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lunes, 25 de marzo de 2024

CRÓNICA DE UNA ENTREVISTA A KARL MARX (1880)


Mario Espinoza Pino | John Swinton

18/MAR/2024

 

En agosto de 1880 Karl Marx (1818-1883) recibió en Ramsgate la visita de John Swinton (1829-1901), periodista del diario norteamericano The Sun (New York). El encuentro impresionó tanto a Swinton que unas semanas después publicaba en portada una crónica de aquella reunión informal. Hay que decir que Swinton no era un periodista cualquiera. Escocés de nacimiento, emigró muy joven con su familia a Canadá (Montreal) para después desplazarse con sus padres a New York. Ya desde muy temprano se interesó por el mundo de la imprenta y la prensa, trabajando como aprendiz para el periódico Montreal Witness. Tras algunos intentos frustrados por avanzar en la carrera de medicina, se enroló definitivamente en el oficio periodístico, adentrándose al mismo tiempo en el terreno de la política de su época. Combatió fervientemente la esclavitud –participando en la campaña por su abolición definitiva– para luego ser corresponsal durante la Guerra Civil Norteamericana (1861-1865). Pero no sólo se enfrentó a los Estados esclavistas, sino que defendió con tesón los derechos de las clases trabajadoras, involucrándose en el movimiento sindical norteamericano, al que daría amplia cobertura en la esfera pública. Podría decirse que siempre eligió la trinchera adecuada.

Swinton jugó sin duda un papel muy importante como redactor y editor. Participó en los diarios más importantes de su tiempo: el New York Times, el New York Tribune, medio en el que el propio Marx había trabajado como corresponsal europeo, y en The Sun, del cual llegaría a ser editor en jefe. Poco antes de terminar su periplo en The Sun, en una cena previa al lanzamiento de su diario en 1883, el John Swinton’s Paper, el periodista dio un conocido discurso en el que criticaba a la autodenominada “prensa independiente”: “Somos los instrumentos y los vasallos de los ricos entre bastidores. Somos saltimbanquis. Ellos mueven los hilos y nosotros bailamos. Nuestro tiempo, nuestros talentos, nuestras vidas y nuestras posibilidades son enteramente propiedad de otros hombres”. El diario de John Swinton solo subsistió hasta 1887, pero se marcó objetivos políticos y sociales muy claros desde su inicio. Entre ellos estaba defender los derechos de los trabajadores y cubrir las noticias de los sindicatos, así como combatir todos los daños provocados por la industria a los obreros. Por otro lado, se esforzó en advertir “al pueblo americano contra los planes traicioneros y aplastantes de Millonarios, Monopolistas y Plutócratas”. Concibió su nuevo medio como una herramienta de organización y denuncia, promoviendo a su vez reformas legislativas que favoreciesen a las clases trabajadoras. Pero de fondo lo que buscaba era convertir aquellas páginas en el elemento aglutinador de las fuerzas políticas que buscaban la reforma social.

Cuando Swinton visitó a Marx, el periodista seguía trabajando para The Sun, realizando reportajes con un estilo crítico y social inconfundible –Engels llegará a describirlo como un “comunista americano” en un intercambio epistolar con August Bebel un año después (30 de marzo de 1881)–. Aunque no se conserva la carta que Swinton envió a Marx para concertar la reunión, la respuesta de Marx, fechada el 15 de agosto de 1880, fue tan amable como escueta: “Me estoy quedando aquí con mi familia y, si dispone de tiempo, estaré encantado de verlo en Ramsgate”. Si tenemos en cuenta la dilatada trayectoria como periodista y agitador de Swinton, sus intereses y compromisos políticos, resulta más que probable que sus expectativas respecto a Marx fuesen muy elevadas. Pues ¿quién era realmente aquel temido filósofo y revolucionario cuya fama databa de antes de las Revoluciones de 1848? ¿Qué personalidad tendría aquel viejo diablo fundador de la temida Primera Internacional? Como podremos ver a continuación, además de una hermosa escena familiar e íntima, la huella que dejaron Marx y su familia en Swinton fue honda. Tanto que ambos siguieron carteándose e incluso “conspirando” juntos unos años más –los últimos años del Moro–.


