SIGLO XXI - QUINTO LUSTRO - "Un nuevo orden emerge de la desintegración del capitalismo que irá reemplazando la célula económica (familia) por una nueva matriz reproductiva (comunas) que cumplirá funciones defensivas, judiciales, productivas y administrativas."
miércoles, 25 de enero de 2012
EUROPA EN GUERRA CON IRÁN
Pepe Escobar
Asia Times Online,
25-01-2012
Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens
Nadie ha perdido dinero nunca apostando a la insensatez de los políticos de la Unión Europea (UE). Y si comercias con petróleo alégrate, muérete de risa; como era de esperar, los Ministros de Exteriores de la UE, siguiendo dócilmente al gobierno de Barack Obama, han dado luz verde a un embargo total del petróleo iraní.
El embargo no solo se aplica a los contratos nuevos, sino también a los existentes, que vencerán el 1 de julio. E incluso se imponen sanciones adicionales al Banco Central de Irán y a las exportaciones petroquímicas a la UE. Es esencial recordar siempre que el embargo –una declaración de guerra económica de facto por parte de Europa- fue propuesto enérgicamente en primer lugar por el neo-napoleónico «liberador» de Siria y Presidente de Francia Nicolás Sarkozy. La excusa oficial de la guerra económica son las «severas y crecientes preocupaciones por el programa nuclear iraní».
No sirvió de nada que Moscú advirtiese a los países de la UE para que dejen de actuar como simples peones de Washington disparando una vez más sobre sus propios pies calzados por Ferragano. Los rusos saben todo lo que hay que saber respecto a lo terriblemente contraproducente que puede ser este embargo.
La UE defiende su estrategia –o guerra económica- como única manera de evitar «el caos en Oriente Medio». Sin embargo la guerra económica puede acabar provocando la guerra real que teóricamente intenta prevenir. ¡Una serie de consecuencias imprevistas está al acecho!
Y eso nos lleva directamente al asunto del Estrecho de Ormuz. Teherán ha reiterado que únicamente lo cerrará –repetimos, únicamente- si se bloquean las exportaciones de petróleo de Irán. Esa medida representaría un golpe mortal a la economía iraní, totalmente dependientes de las exportaciones petróleo, por no hablar del régimen controlado por el Supremo Líder Ayatolá Ali Jamenei. El cambio de régimen es el verdadero plan de Washington y sus mascotas europeas (Vea «El mito de ‘Irán aislado», Rebelión, 20 de enero de 2012), pero eso no se le puede aclarar a la opinión pública mundial.
Las huellas de mis lágrimas
De los cinco principales importadores de petróleo iraní cuatro están en Asia; dos miembros del BRICS (China e India), más los aliados de EE.UU. Japón y Corea del Sur. Se puede argumentar imparcialmente que todos estos importadores culparían severamente a los estadounidenses y europeos por sus provocaciones (de hecho algunos ya lo están haciendo) si Irán considerase bloquear –o activar una serie de minas- en el Estrecho de Ormuz.
La UE, por su parte, importa unos 600.000 barriles diarios de petróleo de Irán; es aproximadamente un 25% de las exportaciones diarias de petróleo de Irán, de 2,6 millones de barriles. El principal importador en la UE es Italia. Otros importadores claves son España y Grecia. Todos estos países del Club Med, para decirlo cuidadosamente, en la actualidad están enredados en profundos líos económicos.
En su discurso político la UE insiste en su denominado «enfoque de doble pista» respecto a Irán. Dejando de lado el discurso, la doble pista se traduce en la práctica como «callad, ceded ante nuestras naciones, dejad de enriquecer uranio y sentaos a la mesa a negociar según nuestras condiciones».
Por lo tanto cuando la jefa de política exterior de la UE –la estupendamente inocua Catherine Ashton– discursea sobre la «validez del enfoque de doble pista», los diplomáticos serios de todo el mundo en desarrollo solo pueden interpretarlo como lo que es: un chiste. No es exactamente un incentivo para que Irán renueve sus negociaciones nucleares con el grupo de los «Seis de Irán» (los miembros del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas: EE.UU., Gran Bretaña, Francia, Rusia, China y Alemania).
Mientras tanto, el Señor de las mascotas europeas –el gobierno de Obama– aplica todo tipo de presiones sobre las potencias asiáticas para que dejen de comprar petróleo iraní. Para todas ellas –incluidas Japón y Corea del Sur– seguirá haciendo lo mismo: necesitan el petróleo de Irán aún más que Occidente.
Incluso BP –el supercontaminador del Golfo de México– ha solicitado al gobierno de Obama una exención de las sanciones. Todo tiene que ver con el capítulo crucial del «Ductistán», el desarrollo del inmenso yacimiento de gas Sha Deniz II de Azerbaiyán.
No hay forma de que Europa se pueda beneficiar del gas del Mar Caspio sin una enorme inversión de 22.000 millones de dólares para desarrollar Shah Deniz II, en el cual Irán tiene una participación del 10%. Shah Deniz II sería esencial para abastecer el gasoducto Nabucco, si se llega a construir. Nabucco soslaya a Rusia, aliado estratégico de Irán que casualmente mantiene una influencia oculta en el suministro de gas de Europa, como los propios europeos nunca dejan de lamentar en Bruselas.
Si Irán lo bloquea, el acuerdo muere. Por lo tanto tenemos una situación post surrealista en la que Gran Petróleo de Gran Bretaña –a través de BP– implora a EE.UU. que lo exima de las sanciones, de otra manera la seguridad energética de Europa estaría en peligro. También sucede que Gran Bretaña es un implacable enemigo del régimen de Teherán, pero todavía se basa en Irán para que «salve» Europa de las garras de Gazprom. Es algo imposible de inventar.
La City nunca duerme
El nombre del juego de Irán será siempre el cambio de régimen porque el perenne sueño húmedo de Washington y sus mascotas europeas es apoderarse de la fabulosa riqueza de petróleo (12,7% de las reservas globales) y gas. Y el hecho es que esa riqueza ya está beneficiando a la Red de Seguridad Energética Asiática y no a Occidente.
Los inmensos yacimientos de Azadegan del Norte y del Sur –26 millones de barriles– son explotados –quién si no- por China; la Corporación Nacional de Petróleo de China está desarrollando ambos, con una inversión de 8.400 millones de dólares en los próximos 10 años. En cuanto al campo Yadavaran, está siendo desarrollado por la Corporación de Petróleo y Química de China; en cuatro años producirá casi 200.000 barriles diarios. Y todo esto sin mencionar el mayor yacimiento de gas del mundo –South Pars– del cual Irán posee una gran parte, junto con Catar.
Y luego tenemos el crucial frente del petrodólar. Dominique Strauss-Kahn (DSK), poco antes de verse obligado a dimitir de su puesto de director general del Fondo Monetario Internacional por un escándalo sexual, insistía en el final del dólar estadounidense como moneda mundial de reserva, proponiendo en su lugar los derechos especiales de giro del FMI –la moneda virtual del FMI que incluye el dólar estadounidense, el euro, la libra, el yen y el yuan-
Bueno, ya está ocurriendo por otros caminos. Memorando para un eje Washington/Bruselas que no hace sus deberes: China e India ya están soslayando las sanciones de EE.UU./UE contra Irán.
Tres miembros del BRICS (Rusia, India y China), más Japón e Irán –una poderosa mezcla de los mayores productores y consumidores de energía– ya comercian, o están a punto de hacerlo, con sus propias monedas. Rusia e Irán acaban de comenzar a comerciar en riales y rublos. Todas estas potencias tienen acuerdos bilaterales, que inexorablemente serán multilaterales; y eso se traduce en que el dólar estadounidense comienza a desvanecerse lentamente como moneda de reserva global, con todas las consecuencias sísmicas que esto implica.
Es como si un mundo atónito estuviera observando un suicidio ritual a cámara lenta cometido por Occidente dominado por Washington.
También aparecen auspicios anaranjados en este Año del Dragón –la próxima bolsa de divisas que negociarán en yuanes en la City de Londres-. Pekín lo desea, y la City lo desea como nunca. Teherán ya vende petróleo en yuanes a Pekín. Imaginad a Irán utilizando la Bolsa de la City en yuanes y de esa forma manteniendo el acceso a todos los mercados globales, sin que le importe la avalancha de sanciones y embargos de la UE y EE.UU.
Obviamente, los actores de la City saben que una bolsa de yuanes «de libre comercio» en Londres puede resultar una ventaja para Irán; pero a diferencia de esos idiotas de Bruselas, por lo menos los embaucadores de la City saben que los negocios son los negocios.
Pepe Escobar es autor de Globalistan: How the Globalized World is Dissolving into Liquid War (Nimble Books, 2007) y de Red Zone Blues: a snapshot of Baghdad during the surge. Su nuevo libro, recién aparecido, es Obama does Globalistan (Nimble Books, 2009). Contacto: pepeasia@yahoo.com.
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Fuente: http://www.atimes.com/atimes/Middle_East/NA25Ak02.html
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EL TUNGSTENO (César Vallejo)
Un Tema de Actualidad
En el tiempo en que vivimos, puede parecer una antigualla histórica, una acción nostálgica o una irresponsable conducta arqueológica reivindicar y comentar la novela El Tungsteno de César Vallejo, cuando todo el canon occidental considera al autor, De España, aparta de mí este cáliz como uno de los grandes poetas del siglo XX, al tiempo que deja al margen, a la sombra, sus novelas y cuentos. Las explicaciones de esta dicotomía, poesía y narrativa, no ha concluido aún gracias a nuevas propuestas de análisis que han dejado abiertos nuevos horizontes.
Así John Beverly, hispanista marxista autor de uno de los análisis más lúcidos de las Soledades de Góngora, reivindica la literatura narrativa de América Latina escrita principalmente en los años treinta y cuarenta y que está relacionada con los proyectos de las izquierdas y las luchas populares que tienen como objeto de representación el imperialismo en el sentido leninista, es decir, con la moneda social, novela proletaria, realismo social o realismo socialista. Por otra parte, Fredric Jameson nos explica que muchas de estas novelas se estructuran como alegorías para explicar la colonización y el saqueo del imperialismo en la historia, lo que rompe los rígidos moldes de las interpretaciones sesgadas y reduccionistas. Y, por último, creemos que toda narrativa y poesía vallejiana son el mismo vaso comunicante, es decir, el enriquecimiento de ambas produce un enriquecimiento recíproco tanto desde el punto de vista histórico como literario.
César Vallejo publica El Tungsteno en el año 1931 en la colección “La novela proletaria” de la mítica editorial Cénit (Madrid) junto a otras novelas de carácter social y político como El don apacible de Mijail Sholojov y 100 por 100 de Upton Sinclair. La escritura de esta novela coincide con la aceptación y compromiso del escritor con el marxismo, que se ha producido en un proceso de reflexión crítica que data desde su llegada a París, en el año 1923. En estos años veinte, el panorama literario está dominado por los vanguardismo, pero nuestro poeta adscrito a estos movimientos -ahí está Trilce su contribución a los istmos- rompe toda ligazón con ellos expresada fundamentalmente en su escrito “Contra el secreto profesional” (1927) en el que expresa, entre otras afirmaciones, que todos los vanguardistas lo son por cobardía o indigencia. Esta actitud se radicaliza en “Autonomía del surrealismo” en 1928, año que coincide con su viaje a la Unión Soviética y que será el punto de partida de su libro el “Arte y la Revolución” formado por una serie de artículos publicados en diferentes diarios, nacidos de sus experiencias en Rusia. En ellos se propone articular una estética marxista, al tiempo que podemos comprobar su trayectoria, sus crisis y la correspondencia entre su poesía y pensamiento.
En este contexto de afirmación del marxismo, compromiso político y de identificación activa con la Revolución Rusa y reforzado por la efervescencia sociopolítica que se vivía en España en los primeros meses de 1931, redacta y publica El Tungsteno sin perder la perspectiva del proceso capitalista que, según él, está condenado a la debacle por sus contradicciones congénitas, opinión recogida en su ensayo “Duelo entre dos literaturas” (1931) en el que saluda y aplaude la literatura burguesa que contiene el espíritu y los intereses del proletariado expresados por el tema, por su contextura psicológica o por la sensibilidad del escritor con fervor voluntarista. Sin embargo, este límite se ve superado en El Tungsteno al confluir en ella la voluntad proletaria, el carácter nacional y el indigenista, al tiempo que dimensión antimperialista.
El tiempo de El Tungsteno es cuando en Europa ha estallado la Primera Guerra Mundial y Estados Unidos se prepara para intervenir en la misma. El espacio en el que se desarrolla la acción es Quivilca, departamento del Cusco en la vertiente oriental de los andes peruanos donde viven en paz en una pequeña cabaña de indígenas, los soros, hasta que una empresa de Norteamérica dueña de las minas del tungsteno, mineral necesario para sus planes bélicos, inicia su explotación que provoca un cambio económico en la región y una salvaje liquidación de la población autóctona.
El discurso narrativo es lineal, sin ningún tipo de experimentalismo, aunque a veces aparece el flash back como elemento objetivador del relato. En su desarrollo, tres secciones marcan la evolución marcan la evolución de los acontecimientos. En la primera, se perfilan las características de los personajes en dos grupos, explotadores y explotados, que ponen de manifiesto la candente lucha de clases. En el primer grupo, los gerentes, altos empleados y directores de la empresa; y los técnicos especializados, a los que hay que unir el cura, el maestro de escuela y el comerciante. Al lado de estos los mineros y “los soras” que son esquilmados de todo lo que poseen. La culminación del ambiente de brutal deshumanización ocurre cuando se produce la violación sistemática de Graziela, que las fuerzas vivas se habían jugado “al cacho” (a los dados)
En la segunda parte, los conflictos se agudizan después de que los habitantes de Quivilca se sublevan liderados por Servando Huanca, un herrero con una clara conciencia de clase, después de haber contemplado la crueldad y abuso de los poderes económicos, represivos y militares, contra la captura y traslado de dos “conscriptos”, dos indios jóvenes, que habían realizado vía crucis de tormento y tortura, bajo pretexto que cumpliesen el servicio militar, cuando su finalidad era que trabajaran en las minas.
