sábado, 17 de febrero de 2024

EL MÉTODO SIMONE WEIL: PENSAR EL PRESENTE DURANTE CIEN AÑOS


Fuentes: Ctxt

 

Por Amador Fernández-Savater | 12/02/2024 

 

Pensar y resistir, pensar en primera persona y resistir sin adoración del poder, resistencia del pensamiento a toda pasión de unanimidad y pensamiento de la resistencia capaz de percibirla en los detalles más mínimos de la realidad.

Leyendo los textos políticos de Simone Weil estos días, en los dos talleres organizados por CTXT, todos los asistentes quedamos impresionados por su actualidad. “¿Pero cuándo se ha escrito esto?”, preguntaba alguien. ¿Cómo es posible estar tan pegado a lo más vivo del presente, como ella lo estuvo siempre, y a la vez pensar para cien años (y contando)? ¿Cuál es, nos preguntábamos, el “método Weil”? 

Es desde luego una cuestión de contenidos, de enunciados, de argumentos, lo que ella escribió sobre el poder o la guerra se discutirá sin duda por décadas, pero hay asimismo una dimensión de mirada, de escucha, de apertura a la realidad. Una manera de estar en el mundo y entre las cosas marcada por una atención y una receptividad radicales.

Poner el cuerpo para pensar fue una constante en su vida. Ingresar en una fábrica para pensar la condición obrera. Vivir como miliciana para pensar la guerra. Militar como sindicalista para pensar la revolución. Sólo haciendo experiencia se nos entrega la verdad de un fragmento de mundo. “La verdad no es sólo una obra nacida del pensamiento puro (…) Una verdad es siempre la verdad de algo, el esplendor de la realidad (…) Desear la verdad es desear un contacto directo con la realidad”. 

El cuerpo de Simone Weil, de quien se dice que murió virgen, fue un cuerpo-esponja capaz de registrar los detalles más nimios y pensar desde ellos las tendencias ocultas de la época. La base material de su método. Un cuerpo poderoso es un cuerpo sensible, recogido en sí mismo y a la vez abierto, capaz de detectar como un sismógrafo los menores temblores de tierra. No necesariamente un cuerpo liberado o expansivo pero sin vulnerabilidad, sin fisura, sin herida que lo conecte al mundo.

Fuerza de la desesperación, fuerza de la guerra, fuerza de las palabras: rescato ahora de entre las conversaciones de estos días tres puntos de actualidad del pensamiento de Simone Weil.

La fuerza de la desesperación: Simone Weil en Alemania

En 1932, poco antes de la llegada de Hitler al poder, Simone Weil viaja a Alemania para ver y pensar lo que allí pasa por sí misma. Uno vive normalmente en un país y no se entera de casi nada de lo que ocurre. Simone Weil pasa un rato en otro y parece verlo y oírlo y saberlo todo. Su biógrafa, Simone Pétrement, nos cuenta que viajó sola, tuvo relativamente pocos encuentros, sobre todo con obreros, dio muchos paseos y se documentó ampliamente. Sus cartas y relatos son testimonio de esa capacidad de ver la época simplemente caminando por sus calles.

Weil piensa y describe dos cosas: la situación de fondo y las fuerzas en presencia. Situación y fuerzas como ejes de coordenadas del método Weil.

En primer lugar, la situación de grave crisis económica de la República de Weimar. Una situación potencialmente revolucionaria porque la vida de cada uno está unida inextricablemente al destino común. Lo personal no es siempre político, pero sí cuando ambos vibran juntos. Cuando lo que está en juego en la situación común y objetiva interpela a lo más íntimo y subjetivo de cada cual.

Las fuerzas en presencia son tres: el movimiento hitleriano, el Partido Socialdemócrata (SPD) y el Partido Comunista (KPD).

¿Cuál es la fuerza de los hitlerianos? Es la fuerza de la desesperación, responde Simone Weil, puesta al servicio de la clase dominante. La resonancia con el presente es obvia. La extrema derecha capta y captura el malestar social (que la izquierda no sabe representar) y lo pone al servicio de la reproducción del mismo sistema que lo provoca.

Los hitlerianos lo consiguen a través del nacionalismo, dice Weil. La trampa nacionalista es siempre la misma: sustituye la pregunta del “qué” por la pregunta del “quién”. El problema ya no es entonces el capitalismo en sí, sino el capitalismo “inglés” o “francés”. El culpable de la crisis económica es el Pacto de Versalles que ha impuesto condiciones humillantes para la claudicación alemana tras la Primera Guerra Mundial. Hitler vengará esa humillación y restaurará el orgullo herido.

A través del desplazamiento que opera el marco nacionalista, el malestar social queda atado a los representantes del capitalismo nacional. El “socialismo” que reivindican los hitlerianos es nacional-socialismo: un capitalismo de Estado. La gran burguesía alemana los utiliza contra los movimientos efectivamente revolucionarios, pero atizará de ese modo el incendio en el que ella misma acabará ardiendo.

La segunda fuerza en presencia es el Partido Socialdemócrata, arraigado sobre todo en la clase obrera alemana y las fábricas. Weil valora mucho esa implantación, porque siempre concedió gran importancia a la experiencia del trabajo como determinante de la subjetividad, de la manera de pensar, de sentir y de actuar.

Pero Weil detecta asimismo un problema: la fuerza del SPD y sus grandes sindicatos afines, que consiste en haber construido un mundo entero para los trabajadores, compuesto de oficinas, bibliotecas, escuelas y lugares de vacaciones, está cosida firmemente al régimen de Weimar, a su estabilidad y legalidad. ¿Y cómo desafiar aquello de lo que dependes? “Los sindicatos están encadenados al aparato de Estado por cadenas de oro”.

Pensar, para Simone Weil, requiere un gesto radical de renuncia: a las seguridades y certezas que nos constituyen, al propio Yo. Ella misma renunció durante su vida a muchas cosas para poder pensar libremente: a su condición burguesa, a su éxito intelectual, a su adscripción religiosa, incluso a su seguridad física.

El SPD piensa la situación de crisis desde el interés por conservar su infraestructura organizativa, pero así se vuelve sordo a la gravedad de lo que ocurre y queda subordinado al statu quo. Se entregará al nuevo régimen hitleriano atado de pies y manos. Un pensamiento conservador no es sólo una cuestión de ideología…

La última fuerza en presencia es el Partido Comunista (KPD), establecido sobre todo entre los parados alemanes. Eso ya representa un problema para Weil, porque para ella el trabajo produce subjetividad y la experiencia del no-trabajo subjetiva como incapacidad para plantear una alternativa de futuro.

El segundo problema del KPD es estar dirigido desde Moscú. Es decir, se piensa desde un lugar distinto a la situación en marcha. Los que viven las cosas no deciden sobre ellas, los que deciden sobre ellas no las viven. “Todos los fallos del KPD son influencia de Moscú”, concluye Weil, implacable.

