lunes, 30 de diciembre de 2019

GRACE BLAKELEY: ¿Y SI SOCIALIZAMOS EL SECTOR FINANCIERO?




Nueva sociedad
30-12-2019

Grace Blakeley, reconocida analista política británica, analiza las posibilidades de socializar el sector que nadie se anima a tocar: el financiero. Propone, en suma, una izquierda que asuma un desafío a la altura de este tiempo.



Su nuevo libro, Stolen [Robado], lleva el subtítulo Cómo salvar al mundo de la financiarización. Entonces, comencemos con una pregunta simple: ¿por qué la financiarización es, ante todo, un problema? 

La definición más conocida de financiarización es el crecimiento de los incentivos financieros, los mercados financieros, los actores financieros y las instituciones financieras en el funcionamiento de las economías internacionales y nacionales. Y es un proceso que puede analizarse a través de diferentes perspectivas. 

Yo analizo esto como una lógica que gobierna la acumulación económica: un régimen de crecimiento particular. Sostengo que haber trasladado la lógica de las finanzas –la lógica de la creación de crédito, la banca, la inversión y la administración del dinero– a otras áreas de la economía ha transformado la actividad económica, particularmente en el Reino Unido. 

Usted habla del crecimiento guiado por las finanzas. ¿Lo opuesto a eso sería el crecimiento en la economía real? 

Sí, también se podría considerar el crecimiento del sector financiero como opuesto al crecimiento de la economía real. Pero mi enfoque es diferente y tiene mucho más en común con el pensamiento marxista, que considera el crecimiento del capitalismo financiero como resultado del desarrollo natural del capitalismo. 

En el libro examino la financiarización del hogar, las empresas y el Estado. Y cuando se mira desde esa perspectiva, los problemas estructurales se vuelven bastante claros. La financiarización de las empresas conduce al dominio de la ideología del shareholder value (valor para el accionista) y del gobierno corporativo, y esto es impuesto por quienes administran el dinero. 

Estos grandes inversores institucionales tienen ahora un papel más importante que antes en la economía. E imponen esta forma muy particular de organizar las empresas: los intereses de los accionistas y los acreedores se colocan por delante de los de los trabajadores. Además, la distribución de fondos a corto plazo entre los accionistas tiene prioridad sobre la inversión a largo plazo en capital fijo. 

A través de procesos como adquisiciones y fusiones, las empresas generan un poder monopólico que agrava el problema de los bajos niveles de inversión. Porque las extraordinarias ganancias generadas por los monopolios provienen del control y la reducción de la inversión. Y esto les otorga a estas empresas un enorme poder tanto en la economía internacional como en la de cada país, ya se trate de Estados, trabajadores u otras secciones del mercado. 

Y a menudo, toman grandes montos de deuda, lo que las hace relativamente inestables. El gigantesco aumento de la deuda de las empresas en el Reino Unido y Estados Unidos es un resultado directo de ese modelo y de la tendencia a pedir préstamos. No invertir, sino pedir préstamos con el objetivo de impulsar los precios de las acciones. 

¿Y qué pasa con los hogares? 

Analizo esto mediante la noción de keynesianismo privatizado. Básicamente, se trata del reemplazo de la deuda pública por deuda privada. El problema que genera el crecimiento guiado por las finanzas es que la tendencia a la disminución del crecimiento de los salarios y a la caída de la inversión en este modelo de crecimiento guiado por las finanzas podría llevar a un déficit de la demanda agregada.

La forma en que se estabiliza el sistema es a través del keynesianismo privatizado. Entonces, en lugar de combatir ese déficit de demanda con gasto público, lo que hay es una proliferación de la deuda privada. Entonces, es la deuda privada no asegurada lo que suele reemplazar el crecimiento salarial para permitir que los consumidores compren mercancías. 

Luego tenemos la financiarización del Estado. ¿A qué se refiere con eso? 

Sí, ya no tenemos un Estado que esté pensando en el endeudamiento público del mismo modo en que lo hizo durante el apogeo del keynesianismo, que esté pensando en restringir los mercados financieros mediante controles de crédito y de cambio. Y ya no tenemos un Estado que esté pensando en una adecuada regulación financiera. 

