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sábado, 27 de marzo de 2021

LA COMUNA DE PARÍS Y LAS MUJERES (150 ANIVERSARIO DE LA COMUNA)

Publicado: Jueves, 25 Marzo 2021 20:00 | Por: L. Vicente |

La adhesión femenina a la Comuna de Paris (18 de marzo a 27 de mayo de 1871) se explica por el hecho de que la mayoría de ellas nada tenía que perder y sí algo que ganar. Su condición queda magistralmente descrita por Víctor Hugo:

El hombre puso todos los deberes del lado de la mujer y todos los derechos del suyo, cargando de manera desigual los dos platillos de la balanza… Esta menor, según la ley, esta esclava, según la realidad, es la mujer.

Desde 1860 el feminismo organizado se había extendido y nacieron los Comités de Mujeres y entre las mujeres que se integraron en ellos  destacamos a Louise Michel, la virgen negra. Casi todas procedían de la burguesía pero habían abandonado su clase para permanecer libres y militar por la liberación de la mujer. Muchas trabajaban de institutrices, encuadernadoras, etc. Dedicaban la noche a reuniones, conferencias y a la creación de comités.

Fueron mujeres las que en la mañana del 18 de marzo de 1871 plantaron cara a las tropas taponando las calles y mezclándose con los soldados, a los que pedían que confraternizaran con la ciudadanía. Louise Michel destacó entre ellas. En este contexto revolucionario se formó la Unión de Mujeres para la Defensa de París y la Ayuda a los Heridos, cuyo Consejo Provisional estuvo formado por siete obreras, entre ellas la rusa Elisabeth Dmitrief enviada por K. Marx a París como representante del Consejo General de la Internacional. En la composición del Ejecutivo de la Comuna hubo cuatro obreras y otras cuatro mujeres más entre las que se encontraba Dmitrief que dirigía la mencionada Unión de Mujeres. La institutriz Louise Michel, mientras tanto, peleó como simple soldado en el batallón nº 61. Capítulo aparte merecen las Petroleras, nombre dado a las mujeres dedicadas a la quema de edificios. Nunca se comprobó su existencia siendo considerado como una leyenda para perseguir a las mujeres más activas y que costó la vida a cientos de ellas.

En la represión sangrienta que acabó con la Comuna murieron alrededor de 20.000 personas, 44.000 fueron detenidas, de las cuales 23 fueron condenadas a muerte y 7.500 fueron deportadas. Entre estas últimas estuvo Luisa Michel, deportada a Nueva Caledonia, de donde regresó en 1880. Destaquemos su intervención ante el consejo de Guerra:

Pertenezco enteramente a la revolución social y declaro asumir la responsabilidad de mis actos. Lo que reclamo de vosotros… que os pretendéis jueces… es el campo de Satory donde ya han caído mis hermanos. Puesto que, al parecer, todo corazón que lucha por la libertad no tiene derecho más que a un poco de plomo, yo reclamo mi parte. Si me dejáis con vida, no cesaré de gritar venganza.

Interrumpida por el presidente, Louise Michel replica:

Si no sois unos cobardes, matadme.

Dmitrief logró abandonar Francia y fue condenada en rebeldía. Regresó a Rusia y se casó con un condenado al destierro al que acompañó a Siberia.

Nathalie Lémel, que formó parte del ejecutivo de la Comuna, fue deportada a Nueva Caledonia y se negó a aceptar la gracia que sus amigos solicitaron para ella. Ciega y pobre fue admitida en 1915 en el hospicio de Ivry.

Laura Vicente

Fuente: http://pensarenelmargen.blogspot.com/

 


jueves, 18 de marzo de 2021

150 AÑOS DESPUÉS, LA COMUNA DE PARÍS SIGUE VIVA

 


Guardias nacionales en una barricada de Belleville, el 18 de marzo de 1871.

 

Antes del Primero de Mayo o de la revolución rusa, la leyenda de la insurrección de 1871 fue la gran referencia de todos aquellos que querían subvertir el orden capitalista

Clémence Egilore

17/03/2021

En tiempos normales, costaría imaginar que en esta colina de Montmartre, hace 150 años, el pueblo de París se levantó en armas contra el Estado francés para autogobernarse durante 72 días. Abandonada por los turistas tras la pandemia de coronavirus, la basílica del Sacré-Coeur perfila el horizonte de París con su fría mole de piedra blanca. Pero a sus pies, vigilante, la plaza Louise Michel perpetúa la memoria de la Comuna, y permite al visitante recordar que, un 18 de marzo de 1871, la esperanza de un mundo más justo le ganó a la barbarie capitalista.          

La memoria es un campo abonado al engaño y al atajo. La memoria histórica, por ende, es una batalla política de primer nivel, entre el relato oficial y la voz de las desposeídas. Hace unas semanas, pocos esperaban que el pleno del Ayuntamiento de París del pasado 3 de febrero se convirtiese en una disputa sobre unos hechos ocurridos hace 150 años. Se tenían que aprobar una serie de conmemoraciones y subvenciones y la oposición de derechas se opuso a que se financiase a la asociación Les Amies et Amis de la Commune de Paris de 1871, una organización que desde 1882 se dedica a difundir y recordar el legado y los valores de los comuneros. 

La discusión entre la mayoría de la alcaldesa socialista de París, Anne Hidalgo, y la oposición se alargó durante una hora. Antoine Beauquier, concejal de la derecha, resumió la posición de su grupo: “De ninguna manera se puede conmemorar un triste momento de guerra civil en el que los parisinos se mataron entre ellos”. Según Beauquier, la alcaldía de París tiene una visión “política” de la historia, algo de lo que la corporación local puede sentirse orgullosa, porque, como declaró en el pleno la concejal comunista Laurence Patrice: “La Comuna encarnó valores que son los nuestros hoy en día”. 

Como hace 150 años, la mirada viva y determinada de la comunera Louise Michel volverá a posar sus ojos sobre los habitantes de París. El Ayuntamiento de la capital ha elegido a la mítica revolucionaria para ilustrar los carteles de los actos de conmemoración que decorarán la ciudad entre el 18 de marzo y el 28 de mayo. Conferencias, exposiciones, murales y obras de teatro al aire libre servirán para recordar y reflexionar sobre los 72 días de vida de la Comuna.  

Pero la polémica que estalló mes y medio antes de las celebraciones oculta, según Beauquier, otro juego político: contentar a los partidos más a la izquierda de Anne Hidalgo ante una posible candidatura de la alcaldesa a las elecciones presidenciales francesas de 2022, donde necesitaría el apoyo de sus socios de gobierno en París, los comunistas y los verdes. “La política de la capital tiene que dejar de ser el terreno para la confraternización de las facciones de la izquierda francesa”, afirma el concejal conservador. 

Para Roger Martelli, historiador, copresidente de la asociación Les Amies et Amis de la Commune de Paris 1871, y antiguo dirigente del Partido Comunista Francés, la reacción de la derecha parisina “se basa en la leyenda negra de los opresores de la Comuna” y sería el síntoma de la actual influencia de la extrema derecha sobre el discurso nacional: “Algo preocupante, porque desde principios de los años 2000 se había conseguido consensuar la imagen de la Comuna”.    

“El poder político del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”.

En la colina de Montmartre donde se alza hoy el Sacré-Coeur, un 18 de marzo de 1871 el pueblo de París se negó a entregarle al gobierno los 227 cañones que había pagado por suscripción popular para defender la ciudad del asedio del ejército prusiano. Disuelto el imperio de Napoleón III tras la derrota en la batalla de Sedan en la guerra franco-prusiana, proclamada la III República y firmada la paz en enero, la capital, que desde el 18 de septiembre de 1870 vivía entre el hambre y la paralización por el bloqueo de los alemanes, se sintió traicionada por su propio gobierno. Además, las elecciones legislativas del 8 de febrero habían dado lugar a una Asamblea de mayoría monárquica (un tercio de los diputados eran aristócratas), por lo que París, que había votado republicano, veía en el gobierno una nueva amenaza. 

Respaldada por los 500.000 fusiles y 170.000 soldados de la Garde Nationale, una milicia reclutada en las ciudades, París estaba dispuesta a continuar el combate, ya fuera contra el enemigo externo o contra el recién formado gobierno de Versalles. La negativa de los batallones de París a ceder sus cañones al ejército regular supuso el primer evento de la Comuna. Asustado ante la determinación del pueblo parisino, el gobierno abandonó la capital y dejó el poder efectivo de la ciudad en manos de la Garde Nationale, que convocó las elecciones municipales del 28 de marzo.