A la URSS le preocupa menos una Alemania nazi que una Alemania anti-soviética (sea del signo que sea). Sus cálculos y decisiones se toman desde los intereses geopolíticos de la URSS, no desde la situación en marcha en Alemania o desde la preocupación por la vida de los militantes comunistas, sacrificados como peones en el tablero de ajedrez.

Weil discute la catastrófica decisión del KPD de copiar el marco nacionalista de pensamiento. La fascinación por su eficacia lleva a ceder las propias categorías (el internacionalismo) e imitar al adversario, entrando en una lógica simétrica y especular. Lo mismo que hoy en día se llama, en el lenguaje populista, “disputar los significantes nacionales (o de orden y certezas) a la derecha”. Pensar desde la cabeza del adversario.

El resultado final es que el SPD y el KPD se enfrentan ferozmente entre sí y no intervienen en la situación en crisis. El “frente único” se intenta una y mil veces en la calle, entre los propios obreros y desde la base, pero nunca cristaliza a nivel de las decisiones tácticas y estratégicas de partido. Incluso, en el caso de los comunistas, se prefieren alianzas puntuales con los hitlerianos contra los socialdemócratas, enemigos históricos.

Lo que precipita finalmente el desastre es un problema de representación, de delegación del pensamiento y la decisión en jefaturas independizadas de la situación. El proletariado resiste a la desesperación, los obreros no se vuelven ladrones o criminales, nacionalistas o hitlerianos. Pero sus direcciones piensan lo que ocurre desde un exterior: el exterior de los intereses geopolíticos o de las propiedades a conservar. “Los obreros alemanes tienen en su contra todo el poder constituido, lo instalado en su lugar”.

La fuerza de la guerra: Simone Weil en España 

A partir de su corta pero intensa experiencia en la contienda civil española, y a través del poema homérico de La Ilíada, Simone Weil desarrolla una poderosa meditación sobre la guerra, más concretamente sobre la fuerza que se activa en la guerra.

A diferencia del marxismo, que nos enseña a ver por debajo de las declaraciones y las retóricas humanistas la dura realidad de los intereses económicos, Simone Weil nos enseña a ver por debajo de los intereses económicos otra realidad más decisiva y más determinante: la materialidad de los afectos, la embriaguez de la guerra. ¡Lo económico disimula lo pulsional!

¿Qué es la embriaguez de la guerra? Es la pasión de absoluto que toma y ciega a los combatientes, impidiéndoles ver la realidad y sus límites. El que tiene fuerza cree, por el solo hecho de tenerla, que además tiene la razón y que el derrotado, por ser más débil, carece por completo de ella. Entre el adversario y yo, piensa el embriagado por la guerra, no hay nada en común, ninguna humanidad común. Querer la victoria absoluta es pretender el exterminio radical del otro.

Esta embriaguez recuerda el mecanismo (a la vez racional y pasional) que el general Von Clausewitz llamó “escalada hacia los extremos” y que define como tendencia toda guerra. Un juego recíproco de ataques y represalias que, en una espiral enloquecida e incontrolable, amenaza con llevarse todo y a todos por delante. El vencedor reina finalmente sobre un territorio devastado, es siempre rey del desierto

Este es el fondo de la famosa carta que dirigió Weil al escritor George Bernanos tras volver del frente de Aragón. Bernanos, después de haber aplaudido primero el levantamiento franquista, se distancia luego horrorizado tras asistir a la represión franquista en la isla de Mallorca. Simone Weil se presenta en su carta como una horrorizada del otro bando, que ha visto a los compañeros anarquistas, tomados ellos también por la embriaguez de la guerra, ejecutar fría y brutalmente a sacerdotes o falangistas jóvenes.

Esta pasión de absoluto se opone punto por punto a la concepción del mundo de Weil: como un entramado de relaciones, una malla de vínculos, que nos exige sobre todo un arte de las mediaciones. Vivir es como navegar: hay que contar con lo que tenemos alrededor: los vientos, las corrientes, la tierra. La pasión guerrera de absoluto es por el contrario como un barco que pretendiera avanzar destruyendo el medio mismo donde se mueve.

Cuando Netanyahu promete traer la “victoria total” a Israel habla desde la embriaguez de la guerra. El genocidio, el desplazamiento de poblaciones, la destrucción de los hogares son la punta extrema de una cadena lógica que ningún poder occidental se atreve hoy a interrumpir. Pero no hay “victoria total”, enseña Weil leyendo La Ilíada, los “héroes” que creen manejar la fuerza son en realidad manejados por ella como patéticos títeres, y acaban siempre siendo arrastrados ellos mismos por el polvo.

La fuerza de las palabras: Simone Weil en el lenguaje

¿Por qué la guerra? El problema, dice Weil, es justamente que las guerras no tienen un objetivo preciso ni un origen claro, sino que toman un pretexto cualquiera para el despliegue de la voluntad de poder. Como por ejemplo el rapto de Helena en La Ilíada. A todos los personajes del poema homérico –excepto a Paris– les importa un rábano Helena, pero la “afrenta” que supone su rapto va a llevar al mundo conocido a la catástrofe y la destrucción total.

Pero, ¿y en los conflictos contemporáneos? Ni siquiera hallamos ya en su origen el cuerpo encantador de Helena, al menos algo material, sensible y palpable. “Son palabras adornadas de mayúsculas”, dice Weil, “las que desempeñan el papel de Helena (…) Atribúyanse mayúsculas a palabras vacías de significado y los hombres verterán raudales de sangre”.

Palabras mayúsculas, palabras mortíferas, por las que se mata y se muere. ¿Qué palabras son esas? Weil cita y analiza las siguientes: Nación, Seguridad, Capitalismo, Comunismo, Fascismo, Orden, Autoridad, Propiedad, Democracia. No muy diferentes, como puede verse, de las palabras dominantes actualmente en el lenguaje político.

Pero más que tales o cuales palabras, lo mortífero es un tipo de efecto, de operación, de uso. El carácter mortífero no es sólo una propiedad de la palabra en sí, sino un tipo de funcionamiento. Toda palabra puede cristalizar en fetiche y palabra mortífera.

La palabra mortífera es, en primer lugar, una palabra absoluta. Entidad autosuficiente, independiente de toda condición, de toda correspondencia con lo real, de toda medida o proporción, de toda posibilidad de verificación.

Pensemos en el uso que se hace hoy de la palabra “democracia” entre nuestros políticos. Como una cuestión absoluta, no relativa a algo: proceso, medida, condiciones. Designar una realidad como “democrática” significa que no se puede discutir, cuestionar, verificar. Es así, y punto.

La palabra absoluta es una palabra vacía que se refiere a todo y a nada, no remite a algo preciso, contrastable, observable y palpable. No admite réplica, contestación, dialéctica, diálogo. Son palabras-monólogo que expulsan al otro, lo destituyen como interlocutor crítico, zanjan toda discusión. La palabra absoluta tiene siempre la última palabra.

