jueves, 24 de marzo de 2011

REDESCUBRIENDO EL ENTERO PARTIDARIO II



El 24 de noviembre de 1928 en LABOR Nº 2, Quincenario de información e ideas, que la Sociedad Editora “Amauta” publicara entre noviembre de 1928 y setiembre de 1929, Mariátegui difunde el ensayo: Prensa de doctrina y Prensa de Información. Este es un documento de vital importancia porque, además de algunas precisiones sobre la prensa escrita, doctrinal o informativa, proporciona muchas luces a la tesis “el primer gran partido de masas y de ideas de toda nuestra historia republicana”.

La experiencia en los años aurorales del socialismo peruano, ratifica la tradición marxista de POR DÓNDE EMPEZAR en el trabajo político. Lenin, resumiendo la experiencia de Marx - Engels, señaló: El periódico no es sólo un propagandista y un agitador colectivo, sino también un organizador colectivo. A su vez, JCM en 1923 sostuvo: “Las comunicaciones son el tejido nervioso de esta humanidad internacionalizada y solidaria”. Esa afirmación en el siglo de la globalización de la economía tiene mayor razón. Desde fines del siglo pasado, la electrónica en las comunicaciones nos pone frente a nuevo escenario, el escenario global de la lucha de clases. Escenario en el que algunas preguntas deben hacernos reflexionar: ¿Se puede resolver la primera interrogante (¿Por dónde empezar?) en el trabajo político como lo hicieron Lenin y Mariátegui en el siglo pasado? ¿A qué resultados conduce hacer de las efemérides el vehículo principal en el trabajo político? ¿Cuál es el objetivo principal de una secta política y cuál el de la clase organizada?

En el siglo pasado, la revolución cultural china generó un gran debate geográfica y teóricamente limitado. En este siglo XXI, el vértigo de los acontecimientos casi no deja tiempo para reponerse de los anteriores eventos. “Las comunicaciones son el tejido nervioso” de ésta vorágine y las redes sociales son el gran escenario de la batalla entre dos mundos. En esta batalla, un mundo que se resiste a sucumbir y otro que intenta afirmarse, tiene como teatro de operaciones el cerebro de los trabajadores, la sesera de esa “humanidad internacionalizada y solidaria”.

Prensa de doctrina y Prensa de Información nos dice: “Como la información, especialmente en nues­tro caso, no puede ser entendida en el estrecho sentido de crónica de sucesos, sino sobre todo como crónica de ideas.” Nos esta proponiendo, lo que fue norma en vida de José Carlos: ¡El combate de ideas! La lucha de clases tiene prioritariamente como teatro de operaciones el cerebro del sujeto histórico de cambio social: la clase trabajadora. Engels en una de sus últimas reflexiones haciendo un balance de los cincuenta años de lucha por el socialismo desde la revolución de 1848 dice: “Si han cambiado las condiciones de la guerra entre naciones, no menos han cambiado las de la lucha de clases. La época de los ataques por sorpresa, de las revoluciones hechas por pequeñas minorías conscientes a la cabeza de las masas inconscientes, ha pasado. Allí donde se trate de una transformación completa de la organización social tienen que intervenir directamente las masas, tienen que haber comprendido ya por sí mismas de qué se trata, por qué dan su sangre y su vida. Esto nos lo ha enseñado la historia de los últimos cincuenta años. Y para que las masas comprendan lo que hay que hacer, hace falta una labor larga y perseverante. Esta labor es precisamente la que estamos realizando ahora, y con un éxito que sume en la desesperación a nuestros adversarios.”[1] Parafraseando a Engels podemos decir que si han cambiado las condiciones de la guerra entre naciones, no menos han cambiado las de la lucha de clases en el siglo XXI.

Para no extendernos demasiado. Queremos remarcar algunos fragmentos del ensayo de José Carlos Mariátegui que copiamos más abajo.

1. sobre la relación entre ortodoxia y heterodoxia: No es, pues, un comité de partido. Pero tampoco es un comité heterogéneo.

2. Papel de los intelectuales en el partido y el movimiento social: La línea doctrinal es fun­ción de partido. Los intelectuales, en cuanto in­telectuales, no pueden asociarse para establecerla. Su misión a este respecto debe contentarse con la aportación de elementos de crítica, in­vestigación y debate.

3. Política de frente en el trabajo intelectual: Más, si se ha demostrado imposible, sobre estas bases demasiado extensas, una revista de doctrina, no está en el mismo caso una revis­ta de información. Y este es el carácter de "Mon­de", que se presenta como hebdomadario de in­formación literaria, artística, científica, económi­ca y social. Periódico de combate, periódico con filiación, porque lucha contra todas las fuerzas y tendencias reaccionarias; pero no de partido, porque representa la cooperación de muchos escritores y artistas, solidarios sólo en la oposi­ción a las corrientes regresivas y, con menor intensidad y eficacia, en la adhesión a los esfuerzos por crear un orden nuevo.

4. Rol del individuo en los procesos: Barbusse encuentra, por sus antecedentes, por su talento, por su obra, un largo crédito de confianza en todos los sectores revolucionarios. Y Mariátegui, diríamos nosotros, se distingue por su gran capacidad para animar y reunir en torno al proyecto -no declarado en 1926- socialista a valores intelectuales de diverso credo y formación pero con idéntica sensibilidad social.

5. Distinción entre partido élite o partido de la clase obrera: El periódico de partido tiene una limitación inevitable: la de un público y un elenco propios. Para los lectores extraños a su política, no tie­ne generalmente sino un interés polémico. Este hecho favorece a una prensa industrial que mien­tras se titula prensa de información y, por ende, neutral, en realidad es la más eficaz e insidio­sa propagandista de las ideas y hechos conser­vadores y la más irresponsable mistificadora de las ideas y hechos revolucionarios.

6. La vanguardia tiene en la clase obrera (obreros y campesinos) su sustento vital; por tanto, la vanguardia no es vanguardia si sus representantes no representan el movimiento social. No olvidemos la máxima del joven Marx: «La emancipación de la clase obrera debe ser obra de la clase obrera misma».

La publicación de Prensa de Doctrina y Prensa de Información de José Carlos Mariátegui forma parte de una serie de trabajos que, a nuestro juicio, darán mayores luces al entendimiento de la Tesis “el primer gran partido de masas y de ideas de toda nuestra historia republicana”. Asimismo, invitamos a los conocedores y a los buceadores de bibliotecas a que nos hagan llegar documentos que contribuyan a la meta trazada en esta sección del Blog TacnaComunitaria.

Tacna, 24 febrero 2011

EBM



PRENSA DE DOCTRINA Y PRENSA DE INFORMACIÓN [1]

Con su gran hebdomadario "Monde", Henri Barbusse reanuda, en cierto modo, el experimen­to de "Clarté" primera época. El comité director de "Monde” está compuesto por Einstein, Gorki, Upton Sinclair, Manuel Ugarte, Unamuno, León Bazalgette, M. Morhardt y León Werth. No es pues, un comité de partido. Pero tampoco es un comité heterogéneo. Todos los grandes es­critores que lo constituyen, tienen ante los pro­blemas de hoy un gesto más o menos semejan­te o análogo, dentro de sus diferencias de temperamento y disciplina. Todos son hombres de izquierda, en la acepción general de esta cla­sificación, quizás un poco abstracta.

"Monde" no habría sido posible sin la serie de ensayos que significó la existencia de "Clarté", desde su aparición como órgano de una Internacional del Pensamiento, hasta su transforma­ción en una revista doctrinal de extrema izquier­da: "La Lutte de Classes". El experimento "Clar­té", como el de la frustrada Internacional de la Inteligencia, ha probado la imposibilidad de obte­ner de la cooperación de un sector muy amplio, y por tanto fuertemente matizado, de intelectua­les de izquierda, una acción doctrinal bien concertada. Unamuno no podría suscribir, en muchos puntos; el pensamiento de Barbusse, mili­tante del comunismo, del mismo modo que a Morhardt no sería sensato exigirle una adhesión rigurosa a las ideas de Upton Sinclair en "El libro de la Revolución". Pero Morhardt, que ha aportado al proceso de las responsabilidades de la gran guerra un testimonio documentado y vi­goroso, tiene por este lado un estrecho contac­to con sus colegas del comité director, pareci­damente al sabio Einstein que si, consagrado a otras disciplinas intelectuales, no milita en los rangos del marxismo, colabora en cambio abier­tamente con los revolucionarios en la lucha con­tra el imperialismo. La línea doctrinal es fun­ción de partido. Los intelectuales, en cuanto in­telectuales, no pueden asociarse para establecerla. Su misión a este respecto debe contentarse con la aportación de elementos de crítica, in­vestigación y debate.

Mas, si se ha demostrado imposible, sobre estas bases demasiado extensas, una revista de doctrina, no está en el mismo caso una revis­ta de información. Y este es el carácter de "Mon­de", que se presenta como hebdomadario de in­formación literaria, artística, científica, económi­ca y social. Periódico de combate, periódico con filiación, porque lucha contra todas las fuerzas y tendencias reaccionarias; pero no de partido, porque representa la cooperación de muchos escritores y artistas, solidarios sólo en la oposi­ción a las corrientes regresivas y, con menor intensidad y eficacia, en la adhesión a los esfuerzos por crear un orden nuevo.

El periódico de partido tiene una limitación inevitable: la de un público y un elenco propios. Para los lectores extraños a su política, no tie­ne generalmente sino un interés polémico. Este hecho favorece a una prensa industrial que mien­tras se titula prensa de información y, por ende, neutral, en realidad es la más eficaz e insidio­sa propagandista de las ideas y hechos conser­vadores y la más irresponsable mistificadora de las ideas y hechos revolucionarios.

Hace absoluta falta, por esto, dar vida a pe­riódicos de información, dirigidos a un públi­co muy vasto, que asuman la defensa de la civi­lidad y del orden nuevo, que denuncien impla­cablemente la reacción y sus métodos y que agrupen, en una labor metódica, al mayor número de escritores y artistas avanzados. Estos periódicos son susceptibles de adaptación progresiva al tipo industrial, si el criterio administra­tivo se impone al criterio docente, y de desvia­ción reformista, si los absorbe gradualmente la corriente democrática, con sus resquemores y prejuicios anti-revolucionarios. Pero, de toda suerte, constituyen una empresa que es necesa­rio acometer. Sin preocuparse excesivamente de sus riesgos.

La presencia de Henri Barbusse, revolucio­nario honrado, de gran corazón e inteligencia, en la dirección de "Monde", es una garantía de que esta revista, no obstante la liberalidad que se permite en la elección de sus colaboradores, sabrá mantenerse en su línea inicial. Barbusse encuentra, por sus antecedentes, por su talento, por su obra, un largo crédito de confianza en todos los sectores revolucionarios. La extrema izquierda de sus compañeros de "Clarté" -bajo cuya dirección y responsabilidad se cumplió la segunda etapa de este experimento- le reprocha su Insuficiente marxismo. Pero es ésta una cuestión juzgada ya, con incontestable competencia, por la crítica rusa. La formación intelectual de Barbusse, aumenta el valor de su adhesión a la causa revolucionaria, acrecienta el alcance de su ruptura con el vicio orden social.