Y ya en la tercera parte, se produce un diálogo de análisis y pedagogía política entre el herrero y dos personajes de la novela con una voluntad explicativa de los acontecimientos narrados que no añaden nada al discurso narrativo, pero que se explica por las exigencias históricas. Esta licencia no impide que El Tungsteno permanezca vivo por su lenguaje, por su narratividad y, porque aún hoy día, sabemos que la explotación inmisericorde sigue asolando al mundo.
Antonio José Domínguez
Mundo Obrero, PCE www.pce.es
Nº 43 diciembre 2011, Pág. 28
Cultura y Comunicación, Un mes Un libro
(Incluye foto de César Vallejo y carátula del libro)
Nota.- César Vallejo (1892–1938), poeta peruano que pasó del modernismo al vanguardismo (Los Heraldos Negros, Trilce), al marxismo, es considerado como cumbre de la poemática peruana, “el orto de una nueva poesía en el Perú” (JCM). Su obra poética es más conocida que su narrativa. Sus textos completos, conservados amorosamente por su compañera Georgette Philippart Travers, fueron publicados por Moncloa Editores en 1967, rescatándose así a otro de los grandes marxistas peruanos.
En 1931 publicó El Tungsteno, reseñado ahora por Antonio José Domínguez. También publicó Rusia en 1931, tras su viaje al país de los Soviets. Luego preparó Paco Yunque, aleccionador cuento infantil. Y de 1939 datan sus Poemas Humanos así como España, aparta de mí este cáliz, que le dio resonancia internacional.
Reivindiquemos El Tungsteno, parte de la reivindicación del Socialismo Peruano.
Ragarro
25.01.12
lunes, 23 de enero de 2012
CÓMO EMPEZAR POR EL PRINCIPIO
SLAVOJ ZIZEK
En su maravilloso texto breve titulado «Notas de un publicista» –escrito en febrero de 1922, cuando los bolcheviques, tras ganar la Guerra Civil contra todas las probabilidades, tuvieron que retirarse a la Nueva Política Económica, concediendo un espacio mucho mayor a la economía de mercado y a la propiedad privada– Lenin usa la analogía de un montañero que debe retroceder en su primer intento de alcanzar una nueva cumbre para describir lo que significa la retirada en un proceso revolucionario, y cómo puede hacerse sin traicionar la causa de manera oportunista:
Imaginemos que un hombre asciende a una montaña muy alta, abrupta y aún no explorada. Supongamos que ha superado increíbles dificultades y peligros y ha logrado alcanzar un punto mucho más alto que quienes lo precedieron, pero sin llegar todavía a la cumbre. Se encuentra en una situación donde no solamente es difícil y peligroso avanzar en la dirección y a lo largo del camino elegido, sino francamente imposible[1].
En estas circunstancias, escribe Lenin:
Debe volver atrás, descender, buscar otros caminos, tal vez más largos, pero que, sin embargo, le permitirán llegar a la cumbre. El descenso desde la cima jamás alcanzada por nadie resulta para nuestro imaginario caminante más difícil y peligroso quizá que la ascensión; es más fácil dar un traspié, no es tan fácil ver dónde pisar, no se siente el singular entusiasmo tan habitual de las ascensiones directas hacia la meta, etc. Es precio ajustarse la cuerda a la cintura, perder horas enteras para hacer con la piqueta un escalón o un saliente al cual se pueda atar fuertemente la cuerda; hay que moverse con la lentitud de una tortuga: hacia atrás, hacia abajo, alejarse de la meta, sin saber todavía si terminará ese peligrosísimo y penoso descenso, si encontrará algún rodeo seguro por donde puede volver a subir más resuelto, más rápido y más derecho hacia la cumbre.
Sería perfectamente natural que un escalador que se encontrase en dicha situación tuviera «instantes de desaliento». Con toda probabilidad, estos momentos serían más numerosos y difíciles de soportar si oyese las voces de los de abajo, que «desde un lugar lejano y seguro, observan con un catalejo el peligroso descenso»; «Las voces que se emiten desde abajo son malévolas. Unas se alegran abiertamente; gritan, se refocilan: ¡Ya se cae, y lo tiene bien merecido, por loco!». Otros intentan ocultar su maliciosa alegría, comportándose «más como Judasito Golovliov», el notoriamente hipócrita terrateniente de la novela de Saltikov Shchedrin, La familia Golovliov:
Se afligen y alzan la mirada al cielo, como diciendo: ¡Por desgracia, nuestros temores se confirman! ¿Acaso no fuimos nosotros quienes pasamos toda la vida preparando un plan sensato para escalar esa montaña, quienes exigíamos que se aplazara la ascensión hasta que nuestro plan estuviera acabado? ¡Y si protestábamos tan apasionadamente contra ese camino que el propio loco abandona ahora (¡mirad, mirad, retrocede, baja, se prepara horas enteras para poder dar un solo paso, y antes nos insultaba con las peores palabras cuando exigíamos porfiados moderación y prudencia!), y si censurábamos con tanto acaloramiento a este loco y aconsejábamos a todos que no lo imitaran ni le ayudaran, fue sólo movidos por nuestra devoción al grandioso plan de escalar esa montaña, para no desacreditar, en general, ese grandioso plan!
Por suerte, continúa Lenin, nuestro viajero imaginario no oye las voces de estos que son «auténticos amigos» de la idea de la ascensión; si lo hiciera, «tal vez sintiera náuseas. Y las náuseas, según dicen, no contribuyen a mantener clara la mente ni firmes las piernas, sobre todo a alturas muy elevadas».
Por supuesto, un ejemplo no prueba nada: «toda comparación cojea». Lenin detalla a continuación la verdadera situación a la que se enfrenta la joven República soviética:
El proletariado de Rusia se ha elevado en su revolución a una altura gigantesca, y no sólo en comparación con los años de 1789 y 1793, sino también con el de 1871. Hay que darse cuenta, de la manera más serena, clara y palmaria, de qué es precisamente lo que «hemos hecho hasta el fin» y lo que no hemos hecho hasta el fin: entonces tendremos la cabeza despejada, no sentiremos náuseas ni nos haremos ilusiones, ni caeremos en el abatimiento.
Tras enumerar los logros del Estado soviético en 1922, Lenin explica lo que no se ha hecho:
Mas no hemos colocado del todo siquiera los cimientos de la economía socialista. Eso aún nos lo pueden quitar las fuerzas hostiles del capitalismo agonizante. Debe tenerse clara conciencia de esto y reconocerse abiertamente, pues no hay nada más peligroso que las ilusiones (y el vértigo, sobre todo a grandes alturas). Y no tiene absolutamente nada de «horrendo», nada que dé motivo justificado para el menor abatimiento, reconocer esa amarga verdad, pues siempre hemos predicado y repetido la verdad elemental del marxismo de que para la victoria del socialismo hacen falta los esfuerzos conjuntos de los obreros de varios países adelantados. Seguimos estando solos, y hemos hecho increíblemente mucho en un país atrasado, en un país más arruinado que otros.
Más que eso, señala Lenin, «hemos conservado el “ejército” de las fuerzas revolucionarias del proletariado, hemos conservado su “capacidad de maniobra”, hemos conservado la claridad de pensamiento, que nos permite calcular serenamente dónde, cuándo y cuánto debemos retroceder (para saltar con más ímpetu); dónde, cuándo y cómo precisamente tenemos que ponernos a rehacer lo que aún no está hecho hasta el fin». Y concluye:
Habría que tener seguramente por perecidos a los comunistas que imaginasen que se podría terminar sin errores, sin retrocesos, sin rehacer multitud de veces lo que no se ha hecho hasta el fin y lo que se ha hecho mal, la «empresa» histórica universal de acabar de colocar los cimientos de la economía socialista (sobre todo en un país de pequeños campesinos). No han perecido (y lo más seguro es que no perezcan) los comunistas que no se permiten hacerse ilusiones, que no caen en el abatimiento, conservando la fuerza y agilidad del organismo para volver a abordar desde el principio la dificilísima tarea.
Fracasa mejor
Éste es Lenin en su mejor faceta beckettiana, previendo la línea «Prueba otra vez. Vuelve a fracasar. Fracasa mejor»[2]. Su conclusión –empezar desde el principio– deja claro que no habla meramente de ralentizar y fortificar lo que ya se ha alcanzado, sino de descender nuevamente al punto de partida: uno debería empezar desde el principio, no desde el lugar que logró alcanzar en el esfuerzo anterior. En términos de Kierkegaard, un proceso revolucionario no es un progreso gradual sino un movimiento repetitivo, un movimiento de repetir el comienzo, una y otra vez.
Georg Lukács termina su obra maestra premarxista, Teoría de la novela, con la famosa frase: «El camino ha terminado, el viaje comienza». Es lo que ocurre en el momento de la derrota: el camino de una experiencia revolucionaria determinada se ha acabado, pero el verdadero viaje, el trabajo de volver a empezar, está sólo en el comienzo. Esta voluntad de retirarse, sin embargo, no implica en modo alguno una apertura no dogmática a otros, un reconocimiento ante los competidores políticos de que «estábamos equivocados, vosotros teníais razón en vuestras advertencias, ahora unamos fuerzas». Por el contrario, Lenin insiste en que ésos son los momentos en los que hace falta más disciplina. Dirigiéndose a los bolcheviques en el Undécimo Congreso del Partido unos meses después, en abril de 1922, sostenía:
Si todo un ejército (hablo en sentido figurado) se repliega, no puede tener la moral que hay cuando todos avanzan. Entonces se puede encontrar a cada paso una moral baja hasta cierto grado […] Y ello entraña un peligro inmenso, pues cuesta un trabajo terrible replegarse después de un gran avance victorioso; entonces cambian por completo las relaciones; cuando se avanza aunque no sea firme la disciplina, todos avanzan con ímpetu y se precipitan adelante por propio impulso; en cambio, en el repliegue, la disciplina debe ser más consciente y es cien veces más necesaria, porque cuando todo un ejército retrocede, no ve con claridad dónde debe detenerse, ve solamente el retroceso, y bastan en ocasiones varias voces de pánico para que todos pongan pies en polvorosa. En este caso, el peligro es enorme. Cuando se emprende un retroceso como éste en un verdadero ejército, se emplazan ametralladoras, y cuando el retroceso ordenado se convierte en desordenado, se manda abrir fuego. Y bien hecho.
Las consecuencias de esta actitud estaban muy claras para Lenin. En respuesta a «los sermones» sobre la NPE predicados por mencheviques y socialistas revolucionarios –«La revolución ha ido muy lejos. Nosotros hemos dicho siempre lo que tú dices ahora. Permítenos repetirlo una vez más»– él manifiesta ante el Undécimo Congreso del Partido:
Y nosotros respondemos a eso: «Permitidnos por esto llevaros al paredón. O hacéis el favor de absteneros de expresar vuestros puntos de vista, o si queréis manifestar vuestras opiniones políticas en la situación actual, cuando nos encontramos en condiciones mucho más difíciles que bajo una invasión directa de los blancos, entonces, perdonadnos, os trataremos como a los peores y más peligrosos elementos de los guardias blancos»[3].
Este «terror rojo» debería distinguirse, no obstante, del «totalitarismo» estalinista. En sus memorias, Sándor Márai proporcionaba una definición precisa de la diferencia[4]. Hasta en las fases más violentas de la dictadura leninista, cuando los que se oponían a la revolución fueron brutalmente privados de su derecho a la libertad (pública) de expresión, nunca se les privó de su derecho al silencio: se les permitió retirarse a un exilio interior. Un episodio del otoño de 1922 cuando, por instigación de Lenin, los bolcheviques estaban organizando el infame «barco de los filósofos», es indicativo a este respecto. Cuando descubrió que un viejo historiador menchevique incluido en la lista de los intelectuales que debían expulsarse se había retirado a la vida privada en espera de la muerte debido a una grave enfermedad, Lenin no solo lo quitó de la lista, sino que ordenó que le dieran cupones de alimentos adicionales. Una vez retirado el enemigo de la lucha política, la animosidad de Lenin desaparecía.
Para el estalinismo, sin embargo, hasta ese silencio resonaba demasiado. No solo se les exigía a las masas que mostrasen su apoyo asistiendo a grandes mítines públicos, sino que artistas y científicos tenían también que comprometerse participando en medidas activas tales como firmar proclamas oficiales, o manifestar su apoyo a Stalin y al marxismo oficial. Si, en la dictadura leninista uno podía ser fusilado por lo que había dicho, en el estalinismo uno podía ser fusilado por lo que no había dicho. Esto se siguió hasta el fin: el propio suicidio, la retirada suprema al silencio, era condenado por Stalin como el último y más elevado acto de traición contra el partido. Esta distinción entre el leninismo y el estalinismo refleja la actitud general de ambos hacia la sociedad: para el primero, la sociedad es un campo de lucha despiadada por el poder, una lucha que se admite abiertamente; para el segundo, el conflicto, a veces casi imperceptible, se redefine como el de una sociedad sana contra lo que se excluye de ella: bichos, insectos, traidores que son menos que humanos.
¿Una separación de poderes soviética?
