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sábado, 6 de noviembre de 2021

LA PSICOLOGÍA DE MASAS DE LA PEQUEÑA BURGUESÍA Y EL NAZISMO

3 noviembre, 2021 Wilhelm Reich

Ya hemos dicho que el éxito de Hitler no se explica ni por su “personalidad” ni por el papel objetivo-que su ideología ha jugado en el capitalismo en pleno desorden. La “mistificación” de las masas tampoco es una explicación. Por nuestra parte, hemos concedido la primacía a la cuestión de lo que sucedía en el seno de las masas para que éstas se unieran a un partido cuyos jefes perseguían una política objetiva y subjetivamente opuesta a los intereses de las masas trabajadoras.

Para responder a esta cuestión es preciso recordar que el movimiento nacionalsocialista se apoyaba al comienzo de su victoriosa carrera sobre amplias capas de las llamadas clases medias, es decir, sobre los millones de empleados y funcionarios, sobre los comerciantes medios y los campesinos pequeños y medios. Considerado desde la perspectiva de su base social, el nacionalsocialismo era en su comienzo un movimiento pequeñoburgués donde quiera que hizo su aparición, en Italia, en Hungría, en Argentina o en Noruega. Esta pequeña burguesía, que militaba antes en los diferentes partidos democráticos tuvo que sufrir una transformación interior que justificara el cambio de postura política. Las semejanzas fundamentales, así como las diferencias de las ideologías burguesa-liberal y fascista se explican por la situación social de la pequeña burguesía y por la estructura psicológica que aquélla entraña.

La pequeña burguesía fascista es idéntica a la pequeña burguesía liberal, con la sola diferencia de que pertenecen a épocas distintas. El nacionalsocialismo ha obtenido sus votos en las elecciones de 1930 y 1932 casi exclusivamente del Partido Alemán Nacional, del Partido de la Economía (Wirtschafts-partei) y de los subgrupos del Reich alemán. Sólo el Centro Católico conservaba sus posiciones incluso en las elecciones de Prusia de 1932. Únicamente en esa fecha consiguió el nacionalsocialismo ganar terreno entre los obreros industriales. Pero, tanto antes como después, quienes formaron el grueso de las tropas de la cruz gamada fueron las clases medias. Durante la más grave crisis que el sistema capitalista haya conocido desde sus orígenes (la de 1929 a 1932), las clases medias, agrupadas bajo la bandera del nacionalsocialismo, tomaron posesión de la escena política y se opusieron a la reestructuración revolucionaria de la sociedad. La reacción política tenía una concepción muy justa de esta función de la pequeña burguesía: “En último análisis, la existencia de un Estado depende de las clases medias”, se leía en un panfleto de los alemanes nacionales del 8 de abril de 1932.

El problema de la importancia social de las clases medias ocupó un lugar destacado en las discusiones de la izquierda después del 30 de enero de 1933. Hasta entonces, no se había concedido atención a las clases medias, porque los espíritus se hallaban cautivados por la evolución de la reacción política, por el régimen autoritario. En cuanto a los políticos, se desinteresaban de la psicología de masas y de sus problemas. Fue necesario esperar al 30 de enero para que la “rebelión de las clases medias” ocupase el lugar principal de la escena. Si seguimos de más cerca la discusión del problema, se observan dos tendencias principales: la primera consideraba que el fascismo “no era otra cosa” que la guardia política de la alta burguesía; la otra tendencia, sin olvidar este aspecto, ponía de relieve la “rebelión de las clases medias”, lo que valió a sus representantes el reproche de obscurecer el papel reaccionario del fascismo. Para dar mayor peso a esta última argumentación se invocaba el nombramiento de Thyssen como dictador de la economía, la disolución de las organizaciones económicas de las clases medias, la anulación de la “segunda revolución”; en una palabra, se acentuaba siempre el carácter más reaccionario del fascismo aparecido a partir de fines de junio de 1933.

Se podían observar algunos puntos obscuros en la discusión, que llegó a ser muy animada: el hecho de que el nacionalsocialismo revelase su carácter imperialista después de la toma del poder, que se apresurara a eliminar del movimiento todo elemento “socialista” y que preparase la guerra por todos los medios, no contradecía el otro hecho de que, visto desde la perspectiva de su base de masas, el fascismo era claramente un movimiento de las clases medias. Nunca hubiera podido ganar Hitler para su causa a las clases medias si no hubiera prometido iniciar la lucha contra el gran capital. Estas clases le ayudaron a vencer porque estaban en contra del gran capital. Presionados por ellas, los dirigentes nacionalsocialistas tuvieron que tomar medidas anticapitalistas que se vieron obligados a revocar a instancias del gran capital. Si no se hace la distinción entre los intereses subjetivos en la base de masas de un movimiento reaccionario y su función reaccionaria objetiva, que son antagónicos (aunque unidos al principio en el conjunto del movimiento nacionalsocialista), resulta imposible comprenderse, ya que al hablar del fascismo, el uno entiende su función objetiva mientras que el otro piensa en los intereses subjetivos de las masas fascistas. El antagonismo entre estos dos aspectos del fascismo explica todas sus contradicciones y aclara también su convergencia en una sola forma, el nacionalsocialismo, convergencia tan característica del movimiento hitleriano. En la medida en que el nacionalsocialismo estaba obligado a poner de relieve su carácter de “movimiento de las clases medias” (antes y poco después de la toma del poder), resultaba en efecto, anticapitalista y revolucionario; pero, como no hizo nada para desposeer de sus derechos a los grandes capitalistas, cuando dejó caer cada vez más claramente su máscara anticapitalista, para poner de relieve su función exclusivamente capitalista, a fin de reforzar y mantener su poder, se convirtió en el defensor fanático del imperialismo y en el pilar del orden económico del gran capital. Importa poco entonces saber si sus dirigentes eran socialistas honrados (según ellos) o no, mientras en sus filas hubiera demagogos y arribistas ávidos de poder. Todas estas consideraciones no permiten iniciar una política antifascista. La historia del fascismo italiano hubiera permitido comprender el fascismo alemán y su ambigüedad toda vez que el italiano reunía en su seno las dos funciones netamente antagónicas de las que acabamos de hablar.

Los que niegan o desestiman la función atribuida a la base de masas del fascismo, confían en su convicción de que las clases medias, que ni disponen de los grandes medios de producción ni trabajan en ellos, no pueden, a la larga, hacer la historia y se encuentran a caballo entre el capital y el mundo del trabajo. Olvidan que las clases medias son perfectamente capaces de hacer la historia y que la hacen efectivamente, sí no a largo plazo, al menor durante un periodo históricamente limitado, lo que confirma la historia del fascismo alemán y del italiano. No tenemos aquí solamente en cuenta la anulación de las organizaciones obreras, las innumerables víctimas, el asalto de la barbarie, sino sobre todo, los obstáculos puestos a la transformación de la crisis económica en la conmoción de la sociedad, en la revolución social. Una cosa es evidente: cuanto más numerosa e influyente en una nación es la clase media, tanto más hay que contar con ella como potencia social que actúa. De este modo pudimos asistir de 1933 á 1942 al fenómeno paradójico de un Fascismo nacionalista que pudo ganarle la partida al internacionalismo social revolucionario en tanto que movimiento internacional. Socialistas y comunistas hiciéronse ilusiones en lo relativo a la progresión del movimiento revolucionario con relación al de la reacción y cometieron un verdadero suicidio político, a pesar de todas sus buenas intenciones. Este problema merece que se le examine con el mayor cuidado, porque el proceso que ha afectado a las clases medias de todos los países es infinitamente más importante que la comprobación del hecho archí conocido y perfectamente trivial de que el fascismo representa la reacción económica y política bajo su forma más extrema. Esta última comprobación carece de todo interés político, como lo ha demostrado ampliamente la historia de los años 1928 a 1942.

