Monumento a Karl Marx en Chemnitz, Alemania
Bruno
Leipold
Traducción: Valentín Huarte
Suele
pensarse que Marx es un teórico que se dedicó exclusivamente a la economía.
Pero el reconocido socialista fue también un demócrata convencido.
La idea de que las instituciones democráticas no
funcionan se está volviendo cada vez más común. Pero los socialistas
democráticos de todo el mundo son conscientes de que el movimiento por un orden
social más justo es indisociable del impulso hacia la democratización de
nuestros sistemas políticos.
En todos lados, los problemas parecen ser los
mismos: la influencia de las élites y de las empresas sobre los procesos de
decisión, los poderes ejecutivos que prescinden de todo tipo de control
popular, los representantes distantes e irresponsables. Nuestros sistemas
políticos alienan cada vez más a aquellos que están sometidos a sus decisiones
y amenazan con obstaculizar la labor de cualquier gobierno socialista que logre
llegar al poder. Menos evidentes son los cambios concretos que serían capaces
de revertir la situación.
En este sentido, los escritos políticos y jurídicos
de Marx son una fuente que merece cierta atención. Esto tal vez sea una
sorpresa para mucha gente, dado que suele considerarse a Marx como un pensador
exclusivamente económico, que tiene poco para decir sobre el diseño de las
constituciones y de las instituciones políticas.
Y es verdad que Marx nunca escribió nada semejante
a una teoría constitucional propia. Pero este gran socialista fue también un
demócrata convencido. Sus escritos plantean una crítica bien matizada del constitucionalismo
liberal y del gobierno representativo, a la vez que bosquejan la forma que
podrían adoptar las nuevas instituciones populares capaces de reemplazarlos.
Muchas de estas ideas —la necesidad de garantizar
la responsabilidad de los representantes, la importancia del poder legislativo
sobre el ejecutivo y la necesidad de una transformación popular más amplia de
los órganos estatales, especialmente de la burocracia— fueron inspiradas por la
experiencia de la Comuna de París, levantamiento obrero que tomó brevemente
el poder de la ciudad francesa entre marzo y mayo de 1871. También empalmaban
con una tradición radical de pensamiento político más antigua, que abarca a los
cartistas británicos, a los demócratas franceses y a los
antifederalistas estadounidenses (tradición que Karma Nabulsi, Stuart White y
yo exploramos en nuestro próximo libro, Radical Republicanism).
Sería un error concebir las ideas de Marx como una
guía de acción que debe aplicarse rígidamente. Sucede que sus escritos no
entran en detalles (lo que no debería sorprender viniendo de alguien que se
opone a escribir «recetas para las cocinas del futuro»), pero, en realidad,
ningún pensador debería ser tratado como un repositorio fijo de verdades. Con
todo, cuando abordamos el problema de la democratización de nuestras
instituciones políticas, los escritos de Marx son una fuente importante.
A la vez, estos escritos nos brindan la oportunidad
de recordar la centralidad que tiene la democracia en el proyecto socialista.
No solo es cierto que la democracia es una precondición esencial para construir
el socialismo, sino que nuestra motivación para democratizar el sistema
político emana de la misma fuente que nuestro deseo de democratizar la
economía: la gente debería controlar las estructuras y las fuerzas que definen
sus vidas.
«El sufragio universal serviría
al pueblo»
Marx creía que el sufragio
universal era un prerrequisito del socialismo. En sus momentos de mayor
optimismo, pensaba que su
«resultado inevitable […] es la supremacía política de la clase obrera».
Pero estaba preocupado porque pensaba que el gobierno
representativo, al conceder una gran discreción a los funcionarios cuando
debían definir su conducta en los cuerpos legislativos, debilitaba el potencial
emancipatorio del voto. Las elecciones regulares brindan a los votantes un
poder de sanción importante (pueden optar por echar a las autoridades que
tuvieron un mal desempeño), pero los representantes no están atados formalmente
a la voluntad del electorado. Marx creía que esto creaba funcionarios
irresponsables, más proclives a representar sus propios intereses corporativos
que los de sus votantes.
Proponía distintos mecanismos para achicar la
brecha entre representantes y representados, con especial énfasis en los
mandatos revocables. De esa forma, los ciudadanos tendrían el poder de
sancionar inmediatamente a los representantes, sin tener que esperar años hasta
las próximas elecciones. Marx destacaba cómicamente que, si bien los patrones confían en
el «sufragio individual» para «colocar a cada hombre en el puesto que le
corresponde y, si alguna vez se equivocan, reparan su error con presteza», se
horrorizan frente a la idea de que el sufragio universal debería garantizar un
poder similar para los votantes.
