Entrevista
a Matthew Huber
Astrid Zimmermann | Alexander Brentler
24 abril
2021
Nuevas crisis,
nuevos problemas, nuevos actores, nuevas relaciones de poder: la cuestión
climática muta constantemente, y lo cambia todo. Necesitamos, entonces, innovar
en los conceptos que se toman para entenderla. Al menos ese es el consenso.
Pero Matt T. Huber argumenta que eso no es cierto. Para realmente hacer frente
a la crisis climática, debemos poner la mira en la reactivación de una vieja
reivindicación marxista: la democratización radical de la producción.
Matthew Huber es
geógrafo e investiga en la Universidad de Syracuse (Nueva York) sobre las
conexiones entre el clima, la energía y el capitalismo. Actualmente está
escribiendo un libro que entiende la crisis climática como un conflicto de
clases (cuyo título provisional es Climate Change as Class War:
Building Socialism on a Warming Planet) que será editado por Verso Books.
Alexander Brentler
y Astrid Zimmermann, de Jacobin Alemania, hablaron con él sobre
las razones por las que la lucha de clases y la lucha climática deben ir
juntas, por qué los llamamientos al decrecimiento son engañosos y cómo
podríamos pensar una alternativa socialista.
Alexander
Brentler, Astrid Zimmermann: Existe una narrativa muy persistente en el
discurso sobre el medioambiente, según la cual la crisis climática es una
responsabilidad compartida. La posición que tú planteas es que se trata, de
hecho, de un conflicto de clases y que, por tanto, debemos tratarlo como tal.
De ahí, afirmas que tenemos que situar la política medioambiental en el punto
de la producción. Tal vez podría explicar un poco más lo que quieres decir
exactamente con esto y hablar de las implicaciones para la estrategia política.
MAtthew
Huber: Actualmente estoy
terminando la redacción de un libro sobre la clase y la política climática. En
un principio, solo quería volver a los fundamentos de una política de clase
marxista y, a medida que he ido profundizando, me he dado cuenta de que este
enfoque en las relaciones de producción es, en cierto modo, intrínsecamente
ecológico. Es así porque la forma en que producimos nuestra existencia como
sociedad es una cuestión ecológica. Cuando empiezas a pensar en el problema
ambiental de esa manera, lo primero que te das cuenta es que la clase
capitalista es la clase que posee y controla los medios de producción. Por lo
tanto, también empiezas a pensar en su responsabilidad en la crisis climática.
Está muy arraigado en el discurso ambiental dominante la idea de contabilizar
las emisiones y el carbono en términos de consumo. Se trata de que, por
ejemplo, si tomas un vuelo, esas emisiones son tuyas y eres responsable de
ellas.
Pero en ese
análisis están ausentes las personas que controlan esas industrias y se
benefician de ellas. Así que incluso los análisis más progresistas, como aquel
de Oxfam, llaman a este fenómeno "desigualdad de carbono". Aun si nos
centráramos en los más ricos y en su huella de carbono, y demostráramos que el
10% más rico del planeta es responsable de más del 50% de las emisiones,
seguiríamos examinando apenas los hábitos de consumo de los ricos y su estilo
de vida (que, por supuesto, suelen ser atroces y repugnantes).
Lo que no nos
preguntamos es: a) ¿Quién mantiene el consumo de los ricos? Si los ricos
vuelan, hay una industria aérea que se beneficia de ello. Pero también, b) ¿Qué
hacen esos ricos para generar el dinero que les permite consumir como lo hacen?
Quizá trabajen en un banco. ¿Qué hace ese banco? ¿Cuál es el impacto del banco
en el clima? ¿No es más importante que cualquier estilo de vida o elección de
consumo en la que participe una persona rica? Tal vez la persona rica trabaje
para una multinacional química. ¿No debe esa actividad estar en el centro de
nuestra preocupación, de responsabilidad política? ¿Y no deberíamos centrarnos
más en lo que ocurre en el lado de la producción de todo esto? Porque las
emisiones, a fin de cuentas, son una red relacional de actores que hicieron
posible esa emisión. Así que cuando conduces tu coche, no eres solo tú; son las
compañías de automóviles, las compañías petroleras, las compañías de neumáticos
las que se han beneficiado del suministro de esa mercancía.