El creciente predominio de las finanzas lleva a la financiarización del Estado, en forma de iniciativas de financiamiento privado. Es el Estado diciéndoles a los inversores privados: gasten en mi nombre. Finalmente, lo que tenemos es que la toma de decisiones económicas se aparta cada vez más de la obligación democrática de rendir cuentas, lo que facilita su captura por parte de las elites financieras. 

En todos estos niveles diferentes, se puede ver cómo el aumento de la financiarización conduce a estos grandes y significativos problemas. Ya sea que se esté hablando de la caída de los salarios o la caída de la inversión u observando la dinámica que impulsó la crisis financiera.  

¿Cómo encaja la austeridad en su análisis? ¿Y diría usted, comparando el sector financiero en 2008 con la actualidad, que hay una gran diferencia? 

En la forma en que entiendo este modelo de crecimiento guiado por las finanzas, no se trata simplemente de un conjunto de regulaciones. En realidad, se basa en un cambio en el equilibrio de poder entre las diferentes clases. Analizo la larga historia del capitalismo a través de la lente del equilibrio de poder entre trabajo y capital. 

Desde este punto de vista, el surgimiento de la socialdemocracia está basado en el crecimiento del poder de la mano de obra organizada. La decadencia de ese modelo se basa en la erosión, provocada por el creciente poder del capital financiero, de muchas de las instituciones que dieron sustento al consenso de la posguerra. 

Y el surgimiento del crecimiento guiado por las finanzas en la década de 1980 está relacionado con el desarrollo de los mercados financieros, el aumento de la movilidad del capital y las dificultades asociadas al mantenimiento de la paz entre el trabajo y el capital en el nivel del Estado. Todo esto desplazó el equilibrio de poder desde el trabajo hacia el capital. Y, en particular, hacia el capital financiero internacional. 

Cuando se habla de austeridad, hay una clase particular que se vuelve dominante dentro del Estado y dentro de un grupo de otras instituciones. Estas personas reaccionan frente a la crisis financiera de 2008, causada por el modelo de crecimiento guiado por las finanzas, haciendo que la gente común cargara con los costos y rescatando a los bancos. El impacto que eso tiene en la economía es en gran medida negativo para la gran mayoría de los trabajadores. Mientras tanto, los que están en la cima quedan a salvo. 

A partir de 2008, hemos visto que los bancos centrales bombean dinero mediante la expansión cuantitativa en la economía solo para mantenerla a flote, en lugar de que los gobiernos utilicen el dinero en inversión pública. ¿Cuál es su opinión al respecto? 

El problema tiene que ver, en parte, con la propia expansión cuantitativa, pero más en profundidad con la falta de demanda que existe en todas estas economías diferentes. Otra resaca de la financiarización. Tiene que ver con la caída de los salarios, la caída de los niveles de inversión en capital fijo, el sobreendeudamiento masivo que implica que una gran parte de las ganancias tenga que destinarse a pagar deuda. Esto, combinado con la negativa de los gobiernos a gastar, está creando esta situación crónica de demanda escasa. 

Los bancos centrales están intentando contrarrestarlo básicamente inflando los precios de los activos. Nunca dicen que es eso lo que están haciendo, pero obviamente es lo que la expansión cuantitativa ha generado. Esto está exacerbando, sobre todo, muchos de los problemas que nos han conducido a la actual situación. 

Dada la postura del Banco Central Europeo, es posible que nunca veamos el final de la expansión cuantitativa. Lo cual tiene grandes implicancias distributivas de las que nadie está hablando en realidad. 

Ahora supongamos que pudiéramos retroceder el tiempo y volver al consenso de la posguerra para revivir la socialdemocracia, regular nuevamente los bancos, etc. ¿No sería eso suficiente? 

