Mostrando entradas con la etiqueta Immanuel Wallerstein. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Immanuel Wallerstein. Mostrar todas las entradas

lunes, 5 de marzo de 2018

GEOPOLÍTICA DEL SIGLO XXI: FLUIDEZ EN TODAS PARTES




27/02/2018 | Immanuel Wallerstein 

La arena más fluida en el sistema-mundo moderno, que está en crisis estructural, es posiblemente la arena geopolítica. Ningún país llega, ni de cerca, a dominar esta arena. El último poder hegemónico, Estados Unidos, ha actuado durante mucho tiempo como un gigante indefenso. Puede destruir pero no controlar la situación. Aún proclama reglas esperando que el resto [de países] las cumplan, pero puede ser y es ignorado.

Ahora hay una amplia lista de países que actúan según su conveniencia, a pesar de las presiones de otros países para que actúen en tal o cual sentido. Un vistazo a la situación del mundo confirmará sin dificultad la incapacidad de Estados Unidos para salirse con la suya.

Los dos países, además de Estados Unidos, que disponen de un fuerte poderío militar son Rusia y China. En su momento, se tuvieron que mover con cuidado para evitar la reprimenda de Estados Unidos. La retórica de la guerra fría describió dos campos geopolíticos en competencia. La realidad era diferente. En realidad, la retórica enmascaraba la eficacia relativa de la hegemonía estadounidense.

Ahora es prácticamente al revés. Estados Unidos tiene que moverse con prudencia en relación a Rusia y China, con el fin de evitar perder toda capacidad de obtener su cooperación en las prioridades geopolíticas de Estados Unidos.

Mírese a continuación a los llamados aliados más fuertes de Estados Unidos. Podemos discutir sobre cuál es el aliado más cercano, o sobre quién lo ha sido durante mucho tiempo. Se puede elegir entre Gran Bretaña e Israel o incluso, dirían algunos, Arabia Saudita. También se puede hacer una lista de antiguos socios fiables de Estados Unidos: Japón y Corea del Sur, Canadá, Brasil y Alemania. Calificarlos como los segundos.

Fijémonos ahora en el comportamiento de todos estos países en los últimos veinte años. Digo veinte porque la nueva realidad es anterior al régimen de Donald Trump, aunque indudablemente él ha empeorado la capacidad de Estados Unidos para salirse con la suya.

Tomemos la situación en la península de Corea. Estados Unidos quiere que Corea del Norte renuncie a las armas nucleares. Este es un objetivo que Estados Unidos repite regularmente. Es cierto que lo hizo cuando Bush y Obama fueron presidentes. Y continúa siendo cierto con Trump. La diferencia es el modo de tratar de lograr este objetivo. Antes, las actuaciones de Estados Unidos añadían cierto nivel diplomacia a las sanciones. Esto reflejaba la comprensión de que demasiadas amenazas públicas por parte de Estados Unidos eran contraproducentes. Trump cree lo contrario. Él ve las amenazas públicas como el arma básica de su arsenal.

Sin embargo, Trump tiene días diferentes. El primer día amenaza a Corea del Norte con la devastación. Pero en el día siguiente se dirige con prioridad a Japón y Corea del Sur. Trump les acusa de otorgan un apoyo financiero insuficiente para cubrir los gastos derivados de la presencia militar permanente de EE UU en la zona. Entonces, en el vaivén de una posición a la otra, ni Japón ni Corea del Sur tienen la sensación de estár protegidos de forma segura.

Japón y Corea del Sur han hecho frente a sus temores e incertidumbres de forma dispar. El actual régimen japonés busca afianzar las garantías de Estados Unidos ofreciendo un apoyo público total a las (cambiantes) tácticas estadounidenses. De ese modo espera complacer lo suficiente a Estados Unidos para que Japón reciba las garantías que desea. El actual régimen de Corea del Sur desarrolla una táctica bien diferente. Persigue, de forma abierta, relaciones diplomáticas más estrechas con Corea del Norte, muy en contra de los deseos de Estados Unidos. De ese modo espera complacer suficientemente al régimen de Corea del Norte como para que érste responda aceptando no intensificar el conflicto.

No está claro que alguno de estos enfoques tácticos vaya a servir para enderezar la posición de EE UU. Lo que es seguro es que Estados Unidos no está al mando. Tanto Japón como Corea del Sur buscan a hurtadillas disponer de armas nucleares para fortalecer su posición, ya que desconocen lo que pueda depararles Estados Unidos en el futuro. La fluidez de la posición de Estados Unidos debilita aún más el poder de Estados Unidos debido a las reacciones que genera.

