jueves, 30 de julio de 2026

FASCISMO DIGITAL

 


25 julio, 2026 

Rezgar Akrawi

 

El fascismo digital, la fase más avanzada del capitalismo.

Cuando Vladimir Lenin escribió sobre el imperialismo y lo consideró la fase más avanzada del capitalismo, describía el momento en que el capital pasó del ámbito de la libre competencia al del monopolio, donde los bancos se fusionaron con la industria, el Estado se convirtió en un instrumento directo al servicio del capital financiero y el mundo se repartió por la fuerza entre los grandes bloques monopolísticos. Hoy, más de un siglo después, nos encontramos ante una transformación similar en esencia, pero distinta en sus herramientas: el fascismo digital representa la fase en la que el capitalismo monopolista trasciende los límites del imperialismo clásico, invadiendo el espacio de la conciencia, el comportamiento y los datos, mediante una fusión orgánica entre el capital tecnológico monopolístico y el poder político nacionalista extremo. Esta fusión encuentra hoy su expresión más vívida en el proyecto trumpista, sus alianzas y sus guerras agresivas.

Muchas empresas digitales y tecnológicas de renombre, conocidas por sus estrechas relaciones con el ejército israelí y los sistemas de deportación forzosa de Estados Unidos, entre ellas Palantir , constituyen un ejemplo revelador de esta situación. Sin embargo, el problema va más allá de una sola empresa. La clave reside en que el capital digital monopolístico, tras agotar las posibilidades de expansión únicamente a través de los mercados de consumo, recurre hoy a instrumentalizar sus herramientas y emplearlas en un agresivo proyecto político nacionalista que reproduce la lógica de la dominación colonial, esta vez respaldada por el lenguaje de los algoritmos.

Del monopolio del dinero al dominio de los algoritmos

En tiempos de Lenin, el monopolio se basaba en el control de los medios de producción industrial y los mercados financieros. Hoy, a esto se suma el control de la propia infraestructura digital: algoritmos, bases de datos, sistemas de segmentación y plataformas de comunicación. Este nuevo monopolio no es menos central que su predecesor financiero, y de hecho lo supera en su capacidad para infiltrarse en los detalles más sutiles de la vida cotidiana. Hoy, cada usuario, hombre o mujer, se convierte en un siervo digital dentro de sistemas que no le pertenecen y sobre los que no tiene capacidad real de influencia.

A diferencia del monopolio financiero clásico que analizó Lenin, el monopolio digital no se conforma con la explotación económica silenciosa. Avanza rápidamente hacia una etapa en la que las grandes empresas monopolísticas declaran su proyecto ideológico y político con creciente franqueza, abandonando la máscara de neutralidad técnica tras la que se escondieron durante mucho tiempo. Las declaraciones filosóficas y políticas emitidas por los líderes de estas empresas enmarcan la inversión en herramientas de vigilancia y segmentación como un deber moral para con la nación y la civilización, y presentan la negativa a participar en este proyecto como un fracaso o negligencia.

Fascismo digital: La alianza de Silicon Valley con el Estado-nación agresivo

Esta alianza encuentra su expresión más clara en la segunda administración Trump. El movimiento del aceleracionismo tecnológico , con sus influyentes figuras en Silicon Valley, proporciona a esta administración las herramientas digitales para transformar su agresiva retórica nacionalista en control efectivo, tanto a nivel interno mediante la deportación forzosa de migrantes como a nivel externo mediante sistemas de inteligencia que respaldan campañas militares. Venezuela constituye un ejemplo revelador de esta dimensión, ya que Washington, desde mediados de 2025, ha recurrido a avanzados sistemas digitales de vigilancia e inteligencia para rastrear movimientos e identificar objetivos, lo que derivó en ataques aéreos y navales y una amplia operación militar a principios de enero de 2026 que culminó con el secuestro del presidente venezolano, en flagrante violación del derecho internacional. Esta agresión no está separada del brutal bloqueo impuesto a Cuba durante más de seis décadas.

En cuanto a la asociación entre Washington y Tel Aviv, se trata de una profunda colaboración técnica que proporciona a Israel datos y sistemas de localización impulsados ​​por inteligencia artificial, lo que convierte a Estados Unidos y a las principales empresas digitales en cómplices de crímenes de guerra documentados contra civiles palestinos, mientras que Trump trabaja para profundizar esta alianza mediante contratos masivos de seguridad y militares que otorgan a estas empresas una influencia creciente en la formulación de políticas.

A diferencia del fascismo tradicional, que requería un estado policial visible y un discurso propagandístico contundente, hoy en día matar no necesita una decisión humana responsable ni una declaración de guerra; en cambio, requiere un algoritmo, datos y la aprobación de un dispositivo que no rinde cuentas a nadie. El crimen comienza con la clasificación, no con la bomba, y cuando comunidades enteras son descritas como una amenaza mediante criterios digitales silenciosos, el asesinato de civiles se convierte en mera «gestión de la seguridad» en lugar de crímenes genocidas que exigen rendición de cuentas, en una lógica que reproduce el colonialismo clásico en el lenguaje del big data.

