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Las llamadas redes sociales se ofrecen como la
posibilidad para el capital usurero y sus adláteres de apropiarse de bienes no
tangibles, erigiéndose incluso como benefactores y agentes morales de un
salvacionismo ecológico.
18/02/2021
La red internet, como hoy la conocemos, tiene
apenas 30 años. Si bien sus orígenes se remontan a un proyecto de carácter
militar de la Agencia de Investigación de Proyectos Avanzados (ARPA) del
Departamento de Defensa de los EEUU en los años 60´, cuyo objetivo era crear un
sistema de comunicación capaz de resistir un ataque nuclear, los protocolos
HTML, HTTP y URL serían escritos recién en Octubre de 1990 por Tim Berners-Lee,
por entonces ingeniero de software en el Centro Europeo para la Investigación
Nuclear (CERN) de Suiza.
La intención en esa nueva etapa
fue la de conectar y facilitar el acceso al conocimiento existente en distintos
lugares. El enorme potencial de esta genialidad enciclopedista se desataría a
través de la gratuidad de sus códigos base. Como lo señala el mismo
Berners-Lee: “Si la tecnología fuera propietaria y estuviera bajo mi control
total, probablemente no habría despegado. No se puede proponer que algo sea un
espacio universal y al mismo tiempo mantener el control".1
En 1997, el abogado Andrew Weinreich lanzaría con
su grupo de conjurados, la que sería la primera red social digital, cuyo nombre
“Six Degrees” hacía referencia a la tesis de los seis grados de separación, a
través de los cuales una persona puede llegar a cualquier otra en el mundo.
Sin embargo, lo que en sus inicios significó
construir puentes desde un esquema abierto para facilitar la relación entre
cercanos y para acercar lejanías, fue derivando en el actual sistema
concentrado, dominado por unas pocas corporaciones.
Contextos tecnológicos, geoeconómicos y
geopolíticos
Ningún fenómeno escapa a la estructura contextual
que lo rodea. De este modo, es preciso acompañar el análisis con la
visibilización de algunos de los distintos vectores que acuñaron la situación
presente. El más obvio es el vertiginoso crecimiento de la penetración global
de internet que de 1 millón de computadoras conectadas en 1992 llega en la
actualidad a más de 4600 millones de usuarios conectados (2020), alrededor de
un 60% de la población global.
Asimismo, influyó en la
posibilidad de intercambiar volúmenes de información a gran escala el
incremento de las velocidades de conexión, aunque en ello la disparidad mundial
se hace presente de manera dramática: mientras la media de 29 países de Europa
Occidental muestran una velocidad de 81.19Mbps2,
los Estados Unidos de 71.3, hay varios países de África que apenas bordean 1
Mbps. Aun así, de la mano del reemplazo de los pares de cable de cobre por la
fibra óptica y otras mejoras tecnológicas, hay avances en todas las regiones,
aunque la brecha de velocidades continúa agrandándose.
Junto a ello, la invención y el relativo
abaratamiento de teléfonos celulares con funcionalidades cada vez mayores, las
mayores capacidades de almacenamiento de datos, el desarrollo de innumerables
aplicaciones y los avances de la inteligencia artificial, han hecho de la red
una suerte de universo electrónico que avanza de manera imparable sobre el
mundo físico.
Por otra parte, la red internet acompañó y creció a
la vera de la premisa de globalización neoliberal, constituyéndose en una
herramienta primordial del comercio electrónico y de la especulación
financiera. Los inversores de capital de riesgo hicieron crecer el valor de
bolsa de las empresas del sector (las punto.com)
en base a las expectativas de rédito rápido, lo cual inyectó billonarias sumas
de dinero que permitieron que en un lapso no mayor de una década desplazaran de
los índices bursátiles a las petroleras, mineras, aseguradoras, compañías
fabricantes de aviones, entre otras habitualmente situadas en los primeros
puestos de este ranking de dudoso prestigio moral.
