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miércoles, 7 de enero de 2026

LOS CINCO PRINCIPIOS DE COEXISTENCIA PACIFICA



(07 de enero de 2026)

Por Miguel Aragón

 

Uno de los más grandes aportes del capitalismo al desarrollo de la humanidad ha sido la internacionalización de las relaciones  económicas.  

 

I

Ese proceso comenzó a fines del siglo XV, con el descubrimiento de América (revisar primer capítulo del Manifiesto Comunista), y recibió un enérgico impulso a fines del siglo XVIII, con el desarrollo de la revolución industrial y el aumento vertiginoso de la producción. Desde entonces, la mayor parte de la producción capitalista es para el mercado mundial.

Al pasar a su fase superior, el capitalismo monopolista cumplió con integrar casi toda la economía mundial, pero manteniendo una política nacionalista heredada del pasado.

La política nacionalista, por oposición a la economía internacionalista, ha sido la causante de las dos guerras mundiales del siglo XX (la de 1914 y la de 1939), dos guerras de rapiña por un nuevo reparto del mundo (revisar Internacionalismo y nacionalismo de José Carlos Mariátegui).

Igualmente, la política nacionalista ha sido la causante de las dos grandes crisis económicas capitalistas mundiales, la de 1929 y la de 2008. El total de la producción mundial, cada cierto tiempo supera la capacidad de consumo de la población empobrecida, y así estallan las crisis de superproducción relativa.

Mientras existan contradicciones entre estados nacionales, las grandes crisis económicas y las guerras continuarán siendo inevitables.

La solución a esta gran contradicción histórica será la internacionalización de la política, la superación de la división mundial en los caducos estados nacionales.

Este proceso revolucionario comenzó en 1917 con la victoria de la revolución rusa, se aceleró a partir de 1945 con la gran victoria de la URSS, y actualmente continúa con la combinación de dos grandes iniciativas:  la formación de la Asociación de los países BRICS+, y el gran proyecto de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, dos grandes proyectos que están integrando países y naciones en todo el mundo.

 

II

 

Desde 1840, a partir de la Guerra del Opio, el pueblo y la nación china, fueron sometidos a un siglo de humillación, por parte de las grandes potencias capitalistas que reiteradamente invadieron y saquearon a   esa gran nación.

Esa etapa de oprobio concluyó en 1949 con la victoria de la Gran Revolución China.

El día de la victoria, el heroico pueblo chino juró nunca más el pueblo chino será humillado. El año 2049 se cumplirá un siglo de ese gran juramento y la dignidad del pueblo chino brillará y alumbrará como ejemplo para todos los pueblos.

Para desarrollarse, como lo está haciendo en los últimos 75 años, el pueblo chino necesita vivir en paz, rechazar cualquier agresión externa y no intervenir en la vida de ningún otro país. 

A comienzos de la década de 1950, ya en el poder, el gran dirigente Zhou Enlai presentó la propuesta de los Cinco Principios de Coexistencia Pacífica, los cuales son los siguientes:

1.- El respeto mutuo por la soberanía y la integridad territorial

2.-La no agresión mutua

3.- La no interferencia en los asuntos internos de otros países

4 - La igualdad y el beneficio mutuo

5.- La coexistencia pacífica

Desde entonces, los gobiernos de la República Popular China han respetado y aplicado esos cinco principios, han resuelto las contradicciones y disputas, heredadas del pasado, con sus países vecinos, Rusia, India, Vietnam, y están en negociaciones para resolver sus disputas con Japón, heredadas de los tiempos de la segunda guerra mundial.

 A diferencia de EEUU, China no tiene bases militares estacionadas en ningún país. La cuestión de la provincia de Taiwán es un problema interno, que China tiene previsto resolverlo a largo plazo por medios pacíficos, siempre y cuando no haya injerencia extranjera de alguna potencia.

Para continuar viviendo en Paz, China se está armando para hacerse respetar y rechazar cualquier agresión.

 

III

 

Ante la reciente agresión de la gran burguesía monopolista norteamericana al pueblo de Venezuela, se han levantado voces desesperadas qué reclaman la intervención militar del gobierno de China, demostrando por un lado el desconocimiento de los principios de la política exterior china, y por otro lado, demostrando una mentalidad colonial, que no confía en las fuerzas internas y espera que otros países vengan a resolver nuestros problemas.

lunes, 5 de enero de 2026

INTERNACIONALISMO Y NACIONALISMO



Miguel Aragón

(04 de enero de 2026)


Tenemos que escuchar y analizar todas las opiniones, "vengan de donde vengan".

Así como estamos atrasados en actualizar la interpretación de la realidad peruana, mucho más atrasados estamos en actualizar la interpretación de la realidad mundial, la cual incluye a la realidad de Nuestra América.

Desde hace varios años estábamos enterados qué en Europa existe el conflicto de Ucrania, que en Asia existe el conflicto potencial de Taiwán, y en Medio Oriente el conflicto de Palestina.

Aparentemente Nuestra América era la única parte del mundo con ausencia de conflictos, lo cual no era posible en un momento de grandes cambios en el mundo entero, mundo cada vez más integrado, tanto por la expansión de las relaciones comerciales, como de las necesarias relaciones políticas y culturales.

Los graves sucesos del día 03 de enero en nuestro continente, nos están   sacando de esta aparente situación de excepción. Ahora, en América también hay un conflicto muy grave.

El quinquenio 2026-2030, será decisivo en la definición del siglo XXI, así como el quinquenio 1914-1919    fue decisivo en la definición del siglo XX.

Hasta 1919 la clase dirigente de toda la humanidad era la gran burguesía monopolista, y su última acción como dirigente en crisis, fue el Tratado de Versalles, en el cual algunas de las grandes potencias diseñaron y definieron como redistribuirse el mundo.

Ante esa manifiesta incapacidad para continuar dirigiendo a la humanidad, a partir de 1917 una nueva clase social, el proletariado, al asumir el poder en el país más extenso del mundo, a su vez asumió la dirección de la humanidad, en condiciones sumamente difíciles. 

Situación que hasta ahora, cien años después, todavía no logramos comprender, ni reconocer, ni aceptar la difícil misión que asumía el proletariado a partir de entonces.

Ahora los tiempos han cambiado, el proletariado continúa dirigiendo a la humanidad, pero en nuevas condiciones mucho más favorables.

En el mes de marzo, al debatirse y aprobarse el próximo Plan Quinquenal de la República Popular China, se definirán los lineamientos generales para el desarrollo de China, de Asia y del mundo, durante el presente siglo XXI. Esa será la trascendencia de ese evento, en el cual se dará un gran respaldo a la Organización Económica de Shanghai,   a la Asociación de los BRICS y a todos los niveles de coordinación mundial, que aporten a la integración del mundo entero.

Internacionalismo y Nacionalismo fue el eje del debate al comenzar la nueva época histórica hace más de 100 años, ese también fue el eje del libro La Escena Contemporánea, libro que todavía no culminamos de estudiar entre nosotros.