Las clases medias se pusieron en movimiento y, bajo el disfraz del fascismo, efectuaron su entrada en la escena política como fuerza social. Lo que importa no son las intenciones reaccionarias de Hitler o de Goering, sino los intereses sociales de las clases medias. Gracias a su estructura caracterológica, las clases medias disponen de una fuerza social enorme, que sobrepasa con mucho su poder económico. Esta capa social es la que ha realizado la hazaña de sostener el sistema patriarcal durante varios milenios y de mantenerlo vivo a pesar de todas las contradicciones.

La existencia del movimiento fascista es, sin duda, la expresión social del imperialismo nacionalista. Pero el hecho de que el fascismo haya podido convertirse en un movimiento de masas y tomar el poder, gracias a lo que le ha sido posible realizar su función imperialista, no se explica más que por el movimiento de masas de la clases medias. Quien quiera comprender los aspectos contradictorios del fascismo tiene que tener en cuenta las oposiciones y los antagonismos en un momento determinado.

La situación social de la clase burguesa está determinada:

por su posición en el proceso capitalista de producción;

por su posición en el aparato del Estado autoritario;

por su situación familiar particular, que se deriva directamente de su posición en el proceso de producción y nos proporciona la clave para la comprensión de su ideología. Económicamente hablando, la situación del pequeño campesino, del funcionario y del comerciante medio son distintas pero, en el aspecto familiar, existe una identidad, al menos en líneas generales.

La rápida evolución de la economía capitalista en el siglo xix, la mecanización progresiva e ininterrumpida de la producción, la concentración de distintas ramas de la

producción en sindicatos y trusts monopolistas, han dado como resultado la depauperación inexorable de los comerciantes y los artesanos pequeño burgueses. Incapaces de resistir la competencia de las grandes industrias, que producen más barato y más racionalmente, las pequeñas empresas están condenadas a perecer.

“Las clases medias no tienen otra cosa que esperar de este sistema que la desaparición despiadada. El problema es sencillo: o bien se confunden todos en la masa gris y sombría del proletariado, donde todos poseen lo mismo, es decir, nada; o bien se concede a los particulares la posibilidad de adquirir bienes propios por la fuerza y la tenacidad, por el arduo trabajo de toda una vida. Clase media o proletariado. ¡Ese es el problema!”

Esta advertencia la lanzaron los Alemanes Nacionales antes de las elecciones a presidente del Reich de 1932. Los nacionalsocialistas se guardaron mucho de abrir un abismo entre la clase media y los obreros industriales a través de declaraciones tan poco hábiles y su propaganda resultó más eficaz.

Uno de los argumentos de la propaganda del N.S.D.A.P. era la lucha contra los grandes almacenes. Pero la contradicción entre el papel que el nacionalsocialismo representaba en la gran industria y los intereses de las clases medias, sobre las cuales se apoyaba, apareció muy evidentemente en la entrevista de Hitler con Knickerbrocker:

“No vamos a hacer depender las relaciones germano-americanas de una tienda (se trataba del futuro de la sucursal de Woolworth en Berlín) …La existencia de tales empresas es un acicate para el bolchevismo… Destruyen muchas pequeñas existentes y por eso no las toleraremos; pero pueden ustedes estar seguros de que sus empresas de este género en Alemania no serán tratadas distintamente que las alemanas.”[1]

Las deudas privadas exteriores eran muy pesadas para las clases medias. Pero mientras que Hitler preconizaba el pago de las deudas privadas, dado que, en el plano de la política exterior, dependía de la realización de sus compromisos, sus partidarios reclamaban su supresión. La pequeña burguesía se rebeló, pues, “contra el sistema” y por tal entendía ella el “régimen marxista” de la socialdemocracia.

Cualquiera que haya sido el deseo de asociarse y organizarse, en el curso de la crisis, de estas capas de la pequeña burguesía, la competencia económica entre las pequeñas empresas ha representado un obstáculo para el establecimiento de un sentimiento de solidaridad comparable al que hay entre los obreros industriales. Es su posición social la que impide al pequeño burgués identificarse con su propia capa social o con los obreros industriales; con su propia capa social porque en ella predomina la competencia; con los obreros industriales porque a nada le teme más que a la proletarización. El movimiento fascista tuvo, al menos, el resultado de unificar a la pequeña burguesía. ¿Sobre qué bases se ha realizado esta unificación, desde el punto de vista de la psicología de masas?

La posición social de los funcionarios del Estado y de los pequeños y medios empleados es la que nos proporciona la respuesta: el empleado y el funcionario medios se encuentran en una situación económica menos favorable que el obrero industrial medio; la inferioridad económica de los primeros, queda parcialmente compensada en los funcionarios del Estado por algunas esperanzas mínimas de promoción y por la perspectiva de una cierta seguridad económica hasta el fin de su vida. La dependencia característica de esta capa social con respecto a las autoridades, aboca a una actitud de competencia frente a sus colegas, incompatible con la formación de un auténtico sentimiento de solidaridad. La conciencia social del funcionario no está determinada por el sentimiento de una comunidad de destino con sus colegas, sino por la actitud cara a la autoridad establecida y a la “nación”. Para el funcionario, esta actitud consiste en una identificación absoluta[2] con el poder estatal; para el empleado, con la empresa en la que trabaja. En realidad, tanto el uno como el otro se encuentran en la misma situación que el obrero industrial. ¿Por qué no se desarrolla en ellos, como en este último, un sentimiento de solidaridad? Respuesta: porque ocupan una posición intermedia entre la autoridad y los trabajadores manuales. Súbditos con respecto a la autoridad, se convierten en los representantes de esa misma autoridad en sus relaciones con sus subordinados y, con este motivo, gozan de una especial protección moral (no material). Los cabos de todos los ejércitos del mundo nos proporcionan el ejemplo más típico de este producto de la psicología de masas.

La fuerza de esta identificación con el empleador se revela de una manera particularmente llamativa en el caso de los criados de algunas casas nobles, de algunos ayudantes de cámara que, al adoptar la apariencia, la mentalidad y las maneras de la clase dominante, sufren una modificación completa y a menudo la exageran para esconder sus orígenes modestos.

Esta identificación con la administración, la empresa, el Estado y la nación, que puede resumirse en la fórmula: “Yo soy el Estado, la administración, la empresa, la nación” es una realidad psíquica que nos proporciona uno de los mejores ejemplos de una ideología convertida en poder material. Al principio, el empleado o el funcionario se contentan con un parecido idealizado con sus superiores, pero poco a poco, de resultas de su dependencia material, su personalidad se transforma a imagen de la clase dominante. Por tener los ojos perpetuamente clavados en lo alto, el pequeño burgués acaba por cavar una josa entre su situación económica y su ideología. Pasando la vida en condiciones materiales penosas, se esfuerza por adoptar frente al mundo una actitud representativa, exagerada a veces hasta la caricatura. Se alimenta poco y mal, pero le concede un gran valor al ir “correctamente vestido”. El sombrero alto y el traje son los símbolos visibles de esta estructura caracterológica. Nada hay tan revelador, desde la perspectiva de la psicología de masas, como el examen del modo de vestir de una población. Esa “mirada clavada en lo alto” es lo que distingue esencialmente a la estructura pequeño burguesa de la del obrero de la industria.[3]

¿Hasta qué profundidades llega esta identificación con la autoridad? De su existencia no ha habido nunca duda alguna. Pero la cuestión es averiguar de qué modo han cimentado y fijado los hechos emocionales la actitud pequeño burguesa, al margen de los factores económico primarios, hasta tal punto que la estructura pequeño burguesa no ha sido sacudida ni siquiera en tiempo de crisis, cuando el paro zapaba sus soportes económicos.