El capitalismo en su conjunto encontró así un nuevo
nicho expansivo y los jóvenes emprendedores de estilo casual (en realidad
competidores tan despiadados como sus antecesores de abultada barriga y
sombrero de copa) comenzaron a constituirse en los protagonistas centrales del
acaparamiento virtual.
La táctica fue la de cualquier monopolio: hundir o
comprar a la competencia. En ambos casos, para hacerse con sus mejores talentos
y desarrollos. Así decía Mark Zuckerberg, quizás exagerando un poco, en 2010:
“no hemos comprado ni una vez una compañía por la compañía misma. Compramos
compañías para obtener personas de excelencia”. Desde la formalización de su
dominio facebook.com en 2005, la corporación
hizo 82 adquisiciones, entre las que se destacan en los últimos años redes como
Whatsapp e Instagram.
De este modo, la voracidad capitalista engulló
cualquier atisbo de sociabilidad humana, salvo en su propaganda.
Otro factor fundamental en la reconversión
instrumental de internet y las redes sociales ha sido el aspecto geopolítico.
Con la unipolaridad alcanzada por Estados Unidos en el transcurso de una
cruzada que parecía definitiva (al menos según sus propios gurúes), internet y
sus fenómenos conexos sirvieron (y sirven todavía) no solamente para la
captación y mercantilización de nuevos espacios sino también como ariete de
penetración cultural de primer orden.
Sin embargo, la emergencia de un multilateralismo
opuesto a aquella pretensión imperial, junto a estrictas normas de control,
barreras electrónicas y un imponente financiamiento estatal, dio lugar a la
aparición de emporios de tecnología digital en China, Rusia e India, entre
otros países, que se han constituido en severa competencia a los conglomerados
digitales estadounidenses.
La batalla por el predominio tecnológico digital ha
trasladado al espacio telemático la lucha por la preeminencia de poder en el
espacio internacional. La ciberguerra en curso es expresión menos visible de
las tradicionales contiendas armadas y sin embargo, está profundamente
imbricada con ellas.
Más allá de la contrapolaridad surgida en las
últimas décadas, la estructura de la red de internet conserva todavía las
trazas hegemónicas, estando en territorio estadounidense 7 de los 13 servidores
DNS raíz que constituyen el centro del sistema. Los otros 6 están divididos
físicamente y dispersos geográficamente.
Extractivismo digital
Al entrar el vector productivo del capitalismo en
una crisis relativa de rentabilidad, éste ha desplegado una fase de
financiarización extrema afectando gravemente no solo cualquier posibilidad de
estabilidad social o de vida digna, sino también llegando a desequilibrar de
modo cada vez más crítico los límites de los sistemas medioambientales.
Ante esta encrucijada de crisis, la tecnología
digital y, en particular, una de sus variantes más vistosas, las llamadas redes
sociales, se ofrecen como la posibilidad para el capital usurero y sus
adláteres de apropiarse de bienes no tangibles, erigiéndose incluso como
benefactores y agentes morales de un salvacionismo ecológico.
Al enorme daño producido por el extractivismo
material ilimitado para exclusivo consumo de las minorías primero, y el
encadenamiento afiebrado de las mayorías después, se agrega ahora un
extractivismo digital, que hace de la información que brinda cada usuario con
un consentimiento engañoso, su principal commodity. Esta información,
reelaborada a través de matrices de análisis de inteligencia artificial, será
vendida luego al mejor postor. De este modo, el usuario de las redes
sociales es transformado en producto.
La calidad predictiva de los datos acumulados, sin
embargo, mejora y aumenta por tanto su valor, en la medida en que los hábitos
del conjunto escrutado coinciden con la información provista a terceros. Por
tanto, las redes sociales no solamente apuntan a mostrar probabilidades, sino a
construir persuasivamente aquel modelo que se predice. Así, el usuario se
convierte también, idealmente, en arcilla modelable en manos del poder digital.