La encuesta que "Monde" ha abierto sobra la literatura proletaria, suscitando un extenso debate internacional2, debe la amplitud que desde el primer momento ha alcanzado, al carácter no sectario, no partidista de este periódico. En es­ta encuesta participa una gama intelectual que va de André Breton y la revolución "surrealiste" a Paul Souday, critico del "Temps". "Monde" no admite que la literatura proletaria sea una palabra vana. Tiene sus puntas de vista propios. Pero esto no le impide desear y provocar un debate exhaustivo, consultando las más variadas opiniones. Sólo así es dable a un periódico interesar a grandes sectores de público.

Hispano-América tiene una representación autorizada y prestigiosa en el comité de "Monde". Así el nombre de Manuel Ugarte como el del gran don Miguel de Unamuno, que da tan edificante y magnifico ejemplo de fidelidad a los deberes de la inteligencia, no encuentren sino simpatías y respeto en los pueblos de idioma es­pañol, "Monde" está destinado a conseguir un eco fecundo en la conciencia del continente his­pánico.

Las anteriores consideraciones son pertinen­tes para la explicación de nuestro experimento de "Amauta" y "LABOR".

Entre nosotros, "Amauta" se orienta cada vez hacia el tipo de revista de doctrina. "LABOR" que, de una parte es una extensión de la labor de "Amauta", de otra parte tiende al tipo de pe­riódico de información. Su función no es la mis­ma. Como la información, especialmente en nues­tro caso, no puede ser entendida en el estrecho sentido de crónica de sucesos, sino sobre todo como crónica de ideas, "LABOR" tiene respeto a su público, que desea lo más amplio posi­ble -nuestro periódico, quincenario por el mo­mento, semanario apenas su difusión lo consienta, está dirigido a todos los trabajadores manuales e intelectuales-, obligaciones de ilustración integral de las cuestiones y movimientos contem­poráneos, que una revista doctrinal desconoce. Así se explica perfectamente el que, sin adherir a la corriente que Romain Rolland acaudilla con tan eminente autoridad moral e intelectual, hayamos publicado en el' primer número de este periódico el último capítulo de Romain Rolland sobre Tolstoy y su obra; y el que en nuestros nú­meros sucesivos, cumpliendo honradamente nues­tro deber de vulgarización e información, acen­tuemos acaso esta liberalidad, especialmente cuando se trate de opiniones y temas que no encuentran: fácil acogida- en la gran prensa, a pesar de su derecho a la atención pública.

NOTAS:

1 Publicado en "Labor”, Nº 2, Año 1, pág. 2. Lima, 21 de noviembre de 1928.

2 Véase, en el Nº 1 de "labor" Las opiniones de André Breton, Luc Durtain, León Werth, Waldo Frank, Franco André, Vandervelde y Unamuno.



[1] F Engels, Introducción a la edición de 1895 de Las Luchas de clases en Francia de 1848 a 1850 de Karl Marx.

lunes, 21 de marzo de 2011

PRONUNCIAMIENTO POR EL DIA MUNDIAL DEL AGUA



El 22 de marzo de cada año se celebra el día mundial del agua, en nuestro país y en especial en la región Tacna; este hecho debe llamarnos a la reflexión en torno a los siguientes problemas:

PRIMERO
Que la población de Tacna debe practicar una mejor cultura del agua; asimismo, en la agricultura debe desterrarse para siempre el riego por gravedad; y que la minería utilice agua de mar, para lograr un uso sostenible del agua dulce.

SEGUNDO
Que el Proyecto Especial Tacna sea definitivamente cancelado. En su reemplazo debe crearse la Autoridad Autónoma del Agua, donde estén representadas las organizaciones sociales, públicas y privadas de la Región Tacna.

TERCERO
Que se establezca un Plan Integral de manejo y uso de recursos hídricos en la Región Tacna. En este plan debe considerarse prioritariamente la construcción de represas, reservorios, canales de conducción mayor y menor, infraestructura para implementar riego tecnificado, evitando pérdidas por evaporación, filtración y el desperdicio del agua dulce en el mar, logrando de ese modo una optimización plena del uso del agua por cuenca.

CUARTO
Que se modifique la Ley de Recursos Hídricos y se incorpore una declaración de intangibilidad de las aguas en las cabeceras de cuenca.

QUINTO
Que la EPS Tacna mejore los estándares de calidad de agua potable que distribuye a la población, como lo establece el Reglamento de la Calidad de Agua para el Consumo Humano de la Dirección General de Salud Ambiental (DIGESA), DS Nº 031-2010SA

Tacna, 21 de marzo del 2011

CONSEJO DIRECTIVO




Ildelfonso Málaga; Dimas Portugal Eyzaguirre; Edgar Bolaños Marín
Presidente; Sec. Organización; Sec. Comunicaciones

sábado, 19 de marzo de 2011

LIBIA: PRONUNCIAMIENTO DE IL MANIFESTO


Editorial de Il Manifesto
Antes de que sea demasiado tarde

Angelo Del Boca
Il Manifesto

Traducción de Alma Allende y Gorka Larrabeiti


Escapemos a la trampa de la alternativa entre el tirano libio que debe salir de escena y los bombardeos “humanitarios” de la OTAN. Digamos claramente lo que está ocurriendo. La decisión del Consejo de Seguridad de la ONU, tomada con cinco abstenciones y diez votos a favor -bajo la presión de Francia e Inglaterra, de vuelta al Próximo Oriente, y también al final de los recalcitrantes EEUU- es una intervención militar. No debe haber dudas al respecto. Aunque esté camuflada una vez más de intervención “humanitaria” para “proteger a los civiles” y aunque excluya, de momento, la ocupación por tierra. La zona de exclusión aérea, decidida sin ninguna relación con Trípoli, sólo puede ser impuesta mediante bombardeos. En estas ocasiones se prefiere hablar de “objetivos selectivos” y “operaciones quirúrgicas”. Con la posibilidad -es decir- de nuevas matanzas de civiles, como ocurrió en Iraq y en Afganistán y como vimos en los Balcanes. Tenemos infinitas pruebas de esta enorme mentira.

Rusia y Alemania, países que se abstuvieron en el Palacio de Cristal, expresaron precisamente esta preocupación, con la incorporación en el último momento de la necesidad, antes que nada, de una declaración de alto el fuego por las dos partes en conflicto. No es una casualidad que Alemania justifique ahora su rechazo a la zona de exclusión aérea por “los considerables riesgos y peligros” que comporta. Peligros y riesgos confirmados, por lo demás, por el hecho de que, apenas Trípoli ha aceptado el alto el fuego, se ha gritado “tongo”.

Pero tampoco debemos callar sobre la necesidad de que Gadafi salga realmente de escena. El y su régimen, que dura ya demasiado tiempo y que en cualquier caso se ha hecho pedazos, sus delirios de omnipotencia y sus graves responsabilidades en la degeneración de la crisis. Desde este punto de vista todo estaba aún en juego hasta hace diez días. Se había anticipado la posibilidad de un exilio, para Gadafi y su familia, con un salvoconducto hacia un país neutral. Pero se anunció también, a requerimiento de los EEUU -los cuales, sin embargo, no reconocen la Corte Penal de DDHH- su procesamiento ante este Tribunal por “crímenes de guerra” todavía sin probar. A pesar de la insistencia de Fohg Rasmussen, secretario general de la OTAN -que de víctimas civiles es un experto-, en denunciarlos. Crímenes que, junto a un exceso de propaganda, sin duda se han producido y deben ser castigados. Pero que, según el procurador de la Corte Penal Moreno Ocampo, conciernen “a las dos partes en armas”.

Así que la posibilidad de que Gadafi saliera de escena se ha acabado perdiendo. Ahora todo parece haber terminado en un callejón sin salida. Sin más opción que la de un baño de sangre, pues tal y como están las cosas, parece que el único objetivo que queda sea el ataque militar con bombardeos aéreos. Se olvida que algunos de los aparatos que están bombardeando y matando a civiles y rebeldes en Libia son los mismos jets franceses que vendió Sarkozy a Gadafi cortejándolo con insistencia para encajarle aviones terroríficos de entre los más caros del mundo.

Finalmente, ahí está la ambigüedad del gobierno italiano, que hasta hace diez días era un valeroso aliado de Gadafi, a quien le pedía que “contuviera” la inmigración del Magreb recluyendo en nuevos campos de concentración a los desesperados que huían de la miseria de África, y que ahora se candida como plataforma de lanzamiento para ataques aéreos y bloqueo naval militar. Y quizá no sea tan solo base, ya que el dannunziano ministro de Defensa, Ignazio La Russa, reivindica el “derecho” de bombardear también para los aviones italianos. Me pregunto si históricamente Italia tiene ganas de repetir, a sesenta años de lo sucedido cuando el colonialismo, un ataque militar a un país al que ya provocó 100.000 muertos, un octavo de la población libia [de entonces]. Me pregunto si nos vamos a asumir de verdad esta responsabilidad. Por la memoria histórica hay que decir no. Pero también por el presente.

Qué triste epílogo sería para las primaveras en el mundo árabe. La señal sería la de la sangre y la represón militar, como sucede en Yemen; como ha ocurrido en medio del silencio general durante estos días en Bahrein, donde los mismos países del Golfo que actúan ahora en la zona de exclusión aérea de Libia intervinieron militarmente en Manama para respaldar al “Gadafi” local.

En estas horas, y hasta el final, cabe también mediar por la paz. El camino es el alto el fuego, según parece deducirse a última hora incluso de las palabras del presidente Barack Obama, el cual se las debe ver ahora con otro conflicto armado que apesta a petróleo. Alto el fuego que ha de ir acompañado de una intervención de observadores ONU que se interponga y defienda las vidas humanas. De no ser así, sólo vuela de verdad la guerra.

19-03-2011
http://abbonati.ilmanifesto.it/Quotidiano-archivio/19-Marzo-2011/art2.php3

REDESCUBRIENDO EL ENTERO PARTIDARIO


En agosto de 1895 se publica la reedición de LAS LUCHAS DE CLASES EN FRANCIA DE 1848 A 1850 de Karl Marx, con una Introducción de Friedrich Engels. Este exordio de 16 páginas es un recuento de los hechos. Una revisión de lo actuado por el movimiento socialista de 1848 a 1895.

Pese al tiempo trascurrido, la Introducción de Engels, sigue teniendo mucho valor práctico. No es una pieza más de biblioteca. Los problemas del presente, globalización y crisis terminal del capitalismo, han colocado los temas tratados por Engels nuevamente en la mesa de controversia socialista.
El termómetro del sufragio fue una conclusión a la que Engels arribo después de vivir y saborear 47 años de intensa lucha entre burguesía y proletariado en el escenario europeo. Leer o releer la Introducción de 1895 puede ser muy útil para entender que las conclusiones de Engels no pueden ser tomadas como fórmulas inviolables, válidas para todo tiempo y lugar.

En la vida diaria como en política las soluciones son respuestas a determinados problemas. Allí donde una contradicción no está resuelta, hay un problema. Cuando existe un problema, los humanos tomamos posición a favor de una parte y en contra de otra, muchas veces instintivamente. Actualmente, tenemos que tomar posición ante las elecciones nacionales 2011. Elecciones mañosamente conducidas por la burguesía. Nuevamente el mal menor está en el menú electoral. Se enfrenta ese dilema no por la habilidad del capital sino por la incapacidad de las fuerzas políticas que reivindican el trabajo.

En el siglo de Marx y Engels, la clase obrera supo elevarse de la secta política al partido de masas. Y no precisamente por alguna varita o fórmula mágica. Los problemas y su solución germinan en la práctica y el remedio, en teoría, brota del estudio de las contradicciones. Acción conjunta y discusión es una fórmula probada en la historia de la humanidad. Los diversos pueblos del planeta construyen su propio camino, recreando la realidad y la teoría, en la variabilidad de posibilidades que la lucha de clases presenta en nuestro tiempo.