Más arriba hemos afirmado que la situación económica de las distintas capas medias varía sensiblemente, mientras que su situación familiar es esencialmente la misma. La situación familiar es la que nos da la clave del fundamento emocional de la estructura descrita anteriormente.

Notas:
[1] Tras la toma del poder durante los meses de marzo a abril comenzó el asalto contra los grandes almacenes, que pronto frenaron los dirigentes del N.S.D.A.P. (prohibición de toda intervención no autorizada en materia económica, disolución de las organizaciones de las clases medias, etc.)
[2] El psicoanálisis llama “identificación” al estado de espíritu de una persona que comienza a sentirse una con otra, a adoptar las actitudes –y atributos de ella, que antes no tenía–, y a ponerse imaginariamente en su lugar; este proceso se basa en una modificación real de la persona, que “se identifica” con otra “interiorizando” los atributos de su modelo.
[3] Esta observación se aplica a Europa. En los Estados Unidos, el “aburguesamiento” de los trabajadores de la industria suprime tales distinciones

Fuente: Apartado 3º del capítulo 2º de Psicología de masas del fascismo, de Wilhelm Reich, septiembre de 1933.

 

https://www.elviejotopo.com/topoexpress/la-psicologia-de-masas-de-la-pequena-burguesia/

 


sábado, 4 de febrero de 2017

EN LAS PUERTAS DEL NAZISMO





04-02-2017

I

El sistema capitalista ha impulsado prodigiosos avances en la historia de la Humanidad. El portentoso desarrollo científico-técnico que se viene experimentando desde hace dos o tres siglos, que ha cambiado la fisonomía del mundo, va de la mano de la industria moderna surgida a la luz del capitalismo. Problemas ancestrales de los seres humanos comenzaron a resolverse con estos nuevos aires, que desde el Renacimiento europeo en adelante se expandieron por todo el planeta. 

Pero ese monumental crecimiento tiene un alto precio: el modo de producción capitalista sigue siendo tan pernicioso para las grandes mayorías como lo fue el esclavismo en la antigüedad. Para que hoy un 15% de la población mundial goce las mieles del “progreso” y la “prosperidad” (oligarquías de todos los países y masa trabajadora del Norte), la inmensa mayoría planetaria pasa penurias. Con el agravante –cosa que toda la anterior historia humana no presentó– de la catástrofe medioambiental que su insaciable afán de lucro ha producido. No olvidar que para constituirse como sistema con mayoría de edad debió masacrar millones de nativos americanos y africanos, produciendo así la acumulación originaria que posibilitó la industria moderna en Europa. En síntesis: el capitalismo es sinónimo no tanto de desarrollo y prosperidad, sino de muerte y destrucción.

Ahora bien: ese desarrollo material fabuloso no logra repartir equitativamente, con auténtica solidaridad, los productos de su colosal producción: se llega al planeta Marte o se desarrolla inteligencia artificial más inteligente que la misma inteligencia humana, pero no se puede acabar con el hambre. Sin dudas, algo anda mal en el sistema capitalista. Y no se trata de algún error coyuntural, alguna tuerca suelta que se pueda ajustar: el problema es estructural, de base.

Dicho de otro modo: el sistema capitalista no puede ofrecer soluciones reales a los problemas de toda la Humanidad. No puede, aunque quiera, pues en su esencia misma están los límites: como se produce en función de la ganancia, del lucro personal del dueño del capital, el bien común queda relegado. Por más que lo intente –capitalismo de rostro humano, medidas caritativas para los más necesitados, válvulas de escape para permitir algunas mejoras paliativas– el sistema en su conjunto se erige 1) en contra del colectivo, al que convierte en esclavo asalariado explotándolo en forma inmisericorde, y 2) en contra de la naturaleza, a la que convierte en una mercadería más para consumir, obviando así que si la destruimos nos quedamos sin casa donde vivir.

Como sistema, el capitalismo tiene momentos de expansión y de repliegue, pues la producción no está planificada. Se supone que “la mano invisible del mercado” la regula; pero esa “mano” no resuelve a favor de las grandes mayorías, sino siempre en función de los capitales. Por tanto, periódicamente se asiste a crisis sistémicas generales, que siempre terminan pagando los más desposeídos (es decir: las mayorías populares).

Ahora, desde 2008, se cursa una de las más grandes de esas crisis, comparable a la de 1930 en el pasado siglo. La especulación financiera sin par llevó a un quiebre de las economías, produciendo una recesión fenomenal que empobreció más aún a los más pobres, haciendo desaparecer enormes cantidades de sectores medios y acabando con numerosos puestos de trabajo. El sistema no termina de salir de su marasmo, aunque los grandes capitales en aprietos (bancos de primer nivel, grandes empresas industriales como la General Motors) sí reciben asistencia de sus Estados, en tanto las grandes masas de empobrecidos tienen que ajustarse más el cinturón y resignarse. En otros términos: las ganancias quedan siempre para el capital, las pérdidas se socializan y las paga la clase trabajadora, el pobrerío en su conjunto.

II

En las potencias capitalistas (Estados Unidos, Europa Occidental, Japón), la crisis se siente de una manera distinta a como afecta en los países históricamente empobrecidos (el Sur, el antes llamado Tercer Mundo). El fantasma en juego en el Norte no es, exactamente, el hambre; pero sí la precarización de la vida, la falta de trabajo, el estancamiento económico. La pobreza, de todos modos, siempre es pobreza. Los planes de capitalismo salvaje de estas últimas décadas (eufemísticamente llamado neoliberalismo), además de acumular más riquezas en los ya históricamente más ricos, pauperizaron de una forma alarmante al conjunto de trabajadores en todas partes del mundo.

Por una combinación de causas (planes neoliberales de ajuste hacia las masas trabajadoras, robotización creciente que prescinde de mano de obra humana, traslado de plantas industriales desde la metrópoli hacia la periferia buscando condiciones de mayor explotación), los trabajadores del llamado Primer Mundo vienen sufriendo un descenso en su nivel de vida. En Estados Unidos, la primera potencia capitalista mundial, ello es más que evidente en estas últimas décadas.

Si bien el país no dejó de ser un gigante, la calidad de vida de sus ciudadanos no está en franca mejoría, en expansión, como pasó por varias décadas después de terminada la Segunda Guerra Mundial. De ser la “locomotora de la Humanidad”, como se la consideró por largos años, la economía estadounidense no está en sana expansión. El hiperconsumismo sin freno en que entró llevó a un hiperendeudamiento (a nivel personal-familiar y a nivel nacional) técnicamente impagable. El poder de Estados Unidos viene asentándose, cada vez más, en ser “el grandote del barrio”: la discrecionalidad con que fijó su moneda, el dólar, como patrón económico dominante a escala planetaria, y unas faraónicas fuerzas armadas que representan, ellas solas, la mitad de todos los gastos militares globales, son los soportes en que se apoya su actual grandiosidad. Pero la misma no es sostenible en forma sana, genuina. En otros términos: la principal potencia capitalista del mundo tiene, de alguna forma, pies de barro. La interdependencia de todos los capitales que fue tomando el sistema a nivel global permite a la clase dominante estadounidense seguir teniendo supremacía, y su Estado funciona como gendarme del orden mundial, ahora sin fantasma del comunismo a la vista. Pero su dependencia de capitales de otros puntos (China, Japón) es vital.