Karl Marx consideró el levantamiento como el primer ejemplo concreto de la dictadura del proletariado, “el resultado de la lucha de los productores contra la clase de los propietarios”. Sombreros, encuadernadores, obreros metalúrgicos, zapateros; pero también abogados, periodistas, médicos… El Consejo de la Comuna fue una representación del pueblo trabajador de París, “el momento de la historia de Francia donde más obreros han accedido a puestos de poder”, según la historiadora Mathilde Larrère. Anarquistas, internacionalistas, jacobinos, socialistas, republicanos radicales, todas las tendencias políticas revolucionarias de aquel siglo XIX crepuscular cabían dentro del edificio del Ayuntamiento.


 Litografía de la barricada en la Place Blanche, defendida por mujeres. | Musée Carnavalet

En apenas 72 días, el Consejo de la Comuna, elegido por sufragio universal masculino, prohibió la expulsión por impago de los inquilinos, requisó los inmuebles vacíos y los talleres abandonados por los patrones, donde instauró la jornada laboral de 10 horas, dio la ciudadanía a los extranjeros, decretó la separación entre la Iglesia y el Estado, reconoció la unión libre de las parejas, facilitó el divorcio, permitió la educación obligatoria, laica y gratuita. Fue, según el copresidente de la asociación de Amies et Amis de la Commune de Paris, el historiador Roger Martelli, “el poder político del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”.

Para Larrère, las políticas de la Comuna no tienen nada de novedoso porque son “la aplicación de ideas que ya están presentes en la revolución de febrero de 1848 en Francia”, el programa de la llamada ”república democrática y social”. Añade, sin embargo, que “hay que diferenciar entre las medidas que aplicó y el campo de posibilidades que maduraron en su seno, como la democracia directa y las ideas feministas”. 

Organizadas en clubes de debate y en torno a la Union des Femmes, las mujeres jugaron un papel fundamental en la  supervivencia de la Comuna. Su papel iba más allá de curar a los heridos, organizar el avituallamiento o confeccionar los uniformes de la tropa; codo a codo en las barricadas lucharon por la igualdad efectiva de hombres y mujeres. La Comuna, sin embargo, nunca hizo efectivo el derecho al voto y a la participación política que tantas luchadoras reclamaron.       

En la noche del 22 al 23 de mayo de 1871, un centenar de mujeres esperaba, fusil en mano y recogidas tras la barricada de la Place Blanche en Montmartre, la llegada de las tropas gubernamentales de Versalles que desde el 21 invadían París. En una fotografía de esos días, Louise Michel, vestida con el uniforme gris de los “federados”, mira de frente al enemigo, con una media sonrisa que recuerda a la de la Gioconda: “Nos gustaba, la víspera de los combates, hablar de las luchas por la libertad”, cuenta Michel en su libro de recuerdos de la Comuna de París.

“En la sombra de espanto (...) la vida crece y se ramifica”

Apenas un villorrio en 1871, el distrito 18 de París que albergaba los cañones y la esperanza de todo un pueblo, es hoy el barrio más pobre y en el que más desigualdad de rentas hay en la ciudad. Sin embargo, entre el ambiente canalla de cabarets y sex-shops de Pigalle, y las calles que abrazan por el norte el Sacré-Coeur, dos mundos se cruzan en los bulevares: artistas, bohemios y burgueses conviven con las tiendas de baratijas para turistas y los vendedores de tabaco falsificado de Barbès.    

“En la sombra de espanto que desde diciembre cubría el segundo Imperio, Francia parecía muerta: pero en las épocas en que las naciones duermen como en sepulcros, la vida en silencio crece y se ramifica”, escribió Louise Michel. Antes del Primero de Mayo o de la revolución rusa, la leyenda de la Comuna de París fue la gran referencia dialéctica de todos aquellos que querían subvertir el orden capitalista. Sus protagonistas, antagonistas, y sus hitos, dieron forma durante décadas a la imaginación revolucionaria. “Los bolcheviques presentaban a los rusos blancos como a los versalleses y a ellos mismos como comuneros. Ante los ojos de los socialistas europeos, querían que su revolución se leyera en una dinámica más occidental, no como si fueran tártaros venidos de lo más profundo del este”, destaca Larrère.  

De Moscú al Berlín de Rosa Luxemburgo, del mayo del 68 francés, con una parada en Shanghai, a las comunas del Rojava kurdo, el fantasma de la Comuna sigue recorriendo el mundo. Su recuerdo es múltiple, tanto como el de los herederos ideológicos de este levantamiento: anarquistas, socialistas e internacionalistas estuvieron en la primera hora, comunistas, maoístas y trotskistas bebieron más tarde de su fuente: “La Comuna es un caleidoscopio y, dependiendo de la familia política a la que pertenezcas, te apropiarás de unas ideas o de otras”, explica Larrère. 

Retrato de Louise Michel en la prisión de Versalles. | Musée Carnavalet

Esas semillas que anunciaba Louise Michel volvieron a germinar recientemente en toda Francia durante las protestas de 2018 de los chalecos amarillos, que obligaron al presidente, Emmanuel Macron, a mendigar ante los grandes empresarios una prima excepcional de final de año para sus empobrecidos empleados. “Aunque los contextos sean diferentes, las preguntas que planteaba la Comuna encuentran su eco en las reivindicaciones sociales y de democracia directa que se nos plantean hoy en día”, afirma Larrère, especialista en las revoluciones francesas del siglo XIX. 

Chalecos amarillos como Philippe o Monique, del grupo de Montreuil (ciudad de la periferia de París) recuerdan la lucha de 1871. “Somos los herederos de la Comuna, democracia directa, gobierno autónomo, decisiones locales”, explica Philippe. “Nuestras reivindicaciones se funden con las suyas: igualdad de hombres y mujeres, justicia social, derechos para los extranjeros”, remata Monique. 

Su grupo difundió un llamamiento en vídeo para ocupar las rotondas el 18 de marzo, en conmemoración de la Comuna, como hicieron durante 2018 y 2019. “Aguantaremos hasta que nos echen”, afirma Philippe. Una iniciativa a la que se suman colectivos de chalecos amarillos de Narbona, Rennes o Montauban, cada uno con sus propias acciones.   

“Los chalecos amarillos provocaron una esperanza de insurrección en Francia, y la memoria de la Comuna responde perfectamente a esa esperanza”, afirma Larrère. Para Philippe y Monique, las celebraciones que prepara el Ayuntamiento de París por los 150 años de la Comuna son muy hipócritas: “Los avances humanistas de la Comuna fueron reprimidos por la burguesía que hoy en día la quiere recordar”, dice Philippe. 

El 21 de mayo, las tropas versallescas invadieron París desencadenando contra la Comuna siete días de represión, la conocida como “Semana sangrienta”. Los combates se libraron barrio a barrio, barricada por barricada. Frente a los comuneros y al pueblo de París, 130.000 soldados conscriptos, reclutados por un periodo de siete años, sembraron el terror en nombre del gobierno. “Hay que imaginarse un cadáver en cada calle de París”, afirmó la historiadora de los movimientos sociales Ludivine Bantigny, en una reciente entrevista publicada por el semanario francés Le 1. La última barricada fue tomada el 28 de mayo, las últimas refriegas importantes tuvieron lugar la víspera en el cementerio del Père Lachaise: las balas silbaban entre los panteones, los soldados se acuchillaban entre las tumbas. Contra la tapia del cementerio, los regulares fusilaron a 147 comuneros.  

“Miles de cuerpos sin identificar dormían en los cementerios parisinos, la represión armada dejó entre 10.000 y 20.000 muertos. Más de 40.000 personas fueron detenidas por los versalleses, varios miles, entre ellos Louise Michel, acabaron deportados a las posesiones de Nueva Caledonia, en el Pacífico sur. Otros muchos consiguieron huir de Francia y unos pocos acabarían llegando a España donde, como revela la investigadora Jeanne Moisand, que ha estudiado los alzamientos cantonalistas del siglo XIX, influyeron en el movimiento social de aquellos años. “De hecho, el andaluz Antonio de la Calle, que llegó a ser capitán de la Garde nationale durante la Comuna, fue miembro de la Junta de Salud Pública (cuyo nombre se inspira en el Comité de Salut Public de París) durante el cantón de Cartagena en 1873, y dirigió la Comisión de servicios públicos que organizó la vida dentro de Cartagena”. 