Internacionalismo y Nacionalismo, otra forma de expresar la contradicción entre Socialismo y Capitalismo, también es el eje del actual debate de ideas y de las tareas políticas  de los trabajadores en el mundo.

lunes, 14 de julio de 2025

EL ALMA Y LA TRINCHERA: MITO, CRISIS Y REVOLUCIÓN EN EL PENSAMIENTO VIVO DE MARIÁTEGUI

 


NAHUEL

 

Comentario al libro 'El alma matinal y otras estaciones del hombre de hoy' del revolucionario pensador marxista peruano José Carlos Mariátegui

 

Presentación

José Carlos Mariátegui no es un autor del pasado. Es un revolucionario del porvenir. En El alma matinal y otras estaciones del hombre de hoy, el pensador peruano escapa a la clausura de los manuales y de biografías comunistas (excesivamente elogiosas) para hablarnos, con una claridad intempestiva, desde los escombros de la civilización burguesa. En un tiempo donde la democracia liberal se pudre entre tecnocracias vacías, fascismos en ascenso y una izquierda domesticada al cálculo electoral, volver a José Carlos Mariátegui no es un ejercicio de memoria: es un acto de insubordinación intelectual. Este comentario propone una lectura radical y actualizada de El alma matinal y otras estaciones del hombre de hoy, no como documento histórico, sino como arsenal teórico para los combates del presente.

Aquí se examinan las intuiciones del pensador peruano sobre la farsa del parlamentarismo burgués, el fascismo como forma orgánica de contrarrevolución, el mito como fuerza motriz de la política revolucionaria y el internacionalismo como única salida frente a la barbarie del capital global. Lejos de la museificación académica, se plantea a un Mariátegui como un pensador vivo, urgente, dispuesto a incendiar nuestras certezas con una sola pregunta: ¿estamos dispuestos a crear, como él exigía, un "socialismo" con alma?

Este texto está dirigido a militantes, estudiantes, teóricxs y soñadorxs que no se resignan a administrar el desastre, y que aún creen --como Mariátegui-- que la revolución no es una fórmula, sino una creación heroica.

1. La democracia burguesa como mascarada del capital

Mariátegui parte de una intuición decisiva: el liberalismo político no representa la culminación del ideal democrático, sino su distorsión grotesca, su fosilización en formas huecas. La democracia, en su acepción burguesa, ha sido despojada de su contenido popular y convertida en una escenografía ritual donde se encubren las verdaderas relaciones de poder. No es la plaza pública, el foro (ágora) donde el pueblo delibera su destino, sino el teatro donde se consagra, una y otra vez, la soberanía del capital.

En esta crítica, el régimen parlamentario no aparece como un campo de juego abierto ni como un espacio neutral de deliberación ciudadana. Muy por el contrario, Mariátegui nos muestra que el parlamentarismo burgués es una superestructura funcional al dominio de clase, una máquina institucional diseñada para garantizar la reproducción del orden económico capitalista bajo el disfraz de representación. En este sentido, la «democracia-forma», como él la denomina, es la farsa que sustituye a la "democracia-idea": una pantomima regulada por el dinero, donde la libertad es propiedad, la igualdad es mercancía y la participación se reduce al voto cada cuatro años bajo tutela mediática y coerción estructural.

«La democracia de los demócratas contemporáneos es la democracia capitalista. Es la democracia-forma y no la democracia-idea».

Este desdoblamiento entre forma e idea, entre apariencia e impulso histórico, es el núcleo del análisis mariateguiano. Mientras la democracia como idea se nutre de una voluntad colectiva de autogobierno, de justicia social y de dignidad humana, la democracia capitalista no busca otra cosa que asegurar la continuidad del dominio plutocrático bajo el barniz de la legalidad constitucional. No es, pues, un modelo agotado por el uso, sino una forma deliberada de simulación política: la máscara tras la cual se esconde la dictadura del dinero.

Pero esta ficción no es eterna. Mariátegui, lector dialéctico de las contradicciones sociales, entiende que cuando la lucha de clases se intensifica, cuando las masas ya no consienten en su subordinación y los aparatos de hegemonía comienzan a hacer agua, la burguesía abandona incluso esta fachada democrática. El Estado burgués, que había intentado legitimarse mediante el consentimiento, muestra entonces su rostro descarnado y recurre al terror organizado como forma de restauración del orden.

En este tránsito, el fascismo no surge como un accidente ni como un error del sistema. No es el "otro" de la democracia, sino su reverso funcional en tiempos de crisis. Es la continuidad del dominio burgués por otros medios. La forma liberal y la forma autoritaria del Estado capitalista son, para Mariátegui, parte de una misma arquitectura de poder, articuladas por la necesidad de asegurar la reproducción del capital ante cualquier amenaza de emancipación.

El gesto es revelador: allí donde el orden económico se tambalea, donde la conciencia proletaria se organiza, la clase dominante no vacila en destruir su propio aparato representativo, en suprimir libertades públicas y en movilizar a las fuerzas del odio y del nacionalismo para defender sus privilegios. Lo que parecía civilización se revela entonces como barbarie latente, lista para ser convocada por la desesperación del capital. El parlamento se convierte en cuartel; el voto, en bayoneta; y la ciudadanía, en sospecha.

Mariátegui anticipa, con precisión casi profética, lo que Antonio Gramsci denominará más tarde "cesarismo reaccionario": el momento en que la hegemonía burguesa, en crisis, ya no puede sostenerse en el consenso y debe recurrir abiertamente a la coerción. Pero el peruano va más allá. No se limita a señalar una estrategia de dominación; advierte que esta deriva autoritaria no es una anomalía del liberalismo, sino su resultado lógico en la medida en que el capital ya no puede gobernar democráticamente sin poner en riesgo su existencia.

La conclusión es tan radical como ineludible: la democracia burguesa no es el terreno desde el cual profundizar la emancipación social, sino el cerrojo institucional que la impide. Su crisis no es el colapso de un ideal común, sino la apertura de una posibilidad histórica: la de reinventar la política desde abajo, desde los explotados, desde una nueva forma de soberanía que no se subordine a la lógica del capital.

Mariátegui, desde esta trinchera teórica, nos entrega una enseñanza vital para el presente: si la izquierda se limita a disputar espacios dentro de la maquinaria liberal sin cuestionar su fundamento económico-social, no hace más que prolongar la agonía de un mundo moribundo. La verdadera tarea revolucionaria no es restaurar la democracia burguesa, sino superarla; no es reparar el edificio en ruinas, sino encender la llama que lo consuma.

2. Fascismo: modernidad reaccionaria y gestión del miedo

Para José Carlos Mariátegui, el fascismo no es una aberración del curso histórico ni un desvío accidental de la racionalidad política. Tampoco es, como pretende el liberalismo, una simple patología de la democracia. Muy por el contrario: es la respuesta lógica, coherente y brutal del capital cuando la estabilidad de su dominio se ve amenazada. El fascismo no nace de la nada, ni de la locura colectiva, ni de la mala voluntad de algunos caudillos exaltados. Nace del miedo de la burguesía. Nace de su pánico de clase ante la irrupción de los explotados en la escena de la historia.

«La burguesía, asustada por la violencia bolchevique, apeló a la violencia fascista».

Con esta frase demoledora, Mariátegui despoja al fascismo de sus ropajes nacionalistas, de su estética imperial, de sus símbolos arcaicos y su retórica teatral. Lo muestra tal cual es: una contrarrevolución organizada, financiada y legitimada por la clase dominante cuando ya no puede sostener su hegemonía mediante el pacto republicano. La violencia fascista no es una desviación de la democracia capitalista, sino su continuidad bajo otras formas. Es la dictadura abierta de la burguesía, su reacción instintiva cuando percibe que el terreno se inclina en favor de la revolución.

A diferencia de las explicaciones liberales, que interpretan el fascismo como una explosión irracional o como una regresión primitiva, Mariátegui nos invita a leerlo como un fenómeno modernísimo. No se trata de un retorno al pasado, sino de un proyecto político deliberado que busca reconfigurar el orden capitalista bajo nuevas coordenadas autoritarias. En este sentido, el fascismo no es un simple intento de restauración tradicionalista; es una modernidad reaccionaria, una racionalización totalitaria del poder económico, estatal y cultural, al servicio de la perpetuación del capital.