Muchos repiten y repiten los versos de Antonio Machado: caminante no hay camino se hace camino al andar. Y, sin embargo, es muy fácil aferrarse a fórmulas del pasado, como si tuvieran magia para solucionar los problemas del presente. La teoría o experiencia ajena sólo nos puede servir como brújula en la aventura de encontrar respuestas en nuestra propia experiencia. Por medio de la investigación y el estudio, en líneas generales se puede descubrir y plantear el problema, pero no resolverlo. Para resolverlo es preciso hacer una investigación minuciosa pero sobre todo atreverse a experimentar las “soluciones”, ¡práctica y más práctica! De qué termómetro del sufragio se puede hablar si no nos atrevemos a actuar en el gran escenario de la lucha de clases. Las efemérides son útiles como medios de propaganda y debate. Pero, pasarse toda una vida de efemérides en efemérides, sólo conduce a la antítesis del “primer gran partido de masas y de ideas de toda nuestra historia republicana”.

Disfruten de la lectura estimados amigos.

Tacna, 18 de marzo 2011
EBM

INTRODUCCION DE F. ENGELS A LA EDICION DE 1895 [2]

El trabajo que aquí reeditamos fue el primer ensayo de Marx para explicar un fragmento de historia contemporánea mediante su concepción materialista, partiendo de la situación económica existente. En el "Manifiesto Comunista" se había aplicado a grandes rasgos la teoría a toda la historia moderna, y en los artículos publicados por Marx y por mí en la "Neue Rheinische Zeitung" [3], esta teoría había sido empleada constantemente para explicar los acontecimientos políticos del momento. Aquí, en cambio, se trataba de poner de manifiesto, a lo largo de una evolución de varios años, tan crítica como típica para toda Europa, el nexo causal interno; se trataba pues de reducir, siguiendo la concepción del autor, los acontecimientos políticos a efectos de causas, en última instancia económicas.

Cuando se aprecian sucesos y series de sucesos de la historia diaria, jamás podemos remontarnos hasta las últimas causas económicas. Ni siquiera hoy, cuando la prensa especializada suministra materiales tan abundantes, se podría, ni aun en Inglaterra, seguir día a día la marcha de la industria y del comercio en el mercado mundial y los cambios operados en los métodos de producción, hasta el punto de poder, en cualquier momento hacer el balance general de estos factores, múltiplemente complejos y constantemente cambiantes; máxime cuando los más importantes de ellos actúan, en la mayoría de los casos, escondidos durante largo tiempo antes de salir repentinamente y de un modo violento a la superficie. Una visión clara de conjunto sobre la historia económica de un período dado no puede conseguirse nunca en el momento mismo, sino sólo con posterioridad, después de haber reunido y tamizado los materiales. La estadística es un medio auxiliar necesario para esto, y la estadística va siempre a la zaga, renqueando. Por eso, cuando se trata de la historia contemporánea corriente, se verá uno forzado con harta frecuencia a considerar este factor, el más decisivo, como un factor constante, a considerar como dada para todo el período y como invariable la situación económica con que nos encontramos al comenzar el período en cuestión, o a no tener en cuenta más que aquellos cambios operados en esta situación, que por derivar de acontecimientos patentes sean también patentes y claros. Por esta razón, aquí el método materialista tendrá que limitarse, con harta frecuencia, a reducir los conflictos políticos a las luchas de intereses de las clases sociales y fracciones de clases existentes determinadas por el desarrollo económico, y a poner de manifiesto que los partidos políticos son la expresión política más o menos adecuada de estas mismas clases y fracciones de clases.

Huelga decir que esta desestimación inevitable de los cambios que se operan al mismo tiempo en la situación económica —verdadera base de todos los acontecimientos que se investigan— tiene que ser necesariamente una fuente de errores. Pero todas las condiciones de una exposición sintética de la historia diaria implican inevitablemente fuentes de errores, sin que por ello nadie desista de escribir la historia diaria.

Cuando Marx emprendió este trabajo, la mencionada fuente de errores era todavía mucho más inevitable. Resultaba absolutamente imposible seguir, durante la época revolucionaria de 1848-1849, los cambios económicos que se operaban simultáneamente y, más aún, no perder la visión de su conjunto. Lo mismo ocurría durante los primeros meses del destierro en Londres, durante el otoño y el invierno de 1849-1850. Pero ésta fue precisamente la época en que Marx comenzó su trabajo. Y, pese a estas circunstancias desfavorables, su conocimiento exacto, tanto de la situación económica de Francia en vísperas de la revolución de Febrero como de la historia política de este país después de la misma, le permitió hacer una exposición de los acontecimientos que descubría su trabazón interna de un modo que nadie ha superado hasta hoy y que ha resistido brillantemente la doble prueba a que hubo de someterla más tarde el propio Marx.

La primera prueba tuvo lugar cuando, a partir de la primavera de 1850, Marx volvió a encontrar sosiego para sus estudios económicos y emprendió, ante todo, el estudio de la historia económica de los últimos diez años. De este modo, los hechos mismos le revelaron con completa claridad lo que hasta entonces había deducido, de un modo semiapriorista, de materiales llenos de lagunas, a saber: que la crisis del comercio mundial producida en 1847 había sido la verdadera madre de las revoluciones de Febrero y Marzo, y que la prosperidad industrial, que había vuelto a producirse paulatinamente desde mediados de 1848 y que en 1849 y 1850 llegaba a su pleno apogeo, fue la fuerza animadora que dio nuevos bríos a la reacción europea otra vez fortalecida. Y esto fue decisivo. Mientras que en los tres primeros artículos [*] (publicados en los números de enero-febrero-marzo de la revista "Neue Rheinische Zeitung. Politisch-ökonomische Revue" [4], Hamburgo, 1850) late todavía la esperanza de que pronto se produzca un nuevo ascenso de energía revolucionaria, el resumen histórico escrito por Marx y por mí para el último número doble (mayo a octubre), publicado en el otoño de 1850, rompe de una vez para siempre con estas ilusiones: «Una nueva revolución sólo es posible como consecuencia de una nueva crisis. Pero es tan segura como ésta» [*]*. Ahora bien, dicha modificación fue la única esencial que hubo que introducir. En la explicación de los acontecimientos dada en los capítulos anteriores, en las concatenaciones causales allí establecidas, no había absolutamente nada que modificar, como lo demuestra la continuación del relato (desde el 10 de marzo hasta el otoño de 1850) en el mismo resumen general. Por eso, en la presente edición, he introducido esta continuación como capítulo cuarto.

La segunda prueba fue todavía más dura. Inmediatamente después del golpe de Estado dado por Luis Bonaparte el 2 de diciembre de 1851, Marx sometió a un nuevo estudio la historia de Francia desde febrero de 1848 hasta este acontecimiento, que cerraba por el momento el período revolucionario ("El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte", tercera edición, Hamburgo, Meissner, 1885) [*]**. En este folleto vuelve a tratarse, aunque más resumidamente, el período expuesto en la presente obra. Compárese con la nuestra esta segunda exposición hecha a la luz del acontecimiento decisivo que se produjo después de haber pasado más de un año, y se verá que el autor tuvo necesidad de cambiar muy poco.

Lo que da, además, a nuestra obra una importancia especialísima es la circunstancia de que en ella se proclama por vez primera la fórmula en que unánimemente los partidos obreros de todos los países del mundo condensan su demanda de una transformación económica: la apropiación de los medios de producción por la sociedad. En el capítulo segundo, a propósito del «derecho al trabajo», del que se dice que es la «primera fórmula, torpemente enunciada, en que se resumen las reivindicaciones revolucionarias del proletariado», escribe Marx: «Pero detrás del derecho al trabajo está el poder sobre el capital, y detrás del poder sobre el capital la apropiación de los medios de producción, su sumisión a la clase obrera asociada, y por consiguiente la abolición tanto del trabajo asalariado como del capital y de sus relaciones mutuas» [*]. Aquí se formula, pues —por primera vez—, la tesis por la que el socialismo obrero moderno se distingue tajantemente de todos los distintos matices del socialismo feudal, burgués, pequeñoburgués, etc., al igual que de la confusa comunidad de bienes del comunismo utópico y del comunismo obrero espontáneo. Es cierto que más tarde Marx hizo también extensiva esta fórmula a la apropiación de los medios de cambio, pero esta ampliación, que después del "Manifiesto Comunista" se sobreentendía, era simplemente un corolario de la tesis principal. Alguna gente sabia de Inglaterra ha añadido recientemente que también deben transmitirse a la sociedad los «medios de distribución». A estos señores les resultaría difícil decirnos cuáles son, en realidad, estos medios económicos de distribución distintos de los medios de producción y de cambio; a menos que se refieran a los medios políticos de distribución: a los impuestos y al socorro de pobres, incluyendo el Bosque de Sajonia [5] y otras dotaciones. Pero, en primer lugar, éstos son ya hoy medios de distribución que se hayan en poder de la colectividad, del Estado o del municipio y, en segundo lugar, lo que nosotros queremos es abolirlos.

* * *

Cuando estalló la revolución de Febrero, todos nosotros nos hallábamos, en lo tocante a nuestra manera de representarnos las condiciones y el curso de los movimientos revolucionarios, bajo la fascinación de la experiencia histórica anterior, particularmente la de Francia. ¿No era precisamente de este país, que jugaba el primer papel en toda la historia europea desde 1789, del que también ahora partía nuevamente la señal para la subversión general? Era, pues, lógico e inevitable que nuestra manera de representarnos el carácter y la marcha de la revolución «social» proclamada en París en febrero de 1848, de la revolución del proletariado, estuviese fuertemente teñida por el recuerdo de los modelos de 1789 y de 1830. Y, finalmente, cuando el levantamiento de París encontró su eco en las insurrecciones victoriosas de Viena, Milán y Berlín; cuando toda Europa, hasta la frontera rusa, se vio arrastrada al movimiento; cuando más tarde, en junio, se libró en París, entre el proletariado y la burguesía, la primera gran batalla por el poder; cuando hasta la victoria de su propia clase sacudió a la burguesía de todos los países de tal manera que se apresuró a echarse de nuevo en brazos de la reacción monárquico-feudal que acababa de ser abatida, no podía caber para nosotros ninguna duda, en las circunstancias de entonces, de que había comenzado el gran combate decisivo y de que este combate había de llevarse a término en un solo período revolucionario, largo y lleno de vicisitudes, pero que sólo podía acabar con la victoria definitiva del proletariado.

Después de las derrotas de 1849, nosotros no compartimos, ni mucho menos, las ilusiones de la democracia vulgar agrupada en torno a los futuros gobiernos provisionales in partibus [6]. Esta democracia vulgar contaba con una victoria pronta, decisiva y definitiva del «pueblo» sobre los «opresores»; nosotros, con una larga lucha, después de eliminados los «opresores», entre los elementos contradictorios que se escondían dentro de este mismo «pueblo». La democracia vulgar esperaba que el estallido volviese a producirse de la noche a la mañana; nosotros declaramos ya en el otoño de 1850, que por lo menos la primera etapa del período revolucionario había terminado y que hasta que no estallase una nueva crisis económica mundial no había nada que esperar. Y esto nos valió el ser proscritos y anatematizados como traidores a la revolución por los mismos que luego, casi sin excepción, hicieron las paces con Bismarck, siempre que Bismarck creyó que merecían ser tomados en consideración.

