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domingo, 15 de noviembre de 2020

TROTSKY SIN ISMOS

Andreu Coll

10 noviembre 2020

 

Decía Mark Twain que “un clásico es un libro que la gente elogia pero no lee; un libro, en suma, que todo el mundo quiere haber leído y nadie quiere leer”. En efecto, a menudo tanto seguidores como detractores opinamos con ligereza sobre algunas obras y autores que apenas conocemos. La idea de partida que querría compartir es que, en literatura como en arte, en ciencia como en pensamiento revolucionario, no es el autor o autora quienes hacen al clásico, sino la perennidad de algunas de las ideas, imágenes e intuiciones que nos legan determinados pasajes de su obra y su vida. Esto es, la capacidad de trascender épocas, países y coyunturas y de resultar útil y evocador para gentes de generaciones, culturas y géneros diversos.

La figura que nos dejó trágicamente hace ya 80 años es, sin duda, un clásico del marxismo y una personalidad clave de la política y la cultura de la primera mitad del siglo XX. Una experiencia militante a caballo entre países, épocas y organizaciones muy distintas, una rica formación política y una densa cultura cosmopolita, así como su participación directa en, o su voluntad de entender e intervenir sobre, los grandes acontecimientos políticos de su época explican una obra extensa, profunda, diversa y polifacética. A mi juicio merece, por consiguiente, una aproximación sin prejuicios y que desarrollemos una opinión propia basada en la voluntad de entender antes de juzgar. En estas líneas propongo unos modestos apuntes para intentar esclarecer los aciertos, pero también los límites, de dicho clásico.

Capitalismo como totalidad dinámica y contradictoria

Quizás la primera idea estructuradora del pensamiento de Trotsky sea la comprensión del capitalismo como una fuerza dinámica expansiva que tendía a englobar a todo el mundo, con unas lógicas internas complejas y contradictorias que, ya desde los años que precedieron a la Primera Guerra Mundial, condicionaban los conflictos, las rupturas y las posibilidades de desarrollo de los distintos países del mundo. La dinámica del desarrollo desigual y combinado, por efecto del mercado mundial y del encabalgamiento de procesos acelerados de desarrollo económico con estructuras económicas y políticas arcaicas, no sólo explica las rivalidades imperialistas entre grandes potencias que conducirían a la Gran Guerra (1914-18), sino que constituirá, en Trotsky, la base material para engarzar aspiraciones democráticas y objetivos anticapitalistas, fundamento de la perspectiva de revolución permanente. Ésta, inspirada en los escritos de Marx sobre las revoluciones de 1848 y en los análisis contemporáneos de Parvus, la desarrollará ya en su balance de la revolución rusa de 1905 como horizonte estratégico para futuras rupturas —a la que se adherirá implícitamente Lenin con sus Tesis de abril de 1917— y que, años más tarde, generalizará a los países dependientes, coloniales y semicoloniales, oponiéndola a la propaganda de Stalin acerca “del socialismo en un solo país”.

Así pues, Trotsky definirá la revolución socialista a la vez como acto y como proceso, que puede empezar en un país, que tiende a extenderse a otros, pero que tan sólo puede consumarse a nivel mundial precisamente por la naturaleza expansiva y depredadora del capitalismo mismo. De ahí que, contradiciendo la ortodoxia marxista de su época, fuera el primer socialista del siglo XX en llegar a la conclusión de que una revolución obrera y campesina podía triunfar antes en países menos desarrollados y sin apenas tradiciones democráticas a condición de que lograra extenderse a países económicamente más avanzados y con tradiciones parlamentarias más consolidadas, en los que sin duda sería mucho más lenta y laboriosa la toma del poder, pero mucho más rápida la construcción de una sociedad sin clases mediante una democracia socialista. En la perspectiva de Trotsky —compartida por Lenin en los debates de los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista— todo bloqueo de dicha dinámica reforzaría y estabilizaría al capitalismo mundial y su extraordinario dinamismo económico —a pesar de sus crisis y contradicciones— y favorecería a las fuerzas restauracionistas, como ya profetizó en 1922 a propósito de la Unión Soviética en el artículo “La curva del desarrollo capitalista”.

Autoorganización y emancipación

La segunda idea troncal del pensamiento y la praxis de Trotsky será la autoorganización popular como base para la lucha de clases, como requisito para los ascensos revolucionarios y como embrión estructurador de toda institucionalidad revolucionaria. El surgimiento de los soviets en la revolución rusa de 1905 (que conocerá directamente como presidente del soviet de San Petersburgo) simbolizará en el pensamiento de Trotsky la irrupción desbordante de la participación popular y la concreción orgánica del antagonismo obrero y campesino frente a la autocracia zarista. “Expresión finalmente alcanzada de la democracia socialista”, en Trotsky los soviets permitían tres objetivos: estructurar y centralizar el movimiento revolucionario espontáneo de las masas, reunificar espontánea y concretamente a las distintas tendencias de la socialdemocracia rusa (volveremos sobre ello) y constituir la base orgánica de un Estado obrero apoyado por el campesinado pobre capaz de derrocar al zarismo y de marginar a unas fuerzas liberal-burguesas, débiles, timoratas y estructuralmente cómplices de la opresión zarista.

Sin duda, esta dinámica se reproducirá en el “Corto siglo XX”, en el que se dará lo que G. Lukács llamará “la actualidad de la revolución”, esto es, un periodo histórico en el que la revolución social fue una tarea concreta y factible a corto plazo. El surgimiento de consejos obreros y de soldados en Alemania (1918-19), de los Shop Stewards británicos, de los comités de milicias y las juntas de defensa en España (1936-37), los consejos de fábrica en Italia (1917-19 y de nuevo en 1969), los Cordones Industriales y los Comandos Comunales en Chile (1970-1973), los Comités de Acción en Francia (1934-36 y 1968) o los comités de moradores y de soldados de la Revolución portuguesa (1974-75) confirma que cada vez que se han abierto dinámicas revolucionarias han surgido estructuras espontáneas de autoorganización popular capaces de resolver necesidades materiales básicas ante la parálisis de las instituciones y de canalizar la lucha de las masas, por un lado, y para ejercer una legitimidad alternativa opuesta a, y en conflicto con, la del Estado burgués, por otro.

Clase, partido y dirección

Por consiguiente, tras la experiencia de 1905 tanto la defensa de la centralidad de los soviets por Trotsky como la de la huelga general revolucionaria por Rosa Luxemburgo plantearán correctamente la cuestión del poder. No obstante, como recordará a ambos Lenin, su conquista será imposible sin lograr una hegemonía democrática mayoritaria por parte de una organización que encarne un programa revolucionario coherente. Es decir que la crisis política y social más aguda no puede transformarse espontáneamente en una revolución triunfante sin un partido capaz de imprimir una orientación y de definir objetivos realistas y radicales en cada coyuntura, como pondrá de manifiesto la victoria de octubre de 1917 y, podríamos añadir, de todas las revoluciones sociales victoriosas del siglo XX.

Esta comprensión tardía de la concepción del partido de Lenin (que le conducirá a engrosar las filas bolcheviques en 1917 y a abandonar definitivamente sus ilusiones de reunificar a la socialdemocracia rusa), que irá enriqueciendo durante los años 30 gracias a un profundo conocimiento del movimiento obrero internacional, será sin duda uno de los talones de Aquiles de Trotsky cuando Lenin, ya enfermo, le emplace a dirigir una lucha contra la deriva burocrática y autoritaria que impulsaba la fracción de Stalin en la Unión Soviética.

Unidad estratégica y unidad táctica

El tercer gran eje del pensamiento de Trotsky es, a mi juicio, la cuestión de la unidad y el problema de la hegemonía anticapitalista en los países capitalistas desarrollados, esto es, el desarrollo de una estrategia revolucionaria específica para Occidente. Estos desarrollos tendrán dos momentos importantes: en el marco del tercer y cuarto congresos de la Internacional Comunista a propósito de la política de Frente Único y en los años treinta, desde la Oposición de Izquierda primero y en la Cuarta Internacional a partir de su fundación en 1938, para encontrar una salida anticapitalista a la lucha contra el fascismo (en base al análisis de países clave como Alemania, Francia, Estado español, Estados Unidos, etc…).