 Dibujo de la ejecución de comuneros en el cementerio del Père-Lachaise. | Henri-Alfred Darjou 

“De hecho, Antonio de la Calle, que llegó a ser capitán de la Garde Nationale durante la Comuna, dirigió durante el cantón de Cartagena en 1873, la Junta de Salud Pública (cuyo nombre se inspira en el Comité de Salut Public de Paris) que organiza la vida dentro de Cartagena. Había vivido de primera mano el papel que tuvieron las mujeres en la Comuna y eso puede explicar que dejase en manos de mujeres labores como el racionamiento o la fabricación de sacos de pólvora”, explica Moisand. 

La memoria histórica de la Comuna se construyó muy rápido a pesar de la represión. Solo nueve años después de su fin, y dos meses antes de que el parlamento de la III República francesa aprobase la amnistía general de los comuneros, el 23 de mayo de 1880 tuvo lugar la primera subida al “Muro de los federados” del Père Lachaise donde fueron fusilados 147 comuneros. Convertido desde entonces en el acto principal de recuerdo de la Comuna, esta marcha ha sido durante décadas el espejo del movimiento obrero francés. Si en 1880, reunió a 25.000 personas, en 1936, un pocos meses después de la victoria electoral del Frente Popular de izquierdas (que estableció las vacaciones pagadas y la semana laboral de 40 horas), 600.000 manifestantes hicieron suya la lucha por la utopía. 

En noviembre de 2016, el Parlamento francés aprobó rehabilitar a los comuneros víctimas de la represión versallesca y reivindicó los valores republicanos que la insurrección de los hombres y mujeres de la Comuna de París llevaban en su seno, elevándolos a la categoría de “luchadores de la libertad”. 

Fuente: https://ctxt.es/es/20210301/Politica/35378/Comuna-Paris-150-aniversario-revolucion-Louise-Michel-chalecos-amarillo.htm

 

martes, 16 de marzo de 2021

LAS MUJERES EN LA COMUNA DE PARÍS

 


Manuel Kellner

9 marzo 2021

 

Hace 150 años, el 18 de marzo de 1871, comenzó la insurrección que alumbró la Comuna de París, que duraría 72 días. Karl Marx y Friedrich Engels escribieron sobre esta experiencia histórica. Sus conclusiones forman parte hasta nuestros días de los principios básicos del socialismo revolucionario en todo el mundo. El papel de las mujeres en esta insurrección y en la democracia radical que nació de ella suele tratarse más bien poco en ocasión de las conmemoraciones, pese a que existe toda una serie de estudios al respecto.

Prosper-Olivier Lissagaray escribió en su Histoire de La Commune 1/, publicada ya en 1876 y que hay que calificar de obra clásica sobre el tema, lo siguiente [traducción propia]: “Las mujeres fueron las primeras en avanzar, como en los días de la revolución. Las mujeres del 18 de marzo estaban curtidas a raíz del asedio –no en vano tuvieron que soportar una doble ración de penuria– y no esperaron a sus hombres. Rodearon las ametralladoras y dijeron a los soldados: ‘¡Es una vergüenza! ¿Qué hacéis aquí?’ Los soldados guardaban silencio. De vez en cuando decía un suboficial: ‘Andad, buenas mujeres, ¡largaos de aquí!’ El tono de su voz no era áspero, y las mujeres se quedaron… Un gran número de guardias nacionales, con las culatas de los fusiles en alto, acompañados de mujeres y niños, avanzaban por la rue des Rosiers. Lecompte (el general) se vio rodeado, ordenó tres veces abrir fuego. Pero sus hombres permanecieron con los fusiles en tierra. Cuando se acercó la multitud, confraternizaron, y Lecompte y sus oficiales fueron detenidos.”

El 8 de febrero había sido elegida, por exigencia de Bismarck, una Asamblea Nacional de mayoría monárquica para iniciar las negociaciones de paz. A partir del 17 de febrero, Adolphe Thiers se instaló, como jefe del gobierno, en Versalles, la residencia de los reyes. La masa de trabajadores y trabajadoras y de la pequeña burguesía estaba decidida a defender París frente al ejército prusiano, pese a la enorme penuria que sufría la ciudad sitiada: paro masivo, hambre, frío. La peor parte recayó en las mujeres, que ya desde antes llevaban todas las de perder: cobraban salarios más bajos y se veían oprimidas y acosadas de muchas maneras.

La Guardia Nacional, formada mayoritariamente por trabajadores, era el brazo armado de la población parisina. Thiers exigía la capitulación, y su intento del 18 de marzo de desarmar este cuerpo, que en aquel momento contaba probablemente con unos 180.000 hombres, sentó como una enorme provocación. Así comenzó la insurrección del pueblo de París. El papel de avanzadilla de las mujeres en la respuesta a la ofensiva contra el París republicano no fue fruto de la casualidad.

“Bellos animales”

La efervescencia democrática radical y social se hizo notar meses antes del estallido de la guerra franco-alemana, sobre todo en París. Louis Bonaparte (Napoleón III) emprendió su guerra de agresión precisamente para parar los pies a esta efervescencia. Sin embargo, después de defenderse con éxito, el ejército comandado por Prusia pasó al ataque, y la aventura bonapartista acabó estrepitosamente.

Meses antes, muchas mujeres habían comenzado a participar en el movimiento republicano y social, a reunirse por su cuenta y crear organizaciones propias. El 8 de septiembre de 1870, un grupo de mujeres, con André Léo (Léodile Champeix) y Louise Michel a la cabeza, se manifestaron delante del ayuntamiento y pidieron armas para luchar contra los prusianos. El 7 de octubre, estas mujeres reclamaron su derecho a participar en los combates en primera línea, para asegurar la atención a los heridos. Las posiciones contrarias a la participación de las mujeres en el bando republicano y socialista-comunista –en particular, Proudhon estaba estrictamente en contra, e incluso había llegado a afirmar que las mujeres son “bellos animales, pero animales”– comenzaron a desmoronarse.

El combate de la Comuna, proclamada el 18 de marzo, se desarrolló en dos frentes al mismo tiempo: contra los sitiadores prusianos y contra el gobierno traidor de Versalles. Además, se intentó resolver los problemas sociales más acuciantes y construir un mundo nuevo en medio de una situación angustiosa, un mundo en que el pueblo trabajador tomaba las riendas de su propio destino. Difícilmente se podía rechazar la implicación de las mujeres en la solución de todos estos problemas.

El Comité Central de la Guardia Nacional asumió al principio el mando del París revolucionario y organizó elecciones al consejo municipal, la Comuna, elecciones que tuvieron lugar el 26 de marzo. El 28 de marzo se proclamó públicamente la Comuna. A partir del 29 de marzo funcionaban diez comisiones, que elaboraban propuestas que sometían a la aprobación del consejo. Entre ellas, cabe citar la separación de Iglesia y Estado; escuela laica y gratuita, obligatoria para niños y niñas; derecho al trabajo remunerado; concesión de la nacionalidad a inmigrantes; confiscación de viviendas vacías para personas sin hogar; asistencia letrada gratuita; socialización de las empresas abandonadas por sus propietarios, autogestionadas por cooperativas creadas por el personal.

 

Las medidas de la Comuna

 

Una serie de resoluciones de la Comuna mejoraron la situación de las mujeres. Estas podían obtener el divorcio de sus maridos mediante una simple declaración de voluntad y recibían apoyo material de la Comuna hasta que decidiera el tribunal. Maestras y maestros percibían el mismo salario. Las compañeras de guardias nacionales caídos en combate recibían de la Comuna la misma indemnización que las mujeres casadas.

Los representantes electos estaban obligados a rendir cuentas ante su electorado y sus cargos eran revocables en todo momento; el consistorio se consideraba poder legislativo y poder ejecutivo al mismo tiempo, y percibían para su sustento la cantidad equivalente al salario medio de un obrero. Las mujeres no tenían derecho de voto en la Comuna, pero no cabe duda de que esta habría implantado finalmente este derecho si hubiera tenido más tiempo. En los niveles de representación inferiores, en los distritos y en numerosas entidades, muchas mujeres ostentaban cargos de dirección y desempeñaban funciones importantes.

Las actividades de las mujeres en la Comuna y para la Comuna eran muy variadas, tanto que no podemos enumerarlas todas aquí. Participaban en la defensa, el abastecimiento y en la solución de todos los problemas cotidianos imaginables. El 21 de mayo, las tropas de Thiers entraron en París, después de haber bombardeado la ciudad repetidamente. Numerosas mujeres combatieron en las barricadas. Docenas de ellas caerán prisioneras y serán maltratadas y masacradas. Es imposible saber cuántas de ellas figuraban entre las 20.000 a 30.000 personas muertas.

