El filósofo surcoreano, una de
las estrellas del pensamiento actual, profundiza en su cruzada contra los
‘smartphones’. Estima que se han convertido en una herramienta de subyugación
digital que crea adictos. En una entrevista exclusiva con EL PAÍS, Han afirma
que hay que domar el capitalismo, humanizarlo
Sergio C. Fanjul
09 oct 2021
Byung-Chul Han ha aceptado esta entrevista con EL
PAÍS, pero solo mediante un cuestionario por correo electrónico que ha sido
respondido en alemán por el filósofo y posteriormente traducido y editado.
PREGUNTA. ¿Cómo es posible que en un mundo obsesionado
por la hiperproducción y el hiperconsumo, al mismo tiempo los objetos se vayan
disolviendo y vayamos hacia un mundo de no-cosas?
RESPUESTA. Hay, sin duda, una hiperinflación de objetos que
conduce a su proliferación explosiva. Pero se trata de objetos desechables con
los que no establecemos lazos afectivos. Hoy estamos obsesionados no con las
cosas, sino con informaciones y datos, es decir, no-cosas. Hoy todos somos infómanos.
Se ha llegado ya a hablar de datasexuales [personas que recopilan y comparten
obsesivamente información sobre su vida personal].
P. En ese mundo que describe, de hiperconsumo y
pérdida de lazos, ¿por qué es importante tener “cosas queridas” y establecer
rituales?
R. Las cosas son los apoyos que dan tranquilidad en la
vida. Hoy en día están en conjunto oscurecidas por las informaciones. El smartphone
no es una cosa. Yo lo caracterizo como el infómata que produce y procesa
informaciones. Las informaciones son todo lo contrario a los apoyos que dan
tranquilidad a la vida. Viven del estímulo de la sorpresa. Nos sumergen en un
torbellino de actualidad. También los rituales, como arquitecturas temporales,
dan estabilidad a la vida. La pandemia ha destruido estas estructuras
temporales. Piense en el teletrabajo. Cuando el tiempo pierde su estructura nos
empieza a afectar la depresión.
P. En su libro se establece que, mediante la
digitalización, nos convertiremos en homo ludens, enfocados al juego más
que al trabajo. Pero, con la precarización y la destrucción de empleo,
¿podremos todos acceder a esa condición?
R. He hablado de un desempleo digital que no está
determinado por la coyuntura. La digitalización conducirá a un desempleo
masivo. Este desempleo representará un problema muy serio en el futuro.
¿Consistirá el futuro humano en la renta básica y los juegos de ordenador? Un
panorama desalentador. Con panem et circenses (pan y circo) se refiere
Juvenal a la sociedad romana en la que no es posible la acción política. Se
mantiene contentas a las personas con alimentos gratuitos y juegos
espectaculares. La dominación total es aquella en la que la gente solo se
dedica a jugar. La reciente e hiperbólica serie coreana de Netflix, El juego
del calamar, en la que todo el mundo solo se dedica al juego, apunta en
esta dirección.
P. ¿En qué sentido?
R. Esa gente está sobreendeudada y se entrega a ese
juego mortal que promete enormes ganancias. El juego del calamar
representa un aspecto central del capitalismo en una forma extrema. Ya dijo
Walter Benjamin que el capitalismo representa el primer caso de un culto que no
es expiatorio, sino que nos endeuda. En los principios de la digitalización se
soñaba con que esta sustituiría el trabajo por el juego. En realidad, el
capitalismo digital explota despiadadamente la pulsión humana por el juego. Piense
en las redes sociales, que incorporan elementos lúdicos para provocar la
adicción en los usuarios.
P. En efecto, el teléfono móvil inteligente nos
prometía cierta libertad… ¿No se ha convertido en una larga cadena que nos
apresa allí donde estemos?
R. El smartphone es hoy un lugar de trabajo
digital o bien un confesionario digital. Todo dispositivo, toda técnica de
dominación genera artículos de culto que son empleados para la subyugación. Así
se afianza la dominación. El smartphone es el artículo de culto de la
dominación digital. Como aparato de subyugación actúa como un rosario y sus
cuentas; así es como mantenemos el móvil constantemente en la mano. El me
gusta es el amén digital. Seguimos confesándonos. Nos desnudamos por
decisión propia. Pero no pedimos perdón, sino que se nos preste atención.
P. Hay quien teme que el internet de las cosas
pudiera significar algo así como la rebelión de los objetos contra el ser
humano.
R. No exactamente. El smart home [hogar
inteligente] con cosas interconectadas representa una prisión digital. El smart
bed [cama inteligente] con sensores prolonga la vigilancia también durante
las horas de sueño. La vigilancia se va imponiendo de modo creciente y
subrepticio en la vida cotidiana como si fuera lo conveniente. Las cosas
informatizadas, o sea, los infómatas, se revelan como informadores
eficientes que nos controlan y dirigen constantemente.
P. Usted ha descrito cómo el trabajo va tomando
carácter de juego, las redes sociales, paradójicamente, nos hacen sentir más
libres, el capitalismo nos seduce. ¿Ha conseguido el sistema meterse dentro de
nosotros para dominarnos de una manera incluso placentera para nosotros mismos?
R. Solo un régimen represivo provoca la resistencia.
Por el contrario, el régimen neoliberal, que no oprime la libertad, sino que la
explota, no se enfrenta a ninguna resistencia. No es represor, sino seductor.
La dominación se hace completa en el momento en que se presenta como la
libertad.
