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miércoles, 15 de julio de 2026

“NO CAMBIAMOS PORQUE NOS EXPLIQUEN LO QUE ESTÁ BIEN, CAMBIAMOS CUANDO ALGO TOCA EL DESEO”

 


Entrevista a: AMADOR FERNANDEZ-SAVATER: 

Jul 14, 2026178 visitas0 comentarios

Este 'filósofo pirata' madrileño ha publicado 'La batalla del pensamiento', un compendio de ideas, reflexiones y textos de agitación que recorren los últimos años de militancias y conspiraciones (en positivo).

Pablo Elorduy

Desde hace unos años, al menos desde el 15M, y al menos en Madrid, el nombre de Amador Fernández-Savater aparece en las conversaciones informales sobre lo que nos pasa. El autor de libros como La fuerza de los débiles (Akal, 2021) y Capitalismo libidinal (Ned ediciones 2024) tiene el acierto de pulsar sobre las preguntas, los deseos y los malestares de su generación. Lo ha vuelto a hacer con La batalla del pensamiento, publicado este año por Ned Ediciones, un libro-compendio de fragmentos, entrevistas y reflexiones en los que examina agujeros de sentido como el de las tertulias, la agotadora opinión y otros mecanismos que desactivan el pensamiento. En la minuciosa búsqueda de una verdad como camino y no como emblema, Fernández-Savater no deja de hacer preguntas y ensaya respuestas con el único ánimo de ponerlas en común, con la certeza de que solo mediante la transformación de los nombres que ya no sirven puede darse una lucha que es urgente.

¿Se está convirtiendo la inteligencia artificial en uno de los temas sobre los que piensas últimamente?

Uno publica un libro y luego en las presentaciones, o en lo que los lectores te devuelven, muchas veces descubres, escuchando y leyendo cosas, que el libro también conecta con determinado fenómeno, aunque no lo hubieras pensado antes. En el libro no hay ni una palabra sobre la IA, todos los textos están escritos antes de la explosión de los chatbots. Pero hay una preocupación constante por los automatismos, por la delegación, por las condiciones del pensamiento. Quizá la pregunta que el libro ya hacía era qué tipo de subjetividad estaba formándose para recibir con tanta naturalidad la delegación de tareas de elaboración en una máquina.

También has comentado la inquietud que te generan algunos de los nuevos reyes de la tecnología.

Me llamó la atención descubrir hasta qué punto un tipo como Peter Thiel no actúa solo como empresario o inversor. También crea fundaciones, impulsa centros de investigación, financia revistas, da conferencias, interviene en debates filosóficos y teológicos. Es decir, entiende que el poder no consiste solo en fabricar tecnología, sino también en producir ideas sobre qué es el ser humano, qué es la libertad o qué futuro deseamos. Yo dudaba sobre el título del libro, me preguntaba si la imagen de la batalla no sería demasiado épica, demasiado guerrera. Pero tipos como Thiel lo ven muy claro. Hay una batalla del pensamiento donde se están jugando cosas decisivas.

¿Cómo cuáles?

Si nos tomamos en serio la IA, la radicalidad de las preguntas que pone encima de la mesa nos obliga a pensarlo todo de nuevo, a repensar qué significa conversar, escribir, leer o incluso imaginar. Porque no automatiza únicamente tareas materiales o cálculos, sino que trabaja sobre el lenguaje, y el lenguaje no es una herramienta cualquiera. Es el medio mismo en el que pensamos y vivimos, en el que elaboramos la experiencia y construimos un mundo. Somos lenguaje. Por supuesto la IA cristaliza procesos muy anteriores: la automatización creciente de respuestas y decisiones, la delegación de las capacidades, la subordinación de la tecnología a la lógica del mercado, la extracción masiva de datos. Pero precisamente porque los cristaliza, los acelera y radicaliza. En realidad, se trata de un “adversario” estupendo porque nos obliga a pensarlo todo de nuevo.

De alguna manera, a través de los chatbots y de la inteligencia artificial generativa estamos ante una ofensiva de sustitución del pensamiento humano, que se produce por una explotación de la cooperación a través del lenguaje, de la creación, de la investigación que es, por supuesto, humana. ¿Hacia dónde crees que nos dirige esto?

Hace poco escuche a una chica decirle a sus amigas en el metro que no conocía a nadie (incluida ella misma) que no viviese permanentemente con una pestaña de ChatGPT abierta: “¿Qué me pasa? ¿Qué es lo que podría comer hoy? ¿Por qué ayer me encontraba tan alegre y hoy estoy tan triste?”. Se trata de una conversación con lo que finalmente es una máquina de calcular; eso me impresionó. ¿Quiere decir esto que hasta que llegó la IA todos estábamos en un pensamiento que nos permitía decidir autónomamente sobre todas estas cuestiones? Claramente, no: ha estado la Iglesia, han estado los partidos, han estado las ideologías, ha estado el mercado, mil formas de no pensar por uno mismo. Pero, no sé, me pregunto: ¿a qué sustituye esa conversación? ¿Qué investigaciones propias? ¿Qué búsqueda de referencias? ¿Qué se pierde en esa centralización en un único interlocutor? ¿Qué otros interlocutores se pierden? Me parece vital pensar esto.

Son conversaciones que se dan de una manera determinada, con una máquina cuyo diseño privilegia la cooperación antes que el conflicto, que tiende a acomodarse a nuestras preguntas más que a resistirse a ellas, que ofrece respuestas antes que obligarnos a lanzarnos a la búsqueda. Esto está guiando la interacción cotidiana de millones de personas y conformando al mismo tiempo toda una economía. Me pregunto hasta qué punto esas tecnologías están sustituyendo librerías a las que se iba a buscar un libro, libreros con los que hablabas, amigos con los que tenías esas conversaciones, referencias que tú mismo buscabas, preguntas que tú mismo te hacías. Se ha hablado mucho de economía de la atención, y con razón. Pero quizá hoy haya que empezar a pensar también una economía de la conversación. Es decir, preguntarnos quién organiza nuestras conversaciones, con quién conversamos, qué conversaciones desaparecen, cuáles se vuelven imposibles y cuáles se hacen rentables.

Lo que nos es arrebatado es el mundo como resistencia: la experiencia como elaboración, el esfuerzo y la complicación del pensamiento, la investigación personal y compartida con otros

La IA crea también toda una cultura de lo fake: imágenes, vídeos falsos generados a partir de material real, pero también respuestas dudosas, inventadas por parte de los chatbots. ¿Es paradójico de alguna manera que el progreso, hijo de la ilustración, haya derivado en esta expansión de lo falso?

Estos días me venía preguntando: ¿por qué nos hemos vuelto tan crédulos? Parecería que vivimos una época de escepticismo. No creemos a los políticos, sabemos que la publicidad es propaganda, desconfiamos de las grandes empresas, pensamos que todo el mundo quiere vendernos algo. Y, sin embargo, nunca han circulado con tanta facilidad los bulos, las fake news o las teorías de la conspiración. Nos tragamos cualquier cosa. ¿Cómo se entiende que en estas sociedades supuestamente ilustradas, donde el acceso a la educación y a la información es incomparablemente mayor que en otras épocas, haya al mismo tiempo fenómenos de credulidad tan grande?

¿Qué respuesta propones a esa pregunta?

En los años cincuenta del siglo pasado, el filósofo de la técnica Günther Anders hablaba de “mundo suministrado”. Lo que estaba produciéndose con la tecnificación de la experiencia, con el fenómeno planetario de la radio y la televisión, era que el mundo nos venía suministrado a domicilio, como espectadores, como consumidores. Siguiendo las reflexiones de Marga Padilla me pregunto si lo que así nos es arrebatado es el mundo como resistencia: la experiencia como elaboración, el esfuerzo y la complicación del pensamiento, la investigación personal y compartida con otros. Hoy quizá ya no se trata de “mundo suministrado”, sino de “mundo asistido” por esas máquinas de cálculo a las que preguntamos todo, pero la tendencia es la misma. Y cuando la verdad ya no es algo que salimos a buscar, la tendencia es creer simplemente aquello que confirma más rápidamente lo que queremos creer.

Abandonar el pensamiento crítico sin saberlo.

No importa lo disparatada que sea una teoría si confirma una convicción previa o un afecto muy fuerte que ya tengo hacia alguien o hacia algo. Entonces, da igual el aspecto que tengan, da igual lo que digan. ¿Cómo explicar, si no, que Donald Trump pueda afirmar pocos días antes de unas elecciones que los inmigrantes se comen las mascotas de la gente? Desde una concepción ilustrada un poco ingenua pensaríamos: ‘Eso desacreditaría a cualquiera’. Y, sin embargo, produjo adhesión y ganó las elecciones. Ahí comprendemos que la cuestión ya no es simplemente si una afirmación es verdadera o falsa. Del mundo suministrado al mundo asistido, lo que vamos perdiendo es la capacidad de orientarnos por nosotros mismos, la capacidad del pensamiento, que tiene una dimensión personal y tiene una dimensión de conversación y de relación con el otro. Lo que puede haberse debilitado no es tanto la Ilustración, en el sentido de que falte información —información hay toda la que quieras—, sino la capacidad de orientarte por ti mismo. Orientarse exige atreverse a dudar y a vacilar, aceptar no saber del todo lo que te está pasando, investigar, conversar, perderse incluso. Encontrar una voz propia. Porque la verdad no consiste únicamente en disponer de información correcta, sino en poder conectar lo que piensas con lo que vives y lo que sientes. Ese vínculo, para mí, sigue siendo el mejor índice de verdad.

¿Qué significa esto último?

La verdad no es, para mí, una confirmación, sino una experiencia. No es algo que simplemente se posee, sino algo que se elabora. Tiene que ver con un movimiento, con una transformación, incluso con una aventura. Las grandes novelas de iniciación cuentan siempre la misma historia: un chico que se marcha de casa, alguien que abandona su ciudad, su trabajo o su familia. La verdad no está ya dada, hay que salir a buscarla. Y aunque finalmente se vuelva a casa, al trabajo o a la familia, se vuelve de otra manera, con una verdad propia. Hay experiencia cuando uno sale al encuentro del mundo, cuando se expone a lo que no controla, a lo que se le resiste, a lo que todavía no sabe. Esa resistencia nos obliga a rectificar, a cambiar de idea, a probar otros caminos. Ahí aparece la verdad. Pero si el mundo nos viene ya suministrado, la verdad deja de ser algo que se conquista en una búsqueda y pasa a ser algo que creemos poseer de antemano: aquello que confirma lo que ya somos, lo que queremos creer o lo que ya pensábamos.

Hay algo que Donald Trump, con sus excesos verbales, sus faroles y sus faltadas parece aportar, que es la rebeldía, si quieres suministrada, como dices. Una sensación inauténtica de autenticidad.

Durante mucho tiempo aprendimos a pensar el capitalismo como una red impersonal de dispositivos y de infraestructuras que organizaban la vida cotidiana sin necesidad de convencernos ideológicamente. Ahí están Toni Negri y Michael Hardt, o el Comité Invisible con su idea del poder logístico. Un poder que ya no necesita convencernos de nada, no necesita pasar por lo discursivo, porque nuestros propios comportamientos están perfectamente ajustados ya a protocolos, procedimientos, funcionamientos. Jorge Alemán introduce un matiz decisivo en su libro Neoemperadores [Ned ediciones, 2026]: el capitalismo necesita hoy volver a encarnarse. En esta crisis del neoliberalismo en la que estamos, que se va resolviendo a través de la guerra, aparecen estas figuras de los ‘neoemperadores’ que funcionan como identificadores que movilizan pasiones oscuras (de supremacismo, de odio, de crueldad, de rechazo al otro), como el propio Donald Trump y sus imitadores.

Milei, Bukele, etc.

Es como si el poder hoy funcionase en ambos niveles. Por un lado, una serie de funcionamientos automáticos que organizan materialmente nuestra vida y que lo que requieren es nuestra obediencia, nuestra indiferencia, nuestra delegación de la existencia. No saber, no pensar, no sentir, no imaginar, no hacer. Por otro lado, una serie de ‘operadores libidinales’ como los llama Jorge que activan las pasiones más excluyentes y mortíferas: el orgullo de las identidades y las pertenencias cerradas y duras que hacen un borde duro con respecto a un otro al que hay que expulsar. Me viene ahora un ejemplo cotidiano y micro de esto.

Precisamente porque sigue siendo uno de los pocos lugares donde el mundo irrumpe de verdad y no puede reducirse del todo a un protocolo, la escuela continúa siendo un laboratorio extraordinario

Adelante.