Para mí, no es muy
útil la forma en que moralizamos sobre el consumo. La gente, en su mayoría,
solo satisface sus necesidades. Claro, mucha gente puede tener un sentido de
las necesidades realmente desordenado en el que, en mi país, sienten la
necesidad de conducir algo como una 4×4. Pero eso no es nada comparado con la
forma de actuar de los capitalistas, donde su necesidad es ganar dinero y
seguir haciéndolo. Esa es, para mí, la patología que está en el centro de la
crisis climática: la gente que gana dinero, la gente que se beneficia del
sistema, y particularmente las formas de producción más intensivas en carbono.
Esto incluye no solo la producción de combustibles fósiles, sino también muchas
otras formas de producción intensivas en carbono, como el cemento, el acero,
los productos químicos y, sobre todo, la electricidad.
Pero centrarse en
la producción también nos lleva a pensar de otra manera sobre el papel de la
clase trabajadora en todo esto. También en este caso hay que volver a los
fundamentos. ¿Qué es la clase obrera en el marco marxista? Es una clase de
personas que están separadas de los medios de producción. De nuevo, en un
sentido ecológico, eso solo significa que es una clase de personas que son
incapaces de sobrevivir a partir de cualquier relación directa con la
producción –sobre todo, la propia tierra–, por lo que se ven obligados a vender
su fuerza de trabajo en el mercado por un salario. Así que, para la clase
trabajadora, la cuestión ecológica es una cuestión de supervivencia: ¿Cómo nos
ganamos la vida en esta cosa llamada mercado? ¿Y cómo obtenemos una cantidad de
dinero suficiente para sobrevivir en esta increíblemente insegura economía
capitalista neoliberal?
En un nivel
fundamental, la definición de Marx del proletario es una persona que está
separada de la tierra, separada de las condiciones ecológicas de la vida misma.
Si empezamos a pensar la cuestión ambiental a partir de una política de la
clase trabajadora, en última instancia, debería tratarse de dos cosas. En
primer lugar, obviamente dar a la clase trabajadora más seguridad material
sobre las necesidades básicas de la vida: alimentos, energía, atención
sanitaria y más. En segundo lugar, también deberíamos pensar en dar a esta
clase trabajadora que ha sido separada de los sistemas ecológicos un poder
democrático popular sobre nuestra relación social con el medio ambiente. Porque
ese es el problema fundamental: no tenemos ningún poder sobre lo que está
ocurriendo con nuestras relaciones metabólicas con la naturaleza. Somos
impotentes. Por eso nos sentimos tan mal respecto al cambio climático.
Simplemente sigue ocurriendo y no hay nada que podamos hacer al respecto. El
objetivo fundamental, por tanto, debería ser ganar poder democrático sobre la
producción para que podamos empezar a dar forma a nuestra relación con la
naturaleza y detener esta crisis, que se está saliendo de control.
A. Z. / A.
B. : También ha
señalado que si bien hay un renacimiento del marxismo medioambiental en las
últimas décadas, esa corriente tiende a situar la crisis ecológica fuera de la
producción y que es esta concepción la que nos aleja de entender la política
climática como política de clase. Irónicamente, esta variedad de marxismo
se hizo popular en un momento en el que el neoliberalismo triunfaba a nivel
mundial, en que nuestra sociedad se reestructuraba bajo parámetros
decididamente de clase. ¿De dónde viene esta disonancia?