La palabra mortífera es, en segundo lugar, una palabra moralizante. Distribuye el Bien y el Mal. Me identifica con el Bien, te identifica con el Mal. Me da toda la razón, te la quita. El otro no tiene razón ni razones, nada que merezca la pena ser escuchado, discutido, ninguna legitimidad en su relato. Es puro Mal.

El uso que hace hoy la derecha global del término “terrorismo” es el ejemplo más evidente. Sirve para designar cualquier cosa porque no significa nada, pone al otro fuera de la discusión, invita a su eliminación. Pero también la izquierda tiene sus propias palabras mortíferas, su uso mortífero de ciertos términos, quizá la más llamativa hoy es “fascista”, “facha”. Una etiqueta que se usa como arma arrojadiza, que inhabilita toda escucha de lo que no es políticamente correcto, todo diálogo con lo diferente, todo atisbo de revisión de las propias ideas.

Hay palabras que habilitan la relación, tienen en cuenta al otro y lo otro, lo diferente y cambiante. Son palabras relativas, relativas a algo, relativas a alguien. Hay otras palabras, sin embargo, que impulsan el avance de ese barco que destruye todo a su paso. Son palabras mayúsculas, palabras mortíferas, palabras que contagian la guerra y su pasión de absoluto.

Combatir la guerra pasa por desactivar el carácter mortífero de las palabras. “Aclarar las ideas, desacreditar las palabras congénitamente vacías, definir el uso de las otras mediante análisis precisos, ése es, por extraño que pueda parecer, un trabajo que podría preservar existencias humanas”.

La relación de fuerzas: Simone Weil y la lucha de clases   

Hay, finalmente, un término que Weil defiende y rescata: lucha de clases. ¿Por qué, en qué sentido lo reivindica?

La crítica de Weil a las pasiones de absoluto, totalitarias, no es liberal sino de inspiración maquiaveliana. La sociedad, dice el famoso florentino, se presenta siempre dividida entre los que oprimen y los que no quieren ser oprimidos. Lo único que limita la voracidad infinita de los poderosos es la resistencia de los sin-poder. En efecto: sólo la lucha de los débiles (esclavos, mujeres, obreros) ha hecho progresar este mundo en términos de libertad, igualdad y justicia.

Weil parece descreer, al final de su vida, de la palabra “revolución”. ¿No tiene ella misma un carácter absoluto? Derribar todo, reiniciar todo, pero siempre todo. La resistencia, sin embargo, instaura una relación de fuerzas. Donde había una sola fuerza, potencialmente totalitaria, aparecen de pronto dos o más que se limitan y equilibran entre sí. La lucha es al mismo tiempo relación. Una relación en la división. Lo contrario de la guerra.

Combatir la guerra no pasa por instaurar la paz, garantizada por una arquitectura jurídica definitiva, sino por permitir la relación de fuerzas, heterogéneas y cambiantes, que se limitan y equilibran entre sí. La verdadera catástrofe es por tanto una sociedad sin división, intolerante al conflicto, incapaz de saber-hacer con las peleas que plantean los de abajo, los sin-poder, los débiles. Una sociedad exactamente como la nuestra.

Pensar y resistir, pensar en primera persona y resistir sin adoración del poder, resistencia del pensamiento a toda pasión de unanimidad y pensamiento de la resistencia capaz de percibirla en los detalles más mínimos de la realidad: ¿he aquí la clave del método Weil para pensar el presente durante cien años? 

Amador Fernández-Savater es investigador independiente, activista, editor, ‘filósofo pirata’. Ha publicado recientemente Habitar y gobernar; inspiraciones para una nueva concepción política (Ned ediciones, 2020) y La fuerza de los débiles; ensayo sobre la eficacia política (Akal, 2021). Sus diferentes actividades y publicaciones pueden seguirse en www.filosofiapirata.net.

Fuente: https://ctxt.es/es/20240201/Firmas/45559/Amador-Fernandez-Savater-Simone-Weil-lenguaje-Alemania-lucha-de-clases.htm

https://rebelion.org/el-metodo-simone-weil-pensar-el-presente-durante-cien-anos/

 

SEMITISMO, JUDAISMO, ISLAMISMO, SIONISMO


(16 de febrero de 2024)

Por Miguel Aragón

 

1.- Con respecto a la Cuestión Palestina, tenemos que volver a estudiar la evolución del semitismo, del judaísmo, del islamismo y del sionismo, a través del tiempo.

2 - Tenemos que volver a estudiar las posiciones que en su momento tuvieron:

 Lenin (década de 1910),

 Mariátegui (década de 1920),

Stalin y los dirigentes de la URSS (segunda mitad de la década de 1940)

Los dirigentes de la URSS (en las décadas de 1950, 1960, y años posteriores)

3.- Recomiendo revisar, en primer lugar, los artículos de Mariátegui sobre el tema ( libro La Escena Contemporánea, última parte; y Figuras y Aspectos de la Vida Mundial).

Y en segundo lugar revisar el siguiente video sobre La URSS e ISRAEL

4.- Con esos antecedentes, fijar una posición definida ante lo que viene ocurriendo en Palestina y en el Medio Oriente en el presente, y cuáles  son sus perspectivas a corto y mediano plazo.

 

https://youtu.be/9pd-7iMhRa4?si=Dfa0DXQcZ8ppGaZY

 

sábado, 10 de febrero de 2024

CLAUSEWITZ Y RUSIA

viernes 09 de febrero de 2024, 21:00h

Daniele Perra

El estudio de Clausewitz, así como de otros clásicos de la doctrina militar, nos permite comprender mejor la postura histórica de Rusia de "defender atacando", que se pone de manifiesto a lo largo de toda la operación militar especial.

En Los Principios fundamentales de la guerra, un verdadero manifiesto rector para el ejército prusiano, cuya relevancia histórica sólo puede compararse con el Libro Rojo de Mao Zedong para el Ejército Popular de China, Federico II el Grande (también celebrado por la cinematografía nacionalsocialista en la Alemania de los años 30 y 40), afirmaba que la política y el ejército, base para preservar la gloria del Estado, deben trabajar siempre juntos para determinar los objetivos de una campaña militar. Ello se debe a que, en su opinión, antes de embarcarse en una aventura bélica, siempre es necesario conocer el terreno de confrontación, la fuerza y las alianzas del posible adversario, a fin de determinar el tiempo y los medios necesarios[1].

No es necesario reiterar la influencia de la obra de Federico de Prusia en la nunca terminada Vom Kriege de Carl von Clausewitz. En efecto, el teórico militar prusiano, al igual que el soberano, hace hincapié tanto en la conexión fundamental entre la guerra y la política como en el hecho de que la guerra, una especie de duelo prolongado, se presenta siempre como un acto de violencia con el objetivo de reducir al adversario a su voluntad. En consecuencia, la fuerza es el medio, mientras que reducir al enemigo a la propia voluntad es el fin.

