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viernes, 7 de julio de 2023

POR QUÉ NO HAY UN MOVIMIENTO CONTRA LA GUERRA: EL PROGRESISMO Y LA IZQUIERDA QUÉ PAPEL JUEGAN EN LA DESMOVILIZACIÓN Y DESPOLITIZACIÓN

 


Por Raúl Zibechi*.

Preocupado por el deslizamiento de la guerra iniciada en Ucrania hacia una tercera guerra mundial, el escritor español Rafael Poch reflexiona con argumentos que valen también para México, Centroamérica y el resto de América Latina: “Es un escándalo histórico que en Europa, continente reincidente en esta materia, aún no haya signos de un movimiento popular por la paz” (https://goo.su/7XesEwk)

No pretendo que todos sus argumentos, como veremos, sean válidos para nuestro continente. Pero vayamos por partes. Considera que la deriva guerrerista “obliga a interrogarse y a repasar con detalle todo lo que ha ocurrido en Europa en los últimos 30 años”. Considero que lo mismo puede decirse en América Latina, ya que las guerras de hoy arrancan antes incluso que la “guerra contra las drogas”, que sin duda elevó la agresión contra los pueblos a nuevos niveles.

A continuación, denuncia “la ciega desorientación de toda esa ‘izquierda de derechas’ que apoya el envío de armas a Ucrania”, porque sin su concurso la guerra estaría bastante deslegitimada. Poch sostiene que en el caso de Europa se constata en las últimas décadas el “dominio cultural de Estados Unidos”, justamente cuando la superpotencia vive su mayor declive en la historia. Este argumento tiene alcance global, ya que la cultura yanqui ha penetrado profundamente en nuestras izquierdas, aunque sigan enarbolando un discurso antimperialista.

Esa cultura defiende, por ejemplo, “guerras imperialistas revestidas de combates por la libertad y los derechos humanos”, además de criticar dictaduras y defender la igualdad de género, utilizada como arma de guerra contra algunas naciones y no como derechos plenos de todas las personas.

Pero también critica al periodismo hegemónico, porque ha sustituido “la racionalidad de las preguntas sobre recursos e intereses, sobre historia, tendencias de dominio y geografía”, por la simpleza de “condenar villanos”. O sea, se oscurece la cuestión del contexto, tan burdamente eliminada de los no-debates actuales.

Pese a que el repaso histórico de 30 años de Rafael Poch en su columna “Hacia la tercera”, parece acertado, habría que agregar algo que aborda de un modo bastante general cuando ataca a “esa izquierda de derechas” que, entre nosotros, recibe el nombre de progresismo y que gobierna buena parte de la región.

El progresismo y la izquierda han jugado un papel significativo en la desmovilización y despolitización de las sociedades. En Europa no hay un verdadero movimiento antifascista, pese a que la ultraderecha gobierna en Italia, puede ser gobierno en España, avanza en Alemania y en otros países. Tampoco hubo un movimiento contra Jair Bolsonaro en las calles brasileñas, porque la izquierda le apuesta a las urnas y cree que la protesta ahuyenta votos de las clases medias.

Cuando los pueblos se lanzaron a las calles en fenomenales levantamientos (Chile, Colombia, Ecuador, Perú, y ahora en Jujuy, Argentina), lo han hecho a pesar o en contra del progresismo y los partidos de izquierda que, una vez apagada la llamarada de la protesta, se aprestan a encauzarla por canales institucionales.

En Europa estar en favor de paz es sinónimo de ser prorruso y pro-Putin para esa izquierda. En nuestro continente defender la vida y los territorios de los pueblos equivale a “hacerle el juego a la derecha”, como dicen los progresistas. De ese modo se desestimula la crítica y la obediencia al poder, síntomas claros de la despolitización que nos atraviesa como sociedad y que, a larga, favorece a las derechas.

Porque ser de izquierdas siempre fue sinónimo de ejercer la crítica-autocrítica y la desobediencia al poder; nunca en hacer cálculos sobre ganancias para llegar al poder o para continuar en él.

En Honduras, la presidenta progresista Xiomara Castro adoptó en modelo del salvadoreño Nayib Bukele para combatir la violencia de las pandillas. Violencia contra la violencia; militarización de la sociedad; todo el poder a la policía y a los militares; despojar a los delincuentes de su humanidad, cuando son de abajo.

El posibilismo y el pragmatismo son la metástasis del progresismo y las iz­quierdas. ¿Por qué el Presidente de Mé­xico no condena a quienes atacan a las comunidades zapatistas y descalifica a quienes defienden sus territorios y los organismos de derechos humanos? ¿Son más defendibles los que disparan contra los pueblos que aquellos que sólo ponen sus cuerpos, sin violencia, para defender la vida?

El comunicado del Congreso Nacional Indígena adelanta que podemos estar ante el preámbulo de una ofensiva militar y mediática, en la medida que se minimiza la violencia (https://goo.su/O4cxCtx). Cuando se atraviesan los tramos finales de una administración, pueden realizarse acciones radicales con menor costo político que en otros periodos.

En todo caso, no debemos perder de vista que la “izquierda de derechas” llegó al poder para destrabar la gobernabilidad, ante el potente activismo de los pueblos.

* En “La Jornada”

Fuente: https://loquesomos.org/por-que-no-hay-un-movimiento-contra-la-guerra/

 

ESTAMOS ANTE LA MAYOR ESTUPIDEZ DE LA HISTORIA Y ES UN ESCÁNDALO HISTÓRICO QUE EN EUROPA AÚN NO HAYA SIGNOS DE UN MOVIMIENTO POPULAR POR LA PAZ.

Rafael Poch de Feliu

 

La guerra de Ucrania escala hacia la posibilidad de una especie de tercera guerra mundial. Y eso en tiempos de antropoceno, de cambio global inducido por el hombre que precisa para ser revertido de una nueva mentalidad y una intensa integración y cooperación internacional entre grandes potencias. Estamos ante la mayor estupidez de la historia y es un escándalo histórico que en Europa, continente reincidente en esta materia, aún no haya signos de un movimiento popular por la paz.