M. H.: Me gusta citar a Warren Buffett, una de las personas
más ricas de Estados Unidos, que dijo en 2006: "Sí, por supuesto que
tenemos una guerra de clases y es mi clase la que la está ganando". Eso
básicamente resume tres décadas de inmensa consolidación del poder de la clase
capitalista sobre la clase trabajadora, un proceso que se ha producido desde
los años 70. Así que lo dijo muy bien: había mucho entusiasmo y energía en
torno a los llamados nuevos movimientos sociales, y por una buena razón.
Realmente estaban planteando poderosas críticas a la sociedad en líneas
medioambientales, feministas y antirracistas.
En el ámbito
medioambiental, Ted Benton, por ejemplo, decía: "Estas luchas no son como
las que se dan en el punto de producción. Eso es lo que les importaba a los
viejos obreros de las fábricas. Pero ahora somos ecologistas y nos preocupa
esta reproducción más amplia de la vida fuera de la fábrica". Hasta cierto
punto, eso es cierto, porque a un nivel fundamental, los sistemas ecológicos
son en los que se basa la producción capitalista. Marx lo demostró cuando los
llamó "regalos gratuitos de la naturaleza" para la producción
capitalista. Si quieres cortar un árbol, tienes que depender de todos estos
sistemas hidrológicos y microbios del suelo y todo lo demás fuera de la forma
de la mercancía que son parte integral de esas mercancías que se producen. Así
que esos "regalos gratuitos de la naturaleza", esos sistemas
ecológicos, son cruciales para la producción, y están siendo destruidos
sistemáticamente por el capitalismo.
Pero al teorizar
constantemente la ecología como algo externo a la producción se pierde de vista
algo importante. Si queremos saber quién es el responsable de la destrucción de
estos sistemas externos, bueno, una vez más, tienes que mirar a la gente que
controla el punto de producción, la gente que se está beneficiando de la
producción. Si empiezas a pensar de esa manera, empiezas a recordar que también
hay un montón de trabajadores en ese punto de producción que tienen poder
estructural e influencia en virtud de su trabajo, porque pueden negarse a
trabajar o ir a huelga, presionando así a las élites.
A. Z. / A.
B.: Respecto a ese punto sobre el poder estructural, hubo un artículo ayer
en el Washington Post de un grupo de investigadores que realizaron un
análisis empírico de los movimientos de protesta del siglo XX y XXI. La única
variable crucial para el éxito fue la participación de la clase trabajadora
industrial. ¿Supongo que eso no le sorprende?
M.
H.: Sí, lo he visto. No me
sorprende. Eso también es un problema, porque gran parte de la clase
trabajadora industrial está vacía, al menos, en los países que son más
responsables históricamente del cambio climático. Así que es necesario volver a
tener una solidaridad internacional entre los trabajadores, porque si miras lo
que Marx llamó "la morada oculta" de la producción, gran parte de
ella ya no está en el norte global. Gran parte está en China, obviamente, pero
también en muchos otros países del sudeste asiático y en América Latina.
La crisis climática
es consecuencia de nuestros métodos de producción. Últimamente me ha interesado
mucho entender que el núcleo de la crisis climática puede resolverse a través
del sistema eléctrico. La gente lo llama la estrategia de electrificar todo,
limpiar la electricidad, pero luego electrificar partes de la economía que no
son eléctricas. He estado pensando mucho en cómo los trabajadores del sector de
la energía eléctrica y del sector de los servicios públicos tienen una inmensa
influencia y presencia allí mismo, en el punto de producción del propio sistema
que, si podemos transformar, catalizará –con suerte– una transformación más
amplia de todo el sistema energético. Y, lo que es aún más significativo, en
Estados Unidos (y me imagino que en la mayoría de los países) la empresa de
electricidad ya es una de las más sindicalizadas de la economía. Así que existe
una base de poder estructural e institucional con la que el movimiento
climático debe comprometerse más.
