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martes, 16 de marzo de 2021

THOMAS PIKETTY Y KARL MARX, DOS VISIONES TOTALMENTE DIFERENTES DEL CAPITAL


Fuentes: CADTM

Por Eric Toussaint | 12/03/2021

 

En su libro El capital en el siglo XXI [1] Thomas Piketty [2] hace una precisa recopilación de datos y un trabajo útil con su análisis de la distribución desigual de la riqueza y la renta, pero es importante destacar que algunas de sus definiciones son confusas y cuestionables. Tomemos la definición de capital propuesta por Thomas Piketty: «En todas las civilizaciones el capital cumple dos grandes funciones económicas: sirve, por una parte, para alojarse (es decir, para producir “servicios de vivienda”, cuyo valor calculado a partir del arrendamiento de las habitaciones consiste en el bienestar de dormir y vivir bajo un techo en lugar de a la intemperie) y, por la otra, como factor de producción para elaborar otros bienes y servicios…»

Aquí nos sumerge Piketty en una historia fantasiosa de la humanidad en la que el capital ha estado presente desde el principio

Y continúa: “Históricamente, las primeras formas de acumulación capitalista parecen referirse tanto a las herramientas (pedernal, etc.) como a los acondicionamientos agrícolas (cercas, irrigación, drenaje, etc.) y a los alojamientos rudimentarios (grutas, tiendas, cabañas, etc.), antes de pasar a formas cada vez más sofisticadas de capital industrial y profesional, y a locales de vivienda siempre más elaborados”. Aquí nos vemos sumergidos por Piketty en una historia fantasiosa de la humanidad en la que el capital ha estado presente desde los orígenes y en la que las rentas de una cuenta de ahorros de un jubilado pobre se equiparan con los ingresos del capital.

El capital según Thomas Piketty

Esta gran confusión encuentra su extensión en el análisis presente en el corazón de su libro El capitalismo en el siglo XXI. Para Thomas Piketty, un apartamento de un valor de 80.000 € o un depósito de 2.000 € en una cuenta postal [3] constituyen un capital, de la misma forma que una fábrica o un edificio comercial de 125 millones de €. Evidentemente, en el día a día muchas personas de todo el mundo consideran que tienen un capital en forma de piso valorado en 80.000 €, al que se suma un seguro de vida de 10.000 € y tal vez 2.000 € en una cuenta postal. Por lo tanto, estarán totalmente de acuerdo con la definición dada por Piketty, los libros de texto de economía tradicional y su banquero. Pero se equivocan porque en la sociedad capitalista el capital es una relación social que permite a una minoría enriquecerse apropiándose del trabajo de otros (ver más abajo).

En la sociedad capitalista, el capital es una relación social que permite a una minoría enriquecerse apropiándose del trabajo de otros

Ahora bien, cuando Piketty habla de un impuesto progresivo sobre el capital, tiene en cuenta todos los patrimonios privados, ya sean 1.000 € en una cuenta bancaria o la fortuna de Lakshmi Mittal, Jeff Bezos, Bill Gates o Elon Musk.

La confusión continúa cuando se trata de rentas: la renta obtenida de alquilar un apartamento modesto o la que un jubilado gana de su cuenta en el banco son consideradas por Piketty como ingresos de capital al mismo título que los ingresos que extrae de Facebook su jefe Mark Zuckerberg.

Si pasamos a los salarios, Thomas Piketty considera que todos los ingresos declarados como salarios son salarios, ya sean los de un director general de un banco que percibe un «salario» de 3 millones de euros anuales (en este caso, esta suma es en realidad una renta del capital y no un salario propiamente dicho [4]) o los de un empleado bancario que percibe 30.000 € al año.

El capital según Karl Marx

Es conveniente cuestionar el significado que Piketty atribuye a palabras como «capital» y definir de otra manera qué se entiende por rentas del capital o rentas del trabajo. Piketty presenta el capital como algo que existe en todas las civilizaciones y que siempre tiene que existir. En esto, se inscribe en la continuidad de la economía política del siglo XVIII y principios del XIX, la que encontramos en un autor como Adam Smith en particular, antes de que Karl Marx arrojara luz sobre lo que es, realmente, el Capital (y el salario) y que desarrollara una crítica de la economía política de su tiempo.

Es conveniente cuestionar el significado atribuido por Piketty a palabras como «capital»

Karl Marx ironiza a propósito de los autores de su tiempo que vieron en las primeras herramientas de pedernal, el origen del capital o que simplemente lo vieron como capital. Esto es lo que escribe: “Probablemente por eso, mediante un proceso de “alta” lógica, el Coronel Torrens descubrió en la piedra del salvaje, el origen del capital. “En la primera piedra que lanza el salvaje al animal que persigue, en el primer palo que agarra para cortar la fruta que no puede alcanzar con la mano, vemos la apropiación de un artículo con el objetivo de adquirir otro, y descubrimos así el origen del capital. «(R. Torrens: Ensayo sobre la producción de riqueza, etc. p. 79.)». Marx añade sin rodeos y sin creer una palabra: «Con toda probabilidad, aquel primer palo [S/ocí], [stock en alemán], explica por qué en inglés stock es sinónimo de capital» [5].

Karl Marx en su obra El Capital afirma: “los medios de producción y de subsistencia, en cuanto propiedad del productor directo, no son capital. Sólo se convierten en capital cuando están sometidos a condiciones bajo las cuales sirven, a la vez, como medios de explotación y de sojuzgamiento del obrero” [6] . Karl Marx explica que un artesano que posee sus herramientas y trabaja para sí mismo no tiene capital y no recibe un salario. Durante los siglos que precedieron a la victoria de la clase capitalista sobre el antiguo orden, la abrumadora mayoría de las y los productores trabajaron por su cuenta, ya fuera en la ciudad o en el campo: los artesanos organizados en corporaciones o las familias campesinas constituían la mayor parte de las y los productores, poseían su herramienta de producción y en el campo la mayoría de las familias campesinas poseían tierras y, además, podían utilizar los bienes comunales para alimentar parcialmente al ganado o para recoger madera para hacer fuego.

Karl Marx explica que un artesano que posee sus herramientas y trabaja para sí mismo no tiene capital

Entre finales del siglo XV y finales del siglo XVIII en Europa Occidental, la clase capitalista en desarrollo tuvo que obtener el apoyo del Estado para despojar a esta masa de productores de sus herramientas y / o de sus tierras [7] Y para forzarles a aceptar ser asalariadas y asalariados para sobrevivir. La clase capitalista empobreció y desposeyó a las clases populares para obligarlas a aceptar la condición de asalariados y asalariadas. El proceso no se desarrolló de forma natural. Karl Marx analizó de manera detallada y rigurosa los métodos de la acumulación primitiva de capital. En el libro 1 de El Capital, pasa revista a todos los métodos utilizados para despojar a las y los productores de sus medios de producción y, por tanto, de sus medios de subsistencia. [8]

La clase capitalista ha empobrecido y desposeído a las clases populares para obligarlas a aceptar la condición de asalariadas y asalariados

Karl Marx extrae de un libro publicado por Edward Gibbon Wakefield (20 de marzo de 1796 – 16 de mayo de 1862) una anécdota que ilustra su planteamiento: “Mister Peel, nos dice en un tono lamentable, se llevó consigo de Inglaterra a Swan River, Nueva Holanda, provisiones y medios de producción por valor de cincuenta mil libras esterlinas. Mister Peel también tuvo la previsión de llevarse a trescientas personas de la clase trabajadora, hombres, mujeres y niños. Una vez en su destino, “el señor Peel se quedó sin un sirviente que le hiciera la cama o le sacara agua del río« [9]. [10] Karl Marx comenta con ironía: “¡El infortunado Peel que tenía todo planeado! Solo se había olvidado de exportar las relaciones de producción inglesas al río Swan». En efecto, en Australia, donde se encontraba Nueva Holanda, había una gran cantidad de tierra disponible y las y los trabajadores pudieron encontrar un terreno y establecerse por su cuenta. Karl Marx, a través del comentario sobre este fiasco del capitalista Peel, quiere mostrar que mientras las y los productores tengan acceso a los medios de subsistencia, en este caso a la tierra, no están obligados a aceptar ponerse al servicio de un capitalista [11].