Desde hace poco estoy trabajando en coles y en uno de ellos pasó lo siguiente: se abrió un expediente de expulsión que afectaba a uno de esos “chicos difíciles” con los que las escuelas no saben muy bien qué hacer. Un chico de origen migrante, que vivía en condiciones de mucha precariedad, con modos agresivos de relación. Ante la discusión que abrieron algunos profes sobre si no era precisamente ese chico el que requería más cuidado y atención de la escuela, se dieron algunas respuestas defensivas habituales: “no se puede hacer nada, es cosa de la familia, esto no es cosa nuestra”. Sería una respuesta en el primer nivel: no dejarse afectar, no dejarse conmover, no hacerse cargo, con la excusa de la obediencia al mecanismo, al procedimiento, a la norma. Pero también se escuchó una voz que dijo: “es mejor que estos se vayan, porque en el fondo no quieren convivir, no quieren integrarse”. Aquí se puso en marcha la crueldad discursiva, el segundo nivel.

Las dos formas conviven. Una, que llamas ‘brutalismo’ en el libro hace explícito lo que la otra solo sugiere.

Justo. En el fondo son dos tipos de automatismos, el automatismo emocional del cliché y el estereotipo, el automatismo procedimental del funcionamiento y la norma. Los automatismos de la crueldad explicitan una verdad que ya está implícita en los automatismos procedimentales que funcionan a diario produciendo la segregación de todo lo que no encaja, de todo lo que no se ajusta, de todo lo que se desvía, de todo lo que molesta. Son dos formas de no pensar, de ser pensados, de no hacer experiencia, de no encontrarse con lo otro, con el otro, y elaborar algo propio al respecto. El brutalismo actual explicita lo que el neoliberalismo —que hablaba de globalización, de derechos humanos, de democracia, de minorías— hacía ya cotidianamente: descartar y expulsar, confinar y deportar, vigilar y castigar.

¿Cómo es esa experiencia en los colegios que estás teniendo y qué te dice sobre estos problemas del mundo de los que estamos hablando?

Para mí la escuela es un observatorio privilegiado desde el que pensar el mundo entero. Está todo ahí: los malestares, las tecnologías, las transformaciones de la familia, las formas de autoridad, los vínculos, los gestos de cuidado, las violencias, las posibilidades de la conversación. Todos los días pasan cosas. La vida entra continuamente en el aula con sus imprevistos y obliga a detenerse, a pensar, a improvisar, a crear respuestas. En muy pocos lugares sucede eso con tanta intensidad. Por eso creo que las movilizaciones de estos meses en el mundo de la educación son muy importantes. No solo por las reivindicaciones concretas —más recursos, mejores salarios, menos alumnos por clase—, que son absolutamente necesarias, sino porque expresan un malestar mucho más profundo. La escuela está desbordada. Está sometida a una enorme presión burocrática, a la lógica del rendimiento, a la evaluación permanente, y cada vez dispone de menos tiempo para aquello que solo puede hacer ella: prestar atención, cuidar, conversar, elaborar conflictos. La paradoja es que, precisamente porque sigue siendo uno de los pocos lugares donde el mundo irrumpe de verdad y no puede reducirse del todo a un protocolo, la escuela continúa siendo un laboratorio extraordinario. Allí todavía se pueden ensayar otras maneras de relacionarse, de aprender, de hacerse cargo de lo que pasa.

Hay toda una alerta sobre cómo la extrema derecha está llegando a los chicos varones de los institutos. ¿Cómo lo percibes tú?

Creo que ahí se cruzan muchas cosas distintas y conviene no simplificarlas. Te cuento una escena. Un día entré en un aula y un grupo de chicos empezó a cantarme el Cara al Sol. Tuve la suerte de que me pilló en un buen día. No reaccioné desde la indignación ni desde el automatismo. Les pregunté simplemente si sabían lo que estaban cantando. Les propuse ir estrofa por estrofa, explicándome el significado de la letra. Y descubrimos enseguida que no tenían ni idea. Habían elegido esa canción porque pensaban que me iba a molestar, porque me identificaban con alguien de izquierdas. Aquello me hizo pensar. Hay un malestar que puede conectarse con determinados enunciados de la extrema derecha, pero esa conexión no convierte automáticamente a esos chicos en fascistas. Hay una diferencia entre el malestar y la forma política que encuentra para expresarse. Y precisamente porque no son lo mismo, esa conexión también puede deshacerse.

¿Cómo fue ese momento?

En la conversación los chicos empezaron a hablar de sí mismos. Hay una cosa que me ha pasado en los coles y es que en la conversación uno por uno aparece siempre algo mucho más complejo que el personaje que habían representado delante del grupo. He visto chicos que te hablan de sus experiencias, de sus dificultades, de sus problemas con el otro sexo, que es algo universal de la adolescencia pero que hoy también tiene un componente especial de dificultad, porque se han roto algunos códigos, afortunadamente. Cuando he conseguido entablar una conversación sobre estas cuestiones, que no es fácil, nunca he escuchado a un chico desplegar una ideología fascista. Hay dudas, hay vacilaciones, hay un cruce de cosas, hay un no saber cómo hacer, cómo vivir, un no poder vivir también. Alguien te ofrece de repente una identificación o una explicación de tus problemas y conectas con ella, pero no eres eso.

En lugar de ganar al contrario en lo que se llama “batalla cultural”, ¿por qué no pensar que puede haber una eficacia en otra relación con la gente, que confíe en sus capacidades de pensar?

¿De dónde crees que viene esa identificación con la extrema derecha?

Hay un malestar hecho de muchas cosas distintas (precariedad, crisis de la masculinidad hegemónica, incertidumbre) y ese malestar está conectando con los relatos de la extrema derecha. Pero hay que diferenciar entre el malestar y su expresión. Creo que el malestar podría tener otras expresiones. Y hay que tener en cuenta esto: no basta con tener la razón. Al final de aquella conversación un chico dijo algo que me impresionó mucho: “En este instituto el feminismo es la ley”. No creo que estuviera rechazando tanto el feminismo como experiencia de igualdad como un discurso que le llegaba únicamente desde arriba, una verdad ya hecha frente a la que solo cabía asentir o resistirse. Entonces, ¿cómo transmitir, cómo educar, cómo contagiar? En realidad, el pensamiento, lo que nos transforma, tiene que brotar desde adentro. Ningún proceso de emancipación puede enseñarse únicamente como un contenido correcto; necesita convertirse en una experiencia propia.

¿Conversar de qué manera?

Yo creo que la palabra tiene un poder impresionante, la palabra puede curar, puede transformar. Pero, ¿qué tipo de palabra? ¿Una palabra intercambiada en qué condiciones? Si se pudiesen abrir espacios de conversación en la escuela, donde los chicos hablasen en confianza y sin temor a ser juzgados, escuchando a los demás, tal vez se podrían dar más de estos efectos de transformación. La palabra intercambiada en un espacio así puede tal vez “tocar” el cuerpo, nombrar algo, hacerlo real y concreto. En el caso de los chicos varones de que hablábamos, yo digo que hay que pinchar en el malestar y en las ganas porque ahí está el deseo. En el malestar de tener que cargar con el peso del mandato de masculinidad y en las ganas de ser varones diferentes. Nadie cambia simplemente porque le expliquen lo que está bien. Cambiamos cuando algo toca nuestro deseo.

En el libro recoges una cita de Gilles Deleuze: “La izquierda es lo que necesita que la gente piense”.
Ahí donde se abre un momento y un espacio de pensamiento hay izquierda, viene a decir Deleuze. La izquierda es eso que necesita que la gente piense, active su capacidad de poner nombres a lo que le pasa, de crear. ¿Es una cosa minoritaria? A veces lo pienso, por ejemplo a mis talleres viene gente maravillosa con muchas ganas de leer, de estudiar, de conversar. Entonces me pregunto: “¿Aquí nos estamos dando unos cuantos el lujo de tener otra relación con el lenguaje o esto tiene algún tipo de eficacia en la transformación del mundo?” Quiero pensar que sí, hay algunos ejemplos que demuestran que la conversación y el pensamiento pueden ser potencias políticas. Es el caso de la campaña de Mamdani a la alcaldía de Nueva York.

¿Qué te llama la atención de ese fenómeno?

Mamdani hizo de la escucha, la conversación y el pensamiento una fuerza. En primer lugar, instaló sus oficinas en aquellos barrios donde el voto progresista había migrado hacia el voto republicano, quiso entender porqué la gente que había votado a los demócratas toda la vida habían empezado a votar a Trump. En segundo lugar, organizó una campaña gigantesca de conversaciones “puerta a puerta” entre cien mil de sus voluntarios y los ciudadanos de Nueva York. Trató de escuchar a la gente, sus razones, sus malestares, incluso y sobre todo los de quienes no le daban la razón. Creo que sólo así logró un diagnóstico y una propuesta capaces de sintonizar con la población, gracias a que se atrevió a escuchar lo que en principio era más molesto de escuchar y a pensar desde ahí. En lugar entonces de ganar al contrario en una guerra de explicaciones, de propagandas, de relatos, lo que se llama “batalla cultural”, ¿por qué no pensar que puede haber una eficacia en otra relación con el lenguaje, en otra relación con la gente, que confíe en sus capacidades de pensar?

Dices en otro momento que Twitter (X) asegura hoy la paz social.

Me refería a que la opinión crítica en redes funciona muchas veces como compensación: no puedo cambiar nada pero puedo decir todas las enormidades que se me ocurran. La opinión es gratis. Hay que reinventar el pensamiento crítico. Salir de la idea de que pensar críticamente es dar caña, enjuiciar, cancelar, señalar. Ahí no pasa nada. Si nuestro cuerpo no está comprometido, no pasa nada.

Estoy seguro de que mucha gente que participa en X, en las redes sociales, te dirá que todo lo que discute le pasa por el cuerpo: “no veas la mala leche que se me pone cuando veo a Ayuso”.

Un filósofo importante del siglo XX hace una distinción entre la crítica y el pensar vinculante. La crítica es este enjuiciamiento de que algo del mundo va mal: yo lo señalo, pero no tengo nada que ver con ello. Es un enunciado puramente exterior. En el pensar vinculante lo que aparece también es una pregunta sobre tu propia vida. ¿Simplemente somos víctimas inocentes de todo lo que criticamos o de alguna manera también estamos implicados en ello? Es mucho más fácil señalar culpables que hacernos cargo de la propia vida que nosotros llevamos, porque finalmente el capitalismo también son formas de vida, formas de consumo, formas de estar en el mundo, formas de relacionarnos, formas de hacer las cosas. Entonces, ¿por qué el pensamiento no puede tener una dimensión de revisión de la propia vida, de pregunta y desafío sobre uno mismo? La opinión crítica muchas veces es un mero desahogo para seguir en la vida tal cual, como si el mundo que criticas no tuviese nada que ver contigo.

En el libro hablas de lo profético.

Es una lectura de Ernst Bloch, el filósofo de la utopía y la esperanza. La voz profética, explica Bloch, no se limita a la crítica, a la constatación del desastre, al señalamiento del mal, sino que anuncia la posibilidad de otra vida. El mismo profeta se pone en juego, está embarcado en un proceso de transformación y por eso su voz es creíble. Denuncia el mal pero desde otro punto de partida, desde la posibilidad de otra vida, exponiendo su propio cuerpo. Finalmente se trata de hacernos cargo, de hacernos responsables del mundo en que vivimos, no simplemente de señalar a los culpables de lo mal que va todo.

En el libro hablo de desertar sin movernos del sitio, de entrar en otro plano de percepción y de lenguaje pero sin la necesidad de irnos a otro lugar

Entiendo la idea, pero no sé si puede interpretarse como un llamamiento a la coherencia que, por más que haya gente que renuncia a un montón de cosas, no es posible hacerlo del todo. Me refiero a cosas como estar en Spotify, tener coche o viajar en avión.

No se trataría de coherencia, sino de decir cosas que no nos dejen igual, que nos comprometan a algo, que no sean complacientes con nosotros mismos y nos desafíen, que señalen nuevos puntos de partida. Habría que diferenciar bien esta idea de la coherencia, de la pureza de una vida donde todo encaja perfectamente. Tengo que pensarlo más.

Al hilo de esto, Lluís Aguiló polemiza de alguna manera con esa idea de “desertar del mundo” y sostiene que toda la lucha se produce dentro del sistema, que no hay un afuera.

Para mí la idea de deserción, tal y como la formula Franco Berardi (Bifo), es una consigna de pensamiento potente que se trata de leer más poética que literalmente. La película ‘Sirat’ [Óliver Laxe, 2023] nos habla precisamente de que no hay afuera, porque está todo el terreno minado. Mientras que ‘Perfect Days’ [Win Wenders, 2023] nos advierte contra la idea de vida tranquila, una tranquilidad sin deseo. En el libro hablo de desertar sin movernos del sitio, de entrar en otro plano de percepción y de lenguaje pero sin la necesidad de irnos a otro lugar. Porque no hay lugares buenos, sino distintos modos de habitar cada lugar. Cabe desertar en la escuela, por ejemplo, pero no porque la abandonemos, lo que para mí no tendría sentido, sino porque abandonamos el punto de vista del rendimiento, de la burocracia, de los programas, de lo que supuestamente la escuela tiene que ser. Sin movernos del sitio nos disponemos para otra cosa, para otra escucha, para otras posibilidades.