A. Z. / A.
B.: Cuando imaginamos esta
transición a la energía limpia o a la energía verde, también queda claro que
hay ciertos sectores en los que la pérdida de empleos va a ser un
problema. En este momento, desafortunadamente, es principalmente la
derecha la que está formulando la política climática como una cuestión de
clase, siempre que hacen campaña para asegurar puestos de trabajo en industrias
dañinas para el medio ambiente. La perspectiva más prometedora de la izquierda
para cortar esta aparente contradicción entre la política climática y la seguridad
laboral, es un Green New Deal con garantía de empleo. ¿Cómo comunicamos esto de
forma convincente a una clase trabajadora industrial que ha tenido la
experiencia de quedar al margen de los grandes cambios estructurales? A veces
hay un escepticismo comprensible hacia esta oferta, porque casi parece que es
demasiado buena para ser verdad: todo el mundo consigue un trabajo en el sector
de la energía verde, bien remunerado, sindicalizado y será un trabajo
gratificante.
M.
H.: Me parece que al hablar
de una transición, la gente piensa que lo tenemos todo resuelto. Como
si fuera una mera transición. Pero tienes razón, es un reto difícil en general.
El problema es que en Estados Unidos, al menos, la expansión de las energías
renovables, que es significativa, incluso se dispara. Todo el mundo habla de lo
baratas que son ahora y todo el mundo está muy entusiasmado, pero, por
desgracia, está siendo impulsada por el pequeño capital. Pequeño capital
renovable que está descentralizado y a pequeña escala. Ya sabes, todo el mundo
sueña con esta economía de energía renovable descentralizada mientras que en
realidad está sucediendo, pero está siendo impulsada por esta clase pequeño
burguesa de pequeños capitalistas renovables. Estas industrias no están
sindicalizadas. Son casi totalmente antisindicales y los trabajos en este
sector no están especialmente bien pagados.
Creo que si
queremos ganarnos a los sindicatos tendremos que intentar atraer más
inversiones dirigidas por el sector público, un programa público de construcción
de energía verde con una garantía de empleo, pero también con una garantía de
que estos proyectos públicos van a contratar a trabajadores sindicalizados y
emplear a trabajadores sindicalizados para la construcción de este sistema de
energía limpia. Porque si nos limitamos a dejar que el mercado lo haga, en
primer lugar, no nos decarbonizaremos a la velocidad o la escala que
necesitamos, pero en segundo lugar, seguirá sin ser algo bueno para los
sindicatos. De hecho, la gente de las centrales eléctricas argumenta que estos
desarrollos de energía renovable están destruyendo sus puestos de trabajo.
Desgraciadamente,
creo que demasiados ecologistas tienen esta especie de sentimiento sobre los
paneles solares y los parques eólicos, como si fueran intrínsecamente naturales
y buenos. La gente no está pensando lo suficiente en las relaciones sociales de
producción de quién va a controlar estos recursos de energía renovable, cómo se
va a determinar la inversión. ¿Podemos tomar el control público de esa inversión
de forma que podamos atraer a los sindicatos y ampliarlos? Si lo hacemos,
entonces se empieza a construir una base más amplia para ese tipo de programa
energético. Pero por el momento se está haciendo de esta manera salvaje, con
altos niveles de volatilidad en el mercado, dependiendo de los subsidios
públicos y de los créditos fiscales para el desarrollo de las energías
renovables. Así que no hay mucho entusiasmo en la base social en torno a este
tipo de desarrollo descentralizado y desordenado. De hecho, hay mucha
resistencia a ella en las zonas rurales.
A. Z. / A.
B.: Otra cosa que me preguntaba, cuando mencionaba los sistemas de energía
limpia y la producción de estos sistemas de energía limpia, es cómo se
relaciona esto con la cuestión de la extracción de recursos. Es obvio que
dependerá de la extracción de ciertos recursos naturales y que la mayoría de
ellos se encuentran en el Sur Global. Los países que son muy ricos en estos
recursos rara vez se benefician de ellos y, en su mayoría, solo se convierten en
objeto de relaciones comerciales muy explotadoras con el norte. E intentar
recuperar sus recursos, como ocurrió (o al menos se intentó) en Bolivia, ha
resultado sumamente difícil. Entonces, ¿cómo afectaría esta transición el orden
mundial?