Debería haberlo. Un movimiento amplio, que, más allá de las diferencias sobre el reparto de responsabilidades en este conflicto entre grandes potencias por país interpuesto, proclamara que el enemigo es la guerra. Al mismo tiempo, en las instituciones europeas, independientemente de su sesgo neoliberal y oligárquico, se debería recordar aquel sentido común que el Presidente Kennedy expresaba en junio de 1963, hace exactamente sesenta años, desde el mismo corazón del imperio:

Defendiendo nuestros propios intereses vitales, las potencias nucleares deben evitar sobre todo aquellos enfrentamientos que llevan a un adversario a elegir entre una retirada humillante o una guerra nuclear. Adoptar ese tipo de curso en la era nuclear sería solo evidencia de la bancarrota de nuestra política, o de un deseo colectivo de muerte para el mundo«.

En lugar de eso los políticos europeos, no ya los traumatizados bálticos, los delirantes polacos y los europeos del este en general, con la excepción de Hungría correas de transmisión de Estados Unidos en el continente, sino los alemanes y franceses, los nórdicos, los belgas, y detrás de ellos los mediterráneos seguidistas, no dejan de echar leña a este fuego insensato. No es una mera cuestión de “ciclo político”, remediable con un cambio electoral, sino que es algo mucho más profundo que obliga a interrogarse y a repasar con detalle todo lo que ha ocurrido en Europa en los últimos treinta años.

En ese examen, por supuesto, se deberá incluir la ciega desorientación de toda esa ”izquierda de derechas” que apoya el envío de armas a Ucrania. Que esa sea la posición oficial de Yolanda Díaz puede ser anecdótico en el contexto europeo, dado el seguidismo de nuestra política exterior en Bruselas, pero no lo es en Alemania, un país central en la definición de la ruta a seguir. Allí la línea de la política exterior no la marca el timorato canciller Scholz, sino la incalificable ministra del partido verde, Annalena Baerbock, partidaria de “arruinar” a una potencia nuclear. Y a nivel de la OTAN y su Unión Europea subsidiaria, quienes más peso tienen en el plano de las ideas y las decisiones son los bálticos y los polacos.

¿Qué ha pasado estos treinta años para que el conjunto de Europa haya llegado hasta aquí? Ahí queda la pregunta, pero seamos conscientes de que lo que hace sesenta años, cuando la cita de Kennedy, conocíamos como “civilización europea”, de la que la cultura norteamericana era filial, hoy es algo subsidiario de una “civilización americana” que ha impuesto tras décadas de penetración “cultural” una nueva mentalidad en el viejo continente, hasta hacerse más dominante e influyente que nunca. Es curioso, pero es un hecho que el dominio “cultural” de Estados Unidos en el continente se haya multiplicado paralelamente al proceso de declive de su peso específico en el mundo. La mentalidad “gringa”, con sus guerras imperialistas revestidas de combates por la libertad y los derechos humanos, contra la dictadura, la autocracia y hasta por la igualdad de género (Afganistán, Irán), se ha instalado en Europa. Aquel infantilismo de guion hollywoodense con final feliz, el maniqueísmo moralizante y el periodismo que designa villanos, han sustituido a la racionalidad de las preguntas sobre recursos e intereses, sobre historia, tendencias de dominio y geografía, que en los años sesenta del siglo XX aún lograban hacerse oír entre la polvareda que el rebaño levantaba a su paso por la cañada.

La radiografía de esta miseria europea es compleja, pero en las últimas décadas las ideas fuerza de los neocon de Estados Unidos que guían la política exterior occidental fueron externalizadas hacia organizaciones no gubernamentales, medios de comunicación y laboratorios de ideas, que llevan la impronta gringa grabada en su constitución. El marco general del fenómeno no es, por tanto, un exceso sino más bien un defecto de Estado, consecuencia de una especie de privatización de los Estados y los gobiernos. El resultado son poderes públicos y gobiernos impotentes, aún más dependientes de las oligarquías empresariales privadas y con menos capacidad de defensa de intereses “públicos”, por más que estos siempre estuvieran determinados por los privilegios de los de arriba.

Resultado, por un lado, y sobre todo, de treinta años de provocación y extensión de la OTAN, de acuerdo con la prioridad de mantener la hegemonía político-militar estadounidense en Europa tras el fin de la guerra fría, y por el otro del ilusorio deseo de la elite rusa de integrarse en pie de igualdad en el capitalismo dominado por Occidente -que en el Moscú de los noventa llamaban “civilización” – la guerra de Ucrania evoluciona, decíamos, hacia una suerte de tercera guerra mundial. Aumenta la posibilidad de una intervención militar directa de tropas de la OTAN y de una mayor implicación de China, con posibles extensiones en Asia Oriental. Es importante recordar el proceso para comprender lo que está por venir.

Contando desde el principio con la plena colaboración de los oídos y los ojos de la OTAN sobre el terreno de batalla y con ocho años de formación y financiación de su ejército a sus espaldas, la ayuda al gobierno de Kíev se planteó, a partir de febrero de 2022, en forma de suministro de “armas defensivas” para detener la “no provocada agresión rusa”, que fue, efectivamente, una agresión en toda regla, pero ciertamente provocada e inducida. Ir más allá era “arriesgarse a una tercera guerra mundial”, dijo en marzo el Presidente Biden. El fracaso de la inicial invasión suave rusa, lo que el Kremlin bautizó como “Operación militar especial”, una estrategia contenida que buscaba un desmoronamiento del régimen ucraniano, excitó una mayor implicación occidental ante la demostrada debilidad rusa y abrió la puerta al paulatino suministro de material pesado, blindados, artillería, munición, recursos de defensa antiaérea, viejos aviones de fabricación soviética de los países del Este, y, finalmente, los anunciados y no tan vetustos aviones F-16.