Creo que el consenso socialdemócrata, particularmente en el Reino Unido, fue un intento de silenciar las contradicciones y los conflictos entre esas dos clases.
Lo hizo de manera muy exitosa casi durante todo ese periodo. La razón por la que el compromiso fue estable durante tanto tiempo fueron las tasas de crecimiento relativamente altas y la elevada productividad. Seguimos teniendo imperialismo durante gran parte de esa era, que luego fue seguido por una forma de globalización que en muchos sentidos reproduce tipos de lógica similares. 

Esto significa que había más para repartir. Cuando hay más para repartir, queda oculto el juego de suma cero que enfrentamos en momentos de crisis. Todavía hay un juego de suma cero en curso, y es únicamente entre el Norte y el Sur globales. 

Pero dentro del Norte global, debido a la lógica del imperialismo y la extracción, es fácil crear lo suficiente para apaciguar a los trabajadores y al capital con un modelo en el que el Estado interviene y dice: ustedes se llevarán esto, ustedes se llevarán esto otro. 

¿Es una ilusión de progreso nacional porque no está inserto en un contexto global? 

Exactamente, sí. Con la crisis de la década de 1970 hay una competencia cada vez mayor con el resto del mundo y una erosión de las ganancias en el Norte global. El primer gran cambio ocurre con el primer pico en el precio del petróleo. Y, obviamente, una enorme inflación significa que habrá patrones diciendo que necesitan reducir costos y trabajadores diciendo que necesitan aumentos salariales debido a la inflación. Entonces se ve que el conflicto de clase, que es inherente a cualquiera de estos sistemas, emerge y sale a la luz. 

El intento de silenciar eso solo funcionará en un contexto de abundancia. En muchos sentidos, el crecimiento guiado por las finanzas se basó en un intento similar; con la salvedad de que en lugar de que haya un Estado que media entre el capital y el trabajo, de lo que se trata es de convertir a más personas en capitalistas. 

El conflicto inherente que existe dentro del capitalismo, entre el capital y el trabajo, hace que la democracia social sea muy difícil, particularmente en tiempos de escasez como los que estamos viviendo. 

Quiero hacerle una segunda pregunta relacionada con el subtítulo de su libro. Si, como usted describe, la financiarización es un problema tan grande, ¿cómo podemos salvar al mundo de ella? ¿Cuál debería ser la agenda de los progresistas? 

Creo que ese es probablemente el punto donde mi análisis diverge de algunas de las perspectivas más socialdemócratas. A menudo escucho que, como progresistas, estamos ganando la batalla de las ideas. La gente reconoce que es necesario regular adecuadamente las finanzas. 

Está muy bien hablar sobre la batalla de las ideas, pero también es necesario hablar sobre la batalla de las calles. Creo que muchos en la izquierda socialdemócrata hacen lo que Marx criticaba de los otros filósofos alemanes, que priorizaban las ideas sobre la realidad material. 

Eso genera un conjunto de problemas, porque terminamos enumerando problemas y luego simplemente proponemos soluciones. Por ejemplo, el problema es la ideología del valor para el accionista, que lleva al cortoplacismo, a bajos niveles de inversión y bajos salarios. Entonces ¿qué debemos hacer? Cambiar las leyes en materia de responsabilidad fiduciaria para los inversores institucionales, de modo que tengan que priorizar los objetivos ambientales y sociales, además de maximizar sus rendimientos. 

Claro, es una buena idea, pero ¿quién lo va a hacer? ¿Dónde está la coalición de clase que puede lograrlo? Hay una razón por la cual el sistema financiero y la regulación en torno de él funcionan del modo que lo hacen. Porque hay una clase de personas que poseen todas las cosas y que hacen todas las reglas. Y es muy importante entender el capitalismo no solo como un sistema económico de propiedad, sino también como un sistema político. 

Entonces, ¿en lugar de la socialdemocracia, usted quiere pasar al socialismo democrático? ¿Y qué ideas concretas implicaría eso? 

Sí, ir hacia el socialismo democrático como alternativa ideológica al neoliberalismo requiere un cambio en el equilibrio de las fuerzas de clase. Y el surgimiento y desarrollo de un movimiento que pueda defender e imponer esas ideas. 

