miércoles, 24 de febrero de 2016

LA CARA OCULTA DEL LIDERAZGO POLÍTICO DE NUESTRO TIEMPO



Hola amigos!

Comprender los liderazgos políticos es comprender cómo piensa, siente y actúa una masa psicológica. Claro que el concepto de masas no es igual en este siglo 21 que lo que fue en el siglo 20.

Hoy las multitudes que siguen y votan y apoyan a un líder político no participan en grandes concentraciones humanas ni actúan físicamente en una masa.
Pero es un nuevo tipo de masa: millones de personas, casi todas aisladas entre sí pero todas con una pantalla frente a sus ojos, ya sea smartphone, televisor, ordenador o tablet. La pregunta es: ¿reaccionan en forma similar a una multitud en la calle?

Para analizar estos temas le hice una visita imaginaria al Dr. Sigmund Freud. Lee La Cara Oculta del Liderazgo Político de Nuestro Tiempo y verás el resultado de mi 'diálogo'.

Saludos cordiales,
Daniel


Publicado en February 23, 2016 por Daniel Eskibel


TIP: Recuerda que los votantes desean sentirse comprendidos, valorados, acompañados y queridos. 

El lector camina por uno de los largos corredores de la nave Enterprise. A su lado va el Teniente Comandante Data, serio e inexpresivo. Ambos caminan rumbo al Holodec (1).

-Señor Data- dice el lector con voz insegura

-¿Señor?

-¿Puedo hacerle una pregunta?

-Claro que sí-. La blanquísima cara del Oficial de la Federación parece iluminarse por un instante.

-¿Por qué Jean Luc Picard es, además de Capitán de esta nave, algo así como un líder, un conductor para todos ustedes?

El lector y Data se detienen frente a la puerta del Holodec. Allí dentro pueden vivirse todas las fantasías, siempre que sean adecuadamente programadas en la computadora. A esta tarea de programación se entrega el señor Data. Mientras tanto su rostro tiene un aspecto de perplejidad y curiosidad.

-Creo que nunca nos hemos hecho esa pregunta en el Enterprise- dice Data mientras sigue trabajando en la computadora.

Sus ojos brillan con intensidad al continuar respondiendo:

-Sucede que para quienes confían plenamente en Picard, su liderazgo es sentido como algo natural, como que simplemente es así y así debe ser y no hay nada que preguntarse. Y para quienes no confían en él, pues sencillamente creen que su liderazgo tiene bases falsas y que se derrumbará en cualquier momento, entonces ¿para qué estudiar un problema que pronto dejará de existir?

-¿Y usted que piensa?- insiste el lector.

-Lógicamente existe la posibilidad de que ambas posiciones sean incorrectas. De hecho podría ser un campo interesante de investigación científica. Me doy cuenta que para eso ha venido usted al Enterprise. A propósito, el Holodec está a su disposición.

-Gracias señor Data- dice el lector parándose frente a la puerta de entrada que con suave zumbido comienza a abrirse.

Data lo mira con interés pero sin perder cierta expresión de perplejidad. Y le anuncia:

–Bienvenido al Holodec, la máquina de realidad virtual más potente de la historia. Al atravesar esa puerta usted estará en Viena en el año 1920, más concretamente en la calle Berggasse. Mientras usted hace su recorrido yo pensaré en su pregunta. Realmente es interesante. Buena suerte señor.

-Gracias Data –responde el lector mientras ingresa al Holodec y la puerta se cierra detrás suyo.

El Dr. Freud y los liderazgos políticos

El lector se mezcla con la gente que camina por aquella calle de Viena. Observa con placer los edificios de cuatro o cinco pisos de altura, repletos de ventanas rectangulares con pequeños balcones. Se detiene frente al número 19.

Diez minutos después esta tendido boca arriba en un diván.

-Dr. Freud –dice-, quisiera comprender cómo es que millones de personas, todas ellas muy diferentes entre sí, pueden elegir a un mismo líder político y confiar en él.

La voz de Freud le llega desde una zona situada detrás suyo:

“El más singular de los fenómenos presentados por una masa psicológica es el siguiente: cualesquiera que sean los individuos que la componen y por diversos o semejantes que puedan ser su género de vida, sus ocupaciones, su carácter o su inteligencia, el solo hecho de hallarse transformados en una multitud les dota de una especie de alma colectiva. Este alma les hace sentir, pensar y obrar de una manera por completo distinta de cómo sentiría, pensaría y obraría cada uno de ellos aisladamente.” (2)

El lector arriesga una opinión:

-Sí, entiendo. Pero se me ocurre que una masa psicológica no es lo mismo a principios del siglo veinte que en el siglo veintiuno, cuando las multitudes que siguen y votan y apoyan a un líder político no participan en grandes concentraciones humanas ni actúan físicamente en una masa.