Las sanciones económicas contra Moscú, que fueron una “declaración de guerra” en toda regla, en palabras de la esperpéntica Presidenta de la Comisión Úrsula von der Leyen, o del ministro de economía francés, Bruno Lemaire, los atentados personales en ciudades rusas como Moscú, San Peterburgo o Nizhni Novgorod, en la mejor tradición “terrorista” de la OTAN, o contra los “colaboracionistas”, es decir ucranianos prorusos, en las zonas ocupadas de Ucrania, las incursiones militares en territorio ruso a cargo de mercenarios ultras financiados por Occidente con el objetivo de despertar un foco de guerra civil en Rusia, o los ataques contra dos bases de la aviación estratégica rusa, e incluso contra el Kremlin, todo ello razonablemente impensable sin la cooperación / dirección de potencias occidentales, las decenas de miles de millones en armas y ayuda financiera al estado ucraniano, todo eso, ha resultado insuficiente para impedir la derrota militar ucraniana, tal como sugiere, por lo menos de momento, el fracaso de la postergada contraofensiva ucraniana.

En julio de 2022, el Presidente Zelenski anunció el objetivo de “un ejército de un millón de hombres”. Llegaron a 700.000 y hoy son 400.000. La diferencia ha huido, desertado o ha sido aniquilada, mientras Rusia se ha ido reorganizando, con mayor o menos fortuna, y configurando una clara superioridad numérica, artillera, aérea, con su industria de guerra funcionando a todo vapor.

Con centenares de asesores y soldados occidentales combatiendo en las filas del ejército ucraniano, entre ellos varios miles de polacos, y entre imágenes de tanques “Leopard” alemanes, blindados “Bradley” americanos en llamas en el campo de batalla, así como informes de baterías “Patriot” fuera de uso por el fuego ruso, la perspectiva que abre ahora una eventual fiasco de la contraofensiva ucraniana es la de un escalón más en el esfuerzo para derrotar a Rusia: “la posibilidad de que Polonia se implique aun más a un nivel nacional y que sea seguida por los países bálticos, incluido con tropas en el terreno”, ha dicho en junio el ex secretario general de la OTAN Anders Rasmussen, que habla de una “coalition of the willing”. Si esa nueva fase tampoco resultara, la lógica de escalada dicta una intervención militar, directa y oficial, de tropas de la OTAN, como la que sugieren las maniobras “Air Defender 23”, las mayores de la historia de la OTAN, que recrean tal guerra desde el Mar Báltico hasta el Mar Negro.

Una mayor presión militar occidental contra Rusia, incrementará no solo la propia acción militar rusa, con una ampliación de la ocupación hasta la frontera rumana que privara por completo a Ucrania de salida al mar, si se dieran las condiciones y los actuales inquilinos el Kremlin siguen aguantando, sino también una mayor implicación industrial-militar china hacia Rusia, mientras en Asia Oriental se prepara el segundo frente. La espiral belicista está servida.

(Prólogo al libro «La guerra es la salud del Estado» con textos de Randolph Bourne, de ediciones El Salmón. Publicado en Ctxt)

Fuente: https://rafaelpoch.com/2023/06/11/hacia-la-tercera/

 

miércoles, 7 de diciembre de 2022

UN PUNTO DE VISTA DEL ESTABLISHMENT RUSO SOBRE LA GUERRA DE UCRANIA

 


rafaelpoch

Publicado el

Para entender la guerra de Ucrania es imprescindible conocer los puntos de vista de todas las partes beligerantes. Comprendemos el del nacionalismo ucraniano defendiendo su país ante la agresión imperial de su vecino y al mismo tiempo imponiendo su identidad a las regiones menos nacionalistas acusadas de “colaboracionismo” con el invasor. Comprendemos también los intereses y el papel de Estados Unidos en esta “guerra por procuración” en la que se trata de derrotar de forma ejemplarizante el desafio militar ruso iniciado en 2014 con la anexión de Crimea. Importantes estrategas y responsables de Washington nos lo han explicado con toda claridad y admiten que se trata de un “precalentamiento a lo que está por venir” contra China (Charles Richard, jefe del Stratcom y uno de los máximos jefes militares de Estados Unidos). Pero comprendemos mucho menos los motivos de Rusia.

Este artículo de Sergei Karaganov, presidente honorario del Consejo ruso de política exterior y de defensa, presenta un punto de vista del establishment ruso sobre el conflicto, vetado de nuestros medios por la censura y el foco unilateral en las tesis atlantistas.

Karaganov fue un típico “occidentalista” durante la época de Yeltsin en la que se produjo el gran desfalco de la privatización que instauró la rapiña del patrimonio nacional. En aquella época la élite rusa occidentalista de nuevos ricos y la intelligentsia liberal celebraban su ascenso a la “civilización” y soñaban con la homologación con sus socios del oeste. Los obstáculos “ideológicos” de la guerra fría ya no estaban y se daba por supuesto que a Rusia se le haría, automáticamente, un lugar en el nuevo escenario del capitalismo global.

Hoy Karaganov expresa las frustraciones y evolución del establishment ruso por no haber sido aceptado en pie de igualdad por sus homólogos capitalistas occidentales. La irritación fue creciendo con los años a medida que avanzaba el rodillo geopolítico de Estados Unidos en Europa, via OTAN, que complicaba y envenenaba cualquier intento de integración de una Unión Europea en la inopia geopolitica con su principal socio energético ruso y su primer socio comercial chino, hasta dar lugar al giro en las prioridades de la elite rusa al que estamos aistiendo hoy.