Karl Marx

Crónica y entrevista por John Swinton

para The Sun, No. 6, 6 de septiembre, 1880

Uno de los más notables hombres de la época, que ha jugado un enigmático pero pujante papel en la política revolucionaria de los últimos cuarenta años, es Karl Marx. Un hombre sin deseos de fama u ostentación, al que nada le importan la fanfarronadas de la vida o las pretensiones de poder. Sin prisa y sin descanso, este hombre de mente fuerte, amplia y elevada, lleno de proyectos de gran alcance, métodos lógicos y objetivos prácticos, ha estado y aún está detrás de muchos de los terremotos que han convulsionado naciones y destruido tronos, y ahora amenaza y horroriza a las testas coronadas y los fraudes establecidos más que cualquier otro hombre en Europa, sin exceptuar al propio Giuseppe Mazzini. El estudiante de Berlin, crítico del hegelianismo, editor de periódicos y antiguo corresponsal del New York Tribune ha mostrado sus cualidades y coraje. El fundador y espíritu maestro de la antaño temida Internacional y el autor de “El Capital” ha sido expulsado de la mitad de los países de Europa, proscrito en casi todos ellos, y desde hace treinta años ha encontrado refugio en Londres. Él estaba en Ramsgate, el gran balneario de los londinenses, mientras yo pasaba por Londres, y allí lo encontré, en su casa de campo, con su familia de dos generaciones. La mujer con rostro de santa, suave, elegante y de dulce voz que me dio la bienvenida era, evidentemente, la señora de la casa y la esposa de Karl Marx. ¿Pero es este hombre de sesenta años, de cabeza maciza, facciones generosas, cortés y amable, con esa espesa cabellera de largas canas revueltas, Karl Marx? Su diálogo me recordó al de Sócrates –muy libre, muy profundo, incisivo y genuino– con sus toques sarcásticos, destellos de humor y alegría juguetona. Habló de las fuerzas políticas y los movimientos populares de varios países de Europa –la gran corriente del espíritu de Rusia, los movimientos de la mentalidad alemana, la acción de Francia, la inmovilidad de Inglaterra–. Departió esperanzadamente de Rusia, filosóficamente de Alemania, alegremente de Francia y sombríamente de Inglaterra, refiriéndose con desprecio a las “reformas atomísticas” a las que los Liberales del Parlamento dedican su tiempo. Al examinar el mundo europeo, país tras país, indicando los rasgos, los desarrollos y los personajes sobre la superficie y bajo ella, me mostró que las cosas estaban encaminadas hacia fines que seguramente se realizaran. Era evidente que este hombre, al que tan poco se ve y se oye, está inmerso en lo profundo de la época, y que desde el Nevá al Sena, de los Urales a los Pirineos, su mano está trabajando y prepara el camino para el nuevo advenimiento. Su trabajo tampoco se desperdicia ahora más que en el pasado, durante el cual se han producido muchos cambios deseables, se han visto numerosas heroicas batallas y la república francesa se ha levantado a las alturas. Mientras él hablaba, la cuestión que yo había formulado “¿Porqué no hacéis nada ahora?”, se antojaba como una pregunta de ignorante, y una a la que no podía responder directamente. Al preguntarle por qué su gran obra “El Capital”, el campo sembrado de tantas cosechas, no había sido traducido al inglés como si lo había sido al ruso y al francés del alemán original, no supo responderme, pero comentó que la propuesta para una traducción al inglés le había llegado de New York. Dijo que el libro no era más que un fragmento, una sola parte de un trabajo en tres partes, dos de las cuales aún no se han publicado, siendo la trilogía completa “Tierra”, “Capital” y “Crédito”; la última parte, comentó, se encuentra ampliamente ilustrada desde los Estados Unidos, donde el crédito ha tenido tan fulgurante desarrollo. El señor Marx es un gran observador de la actividad americana, y sus comentarios sobre algunas de las fuerzas formativas y sustantivas de la vida estadounidense estaban repletas de lúcidas sugerencias. Por cierto, en referencia a su “Capital”, dijo que cualquiera que desease leerlo encontraría la traducción francesa muy superior en muchos sentidos a la alemana original. El señor Marx se refirió al francés Henri Rochefort, y en su conversación sobre algunos de sus discípulos ya fallecidos, el tempestuoso Bakunin, el brillante Lassalle y otros más, pude ver cómo su genio había tomado posesión de unos hombres que, en otras circunstancias, podían haber dirigido el curso de la historia.

