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domingo, 4 de diciembre de 2022

  ¿QUIÉN DIJO QUE EL SOCIALISMO FRACASÓ?


Marcelo Colussi

04/12/2022

 

La Revolución Soviética no necesitó ONGs

La Revolución Socialista de 1917, capitaneada por los bolcheviques, primera experiencia socialista del mundo, consiguió fabulosos logros para la clase trabajadora y el pueblo ruso y para todas las nacionalidades que terminaron conformando esa amplia confederación que era la Unión Soviética, logros que marcaron camino para todos los pueblos del planeta. El primer Estado obrero y campesino de la historia, proviniendo de una nación semifeudal manejada por una monarquía hereditaria despótica con casi nulo desarrollo industrial que mantenía a las grandes masas en una situación paupérrima, en pocos años obtuvo avances extraordinarios.

Así, entre las cosas más significativas, pueden mencionarse:

Salario mínimo y digno para toda la clase trabajadora

Descanso semanal remunerado

Vacaciones pagas

Licencia por maternidad

Transporte público de alta calidad subvencionado (el Metro de Moscú se considera una gran obra de arte)

Calefacción hogareña subvencionada

Vivienda digna asegurada para toda la población

Electrificación de todo el país y un enorme parque industrial

Granjas agrícolo-ganaderas comunitarias de muy alta productividad

Educación gratuita, laica y obligatoria para toda la población

Alfabetización del 100% de sus habitantes

Universidades e institutos de investigación del más alto prestigio a nivel mundial

Salud de alta calidad gratuita para toda la población

Completa erradicación de la desnutrición

Plena igualdad de derechos para hombres y mujeres

Voto femenino

Derecho de aborto (primer país del mundo en tenerlo)

Divorcio legalizado

Derogación de la normativa zarista que prohibía la homosexualidad

Avances científico-técnicos portentosos (primer satélite artificial de la historia, primer ser humano en el espacio, desarrollo de la energía nuclear civil, tecnologías metalúrgicas de avanzada, grandes logros en biotecnología, caucho sintético, telefonía móvil)

Poder popular real a través del desarrollo de democracia directa con implementación de los soviets (consejos obrero-campesinos y de soldados)

Fabuloso fomento del arte y la cultura (cine, teatro, música, literatura, ballet, arquitectura)

Derrota de la invasión nazi durante la Segunda Guerra Mundial (avanzada militar azuzada por las potencias capitalistas de la época para destruir la Revolución).

Todo eso se logró sin conquistar ningún otro país del Tercer Mundo, sin robar recursos como han hecho, y siguen haciendo, las potencias capitalistas; no se hizo solo a base de vender petróleo ni gas ni apelando a créditos de los infames organismos financieros capitalistas: FMI y Banco Mundial. Se logró solo con el trabajo fecundo de rusas y rusos. En absoluto fueron necesarios esos engendros modernos -armas de control social, finalmente- como son las llamadas ONG's, que inundan los países pobres poniendo remiendos -totalmente precarios, por cierto- allí donde deberían actuar los Estados nacionales.

Entonces, ¿fracasó el socialismo? ¿Por qué se nos quiere hacer creer eso? Es cierto que ese proyecto que representó la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas cayó sin pena ni gloria siete décadas después de haber comenzado, casi sin ninguna movilización popular que intentara frenar la caída. Hacer un análisis pormenorizado de ese proceso es algo que excede con mucho las posibilidades de este simple opúsculo (y, seguramente, las capacidades de su autor). Pero puede indicarse algo: construir el socialismo en solitario, en un solo país rodeado de infernales ataques del entorno capitalista, no parece posible.

La crítica capitalista muestra la desintegración del primer Estado obrero-campesino como la evidencia de la inviabilidad del socialismo. De ahí el grito jubiloso cuando la caída del Muro de Berlín de "¡fin de la historia!", queriendo evidenciar que no puede haber nada más allá del sistema capitalista. Pero, ¿por qué no? Con todas las dificultades del caso, acosada, golpeada, invadida, la Unión Soviética logró metas espectaculares.

Es absolutamente cierto que luego de un primer momento de enormes esperanzas al inicio de la revolución (incluso Freud, que no era marxista, pero era muy inteligente, la miró con buenos ojos, porque según su criterio de un entorno social nuevo podría salir un sujeto nuevo, menos problemático que el que conocemos hoy), luego de esos decenios inaugurales, se instaló una burocracia que tomó el lugar de una nueva clase social. ¡Eso no es socialismo!, se puede gritar desde una posición de izquierda crítica. Sin dudas, hay mucha tela para cortar allí.