El modelo de negocios en su esquema primario se
completa con el negocio de la publicidad (siempre dirigida a través de la
apropiación de los datos del usuario). Las redes son también enormes carteleras
publicitarias, que ofrecen espacios de manera dirigida y segmentada, para que
los interesados, pago mediante, hagan visible sus mercancías.
De una manera similar a la de los amañados sistemas
de “rating” televisivo, el precio de la publicidad aumenta según la permanencia
del usuario en la plataforma, por lo que los talentosos informáticos
desperdician su ingenio en inventar atracciones y distracciones para que no
logres salir de la telaraña.
A estas alturas es preciso separar la paja del
trigo. Hay redes sociales corporativas más agresivas que otras, como Facebook,
para la que estima en 2020 una ganancia neta de 21 mil millones en publicidad.
Instagram, propiedad de aquella, ha crecido fuertemente, llegando ya a los 500
millones de usuarios diarios y proyectando ganancias por 12 mil millones en el
mismo rubro. En el caso de Twitter, la compañía ha declarado el año finalizado
como muy exitoso, totalizando 1290 millones de ganancia.
De manera global, la publicidad en las redes
sociales se ha duplicado en solo cuatro años (2017-2021), pasando de 54.604
millones de dólares a una cifra proyectada para 2021 de 110.600 millones.
Las notificaciones, solicitudes de “amistad” no
solicitada, la acumulación de seguidores, los recordatorios de cumpleaños, las
etiquetas, la elección de diversos tonos de “me gusta”, las historias y muchas
otras estratagemas son solamente recursos efectivos para captar la atención.
Pero el principal recurso son tus verdaderos amigos, tus familiares y
compañeros, los que temes no sepan de ti si no participas de la red. Es por
ellos que te dejas atrapar.
Un sistema de inteligencia planetaria
No hay mejor sistema de inteligencia que aquel en
el que el propio sujeto vigilado abre el cofre de sus ideas, conductas y
recuerdos de modo “voluntario”. Un sistema que además no descansa, sino que
acopia, analiza, clasifica segundo a segundo volúmenes de información
difícilmente imaginables.
La cercanía efectiva de las plataformas digitales
con el estrecho tejido conformado por el sector militar, las agencias de
inteligencia y la industria, tanto en Occidente como en Oriente, hace que la
filtración de datos no sea la excepción sino la norma.
El dato estadístico se ha transformado en dato
individualizado y el número en imagen, pudiendo hoy cada persona en movimiento
ser identificada y localizada mediante la tecnología satelital y el crecimiento
rasante de las aplicaciones de reconocimiento facial.
Minuto a minuto, el incauto usuario agrega materia
prima a los sistemas de aprendizaje automático, que reconocerán luego cada
imagen similar en su archivo para trazar el sistema de relaciones de cada
individuo.
En su informe Surveillance
Giants (“Gigantes de la vigilancia”, 2019) Amnesty International
muestra cómo el modelo empresarial, basado en la vigilancia, de Facebook y
Google es intrínsecamente incompatible con el derecho a la privacidad y
representa un peligro sistémico para diversos derechos más, como la libertad de
opinión y de expresión, la libertad de pensamiento y el derecho a la igualdad y
a no sufrir discriminación.
A lo que agrega de modo terminante: “Para proteger
nuestros valores humanos básicos —dignidad, autonomía y privacidad— en la era
digital es necesaria una transformación radical del modo en que las grandes
empresas tecnológicas desarrollan sus actividades a fin de dar paso a una
Internet basada en los derechos humanos.”
Entretenimiento vs. Conocimiento
En un ensimismamiento difícil de romper, los seres
humanos nos entretenemos por la ventana de las redes. Inspeccionamos la vida
ajena a través de sus perfiles desarrollando un grado no encomiable de
voyeurismo digital, jugamos a los cientos de juegos interconectados que cada
red nos ofrece, miramos series, buscamos videos y memes graciosos. La vida pasa
y se nos pasa en las redes sociales.
