No faltan
los estrategas dentro del Pentágono que hablan de “guerras nucleares limitadas”
o de “guerras atómicas de baja intensidad”. Otros estrategas militares,
conocedores de estos temas y con visiones más racionales, afirman que eso
sería incontrolable.
27/01/2022
El título de
este opúsculo es una frase habitualmente atribuida a Einstein, muy elocuente de
la situación actual que vive la Humanidad. Es sabido que de desatarse
una nueva guerra mundial, las grandes potencias implicadas (Estados Unidos y
Rusia principalmente, China en segundo lugar) poseen una capacidad en
armamentos nucleares tan monumental que podría pensarse en la desaparición de
toda especie viva de la faz del planeta. Sería un holocausto superior incluso
al que ocurrió hace 66 millones de años, con la caída de un meteorito en lo que
hoy se conoce como el Cráter de Chicxulub, en la península de Yucatán, México,
cuando desapareció el 75% de toda forma viva (animal y vegetal), produciendo la
extinción de los dinosaurios.
Hoy día, en
realidad, el gran público no puede saber con exactitud cuánto armamento nuclear
existe efectivamente en el mundo. Como todos los muy guardados secretos de
orden militar, los ciudadanos de a pie podemos tener retazos de información,
podemos especular un poco, intuir algo. Los académicos y centros de
investigación que estudian estos temas tienen acceso a determinados datos,
aunque todo indica que no a su totalidad. Muchos menos, a los planes
estratégicos que tienen trazadas las potencias que manejan el orden
global.
Lo cierto es
que, hasta donde se sabe, existen en el mundo alrededor de 15.000 armas
nucleares. En el momento más álgido de la Guerra Fría, que enfrentaba a Estados
Unidos y la Unión Soviética como superpotencias con poder atómico, hacia 1985
llegó a haber 65.000 armas activas. Con el desmantelamiento de la segunda, se
produjeron significativos recortes a esos arsenales. De todos modos, muchas de
esas armas que oficialmente salieron de servicio de acuerdo a los tratados de
desarme firmados, nunca se destruyeron, sino que fueron parcialmente
desmanteladas, estando en condiciones de volver a ser operativas con rapidez.
El poder de fuego nunca desapareció; en todo caso se redujo al nivel de la
época en que se desató la llamada “crisis de los misiles”, en 1962, cuando la
Unión Soviética estacionó armamento nuclear en la isla de Cuba, a kilómetros de
La Florida.
En otros
términos: la capacidad de destrucción total nunca desapareció, aunque hoy día
no se curse una Guerra Fría (y caliente en determinadas regiones del mundo,
donde se enfrentaban las dos superpotencias a través de guerras locales:
África, Medio Oriente, Centroamérica). La capacidad instalada en la actualidad,
aunque menor a los peores momentos de aquella guerra nunca desatada, continúa
siendo altamente letal. Del total de bombas atómicas, el 92% pertenece a las
dos superpotencias nucleares: Estados Unidos y la Federación Rusa, heredera de
la Unión Soviética, con alrededor de 7.000 cada una. Otros países
–curiosamente, todos los otros miembros del Consejo de “Seguridad” de Naciones
Unidas– completan el cuadro: Francia, China y Gran Bretaña. Junto a ellos,
también otros Estados poseen este armamento, en mucho menor medida: India,
Pakistán, Corea del Norte e Israel (que oficialmente dice no disponerlo).
Debe
remarcarse que el poder destructivo de cada uno de estos artefactos es, como
mínimo, 20 veces superior a las bombas que lanzó Estados Unidos en 1945 sobre
Japón (Hiroshima y Nagasaki), único país de la historia en utilizar este
armamento en acciones de enfrentamiento real, y justamente cuando la Segunda
Guerra Mundial ya estaba decidida y la nación nipona prácticamente rendida.
Pero hay un agravante: los medios para hacer llegar esos ingenios a sus
objetivos han seguido desarrollándose, y hoy asistimos a misiles hipersónicos,
con una velocidad estratosférica, capaces de burlar todas las defensas
enemigas. En estos momentos Rusia tiene la total delantera al respecto, siendo
que China acaba de realizar una prueba –negada por Pekín, agigantada por
Washington, que vivió esa experiencia como un nuevo y devastador “momento
Sputnik”– de un misil de este tipo que va dejando a Estados Unidos a la zaga.
Se calcula que el país americano lleva un retraso de, al menos, tres años en
relación a sus rivales en esta capacidad bélica.