Sin duda, la obsesión por extender la revolución a Occidente y romper el aislamiento de la URSS recorrerá el movimiento revolucionario de los años 20 y 30. Tras la euforia inicial que siguió a los movimientos revolucionarios de posguerra, el reflujo y la estabilización relativa desmentirán un hundimiento rápido del reformismo y un avance de las fuerzas comunistas y obligarán a plantear la política de frente único como estrategia unitaria para empoderar a la clase obrera en un contexto defensivo y como táctica para reforzar a los revolucionarios en detrimento de los reformistas, no exclusivamente en base a la propaganda, sino a experiencias concretas en las que las amplias masas tomen conciencia de que las organizaciones reformistas defienden el status quo y tan sólo los partidos anticapitalistas luchan consecuentemente por los intereses de las amplias mayorías sociales.

Trotsky advertirá que las políticas de frente único no resuelven la necesidad de una acumulación mínima de fuerzas por parte de las organizaciones revolucionarias y fustigará las interpretaciones simplistas que las reducirán a propaganda abstracta y a mera denuncia por parte de grupos marginales. Hablará de partidos de 1/4 o de 1/3 (de los sectores más activos la clase) como requisito para forzar a la acción unitaria a los aparatos reformistas, sean políticos o sindicales. En Trotsky, como en Lenin, es la experiencia real lo que permite un avance de la conciencia política y sólo en base a ella resultan comprensibles las críticas al reformismo cuando éste maniobra contra los intereses del conjunto del movimiento popular. Un trabajo paciente de implantación y una orientación a la vez unitaria y crítica en los movimientos sociales y sindicales será pues, en Trotsky, una premisa ineludible para que los anticapitalistas rompan su aislamiento y se postulen como dirección política de una transformación radical de la sociedad.

La especificidad del fascismo: análisis y tareas

La lucha contra el fascismo en los años 30 conducirá a profundizar y enriquecer este enfoque en base a una serie de ideas clave:

-La caracterización del ascenso del fascismo como una guerra civil de baja intensidad encabezada por sectores reaccionarios de la pequeña burguesía pauperizada por una gravísima crisis del capitalismo y que busca, en beneficio del gran capital industrial y financiero, la destrucción (y la atomización) total del movimiento obrero en general y del movimiento revolucionario y de la URSS en particular, así como un nuevo reparto violento del mundo.

-La distinción entre dictaduras militares clásicas y diversas formas de bonapartismo regresivo y la especificidad del fascismo como solución a una aguda crisis de dominación burguesa, que permitirá a Trotsky respetar la realidad y matizar los análisis, no abusar de las analogías y ser preciso al recurrir a ellas…

-El hecho de que una dictadura fascista acabaría súbitamente con los intereses y los privilegios institucionales que nutren financieramente los canales de ascenso social de la socialdemocracia reformista constituye la base material a partir de la cual los anticapitalistas deben imponer una política unitaria de lucha contra el fascismo al conjunto de las organizaciones que se reclaman del movimiento obrero y pugnar por crear organismos unitarios y transversales de lucha capaces de lograr gran autoridad entre el conjunto de los sectores populares (superior a la suma de la de las organizaciones que las integran) y eventualmente de actuar como pasarelas militantes útiles para vehicular las diferenciaciones internas en los grandes aparatos burocráticos y permitir trasvases militantes hacia las organizaciones revolucionarias cuando se den determinadas condiciones subjetivas.

-Denunciar la lógica del “mal menor” frente al fascismo consistente en la defensa de la estabilidad, la gobernabilidad y la “democracia” en abstracto, que conduce a la renuncia a la perspectiva anticapitalista en nombre de la unidad con (y la consiguiente subordinación ante…) fuerzas burguesas como la vía más rápida hacia la catástrofe, permitiendo a la extrema derecha (ayer como hoy) capitalizar demagógicamente el malestar social generado por las crisis capitalistas. En este sentido, criticará las políticas de colaboración de clase que practicarán los gobiernos de Frente Popular y apostará por desbordarlos con la fórmula innovadora de “un gobierno obrero y campesino que rompa con la burguesía” y, mediante la creación de organismos unitarios por abajo, sentar las bases para la toma revolucionaria del poder.

La noción de “gobierno obrero y campesino” como innovación estratégica

Sus escritos sobre Francia entre 1934 y 1936 resultan muy sugerentes a este respecto y ayudan a reflexionar sobre experiencias mucho más recientes: derrotas como la de la Unidad Popular chilena en 1973 o triunfos inexplicablemente desperdiciados como el gobierno de Syriza, la victoria del OXI y la capitulación de Tsipras ante la Troika en Grecia en 2015. Ya conocemos el precio que pagó Europa y el mundo por la acumulación de revoluciones fracasadas, rehuidas y abortadas del periodo de entreguerras: en el verano de 1940 las enseñas nazi-fascistas ondeaban en todos los países de Europa central y occidental con la única excepción del Reino Unido (hasta el día de hoy la monarquía parlamentaria más antigua y conservadora del mundo).

En este sentido, la consigna de “gobierno obrero y campesino” en cierto modo es la conclusión lógica de la política de frente único y en buena medida desmiente la idea de que Trotsky trasladaría mecánicamente el “modelo ruso” a Occidente, planteando supuestamente la toma del poder como un acto de fuerza extraparlamentario partiendo de una exterioridad total a las instituciones. Precisamente debido al hecho de que es difícilmente concebible en Occidente una dualidad de poderes tan nítida como la del caso ruso y, sobre todo, por lo irrepetible de la desintegración del Estado y del ejército rusos por impacto de la Gran Guerra, es necesario apostar por un gobierno obrero y campesino que, sin ser todavía “la dictadura del proletariado”, sí inicie una serie de medidas contra los intereses de la burguesía, abriendo un periodo de confrontación con ésta. Trotsky afirma que ello sólo es posible en contextos revolucionarios, en los que el empuje popular transversal por abajo hace posible dicha salida gubernamental y hablará de la posibilidad de un “inicio parlamentario de la revolución proletaria”.

Pero la consigna de “gobierno obrero y campesino que rompa con la burguesía” se plantea en un momento de impasse, en el que la crisis de las instituciones no ha conducido todavía a una situación de doble poder ni a la disgregación de la maquinaria estatal realmente existente y en el que el empuje de las masas no ha logrado todavía generar estructuras de autoorganización capaces de encarnar un doble poder, de condicionar, dirigir, confrontar con la acción del ejecutivo y, lo más importante, de constituir un embrión de dirección política alternativa ante él para las batallas decisivas contra la reacción. Ciertamente, la gran dificultad estratégica en estos casos será, por un lado, lograr que las fuerzas revolucionarias tengan una participación y una inserción decisiva en los organismos de base unitarios de frente único y un contacto real con la superficie militante de las grandes organizaciones de masas y, por otro, la delimitación política suficiente como para mantenerse fuera de los gobiernos con el fin de preservar una total independencia para apoyar las medidas positivas, combatir en la calle los ataques de la reacción y defender cuando sea necesario al gobierno y criticar las claudicaciones hasta el punto de erigirse en dirección política alternativa cuando el gobierno deje de ser un estímulo para las acciones de las masas y pase a convertirse en un dique de contención para preservar la legalidad burguesa. Si bien los escritos de Trotsky se centraron fundamentalmente en los casos de Francia y España de mediados de los años treinta, toda la problemática estratégica que describía volvió a manifestarse con toda su complejidad en experiencias revolucionarias mucho más cercanas como la ya mencionada Unidad Popular chilena o la Revolución portuguesa, procesos de los que podemos extraer muchos aprendizajes para la actualidad, dada su mayor proximidad en el tiempo y por el parecido de sus formaciones sociales.