M.
H.: Absolutamente. Estoy
seguro de que has oído hablar de mi compañera de los Socialistas Democráticos
de América, Thea Riofrancos, que ha trabajado mucho en la extracción de litio
en Chile. Ella tiene algunas ideas realmente interesantes sobre la solidaridad
internacional a lo largo de las cadenas de suministro. De nuevo, probablemente
sea molesto para algunas personas, pero cada vez que empiezo a pensar en la
crisis climática, empiezo a pensar en formas muy básicas, casi aburridas y
obvias, de la vieja escuela del pensamiento socialista marxista. Y eso te lleva
a algunas conclusiones. Obviamente, el programa socialista de la vieja escuela
consistía en que los trabajadores del mundo se unieran. Se trataba de la
solidaridad internacional. Creo que la solidaridad de los trabajadores es
crucial, porque hay trabajadores a lo largo de estas cadenas de suministro que
son, digamos, explotados de forma desigual.
Es muy fácil que
algunos trabajadores del norte tengan mejores condiciones a costa de la
extracción de materias primas superexplotadas en el Sur Global. Por otra parte,
la clase capitalista tiene mucha solidaridad internacional. Y por eso es capaz
de encontrar estas áreas donde hay recursos minerales y simplemente extraerlos
con enormes rentas y beneficios, dejando los residuos y la destrucción para las
comunidades. Es un problema del poder capitalista, que tiene demasiado y lo
utiliza para superexplotar a estas comunidades rurales marginadas del Sur
Global.
Estas comunidades
están siendo desplazadas, pero también hay trabajadores en esas minas,
trabajadores en el punto de producción. A veces ni siquiera son locales, sino
que son traídos de otras partes del mundo. Pero esos trabajadores tienen poder,
y tenemos que empezar a pensar en cómo organizamos no solo a los trabajadores
de la fábrica de paneles solares, sino también a los trabajadores de la mina
que está extrayendo el litio u otros materiales. Mientras la clase obrera sea
derrotada globalmente, no va a tener ese tipo de contrapoder que necesitamos
para hacer frente al poder incontrolado del capital en todo el mundo. Así que,
por desgracia, todo esto nos lleva al difícil imperativo de organizar el poder
de la clase trabajadora.
A. Z. / A.
B.: Tienes un artículo en el que se presenta una alternativa a las
llamadas perspectivas de decrecimiento. Esta cuestión del extractivismo aparece
constantemente cuando hablamos de crecimiento o decrecimiento. Si nos quedamos
en el contexto de América Latina, en Ecuador parece que el tema del
extractivismo realmente es lo que está fracturando a la izquierda. Por un lado,
bajo el gobierno de Correa, grandes franjas de la población han salido de la
pobreza. Se fomentó un gran crecimiento porque se industrializó el país y se
ampliaron las infraestructuras. Pero, por otro lado, todo esto hizo necesario
el aumento de la extracción de recursos con todas las consecuencias negativas
que esto tiene para las comunidades del lugar. ¿Dirías que éste es tal vez un
ejemplo en el que la preocupación por el medio ambiente, por un lado, y el
crecimiento económico, por otro, están enfrentados?
M.
H.: De nuevo, creo que Thea
podría responder la pregunta mucho mejor que yo. Otra cosa desafortunada de la
situación allá es que están exportando mucho de sus materias primas a China,
que es lo que les está dando dinero que luego puede fluir hacia la
infraestructura. Estoy más alineado con la perspectiva de que la izquierda
necesita comprender cómo construir poder. Necesitamos ejercer el poder si vamos
a ser capaces de construir una economía política alternativa. Así que simpatizo
bastante con los proyectos de la Marea Rosa, estos proyectos hicieron poder y
lo han mantenido.