¿Qué significaba ser aceptados “en pie de igualdad”? Fundamentalmente que Occidente reconocía la soberanía y primacía de la elite rusa en la rapiña del patrimonio nacional y de los ricos recursos en su propio país, incluyendo en ese reconocimiento el de los intereses rusos en su entorno geográfico, una especie de “Doctrina Monroe”del espacio postsoviético aunque fuera en condiciones de condominio con Occidente, Turquía y China, como viene ocurriendo en Asia Central y Transcaucasia.

En Moscú tardaron años en comprender la seriedad del proyecto globalista occidental que contemplaba una Rusia subalterna con una elite nacional compradora subordinada a las grandes transnacionales occidentales y a la que no se piensa reconocer “soberanías” ni cotos privados derivados del tradicional control estatal de los negocios y desfalcos en el mayor país del mundo. Los occidentales querían libre acceso sin restricciones para sus multinacionales a los recursos de Eurasia, y, por supuesto, no reconocían “zonas de influencia” políticas, económicas ni militares, mas allá de su propio dominio hegemónico. La inicial colaboración de Moscú fue considerada debilidad y las repetidas quejas de Putin, ignoradas durante años. Todo eso es lo que contiene, desde mi punto de vista, el reproche de Karaganov a Occidente de no haber sido capaz de “acordar con Rusia y China los términos del nuevo mundo”.

Karaganov expresa el cambio de humor y mentalidad de la élite rusa al calor de las duras realidades y lecciones aprendidas, que ahora desembocan en el desastre de la guerra. Suscribe un discurso antioccidental con denuncia del “imperialismo globalista” en el mundo, y defiende la necesidad de una purga de los “elementos occidentalistas y compradores” en la propia Rusia, lo que parece anunciar cambios fundamentales en ese país. Rafael Poch-de-Feliu

ASISTIMOS AL SURGIMIENTO DE UN NUEVO MUNDO

Serguéi Karaganov

La crisis no comenzó en 2022, sino a mediados de los años 90, al igual que la Segunda Guerra Mundial, que comenzó realmente con la Paz de Versalles, que fue injusta y sentó al 100% las bases de la misma.

Hace 25-27 años, Occidente se negó a hacer una paz justa con Rusia. Y, como le pareció a muchos en su momento, creó un nuevo sistema para su dominación basado en «reglas». Otros se refirieron más tarde a él como imperialismo liberal global. Pero el sistema fue construido sobre la arena. En él se colocó una mina de la Tercera Guerra Mundial que tarde o temprano podía explotar. Los veteranos como yo suelen compartir recuerdos, a menudo inventados. En mi caso puedo documentar que desde 1996/1997 ya escribía y decía que un mundo basado en la expansión de la OTAN y la dominación occidental conduce a la guerra.

La hegemonía de Occidente comenzó a desmoronarse en 1999 cuando, en un frenesí de impunidad, violó a Yugoslavia. El desmoronamiento fue a más cuando, eufórico, se metió en Afganistán, luego en Irak y perdió, devaluando su entonces superioridad militar y su liderazgo moral. Al mismo tiempo, se producían dos procesos aún más importantes. Rusia -convencida tras Yugoslavia, Afganistán, Irak y la retirada de Estados Unidos del Tratado ABM- de que era imposible construir una paz justa y duradera con Occidente, comenzó a restablecer su poderío militar. Y así, una vez más, como había hecho en los años 60 y 80, comenzó a derribar los cimientos de la dominación occidental en la economía, la política y la cultura mundiales, que se basaba en la superioridad militar. Este dominio duró quinientos años y comenzó a desmoronarse en la década de 1960. En la década de 1990, debido al colapso de la URSS, parecía haber regresado, pero ahora Rusia ha empezado a derribar de nuevo esos cimientos.

Al mismo tiempo, Occidente dejó pasar el ascenso de China. Paralelamente cometió un error aún más sorprendente. A finales de la década de 2000, Occidente comenzó a frenar a China y a Rusia al mismo tiempo, empujándolas hacia un bloque político-militar común que no entrara en conflicto con sus intereses fundamentales.

La manifestación del poderoso desmoronamiento de Occidente fue la crisis de 2008, que tuvo como telón de fondo los procesos antes mencionados y socavó la confianza en su liderazgo moral, económico e intelectual. Desde finales de la década de 2000, Occidente comenzó a desatar la Guerra Fría. Pero todavía había una ventana de oportunidad para acordar con Rusia y China los términos del nuevo mundo. Existió en algún momento entre 2008 y 2013. Esta ventana no se ha utilizado. Desde 2014, Occidente intensificó su política activa de contención de China y Rusia, incluyendo un golpe de Estado en Kiev para preparar a las tropas de choque y tratar de socavar a Rusia para recuperar la hegemonía.

Occidente, al perder terreno militar, político y moral, incluso su núcleo moral (recordemos el rechazo de Europa al cristianismo ya en 2002), pasó al contraataque histérico. La guerra se hacía inevitable, la cuestión era dónde y cuándo.

Al mismo tiempo, los problemas globales a los que se enfrenta la humanidad -el clima, la energía, la escasez de agua y de alimentos, el crecimiento explosivo de la desigualdad dentro del propio Occidente y la erosión de la clase media- no se resolvieron, sino que se agravaron. Su no resolución exigió maniobras dilatorias. Eso fue un poderoso factor en dirección a la guerra.

Durante dos años, la Covid se utilizó como sustituto de la guerra, pero una vez que su efecto se ha diluido, se hizo inevitable que se produjese un choque aquí o allá. Consciente de ello, Rusia decidió atacar primero.

Esta guerra tiene varios objetivos: impedir que Occidente cree una cabeza de puente militar ofensiva en las fronteras de Rusia, que se estaba creando rápidamente, y preparar a Rusia para una existencia a largo plazo en un mundo de conflictos y cambios rápidos, que requiere un modelo diferente de sociedad y economía: un modelo de movilización.