Pero la historia nos dio también a nosotros un mentís y reveló como una ilusión nuestro punto de vista de entonces. Y fue todavía más allá: no sólo destruyó el error en que nos encontrábamos, sino que además transformó de arriba abajo las condiciones de lucha del proletariado. El método de lucha de 1848 está hoy anticuado en todos los aspectos, y es éste un punto que merece ser investigado ahora más detenidamente.

Hasta aquella fecha todas las revoluciones se habían reducido a la sustitución de una determinada dominación de clase por otra; pero todas las clases dominantes anteriores sólo eran pequeñas minorías, comparadas con la masa del pueblo dominada. Una minoría dominante era derribada, y otra minoría empuñaba en su lugar el timón del Estado y amoldaba a sus intereses las instituciones estatales. Este papel correspondía siempre al grupo minoritario capacitado para la dominación y llamado a ella por el estado del desarrollo económico y, precisamente por esto y sólo por esto, la mayoría dominada, o bien intervenía a favor de aquélla en la revolución o aceptaba la revolución tranquilamente. Pero, prescindiendo del contenido concreto de cada caso, la forma común a todas estas revoluciones era la de ser revoluciones minoritarias. Aun cuando la mayoría cooperase a ellas, lo hacia —consciente o inconscientemente— al servicio de una minoría; pero esto, o simplemente la actitud pasiva, la no resistencia por parte de la mayoría, daba al grupo minoritario la apariencia de ser el representante de todo el pueblo.

Después del primer éxito grande, la minoría vencedora solía escindirse: una parte estaba satisfecha con lo conseguido; otra parte quería ir todavía más allá y presentaba nuevas reivindicaciones que en parte, al menos, iban también en interés real o aparente de la gran muchedumbre del pueblo. En algunos casos, estas reivindicaciones más radicales eran satisfechas también; pero, con frecuencia, sólo por el momento, pues el partido más moderado volvía a hacerse dueño de la situación y lo conquistado en el último tiempo se perdía de nuevo, total o parcialmente; y entonces, los vencidos clamaban traición o achacaban la derrota a la mala suerte. Pero, en realidad, las cosas ocurrían casi siempre así: las conquistas de la primera victoria sólo se consolidaban mediante la segunda victoria del partido más radical; una vez conseguido esto, y con ello lo necesario por el momento, los radicales y sus éxitos desaparecían nuevamente de la escena.
Todas las revoluciones de los tiempos modernos, a partir de la gran revolución inglesa del siglo XVII, presentaban estos rasgos, que parecían inseparables de toda lucha revolucionaria. Y estos rasgos parecían aplicables también a las luchas del proletariado por su emancipación; tanto más cuanto que precisamente en 1848 eran contados los que comprendían más o menos en qué sentido había que buscar esta emancipación. Hasta en París, las mismas masas proletarias ignoraban en absoluto, incluso después del triunfo, el camino que había que seguir. Y, sin embargo, el movimiento estaba allí, instintivo, espontáneo, incontenible. ¿No era ésta precisamente la situación en que una revolución tenía que triunfar, dirigida, es verdad, por una minoría; pero esta vez no en interés de la minoría, sino en el más genuino interés de la mayoría? Si en todos los períodos revolucionarios más o menos prolongados, las grandes masas del pueblo se dejaban ganar tan fácilmente por las vanas promesas, con tal de que fuesen plausibles, de las minorías ambiciosas, ¿cómo habían de ser menos accesibles a unas ideas que eran el más fiel reflejo de su situación económica, que no eran más que la expresión clara y racional de sus propias necesidades, que ellas mismas aún no comprendían y que sólo empezaban a sentir de un modo vago? Cierto es que este espíritu revolucionario de las masas había ido seguido casi siempre, y por lo general muy pronto, de un cansancio e incluso de una reacción en sentido contrario en cuanto se disipaba la ilusión y se producía el desengaño. Pero aquí no se trataba de promesas vanas, sino de la realización de los intereses más genuinos de la gran mayoría misma; intereses que por aquel entonces esta gran mayoría distaba mucho de ver claros, pero que no había de tardar en ver con suficiente claridad, convenciéndose por sus propios ojos al llevarlos a la práctica. A mayor abundamiento, en la primavera de 1850, como se demuestra en el tercer capítulo de Marx, la evolución de la república burguesa, nacida de la revolución «social» de 1848, había concentrado la dominación efectiva en manos de la gran burguesía —que, además, abrigaba ideas monárquicas—, agrupando en cambio a todas las demás clases sociales, lo mismo a los campesinos que a los pequeños burgueses, en torno al proletariado; de tal modo que, en la victoria común y después de ésta, no eran ellas, sino el proletariado, escarmentado por la experiencia, quien había de convertirse en el factor decisivo. ¿No se daban pues todas las perspectivas para que la revolución de la minoría se trocase en la revolución de la mayoría?

La historia nos ha dado un mentís, a nosotros y a cuantos pensaban de un modo parecido. Ha puesto de manifiesto que, por aquel entonces, el estado del desarrollo económico en el continente distaba mucho de estar maduro para poder eliminar la producción capitalista; lo ha demostrado por medio de la revolución económica que desde 1848 se ha adueñado de todo el continente, dando, por vez primera, verdadera carta de naturaleza a la gran industria en Francia, Austria, Hungría, Polonia y últimamente en Rusia, y haciendo de Alemania un verdadero país industrial de primer orden. Y todo sobre la base capitalista, lo cual quiere decir que esta base tenía todavía, en 1848, gran capacidad de extensión. Pero ha sido precisamente esta revolución industrial la que ha puesto en todas partes claridad en las relaciones de clase, la que ha eliminado una multitud de formas intermedias, legadas por el período manufacturero y, en la Europa Oriental, incluso por el artesanado gremial, creando y haciendo pasar al primer plano del desarrollo social una verdadera burguesía y un verdadero proletariado de gran industria. Y, con esto, la lucha entre estas dos grandes clases que en 1848, fuera de Inglaterra, sólo existía en París y a lo sumo en algunos grandes centros industriales, se ha extendido a toda Europa y ha adquirido una intensidad que en 1848 era todavía inconcebible. Entonces, reinaba la multitud de confusos evangelios de las diferentes [197] sectas, con sus correspondientes panaceas; hoy, una sola teoría, reconocida por todos, la teoría de Marx, clara y transparente, que formula de un modo preciso los objetivos finales de la lucha. Entonces, las masas escindidas y diferenciadas por localidades y nacionalidades, unidas sólo por el sentimiento de las penalidades comunes, poco desarrolladas, no sabiendo qué partido tomar en definitiva y cayendo desconcertadas unas veces en el entusiasmo y otras en la desesperación; hoy, el gran ejército único, el ejército internacional de los socialistas, que avanza incontenible y crece día por día en número, en organización, en disciplina, en claridad de visión y en seguridad de vencer. El que incluso este potente ejército del proletariado no hubiese podido alcanzar todavía su objetivo, y, lejos de poder conquistar la victoria en un gran ataque decisivo, tuviese que avanzar lentamente, de posición en posición, en una lucha dura y tenaz, demuestra de un modo concluyente cuán imposible era, en 1848, conquistar la transformación social simplemente por sorpresa.
Una burguesía monárquica escindida en dos sectores dinásticos [7], pero que, ante todo, necesitaba tranquilidad y seguridad para sus negocios pecuniarios, y frente a ella un proletariado, vencido ciertamente, pero no obstante amenazador, en torno al cual se agrupaban más y más los pequeños burgueses y los campesinos; la amenaza constante de un estallido violento que, a pesar de todo no brindaba la perspectiva de una solución definitiva: tal era la situación, como hecha de encargo para el golpe de Estado del tercer pretendiente, del seudo democrático pretendiente Luis Bonaparte. Este, valiéndose del ejército, puso fin el 2 de diciembre de 1851 a la tirante situación y aseguró a Europa la tranquilidad interior, para regalarle a cambio de ello una nueva era de guerras [8]. El período de las revoluciones desde abajo había terminado, por el momento; a éste siguió un período de revoluciones desde arriba.

La vuelta al imperio en 1851 aportó una nueva prueba de la falta de madurez de las aspiraciones proletarias de aquella época. Pero ella misma había de crear las condiciones bajo las cuales estas aspiraciones habían de madurar. La tranquilidad interior aseguró el pleno desarrollo del nuevo auge industrial; la necesidad de dar qué hacer al ejército y de desviar hacia el exterior las corrientes revolucionarias engendró las guerras en las que Bonaparte, bajo el pretexto de hacer valer el «principio de las nacionalidades» [9], aspiraba a agenciarse anexiones para Francia. Su imitador Bismarck adoptó la misma política para Prusia; dio su golpe de Estado e hizo su revolución desde arriba en 1866, contra la Confederación Alemana [10] y contra Austria, y no menos contra la Cámara prusiana que había entrado en conflicto con el Gobierno. Pero Europa era demasiado pequeña para dos Bonapartes, y así [198] la ironía de la historia quiso que Bismarck derribase a Bonaparte y que el rey Guillermo de Prusia instaurase no sólo el Imperio pequeño-alemán [11], sino también la República Francesa. Resultado general de esto fue que en Europa llegase a ser una realidad la independencia y la unidad interior de las grandes naciones, con la sola excepción de Polonia. Claro está que dentro de límites relativamente modestos, pero con todo lo suficiente para que el proceso de desarrollo de la clase obrera no encontrase ya un obstáculo serio en las complicaciones nacionales. Los enterradores de la revolución de 1848 se habían convertido en sus albaceas testamentarios. Y junto a ellos, el heredero de 1848 —el proletariado— se alzaba ya amenazador en la Internacional.

Después de la guerra de 1870-1871, Bonaparte desaparece de la escena y termina la misión de Bismarck, con lo cual puede volver a descender al rango de un vulgar junker. Pero la que cierra este período es la Comuna de París. El taimado intento de Thiers de robar a la Guardia Nacional de París [12] sus cañones provocó una insurrección victoriosa. Una vez más volvía a ponerse de manifiesto que en París ya no era posible más revolución que la proletaria. Después de la victoria, el poder cayó en el regazo de la clase obrera por sí mismo, sin que nadie se lo disputase. Y una vez más volvía a ponerse de manifiesto cuán imposible era también por entonces, veinte años después de la época que se relata en nuestra obra, este poder de la clase obrera. De una parte, Francia dejó París en la estacada, contemplando cómo se desangraba bajo las balas de Mac-Mahon; de otra parte, la Comuna se consumió en la disputa estéril entre los dos partidos que la escindían, el de los blanquistas (mayoría) y el de los prondhonianos (minoría), ninguno de los cuales sabía qué era lo que había que hacer. Y tan estéril como la sorpresa en 1848, fue la victoria regalada en 1871.