Salvo que pensáramos en un nuevo tipo de masa: millones de personas, casi todas aisladas entre sí pero todas con una pantalla frente a sus ojos, ya sea smartphone, televisor, ordenador o tablet. En ese caso…¿reaccionarían en forma similar a una multitud en la calle?

Freud no responde ni que sí ni que no. Simplemente explica:

La multitud es impulsiva, versátil e irritable y se deja guiar casi exclusivamente por lo inconsciente…Aún cuando desea apasionadamente algo, nunca lo desea por mucho tiempo…No tolera aplazamiento alguno entre el deseo y la realización. Abriga un sentimiento de omnipotencia…

Es extraordinariamente influenciable y crédula…Piensa en imágenes que se enlazan unas a otras asociativamente…Los sentimientos son siempre simples y exaltados. De este modo, no conoce dudas ni incertidumbres.

Las multitudes llegan rápidamente a lo extremo. La sospecha enunciada se transforma ipso facto en indiscutible evidencia. Un principio de antipatía pasa a constituir en segundos un odio feroz.” (3)

Se hace un silencio bastante prolongado.

El lector comenta en voz alta sus pensamientos:

-Aislados físicamente pero psicológicamente integrantes de multitudes…podría ser, sí. Con pantallas operando como mediadoras con los líderes. Pantallas con palabras, con imágenes, con sonidos…

En la penumbra de la habitación el lector apenas entrevé el pesado mobiliario recargado de libros y pequeñas estatuillas y objetos de arte. La voz de Freud parece flotar en el aire:

-”La multitud se muestra muy accesible al poder verdaderamente mágico de las palabras, las cuales son susceptibles tanto de provocar en el alma colectiva las más violentas tempestades como de apaciguarlas y devolverles la calma. La razón y los argumentos no pueden nada contra ciertas palabras y fórmulas…”(4)

La multitud no reacciona sino ante estímulos muy intensos. Para influir sobre ella es inútil argumentar lógicamente. En cambio, será preciso presentar imágenes de vivos colores y repetir una y otra vez las mismas cosas.” (5)

El lector sonríe:

-Eso me recuerda algunas campañas políticas que he visto recientemente. Tal vez usted tuvo algo que ver.

Freud no le contesta. En el largo silencio se escucha el tic tac de un reloj. El lector piensa, algo preocupado:

-¿Se habrá enojado por el chiste? ¿O estará pensando para interpretármelo? ¿No se habrá quedado dormido?

En ese momento reaparece poderosa la voz de Freud:

-Es la hora.

Y finaliza la sesión.

Liderazgo: una cuestión de amor

El lector no podrá quejarse: estuvo en el Enterprise, habló con el Teniente Comandante Data y estuvo en el diván de Freud, en la Viena de 1920. Todo para intentar comprender mejor el fenómeno psicosocial de los liderazgos políticos.

Los líderes políticos más convocantes poseen una poderosa capacidad de comunicación. La misma se despliega en todo su esplendor en las pantallas que estructuran la vida de la gente. Y en torno a esas pantallas se congrega una muchedumbre que siente, piensa y actúa en forma similar a la multitud que se despliega en la calle.

Freud concebía como masas desde las multitudes efímeras, episódicas, formadas en la calle en determinado momento, hasta instituciones como la Iglesia y el Ejército. Hoy en día podemos concebir estas otras multitudes, las de los públicos instalados frente a las pantallas.

El estrado del acto de masas es sustituido por la pantalla. Los miles de ojos del público ya no son visibles para el comunicador. El público ya no siente la presencia física masiva de los otros espectadores, ya no siente sus gritos, sus olores, su roce, sus empujones, su calor, su colorido, su movimiento. Pero se sabe y se siente dentro de una multitud.

Tanto se siente en esa multitud, formando parte de ella, que justamente suele utilizar las pantallas para eso: para sentirse acompañado.

Y así, además, se siente mucho más cerca del orador, lo ve y lo oye mucho mejor.

Esta nueva masa distiende sus represiones, se vuelve más sugestionable, es afectada más fácilmente por el contagio afectivo, y puede ubicar a una figura casi virtual como Ideal de su Yo, como modelo y punto de referencia.

Desde sus pantallas van hilos invisibles que se atan afectivamente a ese líder, mientras otros hilos invisibles se atan con otros millones de personas que en ese mismo momento están ubicando a ese mismo líder en su Ideal del Yo.

Todos ellos viven la ilusión de todas las masas: el líder que ama por igual a todos los miembros del grupo.

Quizás, al fin y al cabo, los liderazgos políticos tengan mucho que ver con el amor. Y con las necesidades amorosas en un mundo fragmentado, lleno de multitudes solitarias y atravesadas por la violencia, desconfiadas ya del excesivo uso de argumentos razonables para justificar hasta el horror más descarnado.