Ahora bien: ¿es posible esperar la construcción de un paraíso con la revolución socialista? La experiencia muestra en forma contundente que el Hombre Nuevo que pedía el Che Guevara quizá sea posible, pero luego de muchas generaciones criadas en la nueva ética socialista. La revolución no resuelve mágicamente cargas ideológico-culturales milenarias. ¿Cómo habría de hacerlo?

Si el socialismo fracasó -según relata la narrativa capitalista- ¿dónde está el triunfo del capitalismo? Que toda la población coma, tenga salud y educación viviendo con dignidad es un éxito fenomenal. Los pocos países socialistas que existieron o existen, lo logran, aunque no tengan 'shoping centers' abarrotados de mercaderías. Con todas sus dificultades, el socialismo sigue siendo una esperanza.

CALPU

Fuente: https://www.lahaine.org/mundo.php/iquien-dijo-que-el-socialismo

 

lunes, 15 de agosto de 2022

NUEVO ORDEN: MATRIZ COMUNITARIA 4: LA MATRIZ CAPITALISTA

 

LA MATRIZ COMUNITARIA

EL PARTO SANGRIENTO DEL SIGLO XXI

 

 

MATRIZ CAPITALISTA, Marcelo Colussi

 

Pero si efectivamente está en la esencia humana la "dialéctica del amo y del esclavo", si eso es parte definitoria de nuestra condición, ¿para qué seguir luchando por un mundo de mayor equidad? El estudio de la historia o de cualquier interrelación nos confronta con que la lucha en torno al poder cuando se encuentran dos personas, o dos colectivos, surge con pasmosa facilidad. ¿Autoriza ello a ver en esa repetición una matriz de origen biológico? / Nuestra matriz, hoy día, es forzosamente esa visión de jerarquías, patriarcal, vertical. De ahí que nos suene extraño aún –y por tanto cueste tanto– establecer relaciones de total horizontalidad, de absoluta paridad."

 

https://tacnacomunitaria.blogspot.com/2013/03/un-nuevo-orden-esta-gestandose-2-la.html

 


jueves, 27 de enero de 2022

SI HAY TERCERA GUERRA MUNDIAL, LA CUARTA SERÁ A GARROTAZOS

 


No faltan los estrategas dentro del Pentágono que hablan de “guerras nucleares limitadas” o de “guerras atómicas de baja intensidad”. Otros estrategas militares, conocedores de estos temas y con visiones más racionales, afirman que eso sería incontrolable.

27/01/2022

El título de este opúsculo es una frase habitualmente atribuida a Einstein, muy elocuente de la situación actual que vive la Humanidad. Es sabido que de desatarse una nueva guerra mundial, las grandes potencias implicadas (Estados Unidos y Rusia principalmente, China en segundo lugar) poseen una capacidad en armamentos nucleares tan monumental que podría pensarse en la desaparición de toda especie viva de la faz del planeta. Sería un holocausto superior incluso al que ocurrió hace 66 millones de años, con la caída de un meteorito en lo que hoy se conoce como el Cráter de Chicxulub, en la península de Yucatán, México, cuando desapareció el 75% de toda forma viva (animal y vegetal), produciendo la extinción de los dinosaurios. 

Hoy día, en realidad, el gran público no puede saber con exactitud cuánto armamento nuclear existe efectivamente en el mundo. Como todos los muy guardados secretos de orden militar, los ciudadanos de a pie podemos tener retazos de información, podemos especular un poco, intuir algo. Los académicos y centros de investigación que estudian estos temas tienen acceso a determinados datos, aunque todo indica que no a su totalidad. Muchos menos, a los planes estratégicos que tienen trazadas las potencias que manejan el orden global. 

Lo cierto es que, hasta donde se sabe, existen en el mundo alrededor de 15.000 armas nucleares. En el momento más álgido de la Guerra Fría, que enfrentaba a Estados Unidos y la Unión Soviética como superpotencias con poder atómico, hacia 1985 llegó a haber 65.000 armas activas. Con el desmantelamiento de la segunda, se produjeron significativos recortes a esos arsenales. De todos modos, muchas de esas armas que oficialmente salieron de servicio de acuerdo a los tratados de desarme firmados, nunca se destruyeron, sino que fueron parcialmente desmanteladas, estando en condiciones de volver a ser operativas con rapidez. El poder de fuego nunca desapareció; en todo caso se redujo al nivel de la época en que se desató la llamada “crisis de los misiles”, en 1962, cuando la Unión Soviética estacionó armamento nuclear en la isla de Cuba, a kilómetros de La Florida. 