Sin embargo, el peligro más grave reside en la sociedad de la vigilancia, donde el control se vuelve más interno que externo. Cuando un individuo sabe que está siendo vigilado constantemente, se restringe y se aleja de las ideas opuestas, y esta autovigilancia voluntaria frena a los movimientos de izquierda y obreros desde dentro sin necesidad de arrestos, convirtiéndose en la forma más eficaz de dominación ideológica y la más difícil de resistir, porque penetra en el tejido de la vida cotidiana y la transforma desde dentro.

La alternativa: propiedad colectiva y socialismo digital.

Vincular el imperialismo con el fascismo digital no es una metáfora teórica, sino una necesidad analítica para comprender que las herramientas de dominación han evolucionado, mientras que su esencia de clase se ha mantenido constante. La lucha actual no gira únicamente en torno a cómo se utiliza la tecnología, sino más bien en torno a quién la posee, quién determina sus objetivos y en beneficio de qué clase social se emplea.

La tecnología no se convertirá en una herramienta de liberación mientras permanezca bajo el control de monopolios digitales aliados con los proyectos de la extrema derecha, las guerras y la represión. Por lo tanto, cualquier debate serio sobre el futuro de la tecnología debe partir de la necesidad de construir una alternativa socialista digital basada en la propiedad colectiva y comunitaria de la infraestructura digital, y sometiendo los algoritmos y la inteligencia artificial a una auténtica supervisión democrática de masas, mediante legislación local y global que exprese los intereses de las masas trabajadoras y las comunidades perjudicadas por la dominación digital.

La lucha por la justicia social hoy en día pasa inevitablemente por la lucha por liberar la tecnología de esta alianza de clases derechista, racista y agresiva. Así como Lenin diagnosticó el imperialismo como la fase más avanzada del capitalismo en su época, hoy podemos afirmar que el fascismo digital representa la fase más avanzada del desarrollo de ese mismo imperialismo, donde el capital monopolista tecnológico digital se fusiona con el proyecto nacionalista extremo en una alianza orgánica cuyo objetivo es concentrar el poder, la riqueza, la conciencia y el destino humano en manos de una pequeña minoría de ricos y políticos.

Para afrontar esta realidad, la crítica y el análisis no bastan; debemos avanzar hacia la construcción de un trabajo internacionalista conjunto a través de organizaciones internacionales de izquierda digital, capaces de librar la lucha tanto en el ámbito tecnológico como sobre el terreno. Este será el tema de nuestro próximo artículo.

Fuente: Globetrotter .

https://www.elviejotopo.com/topoexpress/fascismo-digital/

 

 

POR QUÉ LA DIALÉCTICA DE MARX ES TAN PELIGROSA

 


Por Tayfun Er

Pensamiento 26 julio, 2026

 

Los críticos burgueses del marxismo tienen un blanco predilecto. Rara vez parten de la crítica de Marx al capital, la mercancía, la explotación, el poder de clase o el Estado. Prefieren comenzar con el «materialismo dialéctico» y, más concretamente, con las notas inconclusas de Engels, publicadas posteriormente como Dialéctica de la naturaleza.

El atractivo de esta estrategia es evidente. Si el marxismo se reduce a una filosofía especulativa de la naturaleza, resulta más fácil descartarlo como una metafísica decimonónica: un sistema de leyes universales impuestas a la física, la química, la biología y la historia por igual. A partir de ahí, el ataque avanza rápidamente. Engels es tratado como el representante del marxismo, la Dialéctica de la Naturaleza como su fundamento filosófico, y toda la crítica revolucionaria del capitalismo queda supeditada a las formulaciones más vulnerables de Engels.

Esto es un error. Más precisamente, es un error políticamente útil. El propio Marx no denominó a su método «materialismo dialéctico». Si bien la expresión ya había aparecido con anterioridad, se convirtió en una categoría central del marxismo solo después de Marx, sobre todo gracias a la obra sistematizadora de Plejánov a partir de la década de 1890 y, posteriormente, a través del marxismo ortodoxo de la Segunda Internacional y la tradición soviética. El principal logro teórico de Marx no fue la construcción de una filosofía general del universo, sino la crítica de la economía política: el descubrimiento de que la sociedad capitalista no es un orden natural, sino una forma históricamente específica de producción social organizada en torno al valor, el trabajo asalariado, la acumulación de capital y la dominación de clase.

Materialismo histórico

El materialismo de Marx es histórico y social antes que cosmológico. No parte de la «materia en general», sino de seres humanos reales que producen y reproducen sus vidas bajo relaciones sociales definidas. Para Marx, la cuestión clave no es si la naturaleza obedece a tres leyes dialécticas, sino cómo se organizan el trabajo humano, la propiedad, la producción y el poder de clase en un modo de producción determinado.

La distinción no es pedante. No significa que Marx fuera indiferente a la naturaleza, la ciencia o el mundo material. Al contrario, la crítica marxista del capitalismo es imposible sin el trabajo como relación metabólica entre la humanidad y la naturaleza. Pero el método de El Capital no es un conjunto de leyes abstractas aplicadas mecánicamente a todos los ámbitos. La dialéctica de Marx es inmanente. Sigue el movimiento contradictorio de una forma social definida desde dentro.

