto la importancia del control de la información como la necesidad de
educación mutua entre pueblos acerca de sus respectivos mundos culturales y
políticos. ¿Podría una nueva teoría del desarrollo socialista enfatizar la
importancia de la información, y podrían estas nuevas redes Sur-Sur y de la IFR
crear nuevos canales de información para promover la comunicación honesta y la
transferencia de información en el mundo en desarrollo? (ALBA-TCP y
Tricontinental, 2021).
Estas preguntas deben estar sobre la
mesa mientras construimos una nueva teoría del desarrollo en el presente.
Cualquier teoría de este tipo debe desarrollar un camino para que los
movimientos, los Estados y las regiones establezcan su propio control sobre
estos cinco ámbitos, sin dejarse dominar por fuerzas externas e imperialistas.
Notas
1 Actualmente,
Comisión Económica para América Latina y El Caribe (CEPAL), ECLAC por su sigla
en inglés y Comisión Económica y Social para Asia y el Pacífico (CESPAP), ESCAP
por su sigla en inglés.
2 Entre
los primeros textos clave que criticaban la literatura de la dependencia desde
un punto de vista marxista se encuentran The Political
Economy of Growth [La economía política del crecimiento] de
Paul Baran y Formação econômica do Brasil de
Celso Furtado.
3 Para
más información sobre la desarticulación de la producción, véase: Instituto
Tricontinental de Investigación Social. En las ruinas
del presente, Documento de trabajo nº 1, 2018.
4En términos
simplificados, la sustitución de importaciones es una estrategia económica que
pretende sustituir las importaciones extranjeras por la producción nacional,
dando prioridad a la protección, la incubación y el desarrollo de nuevas
industrias. La promoción de las exportaciones se refiere a una estrategia
económica que prioriza la exportación de bienes para los que un país tiene una
«ventaja comparativa» y una mayor apertura al comercio internacional.
5 Y
varios estudios del Korea Development Institute.
6 Para
más información sobre la erradicación de la pobreza absoluta en China, véase el
primer estudio de la serie Socialismo en construcción del Instituto Tricontinental
de Investigación Social. Servir al
pueblo: La erradicación de la extrema pobreza en China, 2021 .
7Para
comenzar, se recomienda la serie de siete volúmenes titulada Five Years of the Belt and Road Initiative [Cinco
años de la Iniciativa de la Franja y la Ruta], publicada por el Instituto
Chongyang de Estudios Financieros de la Universidad Renmin de China y Foreign
Language Press (2019) y New Silk Road,
New Thinking [Nueva Ruta de la Seda, Nuevo Pensamiento], una
colección publicada por Foreign Language Press (2018).
8 Para
más detalles, visitar https://nocoldwar.org/.
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Press, 1958.ALBA-TCP, Instituto Tricontinental de Investigación Social e
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Fuente: https://thetricontinental.org/es/dossier-66-nueva-teoria-desarrollo/