Lamentablemente,
en muchos casos, ese poder estaba sustentado en la extracción de petróleo, gas,
minerales, etc. Y cuando hay extracción, a menudo hay comunidades que son
desplazadas o envenenadas. Para mí, la cuestión es si la izquierda puede
empezar a construir instituciones capaces de integrar mejor a las comunidades
locales en sistemas democráticos que puedan realmente dar forma a cómo se produce
la extracción, que incluso tengan la capacidad de decir: «En realidad, no, no
vamos a tener la extracción aquí porque esto es demasiado importante para
nosotros como comunidad».
En el capitalismo,
obviamente, estas comunidades no tienen voz. El capitalismo no es una
democracia. Las empresas hacen todo este lavado de cara verde donde tratan de
decir que la comunidad está participando en los proyectos. Pero eso no es una
verdadera configuración democrática de la producción, que es lo que quieren los
socialistas. Me gustaría pensar que si la izquierda en América Latina hubiera
sido capaz de aprovechar el poder que había construido y ampliarlo de esa
manera, tal vez podrían haber creado estructuras de extracción que no fueran
tan destructivas y antidemocráticas, estructuras que sí tuvieran en cuenta las
preocupaciones de las comunidades locales. En última instancia, cualquier
socialista va a querer que la producción sea siempre democrática para integrar
al mayor número posible de personas en las decisiones sobre cómo se desarrolla.
Tal vez incluso se podrían ponderar más las voces democráticas cuando se
encuentran en las comunidades afectadas por la extracción, probablemente
deberían tener más voz sobre estos procesos que las personas que se encuentran
en las ciudades. Deberíamos encontrar formas de crear instituciones
democráticas que puedan dar forma a la producción de manera que tenga más
sentido para la comunidad, que es realmente donde se produce.
A. Z. / A.
B.: ¿Se podría decir que no es lo mismo la defensa del decrecimiento que
estar en contra del desarrollo per se? Me parece que a veces, en estos debates, cuando la gente intenta
defender su posición, básicamente dicen que no se trata en absoluto de recortar
el PIB y hacer que todo el mundo viva mal, sino que afirman que solo quieren
reducir las industrias que son perjudiciales y limitar el uso de la energía en
el Norte. Hasta dirían que en realidad quieren fomentar el crecimiento en el
Sur Global. ¿Es sólo una confusión semántica, o son proyectos políticos muy
diferentes el decrecimiento y el tipo de modernismo socialista que usted
propone?
M.
H.: Lo primero que puedo
decir es que una cosa que me frustra del decrecimiento es que a menudo dicen
cosas como: "Bueno, en realidad lo que queremos es reducir el consumo del
Norte Global y aumentarlo para el Sur Global". Pero para mí, el conflicto
de clases no es territorial en ese sentido. No es como si en el Norte Global a
todo el mundo le fuese muy bien y los únicos explotados estuviesen en el Sur
Global. Hay una increíble desigualdad dentro del Norte Global. Así que, de
nuevo, si empiezas a pensar en la situación global como un conflicto entre el
capital y la clase trabajadora, o incluso lo que Mike Davis llamó el
proletariado informal, que es mucho más numeroso que la clase trabajadora
proletaria tradicional (por no hablar de las clases campesinas y los pueblos
indígenas y todos estos grupos subalternos), hay mucha gente a la que no le va
bien.
En mi país, algo
así como el 70% de los estadounidenses casi no tienen dinero en el banco, la
gente está muriendo por falta de insulina, por falta de atención sanitaria
básica, y millones de personas están pasando hambre a raíz de esta pandemia. En
la estela del neoliberalismo, las masas tienen tantas dificultades económicas
que no tiene sentido decir, «sí, simplemente vamos a reducir el consumo en el
Norte Global». Bueno, ¿y qué pasa con toda esa gente que no puede comer en el
Norte Global? Ese es uno de mis grandes problemas con el decrecimiento.