Tomemos sino la situación aún más complicada en el llamado mundo islámico, desde Magreb a Indonesia, y en particular en Siria. Cada potencia principal en la región (o que se ocupa de la región) tiene un enemigo (o enemigos) principal diferente. En este momento, para Arabia Saudita e Israel es Irán. Para Irán es Estados Unidos. Para Egipto es la Hermandad Musulmana. Para Turquía, los kurdos. Para el régimen iraquí, los sunitas. Para Italia, Al Qaeda, lo que hace que sea imposible controlar el flujo de migrantes. Y aún podíamos seguir.

¿Y para Estados Unidos? ¿Quién sabe? Esto es lo que da miedo a todos los demás. Estados Unidos parece tener en este momento dos prioridades bastante diferentes. Un día, es la aquiescencia de Corea del Norte con los imperativos de EE UU. Al día siguiente, es poner fin a la participación de Estados Unidos en la región de Asia oriental o, al menos, reducir su desembolso financiero. Nadie sabe a que atenerse.

Podríamos dibujar una situación similar en otras regiones o subregiones del mundo. La lección a retener al hacerlo es que al declive de Estados Unidos no le sigue [la emergencia de] otra hegemonía. Lo que ha ocurrido es que, la fluidez de la que hablamos se ha plegado al zigzag caótico general.

Por supuesto, en ello reside el gran peligro. De pronto, en todo el mundo la gente piensa, y sobre todo las fuerzas armadas, en accidentes nucleares, en errores, o en una locura. A corto plazo el debate geopolítico más importante es cómo lidiar con este peligro.

Commentary Number 467, February 15, 2018
Traducción: viento sur

miércoles, 27 de abril de 2016

IMMANUEL WALLERSTEIN: LA IZQUIERDA PIERDE ELECCIONES EN PERÚ




26-04-2016

Perú es uno de los países con elecciones que contemplan dos rondas de votación. A menos que el candidato obtenga más de 50 por ciento de los votos en la primera ronda, hay una segunda oportunidad con sólo los candidatos que obtuvieron la mayoría de los votos en la primera ronda. Y, como es el caso en cada vez más países por todo el mundo, cuando hay tres candidatos con respaldo significativo, hay una feroz batalla por el segundo lugar de la primera ronda de las elecciones. 

El 10 de abril de 2016 en Perú, la candidata a la cabeza de la votación fue Keiko Fujimori, la hija del notorio ex presidente Alberto Fujimori, actualmente preso por abusos de derechos humanos. Las cifras definitivas todavía no se publican, pero parece que obtuvo cerca de 40 por ciento de la votación. El segundo lugar lo ganó Pedro Pablo Kuczynski con tal vez 21 por ciento. El tercer lugar quedó para Verónica Mendoza con 19 por ciento.

¿Qué significa esto? Un reportaje de Reuters sobre las elecciones tiene un encabezado que sintetiza los puntos de vista de casi todos los comentaristas: Dos candidatos pro negocios siguen en la competencia en Perú. Los descriptivos adjetivos que los medios han estado utilizando en torno a los tres son conservadora y populista para Fujimori, centroderecha para Kuczynski (antes economista para el Banco Mundial) e izquierdista para Mendoza.

Parece que virtualmente no existe diferencia entre los candidatos que continúan en cuanto a la prioridad que ponen en el llamado libre comercio, y la bolsa de valores recompensó sus compromisos con un alza inmediata tras la primera ronda. La diferencia reside, en gran medida, en que Kuczynski mantiene puntos de vista más centristas en las cuestiones sociales, además de los miedos que levanta Fujimori debido al recuerdo que convoca el régimen autoritario de su padre.

Regresemos el reloj cinco años a la elección previa y los adjetivos que describían a los candidatos eran bastante diferentes. Los dos candidatos para la segunda ronda eran de nuevo Fujimori (sus credenciales eran las mismas) y Ollanta Humala, del que se decía que se inclinaba a la izquierda. Esta etiqueta para él se deriva del hecho de que, en tiempos anteriores, obtuvo respaldo de Hugo Chávez y para muchos parecía un chavista.