El siguiente objetivo es purgar a la elite rusa de los elementos pro-occidentales y compradores. Pero quizás el contenido principal de esta guerra u operación en términos de la historia mundial, no sólo de la historia rusa, es la lucha por la liberación final del mundo de quinientos años de yugo occidental, que reprimió a los países y civilizaciones, imponiéndoles condiciones desiguales de interacción. Primero simplemente saqueándolos, a través del colonialismo, luego del neocolonialismo, y después a través del imperialismo globalista de los últimos treinta años.

La guerra de Ucrania, al igual que muchos acontecimientos de la última década, no trata sólo y no tanto del desmoronamiento del viejo mundo, sino también de la creación de un mundo nuevo, más libre, más justo, más plural y policromo política y culturalmente.

El significado global de la lucha en Ucrania es la devolución de la libertad, la dignidad y la autonomía a los no occidentales (proponemos llamarlos con otro nombre: la Mayoría Mundial, que antes era reprimida y robada y humillada culturalmente). Y, por supuesto, una parte justa de la riqueza mundial.

Rusia no puede dejar de ganar esta guerra, aunque será difícil. Muchos de nosotros no habíamos contado con una disposición tan alta de Occidente para luchar militarmente, ni tampoco con una disposición tan alta de una parte de los ucranianos, convertida en algo parecido a los nazis alemanes enfrentados contra la URSS en el pasado, por luchar desesperadamente.

Probablemente, dadas las tendencias generales del mundo y el equilibrio de poder mundial, deberíamos haber golpeado antes. Pero no conozco el nivel de preparación de nuestras Fuerzas Armadas. Aunque creo que en 2014 deberíamos haber actuado con más decisión, abandonando las esperanzas de un acuerdo.

Vivimos un periodo peligroso, al borde de una tercera guerra mundial en toda regla que podría acabar con la existencia de la humanidad. Pero si Rusia gana, lo que es más que probable, y el conflicto no llega a una guerra nuclear total, no deberíamos considerar las próximas décadas como una época de peligroso caos (como dice la mayoría de Occidente). Llevamos demasiado tiempo viviendo en esas condiciones.

El viejo sistema de instituciones y regímenes ya se ha derrumbado (libertad de comercio, respeto a la propiedad privada), instituciones como la OMC, el Banco Mundial o el FMI, la OSCE me temo y la UE, están llegando a sus últimos años. Empiezan a surgir nuevas instituciones a las que pertenece el futuro. Son la Organización de Cooperación de Shanghai, la ASEAN+, la Organización de la Unidad Africana y la Asociación Económica Integral Regional (RCEP). El Banco Asiático de Desarrollo ya presta mucho más dinero que el Banco Mundial.

No todas las nuevas instituciones sobrevivirán, esperemos que sobrevivan algunas de las antiguas, especialmente en el sistema de la ONU, que necesita urgentemente una reforma, principalmente para la representación de la Mayoría Mundial , y no de Occidente, en la secretaría. Lo principal es no permitir que el Occidente perdedor frene la historia o la descarrile con una guerra mundial.

No sólo los países de la Mayoría Mundial, sino también los países occidentales pueden vivir bastante felices en este mundo, en el que estos últimos han invertido muchos de sus eruditos, escritores – Cervantes, Shakespeare, Stendhal, Hemingway, los grandes rusos. Occidente simplemente perderá la oportunidad de saquear al resto del mundo, tendrá que encogerse un poco. Vivir dentro de sus posibilidades.

Temo que este nuevo mundo que está tomando forma ahora se cree más allá de mi vida intelectual o física. Pero mis jóvenes colegas y seguramente sus hijos verán ese mundo. Pero hay que luchar por este hermoso mundo, en primer lugar evitando una tercera guerra mundial, por el intento de venganza de Occidente. Fue en Europa donde se desencadenaron las dos primeras guerras mundiales. Rusia lucha ahora, entre otras cosas, para que no se den las condiciones necesarias para una tercera. Pero los conflictos se producirán en una época de rápidos cambios. Así pues, la lucha por la paz debería ser uno de los temas principales de nuestra comunidad intelectual y del mundo en general, quizá también el foco de atención del Club Valdai.

(Publicado en Globalter)

Fuente: https://rafaelpoch.com/2022/12/07/un-punto-de-vista-del-establishment-ruso-sobre-la-guerra-de-ucrania/

 

sábado, 29 de enero de 2022

LA FRAGILIDAD RUSA: LA MALDICIÓN DE LA AUTOCRACIA

Rafael Poch

Publicado el 2

Sobre la fragilidad de Rusia. Una advertencia contra la sobrevaloración de su potencia.


Procesión de Pascua. Ilya Repin

Me parece que algunos observadores de izquierda del Sur global son excesivamente optimistas, y están demasiado deslumbrados por la combinación que resulta de la alianza ruso-china por un lado, y del declive de Occidente en el mundo por el otro. Ambos procesos son verdaderos, pero el primero, la alianza ruso-china, es incierto a medio plazo. No sabemos cuanto va a durar, teniendo en cuenta el desequilibrio de potencia entre ambos países y la nula vocación de Rusia por ser “hermana menor” de nadie. Respecto al segundo, es tendencia histórica, es decir tiene lugar desde hace décadas y es lento en sus efectos. Así que la promesa de un mundo multipolar, con varios centros de poder, que suceda al hegemonismo occidental a punto de quebrar, es al mismo tiempo verdadera, problemática y relativa…

Todo esto es un gran asunto del que no sabemos qué resultará, pero aquí vamos a centrarnos solo sobre un aspecto del mencionado optimismo: la exagerada sobrevaloración de la potencia rusa.

Por más que algunos despechados intelectuales “euroasianistas” de su régimen lo insinúen, Rusia no es Asia. Con su milenaria tradición cristiana, su alfabeto de tipo griego, su etnia y lengua mayoritariamente eslavas, sus coordenadas de civilización son inequívocas. Parafraseando a Pavel Miliukov, el principal historiador de su cultura política de principios del siglo XX, podemos afirmar que Rusia no es Asia, sino Europa complicada por Asia. Rusia es periferia occidental -como España lo era hasta que su reciente asfaltado intelectual europeista evaporizó a Don Quijote de la escena. Eso quiere decir que desde esa posición, Rusia forma parte y está inserta en la tendencia histórica del declive occidental.