Como has dicho, a
veces es solo semántica. Yo veo la cuestión así: ¿Vas a ganar apoyo predicando
vivir con menos? Si tu bandera es decrecimiento, en medio de una época de
austeridad ya devastadora, ¿cómo vas a construir el tipo de entusiasmo popular
masivo para tu programa?
Cuando les
planteas estas cuestiones, siempre dicen: "No, pero queremos todas
estas cosas buenas, como una semana laboral más corta. Queremos tener más
tiempo". Hay cosas que sí quieren aumentar, en realidad, con las que estoy
de acuerdo. Jason Hickel habla de desmercantilizar los servicios básicos y de
la expansión del sector público de los bienes básicos, y estoy de acuerdo con
eso. Pero todo eso es una expansión de la actividad económica. Es ofrecer más a
la clase trabajadora, pero lo que invoca toda la idea del decrecimiento es que
inicialmente vas a pensar menos.
También creo que
cae en la trampa del propio PIB, que mide las sociedades en su conjunto. Cuando
el PIB aumenta, eso debe significar que toda la sociedad va bien. Pero el
agregado no capta la increíble desigualdad dentro de una nación o una sociedad.
Y aunque a algunas personas les va fantásticamente bien en nuestra sociedad, a
la gran mayoría no. No es más o menos, es menos para unos pocos y más para
muchos. Tenemos que volver a ese tipo de análisis de clase que dice, no, es la
pequeñísima minoría de capitalistas la que necesita decrecer. Necesitan menos,
necesitan mucho menos. Tenemos que gravarlos más, tenemos que erosionar su
poder sobre la riqueza y tenemos que crear más para las masas que están
sufriendo.
A. Z. / A.
B.: ¿Crees que la situación de clase del movimiento ambientalista también
tiene que ver con no prestar atención a la producción y a los detalles
tecnológicos específicos? ¿Estamos perdiendo el conocimiento práctico de la
clase trabajadora en la transición energética por no poner el foco en una
política de clase trabajadora?
M. H. :Sí, es un punto muy importante. Puede que no funcione,
pero me ha entusiasmado la idea de intentar poner el foco en los sindicatos en
el sector eléctrico, ya que van a ser muy importantes en esta transición de
descarbonización.
Muchos de esos
trabajadores se clasificarían más como clase profesional porque tienen títulos,
son ingenieros. Tienen un enorme conocimiento del punto de producción. Algunos
de los sindicatos también representan a los trabajadores más manuales, los
trabajadores de mantenimiento que hacen el trabajo más duro en esos sistemas de
servicios públicos, como los trabajadores de línea, que es realmente un trabajo
muy peligroso. Pero hay un conocimiento increíble allí. Y eso, de nuevo, se
remonta a un viejo tropo socialista marxista de que, ya sabes, son los
trabajadores los que mejor conocen el sistema. Ellos son los que lo mantienen
en funcionamiento. Son los que lo mantienen, y si algún día pudieran realmente
dirigirlo, sería mejor.
Pero para la clase
profesional, que tradicionalmente se define como la gente que hace trabajo
mental o de conocimiento en la llamada «economía del conocimiento», la
producción es más bien un objeto de conocimiento y estudio. Y sus conclusiones
suelen ser: «Bueno, mira toda la destrucción que conlleva esto, mira lo malo
que es», en lugar de estar presente y querer transformar ese sistema. No
pretenden entender cómo todas nuestras vidas dependen realmente del funcionamiento
de esos sistemas, y que en realidad tenemos que pensar en transformarlos en
lugar de descartarlos.