En fin, podemos afirmar, sin excesivo riesgo a equivocarnos, que los escritos de Trotsky de este periodo, sobre Francia, Estados Unidos, Italia, con algunos matices sobre España (es el caso en que quizás la crítica de aplicar analogías mecánicas con la Revolución rusa en algunos de sus escritos resulte más justificada) y, sobre todo, a propósito de la lucha contra el fascismo en Alemania son los más ricos en relación con el análisis de la naturaleza del Estado capitalista, de coyunturas y crisis políticas y, último pero no menos importante, abordando la construcción de organizaciones revolucionarias en un escenario dinámico y cambiante, con giros imprevistos y quiebros intempestivos.

Ni hay socialismo sin democracia, ni democracia sin socialismo

Un cuarto eje del pensamiento del revolucionario ucraniano es el análisis de, y la lucha contra, el fenómeno estaliniano. En efecto, Trotsky tuvo el ingrato papel, tras la muerte de Rosa Luxemburgo, Lenin y Gramsci, de ser el último marxista clásico de su tiempo dotado de la honestidad intelectual y del coraje político y personal suficiente como para no inclinarse ante el hecho consumado y osar aplicar a la URSS el método de análisis marxista. Aquí nos encontramos de nuevo con un pensamiento preciso y dialéctico, dinámico y concreto, capaz de mesurar las proporciones, de identificar los cambios cualitativos, de resaltar las conexiones entre la dimensión nacional e internacional de los procesos. Independientemente de los límites y los problemas de algunas de sus caracterizaciones, en el contexto de los años 30 su aportación no tiene parangón. Hoy es sin duda insuficiente, pero sigue siendo ineludible para volver sobre los fenómenos que abordó: a saber, la burocratización, la larga crisis y el hundimiento final del Estado resultante de la primera revolución obrera de la historia; enigma desconcertante y drama lacerante del gran acontecimiento fundador del siglo XX ante el cual tuvieron que definirse la totalidad de sus corrientes políticas.

¿Cuáles son los ejes de análisis de Trotsky, y más ampliamente de la Oposición de Izquierdas, sobre el fenómeno estaliniano?

Por un lado estudiará el desarrollo de la burocracia, que atribuirá, grosso modo, a una combinación de dos grandes factores.

  • El peso de la división clasista y técnica del trabajo, compartida, hasta cierto punto, por todas las sociedades modernas y en desarrollo que, inevitablemente, convivirá con las aspiraciones igualitarias y participativas durante un largo periodo de transición al socialismo.
  • La escasez y la penuria en la URSS de los años 20, agudizada por los estragos acumulados de la guerra mundial y la guerra civil. Para ejemplificar sus efectos Trotsky utilizaba una imagen muy gráfica: cuando hay escasez se forman colas, para guardar las colas hay que tener vigilantes y, dado que éstos tienen un papel importante, nunca serán los últimos en comer. El ejemplo ilustra bien cómo la escasez crea el marco psicológico propicio para los privilegios de dirigentes y administradores —ya en 1926 el salario de un permanente de bajo rango del partido superaba 5 o 6 veces el de un obrero—.

Es cierto que Trotsky concederá mucha importancia a los factores materiales de la burocratización —estamos hablando de una verdadera contrarrevolución política y social en la que la burocracia pasa de 750.000 miembros en 1928 a 7.500.000 en 1939 (Lewin)—, pero describirá también las lógicas políticas que conducirán al régimen estaliniano. Las dinámicas militarizadas de los tiempos de la guerra civil, que fue uno de los altos precios que se tuvieron que pagar por lograr la victoria contra los blancos —de la que Trotsky mismo, organizador de la insurrección de octubre y del ejército rojo, será uno de los grandes artífices—, la progresiva lógica del nombramiento de cargos desde arriba en lugar de su elección desde abajo —a menudo por la urgencia en desempeñar tareas, pero también por interés de crear camarillas y grupos de presión—, las diferenciaciones internas en el aparato del partido y del Estado —que analizará precozmente su amigo Christian Rakovsky—, así como un nivel cultural bajo, la muerte de lo mejor de la militancia bolchevique en la guerra civil y, en definitiva, las reminiscencias zaristas en la sociedad rusa favorecerán una diferenciación interna creciente en el seno mismo de la clase obrera que irá preparando el terreno para lo que Trotsky llamará el “bonapartismo burocrático” del estalinismo.

Podríamos afirmar que la tercera dimensión del estudio del estalinismo es la internacional. Se ha insistido poco en la enorme responsabilidad del reformismo en frenar, cuando no en aplastar, los intentos de extensión de la revolución social a los países desarrollados, en particular a Europa Central y muy especialmente a Alemania, y su consiguiente repercusión en el ahogamiento material y político de la URSS. Sin duda la derrota del Octubre alemán de 1923 marcó un punto de inflexión, desmoralizó enormemente y hundió las expectativas de la clase trabajadora rusa, algo que en buena medida marcará el debilitamiento de la base social a la que se dirigía la Oposición de Izquierdas en la URSS. A finales de los años 20 y principios de los 30, la comprensión del papel híbrido e inestable que jugará la Unión Soviética en la política internacional y la conexión entre las políticas internas y la política exterior de la burocracia soviética y su control sobre el movimiento comunista oficial jugarán un papel destacado en el análisis de Trotsky.

A menudo las políticas conservadoras ante el campesinado acomodado y los nuevos ricos de la NEP en el plano interno se acompañarán de un obstruccionismo, cuando no de un bloqueo, de potencialidades revolucionarias en el exterior (huelga general británica de 1926 o aplastamiento del movimiento comunista en China por su subordinación al Kuomintang en 1927), así como el voluntarismo faraónico de la colectivización forzosa y la industrialización acelerada se acompañarán de un giro ultraizquierdista y sectario (cuyo máximo exponente fue la conocida política del “socialfascismo” en relación con la socialdemocracia, en particular en Alemania, con resultados de sobra conocidos)… y, ante la amenaza hitlerista, un nuevo viraje diplomático de 180 grados en pos de una alianza con Francia e Inglaterra en el marco de los gobiernos de Frente Popular (con el coste de sacrificar revoluciones en curso —España, 1936-37— o en gestación —Francia, julio-septiembre del 36—) y el frenesí de los procesos farsa y el terror concentracionario en la URSS… Dinámicas que sin duda continuarán tras la muerte de Trotsky y se acentuarán durante el reparto del mundo de Yalta con una auténtica apoteosis de la razón de Estado estaliniana —saboteando abiertamente procesos revolucionarios en China, Grecia y Yugoeslavia (la ruptura ulterior con el titismo y el maoísmo hunde sus raíces en estos acontecimientos)… e imponiendo dinámicas de unidad nacional con la burguesía en Francia e Italia—.

La explicación de Trotsky es que el rol conservador de la burocracia soviética en política internacional expresaba un equilibrio inestable en el que, por un lado, buscaba conservar su monopolio del poder político en la URSS —base, por lo demás, de sus privilegios materiales— a costa de la clase obrera soviética evitando que otras revoluciones la desbancaran, sin perder, no obstante, su influencia sobre el movimiento obrero internacional. Por otro, la burocracia estaliniana, que debía en parte su poder a la expropiación de la burguesía, pero sobre todo al bloqueo de la transición al socialismo iniciada en 1917, tampoco podía perpetuar sus privilegios de origen político y convertirse en una clase social nueva sin restaurar el capitalismo, ni podía desentenderse completamente de la suerte del movimiento obrero internacional, fuente de un enorme poder diplomático y prestigio político. Por consiguiente, dirá Trotsky, el destino de la URSS y de la burocracia en el poder depende del desenlace de la lucha de clases a nivel internacional: todo avance de la revolución mundial la desestabilizará y permitirá un ascenso obrero en la URSS (“revolución política” será la fórmula que utilizará); todo retroceso reforzará al imperialismo, despolitizará al proletariado soviético, contribuirá a la cristalización y a la autonomización de la casta burocrática, pero ésta no se transformará plenamente en una nueva clase propietaria sin una restauración del capitalismo y el consiguiente retorno a la propiedad privada de los medios de producción, una hipótesis que Trotsky no dejó de contemplar desde el principio y que efectivamente se materializará a partir de 1990.