Por otro lado, su monumentalidad se basa, en muy buena medida, en los recursos naturales que roba en distintas latitudes (petróleo, minerales estratégicos, agua dulce, biodiversidad), por lo que sin ese militarismo desbocado –causa de muertes por millones, de destrucción, de avasallamiento de grupos más vulnerables– su supremacía económica no sería tal. James Paul, en un informe del Global Policy Forum, lo dice sin ambages: “Así como los gobiernos de los Estados Unidos. (…) necesitan las empresas petroleras para garantizar el combustible necesario para su capacidad de guerra global, las compañías petroleras necesitan de sus gobiernos y su poder militar para asegurar el control de yacimientos de petróleo en todo el mundo y las rutas de transporte”.

Pero esa economía próspera de las décadas del 50 y del 60 del siglo pasado se terminó. Estados Unidos, que de ningún modo ahora es un país pobre, está en decadencia. Los homeless (gente sin hogar) son cada vez más. Los trabajadores que han perdido sus puestos, y con ello todos los beneficios sociales, se cuentan por millones. Industrias florecientes de hace algunas décadas, ahora languidecen, pues para el capital es más rentable invertir en la periferia, con salarios de hambre, que en el propio territorio estadounidense.

Para ejemplo icónico de todo esto: la ciudad de Detroit. La que algunas décadas atrás fuera el centro mundial de la producción de automóviles, que nucleaba todas las grandes empresas de capital netamente norteamericano con casi tres millones de habitantes, ahora es una ciudad fantasma, con apenas trescientos mil pobladores, con fábricas cerradas, entre pandillas y calles sin luz. ¿Por qué? Porque lisa y llanamente el capital no tiene patria, no tiene nacionalismos sentimentales. Si los accionistas de la General Motors, la Ford Company o la Chrysler encuentran que les es más lucrativo montar sus plantas industriales en cualquier enclave del Tercer Mundo dejando en la calle a sus propios trabajadores estadounidenses, no tienen ningún reparo en hacerlo. Y de hecho, eso es lo que han hecho.

Esa es la situación que viene dándose en Estados Unidos, y también en otros países de Europa Occidental: los trabajadores van empobreciéndose. Es por ello que votaron a favor de la salida de la Unión Europea por parte de los británicos (así como quieren hacerlo también en Francia y en Holanda), o a favor de un ultraderechista como Donald Trump en Estados Unidos. El motivo para esa creciente derechización es el deterioro de la economía que, por supuesto, afecta a la clase desposeída y no a las oligarquías.

III

Aquí es donde entra a jugar un agravante extremadamente pernicioso: la ideología dominante, por supuesto de derecha y conservadora. De acuerdo a esta tendenciosa visión de las cosas, se omite la verdadera causa de esta creciente pauperización, buscándose un “chivo expiatorio”. El mismo está dado por los “extranjeros”, aquellos que, según esa deleznable ideología, “van al Primer Mundo a robar puestos de trabajo y a aprovecharse de la seguridad social”.

En otros términos: un otro distinto, proveniente de fuera del colectivo dominante, es puesto como causa de los males. Se está ahí ante el inicio del nazismo.

En la Alemania de la post guerra del 1918, ante su derrota y humillación a manos de las otras potencias europeas que le ganaron en la carrera por el reparto de las colonias africanas, fue apareciendo un espíritu revanchista. Adolf Hitler, independientemente de su posible psicopatología, encarnó ese ideal. El Führer decía lo que buena parte de la población alemana quería escuchar; él, como ninguno, supo levantar el ultrajado nacionalismo pangermánico, llevando el ideal teutón de “raza superior” como estandarte privilegiado. Para el caso, los judíos ocuparon el lugar de chivo expiatorio.

No puede decirse que los movimientos nazi en Alemania, o fascista en Italia, con Mussolini a la cabeza, sean atribuibles solo a la personalidad desequilibrada de líderes carismáticos; eso puede ser un elemento, pero definitivamente ellos representaban el ideal de buena parte de la población. Los alemanes querían recuperar el tiempo perdido, la moral pisoteada en la derrota de la Primera Guerra Mundial: ahí apareció entonces esa loca idea de la eugenesia, y de un blanco al que atacar, supuesto fundamento de todos los males y desgracias. Los campos de concentración atestados de judíos fueron el resultado de ello.

En los Estados Unidos actuales (y en buena parte de Europa Occidental que no termina de salir de la crisis financiera iniciada en el 2008) está sucediendo algo similar: una clase trabajadora golpeada, en camino de empobrecimiento paulatino, necesita encontrar una razón de sus males. El sistema, a través de los fabulosos medios de manipulación que dispone (medios masivos de comunicación, aparatos ideológicos del Estado, iglesias varias) impide ver las causas reales de la situación, poniendo a esos extranjeros en el lugar de los demonios que atacan. De esa forma, los inmigrantes indocumentados de Latinoamérica y el Caribe en Estados Unidos, o los africanos llegados en las infernales pateras a través del Mediterráneo, así como musulmanes y gente del Medio Oriente, se van transformando en el elemento satanizado que representa la supuesta fuente de todas las desventuras.

Hoy día no hay campos de concentración, ni en Europa ni en Estados Unidos; pero poco falta para ello. De alguna manera, esa exclusión de corte nazi ya comenzó. Donald Trump, así como lo hizo Hitler en su momento, encarna esa misión redentora, purificadora: su lenguaje xenofóbico, racista, ultranacionalista, quasi paranoico en algún sentido, rescata lo que una clase trabajadora golpeada quiere oír. “¡Fuera inmigrantes!” es la consigna.

El mundo de la opulencia del Norte va tornándose cada vez más hostil y refractario a los inmigrantes del Sur. No solo no quiere “hispanos”, “negros” o “musulmanes”; procede a deshacerse de ellos. El presidente Trump está empezando a poner en práctica esos valores, institucionalizándolos. Sus primeras medidas como mandatario de la Casa Blanca lo evidencian. La promesa del muro fronterizo con México, más allá de una bravuconada pirotécnica de campaña, pareciera querer concretarse en la realidad. La negativa de permitir ingresar “indeseables” musulmanes a suelo estadounidense se inscribe en esa línea.

En esa misma línea, también comienzan a darse, cada vez con mayor frecuencia y virulencia, actos de corte nazi en Europa. Como expresión sintetizada de esto, lo recientemente ocurrido en los canales de Venecia, donde un joven negro de origen africano se ahogó ante la mirada impávida de europeos que, incluso en algún caso, le proferían insultos racistas.

Todo esto bien pudiera ser el preámbulo a nuevos Auschwitz o Buchenwald. Los chivos expiatorios –la Psicología Social nos lo enseña con claridad meridiana– sirven justamente como elemento unificador para el grupo excluyente, que reafirma así su identidad supremacista excluyendo a los “inferiores” no deseables, satanizados como plaga bíblica.

El Brexit en Gran Bretaña, o Donald Trump en Estados Unidos, expresan ese encono visceral (fascista) contra el otro distinto, “malo de la película” que funciona como causa de todas las penurias, escamoteando las verdaderas causas del problema: el sistema capitalista.