A. Z. / A.
B.: Cuando hablamos del clima, muchas veces se discute como si fuera una
cuestión de conocimiento. O aceptas este conocimiento o lo niegas; tienes este
conocimiento y entiendes lo que es el cambio climático y esto ya por sí te va a
politizar. Pero hemos visto que eso no es cierto. ¿Cómo salimos de esta
situación? ¿Cómo nos movilizamos por una política climática de izquierdas?
M.
H.: Obviamente, creo que la
ciencia es importante. Cuando se defiende un tipo de modernismo socialista como
el que yo defiendo, se debería tomar un momento y decir: "¿No es asombroso
que nuestra especie entienda estos sistemas como el clima; que sepamos que estamos
en esta crisis hasta el punto en que lo estamos? ¿Que conozcamos las formas en
que estos gases interactúan con la atmósfera de manera que están provocando
estos efectos?". Así que la ciencia en sí misma es realmente sorprendente.
Pero, como dicen,
cuando se hace política sobre si se cree o no en la ciencia, se aleja a mucha
gente que podría no entender la ciencia o no querer entender los complejos
procesos bio y geoquímicos. Y también conduce a un gran problema entre los
creyentes liberales de la ciencia, que es que miran por encima del hombro y son
bastante soberbios con las masas. Eso es simplemente contraproducente.
También existe
esta teoría liberal del cambio que asume que si las masas entendieran la
ciencia, entonces la acción seguiría naturalmente. Este modo de análisis parece
sugerir que lo peor que hace la industria de los combustibles fósiles es
difundir la negación del clima, cuando lo que hacen es controlar materialmente
nuestro sistema energético.
Creo, y muchos
otros lo han dicho, que el movimiento climático gira en torno al Green New
Deal, encontrando una mejor articulación de estas políticas. Si hacemos que la
política climática se centre en mejorar las cuestiones materiales de tu vida,
no tenemos que explicarte el efecto invernadero, no tenemos que convencerte de
la urgencia científica. Solo tenemos que decir que esto es algo que te va a dar
trabajo, que va a desmercantilizar tu electricidad y que va a ir en contra de
esa empresa de servicios públicos que odias y que te está estafando y subiendo
los precios. Si construimos el movimiento en torno a mejoras materiales
directas, visibles y fáciles de entender, crearemos una base de apoyo popular
porque eso es lo que sabemos que funciona políticamente. Sabemos que cuando se
implementan programas que son universales y beneficiosos para las masas, se
vuelven inmensamente populares.
Pero tenemos que
reconocer que no podemos limitarnos a darle cosas a la clase trabajadora y así
comprar su apoyo para ganar una transición de descarbonización. Creo que
también tenemos que pensar en cómo ganar a la clase trabajadora para una visión
más amplia de la crisis climática como algo real que tenemos que tomar en
serio; algo que debe unirnos como especie, pero también como países y partidos
políticos, para resolver. Y si vamos a hacerlo, creo que debemos revivir la
idea de la producción y la inversión democrática: que la forma en que
producimos las cosas que necesitamos debe ser algo en lo que la sociedad tenga
voz y control. Tenemos que establecer ese vínculo y mostrar cómo esa democracia
es ecológica. La gente debería sentir que forma parte de un proyecto
democrático más amplio para resolver realmente esa crisis mediante la
democratización de nuestros recursos productivos. Eso también debería formar
parte de estas políticas. Que no se trate solo de darte cosas, sino de
convertirte en un agente de transformación de todo el sistema. Y como la clase
trabajadora es la gran mayoría de cualquier sociedad capitalista, tiene que ser
el núcleo de cualquier visión democrática de la política climática.
Astrid
Zimmermann, es editora de Jacobin
Alemania.
Alexander
Brentler, es colaborador
de Jacobin Alemania.
https://jacobinlat.com/2021/04/22/la-crisis-climatica-es-una-lucha-de-clases/
Fuente: https://vientosur.info/la-crisis-climatica-es-una-lucha-de-clases/