martes, 31 de agosto de 2021

28 de agosto 2021: ¿UN ACTO IRREVERENTE O LEGÍTIMO?

 

Señal de los nuevos tiempos: Por vez primera los tacneños(as), descendientes de lupacas - aymaras, bajan llevando la bicolor hacia el paseo cívico. Un 28 agosto 2021 singular que habrá de dar paso a una verdadera integración de todas las sangres y culturas en un futuro no muy lejano. ¡Viva Tacna! ¡Viva el Nuevo Perú que está naciendo! ¡El futuro es nuestro!


 Publicado el 28 de agosto 2021 en:

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sábado, 28 de agosto de 2021

¿EN QUÉ PIENSAS CUANDO DIGO PROGRESO?

 


Kevin Helpy Montoya-Cruces

Cuando el ser humano entienda que el llamado progreso no se basa en favorecer a una minoría y olvidar a las grandes mayorías, podrá lograr desarrollar una conciencia social-humanitaria. Nuestros pueblos no se equivocan al decir de forma clara y profunda: «Sólo cuando el último árbol esté muerto, el último río envenenado, y el último pez atrapado, te darás cuenta de que no puedes comer dinero» (Sabiduría indoamericana).

Usualmente se cree que las grandes empresas o las famosas transnacionales llevan desarrollo a todos los países, en especial a los mal llamados tercer-mundistas, dichas empresas actúan con gran seguridad porque en sus fines solo se encuentra el afán de lucro, ese pensamiento libera de preocupaciones pues, al no tener otro fin solo se centra en su propio bienestar, ya sea político, económico, etc.

Todos los pueblos nuestroamericanos en diversas ocasiones han obtenido infinidad de problemas, ocasionados por el egoísmo y egocentrismo de diferentes empresas que, con el afán de ocupar extensas tierras, no les importaba desalojar a los habitantes, destruir un ecosistema y terminar con una cultura.

Las grandes empresas utilizan diversos recursos para obtener lo que desean, su concepto de progreso va de la mano con la visión cegada, totalmente desligada de la realidad. Desligada porque en el querer alimentar su egocentrismo y apaciguar sus deseos de obtener más, terminan con lo que supuestamente es su materia o herramienta de trabajo.

Si pensamos y somos empáticos con las realidades que vive cada ser humano, podemos entender que la vida no se trata de almacenar riquezas, un hombre que trabaja en el campo normalmente cuida su tierra, porque sabe que es vida, Pachamama; es agradecido con el agua y todos los recursos que están a su alrededor, porque convive con la naturaleza, porque es su habitad de vida, mas, los dueños de grandes empresas, no viven y menos conviven donde trabajan, solo explotan y esperan riquezas.

Las grandes empresas utilizan diversos recursos para obtener lo que desean, su concepto de progreso va de la mano con la visión cegada, totalmente desligada de la realidad.

La tendencia de la realidad donde vivimos es la destructora, con poca conciencia natural, porque desde pequeños en la mayoría de las personas se las implantado la idea de estudiar y trabajar en un lugar donde te de dinero, y si logras obtener un gran poder político o económico, debes utilizarlo para conseguir más.

Esta idea egocéntrica debe ser totalmente eliminada, pues, para conseguir ser una persona pudiente no se necesita pisotear a los demás, mucho menos destruir nuestra naturaleza, es de humanos destruir su propia habitad de vida pero, también es de humanos poder reparar y sanar todo lo que se ha destruido, porque en nuestras manos, en nuestras voces esta la opción de amar y dar vida, como también la de odiar y destruir, tal vez suene utópico pero, sería muy interesante obtener una generación educada con amor, conciencia critica y respeto por la vida.