La tarde está declinando hacia el crepúsculo de una noche de verano inglesa, mientras el señor Marx discurre y propone un paseo a través de la ciudad costera, a lo largo de la orilla hasta la playa, en la que vemos infinidad de personas, sobre todo niños disfrutando alocadamente. Aquí, sobre la arena, encontramos a su familia –la mujer, que ya me había dado la bienvenida, sus dos hijas con sus hijos y sus dos yernos, uno de los cuales es profesor en el King’s College de Londres, y el otro, creo, un hombre de letras–. Fue una fiesta deliciosa –éramos diez en total– el padre de las dos jóvenes esposas, felices con sus niños, y la abuela de los pequeños, generosa en la alegría y serenidad de su naturaleza de esposa. No menos finamente que Victor Hugo entiende Karl Marx el arte de ser abuelo; pero, más afortunado que Hugo, las hijas casadas de Marx viven para alegrar sus largos años. Al anochecer, Marx y sus yernos se separan de la familia para pasar una hora con su invitado americano. Y la conversación versó sobre el mundo, el hombre, el tiempo, las ideas, mientras nuestras copas tintineaban sobre el mar. El tren no espera a nadie, y la noche está al caer. Sobre el pensamiento del parloteo y el estrépito de la época y las edades, sobre la charla del día y las escenas de la tarde, surgió en mi mente una cuestión tocando la ley última del ser, para la cual buscaría respuesta en este sabio. Descendiendo a las profundidades del lenguaje, y elevándome a la altura del énfasis, durante un espacio de silencio, interrogué al revolucionario y filósofo con estas fatídicas palabras, “¿Cuál es?”. Y pareció como si su mente se invirtiese por un momento mientras miraba de frente al mar embravecido y a la inquieta multitud sobre la playa. “¿Cuál es?”. Había preguntado, a lo cual respondió, en tono profundo y solemne: ¡La lucha!

Al principio me pareció como si hubiese oído el eco de la desesperación; pero, tal vez, se trataba de la ley de la vida.

 

Fuente: https://vientosur.info/cronica-de-una-entrevista-a-karl-marx-1880/

 

lunes, 13 de mayo de 2019

JENNY MARX: UNA VIDA AGITADA, UNA VIDA INVISIBLE



10/05/2019 | Mario Espinoza Pino 

A mediados del siglo XIX, el destino que la sociedad prusiana reservaba a las doncellas de alcurnia no era demasiado emocionante. Tras una educación inicial y una instrucción adecuada al estatus, se abría un tiempo breve y juvenil de apariciones públicas en bailes y distinguidas fiestas. Pero cuando el potencial consorte irrumpía en escena, y era mejor que apareciese más pronto que tarde, la vida se osificaba y adquiría una rigidez ritual: amistad íntima, noviazgo y promesa matrimonial. Tras las tradicionales nupcias con el no menos tradicional noble o alto funcionario del Estado -peaje obligatorio para mantener la prosperidad del linaje y la posición-, esperaba una vida económicamente sosegada: como un apacible viaje en barco sobre las aguas del Rin. Un hogar, varios herederos, algunas reuniones sofisticadas y los fastos de rigor. En fin, una vida respetable, aunque anodina y con pocas sorpresas.

Sin embargo, la hija del barón Ludwig von Westphalen -consejero del gobierno de Tréveris y de ideas progresistas- eludió el camino habitual de toda joven aristócrata en la conservadora Prusia guillermina. Entre otras cosas, Jenny von Westphalen (1814 – 1881) se educó en una atmósfera donde autores ilustrados y socialistas -prohibidos por los censores- eran citados una y otra vez. Además, su padre solía hablar de igualdad y justicia social como principios deseables para el pueblo. Tras la ruptura de una primera promesa matrimonial -un escándalo en la época-, Jenny se enamoró de un joven amigo íntimo de la familia. Rápidamente se prometería con él en secreto: se llamaba Karl Marx. Él tenía dieciocho años, ella veintidós. Lo que vino después sacó su vida de los goznes, y una dama de la alta sociedad renana terminaría convirtiéndose en la compañera de un intelectual bohemio y revolucionario. Una mujer audaz que dejaría atrás una juventud cortesana para llegar a ser la primera militante de la Liga de los Comunistas. El futuro le depararía muchas cosas, pero jamás monotonía o estabilidad. Tampoco tranquilidad económica.