La apuesta de Trotsky (que en algunos aspectos suponía una autocrítica implícita y hasta explícita de su política en el poder entre 1919 y 1921) será una industrialización progresiva, la restauración de la democracia soviética, el pluripartidismo, la plena libertad de expresión, organización y crítica; la autonomía de los sindicatos en relación con el Estado y una política de apoyo a la revolución a nivel internacional en el marco de la lucha por derrocar a la dictadura policial-concentracionaria estaliniana. Que sus seguidores (Broué contabiliza hasta 30.000 militantes en la URSS) fueran derrotados y en su mayor parte físicamente exterminados no significa que no tuvieran razón. Su combate, y el holocausto que sabían que les depararía en los campos, fue en nombre del futuro de la revolución mundial y por impedir la amalgama entre el ideal comunista de una vida nueva en un mundo justo y habitable y la catástrofe política y moral del estalinismo. Su sacrificio no fue en balde. Porque fueron, somos.

El último combate de Trotsky

La conclusión lógica de los análisis de Trotsky será la necesidad de transformarlos en proyecto político, de convertir el programa de la democracia socialista en militancia y organización. Tras largos años de lucha de ideas por cambiar la orientación de la Internacional Comunista, con la catástrofe alemana de abril de 1933 la Oposición de Izquierdas Internacional concluyó que aquélla no sobreviviría y que había que construir una nueva internacional ante el peligro de hundimiento total del movimiento obrero en general y del comunista en particular. Las ideas no vivían en los libros sino en la intervención colectiva sobre la realidad. Sabían que si no se extendía la revolución a los principales países capitalistas y se restauraba la democracia soviética en la URSS, tarde o temprano, el entonces todopoderoso “socialismo en un solo país” conduciría a la restauración capitalista.

A diferencia de las anteriores, desarrolladas gracias a victorias de la izquierda, la Cuarta Internacional se fundó en un contexto catastrófico: la consolidación del estalinismo y la llegada de Hitler al poder. La comprensión de ambos fenómenos y la defensa de un programa de acción realista que los podría haber derrotado es su razón de ser. Estos acontecimientos han traumatizado a franjas enteras de trabajadores de todo el mundo y pesan aún como una losa hasta el día de hoy. La idea de que el fascismo fue “irresistible”; que la revolución es un salto al vacío que conduce a la dictadura; que no hay democracia fuera del capitalismo; que hace falta moderación y consenso en las demandas sociales para no “provocar” a la derecha… son prejuicios extendidos entre las mayorías populares que votan a la izquierda main stream, inclusive entre sectores combativos. No obstante, si bien es cierto que subestimó la profundidad de las derrotas y el ingrediente consensual ligado al empuje desarrollista y nacionalista del apogeo estaliniano, Trotsky partía de la hipótesis de que una nueva guerra mundial podría conducir al hundimiento del estalinismo (quizás en una analogía algo forzada con el caso de la guerra franco-prusiana de 1870, la caída del bonapartismo y la Comuna de París) y a un relanzamiento de la revolución en diversas zonas del mundo.

En ese contexto, cuando la fuerza propulsora de la Revolución de Octubre todavía seguía operando en lo más profundo de las clases populares, una pequeña organización que mantuviera una posición coherente podría transformarse en un instrumento revolucionario útil al modo en que las conferencias de Zimmerwald y Kienthal habían constituido el embrión de la futura Internacional Comunista ante la capitulación de la socialdemocracia en 1914. Sin lugar a dudas, la orden de Stalin de liquidar al extraordinario historiador y único gran protagonista vivo de Octubre explica que las esperanzas que guiaban al segundo coincidían en gran medida con los temores obsesivos del primero. Como sabemos, ciertamente el desenlace de la guerra mundial reforzará al estalinismo y le permitirá crear y tutelar las “democracias populares” desde arriba en Europa Oriental… pero no es menos cierto que se enfrentará en mayor o menor medida con todas las revoluciones genuinas posteriores, inaugurando la larga “crisis del movimiento comunista”. El marxismo revolucionario clásico de la Cuarta Internacional posterior a la muerte de Trotsky, perseguido, calumniado y fragmentado, quedará condenado a una tortuosa travesía del desierto en los márgenes del movimiento obrero hasta que la brecha del 68 internacional y el retorno de las esperanzas revolucionarias en Vietnam, Praga, México o París le permitió emerger de nuevo de las catacumbas (Anderson).

Construir a contracorriente ante el apocalipsis

Decíamos más arriba que el joven Trotsky centrará su atención en las dinámicas espontáneas de autoorganización, posteriormente pensará las políticas unitarias y en los últimos años de su vida enriquecerá su concepción del papel y las modalidades de construcción de la organización revolucionaria. En el periodo comprendido entre la ruptura definitiva con la Internacional Comunista estalinizada y su asesinato en 1940 planteará hasta tres hipótesis de construcción partidaria estrechamente ligadas con las dinámicas generales y las diferenciaciones reales del movimiento obrero de cada país. En una primera etapa buscará la interlocución con todas las corrientes resultantes de diferenciaciones y rupturas producidas por la estalinización de los partidos comunistas y la radicalización de formaciones de origen socialdemócrata de izquierdas o “centristas” —es decir, organizaciones en evolución pero sin una perspectiva estratégica clara y que, por consiguiente, oscilan entre postulados revolucionarios y reformistas—.

Aquí se inscriben los debates con el llamado Buró de Londres y con las corrientes que confluirán en el POUM, principal partido comunista independiente de la época. La segunda hipótesis está relacionada con la reacción de radicalización anticapitalista experimentada por capas significativas de la socialdemocracia tradicional —en particular entre sus juventudes— tras el shockprovocado por la victoria de Hitler en Alemania. Aquí Trotsky propone la incorporación a la socialdemocracia manteniendo una identidad pública para acompañar la evolución revolucionaria de dichas corrientes. Es lo que se conoce como el “giro francés”. Desgraciadamente, a pesar de avances importantes en determinados países, ese potencial fue, en buena medida, recuperado y desviado por el estalinismo en el marco de los frentes populares —un ejemplo espectacular de ello será la evolución de las Juventudes Socialistas durante la Segunda República española (Broué)—. La tercera hipótesis fue la construcción, en países sin tradición de representación política independiente de la clase obrera, de partidos amplios y pluralistas apoyados en la fuerza de los sindicatos. Algunos de sus últimos escritos sobre Estados Unidos van en esta línea. Ciertamente, lo mínimo que se puede decir es que sus propuestas se basaban en dinámicas reales en curso y no en hipótesis inciertas y que su apuesta por la construcción de organizaciones revolucionarias siempre estuvo relacionada con las grandes tareas de desarrollo del movimiento obrero en su conjunto. Nada más lejos de las interpretaciones autoproclamatorias y autoreferenciales que tanto han dañado y lacerado a nuestro movimiento.

Es cierto que la brillantez de muchas propuestas de Trotsky no siempre se acompañó de los mejores métodos de dirección de la Cuarta Internacional y, en ocasiones, su estilo categórico y hasta excomulgador no ayudó a construir en el mejor de los climas de confianza y fraternidad. Sin embargo, también es cierto que su extraordinaria lucidez a propósito del curso de los acontecimientos, la tragedia personal en la que estaba inmerso en el “planeta sin visado”, asistiendo a la liquidación de familiares, camaradas y amigos, la acumulación de derrotas y la segunda guerra mundial como telón de fondo, por un lado, y la terrible desproporción entre tareas y medios humanos y materiales disponibles, por otro, hacían inevitable la exasperación y la violencia de determinados debates.