Por eso la dialéctica de Marx sigue siendo tan peligrosa. En el epílogo de la segunda edición alemana de El Capital, Marx elogió a Hegel por captar la forma general del movimiento dialéctico, pero insistió en que la dialéctica hegeliana debía interpretarse correctamente. En su forma racional, escribió Marx, la dialéctica es «crítica y revolucionaria» porque concibe toda forma históricamente desarrollada como transitoria, como una forma en movimiento, como algo que contiene la posibilidad de su propia negación.

Esto es lo que la filosofía burguesa marxista quiere evitar. Es mucho más seguro argumentar contra una caricatura del “materialismo dialéctico” que confrontar el análisis de Marx sobre el capital como una relación social que necesariamente produce crisis, explotación y lucha de clases.

Colaboración

Engels no puede ser simplemente relegado a un segundo plano. Ningún marxista serio debería tratar a Engels como un apéndice prescindible de Marx. Engels fue el colaborador más cercano de Marx, un pensador socialista fundamental y la persona sin la cual gran parte de la obra posterior de Marx nunca habría trascendido. Sus escritos sobre la clase social, la familia, el Estado y la estrategia política siguen siendo indispensables.

La dialéctica de la naturaleza

La Dialéctica de la Naturaleza de Engels es un texto diferente. No era un libro terminado, preparado para su publicación. Era una colección de notas y fragmentos, escritos en el contexto de la ciencia del siglo XIX y publicados mucho después de la muerte de Marx y Engels. Considerarla, por lo tanto, como la constitución filosófica definitiva del marxismo, ya constituye una distorsión.

La dificultad reside en otro lugar. Engels intentó concebir la naturaleza desde una perspectiva histórica, un impulso legítimo y a menudo fructífero. La naturaleza no es un mecanismo inerte. La evolución, la geología, la termodinámica y la ecología socavaron las visiones estáticas del mundo natural. Engels comprendió, antes que muchos pensadores burgueses, que la naturaleza misma posee historia, movimiento y transformación.

El problema surge cuando las ideas sugerentes se convierten en una doctrina universal. La transformación de la cantidad en calidad, la interpenetración de los opuestos, la negación de la negación: estas pueden iluminar ciertos procesos, pero no pueden reemplazar la investigación concreta. Una vez convertidas en claves prefabricadas para cualquier ciencia, la dialéctica se transforma en lo opuesto al método de Marx. Deja de ser crítica y se vuelve escolástica.

Es precisamente aquí donde la ortodoxia posterior causó estragos. Tras la muerte de Marx, el «materialismo dialéctico» se presentó cada vez más como la visión general del marxismo. En Plejánov, esto se materializó en una sistematización filosófica. En El materialismo y la empiriocrítica de Lenin, se convirtió en una defensa acérrima del materialismo frente a las corrientes idealistas y positivistas. Bajo Stalin, se condensó en una doctrina oficial de «materialismo dialéctico e histórico». El resultado fue una inversión: el materialismo histórico se presentó a menudo como una aplicación de una filosofía de la naturaleza más amplia.

Ese giro les dio a los críticos burgueses un blanco fácil. Ya no tenían que lidiar con el valor, la plusvalía, el fetichismo de la mercancía, la acumulación primitiva, el imperialismo ni el carácter clasista del Estado. Podían burlarse de las «leyes de la dialéctica», señalar ejemplos científicos obsoletos y declarar refutado el marxismo. Pero refutar una codificación filosófica posterior no es lo mismo que refutar a Marx.

El materialismo de Marx

Por lo tanto, una respuesta marxista seria debería evitar dos errores. El primero es someter a Engels por completo a la crítica burguesa, como si la colaboración entre Marx y Engels fuera motivo de vergüenza. El segundo es defender cada línea de la especulación filosófica natural de Engels como si el marxismo requiriera textos infalibles.

El marxismo no necesita de tales textos. Su fuerza reside en su método: el análisis de las relaciones sociales concretas, arraigadas en la lucha de clases y el desarrollo histórico. El materialismo de Marx no nos pide que repitamos fórmulas, sino que descubramos las relaciones reales que se esconden tras las apariencias.

En la sociedad capitalista, las apariencias son poderosas. Los salarios se presentan como pago por el trabajo, no como la compra de la fuerza de trabajo. Las ganancias se presentan como la recompensa al capital, no como una forma de trabajo no remunerado. El mercado se presenta como libertad, mientras que los trabajadores se ven obligados a vender su capacidad de trabajar para sobrevivir. El Estado se presenta como neutral, mientras que garantiza las condiciones generales de acumulación de capital.

Aquí es donde la dialéctica de Marx opera con toda su fuerza. No se sitúa por encima de la sociedad como una ley metafísica. Se adentra en la mercancía, el salario, el dinero, el capital, la crisis y la lucha de clases, y muestra cómo cada uno contiene contradicciones que el pensamiento burgués no puede resolver.