Notas

(1) La nave espacial Enterprise, su Capitán Jean Luc Picard y el Teniente Comandante Data son algunos de los protagonistas de la serie televisiva “Viaje a las estrellas. La nueva generación” (creada por Gene Rodenberry).
(2) Sigmund Freud: “Psicología de las masas y análisis del Yo”. En “Obras completas” tomo VII, Biblioteca Nueva, 1974. Pag. 2565.
(3) S. Freud: ibídem, pag. 2568.
(4) S. Freud: ibídem, pag. 2569.
(5) S. Freud: ibídem, pag. 2568.
——————
Este artículo fue publicado originalmente en enero 2016 en el número 007 de la Revista Beerderberg.
Daniel Eskibel pasó de un diván como el de Freud a la locura de las campañas políticas. Tal vez por eso regala 16 libros de estrategia política y 1 curso de psicología política en www.maquiaveloyfreud.com/biblioteca


lunes, 22 de febrero de 2016

HITLER NO ERA INEVITABLE





70.º aniversario de los juicios de Núremberg

Marcel Bois
Jueves 18 de febrero de 2016

Hace pocos meses fue el septuagésimo aniversario de los juicios de Núremberg, en los que oficialmente los Aliados llevaron a los altos oficiales del nazismo ante los tribunales. Para cuando los juicios de Nuremberg comenzaron, el 20 de noviembre de 1945, Adolf Hitler, Joseph Goebbels y Heinrich Himmler hacía tiempo que habían muerto. En su lugar se sentaron algunos de los nazis más relevantes que habían sobrevivido a la guerra: políticos, generales y directivos de empresas.

En solo doce años el régimen que representaban había iniciado la Segunda Guerra Mundial, un conflicto de seis años de increíbles proporciones destructivas. Habían promovido la tortura y el asesinato de miles de opositores políticos, homosexuales y personas discapacitadas, así como el genocidio de más de seis millones de judíos europeos. Apenas unos meses después del fin de la guerra, algunos de los personajes más crueles del régimen, como Hermann Göring, Rudolf Hess, Alfred Rosenberg y Albert Speer, fueron llevados a juicio en las salas del Palacio de Justicia de Nuremberg.
El primero, de lo que finalmente fueron 13 diferentes juicios de Nuremberg, duró 218 días. Un total de 240 testigos fueron llamados a declarar, y se recogieron 300.000 testimonios. Los minutos de los juicios llenaron más de 16.000 páginas. A su fin, 12 acusados fueron sentenciados a muerte, así como otros muchos recibían largas penas de prisión. El juicio significó el primer paso en la resolución de las hostilidades entre Alemania y los aliados, y allanó el camino para la reintegración de Alemania en el orden mundial de postguerra.

Más allá del proceso judicial oficial, muchas cuestiones históricas importantes quedan sin resolver: discusiones sobre la naturaleza humana, el rol de la izquierda y sobre si los movimientos progresistas pueden derrotar el racismo y otras opresiones luchando juntos. La cuestión principal sin duda, es cómo algo tan terrible pudo ocurrir. ¿Cómo fue posible que el crimen más horrendo en la historia de la humanidad pudiera ocurrir en Alemania, la “tierra de los poetas y los pensadores”?

Algunos historiadores explican el éxito de los nazis basándose en un supuesto antisemitismo de profundas raíces en la cultura alemana. Según esta narrativa, los alemanes, ya antisemitas, simplemente esperaban un Hitler que los guiara. Otras lecturas más matizadas del tema argumentan que los nazis simplemente compraron a la población con incentivos materiales para que apoyara sus propósitos antisemitas.

El renombrado historiador Götz Aly, por ejemplo, describe el régimen nazi como una “dictadura acomodaticia”, ya que “aunque el antisemitismo era una precondición necesaria para el ataque nazi a los judíos europeos, no era suficiente. Los intereses materiales de millones de individuos tuvieron que juntarse a la ideología antisemita antes de que el gran crimen que ahora conocemos como Holocausto tuviera lugar en su impulso genocida”.

Desde luego, muchos alemanes (incluyendo a alemanes de clase trabajadora) apoyaron el régimen nazi en un determinado momento, y la política económica nazi proporcionó incentivos suficientes para que muchos toleraran el régimen. Sin embargo, esta lectura histórica simplifica la compleja variedad de condiciones sociales y fuerzas existentes en la Alemania de Weimar y no tiene en cuenta que no todos los alemanes disfrutaron de beneficios materiales durante el régimen nazi y que no todos los alemanes eran simpatizantes del nazismo. De hecho, amplias capas de la población se oponían fuertemente al fascismo.

El ascenso de Hitler al poder no fue de ninguna manera inevitable sino fruto de condiciones históricas concretas así como de acciones (e inacciones) de diferentes fuerzas sociales. Mientras mucha historiografía convencional dibuja el nazismo como una especie de proyecto colectivo alemán, lo que ejemplifica el ascenso al poder de Hitler son las consecuencias reales que una estrategia socialista puede tener en una sociedad destruida por la recesión económica y la polarización política.