Del pan a las rosas: las reivindicaciones transitorias

Decíamos en el apartado anterior que Trotsky, si bien afirmaba la especificidad de la construcción partidaria como tarea, siempre relacionó sus modalidades con las objetivos generales del movimiento obrero en cada fase. En este contexto el desarrollo del enfoque transicional en el manifiesto fundador de la Cuarta Internacional jugará un papel clave hasta nuestros días. Consiste en pensar las consignas a desarrollar, no como un fetiche mágico con un potencial intrínseco, sino como instrumentos de propaganda y agitación capaces de conectar con el nivel real de combatividad y conciencia de las mayorías populares, de relacionar las reivindicaciones más inmediatas y sentidas por la clase trabajadora con reivindicaciones incompatibles con el normal funcionamiento del capitalismo y que cuestionen en la práctica sus fundamentos. En otras palabras, las reivindicaciones transitorias parten de la defensa de las necesidades básicas de las masas e intentan llevarlas, gracias a sus experiencias cotidianas de lucha, a la conclusión de la necesidad de la revolución socialista.

Sin duda, en el periodo actual, reivindicaciones como la gratuidad del agua y los suministros básicos, la prohibición de los desahucios y de los despidos en empresas con beneficios, la nacionalización de los sectores estratégicos de la energía, el transporte y la banca, la reconversión ecológica de la industria, la expansión de la sanidad y la educación públicas y la expropiación inmediata de la mafia farmacéutica que se está lucrando con la COVID 19 podrían jugar dicho rol transitorio y contribuir a generalizar la conciencia anticapitalista en todo el mundo.

Cambiar la vida, transformar la sociedad

No podemos concluir estas notas sin unos apuntes sobre la reflexión de Trotsky acerca de la relación entre cambio político, transformación social, vida cotidiana y lugar de la cultura y el arte. Ciertamente Davidovich Bronstein seguía claramente la divisa de Rimbaud que abre este último apartado así como la que se haría célebre en el movimiento feminista, “lo personal es político”. En efecto, Trotsky, sin duda el mejor escritor de la tradición marxista (no en vano su primer seudónimo era “La Pluma”), además de teórico marxista, historiador de la Revolución rusa y biógrafo de Lenin y Stalin (algo que, por lo visto, precipitó su asesinato), fue un gran pensador de la cultura y la vida cotidiana y un extraordinario crítico literario (creo que la recopilación de escritos de Literatura y revolución es verdaderamente fascinante).

Es más, su atención a las opresiones específicas demuestra que su concepción de la revolución permanente también incorporaba una dimensión de revolución político-cultural. Apoyará con Lenin el trabajo feminista en el Partido Bolchevique y en los primeros tiempos de la URSS, comprenderá la dimensión estratégica de la emancipación de la mujer en la construcción de una sociedad sin clases, centrando su atención en aspectos fundamentales hasta la actualidad, como son la socialización del trabajo reproductivo y la lucha contra la violencia y el autoritarismo en el seno de la institución familiar. Comprenderá y estudiará la opresión de los pueblos racializados (como el afroamericano, de lúgubre actualidad en EE.UU.), las discriminaciones religiosas (la cuestión judía, rechazando siempre las tentaciones separatistas y sionistas) y las opresiones nacionales (tiene escritos magníficos sobre Catalunya). Es decir que huía del simplismo obrerista y entendía que no todas las injusticias, de ayer y de hoy, se reducen a la explotación capitalista, sino que abordaba las profundas raíces del racismo, el machismo, la opresión nacional o la persecución religiosa. Creo modestamente que su enfoque pone de relieve la densidad de su concepción del socialismo como civilización nueva, como inicio de una verdadera historia humana.

Como crítico cultural participará en dos grandes polémicas. En primer lugar a propósito del debate acerca de la cultura proletaria en la Rusia soviética de los años 20. Recordará el contrasentido de desarrollar una cultura obrera a espaldas de la cultura clásica cuando la tarea del momento era sentar las bases de una cultura socialista que superara las limitaciones sociales y antropológicas de la explotación clasista. En este sentido, Trotsky (como ya hizo a propósito del debate militar) alertará contra la tentación populista de construir una cultura nueva en base al mero voluntarismo, ignorando los hitos culturales, científicos y técnicos anteriores. Afirmará sin ambages la imposibilidad de edificar una cultura socialista verdaderamente superior sin asimilar previamente la cultura clásica. Ligado a ello está la otra gran polémica, la defensa absoluta de la libertad como conditio sine qua non para el desarrollo del arte y la cultura. Trotsky, gran conocedor de la literatura realista y la pintura francesas del XIX (son conocidas sus visitas al Prado durante su paso por Madrid o su lectura altanera de novelas de Zola como muestra de desprecio ante los ataques sufridos durante las sesiones del buró político tras la muerte de Lenin), atacó frontalmente el mal llamado “realismo socialista”, una especie de vulgata funcionarial que limitaba el arte a la mera función de propaganda exaltadora de la obra del “padre de los pueblos” en el país con la mayor tasa de suicidios de intelectuales y artistas de su tiempo.

Mención aparte merece la iniciativa lanzada con el líder surrealista André Breton de un Manifiesto por un arte revolucionario independiente, en el que es conocida la anécdota de que Breton defendió un redactado inicial proclamando “toda la libertad en el arte salvo para atacar la revolución”, al que se opondrá Trotsky afirmando la absoluta libertad del arte sin peros ni condiciones. Creo que esta afirmación tan libertaria y tan necesaria conecta muy bien con una de las últimas frases pronunciadas por “El Viejo” antes de morir y que resume perfectamente nuestras tareas de hoy: “La vida es hermosa. Que las futuras generaciones la libren de todo mal, opresión y violencia y la disfruten plenamente”. Que así sea.

Andreu Coll es militante de Anticapitalistas

07/11/2020

Publicado en Jacobin América Latina

Fuente: https://vientosur.info/trotsky-sin-ismos/

 


jueves, 25 de enero de 2018

LA “CONEXIÓN” CHILENA CON EL ASESINATO DE TROTSKI





Punto Final
25-01-2018

Este cuento comienza por Salvador Ocampo Pastene. Quizás muchos lectores lo hayan conocido o supieron de él. Fue senador comunista por Concepción (1945-1951), junto con don Elías Lafertte, y por eso no les aplicaban la Ley de Defensa de la Democracia, porque tenían fuero. Una vez lo encontré viendo una película soviética, Vuelan las cigüeñas . La película era muy emotiva y Salvador Ocampo salió llorando. Era un hombre muy bueno, muy sensible. 

Cuando dejó de ser senador, en 1953, se fue a México, supongo que para que no le aplicaran la ley maldita y lo mandaran a Pisagua. Un amigo mexicano me contó que conoció a Ocampo en Chile, y que después se lo había encontrado en las calles de Ciudad de México, vendiendo helados en un carrito. Para qué les digo la impresión de este compañero al ver a un hombre que había conocido en Chile como senador ¡vendiendo helados en la calle! Así era Chile y los chilenos entonces. Salvador Ocampo falleció en 1977 en Ciudad de México. 

León Trotski era hijo de un campesino analfabeto. Su nombre verdadero fue Lev Davidovich Bronstein y nació el 7 de noviembre de 1879 en Ucrania. Conocido como León Trotski, fue uno de los principales protagonistas de la revolución rusa, compañero de Lenin, organizador del Ejército Rojo e intelectual revolucionario de gran valía. Después de la muerte prematura de Lenin, Stalin se dedicó a liquidar a todos los militantes de la vieja guardia bolchevique hasta que logró hacerse con todo el poder. 

Buscando y encontrando aliados, fue cercando a su principal competidor, Trotski, hasta sacarlo del comité central del partido, y del país en 1929. Trotski fue perseguido, acusado de ser “agente del gobierno norteamericano y del imperialismo mundial”. Se refugió en diversos países que lo fueron rechazando: Turquía, Francia, Noruega y finalmente en México, invitado por el general Lázaro Cárdenas. 