Con la Comuna de París se creía haber enterrado definitivamente al proletariado combativo. Pero es, por el contrario, de la Comuna y de la guerra franco-alemana de donde data su más formidable ascenso. El hecho de encuadrar en los ejércitos, que desde entonces ya se cuentan por millones, a toda la población apta para el servicio militar, así como las armas de fuego, los proyectiles y las materias explosivas de una fuerza de acción hasta entonces desconocida, produjo una revolución completa de todo el arte militar. Esta transformación, de una parte, puso fin bruscamente al período guerrero bonapartista y aseguró el desarrollo industrial pacífico, al hacer imposible toda otra guerra que no sea una guerra mundial de una crueldad inaudita y de consecuencias absolutamente incalculables. De otra parte, con los gastos militares, que crecieron en progresión geométrica, hizo subir los impuestos a un nivel exorbitante, con lo cual echó las clases pobres de la población en los brazos del socialismo. La anexión de Alsacia-Lorena, causa inmediata de la loca competencia en materia de armamentos, podrá azuzar el chovinismo de la burguesía francesa y la alemana, lanzándolas la una contra la otra; pero para los obreros de ambos países ha sido un nuevo lazo de unión. Y el aniversario de la Comuna de París se convirtió en el primer día de fiesta universal del proletariado.
Como Marx predijo, la guerra de 1870-1871 y la derrota de la Comuna desplazaron por el momento de Francia a Alemania el centro de gravedad del movimiento obrero europeo. En Francia, naturalmente, necesitaba años para reponerse de la sangría de mayo de 1871. En cambio, en Alemania, donde la industria —impulsada como una planta de estufa por el maná de miles de millones [13] pagados por Francia— se desarrollaba cada vez más rápidamente, la socialdemocracia crecía todavía más de prisa y con más persistencia.

Gracias a la inteligencia con que los obreros alemanes supieron utilizar el sufragio universal, implantado en 1866, el crecimiento asombroso del partido aparece en cifras indiscutibles a los ojos del mundo entero. 1871: 102.000 votos socialdemócratas; 1874: 352.000; 1877: 493.000. Luego, vino el alto reconocimiento de estos progresos por la autoridad: la ley contra los socialistas [14]; el partido fue temporalmente destrozado y, en 1881, el número de votos descendió a 312.000. Pero se sobrepuso pronto y ahora, bajo el peso de la ley de excepción, sin prensa; sin una organización legal, sin derecho de asociación ni de reunión, fue cuando comenzó verdaderamente a difundirse con rapidez 1884: 550.000 votos; 1887: 763.000; 1890: 1.427.000. Al llegar aquí, se paralizó la mano del Estado. Desapareció la ley contra los socialistas y el número de votos socialistas ascendió a 1.787.000, más de la cuarta parte del total de votos emitidos. El Gobierno y las clases dominantes habían apurado todos los medios; estérilmente, sin objetivo y sin resultado alguno. Las pruebas tangibles de su impotencia, que las autoridades, desde el sereno hasta el canciller del Reich, habían tenido que tragarse —¡y que venían de los despreciados obreros!—, estas pruebas se contaban por millones. El Estado había llegado a un atolladero y los obreros apenas comenzaban su avance.

El primer gran servicio que los obreros alemanes prestaron a su causa consistió en el mero hecho de su existencia como Partido Socialista que superaba a todos en fuerza, en disciplina y en rapidez de crecimiento. Pero además prestaron otro: suministraron a sus camaradas de todos los países un arma nueva, una de las más afiladas, al hacerles ver cómo se utiliza el sufragio universal.

El sufragio universal existía ya desde hacía largo tiempo en Francia, pero se había desacreditado por el empleo abusivo que había hecho de él el Gobierno bonapartista. Y después de la Comuna no se disponía de un partido obrero para emplearlo. También en España existía este derecho desde la República, pero en España todos los partidos serios de oposición habían tenido siempre por norma la abstención electoral. Las experiencias que se habían hecho en Suiza con el sufragio universal servían también para todo menos para alentar a un partido obrero. Los obreros revolucionarios de los países latinos se habían acostumbrado a ver en el derecho de sufragio una añagaza, un instrumento de engaño en manos del Gobierno. En Alemania no ocurrió así. Ya el "Manifiesto Comunista" había proclamado la lucha por el sufragio universal, por la democracia, como una de las primeras y más importantes tareas del proletariado militante, y Lassalle había vuelto a recoger este punto. Y cuando Bismarck se vio obligado a introducir el sufragio universal [15] como único medio de interesar a las masas del pueblo por sus planes, nuestros obreros tomaron inmediatamente la cosa en serio y enviaron a Augusto Bebel al primer Reichstag Constituyente. Y, desde aquel día, han utilizado el derecho de sufragio de un modo tal, que les ha traído incontables beneficios y ha servido de modelo para los obreros de todos los países. Para decirlo con las palabras del programa marxista francés, han transformado el sufragio universal de moyen de duperie qu'il a été jusqu'ici en instrument d'émancipation —de medio de engaño, que había sido hasta aquí, en instrumento de emancipación [16]. Y aunque el sufragio universal no hubiese aportado más ventaja que la de permitirnos hacer un recuento de nuestras fuerzas cada tres años; la de acrecentar en igual medida, con el aumento periódicamente constatado e inesperadamente rápido del número de votos, la seguridad en el triunfo de los obreros y el terror de sus adversarios, convirtiéndose con ello en nuestro mejor medio de propaganda; la de informarnos con exactitud acerca de nuestra fuerza y de la de todos los partidos adversarios, suministrándonos así el mejor instrumento posible para calcular las proporciones de nuestra acción y precaviéndonos por igual contra la timidez a destiempo y contra la extemporánea temeridad; aunque no obtuviésemos del sufragio universal más ventaja que ésta, bastaría y sobraría. Pero nos ha dado mucho más. Con la agitación electoral, nos ha suministrado un medio único para entrar en contacto con las masas del pueblo allí donde están todavía lejos de nosotros, para obligar a todos los partidos a defender ante el pueblo, frente a nuestros ataques, sus ideas y sus actos; y, además, abrió a nuestros representantes en el parlamento una tribuna desde lo alto de la cual pueden hablar a sus adversarios en la Cámara y a las masas fuera de ella con una autoridad y una libertad muy distintas de las que se tienen en la prensa y en los mítines. ¿Para qué les sirvió al Gobierno y a la burguesía su ley contra los socialistas, si las campañas de agitación electoral y los discursos socialistas en el parlamento constantemente abrían brechas en ella?

Pero con este eficaz empleo del sufragio universal entraba en acción un método de lucha del proletariado totalmente nuevo, método de lucha que se siguió desarrollando rápidamente. Se vio que las instituciones estatales en las que se organizaba la dominación de la burguesía ofrecían nuevas posibilidades a la clase obrera para luchar contra estas mismas instituciones. Y se tomó parte en las elecciones a las dietas provinciales, a los organismos municipales, a los tribunales de artesanos, se le disputó a la burguesía cada puesto, en cuya provisión mezclaba su voz una parte suficiente del proletariado. Y así se dio el caso de que la burguesía y el Gobierno llegasen a temer mucho más la actuación legal que la actuación ilegal del partido obrero, más los éxitos electorales que los éxitos insurreccionales.

Pues también en este terreno habían cambiado sustancialmente las condiciones de la lucha. La rebelión al viejo estilo, la lucha en las calles con barricadas, que hasta 1848 había sido la decisiva en todas partes, estaba considerablemente anticuada.

No hay que hacerse ilusiones: una victoria efectiva de la insurrección sobre las tropas en la lucha de calles, una victoria como en el combate entre dos ejércitos, es una de las mayores rarezas. Pero es verdad que también los insurrectos habían contado muy rara vez con esta victoria. Lo único que perseguían era hacer flaquear a las tropas mediante factores morales que en la lucha entre los ejércitos de dos países beligerantes no entran nunca en juego, o entran en un grado mucho menor. Si se consigue este objetivo, la tropa no responde, o los que la mandan pierden la cabeza; y la insurrección vence. Si no se consigue, incluso cuando las tropas sean inferiores en número, se impone la ventaja del mejor armamento e instrucción, de la unidad de dirección, del empleo de las fuerzas con arreglo a un plan y de la disciplina. Lo más a que puede llegar la insurrección en una acción verdaderamente táctica es levantar y defender una sola barricada con sujeción a todas las reglas del arte. Apoyo mutuo, organización y empleo de las reservas, en una palabra, la cooperación y la trabazón de los distintos destacamentos, indispensable ya para la defensa de un barrio y no digamos de una gran ciudad entera, sólo se pueden conseguir de un modo muy defectuoso y, en la mayoría de los casos, no se pueden conseguir de ningún modo. De la concentración de las fuerzas sobre un punto decisivo, no cabe ni hablar. Así, la defensa pasiva es la forma predominante de lucha; la ofensiva se producirá a duras penas, aquí o allá, siempre excepcionalmente, en salidas y ataques de flanco esporádicos, pero, por regla general, se limitara a la ocupación de las posiciones abandonadas por las tropas en retirada. A esto hay que añadir que las tropas disponen de artillería y de fuerzas de ingenieros bien equipadas e instruidas, medios de lucha de que los insurgentes carecen por completo casi siempre. Por eso no hay que maravillarse de que hasta las luchas de barricadas libradas con el mayor heroísmo —las de París en junio de 1848, las de Viena en octubre del mismo año y las de Dresde en mayo de 1849—, terminasen con la derrota de la insurrección, tan pronto como los jefes atacantes, a quienes no frenaba ningún miramiento político, obraron ateniéndose a puntos de vista puramente militares y sus soldados les permanecieron fieles.

Los numerosos éxitos conseguidos por los insurrectos hasta 1848 se deben a múltiples causas. En París, en julio de 1830 y en febrero de 1848, como en la mayoría de las luchas callejeras en España, entre los insurrectos y las tropas se interponía una guardia civil, que, o se ponía directamente al lado de la insurrección o bien, con su actitud tibia e indecisa, hacía vacilar asimismo a las tropas y, por añadidura, suministraba armas a la insurrección. Allí donde esta guardia civil se colocaba desde el primer momento frente a la insurrección, como ocurrió en París en junio de 1848, ésta era vencida. En Berlín, en 1848, venció el pueblo, en parte por los considerables refuerzos recibidos durante la noche del 18 y la mañana del 19, en parte a causa del agotamiento y del mal avituallamiento de las tropas y en parte, finalmente, por la acción paralizadora de las órdenes del mando. Pero en todos los casos se alcanzó la victoria porque no respondieron las tropas, porque al mando le faltó decisión o porque se encontró con las manos atadas.

Por tanto, hasta en la época clásica de las luchas de calles, la barricada tenía más eficacia moral que material. Era un medio para quebrantar la firmeza de las tropas. Si se sostenía hasta la consecución de este objetivo, se alcanzaba la victoria; si no, venía la derrota. Este es el aspecto principal de la cuestión y no hay que perderlo de vista tampoco cuando se investiguen las posibilidades de las luchas callejeras que se puedan presentar en el futuro.

Por lo demás, las posibilidades eran ya en 1849 bastante escasas. La burguesía se había colocado en todas partes al lado de los gobiernos, «la cultura y la propiedad» saludaban y obsequiaban a las tropas enviadas contra las insurrecciones. La barricada había perdido su encanto; el soldado ya no veía detrás de ella al «pueblo», sino a rebeldes, a agitadores, a saqueadores, a partidarios del reparto, a la hez de la sociedad; con el tiempo, el oficial se había ido entrenando en las formas tácticas de la lucha de calles: ya no se lanzaba de frente y a pecho descubierto hacia el parapeto improvisado, sino que lo flanqueaba a través de huertas, de patios y de casas. Y, con alguna pericia, esto se conseguía ahora en el noventa por ciento de los casos.