Confusión filosófica

Por eso, este tipo de ataque al «materialismo dialéctico» suele ser una evasión. La filosofía burguesa de la ciencia puede revelar debilidades en las notas inconclusas de Engels. Puede rechazar correctamente las aplicaciones burdas de las leyes dialécticas a la naturaleza. Pero, por ello, no ha tocado el núcleo de la crítica marxista al capitalismo.

No se trata de contraponer a Marx con Engels de forma superficial, sino de distinguir el método crítico de Marx de su posterior doctrina cerrada. A Engels se le debe leer históricamente, no canónicamente. A Marx se le debe leer como un crítico de las formas sociales capitalistas, no como el fundador de un sistema cósmico.

Existe una anécdota apócrifa según la cual Hegel dijo una vez que solo un hombre lo había comprendido, e incluso él lo había malinterpretado. Independientemente de si Hegel lo dijo alguna vez, la anécdota refleja un peligro real en la historia del marxismo. Comprender a Marx no significa convertirlo en una filosofía universal, sino utilizar su método contra la sociedad que aún nos gobierna.

Sin embargo, la crítica contiene algo de verdad. Un «materialismo dialéctico» rígido y formulista puede convertirse en mala filosofía. Pero los críticos burgueses se equivocan en su conclusión. Esto no constituye una refutación del marxismo, sino una razón para retomar la crítica revolucionaria de Marx al capital.

Fuente: http://tayfuner.com/files/ana_sayfa.php

https://www.elviejotopo.com/topoexpress/la-peligrosa-dialectica-de-marx/

CHINA CAUSA PÁNICO EN SILICON VALLEY



Mundo 27 julio, 2026

China ha convertido la IA en un bien público, ¿por qué entra en pánico Silicon Valley?

Si se supone que la inteligencia artificial (IA) transformará el mundo para mejor, ¿por qué genera tanta inquietud en Silicon Valley?

Si buscas «IA en China» en buscadores occidentales, verás que la misma palabra se repite una y otra vez: «raza». Pero al leer los titulares, la emoción predominante es otra: la ansiedad.

Business Insider lo expresó sin rodeos: «Silicon Valley está en crisis por la estrategia de IA de código abierto de China». Axios fue aún más directo: Kimi K3, un nuevo modelo de IA de código abierto desarrollado por Moonshot AI, con sede en Pekín, «ha deslumbrado a los desarrolladores, sacudido a Silicon Valley y relanzado la carrera por la IA de la noche a la mañana».

Un inversor de capital riesgo estadounidense captó a la perfección el sentir general en las redes sociales: «El futuro es el código abierto… Imaginen si Estados Unidos cerrara la puerta al código abierto. Obligaríamos explícitamente a las empresas estadounidenses a pagar entre 26 y 56 dólares por cada millón de tokens por su inteligencia, en comparación con lo que sus adversarios/competidores globales pagarían entre 0,50 y 1 dólar. Esto es económicamente insostenible a menos que la IA sea una farsa».

Un antiguo asesor de IA de la Casa Blanca fue más allá, afirmando que los «modelos woke lobotomizados» (modelos de IA paralizados por la corrección política) son el enemigo de la competitividad estadounidense.

Esta ola de preocupación surge de un único evento: la Conferencia Mundial de IA (WAIC) de 2026 en Shanghái. Allí, China no solo presentó el modelo Kimi K3 actualizado, sino que también lanzó la Organización Mundial de Cooperación en Inteligencia Artificial (WAICO), enviando una clara señal de un enfoque muy diferente para el desarrollo de la IA, uno que golpea al modelo estadounidense donde más le duele.

En esencia, la estrategia estadounidense de IA es una carrera impulsada por el capital. Invierten fuertemente, mantienen los modelos más potentes en secreto y bajo control privado, e imponen controles a las exportaciones. ¿El resultado? Valoraciones disparadas para un puñado de gigantes —OpenAI, Anthropic, Google DeepMind— y el dominio a corto plazo de Estados Unidos.

Los precios de las acciones se han disparado. Los inversores han obtenido grandes beneficios. Pero ahora es imposible ignorar las desventajas: costes exorbitantes y una fuerte dependencia de la escasez artificial. Una vez que las alternativas abiertas y de bajo coste se generalicen, el sistema podría colapsar rápidamente.

Esto nos lleva a la pregunta: ¿para quién es la IA?

En el enfoque estadounidense, la IA es principalmente una herramienta de alta gama: un producto rentable diseñado para naciones ricas y grandes inversores. Amplía la brecha entre ricos y pobres, entre países desarrollados y en desarrollo.

Aún más inquietante es la visión a largo plazo que se discute en voz baja: un futuro en el que una pequeña élite huye a Marte mientras la Tierra se deja en decadencia, o en el que un puñado de oligarcas tecnológicos utilizan la IA y robots con cuerpo físico para controlar la mayoría de los recursos y, por extensión, a la propia humanidad.

Esta fría y jerárquica fantasía tecnológica revela el profundo defecto del enfoque estadounidense: la tecnología, en última instancia, sirve al poder y la riqueza de unos pocos.

China ofrece una visión radicalmente diferente: la IA como un bien público global, algo diseñado para beneficiar a toda la humanidad.