Trotski y su familia llegaron a México el 9 de enero de 1937. Frida Kahlo lo recibió en Tampico y lo acompañó en el tren presidencial en su recorrido hacia la Ciudad de México. 

Frida y Diego Rivera lo protegieron y lo instalaron en su casa de Coyoacán, llamada la Casa Azul. Trotski llegó a México acompañado de su esposa Natalia Sedova y de su nieto Esteban Vólkov Bronstein, de 11 años, que es quien actualmente dirige el museo Trotski. La casa de Frida y Diego en Coyoacán es una preciosa residencia antigua, actualmente Museo Frida Kahlo. Está lleno de cuadros de Frida y de objetos de su vida cotidiana, entre ellos los grandes alebrijes o muñecos de papel maché que encantaban a Diego.

PRIMER ATENTADO 

Pero Stalin no cejaba en su afán de asesinar a Trotski, en quien veía un peligroso competidor. Dio órdenes para que se le “suprimiera” en México. El primer atentado contra Trotski lo dirigió David Alfaro Siqueiros, famoso muralista, al igual que Diego Rivera. Una banda armada atacó la casa en Coyoacán. Los intrusos dispararon cerca de 400 tiros con armas de grueso calibre. El propio Siqueiros disparó contra el lecho donde supuestamente dormían Trotski y su esposa Natalia Sedova, sin lograr asesinarlos, pues lograron resguardarse detrás de una pared. Los guardias de Trotski repelieron a los intrusos y estos tuvieron que huir sin lograr su cometido. 

Trotski salió ileso porque al escuchar las primeras ráfagas, se lanzó fuera de su cama, su esposa lo empujó contra la pared y lo protegió con su cuerpo. Pero su nieto Esteban resultó levemente herido. Incluso uno de sus guardias personales, el norteamericano Robert Sheldon Hart, fue raptado por los asaltantes. Un mes más tarde se encontró su cadáver cubierto de cal viva en una casucha campesina. Varios historiadores sostienen que este hombre era un agente doble, infiltrado en el entorno de Trotski. 

El atentado de Siqueiros fracasó, porque él y su gente eran solo aficionados, en cambio Trotski tenía guardias muy profesionales. Desde ese momento Trotski, su mujer y su nieto se mudaron a la casa que ahora se conoce como Casa-Museo León Trotski y reforzaron la guardia. La casa también está en el centro de Coyoacán, en la calle Viena N° 19 (actualmente 45) cerca de la de Frida, con un patio central lleno de plantas. Se conservan intactos su escritorio, sus papeles, incluso la pluma con que escribía. Es algo muy impresionante. 

Siqueiros se fue a refugiar a Cuernavaca y después a la sierra de Jalisco, donde finalmente lo aprehendieron y encarcelaron. Estuvo preso sólo tres meses, pero como el atentado no había provocado muertos ni heridos graves, en 1941 el presidente Manuel Avila Camacho le ofreció indultarlo a condición de que se fuera exiliado a Chile. Siqueiros aceptó y se instaló en Chile con la ayuda de Pablo Neruda, hasta 1944. Realizó un bello mural en la escuela México de Chillán y regresó a su país cuando Avila Camacho terminaba su mandato. 

Al parecer, Trotski tuvo una aventura amorosa con Frida, porque ella era mujer de muchos hombres y de muchas mujeres también. Así es como León Trotski tuvo un momento de solaz en su azarosa vida. Ustedes seguramente habrán visto fotos o cuadros de Frida, que tenía unos buenos bigotes, parálisis en alguna parte de la espalda y cojeaba de una pierna a consecuencia de un accidente. Pero eso no le impedía llevar una intensa vida amorosa, pues a pesar de todo, era una mujer muy atractiva. Habría que preguntarles a los caballeros si sería bueno que nos pintáramos bigotes. A Diego Rivera estas aventuras de Frida no le importaban, porque él también tenía muchas mujeres. Esto resulta extraño cuando uno ve sus fotos, porque era un hombre obeso con cara de sapo. Pero los que lo conocieron dicen que era absolutamente irresistible, de una simpatía y un encanto arrolladores. Ya ven los gorditos, no desesperar, pero si son antipáticos, no se tiren debajo del Metro, piensen en el trauma que le causan al conductor. No lo hagan, mejor cultiven cicuta en sus casas, es fácil. 

MISION PARA UN ASESINO 

A todo esto, como Stalin vio que a Trotski no lo mataban, decidió mandar a un asesino profesional. Se llamaba Ramón Mercader, Jacques Mornard o Frank Jackson. Era un muchacho guapo y simpático, catalán, había luchado en España y después fue preparado en la URSS. Por cierto, este hombre tenía una madre famosa porque era una comunista muy activa, gran admiradora de Stalin. Ella fue la que impulsó a su hijo a hacerse agente de la NKVD, antecesora de la KGB. 

Ramón Mercader viajó a México y logró seducir a una secretaria de toda confianza de Trotski, Silvia Ageloff, feúcha pero que escribía muy rápido a máquina. Con este motivo Mercader fue haciéndose habitué de la casa y pudo entrar con cierta facilidad. El 20 de agosto de 1940 visitó a Trotski con el pretexto de que le revisara un artículo. Mientras Trotski leía, vuelto hacia la luz de la ventana, Mercader sacó un piolet (herramienta que usan los escaladores) que llevaba escondido bajo el abrigo y le dio tremendo golpe en la nuca. Trotski profirió un grito terrible y cuando llegaron los guardias les dijo: “No lo maten, tiene que estar vivo para declarar”. Lo llevaron a un importante hospital y al otro día murió, ya que la herida había alcanzado la masa encefálica y no se pudo hacer nada. 

A sus exequias, celebradas en la capital mexicana, asistieron cerca de trescientas mil personas, en una ciudad que por aquel entonces contaba con unos cuatro millones de habitantes. Está enterrado en el patio central de la que fue su casa, en cuya tumba se ha instalado un monolito con su nombre y un bajorrelieve con la hoz y el martillo. 

Mercader fue detenido, condenado y estuvo muchos años preso en México. En esa época Pablo Neruda era cónsul de Chile en el país azteca. Pues bien, los fines de semana Neruda iba a la prisión de Lecumberri y, por ser quien era, le permitían sacar al preso por unas horas. Se iban de copas y de putas y al otro día Neruda devolvía al prisionero (Ver Colom Lluis, El asesino de Trotski , Barcelona, E. Carvajal, 1990). Así era el México de entonces. 

LA “CONEXION” CHILENA 

Volviendo a la conexión chilena, resulta que en México, Salvador Ocampo anuló su matrimonio y se casó con Berta Arenal, hermana de Angélica Arenal, la mujer de David Alfaro Siqueiros. Por lo tanto, Salvador Ocampo pasó a ser cuñado de Siqueiros. 

Por su parte, Ramón Mercader tenía otra novia, no la fea Silvia Ageloff. Esta se hacía llamar Roquela y tenía permiso para visitarlo en la cárcel. Ella se embarazó y tuvo un hijo, producto de las visitas conyugales que se aplican en las prisiones en México. Cuando Mercader salió en libertad, se querían ir a la URSS, pero no era cosa de llegar con un niño porque a papá Stalin a lo mejor no le iba a gustar. Dejaron al chico en México, y good bye

De este niño que ahora debe tener unos 60 ó 70 años, nunca se ha sabido qué fue de él, quiénes lo adoptaron y criaron. En México se tejen múltiples historias, atribuyéndoles ser hijos de Mercader a políticos conocidos, profesores universitarios, artistas y hasta jefes del narcotráfico (ver Colom, Lluis). Estas cosas en México las sabe todo el mundo y las transmite con entusiasmo la “radio bemba”. Los chismes corren más rápido que la luz. 