En los años noventa, tras el fin de la URSS, por algunos momentos nos pareció que el país se iba literalmente al garete de la mano de su degenerada casta política administrativa, concentrada en el saqueo y la privatización del patrimonio que con la URSS solo administraba sin poseer ni heredar. El restablecimiento llevado a cabo por Putin corrigió esa perspectiva de hundimiento, pero hay que ser conscientes de que, en el mejor de los casos, ese restablecimiento no pasa de ser una mera administración del inexorable declive general, tal como pronosticaba en los noventa Lev Gumiliov. Para entendernos, ese restablecimiento no tiene nada que ver con los combustibles que impulsan el ascenso de China.

En mi opinión el fortalecido papel de la Rusia de Putin, en su entorno y en el mundo, es más engañoso que real. Bajo su aparente contundencia se oculta una inquietante fragilidad.

LOS TRES CÍRCULOS DEL “SOCIALISMO”

Desde el punto de vista de su cohesión territorial, la Unión Soviética se creó como una federación de repúblicas. A diferencia del Imperio Ruso, en el acrónimo “URSS” ni siquiera figuraba “Rusia”, pero el carácter dogmático y casi religioso de su ideología exigía una absoluta unidad y obediencia. Esa exigencia acabó por anular por completo no solo lo federal sino cualquier atisbo de autonomía, aunque esto último se recuperó en la época de Brezhnev, por lo menos a nivel de la holgura con que las élites de las diferentes repúblicas hacían y deshacían en sus territorios.

El nuevo imperio ruso que fue la URSS -imperio “raro”, en el sentido de que no había succión de recursos de la periferia desde el centro ruso- ejerció un dominio basado en la ideología. Desde que Stalin afirmó el “socialismo en un solo país” frente al precedente internacionalismo, el “socialismo” fue el cemento nacional ruso de dominio y cohesión territorial que se acabó instalando una vez anulados los impulsos liberadores y de radical ruptura de la Revolución de 1917. Como decía el historiador y maestro Dmitri Furman (1943-2011), “Stalin fue la síntesis entre un clásico del particular marxismo ruso, un nuevo Lénin, y un reformulador del nacionalismo ruso, un nuevo Iván el terrible”. La analogía con Napoleón, a la vez verdugo y reformulador imperial de la Revolución Francesa, tiene cierto sentido. En todo caso, gracias a ese “socialismo”, un nacionalismo ruso camuflado pudo seguir manteniendo el enorme espacio euroasiático durante 80 años mas.

El espacio imperial soviético tenía tres círculos concéntricos. El primero era su matriz rusa, la República Socialista Federativa de Rusia (RSFR), el segundo las repúblicas de la URSS, y el tercero los países del bloque socialista. Con la disolución de la URSS y la anulación de su muy erosionada ideología, se evaporó el cemento que adhería toda la construcción. Con la disolución de la autocracia zarista en 1917 pasó algo parecido. En el caos que sobrevino algunos territorios (entre ellos Polonia y Finlandia) abandonaron el imperio. Con la disolución de la URSS y su previa liberalización, fue todo el bloque del Este y las repúblicas soviéticas, el tercer y segundo círculo, las que se fueron. Pero de la misma forma en que tras la Revolución de 1917 el espacio se recompuso con otras fórmulas mediante la URSS, tras la disolución de ésta se inventó la CEI, la Comunidad de Estados Independientes, para rescatar los restos del naufragio con una nueva integración.

LA DOBLE COMPLICACIÓN DE LA INTEGRACIÓN POSTSOVIÉTICA

Desprovista del cemento ideológico y de toda idea cohesionadora, este nuevo invento integrador que la Rusia postsoviética lleva a cabo desde hace años en la CEI, ya es una lucha por refundar un espacio rusocéntrico sin matices ni camuflajes. Está empresa está resultando extremadamente complicada, tanto a nivel institucional como a nivel ciudadano.

Institucional, porque el esfuerzo de Moscú por recuperar espacios e influencias, algo que tiene pleno sentido nacional ruso, choca con la afirmación nacional de las nuevas repúblicas independientes. Para ellas, la independencia y la soberanía son el presupuesto ideológico básico de su cohesión nacional. La integración de la enorme Rusia con las pequeñas y no tan pequeñas repúblicas contiene, además, una certeza de desigualdad implícita en los diferentes pesos de cada una de ellas comparadas con Rusia. En la integración de los pequeños con el grande no hay posibilidad alguna de ecuanimidad. Pasaría lo mismo si Estados Unidos creara una especie de federación con Canadá, México y las siete repúblicas centroamericanas. En la Unión Europea también se observan tendencias desintegradoras pero las correlaciones son diferentes, por la existencia de varias naciones “grandes” en cierto equilibrio que amortiguan el propósito dominador de Alemania, la mayor de ellas. Por Varufakis y muchos otros testimonios, sabemos que en las reuniones del Euro grupo, esa especie de Politburó tecnocrático-neoliberal, es Alemania la que lleva la voz cantante, mientras los otros escuchan. Pero es otra escala.

Los dirigentes de las repúblicas ex soviéticas solo pueden ver en la integración un yugo desigual, una mera disciplina y sometimiento a designios rusos sin mayores matices. Entonces, ya sin fundamentos ideológicos comunes y con la necesidad de afirmar su propia cohesión en colisión con los designios de Rusia, ¿qué es lo que les mantiene unidos a Moscú a pesar de todo? La respuesta a esa pregunta es inequívoca: el nuevo cemento es la común naturaleza autocrática de sus regímenes. Y la maldición de este nuevo intento de integración del espacio euroasiático es precisamente que ese cemento es sumamente quebradizo.