La contrarrevolución furibunda practicó la venganza, y no solo por la vía judicial. El 29 de mayo proclamó su victoria. Oficialmente hubo 26 penas de muerte, 4.213 deportaciones a Nueva Caledonia y alrededor del mismo número de penas de prisión y trabajos forzados. Louise Michel fue condenada a nueve años de deportación. Otras ingresaron en prisión, con condenas que oscilaban entre seis días y a perpetuidad; la pena más frecuente ascendía a cinco años. 3.000 comuneros y comuneras lograron escapar al exilio.

Karl Marx escribió que la Comuna de París era “la forma política por fin descubierta en la que puede producirse la emancipación económica del trabajo”. En comparación con épocas posteriores –o con Inglaterra en el mismo periodo–, las factorías e industrias, y con ellas las plantillas, eran pequeñas en aquel entonces. A pesar de ello se demostró que era posible construir, organizando la solidaridad, una comunidad que era al mismo tiempo una dictadura revolucionaria y una democracias radical, participativa, modelo de todas las tentativas posteriores de establecer una democracia de los consejos.

Autoemancipación

Las democracias parlamentarias burguesas son formas más o menos encubiertas de gobierno del capital. Una alternativa democrática socialista solo puede surgir desde abajo, basada en la autoorganización democrática de la clase trabajadora, junto con todos los sectores explotados y oprimidos. Estas estructuras no se crean para poner en práctica determinadas ideas preconcebidas, sino para resolver problemas concretos en la lucha contra la explotación y la opresión. Cuando las masas comienzan a inmiscuirse en las instancias en que se decide su destino, surge la oportunidad de implantar un orden político alternativo.

El legado todavía vigente en nuestros días de la Comuna de París incluye la noción de que este movimiento, que aspira a la emancipación universal, es impensable sin la participación masiva de las mujeres, que se autoorganizan en el movimiento, participan en él y en él hacen valer sus propios intereses. La clase asalariada solo puede emanciparse por sí misma. Al mismo tiempo, solo puede autoemanciparse eliminando todas las formas de dominio de personas sobre personas. Por tanto, acabar con la opresión, la discriminación y el menoscabo de las mujeres es parte integrante de las aspiraciones socialistas y comunistas.

La experiencia de la Comuna de París también enseña que las mujeres necesitan organizarse por sí mismas, pues por mucho que su liberación redunde objetivamente en interés de los hombres explotados y oprimidos, en cualquier situación de desigualdad social hay que superar la resistencia de quienes quisieran colocarse a pesar de todo por encima de otras personas.

Marzo de 2021

https://www.sozonline.de/2021/03/vor-150-jahre

1/ En castellano: Hippolyte Prosper-Olivier Lissagaray, La Comuna de París, Editorial Txalaparta (Tafalla, 2004).

Fuente: https://vientosur.info/las-mujeres-en-la-comuna-de-paris/

 

LAS LUCHADORAS DE LA COMUNA DE PARÍS DE 1871

Barricada de la Plaza Blanche de París, el 19 de marzo de 1871, en un dibujo de Jean-Baptiste F. Arnaud-Durbec.

 

   LAS MUJERES COMUNERAS EN PARÍS, 1871


“El 18 de marzo de 1871 fueron las mujeres las que decidieron el resultado de la jornada al dirigirse a los soldados impulsándoles a negarse a disparar y a fraternizar con la población. Durante toda la Comuna, un número impresionante de mujeres participaron en esa hoguera social. Por esa razón se han difundido numerosas calumnias, mentiras, libelos difamadores y leyendas absurdas en su contra. En mucha mayor medida que a los comuneros, se las ha ensuciado, censurado y marcado al rojo vivo, lo que es una segura y luminosa señal de su participación activa en la Revolución del 18 de marzo. Se las trató de hembras, lobas, harpías, borrachas, ladronas y bebedoras de sangre. Se daba de ellas una imagen caracterizada por sus «malos instintos», su «conducta inmoral», su «reputación detestable». Se dijo que habían dado licor envenenado a los soldados. Se les atribuía llevar moños incendiarios -diseñados por Edouard Vaillant- empapados con materias inflamables y que, lanzados a los sótanos, podían provocar un incendio a la menor chispa que saltase. Se les atribuyó también tener como misión especial el incendio de París, ayudadas por el petróleo, convertido en «líquido diabólico de los miembros de la Comuna». (Maurice Dommanget, 1923)

Las mujeres en la Comuna de París

Para analizar la actuación de las mujeres parisinas en la insurrección de la Comuna de 1871, es oportuno remontarse a 1848 —año también revolucionario en Francia— para comprender mejor el espíritu combativo de las sublevadas, pues entonces se forjó lo que después afloraría en movimiento generador de esperanzas igualitarias. Nos servirán de ejemplos ilustrativos de aquellos antecedentes, artículos de efímeros órganos de prensa como La Voix des Femmes (marzo-junio de 1848) y Politique des Femmes y Opinion des Femmes (ambos de otoño-invierno del mismo año), textos escritos por mujeres y para mujeres que revelan la amplitud de un feminismo de difusa ideología que, incubado en 1789, encontraría en las jornadas del ’48 un medio y una escena donde afirmarse.


La Voix des Femmes, con el subtítulo de socialista y político, órgano de los intereses de todas, ofrece un ideario más proclive al sansimonismo que al blanquismo o prudhomismo y recoge temas y vocabularios comunes a las luchas obreras. Sus autoras se niegan a agruparse entre mujeres y a especializarse en y sobre la condición femenina dentro de los grupos ya existentes, convencidas de que la lucha de las mujeres es un apéndice necesario, pero secundario, de una política de subversión. Para Politique des Femmes, en cambio, es un error el creer que mejorando la situación de los hombres se mejora, automáticamente, la de las mujeres, ya que si bien algunas tienen a sus maridos de intermediarios entre ellas y la sociedad, hay muchas otras mujeres solas, aisladas, sans homme.


Ambos periódicos, para demostrar que no pretenden enfrentar al hombre con la mujer, admiten en sus páginas colaboradores masculinos (como Hugo, Macé y el hijo de la directora de La Voix, Niboyet) y ser financiados por el banquero sansimoniano Rodrigues. Ambos hablan de emancipación y no de liberación de la mujer, encomian las buenas costumbres —que son la fuerza de las Repúblicas— y atribuyen su desempeño a las mujeres, afirman que en nombre de nuestros deberes reclamamos nuestros derechos y que al moralizar a las mujeres moralizamos a los hombres y sostienen, en fin, que la mujer recibió una doble potestad de creación, una física y otra moral, el alumbramiento y la regeneración.


La Voix admira a Pauline Rolland. En su número 4 pondera el caso de una obrera que lleva a su marido —de servicio en una unidad combatiente— la cena y que coge el arma y monta la guardia mientras el marido come y en su número 37 rinde homenaje a las revolucionarias de 1830, apóstoles de la emancipación femenina, pero observa que cuando Enfantin intentó proclamar la mujer libre, la concibió como sacerdotisa del porvenir, odalisca indolente, mujer ignorante y sensual, renegando así de su maestro y rompiendo con el primer discípulo, Rodrigues. Igual reparo señala al informar de Las Vesuvianas, legión de jóvenes muchachas de quince a treinta arios, obreras pobres desheredadas que se organizan en comunidad, y precisa que aunque se las designe con ese nombre para ridiculizarnos, estamos dispuestas a rehabilitarlo porque pinta maravillosamente nuestro pensamiento. Solamente la lava tan largo tiempo retenida, debe extenderse por todas partes: no es incendiaria, sino regeneradora.

Podrá deducirse de estas citas que aún no existe una ortodoxia y una línea de conducta claramente definida, mas es indudable que el trabajo de captación y encuadramiento intelectual de la mujer permitió su radicalización y la explosión communard. A Desirée Gay, directora de Politique des Femmes; a Jeanne Deroin y a Pauline Rolland, cofundadoras de Unión de Asociaciones Obreras, por lo que irán a la cárcel; a Elisa Lemonnier, que crea la Enseñanza Profesional para muchachas, y a Eugénie Niboyet, directora de La Voix y autora de Le vrai livre des femmes, sucederán otras mujeres, intelectuales y obreras, con energías renovadas.