El nazismo fue solo uno de los resultados posibles de la crisis de la República de Weimar, pero su eventual éxito no lo hacía retroactivamente inevitable. Además, interpretar el fascismo de esta manera entorpece la interpretación de un periodo de la historia muy instructivo para la izquierda.

El impacto de la Crisis del 29

Sólo unos años antes de la toma del poder por Hitler en 1933, su Partido Nacional Socialista de los Trabajadores (NSDAP) era completamente irrelevante. Pero tras el crash de las bolsas en 1929 el voto conseguido pasó de 800.000 en 1928 a más de 6 millones en 1930 y el 37% del voto en 1932, convirtiéndose en el partido más importante en el parlamento.

El trasfondo de este rápido crecimiento era por supuesto la crisis económica en curso, que estaba carcomiendo los mismos fundamentos del capitalismo global. El desplome de la inversión causado por el crash del 29 llevó al descenso de la producción industrial en un 29%. La industria alemana fue especialmente golpeada, puesto que estaba financiada fundamentalmente por capital extranjero (principalmente préstamos norteamericanos), lo que la hizo colapsar tan pronto como los prestamistas retiraron el crédito.

Al mismo tiempo que empresas grandes y pequeñas se declaraban en bancarrota, amplias capas de las clases medias entraban en la pobreza. Los campesinos también sufrieron, ya que los precios de los alimentos cayeron y los trabajadores en general vieron recortados sus salarios hasta en un 30%. Hacia 1933 el desempleo había pasado de 1.300.000 en 1929 a 6.000.000. Solo una tercera parte de los trabajadores estaba empleada a tiempo completo.

Tras la caída del último gobierno democráticamente elegido de la República de Weimar, en marzo de 1930, el presidente Hindenburg nombró un gabinete presidencial sin respaldo parlamentario, en el que los decretos de emergencia fueron la norma. El canciller de Hindenburg, Heinrich Brüning y su sucesor Franz von Papen lanzaron una ofensiva austeritaria, recortando la protección por desempleo, el gasto social y las pensiones, al tiempo que subían los impuestos en los bienes de consumo y los alimentos. Como resultado de esto, la pobreza se convirtió en la tónica dominante de la vida en las ciudades.

El impulso austericida del Estado sirvió a los intereses de la clase empresarial alemana. Algunas semanas después del crash de Wall Street, la Liga Alemana de la Industria llamó a adaptar el Estado del Bienestar a los “límites de la sostenibilidad económica”, condenando “el abuso injustificado e inmoral” de los beneficios del sistema de protección social.
 
A ojos de los empresarios alemanes, la crisis económica había sido causada por un sistema del bienestar hipertrófico, altos salarios, reducción de las horas trabajadas, y por ello respondieron rescindiendo contratos, bajando salarios y aboliendo la jornada de ocho horas. El Estado alemán respaldó estas medidas en 1932 aboliendo la negociación colectiva y el derecho a huelga.

La austeridad se diseñó para liberar a los empresarios alemanes de los altos costes laborales, bajando de esta manera los precios de los productos alemanes en el mercado mundial, estimulando así la economía nacional. Sin embargo, sus promesas de recuperación nunca se cumplieron y la pobreza continuó creciendo, ya que todas las economías industriales tomaron similares medidas encaminadas a potenciar las exportaciones.

Polarización

La crisis fue devastadora para los desempleados y las clases medias, que fueron los dos grupos sociales entre los que los nazis encontraron mayor apoyo.

A los artesanos, pequeños empresarios, funcionarios y propietarios de pequeños negocios, la crisis les sometió a presiones desde dos ámbitos. El sociólogo alemán Arno Klönne los describe como “la sensación de amenaza por parte de la creciente concentración de capital industrial y financiero, por una parte, y las demandas de una muy bien organizada clase trabajadora industrial, por otra”. La demagogia nacionalsocialista, dirigida tanto contra el capital financiero como contra el movimiento sindical, tuvo un probado atractivo para las clases medias.

La situación de los desempleados era claramente mucho peor aún que la de las clases medias. Tan pronto como el sistema de seguridad social se fue a pique, el creciente desempleo en la Alemania de Weimar convirtió la vida en una lucha por la supervivencia, y anuló las esperanzas de encontrar un trabajo a corto plazo.

En este contexto, las SA y otros grupos terroristas bajo dominio nazi atrajeron rápidamente a millares de alemanes sin trabajo, que encontraron en el nazismo un recién descubierto sentido de pertenencia, camaradería y poder. El racismo y el antisemitismo implícitos en la ideología nazi les proporcionaban a muchos miembros un sentimiento de superioridad sobre los judíos, extranjeros y homosexuales, a los que eran supuestamente superiores.

Otro aspecto importante para entender el éxito del Partido Nacional Socialista es la imagen que proyectaba sobre sí mismo como alternativa radical a la república. Según Klönne “la desesperación y la impaciencia golpeaban a los jóvenes y a los parados de larga duración; no era posible dirigirse a ellos con perspectivas a largo plazo, querían trabajo y pan y lo querían ya”. El NSDAP prometía “medidas inmediatas para remediar su desesperada situación”.