CLUB DE REGÍMENES AUTORITARIOS

Todos los regímenes postsoviéticos que participan en el esfuerzo integrador ruso tienen en común su condición de “democracias de imitación”. Sus parlamentos son irrelevantes, sus elecciones trucadas, sus regímenes autoritarios/oligárquicos con gran nivel de corrupción, y sus dirigentes no tienen alternativa: se suceden en el poder o nombran a sus sucesores, sin que haya posibilidad alguna de cambio. Aunque el sentido, económico, comercial, cultural, lingüístico, histórico y político, de la integración sea enorme y genuino, en la práctica la principal y última razón de ser institucional es el mantenimiento de los regímenes autocráticos formados por cada oligarquía nacional en diversas modalidades. Esa característica fragiliza enormemente la empresa ante las sociedades y ciudadanías de todos esos países para las cuales un horizonte de mayor libertad y holgura es una aspiración ineludible.

Desde Kirgizstán a Ucrania, pasando naturalmente por Rusia, todas las sociedades se miran a efectos de futuro en el espejo “europeo”. No estamos en China donde se juega en otra liga (¿de momento?), la liga de las “características chinas”. El caso de Mongolia, que no es una “democracia de imitación” sino una democracia homologable con las occidentales desde todos los puntos de vista, sugiere que no hay un límite geográfico en Eurasia a esos efectos. Con mayor o menor intensidad, la aspiración a una vida con menos corrupción, desigualdad e injusticia, y mayor espacio de libertad, incluida la posibilidad de cambiar de gobierno en elecciones, es una presión que se manifiesta periódicamente (que en caso de realizarse, esa aspiración tenga muchas probabilidades de convertirse en sumisión y vasallaje a otro poder extranjero, cambia poco la situación). Ese es el principal fundamento de las llamadas “revoluciones de colores” y es mucho más importante que el intervencionismo occidental de propósitos manifiestamente bastardos y sin la menor conexión con la democracia en ellas. Sin un movimiento nacional-popular genuino, el cambio de régimen del 2014 en Ucrania, que incluyó inequívocos aspectos de golpe de estado, no habría sido posible, por más dinero y esfuerzos que hubieran puesto Washington y Bruselas.

Ante esos movimientos sociales y civiles, Rusia actúa en la CEI como la URSS actuaba en Europa del Este en el anterior ciclo histórico: defendiendo el estatus quo, e impidiendo la autonomía social. Las contradicciones están llegando a tal extremo que hasta en Bielorrusia, la más soviética y hermana de su matriz rusa de las repúblicas de la URSS, Rusia empieza a ser vista como impedimento y obstáculo de emancipación y evolución hacia un sistema político para el que la democracia de baja intensidad común en Europa Oriental y Occidental es manifiestamente preferible a la autocracia de Lukashenko que ha preservado una nivelación social y un estado asistencial de tipo soviético considerable y valioso (aspecto que explica la frialdad obrera ante los últimos grandes movimientos ciudadanos contra el caudillo bielorruso).

En Kazajstán acabamos de ver cómo se ha aplastado y reprimido un movimiento social antioligárquico (el grito “¡vete viejo!” dirigido al Caudillo Nursultán Nazarbayev) con la ayuda de Moscú y su estructura militar de seguridad euroasiática. El contenido práctico de esa ayuda ha sido discreto, las tropas no han participado en la represión y apenas han estado en Kazajstán una semana para no ofender al nacionalismo local (sería interesante saber qué decían al respecto los chinos, que tienen mucha mas inversión en el país), pero han servido para imponer a una facción de la oligarquía kazaja sobre otra, la familia de Nazarbayev, que monopolizó el saqueo del patrimonio energético del país durante treinta años.

Se está llegando a una situación en la que Moscú es el impedimento de cualquier evolución política. Lo máximo que pueden esperar los bielorrusos es que el Kremlin encuentre un recambio autocrático de su gusto al desprestigiado, astuto y conflictivo Lukashenko. Respecto a los kazajos, no creo que puedan esperar mucho más del cambio de la familia y los clanes de Nazarbayev por la de Tokayev y los suyos.

En la actitud del Kremlin no hay solo consideraciones, digamos “geopolíticas”, evitar que tal o cual república se pase a Occidente con toda la pérdida económica, política y de seguridad que supone. Es muy importante también el miedo a un contagio: miedo a una revuelta social y anti oligárquica en Rusia, algo que tarde o temprano sucederá…

Así, si la desproporción de pesos específicos y la correlación de fuerzas de las repúblicas de la CEI con respecto a Rusia, complican todo horizonte de soberanía por arriba, la defensa a ultranza del orden oligárquico, por miedo de que las sociedades huyan hacia Occidente y que la ola llegue a Rusia, complica sobremanera la integración por abajo. La conclusión es inequívoca: este embrollo solo puede desenredarse con un cambio político en Rusia. Llegamos así a lo más complicado.

AL CAMBIO POR LA CONVULSIÓN

El cambio evolutivo hacia una democracia homologable con las de Occidente (entiéndase una democracia de baja intensidad, plutocrática, corrupta e injusta, por todo aquello que hace al capitalismo incompatible con una democracia genuina) es en Rusia más difícil que la caótica quiebra de su régimen. Como expliqué en mi libro Entender la Rusia de Putin (2018), una sociedad civil excluida de toda responsabilidad política, sin posibilidad de cambio institucional, con pocos altavoces para expresar legalmente su disconformidad, etc., etc. tenderá siempre a una actitud de derribo más que de reforma o enmienda del orden establecido. Si no se puede intervenir vía elecciones, vía las cámaras representativas y los medios de comunicación, solo queda la calle y la fuerza como espacio y método de cambio. En esas condiciones, la autocracia considerará siempre, y con razón, cualquier propósito de reforma desde abajo como subversivo, cuando no obra de agentes extranjeros. El pacto y el consenso son figuras complicadas que tanto arriba, en el poder, como abajo, en la sociedad, tienden a verse como expresión de debilidad. En esa dialéctica, el cambio tiene muchas probabilidades de plantearse como convulsión.