Volviendo a Salvador Ocampo y al hijo que tuvo con Berta Arenal, Emilio Ocampo Arenal, al parecer éste no fue comunista como sus progenitores. Debe ser priista porque tuvo cargos de gobierno bajo la presidencia de Carlos Salinas de Gortari. Fue director de una empresa minera muy importante en 1989: la mina Cananea. Y allí tuvo problemas graves. Al respecto expresa Wikipedia: “Desde el 30 de agosto de 1989, el ex director de la empresa, Emilio Ocampo Arenal, se halla en el Reclusorio Norte, detenido como presunto responsable de los delitos de fraude y uso indebido de bienes ajenos ‘y otros que puedan resultar’; también una treintena de personas, entre empleados y funcionarios de la compañía, están bajo interrogatorio de la PGR para deslindar responsabilidades en el multimillonario fraude cometido contra Cananea…”. Por suerte Salvador Ocampo murió en 1977, y no vio a su hijo en tan desdorosa situación. 

No sé en qué terminó todo esto, pero veo que el hombre es un profesor eminente del ITAM (Instituto Tecnológico Autónomo de México), una de las universidades más importantes de este país. 

Siguiendo con las conexiones chilenas, les diré que en Chile mucha gente se asiló en la embajada de México, ayudada por el recordado embajador Gonzalo Martínez Corbalá, que acaba de fallecer. Pues entre los asilados había una muchacha muy linda, comunista, que llegó a México a principios del año 1974. Ella se enamoró de Emilio Ocampo Arenal y formó pareja con él que tuvo mucho contacto con chilenos por ser hijo de Salvador Ocampo. Esta chica tenía un drama en su vida: estaba casada con un momio en Chile y como su situación política era muy peligrosa, tuvo que asilarse. El marido no la dejó llevarse al hijito, que tenía cuatro años. Sólo después de doce años pudo volver a verlo. Esta compañera falleció, como está pasando con muchos de los exiliados, que se están muriendo de viejos. Pero al menos pudo encontrarse con su hijo. 

Recapitulando la línea de conexiones que une a Trotski con chilenos, tenemos que: 

1. Salvador Ocampo era cuñado de David Alfaro Siqueiros, que organizó el primer atentado contra Trotski.
2. Siqueiros fue protegido por Pablo Neruda que consiguió llevarlo asilado a Chile.
3. Neruda ayudaba a Ramón Mercader, sacándolo de la cárcel los fines de semana.
4. El hijo de Salvador Ocampo y sobrino de Siqueiros, formó pareja con una chilena que vino a México exiliada. 

Publicado en “Punto Final”, edición Nº 892, 12 de enero 2018.

domingo, 19 de febrero de 2017

LEON TROTSKY: HISTORIA DE LA REVOLUCIÓN RUSA




17/02/2017 | Leon Trotsky

PRÓLOGO

En los dos primeros meses del año 1917 reinaba todavía en Rusia la dinastía de los Romanov. Ocho meses después estaban ya en el timón los bolcheviques, un partido ignorado por casi todo el mundo a principios de año y cuyos jefes, en el momento mismo de subir al poder, se hallaban aún acusados de alta traición. La historia no registra otro cambio de frente tan radical, sobre todo si se tiene en cuenta que estamos ante una nación de ciento cincuenta millones de habitantes. Es evidente que los acontecimientos de 1917, sea cual fuere el juicio que merezcan, son dignos de ser investigados.

La historia de la revolución, como toda historia, debe, ante todo, relatar los hechos y su desarrollo. Mas esto no basta. Es menester que del relato se desprenda con claridad por qué las cosas sucedieron de ese modo y no de otro. Los sucesos históricos no pueden considerarse como una cadena de aventuras ocurridas al azar ni engarzarse en el hilo de una moral preconcebida, sino que deben someterse al criterio de las leyes que los gobiernan. El autor del presente libro entiende que su misión consiste precisamente en sacar a la luz esas leyes.

El rasgo característico más indiscutible de las revoluciones es la intervención directa de las masas en los acontecimientos históricos. En tiempos normales, el Estado, sea monárquico o democrático, está por encima de la nación; la historia corre a cargo de los especialistas de este oficio: los monarcas, los ministros, los burócratas, los parlamentarios, los periodistas. Pero en los momentos decisivos, cuando el orden establecido se hace insoportable para las masas, éstas rompen las barreras que las separan de la palestra política, derriban a sus representantes tradicionales y, con su intervención, crean un punto de partida para el nuevo régimen. Dejemos a los moralistas juzgar si esto está bien o mal. A nosotros nos basta con tomar los hechos tal como nos los brinda su desarrollo objetivo. La historia de las revoluciones es para nosotros, por encima de todo, la historia de la irrupción violenta de las masas en el gobierno de sus propios destinos.

Cuando en una sociedad estalla la revolución, luchan unas clases contra otras, y, sin embargo, es de una innegable evidencia que las modificaciones por las bases económicas de la sociedad y el sustrato social de las clases desde que comienza hasta que acaba no bastan, ni mucho menos, para explicar el curso de una revolución que en unos pocos meses derriba instituciones seculares y crea otras nuevas, para volver en seguida a derrumbarlas. La dinámica de los acontecimientos revolucionarios se halla directamente informada por los rápidos tensos y violentos cambios que sufre la sicología de las clases formadas antes de la revolución.

La sociedad no cambia nunca sus instituciones a medida que lo necesita, como un operario cambia sus herramientas. Por el contrario, acepta prácticamente como algo definitivo las instituciones a que se encuentra sometida. Pasan largos años durante los cuales la obra de crítica de la oposición no es más que una válvula de seguridad para dar salida al descontento de las masas y una condición que garantiza la estabilidad del régimen social dominante; es, por ejemplo, la significación que tiene hoy la oposición socialdemócrata en ciertos países. Han de sobrevenir condiciones completamente excepcionales, independientes de la voluntad de los hombres o de los partidos, para arrancar al descontento las cadenas del conservadurismo y llevar a las masas a la insurrección.

Por tanto, esos cambios rápidos que experimentan las ideas y el estado de espíritu de las masas en las épocas revolucionarias no son producto de la elasticidad y movilidad de la psiquis humana, sino al revés, de su profundo conservadurismo. El rezagamiento crónico en que se hallan las ideas y relaciones humanas con respecto a las nuevas condiciones objetivas, hasta el momento mismo en que éstas se desploman catastróficamente, por decirlo así, sobre los hombres, es lo que en los períodos revolucionarios engendra ese movimiento exaltado de las ideas y las pasiones que a las mentalidades policiacas se les antoja fruto puro y simple de la actuación de los «demagogos». Las masas no van a la revolución con un plan preconcebido de la sociedad nueva, sino con un sentimiento claro de la imposibilidad de seguir soportando la sociedad vieja. Sólo el sector dirigente de cada clase tiene un programa político, programa que, sin embargo, necesita todavía ser sometido a la prueba de los acontecimientos y a la aprobación de las masas. El proceso político fundamental de una revolución consiste precisamente en que esa clase perciba los objetivos que se desprenden de la crisis social en que las masas se orientan de un modo activo por el método de las aproximaciones sucesivas. Las distintas etapas del proceso revolucionario, consolidadas pro el desplazamiento de unos partidos por otros cada vez más extremos, señalan la presión creciente de las masas hacia la izquierda, hasta que el impulso adquirido por el movimiento tropieza con obstáculos objetivos. Entonces comienza la reacción: decepción de ciertos sectores de la clase revolucionaria, difusión del indeferentismo y consiguiente consolidación de las posiciones adquiridas por las fuerzas contrarrevolucionarias. Tal es, al menos, el esquema de las revoluciones tradicionales.

Sólo estudiando los procesos políticos sobre las propias masas se alcanza a comprender el papel de los partidos y los caudillos que en modo alguno queremos negar. Son un elemento, si no independiente, sí muy importante, de este proceso. Sin una organización dirigente, la energía de las masas se disiparía, como se disipa el vapor no contenido en una caldera. Pero sea como fuere, lo que impulsa el movimiento no es la caldera ni el pistón, sino el vapor.