P. ¿Por qué, a pesar de la precariedad y la
desigualdad crecientes, de los riesgos existenciales, etcétera, el mundo
cotidiano en los países occidentales parece tan bonito, hiperdiseñado, y
optimista? ¿Por qué no parece una película distópica o ciberpunk?
R. La novela 1984 de George Orwell se ha
convertido desde hace poco en un éxito de ventas mundial. Las personas tienen
la sensación de que algo no va bien con nuestra zona de confort digital. Pero
nuestra sociedad se parece más a Un
mundo feliz de Aldous Huxley. En 1984 las personas son
controladas mediante la amenaza de hacerles daño. En Un mundo feliz son
controladas mediante la administración de placer. El Estado distribuye una
droga llamada “soma” para que todo el mundo se sienta feliz. Ese es nuestro
futuro.
P. Usted sugiere que la inteligencia artificial o
el big data no son formas de conocimiento tan asombrosas como nos las
pintan, sino más bien “rudimentarias”. ¿Por qué?
R. El big data dispone solo de una forma muy
primitiva de conocimiento, a saber, la correlación: si ocurre A, entonces
ocurre B. No hay ninguna comprensión. La inteligencia artificial no piensa. A
la inteligencia artificial no se le pone la carne de gallina.
P. Dijo Blaise Pascal que la gran tragedia del ser
humano es que no puede estar quieto sin hacer nada. Vivimos en un culto a la
productividad, incluso en ese tiempo que llamamos “libre”. Usted lo llamó, con
gran éxito, la sociedad del cansancio. ¿Deberíamos fijarnos como objetivo
político la recuperación del tiempo propio?
R. La existencia humana está hoy totalmente absorbida
por la actividad. Con ello se hace completamente explotable. La inactividad
vuelve a aparecer en el sistema capitalista de dominación como incorporación de
algo externo. Se llama tiempo de ocio. Como sirve para recuperarse del trabajo,
permanece vinculado al mismo. Como derivada del trabajo constituye un elemento
funcional dentro de la producción. Necesitamos una política de la inactividad.
Esto podría servir para liberar el tiempo de las obligaciones de la producción
y hacer posible un tiempo de ocio verdadero.
P. ¿Cómo se combina una sociedad que trata de
homogeneizarnos y eliminar las diferencias, con la creciente querencia de las
personas por ser diferentes de los demás, en cierto modo, únicas?
R. Todo el mundo quiere hoy ser auténtico, es decir,
diferente a los demás. Así, estamos comparándonos todo el rato con los otros.
Precisamente es esta comparación la que nos hace a todos iguales. O sea: la
obligación de ser auténticos conduce al infierno de los iguales.
P. ¿Necesitamos más silencio? ¿Estar más dispuestos
a escuchar al otro?
R. Necesitamos que se acalle la información. Si no,
acabará explotándonos el cerebro. Hoy percibimos el mundo a través de las
informaciones. Así se pierde la vivencia presencial. Nos desconectamos del
mundo de forma creciente. Vamos perdiendo el mundo. El mundo es algo más que
información. La pantalla es una pobre representación del mundo. Giramos en
círculo alrededor de nosotros mismos. El smartphone contribuye
decisivamente a esta pobre percepción de mundo. Un síntoma fundamental de la
depresión es la ausencia de mundo.
P. La
depresión es uno de los más alarmantes problemas de salud contemporáneos.
¿Cómo opera esa ausencia de mundo?
R. En la depresión perdemos la relación con el mundo,
con el otro. Nos hundimos en un ego difuso. Pienso que la digitalización, y con
ella el smartphone, nos convierten en depresivos. Hay historias de
odontólogos que cuentan que sus pacientes se aferran a su teléfono cuando el
tratamiento es doloroso. ¿Por qué lo hacen? Gracias al móvil soy consciente de
mí mismo. El móvil me ayuda a tener la certeza de que vivo, de que existo. De
esa forma nos aferramos al móvil en situaciones críticas, como el tratamiento
dental. Yo recuerdo que cuando era niño me aferraba a la mano de mi madre en el
dentista. Hoy la madre no le dará la mano al niño, sino que le dará el móvil para
que se agarre a él. El sostén no viene de los otros, sino de uno mismo. Eso nos
enferma. Tenemos que recuperar al otro.
P. Según el filósofo Fredric Jameson es más fácil
imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. ¿Ha imaginado usted algún
modo de poscapitalismo ahora que el sistema parece en decadencia?
R. El capitalismo corresponde realmente a las
estructuras instintivas del hombre. Pero el hombre no es solo un ser
instintivo. Tenemos que domar, civilizar y humanizar el capitalismo. Eso
también es posible. La economía social de mercado es una demostración. Pero
nuestra economía está entrando en una nueva época, la época de la
sostenibilidad.
P. Usted se doctoró con una tesis sobre Heidegger,
que exploró las formas más abstractas de pensamiento y cuyos textos son muy
oscuros para el profano. Sin embargo, usted consigue aplicar ese pensamiento
abstracto a asuntos que cualquiera puede experimentar. ¿Debe la filosofía
ocuparse más del mundo en el que vive la mayor parte de la población?
R. Michel Foucault define la filosofía como una
especie de periodismo radical, y se considera a sí mismo periodista. Los
filósofos deberían ocuparse sin rodeos del hoy, de la actualidad. En eso sigo a
Foucault. Yo intento interpretar el hoy en pensamientos. Estos pensamientos son
precisamente los que nos hacen libres.
Traducción de Santiago Tovar
Fuente: https://elpais.com/ideas/2021-10-10/byung-chul-han-el-movil-es-un-instrumento-de-dominacion-actua-como-un-rosario.html?ssm=whatsapp