Nicolas Truong / Periodista
Esther
Peñas 2/06/2023
El periodista Nicolas Truong posando para la
cámara de Manolo Finish.
Bruno
Latour (1947-2022) fue uno de los pensadores franceses más versátiles e
influyentes. Un auténtico intelectual. Formado en filosofía y en antropología,
sus propuestas en materia de ecología política se convirtieron en una
referencia de autoridad. Hábil (y entusiasta) conocedor de los procesos de
investigación científica, alborotó la visión convencional de la ciencia basada
en el dualismo naturaleza y sociedad, abordando distintos asuntos: la
transformación de la lucha de clases marxista, la interrelación entre lo humano
y lo que no lo es, la sociedad como proceso en constante construcción, el fin
de la modernidad… al tiempo que hacía apología de lo colectivo, y de concretar
el compromiso ecologista. El periodista Nicolas Truong (París, 1967), que acaba
de publicar sus largas conversaciones con el filósofo en el libro Habitar la Tierra (Arcadia),
profundiza para CTXT en su pensamiento.
Su teoría más conocida, la “del actor-red”, resulta un
planteamiento metodológico y epistemológico que propone estudiar la realidad
desde un mapeo de las relaciones que son simultáneamente materiales (entre
cosas) y semióticas (entre conceptos) y que, a su vez, involucran a personas,
sus ideas y tecnologías, a las que hay que analizar en su conjunto. ¿Esta es la
aportación más importante de Latour, un pensador de enorme influencia, sobre
todo entre los jóvenes?
En
el último periodo de su trayectoria es cuando hizo entender al gran público,
sobre todo, como dices, a los más jóvenes, la que considero que es su mayor
aportación, la idea de que vivimos en un mundo distinto, nuevo. La densidad de
su pensamiento hace de difícil acceso sus libros, por eso me concedió estas
entrevistas en las que habla de ámbitos que a él le preocupaban y le
interesaban: el derecho, la religión, la ciencia, la técnica y las tecnologías…
pero, a mi juicio, su gran contribución es hacernos entender que estamos en una
tierra nueva.
¿Qué nos falta para ser realmente modernos?
Ese
es uno de los pensamientos paradójicos de Latour, que decía que nunca hemos
sido modernos. No lo somos porque, aunque lo pensábamos, no es posible vivir de
manera independiente a la naturaleza. Los modernos trazaron una diferencia
radical entre el hombre y la naturaleza, pero Latour demostró que eso resultaba
una falacia. Galileo explicó lo que implicaba para el hombre mirar hacia el
cielo, el sol y el universo, y los exhortó a que lo hicieran; Latour afirmó que
se trata de lo contrario, de bajar los ojos y mirar la tierra. No al planeta,
no al globo terráqueo, sino a la pequeña película de tierra en la que vivimos.
Tenemos que vivir preocupados por ese pedazo de tierra, porque somos los seres
vivos quienes crean sus condiciones de vida. Y aquí enlazamos, de nuevo, con
esa idea que transmitió, especialmente a las jóvenes generaciones, de que el
mundo había cambiado, hasta el punto de que ya no era el mismo. La formuló de
manera muy singular pero también colectiva.
Latour es uno de los más estimulantes pensadores de lo
colectivo. De hecho, una de sus afirmaciones más sugerentes es la de que “la
sociedad no existe”, sino que hay que construirla continuamente, como si fuera
una asociación, entre todos.
Sí,
trabajaba siempre en grupo. En el Instituto de Estudios Políticos creó muchos
grupos de trabajo e investigación, consideraba que hacían falta distintas
perspectivas y el compromiso de todos para cambiar las cosas, para conocerlas.
Entendía esta nueva ecología desde lo colectivo, pero trabajaba en grupo
también porque estaba convencido de que la figura del filósofo que divulga sus
conocimientos de manera vertical ya no tenía sentido; de lo que se trata, a su
juicio, es de crear un intelecto colectivo. En esto se parecía mucho al
sociólogo Pierre Bourdieu. Eran muy críticos el uno con el otro, pero ambos
apostaron por lo colectivo. El éxito de Bruno Latour viene de su manera de
entender y explicar la ecología, y llegó a ella habiendo estudiado filosofía y
viniendo de una familia burguesa que se dedicaba al negocio del vino. Los
filósofos trataron de reducir el mundo a un principio, a una síntesis; las
religiones, a un solo dios; los medios de comunicación, a un titular. Pero el
mundo no se puede reducir a una sola cosa. Esto lo vio muy claro Latour, que
conocía su complejidad y la multitud de matices que se derivan de las
relaciones entre quienes lo forman. Para explicar esto, escribe su libro Nunca fuimos modernos. Ensayo sobre
antropología simétrica, donde opta por un realismo constructivista
en el que los hechos científicos se elaboran en el laboratorio, dado que se
parte de hechos experimentales. Lo que hace Latour es aplicar a los científicos
los mismos métodos que etnólogos y antropólogos utilizan para conocer los pueblos
africanos, demostrando que la ciencia es algo muy particular que tiene
controversias, que requiere de bricolaje, que las cosas más mundanas también
suceden en los laboratorios y que, fruto de la interacción de todas esas
variables, surgen las verdades científicas. Se da cuenta de que vivimos
estableciendo vínculos muy fuertes con objetos y cosas que no son humanas:
animales, aparatos, etc. Él admiraba la tecnología, la veía como una aliada.
