En
los países de ortodoxia neoliberal el crecimiento económico es más acelerado y
estable pero registra niveles de desarrollo más desfavorables (mayores tasas de
desempleo, más incidencia de la pobreza y desigualdades significativamente
pronunciadas) al compararlos con los países donde gobernaron los regímenes de
izquierda o progresistas durante las dos últimas décadas en América Latina y el
Caribe.
Libardo Sarmiento Anzola
Los 33
países que hacen parte de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y
Caribeños observan el agotamiento de un ciclo ideológico y la polarización
política entre clases sociales. A partir de 2015 comenzó a declinar el Sol de
los gobiernos de izquierda y progresistas; y, en paralelo, a oscurecerse el
espíritu de los proyectos sociales animados en el “Socialismo siglo XXI”, el
“Buen vivir” o el “Socialismo comunitario”.
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La
antorcha pasa ahora a manos de los partidos políticos de derecha que vienen a
retomar el poder valiéndose de todas las formas de lucha, pero, en
particular, utilizando la manipulación económica y financiera, su influencia
sobre los medios de comunicación y la instrumentalización de una justicia
politizada.
El péndulo
de la política interviene en la historia de América Latina y el Caribe
(AL-C). Consecuencia del «shock petrolero» y la explosión de la deuda
externa, la década de 1980 se conoce como la «década pérdida» de AL-C. A
comienzos de los años 1990 todavía estaban presentes los efectos de la crisis
y la mayoría de países seguía instrumentando severos programas de ajuste para
hacer frente a los agudos desequilibrios internos y externos. A mediados de
la década de 1990, los países de AL-C eran gobernados por tecnócratas
neoliberales o empresarios conservadores y fanáticos de Estados Unidos, casi
todos llevados al poder por la vía del voto.
Al
finalizar la década de 1990, producto del proceso de movilización social en
contra de los regímenes neoliberales, comienzan a ser electos en AL-C
gobiernos de izquierda y progresistas, constituidos por amplias coaliciones.
Estos pueden agruparse en gobiernos centroizquierdistas (Argentina, Brasil,
Uruguay) y gobiernos nacionalistas radicales (Venezuela, Bolivia, Ecuador).
Estos gobiernos llevaron a la práctica un proyecto que oscila entre el
neodesarrollismo, la redistribución progresiva del ingreso, la democracia
participativa y la soberanía nacional, pero sin intentar sustituir las
relaciones capitalistas de propiedad, producción y distribución, tampoco la
cultura consumista, ni cambiar el régimen político liberal burgués por otro;
menos aún transformar la matriz Estadocéntrica de poder. Las transnacionales
y el capital financiero no fueron incomodados. La izquierda latinoamericana
no intentó deslindarse de las raíces y la cultura caudillista, populista y
corrupta, ni del nepotismo que afectan de forma crónica a la política
latinoamericana.
¿Cuál es
el balance político, social y económico que dejan estos regímenes de
izquierda durante cerca de dos decenios de control de los gobiernos
nacionales y locales? Este artículo responde al interrogante planteado. Como
variables de clasificación y para efectos comparativos, el ensayo toma una
muestra de gobiernos de izquierda-progresistas (Argentina, Bolivia, Brasil,
Cuba, Ecuador, Uruguay y Venezuela) y de ortodoxia-neoliberal (Chile,
Colombia, México, Panamá y Perú). Las variables analíticas son: crecimiento
del PIB por habitante, tasa de desempleo, pobreza por ingresos y distribución
del ingreso (Gini).
Población
y economía
En el
transcurso de tres generaciones, la población de Latinoamérica y el Caribe se
multiplicó por 3,8 veces: en 1950 sumaba 169 millones de habitantes; en 2015
aumenta a 635 millones. En el conjunto de AL-C a partir de los años 1990 el
desarrollo social se caracteriza por la consolidación de la transición
demográfica y el progresivo envejecimiento de la población.