Quizá haya sido Mary Gabriel quien mejor ha reconstruido el carácter y la personalidad de Jenny Marx. La estrategia narrativa de Gabriel en Amor y capital (El Viejo Topo, 2014), su potente biografía, toma a la familia Marx-Westphalen como punto de partida de la narración, presentándola como una unidad llena de tensiones que evoluciona a través de diversos avatares, crisis y reconfiguraciones. Jenny aparece como una mujer inteligente, inquieta, apasionada y abnegada -el amor romántico, incluso pasional, no deja de estar presente en su historia como eje-. Estamos ante una persona que jamás perdió su vis aristocrática y que siempre estuvo au courant de todo lo que sucedía en el mundo -participando en todo tipo de empresas políticas, debates e intercambios intelectuales-. Por otro lado, sumergir al Moro de Tréveris en sus relaciones más íntimas, en la comunidad con la que compartía los sinsabores cotidianos, permite profundizar en un relato muy diferente del acostumbrado.

Al hundir a Marx en la tierra de sus vínculos afectivos y relaciones, la imagen clásica del padre del marxismo sufre una metamorfosis radical: toda la mitología y la épica del genio se disuelve, dejando atrás cualquier tentación hagiográfica o sacralizadora. Su pensamiento aparece así conectado a circunstancias y realidades que desbordan sus conocidos escritos, pero que no dejan de formar parte del “proceso de producción” de los mismos. Y al hilo de esta transición que va del Marx icónico al Marx humano, existe una pieza esencial que hasta hace poco no había sido traducida al castellano, un escrito que sumerge al autor en su entorno más inmediato: Breves escenas de una vida agitadaescritas por Jenny Marx y recientemente editadas por El Desvelo Ediciones (2018). Podríamos decir que estas memorias prefiguran el gesto narrativo que caracteriza la biografía de Gabriel, pero lo más importante es que nos ofrecen la voz de Jenny, una desconocida sin la cual uno de los revolucionarios más célebres del XIX nunca hubiese llegado a ser lo que fue. Pero ¿Quién fue Jenny?

Las memorias de la mujer de Marx

Estas Breves escenas, un apretado escrito esbozado por Jenny Marx a lo largo de 1865, permiten responder a la pregunta formulada hace un momento, deparando más de una sorpresa para el lector o lectora. El texto nos acerca de manera privilegiada a las experiencias de quien fuera la compañera de Marx, retratando en sus páginas los proyectos vitales y políticos que orientaron su vida y matrimonio con Karl. Una pintura ensombrecida por los numerosos contratiempos que ambos atravesaron desde el principio. Y es que el matrimonio se dio de bruces con obstáculos y dificultades de todo tipo: exilio, miseria, detenciones y dolorosas pérdidas familiares. Por otra parte, recuperar la narración de Jenny abre la posibilidad de entender la la vida y la obra del conocido filósofo más allá de cualquier lectura fetichista con su figura. Como bien recuerda Eva Gallud Jurado en su prólogo a la edición, esta narración presenta a Karl Marx en tercera persona –descentrado-, como uno más dentro de una extensa galería de personajes.

A lo largo de las 29 hojas manuscritas que componen el texto, Jenny toma la palabra, colorea las escenas y muestra un paisaje intelectual y afectivo habitualmente relegado a la invisibilidad. Toda una cartografía y cronología propias. El relato arranca en Kreuznach, poco después de su matrimonio (1843), para rápidamente embarcarse en los proyectos intelectuales del momento y su nueva vida en París (1844). El fracaso de los Anales franco-alemanes, la escritura de La sagrada familia y las preocupaciones por la recién nacida Jennychen (Jenny Caroline Marx) dominan la escena. La súbita orden de expulsión del ministro Guizot contra Marx, debida a las presiones del gobierno de Prusia, precipitarán la huida del matrimonio fuera de Francia. Con todo lo que ello conllevaba: Jenny tuvo que vender los muebles a toda prisa, pedir dinero prestado -se convertirá en una constante en sus vidas- y encontrar un hogar o refugio temporal para la familia.