No nos sorprendamos que cuando queramos proteger nuestro medio ambiente, nuestra tierra, nos lloverán bombas y gases que nos harán llorar, pues así actúan las personas que poseen gran poder económico, pueden comprar a otra persona que no posea conciencia propia, y hacerla luchar por ellos sin razón alguna, Sun Tzu decía conócete a ti mismo y conoce a tu oponente. Si dispones de uno de estos dos conocimientos, pero careces del otro, quedarás a mitad de camino de la derrota (p. 147). No tenemos que dejarnos amedrentar por los galgos de poder, tenemos que hacerles entender que la tierra es vida y se respeta.

La mayoría de veces tenemos un pensamiento explotador, creemos en el progreso que nos predican las grandes empresas, el motivo es que estamos desinformados o tal vez tenemos información equivocada, existen medios de comunicación que no deberían hablar por el pueblo, deberían decir claramente que hablan por (los intereses de) sus financiadores; conceder demasiado valor a la opinión es una superstición universalmente dominante que ejerce en todo caso sobre nuestra conducta una influencia desmesurada y hostil a nuestra felicidad (p. 195). Entonces debemos combatir con ideas y pensamiento reflexivo la famosa dominación masiva de las grandes empresas.

Es una obligación de todos cuidar nuestro habitad de vida, nuestra tierra. Las empresas deben trabajar bajo un pensamiento crítico, creativo e introspectivo que dentro de sus principios se encuentre cuidar la salud ambiental, priorizando el desarrollo sostenible y evitando el deterioro del medio ambiente, utilizando la información actual a través del conocimiento válido y adaptándolo a criterios éticos y morales en la comprensión del aprovechamiento informático científico. (Pineda, E. F., & de Navarro, 2007).

Es necesario optar por una conciencia ambiental, pues cada vez tenemos muchos problemas con nuestra naturaleza, si esto no cambia probablemente desapareceremos junto a nuestra tierra, empecemos conociendo nuestros pueblos profundos, nuestra gente originaria, cultivemos el concepto de convivencia, de respeto al otro y por supuesto demos un giro decolonial a todo el pensamiento explotador, en nuestras manos y nuestras ideas esta cambiar el futuro.

Referencias bibliográficas

Pineda, E. F. & de Navarro, T. F. (2007). “La tecnología y el ambiente: consolidación de la ecoeficiencia o del ecoenfrentamiento”. Revista Electrónica de Estudios Telemáticos, 62–80.

Schopenhauer (2019) Aforismos sobre la sabiduría en la vida Parerga y Paralipomena. Ingenios.

Sun Tzu (2019) El arte de la guerra. Ingenios.

Fuente: https://barropensativocei.com/2021/08/27/en-que-piensas-cuando-digo-progreso/

 

viernes, 27 de agosto de 2021

¿QUÉ PENSABA MARX DE LA DEMOCRACIA?

 

Monumento a Karl Marx en Chemnitz, Alemania

Bruno Leipold

Traducción: Valentín Huarte

Suele pensarse que Marx es un teórico que se dedicó exclusivamente a la economía. Pero el reconocido socialista fue también un demócrata convencido.

La idea de que las instituciones democráticas no funcionan se está volviendo cada vez más común. Pero los socialistas democráticos de todo el mundo son conscientes de que el movimiento por un orden social más justo es indisociable del impulso hacia la democratización de nuestros sistemas políticos.

En todos lados, los problemas parecen ser los mismos: la influencia de las élites y de las empresas sobre los procesos de decisión, los poderes ejecutivos que prescinden de todo tipo de control popular, los representantes distantes e irresponsables. Nuestros sistemas políticos alienan cada vez más a aquellos que están sometidos a sus decisiones y amenazan con obstaculizar la labor de cualquier gobierno socialista que logre llegar al poder. Menos evidentes son los cambios concretos que serían capaces de revertir la situación.

En este sentido, los escritos políticos y jurídicos de Marx son una fuente que merece cierta atención. Esto tal vez sea una sorpresa para mucha gente, dado que suele considerarse a Marx como un pensador exclusivamente económico, que tiene poco para decir sobre el diseño de las constituciones y de las instituciones políticas.