Karl Marx concluye “cuando el trabajador puede acumular para sí mismo, y lo puede hacer mientras siga siendo el propietario de sus medios de producción, la acumulación y la producción capitalistas son imposibles. Les falta la clase asalariada, de la que no pueden prescindir. «(…)»La primera condición de la producción capitalista es que la propiedad de la tierra ya esté arrebatada de las manos de las masas».

Añade: “el modo capitalista de producción y acumulación, y por tanto la propiedad privada capitalista, presupone la aniquilación de la propiedad privada basada en el trabajo personal; su base es la expropiación del trabajador».

Karl Marx escribe: “La posesión de dinero, de subsistencia, de máquinas y de otros medios de producción no hace en absoluto a un hombre un capitalista, a menos que exista un cierto complemento, que es el asalariado, otro hombre, en una palabra, obligado a venderse voluntariamente».

La propiedad privada capitalista presupone la aniquilación de la propiedad privada basada en el trabajo personal; su base es la expropiación del trabajador

Precisemos también que Karl Marx, en la misma sección de El Capital dedicada a la Acumulación Primitiva, denunció con la mayor fuerza el exterminio o el sometimiento por la fuerza bruta de las poblaciones indígenas de América del Norte y otras regiones víctimas de la dominación colonial y la primitiva acumulación de capital: «El descubrimiento de las comarcas auríferas y argentíferas en América, el exterminio, esclavización y soterramiento en las minas de la población aborigen, la conquista y saqueo de las Indias Orientales, la transformación de África en un coto reservado para la caza comercial de pieles-negras, caracterizan los albores de la era de producción capitalista. Estos procesos idílicos constituyen factores fundamentales de la acumulación originaria.” [12].

Las consecuencias de la definición de capital según Thomas Piketty

Volviendo al libro de Piketty, la definición que se da en él de capital introduce una completa confusión. Volvamos a su definición: «En todas las civilizaciones, el capital cumple dos funciones económicas importantes: por un lado para la vivienda (…), y por otro lado, como factor de producción para producir otros bienes y servicios. .». Entonces, para Piketty, el capital ha existido en todas las civilizaciones, se remonta a la prehistoria escribiendo: “Históricamente, las primeras formas de acumulación capitalista parecen referirse tanto a las herramientas (pedernal, etc.) como a los acondicionamientos agrícolas (cercas, irrigación, drenaje, etc.) y a los alojamientos rudimentarios (grutas, tiendas, cabañas, etc.), antes de pasar a formas cada vez más sofisticadas de capital industrial y profesional, y a locales de vivienda siempre más elaborados”. Para Piketty, una herramienta prehistórica de sílex, una cueva, una planta de ensamblaje de computadoras son capitales. De creer a Piketty, la acumulación «capitalísta»se remonta incluso a la recolección de varios pedernales tallados.

Según Piketty, «Históricamente, las primeras formas de acumulación de capital parecen involucrar tanto herramientas (pedernal, etc.) (…) como viviendas básicas (cuevas, tiendas de campaña, chozas, etc.)»

Esta descripción no permite en absoluto comprender la especificidad histórica del capital, su génesis, la forma en que se reproduce, en que se acumula, a qué clase pertenece, a qué relaciones sociales y a qué relaciones de propiedad corresponde. La lista de ejemplos de capitales que presenta Thomas Piketty parece un catálogo de Lidl o Carrefour, es en cierto modo un inventario al estilo Prévert, hay un poco de todo y no falta prácticamente nada de nada [13] .

Hablando de acumulación capitalista hoy, Piketty enfatiza casi exclusivamente el papel de la política sucesoria y tributaria favorable a las y los capitalistas, pero en realidad estos factores, que juegan un papel no despreciable en la transmisión y fortalecimiento del capital, no lo crean. Históricamente, para que el capital del capitalista iniciara un enorme proceso de acumulación, era necesario despojar por la fuerza a las y los productores de sus herramientas así como de sus medios de subsistencia y ha sido necesario explotar su fuerza de trabajo. La acumulación de capital que continúa hoy presupone la prosecución de la explotación de las y los trabajadores y de la Naturaleza. El capital no juega en absoluto un papel útil para la sociedad, por el contrario, la prosecución de su acumulación y su actividad es literalmente mortífera. Ignorando esto, Piketty puede escribir: “A partir del momento en que el capital juega un papel útil en el proceso de producción, es natural que tenga un rendimiento» [14].

La confusión que mantiene Piketty sin duda hay que ponerla en relación con sus convicciones: “No me interesa denunciar las desigualdades o el capitalismo como tal, (…) las desigualdades sociales no plantean un problema en sí mismas, por poco que estén justificadas, es decir en base a la utilidad común (…) ” [15] .

Mi crítica de las definiciones dadas por Thomas Piketty no quita el interés del cuadro monumental que pinta sobre la evolución de las desigualdades en términos de riqueza e ingresos durante los dos últimos siglos. Y, dejando a un lado los innegables desacuerdos fundamentales sobre la noción de capital, es importante buscar reunir, para lograr una reforma tributaria antineoliberal, una amplia gama de movimientos e individuos que van desde Thomas Piketty hasta movimientos de izquierda anticapitalista. Si además es posible unirse para exigir la cancelación de las deudas públicas en poder del Banco Central Europeo por importe de más de 2,5 billones de euros, hay que hacerlo. No me arrepiento de haber firmado conjuntamente en febrero de 2021 con Thomas Piketty un llamamiento a la cancelación de las deudas soberanas en poder del BCE. Como los otros miembros del CADTM que firmaron este texto, creo que debemos ir más allá, en particular imponiendo a las grandes fortunas y grandes empresas una importante Tasa Covid [16]. El CADTM considera que la cancelación de las deudas públicas debe ir acompañada de una serie de medidas anticapitalistas y no es seguro que Thomas Piketty las suscribiera.

Gracias a Anne-Sophie Bouvy, Christine Pagnoulle, Brigitte Ponet, Claude Quémar y Patrick Saurin por su relectura.