¿Era necesario el paso de Lenin a Stalin? La respuesta hegeliana evocaría la necesidad retroactiva: una vez ocurrido este paso, en cuanto ganó Stalin, era necesario. La tarea de un historiador dialéctico es concebirlo «en el devenir», sacando a la luz toda la contingencia de una lucha que podría haber acabado de otro modo, como Moshe Lewin intenta hacer en El último combate de Lenin. Lewin señala, en primer lugar, la insistencia de Lenin en dar plena soberanía a las entidades nacionales que componían el Estado soviético. No es de extrañar que, en una carta enviada al Politburó el 22 de septiembre de 1922, Stalin lo acusara abiertamente de «liberalismo nacional». En segundo lugar, resalta el énfasis de Lenin en los objetivos modestos: no socialismo, sino cultura, alfabetización universal, eficacia, tecnocracia; sociedades cooperativas, que permitieran a los campesinos convertirse en «comerciantes cultos» en el contexto de la NPE. Ésta era una perspectiva obviamente muy distinta a la del «socialismo en un solo país». La modestia es a veces sorprendentemente abierta: Lenin se burla de todos los intentos de «construir el socialismo»; aprovecha repetidamente el motivo de las deficiencias del partido, insiste en la naturaleza improvisada de la política soviética, hasta el punto de citar la frase de Napoleón «On s’engage… et puis on voit».
El último combate de Lenin contra el dominio de la burocracia estatal es bien conocido; lo que se conoce menos, como Lewin señala con claridad, es que Lenin intentaba cuadrar el círculo de la democracia y la dictadura del partido-Estado con su propuesta de crear un nuevo cuerpo rector, la Comisión Central de Control (CCC). Aun admitiendo plenamente la naturaleza dictatorial del régimen soviético, intentó establecer en su cima un equilibrio entre diferentes elementos, un «sistema de control recíproco que pudiera cumplir la misma función –la comparación es sólo aproximada– que la separación de poderes en un régimen democrático». Un Comité Central ampliado establecería las líneas generales de la política y supervisaría todo el aparato del partido. En su seno, la Comisión Central de Control actuaría:
Como control del Comité Central y sus diversas filiales: la Oficina Política, la Secretaría, la Oficina de Organización […] Su independencia estaría asegurada por la relación directa con el Congreso del Partido, sin la mediación del Politburó y sus órganos administrativos ni del Comité Central[5].
Controles y equilibrios, la división de poderes, control mutuo: ésta era la respuesta desesperada de Lenin a la pregunta de quién controla a los controladores. Hay algo onírico, propiamente fantasmagórico, en esta idea de la Comisión Central de Control: un organismo controlador independiente y educativo, con un sesgo «apolítico», compuesto por los mejores maestros y tecnócratas, para mantener bajo control al Comité Central y a sus órganos «politizados»; en resumen, experiencia neutral manteniendo en orden a los ejecutivos del partido. Todo esto, sin embargo, depende de la verdadera independencia del Congreso del Partido, debilitada ya de hecho por la prohibición de las facciones, que permitió al aparato superior del partido controlar el Congreso y tachar a todos sus críticos de facciosos. La ingenuidad de la confianza de Lenin en los especialistas es más asombrosa si tenemos en cuenta que procedía de un líder por lo demás plenamente consciente de la omnipresencia de la lucha política, que no permite una posición neutral.
La dirección en la que soplaba ya el viento está clara en la propuesta hecha por Stalin en 1922 de proclamar simplemente al gobierno de la República Socialista Federativa Soviética Rusa gobierno asimismo de las repúblicas de Ucrania, Bielorrusia, Azerbaiyán, Armenia y Georgia.
Si el Comité Central del PCR la confirma, esta decisión no se hará pública, sino que se comunicará a los Comités Centrales de las repúblicas para que la hagan circular entre los órganos soviéticos, los Comités Ejecutivos Centrales o los Congresos de los Soviets de dichas repúblicas antes de la convocatoria del Congreso de los Soviets de toda Rusia, donde se declarará deseo de estas repúblicas[6].
La interacción de la autoridad superior con su base no solo queda abolida –de tal modo que la autoridad superior simplemente impone su voluntad– sino que, por si fuera poco, se reelabora como su opuesto: el Comité Central decide qué deseo presentará su base a la autoridad central como un deseo propio.
Tacto y terror
Otro rasgo de las últimas batallas de Lenin sobre el que Lewin llama nuestra atención es un interés inesperado por la educación y el civismo. A Lenin le habían afectado profundamente dos incidentes: en un debate político, el representante de Moscú en Georgia, Sergo Ordzhonikidze, había golpeado físicamente a un miembro del Comité Central georgiano; y el propio Stalin había insultado a Krupskaya (al descubrir que ésta había transmitido a Trotstky la carta en la que Lenin proponía un pacto contra Stalin). Este último incidente llevó a Lenin a escribir su famoso llamamiento:
Stalin es demasiado rudo, y este defecto, aunque bastante tolerable entre nosotros y en los tratos entre nosotros los comunistas, se hace intolerable en un secretario general. Por eso sugiero que los camaradas busquen un modo de retirarle de dicho puesto y nombrar en su lugar a otro hombre que en todos los aspectos difiera del camarada Stalin en su superioridad, es decir, más tolerante, más leal, más cortés y más considerado con los camaradas, menos caprichoso[7].
Las propuestas hechas por Lenin de que se crease una Comisión Central de Control y su preocupación por mantener el civismo no indican en modo alguno un ablandamiento liberal. En una carta escrita a Kamenev en este mismo periodo, indica claramente: «Es un gran error pensar que la NPE pone fin al terror; volveremos a recurrir al terror y al terror económico». Sin embargo, este terror, que sobreviviría a la reducción planeada del aparato estatal y a la Checa, habría sido más una amenaza que una realidad: como Lewin recuerda, Lenin buscaba un medio «por el que todos aquellos a los que ahora [bajo la NPE] les guste traspasar los límites asignados a los empresarios por el Estado podría recordárseles “con tacto y amabilidad” la existencia de esta arma suprema»[8]. A este respecto Lenin tenía razón: la dictadura hace referencia al exceso constitutivo del poder (estatal), y en este plano, no hay neutralidad. La cuestión crucial es ¿exceso de quién? Si no es nuestro, es suyo.
Al soñar, por usar su propia expresión, con el modo de trabajo del CCC en su último texto de 1923, «Más vale poco y bueno», Lenin sugiere que este organismo debería recurrir a
alguna treta empleada medio en broma, alguna astucia, artimaña o algo por el estilo. Sé que en un país respetado y serio de Europa Occidental la sola idea que he exteriorizado sería causa de un espanto verdadero, y ningún funcionario decente aceptaría que se discutiese siquiera. Pero espero que no estemos aún lo bastante burocratizados y que la discusión de esta idea no pueda mover más que a diversión en nuestro país.
En efecto, ¿por qué no juntar lo útil y lo grato? ¿Por qué no emplear una treta en broma o medio en broma para descubrir algo ridículo, algo pernicioso, algo medio ridículo, medio nocivo, etcétera?[9].
¿No es este casi un doble obsceno del poder ejecutivo «serio» concentrado en el CC y en el Politburó? Trucos, astucia de la razón: un sueño maravilloso, pero una utopía no obstante. El fallo de Lenin, sostiene Lewin, fue que veía el problema de la burocratización, pero no daba importancia a su peso y a su verdadera dimensión: «su análisis social se basaba sólo en tres clases sociales –los trabajadores, los campesinos y la burguesía– sin contar el aparato estatal como un elemento social específico en un país que había nacionalizado los principales sectores de la economía»[10].
Los bolcheviques comprendieron rápidamente que su poder político carecía de base social específica: la mayor parte de la clase obrera en cuyo nombre ejercían el dominio había desaparecido en la Guerra Civil, de modo que de algún modo gobernaban en un vacío de representación social. Sin embargo, al imaginarse como un poder político puro que impone su voluntad a la sociedad, pasaron por alto que –dado que era propietaria de facto, o actuaba como vigilante del propietario ausente, las fuerzas de producción– la burocracia estatal «se convertiría en la verdadera base social del poder»:
No existe el poder político «puro», desprovisto de fundamento social. Un régimen debe encontrar una base social distinta del aparato de represión propiamente dicho. El «vacío» en el que el régimen soviético parecía estar suspendido se había llenado pronto, aunque los bolcheviques no lo hubieran visto, o no desearan verlo[11].
Podría decirse que esta base habría bloqueado el proyecto de CCC planteado por Lenin. Es cierto que, de un modo antieconomicista y determinista, Lenin insiste en la autonomía de lo político, pero lo que olvida, en términos de Badiou, no es que toda fuerza política representa a una fuerza o clase social, sino que esta fuerza política de representación está directamente inscrita en el propio plano representado, como una fuerza social propia. El último combate de Lenin contra Stalin tiene así todas las características de una verdadera tragedia: no fue un melodrama en el que el bueno lucha contra el malo, sino una tragedia en la que el protagonista comprende que lucha contra su propia progenie, y que ya es demasiado tarde para evitar las aciagas consecuencias de las malas decisiones que tomó en el pasado.
Una senda diferente
Por lo tanto, ¿dónde estamos hoy, después del désastre obscur de 1989? Como en 1922, las voces desde abajo suenan con malicioso placer a nuestro alrededor: «¡Os lo merecéis, por ser unos locos que querían imponer su visión totalitaria de la sociedad!». Otras intentan ocultar su maliciosa alegría; suspiran y elevan la vista al cielo con pena, como para decir: «¡Nos apena amargamente ver cómo se justifican nuestros temores! ¡Qué noble era vuestro sueño de crear una sociedad justa! Nuestro corazón latía con vosotros, pero la razón nos decía que vuestros planes sólo terminarían en desgracia y en nuevas servidumbres!». Al mismo tiempo que rechazamos toda concesión ante estas voces seductoras, tenemos definitivamente que empezar desde el principio: no seguir construyendo sobre los cimientos de la época revolucionaria del siglo XX, que duró de 1917 a 1989, o, más precisamente, hasta 1968, sino descender hasta el principio y escoger una senda distinta.
¿Pero cómo? El problema característico del marxismo occidental ha sido la falta de sujeto revolucionario: ¿cómo es que la clase trabajadora no completa el tránsito de en sí a para sí y se constituye en agente revolucionario? Esta pregunta proporcionaba la principal razón de ser a la referencia del marxismo occidental al psicoanálisis, que fue evocada para explicar los mecanismos libidinales inconscientes que impiden el ascenso de la conciencia de clase, inscritos en el propio ser o en la situación social de la clase trabajadora. De este modo, se salvaba la verdad del análisis socioeconómico marxista: no había razón para dar pábulo a las teorías revisionistas sobre el ascenso de las clases medias. Por esta misma razón, el marxismo occidental se ha sumergido también en una búsqueda constante de otros que pudieran desempeñar la función de agente revolucionario, como suplentes que sustituye a la clase obrera poco dispuesta: los campesinos del Tercer Mundo, los estudiantes y los intelectuales, los excluidos. Es igualmente posible que esta búsqueda desesperada de agente revolucionario sea la forma de apariencia de su propio opuesto: el temor a encontrarlo, de verlo donde ya se agita. Esperar que otro haga el trabajo por nosotros es un modo de racionalizar nuestra inactividad.
Sobre este telón de fondo, Alain Badiou ha sugerido que deberíamos reafirmar la hipótesis comunista. Escribe lo siguiente:
Si tenemos que abandonar esta hipótesis, ya no vale la pena hacer nada en absoluto en el terreno de la acción colectiva. Sin el horizonte del comunismo, sin esta Idea, nada en el devenir histórico y político es de interés para un filósofo.
Sin embargo, Badiou continúa:
Aferrarse a la Idea, la existencia de la hipótesis, no significa que su primera forma de presentación, centrada en la propiedad y el Estado, deba mantenerse exactamente como está. De hecho, lo que se nos asigna como tarea filosófica, incluso como deber, es ayudar a nacer una nueva modalidad de existencia de la hipótesis[12].
Deberíamos cuidar de no interpretar estas líneas de un modo kantiano, concibiendo el comunismo como una Idea reguladora, y por lo tanto resucitar el espectro del «socialismo ético», con la igualdad como su norma o axioma a priori. Por el contrario, debería mantenerse la referencia precisa a un conjunto de antagonismos sociales que genera la necesidad del comunismo; la buena y antigua idea marxiana del comunismo no como ideal, sino como movimiento que reacciona contra contradicciones reales. Tratar el comunismo como una Idea eterna implica que la situación que lo genera no es menos eterna, que el antagonismo al que el comunismo reacciona siempre estará aquí. Desde lo cual hay solo un paso a una interpretación deconstructiva del comunismo como un sueño de presencia, de abolir toda representación alienante; un sueño que prospera con su propia imposibilidad.
Aunque es fácil burlarse de la idea del Fin de la Historia planteada por Fukuyama, la mayoría es hoy fukuyamista. El capitalismo demócrata liberal se acepta como la fórmula por fin encontrada de la mejor sociedad posible; todo lo que uno puede hacer es hacerla más justa, tolerante y demás. Surge aquí una cuestión sencilla pero pertinente: si, no siendo la mejor, el capitalismo democrático liberal es al menos la forma de sociedad menos mala, ¿por qué no deberíamos sencillamente resignarnos a ella de un modo maduro, incluso aceptarla con entusiasmo? ¿Por qué insistir en la hipótesis comunista, contra todas las probabilidades?