Hablamos de que no hay un afuera, pero parece claro es necesario un afuera de las redes sociales y el encuentro de espacios desde el que organizarse o verse.

Una de las cosas que he ido viendo claro en las distintas presentaciones del libro es que la batalla del pensamiento no pasa simplemente por producir otros contenidos, sino por inventar también los espacios, los tiempos y las conexiones o alianzas necesarias para pensar. Pienso de nuevo en la escuela. No se puede pensar porque los espacios colectivos han sido desmantelados, porque los tiempos han sido colonizados por las lógicas de rendimiento, porque la individualización de las trayectorias laborales hace casi imposible el encuentro entre profes. Entonces, pensar es en primer lugar inventar espacios donde nos los hay, fabricar tiempos fugando la obligación interiorizada de productividad y volver a conspirar (a respirar juntos) con las compañeras y los compañeros. Pensar es en primer lugar inventar las condiciones para pensar. Y eso siempre se hace a contracorriente en esta sociedad desertizadora, donde la combinación de tecnología y mercado se come los espacios y los tiempos, sustituye como antes decíamos al resto de las relaciones.

En el libro te refieres a un “poder de saturación”.

Sí, es el poder que dispone a priori todas las respuestas posibles para que no nos hagamos ninguna pregunta. Ofrece por anticipado todas las soluciones, todas las posibilidades, todos los objetos, todas las tecnologías, todas las opciones. No hay vacío, no hay hueco, no hay falta, no hay espacio inacabado donde podamos pensar, escucharnos a nosotros mismos, buscar. Sólo tenemos que elegir, opinar, responder, consumir, clickar dentro de lo ya dado. Decía Deleuze que pensar tiene algo de pulmonar, que el órgano del pensamiento son los pulmones. La saturación bloquea el pensamiento y nos asfixia. El pensamiento es coger aire. Ese aire es el aire de lo desconocido. Entran nuevas palabras, nuevas referencias, nuevas lecturas, nuevas combinaciones, nuevos ritmos. Simone Weil asocia la atención con una interrupción de las respuestas previas, con una espera activa de algo desconocido. Se trata de hacer un vacío, una pausa, para que no quede todo obturado de las opciones preexistentes, para dar espacio a esa conexión imprevista, ese pensamiento insólito, esa alucinación que tuvimos y que merece la pena considerar.

La lucha renombra la realidad y ese renombrar abre la posibilidad de una acción que es a la vez una investigación del cuerpo colectivo

Conectas pensamiento y lucha, algo que a priori no parece intuitivo.

Creo que las luchas activan el pensamiento y que el pensamiento es en sí una lucha. ¿Por qué? El filósofo Alain Badiou dice que una lucha empieza cuando los de abajo renombran la situación de manera distinta a los de arriba. Es decir, las palabras hacen cosas, son operaciones que intervienen en la batalla del pensamiento. Por ejemplo, cuando en el 15M dijimos: “No es una crisis, es una estafa”. Eso produjo una descripción de la situación completamente distinta. Si lo que estábamos viviendo era sólo una crisis, pues no había otra que ajustarse el cinturón, sentirse culpable porque consumiste demasiado, obedecer las medidas de austeridad, justificar los sacrificios… Pero si no es una crisis, si es una estafa, entonces todo cambia. ¿Una estafa de quién? ¿Contra quién? ¿Cómo se preparó? ¿Qué puede hacerse contra ella? Lo mismo ocurre con la consigna “lo llaman democracia y no lo es”. ¿No lo es? ¿Entonces qué es? ¿Y de dónde viene? La lucha renombra la realidad y ese renombrar abre la posibilidad de una acción que es a la vez una investigación del cuerpo colectivo.

¿Y a nivel individual?

Cuando uno piensa, aunque sea un nivel individual, la realidad no te tiene, no te atrapa del todo, no se te cae encima. Porque tienes tu manera de nombrar, tienes tu relación con el pasado, tienes tus referencias. No estás clavado al presente, a lo existente, a lo dado. Tienes un pequeño margen de autonomía. Puedes respirar.

¿De qué manera eso amortigua la sensación de desesperanza, de impotencia?

¿Puede tener que ver la sensación de impotencia actual tan extendida con que los nombres que tenemos para las cosas ya no nos sirven? Ya no son nombres que nos reúnan, que nos convoquen, que nos pongan en marcha, que nos lancen a una investigación colectiva, que habiliten la acción. Los repetimos pero no pasa nada y entonces sentimos impotencia. Ahí empieza la batalla del pensamiento. Podemos empeñarnos en repetir nuestros nombres, nuestras consignas, nuestras ideas. O podemos animarnos a dejarlos caer, a buscar otros nombres o, al menos, a dar nueva vida a los antiguos. La impotencia se explicaría entonces porque vivimos entre cadáveres, palabras muertas, sin efecto.

¿La batalla del pensamiento es una disputa por la esperanza entonces?

Creo que sí, que la batalla del pensamiento puede brindar esperanzas. ¿Por qué? Porque abre, permitiéndonos ver de otro modo. Por ejemplo, si no vemos que los chicos de hoy son fascistas, sino que su malestar por alguna razón conecta con la extrema derecha, ahí hay cosas que pensar, que investigar, que ensayar, que intentar. Hacernos con otro mapa de la realidad es darnos otro registro de posibilidades, con otros márgenes de acción, de experimentación, de aventura. De pronto el mundo ya no se nos cae encima, porque somos capaces de percibir la distancia entre la representación, lo que se supone que pasa y lo que pasa. Hurgamos en las representaciones dominantes y ahí dentro está la vida, siempre contradictoria y palpitante, siempre inacabada y por tanto esperanzadora.

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/pensamiento/amador-fernandez-savater-batalla-pensamiento

https://www.grupotortuga.com/amador-fdez-savater-no-cambiamos-porque-nos-expliquen-lo-que-esta-bien-cambiamos-cuando-algo-toca-el-deseo/

viernes, 31 de enero de 2025

CÓMO Y POR QUÉ ESTÁ CAMBIANDO NUESTRO SENTIDO COMÚN Y QUÉ HACER PARA RESISTIR

 

Estas herramientas pueden ser utilizadas tanto para perpetuar la opresión como para promover la liberación


Manu Pineda - REDCOMJanuary 29, 2025

Análisis de la Guerra Cognitiva

La idea de la “batalla cultural” viene de hace más de un siglo, cuando pensadores como Antonio Gramsci hablaron de cómo la cultura sirve para mantener el poder de los grupos más privilegiados. Hoy, esta lucha se ha convertido en un enfrentamiento de ideas donde se discuten valores, creencias y significados. Todo esto ocurre en un mundo cada vez más conectado por la globalización y las nuevas tecnologías.

En esta pelea, los objetivos principales son: la mente de las personas, los espacios donde vivimos nuestro día a día y los símbolos que admiramos. Los grupos poderosos, bajo el disfraz de “defender la libertad”, promueven ideas como el “mercado libre” que, en la práctica, traen trabajos precarios, normalizan la desigualdad en los medios y fomentan el consumo mientras silencian a quienes piensan diferente. En pocas palabras, el conjunto de las derechas, sean de la matriz que sean, están dando una batalla cultural que tiene como objetivo cambiar nuestro sentido común y que aceptemos o, incluso apoyemos, un claro retroceso en nuestros derechos y libertades, y veamos como “normales” situaciones que hace pocos años no hubiéramos entendido más que como una distopia propia de una película de ciencia ficción de bajo presupuesto.

La derecha no es un grupo único, sino una mezcla de ideas como el conservadurismo, el ultraliberalismo, el nacionalismo y el autoritarismo. Aunque se presenta como moderna, impulsa valores que refuerzan la desigualdad, como la meritocracia (la idea de que cada quien se gana su lugar solo por esfuerzo), el racismo, el machismo, la homofobia y un modelo económico ultraliberal que destruye servicios públicos que considerábamos garantizados para el conjunto de la sociedad, como la sanidad y la educación.

Esta lucha cultural no es solo un tema de ideas; es también una pelea por redefinir conceptos como “libertad” y “cambio”, de los que estos grupos están intentando apropiarse y a los que nosotros debemos seguir manteniendo desde nuestra visión de clase.

¿Dónde, cómo y con qué “armas” se libra esta batalla cultural?

Para entender la dimensión de esta batalla es necesario conocer cuáles son las armas que están utilizando los impulsores de este cambio de paradigma y de este modo comprenderemos también lo ambicioso que es su objetivo, lo diagnosticado que tienen el escenario y lo estudiado que tienen el tratamiento que deben aplicar para alcanzar su meta, meta que están alcanzando con un éxito desigual en el mundo. Por ejemplo, las tesis más reaccionarias se están extendiendo, prácticamente sin resistencia, por toda Europa y Norteamérica, mientras que América Latina sigue resistiendo salvo algunas excepciones (Bolsonaro, Milei, Bukele…)

La relación entre la guerra cognitiva, el trabajo en red y las redes neuronales puede entenderse como la unión de tres herramientas que juntas sirven para influir, procesar información y llevar a cabo estrategias modernas de conflicto. Aquí va una explicación más sencilla de cómo se conectan y de cómo los defensores del ultraliberalismo y el autoritarismo las están utilizando como herramientas eficaces para cambiar el sentido común:

¿Qué es la Guerra Cognitiva?

La guerra cognitiva es básicamente un tipo de conflicto que busca meterse en la cabeza de las personas y cambiar cómo piensan o actúan. No se trata de armas ni de ataques físicos, sino de manipular lo que la gente cree, siente o percibe como verdad.

¿Cómo se hace esto? Usando tecnología avanzada, como inteligencia artificial, datos masivos y estrategias psicológicas, para crear mensajes que confundan, engañen o influyan en las personas. Por ejemplo, se pueden usar las redes sociales para difundir noticias falsas, rumores o ideas diseñadas para cambiar lo que la gente piensa o para dividir grupos.

El Trabajo en Red

El trabajo en red consiste en que muchas personas, sistemas o grupos colaboren para lograr un objetivo común. En el caso de la guerra cognitiva, se usa el trabajo en red para que los mensajes lleguen a más personas y con mayor rapidez. Esto pasa en:

Redes sociales: Plataformas como Instagram, Twitter o Facebook son el medio ideal para difundir ideas y manipular a grandes grupos.

Grupos descentralizados: Varias personas o equipos pueden coordinarse desde distintos lugares sin necesidad de un centro único. Esto hace que sea más difícil su detección.

Colaboración entre expertos: Centros de Pensamiento (Think Tanks) en los que sociólogos, psicólogos, analistas de datos y expertos en tecnología trabajan juntos para planear estrategias efectivas.

El trabajo en red hace que las campañas de manipulación se expandan rápido y a gran escala, llegando a millones en cuestión de horas.

Las Redes Neuronales

Las redes neuronales son sistemas de inteligencia artificial que imitan cómo funciona el cerebro humano para procesar información. En la guerra cognitiva, estas redes son extremadamente útiles porque:

Detectan patrones: Analizan datos de redes sociales y otros espacios para entender qué piensan o sienten las personas.

Crean contenido manipulado: Pueden generar mensajes personalizados, desde noticias falsas hasta videos editados (deepfakes), diseñados para impactar más a ciertos grupos.

Optimizan estrategias: Calculan cuándo y cómo es mejor lanzar mensajes para que tengan el mayor efecto.

Cómo se conectan estos tres conceptos?

La guerra cognitiva usa redes neuronales para analizar datos y predecir cómo las personas reaccionarán.

1. Estas predicciones ayudan a crear mensajes que se difunden a través del trabajo en red, llegando a la mayor cantidad de gente posible.

2. El trabajo en red permite que las tácticas de manipulación crezcan exponencialmente, usando plataformas digitales como vehículos principales.

3. Las redes neuronales hacen que este proceso sea más rápido y preciso, asegurándose de que los mensajes impacten donde más importa.

4. Las redes neuronales monitorean cómo la gente reacciona a los mensajes y ajustan la estrategia en tiempo real.

5. Gracias al trabajo en red, estos ajustes se implementan rápidamente, lo que mantiene la eficacia de la campaña.

Existen dos enfoques contrapuestos en la batalla cultural, cada uno con objetivos diametralmente opuestos:

1. El primero es el enfoque de aquellos que buscan establecer una hegemonía cultural e ideológica al servicio de las élites. Este esfuerzo está dirigido a alienar a la mayoría social, moldeando su percepción y manipulando sus creencias para que terminen defendiendo intereses que son profundamente contrarios a los suyos propios. Aquí, la cultura y las ideas se convierten en herramientas de dominación, diseñadas para perpetuar el poder de unos pocos sobre las mayorías.