Traducido por Alberto Nadal

Para saber más:

«Que faire de ce que nous apprend Thomas Piketty sur Le Capital au XXIe siècle», publié le 19 janvier 2014, http://cadtm.org/Que-faire-de-ce-que-nous-apprend-Thomas-Piketty-sur-Le-capital-au-XXIe-siecle. Hay versión en español: ¿Cómo podemos utilizar lo que aprendemos del libro de Thomas Piketty sobre el capitalismo del siglo XXI? http://cadtm.org/Como-podemos-utilizar-lo-que

El artículo mencionado más arriba está publicado en una forma adaptada en varios capítulos a partir del 1 de marzo de 2021: « La concentration de la richesse en faveur du 1 % », http://www.cadtm.org/La-concentration-de-la-richesse-en-faveur-du-1

Thomas Coutrot, Patrick Saurin y Éric Toussaint Anular la deuda o gravar al capital: ¿Por qué elegir? https://cadtm.org/Anular-la-deuda-o-gravar-al

 [TRIBUNE] Annuler les dettes publiques détenues par la BCE pour reprendre en main notre destin, http://www.cadtm.org/TRIBUNE-Annuler-les-dettes-publiques-detenues-par-la-BCE-pour-reprendre-en-main. Está publicada en español por El País el 5 de febrero de 202. Publicado en https://www.almendron.com/tribuna/anular-la-deuda-publica-mantenida-por-el-bce-para-que-nuestro-destino-vuelva-a-estar-en-nuestras-manos/

El Capital en español, en su edición publicada por Siglo XXI editores, en los formatos pdf, doc, mobi-audiolibro (sin notas) se puede consultar en http://ecopol.sociales.uba.ar/el-capital/ que es la edición referida en todas las notas.

Para el Tomo I, los links son los siguientes (ndt):

Vol I http://ecopol.sociales.uba.ar/wp-content/uploads/sites/202/2013/09/Marx_El-capital_Tomo-1_Vol-1.pdf

Vol II http://ecopol.sociales.uba.ar/wp-content/uploads/sites/202/2013/09/Marx_El-capital_Tomo-1_Vol.-2.pdf

Vol III http://ecopol.sociales.uba.ar/wp-content/uploads/sites/202/2013/09/Marx_El-capital_Tomo-1_Vol.-31.pdf

Thomas Piketty, El capital del siglo XXI se puede consultar en http://tiemposmodernos.weebly.com/uploads/6/3/1/3/6313332/el_capital_en_el_siglo_xxi__thomas_piketty__%5Bpoderoso_conocimiento%5D.pdf ndt).

Nota Bene: Lamentablemente no he podido leer el libro de Alain Bihr et de Michel Husson, Thomas Piketty: une critique illusoire du capital, édité par Page 2 & Syllepse en 2020

Notas

[1] Thomas Piketty, El capital en el siglo XXI. Fondo de Cultura Económica, 2014. 663 pp.

[2] Thomas Pikketty El capital en el siglo XXI. p. 235

[3] Hay que señalar que, según Piketty, las sumas en Francia en cuentas de ahorro, cuentas de cheque, etc. solo representan alrededor del 5% del patrimonio (privado)!. p. 231

[4] Es muy cómodo para las y los capitalistas incluir en el cálculo de la masa salarial las muy altas rentas de las y los patrones de una empresa que, además, son completados con dividendos y stock-options.

[5] Fuente: nota a pie de página de Marx en El capital, Libro primero: pág 223. http://ecopol.sociales.uba.ar/wp-content/uploads/sites/202/2013/09/Marx_El-capital_Tomo-1_Vol-1.pdf. Para las citas de Marx de este artículo, ver El Capital, en su edición publicada por Siglo XXI editores, en los formatos pdf, doc, mobi-audiolibro (sin notas) que se puede consultar en http://ecopol.sociales.uba.ar/el-capital/

[6] Karl Marx, El Capital, Libro libro 1, vol.3 Cap. XXV La teoría moderna de la colonización pág. 955-958.

[7] El acaparamiento de las tierras por los capitalistas comienza en Inglaterra a partir del siglo XV y es conocido con el nombre de “movimiento de los enclosures”, consistente en poner fin al derecho de uso colectivo de las tierras y de los comunes en beneficio de la propiedad privada de los ricos aristócratas y burgueses. Leer el Capítulo XXIV del libro 1 de El capital de Karl Marx. Pg 891. La llamada acumulación originaria.

[8] La parte del libro El Capital en la que Karl Marx pasa revista a las diferentes fuentes de la acumulación primitiva capitalista es el T I, Vol 3. Cap. XXIV, pag. 891. La llamada acumulación originaria.

[9] E. G. Wakefield: England and America, vol. Il, p. 33. Citado por Karl Marx

[10] Karl Marx, El Capital, T I, Vol 3, Cap. XXV, La Teoría Moderna de la Colonización p. 955 y sig.

[11] Hablando de la situación particular de América del Norte o de la Australia de comienzos del siglo XIX, Marx explica que la posibilidad para las y los colonos de origen europeo de acceder a la tierra o de establecerse por su cuenta permite que “Tal asalariado de hoy se vuelva mañana artesano o cultivador independiente”. En América del Norte, en Australia y en otras regiones de colonización europea, la situación se fue modificando progresivamente durante el siglo XIX y comienzos del siglo XX, y la gran masa de las y los productores independientes, cuyos ancestros habían emigrado de Europa han sido a su vez desposeídos de sus medios de producción.

[12] Karl Marx, El Capital, Libro libro 1, Vol 3 Cap. XXIV La Llamada acumulación originaria pág 939.

[13] En el original en francés Eric Toussaint se refiere al poema de Jacques Prévert (publicado en 1946), http://francais.agonia.net/index.php/poetry/13984336/Inventaire, “Inventario” que se puede leer en español en http://laletratalvez.blogspot.com/2011/10/inventario-por-jacques-prevert.html ndt.

[14] Thomas Piketty, El capital en el siglo XXI, p 465.

[15] Idem p. 46..

[16https://www.cadtm.org/Por-una-tasa-Covid-19-en-Europa

Eric Toussaint, doctor en Ciencias políticas de la Universidad de Lieja y de la Universidad de París VIII, es el portavoz del CADTM internacional y es miembro del Consejo Científico de ATTAC Francia. Es autor de diversos libros, entre ellos: Capitulación entre adultos. Grecia 2015: Una alternativa era posible, El Viejo Topo, Barcelona, 2020; Sistema Deuda. Historia de las deudas soberanas y su repudio, Icaria Editorial, Barcelona 2018; Bancocracia Icaria Editorial, Barcelona 2015; Una mirada al retrovisor: el neoliberalismo desde sus orígenes hasta la actualidad, Icaria, 2010; La Deuda o la Vida (escrito junto con Damien Millet) Icaria, Barcelona, 2011; La crisis global, El Viejo Topo, Barcelona, 2010; La bolsa o la vida: las finanzas contra los pueblos, Gakoa, 2002. Ha sido miembro de la Comisión de Auditoria Integral del Crédito (CAIC) del Ecuador en 2007-2011.Coordinó los trabajos de la Comisión de la Verdad Sobre la Deuda, creada por la presidente del Parlamento griego. Esta comisión funcionó, con el auspicio del Parlamento, entre abril y octubre de 2015. El nuevo presidente del Parlamento griego anunció su disolución el 12 de noviembre de 2015.