Podríamos socializar el sector financiero teniendo un banco público nacional de inversiones, un sistema de banca pública minorista y una administración de activos de las personas, que sería una administración de activos de bajo control y propiedad democráticos, que invierta nuestros ahorros colectivos: por ejemplo, los activos de un fondo soberano o fondos de pensiones. 

Y sumarle mecanismos para limitar el poder del sector financiero privado: controles de cambio, controles de crédito y otras formas de regulación macroprudencial. Junto con medidas para impulsar el poder de los trabajadores: eliminando las leyes antisindicales, desmercantilizando los medios de subsistencia. En síntesis, es necesario que creemos una sociedad en la que todo lo que necesitamos para sobrevivir sea gratis o muy barato al momento de usarlo. 

Traducción: Carlos Díaz Rocca

DOCE APUNTES SOBRE MARXISMO (IX DE XII)



Iñaki Gil de San Vicente 2019-12-27

En esta novena entrega del total de doce para el colectivo internacionalista Pakito Arriaran veremos el impacto de las luchas de liberación antiimperialista en el desarrollo del marxismo como matriz teórica presente en todas las resistencias contra la injusticia. La décima entrega tratará sobre la implosión de la URSS.

La inacabable formación del marxismo se enfrentó desde su inicio a contradicciones que parecían no tener relación alguna con la lucha obrera. Las reivindicaciones de las naciones oprimidas, sobre todo si eran colonias, eran y son las más difíciles, porque, en lo que respecta a la explotación de la mujer y de la infancia, una parte del socialismo utópico ya la combatían desde la década de 1830. Pero el marxismo eurocéntrico no acepta que la historia es dialéctica y tendencial, no mecánica, como se comprueba en la praxis de los pueblos, en el llamado Tercer Mundo.

Desde 1921 la URSS tenía un pacto con los nacionalistas demócrata-burgueses y a la vez con el entonces diminuto PCCh que acababa de fundarse en ese mismo año. En 1923 la Tercera Internacional envió un delegado al Kuomintang por la alianza estratégica entre el PCCh y el nacionalismo burgués para unificar China. Para mantener la alianza, el PCCh debía entregar un listado de sus miembros al Kuomintang, no debía hacer huelgas ni luchas en los territorios liberados por el Kuomintang… La URSS renunciaba a las ganancias arrancadas a China durante el zarismo y pasaba a tratar de igual a igual a la «nueva China» ayudándola con asesoramiento y armas. Desde 1924 se intensificaron las movilizaciones que, con altibajos extremos, llevarían a la victoria en 1949, desbordando al marxismo europeo, a la Tercera Internacional y al grueso de comunistas e intelectuales formados en la cultura occidental, excepto al grupito en el que militaba Mao desde 1921. La industriosa Cantón era en 1925 el núcleo de la inminente revolución, mientras que la campesina Junan, en la que actuaba el grupo de Mao, avanzaba hacia una situación de doble poder que permitía al campesinado atacar a los señores de la guerra.

En respuesta, el 26 de marzo de 1926 el Kuomintang detuvo a muchos comunistas y asesores soviéticos: aunque los liberó al poco tiempo, la advertencia estaba realizada; en ese verano el Kuomintang lanzó la Ofensiva del Norte con la excusa de aplastar a los Señores de la Guerra, pero asesinando a los miembros del PCCh. De finales de 1926 a comienzos de 1927 se libró un debate estratégico en la Tercera Internacional entre tres líneas: una, la oficial elaborada en el V Congreso de la Internacional Comunista, que insistía en que la clase obrera y el campesinado debían supeditarse a la burguesía nacionalista porque se trataba de una «revolución democrática». Dos, que la clase obrera debía dirigir la revolución socialista, sin supeditarse a la burguesía, que era la tesis de la Oposición de Izquierdas. Y tres, que el campesinado debía dirigir al proletariado hacia una revolución armada que devolviese las tierras a los campesinos pobres, pero atrayendo a la «burguesía patriótica», la tesis Mao. Luego volveremos al fondo de este debate porque marcó varias de las grandes estrategias diferenciadas inseparables de cualquier discusión sobre la matriz teórica marxista.