Esto proporciona una primera aproximación al tema de esta contribución: la relación entre la doctrina militar rusa y la teoría clausewitziana. El propio Von Clausewitz afirma que "desarmar al enemigo es el objetivo de la guerra"[2]: en otras palabras, llevarlo a una condición en la que la beligerancia continuada conduzca a condiciones cada vez más desventajosas: el desarme total o la amenaza de que éste se produzca rápidamente. Sólo cuando ya no se produzca ningún cambio real en el equilibrio en el campo de batalla podrá justificarse la paz.

Ahora bien, la intervención directa de Rusia en el conflicto civil ucraniano tenía como principal objetivo "desarmar al enemigo": incapacitarlo para la ofensiva y someterlo a su voluntad. Para ello, los estrategas rusos siguieron al pie de la letra el esquema Clausewitziano, que implica 1) conquistar una o varias provincias del territorio enemigo; 2) buscar la negociación; 3) prepararse para la defensa, en caso de que fracase el intento de negociación.

A este respecto, en los mencionados Principios fundamentales de la guerra, Federico el Grande subraya que la guerra es siempre una concatenación de acciones ofensivas y defensivas basadas en planes diferentes. La acción defensiva, en este sentido, debe ir siempre encaminada a desgastar al adversario, inhibiendo su voluntad de ofender -algunas de las prácticas aplicadas por los militares rusos en Ucrania, como las trampas "ciegas" que hacían inútiles, estresantes y con considerable riesgo de bajas, los intentos de desminar los campos de minas, y preparar el terreno para la ofensiva, pueden ser emblemáticas.

Una vez más, Clausewitz, haciéndose eco del gobernante prusiano, afirma que "para derrocar al enemigo, hay que medir el esfuerzo con su capacidad de resistencia"[3]. Esto, por supuesto, requiere una evaluación de los medios disponibles y de la fuerza de voluntad propia y del adversario. Esto se debe a que la guerra está dominada por una especie de trinidad: el instinto natural ciego, que corresponde a su naturaleza popular; la actividad libre del hombre, perteneciente al aspecto del mando; el intelecto puro, el propósito político perteneciente a la actividad del gobierno y la decisión "schmittiana" en el "estado de emergencia". La trinidad político-guerrera, a su vez, pone de manifiesto los cuatro elementos constitutivos que forman la atmósfera en la que se mueve la guerra: el peligro, el desafío físico, la incertidumbre y el azar. Y toda la obra de Clausewitz pretende educar al decisor en esta atmósfera precisa: o mejor dicho, en su autoeducación, proporcionándole sólo directrices generales y un caudal de ideas y conceptos operativos (extraídos de la experiencia y filtrados a través de una crítica nacida de la dialéctica hegeliana) con los que enriquecer su espíritu.

Esta "trinidad" también demuestra el hecho de que la teoría siempre se vuelve infinitamente más compleja en cuanto entra en contacto con el propio campo espiritual. La guerra, de hecho, es "un arte" que está vinculado a una "materia viva", el hombre. Como afirma von Clausewitz: "la actividad de la guerra no se aplica a la materia pura, sino también y siempre a la fuerza espiritual que anima esa materia [la hace viva] y es imposible separar la una de la otra"[4].

Un enfoque similar fue propuesto por uno de los padres de la geopolítica: Karl Haushofer. Haushofer, en un intento de dar una definición a una "ciencia antimoderna" (inevitablemente imprecisa) que iba más allá del estrecho ámbito del determinismo geográfico (en el que tienden a operar los autores actuales), afirmó: "La geopolítica sabe perfectamente que siempre habrá grandes mentes que no se conformen con la mediocridad; sabe que siempre es necesario que se produzcan rupturas, nuevas fecundaciones y nuevas formaciones. Debido a la arbitrariedad que caracteriza la acción política humana, la geopolítica sólo puede hacer afirmaciones precisas en alrededor del 25% de los casos. ¿No es ya un buen resultado que, en un desarrollo en el que todo debe dejarse a la arbitrariedad humana y a los humores de las masas, al menos una cuarta parte de los casos accesibles a la previsión y a la razón activa sean predichos por la geopolítica?"[5].

Por consiguiente, esto también se aplica al esfuerzo bélico, en el que siempre existe un elemento de azar dictado por el hecho de que, a pesar del enorme desarrollo de los aparatos de espionaje y/o vigilancia (incluidos los estudios por satélite) y de su eficacia, nunca se puede tener una información 100% segura sobre las capacidades reales del adversario. En este sentido, por ejemplo, no se puede descartar la posibilidad de que los rusos se equivocaran inicialmente al evaluar la capacidad de resistencia ucraniana (teniendo en cuenta que, sin la intervención masiva de apoyo occidental, Kiev se habría derrumbado al cabo de unos meses); del mismo modo que parece claro que la cúpula militar ucraniana se equivocó, quizá guiada por evaluaciones igualmente erróneas de la OTAN, en el momento de lanzar la llamada "contraofensiva". Esto demuestra que, independientemente de los datos tecnológicos, el elemento predominante en el conflicto sigue siendo el riesgo; y las cualidades predominantes de la mente en una situación de riesgo son, volviendo a Clausewitz, el valor y la determinación, que deben entenderse como un acto de inteligencia que toma conciencia de la necesidad del riesgo y determina el "triunfo de la voluntad". Si la guerra cambia constantemente de naturaleza, el espíritu humano debe ser capaz de adaptarse a ella con la misma rapidez. El "decisor" schmittiano, para no acabar en un callejón sin salida, debe procurar que su decisión se componga de varios actos, para que el "precedente" pueda convertirse, en todas sus manifestaciones, en el parámetro y la medida de la acción siguiente. En otras palabras, debe ser capaz de aprender y comprender de sus errores para evolucionar y poder utilizarlos contra el adversario. En este sentido, Rusia (cuya doctrina militar no contiene una forma unívoca de conducir las operaciones militares), a diferencia de su adversario directo actual, ha desarrollado la capacidad de "coser" acciones de combate según las necesidades específicas del momento (capacidad ya demostrada durante el segundo conflicto de Chechenia y Georgia en 2008), explotando, además de su superior potencia de fuego, el instinto de adaptación de elementos convencionales y asimétricos; un factor indispensable, es decir, teniendo en cuenta que las fuerzas rusas ya no disponen de la ventaja numérica -en términos de capital humano prescindible en el conflicto- que podrían haber tenido en la época soviética. Este factor, tras casi dos años de guerra convencional, perjudica al bando ucraniano, cuya reserva (de la que extraer apoyo para el esfuerzo bélico) es cada vez más estrecha y no puede ser sustituida, ni siquiera recurriendo masivamente a fuerzas mercenarias. En un futuro próximo, esto conducirá a una intervención directa de la OTAN en el conflicto o, lo que es más probable, al abandono gradual de la "causa ucraniana", con la consiguiente búsqueda de una solución negociada.