2. El segundo enfoque plantea una perspectiva radicalmente distinta: la descolonización de las mentes. Este camino tiene un objetivo profundamente emancipador, orientado a liberar a las personas de las estructuras mentales impuestas por el sistema dominante, permitiéndoles reconocer y defender sus intereses colectivos frente a las dinámicas de opresión.

Aunque estos enfoques son opuestos en sus fines, comparten las herramientas con las que se llevan a cabo. Elementos como la guerra cognitiva, el trabajo en red y las redes neuronales representan una combinación poderosa que está transformando la manera en que se lucha en el terreno de las ideas en la era digital.

Estas herramientas pueden ser utilizadas tanto para perpetuar la opresión como para promover la liberación:

° En manos del capitalismo y el ultraliberalismo, la guerra cognitiva se convierte en un instrumento de manipulación masiva, moldeando lo que la gente piensa. El trabajo en red sirve como un vehículo para que estas estrategias se difundan ampliamente, y las redes neuronales permiten personalizar y afinar los mensajes para cada público objetivo. En conjunto, estas técnicas se emplean para reforzar la alienación de las masas y consolidar la dominación ideológica de las élites.

° Desde una perspectiva emancipadora, estas mismas herramientas pueden ser reapropiadas para fines opuestos. En lugar de manipular, buscamos descolonizar las mentes: desmontar los prejuicios, las narrativas y las estructuras de pensamiento que perpetúan la opresión, y empoderar a la mayoría social para que reconozca su capacidad de transformar la realidad y organice la contraofensiva.

Esta contradicción en el uso de las herramientas digitales pone de manifiesto que la batalla cultural no es más que un capítulo contemporáneo de la lucha de clases, la más antigua y persistente de las luchas. En este tablero, el desafío no solo radica en cómo utilizamos estas herramientas, sino también en cómo protegemos nuestra información y mantenemos firme nuestro objetivo emancipatorio. La clave está en construir una estrategia que sirva a la mayoría social, defendiendo los intereses de las grandes masas frente a los intentos de dominación por parte de las élites.

Como señala el profesor Fernando Buen Abad en el artículo Hacia un Mapa de la “Batalla Cultural” (el otro nombre de la guerra cognitiva) este enfrentamiento está presente en muchos espacios:

1. Los medios de comunicación: Empresas gigantes como Netflix, PRISA o Mediaset influyen en nuestras ideas a través de películas, noticias y programas que promueven valores capitalistas como el consumo y la competencia.

2. La educación: Algunos grupos diseñan programas escolares que refuerzan el individualismo y hacen que aceptemos el capitalismo como algo inevitable.

3. La publicidad y el entretenimiento:

4. Las agencias publicitarias y plataformas digitales como Google, X (anteriormente Twitter) y Meta influyen directamente en lo que consumimos y en cómo percibimos el mundo, promoviendo estilos de vida alineados con los intereses del sistema actual. Además, la mayoría de las redes sociales potencian el individualismo al fomentar un tipo de narcisismo alimentado por la búsqueda de "likes" y la viralización de publicaciones.

5. Las instituciones financieras: Organismos como el FMI y el Banco Mundial imponen políticas que favorecen a las élites, mientras otros, como la OMC, protegen a las grandes corporaciones.

¿Cómo afecta esta lucha a nuestras mentes?

La batalla cultural también se siente en cómo pensamos. Los medios y las grandes empresas normalizan valores como el individualismo, el consumo excesivo y la desigualdad, haciéndonos creer que estas cosas son "normales" o inevitables. Además, usan noticias falsas, manipulan símbolos culturales y crean burbujas en internet para limitar el pensamiento crítico y mantenernos distraídos.

Por ejemplo, muchas películas o series glorifican el éxito personal y la acumulación de riqueza, mientras las redes sociales refuerzan las divisiones entre las personas al mostrarnos solo lo que queremos oír.

¿Qué podemos hacer para resistir?

Para cambiar esta realidad, necesitamos construir una contracultura que desafíe estos valores y proponga otros más humanos y justos. Algunas ideas son:

° Aunque la batalla es tremendamente desigual y, por lo tanto, nosotros no vamos a tener ni los tanques de pensamiento que tienen las derechas y que tienen unos presupuestos mas propios de un estado que de una Fundación; no tendremos ni Netflix ni Twitter ni Google ni Facebook; nosotros tenemos la posibilidad y, yo diría que la obligación, de utilizar las mismas herramientas que usan ellos para resistir e incluso avanzar en esta batalla de las ideas, es decir: la guerra cognitiva, el trabajo en red y las redes neuronales.

° Crear espacios culturales alternativos: Radios comunitarias, colectivos artísticos y movimientos indígenas ya están luchando contra esta hegemonía.

° Fomentar la educación crítica: Diseñar formas de aprendizaje que promuevan la colaboración y el pensamiento crítico, no solo la competencia.

° Producir nuevos contenidos culturales: Crear música, cine y arte que celebren la diversidad y cuestionen las narrativas del sistema actual.

Hacia una revolución de las ideas

La batalla cultural no solo es una pelea de ideas; es un esfuerzo por cambiar las condiciones que nos oprimen, tanto en lo material como en lo simbólico. Para lograrlo, necesitamos:

° Unir fuerzas: Es imprescindible la creación de una agenda común, así como alinear los esfuerzos para que nuestros centros de pensamiento y herramientas comunicativas actúen de manera coordinada. Esto implica generar las condiciones necesarias para que todas las iniciativas trabajen en sintonía, maximizando su impacto y evitando la dispersión de esfuerzos. La coordinación no solo fortalece la efectividad de nuestras acciones, sino que también refuerza la capacidad colectiva de construir un discurso contrahegemónico que confronte de manera estratégica las narrativas del capitalismo y de su fase superior y más agresiva: el imperialismo.

° Educar y actuar: Combinar teoría y acción para cuestionar el poder actual.

° Crear nuevos significados: Construir un imaginario que reemplace los valores capitalistas con otros basados en la justicia y la solidaridad.

La batalla cultural está produciendo resultados desiguales en las distintas regiones del mundo. En los países cuyos gobiernos son satélites de Washington, la visión promovida por quienes actúan al servicio de las élites ha alcanzado una hegemonía casi absoluta. Esto se debe, en gran medida, a la incomparecencia de una izquierda que, atrapada en la pusilanimidad y el temor, ha renunciado a librar una lucha ideológica de fondo. En lugar de confrontar el sistema, esta izquierda ha optado por buscar legitimarse ante él, aceptando un papel subordinado que no trasciende la función de recoger la mesa y lavar los platos tras el banquete de las élites.

Por el contrario, en aquellas regiones donde la izquierda ha asumido abiertamente la tarea de transformar la sociedad en beneficio de las mayorías, con el horizonte claro del socialismo, se evidencia un choque frontal contra el marco autoritario y neoliberal. En estos contextos, los procesos revolucionarios han resistido con firmeza, enfrentando todo tipo de guerra sucia, pero sin dar un paso atrás, ni siquiera para coger impulso. Esta determinación y resiliencia demuestran que, cuando existe voluntad política y claridad de objetivos, es posible contrarrestar la ofensiva ideológica de las élites y avanzar hacia modelos de sociedad más justos y equitativos.

Defender y apoyar los procesos revolucionarios como una forma de defensa propia

En este contexto, es más necesario que nunca actuar con coherencia y valentía. Defender los procesos revolucionarios y antihegemónicos dondequiera que se desarrollen no es solo una cuestión de solidaridad, sino un deber histórico. Venezuela y Cuba, pese a las adversidades, son faros de dignidad en un mundo donde las grandes potencias intentan someter a los pueblos mediante la guerra, el chantaje económico y la manipulación mediática. Defenderlos significa también defender un futuro donde los pueblos puedan decidir su propio destino, sin tutelajes ni injerencias.

En las recientes elecciones presidenciales en Venezuela, Nicolás Maduro fue elegido como presidente de la República Bolivariana de Venezuela en un proceso que, mal que les pese a algunos, fue llevado a cabo de forma impecable e incontestable conforme a la constitución y las leyes del país. Con ello, Maduro es el presidente legítimo y constitucional de Venezuela. Sin embargo, esta verdad ha sido sistemáticamente cuestionada por Estados Unidos y sus aliados, quienes, en su afán de recuperar el control de lo que consideran su “patio trasero”, han desatado una campaña de deslegitimación y agresiones contra Venezuela.

EE.UU., como parte de su estrategia imperialista, se niega a reconocer la legalidad de estas elecciones. Para el imperio, Venezuela, junto a Cuba, representa el principal obstáculo para imponer su agenda de saqueo y dominación en Nuestra América. Las sanciones económicas, los bloqueos financieros y la promoción de desinformación son solo algunas de las herramientas con las que buscan estrangular a estos pueblos dignos. Pero lo que realmente les incomoda no es el Presidente Maduro ni su gobierno, sino la resistencia de un pueblo que no se arrodilla, que lucha por su soberanía y que defiende un modelo alternativo al neoliberalismo depredador que tanto beneficia a las élites del norte.

Lo más lamentable es ver cómo algunos gobiernos que se autodenominan "de izquierdas", incluso partidos que se proclaman progresistas o de izquierdas, también se pliegan al discurso del imperio. En lugar de mantenerse firmes, prefieren mirar hacia otro lado, incapaces de enfrentar con valentía las presiones externas. A esos sectores hay que recordarles una verdad innegociable: no se puede ser de izquierdas sin ser antiimperialista y antifascista. La izquierda, o se compromete con la lucha por la soberanía de los pueblos y contra el colonialismo moderno, o deja de ser izquierda.

Hoy más que nunca, debemos respaldar a Venezuela y Cuba frente a los ataques del imperio y sus mayordomos. Esto implica denunciar las sanciones, rechazar las campañas de desinformación y movilizar la solidaridad internacional para exigir respeto a la soberanía de estos pueblos. Pero también implica un compromiso interno: no podemos permitir que el miedo o la conveniencia política nos hagan flaquear en esta lucha.

La historia nos juzgará no solo por lo que hicimos, sino también por lo que dejamos de hacer. No basta con hablar de justicia social, de igualdad o de revolución si, a la hora de la verdad, permanecemos callados ante las agresiones imperialistas. La coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos es lo que nos define. Por eso, levantar la voz y las banderas de la dignidad junto a los pueblos que resisten no es solo cuestión de solidaridad, también lo debemos hacer como una forma de defensa propia. Unidos, con valentía y convicción, construiremos un mundo donde la soberanía de los pueblos sea respetada y el imperialismo no tenga cabida.

Fuente: https://telegra.ph/C%C3%B3mo-y-por-qu%C3%A9-est%C3%A1-cambiando-nuestro-sentido-com%C3%BAn-y-qu%C3%A9-hacer-para-resistir-01-29

 


EL MANIFIESTO COMUNISTA Y LA BATALLA EN LOS CEREBROS



Se puede escribir bellas páginas literarias. La Divina Comedia de Dante o Fausto de Goethe son obras que perdurarán en el tiempo por su expresiva belleza y la sensibilidad del tempo de los autores. Sin embargo, obras que mantengan vivo su pragmatismo -pese a los siglos transcurridos-, son muy contadas en la vastísima estantería planetaria. Una de esas obras es el Manifiesto del Partido Comunista de Karl Marx y Friedrich Engels. Panfleto genial, contestatario y propagandístico. Es una obra con mucha vida, como pocas: secuestros, persecución oficial, lecturas clandestinas, ediciones hológrafas que provocan encendidos debates, variopintas exégesis y abundantes comentarios. Sea como fuere es una obra en la que siempre hay algo nuevo que descubrir. Sus generalizaciones totalizadoras tienen vida a través de los detalles histórico-concretos de una eficacia más persuasiva que exacta. Su fuerza brota, según Siegfried Landshut, de la efectividad de “un lenguaje que une la sintética rigurosidad de una orden con la infalible certeza de una demostración matemática, y cuyo arrebatador patetismo no procedía tanto del empleo de grandes palabras como del poder de la inexorable coherencia de los hechos desplegados.”[1] En febrero de 1848 germina la primera edición de una obra singular. Y, día a día, su arquitectura conceptual se pone a prueba en la actualidad de sus argumentos que sobrepasa el curso inexorable de los calendarios.

El Manifiesto Comunista sale a la venta en simultáneo con el estallido de la revolución de febrero de 1848. Se cierra un ciclo de la historia política europea que se había iniciado en la revolución francesa de 1789. Y se abre otro ciclo en el escenario de la lucha de clases. El tiempo en cuestión presenta en sociedad a un nuevo actor político junto a una intelectualidad que ya le es orgánica: el proletariado revolucionario.