Y es verdad que Marx nunca escribió nada semejante a una teoría constitucional propia. Pero este gran socialista fue también un demócrata convencido. Sus escritos plantean una crítica bien matizada del constitucionalismo liberal y del gobierno representativo, a la vez que bosquejan la forma que podrían adoptar las nuevas instituciones populares capaces de reemplazarlos.

Muchas de estas ideas —la necesidad de garantizar la responsabilidad de los representantes, la importancia del poder legislativo sobre el ejecutivo y la necesidad de una transformación popular más amplia de los órganos estatales, especialmente de la burocracia— fueron inspiradas por la experiencia de la Comuna de París, levantamiento obrero que tomó brevemente el poder de la ciudad francesa entre marzo y mayo de 1871. También empalmaban con una tradición radical de pensamiento político más antigua, que abarca a los cartistas británicos, a los demócratas franceses y a los antifederalistas estadounidenses (tradición que Karma Nabulsi, Stuart White y yo exploramos en nuestro próximo libro, Radical Republicanism).

Sería un error concebir las ideas de Marx como una guía de acción que debe aplicarse rígidamente. Sucede que sus escritos no entran en detalles (lo que no debería sorprender viniendo de alguien que se opone a escribir «recetas para las cocinas del futuro»), pero, en realidad, ningún pensador debería ser tratado como un repositorio fijo de verdades. Con todo, cuando abordamos el problema de la democratización de nuestras instituciones políticas, los escritos de Marx son una fuente importante.

A la vez, estos escritos nos brindan la oportunidad de recordar la centralidad que tiene la democracia en el proyecto socialista. No solo es cierto que la democracia es una precondición esencial para construir el socialismo, sino que nuestra motivación para democratizar el sistema político emana de la misma fuente que nuestro deseo de democratizar la economía: la gente debería controlar las estructuras y las fuerzas que definen sus vidas.

«El sufragio universal serviría al pueblo»

Marx creía que el sufragio universal era un prerrequisito del socialismo. En sus momentos de mayor optimismo, pensaba que su «resultado inevitable […] es la supremacía política de la clase obrera».

Pero estaba preocupado porque pensaba que el gobierno representativo, al conceder una gran discreción a los funcionarios cuando debían definir su conducta en los cuerpos legislativos, debilitaba el potencial emancipatorio del voto. Las elecciones regulares brindan a los votantes un poder de sanción importante (pueden optar por echar a las autoridades que tuvieron un mal desempeño), pero los representantes no están atados formalmente a la voluntad del electorado. Marx creía que esto creaba funcionarios irresponsables, más proclives a representar sus propios intereses corporativos que los de sus votantes.

Proponía distintos mecanismos para achicar la brecha entre representantes y representados, con especial énfasis en los mandatos revocables. De esa forma, los ciudadanos tendrían el poder de sancionar inmediatamente a los representantes, sin tener que esperar años hasta las próximas elecciones. Marx destacaba cómicamente que, si bien los patrones confían en el «sufragio individual» para «colocar a cada hombre en el puesto que le corresponde y, si alguna vez se equivocan, reparan su error con presteza», se horrorizan frente a la idea de que el sufragio universal debería garantizar un poder similar para los votantes.

Marx también apoyaba el «mandato imperativo», es decir, un modo de representación en el que los funcionarios electos tienen la obligación de respetar las directivas de sus votantes. De esta manera, los ciudadanos tienen una influencia directa en el proceso legislativo y evitan que los funcionarios electos incumplan sus promesas de campaña. Por último, Marx criticaba los mandatos parlamentarios demasiado largos y abogaba por realizar elecciones con mucha más frecuencia. Al comentar la reivindicación cartista de elecciones anuales, Marx notó que era una de las «condiciones sin las que el sufragio universal se convertiría en una mera ilusión para la clase obrera».