Esta modernidad autoritaria se expresa en su aparato simbólico, en su fetichismo por la técnica y la disciplina, en su exaltación de la producción industrial subordinada al Estado corporativo. Pero también --y fundamentalmente-- en su capacidad de absorber los elementos de crisis y canalizarlos hacia un proyecto de reorganización social basado en el miedo, la obediencia y el nacionalismo agresivo. El fascismo no inventa las frustraciones del pueblo: las manipula, las redirige, las subvierte. El odio de clase se desvía hacia el odio étnico; la miseria estructural se oculta tras el enemigo externo; la solidaridad se reemplaza por la lealtad vertical.

Mariátegui detecta con agudeza la dimensión cultural de este proyecto. El fascismo italiano no solo reprime a los sindicatos, encarcela a los comunistas y militariza a la juventud: también teje una alianza estratégica con la Iglesia y con el imaginario nacionalista. Restituye una mística imperial --romana y católica a la vez-- que busca dotar de sentido trascendente a una sociedad desgarrada por el desarraigo moderno:

«El fascismo se declara filo-católico. Mussolini mira en la Iglesia una fuerza de difusión de la italianidad en el mundo».

En esta simbiosis entre el Estado autoritario, la gran propiedad privada y la institución religiosa, Mariátegui reconoce el rostro más siniestro de la contrarrevolución: su vocación totalizante. El fascismo no busca únicamente suprimir derechos políticos; busca colonizar la subjetividad, imponer una cultura de la obediencia, aniquilar la imaginación emancipadora. Por eso apela a la tradición, al mito nacional, al cuerpo del líder, a la familia, a la tierra y a Dios. Porque necesita reconstruir el tejido simbólico que el capital ha roto, pero que ya no puede suturar mediante la democracia liberal.

En este punto, la crítica mariateguiana anticipa con claridad los mecanismos actuales de las nuevas derechas autoritarias. La invocación a la patria, la criminalización del disenso, la alianza con iglesias fundamentalistas, la glorificación del orden, el odio al feminismo, la xenofobia y la exaltación del trabajo como sacrificio... todo ello pertenece al mismo guion. El fascismo, en sus versiones del siglo XXI, ha mutado en formas más sofisticadas, pero conserva su función esencial: ser la barrera de contención ante el avance de las luchas sociales, la alternativa represiva al agotamiento del modelo neoliberal.

Frente a este escenario, Mariátegui no se limita a denunciar. Nos llama a comprender el carácter estructural de la amenaza. Si el fascismo es el recurso extremo del capital en crisis, entonces su derrota no será obra del republicanismo liberal ni de la nostalgia por las viejas instituciones. Será el resultado de una confrontación frontal entre dos proyectos históricos: el del capital autoritario y el de la revolución socialista. En esa disputa, la lucha no es solo por las formas del poder, sino por el sentido de la vida en común.

Porque, como él mismo intuye, el fascismo triunfa cuando la esperanza revolucionaria se disuelve en la gestión tecnocrática de la miseria. Y se derrota, no con discursos morales, sino con organización popular, con mito combativo, con imaginación política y con fuerza colectiva. El fascismo es la reacción del sistema cuando la revolución asoma. La única respuesta es que esa revolución llegue y venza.

3. El mito revolucionario como fuerza material

Hay en Mariátegui una herejía luminosa que escandaliza a los dogmáticos de su tiempo y desconcierta a los marxistas de manual: su reivindicación del mito revolucionario. En un siglo atravesado por la fe ciega en la razón, por el cientificismo como religión del capital y por la burocratización de las esperanzas populares, Mariátegui se atreve a decir que la revolución no será obra de estadísticas ni de economías planificadas, sino de pasiones colectivas, de símbolos ardientes, de creencias insurgentes que hagan temblar los cimientos del orden burgués.

«La emoción revolucionaria es una emoción religiosa. Los motivos religiosos se han desplazado del cielo a la tierra».

Esta afirmación, lejos de ser un desliz espiritualista, es una intuición materialista profunda: los pueblos no se movilizan por fórmulas abstractas, sino por horizontes encarnados en imágenes, relatos y convicciones. Cuando Mariátegui habla de mito no se refiere a la fábula irracional, sino al impulso vital que anima la acción transformadora; al relato común que permite a los oprimidos reconocerse como protagonistas de la historia. Frente al racionalismo cínico de la burguesía decadente, que todo lo mide y todo lo relativiza, el mito revolucionario aparece como la afirmación de un sentido radical: la certeza de que otro mundo no solo es necesario, sino posible.

El mito no es el opio de los pueblos, sino su lenguaje insurreccional. En el pensamiento mariateguiano, herencia de Sorel (1) y eco del romanticismo revolucionario, el mito no reemplaza a la teoría, sino que la alimenta. No niega la lucha de clases, la organización ni el análisis, pero sabe que sin un horizonte simbólico común, sin una épica de liberación, la revolución se vuelve cálculo frío o mera administración. Mariátegui denuncia así el vacío espiritual de la civilización burguesa, su escepticismo impotente, su lógica del desencanto. Lo dice con lucidez premonitoria:

«El racionalismo no ha servido sino para desacreditar a la razón».

No se trata de volver a la superstición, sino de restituir a la política su dimensión poética. El socialismo no puede construirse solo con estructuras técnicas; necesita de un alma, de una mística, de una emoción que lo arranque de la inercia. Porque la clase trabajadora no es únicamente fuerza productiva: es también deseo, imaginación, afecto colectivo. El mito revolucionario es ese fuego que transforma la frustración en coraje, la derrota en esperanza, el presente miserable en futuro palpable. No es una consigna, sino una forma de vivir y morir por algo que aún no existe.

Por eso Mariátegui no quiere un socialismo "calco y copia", sino creación heroica. La revolución no será una traslación mecánica de modelos extranjeros, sino una expresión particular, histórica y cultural de los pueblos en lucha. Y en ese proceso, el mito cumple un papel esencial: tejer un relato común que ancle la lucha en lo más profundo de la memoria y de la proyección, que una el pasado indígena, el presente obrero y el porvenir comunista en una misma narrativa de redención. La huelga, el pan, la tierra, la dignidad: todo eso necesita inscribirse en un relato fundacional que le devuelva al pueblo no solo sus derechos, sino su historia y su destino.

Frente a la crisis espiritual del orden burgués --esa mezcla de cinismo, individualismo y vacío existencial-- el mito revolucionario se erige como afirmación de sentido colectivo. En una época donde la razón instrumental ha conducido a la humanidad al borde del colapso ecológico y moral, Mariátegui nos recuerda que sin creencias combativas, sin una estética de la insurrección, sin una ética del sacrificio y del amor, no habrá revolución posible. El comunismo no será un algoritmo: será una pasión compartida.

Así entendido, el mito no es antítesis de la ciencia, sino su complemento histórico. La teoría puede iluminar, pero solo el mito puede incendiar. Y solo un pueblo incendiado de sentido puede romper las cadenas de un mundo que lo condena a la repetición infinita de la miseria.

4. Internacionalismo o barbarie: contra las patrias del capital

En Mariátegui, el internacionalismo no es una consigna exterior al pensamiento revolucionario: es su eje vertebral. En un continente fragmentado por fronteras impuestas, por repúblicas oligárquicas nacidas del pacto entre la espada criolla y el capital extranjero, el marxista peruano se atreve a pensar América Latina como totalidad histórica y política. Pero no como un bloque geográfico, ni como un folclore continental, sino como una unidad en la lucha contra el imperialismo, la explotación y la miseria estructural. Su internacionalismo no es una utopía abstracta, sino una estrategia concreta de liberación.