La clase y los bienes comunes
No basta con permanecer fiel a la hipótesis comunista: hay que localizar dentro de la realidad histórica los antagonismos que la convierten en una urgencia práctica. La única cuestión verdadera hoy es: ¿contiene el capitalismo mundial antagonismos suficientemente fuertes como para impedir su reproducción indefinida? Se presentan cuatro antagonismos posibles: la inminente amenaza de catástrofe ecológica; la inadecuación de la propiedad privada para la denominada propiedad intelectual; las repercusiones éticas y sociales de los nuevos avances tecnológicos y científicos, en especial la biogenética; y por último, aunque no en menor medida, las nuevas formas de segregación social: nuevos muros y áreas urbanas hiperdegradadas. Deberíamos señalar que hay una diferencia cualitativa entre la última característica, el abismo que separa a los excluidos de los incluidos, y las otras tres, que designan los dominios de lo que Hardt y Negri denominan los «bienes comunes»: la sustancia compartida de nuestro ser social, cuya privatización es un acto violento contra el que debería resistirse por la fuerza, si hiciese falta.
En primer lugar, tenemos los bienes comunes de la cultura, las formas inmediatamente socializadas del capital cognitivo: principalmente el lenguaje, nuestro medio de comunicación y educación, pero también infraestructuras compartidas como el transporte público, la electricidad, el correo, etc. Si a Bill Gates se le permitiera un monopolio, habríamos alcanzado la situación absurda en la que un individuo privado sería propietario del tejido de soporte lógico de nuestra red de comunicación básica. En segundo lugar, hay bienes comunes de naturaleza externa, amenazados por la contaminación y la explotación –desde el petróleo a los bosques y el propio hábitat natural– y, tercero, los bienes comunes de naturaleza interna, la herencia biogenética de la humanidad. Lo que todas estas luchas comparten es una conciencia del potencial destructivo –hasta la autodestrucción de la propia humanidad– que tiene el permitir que se desboque la lógica capitalista de vallar estos bienes comunes. Es esta referencia a los «bienes comunes» la que permite resucitar la idea de comunismo: nos permite ver su progresivo cercamiento como un proceso de proletarización de aquellos que por esa razón quedan excluidos de su propia sustancia; un proceso que también apunta hacia la explotación. La tarea hoy es renovar la economía política de la explotación: por ejemplo, la de los «trabajadores del conocimiento» anónimos por parte de sus empresas.
Sin embargo, sólo el cuarto antagonismo, la referencia a los excluidos, justifica el término comunismo. No hay nada más privado que una comunidad estatal que percibe a los excluidos como amenaza y se preocupa por cómo mantenerlos a una distancia adecuada. En otras palabras, en la serie de cuatro antagonismos, el que se da entre los incluidos y los excluidos es el crucial: sin él, todos los demás pierden su filo subversivo. La ecología se convierte en un problema de desarrollo sostenible, la propiedad intelectual en un problema jurídico complejo, la biogenética en un asunto ético. Uno puede luchar sinceramente por el medio ambiente, defender una noción más amplia de propiedad intelectual, oponerse a la conversión de los genes en objeto de patente, sin afrontar el antagonismo entre los incluidos y los excluidos. Es más, uno puede formular algunas de estas luchas en función de los incluidos amenazados por los excluidos contaminantes. De este modo, no conseguimos una verdadera universalidad, sólo preocupaciones «privadas» en sentido kantiano. Empresas como Whole Foods y Starbucks siguen disfrutando del favor de los progresistas, aunque ambas asumen actividades antisindicalistas; el truco es que venden productos con un toque progresista: café hecho con granos comprados a precios de «comercio justo», caros vehículos híbridos, etc. En resumen, sin el antagonismo entre los incluidos y los excluidos, podemos encontrarnos en un mundo en el que Bill Gates es el mayor filántropo, luchando contra la pobreza y la enfermedad, y Rupert Murdoch el mayor ecologista, movilizando a cientos de millones a través de su imperio mediático.
Lo que deberíamos añadir aquí, superando a Kant, es que hay grupos sociales que, debido a que carecen de un lugar determinado en el orden «privado» de la jerarquía social, representan directamente a la universalidad: son lo que Jacques Rancière denomina «la parte de ninguna parte» del cuerpo social. Toda política verdaderamente emancipadora se genera mediante el cortocircuito entre la universalidad del uso público de la razón y la universalidad de la «parte de ninguna parte». Éste era ya el sueño comunista del joven Marx: reunir la universalidad de la filosofía con la universalidad del proletariado. Desde la Grecia Antigua, tenemos un nombre para la intrusión de los excluidos en el espacio sociopolítico: democracia.
La noción liberal de democracia que predomina también hace referencia a los excluidos, pero de un modo radicalmente distinto: se centra en su inclusión, como voces minoritarias. Habría que escuchar todas las posiciones, tener en cuenta todos los intereses, garantizar los derechos humanos de todos, respetar todas las formas de vida, las culturas y las prácticas. La obsesión de esta democracia es la de proteger a todo tipo de minorías: culturales, religiosas, sexuales, etc. La fórmula de la democracia aquí consiste en negociar con paciencia y llegar a un punto de acuerdo. Lo que nos une es que, en contraste con la imagen clásica de los proletarios que no tienen «nada que perder salvo sus cadenas», nosotros corremos el peligro de perderlo todo. La amenaza es que nos veamos reducidos a un sujeto cartesiano vacío, y abstracto, desposeídos de todo nuestro contenido simbólico, con nuestra base genética manipulada, vegetando en un medio ambiente invivible. Esta triple amenaza nos convierte a todos en proletarios, reducidos a la «subjetividad sin sustancia», como decía Marx en los Grundisse. La figura de la «parte de ninguna parte» nos enfrenta a la verdad de nuestra propia posición; y el reto ético y político es reconocernos en esta figura.
En cierto sentido todos estamos excluidos de la naturaleza así como de nuestra sustancia simbólica. Hoy todos somos potenciales homo sacer, y la única forma de evitar de hecho convertirnos en eso es actuar preventivamente.
[1] V. I. Lenin, «Notas de un publicista», publicado póstumamente en Pravda, el 16 de abril de
1924; Obras completas, tomo 44, Moscú, 1987, pp. 433-442.
[2] Samuel Beckett, «Worstward Ho», Nohow On, Londres, 1992, p. 101.
[3] V. I. Lenin, «Informe político del Comité Central del PC(b) de Rusia», Obras completas, cit.,
vol. 45, pp. 95-97.
[4] Sándor Márai, Memoir of Hungary, 1944-1948, Budapest, 1996.
[5] Moshe Lewin, Lenin’s Last Struggle [1968], Ann Arbor, Michigan, 2005, pp. 131-132 [ed.
cast.: El último combate de Lenin, Barcelona, 1970].
[6] Ibid., Apéndice 1, pp. 146-147.
[7] Ibid., p. 84.
[8] Ibid., p. 133.
[9] V. I. Lenin, «Más vale poco y bueno», Obras Completas, cit., vol. 45.
[10] M. Lewin, Lenin’s Last Struggle, cit., p. 125.
[11] Ibid., p. 124
[12] Alain Badiou, The Meaning of Sarkozy, Londres/Nueva York, 2008, p. 115; ed. franc.: De quoi Sarkozy est-il le nom?, París, 2007.
En su maravilloso texto breve titulado «Notas de un publicista» –escrito en febrero de 1922, cuando los bolcheviques, tras ganar la Guerra Civil contra todas las probabilidades, tuvieron que retirarse a la Nueva Política Económica, concediendo un espacio mucho mayor a la economía de mercado y a la propiedad privada– Lenin usa la analogía de un montañero que debe retroceder en su primer intento de alcanzar una nueva cumbre para describir lo que significa la retirada en un proceso revolucionario, y cómo puede hacerse sin traicionar la causa de manera oportunista:
Imaginemos que un hombre asciende a una montaña muy alta, abrupta y aún no explorada. Supongamos que ha superado increíbles dificultades y peligros y ha logrado alcanzar un punto mucho más alto que quienes lo precedieron, pero sin llegar todavía a la cumbre. Se encuentra en una situación donde no solamente es difícil y peligroso avanzar en la dirección y a lo largo del camino elegido, sino francamente imposible[1].
En estas circunstancias, escribe Lenin:
Debe volver atrás, descender, buscar otros caminos, tal vez más largos, pero que, sin embargo, le permitirán llegar a la cumbre. El descenso desde la cima jamás alcanzada por nadie resulta para nuestro imaginario caminante más difícil y peligroso quizá que la ascensión; es más fácil dar un traspié, no es tan fácil ver dónde pisar, no se siente el singular entusiasmo tan habitual de las ascensiones directas hacia la meta, etc. Es precio ajustarse la cuerda a la cintura, perder horas enteras para hacer con la piqueta un escalón o un saliente al cual se pueda atar fuertemente la cuerda; hay que moverse con la lentitud de una tortuga: hacia atrás, hacia abajo, alejarse de la meta, sin saber todavía si terminará ese peligrosísimo y penoso descenso, si encontrará algún rodeo seguro por donde puede volver a subir más resuelto, más rápido y más derecho hacia la cumbre.
Sería perfectamente natural que un escalador que se encontrase en dicha situación tuviera «instantes de desaliento». Con toda probabilidad, estos momentos serían más numerosos y difíciles de soportar si oyese las voces de los de abajo, que «desde un lugar lejano y seguro, observan con un catalejo el peligroso descenso»; «Las voces que se emiten desde abajo son malévolas. Unas se alegran abiertamente; gritan, se refocilan: ¡Ya se cae, y lo tiene bien merecido, por loco!». Otros intentan ocultar su maliciosa alegría, comportándose «más como Judasito Golovliov», el notoriamente hipócrita terrateniente de la novela de Saltikov Shchedrin, La familia Golovliov:
Se afligen y alzan la mirada al cielo, como diciendo: ¡Por desgracia, nuestros temores se confirman! ¿Acaso no fuimos nosotros quienes pasamos toda la vida preparando un plan sensato para escalar esa montaña, quienes exigíamos que se aplazara la ascensión hasta que nuestro plan estuviera acabado? ¡Y si protestábamos tan apasionadamente contra ese camino que el propio loco abandona ahora (¡mirad, mirad, retrocede, baja, se prepara horas enteras para poder dar un solo paso, y antes nos insultaba con las peores palabras cuando exigíamos porfiados moderación y prudencia!), y si censurábamos con tanto acaloramiento a este loco y aconsejábamos a todos que no lo imitaran ni le ayudaran, fue sólo movidos por nuestra devoción al grandioso plan de escalar esa montaña, para no desacreditar, en general, ese grandioso plan!
Por suerte, continúa Lenin, nuestro viajero imaginario no oye las voces de estos que son «auténticos amigos» de la idea de la ascensión; si lo hiciera, «tal vez sintiera náuseas. Y las náuseas, según dicen, no contribuyen a mantener clara la mente ni firmes las piernas, sobre todo a alturas muy elevadas».
Por supuesto, un ejemplo no prueba nada: «toda comparación cojea». Lenin detalla a continuación la verdadera situación a la que se enfrenta la joven República soviética:
El proletariado de Rusia se ha elevado en su revolución a una altura gigantesca, y no sólo en comparación con los años de 1789 y 1793, sino también con el de 1871. Hay que darse cuenta, de la manera más serena, clara y palmaria, de qué es precisamente lo que «hemos hecho hasta el fin» y lo que no hemos hecho hasta el fin: entonces tendremos la cabeza despejada, no sentiremos náuseas ni nos haremos ilusiones, ni caeremos en el abatimiento.
Tras enumerar los logros del Estado soviético en 1922, Lenin explica lo que no se ha hecho:
Mas no hemos colocado del todo siquiera los cimientos de la economía socialista. Eso aún nos lo pueden quitar las fuerzas hostiles del capitalismo agonizante. Debe tenerse clara conciencia de esto y reconocerse abiertamente, pues no hay nada más peligroso que las ilusiones (y el vértigo, sobre todo a grandes alturas). Y no tiene absolutamente nada de «horrendo», nada que dé motivo justificado para el menor abatimiento, reconocer esa amarga verdad, pues siempre hemos predicado y repetido la verdad elemental del marxismo de que para la victoria del socialismo hacen falta los esfuerzos conjuntos de los obreros de varios países adelantados. Seguimos estando solos, y hemos hecho increíblemente mucho en un país atrasado, en un país más arruinado que otros.
Más que eso, señala Lenin, «hemos conservado el “ejército” de las fuerzas revolucionarias del proletariado, hemos conservado su “capacidad de maniobra”, hemos conservado la claridad de pensamiento, que nos permite calcular serenamente dónde, cuándo y cuánto debemos retroceder (para saltar con más ímpetu); dónde, cuándo y cómo precisamente tenemos que ponernos a rehacer lo que aún no está hecho hasta el fin». Y concluye:
Habría que tener seguramente por perecidos a los comunistas que imaginasen que se podría terminar sin errores, sin retrocesos, sin rehacer multitud de veces lo que no se ha hecho hasta el fin y lo que se ha hecho mal, la «empresa» histórica universal de acabar de colocar los cimientos de la economía socialista (sobre todo en un país de pequeños campesinos). No han perecido (y lo más seguro es que no perezcan) los comunistas que no se permiten hacerse ilusiones, que no caen en el abatimiento, conservando la fuerza y agilidad del organismo para volver a abordar desde el principio la dificilísima tarea.
Fracasa mejor
Éste es Lenin en su mejor faceta beckettiana, previendo la línea «Prueba otra vez. Vuelve a fracasar. Fracasa mejor»[2]. Su conclusión –empezar desde el principio– deja claro que no habla meramente de ralentizar y fortificar lo que ya se ha alcanzado, sino de descender nuevamente al punto de partida: uno debería empezar desde el principio, no desde el lugar que logró alcanzar en el esfuerzo anterior. En términos de Kierkegaard, un proceso revolucionario no es un progreso gradual sino un movimiento repetitivo, un movimiento de repetir el comienzo, una y otra vez.