Volviendo al plano teórico, al igual que la aproximación de Haushofer a la geopolítica, el valor del pensamiento de von Clausewitz (y esto hace que su obra siga siendo relevante hoy en día, a pesar de la evidente evolución de los métodos de combate) reside en la reivindicación del carácter político y espiritual de la actividad bélica y en la polémica contra los intentos de someterla a los esquemas racionalistas de los modelos derivados del llamado "Siglo de las Luces". Algo en lo que, por otra parte, destacó otro importante teórico militar del siglo XIX, que sirvió tanto a Napoleón como al Zar y se estudia en West Point: el francés Antoine-Henri Jomini, con su énfasis en las características "geométricas" (líneas estratégicas, bases, puntos clave, cuadriláteros defensivos) y logísticas del conflicto.

Así pues, si la guerra es la continuación de la política por otros medios, idea que llevó a Engels y Lenin a apreciar enormemente la obra de Clausewitz y a facilitar su difusión en las escuelas militares soviéticas, la política es la esfera de inteligencia del Estado considerado como "persona colectiva político-espiritual" (Friedrich Ratzel). Y una vez más, si la guerra nunca es una actividad autónoma en relación con la política, está claro que un Estado apolítico (por ejemplo Italia, donde la política se reduce al mínimo, a la mera gestión de los asuntos internos) no puede "hacer la guerra", sino simplemente hacer cola y/o participar, también en "términos mínimos", en el esfuerzo bélico de otros.

Este aspecto también impone otro tipo de razonamiento, que diferencia los enfoques "occidentales" del conflicto de los enfoques más propiamente "orientales". En efecto, en el caso "occidental", al menos desde la Primera Guerra Mundial (pero lo mismo puede decirse de la guerra civil estadounidense), nos encontramos ante una interpretación del conflicto en clave primordialmente económica, en la que el flujo de dinero prima sobre el flujo de sangre: el enfrentamiento militar, aunque se presente en clave existencial y/o escatológico-mesiánica (el "bien" contra el "mal absoluto"), debe evaluarse siempre en términos de oportunidades, costes y transferencias puramente materiales. Un ejemplo de ello, en el caso del actual conflicto de Gaza, es la explotación de los recursos gasísticos del mar adyacente a la Franja o la transformación de la propia Franja en una atracción turística una vez eliminado el "problema palestino". En cambio, el enfoque "oriental" sigue siendo, desde los tiempos de Sun Tzu, un enfoque casi exclusivamente político: la acción bélica, si es inevitable, debe producir ante todo ventajas y resultados políticos tangibles.

Hoy en día, ¿cuál es la principal ventaja política en el caso concreto de Rusia? Sin tener en cuenta el nivel de las relaciones internacionales y el cambio de su estructura centrada en Estados Unidos, la respuesta es bastante sencilla: la defensa de la soberanía y la integridad del territorio nacional. Las fuerzas armadas rusas -como también informa el centro de estudios estratégicos más importante del atlantismo (el Rand Corp)- están estructuradas principalmente para defender el territorio ruso[6]. Incluso el ataque, en este sentido, siempre forma parte de una estrategia defensiva más compleja. Así fue en la época de Pedro el Grande y Catalina II, que consideraron necesaria la expansión de las fronteras imperiales para salvaguardar el núcleo interno del Estado ruso; así fue en la época soviética, cuando Stalin optó por la formación de una estructura de Estados satélites cerca de las fronteras occidentales de la URSS; así es hoy, en un momento en que esta "estructura" (y con ella la Unión Soviética) se ha derrumbado tras el final de la Guerra Fría, dejando a Rusia al descubierto y fácilmente atacable en varios frentes. También fue puramente defensivo el enfrentamiento contra Napoleón, en el que von Clausewitz tomó parte activa, abandonando Prusia (obligada por Napoleón a participar en la campaña rusa) y uniéndose al ejército zarista; von Clausewitz luchó en la batalla de Borodino, magistralmente descrita por Tolstoi en Guerra y Paz, que, aunque no impidió al soberano francés entrar en Moscú, diezmó su ejército e hizo vana cualquier esperanza de victoria completa.

Aunque apreciaba las dotes militares y estratégicas de Bonaparte (capaz, incluso más que Federico el Grande, de transformar la guerra de un juego de ajedrez entre dinastías aristocráticas en una causa popular que exigía el compromiso activo de las masas), von Clausewitz rechazó su mensaje antitradicional subyacente, vinculado a la ideología liberal producida por la Revolución Francesa. Esto llevó al propio Napoleón a dar a luz el primer texto sionista de la historia europea, tampoco exento de los intereses geopolíticos específicos que más tarde llevarían a los británicos a apoyar la misma causa: la "Proclamación a la Nación Judía"[7]. La Proclamación, que nunca llegó a publicarse debido al fracaso de la campaña en Levante, rezaba así: "Bonaparte, comandante de campo de los ejércitos de la República Francesa en África y Asia, a los legítimos herederos de Palestina, los israelitas [...] La Gran Nación [Francia], que no trafica con hombres y países [...] no os llama a conquistar vuestra herencia. No, sólo os pide que toméis lo que ya ha conquistado. Y, con vuestro apoyo y permiso, que sigáis siendo los amos de esta tierra"[8].

Los valores de la Revolución Francesa y los ideales de la Ilustración y la masonería también inspiraron al coronel ruso Pavel Ivanovic Pestel, uno de los principales exponentes de las revueltas decembristas cuyo objetivo político, además de establecer un gobierno republicano en Rusia, era crear un Estado judío en el Levante otomano[9].

Notas

[1] Federico il Grande, I principi fondamentali della guerra, Tumminelli Editore, Roma 1940, p. 22.
[2] C. von Clausewitz, Pensieri sulla guerra, Oaks Editore, Milán 2022, p. 8.
[3] Ibidem, p. 23.
[4] Ibidem, p. 59.
[5] K. Haushofer, "Che cos'è la geopolitica?", Eurasia. Rivista di studi geopolitici. Vol. LI, n. 3/2018.
[6] Véase S. Boston - D. Massicot, The Russian way of warfare, www.rand.org.
[7] S. Azzali, "Theodor Herzl e il Sultano", Eurasia. Rivista di studi geopolitici, Vol. LXXIII, n. 1/2024.
[8] J. Attali, Le juifs, le monde et l'argent, Fayard, Parigi 2002, p. 333.
[9] "Theodor Herzl e il Sultano", ivi cit.