En un contexto de ascenso del fascismo europeo y de consolidación del capitalismo transnacional, Mariátegui desenmascara el nacionalismo burgués como una máscara más de la reacción. A diferencia del nacionalismo insurgente de los pueblos colonizados, el nacionalismo burgués opera como ideología de la defensa del capital en crisis, como culto a una soberanía ficticia que sirve para preservar las relaciones sociales de dominación. No defiende la patria como espacio de vida popular, sino como propiedad de clase:

«La reacción se llama, sucesiva o simultáneamente, chovinismo, fascismo, imperialismo».

Estos tres aspectos mencionados en la cita, aparentemente contradictorios, condensan la forma en que el capital se protege cuando se siente amenazado: se envuelve en la bandera, en la cruz y en la "luma". El nacionalismo, en su forma burguesa, no emancipa; encadena. No construye pueblo; fabrica enemigos. No combate al imperialismo; lo administra desde el sur. Y lo hace apelando a un discurso de unidad nacional que silencia la lucha de clases y convierte a los trabajadores en carne de cañón de proyectos autoritarios.

Mariátegui lo vio con claridad al analizar el fascismo italiano, pero su intuición atraviesa los Andes y se asienta en nuestra historia continental. ¿Acaso no es el mismo nacionalismo conservador el que moviliza a las Fuerzas Armadas contra los pueblos mapuche en Chile? ¿No es el que encarcela líderes campesinos en el Perú, criminaliza piqueteros en Argentina, militariza favelas en Brasil y levanta muros en la frontera con Centroamérica? Este nacionalismo no es el grito de los oprimidos: es la retórica del patrón.

Por eso Mariátegui no plantea un internacionalismo de cumbres diplomáticas, sino un internacionalismo obrero, indígena y anticolonial. Un internacionalismo que se construye desde abajo, en la solidaridad entre explotados, en la conciencia de que la patria verdadera está en la clase, en los cuerpos que producen, en las comunidades que resisten, en los pueblos que luchan. Un internacionalismo insurgente que no diluye las identidades históricas, sino que las pone en común como fuerzas vivas de transformación.

Este internacionalismo no excluye lo particular; lo potencia. Frente al cosmopolitismo burgués --donde la circulación del capital ignora toda frontera mientras las personas son cercadas por muros y tratados--, Mariátegui propone una unidad de los pueblos que no se subordine al mercado global ni al imperialismo cultural. Una unidad desde la lucha, no desde la sumisión. Una América Latina forjada no en los despachos de Washington ni en los ministerios de Exteriores, sino en las huelgas, en las comunas, en los territorios recuperados, en las universidades en toma, en los sindicatos insurgentes.

Esta visión prefigura las discusiones contemporáneas sobre el carácter internacional del capitalismo financiero, sobre el extractivismo como neocolonialismo del siglo XXI, y sobre la necesidad de una articulación global de las luchas. Mientras la burguesía globaliza la miseria, los pueblos deben globalizar la rebeldía. Y esa es la apuesta de Mariátegui: construir un socialismo que no sea nacionalismo de Estado, ni comunismo de salón, sino un internacionalismo encarnado en la solidaridad activa, en la praxis común, en el combate compartido contra la barbarie.

Porque si algo enseña la historia del siglo XX --y también del XXI-- es que el capital, cuando ya no puede gobernar con legitimidad, convoca al fascismo. Y que la única muralla contra esa ofensiva no vendrá desde las instituciones capturadas, ni desde las izquierdas domesticadas, sino desde la convergencia radical de las luchas en todas partes. Esa es la alternativa que Mariátegui nos deja escrita con fuego:

Socialismo o barbarie. Internacionalismo o muerte lenta. Rebelión o domesticación.

Conclusión: Mariátegui, o la herejía necesaria

En tiempos de derrota, de gestión progresista de la catástrofe, de socialismos de mercado y de izquierdas sedadas por el parlamentarismo, la voz de José Carlos Mariátegui resuena como una herejía necesaria. No porque esté anclado en el pasado, sino porque señala un futuro que todavía no ha comenzado. Su pensamiento, como pocas veces en la historia del marxismo latinoamericano, no es un dogma sino un incendio: no cierra preguntas, las abre; no entrega fórmulas, ofrece herramientas; no llama a administrar lo posible, sino a conquistar lo imposible.

El alma matinal y otras estaciones del hombre de hoy no es un libro más. Es una cartografía de la crisis del orden burgués escrita desde las ruinas de la razón liberal y con la tinta roja de una esperanza insurrecta. En sus páginas se despliega una crítica orgánica al Estado capitalista, no desde la nostalgia por el contrato social perdido, sino desde la convicción de que su estructura es, desde el origen, una máquina de dominación. Frente al agotamiento histórico del liberalismo, Mariátegui no clama por su reforma: proclama su entierro.

Su lectura del fascismo, en tanto respuesta coherente del capital en crisis, desenmascara las formas contemporáneas de autoritarismo que se expanden hoy con nuevos rostros: el del fundamentalismo financiero, el del nacionalismo extractivista, el de las derechas piadosas que predican con la cruz y gobiernan con metralla. Contra ellas, el llamado mariateguiano no es a resistir pasivamente, sino a encender el mito revolucionario, esa chispa de sentido colectivo que puede convertir la desesperación en organización, el sufrimiento en horizonte, la clase en sujeto histórico.

Mariátegui no fue un espectador de su tiempo. Fue un combatiente, un creador de pensamiento desde el sur del sur, que comprendió que el socialismo no podía ser importado como mercancía teórica, sino fundado como creación heroica. Que no bastaba con aprender de Europa: había que superarla. Que no bastaba con citar a Marx: había que pensar desde las venas abiertas de América Latina, desde sus pueblos originarios, sus trabajadores explotados, sus mujeres sublevadas, sus juventudes rebeldes.

En un presente donde la crisis ya no es coyuntura, sino condición estructural del capitalismo, el desafío no es preservar la democracia liberal, sino destruir el mundo que produce su decadencia: un mundo de cuerpos descartables, de naturaleza saqueada, de vidas endeudadas y de futuros privatizados. Mariátegui lo supo entonces. Hoy, nos toca a nosotros levantar esa bandera sin nostalgia ni folclorismo, sino con la conciencia de que no hay futuro posible sin ruptura radical.

Su pensamiento nos invita a ser intransigentes con la miseria, irreconciliables con la injusticia, impacientes con la resignación. Nos exige abandonar el cinismo y recuperar la fe --no en el sentido religioso tradicional, sino en la creencia activa y militante en que otro mundo es posible y necesario. No como esperanza pasiva, sino como tarea urgente.

Porque en esta encrucijada civilizatoria, donde los heraldos del orden nos prometen paz a cambio de obediencia, futuro a cambio de olvido, y seguridad a cambio de cadenas, Mariátegui nos recuerda que la historia no está escrita. Que su curso puede romperse. Y que la revolución no es una metáfora, sino una realidad latente.

Hoy más que nunca, frente al retorno de las viejas pesadillas con nuevos disfraces, el alma matinal que Mariátegui anunciaba no es un fenómeno literario, sino una necesidad política. Una nueva aurora que solo nacerá del choque, de la creación, de la lucha. Y en esa aurora por venir, su palabra será semilla, será trinchera, será relámpago.