En otros términos: la capacidad de destrucción total nunca desapareció, aunque hoy día no se curse una Guerra Fría (y caliente en determinadas regiones del mundo, donde se enfrentaban las dos superpotencias a través de guerras locales: África, Medio Oriente, Centroamérica). La capacidad instalada en la actualidad, aunque menor a los peores momentos de aquella guerra nunca desatada, continúa siendo altamente letal. Del total de bombas atómicas, el 92% pertenece a las dos superpotencias nucleares: Estados Unidos y la Federación Rusa, heredera de la Unión Soviética, con alrededor de 7.000 cada una. Otros países –curiosamente, todos los otros miembros del Consejo de “Seguridad” de Naciones Unidas– completan el cuadro: Francia, China y Gran Bretaña. Junto a ellos, también otros Estados poseen este armamento, en mucho menor medida: India, Pakistán, Corea del Norte e Israel (que oficialmente dice no disponerlo). 

Debe remarcarse que el poder destructivo de cada uno de estos artefactos es, como mínimo, 20 veces superior a las bombas que lanzó Estados Unidos en 1945 sobre Japón (Hiroshima y Nagasaki), único país de la historia en utilizar este armamento en acciones de enfrentamiento real, y justamente cuando la Segunda Guerra Mundial ya estaba decidida y la nación nipona prácticamente rendida. Pero hay un agravante: los medios para hacer llegar esos ingenios a sus objetivos han seguido desarrollándose, y hoy asistimos a misiles hipersónicos, con una velocidad estratosférica, capaces de burlar todas las defensas enemigas. En estos momentos Rusia tiene la total delantera al respecto, siendo que China acaba de realizar una prueba –negada por Pekín, agigantada por Washington, que vivió esa experiencia como un nuevo y devastador “momento Sputnik”– de un misil de este tipo que va dejando a Estados Unidos a la zaga. Se calcula que el país americano lleva un retraso de, al menos, tres años en relación a sus rivales en esta capacidad bélica. 

¿Por qué decir todo esto? Valen aquí palabras de Freud, judío de familia, en respuesta a una carta de otro judío atemorizado por el avance del nazismo en la década del 30 del pasado siglo: Albert Einstein. En contestación a esa carta-pregunta del físico alemán, ¿por qué los seres humanos pareciera que viven matándose continuamente a través de la historia?, el médico vienés respondió en 1932, en un texto imprescindible conocido luego como “El porqué de la guerra”: “Usted se asombra de que sea tan fácil incitar a los seres humanos a la guerra y supone que existe en los seres humanos un principio activo, un impulso de odio y de destrucción dispuesto a acoger ese tipo de estímulo. Creemos en la existencia de esa predisposición en el ser humano”. A eso Freud lo llamó, en lo que él mismo consideraba su “mitología” conceptual: pulsión de muerte (Todestrieb). 

Todo indica, desde la clínica individual al estudio del curso de la historia, que efectivamente habría una tendencia destructiva muy grande en los seres humanos. “La violencia es la partera de la historia”, pudo decir Marx al ver la marcha de la Humanidad. Entonces: ¿es posible hoy la desaparición de la especie humana producto de una guerra que desate la furia nuclear acumulada? Sí, sin dudas. 

Según los científicos conocedores de estos asuntos, de activarse todos los arsenales nucleares disponibles en la actualidad se podría producir una explosión de tales dimensiones cuyas secuelas llegarían hasta los confines del Sistema Solar, hasta la órbita de Plutón. Ello podría ocasionar la muerte de millones y millones de seres humanos en forma inmediata producto del impacto, más otros miles de millones al corto tiempo por efecto de las nubes radioactivas que envolverían todo el planeta. Quienes eventualmente sobrevivieran, morirían de hambre a la brevedad, porque el invierno nuclear (polvo levantado por las explosiones, similar a lo del meteorito de Yucatán) cubriría el sol por una década como mínimo, creando una noche continuada que eliminaría toda forma viva. La frase de Einstein respecto a una posible cuarta guerra mundial queda así demasiado esperanzadora, en exceso optimista: ¡no quedaría nadie! 

Es imposible predecir si eso puede pasar. Queremos creer que la racionalidad y la sensatez se impondrían, y que nadie quiere comenzar un conflicto que puede terminar en ese Armagedón atómico. De hecho, las potencias utilizan la expresión MAD: Mutually Assured Destruction (Destrucción Mutua Asegura), relación también conocida como “1+1=0”, para referirse al eventual escenario de una guerra nuclear: ninguno de los dos adversarios sobreviviría. Mad, curiosamente, significa “loco” en idioma inglés. Confiamos en que nadie va a ser tan “loco” de oprimir el primer botón. Pero la intuición freudiana –no muy distinta a lo que pueden haber dicho Marx o Einstein– parece tener mucha consistencia. 

En estos momentos se está jugando con fuego. Y no debe olvidarse que cuando se juega con fuego… nos podemos quemar. El detalle a tener en cuenta es que ahora esa quemazón implica la posible desaparición de la Humanidad. ¿Por qué decir esto? Porque una vez desatado un ataque nuclear, la vuelta atrás es imposible. Todos los análisis coinciden en que es técnicamente imposible una conflagración nuclear, porque allí no habría ganadores. Las bravuconadas, amenazas y mentiras son parte esencial de la guerra. 