Georg Lukács termina su obra maestra premarxista, Teoría de la novela, con la famosa frase: «El camino ha terminado, el viaje comienza». Es lo que ocurre en el momento de la derrota: el camino de una experiencia revolucionaria determinada se ha acabado, pero el verdadero viaje, el trabajo de volver a empezar, está sólo en el comienzo. Esta voluntad de retirarse, sin embargo, no implica en modo alguno una apertura no dogmática a otros, un reconocimiento ante los competidores políticos de que «estábamos equivocados, vosotros teníais razón en vuestras advertencias, ahora unamos fuerzas». Por el contrario, Lenin insiste en que ésos son los momentos en los que hace falta más disciplina. Dirigiéndose a los bolcheviques en el Undécimo Congreso del Partido unos meses después, en abril de 1922, sostenía:
Si todo un ejército (hablo en sentido figurado) se repliega, no puede tener la moral que hay cuando todos avanzan. Entonces se puede encontrar a cada paso una moral baja hasta cierto grado […] Y ello entraña un peligro inmenso, pues cuesta un trabajo terrible replegarse después de un gran avance victorioso; entonces cambian por completo las relaciones; cuando se avanza aunque no sea firme la disciplina, todos avanzan con ímpetu y se precipitan adelante por propio impulso; en cambio, en el repliegue, la disciplina debe ser más consciente y es cien veces más necesaria, porque cuando todo un ejército retrocede, no ve con claridad dónde debe detenerse, ve solamente el retroceso, y bastan en ocasiones varias voces de pánico para que todos pongan pies en polvorosa. En este caso, el peligro es enorme. Cuando se emprende un retroceso como éste en un verdadero ejército, se emplazan ametralladoras, y cuando el retroceso ordenado se convierte en desordenado, se manda abrir fuego. Y bien hecho.
Las consecuencias de esta actitud estaban muy claras para Lenin. En respuesta a «los sermones» sobre la NPE predicados por mencheviques y socialistas revolucionarios –«La revolución ha ido muy lejos. Nosotros hemos dicho siempre lo que tú dices ahora. Permítenos repetirlo una vez más»– él manifiesta ante el Undécimo Congreso del Partido:
Y nosotros respondemos a eso: «Permitidnos por esto llevaros al paredón. O hacéis el favor de absteneros de expresar vuestros puntos de vista, o si queréis manifestar vuestras opiniones políticas en la situación actual, cuando nos encontramos en condiciones mucho más difíciles que bajo una invasión directa de los blancos, entonces, perdonadnos, os trataremos como a los peores y más peligrosos elementos de los guardias blancos»[3].
Este «terror rojo» debería distinguirse, no obstante, del «totalitarismo» estalinista. En sus memorias, Sándor Márai proporcionaba una definición precisa de la diferencia[4]. Hasta en las fases más violentas de la dictadura leninista, cuando los que se oponían a la revolución fueron brutalmente privados de su derecho a la libertad (pública) de expresión, nunca se les privó de su derecho al silencio: se les permitió retirarse a un exilio interior. Un episodio del otoño de 1922 cuando, por instigación de Lenin, los bolcheviques estaban organizando el infame «barco de los filósofos», es indicativo a este respecto. Cuando descubrió que un viejo historiador menchevique incluido en la lista de los intelectuales que debían expulsarse se había retirado a la vida privada en espera de la muerte debido a una grave enfermedad, Lenin no solo lo quitó de la lista, sino que ordenó que le dieran cupones de alimentos adicionales. Una vez retirado el enemigo de la lucha política, la animosidad de Lenin desaparecía.
Para el estalinismo, sin embargo, hasta ese silencio resonaba demasiado. No solo se les exigía a las masas que mostrasen su apoyo asistiendo a grandes mítines públicos, sino que artistas y científicos tenían también que comprometerse participando en medidas activas tales como firmar proclamas oficiales, o manifestar su apoyo a Stalin y al marxismo oficial. Si, en la dictadura leninista uno podía ser fusilado por lo que había dicho, en el estalinismo uno podía ser fusilado por lo que no había dicho. Esto se siguió hasta el fin: el propio suicidio, la retirada suprema al silencio, era condenado por Stalin como el último y más elevado acto de traición contra el partido. Esta distinción entre el leninismo y el estalinismo refleja la actitud general de ambos hacia la sociedad: para el primero, la sociedad es un campo de lucha despiadada por el poder, una lucha que se admite abiertamente; para el segundo, el conflicto, a veces casi imperceptible, se redefine como el de una sociedad sana contra lo que se excluye de ella: bichos, insectos, traidores que son menos que humanos.
¿Una separación de poderes soviética?
¿Era necesario el paso de Lenin a Stalin? La respuesta hegeliana evocaría la necesidad retroactiva: una vez ocurrido este paso, en cuanto ganó Stalin, era necesario. La tarea de un historiador dialéctico es concebirlo «en el devenir», sacando a la luz toda la contingencia de una lucha que podría haber acabado de otro modo, como Moshe Lewin intenta hacer en El último combate de Lenin. Lewin señala, en primer lugar, la insistencia de Lenin en dar plena soberanía a las entidades nacionales que componían el Estado soviético. No es de extrañar que, en una carta enviada al Politburó el 22 de septiembre de 1922, Stalin lo acusara abiertamente de «liberalismo nacional». En segundo lugar, resalta el énfasis de Lenin en los objetivos modestos: no socialismo, sino cultura, alfabetización universal, eficacia, tecnocracia; sociedades cooperativas, que permitieran a los campesinos convertirse en «comerciantes cultos» en el contexto de la NPE. Ésta era una perspectiva obviamente muy distinta a la del «socialismo en un solo país». La modestia es a veces sorprendentemente abierta: Lenin se burla de todos los intentos de «construir el socialismo»; aprovecha repetidamente el motivo de las deficiencias del partido, insiste en la naturaleza improvisada de la política soviética, hasta el punto de citar la frase de Napoleón «On s’engage… et puis on voit».
El último combate de Lenin contra el dominio de la burocracia estatal es bien conocido; lo que se conoce menos, como Lewin señala con claridad, es que Lenin intentaba cuadrar el círculo de la democracia y la dictadura del partido-Estado con su propuesta de crear un nuevo cuerpo rector, la Comisión Central de Control (CCC). Aun admitiendo plenamente la naturaleza dictatorial del régimen soviético, intentó establecer en su cima un equilibrio entre diferentes elementos, un «sistema de control recíproco que pudiera cumplir la misma función –la comparación es sólo aproximada– que la separación de poderes en un régimen democrático». Un Comité Central ampliado establecería las líneas generales de la política y supervisaría todo el aparato del partido. En su seno, la Comisión Central de Control actuaría:
Como control del Comité Central y sus diversas filiales: la Oficina Política, la Secretaría, la Oficina de Organización […] Su independencia estaría asegurada por la relación directa con el Congreso del Partido, sin la mediación del Politburó y sus órganos administrativos ni del Comité Central[5].
Controles y equilibrios, la división de poderes, control mutuo: ésta era la respuesta desesperada de Lenin a la pregunta de quién controla a los controladores. Hay algo onírico, propiamente fantasmagórico, en esta idea de la Comisión Central de Control: un organismo controlador independiente y educativo, con un sesgo «apolítico», compuesto por los mejores maestros y tecnócratas, para mantener bajo control al Comité Central y a sus órganos «politizados»; en resumen, experiencia neutral manteniendo en orden a los ejecutivos del partido. Todo esto, sin embargo, depende de la verdadera independencia del Congreso del Partido, debilitada ya de hecho por la prohibición de las facciones, que permitió al aparato superior del partido controlar el Congreso y tachar a todos sus críticos de facciosos. La ingenuidad de la confianza de Lenin en los especialistas es más asombrosa si tenemos en cuenta que procedía de un líder por lo demás plenamente consciente de la omnipresencia de la lucha política, que no permite una posición neutral.
La dirección en la que soplaba ya el viento está clara en la propuesta hecha por Stalin en 1922 de proclamar simplemente al gobierno de la República Socialista Federativa Soviética Rusa gobierno asimismo de las repúblicas de Ucrania, Bielorrusia, Azerbaiyán, Armenia y Georgia.
Si el Comité Central del PCR la confirma, esta decisión no se hará pública, sino que se comunicará a los Comités Centrales de las repúblicas para que la hagan circular entre los órganos soviéticos, los Comités Ejecutivos Centrales o los Congresos de los Soviets de dichas repúblicas antes de la convocatoria del Congreso de los Soviets de toda Rusia, donde se declarará deseo de estas repúblicas[6].
La interacción de la autoridad superior con su base no solo queda abolida –de tal modo que la autoridad superior simplemente impone su voluntad– sino que, por si fuera poco, se reelabora como su opuesto: el Comité Central decide qué deseo presentará su base a la autoridad central como un deseo propio.
Tacto y terror
Otro rasgo de las últimas batallas de Lenin sobre el que Lewin llama nuestra atención es un interés inesperado por la educación y el civismo. A Lenin le habían afectado profundamente dos incidentes: en un debate político, el representante de Moscú en Georgia, Sergo Ordzhonikidze, había golpeado físicamente a un miembro del Comité Central georgiano; y el propio Stalin había insultado a Krupskaya (al descubrir que ésta había transmitido a Trotstky la carta en la que Lenin proponía un pacto contra Stalin). Este último incidente llevó a Lenin a escribir su famoso llamamiento:
Stalin es demasiado rudo, y este defecto, aunque bastante tolerable entre nosotros y en los tratos entre nosotros los comunistas, se hace intolerable en un secretario general. Por eso sugiero que los camaradas busquen un modo de retirarle de dicho puesto y nombrar en su lugar a otro hombre que en todos los aspectos difiera del camarada Stalin en su superioridad, es decir, más tolerante, más leal, más cortés y más considerado con los camaradas, menos caprichoso[7].
Las propuestas hechas por Lenin de que se crease una Comisión Central de Control y su preocupación por mantener el civismo no indican en modo alguno un ablandamiento liberal. En una carta escrita a Kamenev en este mismo periodo, indica claramente: «Es un gran error pensar que la NPE pone fin al terror; volveremos a recurrir al terror y al terror económico». Sin embargo, este terror, que sobreviviría a la reducción planeada del aparato estatal y a la Checa, habría sido más una amenaza que una realidad: como Lewin recuerda, Lenin buscaba un medio «por el que todos aquellos a los que ahora [bajo la NPE] les guste traspasar los límites asignados a los empresarios por el Estado podría recordárseles “con tacto y amabilidad” la existencia de esta arma suprema»[8]. A este respecto Lenin tenía razón: la dictadura hace referencia al exceso constitutivo del poder (estatal), y en este plano, no hay neutralidad. La cuestión crucial es ¿exceso de quién? Si no es nuestro, es suyo.
Al soñar, por usar su propia expresión, con el modo de trabajo del CCC en su último texto de 1923, «Más vale poco y bueno», Lenin sugiere que este organismo debería recurrir a
alguna treta empleada medio en broma, alguna astucia, artimaña o algo por el estilo. Sé que en un país respetado y serio de Europa Occidental la sola idea que he exteriorizado sería causa de un espanto verdadero, y ningún funcionario decente aceptaría que se discutiese siquiera. Pero espero que no estemos aún lo bastante burocratizados y que la discusión de esta idea no pueda mover más que a diversión en nuestro país.
En efecto, ¿por qué no juntar lo útil y lo grato? ¿Por qué no emplear una treta en broma o medio en broma para descubrir algo ridículo, algo pernicioso, algo medio ridículo, medio nocivo, etcétera?[9].
¿No es este casi un doble obsceno del poder ejecutivo «serio» concentrado en el CC y en el Politburó? Trucos, astucia de la razón: un sueño maravilloso, pero una utopía no obstante. El fallo de Lenin, sostiene Lewin, fue que veía el problema de la burocratización, pero no daba importancia a su peso y a su verdadera dimensión: «su análisis social se basaba sólo en tres clases sociales –los trabajadores, los campesinos y la burguesía– sin contar el aparato estatal como un elemento social específico en un país que había nacionalizado los principales sectores de la economía»[10].
Los bolcheviques comprendieron rápidamente que su poder político carecía de base social específica: la mayor parte de la clase obrera en cuyo nombre ejercían el dominio había desaparecido en la Guerra Civil, de modo que de algún modo gobernaban en un vacío de representación social. Sin embargo, al imaginarse como un poder político puro que impone su voluntad a la sociedad, pasaron por alto que –dado que era propietaria de facto, o actuaba como vigilante del propietario ausente, las fuerzas de producción– la burocracia estatal «se convertiría en la verdadera base social del poder»:
No existe el poder político «puro», desprovisto de fundamento social. Un régimen debe encontrar una base social distinta del aparato de represión propiamente dicho. El «vacío» en el que el régimen soviético parecía estar suspendido se había llenado pronto, aunque los bolcheviques no lo hubieran visto, o no desearan verlo[11].
Podría decirse que esta base habría bloqueado el proyecto de CCC planteado por Lenin. Es cierto que, de un modo antieconomicista y determinista, Lenin insiste en la autonomía de lo político, pero lo que olvida, en términos de Badiou, no es que toda fuerza política representa a una fuerza o clase social, sino que esta fuerza política de representación está directamente inscrita en el propio plano representado, como una fuerza social propia. El último combate de Lenin contra Stalin tiene así todas las características de una verdadera tragedia: no fue un melodrama en el que el bueno lucha contra el malo, sino una tragedia en la que el protagonista comprende que lucha contra su propia progenie, y que ya es demasiado tarde para evitar las aciagas consecuencias de las malas decisiones que tomó en el pasado.