José Carlos Mariátegui no es pasado. Es urgencia. Es porvenir. Es combate.

 

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Nota: (1) George Sorel: influyente teórico social y político francés del siglo XX, conocido por sus ideas sobre el sindicalismo revolucionario y la violencia como motor del cambio social. Creía en el poder movilizador del mito y la violencia en la transformación social.

 

www.escuelapopularpermanente.cl

 

Fuente: https://www.lahaine.org/mundo.php/el-alma-y-la-trinchera

domingo, 7 de mayo de 2023

EL INTERNACIONALISMO DESPUÉS DE LA POLÍTICA DE MASAS

 

(Ilustración: Margeaux Walter)

Benjamin Fogel

Traducción: Florencia Oroz

El internacionalismo persiste como un grito de guerra, pero ¿qué significa más allá de la consigna?

Nacido en Egipto en el seno de una familia judía del este de Londres, con una infancia repartida entre Berlín y Viena, la vida de Eric Hobsbawm estuvo definida por el internacionalismo. Se afilió al movimiento comunista en 1931, a los catorce años, y vivió en primera persona el ascenso del nazismo, que llevó a su familia a establecerse finalmente en Inglaterra, donde pasaría la mayor parte de su vida. Con una mayoría de edad definida por las furias del nacionalismo de entreguerras, quizá no sorprendiera que se convirtiera en uno de sus principales teóricos.

Para Hobsbawm, el nacionalismo que surgió con el advenimiento de la política de masas y la democratización en Europa fue, en parte, una respuesta al ascenso de la clase obrera. En medio de las perturbaciones e incertidumbres provocadas por el desarrollo capitalista, el nacionalismo creció como proyecto político de las clases medias. Era, según Hobsbawm, una política basada en la voluntad de la gente de identificarse emocionalmente con su «nación» y de movilizarse políticamente como tal.

El nacionalismo no era un sentimiento orgánico y preexistente que surgiera de las masas, sino que se engendró a través de la modernización y sus tecnologías, como el ferrocarril y la imprenta. La expansión de la educación pública y el aumento de la alfabetización hicieron posible que las diversas tradiciones inventadas del nacionalismo se extendieran y ganaran poder. Hobsbawm observó con sorna que los historiadores son para el nacionalismo lo que los cultivadores de amapola para los adictos a la heroína: «Suministramos la materia prima esencial para el mercado».

El declive del poder de la religión organizada significó que la clase dominante ya no podía confiar en la mansa sumisión de las clases bajas al clero. Sin embargo, como forma de religión política, el nacionalismo era capaz de motivar los mismos frenesíes y pasiones que antes habían suscitado las iglesias.

Socialistas como Hobsbawm esperaban que el Estado-nación fuera trascendido, pero hoy en día, cuando resulta más difícil imaginar una alternativa al capitalismo, el reto de imaginar un mundo más allá del nacionalismo

parece igual de desalentador. Aunque las fuerzas que originaron el nacionalismo —la industrialización, la democratización, la política de masas y el auge del proletariado— han remitido, su atracción sigue siendo tan fuerte como siempre.

En la última década se ha producido un descenso del nivel de vida en los países capitalistas avanzados, mientras que los países de industrialización tardía que esperaban ponerse al día, como Sudáfrica y Brasil, han pasado de ser potencias manufactureras a exportadores de materias primas. En estos países, el nacionalismo ha adoptado nuevas formas inquietantes impulsado por las redes sociales y el liderazgo carismático en lugar de los partidos de masas.

En una época de catástrofe económica y ecológica, sin una visión creíble que persiga el bienestar común, parece más realista basar la política en torno a una identidad —étnica, racial o nacional— y tratar de mantener el acceso del propio grupo a una reserva de recursos cada vez menor. A medida que el pastel se reduce, cada uno mantiene su posición, excluyendo a los demás.

Internacionalismo

La idea del internacionalismo surgió al mismo tiempo que el nacionalismo, en los primeros años del movimiento obrero. Los líderes socialistas sostenían que las clases trabajadoras del mundo poseían un interés común que las uniría por encima de las divisiones de nación, lengua y raza. Fue esta visión la que sustentó la formación de la Primera y la Segunda Internacional.

Después de 1914, los sueños de unidad proletaria internacional se desvanecieron en el fango del Somme y el Verdún. Sin embargo, los acontecimientos de Rusia ofrecieron nuevas esperanzas a quienes buscaban un mundo mejor más allá del Estado-nación.

Los bolcheviques y sus camaradas eran internacionalistas en la práctica, dominaban varios idiomas y eran capaces de intervenir en debates mucho más allá de sus orígenes nacionales. Muchos comunistas de esta generación eligieron la vida del internacionalista profesional con el movimiento revolucionario como único hogar, sacrificando comodidad y seguridad en aras de una humanidad emancipada. Incluso cuando estos sueños acabaron en tragedia, su ejemplo sigue sirviendo de inspiración.

La Revolución Rusa llevó a la creación de la Internacional Comunista, o Comintern, que reunió a revolucionarios de todas las partes del mundo. Sin embargo, la dirección de la Comintern priorizó con demasiada frecuencia el interés nacional de la Unión Soviética sobre las luchas del proletariado internacional. Dicho esto, el poder y la amplitud de lo que era un movimiento mundial alimentaron una visión internacionalista, quizá más evidente en el papel desempeñado por los comunistas en la resistencia al fascismo y, más tarde, en las luchas por la liberación nacional.

De hecho, el internacionalismo adquirió un nuevo significado con el apoyo de socialistas y comunistas a las heroicas batallas contra el colonialismo desde Vietnam hasta Guinea-Bissau. Aunque las esperanzas de descolonización hayan acabado con demasiada frecuencia empantanadas en los desalentadores fracasos del nacionalismo poscolonial, no debemos desestimar el poder de su visión y los sacrificios realizados en estas luchas.

Fuera de la tradición comunista y socialista, esta época también fue testigo de varios intentos de internacionalismo tercermundista, como el Movimiento de Países No Alineados. Las generaciones posteriores de socialistas ofrecieron su apoyo a proyectos como la Revolución Sandinista de Nicaragua y desempeñaron un papel vital en el movimiento global que ayudó a poner de rodillas a la Sudáfrica del apartheid.

Con el colapso de la Unión Soviética, se hizo difícil incluso imaginar una alternativa viable al capitalismo, por no hablar de un movimiento real que pudiera abolirlo. Pero eso no significó que el internacionalismo desapareciera. Acontecimientos como la rebelión zapatista en Chiapas y la batalla de Seattle engendraron una nueva forma de internacionalismo que celebraba las diversas luchas de las comunidades de todo el mundo, concretadas más tarde en el Foro Social Mundial.

Sin embargo, este «movimiento de movimientos» carecía de una visión estratégica global más allá de la esperanza de que las diversas luchas autónomas produjeran algo orgánicamente. A principios de la década de 2000, millones de personas se movilizaron, en algunas de las mayores manifestaciones de la historia, contra la invasión estadounidense de Irak. Sin embargo, al carecer de acceso al poder estatal y estar a menudo desconectadas del movimiento obrero, estas expresiones de solidaridad tendieron a ser más simbólicas que materiales.

Durante el mismo periodo, incluso cuando los liberales celebraban la marca de globalización y libre comercio de la Unión Europea como un modelo de posnacionalismo cosmopolita, estaba claro que esta forma de integración transnacional tendía a exacerbar las desigualdades entre Estados y regiones en lugar de crear un futuro mejor para todos.