Mientras tanto se extendía la lucha de clases. En abril de 1927, el Kuomintang «democrático» masacró al pueblo insurrecto en Shanghái, y pactó con los Señores de la Guerra una dictadura que liquidaba derechos básicos. Tras la derrota sangrienta de la línea oficial, la Tercera Internacional giró bruscamente a la izquierda y lanzó la insurrección de Cantón de diciembre 1927 en pleno repliegue de la lucha de clases: la escabechina se propago por amplias zonas de China destruyendo a casi todas las organizaciones, excepto a las guerrillas campesinas que justo pudieron resistir cinco ofensivas de exterminio lanzadas contra ellas por la «burguesía nacional».

La Larga Marcha de finales de 1934 fue en realidad una retirada de supervivencia hasta finales de octubre de 1935. La columna iba creando «islotes de socialismo» a su paso, redes de resistencia en la retaguardia capitalista. China del norte daba un breve refugio al Ejército Popular hasta que el Gobierno lanzase la ofensiva definitiva, pero la invasión japonesa de julio de 1937 lo cambió todo. La URSS ayudó al Gobierno hasta 1940, derrotando a los japoneses en Manchuria, pero no pudo hacer más debido a la guerra en Europa. Desde 1940 Estados Unidos ayudó masivamente al Gobierno chino, aunque sabía que este no se enfrentaba a los invasores sino a los comunistas, su enemigo de clase. El PCCh combatía a los japoneses, pero sobre todo en sus líneas de retaguardia, reservando el grueso de sus fuerzas para vencer al Gobierno chino, aunque la URSS le presionaba para que endureciera sus ataques al Japón. Dentro del PCCh se purgó a los sectores radicales y se mantuvo una política blanda hacia la burguesía dispuesta a colaborar con su programa o a no resistirse a él.

Con la derrota del Japón parecía que el Gobierno acabaría pronto con los comunistas, sobre todo cuando la URSS le reconoció como única autoridad. Pero eran los comunistas quienes recibían el apoyo del pueblo y de los sectores burgueses hartos de la putrefacción corrupta del Gobierno. Los enviados yanquis también advertían de lo mismo, aunque se incrementase la ayuda de Estados Unidos. Pero entonces la URSS advirtió al PCCh de que no se lanzase a la conquista del poder y que negociase con la burguesía. A la vez y como en otros sitios, también en China, Estados Unidos hizo que los japoneses rendidos defendieran al capital frenando el avance comunista. La burguesía, reforzada con miles de soldados yanquis, pudo recuperarse y lanzar el ataque general que le llevó a dominar el 80% de China y sus ciudades importantes. El PCCh parecía al borde del exterminio en la primavera de 1947, pero en verano pasó al contraataque gracias a su superioridad organizativa y de moral, al creciente apoyo popular, a la podredumbre del Gobierno y su ejército… iniciando la ofensiva de finales de 1948.

El avance comunista, impulsado por una gran movilización popular, era imparable. El Gobierno, con al apoyo de Estados Unidos y la URSS, propuso al PCCh negociar un armisticio, pero los comunistas decidieron seguir hasta tomar el poder. La descomposición del Gobierno era total, huyendo a la isla de Taiwán llevándose las reservas de oro del país, acompañado por embajadores, entre ellos el soviético. Tras varios retrasos dictados por Moscú, y siempre con relaciones «tormentosas», en diciembre de 1949 y enero de 1950 se reunieron Stalin y Mao. La delegación china volvió de Rusia molesta por el trato despectivo sufrido, aunque su país fue el más beneficiado por los acuerdos. Con Jrushchov, la ayuda a China llegó nada menos que al 7% del PIB de la URSS de entre 1954–1959, pero el giro de la URSS hacia la «coexistencia pacífica» a raíz de su XX Congreso en 1956 tensionó las relaciones hasta que se rompieron, porque China Popular le acusó de revisionismo.