Una senda diferente
Por lo tanto, ¿dónde estamos hoy, después del désastre obscur de 1989? Como en 1922, las voces desde abajo suenan con malicioso placer a nuestro alrededor: «¡Os lo merecéis, por ser unos locos que querían imponer su visión totalitaria de la sociedad!». Otras intentan ocultar su maliciosa alegría; suspiran y elevan la vista al cielo con pena, como para decir: «¡Nos apena amargamente ver cómo se justifican nuestros temores! ¡Qué noble era vuestro sueño de crear una sociedad justa! Nuestro corazón latía con vosotros, pero la razón nos decía que vuestros planes sólo terminarían en desgracia y en nuevas servidumbres!». Al mismo tiempo que rechazamos toda concesión ante estas voces seductoras, tenemos definitivamente que empezar desde el principio: no seguir construyendo sobre los cimientos de la época revolucionaria del siglo XX, que duró de 1917 a 1989, o, más precisamente, hasta 1968, sino descender hasta el principio y escoger una senda distinta.
¿Pero cómo? El problema característico del marxismo occidental ha sido la falta de sujeto revolucionario: ¿cómo es que la clase trabajadora no completa el tránsito de en sí a para sí y se constituye en agente revolucionario? Esta pregunta proporcionaba la principal razón de ser a la referencia del marxismo occidental al psicoanálisis, que fue evocada para explicar los mecanismos libidinales inconscientes que impiden el ascenso de la conciencia de clase, inscritos en el propio ser o en la situación social de la clase trabajadora. De este modo, se salvaba la verdad del análisis socioeconómico marxista: no había razón para dar pábulo a las teorías revisionistas sobre el ascenso de las clases medias. Por esta misma razón, el marxismo occidental se ha sumergido también en una búsqueda constante de otros que pudieran desempeñar la función de agente revolucionario, como suplentes que sustituye a la clase obrera poco dispuesta: los campesinos del Tercer Mundo, los estudiantes y los intelectuales, los excluidos. Es igualmente posible que esta búsqueda desesperada de agente revolucionario sea la forma de apariencia de su propio opuesto: el temor a encontrarlo, de verlo donde ya se agita. Esperar que otro haga el trabajo por nosotros es un modo de racionalizar nuestra inactividad.
Sobre este telón de fondo, Alain Badiou ha sugerido que deberíamos reafirmar la hipótesis comunista. Escribe lo siguiente:
Si tenemos que abandonar esta hipótesis, ya no vale la pena hacer nada en absoluto en el terreno de la acción colectiva. Sin el horizonte del comunismo, sin esta Idea, nada en el devenir histórico y político es de interés para un filósofo.
Sin embargo, Badiou continúa:
Aferrarse a la Idea, la existencia de la hipótesis, no significa que su primera forma de presentación, centrada en la propiedad y el Estado, deba mantenerse exactamente como está. De hecho, lo que se nos asigna como tarea filosófica, incluso como deber, es ayudar a nacer una nueva modalidad de existencia de la hipótesis[12].
Deberíamos cuidar de no interpretar estas líneas de un modo kantiano, concibiendo el comunismo como una Idea reguladora, y por lo tanto resucitar el espectro del «socialismo ético», con la igualdad como su norma o axioma a priori. Por el contrario, debería mantenerse la referencia precisa a un conjunto de antagonismos sociales que genera la necesidad del comunismo; la buena y antigua idea marxiana del comunismo no como ideal, sino como movimiento que reacciona contra contradicciones reales. Tratar el comunismo como una Idea eterna implica que la situación que lo genera no es menos eterna, que el antagonismo al que el comunismo reacciona siempre estará aquí. Desde lo cual hay solo un paso a una interpretación deconstructiva del comunismo como un sueño de presencia, de abolir toda representación alienante; un sueño que prospera con su propia imposibilidad.
Aunque es fácil burlarse de la idea del Fin de la Historia planteada por Fukuyama, la mayoría es hoy fukuyamista. El capitalismo demócrata liberal se acepta como la fórmula por fin encontrada de la mejor sociedad posible; todo lo que uno puede hacer es hacerla más justa, tolerante y demás. Surge aquí una cuestión sencilla pero pertinente: si, no siendo la mejor, el capitalismo democrático liberal es al menos la forma de sociedad menos mala, ¿por qué no deberíamos sencillamente resignarnos a ella de un modo maduro, incluso aceptarla con entusiasmo? ¿Por qué insistir en la hipótesis comunista, contra todas las probabilidades?
La clase y los bienes comunes
No basta con permanecer fiel a la hipótesis comunista: hay que localizar dentro de la realidad histórica los antagonismos que la convierten en una urgencia práctica. La única cuestión verdadera hoy es: ¿contiene el capitalismo mundial antagonismos suficientemente fuertes como para impedir su reproducción indefinida? Se presentan cuatro antagonismos posibles: la inminente amenaza de catástrofe ecológica; la inadecuación de la propiedad privada para la denominada propiedad intelectual; las repercusiones éticas y sociales de los nuevos avances tecnológicos y científicos, en especial la biogenética; y por último, aunque no en menor medida, las nuevas formas de segregación social: nuevos muros y áreas urbanas hiperdegradadas. Deberíamos señalar que hay una diferencia cualitativa entre la última característica, el abismo que separa a los excluidos de los incluidos, y las otras tres, que designan los dominios de lo que Hardt y Negri denominan los «bienes comunes»: la sustancia compartida de nuestro ser social, cuya privatización es un acto violento contra el que debería resistirse por la fuerza, si hiciese falta.
En primer lugar, tenemos los bienes comunes de la cultura, las formas inmediatamente socializadas del capital cognitivo: principalmente el lenguaje, nuestro medio de comunicación y educación, pero también infraestructuras compartidas como el transporte público, la electricidad, el correo, etc. Si a Bill Gates se le permitiera un monopolio, habríamos alcanzado la situación absurda en la que un individuo privado sería propietario del tejido de soporte lógico de nuestra red de comunicación básica. En segundo lugar, hay bienes comunes de naturaleza externa, amenazados por la contaminación y la explotación –desde el petróleo a los bosques y el propio hábitat natural– y, tercero, los bienes comunes de naturaleza interna, la herencia biogenética de la humanidad. Lo que todas estas luchas comparten es una conciencia del potencial destructivo –hasta la autodestrucción de la propia humanidad– que tiene el permitir que se desboque la lógica capitalista de vallar estos bienes comunes. Es esta referencia a los «bienes comunes» la que permite resucitar la idea de comunismo: nos permite ver su progresivo cercamiento como un proceso de proletarización de aquellos que por esa razón quedan excluidos de su propia sustancia; un proceso que también apunta hacia la explotación. La tarea hoy es renovar la economía política de la explotación: por ejemplo, la de los «trabajadores del conocimiento» anónimos por parte de sus empresas.
Sin embargo, sólo el cuarto antagonismo, la referencia a los excluidos, justifica el término comunismo. No hay nada más privado que una comunidad estatal que percibe a los excluidos como amenaza y se preocupa por cómo mantenerlos a una distancia adecuada. En otras palabras, en la serie de cuatro antagonismos, el que se da entre los incluidos y los excluidos es el crucial: sin él, todos los demás pierden su filo subversivo. La ecología se convierte en un problema de desarrollo sostenible, la propiedad intelectual en un problema jurídico complejo, la biogenética en un asunto ético. Uno puede luchar sinceramente por el medio ambiente, defender una noción más amplia de propiedad intelectual, oponerse a la conversión de los genes en objeto de patente, sin afrontar el antagonismo entre los incluidos y los excluidos. Es más, uno puede formular algunas de estas luchas en función de los incluidos amenazados por los excluidos contaminantes. De este modo, no conseguimos una verdadera universalidad, sólo preocupaciones «privadas» en sentido kantiano. Empresas como Whole Foods y Starbucks siguen disfrutando del favor de los progresistas, aunque ambas asumen actividades antisindicalistas; el truco es que venden productos con un toque progresista: café hecho con granos comprados a precios de «comercio justo», caros vehículos híbridos, etc. En resumen, sin el antagonismo entre los incluidos y los excluidos, podemos encontrarnos en un mundo en el que Bill Gates es el mayor filántropo, luchando contra la pobreza y la enfermedad, y Rupert Murdoch el mayor ecologista, movilizando a cientos de millones a través de su imperio mediático.
Lo que deberíamos añadir aquí, superando a Kant, es que hay grupos sociales que, debido a que carecen de un lugar determinado en el orden «privado» de la jerarquía social, representan directamente a la universalidad: son lo que Jacques Rancière denomina «la parte de ninguna parte» del cuerpo social. Toda política verdaderamente emancipadora se genera mediante el cortocircuito entre la universalidad del uso público de la razón y la universalidad de la «parte de ninguna parte». Éste era ya el sueño comunista del joven Marx: reunir la universalidad de la filosofía con la universalidad del proletariado. Desde la Grecia Antigua, tenemos un nombre para la intrusión de los excluidos en el espacio sociopolítico: democracia.
La noción liberal de democracia que predomina también hace referencia a los excluidos, pero de un modo radicalmente distinto: se centra en su inclusión, como voces minoritarias. Habría que escuchar todas las posiciones, tener en cuenta todos los intereses, garantizar los derechos humanos de todos, respetar todas las formas de vida, las culturas y las prácticas. La obsesión de esta democracia es la de proteger a todo tipo de minorías: culturales, religiosas, sexuales, etc. La fórmula de la democracia aquí consiste en negociar con paciencia y llegar a un punto de acuerdo. Lo que nos une es que, en contraste con la imagen clásica de los proletarios que no tienen «nada que perder salvo sus cadenas», nosotros corremos el peligro de perderlo todo. La amenaza es que nos veamos reducidos a un sujeto cartesiano vacío, y abstracto, desposeídos de todo nuestro contenido simbólico, con nuestra base genética manipulada, vegetando en un medio ambiente invivible. Esta triple amenaza nos convierte a todos en proletarios, reducidos a la «subjetividad sin sustancia», como decía Marx en los Grundisse. La figura de la «parte de ninguna parte» nos enfrenta a la verdad de nuestra propia posición; y el reto ético y político es reconocernos en esta figura.
En cierto sentido todos estamos excluidos de la naturaleza así como de nuestra sustancia simbólica. Hoy todos somos potenciales homo sacer, y la única forma de evitar de hecho convertirnos en eso es actuar preventivamente.
[1] V. I. Lenin, «Notas de un publicista», publicado póstumamente en Pravda, el 16 de abril de
1924; Obras completas, tomo 44, Moscú, 1987, pp. 433-442.
[2] Samuel Beckett, «Worstward Ho», Nohow On, Londres, 1992, p. 101.
[3] V. I. Lenin, «Informe político del Comité Central del PC(b) de Rusia», Obras completas, cit.,
vol. 45, pp. 95-97.
[4] Sándor Márai, Memoir of Hungary, 1944-1948, Budapest, 1996.
[5] Moshe Lewin, Lenin’s Last Struggle [1968], Ann Arbor, Michigan, 2005, pp. 131-132 [ed.
cast.: El último combate de Lenin, Barcelona, 1970].
[6] Ibid., Apéndice 1, pp. 146-147.
[7] Ibid., p. 84.
[8] Ibid., p. 133.
[9] V. I. Lenin, «Más vale poco y bueno», Obras Completas, cit., vol. 45.
[10] M. Lewin, Lenin’s Last Struggle, cit., p. 125.
[11] Ibid., p. 124
[12] Alain Badiou, The Meaning of Sarkozy, Londres/Nueva York, 2008, p. 115; ed. franc.: De quoi Sarkozy est-il le nom?, París, 2007.
domingo, 22 de enero de 2012
UN NUEVO COMIENZO POR OTRO CAMINO: DIALÉCTICA DE LA EXPERIENCIA
I
Una historia de Tomas Edison creador de la bombilla eléctrica
Cuenta él que estaba con un amigo realizando un experimento y mientras lo hacía creó una pequeña explosión que remeció la habitación donde se encontraban. Luego de la explosión él se levanta, toma su diario mientras su amigo aún temblaba del susto y empieza a escribir. Su amigo le dice:
"¿Qué te pasa, estás loco? Casi nos matas, ¿vas a necesitar fracasar 10,000 veces para dejar esa estúpida idea?"
A lo que Edison le responde diciendo que no había fracasado con ese experimento. Su amigo le dice:
"Este es tu fracaso número 9,999".
Y Edison contesta:
"No, no lo es, he descubierto la forma número 9,999 de cómo NO crear una bombilla eléctrica. Y además descubrí cómo crear una pequeña explosión, que podría ser de utilidad en algún otro sitio."
II
Dialéctica de la experiencia
En cualquier ciencia o arte se necesita conocer la teoría y luego mucha, muchísima, práctica; al cabo de un tiempo y de profusa experimentación, “los resultados de mi conocimiento teórico y los de mi práctica se fusionan en uno, mi intuición, que es la esencia del dominio de cualquier arte.”[1] Esa es precisamente la diferencia entre el aprendiz y el maestro de maestros. El aprendiz aprende, practica, experimenta; el maestro innova, crea, inventa. La experiencia hecha teoría se ha convertido en intuición en tanto la experiencia de otros se ha diluido en mi experiencia. Un experto es un hombre que ha dejado de “pensar”; no necesita experimentar, no pierde el tiempo en averiguar más de lo necesario, simplemente actúa.