Es obvio que, aunque sin nombrarla, vivimos ya una nueva guerra fría. La clase dominante de Estados Unidos, o mejor aún: el complejo militar-industrial de ese país, que es quien fija su política exterior, se beneficia de ese clima de bravuconería y amenazas. Ver en el otro un enemigo monstruoso obliga a mantener siempre en funcionamiento la industria militar. Industria, no olvidarlo nunca, que es la más próspera de todas en el planeta, con facturaciones que equivalen al Producto Bruto Interno de muchos países juntos del Sur global. 

Ese complejo militar-industrial necesita enemigos; de su aparición, y cuanto más temible sea, depende su éxito comercial. La Unión Soviética fue la excusa perfecta para mantener ese gran negocio por décadas. Ahora es Rusia, y recientemente también China pasó a ser buen candidato. En un libro aparecido en plena pandemia, en 2021: “2034: A Novel of the Next World War” (“2034: una novela de la próxima guerra mundial”), el almirante de la Marina estadounidense, ahora retirado, Jim Stavridis, quien fuera comandante de las fuerzas de la OTAN en Europa, junto al escritor Elliot Ackerman, pintan el escenario de una tercera guerra mundial iniciando en el Mar de China. Más allá del posible sensacionalismo novelesco, más de algún comentarista preguntó por qué poner esa guerra con China tan lejana, porque ya estaría comenzando en un par de años. 

¿Estados Unidos desea una guerra nuclear? Una guerra total con todas las armas desplegadas, no. Pero no faltan estrategas dentro del Pentágono que hablan de “guerras nucleares limitadas”, “guerras atómicas de baja intensidad”. Locura absoluta. Otros estrategas militares, conocedores de estos temas y con visiones más racionales, afirman que eso es incontrolable, por dos motivos: 1) las nubes radioactivas se diseminan por todo el planeta (Europa Occidental, casi en su totalidad, sigue sufriendo contaminación en sus suelos por el desastre de Chernóbil de hace ya varias décadas). 2) El inicio de una guerra solo habla de cómo comienza la misma, jamás de cómo termina. Esto significa, como dijera Freud, que es “tan fácil incitar a la guerra [pues] supone que existe en los seres humanos un principio activo, un impulso de odio y de destrucción” por el que nadie quiere perder. Además, en el transcurso del combate, pueden surgir imponderables que deciden el final: errores humanos, sabotajes, aprovechamiento del escenario por terceras fuerzas que indirectamente se benefician de la situación, acciones locas y desesperadas de quien va perdiendo. Las guerras no son racionales: son humanas. Y los humanos distamos mucho de ser robots racionales. 

La clase dominante de Estados Unidos pareciera que realmente se cree depositaria de un destino manifiesto de salvación de la Humanidad. Articulando eso con los negocios y con un american way of life que solo ve al resto del mundo como subordinado, al que hay que llevarle los “buenos principios” de la democracia liberal y la prosperidad capitalista, desde hace 100 años la emprende contra todos. Los Documentos de Santa Fe, piedra basal de esa élite dueña de buena parte del mundo, llevan por título “Por un nuevo siglo americano”, dando por supuesto que los destinos de la Humanidad deben seguir siendo regidos desde la Casa Blanca de Washington en el siglo XXI, similar a lo ocurrido en el XX. 

Pero el mundo no es más unipolar, como pareció serlo cuando caía el Muro de Berlín, se desintegraba la URSS y China abrazaba el libre mercado. Aunque la Unión Europea –otrora dominadora del planeta, arrogante y racista– ahora sea un triste furgón de cola de Estados Unidos, ahí están Rusia y China mostrando que el mundo no es solo como lo conciben los halcones guerreristas de Washington. El mundo no es un paraíso, y ninguna de esas dos potencias euroasiáticas lo promete. En realidad, no hay paraíso, ni lo podrá haber nunca. La historia humana se escribe con sangre. Pero puede haber algo más equitativo que el actual desastre del capitalismo global al que asistimos, donde su principal negocio ¡es la guerra! El experimento del primer estado obrero y campesino en Rusia muestra que otro mundo sí es posible. La actual Rusia capitalista y mafiosa ¿será solo un accidente de la historia y volverá el socialismo? La Nueva Ruta de la Seda china no es, hoy por hoy, la solución a los problemas de la Humanidad, pero abre preguntas sobre el mundo por venir, mostrando que hay alternativas al capitalismo más rapaz y sanguinario. Las provocaciones cada vez más descaradas de Estados Unidos contra Rusia (con el calentamiento de Ucrania en este momento, lo que forzó a Moscú a declarar que si la OTAN no cesa en su acercamiento preocupante llevará a instalar misiles rusos en Venezuela y Cuba) y contra el gigante asiático (con la militarización del Mar de la China y una subida provocación con una tremenda flota de guerra en el área) pueden deparar cualquier cosa. Quizá todo no pasa de escaramuzas bélicas con algunos muertos con armamento convencional, pero ¿quién lo sabe? Insistamos: se puede saber cómo empiezan las guerras, pero no cómo terminan. 