En conjunto, argumentaba Marx, estas medidas transformarían el sistema de gobierno representativo: «En vez de decidir una vez cada tres o seis años qué miembro de la clase dominante malinterpretará al pueblo en el parlamento, el sufragio universal […] serviría al pueblo».

En la política contemporánea, la izquierda no siempre tiene tanto éxito como la derecha a la hora de estimular la indignación frente a esos representantes irresponsables y distantes. Boris Johnson y sus amigos de los medios lograron convertir efectivamente la bronca de los votantes, que querían abandonar la UE durante el Brexit, en un relato que enfrentaba al «pueblo contra el parlamento». En Italia, la derecha populista del Movimiento 5 Estrellas tuvo mucho éxito cuando atacó a los políticos corruptos y prometió implementar un mandato imperativo entre sus representantes y sus miembros. Esto hace que los liberales rechacen de forma apresurada las críticas contra el gobierno representativo y las contramedidas como el mandato imperativo, argumentando que se trata de políticas populistas inaceptables.

Pero sería un error que la izquierda le cediera este terreno a la derecha. Es cierto que las sugerencias de Marx no nos brindan una fórmula institucional precisa, pero deben formar parte de nuestro arsenal constitucional cuando nos planteamos la posibilidad de tener representantes responsables y de garantizar que la voz y el voto de los ciudadanos cuenten realmente.

Una crítica al ejecutivo

A pesar de sus dudas en cuanto a la democracia representativa, Marx pensaba que el poder legislativo era fundamental en toda política democrática. Elogiaba a la Comuna de París por haberles asignado a los miembros del consejo comunal puestos de tipo ministerial, en vez de crear un presidente y un gabinete separados de la legislatura.

Para Marx, el poder ejecutivo excesivo era todavía más peligroso que los representantes distantes y alejados del pueblo. Criticaba especialmente la Constitución francesa de 1848 (que fundó la Segunda República) y condenaba al documento por plantear la figura de un presidente, elegido directamente, que gozaba del derecho de absolver criminales, pasar por encima de los consejos locales y municipales, iniciar tratados extranjeros, y, más grave todavía, designar y despedir ministros sin consultar a la Asamblea Nacional. Marx insistía en que esto generaba un presidente con «todos los atributos de la realeza» y una legislatura que perdía «toda influencia real» sobre las funciones del Estado. La constitución, argumentaba, simplemente había reemplazado la «monarquía hereditaria» por una «monarquía electiva». Cabe mencionar que la constitución actual de Francia, adoptada en 1958 bajo el gobierno de Charles de Gaulle, fue diseñada específicamente para concentrar el poder en manos del ejecutivo (un legado recibido con entusiasmo por el presidente Emmanuel Macron).

Un motivo por el que Marx polemizaba con los ejecutivos poderosos era que escapaban al control, la supervisión y el escrutinio populares. También era consciente de la naturaleza personal del poder presidencial, con estos líderes que se presentaban como la «encarnación […] del espíritu nacional», en posesión de «una especie de derecho divino» concedido «por la gracia del pueblo».

En cualquier caso, los escritos de Marx nos recuerdan que no debemos confundir la crítica del parlamentarismo (la idea de que las autoridades electas son los protagonistas de los proyectos de reformas) con un ataque indiscriminado a los órganos legislativos en general. Sin duda, los parlamentos existentes dejan mucho que desear y plantean toda una serie de problemas organizativos que atañen a la relación entre el movimiento socialista en general y la representación socialista en el parlamento.

Pero la respuesta no puede pasar por abrazar el poder de las cortes y de los tribunales con el fin de defender y hacer avanzar ciertos objetivos progresistas, ni tampoco por poner a un socialista a cargo de un ejecutivo todopoderoso, es decir, abandonar por completo el plano de la representación legislativa. En el caso de Estados Unidos, por ejemplo, la legislatura es la más democrática de las tres ramas del Estado —no por nada los fundadores federalistas pusieron mucho ahínco en limitar sus poderes— y los socialistas democráticos deberían defenderla de toda intrusión judicial y ejecutiva.