Humala mismo fue sensible a esta acusación y ostentosamente se decía más próximo a Lula y al PT de Brasil que a Chávez. El candidato verdaderamente conservador, Mario Vargas Llosa, decía que escoger entre Fujimori y Humala era escoger entre Sida y cáncer terminal. Sin embargo, con renuencia respaldó a Humala en la segunda ronda, lo que dejó a Fujimori como la peor opción para la presidencia.

Humala ganó la elección con muy estrecho margen y pronto comenzó a moverse hacia la derecha, abriendo a Perú más y más hacia el libre comercio. Traicionó casi todas sus promesas, aunque sí realizó mejoras en la situación de las poblaciones indígenas de Perú. En las elecciones actuales, Humala no respaldó a nadie, pero sin duda no apoyó a Mendoza.

Una retrospectiva a 2006 y de nuevo las descripciones son diferentes. Era una carrera de tres vías entre Lourdes Flores Nano, que se decía que era conservadora; Humala, de quien se decía que era un populista firme, y Alan García, que ya había sido presidente previamente (1985-1990) y que era candidato del APRA (partido con profundas raíces de izquierda), que en 2006 se le describió como de centroizquierda. A diferencia de 2016, cuando se dice que la segunda ronda es una lucha entre el populismo de derecha y de centroizquierda, la elección de 2006 se veía como una lucha entre el populismo de izquierda y de centroizquierda. García volvió a ganar y ya en el cargo se corrió firmemente a la derecha.

Vayamos una vez más a una elección previa, esta vez a 2002. Ésta fue atestiguada por observadores externos, incluido Jimmy Carter. Se dijo que fue justa. La ganó Alejandro Toledo, un conservador, pero no un populista. Los votantes del tercer lugar, simpatizantes de Lourdes Flores, emitieron sus votos para Toledo en vez de García.

Aquella elección se celebró tras un largo periodo de desasosiego en Perú. En los 80, había habido levantamientos bastante severos de dos guerrillas. Una de las guerrillas era Sendero Luminoso, un movimiento autoproclamado maoísta que había logrado controlar varias áreas rurales. Fue encabezada por Abimael Guzmán, previamente profesor universitario de filosofía. Sendero utilizó la violencia extrema contra quien fuera que ellos definieran como parte de las élites políticas de Perú. El segundo grupo armado era el Movimiento Revolucionario Tupac Amaru (MRTA), bastante menos violento, y que se identificaba más con el régimen cubano.

La lucha del gobierno peruano contra estos movimientos consumió sus energías en los 80. En 1985, Alan García, del APRA, fue electo presidente. Era entonces una joven estrella, y siendo del APRA ganó la elección fácilmente contra el candidato de izquierda, recibiendo un respaldo generalizado en todo el mundo. Inicialmente la economía levantó de manera positiva. Pero luego comenzó a meterse en dificultades debido a los límites de las políticas económicas y al clímax de la fuerza de la guerrilla. Su popularidad bajó de 90 a 10-15 por ciento.

Éste fue el contexto para las elecciones de 1990 entre Vargas Llosa, que competía en una plataforma de economía neoliberal, y el entonces oscuro candidato de una coalición populista moderada Alberto Fujimori, que se suponía que era inelegible. Para gran sorpresa, ganó y la mayor sorpresa fue que disolvió el parlamento en 1992 y emprendió una vigorosa escalada que logró aplastar a los movimientos guerrilleros y capturar a la cabeza de Sendero.

Para 2001, era ya tan impopular que se le amenazó con enjuiciarlo. Se escapó a Japón y recuperó su ciudadanía allá. Se le juzgó y condenó en ausencia. En 1995 fue a Chile, asumiendo que ahí estaría a salvo. Pero Chile lo extraditó a Perú donde lo metieron a la cárcel, donde se encuentra todavía.

Todo esto ocurrió en el contexto de uno de los regímenes más radicales de la historia reciente de América Latina. El 3 de octubre de 1968, el general Juan Velasco Alvarado, entonces comandante de las Fuerzas Armadas, encabezó un golpe de Estado contra el entonces presidente Fernando Belaunde. El régimen de Belaunde estaba acosado por un escándalo que implicaba las licencias de los campos petroleros del norte de Perú. Al tomar el poder, el presidente del gobierno revolucionario de las fuerzas armadas, Velasco Alvarado, pronto nacionalizó los campos petroleros en cuestión, logrando grandes aplausos al interior del país.