Más allá que Trump pueda ser un megalomaníaco con profundas desequilibrios psicológicos, él representa lo que muchos ciudadanos estadounidenses comunes piensan, sienten, anhelan: volver a los tiempos dorados de su economía de 50 o 60 años atrás, presuntamente arruinada por los inmigrantes ilegales. Se olvida así que Estados Unidos es, ante todo, un país hecho por inmigrantes ( ver aleccionador video al respecto ). Y, fundamentalmente, se omite el verdadero problema en cuestión: el empobrecimiento de los trabajadores no es por culpa de esos “indeseables” extranjeros, sino producto de un sistema que no ofrece salidas.

El nazismo inició así en los años 30 en Alemania, cuando un cabo del ejército, probablemente desequilibrado en términos psicológicos (eyaculaba solo dando sus discursos, emocionado como estaba), pudo ser el representante de lo que una mayoría empobrecida quería hacer: renacer como “raza superior”. Donald Trump sigue ese camino: representa el ideal supremacista de los wasp (white, anglosaxon and protestant –blanco, anglosajón y protestante–). El Ku Kux Klan supremacista (equivalente a los campos de concentración nazi y las cámaras de gas para judíos) se siente ahora dueño de la situación.

La llegada de Trump puede marcar un punto de inflexión en Estados Unidos. No está claro todavía cómo y para dónde seguirán las cosas. Como mínimo, queda más que evidente que para el campo popular no vienen los mejores tiempos. Es por eso que tenemos que estar extremadamente alertas a lo que siga, y prepararnos para enfrentar la locura en ciernes.

El capitalismo no tiene salida, y el nazismo, expresión afiebrada de un capitalismo enloquecido, es más pernicioso aún, porque hace del racismo su motor primordial. ¡Preparemos para enfrentar la tormenta que se viene!


lunes, 22 de febrero de 2016

HITLER NO ERA INEVITABLE





70.º aniversario de los juicios de Núremberg

Marcel Bois
Jueves 18 de febrero de 2016

Hace pocos meses fue el septuagésimo aniversario de los juicios de Núremberg, en los que oficialmente los Aliados llevaron a los altos oficiales del nazismo ante los tribunales. Para cuando los juicios de Nuremberg comenzaron, el 20 de noviembre de 1945, Adolf Hitler, Joseph Goebbels y Heinrich Himmler hacía tiempo que habían muerto. En su lugar se sentaron algunos de los nazis más relevantes que habían sobrevivido a la guerra: políticos, generales y directivos de empresas.

En solo doce años el régimen que representaban había iniciado la Segunda Guerra Mundial, un conflicto de seis años de increíbles proporciones destructivas. Habían promovido la tortura y el asesinato de miles de opositores políticos, homosexuales y personas discapacitadas, así como el genocidio de más de seis millones de judíos europeos. Apenas unos meses después del fin de la guerra, algunos de los personajes más crueles del régimen, como Hermann Göring, Rudolf Hess, Alfred Rosenberg y Albert Speer, fueron llevados a juicio en las salas del Palacio de Justicia de Nuremberg.
El primero, de lo que finalmente fueron 13 diferentes juicios de Nuremberg, duró 218 días. Un total de 240 testigos fueron llamados a declarar, y se recogieron 300.000 testimonios. Los minutos de los juicios llenaron más de 16.000 páginas. A su fin, 12 acusados fueron sentenciados a muerte, así como otros muchos recibían largas penas de prisión. El juicio significó el primer paso en la resolución de las hostilidades entre Alemania y los aliados, y allanó el camino para la reintegración de Alemania en el orden mundial de postguerra.

Más allá del proceso judicial oficial, muchas cuestiones históricas importantes quedan sin resolver: discusiones sobre la naturaleza humana, el rol de la izquierda y sobre si los movimientos progresistas pueden derrotar el racismo y otras opresiones luchando juntos. La cuestión principal sin duda, es cómo algo tan terrible pudo ocurrir. ¿Cómo fue posible que el crimen más horrendo en la historia de la humanidad pudiera ocurrir en Alemania, la “tierra de los poetas y los pensadores”?

Algunos historiadores explican el éxito de los nazis basándose en un supuesto antisemitismo de profundas raíces en la cultura alemana. Según esta narrativa, los alemanes, ya antisemitas, simplemente esperaban un Hitler que los guiara. Otras lecturas más matizadas del tema argumentan que los nazis simplemente compraron a la población con incentivos materiales para que apoyara sus propósitos antisemitas.

El renombrado historiador Götz Aly, por ejemplo, describe el régimen nazi como una “dictadura acomodaticia”, ya que “aunque el antisemitismo era una precondición necesaria para el ataque nazi a los judíos europeos, no era suficiente. Los intereses materiales de millones de individuos tuvieron que juntarse a la ideología antisemita antes de que el gran crimen que ahora conocemos como Holocausto tuviera lugar en su impulso genocida”.

Desde luego, muchos alemanes (incluyendo a alemanes de clase trabajadora) apoyaron el régimen nazi en un determinado momento, y la política económica nazi proporcionó incentivos suficientes para que muchos toleraran el régimen. Sin embargo, esta lectura histórica simplifica la compleja variedad de condiciones sociales y fuerzas existentes en la Alemania de Weimar y no tiene en cuenta que no todos los alemanes disfrutaron de beneficios materiales durante el régimen nazi y que no todos los alemanes eran simpatizantes del nazismo. De hecho, amplias capas de la población se oponían fuertemente al fascismo.

El ascenso de Hitler al poder no fue de ninguna manera inevitable sino fruto de condiciones históricas concretas así como de acciones (e inacciones) de diferentes fuerzas sociales. Mientras mucha historiografía convencional dibuja el nazismo como una especie de proyecto colectivo alemán, lo que ejemplifica el ascenso al poder de Hitler son las consecuencias reales que una estrategia socialista puede tener en una sociedad destruida por la recesión económica y la polarización política.

El nazismo fue solo uno de los resultados posibles de la crisis de la República de Weimar, pero su eventual éxito no lo hacía retroactivamente inevitable. Además, interpretar el fascismo de esta manera entorpece la interpretación de un periodo de la historia muy instructivo para la izquierda.

El impacto de la Crisis del 29

Sólo unos años antes de la toma del poder por Hitler en 1933, su Partido Nacional Socialista de los Trabajadores (NSDAP) era completamente irrelevante. Pero tras el crash de las bolsas en 1929 el voto conseguido pasó de 800.000 en 1928 a más de 6 millones en 1930 y el 37% del voto en 1932, convirtiéndose en el partido más importante en el parlamento.

El trasfondo de este rápido crecimiento era por supuesto la crisis económica en curso, que estaba carcomiendo los mismos fundamentos del capitalismo global. El desplome de la inversión causado por el crash del 29 llevó al descenso de la producción industrial en un 29%. La industria alemana fue especialmente golpeada, puesto que estaba financiada fundamentalmente por capital extranjero (principalmente préstamos norteamericanos), lo que la hizo colapsar tan pronto como los prestamistas retiraron el crédito.

Al mismo tiempo que empresas grandes y pequeñas se declaraban en bancarrota, amplias capas de las clases medias entraban en la pobreza. Los campesinos también sufrieron, ya que los precios de los alimentos cayeron y los trabajadores en general vieron recortados sus salarios hasta en un 30%. Hacia 1933 el desempleo había pasado de 1.300.000 en 1929 a 6.000.000. Solo una tercera parte de los trabajadores estaba empleada a tiempo completo.