En 2019, según el Global Web Index, las personas entre 16 y 24
años de edad pasaron cerca de tres horas al día en redes. Actuales
proyecciones estiman que un ser humano que utiliza redes sociales pasará en
promedio 5 años de su tiempo vital total enchufado a este imán virtual.
Según la misma fuente, en general, y en proporción
descendente las personas usan las redes para “encontrar contenido divertido”,
“pasar el tiempo”, “estar al día con noticias y eventos”, “mantener el contacto
con lo que hacen mis amigos”, “compartir fotos o videos con otros”, “trabajar
con otros”, “buscar cosas para comprar”, “conocer nuevas personas” y “compartir
mi opinión”.
Probablemente la encuesta haya soslayado la opción
o quizás figure en la estadística en los márgenes descartables, lo cierto es
que los menos parecen buscar conocimiento a través de las redes sociales
digitales.
Impacto político
Nada nuevo agregaremos señalando el enorme volumen
de información manipulada que circula a través de estos dispositivos y la
utilización nefasta que habitualmente las derechas hacen de ello, estimulando
el discurso de odio y la violencia. Las “noticias falsificadas”, bulos,
rumores, campañas de desprestigio, la artillería de los ejércitos de troleo,
circulan aquí por una ancha avenida.
Sin embargo, desinformar de manera interesada,
sembrar sospechas, descontextualizar expresiones o acciones, no es nada nuevo,
ni característica exclusiva de estas redes, sino práctica habitual del género
periodístico de nuestros días en los medios manejados por el capital. Incluso y
sobre todo, en sus secciones más “serias”, la mentira y el amarillismo son
moneda común.
Lo mismo sucede con la interesada censura de ideas
que adversan el sistema capitalista y con la promoción descarada de aquellas
que lo defienden.
¿Qué cambia entonces con las redes? Nada y todo.
Nada, porque la clasificación, discriminación, deformación y censura de la
información según sea su tinte político, continúa existiendo, trasladando sus
formatos a la arena digital. Todo, porque la manipulación se introduce de
manera permanente a través de dispositivos que nunca dejamos a más de un metro de
distancia y que, como colmo del cinismo, anuncian de manera sonora o vibrátil
su intromisión. Y también, porque el tipo y cantidad de información almacenada
sobre cada quien, permite enviar misiles teledirigidos de desinformación
perfectamente segmentada, en tiempo real y de manera continuada.
El lado más claro de la luna
Con todas estas lacras, ¿será posible encontrar
algo de interés en estos instrumentos, algún atisbo de comunicación creativa y
positiva? Por supuesto.
Las personas, a pesar de todos los filtros y
desvíos mercantiles, logran conectar con otras a distancia a través de redes de
mensajería que consiguen abaratar y estimular el diálogo fluido e instantáneo,
aun a costa de la exposición de macrodatos sensibles en aquellas donde la
encriptación es apenas una pantalla.
Ante la fragmentación del tejido social agudizada
por el individualismo y el debilitamiento de las formas gregarias tradicionales
por la transición a un mundo postindustrial, las redes cumplen una función
sucedánea, intentando compensar la progresiva desconexión de los conjuntos.
Al mismo tiempo y a sabiendas de la censura
intencional que las corporaciones digitales ejercen con sus algoritmos para que
nadie escape del redil conservador, la comunicación alternativa, comunitaria,
revolucionaria, organiza buena parte de su esfuerzo de difusión a través de
ellas, permeando en general al menos franjas contiguas de sensibilidad.
Así, se multiplican las transmisiones, los encuentros
virtuales, las convocatorias de eventos y movilizaciones, la difusión
periodística, el contrapunto a las pesadas formas unidireccionales.