Velasco emprendió un programa conocido como peruanismo, y fue considerado como de inclinación a la izquierda. En política exterior, Velasco se retiró de sus vínculos con Estados Unidos y se acercó a Cuba. Las relaciones con el Chile de Pinochet fueron muy tensas. Emprendió la reforma agraria y nacionalizó un buen número de industrias. Sin embargo, en realidad estos esfuerzos económicos no tuvieron mucho éxito. Los sectores agrario y pesquero entraron en dificultades y el gobierno asumió una gran deuda. La inflación se tornó hiperinflación y en 1975 hubo un ulterior golpe militar que derrocó a Velasco.

Yendo más atrás en la historia de Perú, José Carlos Mariátegui fundó en los años 20 el APRA como un movimiento marxista comprometido con los derechos de las comunidades indígenas. Este programa radical estaba a kilómetros de distancia del programa que en los 80 emprendiera su sucesor como líder del APRA, Alan García.

Lo que vemos en la continuación del drama de la política peruana es que cada vez que ha llegado al poder un movimiento que se piensa inclinado a la izquierda el régimen siguiente se mueve a la derecha. Dado el tamaño, la localización y la importancia económica de Perú, éste se ha vuelto un campo de batalla primordial en la política de América Latina. La historia de cada país tiene sus particularidades. Pero la historia de Perú parece encarnar las dificultades de la izquierda latinoamericana. Hace un buen tiempo que ha sido materia de debate en América Latina y por todo el mundo el por qué los regímenes de izquierda se mueven a la derecha. Pero esto no ha resultado en una reunificación y un compromiso entre las fuerzas de izquierda. En las décadas venideras, los ojos continuarán enfocando la evolución de la izquierda peruana en la lucha mundial de la izquierda global durante la crisis estructural del moderno sistema-mundo.


martes, 12 de enero de 2016

CRISIS TERMINAL DEL CAPITALISMO: LOS BRICS, UNA FÁBULA DE NUESTRO TIEMPO




12-01-2016

La historia de los BRICS es extraña. Comienza cuando Jim O’Neill, en ese momento coordinador de la gestión de activos en Goldman Sachs, la gigante casa de inversiones, escribió un artículo ampliamente comentado acerca de lo que hemos venido a llamar economías emergentes. O’Neill destacó a cuatro países –Brasil, Rusia, India y China–, todos los cuales son lo suficientemente grandes en tamaño y territorio como para tener un peso notorio en el mercado mundial. Los llamó los BRICs.

O’Neill argumentó que sus activos crecían a un ritmo tal, que llegarían a controlar colectivamente el valor de los activos mantenidos por los países del G-7, durante mucho tiempo considerados los países más ricos del sistema-mundo. O’Neill no dijo con exactitud cuándo habría de ocurrir esto –a más tardar hacia 2050. Pero ubicó el surgimiento de los BRICs como más o menos inevitable. Dada la posición de Goldman Sachs, en esencia le estaba diciendo a los clientes de dicha firma que ubicaran partes significativas de sus inversiones en estos cuatro países mientras sus activos siguieran vendiéndose baratos.

Los argumentos prendieron, aun al interior de los cuatro países en cuestión. Los cuatro países de los BRICs decidieron asumir el nombre y crearon estructuras para celebrar reuniones anuales a partir de 2009, con el fin de transformar su fuerza económica emergente en una fuerza geopolítica. El tono de sus sucesivas declaraciones colectivas fue hacer valer el sitio del Sur contra el Norte, en especial Estados Unidos, en el sistema-mundo. Hablaban de reemplazar el dólar como divisa de reserva, con una nueva divisa basada en el Sur. Hablaron de crear un banco de desarrollo con sede en el Sur para que asumiera muchas de las funciones que eran de la competencia del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Hablaron de redirigir los flujos de comercio mundial, enfatizando los intercambios Sur-Sur.

Hablaban de todas estas cuestiones, pero de algún modo nunca lograron instrumentar estas propuestas. En cambio, desde 2010 se concentraron en gozar de los frutos del alto nivel de los precios de las mercancías de exportación, lo que permitió a los cuatro países aumentar significativamente los niveles de ingreso de los estratos medios y altos, y aun incrementar algunos beneficios para los estratos inferiores.

Los tiempos parecían buenos, y no sólo para los BRICs. En 2009, Sudáfrica se las arregló para convencer a los cuatro miembros de los BRICs que lo admitieran como quinto miembro del grupo. El nombre cambió entonces de BRICs a BRICS, con la S final referida a Sudáfrica. Sudáfrica en realidad no cumplía con los criterios económicos que O’Neill especificara, pero en términos de geopolítica permitió al grupo decir que tenían un miembro africano.