Además, desde entonces, han cambiado muchísimas cosas, y todas a favor de las tropas. Si las grandes ciudades han crecido considerablemente, todavía han crecido más los ejércitos. París y Berlín no se han cuadriplicado desde 1848, pero sus guarniciones se han elevado a más del cuádruplo. Por medio de los ferrocarriles, estas guarniciones pueden duplicarse y más que duplicarse en 24 horas, y en 48 horas convertirse en ejércitos formidables. El armamento de estas tropas, tan enormemente acrecentadas, es hoy incomparablemente más eficaz. En 1848 llevaban el fusil liso de percusión y ante carga; hoy llevan el fusil de repetición, de retrocarga y pequeño calibre, que tiene cuatro veces más alcance, diez veces más precisión y diez veces más rapidez de tiro que aquél. Entonces disponían de las granadas macizas y los botes de metralla de la artillería, de efecto relativamente débil; hoy, de las granadas de percusión, una de las cuales basta para hacer añicos la mejor barricada. Entonces se empleaba la piqueta de los zapadores para romper las medianerías, hoy se emplean los cartuchos de dinamita.

En cambio, del lado de los insurrectos todas las condiciones han empeorado. Una insurrección con la que simpaticen todas las capas del pueblo, se da ya difícilmente; en la lucha de clases, probablemente ya nunca se agruparán las capas medias en torno al proletariado de un modo tan exclusivo, que el partido de la reacción que se congrega en torno a la burguesía constituya, en comparación con aquéllas, una minoría insignificante. El «pueblo» aparecerá, pues, siempre dividido, con lo cual faltará una formidable palanca, que en 1848 fue de una eficacia extrema. Y cuantos más soldados licenciados se pongan al lado de los insurgentes más difícil se hará el equiparlos de armamento. Las escopetas de caza y las carabinas de lujo de las armerías —aun suponiendo que, por orden de la policía, no se inutilicen de antemano quitándoles una pieza del cerrojo— no se pueden comparar ni remotamente, incluso para la lucha desde cerca, con el fusil de repetición del soldado. Hasta 1848, era posible fabricarse la munición necesaria con pólvora y plomo; hoy, cada fusil requiere un cartucho distinto y sólo en un punto coinciden todos: en que son un producto complicado de la gran industria y no pueden, por consiguiente, improvisarse; por tanto, la mayoría de los fusiles son inútiles si no se tiene la munición adecuada para ellos. Finalmente, las barriadas de las grandes ciudades construidas desde 1848 están hechas a base de calles largas, rectas y anchas, como de encargo para la eficacia de los nuevos cañones y fusiles. Tendría que estar loco el revolucionario que eligiese el mismo para una lucha de barricadas los nuevos distritos obreros del Norte y el Este de Berlín.

¿Quiere decir esto que en el futuro los combates callejeros no vayan a desempeñar ya papel alguno? Nada de eso. Quiere decir únicamente que, desde 1848, las condiciones se han hecho mucho más desfavorables para los combatientes civiles y mucho más ventajosas para las tropas. Por tanto, una futura lucha de calles sólo podrá vencer si esta desventaja de la situación se compensa con otros factores. Por eso se producirá con menos frecuencia en los comienzos de una gran revolución que en el transcurso ulterior de ésta y deberá emprenderse con fuerzas más considerables. Y éstas deberán, indudablemente, como ocurrió en toda la gran revolución francesa, así como el 4 de septiembre y el 31 de octubre de 1870, en París [17], preferir el ataque abierto a la táctica pasiva de barricadas.

¿Comprende el lector, ahora, por qué los poderes imperantes nos quieren llevar a todo trance allí donde disparan los fusiles y dan tajos los sables? ¿Por qué hoy nos acusan de cobardía porque no nos lanzamos sin más a la calle, donde de antemano sabemos que nos aguarda la derrota? ¿Por qué nos suplican tan encarecidamente que juguemos, al fin, una vez, a ser carne de cañón?

Esos señores malgastan lamentablemente sus súplicas y sus retos. No somos tan necios como todo eso. Es como si pidieran a su enemigo en la próxima guerra que se les enfrentase en la formación de líneas del viejo Fritz [*] o en columnas de divisiones enteras a lo Wagram y Waterloo [18], y, además, empuñando el fusil de chispa. Si han cambiado las condiciones de la guerra entre naciones, no menos han cambiado las de la lucha de clases. La época de los ataques por sorpresa, de las revoluciones hechas por pequeñas minorías conscientes a la cabeza de las masas inconscientes, ha pasado. Allí donde se trate de una transformación completa de la organización social tienen que intervenir directamente las masas, tienen que haber comprendido ya por sí mismas de qué se trata, por qué dan su sangre y su vida. Esto nos lo ha enseñado la historia de los últimos cincuenta años. Y para que las masas comprendan lo que hay que hacer, hace falta una labor larga y perseverante. Esta labor es precisamente la que estamos realizando ahora, y con un éxito que sume en la desesperación a nuestros adversarios.

También en los países latinos se va viendo cada vez más que hay que revisar la vieja táctica. En todas partes se ha imitado el ejemplo alemán del empleo del sufragio, de la conquista de todos los puestos que están a nuestro alcance; en todas partes han pasado a segundo plano los ataques sin preparación. En Francia, a pesar de que allí el terreno está minado, desde hace más de cien años, por una revolución tras otra y de que no hay ningún partido que no tenga en su haber conspiraciones, insurrecciones y demás acciones revolucionarias; en Francia, donde a causa de esto, el Gobierno no puede estar seguro, ni mucho menos, del ejército y donde todas las circunstancias son mucho más favorables para un golpe de mano insurreccional que en Alemania, incluso en Francia, los socialistas van dándose cada vez más cuenta de que no hay para ellos victoria duradera posible a menos que ganen de antemano a la gran masa del pueblo, lo que aquí equivale a decir a los campesinos. El trabajo lento de propaganda y la actuación parlamentaria se han reconocido también aquí como la tarea inmediata del partido. Los éxitos no se han hecho esperar. No sólo se han conquistado toda una serie de consejos municipales, sino que en las Cámaras hay 50 diputados socialistas, que han derribado ya tres ministerios y un presidente de la República. En Bélgica, los obreros han arrancado hace un año el derecho al sufragio y han vencido en una cuarta parte de los distritos electorales. En Suiza, en Italia, en Dinamarca, hasta en Bulgaria y en Rumania, están los socialistas representados en el parlamento. En Austria, todos los partidos están de acuerdo en que no se nos puede seguir cerrando el acceso al Reichsrat. Entraremos, no cabe duda; lo único que se discute todavía es por qué puerta. E incluso en Rusia, si se reúne el famoso Zemski Sobor, esa Asamblea Nacional, contra la que tan en vano se resiste el joven Nicolás, incluso allí podemos estar seguros de tener una representación.

Huelga decir que no por ello nuestros camaradas extranjeros renuncian, ni mucho menos, a su derecho a la revolución. No en vano el derecho a la revolución es el único «derecho» realmente «histórico», el único derecho en que descansan todos los Estados modernos sin excepción, incluyendo a Mecklemburgo, cuya revolución de la nobleza finalizó en 1755 con el «pacto sucesorio», la gloriosa escrituración del feudalismo todavía hoy vigente [19]. El derecho a la revolución está tan inconmoviblemente reconocido en la conciencia universal que hasta el general von Boguslawski deriva pura y exclusivamente de este derecho del pueblo el derecho al golpe de Estado que reivindica para su emperador.

Pero, ocurra lo que ocurriere en otros países, la socialdemocracia alemana tiene una posición especial, y con ello, por el momento al menos, una tarea especial también. Los dos millones de electores que envía a las urnas, junto con los jóvenes y las mujeres que están detrás de ellos y no tienen voto, forman la masa más numerosa y más compacta, la «fuerza de choque» decisiva del ejército proletario internacional. Esta masa suministra, ya hoy, más de la cuarta parte de todos los votos emitidos; y crece incesantemente, como lo demuestran las elecciones suplementarias al Reichstag, las elecciones a las Dietas de los distintos Estados y las elecciones municipales y de tribunales de artesanos. Su crecimiento avanza de un modo tan espontáneo, tan constante, tan incontenible y al mismo tiempo tan tranquilo como un proceso de la naturaleza. Todas las intervenciones del Gobierno han resultado impotentes contra él. Hoy podemos contar ya con dos millones y cuarto de electores. Si este avance continúa, antes de terminar el siglo habremos conquistado la mayor parte de las capas intermedias de la sociedad, tanto los pequeños burgueses como los pequeños campesinos y nos habremos convertido en la potencia decisiva del país, ante la que tendrán que inclinarse, quieran o no, todas las demás potencias. Mantener en marcha ininterrumpidamente este incremento, hasta que desborde por sí mismo el sistema de gobierno actual; no desgastar en operaciones de descubierta esta fuerza de choque que se fortalece diariamente, sino conservarla intacta hasta el día decisivo: tal es nuestra tarea principal. Y sólo hay un medio para poder contener momentáneamente el crecimiento constante de las fuerzas socialistas de combate en Alemania e incluso para llevarlo a un retroceso pasajero: un choque en gran escala con las tropas, una sangría como la de 1871 en París. Aunque, a la larga, también esto se superaría. Para borrar del mundo a tiros un partido de millones de hombres no bastan todos los fusiles de repetición de Europa y América. Pero el desarrollo normal se interrumpiría; no se podría disponer tal vez de la fuerza de choque en el momento crítico; la lucha decisiva se retrasaría, se postergaría y llevaría aparejados mayores sacrificios.

La ironía de la historia universal lo pone todo patas arriba. Nosotros, los «revolucionarios», los «elementos subversivos», prosperamos mucho más con los medios legales que con los ilegales y la subversión. Los partidos del orden, como ellos se llaman, se van a pique con la legalidad creada por ellos mismos. Exclaman desesperados, con Odilon Barrot: La légalité nous tue, la legalidad nos mata, mientras nosotros echamos, con esta legalidad, músculos vigorosos y carrillos colorados y parece que nos ha alcanzado el soplo de la eterna juventud. Y si nosotros no somos tan locos que nos dejemos arrastrar al combate callejero, para darles gusto, a la postre no tendrán más camino que romper ellos mismos esta legalidad tan fatal para ellos.

Por el momento, hacen nuevas leyes contra la subversión. Otra vez está el mundo al revés. Estos fanáticos de la antirrevuelta de hoy, ¿no son los mismos elementos subversivos de ayer? ¿Acaso provocamos nosotros la guerra civil de 1866? ¿Hemos arrojado nosotros al rey de Hannover, al gran elector de Hessen y al duque de Nassau de sus tierras patrimoniales, hereditarias y legítimas, para anexionarnos estos territorios? ¿Y estos revoltosos que han derribado a la Confederación alemana y a tres coronas por la gracia de Dios, se quejan de las subversiones? Quis tulerit Gracchos de seditione querentes?
[*] ¿Quién puede permitir que los adoradores de Bismarck vituperen la subversión?

Dejémosles que saquen adelante sus proyectos de ley contra la subversión, que los hagan todavía más severos, que conviertan en goma todo el Código penal; con ello, no conseguirán nada más que aportar una nueva prueba de su impotencia. Para meter seriamente mano a la socialdemocracia, tendrán que acudir además a otras medidas muy distintas. La subversión socialdemocrática, que por el momento vive de respetar las leyes, sólo podrán contenerla mediante la subversión de los partidos del orden, que no puede prosperar sin violar las leyes. Herr Rössler, el burócrata prusiano, y Herr von Boguslawski, el general prusiano, les han enseñado el único camino por el que tal vez pueda provocarse a los obreros, que no se dejan tentar a la lucha callejera. ¡La ruptura de la Constitución, la dictadura, el retorno al absolutismo, regis voluntas suprema lex! [*]* De modo que, ¡ánimo, caballeros, aquí no vale torcer el morro, aquí hay que silbar!