 

Fuente: https://geoestrategia.es/noticia/42276/opinion/clausewitz-y-rusia.html

 

 

ISRAEL DEBE DESAPARECER

 


Por  Juanlu González

 

08/02/2024


La solución de los dos estados no es más que una ilusión

A raíz del genocidio de Gaza, la comunidad internacional, la misma que había decidido enterrar definitivamente la causa palestina, se está aferrando de nuevo a la vieja solución diplomática, basada en la coexistencia de dos estados trazados sobre la geografía de la Palestina histórica. Salvo Israel y Estados Unidos, que supedita el reconocimiento palestino a lo que decida el estado sionista en la mesa de nonegociaciones, buena parte del mundo apoya esta salida. Incluso la Liga Árabe y algunas facciones palestinas la ven como la única factible, tal es el poder del sionismo para imponer su realidad sobre el terreno, por muy injusta, aberrante y ahistórica que sea.

Y hasta cierto punto tiene su lógica, ya que la solución de dos estados se apoya en resoluciones internacionales de la Asamblea y el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas que articulan parte del corpus de lo que se conoce como “legalidad internacional”. Sin embargo, jamás ha estado cerca de implementarse por causa de la oposición frontal de Israel, cuyo objetivo primario fue siempre adueñarse de toda Palestina, como lo demuestra el que sea el único estado del planeta que tiene sus fronteras sin delimitar, tras más de 70 años de belicosa existencia y como también lo demuestra el asesinato de Folke Bernadotte, el mediador sueco de la ONU, enviado a la región para delimitar las fronteras palestinas, que fue baleado por los sionistas.

Las ofertas que Israel ha puesto sobre la mesa jamás incluyeron a Jerusalén ni los lugares santos del islam para los palestinos. Las más recientes tampoco les dejan el control sobre su espacio aéreo, ni sobre sus fronteras, aguas territoriales o las riquezas del subsuelo (agua, gas…). Hasta le prohíben expresamente que pudiese tener un ejército propio en el futuro. En definitiva, cualquier parecido con la realidad de un estado soberano es pura coincidencia. Realmente lo que han ofrecido negociar es un conjunto de cárceles, rodeadas de colonias habitadas por extranjeros extremistas fuertemente armados, flanqueados por muros de la vergüenza, por vallas con concertinas y de checkpoints militarizados para controlar los movimientos  dentro del archipiélago de campos de concentración en los que los invasores dejarían, graciosamente, vivir a los habitantes originarios.

Evidentemente, ningún dirigente palestino podría aceptar tal cosa, por muy al servicio que estuviese de Estados Unidos y sus aliados, ya que no duraría en el cargo ni una semana. Sin embargo, la prensa corporativa, tras cada ruptura de las negociaciones, nunca dudó ni un segundo, en culpar a la intransigencia palestina del fracaso de las pantomimas que el Occidente colectivo ha sido capaz de armar con la connivencia de la OLP o la ANP. 

Así se ha ido forjando la falsa imagen de unos árabes intransigentes que no han querido negociar porque lo “pedían todo”, y de un Israel que hacía enormes y dolorosos sacrificios para lograr una paz que siempre, supuestamente, le negaron los palestinos. Pero es aún peor. Cuanto más tiempo ha pasado, los territorios ocupados por la fuerza se han ido afianzando como conquistas, gracias a la llegada de alrededor de medio millón de extranjeros venidos de muchos países del mundo para expulsar a la población local. 

Cada vez que se ha denunciado un nuevo asentamiento ilegal, el gobierno de Tel Aviv contestaba con un absurdo mantra: “las colonias no son un obstáculo para la paz”. Así es como, poco a poco, el espacio para el futuro país palestino se fue reduciendo hasta el punto de que hoy es imposible trazar unas fronteras para la constitución de un estado viable. Se podrá aducir que los asentamientos ilegales, los que están dentro de las fronteras trazadas en 1967, que se consideran las internacionalmente reconocidas, se tendrían que desmantelar o bien quedarían dentro del futuro estado palestino, pero eso es algo que nadie con un mínimo de información sobre la región puede ver como factible.

¿Cuál es entonces la solución? ¿Hay solución? Al sionismo se le han visto claras sus intenciones durante el presente genocidio. Son las mismas que pretendía Hitler, la solución final. Matar a todos los palestinos que les sea posible y deportar al resto fuera de su tierra. Esos eran los planes que había detrás de la anexión de Cisjordania que estaban preparándo antes del ataque de la Resistencia a los territorios ocupados el 7-O y es también lo que están intentando ahora con los gazatíes. De hecho han tanteado a Jordania y Egipto, a Europa… incluso a la República del Congo y otros países del África subsahariana, como posibles lugares a donde expulsar —voluntariamente, eso sí— a los palestinos de la Franja. Ahora que eso no parece posible, con permiso de lo que pueda suceder en Rafah durante los próximos días o semanas, Israel se centrará en pretender mantener el status quo anterior, aunque controlando Gaza de manera aún más directa, del mismo modo que hacen en Cisjordania, donde no cesan de entrar a cada pueblo, a cada campo de concentración o cada casa, para asesinar a quien quieran sin apenas resistencia. 

Pero no es eso lo que afirma pretender la UE, la ONU o la comunidad internacional. Mayoritariamente dicen que contemplan la creación de un estado palestino según dictan las resoluciones de Naciones Unidas. Sin embargo, nadie se atreve a dar ningún detalle adicional sustancial. Israel jamás lo aceptará, ellos están donde siempre han estado y jamás han querido reconocer: en la construcción del Eretz Israel, como algunos quieren interpretar en las franjas azules de su bandera: desde el río hasta el mar. 

Así las cosas, la única solución justa y duradera para la región pasa por la desaparición del estado fallido de Israel, la vuelta de millones de colonos judíos a sus países de origen (casi todos tienen doble nacionalidad), el retorno de los palestinos de la diáspora, tal y como dicta la Resolución 194 según los registros oficiales de la UNRWA (¿se entiende ahora por qué Israel quiere acabar con esta Agencia de la ONU?) y restablecer un único estado multiconfesional, de nombre Palestina. 

Obviamente los judíos quedarían en minoría, justo como estaba la población blanca en Sudáfrica tras el apartheid, como siempre fue así en Palestina. No podemos ser ilusos, Occidente jamás permitirá una solución de este tipo, pues equivaldría a perder su mayor colonia y puesto avanzado militar en Asia Occidental, en la gasolinera del mundo. Pero es la única manera de hacer justicia, de reparar el daño causado y restablecer la paz en la región. 

No olvidemos que Israel ocupa por la fuerza, además de Palestina, zonas de Siria y Líbano y es el principal foco de inestabilidad mundial desde su ilegal y arbitraria creación. Basta abrir un periódico para darse cuenta de que es así.

Sin embargo, hay que ser consciente de que nada de esto será posible mientras EEUU continue siendo el hegemón mundial, un trono que está en disputa en estos momentos en muchos ámbitos como el económico, el militar o el tecnológico. Quizá eso de los dos estados podría ser útil como paso intermedio hacia la solución definitiva, pero poco más. Pero algo deben tener presente esos colonos sionistas. Deben saber que, en el momento en el que un nuevo mundo multilateral surja sobre las cenizas del orden basado en las reglas norteamericanas, «Israel» será el primero en caer, y esta vez para siempre.