Al manipular su imagen y apelando a los grupos sociales más vulnerables, el partido de Hitler consiguió convertirse en un verdadero movimiento de masas en unos pocos años; solo las SA tenían ya en 1932 unos 400.000 miembros.

El crecimiento de la derecha radical es solo un parte de la historia. No debemos ver los últimos años de la República de Weimar como todo un desplazamiento nacional hacia la derecha, sino como un momento de polarización política, del que se beneficiaron tanto la derecha como la izquierda.

De este modo, el Partido Comunista Alemán (KPD) aumentó el voto en 1,3 millones en las primeras elecciones tras el crash de los mercados del 29 y el número de militantes se duplicó hasta el cuarto de millón entre 1928 y 1932. Los comunistas se esforzaron en tener visibilidad en las calles, organizando manifestaciones e involucrándose en enfrentamientos violentos con los nazis.

La fuerza del movimiento obrero alemán, sin duda el más grande y potente del mundo en su momento, se evidenció hasta en las últimas elecciones libres de noviembre de 1932, en las que tan solo unos meses antes del ascenso de Hitler el KPD y el SPD juntos consiguieron más votos que los nazis. Dadas su fuerza numérica y su política antifascista, la confrontación entre los nazis y los partidos de los trabajadores parecía inevitable.

20 DE MAYO 1928
14 DE SEPTIEMBRE 1930
31 DE JULIO DE 1932
6 DE NOVIEMBRE DE 1932
NSDAP
2.8%
18.3%
37.3%
33.1%
SPD
29.8%
24.5%
21.6%
20.4%
KPD
10.6%
13.1%
14.3%
16.9%


Resultados de elecciones parlamentarias, 1928-1932

Dirigiéndose a los militantes del KPD a través de las páginas de Militante en 1931, León Trotsky resume la situación política alemana de esta manera: “Si se coloca una bola en la parte superior de una pirámide, el más mínimo impacto puede hacer que ruede hacia la izquierda o hacia la derecha. Esa es la situación en la que se encuentra Alemania hoy en día. Hay fuerzas que quisieran que la bola ruede hacia la derecha, rompiendo así la columna vertebral de la clase trabajadora. Hay fuerzas que quisieran que la bola se mantuviera en la cima. Eso es una utopía. La bola no puede permanecer en la cima de la pirámide. Los comunistas quieren que la bola ruede hacia abajo, hacia la izquierda y destroce los pilares del capitalismo”.

La derrota final del movimiento obrero

Los empresarios alemanes también entendieron que la polarización no podía crecer sin límites, y estaban preocupados por la posibilidad de la llegada al poder del movimiento obrero. Los nazis entendieron bien cómo capitalizar este miedo, prometiendo que los intereses empresariales se impondrían de cualquier modo. Durante un acto de recaudación de fondos dirigido a grandes industriales, el líder de las SS Rudolf Hess mostró fotos en las que aparecían manifestantes revolucionarios a un lado y divisiones de las SA y las SS uniformadas al otro:

Señores, aquí tienen ustedes a las fuerzas de la destrucción, amenazas peligrosas para su tesorería, sus fábricas, sus posesiones. En el otro lado, las fuerzas del orden en formación, con la firme voluntad de erradicar el espíritu de revuelta. Todo el que pueda debe colaborar con lo que tenga, para en última instancia no perder todo lo que tiene.

El exoficial nazi Albert Krebs describe la escena en sus memorias: “No todos los capitalistas eran entusiastas seguidores de los nazis, pero su escepticismo era relativo y terminó en cuanto quedó claro que Hitler era la única persona capaz de acabar con el movimiento obrero”. Aterrorizado ante la perspectiva de nuevas conquistas por parte del movimiento obrero, el apoyo del capital a Hitler creció rápidamente.

Trotsky describió de manera muy viva estas dinámicas: “A la alta burguesía le gusta el fascismo tanto como a alguien con dolor de muelas, que se las extraigan” —es decir, es repugnante, pero necesario—. Hitler cumplió su promesa con el capital. Tras ser declarado canciller en enero de 1933, ilegalizó los partidos obreros y los sindicatos en unos pocos meses. Miles de socialdemócratas, comunistas y sindicalistas fueron arrestados y asesinados.

El apoyo del capital fue sin duda decisivo para el ascenso de Hitler, pero la victoria nazi no era aún inevitable. Una serie de grandes errores estratégicos de la izquierda alemana jugaron un rol fundamental en su ruina colectiva.

Socialdemocracia

El Partido Social Demócrata (SPD) entendió el tipo de amenaza que el NSDAP significaba, aunque no fue capaz de construir el arma necesaria para frenarla. En un intento desesperado por bloquear la toma del poder de los nazis mediante argucias legales y salvar así la democracia de Weimar, el SPD siguió la estrategia del apoyo al “mal menor” —el gobierno autoritario de derecha en funciones—, como bastión contra Hitler (que sin duda sería más autoritario aún).