Nadie quiere perder en una guerra, y la avidez de la clase dirigente norteamericana parece no tener freno, más aún ahora que comienza a ver que va cayendo su hegemonía planetaria. ¿El gigante herido estará dispuesto a hacer cualquier cosa para mantener su predominio? ¿Armas nucleares? Pero… quien juega con fuego, se quema. Alguien, parafraseando la frase de Einstein que sirve como título del presente escrito, dijo mordazmente: “Que venga de una vez la guerra atómica total. Quizá así, los que sobrevivan pueden empezar de nuevo y no lo hagan tan mal como se hizo hasta ahora”. ¿Valdrá la pena esperar el holocausto termonuclear para recomenzar, o mejor luchar ahora por un mundo sin las inequidades de las que, aunque quiera, no puede salir el sistema capitalista?

Fuente: https://www.alainet.org/es/articulo/214807

 

 

lunes, 24 de enero de 2022

DEMOCRACIA REPRESENTATIVA Y CAMBIOS SOCIALES

 


Las decisiones fundamentales de la vida social pasan a años luz de las urnas. | Foto: Concepto

 

Publicado 17 enero 2022

Por: Marcelo Colussi

La política en manos de una casta profesional de políticos termina siendo una perversa expresión de manipulación de los grupos de poder.

En una investigación desarrollada por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en el año 2004 en países de América Latina, se destacaba que el 54.7 % de la población estudiada apoyaría de buen grado un gobierno dictatorial si eso le resolviera los problemas de índole económica.

Aunque eso conllevó la consternación de más de algún politólogo, incluido el por ese entonces Secretario General de Naciones Unidas, el ghanés Kofi Annan (quien afirmó: “La solución para sus problemas no radica en una vuelta al autoritarismo sino en una sólida y profundamente enraizada democracia”), ello debe abrir un debate genuino sobre el porqué la gente lo expresa así.

Esa democracia formal sin soluciones económicas no sirve a las grandes mayorías, es un puro gesto cosmético sin mayor implicancia en su cotidianeidad.

En el marco de las llamadas democracias representativas (sinónimo de economías regidas por el mercado), las elecciones constituyen un episodio más del paisaje social, que en realidad no alteran en lo más mínimo la estructura de base. Es similar en cualquier país que presente esa estructura.

La diferencia entre los países ricos del Norte y los pobres del Sur no está, precisamente, en su forma política –análogas en lo fundamental– sino en su estructura económica, pilar de todo el edifico social.

¿Quién manda en esas democracias? ¿Realmente es el “pueblo” a través de sus representantes, elegidos en comicios libres cada cierto período de tiempo? Difícil creerlo. Tal como están las cosas, hablando de la política que ha devenido una actividad “profesional”, vale la sarcástica definición de Paul Valéry: todo esto “Es el arte de impedir que la gente se entrometa en lo que realmente le atañe”. Deberíamos agregar: “haciéndole creer que decide algo”.

La política en manos de una casta profesional de políticos termina siendo una perversa expresión de manipulación de los grupos de poder, lo cual no tiene nada que ver con la repetida idea de democracia, de gobierno del pueblo y rimbombantes palabras que no se cree nadie.

La experiencia muestra que más allá de ese acto ritualizado del voto, las decisiones fundamentales de la vida social pasan a años luz de las urnas.

¿Se le pregunta a algún votante alguna vez sobre el aumento de los precios de los combustibles o de los productos de primera necesidad, sobre la declaración de una guerra, sobre el porcentaje del presupuesto nacional que se debe dedicar a educación o a salud?

¿Alguna vez el ciudadano de a pie es consultado realmente para ser tomado en cuenta? ¿Cuántas veces un diputado discute los problemas sobre los que habrá de legislar con la población a la que se supone representa, cuántas veces los vecinos participan en juntas municipales para decidir efectivamente en torno a problemas de su comunidad? La democracia, así, termina siendo un puro acto cosmético.

La recomendación de pensar bien el voto antes de emitirlo en cada elección suena vacía, o incluso hipócrita. ¿Qué significa eso? ¿Acaso el desastre a que se asiste en Guatemala, por ejemplo (por mencionar uno de los tantos países que se dice vivir en democracia), se debe a que los votantes no pensaron bien antes de votar? Resulta un tanto absurdo, cuando no perverso.