¿Por qué
decir todo esto? Valen aquí palabras de Freud, judío de familia, en respuesta a
una carta de otro judío atemorizado por el avance del nazismo en la década del
30 del pasado siglo: Albert Einstein. En contestación a esa carta-pregunta del
físico alemán, ¿por qué los seres humanos pareciera que viven matándose
continuamente a través de la historia?, el médico vienés respondió en 1932, en
un texto imprescindible conocido luego como “El porqué de la guerra”: “Usted se
asombra de que sea tan fácil incitar a los seres humanos a la guerra y supone
que existe en los seres humanos un principio activo, un impulso de odio y de
destrucción dispuesto a acoger ese tipo de estímulo. Creemos en la existencia
de esa predisposición en el ser humano”. A eso Freud lo llamó, en lo que él
mismo consideraba su “mitología” conceptual: pulsión de muerte
(Todestrieb).
Todo indica,
desde la clínica individual al estudio del curso de la historia, que
efectivamente habría una tendencia destructiva muy grande en los seres humanos.
“La violencia es la partera de la historia”, pudo decir Marx al ver la marcha
de la Humanidad. Entonces: ¿es posible hoy la desaparición de la especie humana
producto de una guerra que desate la furia nuclear acumulada? Sí, sin
dudas.
Según los
científicos conocedores de estos asuntos, de activarse todos los arsenales
nucleares disponibles en la actualidad se podría producir una explosión de
tales dimensiones cuyas secuelas llegarían hasta los confines del Sistema
Solar, hasta la órbita de Plutón. Ello podría ocasionar la muerte de millones y
millones de seres humanos en forma inmediata producto del impacto, más otros
miles de millones al corto tiempo por efecto de las nubes radioactivas que
envolverían todo el planeta. Quienes eventualmente sobrevivieran, morirían de
hambre a la brevedad, porque el invierno nuclear (polvo levantado por las
explosiones, similar a lo del meteorito de Yucatán) cubriría el sol por una
década como mínimo, creando una noche continuada que eliminaría toda forma
viva. La frase de Einstein respecto a una posible cuarta guerra mundial queda
así demasiado esperanzadora, en exceso optimista: ¡no quedaría nadie!
Es imposible
predecir si eso puede pasar. Queremos creer que la racionalidad y la sensatez
se impondrían, y que nadie quiere comenzar un conflicto que puede terminar en
ese Armagedón atómico. De hecho, las potencias utilizan la expresión
MAD: Mutually Assured Destruction (Destrucción Mutua
Asegura), relación también conocida como “1+1=0”, para referirse al eventual
escenario de una guerra nuclear: ninguno de los dos adversarios
sobreviviría. Mad, curiosamente, significa “loco” en idioma inglés. Confiamos
en que nadie va a ser tan “loco” de oprimir el primer botón. Pero la intuición
freudiana –no muy distinta a lo que pueden haber dicho Marx o Einstein– parece
tener mucha consistencia.
En estos
momentos se está jugando con fuego. Y no debe olvidarse que cuando se juega con
fuego… nos podemos quemar. El detalle a tener en cuenta es que ahora esa
quemazón implica la posible desaparición de la Humanidad. ¿Por qué decir esto?
Porque una vez desatado un ataque nuclear, la vuelta atrás es imposible. Todos
los análisis coinciden en que es técnicamente imposible una conflagración
nuclear, porque allí no habría ganadores. Las bravuconadas, amenazas y mentiras
son parte esencial de la guerra.
Es obvio
que, aunque sin nombrarla, vivimos ya una nueva guerra fría. La clase dominante
de Estados Unidos, o mejor aún: el complejo militar-industrial de ese país, que
es quien fija su política exterior, se beneficia de ese clima de bravuconería y
amenazas. Ver en el otro un enemigo monstruoso obliga a mantener siempre en
funcionamiento la industria militar. Industria, no olvidarlo nunca, que es la
más próspera de todas en el planeta, con facturaciones que equivalen al
Producto Bruto Interno de muchos países juntos del Sur global.
Ese complejo
militar-industrial necesita enemigos; de su aparición, y cuanto más temible
sea, depende su éxito comercial. La Unión Soviética fue la excusa perfecta para
mantener ese gran negocio por décadas. Ahora es Rusia, y recientemente también
China pasó a ser buen candidato. En un libro aparecido en plena pandemia, en
2021: “2034: A Novel of the Next World War” (“2034:
una novela de la próxima guerra mundial”), el almirante de la Marina
estadounidense, ahora retirado, Jim Stavridis, quien fuera comandante de
las fuerzas de la OTAN en Europa, junto al escritor Elliot Ackerman, pintan el
escenario de una tercera guerra mundial iniciando en el Mar de China. Más allá
del posible sensacionalismo novelesco, más de algún comentarista preguntó por
qué poner esa guerra con China tan lejana, porque ya estaría comenzando en un
par de años.