Esta estrategia implicó el apoyo a la candidatura del hiperconservador Hindenburg en las elecciones presidenciales de 1932 y la tolerancia hacia los gabinetes conservadores de Brüning y von Papen, así como hacia la subida de impuestos y los recortes sociales que sus gobiernos llevaron a cabo. La estrategia iba en contra del programa político del partido, así como de los intereses materiales de sus simpatizantes.

La gran debilidad de esta estrategia se hizo patente el 20 de julio de 1932 cuando el canciller von Papen disolvió el gobierno del SPD en Prusia, el Estado más grande de la república. El SPD ya había organizado desde un año antes a milicias de trabajadores en previsión de tal movimiento, el llamado Frente de Acero. Pero cuando se enfrentaron a la situación real, el partido abandonó la resistencia llamando a la calma.

Mientras tanto, la Federación Alemana de Sindicatos (ADGB) tomó un camino similar. Muchos sindicalistas eran también militantes del SPD y apoyaban la estrategia del mal menor, tolerando el gobierno de Hindenburg con la idea de frenar así a los nazis con medios constitucionales. Por eso se abstuvieron de convocar una huelga general en Prusia en 1932.

El, más tarde, ministro de propaganda nazi Joseph Goebbels fue consciente desde el primer momento de las implicaciones de lo ocurrido aquel 20 de julio. Como se recoge de lo escrito en su diario unos días más tarde: “Los rojos han sido vencidos. Sus organizaciones no opusieron ninguna resistencia. Los rojos han perdido su momento y no va a haber otro”.

Finalmente, Goebbels tendría razón. Como consecuencia del desastre en Prusia, medio millón de votantes rechazaron al SPD en las elecciones de dos semanas más tarde. La falta de respuesta de julio de 1932 se repitió seis meses más tarde cuando los nazis tomaron el poder y destrozaron el movimiento obrero.

El KPD

Los comunistas eran la única organización de clase trabajadora que organizó resistencia extraparlamentaria a los nazis al mismo tiempo que se oponían a los embates austeritarios del gobierno, pero también fracasaron. Su fracaso se debió a su incapacidad para caracterizar de manera clara el fascismo y las amenazas que planteaba.
El Comité Central abusó del uso de la expresión “fascismo” hasta vaciarla de sentido. Para ellos el Estado alemán se había convertido en fascista en 1930, con la llegada del gobierno de Hindenburg. De hecho, la dirección del KPD consideraba a todos los otros partidos en el parlamento variantes del fascismo, diciéndoles a sus militantes que “luchar contra el fascismo significa combatir al SPD tanto como a Hitler y a los partidos de Brüning”.

El KPD tomó la línea política de Moscú, basándose en la teoría del “socialfascismo” de que el fascismo y la socialdemocracia no eran opuestos, sino “hermanos gemelos”, como dijo una vez Stalin. En el contexto de una profunda crisis del capitalismo era la socialdemocracia, que retraía a los trabajadores de la lucha contra el capital, el principal enemigo.

Según esta línea, la dirección rechazó toda colaboración con el SPD, incluso cuando llegó el momento de luchar contra los nazis. “Los socialfascistas saben que no existe posibilidad alguna de colaboración con ellos por nuestra parte. En relación al partido de los Panzerkreuzer, los social-policías, y todos los que allanan el camino al fascismo, para nosotros solo cabe la lucha hasta la muerte”.

Muchos comunistas respaldaban este tipo de lemas rimbombantes, en una época en la que gran parte de la militancia del KPD estaba sin trabajo. Como organización en los centros de trabajo, prácticamente había desaparecido. En 1932, solo el 11% de los militantes del KPD tenían trabajo.

De este modo, muchos comunistas ya no trataban a socialdemócratas como compañeros en los centros de trabajo, sino únicamente como partidarios de las estrategias del mal menor y de sucesos como el mayo sangriento, el 1 de mayo de 1929, cuando un comando policial bajo el mando del socialdemócrata Karl Friedrich Zörgiebel disolvió violentamente una manifestación del KPD.

Por su parte, la dirección del SPD se negó repetidamente a colaborar con los comunistas. El SPD de la época hervía de fervor anticomunista y, a menudo, equiparaba el comunismo con el nazismo. El líder del partido Otto Wels dijo en el congreso del partido en 1931 en Leipzig que “el bolchevismo y el fascismo son hermanos. Ambos se basan en la violencia y la dictadura, sin importar cuán socialistas o radicales puedan parecer”.

En lugar de ofrecer a las mayorías sociales una alternativa política, la política del KPD de dirigir la mayor parte de su ira contra el SPD le condujo por momentos a los brazos de la derecha, al menos en algunas ocasiones. El ejemplo más notable de esto se dio en 1931, cuando el KPD apoyó un referéndum contra el gobierno prusiano del SPD, que había sido promovido por los nazis y otras fuerzas nacionalistas.