Los verdaderos bienes públicos no tienen precios exorbitantes, barreras de acceso elevadas ni control monopolístico. Al adoptar modelos de código abierto, China ha liberado código, ponderaciones y conocimientos sobre entrenamiento para que el mundo los utilice, modifique y desarrolle. Rechaza así las antiguas prácticas de control y búsqueda de rentas. El objetivo es que la IA sea más fácil de usar, más productiva y accesible para todos.

La IA ya está trascendiendo el mundo digital para adentrarse en el físico, transformando la energía, la industria manufacturera, la sanidad, la agricultura y las ciudades. Los Emiratos Árabes Unidos la utilizan para la conducción autónoma. Brasil la está implementando en la agricultura inteligente. China comparte capacidades significativas con países del Sur Global. Al fin y al cabo, los bienes públicos no deberían ser un lujo.

El «telón de acero de la IA» que Estados Unidos ha intentado construir se está desmoronando gracias al impulso de China por el código abierto. En última instancia, el verdadero ganador en la carrera de la IA no será quien construya el modelo más potente en el laboratorio, sino quien genere la mayor prosperidad en el mundo real.

Estados Unidos busca ganancias de capital y hegemonía tecnológica. China apuesta por la abundancia compartida y el progreso humano. La pregunta fundamental sigue siendo la misma: ¿debe la tecnología estar al servicio de toda la humanidad o solo de unos pocos privilegiados? China ya ha dado su respuesta.

Fuente: Contropiano

https://www.elviejotopo.com/topoexpress/china-causa-panico-en-silicon-valley/

 

viernes, 24 de julio de 2026

LOS PARTIDOS POLÍTICOS COMO AGENCIAS DE COLOCACIÓN Y HERRAMIENTAS PARA EL LUCRO PERSONAL

 


I

¿DEMOCRACIA ES SINÓNIMO DE ELECCIONES?

Ud. probablemente leerá lo siguiente como una contradicción, aunque no la hay. Esta es la única manera de que haya democracia. Para que la democracia exista no puede haber elecciones.

La contradicción no es tal, pero está instalada en su conciencia tras un largo periodo de exposición a la colonización pedagógica. A largo de décadas el sistema convenció a Ud. de que la democracia es un sistema electoral.

O al menos de que la democracia no existe si no están las urnas.

Ese es un error. La democracia viene del griego “demos” (pueblo) y “cratos” (gobierno o poder político). Entonces la democracia es el gobierno del pueblo o el pueblo con poder político.

¿Dónde está escrito que para que ese poder popular exista debe haber elecciones? En ninguna parte. La homologación de democracia y elecciones resulta de una operación de sentido impuesta por aquello que Perón llamaba el demoliberalismo.

Pero es una idea artificial, no existe tal homologación.

De hecho, hoy en Argentina está el pueblo en las calles protestando porque el país ya es invivible y además lo están recolonizando. Toda esa protesta cae en saco roto porque el régimen mileísta hace oídos sordos. Y sigue masacrando al pueblo como si nada.

“Ah, pero el régimen mileísta es democrático porque surge de las urnas, ganó las elecciones”. Aquí está el error al desnudo: si Ud. tiene en su país elecciones es solo una cuestión de tiempo hasta que las fuerzas antidemocráticas se organicen y ganen en las urnas.

Cuando eso pasa Ud. está al horno porque deja de tener democracia e igualmente tiene que tolerar la situación porque en sus propias categorías el régimen antidemocrático es democrático.

Ud. repitió como un loro que la democracia son las elecciones, ellos las ganaron y ahora Ud. no puede luchar contra el régimen. Si Ud. lo hace, lo van a calificar de “golpista” y, véase bien, de “antidemocrático”.

Sí, es el mundo del revés y lo es porque Ud. lo legitima. Al no entender qué es la democracia, Ud. valida la homologación deshonesta que, a su vez, habilita la opresión en su propia contra.

La única manera de que haya democracia es así como lo hace Daniel Ortega en Nicaragua, es terminando con el curro de las elecciones en las que la fuerza brutal antipopular usurpa el poder político.

Y recuerde: si votar sirviera de algo estaría prohibido.

Dios y la Virgen de Luján acompañen y les den fuerza a los sandinistas nicaragüenses para resistir a la embestida yanquisionista de aquí en adelante. El yanquisionista no va a parar hasta instalar un Milei en Managua.

Por las urnas, claro, que es para legitimar su régimen cipayo en la farsa electoral.

Nota fuente: Hegemonía

 

II

LOS PARTIDOS POLÍTICOS COMO AGENCIAS DE COLOCACIÓN Y HERRAMIENTAS PARA EL LUCRO PERSONAL

 

En la España actual, la mayoría de los políticos profesionales no entran en política para cambiar el país, sino para mejorar su nivel de vida.

Por Fernando Ariza | 22/07/2026

En la España actual, bajo el marco del capitalismo, los partidos políticos con representación parlamentaria han experimentado una mutación profunda. Ya no son organizaciones ideológicas al servicio de un proyecto colectivo, sino estructuras burocráticas diseñadas para la distribución de cargos, la captación de subvenciones y el enriquecimiento de sus miembros. La militancia desinteresada ha sido sustituida por el oportunismo calculado. El militante que dedicaba tiempo, esfuerzo y a veces riesgo personal ha dado paso al “profesional de la política”: un individuo que ve el carnet de partido como una inversión con alto rendimiento en sueldos, dietas, asesores y puertas giratorias.