Marx y Engels, en el segundo congreso de la Liga de los comunistas, el 29 noviembre de 1847, reciben el encargo de redactar el Manifiesto. En sesenta días, entre diciembre y febrero, escriben 23 páginas que definen en líneas generales el plan estratégico de la clase obrera. Posteriormente, montañas de papel se han impreso en casi todos los idiomas para comentar o cuestionar las 23 páginas del Manifiesto. Ayer como hoy, lecturas diferentes, con fines siempre prácticos, se han inspirado en esas polémicas páginas. El debate sobre el nombre del polémico opúsculo conduce a otro no menos polémico sobre la denominación del partido proletario. En toda crisis del socialismo, necesaria e inevitablemente, las miradas se vuelcan hacia el Manifiesto del Partido Comunista. Hoy no puede ser de otro modo.

Una mirada retrospectiva, en el siglo de la globalización de los mercados, revela detalles poco conocidos sobre el porqué de las decisiones de fines de 1847. Podemos decir, sin lugar a equívoco, que la elaboración y publicación del Manifiesto Comunista fue un paso fríamente calculado por los fundadores del socialismo proletario. El producto caía de maduro[2]. En una carta circular que en febrero de 1847 dirigió el Comité Central de la Liga de los Justicieros a sus miembros, se señala: “…deberá procederse a redactar una breve profesión de fe comunista que se imprima en todos los idiomas europeos y se difunda por todos los países”. Líneas abajo se resumen los objetivos de la profesión de fe que Marx convertiría en Manifiesto: “1º ¿Qué es comunismo y qué pretenden los comunistas? 2º ¿Qué es socialismo y qué pretenden los socialistas? 3º ¿De qué modo puede instaurarse el comunismo lo más rápida y fácilmente posible?”[3] El proyecto fue largamente meditado por Marx y, su introducción en el mercado, fue estudiada en sus mínimos detalles.

Marx y Engels se adelantan un siglo a la “ciencia del Marketing”. La aparición de los grandes almacenes, en la segunda mitad del siglo XX, coloca al potencial comprador en la disyuntiva de escoger el producto directamente de la estantería lo que hace necesario incrementar su atractivo a través de su diseño gráfico y estructural (presentación del producto). Es decir, la mercancía debe actuar por sí misma, debe auto posicionarse en la mente del potencial “comprador”. ¿De qué modo puede instaurarse el comunismo lo más rápida y fácilmente? Se pregunta Karl Marx en 1847. La respuesta es el Manifiesto del Partido Comunista y tiene dos aspectos: de una parte, en la manera cómo promociona el folleto entre sus potenciales usuarios y, de otra parte, en la demostración (exposición), clara y precisa, de la dialéctica de la historia. Forma y contenido se dan la mano para que el producto cumpla su función: posicionarse en el cerebro de los trabajadores. Umberto Eco en el 150 aniversario del Manifiesto dice que esa obra “es un texto formidable que alterna tonos apocalípticos e ironía, eslóganes eficaces y explicaciones claras, y que (…) debería ser religiosamente estudiado en las escuelas para publicistas.”[4] Y tiene muchísima razón. El Manifiesto es el primer opúsculo donde se aplica coherentemente las leyes de la mercadotecnia; asimismo, la definición de los productos histórico-naturales (p. e. las clases) y la imagen espacial de los personajes, crea un relato verosímil que la publicidad frecuentemente utiliza.

La primera edición del Manifiesto del Partido Comunista data de febrero de 1848. Su publicación tiene una honda significación para el movimiento proletario. Marca el inicio de la ofensiva ideo-política contra el dominio burgués en la mente de los trabajadores. Es la batalla por erradicar el ideísmo filosófico de la cabeza de los explotados. Es la batalla por hacer prevalecer la dialéctica como método de análisis. Es la batalla por establecer el principio de lucha de clases como método de lucha. Es la batalla por la hegemonía proletaria en el cerebro de los trabajadores del campo y la ciudad. Es una guerra donde el enemigo es el liberalismo burgués y el territorio a conquistar es el cerebro de hombres y mujeres. Así se inicia la primera gran batalla entre capital y trabajo.

En 161 años, burguesía y proletariado, han protagonizado mil un combates. Las derrotas de la clase obrera fueron la base de los éxitos de ayer. Hoy no es diferente. Los reveses temporales obligan a una intensa revisión de métodos y conceptos. El marxismo, en el curso de los últimos noventa años, se ha interrogado a sí mismo, se ha preguntado sobre su naturaleza, su dinámica, su historia y sus propios conceptos. La crisis del marxismo, sí de tal crisis podemos hablar, básicamente está en el corazón mismo de la teoría; es decir, en su práctica revolucionaria, y hablar de su práctica es hablar del movimiento socialista o comunista. En este punto cabe una precisión que, muchas veces por obvia, se presta a confusión. Una cosa es socialismo y otra cosa es marxismo. El socialismo es la experiencia, es la práctica social, es el movimiento político que lucha por construir un nuevo orden. El marxismo es la teoría que brota de la experiencia y se supera en la experiencia. Las diferencias no niegan la relación pero no son idénticos. El marxismo es una teoría que avanza a través de las crisis y, se puede decir, que el marxismo siempre está en crisis. La clase obrera, en los conflictos de clases, con frecuencia se encuentra en “callejones sin salida”. ¡Y carece de respuestas! Lo cuál no es nada extraño, es su manera de avanzar. El hombre progresa superando o rodeando los obstáculos. Sin inconvenientes (o crisis) no hay posibilidad de avanzar. El desarrollo se produce a través de rupturas o cambios bruscos en la rutina del día a día. Así se hace camino al andar.

El socialismo, como lucha del proletariado contra la burguesía, por su forma aunque no por su contenido, es primeramente una lucha nacional. El marxismo como teoría no tiene nacionalidad, su método es universalmente válido. El socialismo, como movimiento histórico mundial, se desarrolla a través de sus concreciones histórico-nacionales. Y, sí tenemos que precisar, es el socialismo de la II y III Internacional el que está en crisis. Pero, no se trata dice Oscar del Barco[5], de superar la crisis sino de fomentar un movimiento y un pensamiento que viva, se desarrolle y triunfe en la crisis[6], vale decir, en la permanente transformación de la sociedad, de las clases, de sus luchas y compromisos, de las cambiantes condiciones globales y particulares. Marx en el Manifiesto tiene frases de admiración hacia el capitalismo. Nos dice que, a diferencia de todos los modos de producción anteriores, el capitalismo en su dinámica interna es revolucionario, no cesa de trastornar todas las relaciones sociales, incluidas las que él mismo crea. Y ese es un problema poco entendido o, peor aún, malentendido por una ortodoxia anclada en el pasado o menospreciado por un empirismo que todo lo sabe y no sabe nada. La ortodoxia “marxista” petrifica el movimiento de la sociedad, se queda anclado en la fotografía del capitalismo de Marx o de Lenin, se queda atrapado en la mirada de Mariátegui; el doctrinarismo pretende acomodar las nuevas realidades en los estereotipos del pasado pero la movilidad de la cosa capitalista no se deja encerrar en los viejos esquemas intelectuales. Marx nunca ambicionó elaborar una filosofía o una teoría suprasocial; todo lo contrario, sólo se propuso descubrir las tendencias ingénitas de la organización humana que, como todas las tendencias, está en contradicción con tendencias opuestas y no puede realizarse si no es por medio de la lucha de clases.

José Carlos Mariátegui tenía muy claro que el conflicto entre obreros y burgueses es una guerra que se libra fundamentalmente en el cerebro de los trabajadores. Años después de la publicación del Manifiesto, comentando episodios de la primera guerra, constata que “los más hondos críticos de la guerra mundial piensan que la victoria fue una obra de estrategia política y no una obra de estrategia militar. Los factores psicológicos y políticos tuvieron en la guerra más influencia y más importancia que los factores militares. Adriano Tilgher escribe que la guerra fue ganada ‘por aquellos gobiernos que supieron conducirla con una mentalidad adecuada, dándole fines capaces de convertirse en mitos, estados de ánimo, pasiones y sentimientos populares’.”[7] ¡Qué duda cabe! Las guerras se ganan en los cerebros. Las ideas quebrantan las fuerzas del adversario más eficazmente que miles de tanques. Los bolcheviques en octubre de 1917 demostraron que es posible arrebatarle el poder a la burguesía con el poder de la palabra. Los ríos de sangre brillaron por su ausencia. Casi diez millones de personas habían perecido en las trincheras de la I guerra mundial. Los bolcheviques consumaron la gran revolución con sólo un costo de diez víctimas (según testigos hostiles, como los embajadores occidentales en Petrogrado). Los argumentos, la persuasión, pesaron tanto como la violencia de la palabra, como la energía del verbo, como la amenaza del número abrumador de obreros y soldados dispuestos a recurrir a la violencia. ¡Todo el poder a los soviets!, fue la voz de orden.

Las guerras se libran en los cerebros. Esta percepción no es nueva en los rangos del marxismo. Ya en el Manifiesto del Partido Comunista encontramos este enfoque liberador de las cadenas ideológicas[8]. El maestro Mariátegui lo empleó en el proceso de constitución del Partido Socialista del Perú. Ahora entendemos que el Manifiesto fue deliberadamente elaborado para un segmento del mercado de conciencias: la clase obrera. Como producto nuevo, proyectado para desplazar el posicionamiento del antiguo modo de pensar, tuvo que construir sus propios canales de distribución y venta. Y, como es natural, todo producto nuevo tiene que enfrentar dificultades para prevalecer sobre sus potenciales competidores. Las nuevas ideas del Manifiesto entran en conflicto con el viejo modo de pensar. Lo más difícil en el mundo es cambiar una manera de pensar. El punto de vista rutinario vuelve tozudo al feligrés de un viejo o nuevo orden. Cierra las puertas del entendimiento bajo siete candados. Se resiste al cambio. El hombre rutinario, el hombre enajenado, vive atado al pasado. Se auto impone obstáculos a su propia emancipación. Siglos de sujeción a las reglas de la propiedad privada no se pueden borrar de la noche a la mañana. Apenas el niño inicia el proceso de aprendizaje en la cuna se van fijando conceptos de lo mío y lo tuyo. Nace, vive y muere habituado al lenguaje y la práctica de la propiedad privada. Toda una vida encasillado en conceptos símbolo le impide entender fácilmente que los conceptos son variables como cambiante es el mundo. El rebelde no es un borrego aunque viva la aventura revolucionaria vestido de lana. El esclavo[9], no necesita vestir lanas para fundar su existencia en un gregarismo aborregado. Al dirigente político de “pocas miras”, la rutina lo vuelve un hombre obediente, es decir, un celoso guardián de la ortodoxia (económica, política o religiosa). El doctrinario, como los guardianes de la pureza del “santo convento”, pretende ajustar la vida real en la imagen que se ha creado de ella. No admite que las circunstancias concretas no se acomoden a su propio modelo o esquema dogmático del curso histórico. La dialéctica objetiva es encerrada en el corsé de una idea muerta, en las anteojeras del pasado. Se pretende sustituir el mundo real por la visión de un mundo artificial, irreal, creado por la imaginación. La teoría marxista no se sustenta sobre un cuadro de clases sociales fijas, estáticas, inamovibles. La razón es que no tiene por objeto recomponer ese cuadro – ¡no toma fotografías de la historia social! –, a la manera de cualquier arqueología; por el contrario, su objetivo es analizar el antagonismo mismo, descubrir las tendencias en su evolución, en su transformación histórica, y en consecuencia explicar la necesidad de estos cambios en la estructura de las clases sociales, permanentemente impuestos por el desarrollo del capital.

El hombre se resiste al cambio. No se puede cambiar la mente a fuerza de golpes. En enero de 1929, José Carlos Mariátegui expone el caso de Julio A. Mella que había caído asesinado en México[10]. Explica que “Mella era uno de los verdaderos revolucionarios salidos de las filas de la Reforma Universitaria, de esa variada y extensa gama de renovadores de toda especie, que no han sabido en su mayor parte superar un confuso estado de ánimo pre-revolucionario.” Julio Antonio Mella había tomado posición franca y decidida por la revolución y, por lo mismo, concluye el Amauta: “reaccionó quizá con exceso contra los que no se decidían a seguir, sin reservas, la misma vía”. Mariátegui desaprueba la violencia verbal y la estridencia lírica; es más, la percibe contraproducente o perjudicial en las relaciones políticas con los más cercanos en la lucha social. La bravata del “veredicto final”, no produce la enmienda esperada y, por el contrario, es perniciosa porque vuelve más testarudos a aquéllos que no se allanan a seguir, sin reservas, la misma vía. Un ejemplo es suficiente de la cantilena: “Quienes no comprenden este trabajo previo, o quienes lo desprecian y rechazan sin presentar su propia labor, se automarginan solos con su eterno «de qué se trata para oponerme» o con el lastre feudal del «no hay peor enemigo que el del oficio», expresiones de la mediocridad del medio”. El “argumento” intenta, a punta de “san martincitos”, hacer entrar en razón a los “despistados”. Si la mediocridad es el pasivo del medio social en que actuamos; el activo es la impotencia del hombre narigudo de ingenio agudo, incapaz de persuadir a los desorientados. Y es que cambiar la mente es un proceso que tiene con frecuencia un efecto contrario. Tiende a reforzar una opinión que existía previamente o, mejor dicho, activa la coraza que lo protege de agentes ideológicos extraños a su formación. El hombre subjetivamente está anclado al pasado; pero, objetivamente la fuerza de los hechos lo impulsa al cambio.