Lejos de ser ingenua, la efectividad de esta acción
despierta las alarmas de la pax romana digital de las plataformas, comenzando
éstas su despiadada cacería contra las cuentas herejes, inmolándolas de
inmediato con un click. Esta censura procede habitualmente contra las opciones
de la izquierda global, aunque más recientemente, después de mucho tiempo de dejar
que el odio supremacista las inunde, también han procedido a desmontar algunos
canales de la ultraderecha. De este modo, los Torquemadas del Valle Siliconado,
exhiben su verdadero rostro censor, abandonando todo vestigio de defensa de la
libertad de expresión.
El ciberactivismo ha sido decisivo en la ola de
movilización generacional masiva posterior a la crisis bursátil de 2008,
movilización que desde Túnez y Egipto, llegó a los indignados del 15 M español,
al Occupy estadounidense, al Taksim turco e incluso fue emulado en su
metodología en la protesta contra la gobernadora de Hong Kong.
Claro está que, en ocasiones, detrás de una
legítima dialéctica impulsada generacionalmente a través de las redes, detrás
de agitaciones y protestas de carácter justo, hay móviles reaccionarios que
preparan y fogonean levantamientos cuyos objetivos nada tienen que ver con
posturas de evolución social. En estos casos, las redes suelen abrir compuertas
de manera interesada a las corrientes que mejor pagan y más provechosas son
para sus fines y cerrarlas cuando los propósitos de la facción globalista del
capitalismo se ve contrariada. Pensar que las corporaciones digitales son
neutras es de una ingenuidad absoluta, de graves consecuencias.
Corolario
¿Se puede vivir sin estar en las redes sociales?
¿Se puede prescindir de ellas en la acción ideológica y política? ¿Cómo
aprovechar su alcance sin alimentar el monstruo avaro que vive en su interior?
¿Son las redes alternativas, federadas, libres, una ficción de minorías? Estos
son interrogantes a los que se enfrentan los movimientos sociales críticos,
cuestionamientos que ya han rebasado el círculo de un estricto y algo hermético
activismo digital.
En América Latina y el Caribe, viene creciendo
desde hace un par de años la iniciativa Internet Ciudadana que exhorta
firmemente a articular los distintos sectores para abordar de manera
transversal, conjunta y con anclaje territorial real este desafío, hacia la
democratización y descolonialización del sistema digital.
Entre sus primeras propuestas, el espacio propone
acometer la sensibilización masiva sobre la problemática, efectivizar el acceso
a internet como derecho humano implementando al mismo tiempo la alfabetización
digital con sentido crítico. Del mismo modo, promueve el uso de tecnologías
libres sin abandonar los campos centrales de disputa comunicacional con la
producción de contenido informativo contrahegemónico de calidad desde y para
los sectores populares.
Por otro lado, como bandera prioritaria de lucha se
proclama la necesidad de establecer un régimen de potestad y protección sobre
los datos que ilegalice su apropiación. Del mismo modo, es preciso regular el
accionar de las plataformas digitales hegemónicas desde los Estados y a través
de mecanismos de integración regional, mientras se van creando o fortaleciendo
herramientas similares de carácter soberano. De suyo, este accionar debe ser
integrado en el marco de proyectos políticos de base amplia, cuyos programas
contemplen a las nuevas tecnologías, y en especial, a los canales digitales
como vías de emancipación y no de enajenación cultural o económica.
En definitiva, para que la tecnología sirva a la
liberación humana y a la evolución de la vida, debe ser reconocida como lo que
en realidad es: un bien común, acuñado colectivamente en el proceso histórico
de la experiencia humana.
- Javier Tolcachier es investigador en el Centro
Mundial de Estudios Humanistas y comunicador en agencia internacional de
noticias Pressenza
Publicado originalmente en el Dossier El laberinto
de las redes sociales –La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana http://lajiribilla.cu/articulo/redes-o-telaranas-sociales-un-asunto-atrapante
1 History of the web. Web Foundation. https://webfoundation.org/about/vision/history-of-the-web/
2 https://www.cable.co.uk/broadband/speed/worldwide-speed-league/
https://www.alainet.org/es/articulo/211024