Como hemos dicho, debemos detenernos un poco en el contenido de fondo del debate de 1926–1927 sobre la revolución china porque toca problemas centrales del marxismo. En este debate la tesis oficial era que las clases trabajadoras debían cumplir el programa de la burguesía democrática. Una de las razones de esta estrategia era que en China la clase obrera y el campesinado necesitaban un período de aprendizaje para el socialismo que solo lo podrían obtener viviendo en un régimen democrático instaurado mediante la alianza con la «burguesía nacional». Pero ya en 1924 Mariátegui escribió varios artículos sobre por qué «la libertad» abandonaba la Europa capitalista para expandirse por Asia, África y América, profundizando la idea de Marx de 1877 sobre que la revolución empezaría en Oriente, abriendo al menos la duda de que el campesinado y la clase obrera sí podían tomar el poder y avanzar al socialismo. Más aún, explicaba que la burguesía irlandesa había capitulado ante Inglaterra en 1921 y que ahora –en 1924– el proletariado tenía que luchar por la independencia apoyado por un sector de la pequeña burguesía: la lucha obrera y la lucha nacional eran ya lo mismo.

Mariátegui ignoraba las tesis de Marx y Engels sobre el modo de producción asiático y los modos de producción comunales, sobre el potencial de la comuna rusa, sobre las diversas vías al socialismo… Tampoco había estudiado la discusión de Lenin con los populistas, y no sabemos si estaba al tanto de su autocrítica de 1920 sobre la India y los soviets. Ignoramos si sabía de la reunión de Bakú de ese año, del Congreso de los Pueblos de 1922 y de las tesis del IV Congreso de la Internacional Comunista sobre las tareas de los comunistas en las colonias, etc. No es probable que hubiese leído las investigaciones de Mao sobre el campesinado de 1926…

La verdad es que el contexto de Nuestramérica forzaba una reflexión creativa de ese cariz para, por ejemplo, saber qué había sido la revolución mexicana de 1910–1917 en la que batallones obreros ayudaron a liquidar a campesinos revolucionarios; la represión salvaje del movimiento revolucionario en la Argentina de 1919–1921 dirigida por Yrigoyen, representante de la mediana burguesía «democrática»; las luchas en Cuba, Chile, Perú, Colombia, Ecuador… entre 1919–1922; la Columna Prestes en el Brasil de 1925–1927 dirigida por militares demócrata-radicales, algunos de los cuales se integrarían en el Partido Comunista; la guerra de liberación sandinista contra la ocupación yanqui desde 1927, ignorada pese a la publicidad dada por H. Barbusse que describió a Sandino como «general de hombres libres». ¿Cuál era el papel de las naciones originarias, del campesinado indígena y mestizo afroamericano, del proletariado de origen indígena o mestizo, etc., en esas y otras luchas? ¿Cómo se estaba constituyendo el proletariado en cuanto clase? ¿Cómo había respondido la «burguesía democrática»? En 1928, J. A. Mella también advirtió de los límites insuperables de la burguesía y pequeña burguesía latinoamericana, que al final, optan por negociar con el imperialismo traicionando al pueblo.

Las ideas de Mariátegui en 1929 sobre las posibles aportaciones del «comunismo inkaiko» al socialismo se inscribían en el caudaloso río con múltiples afluentes que empezaron a explorar Marx y Engels desde la década de 1850. Pero Mariátegui fue objeto de un duro ataque porque sus propuestas chocaban con la linealidad mecánica ya dominante en la Tercera Internacional. Era un intento de poner puertas al mar porque desde 1930 marxistas chinos debatían sobre si en China y en Asia el feudalismo había sido y era el modo de producción dominante antes del capitalismo, lo que replanteaba toda la estrategia de la lucha de clases. También en Japón se estudiaba el tema al menos hasta 1935. Pero ya en 1931, el PCUS había organizado el debate en Leningrado sobre la sucesión de los modos de producción, en el que el modo asiático fue borrado de la historia intentando cerrar la vía para investigaciones sobre los modos tributario, antiguo, germánico, andino, mesoamericano, etc.