Fuente: http://www.cadtm.org/Thomas-Piketty-y-Karl-Marx-dos-visiones-totalmente-diferentes-del-Capital

https://rebelion.org/thomas-piketty-y-karl-marx-dos-visiones-totalmente-diferentes-del-capital/

 

lunes, 23 de septiembre de 2019

“CAPITAL E IDEOLOGÍA” DE THOMAS PIKETTY: LA PROPIEDAD ES EL MAL



14/09/2019

Desde las 1.200 páginas de su última obra, Piketty, destroza el debate público y político, explorando vías para, en concreto, “superar al capitalismo”. Pero, ¿cómo ejecutar esas propuestas radicales tratando de redefinir la noción misma de propiedad? ¿Bastarán para destruir las bases del hiper-capitalismo contemporáneo?

Es más fácil imaginar el fin del mundo que el del capitalismo”. Thomas Piketty se compromete en su última obra a nada menos que a desmentir la famosa sentencia del filósofo estadounidense Frederic Jameson, pretendiendo proporcionar herramientas para “superar el capitalismo”, saliendo de una glaciación ideológica catalizada por los fracasos del sovietismo real.

Después de “El capital en el siglo XXI”, excavadora editorial que vendió 2,5 millones de ejemplares en el mundo, donde documentaba la explosión de las desigualdades patrimoniales mundiales, el economista pasa a los trabajos prácticos y políticos. En Capital e ideología (Seuil), radicaliza su pensamiento e investiga los medios para criticar en concreto un régimen desigual actual cuyos efectos destructores sobre el planeta y los seres humanos no pueden proseguir.

Considerando que su libro de 2013 era demasiado occidentalo-céntrico y trataba “las evoluciones político-ideológicas respecto a las desigualdades y la redistribución como una suerte de caja negra”, busca ampliar su campo de investigación, que extiende desde la “complejidad multicultural de los jatis” en India, a los concursos imperiales chinos, pasando por la “propuesta 2x + y” debatida en 1977-78 en el Reino Unido…

Así Piketty quiere forjar una “idea más exacta de lo que podría llevar a una mejor organización política, económica y social para las diferentes sociedades del mundo en el siglo XXI” proponiendo para ello, “elaborar el perfil de un nuevo socialismo participativo para el siglo XXI

Esta grandísima (¿excesiva?) ambición implica “reconsiderar la propiedad justa, la educación justa y las fronteras justas” mientras nos encontramos en una fase de radicalización de las injusticias y desigualdades, a las que el investigador consagra numerosos tramos de su obra para rehacer la génesis.

Se remonta para ello hasta las “sociedades ternarias” en las que la población se dividía según su función guerrera, religiosa o laboriosa, porque “la estructura de las desigualdades en las antiguas sociedades ternarias radicalmente está menos alejada de la hoy existente de lo que a veces imaginamos”; y sobre todo, considerando el hecho de que “las condiciones de la desaparición de las sociedades trifuncionales, profundamente variables según los países, las regiones y los contextos religiosos, coloniales o postcoloniales, han dejado rasgos profundos en el mundo contemporáneo

Su estudio de las sociedades coloniales y esclavistas le permite por su parte, establecer la “continuidad entre las lógicas esclavistas, coloniales y de propietarios”. Y mostrar la cuasi-sacralización de la propiedad que enraíza en el siglo XIX, a partir de la crítica a las sociedades de  orden, como se deriva del hecho de que, cuando la esclavitud es abolida, no son los esclavos los indemnizados, sino sus propietarios, Y eso pese a que esta decisión, en el caso británico, ha gravado al presupuesto del país y sobre-explotado a los contribuyentes ordinarios. Y en el caso francés, llevó a exigirle a Haití, bajo amenaza militar, el pago de una deuda inicua que gravó severamente toda posibilidad de desarrollo de la isla.

Esta inmersión profunda en la historia y amplia en la geografía, que los especialistas de esas épocas y países podrán sin duda criticar en detalle, le permite subrayar la diversidad de origen de las desigualdades, ya radiquen en la pesada herencia histórica vinculada a las discriminaciones raciales y coloniales y a la esclavitud (sobre todo en Brasil, África del Sur y también en Estados Unidos), bien sea en factores más “modernos” vinculados, por ejemplo, a la hiper-concentración de las riquezas petroleras, como en Oriente Medio que constituye actualmente la región más desigual del mundo.

Ante todo, ello le permite establecer que las desigualdades no son en absoluto naturales, culturales o civilizatorias; y que las trayectorias y bifurcaciones desiguales o igualitarias, pueden ser enormemente rápidas. Uno de los casos más sorprendentes es el de Suecia, país que pasó de una sociedad de órdenes a una “democracia hipercensitaria”, con derechos de voto proporcionales a la fortuna en la que un voto valía por cien, antes de convertirse en una de las sociedades más igualitarias del mundo.

El investigador subraya en esta ocasión que son “únicamente las movilizaciones populares notablemente eficaces, las estrategias políticas concretas, y las instituciones sociales y fiscales muy precisas, las que han permitido a Suecia el cambio de trayectoria”. En sentido inverso, los Estados Unidos, que se sitúan hoy en cabeza de la profundización del vértigo de la desigualdad, fueron, a partir de los años 30 hasta los 70, adelantados en el despliegue de impuestos progresivos masivos y de políticas de redistribución ad hoc.

A pesar de estos ejemplos históricos de la rápida erosión de los sistemas igualitarios o desiguales, a partir de comprobar donde la concentración de patrimonios no ha cesado de ser enormemente fuerte, ya sea en el siglo XIX, el XX o al inicio del XXI, ¿pueden las cosas realmente cambiar? En Francia la parte detentada por el 50% de los más pobres ha sido siempre extremadamente débil: en torno al 2% del total de patrimonios en el siglo XIX, apenas algo más del 5% hoy…

El período de reducción importante de las desigualdades mundiales en cualquier caso respecto a las clases medias, entre 1914 y 1970, señala a la vez que es posible una evolución masiva; pero esta reducción solo podrá hacerse en favor de las clases populares a condición de cambiar simultáneamente la escala y la naturaleza de la lucha por la igualdad. Para ello Piketty apunta una propuesta radical: un cambio profunda de las relaciones de propiedad, que no sea una extensión infinita y autoritaria del dominio de la propiedad pública tal como se hizo bajo el socialismo real.

Propiedad temporal y herencia para todos

Más allá de propuestas interesantes y en ocasiones ya formuladas, de reforzar la progresividad del impuesto sobre rentas y sucesiones; de desplegar una renta básica integradas en un dispositivo global sin sustituir la política social; de reinserción de los mercados en la línea de Karl Polanyi; o incluso de ampliación y profundización de la propiedad social de las empresas relacionada con la cogestión nórdica o alemana, el núcleo de la tesis pikettiana radica en la implantación de un impuesto anual y altamente progresivo “sobre la propiedad, para permitir financiar la dotación de capital para cada joven adulto y desplegar una forma de propiedad temporal y de circulación permanente de los patrimonios” Esta imposición anual de los patrimonios importantes permitiría una “difusión patrimonial”, que constituye hoy simultáneamente, el ángulo muerto y el callejón sin salida de toda la política contemporánea.