Transformar la burocracia

Las ideas de Marx sobre la representación y la legislatura implicarían reformas serias y de largo alcance en el caso de la mayoría de los gobiernos representativos modernos. Pero es su perspectiva sobre la burocracia la que se aleja más radicalmente de los sistemas políticos con los que estamos familiarizados.

Marx buscaba transformar el Estado con el fin de posicionar a los trabajadores comunes en el corazón de la administración pública. Proponía abrir la burocracia estatal a elecciones competitivas y sujetarla a la misma posibilidad de revocación que los otros representantes. A ojos de Marx, esto convertiría un Estado concebido como un cuerpo separado y extraño, que somete a las personas, en un órgano realmente sometido al control de los ciudadanos. Transformaría a «los arrogantes amos del pueblo en sus servidores siempre revocables, una responsabilidad simulada en una responsabilidad real, pues actuarían bajo continua supervisión pública».

Estos comentarios empalmaban con la desconfianza —o incluso aversión— que Marx pregonó hacia los burócratas toda la vida (lo que no deja de ser irónico cuando se considera que suele asociarse su pensamiento con el estatismo burocrático). Los acusaba de ser una «casta educada», un «ejército de parásitos estatales», una clase de «sicofantes y sinecuristas bien pagados». Y sostenía que los «simples trabajadores» eran capaces de ejecutar las actividades de gobierno más «modesta, consciente y eficientemente» que sus supuestos «superiores naturales».

Evidentemente, la perspectiva de Marx es interesante. Con frecuencia, las personas comunes se ven sometidas a los caprichos de burócratas oficiosos, que las fuerzan a superar toda una serie de obstáculos irracionales para garantizar sus medios de existencia. Pero en una sociedad moderna y compleja, la concepción de Marx enfrentaría problemas muy complejos, como la falta de saber técnico y la seducción corporativa de gestores sin experiencia. Como mínimo, es difícil imaginar una burocracia realmente democrática sin una esfera económica que acompañe el proceso y garantice más tiempo libre para que las personas participen de la administración pública (y de las tareas que deseen).

Los escritos de Marx no brindan ninguna guía que explique el posible funcionamiento de su proyecto de democratizar la burocracia. Si acaso tenía un modelo en mente, parece acercarse a la democracia ateniense, donde los ciudadanos rotaban entre gobernantes y gobernados, por medio de sorteos en los que se elegía quiénes ocuparían las posiciones administrativas (un rasgo de la democracia antigua poco comprendido y prácticamente olvidado en el momento en que Marx escribía).

Es curioso que este elemento de la democracia ateniense parece estar resurgiendo hoy en la teoría democrática y en la práctica como una posibilidad para solucionar algunas de las fallas del sistema representativo. Por ejemplo, se discuten las Asambleas ciudadanas, grupos de gente elegidos al azar, que tienen la tarea de deliberar y hacer recomendaciones sobre políticas específicas o reformas constitucionales. En Irlanda se utilizaron asambleas ciudadanas para discutir las enmiendas constitucionales y en Columbia Británica y Ontario se apeló al mismo método en el diseño de las propuestas de reforma electoral. Existe una campaña para incluirla en las próximas convenciones constitucionales del Reino Unido.

Por otro lado, John McCormick, teórico político estadounidense, planteó un proyecto que busca implementar una forma moderna del tribuna plebeya romana. El cuerpo tendría cincuenta y un miembros, elegidos al azar entre la población general (dejando afuera al 10% más rico), y podría proponer leyes, iniciar consultas populares e impugnar autoridades públicas.

Este tipo de sorteo podría ser una forma de concretar algunas de las esperanzas de Marx en un sistema político donde los ciudadanos participen directamente de las tareas de gestión y gobierno.