En la actualidad, muchos de esos liberales que se autoproclaman críticos profesionales del nacionalismo celebran una forma de internacionalismo que se basa en la exclusión de miles de personas que se ahogan en el mar Mediterráneo en busca de una vida mejor. No se ha dado la bienvenida a los refugiados que huyen de la destrucción de sus sociedades a causa de las «intervenciones humanitarias» dirigidas por Estados Unidos, la obediencia forzosa a una ortodoxia económica destructiva e interesada, o el empeoramiento del impacto de la crisis ecológica.

El internacionalismo hoy

El internacionalismo persiste como ideal, pero ¿qué significaría convertirlo en algo concreto? Hoy podemos llamarnos internacionalistas, pero nuestra realidad política sigue estando definida en gran medida por la persistencia del Estado-nación. Es difícil imaginar que estemos en la cúspide de una era revolucionaria en la que su abolición se convierta en una propuesta viable. Mientras las grandes empresas financieras y manufactureras traspasan las fronteras nacionales, nuestra propia actividad política se limita a menudo a la tarea de conseguir reformas a escala nacional y no internacional.

La solidaridad internacional expresada a través de la protesta, la educación popular y las redes sociales puede ser encomiable, pero rara vez ofrece una ayuda eficaz a quienes la necesitan. Esta escuela política se basa en última instancia en convencer a quienes ya tienen poder para que hagan algo, a menudo sobre la base de un llamamiento moral: «¡Actúen ya, hay gente muriéndose!». Una solidaridad eficaz debe basarse en el poder y los recursos reales. Por ello, puede que tengamos que empezar por construir ese tipo de poder en nuestros propios países antes de poder ofrecer una ayuda significativa a nuestros camaradas y aliados en otros lugares.

Dado el poder duradero del nacionalismo, no podemos simplemente descartarlo como una distracción inconveniente. Pero también debemos resistir la tentación de abrazarlo para obtener beneficios políticos solo a corto plazo. Tenemos que entender ese atractivo si queremos contrarrestarlo, y hay historias nobles de activismo internacionalista en las que podemos inspirarnos.

Para los socialistas, los ideales internacionalistas se derivan de un conjunto básico de principios. El primero es un humanismo fundamental que debe sustentar todo nuestro trabajo: la idea de que todo el mundo tiene el mismo valor como ser humano, independientemente de su origen nacional. No se trata de un principio exclusivamente socialista, pero sin duda es un componente esencial del socialismo.

En segundo lugar, el capitalismo es un sistema global que somete a todos a sus imperativos, de los que no puede haber escapatoria nacional. La existencia de pobreza y subdesarrollo en una región permite al capital emprender el chantaje de la carrera a la baja, haciendo bajar los salarios y las condiciones en todas partes, desde el Cinturón del Óxido posindustrial en los Estados Unidos hasta las nuevas zonas manufactureras del Sur Global. Nadie está a salvo de esta presión hasta que todo el mundo lo está.

También hay un tercer factor que se está volviendo cada vez más urgente: la crisis climática. Abordar el impacto del cambio climático desde una perspectiva internacionalista es vital tanto por motivos éticos como prácticos. No se puede permitir que los Estados capitalistas ricos, que han sido los que más han contaminado, trasladen la carga al resto del mundo, y tampoco pueden predicar un mensaje de decrecimiento y fin del desarrollo mientras el Sur Global sigue sumido en la pobreza.

En cualquier caso, es ilusorio pensar que alguna parte del mundo estará a salvo de las consecuencias del desastre ecológico. Una vez más, nadie estará a salvo hasta que todo el mundo lo esté.

Para convertir el internacionalismo de ideal en práctica debemos planificar una alternativa viable al capitalismo y luego construir movimientos capaces de convertir esa visión en realidad.

A medida que nuestro mundo se acerca a los peligros de una nueva era de extremos impulsada por formas del nacionalismo del siglo XX del que Hobsbawm fue testigo, merece la pena recordar su intuición de que «el utopismo es probablemente un dispositivo social necesario para generar los esfuerzos sobrehumanos sin los cuales no se logra ninguna revolución importante».

Fuente: https://jacobinlat.com/2023/05/01/el-internacionalismo-despues-de-la-politica-de-masas/?mc_cid=8e149f9d76&mc_eid=00d2b5fd75

 

miércoles, 3 de febrero de 2021

MARIÁTEGUI VIVO A 90 AÑOS DE SU MUERTE (II)

 


Un marxista de América para el mundo

03/02/2021

Presentado el período de formación y el panorama histórico en el que vivió Mariátegui, veamos ahora algunos temas de su interpretación histórica de la cuestión nacional peruana y latinoamericana, así como los principales rasgos de su filosofía política.

 

Dialéctica y praxis: principios fundadores del marxismo

Como ya se señaló, el pensamiento mariateguiano tiene el principio de la praxis como uno de los fundamentos del materialismo histórico. Se trata de una perspectiva filosófica “activa”, que lo aleja tanto del “marxismo parlamentario” (pasivo, pacifista) de la Segunda Internacional (Internacional Socialista), como del “marxismo academicista”, marcadamente teórico, de la corriente más tarde conocida como marxismo occidental (el caso de ciertos representantes de la llamada Escuela de Frankfurt, entre otros) – intelectuales cerrados en el purismo de los debates académicos, poco comprometidos con la militancia política concreta y trabajos de base.

Además, Mariátegui tiene en la dialéctica un otro principio básico del pensamiento iniciado por Marx y Engels. Esto, a su vez, lo aleja de ciertas interpretaciones simplistas, afectadas por el positivismo o el cientificismo moderno; por ejemplo: el “evolucionismo social” (de la Segunda Internacional), que “naturaliza” la evolución histórica humana; y las teorías “mecánicas”, que querían trasplantar rígidamente modelos europeos a otras realidades completamente distintas, como la “teoría de etapas” y otras propuestas de la Tercera Internacional (Internacional Comunista, por la que él militó hasta su muerte, pero manteniendo siempre la independencia crítica).

Para Mariátegui, en América – mayoritariamente campesina, indígena y mestiza –, el marxismo tiene que promover un proceso dialéctico entre el conocimiento de la tradición y el de la modernidad.

En resumen, el marxismo de Mariátegui se guía por los principios de la dialéctica y de la praxis, preservando así lo que realmente se puede llamar “ortodoxia” en términos del materialismo histórico:

- de praxis, ya que no se basta en teorizar, sino que tiene el deber de intervenir en el mundo, para entonces repensar su teoría desde esta nueva realidad transformada;

- dialéctico, ya que defiende que la intervención en la realidad debe tener lugar a partir de la cuidadosa interpretación de cada realidad, acción operada no según copias de otras sociedades, sino a través de la orientación rigurosa de la “brújula” – dice Mariátegui – que es la metodología dialéctica (a través de que se observa a las contradicciones universales y específicas del contexto histórico de cada pueblo, para entonces respaldar la elección de los caminos a seguir).

Regreso a Perú: controversias con reformadores

En 1923, a su regreso del exilio, Mariátegui se reunió con Haya de la Torre, estudiante y líder político que lo invitó a participar en las Universidades Populares González Prada, germen de lo que sería la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA) – movimiento político internacional de sesgo reformista. Allí celebraría dos docenas de conferencias de difusión del marxismo, en las que presenta su visión de una escena mundial polarizada, en la que las tesis socialdemócratas (evolucionistas) carecen de sentido. Para él, las organizaciones de trabajadores no pueden ser simplemente “institutos de extensión universitaria agnóstica e incolora”, sino que deben ser activas “escuelas de clase”. El núcleo de estos debates fue la “cuestión del indio”, tema que se convertiría en un centro de su trabajo.