Son evidentes las dificultades con que tropieza quien quiere estudiar los cambios experimentados por la conciencia de las masas en épocas de revolución. Las clase oprimidas crean la historia en las fábricas, en los cuarteles, en los campos, en las calles de la ciudad. Mas no acostumbran a ponerla por escrito. Los períodos de tensión máxima de las pasiones sociales dejan, en general, poco margen par ala contemplación y el relato. Mientras dura la revolución, todas las musas, incluso esa musa plebeya del periodismo, tan robusta, lo pasan mal. A pesar de esto, la situación del historiador no es desesperada, ni mucho menos. Los apuntes escritos son incompletos, andan sueltos y desperdigados. Pero, puestos a la luz de los acontecimientos, estos testimonios fragmentarios permiten muchas veces adivinar la dirección y el ritmo del proceso histórico. Mal o bien, los partidos revolucionarios fundan su técnica en la observación de los cambios experimentados por la conciencia de las masas. La senda histórica del bolchevismo demuestra que esta observación, al menos en sus rasgos más salientes, es perfectamente factible. ¿Por qué lo accesible al político revolucionario en el torbellino de la lucha no ha de serlo también retrospectivamente al historiador?

Sin embargo, los procesos que se desarrollan en la conciencia de las masas no son nunca autóctonos ni independientes. Pese a los idealistas y a los eclécticos, la conciencia se halla determinada por la existencia. Los supuestos sobre los que surgen la Revolución de Febrero y su suplantación por la de Octubre tienen necesariamente que estar informados por las condiciones históricas en que se formó Rusia, por su economía, sus clases, su Estado, por las influencias ejercidas sobre ella por otros países. Y cuanto más enigmático nos parezca el hecho de que un país atrasado fuera el primero en exaltar al poder al proletariado, más tenemos que buscar la explicación de este hecho en las características de ese país, o sea en lo que le diferencia de los demás.
En los primeros capítulos del presente libro esbozamos rápidamente la evolución de la sociedad rusa y de sus fuerzas intrínsecas, acusando de este modo las peculiaridades históricas de Rusia y su peso específico. Confiamos en que el esquematismo de esas páginas no asustará al lector. Más adelante, conforme siga leyendo, verá a esas mismas fuerzas sociales vivir y actuar.

Este trabajo no está basado precisamente en los recuerdos personales de su autor. El hecho de que éste participara en los acontecimientos no le exime del deber de basar su estudio en documentos rigurosamente comprobados. El autor habla de sí mismo allí donde la marcha de los acontecimientos le obliga a hacerlo, pero siempre en tercera persona. Y no por razones de estilo simplemente, sino porque el tono subjetivo que en las autobiografías y en las memorias es inevitable sería inadmisible en un trabajo de índole histórica.

Sin embargo, la circunstancia de haber intervenido personalmente en la lucha permite al autor, naturalmente, penetrar mejor, no sólo en la sicología de las fuerzas actuantes, las individuales y las colectivas, sino también en la concatenación interna de los acontecimientos. Mas para que esta ventaja dé resultados positivos, precisa observar una condición, a saber: no fiarse a los datos de la propia memoria, y esto no sólo en los detalles, sino también en lo que respecta a los motivos y a los estados de espíritu. El autor cree haber guardado este requisito en cuanto de él dependía.

Todavía hemos de decir dos palabras acerca de la posición política del autor, que en función de historiador, sigue adoptando el mismo punto de vista que adoptaba en función de militante ante los acontecimientos que relata. El lector no está obligado, naturalmente, a compartir las opiniones políticas del autor, que éste, por su parte, no tiene tampoco por qué ocultar. Pero sí tiene derecho a exigir de un trabajo histórico que no sea precisamente la apología de una posición política determinada, sino una exposición, internamente razonada, del proceso real y verdadero de la revolución. Un trabajo histórico sólo cumple del todo con su misión cuando en sus páginas los acontecimientos se desarrollan con toda su forzosa naturalidad.

¿Mas tiene esto algo que ver con la que llaman «imparcialidad» histórica? Nadie nos ha explicado todavía claramente en qué consiste esa imparcialidad. El tan citado dicho de Clemenceau de que las revoluciones hay que tomarlas o desecharlas en bloc es, en el mejor de los casos, un ingenioso subterfugio: ¿cómo es posible abrazar o repudiar como un todo orgánico aquello que tiene su esencia en la escisión? Ese aforismo se lo dicta a Clemenceau, por una parte, la perplejidad producida en éste por el excesivo arrojo de sus antepasados, y, por otra, la confusión en que se halla el descendiente ante sus sombras.

Uno de los historiadores reaccionarios, y, por tanto, más de moda en la Francia contemporánea, L. Madelein, que ha calumniado con palabras tan elegantes a la Gran Revolución, que vale tanto como decir a la progenitora de la nación francesa, afirma que «el historiador debe colocarse en lo alto de las murallas de la ciudad sitiada, abrazando con su mirada a sitiados y sitiadores»; es, según él, la única manera de conseguir una «justicia conmutativa». Sin embargo, los trabajos de este historiador demuestran que si él se subió a lo alto de las murallas que separan a los dos bandos, fue, pura y simplemente, para servir de espía a la reacción. Y menos mal que en este caso se trata de batallas pasadas, pues en épocas de revolución es un poco peligroso asomar la cabeza sobre las murallas. Claro está que, en los momentos peligrosos, estos sacerdotes de la «justicia conmutativa» suelen quedarse sentados en casa esperando a ver de qué parte se inclina la victoria.

El lector serio y dotado de espíritu crítico no necesita de esa solapada imparcialidad que le brinda la copa de la conciliación llena de posos de veneno reaccionario, sino de la metódica escrupulosidad que va a buscar en los hechos honradamente investigados, apoyo manifiesto para sus simpatías o antipatías disfrazadas, a la contrastación de sus nexos reales, al descubrimiento de las leyes por que se rigen. Ésta es la única objetividad histórica que cabe, y con ella basta, pues se halla contrastada y confirmada, no por las buenas intenciones del historiador de que él mismo responde, sino por las leyes que rigen el proceso histórico y que él se limita a revelar.

Para escribir este libro nos han servido de fuentes numerosas publicaciones periódicas, diarios y revistas, memorias, actas y otros materiales, en parte manuscritos y, principalmente, los trabajos editados por el Instituto para la Historia de la Revolución en Moscú y Leningrado. Nos ha parecido superfluo indicar en el texto las diversas fuentes, ya que con ello no haríamos más que estorbar la lectura. Entre las antologías de trabajos históricos hemos manejado my en particular los dos tomos de los Apuntes para la Historia de la Revolución de Octubre (Moscú-Leningrado, 1927). Escritos por distintos autores, los trabajos monográficos que forman estos dos tomos no tienen todos el mismo valor, pero contienen, desde luego, abundante material de hechos.

Cronológicamente nos guiamos en todas las fechas por el viejo calendario, rezagado en trece fechas, como se sabe, respecto al que regía en el resto del mundo y hoy rige también en los Soviets. El autor no tenía más remedio que atenerse al calendario que estaba en vigor durante la revolución. Ningún trabajo le hubiera costado, naturalmente, trasponer las fechas según el cómputo moderno. Pero esta operación, eliminando unas dificultades, habría creado otras de más monta. El derrumbamiento de la monarquía pasó a la historia con el nombre de Revolución de Febrero. Sin embargo, computando la fecha por el calendario occidental, ocurrió en marzo. La manifestación armada que se organizó contra la política imperialista del gobierno provisional figura en la historia con el nombre de «jornadas de abril», siendo así que, según el cómputo europeo, tuvo lugar en mayo. Sin detenernos en otros acontecimientos y fechas intermedios, haremos notar, finalmente, que la Revolución de Octubre se produjo, según el calendario europeo, en noviembre. Como vemos, ni el propio calendario se puede librar del sello que estampan en él los acontecimientos de la Historia, y al historiador no le es dado corregir las fechas históricas con ayuda de simples operaciones aritméticas. Tenga en cuenta el lector que antes de derrocar el calendario bizantino, la revolución hubo de derrocar las instituciones que a él se aferraban.

1929-1932
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