Pero no olviden ustedes que el Imperio alemán, como todos los pequeños Estados y, en general, todos los Estados modernos es un producto contractual: producto, primero, de un contrato de los príncipes entre sí y, segundo, de los príncipes con el pueblo. Y si una de las partes rompe el contrato, todo el contrato se viene a tierra y la otra parte queda también desligada de su compromiso. Bismarck nos lo demostró brillantemente en 1866. Por tanto, si ustedes violan la Constitución del Reich, la socialdemocracia queda en libertad y puede hacer y dejar de hacer con respecto a ustedes lo que quiera. Y lo que entonces querrá, no es fácil que se le ocurra contárselo a ustedes hoy.

Hace casi exactamente 1.600 años, actuaba también en el Imperio romano un peligroso partido de la subversión. Este partido minaba la religión y todos los fundamentos del Estado; negaba de plano que la voluntad del emperador fuese la suprema ley; era un partido sin patria, internacional, que se extendía por todo el territorio del Imperio, desde la Galia hasta Asia y traspasaba las fronteras imperiales. Llevaba muchos años haciendo un trabajo de zapa, subterráneamente, ocultamente, pero hacía bastante tiempo que se consideraba ya con la suficiente fuerza para salir a la luz del día. Este partido de la revuelta, que se conocía por el nombre de los cristianos, tenía también una fuerte representación en el ejército; legiones enteras eran cristianas. Cuando se los enviaba a los sacrificios rituales de la iglesia nacional pagana, para hacer allí los honores, estos soldados de la subversión llevaban su atrevimiento hasta el punto de ostentar en el casco distintivos especiales —cruces— en señal de protesta. Hasta las mismas penas cuartelarias de sus superiores eran inútiles. El emperador Diocleciano no podía seguir contemplando cómo se minaba el orden, la obediencia y la disciplina dentro de su ejército. Intervino enérgicamente, porque todavía era tiempo de hacerlo. Dictó una ley contra los socialistas, digo, contra los cristianos. Fueron prohibidos los mítines de los revoltosos, clausurados e incluso derruidos sus locales, prohibidos los distintivos cristianos —las cruces—, como en Sajonia los pañuelos rojos. Los cristianos fueron incapacitados para desempeñar cargos públicos, no podían ser siquiera cabos. Como por aquel entonces no se disponía aún de jueces tan bien amaestrados respecto a la «consideración de la persona» como los que presupone el proyecto de ley antisubversiva de Herr von Koller [20], lo que se hizo fue prohibir sin más rodeos a los cristianos que pudiesen reclamar sus derechos ante los tribunales. También esta ley de excepción fue estéril. Los cristianos, burlándose de ella, la arrancaban de los muros y hasta se dice que le quemaron al emperador su palacio, en Nicomedia, hallándose él dentro. Entonces, éste se vengó con la gran persecución de cristianos del año 303 de nuestra era. Fue la última de su género. Y dio tan buen resultado, que diecisiete años después el ejército estaba compuesto predominantemente por cristianos, y el siguiente autócrata del Imperio romano, Constantino, al que los curas llaman el Grande, proclamó el cristianismo religión del Estado.

F. Engels
Londres, 6 de marzo de 1895

Publicado (con algunas Se publica de acuerdo con el abreviaciones) en la revista texto completo de las pruebas "Die Neue Zeit", Bl. 2, Nº 27 de imprenta del texto original, y 28, 1894-1895 y en la edición cotejado con el manuscrito en folleto aparte de la obra de Traducido del alemán. C. Marx "Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850". Impreso en Berlín en 1895.

NOTAS

[1] 88. La obra de Marx "La lucha de clases en Francia de 1848 a 1850" es una serie de artículos con el título común "De 1848 a 1849". El plan primario del trabajo "Las luchas de clases en Francia" incluía cuatro artículos: "La derrota de junio de 1848", "El 13 de junio de 1849", "Las consecuencias del 13 de junio en el continente" y "La situación actual en Inglaterra". Sin embargo, sólo aparecieron tres artículos. Los problemas de la influencia de los sucesos de junio de 1849 en el continente y de la situación de Inglaterra fueron aclarados en otros escritos de la revista, concretamente en los reportajes internacionales escritos conjuntamente por Marx y Engels. Al editar la obra de Marx en 1895, Engels introdujo adicionalmente un cuarto capítulo en el que se incluían apartados dedicados a los acontecimientos de Francia con el subtítulo de "Tercer comentario internacional". Engels tituló este capítulo "La abolición del sufragio universal en 1850".- 190, 209.
[2] 89. La "Introducción" a la obra de Marx "Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850" la escribió Engels para una edición aparte del trabajo, publicado en Berlín en 1895.
Al publicarse la introducción, la Directiva del Partido Socialdemócrata de Alemania pidió con insistencia a Engels que suavizara el tono, demasiado revolucionario a juicio de ella, y le imprimiese una forma más cautelosa. Engels sometió a crítica la posición vacilante de la dirección del partido y su anhelo a «obrar exclusivamente sin salirse de la legalidad». Sin embargo, obligado a tener en cuenta la opinión de la Directiva, Engels accedió a omitir en las pruebas de imprenta varios pasajes y cambiar algunas fórmulas. En esta edición se publica íntegro el texto del prefacio.
Bernstein utilizó esa introducción para defender su táctica oportunista. En carta a Lafargue del 3 de abril de 1895, Engels manifiesta como Bernstein "me ha jugado una mala pasada. En mi introducción a los artículos de Marx sobre la Francia de 1848 al 50 ha escogido lo que pudiera servir para defender la táctica hostil a la violencia y pacífica a toda costa; esta táctica, que el mismo ha predicado con tanto cariño, y más hoy que se preparan en Berlín las leyes de excepción. Pues esta táctica la recomiendo solamente para Alemania en la época actual, y todavía con grandes reservas. En Francia, en Bélgica, en Italia y en Austria no debe seguirse íntegramente; en Alemania puede ser mañana inaplicable".
Indignado hasta lo más hondo, Engels insistió en que su introducción se publicase en la revista "Neue Zeit". Sin embargo, se publicó en ella con los mismos cortes que hubo de hacer el autor en la antemencionada edición suelta.
El texto del prefacio de Engels se publicó íntegro por primera vez en la URSS en el año 1930 en el libro de Carlos Marx "Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1849".- 190
[3] 71. "La Neue Rheinische Zeitung. Organ der Demokratie" ("Nueva Gaceta del Rin. Organo de la Democracia") salía todos los días en Colonia desde el 1 de junio de 1848 hasta el 19 de mayo de 1849; la dirigía Marx, y en el consejo de redacción figuraba Engels.- 145, 190, 230, 564.
[*] Véase el presente tomo, págs. 209-293. (N. de la Edit.)
[4] 90. "Neue Rheinische Zeitung. Politisch-ökonomische Revue" ("Nueva Gaceta del Rin. Comentario político-económico"): revista fundada por Marx y Engels en diciembre de 1849 que editaron hasta noviembre de 1850; órgano teórico y político de la Liga de los Comunistas. Se imprimía en Hamburgo. Salieron seis números de la revista, que dejó de aparecer debido a las persecuciones de la policía en Alemania y a la falta de recursos materiales.- 192, 293
[**] Véase el presente tomo pág. 296. (N. de la Edit.)
[***] Véase el presente tomo, págs. 408-498. (N. de la Edit.)
[*] Véase el presente tomo, pág. 239 (N. de la Edit.)
[5] 91. Se alude a las dotaciones gubernamentales que Engels designa irónicamente con el nombre de la finca regalada a Bismarck por el emperador Guillermo I en el Bosque de Sajonia, cerca de Hamburgo.- 193, 302
[6] 92. In partibus infidelium (literalmente: «en el país de los infieles»): adición al título de los obispos católicos destinados a cargos puramente nominales en países no cristianos. Esta expresión la empleaban a menudo Marx y Engels, aplicada a diversos gobiernos emigrados que se habían formado en el extranjero sin tener en cuenta alguna la situación real del país.- 194, 307, 412, 438, 480
[7] 93. Se trata de los dos partidos monárquicos de la burguesía francesa de la primera mitad del siglo XIX, o sea, de los legitimistas (véase la nota 59) y de los orleanistas.
Orleanistas: partidarios de los duques de Orleáns, rama menor de la dinastía de los Borbones, que se mantuvo en el poder desde la revolución de Julio de 1830 hasta la revolución de 1848; representaban los intereses de la aristocracia financiera y la gran burguesía.
Durante la Segunda república (1848-1851), los dos grupos monárquicos constituyeron el núcleo del «partido del orden», un partido conservador unificado.- 197, 227, 424
[8] 94. Francia participó, siendo emperador Napoleón III, en la guerra de Crimea (1854-1855), hizo a Austria la guerra para disputarle Italia (1859), participó con Inglaterra en las guerras contra China (1856-1858 y 1860), comenzó la conquista de Indochina (1860-1861), organizó la intervención armada en Siria (1860-1861) y México (1862-1867); por último, guerreó contra Prusia (1870-1871).- 197
[9] 95. Engels emplea el termino que expresaba uno de los principios de la política exterior de los medios gobernantes del Segundo Imperio bonapartista (1852-1870). El llamado «principio de las nacionalidades» era muy usado por las clases dominantes de los grandes Estados como cubierta ideológica de sus planes anexionistas y de sus aventuras en política exterior. Sin tener nada que ver con el reconocimiento de las naciones a la autodeterminación, el «principio de las nacionalidades» era un acicate para espolear las discordias nacionales y transformar el movimiento nacional, sobre todo los movimientos de los pueblos pequeños, en instrumento de la política contrarrevolucionaria de los grandes Estados en pugna.- 197
[10] 96. La Confederación Alemana, fundada el 8 de junio de 1815 en el Congreso de Viena, era una unión de los Estados absolutistas feudales de Alemania y consolidaba el fraccionamiento político y económico de Alemania.- 197, 315
[11] 97. Como consecuencia de la victoria sobre Francia durante la guerra franco-prusiana (1870-1871) surgió el Imperio alemán del que, no obstante, quedó excluida Austria, de donde procede la denominación de «Pequeño Imperio alemán». La derrota de Napoleón III fue un impulso para la revolución en Francia, que derrocó a Luis Bonaparte y dio lugar el 4 de setiembre de 1870 a la proclamación de la república.- 198, 377
[12] 98. Guardia Nacional: milicia voluntaria civil y armada con mandos elegidos que existió en Francia y algunos países más de Europa Occidental. Se formó por primera vez en Francia en 1789 a comienzos de la revolución burguesa; existió con intervalos hasta 1871. Entre 1870 y 1871, la Guardia Nacional de París, en la que se incluyeron en las condiciones de la guerra franco-prusiana las grandes masas democráticas, desempeñó un gran papel revolucionario. Fundado en febrero de 1871, su Comité Central encabezó la sublevación proletaria del 18 de marzo de 1871 y en el período inicial de la Comuna de París de 1871 ejerció (hasta el 28 de marzo) la función de primer Gobierno proletario en la historia. Una vez aplastada la Comuna de París, la Guardia Nacional fue disuelta.- 198, 214, 413
[13] 99. Después de la derrota en la guerra franco-prusiana de 1870-1871, Francia pagó a Alemania una contribución de cinco mil millones de francos.- 199
[14] 100. La ley de excepción contra los socialistas se promulgó en Alemania el 21 de octubre de 1878. Según esta ley se prohibían todas las organizaciones del Partido Socialdemócrata, las organizaciones de masas y la prensa obrera, se confiscaba todo lo escrito sobre socialismo y se reprimía a los socialdemócratas. Bajo la presión del movimiento obrero de masas, esta ley fue derogada el 1 de octubre de 1890.- 199
[15] 101. Bismarck decretó el sufragio universal en 1866 para las elecciones al Reichstag de Alemania del Norte, y, en 1871, para las elecciones al Reichstag del Imperio alemán unificado.- 200
[16] 102. Engels cita la introducción teórica escrita por Marx para el programa del Partido Obrero Francés que se aprobó en el Congreso de El Havre en 1880.- 200
[17] 103. El 4 de setiembre de 1870, merced a la acción revolucionaria de las masas populares, fue derrocado en Francia el Gobierno de Luis Bonaparte y proclamada la república. El 31 de octubre de 1870 los blanquistas llevaron a cabo una tentativa infructuosa de sublevación contra el Gobierno de la Defensa Nacional.- 204
[*] Se refiere a Federico II, rey de Prusia de 1740 a 1786. (N. de la Edit.)
[18] 104. La batalla de Wagram, durante la guerra austro-francesa de 1809, duró del 5 al 6 de junio del mismo año. En ella, las tropas francesas mandadas por Napoleón I derrotaron al ejército austríaco del archiduque Carlos.
La batalla de Waterloo (Bélgica) tuvo lugar el 18 de junio de 1815. El ejército de Napoleón fue derrotado. Esta batalla desempeñó el papel decisivo en la campaña de 1815, predeterminando la victoria definitiva de la coalición antinapoleónica de los Estados europeos y la caída del imperio de Napoleón I.- 204, 269
[19] 105. Engels se refiere a la larga lucha entre el poder ducal y la nobleza en los ducados de Mecklemburgo-Schwerin y Mecklemburgo-Strelitz, que concluyó mediante la firma, en 1755, del tratado constitucional de Rostock acerca de los derechos hereditarios de la nobleza. Este tratado confirmó los fueros y privilegios anteriores de ésta y refrendó su posición dirigente en las Dietas estamentales; eximió de contribuciones la mitad de sus tierras; fijó la magnitud de los impuestos sobre el comercio y la artesanía y la participación de la una y la otra en los gastos del Estado.- 205
[*] ¿Es tolerable que los Gracos se quejen de una sedición? (Juvenal, Sátira II) (N. de la Edit.)
[**] ¡La voluntad del rey es la ley suprema! (N. de la Edit.)
[20] 106. El 5 de diciembre de 1894, se presentó al Reichstag alemán un nuevo proyecto de ley contra los socialistas. El proyecto fue rechazado el 11 de mayo de 1895.- 208