Estudiar y experimentar; práctica, más y más práctica es la fórmula auto emancipadora. Esa fue la vía que arrancó a los homínidos de las cavernas y ese es el camino que nos permitirá superar el macro ciclo clasista. ¿No es así como Engels recordaba que Marx decía que ocurrirían las cosas? Véase, el prólogo de l890 donde a la letra se lee: «Para el triunfo definitivo de las tesis expuestas en el "Manifiesto", Marx confiaba tan sólo en el desarrollo intelectual de la clase obrera, que debía resultar inevitablemente de la acción conjunta y de la discusión.»[2] Sin embargo, el doctrinario cree que la realidad es tal como él la imagina. Vive el mundo, entre las cuatro paredes del grupo, sin más contacto material que la información que le llega a través de los medios y los informes sesgados de sus partidarios. Pero, hay que recordar que no se recrea el mundo objetivo con el lenguaje sino con las poderosas y hábiles manos, como dice Francisco Umpiérrez Sánchez.
Los hombres enfrentan al mundo objetivo por la producción material, la lucha de clases y la experimentación científica. La práctica del hombre –enfrentado a ese mundo objetivo– encuentra obstáculos en la realización de sus objetivos, e incluso la imposibilidad de superar algunas dificultades, mientras el mundo objetivo prosigue su propio camino. El destino del hombre es caminar y, aprendemos a caminar, tropezándonos, cayéndonos, luchando. Una caída puede retrasarnos en llegar al objetivo pero no nos detiene. Otra caída puede ser definitiva –para algunos– pero sirve a los sobrevivientes como correctivo: ¡Ese camino no es viable!, exclamamos. Así, de tropezones y fracasos está preñada la historia de la humanidad. Y la sabiduría popular lo registra: ¡La experiencia es la madre de la ciencia!
Marx tenía muchísima razón al relacionar empoderamiento y posicionamiento (acción conjunta y discusión). En 1843 en una carta a Arnold Ruge escribía: «Nada nos impide vincular nuestra crítica con la crítica de la política, con tomar partido en política, con participar en luchas reales e identificarnos con ellas. Por consiguiente, no nos enfrentamos al mundo en actitud doctrinaria, proclamando un nuevo principio: “¡Ésta es la verdad, arrodíllense ante ella!” Desarrollamos nuevos principios para el mundo a base de los propios principios del mundo. No le decimos al mundo: “Termina con tus luchas, pues son tontas; queremos darte la verdadera consigna de lucha”. Nos limitamos a mostrarle al mundo aquello por lo qué está luchando en realidad. La conciencia es algo que tendrá que adquirir, aunque no lo quiera.»[3] Y ésta conciencia no es sólo conciencia de una negación –condicionada por el objeto negado– sino conciencia positiva y prospectiva. “La actitud del hombre que se propone corregir la realidad – escribe José Carlos Mariátegui – es, ciertamente, más optimista que pesimista. Es pesimista en su protesta y en su condena del presente; pero es optimista en cuanto a su esperanza en el futuro. Todos los grandes ideales humanos han partido de una negación; pero todos han sido también una afirmación.”[4] En la historia política del proletariado, los éxitos coronan sus esfuerzos cuando su pragmatismo y realismo se sostiene en la fuerza de la necesidad de las contradicciones. ¡Ese es el camino que Marx y Mariátegui nos proponen!
En la lucha de clases, el campo de batalla fundamental es el cerebro y, entre mejor comprendamos como funciona la mente, mejor comprenderemos como opera el posicionamiento. Desentrañar cómo opera el posicionamiento es prácticamente resolver las dificultades del cambio social porque la hegemonía de clase se define en la conciencia de los hombres. Tomar por asalto los cerebros (posicionamiento) y articular voluntades es el objetivo básico de la política. Sin embargo, no porque el cerebro sea el campo de batalla fundamental quiere decir que el socialismo sea un problema eminentemente teorético. Todo lo contrario, el socialismo es básicamente una dificultad experimental, un problema práctico de madurez (socio-política, socio-económica y socio-humana). El hombre vive la vida (como experiencia - práctica) y aprende de ella (de un modo subjetivo - teoría) perfeccionándose en medio de contradicciones y a través de contradicciones. El cuento de la vida es experiencia, más y más práctica. Sólo a través de la práctica social, el hombre se supera a sí mismo, se aparta del círculo vicioso de la secta y llega a nuevas cumbres. Entonces, el posicionamiento es un problema que fundamentalmente se dirime en la arena social, en el combate día a día. Los trabajadores se liberan de las ataduras ideológicas (burguesas) empoderándose de las contradicciones sociales y, al hacerlo, toman el control de su propio destino histórico.
Ramón García conmemora los 30 años de la revista Punto de Vista – que marca toda una generación del socialismo peruano – pero no recuerda el fracaso de aquél experimento[5]. Ayer, una exagerada “emoción” sólo le permitía ver “oposición por la oposición” a su propuesta. Hoy, no es distinto sigue con la misma copla. El lastre, como una ominosa cadena, lo ata al pasado[6]. No se repara que las críticas pueden ser una alarma providencial de nuestros errores teóricos, de nuestra percepción errada o sesgada de la realidad. A todo esto, nos preguntábamos hace unos días, ¿qué proyecto o paradigma de partido fracasó en aquél entonces? Este sí es un tema vital, para entender cómo articular la red ciudadana, cómo centralizar voluntades en un organismo político y cómo unificar al pueblo en torno a un programa de concentración. Todo eso debe responder a una segunda interrogante: ¿qué relación tiene el revés de 1983 con los tropezones de 2008 y 2011?
En el socialismo peruano los éxitos y fracasos forman parte de su historia. Sus éxitos están impregnados de esfuerzo y talento pero también de intuiciones y pasiones. Poner el alma en un proyecto puede ser devastador cuando el proyecto no funciona. ¿Pero, qué ocurre cuando nos equivocamos? Primero, todos sabemos perfectamente que caerse, está permitido; segundo, sabemos también que levantarse, ¡Es obligatorio!; y tercero, nos levantamos ¡Pero con las lecciones aprendidas bajo el brazo! Por eso, esa misma pasión con la que volvemos a nacer de un impasse, puede inspirarnos a admitir algo que no ha salido bien; y, si lo admitimos estaremos libres para buscar un nuevo comienzo por otro camino.
En 1845, Karl Marx, advertía que no es suficiente con interpretar el mundo de lo que se trata es de transformarlo. Pero para recrear el mundo objetivo hay que ensuciarse los zapatos. ¡Para aprender a nadar es preciso meterse en el agua! Por tanto, ya que la tarea es práctica, las soluciones deben contemplarse en términos prácticos, esto es, potenciando un poder práctico capaz de encarar la tarea. ¿Cuál es ese poder práctico? El joven Marx, y nuestro José Carlos, lo tenían muy claro: la organización del proletariado como partido.
Tacna, 22 enero 2012
Edgar Bolaños Marín
[1] Erich Fromn, El arte de Amar, versión electrónica
[2] Marx y Engels, Manifiesto Comunista, Versión electrónica.
[3] Carta de Karl Marx a Arnold Ruge (1843)
[4] JCM, Alma Matinal, versión electrónica
[5] Algunas preguntas necesarias: ¿Amauta en el proyecto del primer gran partido de masas y de ideas cumple una función decisiva? ¿Punto de Vista a qué proyecto de partido corresponde? Las respuestas a estas interrogantes pueden abrir cerebros a los más duros de roer o terminar de convencer a los indecisos.
[6] Probablemente, educado en la vieja escuela del azote y la infalibilidad del magister dixit, el apotegma la letra con sangre entra forma parte de su estilo para tratar las diferencias.
sábado, 21 de enero de 2012
LA SUPERACIÓN DE LA SUBJETIVIDAD (2)
Francisco Umpiérrez Sánchez
Miércoles 18 de enero de 2012
http://fcoumpierrezblogspotcom.blogspot.com/
Respondo a las últimas intervenciones. Hago referencia fundamentalmente a la mención que hace Adail sobre la abeja y el arquitecto. Y sobre esa referencia espero responder en parte a las inquietudes de Santiago y Luís.
No hay cosa en el mundo que sea igual por todas partes, ni en sí misma ni en relación con otras cosas. Igual sucede con el pensamiento de Hegel. Su contenido, extremadamente rico, no puede cubrirse con una sola catalogación. La cita que les transcribí de Hegel tiene un trazo muy materialista y su esencia filosófica, compartida también por Marx, estriba en la unidad de lo subjetivo y de lo objetivo. Y refiriéndonos al ámbito de la Semiótica habría que señalar que el lenguaje, los símbolos, los gestos y demás formas semióticas constituyen el reino de la subjetividad. Y no depende de ellas, de las formas semióticas, lograr la unidad de lo subjetivo y lo objetivo. Esa unidad sólo es posible por medios prácticos. No obstante, puede haber una actividad o acciones prácticas, como las que realizaba Alonso Quijano, que supongan lo contrario: la ruptura de lo subjetivo respecto de lo objetivo. La extrema izquierda, de aparente inspiración marxista, ha pecado siempre de quijotismo, toma la representación del mundo por el propio mundo.
En la sección dedicada al proceso de trabajo contenida en El Capital, Marx se expresa en los siguientes términos: “Una araña ejecuta operaciones que se parecen a las del tejedor, y la abeja avergüenza con la construcción de sus celdillas a más de un arquitecto. Pero lo que distingue al peor arquitecto de la mejor abeja es que ha construido la celdilla en su cerebro antes de construirla en cera”. Después seguiré con la cita, pero ahora les hago los comentarios pertinentes. Lo esencial aquí es que el hombre hace primero en su cabeza lo que después hará en la realidad. La idea es anterior a la realidad. Y de ese modo, circunstancia que no ocurre en los animales, los objetos del mundo adquieren una existencia sígnica además de su existencia real. Y las configuraciones sígnicas tienen la ventaja respecto a las imágenes sensibles de estar dotadas de exterioridad. Esta exterioridad del signo es lo que hace confundir a muchos con la objetividad de aquello de lo que es signo. Sin duda que los signos al ser exteriores, propiedad que no concurre en las imágenes de los sentidos, están dotados de objetividad. Pero sobre esta objetividad no se realizan acciones objetivas. El significante /madera/ es objetivo, está dotado de objetividad, pero con ese significante no se puede hacer una mesa, no se pueden realizar tareas prácticas. La madera sí está dotada de objetividad y con ella sí se puede hacer una mesa. Así que hay que distinguir con mucha claridad y rigor esas dos clases de objetividades. Podríamos hablar, de manera provisional hasta que encontremos unas nominaciones más adecuadas, de objetividades sígnicas y de objetividades no sígnicas
Después de aquella afirmación, Marx dice lo siguiente: “Al final del proceso de trabajo se obtiene un resultado que existía ya al comienzo del mismo en la imaginación del obrero en forma ideal. No es que efectúe solamente un cambio de forma en el elemento natural, sino que, al mismo tiempo, realiza su fin en el elemento natural,…”. Paso a los comentarios pertinentes. Es el proceso de trabajo quien produce el resultado. No es la idea de una mesa, el concepto que tengo en mi cabeza de una mesa, la que produce la mesa. No es posible el salto del concepto a la realidad, del signo a la existencia designada. La mesa la produce mis manos con las herramientas adecuadas y con la materia prima adecuada. Lo que sucede es que el resultado del proceso de trabajo se presenta como realización del fin que existía en mi cabeza en forma ideal, en forma sígnica. Y la unidad de lo subjetivo con lo objetivo supone ambos aspectos: uno, la existencia previa de la imagen del objeto a producir, y dos, la producción del objeto por medios objetivos.
El hecho de que la conciencia humana, a diferencia de la conciencia animal, tenga existencia sígnica, permite su sustantivación, su objetivación, y su presentación como una existencia independiente de la realidad no sígnica; hasta el punto de que quiere litigar con ella, quiere lograr su señorío sobre ella. Lo que le sucedió a Alonso Quijano es que se dedicó a leer fantásticos libros de caballería y “llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamientos como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles”. De este modo, al llenarse su cabeza de los libros y no de la realidad, su subjetividad dio el primer paso en su ruptura con la objetividad. Pero no quedó ahí la cosa. Sucedió que “como a nuestro aventurero todo cuanto pensaba, veía o imaginaba le parecía ser hecho y pasar al modo de lo que había leído, luego que vio la venta se le representó que era un castillo…”. Aquí se produce la segunda y definitiva ruptura de la subjetividad respecto de la objetividad: percibir una cosa y representarse otra. Y llamo quijotismo justamente a eso: pensar que las cosas ocurren como en los libros y tomar el mundo por la representación que uno se hace de él.
AREQUIPA: HISTORIA DE UN SERVIDOR DE LA PATRONAL
Desdén y desplante en el aniversario 61 de la FDTA
Francisco del Carpio
En vísperas de la celebración del 61 aniversario de la fecha jubilar de la FDTA, el recién re-reelecto secretario general tomó el avión para dirigirse a la capital de la república. Poco o nada le interesó la fecha. Total, para él, nacido en la sierra limeña, eso es "cosa de characatos". Una vez más y por segundo año consecutivo, los trabajadores arequipeños por capricho y desidia del señor secretario general de la FDTA, no celebraron el día de su central. Una fecha que ni en años de clandestinidad se dejó de festejar. Justiniano Apaza Ordóñez puede dar testimonio de ello.
Gerónimo López, es un tipo déspota y no tiene pelos en la lengua para denostar, y con desdén, de los trabajadores arequipeños. Cuando el diario La República le preguntó ¿... no hay cuadros de dirigentes en la FDTA que lo reemplacen? El con su característica autosuficiencia respondió, muy suelto de huesos: "Puede que haya, pero no tienen el interés (como yo NR) de realizar el trabajo colectivo a favor de todos los gremios".