Ya en Bruselas, en el hotel Bois Sauvage, la pareja creará una exuberante comunidad de amigos y militantes, de la que destacarán personajes como Joseph Weydemeyer y Wilhelm Wolff -amigo leal al que Jenny siempre guardará un cariño especial-. Pero la Bélgica prerrevolucionaria era un terreno movedizo. Marx fue acusado de comprar armas a los obreros belgas tras recibir una herencia, lo que le colocó en el punto de mira de las autoridades. También a Jenny, que describe como la detuvieron y encerraron en un calabozo con apenas luz, donde compartió catre de madera con una prostituta. Tras dos horas interrogatorio -“durante las cuales poco pudieron sonsacarme”- volvió con sus tres hijos y Karl, la fuente de sus preocupaciones. Ambos tuvieron suerte de ser puestos en libertad. Todo este período fue el de la Neue Rheinische Zeitung, la intervención periodística de Marx y los suyos en la Primavera de 1848. Al final de la etapa Jenny afirmará con tristeza: “La revolución húngara, la insurrección de Baden, el levantamiento italiano, todos fallaron”. L’ordre règne á Varsovie,

Después de Bélgica volvieron a París. Y después de recibir una nueva misiva del gobierno francés, partieron a Inglaterra, donde el matrimonio pensó instalarse temporalmente. Karl llegó a Londres en 1849, Jenny lo siguió más tarde con los niños, acorralada por la autoridades francesas. Exhausta y enferma. La primera etapa de la década de 1850 fue la más dura de su vida. Visitas continuas a la casa de empeños, varios intentos fallidos a la hora encontrar fuentes de ingresos, enfermar y ver morir con impotencia y sin recursos a sus pequeños Heinrich, Edgar y Franziska. Mientras tanto, Karl proyectaba la Neue Rheinische Zeitung. Politish Ökonomische Revue –que también fracasaría-, los comités de refugiados alemanes se organizaban y su comunidad más próxima vivía un estado de enorme precariedad: la gente se buscaba la vida como podía. Friedrich Engels era el único amigo de la familia económicamente estable. Una mano generosa siempre tendida para Jenny y Marx.

Jenny por sí misma

Como refleja el relato, pero también sus cartas, la parte central del trabajo de reproducción del hogar caía sobre los hombros de Jenny y los de Helene Demuth, su sirvienta de confianza -herencia del pasado aristocrático de su familia y al tiempo proto-burgués-. Pero para Jenny el amor romántico y el hogar eran un territorio estrecho. Lo que realmente alegraba y enriquecía su vida -dicho por ella misma-, era el trabajo intelectual que realizaba junto a Karl. Jenny se convertirá en su secretaria cuando W. Pieper abandone esa función, y debatirá con Marx, copiará sus artículos -la caligrafía de Marx era poco legible- y aconsejará sobre su edición. Podemos intuir por el relato y las cartas que el debate entre ambos era rico y constante. Cuando Marx firme por el New York Daily Tribune en 1852, parte de los problemas económicos de la familia se atenuarán. Por fin tendrán unos ingresos estables. Jenny seguirá oficiando como secretaria, crítica y editora de la obra de Karl durante toda esta fase. De hecho, será ella quien trabaje finalmente en el manuscrito de El Capital.

Tras recibir una herencia, el matrimonio cambiará su hogar de Dean Street por el de Grafton Terrace, abandonando la vida pobre y bohemia -repleta de deudas- por el intento de convertirse en una familia de clase media burguesa -en la que los pagos seguirían asediándoles-. “Ya no podíamos vivir como bohemios cuando todo el mundo era filisteo”, dirá Jenny, para quien la preocupación del momento eran sus hijas, sus posibilidades de desarrollo en un mundo que era plenamente burgués y poco se parecía al de su juventud en Tréveris. Jenny vive en sus memorias esta transición como un salto mortale, un ascenso social que se presenta como necesario, pero que no deja de zarandearla emocionalmente. A lo largo de estos años Jenny da cuenta del trabajo de Marx en la Contribución a la crítica de la economía política (1859) y su polémica con el difamador Karl Vogt, al cuál el filósofo desenmascarará como agente bonapartista. Será Jenny de nuevo quien transcriba un nuevo texto, Señor Vogt (1860), aquejada de viruela y casi sin visión.