Esta herramienta fiscal tendría la ventaja de aplicarse a todos los activos, incluyendo los financieros, contrariamente al impuesto inmobiliario, y adaptarse con mayor rapidez a la evolución de la riqueza. Permitiría así no “esperar a que Mark Zuckerberg o Jeff Bezos cumplan 90 años para transmitir su fortuna y comenzar a hacerles pagar impuestos”. Si queremos que el 50% de lo más pobres detenten finalmente una porción no despreciable de las riquezas nacionales, necesitaremos para eso “generalizar la noción de reforma agraria transformándola en un proceso permanente incluyendo al conjunto del capital privado”.

Thomas Piketty llega incluso a establecer un esquema exhaustivo de esta evolución fiscal y mental. El impuesto anual sobre la propiedad y el impuesto sobre sucesiones, aportarían en total en torno al 5% de la renta nacional; cantidad que se emplearía totalmente en financiar una dotación en capital dedicada a los jóvenes adultos, por ejemplo de 25 años, en forma de “herencia para todos”; mientras que, el 50% de los más pobres hoy no reciben casi nada. Esto permitiría también un rejuvenecimiento de los patrimonios “lo que permite pensar que sería algo excelente para el dinamismo social y económico

Este impuesto no sustituiría al impuesto progresivo sobre la renta, en el que el investigador incluye las cotizaciones sociales y una tasa progresiva sobre las emisiones de carbono, permitiendo alcanzar casi el 45% de la renta nacional pudiéndose con ello financiar la totalidad del gasto público, en concreto la renta básica y sobre todo el Estado social: salud, educación, jubilaciones,…

Este sistema designado con los términos de “socialismo participativo”, se basa en una propiedad social ampliada y en la invención de una propiedad temporal, según Piketty, no tiene “ya gran cosa que ver con el capitalismo privado tal y como lo conocemos actualmente”. Constituye en su opinión “una superación real del capitalismo” que permite trazar otra ruta, que no sea, ni el endurecimiento de la ideología del propietario, ni la retirada nativista.

Alguna de las conclusiones obtenidas pueden parecer radicales”, escribe el investigador, Y así sin duda las recibirán los socialdemócratas a quienes la obra parece en principio destinada, si hemos de creer el masivo plan de comunicación de la obra imponiendo un embargo al 12 de setiembre, excepción hecha de los principales medios de la socialdemocracia; a saber, Le Monde, Obs y France Inter.

Sin embargo, la obra de Piketty, también obligará a posicionarse a la izquierda radical, y sobre todo a responder a la afirmación del autor, según la cual ciertas formas de organizar las relaciones de propiedad en el siglo XIX, “pueden suponer una superación del capitalismo mucho más real que la vía consistente en prometer su destrucción sin preocuparse de su sustituto”.

No obstante, antes de que llegue a ser lo que pretende, a saber: un “antídoto a la vez contra el conservadurismo elitista y la esperanza revolucionaria de la gran noche” la obra del autor enfrenta el deber de superar dos tipos de límites: la definición estricta que propone a la vez del capital y de la ideología; y la política adecuada a desplegar para lograr que tal edificio revolucionario en términos fiscales e ideológicos, no se convierta en una fábrica de gas de papel.

En efecto, la ambición de Piketty es tan loable como rara, dado que incluso los partidos de la izquierda radical apenas han producido, al margen de algunas consignas, auténticos proyectos para salir del capitalismo real. En tanto se trata de la condición sine qua non para acabar con el desastre climático, social y político contemporáneo, subsiste una duda sobre los medios teóricos y prácticos que el autor ofrece realmente al final de 1.200 páginas que pretenden, precisamente, ofrecer soluciones concretas para el análisis de situaciones concretas, parafraseando a Lenin.

La lógica de acumulación permanece intacta

El primer interrogante se refiere a la definición de los términos que dan título al libro,”capital” e “ideología”, y la dialéctica posible entre ambas nociones. Si la aportación principal de la obra lleva a una redefinición de la noción misma de propiedad, reduce muy a menudo, la noción de capital a la de patrimonio. Arriesgándose a privarse de los medios de “superar al capitalismo”, como trata de proponer. El capitalismo se apoya en una lógica de acumulación y una explotación del trabajo para el beneficio y en la obra estas no se ponen claramente en entredicho.

Desde luego, la extensión de la propiedad social, reforzando la democracia en las empresas, reduce la autonomía del uso de la plusvalía realizada, en tanto que la invención de una propiedad temporal debilita la acumulación de capital. Pero esto no permite erosionar esos dos pilares del capitalismo, sin que paralelamente, la necesidad de acumulación del capital se reduzca por el despliegue de un modo alternativo de respuesta a las necesidades de la sociedad.

Ahora bien, Thomas Piketty, estima que la cuestión de las desigualdades es la clave universal para resolver la cuestión social, la ecológica y para superar al capitalismo. Así pues, si la necesidad de acumulación no desaparece; dicho de otra forma, si el funcionamiento de la economía sigue dependiendo de esta acumulación para producir valor, entonces el hermoso edificio del autor corre el peligro de tambalearse. En efecto, nada garantiza que el despliegue de un impuesto anual sobre el patrimonio que permita su circulación baste para acabar con la necesidad de acumulación de capital, ni con los efectos de alienación y dominación propios del capitalismo.

Si la sociedad continúa funcionando con el modo actual, incluso con menos desigualdades, la necesidad de acumulación para financiar el empleo, la inversión o la innovación, solo podrá, in fine, llevar a ejercer una presión sobre la fiscalidad del capital. Sobre todo, la presión ejercida por los capitalistas sobre el empleo, llevará necesariamente a reequilibrar la política a su favor.

No es cierto que el armazón de Piketty permita, incluso dando más peso a los asalariados en las empresas, modificar la dialéctica entre trabajo y capital susceptible de trastocar el hipercapitalismo actual. Un elemento de la obra apunta esta inquietud: la superación del capitalismo solo debe lograrse con mesura en las PME. En las pequeñas empresas, Thomas Piquetty defiende un poder sólido del capital, en nombre de los “sueños” del patrón que aporta su capital, mientras que el asalariado, podría irse “de un día para otro”. Extraño cuadro que constituye precisamente la justificación actual del poder del capital sobre el trabajo, pero que mantiene su lógica en la medida en que el capitalismo siga funcionando como antes, mediante extracción de plusvalía, circulación y acumulación.

La otra perplejidad concierne al segundo término del título elegido por Thomas Piketty. Juntar así “capital” e “ideología”, cuando su libro precedente solo incluía en su portada el primer término, es una forma para el economista de formación como es, en insistir, como lo hace en todo el contenido del libro, en la idea central de que la ciencia económica no puede existir fuera de las ciencias sociales. Nada de lo económico puede entenderse sin estudiar los subyacentes sociológico, político e histórico.

Aunque poco específico en sus referencias, Thomas Piketty se inscribe en la tradición heterodoxa que insiste en la importancia de las instituciones y se opone al carácter “natural” de la economía. Contrastar esta “naturalidad” con la prueba de la historia le permite acabar con tal mito y es la principal virtud de la larga, y en ocasiones laboriosa, serie de descripciones históricas de la obra. Siempre es útil recordar esta sana verdad de que el régimen económico presente no es fruto de un destino ineluctable, orgánico y metafísico, sino de opciones humanas, susceptibles de modificarse.