Marx también apoyaba el «mandato imperativo», es
decir, un modo de representación en el que los funcionarios electos tienen la
obligación de respetar las directivas de sus votantes. De esta manera, los
ciudadanos tienen una influencia directa en el proceso legislativo y evitan que
los funcionarios electos incumplan sus promesas de campaña. Por último, Marx
criticaba los mandatos parlamentarios demasiado largos y abogaba por realizar
elecciones con mucha más frecuencia. Al comentar la reivindicación cartista de
elecciones anuales, Marx notó que era una de las «condiciones sin las que el
sufragio universal se convertiría en una mera ilusión para la clase obrera».
En conjunto, argumentaba Marx, estas medidas
transformarían el sistema de gobierno representativo: «En vez de decidir una
vez cada tres o seis años qué miembro de la clase dominante malinterpretará al
pueblo en el parlamento, el sufragio universal […] serviría al pueblo».
En la política contemporánea, la izquierda no
siempre tiene tanto éxito como la derecha a la hora de estimular la indignación
frente a esos representantes irresponsables y distantes. Boris Johnson y sus
amigos de los medios lograron convertir efectivamente la bronca de los
votantes, que querían abandonar la UE durante el Brexit, en un relato que
enfrentaba al «pueblo contra el parlamento». En Italia, la derecha populista
del Movimiento 5 Estrellas tuvo mucho éxito cuando atacó a los políticos corruptos
y prometió implementar un mandato imperativo entre sus representantes y sus
miembros. Esto hace que los liberales rechacen de forma apresurada las críticas contra el
gobierno representativo y las contramedidas como el mandato imperativo,
argumentando que se trata de políticas populistas inaceptables.
Pero sería un error que la izquierda le cediera
este terreno a la derecha. Es cierto que las sugerencias de Marx no nos brindan
una fórmula institucional precisa, pero deben formar parte de nuestro arsenal
constitucional cuando nos planteamos la posibilidad de tener representantes
responsables y de garantizar que la voz y el voto de los ciudadanos cuenten
realmente.
Una crítica al ejecutivo
A pesar de sus dudas en cuanto a
la democracia representativa, Marx pensaba que el poder legislativo era
fundamental en toda política democrática. Elogiaba a la Comuna de París por
haberles asignado a los miembros del consejo comunal puestos de tipo
ministerial, en vez de crear un presidente y un gabinete separados de la
legislatura.
Para Marx, el poder ejecutivo excesivo era todavía
más peligroso que los representantes distantes y alejados del pueblo. Criticaba
especialmente la Constitución francesa de 1848 (que fundó la Segunda República)
y condenaba al documento por plantear la figura de un presidente, elegido
directamente, que gozaba del derecho de absolver criminales, pasar por encima
de los consejos locales y municipales, iniciar tratados extranjeros, y, más
grave todavía, designar y despedir ministros sin consultar a la Asamblea
Nacional. Marx insistía en que esto generaba un presidente con «todos los
atributos de la realeza» y una legislatura que perdía «toda influencia real» sobre
las funciones del Estado. La constitución, argumentaba, simplemente había
reemplazado la «monarquía hereditaria» por una «monarquía electiva». Cabe
mencionar que la constitución actual de Francia, adoptada en 1958 bajo el
gobierno de Charles de Gaulle, fue diseñada específicamente para concentrar el
poder en manos del ejecutivo (un legado recibido con entusiasmo por el
presidente Emmanuel Macron).
Un motivo por el que Marx polemizaba con los
ejecutivos poderosos era que escapaban al control, la supervisión y el
escrutinio populares. También era consciente de la naturaleza personal del
poder presidencial, con estos líderes que se presentaban como la «encarnación
[…] del espíritu nacional», en posesión de «una especie de derecho divino»
concedido «por la gracia del pueblo».
En cualquier caso, los escritos de Marx nos
recuerdan que no debemos confundir la crítica del parlamentarismo (la idea de
que las autoridades electas son los protagonistas de los proyectos de reformas)
con un ataque indiscriminado a los órganos legislativos en general. Sin duda,
los parlamentos existentes dejan mucho que desear y plantean toda una serie de
problemas organizativos que atañen a la relación entre el movimiento socialista
en general y la representación socialista en el parlamento.
Pero la respuesta no puede pasar por abrazar
el poder de las cortes y de los tribunales con el fin de defender y hacer
avanzar ciertos objetivos progresistas, ni tampoco por poner a un socialista a
cargo de un ejecutivo todopoderoso, es decir, abandonar por completo el plano
de la representación legislativa. En el caso de Estados Unidos, por ejemplo, la
legislatura es la más democrática de las tres ramas del Estado —no por nada los
fundadores federalistas pusieron mucho ahínco en limitar sus poderes— y los
socialistas democráticos deberían defenderla de toda intrusión judicial y
ejecutiva.
Transformar la burocracia
Las ideas de Marx sobre la
representación y la legislatura implicarían reformas serias y de largo alcance
en el caso de la mayoría de los gobiernos representativos modernos. Pero es su
perspectiva sobre la burocracia la que se aleja más radicalmente de los
sistemas políticos con los que estamos familiarizados.