Al
relacionar los crecimientos de la población y la economía (PIB por
habitante), en el conjunto de AL-C, se tiene que en el decenio de 1990 el
crecimiento promedio anual es de uno por ciento; durante la primera década
del siglo XXI se acelera a 1,8 y en el período 2010-2015 se reduce a 1,7 (ver
gráficos 1 y 2).
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Al comparar
por países según regímenes políticos se tienen tres momentos diferenciales: i)
en mejor desempeño de los ortodoxos-neoliberales durante la fase 1990-2003; ii)
Un período favorable a los gobiernos izquierda-progresistas en los años 2004 a
2009; iii) en los años 2010 a 2015 el crecimiento económico por habitante
favorece una vez más a los gobiernos ortodoxo-neoliberales.
Durante la
década de 1990, los países que superan el crecimiento promedio anual económico
por habitante de la región son Argentina (2,8%), Bolivia (1,9%), Uruguay
(2,6%), Chile (4,2%), Colombia (1,2%), México (1,6%) y Perú (1,4%). Cuba se
resiente por el colapso del sistema socialista soviético y registra un colapso
promedio anual de -2,5 por ciento (llamado “período especial”).
A lo largo
de la primera década del siglo XXI todos los países analizados, con la
excepción de México y Bolivia, se destacan por presentar un crecimiento en el
PIB por habitante superior al promedio de AL-C. Durante los años 2010-2015 la
mayoría de países gobernados por coaliciones de izquierda o progresistas
registran un desempeño superior en el crecimiento de la relación
economía-población; la excepción son Brasil y Venezuela. Todos los países de
régimen ortodoxo-neoliberal superan el promedio registrado en la región, esto
es, 1,7 por ciento.
En resumen,
en los años 1990-2015 el promedio anual del crecimiento del PIB per cápita es
de 1,5 por ciento para el conjunto de la región; de 1,8 por ciento para los
gobiernos de izquierda-progresistas y de 2,8 por ciento para los
ortodoxos-neoliberales. En 2015, el PIB de AL-C se contrajo en 0,4 por ciento,
lo que se tradujo en una reducción de 1,5 del PIB por habitante de la región.
Este resultado está muy influenciado por el crecimiento negativo registrado en
el Brasil (-4,3%) y en la República Bolivariana de Venezuela (-8,3%).
Desarrollo
en América Latina y el Caribe
En general
los gobiernos de AL-C, y en particular los que cuentan con recursos
minero-energéticos, dispusieron durante las últimas dos décadas de abundantes
recursos financieros y presupuestales para sustentar sus políticas de desarrollo
económico y social, derivados del alza continua que registraron los precios de
las exportaciones. La región registró un favorable círculo virtuoso entre
crecimiento económico, reducción del desempleo, menor incidencia de la pobreza
y mejoras en la distribución del ingreso.
En los años
2000 a 2015, la tasa de desempleo cae en AL-C de 10,4 a 6,6 por ciento; la
incidencia de los hogares viviendo bajo condiciones de pobreza por ingresos se
reduce de 42,5 a 29,2 por ciento; el índice que mide la desigualdad (Gini)
disminuye de 0,543 a 0,495 (en el que 0 corresponde a plena igualdad y 1 a
máxima desigualdad).
Con la
destorcida de los precios en los mercados internacionales vino la debacle en la
región: inflación galopante, recesión, déficit fiscal y desempleo (gráfico 3).
En AL-C la tasa de desempleo, que a partir de 2010 se había recuperado de
manera vertiginosa de su incremento en 2009, empezó a subir hasta alcanzar en
el año 2015 un 6,6 por ciento. Esto representa un incremento del número de
desocupados urbanos alrededor de 1,5 millones de personas, llegando a un total
de 14,7 millones en AL-C.