PERÚ: PAÍS DE PROMESAS E IMPUESTOS


POR: ASCENCIO CANCHARI SULCA

El Perú en el contexto hispanoamericano y mundial, es un país que se está consolidando como país primario exportador de materias primas; principalmente extractivas de minerales e hidrocarburos. Es un país donde el sector servicios ha tocado su techo más alto, que es de donde “extrae su ganancia el capital”, pero lo lamentable es que este sector se encuentra en manos extranjeras. En el Perú, la propiedad privada –principalmente la transnacional – es intocable y más aún tiene camino libre para imponer el “mercado de libre comercio entre las naciones” y “desmantelando de esta manera al Estado hasta en su función de servicio y absorbiendo el 30% del presupuesto en su seguridad.”

El Estado Moderno sea de capitalismo transnacional o de capitalismo marginal-que no produce ni dirige la producción- como dice Ramón García vive de los impuestos para la distribución de la Renta Nacional; básicamente impuesto a la producción e impuesto al consumo. Pero el Estado peruano no tiene como cobrar el impuesto a la producción, por que no hay producción. Pero aún encontrándose en esta penosa situación con el cuento del “incentivo a la inversión extranjera” ha rebajado a cero el arancel de importaciones, es decir; el impuesto directo a la producción transnacional, y ha generalizado los impuestos bandera peruanos como el impuesto indirecto al consumo - Impuesto al Valor Agregado (IVA) e Impuesto General a las Ventas (IGV), impuestos del que ningún peruano se salva- con el cuento de que “sin impuestos no puede funcionar el Estado Social de Derecho “. Con lo cual el Perú se ha convertido en un país de impuestos.

El pasado 13 de marzo , en el local del Colegio de Médicos del Perú , se ha llevado a cabo el “ debate presidencial “ –mas bien exposición de propuestas – entre los 11 candidatos a la presidencia de la República del Perú . El proceso electoral en el Perú tendrá dos etapas; una primera vuelta que se llevará a cabo el 10 de Abril y la segunda vuelta el 5 de Junio. El ganador de esta segunda vuelta ocupará el puesto de “primer mandatario “de la República del Perú. Administrador de los impuestos y de las rentas, gobierno temporal que tendrá que acatar la “Hoja de Ruta” que ya esta preparada por el gobierno permanente, es decir; las grandes financieras, las transnacionales y otros organismos internacionales.

En aquella exposición de propuestas, los candidatos prometieron de todo, con lo cual el Perú se ha convertido en un país de promesas. Ninguno se atrevió a hablar que llegado al poder, simplemente tendrán que cumplir la “Hoja de Ruta” y administrar los impuestos y rentas. Ninguno se atrevió a mirar a su vecino país, el Brasil, que probablemente será quien mejor aproveche la Carretera Interoceánica que atraviesa su territorio durante el siglo XXI. Ninguno de estos candidatos se dio el tiempo para revisar el estudio Goldman Sachs; que proyecta para el año 2043, que el PIB Chino sobrepasaría al estadounidense, sino también que en el año 2040 los países de la Unión Europea dejarían de pertenecer al grupo de las principales economías industrializadas del mundo (G-8), siendo desplazadas por China, India y Brasil. Estos cuatro países – Brasil, Rusia, India y China – en los últimos años en sus países; habrían realizado cerca de la mitad de las inversiones mundiales en infraestructura, asignando un 6% del PIB a las inversiones en caminos, electricidad, vías ferroviarias y telecomunicaciones. La potencia exportadora de estos países, que hace una década representaba el 7% del total mundial de exportaciones de bienes y el 3% de servicios, aumentó en 2006 al 13% y al 8% respectivamente. Además en el 2007 estos cuatro países acumulaban el 38% del total de reservas internacionales. Si Brasil quisiera construir supermegapuertos en el Callao o en Ilo, lo podría hacer y los puertos medianos convertirlos en megapuertos, también; para poder aumentar sobre manera su comercio con los países ubicados en el Asia-Pacífico. Algo que el Perú no podrá hacer administrando impuestos y rentas.

Actualmente en el Perú, los burgueses peruanos, incluso la “izquierda moderna”, “izquierda democrática”, utilizan la constitución política para “exigir que se cumpla”. El pueblo peruano no necesita hacer eso, sino en cambio, debe utilizar la constitución para demostrar por qué no puede cumplirse y que en realidad es letra muerta. Finalmente, para poder corregir nuestros errores y trazar nuestro camino es necesario plantear el siguiente dilema de suma actualidad: ¿tenemos que analizar la situación internacional para “enseñar” o tenemos que analizarla para aprender? Que dice usted estimado lector.

viernes, 18 de marzo de 2011

HOMENAJE A LA COMUNA DE PARIS EN CASA DE MARIÁTEGUI



DEL HOTEL DE VILLE A LA CASA DE MARIÁTEGUI ONDEÓ LA BANDERA ROJA DE LA COMUNA

Fue una noche extraordinaria. A las 8pm la Sala del Rincón Rojo de la Casa de José Carlos Mariátegui estaba al tope de llena de un público, joven en un 90%, que aún de pie, por la falta de mas sillas, seguía con atención las exposiciones sobre La Comuna de Paris y su lugar en la historia , todas debidamente preparadas.

A los 140 años de La Comuna de Paris, ésta era quizás la segunda vez que en Lima, se exponía y analizaba la primera experiencia socialista del proletariado mundial, pues sea por desconocimiento o por directiva política de olvido interesada , esta heroica y valiosa experiencia no solía recordarse dentro del movimiento socialista peruano.

Ello resulta, en parte, comprensible, pues la experiencia vieja y sencilla de una suerte de semi-Estado (como solía llamarla el viejo Lenin, recordando que en la Crítica del Programa de Gotha , Marx y Engels preferían llamarla simplemente Comuna y no Estado), conformada por delegados o concejales municipales de todo Paris, que unía el poder legislativo y el ejecutivo en un mismo órgano, que contrastaba con la enorme maquinaria burocrática construida en la extinta URSS y en la China, desde Mao, y ponía en tela de juicio la tesis del copamiento paulatino del Parlamento burgués , colocando sobre el tapete la cuestión de la destrucción y sustitución del Estado burocrático-militar burgués.

Jaime Guadalupe Bobadilla, oficiando de alzador chaman , electrizó a los asistentes recitando con pasión revolucionaria a Manuel Scorza, y encendiendo el ambiente adecuado.

Tras las exposiciones de Gustavo Pérez, David Aguinaga, Franz García, Dante Castro y Martín Guerra, se reestableció en la Sala el viejo e histórico debate entre Marx y Bakunin sobre La Comuna, caldeando el ambiente.

Un par de ideas, entre tantas importantes sobre el tema, debían quedar claras:

La necesidad de retomar la tesis marxista del Estado-Comuna y plasmarla en un poder democráticamente electo conformado por delegados de los municipios y de las comunidades indígenas y nativas, designados por sus propias organizaciones, que sustituya el Estado burgués.

La necesidad de un partido obrero adecuadamente preparado y entrenado que tenga una idea muy clara de sus fines y de los medios para alcanzarlos, como decía Lenin, en “ A la memoria de La Comuna ”, idea que tanto Martín Guerra como David Aguinaga, en su momento, habían señalado

A esa altura, se escuchó “ Paso a José Carlos, muchachos ” y el público se abrió respetuosamente, permitiendo el paso de un bien peinado Mariátegui, conducido por Anita Chiappe, que se instaló en primera fila entre los jóvenes para seguir los debates.

Tras la primera ronda de exposiciones, y antes de las preguntas e intervenciones del público, el Dúo folklórico Takanamanta sorprendió al público interpretando “ Nathalie ” de Gilbert Becaud , vieja canción que relata una visita a Moscú, y que fuese prohibida, bajo amenaza de detención y baño en agua bendita, por allí por los años 1962. El público mayor, que conocía su letra, la entonó y los jóvenes la tararearon, alegremente sorprendidos, entre las risas de Mariátegui, quien sentenciaba : “¡ Ah, muchachos!, pero mejor aún fue cuando interpretamos la danza macabra de Saint Saens en el Cementerio a media noche ”.

Finalmente, un Eugene Poitier , que escuchaba el enconado debate entre marxistas y bakuninistas, por la ventana, asomó por la puerta de la sala, bañado en lágrimas, al ver a todos entonando juntos, el viejo poema de 1871, de su autoría, que seguía prometiendo como en los días de La Comuna : “ El día que el triunfo alcancemos, ni esclavos ni hambrientos habrá, la tierra será el paraíso, de toda la humanidad ” (¡Gracias vieja y eterna canción porque me diste una fe!, como decía Jorge Basadre), tras lo cual el vigilante nos invitó a dejar el lugar pues eran las 10.30 pm y Mariátegui debía descansar.


18 de Marzo del 2011
Gustavo Pérez Hinojosa
Inkari-Lima