Esta inquietud ¿bastaría para entender lo que es una ideología, considerando que el autor apenas se somete a discusiones con los filósofos que han dilucidado esta cuestión? Thomas Piketty afirma que “las desigualdades son de origen ideológico y político”, insistiendo sobre “la autonomía” de esta esfera del relato en su acción sobre lo real. Invierte y “reformula” así el texto del Manifiesto del Partido Comunista pretendiendo que en adelante “la historia de toda sociedad hasta nuestros días solo ha sido una lucha de las ideologías y de la búsqueda de la justicia”. Así pues, una búsqueda intelectual.

También afirma en varias ocasiones que “toda la historia de los regímenes desiguales muestra que lo son ante cualquier movilización social y política y los experimentos concretos que permitan el cambio histórico”. Dicho de otro modo: son más bien las condiciones reales de existencia las que implican reacciones y hacen progresar la historia.

Esta tensión se vincula al bloqueo del paradigma fordista de los años 1930-70 que Thomas Piketty rechaza todo el tiempo. Sin embargo, si este período acabó, ante todo fue porque no respondía ya a su función primaria que había llevado a su creación en los años 30: precisamente la de salvar al capitalismo de sus excesos. El autor lo confiesa: desearía recuperar el hilo de la historia en los 70, en el momento del frenazo del progreso socialdemócrata. No obstante, este paro no es un accidente de la historia. Es el resultado del fracaso de la visión socialdemócrata “evolucionista” del capitalismo hacia una superación pacífica y gradual, fracaso tan evidente como el derrumbe de la economía soviética.

Si el libro de Piketty sufre con la dialéctica capital ideología en toda la amplitud de ambos términos, es porque está atrapado por un espectro, el de Marx, que rehusa tomar plenamente en serio incluso cuando el pensador de Tréveris plantea cuestiones ineludibles para su objetivo y esenciales para sus proposiciones, a partir del momento en que denomina a su obra Capital e ideología…

Así, ¿podemos considerar que la cuestión de las desigualdades puede resolverse independientemente de los conceptos de alienación y explotación? Mientras el trabajo efectivamente pierde el control sobre su producto en beneficio del capital, las propuestas de Thomas Piketty se debilitan. A menos que este último espere a que simplemente pueda “comprar” de algún modo la adhesión de los asalariados a esta alienación mediante menos desigualdades. Pero la historia, en particular la de los años 1960 y 70, muestra precisamente lo contrario.

Finalmente, es el gran pesar que deja su lectura: la falta de una teoría del valor y sin duda también una teoría monetaria, a la altura de la ambición del libro. Es lástima que no haya tenido un auténtico diálogo con Marx, como con los teóricos neoliberales o post keynesianos. Esta falta es lamentable porque las desigualdades como bien muestra Piketty, son un medio poderoso para destacar y articular la necesaria superación del capitalismo. A condición de ir más allá de la cuestión de la propiedad, como por otra parte lo hacen algunos teóricos, sobre todo más allá del Atlántico, y sin olvidarse de las formas concretas de salida del capitalismo experimentadas a escala local.

“Coalición igualitaria” e “izquierda brahmánica”

Aunque deseables respecto a lo existente, la eficacia y la radicalidad de las soluciones de Piketty corren el riesgo de mostrarse más limitadas de lo esperado, cuando se las compara con el conjunto de lectura más crítica de los fundamentos últimos del capitalismo. Y este límite teórico a la ambición de la obra se acentúa con una interrogación política sobre las formas de desplegar tales medidas.

El autor en la última parte de la obra, reflexiona sobre las condiciones necesarias para que una nueva “alianza igualitaria” recuperando de cero el programa malogrado de la socialdemocracia,  y realice la revolución fiscal que se propone. Lo que supone, en primer término, recuperar a las clases populares desarraigadas de los partidos de izquierda.

En efecto Piketty recuerda hasta que punto la izquierda electoral, en otra etapa sobrerrepresentada entre los ciudadanos menos provistos en patrimonio, ingresos y titulaciones, obtiene ahora sus mejores resultados entre los más instruidos. Asocia esta “vuelta” al surgimiento de un “sistema de élites multiples”, en el que los “ganadores del sistema educativo” votarán a la izquierda (lo que designa con los términos de “izquierda brahmánica”), mientras que la derecha electoral, bautizada como “derecha mercantil”, seguirá atrayendo “las más elevadas rentas  patrimoniales”.

En este esquema, las capas populares han quedado huérfanas de representación política. Si algunas fracciones, de hecho más a la derecha, han podido verse atraídas por las sirenas “nativistas” que abonan el rechazo a la inmigración postcolonial, otras han salido simplemente del juego electoral engrosando las filas de los abstencionistas. Las propuestas de Thomas Piketty ¿pueden constituir la base de una coalición igualitaria que recupere un voto popular liberado de la explotación identitaria fijada férreamente, sobre todo en el ámbito étnico-racial y religioso? Ahí todavía, la ambición del investigador corre el riesgo de topar con ciertos límites.

En efecto, el economista dialoga más bien poco con la producción contemporánea en ciencia política, aunque se fije el objetivo, en la última parte de su obra, de “rehacer las dimensiones del conflicto político”. En este asunto, como diplomáticamente subraya la electoralista Nonna Mayer, hay ya disponibles una plétora de trabajos, de los que Mediapart, se ha hecho eco en ocasiones. Comportándose como un catalizador más que como un continuador o un polemista crítico, Piketty se ahorra matices y discusiones que hubieran podido haber enriquecido su aportación.

Por ejemplo, algunos trabajos han mostrado que el alejamiento de los obreros respecto a la izquierda, ha precedido a la experiencia del poder, lo que Piketty considera que constituye un momento de transición provocando un sentimiento de abandono. En el caso francés, Florent Gougou sitúa el inicio de esta dinámica en las elecciones legislativas de 1978, cuando el PS y el PCF se situaban en plataformas radicales y aún no habían tenido tiempo para decepcionarles. El investigador pone en evidencia que el motor del cambio fue ante todo generacional: las nuevas cohortes de obreros se socializaron en contextos materiales e ideológicos diferentes de sus ancestros y de ahí los comportamientos electorales diferentes.

Tener in mente la cronología del alejamiento permite medir la amplitud del desafío planteado a la izquierda en su relación con las capas populares, en la medida en que la simple restauración de un discurso pro-redistribución, no bastará probablemente para convencer a las capas sociales que han sufrido tres decenios de crisis económica. Ha ocurrido una evolución estructural que supera con creces los efectos de los ciclos de gobierno. Piketty destaca claramente el carácter gradual de esta pérdida de audiencia de la izquierda, y de la tendencia contraria al acercamiento a la misma de los más titulados. Más bien es para sacar la conclusión de que “la izquierda electoral ha pasado del partido de los trabajadores al partido de los titulados sin realmente haberlo deseado y sin que nadie haya estado en posición de decidirlo

Para un lector francés que haya vivido los debates respecto a la nota de Terra Nova en 2011, la afirmación puede sorprenderle. Incluso puede remontarse hasta los años 60 para encontrar en Jean Poperen, futuro nº 2 del PS, una alerta contra la tentación “social-tecnócrata”. Señalando el ascenso de una “burguesía técnica” amenazando con reproducir la subordinación de los trabajadores ordinarios, temía “el encadenamiento” de estos últimos “al carro de los organizadores, managers oficiales capitalismo”. Resulta difícil defender el efecto sorpresa…

La categoría de “izquierda brahmánica” tampoco parece convincente del todo. El economista ciertamente pretende señalar el riesgo de elitismo que acecha este campo, y llama a remediarlo mediante una agenda socio-económica capaz de reunir a las clases medias y populares contra las rentistas. Sin duda se juntarán más en este plano donde pueden construirse alianzas, que en el de las cuestiones culturales (leer la entrevista con Line Rennwald).