Pero siempre acababa en el mismo punto: la tierra que habitamos ya no es la que
conocimos. Por eso retoma el concepto de Gaia, para personificar la Tierra,
para evidenciar que es imposible la no interdependencia entre sujeto y objeto.
No fue el amor a los grandes espacios naturales lo que le llevó a la ecología,
sino el estudio de ese intercambio entre lo humano y lo no humano. La pandemia
no hizo más que evidenciar lo que él llevaba años anunciando: que no es posible
la separación entre cultura y naturaleza, como pensaban los filósofos modernos
con ese error de perspectiva.
Imbricado en la idea de que, iniciada la era del Antropoceno,
“ya no habitamos la misma tierra”, Latour aseguró que el reto del pensamiento
político reside íntegramente en la cuestión ecológica. ¿Todo se reduce, pues, a
una cuestión ecológica?
En
efecto, así lo pensaban Latour y otros pensadores como el antropólogo Descola,
cuyo trabajo sobre los pueblos indígenas de la Amazonía conocía bien Latour.
Todos los conflictos a los que nos enfrentamos hoy tienen que ver, de una
manera u otra, con la habitabilidad del planeta. Pero no sólo en zonas lejanas,
desertificándose a marchas forzadas. Pensemos
en los gravísimos conflictos de Sainte-Soline, en el centro-oeste de
Francia, donde miles de ciudadanos protestaron contra la construcción de
infraestructuras de almacenamiento de agua porque se oponían a que un bien como
el agua quede en manos de la agroindustria. Fue un conflicto muy violento, con
más de doscientos heridos, dos personas en coma, y otra que está aún entre la
vida y la muerte. Es el primer gran conflicto europeo que tiene que ver con la
adaptación al calentamiento global; no se trata de una autopista que daña la biodiversidad,
no se trata de elegir entre la energía nuclear o la eólica, se trata de escoger
un modelo ecológico.
¿Por qué la ecología es, según Latour, la nueva lucha de
clases y qué la distingue de la lucha de clases clásica?
Él
apostaba por el surgimiento de una nueva clase social, una clase geosocial,
ecológica, del mismo modo que en el XIX aparecieron socialistas o liberales.
Esa nueva clase recompondría la lucha clásica, porque para defender un río,
ejemplo que ponía Latour, esa nueva clase podría aliarse con socios que quizás
eran enemigos en la antigua lucha social. La lucha de clases, hoy, es una
cuestión de habitabilidad del planeta, más allá de la pobreza o la desigualdad.
Latour supo ver que las fuerzas de producción son fuerzas de destrucción. En
eso se distingue de la lucha de clases clásica. Tanto los liberales como los
marxistas defienden las fuerzas productivas. En esa lucha entre burgueses y
proletarios, Marx veía la resolución en el control por las clases obreras de
las fuerzas de producción. Latour sabe que la cuestión no es el reparto del
fruto de las producciones, ni quién tiene las fuerzas de producción, sino el
hecho de que las fuerzas de producción destruyen, y que hay que neutralizarlas.
Él me decía que a veces no escribía porque sabía que el simple acto de utilizar
su ordenador y su teclado repercutía en el deshielo. “Si escribo se funde un
glaciar en alguna parte del mundo”, me decía. Era muy consciente del nivel de
interrelación de las cosas. Constantemente, tanto él como sus colaboradores y
discípulos demostraban estos vínculos. Por ejemplo, el bolígrafo con el que
estás tomando notas de lo que digo, Latour lo hubiera vinculado a una mina
situada en algún país lejano, a la generación de plástico que causa su
producción, etc. En el consumo, siempre hay interdependencias que repercuten
degradando el planeta. Un río contaminado no sólo compromete a los animales que
viven a su alrededor, a los humanos, también a las plantaciones de soja en
Brasil, a la generación de residuos, etc. Por eso toda cuestión política a día
de hoy es ecológica. No es quién controla la producción sino la producción
misma lo que destroza el planeta. Este es un pensamiento revolucionario. La
cuestión es cómo prosperar al tiempo que se mantienen las condiciones
habitables del planeta. Es todo un reto.
¿De dónde sacar “la fuerza de no ceder ante la angustia ni la
catástrofe” en lo que respecta a la emergencia climática?