Tras la caída del último gobierno democráticamente elegido de la República de Weimar, en marzo de 1930, el presidente Hindenburg nombró un gabinete presidencial sin respaldo parlamentario, en el que los decretos de emergencia fueron la norma. El canciller de Hindenburg, Heinrich Brüning y su sucesor Franz von Papen lanzaron una ofensiva austeritaria, recortando la protección por desempleo, el gasto social y las pensiones, al tiempo que subían los impuestos en los bienes de consumo y los alimentos. Como resultado de esto, la pobreza se convirtió en la tónica dominante de la vida en las ciudades.

El impulso austericida del Estado sirvió a los intereses de la clase empresarial alemana. Algunas semanas después del crash de Wall Street, la Liga Alemana de la Industria llamó a adaptar el Estado del Bienestar a los “límites de la sostenibilidad económica”, condenando “el abuso injustificado e inmoral” de los beneficios del sistema de protección social.
 
A ojos de los empresarios alemanes, la crisis económica había sido causada por un sistema del bienestar hipertrófico, altos salarios, reducción de las horas trabajadas, y por ello respondieron rescindiendo contratos, bajando salarios y aboliendo la jornada de ocho horas. El Estado alemán respaldó estas medidas en 1932 aboliendo la negociación colectiva y el derecho a huelga.

La austeridad se diseñó para liberar a los empresarios alemanes de los altos costes laborales, bajando de esta manera los precios de los productos alemanes en el mercado mundial, estimulando así la economía nacional. Sin embargo, sus promesas de recuperación nunca se cumplieron y la pobreza continuó creciendo, ya que todas las economías industriales tomaron similares medidas encaminadas a potenciar las exportaciones.

Polarización

La crisis fue devastadora para los desempleados y las clases medias, que fueron los dos grupos sociales entre los que los nazis encontraron mayor apoyo.

A los artesanos, pequeños empresarios, funcionarios y propietarios de pequeños negocios, la crisis les sometió a presiones desde dos ámbitos. El sociólogo alemán Arno Klönne los describe como “la sensación de amenaza por parte de la creciente concentración de capital industrial y financiero, por una parte, y las demandas de una muy bien organizada clase trabajadora industrial, por otra”. La demagogia nacionalsocialista, dirigida tanto contra el capital financiero como contra el movimiento sindical, tuvo un probado atractivo para las clases medias.

La situación de los desempleados era claramente mucho peor aún que la de las clases medias. Tan pronto como el sistema de seguridad social se fue a pique, el creciente desempleo en la Alemania de Weimar convirtió la vida en una lucha por la supervivencia, y anuló las esperanzas de encontrar un trabajo a corto plazo.

En este contexto, las SA y otros grupos terroristas bajo dominio nazi atrajeron rápidamente a millares de alemanes sin trabajo, que encontraron en el nazismo un recién descubierto sentido de pertenencia, camaradería y poder. El racismo y el antisemitismo implícitos en la ideología nazi les proporcionaban a muchos miembros un sentimiento de superioridad sobre los judíos, extranjeros y homosexuales, a los que eran supuestamente superiores.

Otro aspecto importante para entender el éxito del Partido Nacional Socialista es la imagen que proyectaba sobre sí mismo como alternativa radical a la república. Según Klönne “la desesperación y la impaciencia golpeaban a los jóvenes y a los parados de larga duración; no era posible dirigirse a ellos con perspectivas a largo plazo, querían trabajo y pan y lo querían ya”. El NSDAP prometía “medidas inmediatas para remediar su desesperada situación”.

Al manipular su imagen y apelando a los grupos sociales más vulnerables, el partido de Hitler consiguió convertirse en un verdadero movimiento de masas en unos pocos años; solo las SA tenían ya en 1932 unos 400.000 miembros.

El crecimiento de la derecha radical es solo un parte de la historia. No debemos ver los últimos años de la República de Weimar como todo un desplazamiento nacional hacia la derecha, sino como un momento de polarización política, del que se beneficiaron tanto la derecha como la izquierda.

De este modo, el Partido Comunista Alemán (KPD) aumentó el voto en 1,3 millones en las primeras elecciones tras el crash de los mercados del 29 y el número de militantes se duplicó hasta el cuarto de millón entre 1928 y 1932. Los comunistas se esforzaron en tener visibilidad en las calles, organizando manifestaciones e involucrándose en enfrentamientos violentos con los nazis.

La fuerza del movimiento obrero alemán, sin duda el más grande y potente del mundo en su momento, se evidenció hasta en las últimas elecciones libres de noviembre de 1932, en las que tan solo unos meses antes del ascenso de Hitler el KPD y el SPD juntos consiguieron más votos que los nazis. Dadas su fuerza numérica y su política antifascista, la confrontación entre los nazis y los partidos de los trabajadores parecía inevitable.

20 DE MAYO 1928
14 DE SEPTIEMBRE 1930
31 DE JULIO DE 1932
6 DE NOVIEMBRE DE 1932
NSDAP
2.8%
18.3%
37.3%
33.1%
SPD
29.8%
24.5%
21.6%
20.4%
KPD
10.6%
13.1%
14.3%
16.9%


Resultados de elecciones parlamentarias, 1928-1932

Dirigiéndose a los militantes del KPD a través de las páginas de Militante en 1931, León Trotsky resume la situación política alemana de esta manera: “Si se coloca una bola en la parte superior de una pirámide, el más mínimo impacto puede hacer que ruede hacia la izquierda o hacia la derecha. Esa es la situación en la que se encuentra Alemania hoy en día. Hay fuerzas que quisieran que la bola ruede hacia la derecha, rompiendo así la columna vertebral de la clase trabajadora. Hay fuerzas que quisieran que la bola se mantuviera en la cima. Eso es una utopía. La bola no puede permanecer en la cima de la pirámide. Los comunistas quieren que la bola ruede hacia abajo, hacia la izquierda y destroce los pilares del capitalismo”.

La derrota final del movimiento obrero

Los empresarios alemanes también entendieron que la polarización no podía crecer sin límites, y estaban preocupados por la posibilidad de la llegada al poder del movimiento obrero. Los nazis entendieron bien cómo capitalizar este miedo, prometiendo que los intereses empresariales se impondrían de cualquier modo. Durante un acto de recaudación de fondos dirigido a grandes industriales, el líder de las SS Rudolf Hess mostró fotos en las que aparecían manifestantes revolucionarios a un lado y divisiones de las SA y las SS uniformadas al otro:

Señores, aquí tienen ustedes a las fuerzas de la destrucción, amenazas peligrosas para su tesorería, sus fábricas, sus posesiones. En el otro lado, las fuerzas del orden en formación, con la firme voluntad de erradicar el espíritu de revuelta. Todo el que pueda debe colaborar con lo que tenga, para en última instancia no perder todo lo que tiene.

El exoficial nazi Albert Krebs describe la escena en sus memorias: “No todos los capitalistas eran entusiastas seguidores de los nazis, pero su escepticismo era relativo y terminó en cuanto quedó claro que Hitler era la única persona capaz de acabar con el movimiento obrero”. Aterrorizado ante la perspectiva de nuevas conquistas por parte del movimiento obrero, el apoyo del capital a Hitler creció rápidamente.

Trotsky describió de manera muy viva estas dinámicas: “A la alta burguesía le gusta el fascismo tanto como a alguien con dolor de muelas, que se las extraigan” —es decir, es repugnante, pero necesario—. Hitler cumplió su promesa con el capital. Tras ser declarado canciller en enero de 1933, ilegalizó los partidos obreros y los sindicatos en unos pocos meses. Miles de socialdemócratas, comunistas y sindicalistas fueron arrestados y asesinados.