Marx el demócrata

Marx siempre sostuvo que el gobierno representativo había implicado un progreso enorme frente a los regímenes absolutistas que reemplazó. Pero también disputaba su equivalencia total con la «democracia». En cambio, argumentaba que las transformaciones institucionales bosquejadas arriba generarían un sistema político con «instituciones realmente democráticas».

Según Marx, estas estructuras eran fundamentales a la hora de promover el socialismo en la esfera económica. Al mismo tiempo, creía que era un error muy serio pensar que los socialistas podrían simplemente tomar las instituciones estatales y girar el timón hacia el socialismo (un error en el que Marx admitía haber incurrido). «La clase obrera —escribió— no puede limitarse a tomar posesión de la máquina del Estado en bloque, poniéndola en marcha para sus propios fines». Si el poder político estaba llamado a permanecer en manos del pueblo, entonces era necesario que la máquina estatal de las clases dominantes fuese desplazada por una máquina gubernamental de los trabajadores.

Esta sigue siendo una de las ideas políticas y constitucionales más importantes de Marx: la transformación económica radical debe ir de la mano de una transformación política radical. Olvidar la última debilita la primera.

En un momento en que el socialismo está resurgiendo lentamente, vale la pena estudiar con detenimiento las perspectivas de Marx sobre la democracia popular. La forma concreta que tomen sus propuestas dependerá de nosotros.

Fuente: https://jacobinlat.com/2021/08/26/que-pensaba-marx-de-la-democracia/

 

DESFETICHIZAR EL PENSAR



29 enero, 2018

 

“Toda libertad, toda acción, toda filosofía […], presupone el estar vivo. Presupone por tanto, la posibilidad de la vida, en cuanto vida material, concreta, corpórea. Y esta posibilidad de la vida presupone el acceso a los medios para poder vivir”1.

En uno de sus libros intitulado ¿Qué significa pensar? Martin Heidegger diagnosticaba en su momento: “lo que más merece pensarse es que nosotros todavía no pensamos; todavía no, aunque el estado del mundo se hace cada vez más problemático”2.  Siguiendo la interrogante que se plantea este filósofo intentaremos, no explicar lo que él pensaba que significa pensar, sino apoyados en los aportes de la ciencia y la reflexión de algunos filósofos actuales, dar una respuesta, como es natural parcial y provisional de lo que nosotros pensamos qué significa pensar.

Una de las ciencias más avanzadas actualmente, la neurociencia, nos dice que pensar es trabajar cerebralmente con información para conseguir una meta o resolver un problema de acuerdo con criterios de valor. Si esto es cierto, los problemas sociales, al menos los más sensibles tales como la desigualdad y la pobreza tendrían que haber disminuido, porque nunca como antes en la historia de la humanidad tenemos tanta información disponible.

Sin embargo, no solamente no han disminuido, sino que algunos se han agudizado, entre ellos la desigualdad social. Según un informe publicado recientemente por OXFAM, en  2017 el 1% más rico de la población mundial acaparó el 82% de la riqueza. En América Latina el  10% más rico de la población concentró el 68% de la riqueza total, y el 50% más pobre solo accedió al 3.5% de la riqueza total3. La relación criminal se sigue repitiendo: la riqueza extrema de unos pocos se erige sobre la explotación y el trabajo mal pagado de la mayoría. Lo cual significa hambre, desnutrición y muerte prematura.

¿Esto quiere decir que no se está pensando? Consideramos que no. Entonces, ¿por qué no resolvemos nuestros problemas? Porque el pensar ha sido fetichizado4, en el sentido de que los criterios de valor que usamos al pensar se han tornado autorreferentes, es decir, fines en sí mismo. Son criterios de valor, por ejemplo, la ley, la democracia, la justicia, etc., pero ¿por qué estas valen para el ser humano? Porque contribuyen a asegurar temporalmente la vida en comunidad o como dice el poeta: a hacer retroceder a la muerte y dilatar el espacio de la vida5.