Esta degradación no es un accidente ni un problema de unas pocas “manzanas podridas”. Es estructural y afecta, en mayor o menor medida, a todos los partidos con escaños en el Congreso. PSOE, PP, Vox, Sumar, Podemos, PNV, ERC, Junts, Bildu o Coalición Canaria comparten el mismo modelo organizativo: cúpulas cerradas, listas electorales elaboradas por lealtades personales, financiación pública generosa y una cultura interna donde el ascenso depende más de la obediencia que de la convicción.

Históricamente, los partidos de masas, ya fueran socialistas, comunistas, o incluso socialdemócratas, se concebían como instrumentos para cambiar la sociedad: educar cuadros, movilizar a la ciudadanía, elaborar programas y disputar el poder con un horizonte transformador. Esa lógica ha desaparecido.

Hoy, el primer objetivo de cualquier partido es sobrevivir como aparato. Para ello necesita  subvenciones públicas millonarias (más de 70 millones de euros anuales solo en el Congreso), y cargos públicos: ayuntamientos, diputaciones, parlamentos autonómicos, empresas públicas, fundaciones, televisiones regionales. Una red de colocados que, a su vez, movilizan votos y recursos en las campañas.

El resultado es una clase política profesionalizada que vive casi exclusivamente del erario público. Un concejal, un diputado autonómico o un senador cobra sueldos que duplican o triplican la media salarial española, con dietas, coches oficiales, asesores pagados con dinero de todos y pensiones vitalicias generosas. Cuando pierden el cargo, muchos reaparecen en consejos de administración de empresas que antes regulaban o supervisaban. La puerta giratoria no es un escándalo puntual; es el plan de pensiones del político profesional.

Pregunten en cualquier sede de partido: ¿cuántos militantes de base participan realmente en la elaboración de programas o en el debate ideológico? La respuesta suele ser desoladora. Las asambleas están vacías o controladas. Los congresos son coronaciones de líderes que ya vienen pactados. La afiliación se usa como moneda de cambio: “te doy un puesto si me das tu voto en la primaria”.

Los perfiles que prosperan son los que mejor dominan las reglas del juego interno: capacidad de intriga, lealtad al líder de turno, manejo de redes clientelares y nula inclinación a cuestionar las decisiones desde arriba.

Esto ocurre en la derecha (con sus “fontaneros” y think-tanks pagados), en la izquierda “progresista” (donde el activismo identitario convive con sueldos públicos estratosféricos) y en los nacionalismos (donde el discurso emocional encubre una gestión clientelar de lo público).

Este fenómeno no es casual. El capitalismo tardío, con su primacía del mercado, la financiarización y la debilidad del contrapoder social, genera necesariamente partidos que funcionan como empresas. Su “producto” es el acceso al Estado y a los recursos que este administra. En un sistema donde el dinero privado financia indirectamente la política (a través de lobbies, donaciones opacas o futuros empleos), los partidos se convierten en mediadores entre el gran capital y el poder institucional.

La ciudadanía lo percibe y se traduce en abstención, voto de castigo y un creciente desprestigio de las instituciones. Son la respuesta lógica a una clase política que ha convertido la representación en un negocio. Mientras los salarios reales se estancan, la vivienda es inaccesible y los servicios públicos se degradan, los presupuestos de los partidos y los sueldos de sus cargos siguen creciendo o se mantienen blindados.

Recuperar la idea del partido como instrumento colectivo exige cambios profundos que los actuales aparatos resistirán con uñas y dientes: primarias abiertas y vinculantes, limitación estricta de mandatos, incompatibilidades reales, reducción drástica de subvenciones, transparencia total en las cuentas y, sobre todo, una sociedad civil organizada que deje de delegar pasivamente su poder.

En la España actual, la mayoría de los políticos profesionales no entran en política para cambiar el país, sino para mejorar su nivel de vida. El resto —los pocos militantes honestos que aún quedan— son cada vez más una especie en extinción dentro de unas organizaciones que han dejado de ser partidos para convertirse en prósperas agencias de colocación con bandera ideológica.

Fuente: https://nuevarevolucion.es/los-partidos-politicos-como-agencias-de-colocacion-y-herramientas-para-el-lucro-personal/

EL LARGO ADIÓS AL DÓLAR ESTADOUNIDENSE

23 de julio de 2026

El dólar puede parecer una moneda neutral, pero en realidad es una forma de poder imperial que disciplina economías, financia guerras y obliga al Sur Global a costear su propia subordinación.


Mark Wagner (Estados Unidos), Fit for a King [A la altura de un rey], s.f.

Queridas amigas y amigos,

Saludos desde las oficinas del Instituto Tricontinental de Investigación Social.