La parte final del texto está presidida por las preocupaciones de Jenny en relación con sus hijas -“Hijos pequeños, penas pequeñas; hijos grandes, penas grandes”, dirá citando un proverbio alemán- y la vuelta de los pesares económicos en relación con la pérdida de los ingresos del Tribune. Tras la crisis de 1857, en el medio norteamericano decidieron prescindir de los corresponsales extranjeros y comenzaron a pagar de forma irregular, lo que sembró de incertidumbre el hogar de los Marx. Las niñas ya eran doncellas, y las carencias materiales podían traducirse en una pérdida de estatus y truncarse sus posibilidades. De nuevo búsquedas de préstamos, trabajos malpagados y finalmente el despido del Tribune. También la perdida de amigas queridas, como Marianne Demuth, hermana de Helene, “el ser más leal, confiable y amistoso al que jamás olvidaré”. Su vida volvió a flote con la herencia que Wilhelm Wolff, amigo de la familia, les legó: 1000 libras. Sus vidas mejoraron considerablemente. Marx le dedicaría finalmente El Capital a su querido Lupus (Wolff, Lobo).

Uno de los momentos más tensos de Breves escenas de una vida agitada -un manuscrito incompleto, faltan algunas páginas- tiene que ver con la infidelidad de Karl con Helene Demuth a comienzos del verano de 1851 -del hijo fruto de la unión se haría cargo Friedrich Engels-. Jenny cita que sucedió algo de lo que no va a hablar, pero que fue del todo preocupante. El silencio -a poco que uno conozca la biografía- es suficientemente elocuente. Por otro lado, una de las escenas más hilarantes es su retrato de Ferdinand Lassalle como un ególatra bien pagado de sí mismo, un intento de hombre renacentista con ansias de destacar en todos los campos del saber y siempre en competición con Marx: “Con todo el velamen desplegado, atravesaba nuestras habitaciones, orando y gesticulando tan ruidosamente, con la voz elevándose hasta un Do alto que nuestros vecinos se alarmaron por el terrible griterío y preguntaron qué estaba pasando”.

Un legado silencioso

Estas “escenas” breves y agitadas, escritas de golpe y cuyo destino no fue nunca la publicación, forman parte de la memoria vital de Jenny Marx, y se escriben a caballo de algunos de los momentos más significativos del Siglo XIX. Justo en medio de la aventura de una clase trabajadora que pugnaba por organizarse a nivel internacional. Sólo por eso ya merecen la pena. Siguiendo a Silvia Federici, uno tiene la sensación de introducirse en la “cocina” de Karl Marx, en un ángulo que ofrece una visión mucho más completa de lo que fue su vida y obra, precisamente por restituir aquello que no aparece, que resulta invisible en los conceptos de sus textos más fundamentales: el proceso de su producción, los avatares vitales, la comunidad desde la que se produce, aquello que queda velado y con figura de mujer en el fondo de sus textos. No sabemos que hubiese sido de sus escritos sin los diálogos con Jenny, sin su labor preocupada de editora, crítica y consejera -quien, por cierto, también escribió críticas artísticas para la prensa-.

Más allá de su azoramiento por el “filisteísmo” burgués en el que participaron, lo cierto es que el hogar de Jenny fue un centro de operaciones y organización de colectivos, emigrantes, refugiados y actividades “subversivas”. Ella no dejó coordinar muchas iniciativas y acciones, siempre prestando apoyo a diversas causas revolucionarias -de manera notable tras La Comuna de París-. Visto con perspectiva, el vínculo entre Jenny y Marx fue todo un coup de foudre tan afectivo como político. Como señala Eva Illouz respecto del amor romántico, su encuentro puede leerse -así lo atestiguan algunos poemas- como “algo que perturba la vida cotidiana y opera como una profunda conmoción del alma”. Algo irreversible. Una conmoción total que rompió los moldes de la sociedad prusiana y convirtió a una futura dama aristocrática -noble por los cuatro costados- en una figura radicalmente alejada de lo que se esperaba de ella: exiliada, subversiva, migrante, madre, intelectual, militante y agitadora. Una mujer hecha a sí misma -con voz, con fuerza- a pesar de las circunstancias.

5/5/2019