Si, como consecuencia de tal quiebra, regresaran al poder en Rusia las fuerzas “liberales” que gobernaron el país tras la disolución de la URSS de 1991, el resultado podría ser parecido, o igual, o peor, al actual. Esto no es una profecía, sino la constatación de algo conocido y experimentado, algo que ya hemos visto.

El actual régimen ruso, tan denostado por Occidente, no lo fundó Putin, sino Boris Yeltsin en nombre de valores liberales-occidentalistas. No hay en esto ninguna paradoja. Recordemos que Rusia es el país en el que los espantosos crímenes de los años treinta de Stalin se cometieron en nombre del socialismo… Fue en los años noventa bajo el gobierno “liberal” y pro occidental de Yeltsin (con raras excepciones mas bien habría que hablar de “liberales-estalinoides”), cuando se bombardeó el primer parlamento plenamente electo de la historia rusa entre el aplauso de Occidente (octubre de 1993) y se impuso sobre aquella masacre (unos 200 muertos y miles de detenidos) un presidencialismo y una constitución autocráticos y un parlamento (Duma) consultivo e irrelevante. Esta memoria nos advierte contra el aplauso y el padrinazgo occidental de personajes alternativos a Putin como el envenenado y encarcelado Aleksei Navalny: puede haber algo peor que Putin. Muchos rusos, seguramente la mayoría, así lo piensan.

Otra consideración importante es la contradicción entre el propósito “nacional” del Kremlin (lo político) y la dependencia que la oligarquía rusa tiene del entramado occidental, en cuyas instituciones bancarias y paraísos fiscales guarda sus capitales. En ese “internacionalismo” de los ricos hay un claro potencial de cisma interno del régimen ruso que es un conglomerado burocrático-oligárquico…

No hay en estas consideraciones nada de determinismo fatalista. Son el resultado de una observación de los ciclos de la historia rusa y de los datos y señales que ofrecen el país y las circunstancias de su sociedad, un trabajo que en gran parte está aún por hacer. Y ese análisis apunta mas bien a que solo mediante turbulencias podrá Rusia llegar a un gobierno y una condición económica y socialmente más estables. El día que los rusos así lo decidan me parece que un escenario de tipo socialista-colectivista, tiene más futuro que uno oligárquico-occidentalista, pero quizás para eso tenga que pasar una generación. En ese escenario será mejor un estricto no intervencionismo, dejar a Rusia en paz, para no repetir los desastres que agravaron el salvajismo de su guerra civil después de la Revolución, contribuyendo al “comunismo de guerra” y a la génesis del estalinismo. Rusia es material inflamable que conviene no agitar. Y es demasiado grande, en todos los sentidos, para ser colonizada y aleccionada.

ACTITUD HIPOCRÁTICA

Esa debería ser la actitud europea hacia ella, una actitud, podríamos decir, hipocrática: no agravar con nuestra intervención el estado de salud del paciente, los traumas y complejos que su complicada historia imprimieron en la psiqué colectiva de su sociedad. Eso quiere decir, por ejemplo, aquí y ahora, acceder a sus razonables exigencias de “garantías de seguridad”, retomar la diplomacia y renunciar a la política de sanciones. Al fin y al cabo estipular un estatuto de neutralidad para países como las repúblicas bálticas, Ucrania o Georgia, y delimitar un continente libre de armas nucleares, no equivale al “nuevo Yalta”que invocan nuestros políticos. Finlandia y Austria tuvieron estatutos de neutralidad en el siglo XX cuando Rusia era mucho más poderosa que ahora, sin vender por ello su soberanía a Moscú. Si Europa convive, e incluso sanciona tácitamente, anexiones tan violentas y abusivas como las de Israel, la de Turquía en Chipre o la de Marruecos en el Sahara occidental, ¿por qué hacer escándalo de Crimea, secular tierra rusa, incorporada a Rusia sin violencia y con el beneplácito de su población?

La tensión con Rusia conviene a Estados Unidos cuyo dominio político-militar del continente depende de ella. Una relación normalizada entre Rusia y la UE acabaría con ese dominio (otro asunto es cómo se proyectaría en el mundo tal sintonía si llegara a integrarse desde Vladivostok a Lisboa).

La simple realidad es que en el mundo de hoy, Rusia y China, practican una política exterior mucho más prudente, opuesta al belicismo y abierta a la diplomacia y el consenso en la resolución de los problemas internacionales, que sus adversarios occidentales. Basta con observar la crónica bélica de los últimos veinte años para convencerse de ello. No hay aquí tampoco gran paradoja, pues Occidente mantiene niveles de pluralismo de puertas adentro, perfectamente compatibles con la dictadura, el racismo y las matanzas, características del colonialismo y el imperialismo, de puertas afuera.

Si la tensión con Rusia se mantiene hoy en Europa, no es solo a causa de esa maldición de la autocracia que condena a la fragilidad al espacio euroasiático con centro en Moscú, sino también, y sobre todo, a causa de otras enfermedades, particularmente occidentales. Pero esa es otra historia mucho más conocida entre nosotros, y hoy solo queríamos abordar el problema de la fragilidad de Rusia y las contradicciones que encuentra la complicada integración del espacio postsoviético.

Los partidarios de ese orden internacional no imperial, menos injusto y más democrático que necesitamos para afrontar los retos del siglo (calentamiento global, desigualdad, exceso de población y proliferación de recursos de destrucción masiva), deben ser realistas y no hacerse falsas ilusiones.

(Publicado en El Salto)

Fuente: https://rafaelpoch.com/2022/01/26/la-maldicion-de-la-autocracia/