El apoyo del capital fue sin duda decisivo para el ascenso de Hitler, pero la victoria nazi no era aún inevitable. Una serie de grandes errores estratégicos de la izquierda alemana jugaron un rol fundamental en su ruina colectiva.

Socialdemocracia

El Partido Social Demócrata (SPD) entendió el tipo de amenaza que el NSDAP significaba, aunque no fue capaz de construir el arma necesaria para frenarla. En un intento desesperado por bloquear la toma del poder de los nazis mediante argucias legales y salvar así la democracia de Weimar, el SPD siguió la estrategia del apoyo al “mal menor” —el gobierno autoritario de derecha en funciones—, como bastión contra Hitler (que sin duda sería más autoritario aún).

Esta estrategia implicó el apoyo a la candidatura del hiperconservador Hindenburg en las elecciones presidenciales de 1932 y la tolerancia hacia los gabinetes conservadores de Brüning y von Papen, así como hacia la subida de impuestos y los recortes sociales que sus gobiernos llevaron a cabo. La estrategia iba en contra del programa político del partido, así como de los intereses materiales de sus simpatizantes.

La gran debilidad de esta estrategia se hizo patente el 20 de julio de 1932 cuando el canciller von Papen disolvió el gobierno del SPD en Prusia, el Estado más grande de la república. El SPD ya había organizado desde un año antes a milicias de trabajadores en previsión de tal movimiento, el llamado Frente de Acero. Pero cuando se enfrentaron a la situación real, el partido abandonó la resistencia llamando a la calma.

Mientras tanto, la Federación Alemana de Sindicatos (ADGB) tomó un camino similar. Muchos sindicalistas eran también militantes del SPD y apoyaban la estrategia del mal menor, tolerando el gobierno de Hindenburg con la idea de frenar así a los nazis con medios constitucionales. Por eso se abstuvieron de convocar una huelga general en Prusia en 1932.

El, más tarde, ministro de propaganda nazi Joseph Goebbels fue consciente desde el primer momento de las implicaciones de lo ocurrido aquel 20 de julio. Como se recoge de lo escrito en su diario unos días más tarde: “Los rojos han sido vencidos. Sus organizaciones no opusieron ninguna resistencia. Los rojos han perdido su momento y no va a haber otro”.

Finalmente, Goebbels tendría razón. Como consecuencia del desastre en Prusia, medio millón de votantes rechazaron al SPD en las elecciones de dos semanas más tarde. La falta de respuesta de julio de 1932 se repitió seis meses más tarde cuando los nazis tomaron el poder y destrozaron el movimiento obrero.

El KPD

Los comunistas eran la única organización de clase trabajadora que organizó resistencia extraparlamentaria a los nazis al mismo tiempo que se oponían a los embates austeritarios del gobierno, pero también fracasaron. Su fracaso se debió a su incapacidad para caracterizar de manera clara el fascismo y las amenazas que planteaba.
El Comité Central abusó del uso de la expresión “fascismo” hasta vaciarla de sentido. Para ellos el Estado alemán se había convertido en fascista en 1930, con la llegada del gobierno de Hindenburg. De hecho, la dirección del KPD consideraba a todos los otros partidos en el parlamento variantes del fascismo, diciéndoles a sus militantes que “luchar contra el fascismo significa combatir al SPD tanto como a Hitler y a los partidos de Brüning”.

El KPD tomó la línea política de Moscú, basándose en la teoría del “socialfascismo” de que el fascismo y la socialdemocracia no eran opuestos, sino “hermanos gemelos”, como dijo una vez Stalin. En el contexto de una profunda crisis del capitalismo era la socialdemocracia, que retraía a los trabajadores de la lucha contra el capital, el principal enemigo.

Según esta línea, la dirección rechazó toda colaboración con el SPD, incluso cuando llegó el momento de luchar contra los nazis. “Los socialfascistas saben que no existe posibilidad alguna de colaboración con ellos por nuestra parte. En relación al partido de los Panzerkreuzer, los social-policías, y todos los que allanan el camino al fascismo, para nosotros solo cabe la lucha hasta la muerte”.

Muchos comunistas respaldaban este tipo de lemas rimbombantes, en una época en la que gran parte de la militancia del KPD estaba sin trabajo. Como organización en los centros de trabajo, prácticamente había desaparecido. En 1932, solo el 11% de los militantes del KPD tenían trabajo.

De este modo, muchos comunistas ya no trataban a socialdemócratas como compañeros en los centros de trabajo, sino únicamente como partidarios de las estrategias del mal menor y de sucesos como el mayo sangriento, el 1 de mayo de 1929, cuando un comando policial bajo el mando del socialdemócrata Karl Friedrich Zörgiebel disolvió violentamente una manifestación del KPD.

Por su parte, la dirección del SPD se negó repetidamente a colaborar con los comunistas. El SPD de la época hervía de fervor anticomunista y, a menudo, equiparaba el comunismo con el nazismo. El líder del partido Otto Wels dijo en el congreso del partido en 1931 en Leipzig que “el bolchevismo y el fascismo son hermanos. Ambos se basan en la violencia y la dictadura, sin importar cuán socialistas o radicales puedan parecer”.

En lugar de ofrecer a las mayorías sociales una alternativa política, la política del KPD de dirigir la mayor parte de su ira contra el SPD le condujo por momentos a los brazos de la derecha, al menos en algunas ocasiones. El ejemplo más notable de esto se dio en 1931, cuando el KPD apoyó un referéndum contra el gobierno prusiano del SPD, que había sido promovido por los nazis y otras fuerzas nacionalistas.

El frente único

Esta política de efectos desastrosos fue fuertemente criticada por miembros de la oposición comunista, como Leon Trotsky o August Thalheimer. Thalheimer había sido uno de los fundadores del alemán KPO (Partido Comunista de Alemania-Oposición), que había roto con el KPD en 1929. Trotsky, uno de los líderes más célebres de la Revolución Rusa y destacado disidente comunista, guiaba a sus seguidores desde el exilio en la isla turca de Büyükada. Ambos prestaron especial atención al discurrir de las cosas en Alemania.

El partido de Thalheimer argumentaba que la única forma de frenar el auge del fascismo era a través de “una ofensiva general planificada” por parte de la clase trabajadora. La necesaria herramienta organizativa para esta ofensiva era el frente único. Trotsky estuvo de acuerdo argumentando que ambos partidos estaban igualmente amenazados por el nazismo y por tanto debían luchar juntos.

Este frente único requería el abandono de la teoría del socialfascismo. Pero puesto que el KPD se oponía a ello, se garantizaba el fracaso en el intento de conectar con los simpatizantes del SPD: “este tipo de posición —la política de chillón y vacío izquierdismo— impide que avancen los lazos entre el Partido Comunista y los trabajadores socialdemócratas”.

El llamamiento al frente único no debía dirigirse exclusivamente a los militantes de partido sino que necesariamente implicaba también la negociación entre direcciones. Un puro “frente único desde abajo” no tendría éxito, ya que la mayor parte de los militantes de partido querían luchar contra el fascismo, pero lo querían hacer junto con sus direcciones. Los comunistas no podían aspirar a juntarse solo con trabajadores socialdemócratas dispuestos a romper con sus líderes.

La importancia de organizar la unidad de acción más grande posible en el seno de la clase obrera hizo que se descuidaran otras preocupaciones. Pero esto no significa que los comunistas se moderaran en sus exigencias políticas.