Tienes
razón, cuando escuchamos noticias sobre el cambio climático, oscilamos entre el
miedo y el aburrimiento, quizás porque los medios de comunicación sienten una
fascinación por enumerar las catástrofes, les “encanta” hablar de la
desaparición de especies, de la formación de islas de residuos de plástico,
pero no entran a fondo en qué causa todo ello. Latour desconfiaba de las
manifestaciones o movilizaciones del tipo “salvemos el planeta”; el planeta es
algo muy abstracto, él prefería que cada cual se movilizara por aquello que
conocía bien, por las zonas verdes de sus barrios, contra la gentrificación de
los mismos, en protestar por la construcción de grandes centros comerciales…
Es decir, centrar la lucha y no dispersarla.
Sí,
Latour era pragmático y concreto. Defendamos este río. Este parque. Este
barrio. De este modo, la gente se involucra mucho más.
¿Por eso rescata los cuadernos de quejas de la Revolución
Francesa, para incitar a cada ciudadano a describir cómo, dónde y de qué vive,
pero no quedarse en la queja?
Sí,
exacto. Lo primero que tiene que hacer un ciudadano es saber de qué vive,
cuáles son los vínculos que establece, cómo es el lugar en el que está. Hay que
encontrar una causa con la que comprometerse en lo personal y defenderla desde
lo colectivo. Y hacerlo a partir del amor, del amor hacia una arboleda, un río,
un barrio… no olvidemos que la crisis ecológica es una crisis de la
sensibilidad, porque hemos perdido la sensibilidad hacia la vida.
¿La hemos perdido o la hemos sustituido por lo inerte?
Sí,
es un matiz interesante… hemos cosificado la naturaleza, la hemos transformado
en objeto y hemos pensado que los objetos no tenían relación con nosotros, pero
los objetos nos definen, la técnica es una relación entre lo humano y lo que no
lo es. La televisión, por ejemplo, nosotros vemos el mundo a través de ella.
Hemos primado lo muerto sobre lo vivo.
¿Cómo establecer una relación viva entre lo humano y lo que
no lo es?
La
sociedad no existe, de esto ya hemos hablado. La social no es la esencia de la
sociología, sino la ciencia de las asociaciones. A Latour le gustaba lo
colectivo porque remitía a los colectores; cada cual debe aportar algo a lo
común; para que una sociedad se sostenga debe haber asociados, asociados de
forma permanente, porque la sociedad no existe por sí misma, se mantiene por
asociaciones, no solo entre seres humanos, no solo entre hombres y mujeres,
humanos y no humanos, también entre los animales, y entre los objetos, y todo
ello produce interrelaciones que pasan por lo vivo, como dices. El problema es que damos por
hecha la sociedad, y Latour es contrario a ello, porque es algo que está por
hacerse continuamente, por eso se puede reinventar, modificar, cambiar. Se le
reprocha cierto relativismo, pero es un filósofo relacionista, no
reduccionista. Hay que pasar de lo abstracto a lo concreto; si no lo hacemos,
si no somos conscientes de nuestras interdependencias con lo no humano, nos
convertimos en un virus para el planeta. Las propuestas de Latour están llenas
de optimismo, de entusiasmo, porque confía en la posibilidad de cada uno de
nosotros de conciliar sus potencias y posibilidades para cambiar las cosas.
Podemos cambiar el mundo, no hay ninguna fatalidad. Elegimos el modo de
producción, cambiarlo está en nuestra mano.
A veces parece imposible pensar una alternativa al
capitalismo…
Podemos
salir del capitalismo. Lo hemos creado, nos hemos dado nuestras condiciones de
vida, se trata de interesarnos por esta pequeña película de tierra en la que
vivimos y que hay que cuidar. En todo caso, hemos entrado en el capitalismo,
por tanto, antes no estábamos ahí. Hoy en día hay numerosas propuestas de
antropología anarquista que recuerdan las formas de sociedades igualitarias que
han subsistido compartiendo bienes, funcionando durante cientos de años. El
capitalismo no es un destino fatal, no es nuestro destino final, podemos
bifurcarnos. Latour lo pensaba. No será fácil, pero tampoco imposible. En la
línea de la historia, el capitalismo no es tan importante. Hay muchos
ecolugares que están experimentando desde hace años otras formas de vida, Latour
los conoció. Hay que rescatar a los socialistas utópicos, hacer propuestas,
inventar nuevos modos de vida común, otras formas de hacer, de producir, de
gobernarse, apostar por comunidades en las que vivir de manera más armónica,
con autonomía libertaria. Las pequeñas experiencias por las que nadie apostaba,
como las mutuas, las mutualidades, han terminado consolidándose.
Habrá que leer más a Gramsci, Kropotkin, Simone Weil o Anselmo
Lorenzo…
Yo
empezaré por el último, que no conozco.
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Intérprete
simultánea: Judith Pastor.
Fuente: https://ctxt.es/es/20230601/Culturas/43177/Nicolas-Truong-bruno-latour-lucha-de-clases-filosofia.htm