El instinto de vida pertenece al presente-futuro. El “instinto de muerte” es parte del pasado-presente. Pero, el futuro siempre se impone al pasado. En 1848, cuando Marx y Engels publicaron el Manifiesto, la vida era representada por el rótulo comunista. Ese era el trasfondo de la revelación de Engels: “cuando apareció no pudimos titularle Manifiesto Socialista.”[11] Se trataba de aprovechar o tomar ventaja de las ideas, conceptos y tendencias, que se encuentran escondidos en la mente del sector más radical de la clase obrera europea de 1848. Pero, ¿qué ideas estaban escondidas en el cerebro de los trabajadores de aquél entonces? No otras que aquél comunismo instintivo[12] que menciona Engels y que inclina la decisión de 1848. Esto explica que el Manifiesto no apareciera como obra de la Liga de los comunistas sino de “una organización por entonces inexistente: un «Partido Comunista». Parte de la sorpresa se disipa cuando se tiene en consideración que, a mediados del siglo XIX, en un período previo al surgimiento del sistema de partidos políticos moderno, un partido constituía una orientación ideológica más o menos definida, y no una organización dotada de fines políticos específicos.”[13]

A Marx y Engels les toca vivir la adolescencia del capitalismo.[14] Los mercados florecían y, los hombres, no podían dejar de percibir que el destino de un producto nuevo depende de una correcta estrategia de mercado. En el capitalismo todo es enajenable incluido el propio hombre. Pero, la enajenación es un problema cerebral que responde a una realidad concreta. Cualquier mercancía para ser vendible debe ser deseada; es decir, tiene que ser subjetivamente aceptada. Debemos preguntarnos, entonces, ¿qué es una mercancía?[15] El sentido común responde a la pregunta de la siguiente manera: todo lo que se puede vender o comprar. Error dicen Al Ries y Jack Trout[16]. Mercancía no es aquello que se vende sino aquello que se desea comprar. Esa es la paradoja de la mercancía que para su poseedor no son valores de uso y para sus no poseedores son valores de uso. En efecto, el producto ideal es el que está en la mente del consumidor. Un nuevo producto necesariamente debe lograr posicionarse en el mundo subjetivo o el subconsciente del potencial consumidor. La limitación de la Liga de los comunistas, como fórmula organizativa, que constreñía el ámbito de acción a los miembros de aquella organización, fue superada por Marx y Engels con la aparición del Manifiesto como obra de un Partido Comunista inexistente.

Marx y Engels, en 1848, se preguntan ¿cómo denominar el Manifiesto de la Liga de los Comunistas? En ese momento la conveniencia o inconveniencia de una u otra denominación del Manifiesto de la Liga de los comunistas estaba vinculada al contenido programático del producto (Manifiesto) que tenía que adaptarse en la forma (etiqueta de presentación) al objetivo estratégico: la conquista de la clase obrera. Esto es, la táctica y estrategia para posicionarse (apoderamiento) en la mente, primero en el segmento más avanzado y, luego, en el conjunto de la clase obrera. Se trata de llegar con la menor resistencia al cerebro de los simpatizantes de un “comunismo instintivo”. (Recuérdese: la Liga de los Comunistas, está “organizada como sociedad secreta de propaganda”[17]; y, el Manifiesto que comienza a distribuirse paralelamente a la revolución de febrero, es el programa del Estado Mayor del sector más radical de la clase obrera europea en la primera gran batalla entre burguesía y proletariado. ) Ahora bien, en el argot del marketing, los conceptos socialismo y comunismo pueden ser considerados como ideas tácticas o ángulos competitivos. Así, en la disyuntiva entre socialismo y comunismo, como etiqueta del producto, concluye Engels: “para nosotros no podía haber duda alguna sobre cuál de las dos denominaciones procedía elegir.”[18] En ese momento lo que representaba el objetivo estratégico (clase obrera) era el rótulo comunista. La conclusión que brota de estas discusiones es que las denominaciones, etiquetas o rótulos, de las organizaciones (o productos mercantiles) obedecen a consideraciones tácticas antes que estratégicas. Sin embargo, bien sabido es que una táctica necesita una estrategia para ser exitosa. Ese es el problema de un clavo – dicen Al Ries y Jack Trout – que, para ser efectivo, necesita un martillo porque el proceso de clavar (una idea) involucra a clavadores (militantes) y un blanco de la acción (clase trabajadora). Así la idea táctica (Manifiesto) es al clavo como la organización (Liga de los comunistas) es al martillo. La sincronización del martillo con el clavo pone en movimiento la maquinaria de posicionamiento (plan estratégico). Revísese el plan estratégico de Mariátegui y se comprobará que el equipo de Amauta cumple la función de martillo y las ideas del Amauta las de clavo. Así se pone en marcha la sinfonía inconclusa de la clase obrera peruana.

Si la táctica dicta la estrategia, el nombre del partido de la clase obrera no puede ser permanente, está sujeto a los vaivenes de la lucha de clases y al desarrollo de la conciencia política de la clase obrera. En 1894, Engels hace el siguiente comentario: “Pero los nombres de los verdaderos partidos políticos nunca son absolutamente adecuados; el partido se desarrolla y el nombre queda.”[19] Pues sí, la experiencia lo prueba: los partidos evolucionan o involucionan y el nombre queda para los archivos de la historia política. En tiempos de Marx y Engels, el nombre de la organización va desde Comité de correspondencia comunista, Liga comunista, Partido comunista (usado sólo como título del Manifiesto), Asociación Internacional de los Trabajadores, Partido Socialdemócrata, Partido Socialista. Pero, ¿por qué Marx y Engels no promovieron, después del Manifiesto, la fórmula comunista como nombre de la organización proletaria? ¿No será porque los procesos tienen que cumplirse? Después del fracaso de la revolución de 1848, la revisión de métodos y conceptos, se pone a la orden del día. Toda rebelión es un acto material que se gesta en el cerebro de los hombres. Como idea fuerza sigue las reglas de la teoría del conocimiento y el conocimiento no salta etapas. Thomas Kuhn en su obra La estructura de las revoluciones científicas[20], dice que el desarrollo de la ciencia (pensamiento o conciencia) no se produce por acumulación de información sino por derrumbamientos (anomalías en términos de Kuhn) y reconstrucciones; vale decir, los humanos tomamos conciencia a través de los reveses temporales, de las derrotas, de los cabezazos contra los muros de la realidad, de los tropezones que nos obligan a rupturas con los viejos paradigmas. La lucha por la vida nos arrastra a la conciencia comunista que sólo puede ser resultado de un proceso histórico-natural. La clase obrera se eleva de la conciencia espontánea a la conciencia política en el fragor de la lucha de clases, decían los bolcheviques. Y sólo en el siglo de Lenin se dan las condiciones para que, en ruptura con la estrategia política de la socialdemocracia (cretinismo parlamentario), la clase obrera haga uso de la etiqueta comunista.

Marx y Engels, en sus 47 años de militancia en el movimiento obrero desde el Manifiesto, no vuelven a promover el concepto comunista como nombre de la organización. Y, sin embargo, en todos sus principales documentos no renuncian a presentar su posición como un punto de vista comunista. Étienne Balibar llega a la conclusión que, para Marx y Engels, es una concesión el uso del “nombre «socialista» (y con mayor razón de «socialdemócratas» ).”[21] Pero, allí está el pero, es decir, la discrepancia entre la declaración de Engels de 1890, en el Prefacio a la edición Alemana de 1890 del Manifiesto Comunista, (“Y, sin embargo, cuando apareció no pudimos titularle Manifiesto Socialista.”); y, la de 1894, en Temas internacionales del Estado popular, (“Para Marx y para mí era, por tanto, sencillamente imposible emplear, para denominar nuestro punto de vista especial, una expresión tan elástica. En la actualidad, la cosa se presenta de otro modo, y esta palabra [«socialdemócrata»] puede, tal vez, pasar [mag passieren], aunque sigue siendo inadecuada [unpassend] para un partido cuyo programa económico no es un simple programa socialista en general, sino un programa directamente comunista”.[22]). ¿Cómo entender la aparente oposición entre ambas declaraciones de Engels? Cuando publicaron la primera edición del Manifiesto, unas semanas antes de la revolución de febrero contra el aumento de las prácticas capitalistas, la clase obrera estaba compuesta, en su mayoría, por un conjunto abigarrado de artesanos, semiproletarios y obreros. Después de la derrota 1848, la Liga de los Comunistas fue disuelta en 1852. Toda derrota de la clase obrera siempre ha significado un retroceso temporal. Pero sólo temporal, porque la historia avanza “en espiral, corrigiendo y superando los errores y deformaciones del pasado y promoviendo nuevos escenarios para que en ellos libren sus luchas los pueblos.”[23] En 1864 cuando se fundó la Asociación Internacional de los Trabajadores –recuerda Engels– no se podía, “partir de los principios expuestos en el «Manifiesto». Debía tener un programa que no cerrara la puerta a las tradeuniones inglesas, a los proudhonianos franceses, belgas, italianos y españoles, y a los lassalleanos alemanes. Este programa —el preámbulo de los Estatutos de la Internacional — fue redactado por Marx con una maestría que fue reconocida hasta por Bakunin y los anarquistas. Para el triunfo definitivo de las tesis expuestas en el «Manifiesto», Marx confiaba tan sólo en el desarrollo intelectual de la clase obrera, que debía resultar inevitablemente de la acción conjunta y de la discusión.”[24] Pues sí, el desarrollo intelectual o la conciencia política no brota espontánea en los cerebros de los trabajadores, debe ser cultivada. La acción conjunta y la discusión es el vivero de nuevos cuadros. La interacción entre acción conjunta y discusión es el caldo de cultivo donde se gesta una violenta ruptura de la obediencia y acatamiento del dominio burgués. Acción conjunta equivale a lucha de clases y discusión a formación teórico-política. Para Marx, el desarrollo de la conciencia, es un proceso histórico-natural que no se puede imponer o forzar. Dado el desarrollo colosal de la gran industria en los cuarenta y seis años posteriores a la publicación del Manifiesto, y con éste, de la organización del partido de la clase obrera, se entiende la disconformidad de Engels, respecto a la denominación de la organización, esos términos habían envejecido en 1894. Había que elaborar una táctica y estrategia que respondiera a las nuevas condiciones de Alemania de fin de siglo (XIX). Había que dar a luz “un estatuto organizativo y un nuevo programa del partido que correspondiesen al grado de madurez política e ideológica alcanzado en la época de la ley antisocialista.”[25]

Marx en el Manifiesto Comunista y la Crítica del Programa de Gotha, sostiene que sólo el comunismo es una sociedad sin clases, una sociedad en la que ha desaparecido toda forma de explotación. En oposición, el capitalismo es la última forma histórica posible de relaciones de explotación, esto quiere decir “que sólo las relaciones sociales comunistas, en la producción y en el conjunto de la vida social, son realmente antagónicas con las relaciones capitalistas.”[26] Para Marx era absolutamente claro que entre capitalismo y comunismo existe un periodo de transición. En ese periodo coexisten dos mundos, dos economías, dos políticas, dos psicologías que pugnan una por sobrevivir y otra por edificar un nuevo orden sobre los escombros de la otra. Del mismo modo, en nuestras cabezas contienden dos mundos, el mundo de la burguesía con todos sus vicios y placeres; y, el mundo del proletariado con todas sus limitaciones y sus esperanzas. La oposición y lucha entre esos dos mundos determina la necesidad de la dictadura del proletariado que abarca todo el periodo de transición al comunismo. A ese periodo se le conoce como socialismo.

El socialismo es un movimiento de hombres contra hombres (lucha de clases), de intereses contra intereses (lucha económica) y de ideas contra ideas (lucha ideológica), hasta el último soplo de vida de la contradicción burguesía – proletariado. El socialismo es la última revolución política contra otra revolución política que ha cesado de ser útil pero que se resiste a perecer. La democracia proletaria enfrenta a la democracia burguesa en la batalla final de nuestra época. El socialismo es la etapa de demolición del capitalismo y, al mismo tiempo, de construcción del comunismo. Esa es la razón que Engels en 1894 distinga en la cuestión programática el socialismo y el comunismo: “no es un simple programa socialista en general, sino un programa directamente comunista”.