Las penurias de la población, ¿dependen de su mala decisión entonces? ¿Tienen la culpa los mismos votantes de sus desgracias por “no elegir bien”? No olvidar que si la masa votante elige alguien que el statu quo no aprueba, muy fácilmente se puede terminar ese experimento “socializante” con un cruento golpe de Estado, o con lo que hoy Washington ha comenzado a ejecutar como “golpes suaves”.

En el país de marras, Guatemala (sigamos con ese ejemplo), ya van más de 30 años que se retornó esto que se llama “democracia”. O más precisamente dicho: a ese escenario en que cada cuatro años los mayores de edad asisten a un centro comicial para depositar un voto.

Ya se salió entonces de lo que hace unos años atrás se denominaba “transición democrática” (¿se habrá llegado a la democracia plena entonces?). Diez administraciones pasaron desde el final del generalato, y las causas que en la década de los 60 del siglo pasado dieron lugar a un sangriento conflicto armado con un cuarto de millón de muertos y desaparecidos no se modificaron. Más aún: se han empeorado, salvo cambios cosméticos mínimos.

Los ciudadanos van a votar cada cuatro años, pero nada cambia en lo fundamental, más allá de la cara del gerente de turno: el 70% de población bajo el límite de la pobreza, el extendido analfabetismo crónico abierto y/o funcional, la desnutrición, la exclusión de grandes mayorías, el racismo, el patriarcado, todo eso siempre sigue igual independientemente de la administración electa con voto popular. ¿Para qué se vota entonces?

Dentro de los marcos del capitalismo no hay salida para esa crisis. No se trata de “buenos” o “malos” gobernantes, gobernantes un poco más o un poco menos corruptos. El problema es estructural: los políticos profesionales no son directamente el problema a vencer. La corrupción es un síntoma más, entre otros, junto a la impunidad, la violencia generalizada, etc. El problema es el sistema en su conjunto, por fuera del elenco gobernante.  

Esta situación se repite por igual en todos los países que presentan este modelo de “democracias de mercado”. Más allá de las caras visibles, no hay cambios sustanciales luego de cada elección. Estados Unidos o cualquier potencia capitalista europea sigue su curso allende el mandatario en cuestión: son países imperialistas con un relativo bienestar de su clase trabajadora. En el autonombrado “paladín de la democracia”, Estados Unidos, ¿qué diferencia real existe entre alguno de sus partidos republicano o demócrata?

En el Tercer Mundo, sin despreciar las políticas redistribucionistas que pueden implementar gobiernos más “progresistas” de centro-izquierda (los que se han dado recientemente en Latinoamérica, por ejemplo), la explotación y la miseria de las grandes mayorías persiste.

Hay matices, por supuesto; pero para las poblaciones votantes, y en relación a la dinámica establecida hoy por hoy en el mundo (Norte imponiendo sus mandatos al Sur global, Sur pagando la inmoral deuda externa), las cosas no cambian en lo profundo con ese gerente que se sienta por algunos años en la casa presidencial.

¿Desautoriza todo esto la lucha electoral para buscar cambios? No, por supuesto. Pero debe tenerse bien en claro que el sistema permite ciertos juegos político-sociales, tolera algunas modificaciones cosméticas, aunque cuando se trata de los resortes últimos que lo mantienen (los económicos), ante cualquier posibilidad real de cambio profundo reacciona inmediatamente.

Ello no lleva a descartar la lucha en los marcos de la institucionalidad democrática capitalista, pero debe advertirse de sus límites, infranqueables por cierto. Vale entonces el epígrafe. Los cambios reales, profundos, los que mueven la historia, se consiguen con lucha, mal que nos pese. La violencia sigue siendo “la partera de la historia”.

Fuente: https://www.telesurtv.net/opinion/Democracia-representativa-y-cambios-sociales-20220119-0034.html?utm_source=planisys&utm_medium=NewsletterEspa%C3%B1ol&utm_campaign=NewsletterEspa%C3%83%C2%B1ol&utm_content=39

 

martes, 20 de julio de 2021

¿FRACASÓ EL SOCIALISMO?

 

Foto: https://www.cuba-si.ch

Con los recientes acontecimientos de Cuba (supuesto alzamiento popular contra el gobierno) una vez más se pone en el tapete la discusión sobre el socialismo. ¿Fracasaron todas las tentativas socialistas habidas? La derecha, en cualquiera de sus expresiones, grita jubilosa que sí.

20/07/2021

“Al socialismo le falta mucho -muchísimo- para ser justo. Quizá al final ni se llame socialismo, porque va a ser híbrido. Pero no hay mal mayor que el cáncer imperial [capitalista].”