Es importante señalar que la atracción de Mariátegui por el marxismo, a pesar de sus distintas influencias, surge de su búsqueda por una explicación duradera de los procesos históricos de su nación; y concomitantemente, por una propuesta revolucionaria que vinculara dialécticamente el pasado, el presente y el futuro.

Su seducción por Marx no proviene solo de la grandeza de este pensador – como crítico del conocimiento o luchador por el comunismo –, sino que tiene sus raíces en la intención práctica de una comprensión integral de la civilización indígena, atrofiada por la colonización; en la necesidad de romper con esta estructura agotada.

En este sentido de búsqueda “emancipadora”, el reformismo político, subyugado a las clases dominantes, no tiene nada que aportar. Es necesario promover la unión de trabajadores urbanos y campesinos – y organizar la revolución socialista.

Cuestión nacional: es necesario hacerse la nación

Lima, a principios del siglo XX, ya era una capital cosmopolita, aunque en ese momento tenía más que ver con Europa que con el propio interior indígena empobrecido. El Perú era un país fracturado en regiones muy separadas y con peculiares “ritmos históricos”: la costa, la sierra y la selva amazónica. En el contexto de su reflexión sobre la cuestión nacional, Mariátegui deduce de esto una de sus principales tesis: el Perú era todavía un esbozo, una nación incompleta. Conforme analiza en su máxima obra, “Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana” [9], la formación peruana como nación había sido interrumpida.

En su interpretación, describe un proceso revolucionario que tiene lugar desde arriba, a través de un camino no-clásico, tema que examino más de cerca en el libro “Marx na América: a práxis de Caio Prado e Mariátegui” [10] . Se trata de un análisis original, que se abstiene de copiar modelos europeos clásicos, y se acerca al desarrollado por Gramsci (para Italia) o al de Caio Prado Júnior (para Brasil).

Según Mariátegui, es necesario hacerse el Perú, un país cuya élite casi siempre estuvo guiada por modelos extranjeros, hasta que el indigenismo, hacia la década de 1920, interrumpió parcialmente esta tendencia. En ese momento, lo que prevalecía, incluso en el ámbito socialista, era la idea eurocéntrica de que la emancipación de los pueblos indígenas consistiría en hacerlos “civilizados” (en los moldes occidentales).

Esto solo comienza a cambiar como resultado de la acción de los propios indígenas, quienes, en la década de 1910, inauguraron un nuevo ciclo de su larga historia de resistencia contra el dominio del Estado colonial y de los terratenientes, y cuyo hito es su participación en la Guerra del Pacífico. Este conflicto con Chile fue el detonante de la autocrítica del medio socialista peruano, que percibe que los pueblos indígenas no necesitaban ser “despertados”, sino que era necesario que los propios revolucionarios relativizaran sus referencias eurocéntricas, prestando atención a la experiencia práctica de las movilizaciones nativas.

Por un comunismo latinoamericano

En su debate sobre la cuestión del indio, Mariátegui tiene el propósito de someter las diversas tendencias de esa época a una crítica socialista radical. Es el caso del “nacionalismo criollo”, defendido por la élite mestiza, subordinada a los extranjeros – y que aspira a ser “blanca”: una parte de la clase dominante que, a pesar de su pretensión “nacionalista”, es solidaria con el colonialismo.

Contrario a esto, Mariátegui propone un nacionalismo de vanguardia, que reivindica el “pasado inca” – una sociedad indígena que él concibe como “comunista agraria”.

Con la fundación en 1926 de la revista Amauta (“sabio”, en quechua) – nombre con el que se le conocería – su acercamiento a la APRA se debilitó. En polémica con esta organización, critica su “indigenismo paternalista”. Sostiene que en América Latina no sería posible tener una sola imagen o copia del comunismo europeo, sino que sería necesaria una “creación heroica”, en la que la comunidad campesina nativa, esencialmente “solidaria” en sus relaciones sociales, se convertiría en la base del estado contemporáneo: comunista.

También rechaza la teoría de ciertos indigenistas basados en ideas “racistas” que, en simétrica oposición a los racistas eurocéntricos, afirmaban que los indígenas tendrían algo innato en su especie que los llevaría “naturalmente” a liberarse. La “raza” por sí sola no es emancipadora – reflexiona Mariátegui –, los indios, así como los trabajadores de las ciudades, están sujetos a las mismas “leyes” que rigen a todos los pueblos. Lo que asegurará la emancipación indígena es el “dinamismo” de una economía y de una cultura “agraria comunista” que lleva “en sus entrañas el germen del socialismo”.

Es papel del revolucionario, convoca él, convencer a los indios, mestizos y negros de que solo un gobierno de trabajadores y campesinos unidos, representativo de todas las etnias, puede liberarlos de su opresión.

Cuestión indígena: la “esperanza” revolucionaria

En 1927, Mariátegui asumió la publicación de “Tempestad en los Andes”, obra indígena radical del historiador y antropólogo Luís Valcárcel. En el prólogo, el pensador peruano escribe la frase que se convertiría en emblema de su marxismo: “la esperanza indígena es absolutamente revolucionaria”. A partir de ahí, desarrolló la idea de que la revolución socialista era el “nuevo mito” del indio, el principio movilizador de lo revolucionario, la “fe” transformadora según la cual el comunismo andino debía construir sus pilares.

Descartando los enfoques “filantrópicos” del problema indígena, entiende el tema como de carácter económico. El problema del indio es el problema de la tierra: es el latifundio.

Polemizando con la APRA, acusa a su “indigenismo” de paternalista, teoría creada “verticalmente” por mestizos de las clases letradas; algo que, aunque útil para condenar el latifundismo, emana una filantropía que no es adecuada ni está al servicio de la revolución: el comunismo no se puede confundir con el paternalismo.

En el texto “El problema de la tierra” (1927), Mariátegui se declara un marxista “convicto y confeso” [11]. Al año siguiente, reuniendo decenas de ensayos preparados desde 1924, publica su clásico “Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana”, el punto culminante de su “investigación de la realidad nacional según el método marxista”.

En este momento, hay una ruptura con el nacionalismo aprista. En una carta a Haya, expone su desacuerdo, especialmente con respecto a la política de alianza de clases. Haya responde, acusándolo de europeísmo. En su respuesta, Mariátegui defiende la mencionada síntesis dialéctica de saberes: “creo que no hay salvación para Indo-América sin la ciencia y el pensamiento europeos u occidentales”; “mis juicios se nutren de mis ideales, de mis sentimientos, de mis pasiones”.

En defensa de la Internacional Comunista

Aún en 1928, Mariátegui coordina la fundación del Partido Socialista Peruano, poniendo como prioridad su vínculo con la Internacional Comunista, organización de la que ya no se apartaría, manteniendo siempre la independencia de sus críticas.

Para él, su partido (que no usó el nombre de “Comunista” por una cuestión táctica) debería adecuar sus acciones a las condiciones sociales peruanas, pero sin dejar de observar criterios universales, ya que las circunstancias nacionales estaban sujetas a la historia mundial. El método de lucha del Partido Socialista – declara – es el marxismo-leninismo, y la forma de lucha, la revolución.

Es un momento vibrante de su vida, un momento en el que comienzan las grandes polémicas político-filosóficas. Desafía no solo al nacionalismo conservador, sino también al dogma europositivista que predecía una cierta “evolución natural” en el socialismo (siempre en la línea de la historia europea).