¿Estados
Unidos desea una guerra nuclear? Una guerra total con todas las armas
desplegadas, no. Pero no faltan estrategas dentro del Pentágono que hablan de
“guerras nucleares limitadas”, “guerras atómicas de baja intensidad”. Locura
absoluta. Otros estrategas militares, conocedores de estos temas y con visiones
más racionales, afirman que eso es incontrolable, por dos motivos: 1) las nubes
radioactivas se diseminan por todo el planeta (Europa Occidental, casi en su
totalidad, sigue sufriendo contaminación en sus suelos por el desastre de
Chernóbil de hace ya varias décadas). 2) El inicio de una guerra solo habla de
cómo comienza la misma, jamás de cómo termina. Esto significa, como dijera
Freud, que es “tan fácil incitar a la guerra [pues] supone que existe en los
seres humanos un principio activo, un impulso de odio y de destrucción” por el
que nadie quiere perder. Además, en el transcurso del combate, pueden surgir
imponderables que deciden el final: errores humanos, sabotajes, aprovechamiento
del escenario por terceras fuerzas que indirectamente se benefician de la
situación, acciones locas y desesperadas de quien va perdiendo. Las guerras no
son racionales: son humanas. Y los humanos distamos mucho de ser robots
racionales.
La clase
dominante de Estados Unidos pareciera que realmente se cree depositaria de un
destino manifiesto de salvación de la Humanidad. Articulando eso con los
negocios y con un american way of life que solo ve al
resto del mundo como subordinado, al que hay que llevarle los “buenos
principios” de la democracia liberal y la prosperidad capitalista, desde hace
100 años la emprende contra todos. Los Documentos de Santa Fe, piedra basal de
esa élite dueña de buena parte del mundo, llevan por título “Por un nuevo siglo
americano”, dando por supuesto que los destinos de la Humanidad deben seguir
siendo regidos desde la Casa Blanca de Washington en el siglo XXI, similar a lo
ocurrido en el XX.
Pero el
mundo no es más unipolar, como pareció serlo cuando caía el Muro de Berlín, se
desintegraba la URSS y China abrazaba el libre mercado. Aunque la Unión Europea
–otrora dominadora del planeta, arrogante y racista– ahora sea un triste furgón
de cola de Estados Unidos, ahí están Rusia y China mostrando que el mundo no es
solo como lo conciben los halcones guerreristas de Washington. El mundo no es
un paraíso, y ninguna de esas dos potencias euroasiáticas lo promete. En
realidad, no hay paraíso, ni lo podrá haber nunca. La historia humana se
escribe con sangre. Pero puede haber algo más equitativo que el actual desastre
del capitalismo global al que asistimos, donde su principal negocio ¡es la
guerra! El experimento del primer estado obrero y campesino en Rusia muestra que
otro mundo sí es posible. La actual Rusia capitalista y mafiosa ¿será solo un
accidente de la historia y volverá el socialismo? La Nueva Ruta de la Seda
china no es, hoy por hoy, la solución a los problemas de la Humanidad, pero
abre preguntas sobre el mundo por venir, mostrando que hay alternativas al
capitalismo más rapaz y sanguinario. Las provocaciones cada vez más descaradas
de Estados Unidos contra Rusia (con el calentamiento de Ucrania en este
momento, lo que forzó a Moscú a declarar que si la OTAN no cesa en su
acercamiento preocupante llevará a instalar misiles rusos en Venezuela y Cuba)
y contra el gigante asiático (con la militarización del Mar de la China y una
subida provocación con una tremenda flota de guerra en el área) pueden deparar
cualquier cosa. Quizá todo no pasa de escaramuzas bélicas con algunos muertos
con armamento convencional, pero ¿quién lo sabe? Insistamos: se puede saber
cómo empiezan las guerras, pero no cómo terminan.
Nadie quiere
perder en una guerra, y la avidez de la clase dirigente norteamericana parece
no tener freno, más aún ahora que comienza a ver que va cayendo su hegemonía
planetaria. ¿El gigante herido estará dispuesto a hacer cualquier cosa para
mantener su predominio? ¿Armas nucleares? Pero… quien juega con fuego, se
quema. Alguien, parafraseando la frase de Einstein que sirve como título del
presente escrito, dijo mordazmente: “Que venga de una vez la guerra atómica
total. Quizá así, los que sobrevivan pueden empezar de nuevo y no lo hagan tan
mal como se hizo hasta ahora”. ¿Valdrá la pena esperar el holocausto
termonuclear para recomenzar, o mejor luchar ahora por un mundo sin las
inequidades de las que, aunque quiera, no puede salir el sistema capitalista?
Fuente: https://www.alainet.org/es/articulo/214807