Entretanto, otros países comenzaron a mostrar características económicas semejantes a aquellas de los BRICS. Los periodistas comenzaron a hablar de MINT –México, Indonesia, Nigeria y Turquía. Aunque este grupo también incluía economías emergentes, nunca se convirtieron una estructura formal. Otro miembro era un miembro obvio: Corea del Sur. Sin embargo, Corea del Sur ya había sido admitido en el club de los acaudalados –La Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE)– y como tal no vio la necesidad de impulsar más su estatus geopolítico.

Luego, de pronto, la fuerza económica de los BRICS dio un giro hacia empeorar en la década de 2010. No era que los países del G-7 estuvieran acelerando su crecimiento de nuevo, sino que los BRICS mostraban cifras disminuidas en sus activos. El rápido ascenso de los BRICS pareció desvanecerse.

¿Qué había ocurrido? Una mirada a la economía-mundo de la primera década del siglo XXI muestra que el auge económico mundial estaba impulsado en gran medida por la industrialización y la construcción sin restricciones. Esto creó una enorme demanda de insumos de todo tipo, que China obtuvo de los países de los BRICS y de otras partes. El auge de China se construyó sobre algunas irresponsables y endebles políticas de préstamos de un gran número de bancos regionales que comenzaron a existir, auxiliados y permitidos por una considerable corrupción. Cuando el gobierno chino buscó reparar el daño, su tasa de crecimiento se desplomó pese a que siguió relativamente alta.

Además, el intento de China por afirmar su poderío geopolítico sobre sus vecinos en Asia oriental y sudoriental ha conducido a tensiones acumuladas. Aunque se dice que esto es parte de la rivalidad entre China y Estados Unidos, tanto China como Estados Unidos han sido cuidadosos en no dejar que la rivalidad vaya tan lejos que amenace las posibilidades de más largo plazo para una sociedad.

Los ajustes de China se sintieron en otros lados de inmediato, y en especial en los otros países de los BRICS, lo que resultó endeble económicamente y por tanto en una vulnerabilidad política. La dramática caída de los precios mundiales del crudo cobró su cuota. Uno tras otro, los países de los BRICS se hallaron en problemas, cada uno de modo diferente.

Las políticas económicas de Brasil, que habían combinado políticas macroeconómicas neoliberales con importantes transferencias al tercio más pobre de la población –el famoso Fome Zero o Hambre Cero–, ya no funcionaron. Las fluidas y siempre cambiantes alianzas políticas en la legislatura brasileña se volvieron un escenario turbulento, que amenazó la estabilidad política. En este momento los dos bandos principales están buscando someter a juicio al líder del otro bando. Y la imagen de la persona que construyera las exitosas políticas previas de Brasil –Lula, el anterior presidente Luiz Inácio Lula da Silva– se manchó de mal modo.

Las políticas rusas de pesada inversión en lo militar combinadas con una redistribución económica auxiliada por el Estado quedaron fuertemente amenazadas por la caída en el precio del gas y del crudo. Su asertividad geopolítica en Ucrania y Medio Oriente condujo a varios tipos de boicots que lastimaron su ingreso económico nacional marcadamente.

El intento de India por ponerse al corriente, no sólo con Occidente sino con China, resultó en un daño ecológico masivo y en una disminución de las inversiones de su diáspora en América del Norte y Europa occidental. El actual gobierno, encabezado por el primer ministro Narendra Modi, está encontrando que es difícil cumplir las promesas que condujeron a su avasalladora victoria reciente.

En Sudáfrica, la abrumadora mayoría del Congreso Nacional Africano (CNA) amaina finalmente, conforme una creciente proporción del electorado es demasiado joven para recordar la lucha contra el apartheid. En cambio, la política se torna cada vez más una política basada en lo étnico. Y el CNA es amenazado por una corriente emergente anti-blanca entre los votantes más jóvenes, tan ajenos a las políticas anti-raciales del CNA. Además, los vecinos de Sudáfrica se inquietan cada vez más por la mano dura de Sudáfrica en su política interna.

¡Ay, cómo caen los poderosos! Cualquiera duda de lo que permanece de las aspiraciones geopolíticas de los BRICS.

Traducción: Ramón Vera Herrera