Las mujeres se organizan

La adhesión de las mujeres a la Comuna se explica en que la mayoría de ellas nada tenían que perder y mucho que ganar. Su condición queda magistralmente descrita por Víctor Hugo: El hombre puso todos los deberes del lado de la mujer y todos los derechos del suyo, cargando de manera desigual los dos platillos de la balanza (…). Esta menor, según la ley, esta esclava , según la realidad, es la mujer. Su situación había empeorado con el Bajo Imperio y sufría más a medida que adquiría conciencia de su valer y de la progresiva disminución de su salario. De ahí que se incrementase la presencia de obreras —al lado de las intelectuales— en manifestaciones, reuniones y asociaciones.


Hacia 1870, París cuenta con ciento veinte mil obreras aproximadamente, de las que la mitad trabajan en la costura y unas seis mil en la fabricación de flores artificiales. El Journal des Demoiselles, dirigido a mujeres acomodadas, solicita de ellas una attention charitable para las pobres muchachas que manejan la aguja, cuya escala de salarios va de los cinco francos hasta los quince céntimos por día. Hay que contar con un salario de dos francos, término medio, por jornada de trabajo de trece horas. Pero, además, las pocas que ganan cinco francos diarios suelen cobrar unos quinientos anuales, dada la precariedad de los empleos, el alza de los artículos alimenticios y la subida el precio de los alojamientos, con lo que una obrera gana justo par a sobrevivir, no más.


Desde 1860, en que aparece La femme aff-ranchie de en D’Héricourt, el feminismo organizado se extiende y nacen los Comités de Mujeres fundados por Jules Allix, un amigo de Hugo condenado por el Imperio e internado como loco en Charenton por haber propuesto diversas reformas sociales. Figuran en esos Comités la pareja de Hugo, Juliette Drouet y André Léo —que se integrarán posteriormente en la Unión de Mujeres Para la Defensa de París y la Ayuda a los Heridos—; Marie Deraisme, que después fundará la Orden másonica mixta El Derecho Humano; Nathalie Lemel, Marguerite Tinayre, Paule Minck, y Louise Michel, la virgen negra. Casi todas proceden de la burguesía, pero han abandonado su clase para permanecer libres y militar por la liberación de la mujer. Muchas trabajan de institutrices o encuadernadoras. Dedican la noche a reuniones, conferencias y creación de comités, gracias a lo cual conectan con socialistas y republicanos de oposición.


Mas si las mujeres se afanan en la Revolución porque ésta puede darles sus derechos, los hombres, por muy socialistas o republicanos que sean, conservan sus prejuicios desfavorables hacia ellas. Los prudhomianos, recuerdan que su maestro ha sentenciado en Amour et Mariage la definitiva e irremediable inferioridad de la mujer. Y pese a que la Internacional, en 1866, presenta un informe contrario al trabajo femenino, las mujeres siguen luchando en la Internacional, donde, al menos, tienen el apoyo de Varlin, que funda, con Nathalie Lemel, La Marmite, para ofrecer a los obreros alimentos más baratos.


Este movimiento de emancipación afecta, igualmente, a la Francmasonería francesa que, Congreso tras Congreso —o Convento— se ocupará de las reivindicaciones femeninas. Marie Deraisme, al iniciarse en una Logia de Le Pecq —en medio de un formidable escándalo— declara: La mujer es una fuerza que no se puede destruir ni reducir. Se la puede desviar, pervertir, pero comprimida por un lado, la mujer se va hacia el otro con mayor intensidad y violencia. Si no halla una salida, se exaspera, se descompone, es un exceso que desborda. A su manera, la Masonería participará en la Comuna ofreciendo una ambulancia, concurriendo —por vez primera en su historia— a manifestaciones callejeras con sus banderas y atributos y tratando de dialogar con los versalleses, algunos de ellos también masones.

Entrada en fuego

Son mujeres las que en la mañana del 16 de marzo de 1871 plantan cara a las tropas taponando las calles y mezclándose con los soldados, a los que piden que confraternicen con los ciudadanos. Louise Michel se distingue entre ellas. Todo ha empezado la noche anterior, cuando Thiers ha ordenado a las tropas apoderarse de los cañones de Montmartre y Belleville que los parisienses habían comprado por suscripción popular.


Es la señal de insurrección, el episodio dramático —quizá el más heroico— de la guerra de 1870. Se trata de una reacción frente a una sociedad determinada, contra el Segundo Imperio hipócrita y explotador y frente a una clase, la incipiente burguesía industrial . En el impulso se acumulan toda una selle de reclamos y agravios suscitados por la ceguera, el espíritu reaccionario y las inicuas disposiciones adoptadas contra París por una Asamblea Nacional, reflejo de la Francia de principios de 1871. En un llamamiento a los soldados del Ejército Versalles, dice la Comuna: Combatimos para evitar que nuestros hijos se vean un día obligados a soportar el yugo, como vosotros ahora, del despotismo militar (…) . Cuando la consigna es infame, desobedecer es un deber.


La Comuna toma medidas favorables a los pobres. La muchedumbre se precipita por la plaza Wagram, se apodera de 227 cañones y ametralladoras que, según las convenciones de Versalles, no han de controlar los alemanes y al grito de A Montmartre, allí nos defenderemos, marchan con las mujeres a la cabeza. En algunas iglesias se reúnen, por un lado, fieles, y, por otro, las mujeres del barrio, con lo que en el mismo recinto pueden escucharse simultáneamente la misa y un debate sobre la prostitución. La Comuna, francamente anticlerical, proporcionará mártires a la Iglesia: visto que los sacerdotes son bandidos y que las guaridas donde han asesinado moralmente a las masas sometiendo a Francia a las garras del infame Bonaparte (…) El delegado civil de las Carriéres ordena que la Iglesia sea cerrada y decreta la detención de los curas y de los ignorantes. Esto puede leerse en carteles pegados por las autoridades en algunos barrios y también en esta cuestión presionan las mujeres para que se considere a los curas auxiliares de la Monarquía y el Imperio.


El Diario Oficial del 11 de abril publica un Llamamiento a los ciudadanos de París: No más derechos sin deberes, no más deberes sin derechos. Queremos el trabajo pero para conservar su producto. No más amos ni explotadores. Trabajo y bienestar para todos. Gobierno del pueblo por el pueblo. Seguidamente se explica que la forma mejor de defender a los que se ama no es dimitir, sino luchar, porque el enemigo es despiadado: ciudadanos, hay que vencer o morir. Y termina convocando una reunión a las ocho de la noche en la sala Larched, calle del Templo. En esta reunión, muy concurrida, se constituye la Unión de las Mujeres para la Defensa de París y la Ayuda a los Heridos. Componen su Consejo Provisional siete obreras (Adélafd e Valentin, Noémie Colleville, Marquant, Sophi e Graix, Joséphine Prat, Céiine y Aimée Delvainquier) y la rusa Elisabeth Dmitrief, hija de un oficial zarista. Dmtrief Ha participado en Suiza en la creación de la sección rusa de la Internacional y se ha relacionado en Londres con Karl Marx, quien la ha enviado a París en marzo de 1871 como representante del Consejo General de la Internacional. Ehsabeth combatirá en París y será herida, en compañía de Fránkel, en el Faubourg St . Antoine.


Semanas más tarde se constituye el Ejecutivo, con cuatro obreras (Nathalie Lémel, Blanche Lefévre, Marie Leloup y Aline Jacquer) y tres mujeres más: Dmitrief, Aglaé Jarry y Madame Collin. Su intención es organizar a las mujeres y situarlas a igual nivel de responsabilidad que los hombres, poniéndolas al servicio de las ambulancias, de las cocinas y de las barricadas. El 6 de mayo, la Unión señala a los dirigentes de la insurrección: Hoy una conciliación sería una traición. Sería renegar de todas las aspiraciones obreras. La lucha no puede tener otra salida que el triunfo de la causa popular (…) París no retrocederá porque tiene la bandera del porvenir. Y la declaración concluye así: Pedimos actos, energía. El árbol de la libertad crece regado por la sangre de sus enemigos.

Lucha callejera

Mientras Dmitrief dirige la Unión, la maestra Louise Michel pelea como simple soldado en el batallón número 61 en Issy y en Les Moulineaux y, por la noche, habla en los círculos mostrando sus dotes de animadora calurosa y convincente.