Hay momentos en la historia en los que un sistema parece tan completo que cuesta imaginar su fin. Cuando Gran Bretaña “dominaba los mares”, en gran parte del mundo se consideraba que la libra esterlina no era simplemente una moneda, sino el lenguaje natural del comercio en sí mismo. Desde mediados del siglo XX, Estados Unidos ha hablado del dólar estadounidense de manera muy similar. Escribiendo en 1980, en medio de la crisis del orden post-Bretton Woods, el economista argentino Raúl Prebisch observó que “en Estados Unidos imperaba la ilusión del dólar todopoderoso”. Sin embargo, para entonces no se trataba solo de una ilusión estadounidense. El dólar ya se había convertido en la principal moneda de reserva del mundo y en la divisa dominante del comercio internacional. Ahora esa ilusión ha comenzado, lenta y desigual, a desmoronarse.

Nuestro último dossier, La arquitectura del poder: el dólar, la financiarización y la lucha por la soberanía, muestra que el dólar no es meramente dinero, sino una institución de poder imperialista. El sistema del dólar organiza el comercio, determina el acceso al crédito, disciplina a los gobiernos, financia la guerra y reproduce una jerarquía entre el Norte Global y el Sur Global. El debate sobre el dólar no es, por lo tanto, una cuestión de preferir una moneda a otra, el dólar sobre el renminbi (RMB) o el euro, sino de si la humanidad puede construir un orden monetario internacional que sirva al desarrollo en lugar de a la dominación.

 


La tentación en los últimos años ha sido responder a esta pregunta de manera demasiado precipitada. Cada acuerdo bilateral liquidado en RMB en lugar de dólares, cada anuncio de los BRICS+ sobre comercio en monedas locales, cada aumento de las compras de oro por parte de los bancos centrales ha sido saludado con declaraciones de que la desdolarización ha llegado. Los titulares son seductores, pero la realidad es considerablemente más compleja. Una de las grandes fortalezas de nuestro dossier es su negativa a confundir el deseo político con la realidad económica.

Al mismo tiempo, algo profundo ha cambiado. Estados Unidos ha transformado cada vez más el dólar, de ser un instrumento de intercambio a una herramienta de coerción. Las sanciones financieras, el congelamiento de reservas soberanas, la exclusión de los sistemas de pago y la militarización de las finanzas internacionales han demostrado a los gobiernos de todo el Sur Global que la dependencia del dólar conlleva crecientes riesgos políticos. Cuando aproximadamente la mitad de las reservas de divisas de Rusia fueron congeladas, muchos ministerios de finanzas en todo el mundo se hicieron en silencio una pregunta que antes parecía casi inimaginable: si esto puede pasarle a Rusia, ¿por qué no a nosotros? El dólar, antes presentado como políticamente neutral, ha revelado estar profundamente incrustado en los objetivos estratégicos de Estados Unidos.

 

Sir Grayson Perry (Reino Unido), Comfort Blanket [Manta de consuelo], 2014.

El dólar sigue dominando la economía mundial no porque Estados Unidos produzca la mayor parte de los bienes del mundo, que no es así, ni porque represente la mayor parte del comercio mundial, que tampoco es así. En realidad, el dólar domina la economía mundial porque el sistema financiero internacional se articula en torno a él y porque los mercados construidos a lo largo de generaciones producen inmensos efectos de red. Las monedas de reserva no pueden reducirse a medios de intercambio. También son reservas de valor, unidades de cuenta, mecanismos de liquidación y los cimientos sobre los que se construyen vastos mercados financieros. Los gobiernos tienen dólares porque otros gobiernos los usan y los bancos prestan en dólares porque los prestatarios esperan devolverlos en esa moneda. Como demuestra cuidadosamente el dossier, el dólar sigue representando la mayor parte de la fijación de precios de las materias primas, las transacciones de divisas, las reservas oficiales y el financiamiento del comercio, aunque el peso económico relativo de EE. UU. haya disminuido constantemente. Esta contradicción, entre el menguante peso productivo de Estados Unidos y el papel central que sigue desempeñando el dólar, es lo que otorga urgencia al debate sobre la desdolarización.

Si bien gran parte del dinamismo industrial del siglo XXI se concentra ahora en Asia más que en el Atlántico Norte, las finanzas siguen organizadas en torno a Wall Street. La producción y las finanzas operan en distintas regiones geográficas y esa divergencia no puede resolverse automáticamente. La apertura de una bóveda de oro en Hong Kong, por ejemplo, demuestra la rápida expansión de la infraestructura de almacenamiento y comercio de lingotes en Asia, pero esos avances no crean por sí mismos un nuevo orden monetario. Gran Bretaña siguió siendo el centro financiero del mundo mucho después de que su supremacía industrial se erosionara, y del mismo modo EE. UU. sigue gozando del “privilegio desmesurado” mediante el uso global del dólar mucho después de que su participación en la manufactura se haya desplomado. La pregunta decisiva no es si el sistema del dólar está en declive (lo está), sino qué podría reemplazarlo de manera realista.