En efecto, el fin de fines al cual remite toda actividad humana es poder vivir6. El órgano productor de pensamiento, el cerebro, nos dicen algunos neurocientíficos no tiene otro objetivo más que el mantenernos vivos7, y para eso crea mediaciones. Es la voluntad de vivir, entonces, la que da valor a las mediaciones que los seres humanos nos vamos dando en la historia. Estas son valiosas  no por sí mismas, sino por referencia a la afirmación de la vida humana. En última instancia toda actividad humana vale porque es una manera concreta de cumplir con la exigencia de producción, reproducción y desarrollo de la vida en comunidad8. La vida no es un valor, es la fuente de todo valor9.

En base a lo expuesto podemos sostener que el pensar no es un fin en sí mismo, sino una actividad cerebral que a partir de información disponible busca solventar problemas en base a valores funcionales a la afirmación de la vida. Los valores con los cuales trabaja el pensar valen porque contribuyen a ensanchar la vida y a reducir la muerte en la medida de lo posible. Esto es lo que a nuestro juicio significa pensar, y esto es lo que hoy  urge recuperar. Porque en un mundo donde la gente muere por hambre y otros por indigestión, pensar no es un lujo sino una necesidad de vida o muerte.

De lo que se trata entonces es de poner de pie el pensar porque ha sido puesto de cabeza10, es otras palabras, de desfetichizarlo.

Origen: Desfetichizar el pensar: Iberoamérica Social. Revista-red de estudios sociales

 

Notas

↑1

Hinkelammert, F. & Mora Jiménez, H. (2005). Hacia una economía para la vida. San José: DEI, p. 22.

↑2

Heidegger, Martin  (2005). ¿Qué significa pensar? Madrid: Trotta, p. 16.

↑3

OXFAM. (22 de Enero de 2018). Premiar el trabajo, no la riqueza. Recuperado el 20 de enero de 2018, de El poder de las personas contra la pobreza: https://peru.oxfam.org/policy_paper/premiar-el-trabajo-no-la-riqueza.

↑4

Usamos la expresión fetichizar en el sentido de tomar como fin lo que es medio, como absoluto lo que es relativo. Por ejemplo, la ley no es absoluta, es un criterio de orientación social en vistas de la vida humana. Cuando se absolutiza la ley  y se la defiende aún en contra del fin para el cual fue creada, entonces decimos que la ley se ha fetichizado.

↑5

Gómez Aguilera, Fernando (2010). José Saramago en sus palabras. Madrid: Alfaguara, p. 106

↑6

Fichte, citado por Dussel, Enrique (2009). Política de la liberación. Arquitectónica. Vol. II. Madrid: Trotta, p. 376. Si bien el poder vivir es el fin supremo del ser humano, la vida no es un fin. La vida, dice Hinkelammert: “es la posibilidad de tener fines, pero no es un fin”. Porque para tener fines hay que estar vivo. Esto es así porque la vida es el modo de realidad del sujeto humano. Véase Dussel, Enrique (1998). Ética de la liberación en la edad de la globalización y de la exclusión. Madrid: Trotta.

↑7

Mora, Francisco. (2017, agosto 25). Neuroeducación. [Video] Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=MMNQMwVb4SE.

↑8

Dussel, Enrique (1998). Ética de la liberación en la edad de la globalización y de la exclusión. Madrid: Trotta, p. 141

↑9

Dussel interpretando a Marx sostiene que la vida no es un valor, es más que un valor, es la fuente de todo valor.

↑10

Pensamos para vivir y no vivimos para pensar. Argumentamos para vivir y no vivimos para argumentar.

 

Fuente: https://jaraujofrias.wordpress.com/2018/01/29/desfetichizar-el-pensar/