Durante la manifestación de masones, que con setenta banderas al viento marchan hacia la Puerta Maillot con el propósito de enviar al otro lado de las líneas de fuego a tres hermanos de la Orden, con los ojos vendados, para pedir el cese de las hostilidades, el público se sorprende por la presencia en la comitiva, entre los seis mil masones de las 55 Logias de la región parisiense, de afiliadas vestidas de blanco. Las Mujeres Patriotas de Belleville y de Montrouge proclaman que los hombres son cobardes (…) un montón de imbéciles. Que se vayan con los versalleses y nosotras defenderemos la ciudad. Las mujeres, en efecto, se organizan en batallones y pelean al lado de los hombres. Las mujeres defienden el Panteón, la calle Mouffetard, la calle Racine (…) Un batallón de mujeres perecerá completo tras defender la barricada de la Place Blanche y retirarse luego al Chateau D’Eau.


Mas no sólo se ocupan de pelear. André Léo, Jaclard y Périer, acompañadas de Eliseo Reclus y Sapia, forman la Comisión encargada de organizar y vigilar la enseñanza en las escuelas de chicas, implantando la laicización y la gratuidad. El trabajo realizado fue inmenso, habida cuenta de las dificultades derivadas de la situación excepcional y de la importancia de las escuelas confesionales: 257.000 niños en edad escolar; 71.800 en las escuelas comunales; 87.000 en centros religiosos; 15.000 en liceos y colegios, y 80.000, aproximadamente, fuera de los circuitos escolares.


Destaquemos la intervención de Louise Michel ante los tribunales. Tras pasar por un sinfín de cárceles, acude al sexto Consejo de Guerra y se niega a nombrar un defensor: Pertenezco enteramente a la revolución social y declaro asumir la responsabilidad de mis actos. Lo que reclamo de ustedes (…) que se pretenden jueces (…) es el campo de Satory donde ya han caído mis hermanos. Puesto que, al parecer, todo corazón que lucha por la libertad no tiene derecho más que a un poco de plomo, yo reclamo mí parte. Si me dejan con vida, no cesaré de gritar venganza. Interrumpida por el presidente del Consejo, Louise Michel replica: He terminado. Si no son unos cobardes, mátenme. Finalmente Louise Michel será condenada al destierro y se la deporta a Nueva Caledonia, de donde regresará en 1880. Durante veinticinco años seguirá luchando.

 

MANIFIESTO DE LA UNIÓN DE MUJERES. COMUNA DE PARÍS

 

REPÚBLICA FRANCESA

LIBERTAD IGUALDAD FRATERNIDAD

COMUNA DE PARÍS

MANIFIESTO

DEL COMITÉ CENTRAL DE LA UNIÓN DE MUJERES PARA LA DEFENSA DE PARÍS Y LOS CUIDADOS A LOS HERIDOS

En nombre de la Revolución social que aclamamos, en nombre de la reivindicación de los derechos del trabajo, de la igualdad y de la justicia, la Unión de las Mujeres para la defensa de París y los cuidados a los heridos protesta con todas sus fuerzas contra la indigna proclama a las ciudadanas, aparecida y pegada como cartel ayer, proveniente de un grupo anónimo de reaccionarias.

La citada proclama sostiene que las mujeres de París llaman a la generosidad de Versalles y piden la paz a cualquier precio…

¡La generosidad de los cobardes asesinos!

¡Una conciliación entre la libertad y el despotismo, entre el Pueblo y sus verdugos!

¡No, no es la paz, sino la guerra a ultranza lo que las trabajadoras de París están reclamando!

¡Hoy, una conciliación sería una traición! … Sería renegar de todas las aspiraciones obreras que aclaman la renovación social absoluta, la destrucción de todas las relaciones jurídicas y sociales existentes actualmente, la supresión de todos los privilegios, de todas las explotaciones, la substitución del reino del capital por el del trabajo, en una palabra, ¡la emancipación del trabajador por sí mismo!…

Seis meses de sufrimientos y de traición durante el sitio, seis semanas de lucha gigantesca contra los explotadores coaligados, ríos de sangre derramada por la causa de la libertad ¡son nuestras credenciales de gloria y de venganza!…

La lucha actual no puede tener más resultado que el triunfo de la causa popular… París no retrocederá porque porta la bandera del porvenir. La hora suprema ha llegado… ¡paso a los trabajadores, fuera sus verdugos!…

¡Actos! ¡Energía!

¡El árbol de la libertad crece regado por la sangre de sus enemigos!…

Todas unidas y resueltas, curtidas y esclarecidas por los sufrimientos que las crisis sociales arrastran siempre con ellas, profundamente convencidas de que la Comuna, representante de los principios internacionales y revolucionarios de los pueblos, lleva en ella los gérmenes de la revolución social, las Mujeres de París probarán a Francia y al mundo que ellas también sabrán, en el momento del peligro supremo – en las barricadas, en las murallas de París, si la reacción forzara las puertas- dar como sus hermanos su sangre y su vida ¡por la defensa y el triunfo de la Comuna, es decir, del Pueblo!
Entonces, victoriosos, en condiciones de unirse y entenderse en base a sus intereses comunes, trabajadores y trabajadoras, todos solidarios, con un último esfuerzo ¡aniquilarán para siempre todo vestigio de explotación y de explotadores!…

¡VIVA LA REPÚBLICA SOCIAL Y UNIVERSAL! …

¡VIVA EL TRABAJO! ¡VIVA LA COMUNA!

La Comisión ejecutiva del Comité central,

París, 6 de mayo de 1871

LE MEL,
JACQUIER,
LEFEVRE,
LELOUP,
DMITRIEFF.

 


Origen de los textos: Fragmento de Maurice Dommanget, Transversales, nro. 30. Las mujeres en la Comuna de París, mujeresadelante, nro. 11.  Manifiesto de Unión de Mujeres y cartel, Germinal.

 

Fuente: http://comunizar.com.ar/las-mujeres-comuneras-paris-1871/

 

LAS LUCHADORAS DE LA COMUNA DE PARÍS DE 1871

Por werken rojo

 

6 marzo, 2021

 

5 de marzo de 2021

Cécile Rimboud, Gauche Révolutionnaire (CIT en Francia)

Este año se celebra el 150º aniversario de la Comuna de París, cuando durante unas breves pero heroicas semanas la clase obrera tomó el poder por primera vez. En las inmortales palabras de Karl Marx, las masas “asaltaron el cielo”.

En circunstancias extremadamente peligrosas, los trabajadores parisinos intentaron reorganizar la sociedad, abolir la explotación y la pobreza, antes de caer bajo una feroz contrarrevolución (para más información en ingles sobre la Comuna de París: https://www.socialistworld.net/2012/03/18/paris-commune-1871-when-workers-stormed-heaven-2/)

Cécile Rimboud, Gauche Révolutionnaire (CIT Francia) describe el papel heroico y clave que desempeñaron las mujeres obreras en esta lucha histórica.

www.socialistworld.net

 “Los simples trabajadores, por primera vez, se atrevieron a infringir el privilegio gubernamental de sus “superiores naturales”… El viejo mundo se retorció en convulsiones de rabia al ver la Bandera Roja, símbolo de la República del Trabajo, flotar sobre el Hôtel de Ville”.

Estas líneas, escritas por Karl Marx, pocos días después del aplastamiento de la heroica insurrección de 1871, en París, ilustran la importancia de lo que estaba en juego. El funcionamiento de la Comuna muestra el carácter profundamente emancipador e innovador de esta revolución. Las mujeres ocuparon un lugar históricamente inédito en la Comuna y obtuvieron un estatus social igual al de los hombres.

“La Comuna, mucho más que el ‘simple’ mito romántico de la revuelta desesperada, al que a menudo se reduce, se caracteriza, sobre todo, por una verdadera serie de medidas que corresponden a un programa revolucionario dedicado a los trabajadores”. Con estas palabras, hace 20 años, L’Égalité (el periódico de la sección francesa del CIT) celebraba el 130º aniversario de la Comuna de París.

Si el desarrollo de una sociedad puede juzgarse por el grado de participación de las mujeres en ella, es sin duda el caso de una revolución. En 1871, las mujeres -especialmente las obreras- desempeñaron un enorme papel en la Comuna de París, a pesar de los importantes obstáculos. Estas heroicas obreras barrieron para siempre la idea de que su emancipación podía producirse al margen de la lucha de clases.


Mujeres proletarias – “Esclavas de los esclavos”

El trabajo femenino ya había desempeñado un papel muy importante en la producción industrial en la década de 1860 en Francia y se había desarrollado muy rápidamente. En 1871, 62.000 puestos de trabajo de los 114.000 empleos industriales estaban ocupados por mujeres. Muchos miles de mujeres trabajaban fuera de la industria: como trabajadoras a domicilio, lavanderas, jornaleras (limpiadoras). Las mujeres (al igual que los niños trabajadores) estaban muy mal pagadas -mucho menos que los hombres- y esto fue utilizado por los empresarios para bajar los salarios.