Pero el hecho de importar un vocabulario de castas indias para analizar la estructura sociopolítica occidental parece arriesgado, tanto, que más allá de la metáfora, las categorías titulados así mostradas no implican una élite a situar en el mismo plano que la de los propietarios, a excepción de en términos numéricos. Habiendo aumentado claramente en el conjunto de la sociedad el nivel de formación, era indispensable para la izquierda hacerse también la representante de capas socio-demográficas con mayor peso electoral al contrario de los más ricos detentadores de capitales. Además, los graduados son también trabajadores, lo que no hace menos indispensable una alianza con el asalariado ejecutor.

Por otro lado, una parte creciente de los “brahmanes” no convierten tampoco su nivel de diploma en comodidad, estabilidad y poder de decisión. Así pues, es justamente en reacción a un sistema capitalista cuya crisis afecta ahora a capas enteras de las clases medias, cuando estas últimas proporcionan batallones de una nueva izquierda ofensiva con la que Piketty se solaza en su libro y que encarnan las figuras de Podemos o de los Demócratas socialistas como  Ocasio-Cortez.

Arriesgadas propuestas fiscales, o incluso de igualación de los gastos de enseñanza per cápita, ¿estarán a la altura de tal época? Todo depende de la interpretación hecha del recorrido respectivo de la democracia y del capitalismo a lo largo de los ciento cincuenta últimos años. Ahí, todavía merecería hacerse una discusión más profunda.

En efecto, Piketty estima que sus propuestas se inscriben en la corriente de un “movimiento hacia el socialismo democrático que transcurre desde fines del XIX”, interrumpido por la revolución conservadora de los años 80 y la caída del comunismo. Algunos politólogos, como el malogrado Peter Mair, consideran por ello que el auténtico paréntesis fue el de los tres decenios de postguerra, denominados los “treinta gloriosos” en Francia. Un período durante el cual las democracias liberal-representativas, fueron particularmente estables e inclusivas, gracias a los compromisos facilitados por niveles de crecimiento históricamente excepcionales (lo que el propio Piketty mostraba en su obra precedente.

Bajo este prisma, el endurecimiento neoliberal demostrará más bien la vuelta a un juego político de suma cero entre intereses sociales antagónicos. Los intentos de justicia fiscal podrían por tanto toparse con resistencias acérrimas que necesitarían, para ser superadas, un grado de conflicto muy alejado de las aspiraciones del autor a un cambio pacífico y progresivo.

son periodistas de Mediapart, Francia.

Fuente:
https://www.mediapart.fr/journal/culture-idees/110919/capital-et-ideologie-de-thomas-piketty-la-propriete-c-est-le-mal?onglet=full
Traducción:
Ramón Sánchez Tabarés



THOMAS PIKETTY ATACA DE NUEVO

22 septiembre 2019 | 

Thomas Piketti publica un nuevo libro en el que hace un repaso de las desigualdades y las vincula con la ideología dominante, que como el neliberalismo pretende estar inrínseco en la naturaleza humana, y da algunas propuestas para corregir esas desiguadades.

Eduardo Febbro
nuso.org

Thomas Piketty vuelve sobre el capital y la desigualdad, ahora poniendo el acento en la ideología y las retóricas dominantes y proponiendo algunas alternativas al capitalismo contemporáneo.

«Todos los hombres nacen y permanecen libres e iguales», enuncia la Declaración Universal de los Derechos Humanos y del Ciudadano firmada de 1789 y ratificada por la Organización de las Naciones Unidas en 1948. El economista francés Thomas Piketty, autor del famosísimo El Capital en el Siglo XXI (dos millones y medio de ejemplares vendidos en todo el mundo) entrega una minuciosa y demoledora exploración sobre esa ilusión igualitaria en el último libro que acaba de publicar en Francia: Capital et idéologie [Capital e ideología].

Como la precedente, esta obra consta de 1.200 páginas, se apoya en la historia del mundo y en una forma renovada de emplear las estadísticas para ofrecer un vertiginoso recorrido desde el presente hasta los orígenes de las desigualdades. Allí donde se mire, sea cual fuere la época y el régimen político, la desigualdad es una constante a lo largo de la historia de la humanidad cuyo principio o justificación responde, según Thomas Piketty, a una «ideología». Ese es la esfera central en torno a la cual se mueve toda la reflexión del libro: «la desigualdad es ideológica y política». En ningún caso es una cuestión «económica o tecnológica», y, menos aún, como lo alega desde hace décadas la derecha liberal, sus causas son «naturales».

Ya se trate del modelo chino de desarrollo, de las castas en la India, del New Deal de Roosevelt, divisiones como nobleza, pueblo o clérigo, clase obrera o burguesía, todas las desigualdades están organizadas. Piketty escribe: «cada régimen desigual reposa, en el fondo, sobre una teoría de la justicia. Las desigualdades deben estar justificadas y apoyarse sobre una visión plausible y coherente de la organización social y política ideales». La desigualdad es, en este contexto, un instrumento de la gestión de las sociedades que las ideologías convierten en necesarias. «Cada sociedad humana debe justificar sus desigualdades –apunta Piketty–: hay que encontrarles razones sin las cuales todo el edificio político y social amenaza con derrumbarse. Cada época produce así un conjunto de discursos e ideologías contradictorias que apuntan a legitimar la desigualdad».

Capital e ideología desmonta uno tras otro las narrativas que la derecha liberal instaló en casi todo el planeta. No existen, alega Piketty, «leyes fundamentales», menos aún raíces «naturales» de la desigualdad, ni tampoco se trata de «injusticias necesarias» para que el sistema funcione. El gran relato liberal se armó desde el Siglo XIX con la idea de las famosas «meritocracia» y su más moderna versión: «la igualdad de oportunidades». Ese relato es falso y es preciso, anota el autor,” reescribir un relato alternativo”.

Piketty define ese relato dominante como «propietarista, empresarial y meritocrático», cuyo hilo conductor consiste en afirmar que «la desigualdad moderna es justa porque esta se desprende de un proceso elegido libremente en el cual cada uno tiene las mismas posibilidades de acceder al mercado y a la propiedad, donde cada uno se beneficia espontáneamente de las acumulaciones de los más ricos, quienes también son los más emprendedores, los que más merecen y los más útiles». El economista francés demuestra la fragilidad galopante de ese gran relato liberal, así como sus abismales contradicciones, tanto más cuanto que ese principio de la desigualdad necesaria ya no se puede «justificar más en nombre del interés general». Piketty explica que la meritocracia que se expandió como modelo exclusivo desde los años 80 equivale a una suerte de carta mágica que les permite a sus promotores «justificar cualquier nivel de desigualdad sin tener que examinarla y, de paso, estigmatizar a los perdedores por su falta de mérito, de virtud y de diligencia». La modernidad económica se caracteriza así por «culpabilizar a los pobres» y, también, por un «conjunto de prácticas discriminatorias y desigualdades de estatuto y etno-religiosas».