 


Sin embargo, la transición más allá del dólar no dependerá solo de cambios económicos, sino también de la innovación y construcción institucional. En su reciente artículo “Geopolitics and International Money – A Path to a New Reserve Currency” [Geopolítica y dinero internacional: un camino hacia una nueva moneda de reserva], el exdirector ejecutivo del Fondo Monetario Internacional y exvicepresidente del Nuevo Banco de Desarrollo, Paulo Nogueira Batista, Jr., plantea la pregunta: ¿qué arquitectura institucional se requeriría para construir una alternativa al sistema del dólar? Nogueira Batista sostiene que el RMB no reemplazará simplemente al dólar, lo que no sería ni probable ni deseable. El gobierno chino tiene poco interés en tal movimiento porque exigiría una liberalización mucho mayor de la cuenta de capital, permitiendo que el capital entre y salga de China con mayor libertad. Esto podría exponer al país a flujos financieros desestabilizadores, elevar el valor del RMB, encarecer las exportaciones chinas y debilitar precisamente las ventajas productivas que han hecho posible el desarrollo de China. El economista chino Yu Yongding ha presentado importantes propuestas para expandir el uso internacional del RMB, incluso en el contexto de los debates de los BRICS+ sobre la desdolarización. Sin embargo, incluso estas propuestas no sugieren reemplazar la hegemonía monetaria estadounidense por la hegemonía monetaria china.

A lo largo de la última década, los sistemas bilaterales y multilaterales de liquidación de divisas se han expandido rápidamente. Estos incluyen: el Sistema de Transmisión de Mensajes Financieros de Rusia (SPFS por su sigla en inglés), desarrollado en 2014; el Sistema de Pago Interbancario Transfronterizo de China (CIPS por su sigla en inglés), puesto en marcha en 2015; marcos de liquidación en monedas locales como el acuerdo entre Indonesia, Malasia y Tailandia establecido en 2018; acuerdos de bancos centrales que permiten a los países acceder a las divisas de otros en momentos de necesidad y cuentas especializadas, como las cuentas K de Gazprombank, que permiten que ciertos pagos transfronterizos eludan los canales basados en el dólar. Aunque estos instrumentos aún no han reemplazado al sistema del dólar, son parte de la infraestructura a partir de la cual podría surgir un nuevo orden financiero.

Nogueira Batista presenta un plan más ambicioso de construcción gradual y colectiva de un nuevo activo de reserva por parte de una coalición de países del Sur Global, respaldado por una nueva institución internacional y diseñado exclusivamente para liquidaciones internacionales y tenencias de reservas, no para la circulación doméstica. Tal moneda no aboliría las monedas nacionales, pero funcionaría como un instrumento de reserva común capaz de reducir la dependencia del dólar. Como sostiene nuestro dossier, la importancia de las alternativas institucionales al dólar no reside en el reemplazo inmediato de un marco monetario por otro, sino en la construcción de infraestructuras duraderas capaces de potenciar la emancipación de la humanidad.

 


No obstante, las instituciones por sí solas no agotan la cuestión más profunda. El debilitamiento del orden centrado en el dólar plantea un problema mayor que el diseño de una nueva moneda de reserva o una arquitectura de pagos diferente. El principal problema no es solo monetario, sino de desarrollo. Las instituciones que surgieron después de la Segunda Guerra Mundial organizaron las finanzas globales en torno a la protección de la riqueza más que a la transformación de la producción, fomentando la especulación mientras restringían la industrialización en gran parte del mundo antes colonizado. Un nuevo orden monetario debe ser juzgado, por lo tanto, no solo por la estabilidad del tipo de cambio, sino por su capacidad para financiar la transformación estructural, la actualización tecnológica, la soberanía alimentaria, la transición ecológica y el empleo digno. Los controles de capital, los bancos de desarrollo, los sistemas de pago y los activos de reserva deben servir para expandir las capacidades productivas en lugar de acumular activos financieros. En este sentido, el sucesor del régimen del dólar no puede simplemente reemplazar una moneda internacional por otra. Debe integrar las finanzas dentro de una arquitectura más amplia del desarrollo, de modo que la cooperación monetaria se convierta en un instrumento para la prosperidad compartida, el desarrollo soberano y la reducción de la desigualdad global.

 


El dinero es el eje central de todo en nuestro mundo porque gran parte de la vida se ha mercantilizado y se ha sometido a la disciplina del mercado capitalista. El agua se embotella y el aire se acondiciona, mientras que la nostalgia por el trueque permanece al margen de todas las negociaciones. El dólar se cierne sobre nosotros, y detrás de él se encuentra el vasto arsenal militar de Estados Unidos y la voluntad política de usar esa fuerza para defender su moneda. Cuando Washington Irving escribió sobre “el dólar todopoderoso” en La aldea criolla (1837), la frase era prematura. En nuestra época ha llegado a sentirse casi natural. La riqueza de los países del Sur Global ricos en recursos sale en dólares y regresa en forma de deuda, mientras que las ciudades irreales del dinero como Londres y Nueva York resplandecen con la riqueza social del mundo.

Pero hay un estremecimiento aquí y allá, como indica nuestro dossier. No queremos exagerar la realidad de la desdolarización. Queremos mostrar cómo el régimen del dólar sigue operando hoy, cómo se ha debilitado y por qué permanece estructuralmente intacto.

Cordialmente,

Vijay

Fuente: https://thetricontinental.org/es/newsletterissue/adios-al-dolar-estadounidense/