Este es el hombre que el gobierno regional tiene y mantiene para "controlar" a los trabajadores. Sin sindicato que lo respalde o avale pues Construcción Civil lo expulsó hace varios años, Gerónimo López ostenta una hoja de servicio contraria a la federación pues el 2001, siendo secretario general de su gremio desafilió al sindicato de la FDTA y durante los sucesos de junio del 2002 (arequipazo) mantuvo a Construcción en un estado de beligerancia contra la federación e incluso contra el PC.
Ciertamente, en junio del 2002 los trabajadores arequipeños se levantaron contra la privatización de las empresas hidroenergéticas de la región. La FDTA se opuso a esta medida y convocó al mayor número de organizaciones sociales y políticas en lo que se llamó “Frente Amplio Cívico Arequipa (FACA)” y llamó al pueblo arequipeño a luchar contra esta malhadada privatización.
Al llamado del Frente Amplio se sumó el alcalde de la ciudad: Juan Manuel Guillén Benavides, hoy presidente del gobierno regional y luego el 90% de los alcaldes del Departamento. Estos decretaron el mayor y contundente paro general de la historia de la región.
La Federación, se convirtió en el caudillo colectivo del levantamiento popular, logrando la mayor victoria cualitativa de la historia social y política de Arequipa: impedir la privatización de las empresas energéticas. El pueblo se levantó como un puño y de la forma que mejor lo sabe hacer, construyendo barricadas en la ciudad, tomando las carreteras y el aeropuerto. Después de varios días de lucha en las calles, luego de dos muertos y cientos de heridos, el 19 de junio el gobierno retrocedió en su determinación de privatizar dichas empresas.
Este levantamiento fue, repetimos, cualitativamente superior a otros, porque cuestionó la base misma del sistema capitalista: la propiedad; enfrentándose directamente con los dogmas del capitalismo internacional. Nuestro pueblo, esa vez, estuvo más unido que nunca a través de un grito “Arequipa Dignidad”, una canción: “Entonemos un himno de gloria” y una bandera a veces granate a veces roja de la ciudad. Pero, lo que más unió a los arequipeños fue la oposición a la sola idea que sus empresas fueran entregadas a capitales privados extranjeros. Esa fue la última gran batalla política de los trabajadores arequipeños. Y el merito fue de su máxima central: la FDTA.
Durante estos sucesos López caminó por su cuenta.
Diez años después de junio del 2002, de la FDTA solo queda un pálido reflejo. La virtual desaparición del partido comunista, como vanguardia organizada de la clase obrera, ha determinado que los trabajadores no enfrenten más, políticamente, al patrón. Ya no se ha vuelto a insistir en el carácter de clase de la organización sindical y ahora solo se reclaman mejoras salariales que ni siquiera son atendidas por la autoridad (gerencia) de trabajo del Gobierno Regional. Estas reclamaciones son cada vez más estrictamente laborales y ya no propuestas políticas.
La relación entre el secretario general de la central sindical y el gerente de trabajo resulta una articulación kafkaiana (o kafkiana), donde el primero pide y el segundo niega a pesar de que ambos hablan el mismo idioma por pertenecer a la misma tienda política. En la práctica ambos están de acuerdo y por ello no se ha solucionado ninguna petición de ningún sindicato grande como Cerro Verde, Alicorp, Orcopampa, La Iberica, Kola Real, solo para citar algunos, habiendo, ambos, hecho morder a los trabajadores el polvo de la derrota, mientras uno y otro invocan sus derechos.
El reloj de la historia ha retrocedido al punto donde empezó la lucha. De vez en cuando se pelea por alguna demanda económica y casi nunca se arranca un triunfo a los patrones. Ahora la palabra “socialismo” que puso los pelos de punta a los empresarios capitalistas no se le ha vuelto a escuchar. Los trabajadores volvieron a ser solo trabajadores. La mejor muestra de todo esto ha sido el último congreso de la FDTA, vacío de contenido, pero si, lleno de bocaditos, cocteles, discursos sobones y triunfalistas. Y unanimidades y aclamaciones. Faltaba más.
UN POCO DE HISTORIA DE LA FDTA
El 20 de enero de 1951, en el viejo Ateneo Municipal de Arequipa culminó con una gran ceremonia pública y multitudinaria el congreso de la Federación Departamental de Trabajadores de Arequipa realizado en diciembre, el mismo que confirmó a la FDTA como la máxima central laboral del departamento logrando unificar, sobre criterios clasistas, la organización de los trabajadores.
La nueva central basaría su práctica, tanto en la unidad sindical, mantenida en la comunidad de intereses de la clase obrera, como en el centralismo democrático que es la concentración de las decisiones de las bases bajo una sola dirección. Este último principio establecería el respeto a las opiniones de las minorías y el acatamiento disciplinado de éstas a las decisiones de las mayorías.
Los antecedentes de este evento se encuentran en la fundación de la Unión Gráfica Arequipa (UGA-1931) y luego en la Federación Obrera Local (FOL) formada en base a la UGA ese mismo año. Al poco tiempo la FOL es puesta "fuera de la ley" creándose, en su reemplazo, la Unión Sindical Obrera de Arequipa (USOA-1932) la misma que, al cabo de unos años, correría la misma suerte.
El 22 de junio de 1940 se funda el Centro de Trabajadores de Arequipa (CTA) conformado, además de los gráficos de la UGA, por obreros de las Curtiembres: Ibáñez y América (Pedro P. Díaz), Leche Gloria, Cervecería y los obreros de Construcción Civil. Este Centro duró hasta 1948, fecha en que se realizó la primera conferencia obrera que se propuso como meta llamar al primer congreso departamental de trabajadores, procurando congregar a un número mayor de organizaciones sindicales. Esa conferencia convirtió a la CTA en "Confederación" encargándosele la tarea de convocar al magno evento.
En este empeño la acompañaría la Confederación Ferrocarrilera del Sur dirigida por Guillermo Torreblanca, la Federación de Empleados del Comercio y la Industria de Arequipa (FECIA ) con Luis Héctor Salas a la cabeza, la Central de Choferes y Anexos de Felipe Villasante, la Federación de Empleados Bancarios cuyo secretario general era Julio Vizcarra, el Sindicato de Obreros del Tranvía Eléctrico de Arequipa (TEASA), el Sindicato de Telefonistas y Electricistas de Arequipa y el Sindicato de Campesinos de Caylloma dirigidos por Jesús Quispe Begazo.
Para constituir la nueva central obrera, los trabajadores eligieron una "Comisión Organizadora del Primer Congreso Departamental de Trabajadores", esta comisión tomó el nombre de "Comité Departamental de Trabajadores" y lo presidió Mariano Bejarano quien hizo las veces de Secretario General. El levantamiento popular de junio de 1950 sorprendió a los sindicalistas arequipeños en plena organización de su congreso, teniendo que posponer su realización unos meses.
La represión de la dictadura militar de Odría obligó al Comité Departamental y a la CTA a programar nuevas acciones de lucha en vista de los acontecimientos que se generaron en el Colegio Nacional de la Independencia Americana. Junto a los otros integrantes del Congreso se convocó al Paro General el día 14 de junio de 1950, pese a la poca organización habida en ese momento.
Sin embargo, los obreros comunistas asumieron el reto, movilizando al pueblo en las faenas de esos días. Dirigentes del PC como Augusto Chávez Bedoya, Teodoro Azpilcueta y hasta cierto punto Humberto Núñez Borja participaron de la formación de la Junta Provisional de Gobierno Local presidida por Francisco Mostajo. Otros como Teodoro Nuñez Ureta, Enrique Zapater y Carlos de la Riva, formarían la "Milicia Popular" adjunta a la Guardia Urbana, creada por la Junta Local en base a la Compañía de Bomberos Voluntarios.
La Milicia Popular participó en la toma de Radio Continental y en la reducción de algunos camiones militares que patrullaban la ciudad. Finalmente, se intentó organizar el Socorro Rojo, tarea encargada al médico Juan Casapía junto a Elena Butrón, Doris Paredes y Luzmila Rivera. Ellos fueron los que auxiliaron a los heridos de la Plaza de Armas la noche del tiroteo del 14 de junio y los que trataron de socorrer, sin éxito, a Carlos Bellido Gutheridge, el parlamentario acribillado por la soldadesca.
Luego de esos días que convulsionaron la ciudad, se retomó la organización del Congreso. La CTA, de innegable tendencia comunista, tomó la iniciativa de invitar a este evento a la USTA, de vocación aprista, que aceptó participar bajo ciertas condiciones.
El APRA, por esos días y teniendo como base el sindicato de obreros textiles de El Huayco había creado la Unión Sindical de Trabajadores de Arequipa (USTA). Así fue que entre los días 17 al 21 de diciembre de 1950 en el local del Centro Social de Trabajadores, situado en los altos del Ateneo Municipal, se llevó a cabo el encuentro de 32 bases sindicales de obreros, campesinos y empleados de la Ciudad Blanca y sus provincias, las mismas que dieron nacimiento a la Federación Departamental de Trabajadores de Arequipa, la actual FDTA.
Los congresistas, en decisión histórica, eligieron una primera junta directiva presidida por Guillermo Torreblanca de la Unión Ferrocarrilera del Sur e integrada por Raúl y Luis Acosta Salas de la Unión Grafica, Víctor Salas Rodríguez y Augusto Salazar Ortiz por el Sindicato de Choferes camioneros, Bernardo Linares Fajardo por Construcción Civil, Luis Héctor Salas por los empleados de FECIA; Víctor Medina Jáuregui y Raúl Lozada Daza, por los maestros; Pablo Alarcón y Ricardo del Carpio Rosado por los artesanos. Y, junto a ellos, Mariano Bejarano, Rubén Pajuelo, Eduardo Flores Mamani, Tomás Villagra y Maximiliano Huaracha, quienes se habían convertido en los grandes animadores de este acontecimiento.
De acuerdo a la resolución final del Congreso, la Junta Directiva, elegida en ese máximo evento, debería hacerse cargo de sus funciones antes de 30 días, y se escogió el sábado 20 de enero de 1951 para la ceremonia de juramentación de los nuevos directivos, por eso dicha fecha es considerada como fundacional de la FDTA por los trabajadores.
Trascendental en la constitución de FDTA como la máxima central sindical del departamento fue la participación del Partido Comunista, el PC destacó a sus mejores cuadros nacionales para la realización de este evento en plena dictadura militar de Manuel Odría. Fueron los comunistas quienes imprimieron carácter de clase a la nueva organización sindical (en vista que habían otras organizaciones gremiales que solo existían para reclamar migajas a sus patrones) uniendo a sus reclamaciones, estrictamente laborales, propuestas políticas.
De aquí en adelante los trabajadores arequipeños no solo lucharían por mejores salarios o gratificaciones, sino que pelearían por democracia y libertad y añadirían, explícitamente, algo que pondrían los pelos de punta a los empresarios capitalistas, la palabra “socialismo”. Los trabajadores lo dirían explícitamente.
Después de este hecho histórico es necesario destacar algunos hitos importantes en la vida de la Central Obrera arequipeña. Hasta fines del siglo pasado, antes que Fujimori desmantelara el Parque Industrial, Arequipa tenía una poderosa fuerza laboral de mayoritaria composición obrera, lo que determinó que fuera la FDTA, la central obrera más combativa del Perú y la que protagonizara los más grandes levantamientos populares de mitad y fines del siglo pasado.
La FDTA durante ese periodo protagonizó el primer (y tal vez el único) paro político del Perú, llevado a cabo los días 19, 20, 21 y 22 de setiembre de 1952 con la exclusiva finalidad de exigir la libertad de Raúl Acosta Salas, Secretario General de la UGA, dirigente de la FDTA y miembro de la dirección departamental del Partido Comunista.
Por su doble condición de dirigente obrero y comunista Acosta Salas fue secuestrado el 15 de setiembre y trasladado en avión a Lima por la policía política del gobierno militar, toda vez que se venía venir una protesta masiva de los sindicatos por reclamos salariales y libertades democráticas. El secuestro de Salas precipitó la paralización y esta fue acatada por toda la fuerza laboral de Arequipa a excepción de algunas peluquerías y el Correo Central.
El gobierno mandó detener a Acosta solo por ser comunista y los trabajadores lo rescataron solo por ser comunista. No hubo otro punto en la orden del día. El prefecto Ricardo Pérez Godoy se vio obligado a viajar a Lima para gestionar, directamente, su excarcelación. Al cuarto día de negociaciones, iniciadas el 18 de setiembre, los ánimos se tranquilizaron cuando el “Camarada Renato” (nombre de combate de Acosta) regresó sano y salvo a su ciudad.
Otro hecho destacable se produjo el 22 de diciembre de 1955 cuando la policía armada del gobierno, reforzada con matones llegados de Lima reprimió a manifestantes opositores a la dictadura militar de Odría. Las únicas víctimas de estos incidentes fueron trabajadores y estudiantes que repudiaban tanto a los abusos de la policía militarizada como al oportunismo de la derecha oligárquica que quiso aprovecharse del clima político de nuestra ciudad, adverso a la dictadura para sacar provecho a su favor.
La FDTA llamó a la formación de un Frente Único Obrero Estudiantil para enfrentar a la dictadura. Este se concretó el 23 de diciembre en el Paraninfo de la Universidad Nacional de San Agustín y de inmediato se convocó un Paro General por el cual se exigía la salida del ministro de gobierno y policía Alejandro Esparza Zañartu, responsabilizándolo de la brutal represión del 21 de diciembre. El 24 fue destituido Esparza ante la contundencia del Paro General.
Esta es la historia que desdeña Gerónimo López Sevillano.
FUENTE: Jornal de Arequipa
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