Fuente: https://www.bitsrojiverdes.org/wordpress/?p=22417

 

 

miércoles, 7 de febrero de 2024

CARTA DE UNA COMUNISTA

 


Svieta Fernández González

01 abril 2008


La mayoría es quien impone las reglas en una sociedad. Muchas veces a nosotros se nos ha tratado mal y despreciado a lo largo de la historia, comúnmente por desconocimiento, o por el erróneo creer que han impuesto los gobiernos capitalistas, chovinistas, creando una paranoia generalizada de rechazo hacia el movimiento revolucionario socialista.

El concepto comunista de la sociedad ideal tiene lejanos antecedentes, incluyendo La República de Platón y las primeras comunidades cristianas. La idea de una sociedad comunista surgió, a principios del siglo XIX, como respuesta al nacimiento y desarrollo del capitalismo moderno. En aquel entonces, el comunismo fue la base de una serie de afirmaciones utópicas; sin embargo, casi todos estos primeros experimentos comunistas fracasaron; realizados a pequeña escala, implicaban la cooperación voluntaria y todos los miembros de las comunidades creadas participaban en el proceso de gobierno. Entramos entonces al problema de fondo: El comunismo debe ser con participación de todos, el uso de la fuerza por parte de las autoridades o la mal llamada imposición, no es una Ley per se del comunismo. Son solo ideas mal infundadas por mayorías subversivas malintencionadas.

Posteriormente, el término ‘comunismo’ pasó a describir al socialismo científico, la filosofía establecida por Karl Marx y Friedrich Engels a partir de su Manifiesto Comunista. Desde 1917, el término se aplicó a aquellos que consideraban que la Revolución Rusa era el modelo político ideal, refundido el tradicional marxismo ortodoxo con el leninismo, creador de una verdadera praxis revolucionaria. Desde el inicio de aquélla, el centro de gravedad del comunismo mundial se trasladó fuera de la Europa central y occidental; desde finales de la década de 1940 hasta la de 1980, los movimientos comunistas han estado frecuentemente vinculados con los intentos de los países del Tercer Mundo de obtener su independencia nacional y otros cambios sociales, en el ámbito del proceso descolonizador.

En sus obras, Marx y Engels intentaron analizar la sociedad capitalista. Pusieron de manifiesto las contradicciones existentes en el seno de la sociedad contemporánea: los derechos fundamentales no habían abolido la injusticia; los gobiernos constitucionales no evitaban ni la mala gestión ni la corrupción; la ciencia posibilitaba el dominio de la naturaleza, pero no el de las fluctuaciones de los ciclos económicos; y la eficiencia de los modernos modos de producción no evitaba la existencia de barrios marginales en medio de la abundancia.

Describían la historia de la humanidad como el intento, de hombres y mujeres, por desarrollar y aplicar su potencial creativo con el fin de controlar las fuerzas de la naturaleza para poder mejorar la condición humana. Al realizar este esfuerzo para desarrollar y controlar las fuerzas productivas, la humanidad ha logrado grandes éxitos; la historia consiste en la historia del progreso. No obstante, al buscar el desarrollo de la productividad se han creado varias instituciones que han provocado una explotación, dominación y muchos otros males; el precio que la humanidad tiene que pagar por el progreso es el tener una sociedad injusta.

El Taylorismo es la prueba más palpable del capitalismo salvaje producto de la revolución industrial. Se ve al obrero como un objeto y no como una persona; se cosifica al trabajador como un bien depreciable y -reemplazable- de la empresa. Se multiplica el trabajo y por añadidura, el esfuerzo físico, pagando al trabajador por pieza y no por obra. No quiero entrar al campo de la motivación ya que eso es otro asunto. A raíz del Taylorismo y de la diversificación y avance tecnológico los accidentes laborales empezaron a multiplicarse.

Según Marx, todos los sistemas sociales del pasado habían sido un medio para que unos pocos, ricos y poderosos, pudieran vivir a costa del trabajo y la miseria de una mayoría pobre. Por eso, todo sistema está amenazado por un posible conflicto surgido de cada contradicción histórica.

Además, cada modo de producción que se sucede en el tiempo tiene fallos que, antes o después, terminarán por destruirlo, bien por su propia desintegración, bien por una revolución alentada por la clase oprimida. Engels y Marx pensaban que el sistema capitalista también tenía fallos y, por lo tanto, estaba condenado a su autodestrucción. Intentaron demostrar que cuanto más productivo fuera el sistema, más difícil sería que funcionara: cuantos más bienes fuera acumulando menos utilidad marginal se obtendría de esos bienes; cuanto más preparada estuviera la población, menos podrían utilizar sus capacidades. En definitiva, el capitalismo acabaría ahogándose en su propia riqueza. Llegaría a una entropía autoinfringida.

Se creía que el colapso de la economía capitalista culminaría en una revolución política en la que el proletariado se rebelaría contra la clase opresora y acabaría con la propiedad privada de los medios de producción. Dirigida por y para el pueblo, la economía produciría, no en virtud del lucro y la rentabilidad, sino de las necesidades de la sociedad, con lo cual, una vez satisfechas éstas, las desigualdades desaparecerían a la par que los gobiernos coercitivos. Este proceso ocurriría, según las previsiones de Marx y Engels, en los estados más industrializadas de Europa occidental, donde el capitalismo había creado las condiciones necesarias para que estos cambios tuvieran lugar.

El capitalismo, ha colapsado; prueba de esto es que en Latinoamérica se esta produciendo una fuerte onda socialista, no dejando a un lado su precepto comunista, con el fin de poner un alto al enriquecimiento enorme y poderío de Estados Unidos que ha empobrecido a los demás países pequeños por mucho tiempo, limitando sus recursos naturales con poderío militar y tecnológico, herencia de la segunda guerra mundial.

Sin embargo. en los países autodenominados comunistas siguen produciéndose desigualdades y persisten tanto la escasez como los gobiernos coercitivos; por otra parte, los seguidores de Marx han alcanzado el poder en países que no reunían las condiciones que Marx y Engels consideraban esenciales. El primer país que instauró un sistema comunista fue Rusia, un Estado de gran extensión, pobre y relativamente atrasado, que iniciaba a principios del siglo XX su proceso de industrialización, pero en el que no existía una auténtica clase burguesa autóctona que protagonizara la transición de una sociedad del antiguo régimen a otra capitalista. El pueblo ruso, mayoritariamente analfabeto, no tenía ninguna experiencia en cuanto a participación política. En 1917, la Revolución Rusa puso fin al gobierno zarista y, tras un periodo de inestabilidad política, convirtió a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) en el primer Estado regido por un partido comunista, concretamente el bolchevique dirigido por Lenin.