Las trabajadoras tenían que sufrir un terrible acoso sexual por parte de los jefes (y de algunos de sus compañeros de trabajo) en las fábricas y talleres; el chantaje sexual sobre el empleo era habitual. Los salarios eran tan bajos que muchas mujeres tenían que prostituirse. En sus Memorias, una de las figuras más famosas de la Comuna, Louise Michel, escribió: “El proletario es un esclavo y la más esclava de todas es la esposa del proletario”. ¿Y qué pasa con el salario de las mujeres? Hablemos un poco de ello: no es más que un señuelo”. Las condiciones de las trabajadoras eran realmente atroces.

Victorine Brocher, una obrera cosedora de botas que fue muy activa en la defensa de París más tarde, escribió en sus “Memorias de una mujer muerta en vida”:

“He visto a pobres mujeres trabajando doce y catorce horas al día por un salario irrisorio, teniendo padres ancianos e hijos a los que han tenido que dejar atrás, encerrándose durante largas horas en talleres insalubres donde nunca penetra ni el aire, ni la luz, ni el sol, pues están iluminados con gas; en fábricas donde son empujadas como rebaños de ganado, para ganar la modesta suma de dos francos al día, sin ganar nada los domingos y los días festivos.

“A menudo, pasan la mitad de la noche arreglando la ropa de la familia; también tienen que ir al lavadero a lavar la ropa los domingos por la mañana. ¿Cuál es la recompensa para estas mujeres? A menudo, ansiosa, espera a su marido que ha estado merodeando en el local de copas vecino y sólo vuelve a casa cuando se ha gastado las tres cuartas partes de su dinero. … El resultado: la miseria o la prostitución. Un escritor (Idriss Al-‘Amraoui, emisario del sultán de Marruecos) dijo una vez: ‘París es el paraíso para las mujeres y el infierno para los caballos’. Yo digo: ‘París es el paraíso de las medio-socialistas y de los caballos de lujo, el infierno de los trabajadores honestos y de los caballos en carruaje”.

Durante los últimos años del Imperio, algunas trabajadoras se agitaron contra estas terribles condiciones. Las más avanzadas políticamente, que más tarde se agruparían en la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT), empezaron a agitar y ser activas en los sindicatos. Nathalie Le Mel, encuadernadora bretona y líder del sindicato de encuadernadores, se unió a la AIT después de la huelga de 1865 que consiguió la igualdad salarial, independientemente del sexo, para los encuadernadores parisinos.

Reaccionario

Estos activistas tenían muchos adversarios, y no sólo eran los jefes. La mayoría del movimiento obrero de la época, incluida la políticamente heterogénea IWMA, no apoyaba a las trabajadoras. Entre otros, Jean-Baptiste Proudhon, autodeclarado anarquista y diputado después de las revueltas de 1848, tenía una posición muy reaccionaria. Proudhon sostenía que las mujeres eran en realidad inferiores a los hombres.

En “La justicia en la revolución y en la iglesia” (1860), Proudhon escribió escandalosamente: “En sí misma, la mujer no tiene razón de ser; es un instrumento de reproducción… La mujer sigue siendo … inferior al hombre, una especie de medio entre él y el resto del reino animal. … El hombre será el amo y la mujer obedecerá. Dura lex, sed lex (Por dura que sea, es la ley) … La mujer está fatal y legalmente excluida de toda dirección política, administrativa, doctrinal e industrial”.

La posición común de que “las mujeres deben quedarse en casa” fue defendida por la mayoría de la delegación francesa en el Congreso de la IWMA de 1866, aunque algunos dirigentes, como Eugène Varlin y Antoine Bourdon, se opusieron. Presentaron una resolución en el Congreso en la que se afirmaba que: “Las mujeres necesitan trabajar para vivir honradamente, por lo tanto, debemos tratar de mejorar su trabajo en lugar de abolirlo”. La resolución fue rechazada. El movimiento obrero francés no defendía entonces la mejora de las condiciones de las trabajadoras, sino el llamamiento abstracto a la “abolición” del trabajo femenino. En este sentido, la resolución de Varlin y Bourdon, en cambio, en el Congreso de la AIT de 1865, fue progresista. Estas figuras del movimiento obrero francés, entre ellas las marxistas, desempeñaron un papel fundamental en la lucha por los derechos de la mujer.

Léodile Champaix, que adoptó el seudónimo de André Léo, era miembro de la AIT, en aquella época, y escritora. Comentó: “En esta cuestión, los revolucionarios se vuelven conservadores”. Señaló lo irónico que resultaba que quienes pretendían luchar por la libertad defendieran “un pequeño reino para su uso personal, cada uno en su casa”.

Esta visión reaccionaria seguía siendo la posición dominante en el movimiento obrero, así como entre la mayoría de la clase obrera de Francia, en aquella época. Hipócritamente, la ideología dominante condenaba el trabajo de las mujeres y les exigía ser meras amas de casa privadas de todo derecho. Al mismo tiempo, la sociedad hacía imposible ese papel para las mujeres de la clase obrera: ya se veían arrastradas a la industria pesada y sufrían terriblemente la explotación y la pobreza.

Opiniones opuestas a la burguesía

En la segunda parte de la década de 1860, se produjeron huelgas por el salario en todo el país. Aquí y allá, se publicaron periódicos y revistas para discutir los derechos de las mujeres. Un ejemplo fue la revista bimensual “Women’s Rights”. Su objetivo era discutir “la emancipación moral, intelectual y civil de las mujeres – como hijas, como esposas y como madres”, pero no la emancipación financiera, ¡y no las mujeres como trabajadoras!

Estas revistas eran elaboradas en su mayoría por burgueses y burguesas, que no animaban a las mujeres, en general, a organizarse o a emprender acciones políticas. Al contrario, en julio de 1869, el periódico “Women’s Rights” comentaba “No les decimos [a las mujeres] que ha llegado el momento de reclamar su parte de esos derechos políticos… porque su educación no las ha preparado para las virtudes especiales que requiere la acción política”. Cuán equivocados estaban al comprobar la acción heroica de las obreras parisinas, menos de dos años después de esta indignante declaración.

Por otra parte, Karl Marx y los socialistas científicos siempre habían apoyado los derechos de las mujeres y de las trabajadoras. Y aunque eran minoritarios en Francia, en aquella época, hicieron todo lo posible para ayudar a las trabajadoras a organizarse y luchar. No sólo por la emancipación y la igualdad, sino para que el movimiento obrero cambiara su posición y defendiera a las mujeres de la clase obrera.

Una joven colaboradora de Marx fue Elisabeth Dmitrieff. Fue activista en Rusia antes de emigrar a Suiza, donde ayudó a fundar la sección rusa de la IWMA. Sólo tenía 21 años cuando fue a París para conseguir apoyo para las ideas del socialismo científico, especialmente entre las mujeres. La emancipación de la mujer, sostenía, pasaría por la emancipación de todo el proletariado. Una de las tareas era, pues, despertar la conciencia de clase de las trabajadoras parisinas para atraerlas a la lucha revolucionaria.

Las socialistas no se preocupan únicamente por las cuestiones relativas a la condición de las trabajadoras. Las activistas, miembros de la IWMA, y otras, también estaban entre las que se tomaban más en serio el éxito de la propia Comuna.

André Léo, por ejemplo, fue implacable en sus intentos de convencer al pueblo de París y a los miembros de la Comuna de que el aislamiento de la lucha en París y la alienación del campesinado serían fatales. El 9 de abril de 1871, escribió: “En las provincias hay peligro, hay un desastre. París en este momento odia y maldice a las provincias y las provincias odian y maldicen a París. Se ha levantado entre ellas una montaña de mentiras y calumnias”.

Junto con Auguste Serrailler, miembro de la IWMA y de la Comuna, “Leo” trabajó, desgraciadamente sin éxito, para que se aprobara un decreto sobre la abolición de las deudas hipotecarias, que habría suscitado un gran apoyo entre el campesinado: las deudas hipotecarias de los pequeños propietarios de tierras se habían disparado hasta un total de 14.000 millones de francos

Las mujeres en la defensa militar de París

En su famosa narración, Historia de la Comuna de 1871, Pierre-Olivier Lissagaray escribió que el 18 de marzo, al comienzo de la insurrección “Las mujeres fueron las primeras en actuar, como en los días de la Revolución (de 1789)… Las del 18 de marzo, endurecidas por el asedio, no esperaron a los hombres: habían tenido una doble ración de miseria”. Las mujeres empezaron a organizarse rápidamente. Se libra una batalla para que las mujeres se incorporen oficialmente a la defensa militar de París.