El frente único

Esta política de efectos desastrosos fue fuertemente criticada por miembros de la oposición comunista, como Leon Trotsky o August Thalheimer. Thalheimer había sido uno de los fundadores del alemán KPO (Partido Comunista de Alemania-Oposición), que había roto con el KPD en 1929. Trotsky, uno de los líderes más célebres de la Revolución Rusa y destacado disidente comunista, guiaba a sus seguidores desde el exilio en la isla turca de Büyükada. Ambos prestaron especial atención al discurrir de las cosas en Alemania.

El partido de Thalheimer argumentaba que la única forma de frenar el auge del fascismo era a través de “una ofensiva general planificada” por parte de la clase trabajadora. La necesaria herramienta organizativa para esta ofensiva era el frente único. Trotsky estuvo de acuerdo argumentando que ambos partidos estaban igualmente amenazados por el nazismo y por tanto debían luchar juntos.

Este frente único requería el abandono de la teoría del socialfascismo. Pero puesto que el KPD se oponía a ello, se garantizaba el fracaso en el intento de conectar con los simpatizantes del SPD: “este tipo de posición —la política de chillón y vacío izquierdismo— impide que avancen los lazos entre el Partido Comunista y los trabajadores socialdemócratas”.

El llamamiento al frente único no debía dirigirse exclusivamente a los militantes de partido sino que necesariamente implicaba también la negociación entre direcciones. Un puro “frente único desde abajo” no tendría éxito, ya que la mayor parte de los militantes de partido querían luchar contra el fascismo, pero lo querían hacer junto con sus direcciones. Los comunistas no podían aspirar a juntarse solo con trabajadores socialdemócratas dispuestos a romper con sus líderes.

La importancia de organizar la unidad de acción más grande posible en el seno de la clase obrera hizo que se descuidaran otras preocupaciones. Pero esto no significa que los comunistas se moderaran en sus exigencias políticas.

Al contrario, fue en el contexto de la unidad de acción de la clase trabajadora en el que los comunistas pudieron demostrar sus credenciales como antifascistas: “Debemos apoyar la acción social democrática de los trabajadores, en esta coyuntura nueva y excepcional, para probar el valor de sus organizaciones y sus líderes, cuando es cuestión de vida o muerte para la clase trabajadora”.

Para garantizar esto, el frente único debía basarse en acción política, no en colaboración parlamentaria, y podía construirse únicamente en torno a un punto común, la lucha contra el fascismo. Era de especial importancia que los comunistas mantuvieran su independencia política y organizativa dentro del frente. El eslogan de Trotsky resume muy bien este enfoque: “Marchad por separado, pero haced la huelga juntos. Acordad solamente cómo hacer la huelga, a quién hacérsela y cuando hacerla. Con una premisa, no atarse las manos”.

Los llamamientos de Trotsky y Thalheimer a un frente único fueron bien recibidos tanto por los trabajadores como por los intelectuales, puesto que el deseo de unidad frente al creciente nazismo estaba ya muy extendido. Este deseo se puede ver claramente en el manifiesto “Llamamiento urgente a la unidad”, publicado por treinta y tres renombrados intelectuales, entre ellos Albert Einstein, ante las elecciones de 1932, en el que se hace un llamamiento al KPD y al SPD a “dar un paso hacia la construcción de un frente único obrero, necesario no solamente en lo parlamentario, sino también para la defensa”.

En las pequeñas ciudades de Bruchsal y Oranienburg, donde los seguidores alemanes de Trotsky tenían influencia política, se consiguió construir comités antifascistas que incluían a socialdemócratas y comunistas. En muchos otros lugares sin presencia de troskistas, los activistas locales tanto comunistas como socialdemócratas empezaron a colaborar ignorando los dictados de sus respectivas direcciones, como recientes investigaciones de archivo han demostrado.

Joachim Petzhold, por ejemplo, ha examinado informes del Ministerio del Interior del verano de 1932 en los que se señala que “muchos comunistas querían unirse a los socialdemócratas para luchar contra el fascismo”. En este sentido, están claras las discrepancias entre la dirección de partido y su militancia.

Estas discrepancias se observan también en un informe policial de junio de 1932, en el que se dice que “durante choques sangrientos con los nacionalsocialistas… un frente único se despliega habitualmente a pesar de las diferencias entre los dos partidos marxistas, y a menudo son los comunistas los más rápidos y experimentados en esta tarea”.

Otro fragmento del mismo informe resalta que “actividad de frente único se da a lo largo y ancho de todo el Reich. Delegados sindicales del SPD colaboran con sus colegas rojos, miembros del Reichsbanner (una milicia de trabajadores del SPD) se presentan como delegados de sus compañeros en las reuniones de los comunistas; miembros del Frente de Acero en Duisburg discuten tácticas de frente único en la sede del KPD”.