Desde la conquista del poder por los bolcheviques, el gobierno comunista de la Unión Soviética se enfrentó a toda una serie de problemas. Durante los primeros años, los enemigos del sistema dentro del país cuestionaban incluso la existencia del gobierno. Cuando el partido comunista salió victorioso, tuvo que enfrentarse con la necesidad de reconstruir y modernizar la arruinada economía del país. Después, todos los esfuerzos estuvieron encaminados a transformar un país atrasado en una nación industrial y en una primera potencia militar.

El objetivo era ambicioso, los obstáculos enormes, y no había tiempo que perder, sobre todo después de la desastrosa interrupción que significó la II Guerra Mundial. Por ello, los líderes soviéticos eran implacables a la hora de organizar todos los recursos disponibles, materiales y humanos, para lograr la modernización. La dura disciplina y la austeridad económica que se requería sólo podían imponerse mediante una inflexible dictadura que pudiera controlar todas las actividades de los ciudadanos y suprimir cualquier viso de disidencia o autonomía. El sistema de control total resultante fue denominado estalinismo, en virtud del personaje que lo protagonizó, Iósiv Stalin, el líder que controló y diseñó el gobierno de la URSS durante más de un cuarto de siglo tras la muerte de Lenin.

CARTA DE UN COMUNISTA

Svieta Fernández González <sakurita_ferg15@hotmail.com>

martes, 1 de abril, 2008 22:50:03

Para: edgar bolaños <edboma3@gmail.com>CC: 

 

Camarada: Vuelvo a felicitarla por vuestras conclusiones. Voy a reenviar su Carta a los camaradas de esta ciudad y le recomendaría que realice lo mismo en la Blanca Ciudad. Es vital promover el debate. Crear una atmósfera de ideas. Que todos nuestros camaradas pongan a funcionar eso que llevan encima de los hombros. Nuestro maestro José Carlos Mariátegui combatió a la estupidez material y la estolidez mental de los defensores del viejo orden con la razón de las ideas y la claridad del análisis de clase. Entonces como no seguir su ejemplo.

 

Un abrazo con estas líneas que tal vez le sirvan en su esfuerzo por clarificar el panorama.

Atte

Edgar Bolaños Marín

 

Primera obs.  La mayoría es quien impone las reglas en una sociedad.” Vivimos en una sociedad de clases. Esto no hay que olvidarlo nunca. Entonces, debemos tener claro quienes hacen las reglas. Esta descartado que sean los explotados quienes imponen las reglas de juego. Desde que el hombre inventa la propiedad privada aparecen las clases sociales, el Estado y la política. En ese momento de la historia nace la explotación del hombre por el hombre, la explotación de clase y, con ella, la necesidad de quienes detentan el Poder político (expresión del poder económico) de justificar y defender sus privilegios de clase. El Derecho romano, p.e, nace para legalizar (justificar, defender e imponer) el “derecho divino” de los propietarios estableciendo las reglas “civilizadas” de comportamiento de los hombres cosa, vale decir, los explotados (históricamente: esclavos, siervos, obreros). Luego, quienes imponen las reglas a las mayorías explotadas son las minorías explotadoras. Esas minorías en la época del capitalismo se esfuerzan por hacernos tragar el cuento que las mayorías a través de Elecciones deciden quienes son sus representantes y, por tanto, que las mayorías son quienes hacen las reglas. ¿Será verdad lo anterior?  La lucha de clases como principio motor de los acontecimientos sociales debe guiar tus estudios y análisis. Esto no hay que olvidarlo nunca.

Segunda Obs. En el segundo párrafo falta claridad expositiva…

Tercera Obs.los derechos fundamentales no habían abolido la injusticia” ¿Derechos naturales o artificiales? ¿Derechos inherentes a todo ser humano o derechos creados (escritos) por el hombre?  Si te refieres a los segundos es cierta la afirmación. Pero los derechos artificiales (por llamarlos de algún modo) responden a la visión e interés de la(s) clase que administra el Poder político. Y mientras no se supere el capitalismo la contradicción entre la teoría (derechos fundamentales) y la práctica social va a subsistir en tanto la explotación de clase se basa en la trasgresión de todos los derechos humanos: al trabajo, a la vida, al pensamiento, etc., etc.

Cuarta Obs.la ciencia posibilitaba el dominio de la naturaleza, pero no el de las fluctuaciones de los ciclos económicos; y la eficiencia de los modernos modos de producción no evitaba la existencia de barrios marginales en medio de la abundancia.” Al respecto de la primera parte del razonamiento debemos preguntarnos porque la ciencia no puede dominar las fluctuaciones de los ciclos económicos. No será porque los ciclos económicos responden a comportamientos instintivos (en el área económica: mercado y competencia) de las criaturas del capitalismo. Comportamiento que es estimulado por la teoría y práctica del mercado. Y en cuanto a la segunda parte del razonamiento. El desarrollo capitalista se sostiene en el desarrollo desigual de la explotación de clase. El capitalismo necesita, como el hombre requiere aire para vivir, de los cinturones de miseria para subsistir. En una nota sobre las transiciones de un modo de producción a otro en Génesis del cordero filosófico apunto lo siguiente: Charles Fourier (1772-1837), en hora temprana del capitalismo decía: “en la civilización, la pobreza nace de la misma abundancia”. Años después, Marx y Engels dirían: “la incompatibilidad entre la producción social y la apropiación capitalista se reproduce como contraposición entre la organización de la producción en cada fábrica y la anarquía de la producción en la sociedad en su conjunto.” La competencia es la forma capitalista de eliminar capital y capacidad excedente (máquinas y hombres). El resultado de la revolución industrial y la brutal competencia: “tres personas millonarias poseen mas que 600 millones de personas.” (Fuente: la ONU) La paradoja de nuestro tiempo: Mira al avaro, en sus riquezas, pobre. El hombre de caudales cuanto más dinero posee se hace más pobre, su menesterosidad crece cuando su fortuna se incrementa. Y la opulencia contrasta con la miseria que nace de la misma abundancia. Vivimos un intenso período de transición que preludian grandes transformaciones.

Quinta Obs.el precio que la humanidad tiene que pagar por el progreso es el tener una sociedad injusta.” Conclusión acertada. A la que hay que agregar: una sociedad injusta basada en la explotación de clase.  Dicho, en otros términos, es un proceso absolutamente necesario.

Sexta Obs.cuantos más bienes fuera acumulando menos utilidad marginal se obtendría de esos bienes; cuanto más preparada estuviera la población, menos podrían utilizar sus capacidades. En definitiva, el capitalismo acabaría ahogándose en su propia riqueza. Llegaría a una entropía autoinfringida.”  Muy bien. Una descripción acertada del panorama actual. La crisis económica que hoy vivimos es la crisis terminal del capitalismo. Marchamos hacia el colapso del capitalismo. ¡Qué duda cabe!