El comunismo (o humanismo) es la superación total del Estado y, por consiguiente, de toda forma de democracia. El humanismo es una meta política final y, sin embargo, es la negación de toda política. La clase obrera es una masa inofensiva sin conciencia de su fuerza como clase. Pero, ¿de dónde proviene la fuerza del proletariado? ¿Será acaso de la lucha de clases? Pues sí, su fuerza viene del principio de clase. El proletariado tiene como objetivo final la eliminación de todo antagonismo de clase; y, sin embargo, hasta el último instante de su existencia, la única arma que garantiza el éxito en su titánica empresa es el principio de clase. La clase obrera extrae su fuerza de su método de lucha que, además, da sentido a su existencia como clase social. En la URSS, esta importante precisión leninista no fue seguida por sus continuadores. En una sociedad post-capitalista, la clase social básica la constituyen los trabajadores y el socialismo es asunto de la clase obrera no de una burocracia. La burocracia busca seguridad para sí misma y estabilidad para el aparato estatal del cuál depende, por lo mismo, está interesada en prolongar el status de los trabajadores. Karl Marx a los 32 años tuvo clara esa disyuntiva en la construcción del socialismo. En 1840 sostuvo que “la emancipación de la clase obrera debe ser obra de la clase obrera misma”.

Si la meta es el humanismo, el socialismo será un largo periodo de transformaciones en la historia política. En ese período, el ajuste de cuentas definitivo con la propiedad privada y sus subproductos (Clases-Estado- Política), es la tarea fundamental. Esa es la razón que el socialismo no sea otra cosa que la dictadura del proletariado. La dictadura del proletariado, prepara el terreno para el nacimiento de un nuevo orden: sin democracia, sin gobierno de los hombres, sin antagonismos de clase, sin aparatos burocráticos, sin ejércitos, sin discriminaciones de raza o sexo. Con el comunismo se comenzará a escribir la historia humana quedando como un simple recuerdo la historia política de los pueblos. Al respecto algunos jóvenes, sostienen que “el partido comunista nacerá en plena construcción del estado socialista, para que oriente las tareas hacia la sociedad comunista”. ¿Será cierto?

Sostener el orden establecido o cuestionar el orden vigente, es función de los partidos políticos. La función de un partido burgués en el llano es oponerse (protesta) al partido que administra el poder. La función de un partido obrero en el llano es cuestionar el orden establecido (contestatario). La función de un partido burgués en la cima del poder es defender el orden jurídico. La función de un partido obrero en la cima del poder es destruir todo poder político, incluido el propio. Los partidos, sea cuál fuere su denominación o filiación de clase, son criaturas del capitalismo. Las organizaciones políticas de la clase obrera, en una sociedad regida por el mercado, necesaria e inevitablemente, deben competir por la hegemonía en el cerebro de los trabajadores. El comunismo es la negación de la competencia. Pero, los partidos comunistas no pueden sustraerse de la competencia y, para eliminar toda rivalidad económica o política, tienen que seguir las reglas de la competitividad. Esa es la lógica del marketing de la política que Mariátegui la tuvo muy presente.

José Carlos Mariátegui, en las editoriales de la revista Amauta, nos reveló cuán dinámica y cambiante es la sociedad y, por ende, la conciencia del hombre. En la primera editorial señaló el Perú es un país de rótulos y de etiquetas. Dos años después en Aniversario y Balance, escribe: nueva generación, nuevo espíritu, nueva sensibilidad, vanguardia, izquierda, renovación, todos esos términos han envejecido. Él entendía que lo que funcionó en el pasado no tenía por qué funcionar dos años después. Comprendía que el nombre de la organización no solo debe distinguirse entre sus iguales sino debe cautivar el subconsciente de la potencial clientela. (La marca de un producto cumple la función de concentrar la atención de los usuarios: es el gancho del que se cuelgan los promotores para penetrar en la mente de los consumidores.) José Carlos propuso Partido Socialista, como nombre de la organización de obreros y campesinos; pero, la tendencia de la época empujaba hacia la etiqueta Comunista. Los vientos de la historia soplaban hacia el Kremlin. Ir contracorriente es tarea de titanes que exige preparación y tiempo, y tiempo fue precisamente lo que le faltó al maestro. La tendencia de la época se inclinaba por la denominación comunista y, sus continuadores, pese a la adhesión hacia la III Internacional son los herederos buenos, mediocres o malos de la obra de José Carlos Mariátegui.

Antonio Gramsci en el siguiente pasaje observa la paradoja de los partidos que niegan a los partidos: “Los «partidos» pueden presentarse bajo los nombres más diversos, aún con el nombre de anti-partido y de «negación de los partidos». En realidad, los llamados «individualistas» son también hombres de partido, sólo que desearían ser «jefes de partido» por la gracia de Dios o por la imbecilidad de quienes lo siguen.”[27] El anarquismo, como movimiento político, es la negación de la autoridad y, por ende, de los partidos; sin embargo, en la práctica, funcionan como partido. Más, lo que nos interesa hacer notar en la reflexión de Gramsci, a propósito de la denominación del partido, es el contrasentido del adjetivo comunista de un partido. Si analizamos, el contenido semántico de la fórmula (partido comunista), tropezamos con el disparate de un partido que se niega a sí mismo, es decir, la “negación de los partidos”. La esencia de un partido político es la lucha o el gobierno del poder, es su razón de existencia, su objetivo, su meta. Un partido existe para la conspiración o el control del poder. Las organizaciones políticas, uno de los componentes de la democracia burguesa, nacen para dar salida a las contradicciones intra o interclasista. Los partidos que sostienen el orden clasista se pretenden eternos; los partidos que luchan contra el orden clasista sólo pueden ser transitorios. El objetivo político de la clase obrera no es el poder por el poder; por el contrario, el poder es una dificultad en sus manos. Pero, no se vence el poder político si no es obedeciendo sus leyes naturales. Y como el comunismo es la negación de todo poder (Estado, clases y propiedad privada), un partido comunista es una refutación a sí mismo, un contrasentido; y, sin embargo, tácticamente fue usado como etiqueta de un producto (Partido Comunista) para distinguirse del oportunismo en 1919.

La administración del poder para la clase obrera es, decíamos líneas arriba, una dificultad que debe vencer en la extinción del poder. La paradoja de un Partido Comunista en el poder sólo se supera (o resuelve) con su completa dilución en las células totipotentes (soviets o comunas) de un nuevo orden. Si la dilución del partido se produjera en un aparato Estatal, superpuesto al tejido social, nos encontraríamos con más de lo mismo: una burocracia por encima de la sociedad. Gramsci anota que en los partidos de la clase obrera “se verifica la paradoja de que terminan de formarse cuando no existen más, es decir, cuando su existencia se vuelve históricamente inútil. Así, ya que cada partido no es más que una nomenclatura de clase, es evidente que para el partido que se propone anular la división de clases, su perfección y acabado consiste en no existir más…”[28] El punto más alto de perfección de un partido proletario es cuando éste logra, conjuntamente con la clase, arrebatar el poder político a la burguesía. El siguiente paso, es su lenta dilución en los órganos del nuevo poder; en caso contrario, la corrupción paulatinamente cumplirá su función destructora. El partido es la organización; el proletariado es la clase; el socialismo es la dictadura, el espíritu que brota de esa clase; el comunismo es la negación de la clase, punto final y punto inicial de una nueva civilización que supera la historia clasista: el humanismo.

La concepción de partido revolucionario en Marx y Engels está vinculada a la realidad del Estado burgués, al escenario de la lucha por el poder. Engels en 1889 señala: “A fin de que en el momento decisivo el proletariado sea lo suficientemente fuerte para triunfar, es necesario –y eso lo hemos defendido Marx y yo desde 1847- que forme su partido específico, apartado de todos los demás y opuesto a ellos, un partido de clase consciente de sí mismo.”[29] Un partido tiene un objetivo preciso y permanente, la administración del poder; pero, una organización proletaria, va más allá de la toma del poder, se propone la extinción del poder a través de la democracia obrera. Y la extinción de la democracia proletaria es la desaparición de la política en las relaciones humanas. El comunismo es la negación de toda política y los partidos son la expresión concentrada de una política de clase. En la actualidad, terminando la primera década del siglo XXI, los partidos políticos, y su progenitora la democracia burguesa, viven una profunda crisis: síntoma inequívoco de la crisis terminal del capitalismo. El liberalismo, como práctica y paradigma político del capital, está agotando las posibilidades útiles de los partidos políticos y el juego democrático tradicional. Las contradicciones internas del capitalismo generan cambios que producen obligados reajustes. Reajustes que obligadamente se oponen a las anteriores contradicciones. Así esos mismos cambios son el origen de nuevas contradicciones, las cuales, a su vez, inducen nuevos cambios. No obstante, estos sucesivos cambios muestran una dirección definida, un “movimiento”, un cierto proceso auto-organizador; en otras palabras: representan un proceso dialéctico de desarrollo. Proceso que finalmente terminará por destruir el sistema imperante, dando origen a un nuevo orden. Esta tendencia nos explica que las organizaciones políticas, uno de los componentes de la democracia burguesa, sobrevivan en medio de su completo descrédito entre las masas populares. Corrupción, caudillismo, burocratismo, insubordinación, transfuguismo, etc., son rasgos característicos de la actual situación de los partidos que empujan el sistema político mundial al borde del caos. Caos que genera pequeñas o grandes perturbaciones en el orden establecido. A la par de ese proceso de descomposición se desarrolla otra tendencia que brota de organismos que la propia experiencia social va creando. A ese conflicto se refiere Miguel Aragón en su Convocatoria al III Conversatorio Vecinal: “Dos tendencias en pugna: colapso general de la democracia representativa y desarrollo de las nuevas formas de democracia participativa.”[30] Un nuevo orden emerge de la desintegración del capitalismo que irá reemplazando la célula económica (familia) por una matriz reproductiva que cumplirá funciones defensivas, judiciales, productivas y administrativas.

Engels, hace más de cien años comentó que “nosotros propondríamos reemplazar en todas partes la palabra Estado por la palabra ‘comunidad’ (Gemeinwesen), una buena y antigua palabra alemana equivalente a la palabra francesa Commune.”[31] Más, ¿por qué proponía tal cosa? La razón es que en su concepto la Comuna de París era un Estado que había dejado de ser Estado; es decir, un nuevo poder donde el poder se iría diluyendo en sí mismo. La administración del poder, desde el punto de vista orgánico, es la completa dilución del partido dentro de células totipotentes. Por tanto, si la comunidad o los municipios constituyen las células de un nuevo Estado, bien pueden dar su nombre a las organizaciones partidarias antes de la conquista del poder: El nombre ideal es el que está en la mente de los potenciales consumidores.

El siglo XXI dará a la luz una nueva época. La naturaleza no sólo es fuente de trabajo del hombre sino, también, es materia de reflexión que le permite lograr lo que su constitución física no le admite realizar por sí misma (volar como las aves, por ejemplo). En materia de organización, los hombres siempre hemos admirado la “perfección” organizativa de las abejas o de las hormigas.

El hombre no es, ni mucho menos, el único ser social en la naturaleza; el ser humano no es sociable por excepción. La sociabilidad es un aspecto permanente del fenómeno general de la vida. Allí donde hay vida, hay ciertas formas de asociación de los seres vivientes. La ecología estudia esas formas de asociación tanto en el reino animal como en el reino vegetal. Pero en el reino animal, al que pertenece la especie humana, las formas de integración social presentan un carácter distinto al de las asociaciones vegetales, porque el vegetal está sujeto al suelo, mientras que los animales son individuos sueltos, desprendidos entre sí, que tienen autonomía y se mueven por propio impulso.

Sergio A. Moriello considera que una hormiga aislada “es una criatura sumamente tonta, estúpida, capaz únicamente de ejecutar -aunque de forma fiel y obstinada- un pequeño conjunto de rutinas innatas, pero condicionada por el entorno circundante. No obstante, tomadas en grupo, son capaces de erigir sociedades complejas con sofisticadas actividades como agricultura, ganadería, arquitectura, ingeniería e, incluso, prácticas de esclavitud. De esta forma, podría considerarse al hormiguero como un macroorganismo, que presenta un comportamiento global inteligente. Es decir, nadie planifica, nadie ordena ni controla, pero surge un comportamiento colectivo -quizás instintivo- o una necesidad que las "obliga" a trabajar juntas persiguiendo un fin común.”[32]

En esa línea de búsqueda, los resultados de una investigación sobre las hormigas en la Arizona State University y Princeton University[33], son muy importantes porque confirman:

Primero, la teoría de la complementación total de los sistemas hiperevolucionados. En el desarrollo del pensamiento se tiende hacia la formación de un “cerebro” colectivo, que marcará el fin del marxismo, y de toda doctrina, cuando éstas se conviertan en parte orgánica del pensar humano. Integración, convergencia y homogenización cultural es la ruta del hombre en el tiempo. El hombre en la historia, a través del ensayo y el error, ha dejado huellas de esa tendencia, algunos ejemplos son los imperios de la antigüedad hasta la moderna civilización capitalista. Un sistema social integrado es el inevitable colofón de la historia y la naturaleza humana.