 


Por supuesto, las mujeres no habían esperado ninguna orden oficial para defender París y la revolución; miles de ellas ya habían participado en la defensa de París durante su asedio por el ejército prusiano. Se crearon varias organizaciones femeninas de defensa. Louise Michel, André Léo y otras organizaron servicios de “ambulancias” (paramédicos) y distribución de alimentos y ropa.

El 8 de mayo, Léo, en un artículo bastante pesimista titulado “La revolución sin la mujer”, protesta contra la hostilidad del general Dombrowski y otros a la integración de las paramédicas de Montmartre en el ejército y en los puestos de avanzada: “¿Sabe usted, general Dombrowski, cómo se hizo la Revolución del 18 de marzo? Por las mujeres. Al amanecer, las tropas habían sido enviadas a Montmartre. El pequeño número de la Guardia Nacional que custodiaba los cañones de la plaza Saint-Pierre fue tomado por sorpresa, y los cañones estaban siendo retirados.” relató Louise Michel: “Las mujeres cubrieron los cañones con sus cuerpos”.

Lissagaray escribe: “La actitud de las mujeres durante la Comuna fue admirada por los extranjeros y enfureció a los versalleses”. Diez mil obreras lucharon durante la “Semana de la Sangre”. La 12ª Legión de la Comuna tenía incluso un contingente femenino.

La Asociación de Mujeres

En los días heroicos de la Comuna de París se crearon varias organizaciones de mujeres. En particular, el 11 de abril se creó la “Union des femmes pour la défense de Paris et les soins aux blessés” (Asociación de mujeres para la defensa de París y el cuidado de los heridos). Sus miembros se ponen a disposición de la Comuna y están dispuestos a “luchar y vencer, o morir”.

Con motivo de la fundación de la Unión de Mujeres, se publicó un manifiesto en forma de discurso dirigido a la Comisión Ejecutiva de la Comuna, publicado en el Diario Oficial de la Comuna el 13 de abril.  El discurso decía: La Comuna representa un gran principio al proclamar la aniquilación de todo privilegio, de toda desigualdad, y por el mismo (principio) se compromete a tener en cuenta las justas reivindicaciones de toda la población, sin distinción de sexo, distinción creada y mantenida por la necesidad de antagonismo en que se basan los privilegios de las clases dominantes”.

Exigió los medios de organización necesarios para que las mujeres pudieran implicarse realmente en la revolución, como salas en cada distrito donde pudieran reunirse y organizar su actividad política.

La Comuna aceptó esta propuesta. Louise Michel es una de las figuras más conocidas de la Comuna. Pero cabe destacar que, aunque demostró una gran valentía, sus ideas políticas no eran socialistas y, por lo tanto, no desempeñó ningún papel en los intentos de formar sindicatos u organizaciones de mujeres trabajadoras como la Union des Femmes (Asociación de Mujeres). La Asociación de Mujeres era muy activa y estaba bien organizada. Está dirigida principalmente por mujeres trabajadoras y muestra una enorme valentía.

El 18 de mayo, la comisión ejecutiva de la Asociación seguía convocando una asamblea de mujeres con su famoso “Llamamiento a las trabajadoras”. El objetivo era constituir ramas sindicales, cuyas delegadas elegidas formarían, a su vez, la “Cámara Federal de Mujeres Trabajadoras”. La Asociación, con sede en el hermoso ayuntamiento del distrito 10 de París, celebraba reuniones diarias en todos los distritos y organizaba a unas 300 afiliadas.

Elisabeth Dmitrieff, en particular, pretendía utilizar la Asociación de Mujeres para fomentar la organización política de las mujeres en la AIT para luchar por el socialismo. A pesar de la ausencia de mujeres en la propia Comuna, en algunos distritos las mujeres se habían integrado en la administración; en el distrito 9, una mujer llamada Murgès formaba parte del consejo.

La Asociación de Mujeres libró una feroz lucha contra las mujeres burguesas que, a través de carteles y periódicos, propugnaban una propaganda derrotista y desmoralizadora. El 3 de mayo, un cartel decía: “¡Mujeres de París, en nombre de la patria, en nombre del honor, finalmente en nombre de la humanidad, exigid un armisticio!”

La Asociación de Mujeres respondió el 6 de mayo con un cartel: “No es la paz, sino la guerra a toda costa lo que los trabajadores de París vienen a exigir. … ¡Las mujeres de París demostrarán a Francia y al mundo que ellas también sabrán … dar su sangre y su vida, como sus hermanos, por la defensa y el triunfo de la Comuna! … ¡Entonces, victoriosos, capaces de unirse y ponerse de acuerdo sobre sus intereses comunes, los hombres y las mujeres trabajadores, todos solidarios, por el último esfuerzo, destruirán para siempre todos los vestigios de la explotación y de los explotadores!”

Una gran inspiración

Durante esta revolución de dos meses se consiguieron muchas medidas muy progresistas para las mujeres, aunque de corta duración. Se consiguió el cierre de los burdeles. La Comuna prohibió la prostitución, considerada como “una forma de explotación comercial de criaturas humanas por otras criaturas humanas”.

Se reconocieron oficialmente las parejas de hecho. A las viudas de los guardias nacionales muertos en combate se les concedió el pago de una pensión, estuvieran o no oficialmente casadas con ellos, y sus hijos, legítimos o “naturales”, fueron reconocidos con una simple declaración.

Las mujeres que solicitan la separación de su pareja también pueden recibir el pago de una pensión. La educación y el cuidado de los niños se revolucionan. La Iglesia y el Estado se separan; los hospitales y las escuelas también se convierten en laicos. Los maestros y las maestras obtienen la misma remuneración.

La preocupación más importante es la escasez de trabajo. Todas las asociaciones de mujeres exigen trabajo al jefe de la Comisión de Trabajo y Comercio de la Comuna, Léo Frankel. Éste respaldó las propuestas de la “Asociación de Mujeres”, incluyendo la requisición de los talleres abandonados y la organización por parte de la Asociación de Mujeres de talleres cooperativos para que las mujeres trabajaran en ellos.

Dimitrieff, en particular, temía que si la Comuna no tomaba medidas audaces para emplear y proporcionar salarios dignos a las mujeres, éstas “volverían a un estado pasivo y más o menos reaccionario que el orden social anterior había creado, fatal y peligroso para los intereses revolucionarios”.

Trágicamente, todas las medidas progresistas se vieron truncadas por la sangrienta arremetida contra París desde Versalles a partir del 21 de mayo.

Las mujeres lucharon heroicamente durante la Comuna de París y su “Semana de la Sangre”. Como dijo Karl Marx “Las verdaderas mujeres de París se mostraron de nuevo: heroicas, nobles y abnegadas… dando alegremente su vida en las barricadas y en el lugar de la ejecución”.

El director del periódico Le Vengeur comentó: “He visto tres revoluciones y, por primera vez, he visto a las mujeres implicarse decididamente, mujeres y niños. Parece que esta revolución es precisamente la suya y que, al defenderla, están defendiendo su propio futuro”.

Miles de personas han muerto durante la “Semana de la Sangre”, pero el heroísmo persiste. “Derrotados pero no vencidos”, fueron las palabras de Nathalie Le Mel, deportada a Nueva Caledonia junto a Louise Michel y otros miles. ¡Qué impresionados podemos estar al ver semejante determinación!

La lucha de las socialistas científicas como Dmitrieff y otras para formar organizaciones de mujeres trabajadoras ante tanta adversidad es realmente un ejemplo y una joya preciada en el arsenal del movimiento obrero mundial.

La Comuna de París y estas mujeres pueden ser una gran fuente de inspiración para todos aquellos que hoy en día buscan acabar con la discriminación y la explotación de las mujeres y de todos los oprimidos. Las mujeres de la Comuna comenzaron a mostrar el camino.

La emancipación de la mujer sólo puede lograrse a través de una lucha común y unida de la clase obrera -hombres y mujeres por igual- con el objetivo de liberar el trabajo del capital y acabar así con todas las formas de explotación.

Fuente: https://werkenrojo.cl/las-luchadoras-de-la-comuna-de-paris-de-1871/