Cortejos fúnebres únicos en funerales y entierros son frecuentes en todas partes, así como las manifestaciones interpartidos en respuesta a las marchas nacionalsocialistas. Los socialdemócratas se dejan ver en muchos actos antifascistas organizados por el KPD; el sindicato de funcionarios declara que la mano tendida de la fraternidad por parte del KPD no se retirará.

Ciertos movimientos hacia la unidad de la clase trabajadora también se dieron en el sur de Alemania. En julio de 1932, por ejemplo, el líder local del SPD Reinbold ofreció una tregua a los comunistas: “Dejar a un lado lo que nos divide es una necesidad total dada la gravedad del momento en el que estamos”. Las direcciones locales del KPD en las ciudades de Ebingen y Tübingen hicieron por esa época ofertas de este mismo tipo al SPD y a los sindicatos.

En diciembre de 1931 se dieron casos aislados de listas electorales conjuntas del SPD y el KPD en el estado de Wüttemberg. El ejemplo más marcado de unidad en la práctica tuvo lugar en la pequeña ciudad de Unterreichenbach, donde el KPD se disolvió y se unió al SPD local para fundar un partido unido de trabajadores.

Unidos por la derrota

A pesar de ciertas dinámicas locales esperanzadoras, el KPD ya estaba plenamente estalinizado. Todas las corrientes opositoras hacía tiempo que habían sido expulsadas, lo que significaba que los leales al Comintern controlaban el partido y marcaban la línea, incluso en ocasiones en contra de la militancia si era necesario. La línea de Moscú era afirmarse en la teoría del socialfascismo hasta el final.

Cuando el presidente Hindenburg nombró a Hitler canciller el 30 de junio, millones de trabajadores alemanes estaban preparados para luchar. Las protestas estallaron por todo el país mientras que los industriales se reunían en Berlín para coordinar una respuesta a la llamada del SPD a la lucha conjunta.

Lamentablemente, los líderes sindicales llamaron de nuevo a la moderación. El vicepresidente del ADGB declaró: “Queremos reservarnos la huelga general como medida de último recurso”. El líder Theodor Leipart añadió: “Queremos hacer hincapié en que no estamos en contra de este gobierno. Sin embargo, eso no puede y no nos impedirá representar también los intereses de la clase obrera frente a este gobierno. ʻOrganización, no manifestaciónʼ es nuestro lema”.

Solamente el KPD llamó a la huelga general, instando a todas las organizaciones de la clase obrera a construir un frente únicocontra el fascismo dictatorial de Hitler-Hugenberg-Papen”. Desafortunadamente, este tipo de coaliciones solo se llevaron a la práctica en algunas pequeñas ciudades como Lübeck. En general, el KPD fue incapaz de tener influencia sustancial en el movimiento obrero organizado. Sus años de aislacionismo político les habían llevado demasiado lejos.

Tras enero ya fue demasiado tarde: Hitler y los nazis ya habían vencido al movimiento obrero más fuerte en el mundo de entonces. El KPD, el SPD y los sindicatos habían sido diezmados y proscritos. Sus miembros se volvieron a ver, a menudo por última vez, en los campos de concentración levantados por el nuevo régimen.

Aunque los juicios de Nuremberg llevaran a algunos de los criminales nazis más famosos ante la justicia, también redujeron el horror del fascismo a acciones individuales de unas cuantas personas particularmente crueles, al mismo tiempo que integraban ese horror en una narrativa de culpa nacional. En dicha narrativa, nadie y al mismo tiempo todo el mundo es culpable. Nadie, en el sentido de que la culpa se asigna a los altos oficiales y sus lacayos, y, al mismo tiempo, todo el mundo porque el fascismo necesita de una base de apoyo colectivo masivo, marcando de esta manera a todos aquellos que vivieron bajo el régimen como posibles colaboradores.

En lugar de doblegarnos ante este análisis de doble cara, deberíamos reclamar una visión de la historia que reconozca el carácter conflictivo y contradictorio del cambio social. El fascismo nunca es inevitable, sino que es más bien la consecuencia del enfrentamiento entre fuerzas sociales que se oponen radicalmente. Allí donde haya fascistas, habrá socialistas y otras fuerzas de izquierda para combatirlos. Este fue el caso de la Alemania de 1933, cuando perdió la izquierda y la barbarie nazi ganó, y sigue siendo así en la Europa de hoy, que vive una renovada crisis económica y una gran polarización política.

* Marcel Bois es historiador y autor de un reciente estudio sobre la oposición comunista en la República de Weimar, titulado Kommunisten gegen Hitler und Stalin.
Traducción: Santiago Morán
Traducción del artículo publicado en inglés en la revista Jacobin. Disponible en: https://www.jacobinmag.com/2015/11/nuremberg-trials-hitler-goebbels-himmler-german-communist-socialdemocrats/