Al contrario, fue en el contexto de la unidad de acción de la clase trabajadora en el que los comunistas pudieron demostrar sus credenciales como antifascistas: “Debemos apoyar la acción social democrática de los trabajadores, en esta coyuntura nueva y excepcional, para probar el valor de sus organizaciones y sus líderes, cuando es cuestión de vida o muerte para la clase trabajadora”.

Para garantizar esto, el frente único debía basarse en acción política, no en colaboración parlamentaria, y podía construirse únicamente en torno a un punto común, la lucha contra el fascismo. Era de especial importancia que los comunistas mantuvieran su independencia política y organizativa dentro del frente. El eslogan de Trotsky resume muy bien este enfoque: “Marchad por separado, pero haced la huelga juntos. Acordad solamente cómo hacer la huelga, a quién hacérsela y cuando hacerla. Con una premisa, no atarse las manos”.

Los llamamientos de Trotsky y Thalheimer a un frente único fueron bien recibidos tanto por los trabajadores como por los intelectuales, puesto que el deseo de unidad frente al creciente nazismo estaba ya muy extendido. Este deseo se puede ver claramente en el manifiesto “Llamamiento urgente a la unidad”, publicado por treinta y tres renombrados intelectuales, entre ellos Albert Einstein, ante las elecciones de 1932, en el que se hace un llamamiento al KPD y al SPD a “dar un paso hacia la construcción de un frente único obrero, necesario no solamente en lo parlamentario, sino también para la defensa”.

En las pequeñas ciudades de Bruchsal y Oranienburg, donde los seguidores alemanes de Trotsky tenían influencia política, se consiguió construir comités antifascistas que incluían a socialdemócratas y comunistas. En muchos otros lugares sin presencia de troskistas, los activistas locales tanto comunistas como socialdemócratas empezaron a colaborar ignorando los dictados de sus respectivas direcciones, como recientes investigaciones de archivo han demostrado.

Joachim Petzhold, por ejemplo, ha examinado informes del Ministerio del Interior del verano de 1932 en los que se señala que “muchos comunistas querían unirse a los socialdemócratas para luchar contra el fascismo”. En este sentido, están claras las discrepancias entre la dirección de partido y su militancia.

Estas discrepancias se observan también en un informe policial de junio de 1932, en el que se dice que “durante choques sangrientos con los nacionalsocialistas… un frente único se despliega habitualmente a pesar de las diferencias entre los dos partidos marxistas, y a menudo son los comunistas los más rápidos y experimentados en esta tarea”.

Otro fragmento del mismo informe resalta que “actividad de frente único se da a lo largo y ancho de todo el Reich. Delegados sindicales del SPD colaboran con sus colegas rojos, miembros del Reichsbanner (una milicia de trabajadores del SPD) se presentan como delegados de sus compañeros en las reuniones de los comunistas; miembros del Frente de Acero en Duisburg discuten tácticas de frente único en la sede del KPD”.

Cortejos fúnebres únicos en funerales y entierros son frecuentes en todas partes, así como las manifestaciones interpartidos en respuesta a las marchas nacionalsocialistas. Los socialdemócratas se dejan ver en muchos actos antifascistas organizados por el KPD; el sindicato de funcionarios declara que la mano tendida de la fraternidad por parte del KPD no se retirará.

Ciertos movimientos hacia la unidad de la clase trabajadora también se dieron en el sur de Alemania. En julio de 1932, por ejemplo, el líder local del SPD Reinbold ofreció una tregua a los comunistas: “Dejar a un lado lo que nos divide es una necesidad total dada la gravedad del momento en el que estamos”. Las direcciones locales del KPD en las ciudades de Ebingen y Tübingen hicieron por esa época ofertas de este mismo tipo al SPD y a los sindicatos.

En diciembre de 1931 se dieron casos aislados de listas electorales conjuntas del SPD y el KPD en el estado de Wüttemberg. El ejemplo más marcado de unidad en la práctica tuvo lugar en la pequeña ciudad de Unterreichenbach, donde el KPD se disolvió y se unió al SPD local para fundar un partido unido de trabajadores.

Unidos por la derrota

A pesar de ciertas dinámicas locales esperanzadoras, el KPD ya estaba plenamente estalinizado. Todas las corrientes opositoras hacía tiempo que habían sido expulsadas, lo que significaba que los leales al Comintern controlaban el partido y marcaban la línea, incluso en ocasiones en contra de la militancia si era necesario. La línea de Moscú era afirmarse en la teoría del socialfascismo hasta el final.

Cuando el presidente Hindenburg nombró a Hitler canciller el 30 de junio, millones de trabajadores alemanes estaban preparados para luchar. Las protestas estallaron por todo el país mientras que los industriales se reunían en Berlín para coordinar una respuesta a la llamada del SPD a la lucha conjunta.

Lamentablemente, los líderes sindicales llamaron de nuevo a la moderación. El vicepresidente del ADGB declaró: “Queremos reservarnos la huelga general como medida de último recurso”. El líder Theodor Leipart añadió: “Queremos hacer hincapié en que no estamos en contra de este gobierno. Sin embargo, eso no puede y no nos impedirá representar también los intereses de la clase obrera frente a este gobierno. ʻOrganización, no manifestaciónʼ es nuestro lema”.

Solamente el KPD llamó a la huelga general, instando a todas las organizaciones de la clase obrera a construir un frente únicocontra el fascismo dictatorial de Hitler-Hugenberg-Papen”. Desafortunadamente, este tipo de coaliciones solo se llevaron a la práctica en algunas pequeñas ciudades como Lübeck. En general, el KPD fue incapaz de tener influencia sustancial en el movimiento obrero organizado. Sus años de aislacionismo político les habían llevado demasiado lejos.

Tras enero ya fue demasiado tarde: Hitler y los nazis ya habían vencido al movimiento obrero más fuerte en el mundo de entonces. El KPD, el SPD y los sindicatos habían sido diezmados y proscritos. Sus miembros se volvieron a ver, a menudo por última vez, en los campos de concentración levantados por el nuevo régimen.

Aunque los juicios de Nuremberg llevaran a algunos de los criminales nazis más famosos ante la justicia, también redujeron el horror del fascismo a acciones individuales de unas cuantas personas particularmente crueles, al mismo tiempo que integraban ese horror en una narrativa de culpa nacional. En dicha narrativa, nadie y al mismo tiempo todo el mundo es culpable. Nadie, en el sentido de que la culpa se asigna a los altos oficiales y sus lacayos, y, al mismo tiempo, todo el mundo porque el fascismo necesita de una base de apoyo colectivo masivo, marcando de esta manera a todos aquellos que vivieron bajo el régimen como posibles colaboradores.

En lugar de doblegarnos ante este análisis de doble cara, deberíamos reclamar una visión de la historia que reconozca el carácter conflictivo y contradictorio del cambio social. El fascismo nunca es inevitable, sino que es más bien la consecuencia del enfrentamiento entre fuerzas sociales que se oponen radicalmente. Allí donde haya fascistas, habrá socialistas y otras fuerzas de izquierda para combatirlos. Este fue el caso de la Alemania de 1933, cuando perdió la izquierda y la barbarie nazi ganó, y sigue siendo así en la Europa de hoy, que vive una renovada crisis económica y una gran polarización política.

* Marcel Bois es historiador y autor de un reciente estudio sobre la oposición comunista en la República de Weimar, titulado Kommunisten gegen Hitler und Stalin.
Traducción: Santiago Morán
Traducción del artículo publicado en inglés en la revista Jacobin. Disponible en: https://www.jacobinmag.com/2015/11/nuremberg-trials-hitler-goebbels-himmler-german-communist-socialdemocrats/