La caída de
la pobreza se frenó a partir de 2012 y la pobreza extrema (indigencia) vuelve a
crecer debido, de una parte, al aumento del costo de los alimentos que viene
siendo superior a la inflación general y, de otra, al deterioro del mercado
laboral y a la reducción en el gasto público social. De acuerdo con el informe
del panorama social de la región en 2015, presentado por la Comisión Económica
para América Latina y el Caribe (Cepal), el número de personas en situación de
pobreza creció en alrededor de dos millones en 2014 en comparación con 2013,
alcanzando los 168 millones de personas, de los cuales 70 millones estaban en
la indigencia. En 2015 la tasa regional de pobreza aumentó a 29,2 por ciento de
los habitantes de la región (175 millones de personas) y la tasa de indigencia
a 12,4 por ciento (75 millones de personas).
Durante el
período 2000-2015, los gobiernos de izquierda y progresistas bajan la tasa de
desempleo de 10,2 por ciento a 6,0 por ciento (para una variación relativa de
-4,3 puntos porcentuales); la pobreza la reducen de 38,6 a 21,4 por ciento
(reducción de 17,2); la desigualdad pasa de 0,526 a 0,436 (menor en 0,090).
La situación
que registran los países con regímenes ortodoxos-neoliberales es la siguiente:
el desempleo disminuye de 10,5 por ciento en 2000 a 6,7 en 2015 (variación
relativa de -3,8 puntos porcentuales); la pobreza por ingresos pasa de 41,6 a
24,0 por ciento (reducción de 17,6); el coeficiente Gini que mide la
desigualdad baja de 0,552 a 0,502 (menor en 0,050) (ver cuadro 1).
En
conclusión, la estructura de los principales factores determinantes de la
pobreza (nivel educativo, calidad del empleo, patrimonio, participación en el
ingreso nacional y tamaño de los hogares) y su distribución no han variado
significativamente durante las últimas décadas, lo que implica que AL-C aun no
escapa a los esquemas de reproducción intergeneracional de la pobreza. La
disminución de la pobreza está asociada con el crecimiento económico; pero el
crecimiento por sí solo no es suficiente. Las políticas asistencialistas y los
subsidios al consumo de los hogares en pobreza extrema no generan cambios
estructurales ni sostenibles. El trabajo decente y los ingresos generados por
éste constituyen el puente estratégico que une el ámbito social con el
económico: el 80 por ciento de los ingresos totales de los hogares latinoamericanos
proviene del trabajo.
La
desigualdad en una característica histórica y estructural de las sociedades de
AL-C. Su manifestación más elocuente es la distribución del ingreso, que
constituye, a la vez, la causa y el efecto de otras desigualdades en ámbitos
tales como la educación y el mercado de trabajo. La matriz de desigualdad
social en AL-C está condicionada por la estructura productiva, pero también por
determinantes de género, etnia, grupos etarios y años de escolaridad que se
entrecruzan y potencian.
En el marco
de la hegemonía de las relaciones capitalistas, el realismo gana fuerza y las
ideologías se debilitan. Durante las dos últimas décadas los regímenes de
ortodoxia neoliberal en AL-C exhiben un mejor desempeño en el crecimiento del PIB
por habitante en comparación a los gobiernos de izquierda-progresistas. La
disminución en los índices de pobreza y en las tasas de desempleo son similares
en los dos regímenes políticos. El mejoramiento en la equidad, aunque levemente
positivo en los dos regímenes políticos, es más significativo en los gobiernos
de izquierda-progresistas. En conjunto, las políticas públicas sociales son
determinadas principalmente por los organismos multilaterales (Naciones Unidas,
Banco Mundial, FMI) y la cooperación internacional, al igual que por los
condicionantes del sistema mundo capitalista, independiente de la retórica de
los regímenes políticos locales.
Por último y
no menos importante, en los países de ortodoxia neoliberal el crecimiento
económico es más acelerado y estable pero registra niveles de desarrollo más
desfavorables (mayores tasas de desempleo, más incidencia de la pobreza y
desigualdades significativamente pronunciadas) al compararlos con los países
donde gobernaron los regímenes de izquierda o progresistas durante las dos
últimas décadas en América Latina y el Caribe.
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