Segundo, se confirman las previsiones del marxismo que observa, la causa más profunda de la anarquía e irracionalidad, en la contradicción principal de la sociedad burguesa: el conflicto entre la creciente socialización del proceso productivo y el carácter antisocial del control que la propiedad privada ejerce sobre ese proceso. La tecnología y la industria moderna tienden a unir a la sociedad mientras que la propiedad privada de los medios de producción la disuelve en mil fragmentos. Entre los humanos, un estado instintivo (adquirido) de comportamiento social, se dará al final del Macro ciclo clasista del sistema humano.

Si una revolución tuviera lugar en una sociedad burguesa desarrollada, entonces lo que se supone, y lo que de hecho ocurría a continuación, sería antes que nada una abundancia material, una abundancia de bienes, una abundancia de medios de producción y una abundancia relativa, o incluso absoluta, de capacidades humanas, de herramientas, de habilidades, de experiencia, de recursos, una abundancia de cultura. Coerción y restricción serían innecesarias en la dictadura del proletariado, y la existencia del mismo Estado dejaría de ser obligatoria o necesaria. La abundancia de recursos se sostiene en la abundancia de civilización y la abundancia de civilización en la abundancia de recursos. El comportamiento civilizado modela la conducta individual, haciendo que ésta se someta a los patrones de la actividad colectiva.

Si la revolución tiene lugar en sociedades subdesarrolladas, como ha ocurrido hasta ahora, el factor básico, decisivo y determinante al que tenemos que enfrentarnos es la escasez general: escasez de medios de producción, de medios de consumo, de capacidades, de habilidades, de escuelas, escasez de civilización y de cultura.[34] Y mientras exista escasez existirá falta de libertad, desigualdad, coerción cultural e intelectual, escasez por todas partes y sólo superabundancia del factor humano con un deseo infinito de salir del atraso y la miseria. La experiencia revolucionaria en la escasez señala el camino recorrido, sus limitaciones, encrucijadas y peligros; debe crear las condiciones para una vida civilizada moderna pero, al crear estas condiciones incuba el germen de la involución en la economía y la política. La posibilidad revolucionaria en la abundancia es el sueño del comunismo internacional.


25 de noviembre de 2009

Edgar Bolaños Marín



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[1] Miguel Vedda cita a Siegfried Landshut en su Prólogo a nueva traducción del Manifiesto Comunista, versión electrónica.


[2] El proyecto de elaborar un programa comunista surgió en 1847. Colaboraron en ese proyecto dos grupos de revolucionarios alemanes en el exilio: por un lado, el Comité de Correspondencia Comunista, fundado en 1846 en Bruselas, y del que formaban parte, además de Marx y Engels, figuras tales como Ferdinand Freiligrath, Wilhelm Weitling, Moses Hess, Georg Weerth y Wilhelm Wolf; y, por otro lado, la Liga de los Justos, reunida en Londres desde 1846 y conformada, principalmente, por artesanos alemanes emigrados que, hacia 1847, estaban resueltos ya a dejar atrás la gravitación que sobre ellos habían ejercido el socialismo utópico de Etienne Cabet y el comunismo humanista y cristiano de Wilhelm Weitling. El empeño en superar las posiciones precedentes indujo a Joseph Moll -uno de los líderes de la Liga , junto con Karl Schapper, Heinrich Bauer, entre otros- a contactarse con Marx y Engels, con vistas a asimilar nuevas ideas. Si bien, para los autores de La sagrada familia, la propuesta de Moll representaba, ante todo, una oportunidad insoslayable para “formular y hacer pública una profesión de fe comunista”, su influencia se hizo notar ya en el primer congreso de junio de 1847, en la que participó Engels y en la que se decidió cambiar el nombre de la organización por el de Liga de los Comunistas; al mismo tiempo, la consigna filantrópica "¡Todos los hombres son hermanos!" fue sustituida por una fórmula orientada a destacar el carácter clasista de la lucha: "¡Proletarios de todos los países, uníos!". En las sesiones que tuvieron lugar entre el 2 y el 9 de junio se aprobaron los nuevos estatutos; Engels redactó un primer esbozo programático, el Credo comunista -conocido entre nosotros como Principios del Comunismo, publicado por vez primera en Berlín, 1914 -, que fue aprobado como base de discusión, para lo cual debía ser enviado a todas las filiales. (fuente: Prólogo a nueva traducción del Manifiesto Comunista de Miguel Vedda, versión electrónica). El proyecto elaborado comenzó a circular entre los grupos locales o “comunas” para su estudio y discusión hasta el segundo congreso que debía aprobarlo. El 25-26 de octubre, Engels escribe a Marx una carta, donde le comenta la discusión en el grupo de París, en el que Moses Hess, en ausencia de Engels había hecho aprobar “una profesión de fe, deliciosamente corregida”. Posteriormente, el 23 -24 de noviembre del mismo año, Engels vuelve a escribirle a Marx para ponerse de acuerdo para asistir al segundo congreso donde le dice: “Piensa algo en la profesión de fe. A mí me parece que lo mejor sería prescindir de la forma de catecismo y dar a la cosa el título de Manifiesto Comunista. La forma adoptada hasta ahora no sirve, ya que habrá que exponer, más o menos, algo de historia. Yo llevaré el texto de aquí, el que yo he redactado, en tono sencillamente narrativo, pero muy mal escrito, con una prisa espantosa”. (Correspondencia Marx –Engels, Editorial Cartago, 1973) Poco es lo que se conoce – señala Miguel Vedda en el Prólogo mencionado – sobre el progreso concreto de la redacción de la obra; es innegable, sin embargo, que el trabajo se demoró más de lo esperado, ya que los líderes de la Liga enviaron a Bruselas un ultimátum el 24 de enero de 1848, en que instaban a Marx a hacer llegar el manuscrito a Londres antes del 1º de febrero de 1848. La imposición de un plazo perentorio surtió efecto, y Marx se dedicó intensamente a escribir el programa; no existen evidencias concretas, pero, como señala Wheen, es casi indudable que el Manifiesto fue íntegramente compuesto por Marx.

[3] Citado en el nuevo Prólogo al Manifiesto Comunista, publicado con ocasión del 150 aniversario de su primera edición, por la Conferencia de Partidos y Organizaciones Marxistas-Leninistas, Enero del 1998


[4] Umberto Eco, Qué anuncio, compañero Marx, Versión electrónica


[5] Oscar del Barco, Presentación a la compilación La crisis del Marxismo, Universidad Autónoma de Puebla, 1979, Pág. 18


[6] El movimiento socialista no es inmune a la crisis general del capitalismo en la cuál es un elemento más en la contradicción fundamental entre capital y trabajo.


[7] JCM, La Escena Contemporánea , Ob. Comp. 1964, Pág. 43


[8] En el Manifiesto del Partido Comunista, de Marx – Engels, se lee: “Las ideas dominantes en cualquier época no han sido nunca más que las ideas de la clase dominante”, y las viejas ideas tienen que ser vencidas por nuevas ideas que brotan de “la disolución de las antiguas condiciones de vida.”


[9] En los últimos meses en los medios electrónicos, seguidismo y caudillismo, son objeto fuertes críticas. Un revolucionario, busca descubrir nuevos caminos. Permanece siempre alerta, consciente. Un seguidor se vuelve ciego, se vuelve dependiente, se ata al motor de búsqueda del “maestro”. Es un esclavo mental, su espíritu está sometido una “fuente de luz”. Un revolucionario es responsable por sí mismo. El seguidor tiene su responsabilidad sobre los hombros de otro y se aferra a él. El revolucionario está alerta, no tiene temor, está abierto a cualquier nueva luz, siempre listo a cambiar, sus móviles ético-prácticos impulsan su agonía de combatiente. El seguidor cuando, el cálculo de los placeres forma parte de su razón de vida, encuentra en la política un medio para trepar en la escala socio-económica. El seguidor es esclavo de sus “jefes” mientras éstos le acrediten ventajas para sí mismo.

[10] JCM, Amauta Nº 20, Enero 1929, Necrología, Julio Antonio Mella

[11] Manifiesto del Partido Comunista, Prefacio de Engels a la edición Alemana de 1890, Ediciones en Lenguas extranjeras, Pekín 1968, Pág. 12-13. Asimismo véase a Eric Hobsbawm en La era del capital, 1848-1875. Editorial Crítica, año 1998, página 35 señala que “el socialismo previo a 1848 fue un movimiento muy apolítico dedicado a la creación de utópicas cooperativas”.

[12] “Era un comunismo apenas elaborado, sólo instintivo, a veces un poco tosco; pero fue asaz pujante para crear dos sistemas de comunismo utópico: en Francia, el ‘icario’, de Cabet, y en Alemania, el de Weitling.” Prefacio de Engels a la edición Alemana de 1890 del Manifiesto del Partido Comunista.

[13] Miguel Vedda, Prólogo a nueva traducción del Manifiesto Comunista, versión electrónica

[14] Si Marx y Engels en el siglo XIX viven la adolescencia del capitalismo. En el siglo XX, a Lenin y Mariátegui les toca gozar la madurez del capital internacional. Las generaciones del siglo XXI están saboreando la decadencia, la senectud, del capitalismo global.

[15] F. Engels en La ‘Contribución a la crítica de la economía política’, de Carlos Marx, escrito en 1859 define el concepto mercancía en los siguientes términos: “Pero lo que le convierte en mercancía es, pura y simplemente, el hecho de que a la cosa, al producto, vaya ligada una relación entre dos personas o comunidades, la relación entre el productor y el consumidor (…) La economía no trata de cosas, sino de relaciones entre personas y, en última instancia, entre clases, si bien estas relaciones van siempre unidas a cosas y aparecen como cosas.” (Fuente: Escritos económicos varios Marx –Engels, Editorial Grijalbo, S.A., México, D.F., 1962)

[16] Al Ries y Jack Trout, en los años setentas crearon la palabra posicionamiento para describir el proceso de colocar una marca en la mente de los potenciales clientes. Su libro Posicionamiento: la batalla por su mente, se ha convertido en un clásico. En los ochentas, introdujeron un concepto revolucionario denominado La guerra de la mercadotecnia, que es la aplicación de los principios de la guerra a los mercados. En los noventas, su obra La revolución del marketing La táctica dicta la estrategia, corona el trabajo conjunto de estos estrategas de la mercadotecnia.

[17] F. Engels, Marx y la nueva gaceta del Rin, Ob. Esc. Tomo II, Pág. 326

[18] Manifiesto del Partido Comunista, Ediciones en Lenguas extranjeras, Pekín 1968, Pág. 12-13

[19] Engels, Temas internacionales del Estado popular, citado por V. I. Lenin en Estado y Revolución, versión electrónica.

[20] Thomas Kuhn, La estructura de las revoluciones científicas, versión electrónica. Publicada inicialmente como monografía en la Enciclopedia Internacional de la Ciencia Unificada (International Encyclopedia of Unified Science), y luego como libro por la Editorial de la Universidad de Chicago en el año 1962. En el 1969, Kuhn agregó un apéndice a modo de réplica a las críticas que había suscitado la primera edición.

[21] Etienne Balibar, Sobre la dictadura del proletariado, Siglo Veintiuno editores. 1977, Pág.36

[22] Engels citado por Lenin en Estado y Revolución, Versión electrónica.

[23] Carta de la Célula Carlos Marx dirigida: A los Camaradas de la Dirección Regional de Arequipa del Partido Comunista / Camaradas de los organismos base (células) del CR de Arequipa del PCP / Camaradas comunistas, sin militancia partidaria, con fecha, Arequipa, 01 de Septiembre del 2009

[24] Marx – Engels, Manifiesto del Partido Comunista, Ediciones en Lenguas extranjeras, Pekín 1968. Versión electrónica

[25] Heinrich Gemkow y otros, Federico Engels, Biografía completa, Editorial Cartago, Bs As. 1976, Pág. 341

[26] Êtienne Balibar, Sobre la dictadura del proletariado, Siglo Veintiuno Editores, 1977, Pág. 37

[27] A. Gramsci, Notas sobre Maquiavelo, sobre la política y sobre el Estado moderno, Ediciones Nueva Visión, Bs. As. 1972, Pág. 27

[28] A. Gramsci, Notas sobre Maquiavelo, sobre la política y sobre el Estado moderno, Ediciones Nueva Visión, Bs. As. 1972, Pág. 32

[29] Carta de Engels a Gerson Trier del 18 de diciembre de 1889.

[30] Miguel Aragón, III Conversatorio Vecinal, Municipios zona residencial Lima sur, 13 noviembre 2009

[31] Carta de Engels a Bebel 18-28 de marzo de 1875.

[32] Sergio A. Moriello, Sistemas complejos, caos y vida artificial, versión electrónica

[33] Véase Tendencias 21, Las hormigas ganan a los humanos en la toma de decisiones colectivas 28/07/2009

[34] Isaac Deutscher, El marxismo de nuestro tiempo, Ediciones Era, 1972, Pág. 19-20