Silvio Rodríguez

 

"El Socialismo solo funciona en dos lugares: en el Cielo, donde no lo necesitan, y en el Infierno donde ya lo tienen", pudo decir una activista antichavista en Venezuela. El discurso ideológico lo inunda todo, dando por supuesto -así es la ideología: da por supuesto, no analiza- qué son el fracaso y el triunfo en términos sociales. La vara con que se miden ambos elementos la pone la cosmovisión capitalista. Allí priman ciertos y determinados valores, todos centrados en uno fundamental: la sacrosanta propiedad privada.

En ese orden, la libertad aparece como elemento principal. Pero ¿qué es la tan manoseada "libertad"? Según dijo alguien mordazmente, en medio de interminables elucubraciones filosóficas, la libertad no es sino una estatua de elaboración francesa ubicada en la entrada del puerto de Nueva York. En su nombre se erige la propiedad privada. Capitalismo, libertades individuales y propiedad privada van todas de la mano.

El sistema capitalista se levanta, supuestamente, sobre la entronización de la libertad. Lo cual es un eufemismo por decir: apología total y absoluta de la propiedad privada (habría que agregar: de los medios de producción). De ese modo todos somos libres de volvernos millonarios.... si trabajamos duro. La falacia está montada, y los aparatos ideológico-culturales se encargan de transformarla en el credo dominante. "La ideología dominante es siempre la ideología de la clase dominante", advertían ya hace siglo y medio Marx y Engels. La formulación sigue siendo completamente vigente hoy. De esa cuenta, el capitalismo sería por excelencia el reino de las libertades. Ahí estaría el secreto para "amasar fortunas". El socialismo, por el contrario, campo absoluto de la conculcación de esas libertades, no permite "crecer".

Se escamotea de ese modo el núcleo real, determinante, básico del capitalismo: la explotación del trabajo asalariado. No hay otra forma de "amasar" fortunas. El ahorro meticuloso y el supuesto trabajo duro no genera capital para quien trabaja. La acumulación de capital se da siempre -verdad que se oculta, pero es el verdadero núcleo- por despojo, por desposesión. Despojo, se entiende, de los medios de producción para una inmensa mayoría, o de los territorios donde asientan materias primas básicas, tal como se está viendo recientemente con la invasión imperialista con el actual capitalismo extractivista (petrolero, megaminería, agronegocios, robo de biodiversidad). Si no hay explotación de una clase sobre otra, no se acumula. Punto. No importa quién es ese propietario explotador; eso hasta puede ser anecdótico, secundario: varón, mujer, blanco, negro, indígena, heterosexual, homosexual, creyente, ateo. Lo importante a destacar es que hay propietarios y desposeídos: hay explotación del trabajador/a, único productor/a de riqueza. Ahí estriba el conflicto principal. 

El socialismo promulga otros valores. El trabajo en las primeras experiencias socialistas se concibió distintamente, lo cual abre un debate sobre cómo construir alternativas válidas al modo de producción capitalista. ¿Es cierto que el ojo del amo engorda el ganado? ¿Qué significa eso? Allí se encuentra un nudo toral para la edificación de una nueva sociedad: China, socialista desde 1949, sin renunciar a un ideario comunista apeló a mecanismos de mercado para convertirse hoy en una superpotencia económica. ¿Significa eso que fracasó la economía planificada del maoísmo?

¿Fracasaron los países socialistas entonces? Insistamos: depende del criterio con el que se lo aborde. Sin dudas, en esos países no hay shopping centers repletos de mercaderías, no hay hiperconsumo de artículos fabricados con obsolescencia programada y la población no se mide por el vehículo o el reloj que posee, por la ropa de marca que viste o por el tope de su tarjeta de crédito. Ahora bien: como el capitalismo se basa en la explotación, hace lo imposible para que los explotados no reaccionen. ¡Eso es la lucha de clases! Y en esa lucha, lo ideológico cobra un papel preponderante. De ahí que los pocos espacios socialistas existentes son mostrados por la derecha como "fracasos" estrepitosos.

El sistema no se detiene un instante en ese ataque. La prueba es lo que está sucediendo ahora en Cuba. Allí, con todas las contradicciones, desviaciones, vicios y deformaciones que puedan existir -que habrá que denunciar y abordar críticamente para enmendar- desde hace seis décadas se está construyendo una alternativa anticapitalista. Que exista una burocracia gubernamental acomodada y puedan persistir lacras como el machismo o resabios de pensamiento mágico-animista milenario (religión católica o santería, por ejemplo), no quita en lo más mínimo la grandeza de los logros socialistas. De todos modos, hay problemas. Eso no se puede ocultar.