En 1931 se oficializó la sucesión obligada de comunismo primitivo, esclavismo, feudalismo y capitalismo; varios de los defensores del modo asiático fueron «desaparecidos» al poco tiempo. La dialéctica era expulsada de la historia. En 1935, el VII Congreso de la Internacional Comunista impuso la estrategia de los frentes populares de supeditación a las «burguesías nacionales» durante la «fase democrática» sin la cual nunca podría avanzarse al socialismo. El historiador D. Losurdo ha transcrito una conversación de Stalin con Tito: «En nuestros días el socialismo es posible incluso bajo la monarquía inglesa. La revolución no es ya necesaria en todas partes […] Sí, el socialismo es posible bajo un rey inglés». (Stalin, El Viejo Topo, Barcelona 2011, p. 156.)

Si el socialismo era posible con la monarquía, no tenía sentido la lucha de los pueblos contra el imperialismo porque les bastaba con apoyar la democracia burguesa, como creen los eurocomunistas españoles que sostienen al rey impuesto por el dictador Franco. Pero los comunistas de Sudáfrica, todavía súbditos de la monarquía inglesa, pensaban en 1945 que se avecinaba un enconamiento de la lucha nacional de clase porque los blancos endurecerían la explotación, y se prepararon para ello. Malasia era después de la Segunda Guerra Mundial la colonia más rentable para Gran Bretaña y por eso su rey legitimó el rearme del ejército ocupante y la dura represión desencadenada desde 1948 contra comunistas y nacionalistas malayos, y es que Londres no podía perder Malasia como había perdido la India, «la joya de la Corona»; por eso en África utilizó la amenaza y la represión de las resistencias, el soborno y la cooptación de las elites dándoles la independencia política formal pero atándolas con la dependencia económica.

Mariátegui reactualizó un problema que, en su esencia, existía allí donde no se había impuesto la variante europea del desarrollo del capital. Donde Europa chocó con imperios tributarios capaces de resistir de alguna forma su invasión, pudieron surgir fuertes luchas y revoluciones, y con sus limitaciones, algunas burguesías que ahora son subimperialistas, sobre todo en Asia; pero en África y en América este proceso fue imposibilitado de raíz mediante la ocupación y desestructuración de los reinos árabes de Norteáfrica y Medio Oriente, y del exterminio inmisericorde de los reinos de Centro y Sudáfrica, y en Nuestramérica los imperios azteca e inca, y de la policromía de pueblos comunales, de agricultura itinerante, cazadores-recolectores, etc., que vivían desde Patagonia a Alaska. Pero en África y América esta masacre no imposibilitó, sino que generó desesperadas resistencias que cada vez conocemos más.

Con sus limitaciones, desde la segunda mitad del siglo XIX hasta 1930, el marxismo integró política y teóricamente esta evolución, pero desde la década de los años 30 la lucha de liberación de los pueblos empezó a chocar con el mecanicismo impuesto en Leningrado y con la supeditación a las «burguesías nacionales». El desarrollo del capitalismo dependiente creaba nuevas clases trabajadoras amalgamando indígenas desestructurados, campesinos mestizos empobrecidos, grupos afrodescendientes, nueva emigración… con una característica básica: la sobreexplotación de la mujer trabajadora. Algunas formas de autoorganización, autogestión, autodeterminación y autodefensa comunal, campesina y artesana de estas culturas populares, y de la mixtura entre trabajo campesino y urbano-febril, lograron superar a veces el fuerte desprecio engreído de la izquierda europeizada, la que denigró a Mariátegui.

A la vez, muy contados indios, mestizos, nueva emigración culta, etc., se insertaban en la pequeña burguesía y a veces en la mediana, aunque les resultaba casi imposible insertarse en la burguesía, en un sistema subsumido en el imperialismo. En estas condiciones, la izquierda formada en la linealidad mecánica, en el desprecio abierto o disimulado a la propia historia, obsesionada con la copia y calco de lo que creían que era la experiencia europea para aliarse con la «burguesía democrática»…, esta izquierda desorientó, desvió, contuvo, paralizó e hizo embarrancar muchas luchas. Una de las razones del fracaso del llamado «socialismo del siglo XXI» ha sido el efecto paralizante de esta visión trasplantada dogmáticamente a Nuestramérica.

Iñaki Gil de San Vicente Euskal Herria, 26 de diciembre de 2019