Marx buscaba transformar el Estado con el fin de
posicionar a los trabajadores comunes en el corazón de la administración
pública. Proponía abrir la burocracia estatal a elecciones competitivas y
sujetarla a la misma posibilidad de revocación que los otros representantes. A
ojos de Marx, esto convertiría un Estado concebido como un cuerpo separado y
extraño, que somete a las personas, en un órgano realmente sometido al control
de los ciudadanos. Transformaría a «los arrogantes amos del pueblo en sus
servidores siempre revocables, una responsabilidad simulada en una
responsabilidad real, pues actuarían bajo continua supervisión pública».
Estos comentarios empalmaban con la desconfianza —o
incluso aversión— que Marx pregonó hacia los burócratas toda la vida (lo que no
deja de ser irónico cuando se considera que suele asociarse su pensamiento con
el estatismo burocrático). Los acusaba de ser una «casta educada», un «ejército
de parásitos estatales», una clase de «sicofantes y sinecuristas bien pagados».
Y sostenía que los «simples trabajadores» eran capaces de ejecutar las
actividades de gobierno más «modesta, consciente y eficientemente» que sus
supuestos «superiores naturales».
Evidentemente, la perspectiva de Marx es
interesante. Con frecuencia, las personas comunes se ven sometidas a los
caprichos de burócratas oficiosos, que las fuerzan a superar toda una serie de
obstáculos irracionales para garantizar sus medios de existencia. Pero en una
sociedad moderna y compleja, la concepción de Marx enfrentaría problemas muy
complejos, como la falta de saber técnico y la seducción corporativa de
gestores sin experiencia. Como mínimo, es difícil imaginar una burocracia
realmente democrática sin una esfera económica que acompañe el proceso y
garantice más tiempo libre para que las personas participen de la
administración pública (y de las tareas que deseen).
Los escritos de Marx no brindan ninguna guía que
explique el posible funcionamiento de su proyecto de democratizar la
burocracia. Si acaso tenía un modelo en mente, parece acercarse a la democracia
ateniense, donde los ciudadanos rotaban entre gobernantes y gobernados, por
medio de sorteos en los que se elegía quiénes ocuparían las posiciones
administrativas (un rasgo de la democracia antigua poco comprendido y
prácticamente olvidado en el momento en que Marx escribía).
Es curioso que este elemento de la democracia
ateniense parece estar resurgiendo
hoy en la teoría democrática y en la práctica como una posibilidad para
solucionar algunas de las fallas del sistema representativo. Por ejemplo, se
discuten las Asambleas ciudadanas, grupos de gente elegidos al azar, que
tienen la tarea de deliberar y hacer recomendaciones sobre políticas
específicas o reformas constitucionales. En Irlanda se utilizaron asambleas
ciudadanas para discutir las enmiendas constitucionales y en Columbia Británica
y Ontario se apeló al mismo método en el diseño de las propuestas de reforma
electoral. Existe una campaña para incluirla en las próximas convenciones
constitucionales del Reino Unido.
Por otro lado, John McCormick, teórico político
estadounidense, planteó un proyecto que busca implementar una forma moderna del
tribuna plebeya romana. El cuerpo tendría cincuenta y un miembros, elegidos al
azar entre la población general (dejando afuera al 10% más rico), y podría
proponer leyes, iniciar consultas populares e impugnar autoridades públicas.
Este tipo de sorteo podría ser una forma de
concretar algunas de las esperanzas de Marx en un sistema político donde los
ciudadanos participen directamente de las tareas de gestión y gobierno.
Marx el demócrata
Marx siempre sostuvo que el
gobierno representativo había implicado un progreso enorme frente a los regímenes
absolutistas que reemplazó. Pero también disputaba su equivalencia total con la
«democracia». En cambio, argumentaba que las transformaciones institucionales
bosquejadas arriba generarían un sistema político con «instituciones realmente
democráticas».
Según Marx, estas estructuras eran fundamentales a
la hora de promover el socialismo en la esfera económica. Al mismo tiempo,
creía que era un error muy serio pensar que los socialistas podrían simplemente
tomar las instituciones estatales y girar el timón hacia el socialismo (un
error en el que Marx admitía haber incurrido). «La clase obrera —escribió— no puede limitarse
a tomar posesión de la máquina del Estado en bloque, poniéndola en marcha para
sus propios fines». Si el poder político estaba llamado a permanecer en manos
del pueblo, entonces era necesario que la máquina estatal de las clases
dominantes fuese desplazada por una máquina gubernamental de los trabajadores.
Esta sigue siendo una de las ideas políticas y
constitucionales más importantes de Marx: la transformación económica radical
debe ir de la mano de una transformación política radical. Olvidar la última
debilita la primera.
En un momento en que el socialismo está resurgiendo
lentamente, vale la pena estudiar con detenimiento las perspectivas de Marx
sobre la democracia popular. La forma concreta que tomen sus propuestas
dependerá de nosotros.
Fuente: https://jacobinlat.com/2021/08/26/que-pensaba-marx-de-la-democracia/