Piketty sitúa el inicio del ciclo más poderoso de la desigualdad a finales de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), cuando se destruyó y se redefinió «la muy desigual globalización comercial y financiera que estaba en curso en la Belle Époque». Desde entonces hasta nuestro Siglo XXI queda un tendal de destrucción social, que es la amenaza que preside todos los trastornos. El economista advierte: «si no se transforma profundamente el sistema económico actual para tornarlo menos desigual, más equitativo y más duradero, tanto entre los países como dentro de ellos, entonces el ‘populismo’ xenófobo y sus posibles éxitos electorales por venir podrían rápidamente entablar el movimiento de destrucción de la globalización híper-capitalista y digital de los años 1990-2020».

Esta obra frondosa y en nada pesimista se inscribe en una cultura de la reconstrucción y la reformulación y no en un mero catálogo de calamidades o diagnósticos sobre la nocividad del liberalismo. Está muy alejada de esa producción vestida de progresista y empeñada en describir el mal sin que haya otra alternativa que aceptarlo o sucumbir. Piketty diseña varios horizontes. No es un libro no de ruptura sino de replanteamientos. No se propone la destrucción del sistema sino su comprensión histórica, su replanteamiento y, sobre todo, la desconstrucción de la retórica liberal que ha justificado hasta ahora todas las desigualdades en nombre de imaginarios «fundamentos naturales y objetivos».

Piketty no solo afirma que hay muchas vidas fuera del sistema, sino que, también, cada vez que se intentó modificarlo la existencia humana mejoró. En el prólogo del libro, Piketty resalta: «de este análisis histórico emerge una conclusión importante: fue el combate por la igualdad y la educación el que permitió el desarrollo económico y el progreso humano, y no la sacralización de la propiedad, de la estabilidad y de la desigualdad». Los procesos de impugnación de la desigualdad por parte de la sociedad civil han sido en este sentido decisivos para cambiar el rumbo: «en su conjunto, las diversas rupturas y procesos revolucionarios y políticos que permitieron reducir y transformar las desigualdades del pasado fueron un inmenso éxito, al tiempo que desembocaron en la creación de nuestras instituciones más valiosas, aquellas que, precisamente, permitieron que la idea de progreso humano se volviera una realidad».

No hay, de hecho, ningún determinismo, es decir, ninguna condena a la cadena perpetua de la desigualdad. Existen y existirán alternativas. «En todos los niveles de desarrollo, existen múltiples maneras de estructurar un sistema económico, social y político, de definir las relaciones de propiedad, organizar un régimen fiscal o educativo, tratar un problema de deuda pública o privada, de regular las relaciones entre las distintas comunidades humanas (…) Existen varios caminos posibles capaces de organizar una sociedad y las relaciones de poder y de propiedad dentro de ella». Esas posibilidades latentes están más abiertas en nuestra época, «donde algunos caminos pueden constituir una superación del capitalismo mucho más real que la vía que promete su destrucción sin preocuparse por lo que seguirá».

Comprender la historia conjunta del capital y la ideología/desigualdad equivale a «elaborar un relato más equilibrado y a trazar los contornos de un socialismo participativo para el Siglo XXI; es decir, imaginar un nuevo horizonte igualitario de alcance universal, una nueva ideología de la igualdad, de la propiedad social, de la educación y del reparto de los saberes y de los poderes, más optimista ante la naturaleza humana».

Esta amplísima lectura de la historia invita a reescribirla en los hechos. Por ejemplo, con esa idea de un «socialismo participativo», Piketty presenta una serie de ideas y propuestas con el objetivo de refutar la tendencia congelada: «las desigualdades actuales y las instituciones del presente no son las únicas posibles, pese a lo que puedan pensar los conservadores: ambas están también llamadas a transformarse y a reinventarse permanentemente». Así como no hay ningún «determinismo» o causa «natural» de la desigualdad tampoco cabe pensar que su erradicación es automática. «El progreso humano no es lineal –escribe Piketty–. Sería un error partir de la hipótesis según la cual todo siempre irá mejor, que la libre competencia de las potencias estatales y de los actores económicos basta para conducirnos como por milagro a la harmonía social y universal». «El progreso humano existe, pero es un combate», recalca. Este debe «apoyarse sobre un análisis razonado de las evoluciones históricas, con lo que comportan de positivo y de negativo».

Piketty desata nudos, desarma narrativas, corre el telón de los cinismos incrustados en la ideología del Wall Street Journal, desmonta pieza por pieza la criminalización de la protesta social y deslegitima la impostura del sometimiento en nombre del equilibrio social. Allí donde los pueblos se levantan para exigir equidad y justicia social, la ideología de la desigualdad vocifera que toda revuelta significa el desorden, el cual desembocará en dirigirse «derecho hacia la inestabilidad política y el caos permanente, lo que terminará por darse vuelta contra los más modestos». Piketty llama a esa contraofensiva del miedo «la respuesta propietarista intransigente», cuyo principio de acción «consiste en que no hay que correr ese riesgo, que esa caja de Pandora de la redistribución de la propiedad nunca se debe abrir».

Capital e ideología propone abrir la caja, empezando por un trabajo que incita a volver a pensar necesariamente las distintas formas de la propiedad, de la dominación y la emancipación. La relectura histórica de las convenciones de la desigualdad se propone también despejar pistas para emanciparse de un régimen que degrada la condición humana. El catadrático y economista francés adelanta un flujo de ideas o pistas que incluyen «la propiedad social» y la «cogestión de las empresas» (los empleados tendrían el 50% en el seno de los consejos de administración), «la propiedad temporal» (impuesto progresivo aplicado al patrimonio), «la herencia para todos» (contar a los 25 años con un capital universal), «justicia educativa» (equilibrio de los gastos en educación en beneficio de las zonas desfavorecidas), «impuesto al carbono individual» (gravamen ecológico basado en el consumo propio), «financiación de la vida política» (los ciudadanos recibirían del Estado bonos para la «igualdad democrática» que luego entregarían al partido de su preferencia), «inserción de objetivos fiscales y ecológicos obligatorios en los acuerdos comerciales y los tratados internacionales», «creación de un catastro financiero internacional» (para que las administraciones sepan quién detenta qué).

Críticos habrá muchos, tanto del campo de la izquierda como del liberal. Los primeros impugnarán Capital et idéologie porque su propuesta no es una revolución, los segundos lo destruirán porque sus 1.200 páginas son un alegato inobjetable sobre los mecanismos que edificaron la depredación de las sociedades humanas. La ideología «propietarista» preside en este momento de nuestra historia todas las retóricas dominantes, con la consiguiente sensación de asfixia globalizada, la casi certeza de que, sin este modelo desigual, no existe vida humana posible. A su manera voluminosa, exhaustiva y original, el ensayo del economista francés abre horizontes, respira y prueba que no existe un solo relato, sino que, mirando con prolijidad, hay otros, que lo que nos presentan como más moderno no es más que una línea narrativa tan viciada como anclada en el pasado. Esa es su meta confesa: «convencer al lector de que podemos apoyarnos en las lecciones de la historia para definir una norma de justicia y de igualdad exigentes en materia de regulación y reparto de la propiedad más allá de la simple sacralización del pasado».

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