"El bloqueo no es todo, pero el bloqueo afecta todo, tiene un carácter genocida, criminal y oportunista. (…) El sistema económico actual es obsoleto, limita las capacidades productivas de la sociedad y debe ser reformado, ya ésta es una verdad tan admitida. (…) Es necesario comprender los malestares de la gente, fatigadas por las tremendas dificultades de la vida cotidiana más allá de las causas que las provocan, acentuadas principal y sistemáticamente por una agresión que se hace cada vez más evidente y notoria. Incrementar esos malestares es el eje de esa agresión a la que se somete al país", afirma certeramente el economista cubano Julio Carranza.

El capitalismo no deja pasar absolutamente nada que pueda servirle para destrozar a la clase trabajadora y sus alternativas liberadoras, las experiencias socialistas. Por eso ahora a los trabajadores se les llama "colaboradores". Por eso también, este continuo bombardeo mediático contra toda propuesta emancipadora que toque el corazón del sistema. En esa lógica, Cuba es la demostración palmaria de todos los "males", y el descontento real que existe -producto del bloqueo y de errores propios- se magnifica a grados superlativos.

Con un anticomunismo visceral, generado durante la Guerra Fría y persistente hoy día, con una manipulación mediática descomunal que sigue haciendo de los países socialistas el blanco a atacar despiadadamente, con poblaciones "preparadas" para la repetición acrítica de noticias, mostrar la escasez cubana como producto de la "dictadura castrista" es buen negocio, es creíble. Además -eso es inobjetable- hay escasez en Cuba, lo cual permite esa campaña de difamación.

Algo similar sucede con Nicaragua y Venezuela. Sin entrar a analizar en detalle esas experiencias ("dictaduras" según cierta visión), puede decirse que el imperialismo estadounidense, principal baluarte mundial del capitalismo, busca denodadamente acallar cualquier manifestación popular, cualquier cosa con atisbo de protesta social. Estos dos países abren interrogantes sobre el socialismo: ¿en qué medida cada uno de ellos es socialista? Por supuesto, ambos merecen fuertes y constructivas críticas: Socialismo no son programas asistenciales, clientelares en muchos casos, parches puestos sobre las penurias del capitalismo, ni cacicazgos autoritarios. La corrupción y el nepotismo no dejan de estar presentes en ambos proyectos, lo que sirve a la derecha para mostrar la "inviabilidad" del socialismo, aumentando exponencialmente las penurias en los shows propagandísticos ad hoc.  

Pero, como dijo Frei Betto: "El escándalo de la Inquisición no hizo que los cristianos abandonaran los valores y las propuestas del Evangelio. Del mismo modo, el fracaso del socialismo en el este europeo [pudiéndose agregar: los problemas reales de Cuba, Venezuela o Nicaragua] no debe inducir a descartar el socialismo del horizonte de la historia humana". Es más que sabido que Washington no descansa un segundo para hacer naufragar estas experiencias. El capitalismo, ya lo ha mostrado infinitas veces, no ofrece solución a los grandes problemas de la humanidad: produce más alimentos de los necesarios para nutrir a toda la población planetaria, pero el hambre sigue siendo el principal flagelo global. Y tiene como única salida cuando se traba su economía… ¡las guerras! El socialismo, con todos los problemas, lacras, "dictaduras del proletariado" más dictaduras que proletarias, burocracias y contradicciones que pueda ofrecer -capitalizadas por la derecha para mostrar su lado oscuro magnificándolos arteramente- sigue siendo, al menos, una fuente de esperanza. Nunca debe minimizarse que para que un 15% de la población mundial viva decorosamente (¿con shopping centers?), el 85% restante pasa angustias y carencias. ¡Eso es el sistema capitalista! Por tanto, del capitalismo no se puede esperar nada. Del socialismo sí, quedan esperanzas.

No olvidar que la manipulación mediática corporativa nos puede mostrar un mundo que no es, que se ve desde la óptica del amo, que no es la misma que la del esclavo. Su prédica es: "de los países pobres de Latinoamérica la gente migra. De Cuba y Venezuela: huye". No es poca la diferencia. Hablábamos de manipulación mediática ¿verdad?

Como dijo Rolando Pérez Villavicencio: "El socialismo podrá ser una bazofia repugnante quizá, con castas burocráticas, autoritarismo y verticalismo… pero es menos bazofia que el capitalismo, donde es normal que haya ricos que pueden todo y pobres que apenas sobreviven. No debe olvidarse que, como dijo Freud, hay un malestar en la cultura intrínseco a lo humano que, todo lo indica, nunca puede desaparecer. Pero recordemos también que en el socialismo, aunque los bloqueos y las agresiones lo dificulten grandemente, la gente come. En el capitalismo no todos comen".

Ese discurso dominante de la derecha presenta al socialismo como dictadura, entronizando una supuesta y metafísica libertad individual. Pero allí lo que hay es una entronización del individualismo más extremo, un "sálvese usted al precio que sea". El socialismo, aún con todas sus posibles lacras, promueve la solidaridad. 

 

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