En el ensayo “Punto de vista anti-imperialista” (1929) profundiza sus críticas a la idea de “burguesía nacional”: no hay en América Latina una parte de la burguesía identificada con el pueblo. Entiende que las élites latinoamericanas no tienen ningún interés en enfrentar al imperialismo, como creen “ingenuamente” los reformistas. Esto se debe a que, a diferencia de los pueblos orientales, las élites no están vinculadas al pueblo por ninguna historia o cultura común. Al contrario: el “aristócrata” y el “burgués” desprecian lo “popular”, lo “nacional”; ante todo “se sienten blancos”, y el pequeño burgués mestizo los imita.

Sólo la revolución socialista puede detener al imperialismo de manera radical – afirma en “El problema de las razas en América Latina” (capítulo de “Ideología y Política”).

Poco tiempo después, en 1930, la salud del pensador y activista peruano volvió a se complicar. En vísperas de su muerte, el todavía joven marxista reclama a los revolucionarios a estudiar el “leninismo”.

Dialéctica de saberes: entre la tradición comunitaria y la modernidad

Según Mariátegui, en medio del proceso de alienación política y existencial inherente al capitalismo, la Revolución Soviética despertó al “hombre matinal”, el ser cansado de la noche iluminada artificialmente de la decadencia burguesa europea de la posguerra. Y para la construcción social de este nuevo hombre, el socialismo debe absorber – dialécticamente – los bienes de todas las fuentes de conocimiento a las que el mundo contemporáneo ha podido tener acceso: no solo los aportes occidentales, sino también los de otros pueblos, como los indígenas (“El alma matinal”).

Confrontando aspectos económicos y culturales, el autor analiza cualidades de diferentes períodos históricos y modelos socioeconómicos, ofreciendo conceptos importantes al pensamiento marxista: una utopía revolucionaria concreta que propone una síntesis dialéctica entre el saber occidental y oriental (en el sentido de no-occidental), entre lo moderno y lo antiguo, entre la objetividad y la subjetividad, entre otras contraposiciones potencialmente creadoras.

La intención de Mariátegui es revitalizar la praxis marxista – en su época, sofocada por el reformismo contaminado por ideas positivistas de la Internacional Socialista. Entiende que el hombre contemporáneo necesita fe combativa. La Primera Guerra mostró a la humanidad que hay “hechos superiores a la previsión de la Ciencia” y, especialmente, “hechos contrarios al interés de la civilización” – escribe en “El crepúsculo de la civilización” (capítulo de “Signos y obras”) .

Su convicción es que el progreso irreflexivo, promovido por el capitalismo, se traduce en un aumento de la barbarie. A partir del mero progreso técnico, no se obtiene “naturalmente” una evolución humana, sino por el contrario, observándose la totalidad del conjunto social, se ve el agravamiento de la desorientación humana, en un proceso civilizatorio autodestructivo.

Es una realidad clara para los ojos y los cuerpos de la periferia del sistema, hoy cada vez más evidente, pero siempre subestimada desde la perspectiva eurocéntrica.

Un marxista “romántico-realista”: mito y acción revolucionarios

La concepción marxista mariateguiana exalta el valor de las tradiciones comunitarias de América, destacando los factores que permitieron al indígena disfrutar de una mejor calidad de vida, antes de la invasión europea – como es el caso de “solidaridad” característica del pueblo inca (en contraste con la “competitividad” de la sociedad capitalista).

Sin embargo, Mariátegui tiene claro que, si en el pasado el indio trabajaba con gusto y más plenitud, hoy ya no sería posible renunciar a la ciencia contemporánea. La tarea es, por tanto, relacionar los mejores frutos de la modernidad “occidental” (cuyo ápice es el marxismo), con el mejor legado de la sabiduría “oriental” (en el caso peruano, se refiere a los saberes “no-occidentales” de los pueblos andinos, materializados en sus hábitos de mutua cooperación y fe revolucionaria).

En este sentido, defiende la idea de un “romanticismo socialista”: un espíritu romántico renovado que, incorporando la postura epistémica objetiva del “realismo proletario” (percepción antipositivista, que percibe al hombre como ser imperfecto), cultiva la energía subjetiva presente en la esperanza por una nueva sociedad.

Como reacción a la modernidad deshumanizada – al hombre burgués acomodado, “escéptico”, “nihilista” – reelabora el concepto de mito revolucionario (basado en la idea de Georges Sorel): una “esperanza sobrehumana”, una utopía que trae un nuevo encanto ante la vida. Su esfuerzo consiste en combinar el impulso vigorizante e idealista de la subjetividad romántica, con la concreción siempre conflictiva de la objetividad realista.

El romanticismo y el realismo son para Mariátegui dos posturas intrínsecas al marxismo, que contribuyen a la transformación revolucionaria – según una dialéctica romántico-realista.

Obra mariateguiana: un legado de peso y en la red

Los principales trabajos filosóficos e histórico-políticos de Mariátegui, además de su correspondencia, crítica literaria, etc., fueron publicados en 1959, en versión popular, por la editorial Amauta (Lima), en 16 volúmenes escritos por el autor, con el título “Obras completas”.

En 1994, en el marco conmemorativo de su centenario, la misma editorial publicaría “Mariátegui total”, una edición más completa, que incluye sus escritos juveniles y vasta correspondencia.

Además del clásico “Siete ensayos...”, entre sus libros, se destacan “La escena contemporánea” (1925); y las obras póstumas que el autor dejó preorganizadas:

- “Defensa del marxismo – polémica revolucionaria” (1928-1929 / publicada en 1934), cuya primera edición en portugués (“Defesa do marxismo: polêmica revolucionária e outros escritos”) aparece recién en 2011, en una publicación brasileña de Boitempo Editorial, que trae también otros textos fundamentales del autor [12];

- “El alma matinal y otras estaciones del hombre de hoy” (1923–1929/ publicada en 1950);

– “La novela y la vida” (1955).

Además de estos libros, posteriormente sus editores organizaron selecciones de sus textos, como “Temas de Nuestra América”, “Peruanicemos al Perú”, “Cartas de Italia”, “Signos y obras”, y en especial “Ideología y política” (libro que trata del indigenismo, el socialismo en el Perú y la posición político-filosófica marxista de Mariátegui).

Su obra se tradujo solo parcialmente al portugués, y algunas de estas traducciones están abiertas en la red. En castellano, la edición de “Obras Completas” se puede descargar íntegramente.

 

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Notas (parte II)

 

[9] Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana [idem].

[10] Marx na América: a práxis de Caio Prado e Mariátegui [idem].

[11] “El problema de la tierra” se convertiría en uno de sus “siete ensayos”, componiendo su libro clásico junto con los siguientes escritos: “Esquema de la evolución económica”; “El problema del indio”; “El proceso de la instrucción pública”; “El factor religioso”; “Regionalismo y centralismo”; e “El proceso de la literatura”.

[12] Defesa do marxismo: polêmica revolucionária e outros escritos [idem].

 

* Yuri Martins-Fontes es filósofo, periodista y escritor; doctor en Historia Económica por la Universidade de São Paulo/ Centre National de la Recherche Scientifique; con post doctorados en Ética y Filosofía Política (USP), y en Historia, Cultura y Trabajo (PUC-SP). Autor de, entre otros, “Marx na América: a práxis de Caio Prado e Mariátegui” (Alameda/Fapesp, 2018); “Caio Prado Júnior: Historia y Filosofía” (Rosario: Último Recurso/Núcleo Práxis, 2020).

 

 

https://www.alainet.org/es/articulo/210799